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Mi último deseo (los juegos del hambre — capítulo 20

Bueno, aquí está el último capítulo!! Espero que les haya gustado mi historia :) y que no les decepcione el final jejeje Me a gustado mucho escribirla y compartirla con vosotros! Para quienes les interese, en cuanto termine Mi zapatito de Cristal, mi otra historia, voy a empezar otra que tratara sobre Brave y El origen de los guardianes. ^^ Besos a todos!! y Gracias por leer!!! :) 

Catorce o Quince años después…

― Te he dicho que no. ¿Cuántas veces tengo que repetirlo para que lo entiendas?

Con la mirada perdida y sin escuchar realmente lo que decían, me dediqué a disfrutar de esos minutos de paz. Tener a un montón de hormonas revoloteando a tu alrededor acababa por cansarte. Y eso que sabía de sobras qué era el cansancio…

― Pero yo quiero verlo, ¡dijiste que podría ir! ―mientras veía como la pequeña de catorce años replicaba a su madre, no podía evitar ver la expresión que Katniss hacía en esos momentos.

Cuando tuvo a la pequeña Alison, jamás creí que podría ser tan tierna y a la vez tan severa. Había cosas que no podía tolerar, como que salieran de casa después del atardecer, o que se quedaran a dormir en casas ajenas. Seguramente, el miedo de los juegos seguía estando allí. Siempre había tenido un pánico atroz a que le quitaran a nuestros hijos. Que un día despertara y  volvieran los juegos, y que nuestra pequeña fuese elegida. Yo también tenía miedo, pero mi miedo era diferente. Aunque mis pesadillas habían disminuido en gran medida desde que estaba con Katniss, aun tenía algún que otro ataque. Seguramente nunca se irían, del mismo modo que no se irían nunca las pesadillas de Katniss, las cuales habían regresado con mayor frecuencia desde que Alison había cumplido los once. Lo más probable era que fuese por la referencia a las cosechas y a los juegos.

― ¡Tiene razón Alison, no puedes decir ahora que no, mama!

Sin darme cuenta, Leo, nuestro hijo menor, se había unido a la discusión. Hasta ahora había estado jugando con Madge, la cual se llevaba de maravilla con el pequeño. Sin embargo, como siempre que veía a su hermanita en problemas, acudía en su ayuda. Lo cierto era que me recordaba mucho a mí. Y Alison, con su cabello oscuro atado en una coleta, era la viva imagen de su madre. Excepto por los ojos, que eran igual que los míos. Leo, por el contrario, tenía los ojos de su madre. Aunque todos decían que era mi vivo retrato.

― ¡Cariño! ¡Diles que no puede ir, que parece que yo hablo otro idioma! ―dijo Katniss a lo lejos con los brazos en jarra.

Yo sonreí y me levanté. Al parecer mi descanso había terminado.

― ¿Que no pueden qué?  ―dije acercándome a ellos.

― Mama no quiere llevarnos a la ciudad. Nosotros queremos ver como era el Capitolio. Ahora estamos estudiándolo en clase, tengo curiosidad. ―dijo Alison mirándome con esa mirada que sabe que no le puedo negar nada.

Tanto Katniss como yo sabíamos que ese día llegaría. El día en el que ellos querrían saber más sobre lo que ocurrió en el Capitolio, lo que ocurría con los juegos, lo que nos ocurrió a nosotros. Pero algo tenía claro, no podíamos ocultarlo. Si queríamos ser felices y superar lo vivido, si queríamos vivir, teníamos que afrontar esto como algo normal. Llegaría un día que la gente miraría los libros de historia y narraría los juegos del hambre como un dato histórico más. Sin remordimientos, sin pesadillas, sin miedo.  Y nosotros teníamos que aceptar que nuestros hijos serían los primeros a afrontar los hechos de ese modo.

― No veo que hay de malo con que vayan al Nuevo Capitolio. Podemos ir todos juntos y…

― No creo que estén preparados todavía, son muy pequeños… ―dijo Katniss cortándome la sugerencia.

― ¡No somos tan pequeños! ¡Yo ya tengo once años! ―dijo Leo hinchándose como un pavo al decir su edad.

Entonces caí en la cuenta de que Leo había cumplido los once esa misma semana. El lunes mismo, hicimos una enorme fiesta de cumpleaños en el nuevo restaurante remodelado de Sae la Grasienta. Un lugar precioso, sin duda.  Anne vino con Finnick y su reciente novia, una chica rubia muy guapa que vivía en la ciudad. Como Finnick ya era mayor de edad, había ido al nuevo Capitolio a estudiar, y allí conoció a Sofía. Gale y Johanna, que habían tenido dos hijos más, un par de gemelos llamados  Nill y Lory, habían venido acompañados de Prim y Madge, las cuales eran muy buenas amigas de nuestros dos hijos. Madge, que era más o menos de la misma edad que Alison, eran inseparables, y Prim, hacía el papel de hermana mayor cuando hacían algo que creía que no era correcto.

Aunque solían negarlo, entre Prim y Finnick se había creado una especie de odio extraño. Cuando eran niños se habían llevado muy bien, sin embargo, cuando Finnick se marchó a la universidad y Prim decidió quedarse en el distrito doce, empezaron las peleas. Anne no sabía qué hacer, pues las reuniones que hacíamos siempre acababan bastante mal. La última vez, Finnick le había tirado un pastel entero de nata (el cual había hecho yo mismo) encima de la pobre Prim. Ella se enfado muchísimo, aunque nadie supo porque lo había hecho, Prim empezó a insultarle y a decir tales cosas que tuvimos que llevarnos a los más pequeños a otra habitación. Finalmente, Anne sacó su carácter  y los echó a los dos de casa.

No sé qué pasó después, pero esa noche ninguno de los dos regresó a casa. Después, una semana más tarde, Finnick decidió marcharse permanentemente al nuevo Capitolio y Prim no volvió a dirigirle la palabra. Aunque regresaba en las festividades, Anne veía poco a su hijo. Sin embargo, no le faltaba compañía, pues Johanna y Katniss pasaban más tiempo en su casa que en la suya propia. Y cuando no eran ellas era Prim. La pobre se sentía culpable por la marcha de su hijo y pasaba mucho tiempo con ella.

― Niños, id a ver que ha preparado Sae para merendar. Como sabéis hoy es el cumpleaños de Finnick, y Anne debe estar muy nerviosa al volver a tener a su hijo en casa. ¿Qué tal si la ayudáis en los preparativos?

― Pero…

― Hacedme caso, yo lo soluciono. ―dije sin más. No muy convencidos, Alison y Leo se marcharon hacia la casa de Anne, donde Sae estaría preparando todo un banquete.

― Así que tú lo solucionas. Pues que sepas que no vas a… ― con una sonrisa en mis labios, la acerqué a mí y la besé.

Sus brazos se enroscaron alrededor de mi cuello y profundizó el beso a la vez que la elevaba un poco haciendo que sus pies dejaran de tocar el suelo.

― No vas a convencerme de este modo, que lo sepas. ―dijo a milímetros de mis labios.

― Bueno… Puedo intentarlo. Y que sepas, que disfruto enormemente haciéndolo. ―dije con una sonrisa.

Ella me miró y me dio un pequeño codazo.

― Eres incorregible. ―dijo mirándome con una expresión de la cual no me cansaría nunca.

― Lo sé. ―dije divertido.

Con las manos entrelazadas, andamos por la pequeña pradera donde habían estado discutiendo antes Alison y Katniss. El sol empezaba a bajar, dispuesto a esconderse detrás de la colina. Era un día precioso y muy cálido.

― Te quiero… ―dijo mientras recostaba la cabeza en mi hombro. Yo besé su cabello y sonreí.

― Creo que nunca me cansaré de oírtelo decir…  ―ella me sonrió y me besó dulcemente en los labios. ―Sobre lo del Capitolio…

― Ni hablar. ―dijo todavía con la sonrisa en los labios.

― Katniss…

― Que no.

― Sabes que este día llegaría. Retrasarlo no arreglará nada, solo lo empeorará. Creía que querías vivir. ―dije mirándola de reojo.

― Y quiero pero…

― Entonces dejarás que vayan. Tienen que entenderlo, no dejes que sea otro quien les explique nuestra historia.

― Pero…

― Ya verás que todo irá bien, yo estaré aquí, contigo. Siempre. ―ella me miró a los ojos y suspiró.

― No se vale… ―dijo haciendo un mohín―. Sabes que no puedo negarte nada cuando lo dices así.

― Por eso lo hago… ―dije con una sonrisa―. Katniss… No hay nada malo en tener miedo, lo que es malo es no poner remedio a ese miedo.

Ella me miró un instante y luego suspiró mirando hacia la inminente puesta de sol.

―De acuerdo, pero nada de entrar en la sala de los juegos.

― Vale. ―dije con una sonrisa.

― Ni quiero que Leo se lleve esa condenada cámara suya.

Yo sonreí al recordar la última vez que la despertó con la dichosa cámara. El flas fue tan intenso que Katniss estuvo viendo lucecitas toda la mañana.

― Está bien…

― Y tampoco vamos a quedarnos todo el día. ―yo la cogí por la cintura y la estreché contra mí cuerpo.

― Lo que tu digas, mi vida. ―ella me miró a la cara y sus mejillas enrojecieron del modo en que sabía que enrojecían siempre que iba a pedirme una última cosa.

― Muy bien, panadero. Ya que estás tan complaciente. A ver cómo te las ingenias para acabar de convencerme… Creo que tus palabras no han sido del todo convincentes, al fin y al cabo. ―sonreí ante su insinuación y la acosté en el suelo para luego ponerme encima de ella. Sus mejillas seguían rojas y mi sonrisa cada vez más ancha.

― En tal caso, tendré que usar otro método. Aunque no te aseguro que sea rápido. Puedo tardar un poco… y seguramente no te deje mucho espacio para protestar mis condiciones… ―sin embargo, para hacer que lo aceptara del todo, chasqueé la lengua y fingí pensármelo―. Bueno, empezaría ahora mismo, pero…

― Tu ganas… ―dijo ella con los ojos encendidos por la pasión―. Iremos al Capitolio. Pero ni se te ocurra dejarlo para más tarde.

Me acerqué a ella quedando a unos milímetros de sus labios y sonreí.

― No se me ocurriría…

Peeta había ganado otra vez, como siempre. Aunque sabía convencer a cualquiera con palabras, solo había un modo de convencerme a mí. Y se le daba de muerte. Cuando estaba con él el miedo desaparecía. Él era mi fuerza, mi valor, mi esperanza… mi vida. Él ere mi último deseo.

Y si algo sabía con certeza era que si él estaba conmigo nada sería difícil. Porque me lo había prometido una vez; Siempre.

Y ese siempre iba a ser mi más preciado tesoro.

Fin