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En Llamas. ¿Qué pasaría si...? — capítulo 9
La miniatura del Capitolio que Peeta y yo contemplábamos el año pasado, desde la terraza del centro de entrenamiento, se va agrandando, mientras el centro se hace más pequeño a medida que Peeta y yo avanzamos, sin rumbo.
El Captolio tiene un olor extraño. No es desagradable, pero no sabría como clasificarlo. Huele a lejanía y a distancia. Huele a artificialidad, a aspectos relacionados con la medicina. La gente se muestra distante, la mayoría camina rápido, y ninguna de ellas va acompañada. Siendo tan "normales" como lo somos Peeta y yo, es bastante difícil pasar desapercibido. Sin embargo, la gente no nos presta atención. Peeta se para, sonríe y me mira.
-¿Dónde le apetece ir, señorita Everdeen?-pregunta, haciendo una pequeña reverencia. Yo sonrío.
-La verdad es que no conozco nada del Capitolio, así que… ¿Por qué no exploramos?
-Me parece una elección fantástica, señorita Everdeen.-contesta, muy animado, y hace una reverencia de nuevo.
Yo suelto una carcajada, y le doy un golpecito cariñoso en el hombro.
-¡Qué tonto eres!-le digo, aún riéndome. Él sonríe.
Seguimos caminando, siguiendo la misma dirección, yendo todo recto. En el Capitolio hay una temperatura agradable. Es un día cálido, sin llegar a ser agobiante, y de vez en cuando, corren pequeñas brisas de viento. Sin embargo, se nota que es una temperatura artificial, y me pregunto si la mantendrán así durante todo el año.
-Y… ¿Cómo es que Haymitch estaba contigo abajo?-pregunto yo, con tono curioso.
-Oh, eso. Verás, le conté lo de nuestra cita y la idea le entusiasmó. Cree que es genial que nos mostremos como una pareja feliz por Panem, y si alguna cámara nos ve, mejor. Me dijo algunos sitios a los que podía llevarte, y me dejó algo de su ropa.-dice, señalándose el conjunto.-Según él, mi ropa era demasiado "adolescente", y debo parecer un adulto…
-¿En serio ese conjunto es de Haymitch?-pregunto yo, muy asombrada. Peeta asiente.-Vaya, jamás pensé que Haymitch tuviera una ropa tan chula. A ti te queda genial.-él sonríe.- ¿La habéis combinado juntos?-La idea de ver a Haymitch y a Peeta probándose ropa hace que me ríe ligeramente.
-Así es, estoy muy guapo, ¿eh?
-Lo estás, lo estás. ¿A qué sitios te dijo Haymitch que me llevaras?
-Es una sorpresa, pero creía que querías explorar, ¿no es así?
-Quién sabe dónde acabaremos si empezamos a explorar…mejor llévame dónde te ha dicho Haymitch que me lleves, anda.
-Lo que la señorita Everdeen diga.-concluye, haciendo una reverencia de nuevo.
La calle que daba salida al Centro de Entrenamiento se va haciendo más ancha hasta dar a una plaza de forma redondeada, decorada con una fuente enorme con una escultura de cristal, que simula una mujer recogiendo agua en un pequeño cuenco. La plaza es como seis veces más grande que nuestra plaza en el 12. Suena una música alegre, una melodía lenta, de verano, aunque nadie está tocando. La plaza está llena de gente, familias, parejas, y todas parecen pasar un buen rato. También hay muchísimos comercios, que rodean toda la plaza; puestos de comida de todo tipo, cafés, flores, globos…Se respira felicidad y alegría.
-¿Qué te parece?-me pregunta Peeta.
-Es perfecta, Peeta-contesto yo, mostrando una amplia sonrisa.
La gente de la plaza no tarda en darse cuenta de nuestra presencia en la plaza. Los cuchicheos, grititos y risas nerviosas empiezan a inundar la plaza. Peeta se muestra encantador con toda la gente que se nos acerca. Yo intento imitarle, pero la simpatía nunca ha sido mi punto fuerte. Y menos con la gente del Capitolio. Todo el mundo se hace fotos con nosotros, nos abrazan y nos regalan flores. Peeta habla de lo felices que estamos y de las ganas que tenemos de que empiecen los nuevos juegos para poder verlos con todos ellos. Qué bien sabe mentir. Intenta justificar mi silencio con que soy muy tímida, y yo asiento y sonrío, mientras le doy un beso en la mejilla. Todo el mundo se vuelve loco. Peeta anuncia educadamente que se está haciendo tarde y que tenemos que ir a cenar. Tiene razón, tengo muchísima hambre. La mayoría, obediente, nos deja tranquilos.
-Bueno.-dice él suspirando.-Estar atendiendo a nuestros fans no era exactamente mi concepto de cita…lo siento.
-No lo sientas, Peeta. Es inevitable, y ayudará a Gale.
Él asiente.
-Tengo una sorpresa para usted, señorita Everdeen.-dice él susurrándome al oído, lo que me provoca un escalofrío desde la cabeza a los pies.
Yo arqueo las cejas y él, señala al cielo.
En tan sólo dos segundos, el cielo de Panem pasa de estar vacío a estar lleno de globos de distintas tonalidades de verde. Algunos tienen forma de corazón, otros de árbol, otros de cara sonriente…pero la mayoría son globos comunes. Algunos de ellos cambian de color. Cada vez salen más de ninguna parte, el cielo se ha teñido de verde, mi color favorito. Es una imagen preciosa, la grandeza del Capitolio, sus grandes infraestructuras están rodeadas de preciosos globos verdes, cientos de ellos, incluso miles.
Después de un par de minutos, algunos de los globos desaparecen poco a poco, sólo se quedan los globos comunes, y todos se tiñen de verde de nuevo. A continuación, se alinean formando un corazón perfecto. Peeta me agarra de la cadera, en vez de la mano y me vuelve a susurrar.
-¿Qué te parece?
-Es…es lo más bonito que nadie ha hecho por mí en toda mi vida, Peeta.-respondo yo, aunque me he quedado sin palabras.
Cuando le miro, él sonríe, y un niño pequeño de los de la plaza está a su lado, y me ofrece con una tímida sonrisa un globo verde pálido, de una tonalidad muy suave. Cuando lo cojo, nada más rozarlo, aparece escrito con una pulcra caligrafía "La noche acaba de empezar, señorita Everdeen. Esto es sólo el principio de la magia…". Se mantiene el suficiente tiempo para poder leerlo. La gente de la plaza, al igual que yo, mantiene la boca abierta, y un número considerable de personas llora de la emoción. La gente aquí siempre ha sido muy sensiblera.
-No…no sé qué decir…Peeta, ha sido precioso…
-¿Vamos a cenar?-me pregunta, ofreciéndome su mano. Yo me cambio el globo de mano, y la acepto. Sin poder evitarlo, le doy un dulce beso en los labios. No es por actuación, no es por nada en realidad, es sólo que me apetecía. Él sonríe y me abraza. También sostiene un globo del mismo color.
Nos despedimos de la gente de la plaza. Ya ha anochecido. Nos mantenemos callados durante unos minutos hasta llegar al restaurante. Supongo que el beso nos ha cortado un poco a los dos, pero no me arrepiento.
En el distrito 12 nunca nadie se puede permitir ir a restaurantes. Sólo hay un par de ellos para ocasiones muy, muy, muy especiales, o para cuando hay una visita del Capitolio.
La verdad es que me sorprendo de lo normal que es, al menos por fuera. Es un edificio de dos pisos, en tonos caobas. Cuando Peeta y yo entramos, al menos cinco camareros nos abren la puerta y nos indican nuestra mesa reservada. Todo el mundo del restaurante nos mira y los cuchicheos empiezan de nuevo. Peeta me ofrece la silla, y ninguno de los dos sabemos cómo funciona exactamente funciona la pantalla situada en medio de la mesa. Tras unos minutos, finalmente averiguamos que debemos ordenar la comida mediante la pantalla, y al igual que en el centro de entrenamiento, sale caliente y recién hecha en unos tubos que después desaparecen.
Yo pido una sopa de distintas carnes de primero, y de segundo me decido por varios filetes de cordero con guisantes. Sorprendentemente, los guisantes están colocados de forma específica, y se puede leer "¿Lo pasa bien, señorita Everdeen?" Los camareros vienen cada cinco minutos a preguntarnos sobre la comida y si necesitamos algo. Cuando finalmente terminamos de cenar y Peeta va a pagar la cuenta, el restaurante insiste en que no es necesario en absoluto. Cuando salimos, nos hacemos una foto con ellos y despedimos a toda la gente del restaurante.
-¿Y ahora con qué me vas a sorprender?-le digo yo a Peeta,a la salida del restaurante, sonriendo.
-Ya verás.
Me guía durante unos veinte minutos por las calles del Capitolio. Hace una noche agradable y se ven las estrellas, que están especialmente brillantes esta noche. Llegamos a la cima de la cuesta de una calle empinada
-Vale, Katniss, ahora quiero que cierres los ojos.-me dice él.
-No-contesto yo, sonriendo.-Me das miedo.
-¡No te haré nada! ¿Es que no confías en mí, señorita Everdeen?
-Sí, pero…
-Mira.
A continuación, va a un hueco entre las paredes y saca un cilindro verde. Lo desenrolla, y resulta ser una alfombra verde, que tiene la longitud de la cuesta entera que tenemos que bajar.
-Guau. No me esperaba esto.-digo yo pasmada.
A continuación, Peeta saca de su bolsillo un bonito pañuelo de color rojo y me lo pone en los ojos.
-Voy a hacer de esta noche una noche inolvidable para ti, Katniss.-me susurra al oído, y yo, vuelvo a temblar.
Me agarro a su brazo, y poco a poco, bajamos la cuesta. A los cinco minutos, Peeta anuncia que ya estamos, pero no me puedo quitar el pañuelo. Todo se mantiene en silencio, sólo se oyen susurros de vez en cuando. Unos minutos después, Peeta me ayuda a sentarme en una especie de banco.
-Ya casi estamos, señorita Everdeen.
Empezamos a elevarnos, y me pregunto dónde diablos me habrá traído Peeta. Tras unos segundos dejamos de elevarnos.
-De acuerdo.-dice él, y noto su tacto quitándome el pañuelo.
Estamos sentados en el aire, en una especie de banco que vuela por arte de magia. En frente de nosotros se encuentra un espectáculo de luces asombrosas y de todos los colores. La grandeza del Capitolio se alza hacia nosotros.
-Espero que no te den miedo las alturas.-dice él, aunque no puedo verle la cara, porque todo nuestro alrededor está totalmente oscuro.
-No…pero Peeta ¿dónde estamos?
-En el paraíso.-responde él.
De repente se encienden todas las luces, y Peeta y yo nos encontramos a unos 20 metros de altura en una estructura redonda con bancos anclados a ella.
-Se llama noria.-me explica Peeta.
Debajo de nosotros, hay un montón de gente, sonriendo y saludándonos. Peeta se les saluda riendo y muy contento. Yo empiezo a hacer lo mismo. ¿De verdad el chico del pan está haciendo todo esto por mí?
-Esto es todo para ti.-dice, y a continuación, del cielo estrellado surgen cientos de fuegos artificiales de color verde.
Yo no puedo parar de sonreír y de abrir mi boca, estoy totalmente anonadada. Más gente empieza a subir en la noria, ya no somos el centro de atención absoluto. Cuando está llena, los fuegos artificiales continúan, y la noria empieza a girar suavemente. Al principio me mareo un poco, pero es una sensación agradable. Peeta me coloca su chaqueta sobre mis hombros, porque empieza a refrescar. Yo apoyo mi cabeza en su hombro, y el coloca su brazo a mi alrededor.
-¿No te encantaría congelar este momento y vivir en él para siempre?-me pregunta.
Yo asiento y me acurruco aún más. Peeta tenía razón. Esta está siendo la mejor noche de mi vida.