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Dulce Locura — capítulo 17
Abandoné su casa envuelto en un aura de felicidad, que me llenaba por completo y me hacía sentirme feliz como nunca antes lo había estado. Sin embargo, todo lo sentía amenazado por una fría presencia, temiéndome su partida lejos de mí, sin explicaciones; y todo por miedo: por mí, por ella, por la gente, por el incierto futuro… Me volvía a sentir preso de una losa que descansaba sobre mi espalda, sólo que ésta pesaba mucho más, causaba más dolor y tenía que llevarla en silencio.
Así llegué a casa. Con sumo silencio, volví a mi habitación y me metí entre las sábanas, agradeciendo el calor y la protección que me ofrecían. Pero en el mundo de los sueños… ¿quién nos protege? En los sueños, nuestro subconsciente ataca, despierta nuestros miedos y secretos más profundos, los que dejamos olvidados en un rincón de la memoria; pero él los lleva a la tímida y quebradiza frontera entre lo consciente y lo subconsciente, y nos lo hace vivir, si es un miedo muy profundo; o revivir, si es nuestro recuerdo más doloroso.
Mi subconsciente no se demoró en atacar. A la noche siguiente, cuando había conseguido apaciguar el ansia y el miedo que me producía mi fría pesadilla, cometí el error de hacerla realidad.
Recuerdo que corría, corría sin parar tras ella, con todas mis fuerzas y mi empeño, pero no podía alcanzarla. Ella cada vez más lejos de mí, sin mirarme, sin palabras, sólo su camino… y yo cada vez más cansado, me resignaba a parar, me obligaba a mí mismo seguir tras ella. Todo a mi alrededor cada vez más oscuro; primero blanco, luego azul claro, luego marino… y por último negro. Una oscuridad tan fría como absoluta. Y solitaria. Y dolorosa. Hiriente. Mi corazón latiéndome demasiado rápido, de una forma cada vez más dolorosa; hasta que sucumbió a un sonoro latido, un único y sonoro latido, me desplomé en el suelo… y desperté en mi oscura habitación, totalmente destapado, con un surco de sudor a mi alrededor, y el corazón latiendo de forma desenfrenada en mi pecho.
Era cerca de las cinco y media de la madrugada, así que opté por quedarme despierto y repasar para los exámenes que tenía esa misma semana. Tenía la libreta y los apuntes delante de mí, pero mi mente viajaba una y otra vez a mi pesadilla. ¿Tanto miedo tenía de perderla? No podía ser posible. No se puede querer tanto a una persona a la que apenas conoces… pero… era como si ella me conociese de mucho tiempo antes.
Miré el reloj, y la alarma de las seis sonó y me sacó de mis pensamientos. La apagué y salí de la habitación, en dirección al baño, dispuesto a ducharme. Mi madre también estaba despierta, y se extrañó al verme sólo en ropa interior.
-Hijo, ¿dónde vas así? -preguntó, acercándose a mí y poniéndome una mano en la frente. Normalmente, éste era mi comportamiento cuando tenía mucha fiebre-. No, no estás enfermo… ¿Qué te ha pasado, entonces?
-He tenido una pesadilla, mamá… -mi voz se perdía a cada palabra, sucumbiendo al miedo. Un escalofrío recorrió mi espalda.
-¿Qué te pasó?
-Corría… sólo corría. Y una oscuridad fría y dolorosa se cernía sobre mí… Y la chica a la que perseguía -no le di demasiados detalles- se alejaba de mí. Yel corazón… se colapsó.
Entonces ella se puso tan rígida como yo. Todo lo que se refería a mi corazón era motivo de preocupación. Me arrastró hasta la sala donde mi padre tenía un pequeño despacho, donde se guardaba todo aparato que fuera necesario a causa de mi corazón. Sacó un pequeño aparato, ya ni recuerdo para qué servía, y lo colocó en la parte izquierda del pecho. Una pequeña y borrosa imagen apareció en la pantalla; el corazón latiendo a un ritmo algo rápido, pero dentro de los límites…
-Creo que será mejor que te quedes hoy en casa, hijo.
-No puedo, mamá. Tengo un examen.
Mi madre caviló un momento.
-¿Puedes ir sólo al examen? -inquirió. Asentí-. Llamaré al instituto y les contaré qué te pasa… ya más tarde llevarás el justificante.
Me dejó marchar, me duché y me volví a meter en la cama. La fiebre que no tenía a primera hora hizo su aparición un par de horas después. Aún así, fui al instituto e hice el examen. Tenía suerte de que los demás exámenes de esa asignatura, Química, los tenía aprobados, porque ése que acababa de hacer no fue uno de mis mejores.
A la hora siguiente ya estaba de nuevo en casa, tirado en el sofá, con una manta por encima; mirando perdido el techo, con el sueño atacándome y la fiebre persistiendo.
Las horas siguientes las pasé dormido, en un estado de semiinconsciencia en el que oía voces: mi madre, mi hermana, Víctor, Alejandro, Valeria, Silvia y Miguel, los chicos con los que tenía una banda, y luego, más tarde, Eva, mi mejor amiga desde que tenía memoria.