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Historia 126109 — capítulo 3
Disclaimer: Riordan tuvo a bien matar a Luke... Y yo tiendo a rebelarme con él, contradiciéndole al revivirlo, jaja.
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Capítulo 2. Un nuevo juicio.
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No, no hubo caída con choque (venga chicas, ya podéis suspirar tranquilas), simplemente cerré los ojos -vale, lo reconozco, el enorme precipicio que se abría a mi paso me intimidaba- y ¡zas! De pronto me encontraba en el hall del edificio DOU ESTUDIOS DE GRABACIÓN. Estaba rodeado de un millón de almas que rondaban el escritorio de seguridad -tras el cual se sentaba un hombre de mirada dura y gafas de sol y un pesado volumen de un libro bastante gastado en la mano- como moscas pululando al rededor de una bien podrida mierda.
Eran tantos, y en tan dispares posturas que toda la estancia hervía -de frío- con todo. Había gente sentada en sofás; otros que contemplaban anhelantes el exterior; gente esperando impacientes el ascensor; o gente que simplemente se miraba la punta de los pies, como si se extrañasen de comprobar que todavía seguían ahí, inamovibles como ellos.
He de reconocer que vistos desde fuera, teníamos un aspecto tan tradicionalmente de inframundo -
Porque sí, me contaba entre esos que trazaban círculos imaginarios con los dedos de los pies- tan esperadamente soso y aburrido que aún hoy en día me pregunto cómo es que Hades todavía no ha hecho nada por disminuir semejante atasco de difuntos, o al menos por dinamizar el largo período de espera.
Con el rabillo del ojo, eché un rápido vistazo circular, notando el gris de las paredes y la alfombra, los poco crecidos cáptus de lápiz, los muebles negros y demás. Nadie se movía, o hablaba, o hacía nada de nada para activarse. Creo que al igual que yo, todos los presentes queríamos hacerlo, pero el cuerpo no recibía las órdenes de nuestra mente.
No tenía ni idea de cuanto tiempo terrenal había pasado, pero sea como fuere, el tiempo no había pasado ocioso por aquí, dado que al parecer, todo seguía tan petado y tan asfixiante como mis anteriores veces, cuya última vez se había dado, por supuesto, después de la batalla de Cronos con sus hijos. En aquella ocasión, los tres jueces del Inframundo determinaron que a pesar de todas las vidas -tanto las mestizas como las humanas- que habían caído bajo el filo de mi espada con doble hoja y mi dotado poder de persuasión, la gran fuerza de voluntad que mostré (y con el consiguiente fallecimiento de mi vida) debía ser tan bien recompensada; ese acto heroico (o suicida, llamadlo como querais) me ganó mi primera estancia casi pacífica en los Campos Elíseos.
Suspiré ruidosamente. Era un placer volver a tener recuerdos -a pesar de que algunos me retorcieran el estómago- pero no podía evitar sentir que estaban a punto de sentenciarme con una pesada hacha. El guía levantó la mirada del libro ilustrado que leía y me echó, desde su escritorio / podium, una mirada de fastidio. Se quedó fijamente mirándome, como queriendo sopesar si su siguiente paso era insultarme, echarme, o vaya él a saber que. Sea lo que sea que hubiese decidido, se le truncaron repentinamente los planes. Porque, de repente, apareció una tribuna flotando sobre mi cabeza.
El hombre despegó el culo de la silla en la que cómodamente había estado rumiando, apoyó las manos sobre el escritorio y, dejando caer el peso sobre ellas, se echó hacia delante y me señaló con la barbilla.
-Tú, el del signo, ven aquí. Te toca. -Ante esas palabras, todos se apretujaron entorno a mí, queriendo estar también bajo el símbolo del Jurado del Inframundo, dado que eso significaba que se terminaría la espera-. ¿Me tomáis por tonto o qué? ¡He dicho que sólo él! ¡Alejaos todos! ¡Venga! -bramó por último, ante el remoloneo de la gente. Finalmente, como si se tratase de una personificación real, me hicieron un pasillo hasta donde estaba el hombre que, ahora que lo tenía más cerca, lo reconocí como Charon.
No, no soy adivino, (¡uf, menos mal!) Es que lo tenía colgado en la solapa, incrustado en una chapa plateada. Era alto y elegante, con piel morena algo tostada, y con cabellos rubios blanqueados cortados al estilo militar. Vestía en tonos de carey y un traje de seda italiana que combinaba con su cabello. Tenía sujeta una rosa negra a la solapa, a modo de burlesca despedida a los difuntos que con tanto hastío custodiaba.
Rodeó el escritorio y se plantó delante de mí, inspeccionando mi cara como si quisiese verificar algo. No podía verle los ojos debido a las gafas que cubría parcialmente su cara, aunque sin duda alguna veía mi inquieto reflejo. Tras terminar su evaluación, me sonrió. Su sonrisa era dulce y fría, como la de una pitón justo antes de disponerse a dar el mejor bocado de su vida.
-Que joven tan cuco; tan simplón y encantador. -tenía un acento anormal, como si aplicase al inglés el acento que utilizaba para su verdadera lengua materna. Al hablar, arrastraba considerablemente las sílabas, como si quisiese dar más énfasis a lo que decía-. ¿Y es a ti a quien utilizan para el cumplimiento de la profecía?
Me asusté. A mi no me habían hablado de ninguna profecía. A trompicones, reproducí en mi mente la conversación con Hades, intentando rescatar el momento en el que el dios había pronunciado o mencionado algo sobre una profecía… Pero, definitivamente, el dios no había dicho ni insinuado nada por el estilo.
Si era cierto que había una profecía de por medio -y hubiera rezado porque no fuese así pero a vista de lo que me hacían los dioses preferí tragar ruidosamente- él no había dudado en callarse. Si es que ya sabía yo que detrás de una oferta así, por fuerza tenía que haber alguna trampa por medio.
Antes de que pudiese responderle, se puso a olisquearme. Sí, sí, lo he dicho bien, ¡el tío se puso a olisquearme! ¡Dioses! ¡El Inframundo estaba trastornando a todo el mundo!
-No me mires así, pequeño cuco. Sólo estaba comprobando qué eres. -El modo me parecía algo tosco y muy incómodo, pero tragando mi perplejidad, únicamente enarqué una ceja interrogante-. Hueles a un no muerto, muerto. Supongo que eso es lo que eres ahora, ¿no? Un muerto no tan muerto. -Soltó una carcajada, riéndose él solo de su tan curado juego de palabras.
Fruncí el gesto, fastidiado; quería acabar con todo ese "protocolo" cuanto antes. Al hombre se le cortó pronto la risa ante mi silencio-. En fin, acompáñame, que los Jueces te están esperando. Pero antes... -extendió la mano ante mí.
Miré su mano; miré su cara. ¿Pretendía que le pagase por un pasaje que yo no había pedido? ¡Pero si me habían lanzado ahí sin siquiera prepararme!-
-N-no tengo dinero. -Tartamudeé.
-Pues yo no tengo tu tiempo. -Y se sentó ¡se sentó! Tan campante como antes. Había visto el signo del Jurado flotando sobre mi cabeza, una señal que seguramente le habían ordenado que estuviese atento a ella y, sin embargo, ahí estaba, pidiéndome monedas.
-Sin dinero no hay pasaje, pequeño cuco. ¿Estás seguro de que no tienes nada en tus bolsillos que pueda atraer mi atención?
Me palpé los bolsillos, aunque sabía que no tenía nada... O al menos eso creía. Metí la mano en uno de los bolsillos del pantalón y, asombrado, extraje dos monedas que estaba cien por cien seguro de no haber metido ahí. Sin pensármelo mucho, se las lancé sobre el lomo del libro que el muy descarado ya había empezado a abrir.
-Dracmas reales. Dracmas dorados reales -decía mientras sobaba con avidez las monedas.
-Bueno, ¿me va a llevar o no? -Él se metió las monedas en el bolsillo de la chaqueta, casi ronroneando de placer, y después se puso a caminar, precediéndome hacia el abarrotado ascensor.
La estancia estaba tan llena, que era imposible no tropezar con algún espíritu y, cada vez que lo hacía, estos se me pegaban a la ropa, susurrándome quedamente palabras ininteligibles. Fue difícil, pero al final me los sacudí a todos y entré casi trotando en el ascensor, que ya disponía de una generosa cantidad de almas muertas, cada una de ellas apretando contra el pecho pequeños papeles verdes que, supuse, eran los pasajes de embarque por el que tanto tiempo habían estado aguardando.
Charon cerró con estropicio las metálicas puertas, introdujo una tarjeta llave dentro de una ranura en el panel del ascensor y, tras unos segundos, el elevador comenzó a traquetear primero descendiendo, para luego avanzar hacia adelante, llevándonos al subsuelo del Inframundo.
El viaje fue algo largo, aunque en comparación con los otros dos anteriores que hice, en los que iba aterrado constantemente comiéndome el coco, se me hizo relativamente corto. Como esperaba, pronto me encontré inhalando un aire brumoso, al tiempo que las vestimentas de los espíritus, de Charon y la mía, cambiaban transformadas en unas gruesas capas negras con capuchas grises.
Pronto el ascensor fue un barco de madera, y nosotros nos encontrábamos balanceándonos al borde de un oscuro río -el contaminado homólogo del Estigio que zarandeaba sus corrientes en el Inframundo- atestado de un sinfín de objetos en pleno estado de putrefacción. Había huesos, pescados muertos, flores aplastadas, plásticos quemados, diplomas aguados, y otros tantos artículos extraños que no logré identificar.
-Esperanzas matadas. Sueños que sólo fueron sueños. Deseos abandonados. Promesas incumplidas. Metas no perseguidas de la humanidad. -Me ilustró Charon en voz baja y de forma punzante-. ¿Reconoces los tuyos, pequeño cuco? -Me volví furioso hacia él, no queriendo reconocer que veía mi abandono en todos los desperdicios del río. Por el contrario, traté de dedicarle un colérico gesto, pero me topé con unas cuencas traslúcidas y cadavéricas en la que se arremolinaban la promesa de una negra noche, una jurada muerte y una profunda desesperación. Me conformé con dedicarle una acerada mirada, que él respondió con la sombra de una burlona sonrisa esbozada entre unos finos labios esqueléticos.
A nuestro alrededor, la niebla flotaba por encima del agua sucia, y más allá, en la otra orilla, había una luz verdosa que anunciaba el color del veneno. Entorné los ojos y vi que sobre nosotros, a una considerable cantidad de metros que se perdían en la oscuridad, había un amplio techo repleto de estalactitas de puntas afiladas que emitían leves destellos grises.
No tardé mucho en visualizar la orilla del Inframundo, pintarrajeada de rocas escarpadas y negra arena volcánica que se apostaba junto a la base de una alta pared de piedra, la cual prolongaba generosamente su longitud por una distancia que se perdía fuera de mi vista. Desembarcamos sobre la arenita y a modo de bienvenida, oímos el ladrido de tres bocas perrunas, un sonido de Cerberos que se extendió y amplificó al rebotar contra las piedras. Vi el sendero de un desgastado camino, y me dirigí hacia ahí, señal que Charon aprovechó para reclinarse en el bote y enviar el barco de vuelta a través del río, sin despedirse.
Caminé rodeado de los otros espíritus, sin saber exactamente hasta dónde pararme. El recto sendero finalizaba en un enorme arco con el rótulo "Erebos", bajo el cual se asentaban tres entradas que tenían un pasador de metal con cámaras de seguridad montadas en la parte superior. Más allá de las puertas, había varias cabinas de peajes manejadas por espíritus ataviados del mismo negro que Charon. Me los quedé mirando por un instante y me pregunté si sus ropas también serían trajes de marca al salir a la superficie, suponiendo, claro, que salieran alguna vez.
Iba a dirigirme a la entrada de la derecha (una que ponía "Servicios"), cuando frente a mí, aparecieron dos furias que, sin preguntar, me agarraron por las axilas y, antes de que me diera cuenta de lo que pasaba, me izaron hacia arriba. Traté de patalear para soltarme, pero mis piernas colgaban inútilmente en el aire, fuera del alcance de sus cuerpos, mientras mis brazos trataban de arañar o de enganchar algo, mas era inútil, una pérdida de energía. Las muy condenadas me tenían bien sujeto a sus desiguales garras.
Después de un viaje intranquilo que no duró ni dos minutos pero que a mí, a costa de la postura tan inestable en la que me habían elevado, las furias me posaron -y no de manera suave que digamos- en el suelo de un pabellón pintado de negro con un estandarte que rezaba: "Juicios para el Elíseo y la condenación eterna. ¡Bienvenidos, muertos recientes!".
¡Dioses! Menudo humor más negro que tenían estos muertos. En el pabellón también había tres filas, una que conducía a Los Elíseos, otra que desembocaba en la zona de torturas y castigos y, otra, algo más larga, encabezada por un alto podium en el que se sentaban, nada más y nada menos que Los Jueces del Inframundo, esta vez encarnados por Minos, Radamantis y Éaco. El Jurado de los Muertos en persona, despachando las almas hacia un campo o hacia el otro, en función del comportamiento que tuvieron en vida. Frente al Palacio del dios Hades, el dios de los muertos, juzgaba a las almas de los recién llegados para enviarlos a alguna parte del Inframundo.
Ellos también iban ataviados con largas túnicas negras, aunque sus rostros no eran cadavéricos, si bien no eran tan vitales y corpóreos como los vivos. Cada uno tenía una actitud distinta: Minos, que estaba más a la izquierda, parecía contrariado; Radamantis actuaba como si estuviese resignado y, Éaco simulaba indiferencia. Y, sin embargo, en los tres rostros se podía leer un mismo sentimiento, el agobio.
Y es que, la gran desventaja del proceso judicial que realizaban, era el hecho de que cada alma era juzgada una por una, por los tres jueces, cierto, pero ni siquiera Hades había sido capaz de especular el aumento de la población en la Tierra y, por ende, de prever el drástico aumento de sus filas de juzgados que eso supondría en su tasa de mortalidad.
Cuando llegué a la fila, vi como una de las furias se acercaba a Radamantis y se posaba en el respaldo de su silla, mientras su pico se abría y cerraba velozmente, seguramente comunicándose con él. Radamantis cabeceó afirmativamente, se volvió hacia sus colegas, e infierno o cielo o lo que sea que les contó, todos alzaron la mano derecha de a uno, y, de pronto, las almas habían sido empujadas a trompicones hacia el camino principal y, una vez más, yo tenía todo un pasillo hacia mi destino... hacia esos tres pares de ojos que se clavaron en mi como venenosas y punzantes dagas.
No sabía si correr y meterme en la barahúnda de muchedumbre que esperaban su juicio, o directamente salir pitando de ahí, como alma que lleva el diablo. El dónde, era en ese momento lo de menos.
Recordé que ya había estado en aquella situación y que no había salido tan mal parado, a fin de cuentas; así que, armándome de valor, avancé bien erguido hacia ellos, plantándome seguro ante su tribuna. Los tres hombres comenzaron a hablar al unísono, utilizando una voz fría y carente de sentimiento y entonación:
-¿Luke Castellan?
-Sí, ese soy yo.
-¿Ya has vivido dos veces, siendo este el tercer juicio que tienes con nosotros? -Sacudí afirmativamente con la cabeza.
-¿En tus dos vidas anteriores te llamaste igual? -Asentí.
-¿En ambos casos fuiste un semidiós, hijo de Hermes? -Volví a asentir; digamos que no tenía mucha suerte en la herencia paterna, que digamos.
-En tu primera vida fuiste un renacuajo de apenas doce años. Escapaste de la tutela de tu madre, dado que debido a su trastorno mental, te tenía encerrado en un sótano dándote de comer arcilla moldeada en forma de bocadillos, hasta que un día se dejó la puerta entreabierta y con la ayuda de dos niñas que casualmente pasaban por ahí, conseguiste finalmente huir. Dormías en las calles y robabas a cuanto andante se te cruzase por el camino. Enseñaste a esas dos niñas a domar a los caballos, a luchar y a proveerse de alimentos, aunque generalmente eras tú el que robaba a la gente. Fuisteis perseguidos en San Francisco por una jauría de monstruos. Salvaste a una, a la menor, pero cuando se os presentó un minotauro el terror fue más fuerte que tú y huiste, abandonando a la mayor a su suerte. Moriste a las dos semanas debido a la gran cantidad de veneno de los monstruos que tenías en la sangre. Se te condenó a ir a Los campos de Asfódelos, y estuviste ahí durante quinientos años. ¿Es eso cierto?
-Tanto que no tengo nada más que añadir, señoría. -Ni siquiera respondieron a mi provocación. Se limitaron a asentir, de nuevo al unísono, y luego, pasando los índices por una larga hoja de papiro, continuaron con el desviste de mis vidas.
-En tu segunda vida, volviste a encontrarte con la misma madre y las mismas niñas, aunque, por supuesto, ninguno de vosotros lo recordaba. Esta vez, deambulaste solo por las calles desde los nueve años hasta los once, que fue cuando te encontraste con la mayor de ellas. Desde los 12 hasta los 14 las protegiste y enseñaste muy bien durante dos años, hasta que volvisteis a luchar con otra jauría de monstruos. En esta ocasión, fue la mayor quien dio la vida por vosotros, y tú y la pequeña entrasteis cinco años bajo la protección del Campamento de Semidiós. Sin embargo, fuiste un traidor a los dioses y a tu campamento mestizo. Vendiste a tus compañeros de sangre a los titanes. Prestaste tu cuerpo a Cronos. Te bañaste en el río Estigio consiguiendo una casi inmunidad física. Diste tu vida para salvar el Olimpo, siendo, a los 23 años, el verdadero héroe de la tan augurada profecía. Por segunda vez te hallaste ante nosotros y, esa vez, te mandamos a Los campos Elíseos, donde, para tu información, has estado 10 años. ¿Es eso correcto? -Afirmé apesadumbrado. Diez años... ¿tanto tiempo había pasado?
-¿Significa eso que, en tiempos terrenales, estamos en el año...? -No respondieron. No me completaron la información. A pesar de ello, sentí como si me echasen un pesado toldo encima. El peso de todo lo que había pasado, de todo el mal directo e indirecto que había hecho... pero, sobre todo, el peso de todas las cosas por las que ellas y yo habíamos pasado, me abrumaron repentinamente. Sin embargo, las siguientes palabras atronadoras que salieron de las tres gargantas me sacaron de mi ensimismamiento:
-Luke Castellan, has sido convocado por tercera y última vez ante nosotros. En tus manos tienes una importante elección que tomar. Sobre tus hombros pende una vez más el futuro del mundo. Pero, antes de que hagas tu elección, debes saber las opciones que se te plantean. -Hubo un silencio sepulcral. Incluso las almas de los muertos -las cuales estoy seguro de que no oían nada de lo que pasaba, pues cada lectura y sentencia de los jueces es audible sólo en los oídos del implicado- parecieron cesar totalmente con su parloteo incomprensible.
De pronto, Minos se inclinó hacia delante, sosteniendo en la palma de su mano la miniatura de una esfera que emitía destellos de una luz azulada. Esta vez, habló él solo…
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NT:
¡Hola!
¡Ras, ras! ¿Qué será lo que le planteen Los Jueces a Luke...? ¡Tendréis que comentarme algo para que lo cuelgue pronto, jajaja
Por lo demás, ¿os gusta cómo pinta todo? ¿Tenéis alguna pregunta? ¿Os resultan los capítulos muy largos, los párrafos muy extensos, el ritmo muy pesado...? Todo los peros que tengáis por decir, comentadlo, que así mejoro, porfa please.
Mientras tanto… ¡Saludos! Y hasta otra que, espero, sea pronto.