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Memorias de Idhún: Enmendar los errores... — capítulo 24
Cuando divisaron los restos de la Torre de Awinor, Erea brillaba llena en el cielo idhunita. Habían pasado casi dos días volando para llegar cuanto antes junto a su amiga, tan solo haciendo algún que otro pequeño alto para recuperar fuerzas. Victoria se sentía bastante débil, pero no tanto como la primera vez que habían cruzado el desierto juntos, gracias a que ahora podían volar rápidamente.
Jack aterrizó en un gran terreno despejado, cercano a un oasis donde se habían instalado decenas de tiendas. Victoria bajó por una de sus patas y el chico volvió a convertirse en humano. Cuando se adentraron en el campamento apenas había algunas pequeñas hogueras encendidas y muy pocas personas hablando alrededor de ellas.
―Disculpad―comenzó Jack, un tanto emocionado de ver la multitud de tiendas agolpadas alrededor de los restos. Lo cierto era que ya habían hecho algunos pocos progresos montando parte de la estructura con tablones de madera a modo de columna vertebral del edificio, y los demás elementos de construcción estaban cerca de una especie de lanzadera―. Busco a Kimara.
Un yan se volvió hacia él.
―¿Quién la busca? ―preguntó, un tanto desconfiado. Sin duda, debido a la oscuridad no había podido distinguir la figura del dragón mientras aún sobrevolaba la zona.
Pero Jack no tuvo que contestar. Una alta e imponente figura salió de la tienda más grande del campamento improvisado. Antes de que el joven tuviera tiempo a reaccionar el vozarrón inconfundible de Rando resonó en todo el lugar:
―¿Qué pasa aquí? ―miró a Jack con sus ojos bicolor y cuando lo reconoció bajo la luz de las hogueras en su rostro apareció una amplia sonrisa―¡Ja! Ya sabía yo que los rumores no eran ciertos.
Se acercó a él y le dio una de sus fuertes palmadas en la espalda. Como siempre, Jack se quedó sin respiración un momento, pero tras un breve instante de vacilación debido a la confusión que sentía, le sonrió también, Victoria se acercó un tanto y saludó al semibárbaro.
—Kimara está durmiendo en la tienda—les informó él—. Últimamente se pasa el día durmiendo, se ha vuelto una perezosa—Rando rio como si fuese un chiste que solo él entendía—Pero ahora acomodaos, debéis estar cansados. Lank ¿hay alguna tienda libre? —preguntó a un muchacho delgado y rubio que pegó un bote al oír el vozarrón del semibárbaro diciendo su nombre.
—Quedan dos apenas, señor—respondió con un hilo de voz.
Rando volvió a estallar en carcajadas, cosa que hizo que el chico se sonrojara levemente.
—¡Señor! Pilotas un dragón y compartes tu vida con la primera maga de Idhún en quince años y ya se creen con derecho de tratarte como a un rey…—bromeó— Pero bueno, no hablemos más, debéis descansar… ¿A qué vienen esas caras? —preguntó frunciendo el ceño al ver la expresión de preocupación que asomaba en los rostros de los jóvenes.
—Rando… no traemos buenas noticias—soltó Jack tras un instante de silencio—. No sé los rumores que habrás oído pero… seguramente son verdad. Hay un caballero que nos busca… quería… quería matar a nuestra hija Lune. Tuvimos que huir a la Tierra para que no nos encontraran.
Rando le observó con expresión seria.
—Así que los rumores eran ciertos. Habíais desaparecido de Idhún para proteger a la nieta de Ashran—Jack frunció el ceño—. No… no me malinterpretes. Sabes que a mí esas cosas no me importan. Pero hay quien piensa que hasta que los descendientes de Ashran no mueran, las serpientes seguirán en Idhún y el Séptimo regresará. Pero…—añadió al ver la expresión de tristeza de Victoria— por el contrario… también somos muchos los que no lo creemos. Y muchos los que darían su vida por proteger al último unicornio y sus seres queridos… sean quienes sean—lanzó una mirada circular a todo el campamento.
La joven asintió en señal de agradecimiento, con los ojos llenos de emoción a pesar del cansancio que sentía. No podía dejar de mirar la reconstrucción que había comenzado de la Torre de Awinor. El sueño de Kimara. El sueño de alguien a quien quería y que formaba ya parte de su vida, al igual que todos los nuevos aprendices.
—El problema es que Bendal, que así se llama el caballero, cree que la mejora manera de encontrarnos es buscar a todas las personas más cercanas a nosotros—continuó Jack. Rando le miró sin entender muy bien lo que quería decir. El chico suspiró—. Se dirige hacia aquí. Y por lo que hemos podido saber gracias a un posadero de Dyan es que… no viene solo. Un gran número de mercenarios le acompaña.
El semibarbaro abrió los ojos sorprendido. Había escuchado ese nombre antes, años atrás, pero no recordaba por qué. Aunque eso no le importaba mucho en aquel momento.
—¿Quieres decir que viene a por Kimara? ¿Cree que ella va a guiarle hasta vuestra hija? —sus ojos relucieron de furia por un breve instante—¡No pienso permitirlo! ¡Lank, avisa al mensajero, debe partir de inmediato a pedir refuerzos a los campamentos vecinos!
El muchacho asintió y comenzó a correr hacia el otro extremo del lugar. Jack puso una mano sobre el hombro del hombre.
—Calculo que tardarán entre cinco y siete días más. Sabes que no permitiremos que le hagan daño a Kimara… pero quizá sería mejor que se escondiera en algún lugar seguro mientras pasa la tormenta…
—¿Se puede saber que son esos gritos, Rando? —preguntó una voz femenina a sus espaldas—¿Ya ni siquiera puede una dormir en paz?
A Jack le dio un vuelco el corazón al girarse y reconocer la silueta de Kimara en la puerta de la gran tienda. Llevaba el pelo revuelto e iba cubierta con varias mantas de pieles. Victoria corrió a su encuentro y la abrazó cálidamente, mientras ella trataba de asimilar lo que estaba sucediendo. Cuando lo hizo rodeó a la joven con los brazos, mientras le susurraba:
—Sabía que no podía ser verdad, lo sabía. Sabía que vendríais.
Cuando se separaron fue el turno de Jack. Le dedicó una de sus cálidas sonrisas y le dio un fuerte abrazo. La semiyan se apretó un poco más las mantas alrededor, un tanto turbada.
—Me alegra volver a verte, Kimara.
—¡Lo mismo digo, Jack!
Rando se acercó y rodeó la cintura de ella con los brazos. Seguía con el ceño fruncido y su habitual buen humor había desaparecido por completo. Jack se maldijo por haberlo soltado tan de sopetón, pero debían saberlo cuanto antes.
—¿Qué ocurre? —preguntó la semiyan, preocupada, mirando a su compañero de reojo.
Jack le contó la situación en pocas palabras. Ella no pareció preocuparse en absoluto.
—Un ejército entero no podría contra un grupo tan numeroso de magos. Y menos cuatro mercenarios del tres al cuarto. Eso lo sabe todo el mundo. Además, la Torre de Awinor nos ampara… los espíritus de los dragones nos protegerían si se diese el caso— su mirada era serena. Parecía haber madurado mucho en aquel tiempo y Jack y Victoria la observaron, viendo algo diferente en ella.
—Ahora no podemos permitirnos el lujo de creer que unos dragones que no existen nos protegerán de todo mal, cariño—murmuró Rando—. Ahora ya no podemos hacerlo.
—¡Ahora más que nunca debemos hacerlo! ¡Nada impedirá que mi sueño se cumpla! Así que no te molestes siquiera en pedirme que huya, porque no pienso hacerlo—se alejó hacia la hoguera más cercana y se sentó, malhumorada.
—Perdonadla. Está un poco alterada—el hombre se rascó la barbilla, preocupado—. Últimamente está pasando por una etapa delicada. No hace ni un mes que estamos aquí y ya se siente responsable de todo lo que suceda…
Victoria se acercó a la semiyan y se sentó a su lado. Comenzaron a hablar en voz baja.
—Pero debemos convencerla de que se marche… Podrá regresar. No hay nadie que desee que esto se lleve a cabo más que yo—insistió Jack.
Rando suspiró y negó con la cabeza. Ambos miraron entonces la escena entre las dos chicas. Victoria rodeaba los hombros de Kimara con un brazo y con el otro había atraído el rostro de la semiyan hasta su pecho. Le estaba susurrando algo al oído, algo que hizo que ella se echara a llorar.
—¿Qué le pasa a Kimara? —preguntó el híbrido, muy sorprendido—Jamás pensé que llegaría a verla así. ¿Ha sucedido algo?
El semibárbaro no respondió. Continuó con la mirada fija en la mujer a la que amaba. Pero Jack no necesitó que le contestara a la pregunta. La semiyan se apartó lentamente de Victoria y sonrió con los ojos llenos de lágrimas. Entonces cogió la mano de la joven y la acercó hasta su vientre. Bajo la presión de la extremidad de la chica pudo percibir algo que con todas las mantas que Kimara llevaba encima había sido imposible distinguir. Jack contuvo la respiración por un breve instante.
Kimara estaba embarazada.
Alexander ni siquiera había caído en la cuenta de aquello.
Llevaban ya un día entero en Haai-Sil y aún no habían podido emprender su viaje hasta Vanissar.
Habían entrado en la ciudad la mañana anterior. Todo había ido más o menos bien hasta que pasaron por la casa de Zaisei y Shail. Su hogar. Alsan no sabía que ellos se habían trasladado a vivir allí y por tanto había andado por las calles con total normalidad y tranquilidad, pues aunque alguien lo reconociese sabía que no lo delatarían. Por ello no había evitado ninguno de los lugares más transitados. Por ello habían ido a dar de bruces con la gran casa estilo Limbhad como eran todas las edificaciones celestes. No tenía nada fuera de lo común. Y cuando Shail se había quedado quieto, mirando fijamente hacia la puerta con los ojos llenos de lágrimas, Alexander no había sabido cómo reaccionar.
Ahora él estaba en la habitación de la posada, esperado a su amigo. Suspiró. Por mucho que Shail quisiera acompañarle a Vanis, sabía que le dolía pasar por delante de su antiguo hogar y ni tan siquiera mirar atrás. Por ello cuando le había anunciado que iba a ir a ver a Do-Yin, el padre de Zaisei, él había asentido sin ninguna palabra. Pero llevaba ya horas esperándole, dando tumbos de un lado a otro de la habitación, sin saber qué hacer. También a él le costaba mucho quedarse solo. No quería pensar. <<Si miro atrás estoy perdido>> se repetía mentalmente una y otra vez.
Tan solo habían pasado tres días… tres días. Y esto solo acababa de empezar. Miró por la ventana a los transeúntes que paseaban por las amplias calles de la ciudad para distraerse. Era hermoso ver todo aquel esplendor. <<Seguro que a María le gustaría este lugar>> aquel pensamiento se escapó de su mente sin poderlo evitar. Enfadado consigo mismo cerró la ventana de golpe y se estiró en la cama.
Cerró los ojos un momento. Se preguntó si todo aquello era normal… si esa pesadilla terminaría algún día. Necesitaba estar sereno y firme, necesitaba ser más Alsan que nunca. Pero una y otra vez volvía a apartarse de su cometido para pensar en ella… en su mirada, sus labios… Sacudió la cabeza y se volvió para mirar a su espada Sumlaris, que estaba apoyada contra el armario. De ella sobresalía aquel cordón con el anillo atado a él. Decidió darse por vencido y recordarla un rato más, así que extendió el brazo y acercó la empuñadura hasta su lado. Cogió la pequeña joya entre sus dedos y la observó atentamente. El anillo era totalmente dorado, y en la parte delantera tenía un gran sello en forma de libro sobre un fondo rojo. Frunció el ceño. Aquel símbolo le resultaba muy familiar pero no sabía de donde lo recordaba. Lo giró un poco más para verlo mejor…
—Ya estoy aquí—dijo la voz de Shail desde la puerta.
Alexander se giró para mirarlo, un tanto avergonzado por que le hubiera pillado por sorpresa mirando como un idiota el anillo de su amada. Pero el mago no parecía haberse percatado de nada y su rostro estaba serio. Alsan se aclaró la garganta.
—¿Cómo ha ido?
—Bien… bien. Do-Yin nos prestará el pájaro que necesitamos…
—Sabes que no me refiero a eso—le reprendió el rey con un suspiro de resignación
Shail desvió la mirada.
—Hemos estado hablando… él… él no cree que esta sea la mejor solución. Pero… pero él es un celeste. No podría hacer daño a nadie, no puede siquiera desearlo. Yo estoy haciendo lo correcto… ¿verdad?
Alexander frunció el ceño. Era obvio que su amigo le pedía consejo, pero él no era el más indicado para hacerlo. Jamás había estado en su situación… y de estarlo seguramente habría reaccionaría mil veces peor.
—No puedo decirte si lo que haces es correcto o no, Shail. No soy el más indicado. Mis decisiones siempre son demasiado extremistas—el mago asintió, pero en su rostro comenzaron a aflorar las dudas y la tristeza—. Eh, pero yo te apoyaré en lo que decidas. Eso no tienes que dudarlo—sonrió, tratando de animarle.
Lo consiguió, aunque solo fuese un poco, porque su amigo sonrió levemente.
—¿Tú como estás? —le preguntó de pronto.
—¿Yo? —respondió Alexander, sorprendido— Yo… yo estoy bien—<<¿Cómo he podido volverme tan mentiroso?>> se reprochó a sí mismo.
Shail asintió, no muy convencido, pero no hizo ningún comentario.
—¿Y cuándo podemos marcharnos? —preguntó Alsan para cambiar de tema.
—Me ha dicho que cuando estemos listos vayamos a su casa. Estará en la azotea con los pájaros.
—Bien—dijo Alexander levantándose de un salto de la cama—. Marchemos pues. Cuanto antes lo hagamos, antes acabaremos con esta pesadilla.
Cuando hubieron montado sobre el pájaro y este hubo alzado el vuelo. Alexander volvió la vista atrás, preguntándose cómo le iría a María.
—¿Puedes dejar de hacer tantas tonterías? A este paso Erik no cenará… ¡Tensdel! —le gritó la joven al chico rapado.
Este se había pintado la cara de nata y jugaba con Erik a ser un monstruo de las nieves. El niño no paraba de reír, lo que hacía que no probase bocado de su comida. Tensdel alzó las manos como si fuesen garras hacia la cara del chiquillo, que chilló continuando el juego.
María no aguantó más y le dio al joven con el cucharón en la cabeza.
—Se acabó. Dale de comer en serio y deja de entretenerle. Habéis estado jugando todo el día. Y anoche tuvo pesadillas con monstruos por tu culpa.
—El monstruo de la cuchara ha despertado… uuuuh—murmuró Tensdel en el oído de Erik.
Ambos comenzaron a reír, pero al ver la expresión de enfado de la chica callaron y continuaron comiendo. Ella asintió, satisfecha y se dirigió hacia Eva, con un suspiró de resignación:
—Vamos a ver… ¿verdad que me dejarás darte el potito sin lanzarme nada? ¿Verdad que sí, cariño? —le preguntaba con voz muy aguda y dulce.
Eva le dirigió una mirada extraña para un bebé y giró la cabeza hacia otro lado.
—Es imposible…—se rindió María, dejando la cuchara en el plato. Se levantó para servirse ella la comida e intentar dejar espacio a la pequeña.
—¡Eh! Mira, María—la llamó Tensdel señalando a la niña.
Lo que vio la dejó desconcertada. Eva había cogido la cuchara de forma muy torpe e intentaba llevársela a la boca.
—Así que quiere hacerlo ella sola ¿eh? Pero… ¿cómo puede ser? No tiene más de ocho meses…
—Quiere independizarse antes de tiempo—bromeó el chico.
—Bueno… si lo prefiere así… mientras coma que haga lo que quiera…—nada más decir aquellas palabras, notó un frío terrible— ¿Lo has sentido? —le preguntó al híbrido. Este asintió y se levantó en silencio.
Al cabo de unos segundos una esbelta figura vestida de negro entraba por la puerta de la cocina. María estuvo a punto de abalanzarse con el cucharón, pero por suerte le reconoció a tiempo. Era Christian.
—Buenas noches—le saludó ella, muy nerviosa.
A modo de contestación, él inclinó la cabeza levemente. Se dirigió hasta su hija y le acarició el cabello. La niña le miró sin ningún tipo de expresión en el rostro. Él hizo lo mismo. Parecían estar comunicándose en silencio. Entonces el joven dirigió su mirada hasta Erik.
El niño frunció el ceño, se levantó de la silla y salió corriendo de la habitación. Tensdel le dirigió una mirada a la joven, dubitativo, pero ella asintió y fue tras el pequeño.
Cuando ya llevaban un buen rato en silencio, Christian la miró directamente a los ojos, sin apartar la mano del cabello de la pequeña. María se asustó ante aquellos ojos fríos como el hielo pero no lo dejó traslucir. Por el contrario, se aclaró la garganta y le preguntó, cortésmente:
—¿Quieres cenar?
El shek sonrió como si fuese un chiste muy divertido y negó con la cabeza.
—¿Por qué te empeñas siempre en hacer ver que no me tienes miedo? —le preguntó con voz susurrante. La chica no respondió y él no insistió.
Hubo otro silencio incómodo. El chico seguía observándola fijamente y ella no sabía ya hacia dónde mirar.
—¿Has venido por algo en concreto o simplemente venías a ver a Eva?
—Ambas cosas. También venía a ver a Erik.
La chica suspiró y le dio la espalda. Sentía como sus piernas temblaban. Por un momento echó de menos los brazos protectores de Alexander cuando Christian la atravesaba con la mirada, tal y como estaba haciendo en aquel instante.
—¿Qué quieres? —preguntó sin girarse. Sabía que si le miraba de nuevo no tendría ya valor ni para moverse.
—Quería saber si aún conservas el anillo aquel. El del grabado con el libro.
Ella se giró, extrañada.
—¿Cómo sabes eso? —le preguntó con un tono chillón en la voz.
—Sé muchas cosas sobre ti. Sé muchas cosas sobre mucha gente—añadió dirigiendo la mirada hacia la puerta por donde había salido Tensdel— ¿Lo conservas o no?
—Yo… se lo di a Alexander cuando partió hacia Idhún.
Christian cerró los ojos un breve instante.
—Acabas de desbaratar todos mis planes…—le informó con calma— Era una salida pacífica a todo este conflicto.
—¡Podrías haberme avisado cuando me salvaste en aquel callejón! ¡Lo único que haces cada vez que apareces es confundirme más y más! —le gritó. Se sentía furiosa y engañada. Habría dado cualquier cosa por que Alexander la hubiese llevado con él, y si la forma de resolver el conflicto hubiera sido pacífica, estaba segura de que ahora ella estaría con él recorriendo todos aquellos nuevos lugares.
—Creía que no habías olvidado del todo quien eres. Cometí un error. Ahora… solo queda esperar que a Alsan se le dé bien.
María se sentó en una de las sillas y enterró el rostro entre las manos.
—¿Quién soy? ¿Quién soy? ¿Quién soy? —preguntaba una y otra vez, desesperada— No puedo dejar de preguntármelo… ¡y tú no me das ninguna respuesta! ¿Qué tengo que ver yo con Idhún?
—Ya te lo dije. Tú estabas en mi lista de personas que debían morir. Si no te maté fue porque encontré a Victoria y ya… tuve otros intereses.
—Con esto no me estás aclarando nada—le reprochó. No sabía muy bien de donde había sacado la valentía para hablarle así, pero a él más que enfadarle parecía divertirle—. No sé porque estás tan tranquilo… si tan esencial era ese plan para ti.
—Más esencial lo era para ti. Porque si Alexander fracasa… ya nada me impedirá matarlo.
Ella se levantó de la silla, furiosa.
—¿Cómo te atreves? ¡Se está sacrificando por todos vosotros!
—Hicimos un trato. Él debía restaurar la paz en Idhún, debía impedir que siguieran buscando a Lune... para que yo no tuviera en cuenta sus errores del pasado. Estuve pensando una alternativa menos dolorosa y más fácil. Pero tu sentimentalismo la ha echado a perder.
—Yo confío en Alexander. Él hará todo lo posible porque las cosas por allí vuelvan a la normalidad…
—Más le vale. No lo digo solo por mí… si fracasa… tanto Bendal como la manada irá a por él. No tendrá escapatoria.
—Yo… yo…—no sabía qué decir— ¿hay algo que pueda hacer yo?
Christian la miró con un brillo de interés en la mirada.
—Puedes hacer lo que había planeado para ti desde un principio, si quieres. Aunque sin ese anillo lo veo complicado.
—¿Qué? ¿Qué es? —preguntó ella con tono esperanzador.
—Viajarás a Idhún. Cuando llegue el momento ya te daré los detalles.
—¿No debería partir ya?
—No. Aguardaremos hasta que regrese Victoria. Eso significará que Alsan habrá podido comenzar a hacer los preparativos… que Bendal va hacia Vanis. Tú te reunirás con Alexander y conseguirás el anillo. Pero como ya te he dicho antes… los detalles te los daré a su debido tiempo.
Ella asintió. Por un lado se sentía apesadumbrada por toda aquella nueva información, por no poder preguntarle nada… pero por otro sintió una gran alegría al saber que podría ver a Alexander antes de que él se enfrascara en alguna batalla o corriera algún peligro grave.
—También me dirás quién soy a su debido tiempo… ¿verdad?
Él la miró pero no vio necesidad de contestarla. Por el contrario sonrió a Eva y esta le imitó. Pasaron así un largo rato, contemplándose el uno al otro con una característica media sonrisa. María suspiró, sintiéndose fuera de lugar y fue a abandonar la estancia.
—Le caes bien—le dijo de pronto cuando ya salía por la puerta—, sobre todo cuando regañas a Erik y a Tensdel. De este último cree que es un poco idiota…
Ella se quedó sorprendida pero no se giró para mirarle.
—Dile que yo también lo creo muy a menudo, pero que es un buen tipo—y salió, dejándoles a solas.
Christian cogió a la pequeña en brazos y sin poderse contener la estrechó suavemente. Nunca había sentido ese tipo de necesidad con nadie, a excepción, tal vez, de Victoria. Pero era algo nuevo. Saber que había alguien con su misma sangre, su misma esencia… No. Eva no podría transformarse en shek pero los poderes mentales típicos de la raza sí los tendría. Se acordó de pronto de Shizuko. La pequeña sería muy parecida en ese sentido a ella, con la diferencia de que también albergaba algo de parte de unicornio y ello haría que pudiese relacionarse con las demás razas sin sentir indiferencia hacia ellas.
Sintió como la mente de la pequeña intentaba llegar hasta la suya, pero aún no tenía la fuerza suficiente.
<<Todavía no puedes. Pero algún día conseguiremos compartir todo un mundo tú y yo. No fuerces las cosas>> le transmitió mirándola a los ojos. Aquellos ojos tan azules como los suyos.
Eva puso cara de concentración y lo intentó de nuevo, pero otra vez volvió a perder fuerza. Christian le dedicó una media sonrisa y volvió a estrecharla contra su pecho. Quería proteger a aquella criatura tan maravillosa para siempre.
<> añadió para sí mismo <<Espero que Jack tenga razón y termine por acostumbrarse a mí. Y a ella>>
Salió al porche y se sentó en la valla con la pequeña en brazos. Ambos contemplaron las brillantes estrellas que se cernían sobre ellos, sintiéndose unidos. Tanto como jamás lo habían estado con nadie.
PD. Comentar no cuesta nada, si os gusta ala historia hacedmelo saber ;)