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Mi último deseo (los juegos del hambre — capítulo 19

Lo sientoooooo!!!!! He dejado esta historia un poco de lado por culpa de mi otra historia que, por cierto, esta a punto de terminar; Mi zapatito de cristal. jejeje Pero bueno, aqui estoy con otro capitulo! XD En fin, la verdad esque no le quedan muchos más. tal vez uno o dos y ya esta jejeje

Espero que os haya gustado esta historia, y lamento mucho haber tardado tando con este capitulo!! :( 

Ahí va!!

            Desde que lo supe no pude dejar de darle vueltas una y otra vez. Siempre me había dicho que nunca tendría un niño, que no quería que pasara por los juegos ni que viviera con ese temor. Sin embargo, ya no había juegos, ya no había motivos para tener miedo de tener un hijo. Y aun así… seguía teniendo miedo.

Haciendo cuentas tuve la certeza de cuándo y por qué me había quedado en estado. Desde que nos habíamos casado, el hambre que había sentido en alguna ocasión en los juegos se había vuelto adictiva. Necesitaba de Peeta tanto como me era necesario respirar. Tal y como había calculado, estaba de dos semanas. Era curioso que después de todo lo que había pasado un simple error pudiera dejarme embarazada. Una simple pastilla de nada.

Era el día de la celebración de la libertad, como todos sabíamos, todo el mundo estaba invitado a una fiesta donde todos los distritos nos reuníamos en el nuevo Capitolio. Allí bailábamos, reíamos, comíamos y, simplemente, nos divertíamos. Era una reunión muy especial, y ese año fue el primero que hice mi presentación del disco "Sinsajo". Canté una canción que titulé "Liberación", y hablaba sobre lo que había sentido en la rebelión y como ha merecido la pena todo lo que hemos hecho todos para lograr nuestra libertad.

Aunque al principio de la noche estuve muy solicitada por todos aquellos que quisieron felicitarme por mi proyecto, pronto Peeta me reclamó. En un momento que nadie prestaba atención, me cogió de la mano y prácticamente me arrastró hasta el interior del antiguo edificio donde se habían celebrado los juegos. Lo habíamos mantenido en pie para recordarnos a todos lo mucho que habíamos sufrido para llegar donde estábamos. Y pasó a ser un edificio histórico. De nuestra historia.

Las puertas estaban cerradas, sin embargo, para nosotros no era ningún secreto entrar a pesar de todo. La adicción era mutua, y Peeta poco podía hacer para reprimir sus impulsos cuando nos encontrábamos a solas. Lo malo era, que esa noche había olvidado una diminuta y esencial pastilla que me permitía mantener relaciones sin quedarme en estado.

Solo una.

Con una sonrisa en los labios me miré la barriga, algo ya más abultada. Debían quedarme unos pocos meses para dar a luz. Con la mirada perdida en el pasado, un pasado no muy lejano, volví a mirar hacia el exterior, donde Peeta estaba jugando con Finnick y la pequeña Prim, junto con la bebe recién nacida de Johanna y Gale, otra niña. La llamaron Madge, en honor a una muy buena amiga de Gale y mía. En esos momentos, Peeta estaba tan feliz que todavía reía ahora al recordar cuando le dije que estaba embarazada.

Su cara había quedado petrificada ante la noticia, y sus ojos me miraron sin ninguna expresión. Al principio me asuste. ¿Qué le ocurría? Sin embargo, poco después empezó a balbucear cosas sin coherencia moviendo la boca como si fuese un pez.

― ¿Es… estás… estás… em… emba… embaraza…?

― Embarazada, Peeta, estoy embarazada.  ―dije ayudándole a terminar la frase. Sin embargo, sus ojos se centraron en mi barriga, como si intentara ver lo que le estaba diciendo con los ojos.

― Pe… pero… ¿Cómo puede… puedes…?

― Fue la noche de la celebración, hace dos semanas… Me dejé… una pastilla y…

― Te dejaste… una pastilla… ―dijo repitiendo lo que había dicho.

― Peeta… ―dije preocupada―. ¿Estás bien?

Sin embargo, no me contestó, en murmullos no paraba de repetir lo que yo le había dicho. Y sin saber muy bien porqué, empecé a enfadarme. Con el ceño fruncido y con mi reciente mal humor, pasé por su lado y empecé a bajar las escaleras donde me encontraría con Gale, Johanna, Anne y el pequeño Finnick que estaba jugando con la pequeña Prim, que acababa de llegar junto con Effie y Haymithc que se habían quedado con la pequeña.

― ¿Cómo se lo ha tomado? ―preguntó Johanna preocupada. Yo la miré sin saber muy bien que decir. ¿Cómo se lo había tomado? La verdad era que no sabía muy bien como se lo había tomado.

Sin embargo, antes de que nadie pudiera decir nada más, un grito que provenía de la planta alta se escuchó por toda la casa.

― ¡Anda! Creo que ya se ha enterado. ―dijo Gale mirando hacia arriba como si pudiera ver a Peeta desde donde estaba.

Unos pasos siguieron al grito y al instante tuve a Peeta rodeándome por la cintura y cogiéndome en brazos.

― No me estas tomando el pelo, ¿verdad Katniss? ¿Estás realmente… estás embarazada? ―dijo cerca de mis labios.

― ¿Crees que bromearía con algo así? ―dije cruzándome de brazos―. ¿Por qué narices reaccionas así? Tú querías tener hijos. ―dije molesta.

― Pero tú no. ―dijo pegándome a él―. Creía que tendía que insistir e insistir hasta convencerte.

― Eso ya lo has hecho, tonto. ―dije mirándole a los ojos―. Me lo has pedido incontables veces. Y ahora que te digo que es cierto te quedas mirándome como si fuese…

Recuerdo que sus labios callaron mis protestas, y en un instante olvidé porque había estado enfadada. Incluso olvidé que teníamos público. Lo cual tuvo como consecuencia un montón de abucheos diciendo algo parecido a; ¡Esperad a que nos vayamos! ¡Que ya no sois adolescentes! ¡Hay niños en la sala! Y cosas por el estilo.

Mi sonrojo duró prácticamente toda la noche, del mismo modo que duró toda la noche los comentarios burlones de Gale referente a como había reaccionado Peeta. Aun ahora se mete con él haciendo referencia a aquel día. Y no es para menos, seguramente su cara debía haberse hecho para enmarcarla.

Después de aquello, Peeta estuvo preguntándome hasta que empezó a notarse mi barriga, si era completamente seguro que estaba embarazada. En esos momentos era cuando tenía la certeza de lo mucho que le ilusionaba tener un hijo. Y lo cierto era que ha mi también había empezado a hacerme mucha ilusión. Era mi bebe. Mío y de Peeta. Y le amaba más de lo que podría llegarse a amar a alguien que ni siquiera habías visto todavía.  

― ¿Cómo te sientes? ―dijo una voz detrás de mí.

― Bien. Ahora me siento mejor. ―dije sonriendo sin apartar la mirada de la escena que había estado presenciando todo el rato.

― Anne me ha dicho que cuando llegue el momento quiere ayudarte a tener el hijo.

Me giré al escuchar sus palabras. Se había sentado en la cama mirando el suelo con las manos entrelazadas.

― ¿Has venido a decirme solo eso, Gale? ―dije dirigiéndome al borde de la cama y sentándome a su lado. Él alzo la cabeza y me miró a los ojos.

―  En realidad no. ―dijo con una sonrisa―. Estaba preocupado. Bueno, en realidad me lo ha contagiado tu marido. Ha estado todo el tiempo intentando subir a verte.

Esta mañana, cuando había despertado, lo había hecho con un dolor de cabeza impresionante. Gracias a dios, no había tenido nauseas matutinas, mi madre no las tuvo por lo que supuse que yo tampoco las tendría, y así había sido. Sin embargo, de vez en cuando los dolores de cabeza eran tales que me obligaban a mantenerme en la cama durante un par o tres de horas. Llevaba semanas sin sufrir ninguno, pero esta mañana…

Peeta había querido quedarse, pero le había insistido que fuese a fuera con Gale, Anne y Johanna a ayudarles con los niños. Al ser sábado, habíamos quedado todos para preparar una comida conjunta.

― Ya me encuentro mejor… ―dije sonriendo al recordar lo pesado que se ponía Peeta cuando me encontraba mal.

― Katniss… ―cuando escuché su tono de voz supe que quería decirme algo que no se atrevía a decir―. ¿Recuerdas el día antes de la cosecha?

Mis ojos se ensancharon ante la sorpresa de la pregunta.

― A que viene… ―pero mi voz se apago al ver la expresión de sus ojos, y decidí cambiar la frase―. Sí, claro que lo recuerdo…

Volvió a dudar un instante, sin embargo, esta vez habló sin tapujos.

― No he parado de darle vueltas a algo que dijiste ese día.

― ¿A qué te refieres? ―entonces se giró y me miró a los ojos.

― Cuando te comenté que quería escapar, que quería un lugar mejor para mis hijos… bueno, cuando te propuse…

― Ves al grano, Gale. ― dije intentando sonar relajada. Él volvió a dudar un instante, pero esta vez habló sin mirarme a los ojos.

― Me he estado preguntando por eso que me dijiste… ―comenzó―. Katniss… tú…

― ¿Yo qué? ―dije algo cansada. Sin embargo, me obligué a relajarme y volví a suavizar la voz. Malditos cambios de humor…―. ¿Qué ocurre, Gale?

― ¿Sigues pensando eso? ¿Sigues pensando en no querer tener hijos?

Por un instante me quedé quieta sin entender realmente la pregunta, sin embargo, conocía lo suficiente a Gale para saber lo que quería decir con aquello.

― Quieres saber si me arrepiento de estar embarazada, ¿no?

― Lo siento. Sé que no tengo derecho a preguntarte esto. Pero me preocupa que sigas pensando como entonces. Me preocupa que ese bebe sea solo un error y que no quieras estar embarazada realmente.

Yo lo pensé un segundo, intentando encontrar las palabras exactas. Entendía sus preocupaciones. Sobre todo porque le había dejado muy claro que no quería por nada del mundo tener hijos. Y ahora… estaba embarazada.

― Al principio me aterró la idea. ―confesé―. Cuando vi que estaba embarazada, que el test de embarazo daba positivo… Dios. Fue… fue horrible… ―dije riendo irónicamente―. Pero… luego pensé en la situación en la que estaba. Que ya no había juegos, ni tendrían que pasar hambre, ni sufrir del mismo modo que antes. Y… empecé a verlo de un modo distinto.

Me callé unos instantes mientras veía un poco de movimiento fuera de la habitación. Supe al instante quien era.

― Pero… debo confesar que me daba miedo. Estaba realmente aterrada.

― Pero ahora ya no. Y no lo pareciste el día que nos lo dijiste a nosotros. ¿Qué cambió? ―dijo sin darse cuenta de que ya no estábamos del todo solos.

― Fue por él. ―dije con una sonrisa―. Cuando vi la ilusión que le hacía, lo feliz que era con la noticia… Como has dicho antes, me contagió. ―Gale dejó escapar una risa y se apoyó en la cama.

― Ya me lo imaginaba. Realmente, Catnip, Peeta te ha cambiado. ―dijo despreocupado.

― ¿Qué quieres decir? ―él me miró a los ojos y sonrió.

― No te enfades, no es malo. Eres… se te ve… Feliz…

Entonces alcé la cabeza y miré directamente a la puerta donde sabía que estaba Peeta observándolo todo en silencio, sin que, aparentemente, nosotros fuésemos conscientes de ello.

― Lo soy… Soy muy feliz.