← La máscara de Balduino. · de
La máscara de Balduino. — capítulo 3
Jerusalén, 1963.
La princesa Sibila solo tenía a su hermano de dos años, Balduino. Hacía un año que su madre se había divorciado de su padre y se casó con otro hombre. No volvió a verla desde entonces. Así que solo tenía a su pequeño hermano. Solo pasaban tres horas al día juntos y ya eran inseparables, los dos se adoraban.
Los dos hermanos eran unos niños preciosos. Sibila era una niña con la carita de porcelana, con unos ojos grandes como dos diamantes azules y con el pelo negro y rizado que le llegaba hasta la cintura. Por otro lado, Balduino tenía el pelo rubio oscuro como la arena mojada de la playa y los ojos profundos como dos zafiros.
Los dos niños jugaban en uno de los patios del palacio, vigilados por un guardia y una criada.
Sibila se había llevado con ella su estuche de joyas. A la pequeña le encantaba las joyas, sobre todo los anillos. Tuvo suerte de ser princesa porque así tendría todas las joyas que quisiera.
A la pequeña princesa le encantaba ponerle collares a Balduino. Le ponía uno detrás de otro hasta llegar a diez, que es cuando Balduino empezaba a quejarse de que le pesaba el cuello. Luego se los quitaba y volvía a empezar con otros. Siempre que salía a la calle a pasear con su padre, algún guardia o alguna criada, se compraba un anillo para ella y colgante raro para su hermano. El niño llevaba siempre colgado del cuello cinco. Uno de su madre, otro de su padre, uno de uno de sus tutores, Godofredo y otro dos de Sibila. Solo tenía dos años y ya quería llevar todos aquellos colgantes de recuerdo, y no permitía a nadie que se los quitaran.
--¿Te gusta este, Balduino?- preguntó Sibila.
--No…
--Pues es de los más caros. Me lo compró padre la semana pasada.
--Ah…
El niño aun no sabía hablar muy bien.
- -Mira que anillo.
--¡Es grande…!
--¿Quieres probártelo?
El niño no dijo nada, simplemente alargó el brazo para que su hermana le pusiera el anillo.
--¿Te gusta?
--No…
--¿Por qué?
--Es de chica.
--No te gusta nada de lo que te pongo.
--Es que… es de chica.
--Ay… Al menos me dejas que te lo pruebe. Voy a quitarte los collares y jugaremos a algo.
--¿A que?
--¿A que quieres jugar?
--A los soldados.
El niño tenía un ejército en miniatura de metal con el que jugaba con Sibila a las batallitas. Tenía soldados a pie, a caballo, templarios y el rey. El conde de Tiberiades le regaló en una ocasión una catapulta de madera y unas torres para que las batallas que se inventara fueran más reales. Con aquella edad todo el mundo quería que el príncipe fuera entrenándose para las batallas que le aguardaba el futuro.
--Venga, saca tus soldados- le animó Sibila.
Al igual que su hermana, Balduino se trajo su estuche, solo que éste iba repleto de solados y no de joyas.
El príncipe sacó seis soldados: tres a pie y tres a caballo. Y dos reyes. Los repartió entre él y su hermana y empezaron a inventarse la batalla.
No duró mucho ya que el guardia y la criada se acercaron a ellos para que dejaran de jugar y volvieran a sus aposentos.
Balduino empezó a llorar, no quería separarse de su hermana.
- - ¡No…! ¡No…! ¡Sibila…! ¡No quiero irme!- gritaba sin desconsuelo.
El guardia lo cogió en brazos. El príncipe empezó a darle patadas al guardia y a berrear, así que elguardia se vio obligado a soltarlo. Cuando llegó al suelo, Balduino se fue corriendo hacia su hermana y se abrazó a ella.
Sibila aun estando llorando intentó de consolar a su hermano.
--Tranquilo Balduino, esta noche me escaparé e iré a dormir contigo- le dijo susurrando al oído.
--¿Sí…?- dijo el pequeño en un sollozo.
--Sí. Ahora ve o si no nos castigaran y no nos dejaran vernos mañana.
Sibila se abrazó a su hermanito y le dio un beso.
--Tienes que irte- le dijo a su hermano.
El niño dio media vuelta y fue a coger la mano del guardia. Volvió a mirar a su hermana y se despidió con la mano. Sibila le devolvió el gesto.
Por la noche, cuando la doncella de Sibila se había dormido en una silla, la princesa saltó de su cama y haciendo poco ruido salió de su habitación. Los aposentos de su hermano estaban al lado de los suyos, así que le resultó fácil escaparse. No era la primera vez que se escapaba. Muchas mañanas la doncella del príncipe se había encontrado a los dos abrazaditos dormidos en la misma cama.
Cuando llegó a la habitación de Balduino se encontró a la doncella dormida en una silla y a su hermano despierto mirándola con una gran sonrisa. Sibila se puso el dedo en los labios para que Balduino se mantuviera en silencio. El niño asintió en repuesta el gesto de su hermana. Sibila corrió hacia la cama de Balduino y se tumbó junto a él. Se tapó con las mantas y se abrazó a su hermano. La cama del príncipe estaba situada en frente de unos arcos que daban a un patio de exterior. Los dos príncipes se quedaron observando los pavos reales que había en el patio. Algunos se movían, otros estaban dormidos.
--¿Tienes frio?- preguntó Sibila.
--No… ¿Y tú?
--No.
Sibila puso la vista en su hermano. Le daba lástima. El pobre no había podido estar tanto tiempo con su madre como los estuvo ella. Ni siquiera había llegado a conocerla y su padre no dejaba que se vieran. Así que el pobre Balduino solo podía apoyarse en ella, aunque ella solo tuviera un año más que él.
La princesa empezó a juguetear con los cinco colgantes de su hermano.
--¿Tienes sueño?- volvió a preguntar Sibila.
--Sí. ¿Y tú?
--Un poco.
Sibila le dio un beso en la frente. El beso que solía darle todas las noches antes de irse a dormir.
--Buenas noches, Balduino.
Los dos se quedaron abrazados hasta que se quedaron dormidos.
A la mañana siguiente, la doncella del niño los volvió a encontrar los dos dormidos en la misma cama y abrazados.