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Dulce Locura — capítulo 16

Sentía tantas cosas contrarias en ese momento… lo único que sabía era que no hubiera tenido nunca el valor de decírselo directamente. Por ello aproveché esta desaprovechada e ilógica oportunidad.

Era como si me hubieran proporcionado comida al yo hambriento, bebida al yo sediento, oxígeno al yo que se ahoga, cura al yo enfermo, calor al yo congelado, frío al yo quemado… pero a la vez, te lo hubieran arrebatado todo justo cuando acabas de probar tu medicina.

Aunque me sentía en paz conmigo mismo, ella jamás sabría todo lo que le había revelado esa noche. Me quedé un rato sin moverme lo más mínimo, recostado hacia el lado izquierdo, con el brazo como apoyo para la cabeza, formando un ángulo de casi 90 grados respecto al suelo. Con la otra jugueteaba con la hierba, de modo casi automático, pues tenía casi toda mi atención en ese pequeño angelillo caído del suelo.

Maldije por lo bajo por no tener mi cámara conmigo, esa luz tan hermosa y su verdadera expresión de felicidad hubieran dado como resultado una buena fotografía. Pero lo remedié de la mejor manera posible; me saqué del bolsillo del pantalón el móvil, busqué la cámara y la enfoqué. Apreté el botón, y su instantánea se quedó grabada en la memoria del aparato… y de la mía propia.

Hacía ya tiempo que el frío se hizo nuestro silencioso amigo, así que la cogí en brazos, la subí a caballito a mi espalda y emprendí el camino de regreso. Había encontrado sus llaves en su chaqueta, las llevaba en la mano, con las anillas alrededor de los dedos.

Las pocas personas que había en la calle en aquel momento, dejaban momentáneamente lo que estaban haciendo y se volvían hacia nosotros. Un par de niños, en el balcón de su casa, nos sonrieron con su gesto tan puro y sincero que sólo un niño puede ofrecer. Aproveché, y con la velocidad propia de un fotógrafo experto, les hice una foto a ambos, y les regalé mi sonrisa más agradecida que tenía, antes de seguir mi camino.

Por el camino, canturreaba en voz baja Hijo de la luna, de Mecano; Creep, de Radiohead, y Ben, de Michael Jackson; las que consideraba más apropiadas para ese momento, pues tenían un tono y una musicalidad muy baja y tranquila, en especial, las dos últimas.

María se removió un par de veces en mi espalda, pero no llegó a despertar. Mis pasos eran silenciosos y apenas movidos, como si odiase moverme. Cuando me veía obligado a parar, pues tenía que cruzar carretera o cualquier calle, me volvía para mirarla. Gran parte del rostro lo tenía escondido por el largo cabello, a lo que yo ponía rápido remedio llevándolo detrás de la oreja, y ella se removía en señal a mi gesto. Un par de veces me dedicó un gesto de enfado instantáneo, como si le perturbara lo que estuviera soñando o algo parecido, pero rápidamente desaparecía. En su último movimiento brusco, dejó que su respiración me llegase al cuello, lo que me hizo perderme unas décimas de segundo, me ponía nervioso, hasta que llegué a acostumbrarme. Respiraba rítmicamente, como si fuera una perfecta melodía silenciosa.

Después de unos veinte minutos de caminata, llegué a su casa. Probé las llaves hasta averiguar cuál abría el portón que daba a la calle, y luego, la que abría su casa. Le di al interruptor de la derecha, y el salón se iluminó. Todo estaba exactamente igual que la otra vez, incluido el mismo desorden… o incluso uno mayor. Pero, en la pared que estaba justo enfrente, en un pequeño marco de madera de roble, tenía la litografía que un mes antes había hecho para ella. Seguí adelante y la llevé a su habitación… otro gran desorden. Sonreí para mis adentros, y la tumbé sobre la cama, busqué un par de mantas y la tapé con ellas.

-Ojalá me hubieras escuchado cuando estábamos en el mirador, porque… te dije todo lo que siento por ti -afirmé después de un rato anclado en mitad de la habitación-, pero he sido tan idiota, y tan cobarde, que te lo he dicho cuando no podías escucharme. Pero esto es así en mí… soy incapaz de mostrar mis sentimientos a la gente, me creo un escudo y me defiendo con él. Pero contigo… que siento que todo es diferente… me comporto igual. Aunque… ya tendré otras posibilidades… criatura.

Me había acercado al borde de la cama, y me había arrodillado a su lado. Según hablaba, el volumen fue bajando progresivamente, hasta convertirse en un susurro, casi inaudible, la última palabra. Le di un beso, esta vez en la frente, antes de levantarme y marcharme. Pero, cuando me disponía a salir de la habitación, esa preciosa voz, que sus últimas palabras oídas estaban rotas de dolor y su tono notablemente afectado, me frenó.

-No tienes por qué recurrir a otras oportunidades -aclaró, levantándose y caminando hacia mí; dándome cuenta de ello cuando me abrazó por la espalda y se apoyó en mí-. Para tu perdición… o tu fortuna…, como prefieras, lo escuché todo.

-¿Y por qué no me dijiste nada? -pregunté, sin volverme.

-Porque yo tampoco sabía lo que sentía… En parte… ni lo sé ahora.

-Entonces… ¿qué será de nosotros?

-El tiempo dirá…


Bueno, otro capítulo. Gracias a todos por leer las locuras de mi mente de post-adolescente-preuniversitaria. Lo único que les recomendaría sería que escucharan las canciones que le dan título a cada uno de los capítulos, mientras lo leen... ya que cada canción está relacionada, más o menos, con lo que cuenta el capítulo.

PD: en el resumen les pondré el grupo