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Memorias de Idhún: Enmendar los errores... — capítulo 23
Bendal paró su montura y giró sobre su silla para observar como estaban sus hombres. En un principio había pensado en regresar a Vanis a pedir refuerzos pero después había caído en la cuenta de que mejor era pasearse por todo Idhún buscando alguna pista sobre el paradero de la semiyan ante que volver a enfrentarse a Covan sin nada que aportarle. Por suerte, durante el viaje desde Kazlunn se le habían sumado mercenarios y personas sin un lugar al que ir, incluso algún bárbaro que se había quedado sin hogar tras el desastre de los Dioses pero que había conseguido recuperar la vista.
Bendal sonrió e hizo un gesto para que se detuvieran y señaló el paisaje que se alzaba ante ellos. Los mercenarios se quedaron sin habla. Un gran río cruzaba delante de ellos impidiéndoles el paso, pero más allá podían ver el inicio del desierto. Al lado del río estaba la ciudad fronteriza de Dyan, cohabitada por limyati y celestes.
―Caballeros… mañana al amanecer estaremos en medio del desierto. Tomaremos descanso en esta ciudad. Intentad recabar el máximo de información y no bebáis demasiado. Nos esperan unos días muy duros―sonrió ante la alegría que demostraron sus seguidores. El único que no estaba alegre era un mago semifeérico que había recogido por la fuerza, ya que en el momento en que pasaron por Alis Lithban estaba explicándole a una pequeña hada su encuentro con la primera maga consagrada por Lunnaris y el ambicioso proyecto que se llevaba entre manos. Por suerte para él, Bendal había aguzado el oído al escuchar el nombre de la semiyan y había podido sonsacarle toda la información posible. Sabía que llevar a un hijo de Wina por el desierto era una muerte segura, pero necesitaba a alguien que aportase datos, además que un mago en un grupo nunca iba mal.
Llegaron a la pequeña ciudad lo más rápidamente posible, aliviados, ya que hacía días que dormían al raso. Entraron en la posada que regentaba un anciano celeste que al verlos palideció.
―Buenas noches, celeste. Buscamos alojamiento. Estamos yendo a cumplir una misión por orden del rey Covan―mintió, ya que el rey nunca había propuesto ir a buscar a Kimara―. Espero que nuestro título como reales caballeros que luchan por mantener la paz sea suficiente para que podamos pasar la noche en buenas habitaciones y con una buena cena―sonrió, mientras sus ojos grises relucían ante la luz de la hoguera.
El celeste se quedó paralizado, observando a los alrededor de veinte hombres con expresión de puro terror. Asintió como pudo y se dispuso a alojar a los hombres en sus mejores habitaciones.
Cuando guió a Bendal hasta su lugar de reposo, este le preguntó su nombre.
―Me llamo Ao-Bim, señor.
―Bien, Ao-Bim. Como has demostrado tu lealtad por el lado de la resistencia de los idhunitas contra los sheks te pagaré la noche. Tan solo te estaba poniendo a prueba―palmeó el hombro del hombre―. Anima esa cara, hombre. Pero necesito que me digas si por aquí ha pasado una semiyan llamada Kimara.
―No, señor―respondió Ao-Bim con total sinceridad.
―Ummm…―Bendal sabía que los celestes jamás mentían por lo que no desconfió del hombre― ¿Nada extraño?
―No que yo sepa, señor…―Bendal ya le iba a dar las gracias al hombre cuando este soltó una pequeña exclamación― En realidad, ahora que lo pregunta… hace tres días pasó un Dragón negro por encima de la ciudad. Me pareció extraño, ya que ahora los Nuevos Dragones no suelen pasar por aquí, y si lo hacen suelen ir en grupo.
Bendal se despidió de él, dándole una bolsa de monedas, y cerró la puerta tras de sí. Maldijo por lo bajo. No había contado con que la semiyan hubiese viajado con un dragón artificial hasta Awinor. No había contado con Rando. Aquel idiota que había causado tantos problemas en la organización de los Nuevos Dragones. Aquel idiota que había causado la muerte de la prima de su esposa Kinla, emborrachándose en una taberna. El muy estúpido había creído que Yenna le estaba engañando con otro hombre, cuando en realidad estaba participando de forma muy activa en un grupo de shianos y ayudándoles a sobrevivir. Fue por aquel tiempo cuando conoció a Kinla. Era una joven muy asustadiza, que siempre mantenía muy abiertos sus preciosos ojos castaños como si siempre estuviese asustada. Había secado las lágrimas de su esposa y había acariciado su largo cabello rubio cuando esta se enteró de que su prima había sido ejecutada por culpa del bocazas de Rando. Él era el culpable de que no pudiera emborracharse como una cuba en las tabernas, pues temía rebelar más información de la que debiese.
<>. De hecho no deseaba otra cosa que matar a todo aquel que hubiese hecho daño a su familia.
Se estiró en la cama y cerró los ojos, suspirando. Ya empezaba a oír el jaleo de sus hombres bajando a cenar, pero él no tenía ganas de nada. Al poco rato ya se había quedado dormido.
Alexander alzó la mirada hacia el luminoso cielo de Idhún y quedó cegado por un instante. Había echado de menos aquellos tres soles sobre el cielo. Una gran satisfacción inundó su pecho y se giró para ver la cara de María. Pero ella no estaba. Volvió a la realidad. Debía centrarse en la misión.
―Bien. El plan entonces es el siguiente: Victoria y yo volaremos hacia Awinor en busca de Kimara, vosotros iréis a Vanis a explicarle a Covan la situación. A partir de ahí ya sobre la marcha ¿no? ―concluyó Jack de forma resuelta.
―Lo que no tengo muy claro es como hay que proceder con Bendal―dijo Alsan―. Si va a Awinor… ¿no sería mejor que se le juzgara en Vanissar en vez de acabar con él allí?
Todos se giraron hacia él.
―No creo que eso importe demasiado―comentó Jack.
―No, no. Tiene razón―alegó Shail―. Si lo veis quiero que me lo enviéis como sea―frunció el ceño. Alexander le miró un momento y añadió:
―Si lo veis… decidle que Alsan de Vanissar le espera en el palacio real. Que venga a enfrentarse a la justicia con honor si aún le queda algo de él como caballero de Nurgon que es.
El resto asintió.
―En caso de que lo rechace…
―…matadlo―concluyó Shail.
Al cabo de un momento un dragón dorado se alzaba en el claro cielo de Idhún con dirección hacia Awinor.
Alsan y Shail deberían ir hasta Haai-Sil para que les proporcionasen pájaros Haai. Así que emprendieron el viaje a pie, en un silencio tenso.
Alexander no le había perdonado sus duras palabras en Limbhad y caminaba con aire malhumorado. El mago no hizo ningún comentario e intentaba seguir el ágil y firme paso de su compañero como podía. Al atardecer llegaron agotados al río Yul y decidieron hacer un alto para descansar y comer algo. Shail se acercó al río para refrescarse la cara. Alexander giró pensativo el anillo que le había dado María, decidió colgarlo en la empuñadura de Sumlaris, atado a uno de los cordones que adornaban el águila, justo al inicio de la empuñadura. Se sentó en la hierba e intentó descansar el cuerpo, que tras tanto tiempo de inactividad estaba más perjudicado de lo normal en él. De pronto pensó en que hacía mucho que no esgrimía una espada y que quizá, en caso de que Bendal quisiera batirse en duelo contra él para evitar su muerte, se mostraría débil ante su enemigo. Con ese pensamiento se levantó haciendo un gran esfuerzo y comenzó a practicar dando toques al aire, incansablemente.
― ¿Tan enfadado estás conmigo? ―preguntó Shail al volver. Tenía la cabeza empapada de agua y le observaba con curiosidad. Alexander no contestó. No lo había hecho con esa intención pero seguía enfadado con el mago, así que dejó que creyera lo que quisiera.
Shail se sentó en el suelo y con unas palabras mágicas encendió un fuego cerca de él.
―Debes descansar―comentó el joven―. Nos esperan muchas cosas por delante.
Pero el guerrero continuaba practicando, sin prestar atención a sus palabras. En el fondo sabía que su amigo estaba arrepentido por haber dicho todo aquello, pero pensó que un buen escarmiento tampoco le iría mal.
―Además, a María no le gustaría que murieras de cansancio o de hambre en el camino. Y le prometí que tú estarías bien…―añadió, bajando la voz.
Alexander titubeó un momento dejando la espada en el aire en medio de una estocada, como si aquellas palabras le hubieran paralizado. Después guardó a Sumlaris en su vaina y se acercó a regañadientes a la hoguera. El mago sonrió levemente mientras rebuscaba algo comestible en su jergón. Comieron en silencio, escuchando el crepitar del fuego. Shail miró a su amigo, que mostraba una expresión malhumorada. No pudo aguantar por más tiempo callado.
―Alsan… escucha. Siento haberte dicho eso, no tenía ningún derecho. Sé que solo intentas ayudarme. Yo…―se interrumpió buscando las palabras adecuadas― me alegra saber que estás vivo. De verdad. Pero Zaisei ha muerto y no puedo estar bien…
―Deja de protegerte bajo la muerte de Zaisei―le interrumpió Alexander, duramente―. Sé que lo estás pasando mal y lo entiendo. Puedo ponerme en tu lugar. Y por eso sé que nunca te habría dicho algo tan horrible si la situación fuese al revés―hizo una pausa―. Admite de una vez que me culpas a mí por su muerte.
Hubo un tenso silencio. Shail se levantó de pronto y respiró hondo. Sí. Ahí estaba aquel sentimiento de rencor que sentía hacia Alsan. Estaba latente. Y dolía.
―Tienes razón―admitió―. Te culpo. Si tú no hubieras comenzado toda esa locura de matar y matar sheks esto no habría sucedido. Nadie se hubiera preocupado por el hijo de Victoria y por quien fuera su padre, almenos no de esta forma tan terrible. Pero Covan vio toda tu estúpida obsesión por el bebé y por Kirtash. Quiso honrar tu memoria matando y matando, como tu habrías hecho. Quizá no quería que sucediera esto con Zaisei, quizá ni siquiera lo sabe. Pero fue él quien mandó a aquel monstruo a buscar a Eva. Así que… ¡por supuesto que te culpo! ¿Cómo no hacerlo?
Alexander le observó pero no hizo ningún comentario. Su amigo estaba completamente rojo y evitaba mirarle a la cara.
―Pero…―susurró Shail― Sé que pensar todo eso es injusto. Tú no podías… no podías saber las consecuencias de tus actos. Y te pido disculpas por lo que te dije en Limbhad. Sabes que no lo pienso de veras.
Alsan asintió con la cabeza.
―De acuerdo…
No añadió nada más aunque se le veía pensativo. Shail volvió a sentarse, un tanto avergonzado.
En cuanto hubieron descansado lo suficiente se levantaron y continuaron su viaje.
Había muchas cosas por hacer y muy poco tiempo.
Christian observó el gran laboratorio que había tras la puerta. En él habían cientos de tubos, de todos los tamaños, también una especie de capsulas que estaban rellenas con un líquido azulado.
Shizuko se dirigió en japonés hacia los científicos allí presentes que trabajaban como posesos y todos salieron rápidamente de la sala, dejándolos solos.
―¿Y bien? ―preguntó él.
―Te presento el lugar donde se está llevando a cabo nuestro nuevo proyecto…
<<¿Nuestro?>> le preguntó él mentalmente, en ningún momento había accedido a ello.
―Sera mejor que hablemos con nuestras voces―le advirtió la asiática―, aquí hay cámaras y prefiero que crean que hablamos algún otro idioma a que nos quedamos como estúpidos todo el rato sin decir nada audible.
―¿Por qué no ordenas que se desconecten las cámaras?
―Porque… me siento así más segura―le dedicó una enigmática sonrisa mientras pasaba por su lado para acercarse a una de las mesas.
―Como decía… en ningún momento dije que iba a ayudarte, Ziessel.
―Deja que lo averigüemos…―le indicó con un gesto que se acercara hacia la mesa donde ella estaba y él accedió―Observa este prototipo.
Christian se acercó hasta un pote que estaba cerrado y contenía un líquido anaranjado. Aguzó la vista y lo que vio le dejó asombrado. Un bebé… un bebé shek. Se giró con rapidez hacia ella con la duda pintada en su mirada, algo muy difícil de ver.
―¿No te lo imaginas? ―hizo una pausa, pero al ver que él no se movía, ni siquiera pestañeaba continuó―Es una cría de shek viva, nació hará cinco meses.
―Hasta ahí he podido llegar…―le comentó con una mirada helada―Lo que no entiendo es para qué la quieres ni por qué la tienes encerrada.
Ella sonrió enigmáticamente.
―Quiero a alguien como tú. Voy a crear híbridos… Imagínate las cosas que…
―Basta―Christian se alejó de ella―. No quiero hacerlo. Pensé que cuando dijimos todo aquello sobre controlar a los humanos te referías a otro tipo de cosas. No a esta monstruosidad.
―Tú eres producto de una monstruosidad así.
―¿Sabes cuantas crías murieron para ser lo que soy? ¿Acaso quieres extinguir a la raza shek antes de que pasen dos años?
―Eso tan solo sería con la primera generación―su tono de voz denotaba una indiferencia absoluta―. Después el proceso de reproducción sería como el de la manada. Cuando dos híbridos de shek procreasen en sus cuerpos humanos, estos heredarían también su otra parte. Quizá en menos de dos años no queden más que viejos sheks puros pero… también gobernaríamos toda la Tierra. Piénsalo.
Christian la observó fijamente.
―A ti todo eso te da igual, ¿verdad? Tan solo quieres encontrar la manera de recuperar tu cuerpo shek. Y si ha de ser sacrificando a tu propia raza te es indiferente―vio que ella callaba y miraba a un punto fijo de la pared. Supo que había dado en el blanco.
―Pero ellos ya no son mi raza. Me desprecian, Kirtash. Cualquier día se rebelarán y yo moriré. Ahora que nuestro Dios nos ha abandonado, ahora que no estoy bajo su protección… ¿Por qué deben seguirme?
El joven volvió a mirar el contenedor del pequeño shek. Entendía lo que quería decir Shizuko, Él mismo se había sentido rechazado por la comunidad shek, pero nunca le había importado. Ella en cambio se sentía frustrada y furiosa consigo misma, contra su propio cuerpo que tanto detestaba y contra su propio Dios. Por mucho que ella fuese una mujer de hielo, todos esos sentimientos eran los que la movían para querer experimentar. Y había comenzado con los híbridos con parte irracional para asegurarse de que ambas partes pudiesen convivir en harmonía.
―Piénsalo, Kirtash. Si los sheks comienzan a reproducirse al final seremos visibles para los humanos. Y puede que estos sean más estúpidos que los de Idhún, pero sus armas son cada vez más potentes. En cambio, si todos fuesen como tú…
―Deja de esconder un propósito personal en algo beneficioso para la raza shek. No lo haré. Olvídalo―le dio la espalda para marcharse.
―Pensé que éramos amigos. También creí durante un tiempo que me amabas.
―Yo también lo creí―le respondió sin girarse. Salió de la sala en silencio.
Shizuko observó como la puerta se cerraba y apretó los puños. Notó como sus ojos se humedecían. <> se dijo. Lo cierto era que cada segundo que pasaba se sentía cada vez más humana y no podía soportarlo. La rabia le inundó el corazón, cosa que hizo que se enfureciera más. <> se dijo para convencerse <> repitió.
Necesitaba un cuerpo de shek. Esa era su única solución. Odiaba sentirse tan débil y pequeña. Odiaba su humanidad. Pero sin ella nada hubiera sido posible.
Por eso aquella era su solución. Si podía crearlos… ¿por qué no podría crearse a sí misma?
No le había dicho a Kirtash que ya habían muerto siete crías desde el tiempo en que había empezado su experimento. Pero las había clonado… por ello jamás faltarían sheks para experimentar.
Lo de la manada había sido muy fácil. Rápidamente había encontrado las sustancias necesarias para que sus almas quedasen en perfecta comunión y pudieran reproducirse entre ellos, creando así más híbridos. Lo cierto era que poco le importaban. Habían sido un experimento exitoso. Nada más.
Pero Kirtash… él era el único híbrido de shek que conocía. Sabía que él había sido creado mediante la magia y no tenía nada que ver con su proyecto pero… su opinión y su larga experiencia en la Tierra le habrían sido de gran ayuda.
<> se dijo algo más calmada <>.
Pero no sabía por qué su corazón se estremecía de pena.
<>
Chasqueó la lengua y se quedó observando al pequeño shek, que flotaba debido al líquido.