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¡¿Mi familia era de la mafia?! — capítulo 1

Los he despistado. He corrido todo el trayecto desde el supermercado mientras me cuidaba las espaldas. El viento arremolinaba mi cabello castaño oscuro por el rostro, el invierno hacia que la gente estuviera en las calles con chaquetas gruesas, lo cual me hacía parecer uno más del montón entre sus colores oscuros. Los edificios los veía pasar alrededor con sus ventanas pequeñas. Las tiendas de abajo estaban muy poco concurridas. Veo una cafetería y el olor me tienta, pero me conformaré con lo llevo dentro. Muchas personas pasan por mi lado. Algunas son parejas, otras personas solitarias y también hay familias. Veo que los balcones de un edificio tiene una malla. Un niñito me saluda desde la ventana de ese edificio de la calle estrecha, lo ignoro. Supongo que eso lo sé hacer perfectamente. Ignorar. Aparentar indiferencia. Hacer enojar a la gente. Llevo buena práctica. Solo hay que preguntarle a… bueno, todo el mundo. Ya estoy cerca de mi departamento asique estrechó mi chocolate debajo de mi chaqueta. He dado la vuelta por un pasaje estrecho, con los basureros abiertos y llenos de bolsas. Me siento en el suelo, junto a la pared y abro mi chocolate por la envoltura. Es de los buenos y caros. Cacao en sus noventa por ciento con sabor a naranja. Lo parto y me permito olerlo. Exquisito. Me sorprende que haya sido tan fácil sacarlo sin que me observaran, luego pasar por la barra sonando y correr mientras un guardia me persigue hasta la tercera calle. Estoy apuntó de de darle una mordida.

  • Alto ahí - Era el guardia todo sudado y respirando entrecortado junto a un policía. Ups.

La recepcionista me dice que espere mientras vienen a retirarme. He sido llevada por el policía y el guardia que no para de gritar por los ladrones juveniles. Al llegar el policía hace algunos chequeos. Como esta es mi primera vez me iré con una advertencia, pero no habrá segunda. Me siento en la vieja silla de la estación de policías. Veo pasar a policías en sus uniformes con papeles que rellenar. Todos saben cuál es su lugar. Todos saben cuál es su deber. Las lámparas iluminan la estancia, veo refunfuñones policías pasando con cafés en las manos. Empiezo a ponerme nerviosa de que Dana venga. Me arrepiento de lo que hice. Bueno de que hubiera salido mal en realidad, solo saber que veré su cara de decepción me matará. Empiezo a jugar con los pies como me dijo mi profesor de matemáticas. Un pie adelante, otro atrás. Un adelante, otro atrás. Soy muy nerviosa, por lo tanto mi cuerpo siempre tiene que hacer algo. La respiración ya se me calmó.

  • Soy Dana Tanner. Vengo a retirar a Rebeca Tanner- escuché de repente la voz firme y segura de una joven.

    Tragó saliva, el corazón me late mil por horas cuando levantó la vista. Allí esta, mi hermana mayor con su traje de la fábrica de zapatos. Su larga y ondulante melena castaña clara cae por su espalda terminando en pequeños rulos. Sus ojos azules serios miran a mis ojos pardos oscuros. Y allí está de nuevo su mirada de decepción. Me siento como una niña de cinco años, arrinconada, miedosa. Le sonrió nerviosamente pero no me devuelve la sonrisa. Empieza a rellenar los papeleos mientras le dice que soy su hermana menor. La recepcionista le pregunta si tiene la edad necesaria para retirarme de la estación. Y le responde que es mayor de edad con mi tutoría. Veo que asiente la recepcionista mientras me hace acercarme, termino de rellenar unas cosas. Cuando terminó me dejan ir. Pasamos debajo del ventilador de arriba, lo cual es estúpido ya que estamos en invierno. Vamos caminando a casa. Ya es tarde, es casi de noche. Dana no me habla. Le preguntó que tal su día pero ella sigue caminado recta y paso rápido. Estamos frente el edificio de color piel desteñida. Subimos al quinto piso y miró de reojo de nuevo a mi hermana. Esta seria con los brazos cruzados y la mirada en los números del elevador. No se parece a mi excepto en que ambas somos malas para mostrar las emociones. Ella es responsable, cuidadosa y siempre piensa antes de actuar. Yo soy revoltosa, extrovertida y acto, después pienso. Me parezco a papa. Eso creo. Ya ni siquiera sé si eso es cierto. Dana abre la puerta y cierra de tras de mí. Es un departamento pequeño con una cocina, una salita con un televisor antiguo, dos habitaciones y un baño. La ventana muestra la ciudad, puras lucecitas amarillas en medio de edificios y la noche oscura. Me doy vuelta para mirar a mi hermana que ahora me habla.

  • ¿Un chocolate? ¿Hiciste esto por un chocolate? Rebeca te podría haber comprado uno - me mira a los ojos mientras me dice con la voz con la que siempre me reta.

  • Lo siento - le digo cabizbaja, avergonzada de mi misma

  • Un lo siento no sirve. Debes dejar de actuar como una niña, ya tienes quince años - parece que se dio cuenta de que me afectó porque se arrodilla ante mí y me toma de los hombros - No fue porque si ¿Por qué lo hiciste?

  • Quería entrar en un grupo. Me dijeron que si les traía algo robado del supermercado me dejarían entrar - no entiendo porque se lo digo. Con Dana siempre digo la verdad aunque me duela, es la única a quien si se la digo.

  • Se que es difícil encontrar un grupo pero…

  • ¡No, tú no sabes. Siempre eres la que saca las mejores notas, la excelente deportista, la joven esforzada que cuida a su hermana menor indeseada por todas partes! - le gritó enfurecida de que crea que me entienda

  • Beca - me dijo por mi apodo, el que solo usaba ella, mi madre y mi padre - se que te sientes sola, pero no eres indeseada, es que la gente no comprende la buena persona que eres. Ven - me dice mientras nos sentamos en el sillón.

  • Lamento haberte gritado. Pero… tengo miedo. Me siento sola, tú nuncas estas. No tengo amigos y los vecinos me odian. Papá y mamá me entendían como tú, pero no están y nunca van a volver - empiezo a llorar como una niña pequeña mientras ella me abraza.

  • Shhh. Tranquila. Sé que su muerte te afecto mucho pero nos sobrepondremos. Ya lo veras. Los perdiste cuando solo tenías siete años, pero encontraras amigos y ellos nos cuidaran desde el cielo

  • Puedo ir a acostarme antes de que me castigues.              

  • No te voy a castigar, pero no lo vuelas a hacer - me sonríe mientras yo asiento y me voy a mi habitación.

   Abro mi pequeña habitación, dejo caer la mochila del colegio en el suelo, al lado del escritorio. Cierro las cortinas y las ventanas de mi balcón, a pesar de que puedo escuchar las bocinas de los autos. Veo el libro que tengo en la mesa. "La Ilíada". Tengo la prueba en tres semanas más pero ya me lo he leído. Supongo que es porque me encanta la mitología, sus guerras y los dioses. Abro la caja de madera roja que tengo debajo de la cama. Contiene fotos de mis papás, cuando yo siempre sonreía, cuando solíamos salir a los parques, al cine o las tiendas, antes de que cumpliera los siete años y viera como morían en una explosión. También están los libros preferidos de mi padre. "La odisea", "Romeo y Julieta", "Harry Potter". Ese era el más extraño de todos porque papá a pesar de era un adulto leía novelas o historias de jóvenes. Jamás dejo ser un niño. Era mi ídolo. Un adulto y un niño a la vez. Esta el barco que hicimos con mamá, la casita de madera y su peine con que me cepillaba el pelo de pequeña. Agregó a la colección el envoltorio de chocolate. El chocolate preferido de mi madre.

    Esa es mi historia. Una huérfana a los siete años junto a una hermana mayor que me cuido desde que tengo conciencia. Con cinco años más que yo. Jamás creí que dos jóvenes podrían tener una historia tan extraña. Una historia de pistolas, autos y escapes. De amores y engaños. Una historia de ladrones y justicieros. Una historia sobre dos adolescentes contra la banda de mafiosos más grande de todos los tiempos. Pero creo me adelanto mucho. Mejor vayamos al día que me dieron mi primera buena nota en historia.