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Historia 126109 — capítulo 2
Disclaimer: Luke es de Riordan. (Seguro). Yo sólo voy a darle un trato que lo único que tendrá por lucrativo será la nueva oportunidad que al pobre le faltó. (Ya veréis).
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CAPÍTULO 1. La visita de un Dios.
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Muerto. Así me creía yo. Muerto. Digo, después de clavarme con saña el cuchillo en mi punto mortal ¿era lógico que creyese eso, no? Pues oye, resulta que los dioses no compartían mi misma opinión. Según ellos (y cito textualmente), tengo demasiadas cosas pendientes dejadas en mi otra vida. Cosas que he de resolver si quiero poder disfrutar de un descanso utópico.
Parece ser que son tantas que ni en Los Campos Elíseos -donde juraría que era donde estaba yo hace poco tiempo- encontraría una paz relativa que luego me permitiese esperar el fin del universo o del mundo en Las Islas de Los Bienaventurados, feliz, contento y sin ninguna preocupación mundana.
Ida y vuelta e ida y vuelta. Son dos viajes que he dado. Dos vidas que he vivido en La Tierra y todavía, según ellos, no merezco pisar el sendero de los Bienaventurados porque mi conciencia, mis remordimientos, mis deudas… tiran insistentes de mí. De un corazón. De su dolor.
Ese es el agravio que debo solventar. El dolor de ciertas personas a las que herí en no sé que vida antigua. Y no es un reto, eh, no señor; porque los retos son dificultades que uno se plantea para superarse así mismo. Esto que me exigen es una obligación. Un sí o sí. Un como no lo consigas, no irás a Los Elíseos sino al Tártaro sin posibilidades de vuelta. Y no es que yo me considere un cobarde ni nada de eso -me refiero por la secreta animadversión que me causa la perspectiva de volver a ver a Cronos, un personaje que no dudó en utilizar mi cuerpo y mi mente para sus macabros planes vengativos y que, de seguro, me la tiene jurada por el plan B de liberación y de traición a su causa con el que salí a últimas de cambio, y por lo que me las haría pasar canijas hasta el sinfín de la eternidad- sino que ya me he arrepentido y he pagado con creces el estúpido error que cometí en tiempos aquellos en que la desesperación por el estado de mi madre, La rabia por el total abandono de mi padre, y la fría y pasiva posición de los dioses a todo ello, me hicieron tener la idea de ser capaz de destronar a todo un grupo milenario de entidades divinas.
Sí sí sí, sé lo que estáis pensando: que tanto néctar y ambrosía me ha afectado a la cabeza; que los dioses no sacan a las almas de los Campos Elíseos así porque sí, por asuntos que el mortal ahora inmortal, se haya dejado colgado, por las secuelas poco importantes que el alma en cuestión haya dejado en algún mortal.
¿De verdad, Luke, de qué estás hablando? Seguro que es lo que estáis diciendo. Pero ¡alto, so, momentito! Dejadme que os explique paso a paso el trato que me han ofertado los dioses para que me entendáis, ¿vale? Después ya podéis soltar todos los Oooh, aaah, o uau que queráis.
Veamos…, a ver…, ¡sí! todo comenzó...
...En una de esas tardes (¿o era noche? no sé, aquí en Los campos Elíseos el tiempo no pasa igual que en la tierra, dado que aquí el único concepto temporal que se conoce es el siempre) en que estaba sumergido en un arduo entrenamiento de esgrima con un multitudinario grupo de espadachines como aprendices bajo mi cargo. Eran chicos listos, inteligentes y siempre deseosos de aprender; chicos que me hacían sentir útil, provechoso, querido.
Lo sé, lo sé. Era una vida de ensueño bastante pobre, pero cada uno obtiene la escena de su paraíso en función de sus gustos o necesidades de su anterior vida. Y yo, que en mi segunda vida fui un huérfano con padres y un granuja que discutía y retaba por todo y a todos sólo para tener la excusa de poder hacerme con una buena espada, pero carente de dinero, amor u otro bien mayor, me encontré formando y disfrutando ese paraíso particular. Así es que estaba yo, entrenando de forma entusiasta con ellos, cuando de pronto oí a mis espaldas:
-¿Estás disfrutando de tu suerte paradisíaca, Luke?
Me quedé paralizado, pensando que me estaba imaginando cosas. Pero al ver el cortés saludo que dieron mis chicos al dueño de aquella voz y al ver la retirada educada y discreta que hacían, entendí que no era ninguna ilusión: que Hades, el dios de todos los muertos, estaba detrás de mí, observando y admirando mis estocadas.
Del sobresalto, dejé caer la espada al suelo, pero esta no hizo ningún tintineo de choque: se quedó flotando en el aire, a un palmo de mi mano. Me volví hacia el dios de la muerte y le dirigí una sonrisa culpable.
-Hmm sí, me siento muy bien estando aquí. Siempre hay un ambiente en el que me puedo arropar, en el que me siento querido y en el que me siento en casa. -Fruncí levemente el ceño al decir esas últimas palabras; no eran del todo ciertas. Al estar tan sumergido en mi proceso de adaptación y en mi receptivo hogar, no me había dado cuenta, pero ahora que me lo preguntaban, era consciente de que me faltaba algo… (o alguien) muy importante, para que se volviese en un hogar de verdad. No obstante, sacudí la cabeza, desestimando el sentimiento de profunda añoranza que repentinamente había empezado a colmarme en esos momentos. Estaba en el paraíso, y todo lo que tenía a mí alrededor era lo único que necesitaba para sentirme en la gloria… No, no me faltaba nada más.
-Sí -dijo Hades comprensivo-. Esa es la función de este cielo, hacerte sentir tranquilo y en paz. -Sus palabras eran consoladoras, ¿pero? Por favor, era un dios, y todo lo que viniese de ellos estaban dicho con una intención y un propósito concreto y, por amables que fueran sus palabras, tenía la sensación de que aquellas las decía con doble sentido-. ¿Y qué pasa con las chicas? -miró a su alrededor, curioso-, No veo a ninguna por aquí.
Mi sonrisa vaciló. Por un instante, creí ver tres pares de ojos que me miraban con confianza y cariño: azul eléctrico, gris nublado, verde luminoso. Sin embargo, fue algo tan efímero y que provocaron en mi interior tanto horror y vergüenza, que los descarté enseguida, no queriendo ver más, ni excavar de dónde provenían.
-¿Chicas? Bueno, no es por ser sexista ni nada por el estilo, pero es que no las necesito. Ellas traen mucho dolor consigo y, ¿recuerdas? Este es un lugar tranquilo y sin sobresaltos. -Sabía que estaba hablando de forma atropellada, pero no podía evitarlo.
-Ah, vale, de acuerdo. Sólo era curiosidad -dijo Hades, como quien sabe realmente lo que pasaba por mi aturdida mente-. Bueno, pues aunque no me vea a mí -ni a ninguna representación de mis hermanos- permíteme que me tome el atrevimiento de invadir tu paraíso con mi presencia. Tenemos que hablar.
¿Tenemos que hablar? ¡Uff! ¿Y ahora que fue lo que se supone que hice mal? Iba pensando mientras acortaba las distancias con el dios.
-Sí, claro -respondí en cambio, mostrando mi mejor cara de inocencia. Alguna ventaja tenía que tener ser hijo de Hermes... por segunda vez.
Hades agitó la mano y la réplica del campo de entrenamiento del Campamento Mestizo que había yo recreado sin ser consciente de ello, desapareció. De pronto me encontraba de pie, al borde de un vertiginoso precipicio de un puente lustroso de mármol blanco y lujoso, asentado en la cornisa de una amplia y algodonosa nube blanca. El sol se alzaba en todo su cegador esplendor sobre el tapado cielo, alumbrando una gran cantidad de nubes de todos los tamaños, colores y formas. Las había violetas, grises, rosas, azules o blancas, como la que ocupábamos en ese momento. Las había medianas con formas de dispares sombreros, amplias con forma de una invitante cama, grandes como unas emplumadas águilas, gigantes y majestuosas con sus formas de toros, e incluso vi algunas tan diminutas y casi translúcidas, que parecían solo gotitas de plata fina. Lo reconozco, me quedé momentáneamente con la boca abierta, admirando la esplendorosa vista. Todo en su conjunto era de una belleza innegable, formando un día precioso y sumamente hermoso.
-Creía que las nubes eran el territorio de Zeus…, ya sabe, por eso de ser el dios de todos los dioses…, y el dios del cielo. -indagué algo receloso.
-¿Y quién dice que no puede haber cielo en el infierno? -Se defendió Hades. Me encogí de hombros; en esos momentos, los dominios de los dioses no me importaba en lo más mínimo. Había demasiado espectáculo que contemplar como para fijarme en necedades. Un aleteo en el aire llamó mi atención y alcé la cabeza. Cientos, miles, o quizás millones de esferas de geoda tan diminutas como brillantes perlas, con colores tan eléctricos que caían elegantemente del cielo, estaban flotando libres alrededor del marmóreo puente. Tenían un color tan fluorescente y gozaban de unas tonalidades tan dolorosamente luminosas que tuve que entrecerrar los ojos y cubrirme la cara con el antebrazo.
-¿Puedo preguntar qué son esas cosas? -inquirí señalando el bailoteo de las esferas.
-¿Es que no lo estás haciendo ya? -Me rebatió Hades, con tono de molestia.
-¿Eemm? -Tragué saliva. Hombre, razón razón sí que tenía.
-Son almas. Almas como tú.
-¿Qué quieres decir? Yo no soy una esfera brillante. Soy -miré mis manos, manos humanas-, normal.
-¿Normal? -repitió Hades, como sondeando el significado de aquellas palabras-. Sí, de momento tienes una apariencia de una persona normal. Se puede decir que ahora luces como tú.
-Ajá, y ahora es cuando me dices que ya ha llegado el momento del cambio… que es hora de que avance.
-Bueno, sí, y no. Digamos que por un cambio, sí que vas a pasar; pero avanzar..., eso sólo depende de ti. -Le miré con cara de total confusión. Hades suspiró y como quien se arma de toda su paciencia para explicarle algo obvio a un niño, soltó-. Tengo una propuesta para ti.
Silencio.
-¿No vas a decir nada? -se sorprendió Hades, después de que el silencio que prosiguió a su anuncio se prolongase casi un minuto.
-Bueno, es que no sé si quiero que me propongas algo. Generalmente las propuestas de los dioses no son meras propuestas, son... -Me detuve ante el ceño fruncido de Hades-, tratos establecidos entre la pared y la pared. Pero bueno, da igual; dime, ¿en qué consiste la propuesta?
-Excelente, excelente; es bueno saber que ya tengo tu aceptación. -Dijo Hades sonriendo con cierta ironía-. Mi propuesta es simple y sencilla: tu elección.
Parpadeo.
-¿Tengo que elegir entre qué y qué?
-¡Excelente! -aplaudió Hades, sin molestarse en eliminar el sarcasmo y la burla en su tono-. Se te va a dar una elección entre tres caminos a tomar. Sólo puedes elegir uno de ellos, pero antes de escuchar las opciones debes saber que una vez que decidas el camino, el resultado no está escrito, así que no hay nada previsto. Es sólo la decisión la que se establece. Lo que suceda a partir de entonces, Se deja al azar, al destino y los recursos de tu propia alma.
-Vamos, me estás diciendo que sí o sí tengo que elegir, y que elija lo que elija, estaré por mi cuenta, solo. ¿No es así?
-Bueno…, solo no. Tendrás mi bendición, así como la de todos los otros dioses, a excepción de..., bah, da igual; lo que está claro es que tendrás el respaldo y la protección de todo el Olimpo. -Sonreí. No iba a ser tan terrible como me temía, entonces. Sin embargo, al mirar a la cara del dios, mi sonrisa se esfumó por completo ante la seriedad de su expresión.
-Tendrás nuestra bendición, cierto, cierto. Pero siempre y cuando no vayas en contra del Olimpo. No podemos bendecir un futuro, una vida en la que elijas la oscuridad de los titanes…, otra vez.
-¿Por qué tengo que elegir con lo bien que estoy aquí? Y, más exactamente, ¿por qué habría de escoger de nuevo ir con Cronos y compañía? Eso no tiene sentido Y, sobre todo, eso suena a estupidez…, sí, otra vez.
-Eso dices ahora, pero espérate haber, y verás. Por el momento -Hades se levantó del sitial de humo en el que había estado sentado y, haciendo un ademán perezoso con un dedo, me encontré cayendo y cayendo en una espiral de oscuridad-, por el momento, sólo te queda volver a recordar, pues por ahora, sólo sabes lo que todas las almas saben: la esencia más remota de lo que son, algo que permanece inamovible en los mortales, por renacido que sea su alma. Te deseo buena digestión en esos recuerdos, Luke Castellan, y... escojas la opción que escojas, te garantizo que pronto nos volveremos a encontrar.
Y dicho eso, el dios desapareció así sin más, dejándome a mí cayendo y cayendo hacia un gran edificio que, a modo de escudo y de aislamiento, estaba rodeado de un aura fantasmagóricamente verdoso. Era el Inframundo.
Y, al tiempo que me acercaba hacia ahí, los recuerdos de mis pasadas vidas iban llenando mi, hasta ahora, vacía memoria.
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NT: Hola!
Os traigo un nuevo capítulo de esta nueva historia que recién está comenzando… ¡Espero que os guste! Y que os animéis a comentar... Claro. ¡Ah, y por cierto! La escena del cielo fue inspirada -no copiada ni basada, conste la diferencia- por el paraíso de "La casa de la noche, de P.C. Cast y Kristin Cast", (las cualess, ya que estamos, os recomiendo echarles un vistazo). Así mismo, escogí las formas de las nubes basándome en la recopilación de mitologías que testifican las transformaciones de los dioses -la mayoría se refiere a Zeus, dicho sea de paso- a la hora de presentarse en el mundo terrenal... O, más exactamente, a la hora de perseguir / conquistar / mantener relaciones..., ¿Cómo decirlo...? Poco castas, con mujeres humanas.
Por lo demás… ¡Gracias por leer! Y de verdad espero que os animéis a seguir la historia.
¡Saludos! Y ¡Mmmuááácatos!