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Historia 126109 — capítulo 52
Disclaimer: ninguno de los personajes abajo mencionados me pertenecen (muy a mi pesar). Riordan y García Gallego son dueños y creadores y autores de todos ellos. (Sí, incluso Luke; incluso Christian. Ay, voy a llorar).
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¿Hola? nohayeco nohayeco nohayeco…. ¡Hola!
uff, ¿cómo disculparme por la tardanza de esta actualización? Podría decir que me surgieron varios imprevistos, como los clásicos "no tengo tiempo" y "me falla la inspiración"; o los siempre recurrentes "los exámenes y las fiestas no hacen buenas migas con el estudiante que a la vez es escritor". O podría decir también que a ello se sumó el no tan clásico "se me estropeó el Lector de Pantalla del ordenador". Podría decir todo eso y sería verdad… pero lo cierto es que sólo diré ¡siento la tardanza! dos meses sin actualizar, estando ya en la recta final de la historia, no tiene perdón de dioses. No me mandéis hordas de monstruos a casa, ¿vale? ¡Traigo cap nuevo!
Sólo me queda decir: feliz año nuevo a todos, feliz nuevo capítulo a todos. ¿Seguís por ahí? ¡Espero que sí! ¡Pues a leer!
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CAPÍTULO 51. PILLADA
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Es martes. Se respira nieve en el aire. La temperatura persiste en ser muy baja desde que el sol despuntara por el este, horas atrás.
El carro de la tarde se oculta casi por completo tras una pared plomiza; da la sensación de que el horizonte quisiera desaparecer también. El poco perfil que del astro se ve tiñe las nubes de un color gris amarillento que transforma el cielo en una cúpula brillante pero neblinosa.
En medio de ese paisaje, la silueta de un joven, antaño desgarbada y lampiña, se recorta contra el cielo nevado, alta, erguida, segura, envuelta en regia frialdad. Sus ojos recorren en un rastreo minucioso los arbustos y ramas adyacentes, sin acabar de dar con la causa de su estar por allí. Los pájaros no están, han volado lejos, como del árbol se han ausentado las hojas hasta dejarlo desnudo ante el vendaval. Deshojadas ramas caídas se mecen en el viento, arañando el suelo y la parte inferior de sus piernas igual que si fueran uñas poco afiladas.
Una gruesa capa de barro y nieve cubre igual que alfombra el suelo que pisa. La nieve medio derretida al sol y vuelta a congelar hace traicionera el terreno. La emoción que sintiera por las primeras nieves del invierno, semanas atrás, lleva tiempo disipada, sustituida por una irritación contra el manto blanco y frío con el que el clima persiste en arropar los cielos.
Camina. Una mala pisada lo hace tropezar y casi lo lanza de bruces contra el suelo, pero se agarra a tiempo al esqueleto blanco de una rama. Se endereza mientras dirige una mirada acusadora a la pedrada de nieve que baja en caída libre a su alrededor.El cielo cumple con su amenaza de bombardear la tierra con copos tan gruesos como jamás haya visto ese no tan recién estrenado invierno.
Una ráfaga de viento frío le azota el rostro; encoge los hombros ante la fría ventisca, pero ese es el único gesto de queja que su cuerpo acusa. Su atención está volcada en el punto de su destino, no en el ramaje que intercepta. No tarda en reemprender su andar huidizo por ese bosque helado y silencioso.
Los árboles lloran carámbanos de hielo cuando él los roza al pasar, y en respuesta, esa misma nieve le cala los dobladillos de la ropa. El sol invernal, asomado entre las nubes color plomizo, lo observa caminar por el lateral de un sendero boscoso, los ojos entrecerrados, hacia una zona entre el follaje resguardada a los embistes de elementos naturales.
Ladea la cabeza ante el ruido repentino de hielo crujiendo bajo unos pasos descuidados. Con la respiración contenida, se refugia en el cobertizo de un macizo cercano, el cuerpo tenso, la espalda pegada al frío tronco, los músculos prestos a saltar. Una oscura figura emerge de las sombras del sendero. La cortina de nieve es tan espesa que le dificulta la visión a larga distancia, pero alcanza a adivinar, por la ondeante trenza de una corta melena y la forma de andar, que la silueta divisada pertenece a una mujer.
Sin pensar, se aparta del escondite y sale al paso de la silueta, e inmediatamente tiene que retirarse con rapidez para esquivar el destello plateado deun arma afilada que ha volado en busca de su garganta.
Sin darle tiempo a recargar y volver a apuntar con el proyectil, el joven dibuja un semicírculo con la pierna izquierda y le arranca el arco de las manos de un simple y certero puntapié. Veloz como una centella, Le agarra una muñeca mientras se coloca de un salto a su espalda; a su vez le agarra de la otra mano, alzada contra él, y se las sujeta con fuerza a la espalda, acabando con todo intento de agredirlo. Es entonces cuando le pasa el brazo derecho bajo la barbilla, justo por la garganta, y se arroja al suelo, llevándose consigo en la caída a la persona. Aterriza sobre la espalda, con la figura femenina sobre su pecho. Ella trata de forcejear, gritar y dar patadas, pero el brazo en la garganta casi no la deja respirar, las piernas de él la rodean, impidiéndola así que le patee.
—Para ser una arquera de Artemisa, eso ha sido lamentable —dice con sorna.
Él la ha inmovilizado en un abrir y cerrar de ojos. Ella ahora está indefensa, a su merced.
—Para ser un aliado del señor del tiempo, tienes la mala costumbre de gastar segundos metiéndote con quien no debes —replica ella.
—Menudos modales. Ese no es un buen recibimiento. —Reprocha apretando los dientes y colocando el índice libre contra el cuello de la chica a modo de filo de cuchillo—. Es muy descortés e ingrato por tu parte, tratar de matar a un viejo amigo cada vez que lo ves.
Ella jadea, en busca de aire.
—Lamento no haber dado en la diana. Eso sí, hasta donde sé, la última vez no fue un intento. Te maté.
Su mente filtra las palabras, el cerebro las procesa, analiza y clasifica, pero es la voz que las pronuncia lo que le sacude.
—Deberías asegurarte dos veces antes de cantar victoria.
—Lo hice. No contaba con fantasmas.
Él gruñe.
—¿Pueden los fantasmas atrapar otros cuerpos? —Contrae las piernas con las que la rodea, como recordatorio—. ¿Pueden los fantasmas tocarte el cuello? —susurra a ras del arco despejado de su garganta.
El sonido que ella suelta es más jadeo que un resoplido.
—¿Puede el fantasma contarme cómo es que vuelve a estar vivito y coleando? ¿O has venido acaso para rebanarme el cuello? —cuestiona ella, acezante.
—Ni una cosa ni otra —dice—. He venido a verte.
—Yo quiero tener el mismo derecho, entonces —farfulla ella.
—Prométeme que no gritarás; ni tratarás de escapar; ni llamarás a tus compañeras de caza.
—No soy ninguna cobarde —refunfuña—. No pienso escapar de ti. Nunca más. Y… aunque grite, ¿quién va a venir a mi ayuda? te has asegurado de aislarme y tender bien la trampa del supuesto ciervo.
—Cierto.
—¿Entonces? ¿Me sueltas o no?
Despacio, muy despacio, él aparta el brazo que le rodea la garganta, le suelta las muñecas. Ella se da la vuelta, con el rostro a escasos centímetros del suyo. Y ambos se recorren los rasgos con los ojos, tirados cuan largos son en la alfombrada tierra, una encima del otro.
Es ella. Es realmente Thalía.
Al verlo, ella queda como una estatua de piedra, y él reacciona del mismo modo. No existe cruce de palabras, ni siquiera pueden respirar, solo hay un intercambio de miradas, tan profundas que cada uno puede reflejarse en los ojos del otro.
—Sagrado Zeus. Eres tú. Eres tú realmente —musita, antes de rodar sobre un costado, levantarse y separarse con violencia de él.
Él la imita. Quedan de pie, cara a cara. A su entender, ella parece una aparición celestial, con el brillo del apagado sol refulgiendo tras su espalda, creando un débil aura de luz a su alrededor, con los cortos y rizados cabellos negros excluidos de la trenza, agitándose levemente por la brisa del viento.
—Luke… —ella sacude la cabeza, tratando de sobreponerse—. ¿Te has vuelto loco? ¿Cómo te atreves a venir hasta aquí?
—Sí. Ho—hola a ti también. —La voz le patina en la garganta en las primeras sílabas de la frase, en su intento de saludar formalmente—. ¿Qué tal estás?
Ella lo mira como si creyera que no podía haber dicho una estupidez mayor.
—¿Qué haces aquí? —pregunta a su vez.
—Yo estoy bien, gracias por preocuparte —contesta a una pregunta no vocalizada, y que él quiere ver formulada en su mirada; su boca se arquea en una parodia de sonrisa que dedica a la chica—. Veo que tú rebosas salud. -Le lanza una mirada larga y sagaz-. Y mortalidad.
Ella lo obsequia con una mirada dura e iracunda, destinada a hacerlo sudar.
—¿Qué haces aquí? —vuelve a cuestionar.
Él suspira.
—Admirando el invierno —miente.
—Muy lejos te has adentrado para ello —replica la otra.
—Pocas son las veces que he visto nieve —confiesa mirando al cielo—. Me pregunto cuánto durará la novedad.
—Esperemos que lo suficiente como para que te congelen los sesos los días fríos con sus noches heladas, te hagan helado la cara las corrientes de aire, y los días sin sol sean tu despertador.
Él se echa a reír, una risa desangelada, carente de verdadera alegría.
—Deberíais ver donde y con quienes vivo ahora… verías que esa tónica ya forma parte de mi vida, con o sin nieve de por medio.
—¿No tienes titanes con quienes reunirte? —Espeta ella, pasando a la defensiva a la mera alusión de los nuevos círculos donde él se codea, al tiempo que entorna los ojos—. Que tengas siete vidas no significa que tengas que ponerte en peligro. ¿Acaso quieres volver a romperte la espalda?
—¿Y quién lo va a hacer? ¿Tú?
—Te empujé de espaldas al acantilado —le recuerda ella.
—Y aun así estoy aquí, de pie, delante de ti, con la espalda en su sitio, cumpliendo su función. Empujar no es lo mismo que romper —matiza él. Abre los brazos en cruz—. Si te parezco menos corporal, puedes acercarte y tocarme, de nuevo.
Ella no se molesta en ocultar un trasfondo de asco y disgusto.
—No, gracias. Quiero que me digas, más bien, qué haces realmente aquí.
Su tono transmite no obstante más que esas cuatro y simples palabras. Dice: «deja de hacer el tonto y de andarte por las ramas». Así que le ofrece la respuesta más sincera que acude a su mente.
—He venido a verte. —Da un paso hacia delante—. A Hablar contigo. La última vez no acabamos en los términos más amistosos, precisamente. —Extiende una mano—. ¿Caminas conmigo?
Ella se cruza de brazos.
—¿Y para hablar has tenido que espantar a mis hermanas?
—Bueno, es que no siento ningún deseo de añadir el secuestro a mi larga y merecida lista de habilidades, ¿sabes? —replica—. Y quería estar a solas contigo.
—¿Por qué? ¿Para atacarme mejor? ¿Para tenerme más a tu merced?
—Si quisiera atacarte ya lo habría hecho —se impacienta—. Piensa un poco. Habría aprovechado el factor sorpresa y te hubiera envuelto en cuerdas cuando te tenía en el suelo. —vuelve a resoplar—. Me conoces mejor que eso…
—¡No! —restalla ella—. ¿Esa es la cuestión, verdad? Que no te conozco. Que no te reconozco. Ya no eres el Luke que yo conocí.
—Por eso vengo a hablar…
—Ese tren ya ha partido —lo corta ella—. El momento de hablar fue hace meses, cuando terminó mi reconversión en pino. Tú no estabas ahí para recibirme. No estabas ahí para darme respuestas y explicaciones. Pero me contaron qué habías estado haciendo todos estos años. Y hace poco he tenido la desagradable oportunidad de ver con mis propios ojos en qué te habías convertido —lo señala con un ademán despectivo—. En qué te has convertido.
—Toda historia tiene más de una versión —recrimina él—. ¿Por qué puedes creerte la versión de otros y no me das la oportunidad de explicarme, oír de mis propios labios la verdadera razón de los acontecimientos?
Ella se acerca veloz como un tornado hasta detenerse frente a él, a escasos pasos de distancia, los brazos cruzados delante del pecho, dolor e ira abrasando en sus pupilas.
—No sabía que traicionar a los dioses tuviera alguna razón —espeta, echando la cabeza hacia atrás para tener mayor perspectiva de su cara—. Puedes no estar de acuerdo con ellos, pero no sabía que la justificación de aliarse con el Tártaro se hallara en la animadversión con el Olimpo. Así que sí, explícame —demanda con los dientes apretados—. Explícame, ¿cómo has sido capaz de aliarte con monstruos? ¿Qué puede justificar que mates a otro mestizo? ¿Qué es tan importante que te llevó a dejar sola a Annabeth?
—¡Tú! —estalla él—. Tu ausencia, mejor dicho —se explica. Por un instante, sólo por un instante, el hielo de los ojos de la chica se derrite. Envalentonado por esa guardia bajada, él prosigue—. No se contentaron con usar a mi madre, enloquecerla y, una vez desequilibrada, abandonarla como se abandona un objeto ya usado. No les bastó con echarme encima día y noche los perros del Tártaro y quedarse de brazos cruzados, viendo como salvaba el pellejo de chiripa, nunca sin mover ni el meñique de sus dedos endiosados. No contentos, nos separaron, nos arrebataron la oportunidad de consolidar esa familia que prometimos ser. Me quitaron lo único valioso que me quedaba, a lo que me aferraba. —La voz se le va apagando con el eco de las últimas palabras; un suspiro quedo pero furioso y envalentonado es lo que le sale cuando añade—, te apartaron de mi lado.
En el silencio que se abre, se escucha el suspiro de las hojas al viento.
—Oh. Ya veo. ¿Y por eso me envenenaste?
—NO estarías aquí de no haberlo hecho, ¿no?
Ella lo mira con una expresión tan gélida como la nieve que los hostiga.
—Cierto. Se me olvidaba: debo darte las gracias. Gracias, Luke. Gracias, amigo, por jugar así con mi vida. Por vegetal que fuera, eso habla del gran aprecio que me tenías. Sí, gracias, por casi matarme.
No era eso lo que él pretendía decir. La exasperación porque ella lo haya entendido todo al revés comienza a restallar en su interior a medida que el viento restalla a su alrededor. ¿Por qué no puede entenderle? se pregunta. ¿Por qué se empeña en acusarle? se aflige.
—Tú casi me matas —dice, en cambio—. Estamos en paz.
Las palabras se quedan en suspense. Ella lo observa, atónita y horrorizada, incapaz de creer lo que él acaba de decir, los ojos repletos de indignación, pánico y rabia.
—Luke. —El nombre sale de sus labios como un lamento, un gemido, el quejido que se suelta al recibir un golpe en todo el estómago—. ¿Qué te ha pasado? ¿Cómo puedes decirme eso? —Lo mira como si creyera que no es consciente de haber perdido el control, como si se hubiera convertido en un monstruo—. Has cambiado. Tú no eras así.
—Y por fin llegamos al meollo de la cuestión. Sí, he cambiado. Como tú, como Annabeth, como todo el mundo. Pero he cambiado a mejor, no debes preocuparte. Y no he cambiado tanto como parece. En el fondo sigo siendo el mismo Luke. Sólo que… con poder.
—¿Poder?
—Poder,, sí —repite, asintiendo con la cabeza. Las pulsaciones le van a mil por hora en las venas—. Y aliados. Y amigos de verdad Y protectores que saben defender realmente a los suyos.
—¿De qué me estás hablando? —casi chilla ella. Una ráfaga helada le arranca la capucha y hace que se le enrojezcan de frío las orejas—. ¿No te estarás refiriendo a tus compinches, los titanes, verdad? —Suelta una carcajada descarnada y sin gracia—. Porque si a esos monstruos los consideras protectores, Luke, es que algo anda significativamente mal en tu cabeza.
—¿Ah sí?
—¡Son monstruos! —grita ella—. ¡Demonios! ¡Señores del horror, inventores del dolor! ¿Es que no lo ves? —El viento ruge en torno a ellos—. ¿Acaso has olvidado todo por lo que sus vástagos te hicieron pasar? ¿Todo por lo que nos hicieron pasar por meses a los tres? —musita, dando un paso hacia atrás, entre repetidas sacudidas de cabeza—. ¡Dioses, Luke! Es como si te estuviese controlando alguna otra cosa.
—Olvida por un momento lo de monstruos, ¿quieres? —se exaspera—. Olvida lo de demonios y demás. ¡Esa es una idea de los dioses, nada más. ¡No tienes que creerte todo lo que esos arrogantes del Olimpo te digan! ¿Qué han hecho por ti, a ver, dime? ¿Cuándo se ha comportado tu padre como un padre? ¿A cuántos ruegos tuyos ha respondido Zeus? ¿Cuántas veces te ha visitado? ¿Cuántas palabras o señales de apoyo te ha dado? Cronos es un titán, sí. ¿Y qué? ¿Por qué ser un titán tiene que significar necesariamente algo malo? él al menos cumple sus promesas, sus palabras. Le pedí tenerte de vuelta, y aquí estás. Él no me abandonaría. Jamás.
Ella niega repetidamente con la cabeza, sin ni siquiera tomarse la molestia de sopesar la verdad que esconde sus palabras.
—Estás demasiado ensimismado en tu rencor, demasiado cegado por unas emociones irracionales que ni siquiera reconoces la magnitud de la crueldad de tus propios actos.
Una cólera crece en su interior. Intenta combatirla, sacudirse la quemazón, pero el sentimiento se vuelve cada vez más insistente, más intensa, más fuerte. La ira lo ronda, y él no está de ánimos para resistirse a ella. No puede liberarse de ella. Se apodera de él por completo.
—Sé que puede resultarte extraño, pero no lo es. ¡No es malo! Un titán sólo esel mito de una maldad que los dioses han construido para tenernos a los mestizos comiendo de su mano y luchando a su bando. —Ella aprieta los dientes ante el embiste de una helada ráfaga de viento, encoge los hombros para refugiarse en el calor corporal que la tela guarda, peronada dice. Simplemente lo deja terminar—. Cronos sólo es la versión de horror construido por sus enemigos milenarios.
—¿Pero tú te estás oyendo? —El viento le arranca unos cuantos mechones más de la trenza, que ella se recoloca tras la oreja con impaciencia—. Di, ¿te estás oyendo?
—¿Y tú? —Exclama él de vuelta, sin molestarse en ocultar un trasfondo de irritación en su exabrupto—. ¿Puedes abrir un poco tu mente, por favor? Recuerdo que también te quejabas de los dioses. Ahora no me digas que no. Por tanto sabes de lo que te estoy hablando. En nombre de esos sentimientos, en nombre de ese abandono de Zeus a tu familia, en nombre del motivo que te hizo escapar de casa… vengo a pedirte que te unas a mí. —Le vuelve a tender la mano—. Únete a nosotros. Ven conmigo.
Ella da un paso hacia delante. El corazón de él se desboca con ese simple gesto. Va a aceptar. Va a aceptar. Tiene que aceptar.
—Yo te hago la misma oferta. —Ella busca sus ojos—. Si es verdad que lamentaste mi pérdida… si aún significo algo para ti, si nos echas de menos tanto como nosotras a ti… deja a Cronos. Regresa al bando de los dioses; ellos saben perdonar, y Annabeth y yo también. —Le tiende la mano—. Ven conmigo.
Ambos adelantan las manos en el pequeño espacio que los separa, en busca de la palma del contrario y, a pesar de todo el frío, el viento y la nieve a medio derretir que los rodea, un relámpago de calor le atraviesa de parte a parte en el momento en que ambas palmas entran en contacto. El calor del cuerpo ajeno lo recorre como una manta, aliviándolo de una carga que no sabía ni que sintiera hasta entonces.
Sus palmas están tan apretadas, una contra otra, que incluso los pulsos se acompasan. No quiere alejarse de allí. Entre esos dedos enfrentados siente una paz que tiempo hace que no experimenta. Es como si el mundo de pronto se hubiera vuelto perfecto: las preocupaciones desvanecidas, para quedar solo ellos dos y el contacto que los entrelaza. Un contacto que, para su desilusión, se rompe enseguida, cuando ella se desase con un sobresalto, como si también se hubiese quemado.
—Thalía… —el nombre de la chica se le atraganta en la garganta—. Por favor.
—Luke… lo mismo te digo. Por favor, por favor. Toma mi mano. Vuelve conmigo. —Él siente un escalofrío al notar la desolación en la voz de ella, aunque cuando el viento le despeja la cara, echándole de nuevo la capucha hacia atrás, ve que no hay lágrimas en sus ojos; sólo una férrea fiereza—. Vuelve a mí.
En el silencio de sus miradas flota un desfile de palabras, palabras no confesas que entretejen la barrera que los separa.
—Tú… tú no lo entiendes. No puedo volver. He hecho cosas… cosas que te escandalizarían.
—No me escandalizo tan fácilmente como puedas creer. Sé que en el fondo todo esto lo haces por una buena causa, o eso te dices; lo haces por todos esos mestizos a quienes los dioses ni reconocen, pero incluso eso puede cambiar.
—Pero he hecho cosas… cosas que los dioses no me perdonarían. No me digas que sí, porque sabes que no es cierto. Y volver a ellos… ¿para qué? ¿Para que sigan en su misma línea de pasar de sus hijos? No. No puedo volver a ese estilo de vida. Y menos ahora cuando… cuando…
—¿Cuando… qué?
Él farfulla un manojo de maldiciones mientras se frota la cara con una mano.
—Es verdad. Es verdad todo lo que sospechas —admite él, de pronto. Y esta vez es él quien recula—. ¿Lo de las siete vidas? ¿Lo de unirme a Cronos? Ya ha sucedido, Thalía. Y hablo de una unión más allá de las alianzas, los bandos y las convicciones. Hablo de una unión más… carnal. Espiritual. No te voy a contar cómo ni cuándo lo hice… pero el caso es que ya lo hice. . El caso es que absorbí la esencia del titán y la introduje en mí. —Escruta sus ojos, y se le encoge el corazón al encontrar una ola de aprensión y horror ante tamaña confesión—. Y es… indescriptible.
—¿Indescriptible? ¿Has permitido que un titán te posea y el único adjetivo que se te ocurre para definir semejante locura es «indescriptible»?
—Bueno. A veces es horrible. Es como ser, no sé, una marioneta. No me puedo controlar, él me controla a mí.
—Pero tú eres fuerte —le dice—. Combátelo. Puedes librarte de él.
—No —replica a su vez. Y ambos notan cómo la voz se le quiebra en esa simple sílaba—. No. No puedo librarme de él. Ya forma parte de mí, ¡entiendes? como mi piel. Como mi sangre. Es el ser de mi ser. Voy a ser como un titán, sólo que sin el «como» y sin el «voy a ser». Porque ya lo soy. A veces puedo sentirme como una marioneta, pero la mayoría del tiempo no es así; de hecho, todo lo contrario. Soy grande. Y seguiré creciendo. Voy a ser poderoso, y más poderoso, y más poderoso. No puedo volver al sendero de los dioses. No puedo. Ni quiero. Lo que deseo es destruirlos, hacerles saborear el mismo malestar que ellos dan a los mestizos y mortales. ¿Demencia? No lo sé. Pero no es sólo sed de sangre y odio.
La chica contempla los copos de nieve empujados por el viento; avanzan hacia ella, precursores de una nueva ventisca a punto de caer.
—Dices… no, presumes… que ahora llevas a un titán en tu interior; sabiendo lo insoportable y deleznable que me supone algo así, ¿por qué crees que voy a seguirte? ¿Cómo puedes pensar que voy a aceptar, siquiera por un momento, tu ofrecimiento de pasarme a tu bando?
—Porque sigo siendo el mismo Luke que tú conociste. El mismo con el que despotricabas sobre los dioses. El mismo que luchó por traerte de vuelta. Algo cambiado, sí. Pero no tiene importancia.
—¡Que no tiene importancia?
—Thalía…
—¡Y deja de decir que luchaste por traerme de vuelta! —El viento azota las briznas de cabello que se han librado de la trenza, enredándoselos con los mismos gélidos dedos con los que aflauta su voz—. Fueron Annabeth y Percy quienes procuraron salvarme. No por mí, de acuerdo, sino por las defensas del campamento, pero lo mismo da. Intentaban salvar, no matar. ¡Fuiste tú quien envenenaste mi árbol! ¡Tú!
—¿Crees que no lo sé? ¿Que no me acuerdo? —él ha empezado a gritar. Sus ojos azules refulgen febriles en medio de su rostro pálido y macilento—. ¿Crees que no lamento lo que hice, que no me arrepiento cada día de mi vida? Lo creas o no, también lo pasé muy mal en ese momento, Thalía.
—¿Que tú lo pasaste muy mal? —los ojos de ella abrasan—. ¿Que tú lo pasaste muy mal? —repite, incrédula, furiosa—. No compares tu malestar con el mío —gruñe—. No tienes ni idea de lo que sentí, de lo que causaste.
—Mira —extiende los dedos hacia su cadera y aplasta su frustración aferrándose al mango de su espada envainada al cinto—. La verdad es que yo no comparo nada, ¿de acuerdo? No llego ni llegaré a comprender por lo que pasaste, porque es tu perspectiva como primera doliente. Pero tú tampoco comprendes, ni por asomo, todo por lo que yo pasé. Por lo que paso. ¿Crees que no conozco el dolor? —Sacude la cabeza—. ¿O lo que es perder a alguien? ¡Llevo viviendo todos estos años mientras tú sólo sobrevivías como pino, Thalía! Sé lo que es el dolor, y el malestar, y la necesidad, y yo también he perdido muchas cosas. El hecho de que tú y yo tengamos maneras distintas de afrontarlo no significa que yo no tenga también mis propias dolencias. Cicatrices más profundas que esta que tengo en la cara.
—Dime solo una —lo reta, aún colérica—. Ponme un solo ejemplo de tus heridas, de las cicatrices de tu alma…
—¡El monte Tamalpais! —grita. Y su estallido la sobresalta—. Estuve esperando con emoción nuestro duelo, lo confieso, y no sólo por verte resucitada; también porque fue el único momento en que pude hablar contigo. Verte, tenerte cerca, comprobar en primera plana que estabas de vuelta. —Ella lo mira entre parpadeos, él con aire burlón y desdeñoso, aunque sus ojos se mantienen mortalmente serios—. ¡Cuando intentabas matarme, maldita sea!
Ella sonríe, pero con una afilada dureza.
—Vaya… déjame decirte que entonces sí que sabes hacer que una se sienta deseada, bienvenida, bien recibida y apreciada —lo mira con enfado, incapaz de disimular su ira. Apartándose nieve de la cara, ella da un paso adelante sin desviar la mirada—. Pero para que te enteres, eso no me basta, no me sirve. No hará que me conmueva y, menos, que enloquezca hasta el punto de convencerme de darle la espalda a mi nueva familia. A la diosa y a mis hermanas. No voy a ir a ninguna parte contigo, Luke, por más que me chantajees, me ablandes, presiones o me acuses. Y puedo ser tan terca como tú a la hora de defender a tu nuevo amo. Lo sabes.
Él se pasa los dedos repetidamente por el cabello, emitiendo un suspiro, alborotándose los pelos más de lo que el viento ya los alborota.
—No lo entiendes —farfulla. Las palabras salen a regañadientes de entre sus labios.
—¿Qué es lo que no entiendo, dices? ¿Vuestras motivaciones asesinas? ¿Vuestro complot de exterminio del Olimpo? ¿Vuestros planes de reducir a cenizas al panteón mientras, por el camino, pasáis a sangre y fuego a la Tierra? —Su voz rezuma bilis—. Error: lo comprendo. Sólo que no lo comparto. Ni mucho menos lo aplaudo. ¿Ves la diferencia?
—La batalla empezará dentro de poco —confiesa él, en la voz auténtico pánico y urgencia—. Todo el que no esté del bando de los titanes…
—¿Del bando de los titanes? —lo interrumpe, mordaz. Expulsa toda su indignación en un sonoro bufido—. Creí que tú eras ahora uno de esos titanes. ¿No deberías decir entonces todo aquel que no esté en nuestro bando?
—¡Escúchame! —Avanza ignorando toda alarma, la agarra de los brazos, se inclina sobre ella, invadiendo su espacio personal—. Todo el que no esté de parte del tártaro va a morir. ¿Lo entiendes? —la sacude furiosamente—. ¿Lo entiendes? No quiero… no puedo volver a verte desaparecer. No otra vez. No quiero destru… no quiero que él te destruya. Por favor, únete a mí. Ven conmigo. Si no crees en la causa de los titanes, cree en la mía. Somos… fuimos amigos, ¿no? Al menos fíate de mí.
Sus alientos se encuentran en el aire, bocanadas grises que ascienden como humo por la pared de la neblina. Azul contra azul, los ojos de ella lo recorren, fulminándolo sin misericordia. Han perdido su amor como el cielo al sol, y es el clima quien tiene el valor de llorar con lágrimas blancas la sombría soledad que los embarga y embargará de ahora en adelante.
—El problema, Luke, es que ya no confío en ti.
Las palabras lo golpean haciéndole tambalear, porque son las mismas que le dijera su amiga rubia, horas atrás, en su última visita a su casa. Y entre tanto la nieve cae. Y al final los congela a ambos. Congela sus mejillas. Congela sus miradas que mucho podrían decir pero que ahora callan. Congelan el par de labios que ansían acercarse y darse calor pero que se quedan vacíos, entreabiertos, azules por la frialdad, azules de tanto esperar, azules por lo que han perdido, lánguidos en un beso que ya nunca se darán.
—No te has dado la oportunidad de conocer mi nuevo yo.
—No. —Se sacude sus manos de encima—. Y ciertamente no lo haré mientras lleves en tu interior a… a esa cosa.
La inmortalidad de una y la condición de imbatible dada por el Estigio del otro los empuja al pie de la batalla, los condena a permanecer en una Tierra a la que no sienten grandes deseos de pertenecer. Ya no. >No si eso significa la ausencia y el desprecio y el dolor basto y atroz e interno por el contrario. Ahora ambos son indelebles; una al transcurso del tiempo, otro al deterioro o agresión del cuerpo.
—Podría llevarte conmigo —amenaza—. A rastras, de ser necesario. Nadie te oirá gritar.
—No lo harás.
A él se le tensa la mandíbula.
—¿Qué te hace estar tan segura?
—Creí queno querías añadir el secuestro a tu lista de habilidades.
Él finge con mal talento una sonrisa compungida.
—No, con las hijas de Artemisa —puntualiza.
—Yo soy una hija de Artemisa —le recuerda.
—Para mí no. Para mí nunca lo serás.
Ella da un paso hacia atrás. Su mirada destaca brillante y airada, en consonancia con las mejillas arreboladas.
—Si alguna vez fuimos amigos, si alguna vez me tuviste aunque sólo fuera una pizca de afecto… no lo harás. Respeta mi decisión, aunque sea esta nuestra última vez. Yo he aceptado tu camino, acepta ahora tú el mío.
El lazo que lo enlazara a las tres fuentes de felicidad que conociera, fuentes que firman madre, hermana y amiga se quiebra, lo ahogan anudado en torno a su garganta ahora que cada una de ellas le ha vuelto la espalda, soltando para siempre el otro extremo de la cuerda que los uniera.
—Un camino en el que acabarás muerta, a pesar de mis advertencias y ofrecimientos. Y sólo porque sigues empeñada en defender una causa abocada al fracaso.
—Entonces será mejor que nos vayamos despidiendo —simplifica ella con frialdad—. Adiós, Luke. No voy a mentir y decir que me ha encantado volver a verte de nuevo. Y tranquilo. Tu secreto de doble personalidad está a salvo. Nadie me creería de todos modos, por tanto… —lo desprecia—. Ahora vete. Sal de mi vista, haz el favor.
Se aleja, siempre andando hacia atrás. Y en su interior, el último cordón que lo atara al recuerdo del antiguo Luke se rompe, los pocos retazos de humanidad se disuelven, la esperanza le vuelve la espalda al igual que lo hace la chica que ama.
—Por última vez… ven conmigo. —Alza la voz, vuelve a pedir antes de que ella desaparezca entre los árboles.
Ella sigue dándole la espalda.
—Por última vez… no.
Por fuera se mantiene firme, inmutable, desapegado, pero por dentro se quiebra con ese últimorechazo, se rompe sin esas tres presencias, la oscuridad lo envuelve en su manto sin esos tres puntos de luz, calor, aliento.
—Luke…
Al instante se detiene, esperanzado.
—¿Sí?
—Sé lo que realmente has venido a hacer aquí, no creas que me he tragado el cuento de venir simplemente para hablar. —Ella se seca a manotazos las lágrimas de nieve de la cara—. El día en que mueras quieres contar con dos asistentes a tu funeral y con alguien que te recuerde sin rencores. —El enfado y la decepción crispan su cara—. Difícil lo vas a tener. Te has encargado de que las tres echemos palas sobre tu tumba.
Él aferra de nuevo el mango de la espada por debajo del manto grueso que lo cubre y agradece la quemazón abrasadora que le causa en la palma el frío del arma. No sabe qué hacer; la mente se le ha bloqueado ante el ataque verbal de la joven y los pocos movimientos de su cuerpo se vuelven mecánicos, movidos solo por instinto. De haberse tratado de otra persona… pero se trata de Thalía, a ella no le puede responder mediante golpe de espada… ¿o tal vez sí?
—Está claro que visitaros por separado a cada una ha sido una pérdida de tiempo —escupe, enfadado con ellas, por no haber aceptado la oferta, enfadado consigo mismo por haber sido incapaz de convencerlas—. No ha servido de nada.
El rencor cierra la puerta al perdón, el orgullo y el dolor por el daño que se han infringido es más fuerte que el amor que sienten, que niegan haber sentido alguna vez. La alta barrera que los separa rehúye el entendimiento, el afán de posicionarse en el bando contrario esquiva los ruegos de sus corazones, y la razón desoye el clamor de sus espíritus anhelantes que se detestan tanto como se añoran.
—Ahí te equivocas. —Sus ojos destellan por última vez—. Sirve para decirte adiós. Y de verdad. Para cerrar contigo y dar carpetazo a nuestra historia, a lo que alguna vez pudimos llegar a tener.
Es entonces cuando su rostro adquiere una amarga dureza, la máscara de hierro que oculta la desolación.
La presencia del titán pesa sobre él, recordándole el pacto con el Tártaro que hace años aceptó sin dudar. Una presencia fría, maldita, maligna, eternidad de agonía, suplicio infinito ahora que las esperanzas por recuperar a su amiga y atraerla a su bando se desvanecen con ese último adiós. Una presencia a la que se entrega y abraza, ya sin titubear.
—Como quieras. Que no se diga que no lo intenté.
Sin transición, ya no es joven ni vulnerable. Es mortífero, un predador herido dispuesto a desgarrar, matar. Dispuesto en ahogar en sangre ajena su propia alma, su abandonada y herida alma.
Con esa última visita desaparecen sus esperanzas primero, la capacidad de alegrarse por algo, después. A partir de ese día hablaría al vacío, se abriría a la oscuridad de la oscuridad, haría de su corazón una piedra donde sólo el musgo crece.
Y sólo en sueños le hablaría a ella, la recordaría, la evocaría, porque si en algún lado prevalecen las pérdidas, es ahí, dentro, en el corazón, circulando al ritmo de cada latido; aunque fueran latidos parcos de un corazón apergaminado, congelado en hielo para que prevaleciera inocente, libre de la mácula de una posesión; congelado, listo a derretirse cuando el pasado llamara a la puerta y los tiempos en que la felicidad no se le había escurrido de entre los dedos al arrebatarle, una a una, los miembros de su familia, escasa de por sí, regresaran a darle una segunda oportunidad.
Pero en ese momentoel viento aumenta su aullido a cada paso que se alejan. Por cada metro que los distancia la atmósfera suelta el quejido que se ondula y retuerce a su alrededor, un lamento gélido y frágil en consonancia con el furioso llanto de sus almas. Y muere su futuro, encarnado en esa chica que es supasado, anclándolo con su negativa a un presente ya no grato.
·.·.·.·.
Desperté de golpe, sobresaltado, atontado y desorientado. Sacudida, zarandeo, desconcierto. Alguien me estaba frotando la espalda mientras murmuraba:
-Despierta. Estás bien. Estás soñando, sencillamente eso.
Me estaba debatiendo bajo una tela que me aprisionaba.
Agité los pies zarandeando la tienda de campana creada, moví piernas, rodilla y manos, pateando en el camino algo blando y carnoso, que de inmediato se alejó de mí.
—¡Cálmate! —La voz de Thalía logró penetrar a medias en mi cabeza mientras mi lucha contra las sábanas y las imágenes aún pugnaban por la atención del resto de mi mente—. Solo ha sido un sueño, estate quieto. Abre los ojos, mírame.
Pero la agitación del recuerdo, y no del sueño, continuaban convulsionando mi cuerpo.
—Respira —la oí decir, tono autoritario pero fiable, sosegado. Y para subrayar su orden, empezó a inhalar y expirar con fuerza—. Respira, Luke. Respira. —Primero fue mi oído quien captó su voz; después fueron las cosquillas que su aliento empezó a despertar en mi oreja. Luego le prestó atención el resto de mi cuerpo—. Respira, vamos —indicaba antes de tomar una nueva bocanada de aire, y otra y otra. Poco a poco, la imité.
Transcurrimos así unos cuantos minutos. No sólo su proximidad me tranquilizaba; estaba concentrado en inhalar lentamente al ritmo que me marcaba la respiración de Thalía. Fue poco a poco que mi cerebro logró procesar que estaba a salvo, que los brazos que me rodeaban, ignorando las protestas convulsas de mi cuerpo, eran los de Thalía, una Thalía actual. Mi cuerpo se relajó poco a poco en su abrazo, convirtiéndose en una masa moldeada a su posible voluntad.
—Eso es —susurró con suavidad—. Ya pasó. Todo está bien.
Cuando mi respiración se normalizó, me moví, y ella aflojó su agarre alrededor de mis hombros, permitiendo que me girara hasta quedar tumbado de costado, frente a ella. La luz de la bombilla estaba encendida, las sábanas hechas un revoltijo total. Miré a mi alrededor un tanto confuso. Entonces la encontré con la mirada.
—Hola —dije.
—Hola —susurró.
—Gracias por estar ahí —agradecí.
—No tienes que darlas —contestó ella, quitándole importancia con un gesto.
—Puede que no, pero gracias. Me ha gustado que me abraces —admití, muy bajito, azorado a mi pesar.
—¿De verdad? —estaba extrañada—. Nos hemos abrazado muchas veces en los últimos días. ¿En qué se diferencia este abrazo?
—En nada. Lo comparo más bien con los anteriores; los de la otra vida, quiero decir. Estos, tuyos, no sólo son agradables. También reconforta —titubeé—. Este calma, ayuda, sosiega, es lo opuesto a una pesadilla, la ayuda de chocolate ante una bajada de azúcar —expliqué esquivando su mirada—. Ha sido un abrazo que dice no exigir nada de mí, que más bien ofrece un manantial de afecto.
—¿Quién espera algo de ti? —se inclinó, interesada.
«Los dioses, pensé». «De ti y de mí». Pero no dije nada. En cambio musité:
—Hablo por mi yo del pasado, nada más.
—Luke… —sólo era mi nombre, pero en sus labios sonó poderoso, cargado de afecto, cargado de suspiro y alivio, acompañado de fortaleza, una fortaleza que parecía poner a mi disposición, si la necesitaba. Y en esos momentos sí que la necesitaba—. ¿Estás bien?
—Creo… creo que sí. —«al menos por ahora», terminé para mis adentros.
—Me alegro.
—Pensé que te habías ido —confesé mi temor, alargando la mano para recolocarla un mechón de pelo detrás de la oreja.
—No. Todavía sigo aquí. Porlo visto sigues necesitando un atrapasueños.
—Por lo visto, sí —suspiré con aflicción. Parpadeé para disipar los restos de sueño—. Pero no, no ha sido un sueño, en realidad.
—¿Otro recuerdo, acaso? —Sus dedos empezaron a viajar por mi rostro, suavizándome las arrugas de confusión por el recuerdo, enredándose en mis cabellos y llevándose todo rastro de malestar—. ¿Quieres… quieres hablar de ello?
—No te preocupes, estaré bien —expresé en medio de los flashbacks de mi memoria aún inquieta.
—Dame una oportunidad para ayudarte. Ahora somos dos, ¿recuerdas? no tienes por qué sufrirlo en silencio, tú solo. Además que eso no es bueno. Te lo dice alguien que habla desde la más inmortal e introspectiva experiencia.
Abrí la boca… y la volví a cerrar.
—Se me pasará, tranquila…
—No —me interrumpió Thalía con suavidad—. No te lo calles. Si quieres hablar, compártelo conmigo. —Acercó su rostro al mío, rozando nuestras frentes—. No me hagas a un lado.
—Creí que ya se habían acabado los viajes al pasado —musité con voz pastosa.
—¿Qué ha sido esta vez? —me preguntó apartando los mechones empapados de sudor que se me habían pegado al rostro.
—La última vez que hablamos —susurré—. Antes de la batalla final. La vez en que me atreví a colarme en el campamento de las cazadoras, buscándote, ya sabes, para hablar contigo. —Había comenzado a temblar; por alguna razón, sentía frío, mucho frío. Era como si la ventisca del pasado me hubiera acompañado al presente, adhiriéndose a mi ánimo—. Para convencerte de que te unieras a mí y a Cronos.
—Ah, eso. —Sus manos me tocaron las mejillas, suaves, acariciantes—. Fue un día interesante, sí..
—Interesante no es precisamente como yo lo definiría —farfullé, arropándome con las sábanas—. Terrible, quizás. Horrible, más bien. Abominable, sí, eso se acerca más.
—Es algo del pasado.
—Sí, pero es ahora cuando me acuerdo. El sentimiento de vergüenza es reciente.
Descansé la cabeza en lo alto de su vientre, el pecho subiendo y bajándole bajo mi sien, aferrándome a ese leve gesto para recordar que estaba despierto, que ya fueraun sueño o recuerdo, el flashbacks había terminado.
—Destierra ese recuerdo de tu mente, ahora tienes nuevos recuerdos que formar, cambia de ambiente y mira hacia adelante, y no seas tan duro contigo mismo.
—¿Y cómo no quieres que lo sea? Traté de reclutarte para el bando de un titán. ¡¡Y no sólo a ti! También a Annabeth. Las personas que, según yo, más quería. ¿Qué clase de amor era aquel?
—Uno que sólo entendía de extremos, y no de claroscuros.
—Uno que no tenía derecho a llamarse amor.
—No. Tal vez no. ¿Pero y qué? repito, es cosa del pasado.
Miré aquellos ojos azules que tantas promesas guardaban en su interior.
—Unpasado que hoy me ha despertado entre escalofríos, y a ti entre patadas. Un pasado que todavía te hace daño. Quiero pedirte disculpas, Thalía. Por…—no pude terminar la frase.
—Bésame.
—¿Qué? —exclamé—. ¿Estás escuchando lo que pretendo decirte?
—Meridianamente bien. ¿Y tú me has escuchado a mí? —Golpeé entre resoplidos mi lado vacío del colchón—. ¡Oye! No sueltes ese gruñido. Voy a pensar que no te gusta besarme. —Negué violentamente con la cabeza—. Entonces calla y ven aquí. Bésame —insistió Thalía—. Ahora. Venga. ¿O te has cansado de mí?
Por toda respuesta, volví a ponerme de lado, la tomé de la nuca y me acerqué en medio del revuelo de sábanas, apenas rozando sus mofletes con mis labios, diciéndole sin palabras cuánto sentía aquel fatídico día. Luego pasé a besarla en la frente, con devoción; delineé el arco de su ceja con los labios y deposité un suave beso sobre la punta de su nariz.
Mi agitación se apagó tan súbitamente como una llama bajo el agua. La estreché contra mí, embargado por una sensación de alivio absoluto. Con una mano le acaricié suavemente la cara, como si aún creyera estar soñando. Los dedos de Thalía recorrieron mi mejilla, mi cicatriz, mirándome con intensidad. Las palabras sobraban. Por un momento el mundo se detuvo. La besé. Porque volver a besarla era volver a casa, sus labios eran el hogar.
—Ahora estamos juntos, Luke —dijo cuando nos separamos—. Mejor no malgastar el tiempo con tormentos pasados. Tú no fuiste el único en lastimar, yo también tengo mi ración de sufrida autoría. Pero no tienes que pedirme perdón, y yo a ti tampoco. Porque el estar juntos significa también habernos perdonado mutuamente. —Me traspasó con una mirada demandante, llena de reproches—. Como tengamos que disculparnos individualmente por cada recuerdo que nos venga a la mente nos van a dar las… —frunció el ceño—. ¿Cómo dicen los mortales?
—¿Uvas?
—Eso. Sí. Nos van a dar las uvas. Nos haremos viejos. —Resopló—. Y no sé tú, pero yo quiero envejecer hacia el futuro, no mirando atrás.
—Yo también. Contigo. Siempre, pero…
Sus labios tocaron los míos, suaves, fuertes, cálidos y seguros.
—Entonces háblame de amor y no de perdón —dijo mientras dejaba un reguero de besos desde mis pómulos, bajando por las mejillas, trazando la línea de mi mandíbula y resbalando por mi garganta—. Dime te quiero y no lo siento. Dime te amo y sin pedir disculpas.
Repartió besos sobre mi clavícula, ascendiendo lentamente por mi nuez de adán que subía y bajaba al yo tragar saliva, hasta que torcí el cuello, moví la cabeza e hice que mis labios se encontraran con los suyos. La besé. Y al instante se me relajaron los hombros, se deshizo el nudo que me obstruía el estómago.
El beso se convirtió pronto en una lucha de voluntades. La besé todo lo que pude y más mientras el oxígeno consentía, porque tenía miedo de que, si me separaba, si la dejaba ir, el recuerdo se asentara entre ambos, igual que muro infranqueable. Temía que con la cabeza despejada recordara qué clase de persona había sido, cómo en el fondo no era digno de ella, que se diera cuenta de todo aquello y entonces decidiera hacer lo que llevaba tantas semanas temiendo, lo que no era otra cosa que dejarme. Romper. Thalía me besó con la misma ferocidad, el mismo desesperado y ciego abandono, y una parte de mí se preguntó si ella también estaba huyendo de un recuerdo o algo peor.
Daba igual. Fue como respirar aire puro tras un encierro prolongado en una tumba subterránea. El dolor sordo que se había instalado en mi interior desde que me despertara con aquel recuerdo revestido de sueño inoportuno en los párpados me abandonó por fin, se disipó por completo, inclusode mi cabeza.Thalía me acercó aún más a ella y profundizó el contacto, convirtiéndolo en un beso profundo, de los de verdad.
—Dame unos minutos. Tengo que ir al baño —me disculpé cuando nos separamos para tomar aire—. Vuelvo enseguida. La necesidad llama.
—Por supuesto. Adelante —dijo Thalía mientras yo me escurría por un lateral del colchón. Me sonrió—. Pero no tardes.
—Regreso en segundos. Sólo es sacar al pajarito para que tome un poco de aire —la guiñé un ojo antes de cerrar la puerta tras de mí, sonriendo apenas ante su gruñido de asco y su divertida protesta de no necesitar más detalles.
Me arrimé al lavabo y me eché agua en la cara. Aunque la estancia del servicio estaba fresca, notaba calor en todo el cuerpo. Durante un instante observé mi cara en el espejo, atrás habían quedado los días en que una chica de pelo cobrizo y ojos verdes era quien me devolvía la mirada. Ahora quien me contemplaba de vuelta era un chico rubio de ojos azules, algo enrojecidos y febriles, columpiado todavía en un recuerdo, una visión de un pasado enterrado. Me sacudí el aturdimiento como pude y giré hacia la taza de váter.
Minutos después regresé a la habitación, ya más recompuesto, sin echar otra mirada al espejo.
—Ya estoy aquí. No he tardado, ¿a que no?
—Tu lado de la cama se ha enfriado —advirtió en respuesta—. Al parecer ciertas costumbres femeninas se te han pegado. ¿Será que Lucy ha vuelto a asomar la patita?
—Maldita sea —mascullé—. ¿Es que me vas a recordar eso de Lucy por siempre? —Thalía se mordió el labio inferior. La miré—. Ni se te ocurra reírte —la advertí, pero incluso mientras hablaba noté como mi boca se torcía hacia arriba—. Vale. Me doy por respondido.
Me colé bajo las sábanas, que en mi ausencia Thalía había recolocado, y me volví para mirarla.
Te he echado de menos —dije, alargando los brazos en busca de los suyos.
—Normal. Te fuiste tan lejos… —ironizó, sonriendo.
Echándome hacia delante, le rocé la mejilla con el dorso de los nudillos.
—A más de un metro de distancia. Eso es mucha distancia.
—Cierto, cierto —susurró, cerrando los párpados ante mi contacto.
Se apoyó en mi pecho y enlazó su vista con la mía. Deslizó una mano por detrás de mi cuello y atrajo mi rostro al suyo para un largo y lento beso.
Gemí y la abracé mientras me acomodaba de espaldas en la cama, delineando con la punta de la lengua los contornos internos de sus labios; entre tanto, la otra mano de Thalía se deslizaba por mi abdomen, bajo la camiseta.
El beso no tardó en intensificarse, volviéndose urgente, cosa que resultaba agradable, muy, muy agradable, pero tenía que mantener el control. No podía permitir que las cosas se calentasen demasiado. No era esa, la clase de distracción que quería que me diera por el mal trago del recuerdo venido a sueño. Tenía que marcar distancia antes de que fuera demasiado tarde y las intenciones de mi cabeza sucumbieran a las intenciones de mis apetitosos instintos.
—¿Seguro que quieres pasar lo que queda de noche aquí? —pregunté cuando finalmente nos separamos.
Se estiró con energía mientras yo tiraba de las sábanas para arroparnos.
—Sí —murmuró sin ápice de dudas—. Lo maloes que ya no podré volver a dormir. Por tu culpa. —Forzó un bostezo exagerado—. Estaba teniendo un fantástico sueño, ¿sabes?
Me hice el ofendido.
—¿Qué puede ser más fantástico que tú despierta y yo a tu lado?
Se le iluminó la mirada.
—¿Qué tal tú, dándome un masaje?
No era lista ni nada, la chica.
—Eso puedo hacerlo hasta despierto.
—¿En serio? —asentí—. ¿Y lo harías ahora? —volví a asentir—. En tal caso supongo que tendré que desechar la idea de hacer un muñeco vudú con tu nombre.
Me incorporé a medias, sobre un codo, y la miré sonriendo.
—¿Harías eso por mí?
—Mmm… Puede. Dependerá de lo bien que lo hagas.
—Thalía Grace se está ablandando, señores. Ver para creer. —Le di un beso en la barbilla—. Es un buen comienzo.
Me tumbé de espaldas, la coloqué encima de mí y recorrí con dedos aplicados los laterales de su columna vertebral.
—Dime en qué piensas, —le pedí con voz de arrullo, tan sensual como las caricias que le prodigaba en la espalda. Ella despegó la mejilla de mi pecho con pereza para mirarme a los ojos, pero no dejó de abrazarme en ningún momento.
—En lo bien que lo haces —respondió con aprobación al cabo de un rato—. Gracias.
—¿Puedo obtener mejor un «gracias; te quiero, Luke»?
Torció el gesto.
—¿No te parece que ya hemos tenido bastantes declaraciones ñoñas por esta noche?
—Dilo, terca.
—Lo. Terca.
Me reí entre dientes y ahuequé la parte posterior de su cabeza con la palma de la mano.
—Dioses, eres un auténtico grano en el culo. Y una tozuda.
—Te quiero. —Aquellas palabras, que en otro tiempo tanto le costaba decir, salieron de su boca con suma facilidad.
La miré, sorprendido, y le sonreí; no con una mueca, sino con una auténtica sonrisa.
—Muy bien —susurré, volviendo a besarla—. Muy bien.
—¿Muy bien? —enarcó una ceja. Peligrosamente.
Me eché a reír y la miré con ternura.
—Yo también te quiero, chula.
Nos entrelazamos en un firme abrazo que ni la fuerza más bruta de la naturaleza lograría romper.
—¿Así que… me quieres? —inquirí con voz cantarina.
Thalía apoyó la cabeza en el mullido espacio abierto entre mi hombro y mi pecho. Aunque tenía el cuerpo casi paralizado por el peso, dejé que se acurrucara contra mí.
—¿Te gusta verme sonrojada o qué?
—Por supuesto —me reí—. Son tan pocas las ocasiones que no puedes culparme por querer repetirlo. ¿Me quieres? —ella no contestó. Le pellizqué la nariz.
—Ay —se quejó, haciendo una mueca—.— Sí, pesado. Te quiero.
Me invadió un agradable calor. Se deslizó a un lado y posó la mano en mi estómago, y mi mano hizo otro tanto en su pecho; me quedé de hecho notando los regulares latidos de su corazón contra mis dedos, mientras notaba su aliento cálido en la clavícula.
—¿Por qué?
Nos quedamos un rato en silencio hasta que finalmente ella contestó:
—Porque me desarmabas y desarmas con tus atenciones; porque rompiste mis esquemas de distanciamiento con una sola de tus miradas; porque me entendías y entiendes, incluso cuando ni yo me entiendo a mí misma. Porque me dabas lo que necesitaba aun cuando no lo hubiera pedido, aun cuando ni yo misma sabía que lo necesitaba. Porque me gusta mirar tus ojos, azul ordinario, que no obstante me hacen pensar en el mar,un océano que se intuye en el horizonte, una zona a la que nunca puedes llegar por más que se intente, porque me sentía y siento ahogar en tus ojos y creía y sigo creyendo, que, de hacerlo, será un privilegio.
Thalía sonrió cuando nos movimos al mismo tiempo para entrelazar nuestras piernas.
—Pues yo supe que te quería desde el momento en el que te vi —susurré, y se me encogió el corazón al rememorar otro lejano recuerdo,uno con una cabra plateada y, más tarde, la guarida de un dragón—. Aunque reconozco que no me esperaba cuánto llegaría a quererte. Quiero que sepas que… por extraño y doloroso que me resultó saberte una cazadora de Artemisa, me alegro de que te hubieras juramentado a ella, porque de no ser así nunca habrías vuelto a mi vida cuando regresé a la Tierra. Por mucho tiempo que viva, jamás dejaré de dar las gracias a tu diosa, por resguardarte de mí en su día.
—¿Pretendes hacerme llorar o sólo estás buscando sonrojarme de nuevo?
Con el índice, la obligué a levantar la barbilla. Entonces me incliné y la besé.
—Entonces… ¿te quedas conmigo? —le pregunté después en un volumen tan bajo que no sería de extrañar que no me hubiera escuchado.
Sin embargo, Thalía abrió los ojos, y la sonrisa que empezó a extenderse por sus labios acompañó a la que brillaba en sus pupilas.
—Hoy y siempre —declaró en un susurro, acortando distancia y regalándole un beso a mis párpados—. En cuerpo y alma.
Thalía cerró los ojos mientrasle susurraba palabras suaves en su oído, palabras que le hacían sonrojar. Sus dedos trazaron círculos concéntricos sobre la piel de mi estómago, sobre la pequeña franja de piel al descubierto entre el pantalón y el dobladillo de mi remangada camiseta de pijama. Mis dedos se hundieron en la curva de su cintura, dejándome envolver por completo en el modo en que me hacía sentir, deseando poder encontrar una manera de meterla a ella dentro de mi propia piel. Esa vez, no sentía deseos de desnudarla. No había nada sexual en la forma en que la acariciaba, sólo infinita ternura.
Así que pasamos despiertos el resto de la noche, acostados en la cama con las luces apagadas y un rayo de luna espiando por la ventana, hablando de ese mismo día que tan repentinamente había recordado. Al principio me sentía muy, muy receloso por tener que revivirlo en voz alta; por hábito aparté con fuerza la idea de compartir mi experiencia junto a los habitantes del Tártaro con alguien que, en su día, me había repudiado justamente por aquello.
Sin embargo, Thalía no permitió que me replegara en mí mismo. Insistió en que hablar era mejor que callar. Alegó, vehemente, el deseo de compartir un mismo peso conmigo. Una posibilidad que hasta ahora, simplemente, no se me había ocurrido. Todo en lo que había pensado era hacer un corte limpio con el pasado, hacer de mí mismo alguien nuevo, no sólo distinto al Luke de antaño, sino también impertérrito a sus fallos y aciertos; era una vida tan censurada, llena de errores, que sentía vergüenza cada vez que regresaba a ella.
No, no deseaba mirar atrás. Pero Thalía no estaba de acuerdo. Ella pensaba que debía mirar atrás, y no sólo por los recuerdos, sino que debía hacerlo voluntaria y concienzudamente, ver y repasar dónde había estado, con quién y qué había hecho, alegando que el panorama cambiaba visto desde otros ángulos, el ángulo de la aceptación, de la superación.
-No sólo para no volver a cometer los mismos errores; también para perdonarte a ti mismo por dichos errores, para comprender a la persona que fuiste, el Luke que hizo tales acciones.
A medida que las palabras escapaban de mi boca me vaciaba, y me iba sintiendo mejor; hasta las reticencias de un primer momento se fueron reduciendo. Así que quizás era cierto. Quizás hablar de ello cambiaba la perspectiva, cambiaba mi modo de ver las cosas, apaciguaba las emociones que me asaltaban con sólo recordar el paisaje del panorama que formaba con los titanes.
Hablamos en esa noche de necesidades, deseos, anhelos, miedos. Hablamos de todo, intimando, sin callar nada. Porque la intimidad no consiste únicamente en desvestir el cuerpo ante tu pareja, si es que has llegado a ese nivel con ella; también es desnudar la mente, el corazón, el alma. Y me sentí cómodo con Thalía al hacerlo, seguro de que podía decirle cualquier cosa, por afiladas o nimias que fueran mis palabras. Y ella debía de sentirse igual, ya que se comportó del mismo modo y no se cortó ni cohibió.
No la oculté nada. Aunque no fuera fácil de decir; aunque no fuera agradable de escuchar, aunque no fuera algo adecuado a musitarse en plena noche; aunque no fuera algo inteligente sino lo más chorra, estúpido dicho hasta entonces en la historia de las palabras. No hubo miedo de que mis confidencias fueran esgrimidas en mi contra, en el futuro; ese tiempo había quedado atrás. Aquella noche, Thalía, sencilla y simplemente, volvió a ser mi mayor confidente. Mi mejor amiga. Mi amada.
Hablamos de cosas que ya nos habíamos contado y de cosas que no habíamos contado a nadie más.
—Lo teníamos todo en contra al principio —comenté a Thalía. Atraje su brazo hacia mi pecho—. Sabía que una hija de Artemisa y un mestizo ex aliado del tártaro no tenían muchas posibilidades de acabar juntos.
—Una hija de Artemisa no tiene muchas posibilidades de acabar con alguien, a secas, ya sea chico o chica, ya sea mestizo fiel o traidor al Olimpo—corrigió Thalía, entrelazando sus dedos con los míos—. A no ser que renuncie a sus juramentos, claro, lo que haría, por tanto, que dejara de ser una hija de Artemisa, vaya.
—Yo me negué a que eso fuera así —le recordé, orgulloso hasta la médula de mi propia insistencia—. Las reglas están para romperse; de algo tienen que vivir las excepciones. Te quería antes de que fueras una juramentada de la diosa, te quise mientras lo fuiste, y tú a mí también.
—Ah, pero no fue fácil. Y eso que ya estaba enamorada. De una chica, según creía Selise, la única cazadora con la que me atreví a confesarme —recordó Thalía—. Estaba enamorada de un chico, en realidad, del mismo chico cuyo rechazo me había empujado a refugiarme en Artemisa, años atrás. Consideraba que enamorarme de ti era como tropezar dos veces con la misma piedra —me miró con disculpa—. ¿Recuerdas cuando nos dimos nuestro primer beso? —preguntó a renglón siguiente. Asentí; ¿cómo olvidar aquel beso, aquel estallido?—. Bien. Pues para entonces, me tenías enamorada. Ahora sé que nunca he dejado de quererte, pero por ese entonces lo ignoraba; mejor dicho, me negaba a admitirlo.
Los dos sonreímos amargamente al pensarlo.
—No obstante, para Selise estaba claro —prosiguió contando Thalía—. No tenía más que mirarme cuando estabas cerca, decía. Por eso te miraba tan mal. Durante el baile —agregó ante mis cejas enarcadas. Necesitaba más detalles; después de todo, las hijas de Artemisa tenían la costumbre de fulminar a todo ser humano declarado masculino—. Ella me guardó el secreto. Ni siquiera se lo contó a la diosa cuando apareció en el campamento aquel día.
—Teniendo en cuenta que me negabas los sentimientos y te lo negabas a ti misma, no era de extrañar —chasqueé. Sin desanudar el lazo de nuestros dedos, le empujé la mano—. Y míranos ahora. Juntos. Menos mal que insistí. ¡Y tú me decías que podía salir mal parado! Decía muy en serio eso de estar dispuesto a intentarlo. El que no arriesga no gana. ¿Acaso nadie te había enseñado ese refrán?
—Oh, cállate. —Me devolvió el empujón—. Fui yo al final quien dio el paso decisivo, ¿recuerdas? ya que tú estabas obstinado en no creerme y en cerrarte en banda… —bufó—. Si alguien me lo hubiera dicho, que estaría aquí, contigo, no sólo en el dormitorio de un chico, sino en el dormitorio del chico de mi pasado, metida en su cama, la Thalía de antaño se habría reído con desdén.
—O su arco de plata se habría cobrado el trasero de su ofensor —apunté con soltura, mal disimulando una risa—. Y ya no hablemos de cómo habría reaccionado la vieja Thalía ante la insinuación de no renovar el juramento con Artemisa.
—Habrían rodado cabezas, sí —admitió. Suspiró profundamente—. Entiéndelo. Había conocido el amor antes, o lo que creía que era el amor, y había sufrido tanto por su causa y salido tan mal escaldada que desde entonces me resguardé tras una impenetrable muralla de indiferencia que repudiaba a cualquiera que intentara traspasarla, incluido tú.
—Así pues, te sorprendió descubrir que a pesar de esa muralla, todavía podías sentir algo —comprendí, trazando círculos en su ceño fruncido, relajándolo al instante—. Que, de hecho, continuabas sintiendo cosas. Y encima por mí.
—¿Sorprenderme? —resopló sonoramente—. Enfurecerme, indignarme y aterrarme, más bien. Me costó aceptarlo, ya lo sabes. Estaba enfadada e indignada conmigo misma, aterrada por ti. Sentir cosas era derrumbar la muralla, derrumbar la muralla era ser vulnerable, y ser vulnerable era exponerme otra vez al mismo dolor, bajar mis defensas solo para que volvieran a arrancarme el corazón de cuajo.
Apoyó la frente sobre mi hombro, y le besé la sien.
—¿Y ahora? —curioseé, enguantándome los dedos con la seda de sus cabellos mientras hablaba—. ¿Piensas igual?
—Bueno… sigo pensando que amar es ser vulnerable; te expones al dolor, a la decepción. Pero amar a alguien también es ser fuerte, fiero. Es bienestar. Es vivir. Es esperanza recompensada. No me arrepiento, claro que no. Ni siquiera aunque me despierten en plena noche tus pesadillas o recuerdos. Prefiero un minuto feliz contigo que cien años tranquilos con las cazadoras.
—Uau. Eso ha sido bonito —admiré. —Su puño protestó con suavidad contra mi hombro—. ¿Qué? —Esquivé su segundo puñetazo—. ¡Es verdad!
—Eso ha sido un aviso para que cambies de tema, por favor —rogó, azoramiento en la voz, escondiendo la cara en mi cuello.
Le solté los rizos y la obligué a mirarme; tomé su cara entre las manos. Tenía las mejillas tibias, pero no hubo tibieza en sus labios, no hubo frialdad cuando se abrieron, cediéndole el paso a mi lengua.
Hablamos hasta que primero el cansancio, después la modorra, se decidieron a darnos una segunda oportunidad de conciliar el sueño. Entonces Thalía se acurrucó contra mí, presionando la espalda contra mi pecho. Su respiración me arrullaba a medida que me enterraba en la inconciencia. Incluso con el sueño a punto de bajarme los párpados, mi brazo se deslizó instintivamente alrededor de su cintura. Sonreí para mis adentros cuando ella apretó su mano contra la mía.
....
Más tarde Al despertar, avanzada ya la mañana, me sentía más descansado que nunca. Cómodo y relajado. Estaba envuelto por el aroma de Thalía, y mis brazos envolvían su cintura. Ella aún dormía. En medio del sueño había dejado de darme la espalda; ahora estaba acurrucada junto a mí, la cara descansando sobre mi brazo. Sus pestañas eran tan largas que hacían sombra sobre sus pómulos, y en la frente se le derramaba un buen puñado de pelo azabache. De pronto noté que se agitaba contra mí y cuando bajé la mirada, encontré que ya había abierto los ojos.
—¿Estás despierto? —Susurró en voz queda.
—Desde hace un buen rato, sí… —susurré a mi vez. Fue entonces cuando se movió para mirarme.
—Yo también. No quería moverme por si aún estabas dormido.
Sonreí.
—Bueno. Para la próxima vez, no me molestaría si me despertaras… —le aseguré. Me inclinéun poco y besé la comisura de sus labios en un gesto que quería tomar por costumbre. Para mi regocijo, Thalía se ruborizó—. Buenos días, por cierto…
—Sí. Buenos días a ti también —respondió, radiante, y luego volvió a acomodarse en mi pecho—. ¿Alguna pesadilla? ¿O recuerdo?
—Esta vez no. Te habrías enterado enseguida, de todos modos.
—Seguro que sí —nos reímos.
Me sentí invadido por el júbilo cuando Thalía se desperezó entre mis brazos y me miró con sus brillantes ojos azules. Me sonrió y me dejó un amodorrado beso en la mejilla.
Entonces hizo ademán de levantarse, pero la aprisioné entre mis brazos. Ella desistió de incorporarse, riéndose levemente, risas que se convirtieron en suspiros cuando mis labios rozaron su cuello y la besaron repetidamente. Thalía regresó a mi pecho y se acomodó ahí, totalmente satisfecha. Nos quedamos un rato así de acurrucados, ella con el oído pegado a mi corazón, que tamborileaba una música confiada y sosegada, y yo sintiendo su respiración sobre la piel. No iba a ser yo quien rompiese aquel abrazo matutino y perfecto.
—Debo ir a mi habitación —recordó pesarosa, al cabo de un rato—. Y tú a desayunar —añadió al oír cantar a mis tripas.
Abrí los brazos y a regañadientes dejé que se escabullera de mi abrazo.
—¿Qué? ¿No te vas a levantar? El comedor te llama.
—Creo que sacrificaré mihambre por unas horas más de sueño. —Me eché las sábanas a la cabeza—. Cierra la puerta cuando salgas, no te olvides.
—Menudo perezoso estás hecho —me riñó.
—Gracias —contesté—. Pero no te olvides de cerrar bien al salir —pedí.
De pronto, sonó una llamada en la puerta.
—¿Luke?
Me destapé la cabeza. Thalía y yo nos miramos; ella con cierta alarma, yo con total indiferencia. Le enarqué una ceja, ella titubeó pero finalmente asintió, despacio, y entonces grité un «adelante».
—¿Luke? —Annabeth se asomó—. Ah, estás despierto. Menos mal.
Si le sorprendió o no verme acompañado por su amiga, la chica se guardó mucho de exteriorizarlo. Al principio mantuvo agachada la cabeza, pero tras echarnos un rápido vistazo la levantó. El rubor coloreó las mejillas de Thalía al ser consciente de que la rubia temía haber interrumpido algo que no era apto para ojos no pecadores. Por la mirada que le dedicó, faltó poco para que se dejara llevar por el impulso azorado y asesino de abalanzarse sobre su amiga y le quitara esa idea a base de darla un buen tirón de orejas como lección.
—Christian ha vuelto —comunicó Annabeth, girando poco a poco la cabeza hacia la cama, donde aún estábamos Thalía y yo, temerosa todavía de ser testigo de una escena comprometedora—. Buenos días, por cierto.
—Nos dijiste que te avisáramos si lo veíamos llegar —me recordó Silena, compartiendo espacio con Annabeth al asomar la cabeza por el quicio de la puerta.
—¿Y no podíais esperar al desayuno para decírmelo? —me quejé, ocultando la cabeza bajo la almohada.
—Hemos tenido cierta agitación por aquí a media noche —me excusó Thalía frente a Silena y Annabeth, empleando el mismo tono que emplearía una enfermera al dirigirse a los familiares de un paciente particularmente pachucho—. Un imprevisto nocturno. Ahora intenta tirarle de la cola al sueño para que vuelva. No sabe que el sueño es como un gato, y que cuanto más insista, más furibundo se pondrá y no le visitará.
—¿Qué clase de imprevisto? —se interesó de inmediato Annabeth. Oí el clic de la puerta al cerrarse y, segundos después, noté que el colchón se hundía bajo la punta de los dedos de mis pies a causa del peso de un cuerpo.
—E igual de importante: ¿qué clase de agitación? —curioseó Silena a su vez, también acercándose al lecho—. ¿Tú lo has agitado? —Se dirigió a la hija de Zeus—. ¿Tan intenso ha sido el momento?
—Ecos del pasado —explicó vagamente Thalía—. ¡Yo no he tenido nada que ver!
—Ya. —A Annabeth se la notaba una mal disimulada picardía en la voz—. ¿Es por eso que parece tan agotado?
—¿Qué insinúas? —se sulfuró Thalía.
—Nada de nada, Annabeth —cazó Silena—. De momento. Por lo visto la cama de esta habitación no está obteniendo algo de acción por aquí —añadió en una burla murmurada.
Levanté la cabeza de la almohada y la fulminé con la mirada, mientras Annabeth se desternillaba de risa y Thalía se ponía colorada hasta las orejas.
—Sois horribles —las acusó después.
—Somos unos divertidos buenos días —corrigió Silena con voz animada. Tiró de un puñado de sábanas y ni corta ni perezosa se asomó por debajo—. Ah —comentó, dejándolas caer de nuevo—. Resulta más gratificante si os abrazáis sin ropa —agregó con aire burlón.
—¿Qué? —la voz de Thalía sonó a graznido.
Silena parpadeó, fingiendo desconcierto ante la exclamada pregunta.
—¿Abrazarse? ¿Ya sabéis? ¿Entrelazar vuestros cuerpos?
Thalía miró ceñuda a la rubia seudoafrodita y replicó en un gruñido:
—Tú y tú —señaló a las rubias—. ¿qué queréis?
Fue el turno de Annabeth de hacerse la sorprendida.
—Comunicarle un aviso a Luke. Ya lo había dicho antes. ¿Acaso no lo recuerdas? —Se inclinó y palpó con dedos preocupados la frente de Thalía—. ¿Estás enferma? ¿Te va mal la memoria? —Le dio unos golpecitos en la sien—. ¿Te gotea el caldero, querida?
—Para decirle a Luke que Christian está de vuelta sólo hacía falta una boca y un cogote rubio asomándose por aquí, no dos —rezongó Thalía, apartando de un manotazo los dedos insistentes de su burlona amiga.
—¿Annabeth, has oído eso? —Silena miró a su compinche con falsa pena—. Tu mejor amiga te está diciendo que sobras —se giró hacia nosotros—. Los idhunitas quieren verte —declaró a renglón siguiente—, pero ninguno se atreve a asomar la cabeza, por lo que les he dicho que haría que salieras enseguida de debajo de tu almohada. Victoria iba a venir a buscarte, pero esa chica puede ser muy tímida a veces.
—Podríais tomar buena nota de ella. —Thalía se arrimó a una esquina de la cama con un gesto que le retiró los cabellos de la cara; acabó sentándose en un lateral, calzándose los pies—. ¿Os vendría bien, sabéis?
Ambas rubias, una, hija de Atenea, y otra, hija de Afrodita, intercambiaron una mirada de camaradería y bienestar. Después comenzaron a cuchichear entre sí, echándonos de cuando en cuando miradas de reojo.
—¿Hay una fiesta de pijamas en mi cuarto y yo no me he enterado? —intervine—. Porque quiero dormir, pero no oigo nada más que chismorreos y risitas a mi costa.
Nuestras miradas se cruzaron y ambas intrusas esbozaron sendas y leves sonrisas.
—Deja los ronquidos para por la noche, Bello Durmiente —dijo Silena, colándose en mi cuarto de baño como dueña por su casa y abriendo de par en par las cortinas de la ventana que encontró a su paso-. ¡Gracias por prestarme tu aseo, eso sí! -gritó ya desde el interior.
—Yo no ronco —protesté. Parpadeé a la luz del sol que entraba a raudales por la descorrida ventana-. ¿No ronco, verdad?-me dirigí preocupado a Thalía.
—Tampoco duermes —hizo ver Annabeth, antes de que Thalía me respondiera—. Así que levántate. Sea cual sea la modalidad de agitación y agotamiento que tuvisteis por aquí, anoche, la tríada de Idhun te espera. Kirtash trae noticias.
—¿Sobre su exilio voluntario? —Me abracé con más pereza aún si cabe a las sábanas—. O acerca de la reina de hielo?
—Y su portal de cuadro —confirmó Annabeth.
—Genial —exhaló Thalía-. Sencillamente genial.
-Uy. Me temo que yo también necesito ir al aseo -dijo Annabeth, de pronto, levantándose del colchón, que volvió a recuperar su planicie cuando el trasero de la chica dejó de ejercer presión contra él—. Me muero de ganas. —Se dirigió a mí—. ¿Puedo usar tu baño, verdad?
—Si Silena te deja… —me froté los ojos y me incorporé a mi vez.
Annabeth se acercó a la puerta y al oír correr el agua del grifo, se arriesgó a empujar la puerta, murmurando un apremiante «déjame pasar». Por suerte para su vejiga, Silena la dejó entrar.
—¡Habría que registrar el tipo de amistades que hacemos! —resopló Thalía una vez hubieron desaparecido las chicas.
—Son rubias —simplifiqué—. Tontas no, malpensadas… sí.
—Son peor que las hijas de Artemisa —se quejó.
—Hablando de lo cual… —llamé con un gesto su proximidad.
Cuando se acercó, unté de afecto su cuello con la yema de los dedos. Thalía permaneció muy quieta. Por un instante pensé que la estaba incomodando soberanamente, que había cruzado algún límite. Pero entonces ella se puso a tocarme por debajo de los hombros. Me pellizcó una tetilla. Fue un gesto que se diferenció de todos los anteriores no sólo por la zona, que también, sino quizás sobre todo en la urgencia distinta con que dotó al gesto. Estaba quieta y de pronto me tocaba intensa, excitantemente. Me tocó una tetilla y luego me recorrió el pecho con el dedo, hasta acabar con la mano en la otra tetilla. Mientras lo hacía deseé que no se separara nunca, que nunca parara, deseé tener más corpulencia, una masa corporal que ella pudiera estimular y provocar eternamente. Thalía procedía con suavidad y, al mismo tiempo, con una sensualidad que iba in crescendo. Desde la clavícula hasta las caderas, desde un costado al otro, para detenerse intencionadamente en mis pezones.
—Volveré aquí por la noche. Claro, si quieres —dijo Thalía, tímidamente,.
Yo asentí, más que encantado con la propuesta.
Mi piel iba calentándose a medida que sus caricias aumentaban; mi cuerpo se iba poniendo más duro. Como si todos los músculos y huesos que conformaban mi cuerpo se pusieran de acuerdo para salir a flote por encima de la piel, con el corazón latiendo allí mismo en cada poro, bajo sus yemas. Besé a Thalía con suavidad en la curva del hombro, despacio, por si me traicionaba el apetito.
Pero la lentitud desapareció tan pronto como el deseo fue ganando terreno. La rodeé con un brazo y la atraje hacia mí. Había pasado frío fuera de las sábanas y aunque su ropa estaba fría, sus caricias y el calor que emanaba bajo su ropa me dieron algo de calor. Se acurrucó contra mí mientras sus manos recorrían todo mi cuerpo. Nuestras bocas se encontraron con fuerza finalmente. Enredó los dedos de una mano en mi pelo para intentar acercarme más a ella, mientras la otra palma recorría vehemente mi torso desnudo bajo el pijama. Los míos, mis dedos, recorrieron su vientre plano y subieron su camiseta casi hasta los pechos.
Y ahí estaba de nuevo, aquella sensación potente recorriéndome el cuerpo, enviando olas de calor, haciéndome sentir hambriento de una forma que la comida más nutritiva y completa no puede saciar. Los nervios y las ganas encendieron todas las partes de mi cuerpo. Había soñado a menudo con lo que había estado a punto de pasar en la sala de reunión, durante la fiesta, y lo había echado mucho de menos. No esperaba que volviese a suceder algo así, pero ahora que parecía posible me quedé asombrado y complacido al comprobar cuánto lo deseaba ella también.
Sus manos bajaron hasta mi cintura y fueron subiendo la camiseta del pijama, despojándome poco a poco de ella. Mis dedos se extendieron para hacer otro tanto y poder tocarla el estómago, sin impedimentos. Mis dedos tropezaron con la copa de su sujetador que extrañamente no se había quitado para dormir y que estaba fría como el hielo, todo lo contrario del fuego que veía en sus ojos, calco fiel de lo que sentíamos ambos en nuestro interior.
Separó sus labios de los míos y empezó a descender por el cuello y el hombro, deteniéndose a sabiendas en mis tetillas, mientras cubría mi cuerpo de besos ávidos. Aún tenía la mano sobre su estómago desnudo y al descubierto, tratando desesperadamente de quitarle la prenda que le impedía a mi vista recorrer la parte superior de su cuerpo, cuando de pronto…
-¡¡¡¡Ay, ay, ayayay!!!! ¿¿¿¿ P-pero qué…???? ¡Sagrada Venus! ¿Qué se supone que estáis haciendo?
Nos separamos con violencia, ambos mirando por encima del hombro para descubrir a Silena, brazos en jarras, de pie al principio del pasillo que conectaba el cuarto de baño con el resto de la habitación. Annabeth estaba un paso más rezagada, sonrojada como un tomate, ojos desorbitados por la impresión.
-¡Ay, dioses, ay, dioses, ay, dioses! -Gritó traumatizada, tapándose los ojos con las manos-. Soy demasiado joven como para vivir esto de primera plana.
-¿Qué está pasando aquí? -Silena sí que no tenía reparo en observarnos, demandante y escandalizada. Teniendo en cuenta las picardías que le había visto vestir para Charles, no creí que fuera la más indicada para escandalizarse por unos cuantos besos, limitados a la primera base, por cierto.
-¿Y vosotras? -acusé. Habíamos olvidado por completo que no estábamos solos en la habitación; el ataque era la mejor defensa-. ¿Qué hacíais ahí, juntas?
-No quieras irte por la tangente -replicó Silena. Y se cruzó de brazos-. Os he hecho una pregunta sencilla y quiero una respuesta igual de simple. ¿Qué teníais pensado hacer?
-Eres rubia, no tonta, aunque muchos piensen que ambas cosas van unidas -resoplé. Lo de atacar no había dado resultado-. Estábamos haciendo lo que viste que hacíamos. Justamente eso. Ni más, ni menos. ¿Qué tiene de malo?
-P-pero… ¡P-pero…!
-No balbucees, Silena. Te afea la cara.
Pero Silena ni se inmutó. Advertencia para el futuro: sabes que la cosa va mal con una hija de Afrodita si no responde a una provocación a cerca de su físico.
-Uy, no. Sexo, no. No. No iban a tener relaciones sexuales, Silena -la tranquilizó Annabeth-. Míralos. Aún llevan demasiada ropa puesta.
Thalía rebulló sobre la cama, nerviosa, las mejillas encendidas y los ojos brillantes, tanto por el bochorno de haber sido pillada con las manos en… (Sin detalles, sin detalles) como por la rabia de estar siendo reprendida por una chica de su edad que, no obstante, se comportaba como su madre.
-Bueno, eso me tranquiliza -aseguró Silena, atreviéndose a dar un paso hacia el interior de la habitación-. Ahora, ¿podríais sentaros? Y dejad las manos quietas, donde sean visibles.
-Hummm, tengo que reunirme con las cazadoras… -tartamudeó Thalía hablando finalmente, torpes palabras para una torpe escapada.
-De ninguna manera vais a salir de rositas de esto -advirtió Silena, meneando con energía la cabeza, en los ojos la promesa de un sermón.
-¿Sabes que no eres nuestra madre, verdad? -se ofuscó Thalía; apoyé su ofuscación con una mirada exasperada hacia las dos rubias.
-Estáis de suerte, entonces. Ellas os castigarían… o algo peor. Yo sólo voy a haceros una única y sencillapregunta -alzó la barbilla para dejar claro que exigía una respuesta sincera e inmediata por nuestra parte-. ¿Qué tipo de anticonceptivos tenéis pensado usar para cuando llegue la hora?
Ambos parpadeamos dos veces. El primer parpadeo se debía al porte severo de la chica, y el segundo, un parpadeo más incrédulo, a lo que acababa de decir.
-¿Qué hora? -pregunté, estúpidamente.
-La hora de las brujas -espetó Silena de muy malos modos, escupiendo fuego verde desde las pupilas-. No va a ser la de los Lunis, si te parece -ironizó. Su expresión hablaba del grado de exasperación que sentía-. ¡Cuando llegue vuestra primera vez, par de idiotas! -estalló.
-¿Qué? -chillamos Thalía y yo al unísono.
Silena se tapó la cara con una de sus manos de manicura perfecta, resoplando contra la palma:
-Ya sabéis, esa primera vez donde dos personas se unen y hacen… la receta de la fabricación de los niños. En vuestro caso sería dejar la cocina a medias -recorrió con intención nuestros cuerpos aún unidos en un abrazo-, no llegar hasta el final. Y entre tanto, recurrir a esa misma precaución que se pone para regular las sorpresas anti babys.
Ambos miramos en direcciones opuestas. Thalía avergonzada, seguramente, yo de la misma guisa. ¡El control de natalidad es un tema incómodo para cualquier joven de nuestra edad, por todos los cielos y los infiernos! con o sin profecía de por medio. Decidí recordarle a Silena algo clave en todo aquello.
-No íbamos a tener sexo, ya te lo hemos dicho. Ciertas actividades se realizan mejor sin ropa y el sexo es una de ellas. Creí que al menos eso lo sabrías a estas alturas -dije, con pedante altanería.
-No ibais a tener sexo ahora -matizó furibunda-. Pero ¿y mañana? ¿Y dentro de un mes? ¿Y cuando vuestra relación pase al siguiente nivel de seriedad? -Puso los brazos en jarras-. No os veo a ninguno con votos de celibato. -Me miró de reojo-. Eres un chico, después de todo. La carne te llamará, tarde o temprano, y ahí estarán las hormonas para soltarte la correa. -Miró de soslayo a Thalía-. No creo que hayas cambiado un juramento de lealtad por otro de celibato, teniendo encima pareja -se mofó.
-¿Qué vas a hacer con ellos? -intervino Annabeth. El momento del shock había pasado, en sus ojos un nuevo brillo endemoniaba sus pupilas.
-Hablar -dictaminó Silena, asiendo el respaldo de una silla y arrastrándola hasta dejarla frente a la cama-. Hablar de sexo. Las precauciones, los anticonceptivos, el autocontrol, la responsabilidad…
-Por favor. Ni que fueras una profesora de una clase sexual -empezó a mofarse Thalía. Pero se interrumpió, de pronto, tan abruptamente que me recordó a un muñeco parlante al que alguien da pause al mecanismo que lo acciona, cuando estuvo claro que la rubia no mentía—. Silena… —su voz rezumaba incredulidad—. ¡No fastidies!
En el rostro de la hija de Afrodita había quedado compuesto una expresión obstinada y resuelta que decía por sí sola que se iba a salir con la suya, sí o sí. Tuve la esperanza de que Annabeth saliera en nuestra defensa… en vano. La traidora se cruzó de brazos y se apoyó contra la pared, expectante, en los labios una sonrisita que contenía su diversión ante nuestra apurada situación. Me planteé tacharla de mi lista de mejores amigas.
—He visto, chicos, que últimamente pasáis mucho tiempo juntos —empezó diciendo Silena.
—¡Tenemos un Sherlock en el camping mestizo! —Exclamó Thalía, dándome un codazo—, nótese la ironía.
—Los comentarios corren por el campamento. Por los dos —prosiguió Silena, impertérrita a la interrupción—. Mirad, yo he estado en vuestro lugar. He tenido las hormonas igual de alteradas. Los primeros meses son, excitantes, cuanto menos.
-¿Excitantes?
-Con esto quiero decir que os dejéis llevar, pero con moderación. Es normal que queráis disfrutar mutuamente de vuestros cuerpos, exploraros, tocaros, excitaros… -negué con la cabeza. Miré con esperanza al portal con forma de libro que descansaba en la mesilla. ¿Por qué nunca estaba Zeus para fulminarme con su rayo cuando más lo necesitaba? de buena me habría librado con sólo una leve descarga. Una pequeñita descarga-. No es nada malo, al contrario; es normal. Pero hay que controlarse. ¿Habéis pensado en las consecuencias de un descuido sexual?
Thalía y yo la miramos de hito en hito.
—¿¿¿Cómo dices???
—Ya sabéis,un embarazo prematuro, indeseado, descuidado…
-¿Esto es realmente necesario, Silena? -La interrumpió Thalía-. ¡Ya nos sabemos esta lección!
-Mejor repetir una lección que darla por sabida y luego cometer un error -nos riñó Silena. ¡Nos riñó!
-Ella, mujer -señalé a Thalía; estaba dispuesto a cargarle el muerto-. Tú, mujer. Charla de chicas. -Chasqueé los dedos hacia la puerta-. ¡Adiós!
-Primero lo importante -se negó a irse Silena-. Hablar con los dos.
Suspiré para mis adentros. Si alguien me hubiera dicho que recibiría una charla de precaución sexual precisamente de una hija de Afrodita después de que nos pillara con las bocas en otros labios y las manos… ya sabéis, me habría reído en su cara. Pero en aquel momento, la única que tenía capacidad para carcajearse era Annabeth.
Sus ojos estaban anegados en lágrimas. Lágrimas de risa; lágrimas de burla. Su puño estaba a punto de desaparecer en el interior de su boca, tan fuerte se aplastaba las ganas de reír. Esfuerzo inútil. Silena le dirigió una mirada de «o me ayudas o te vas». Y la chica, que de tonta no tenía ni media punta de pelo rubio, se levantó y salió corriendo tapándose otra vez la boca, pero ya sin intentar ahogar las risotadas.
Silena no aguardó a que pasasen diez segundos desde la huida de Annabeth. Se puso a darnos la charla sobre los distintos tipos de anticonceptivos, que si píldoras, que si preservativos (haciendo hincapié en los distintos tipos de preservativos, los normales y los texturizados con sabor) etc. Nunca habría podido imaginarme ni aun en el más esfuerzo de mi imaginación (y no, no lo he hecho… bueno, quizá un poco, pero sólo de muy cuando en cuando ¿eh?), la impresionante variedad de preservativos que hay en el mercado. Amarillo, fucsia, marrón, rojo, azul, etc.
—Pero la diversidad no está sólo en los colores —afirmó Silena. Abrí la boca para preguntar cómo es que sabía tanto del tema… luego me lo pensé mejor y decidí callar. No convenía tener más pesadillas por un exceso de información—. Los sabores también tienen tela —contó—. Bebidas como coca-cola, vino, leche… —ejem, mejor no pensar en las implicaciones de aquello—. Postres como chocolate, caramelo, coco, fresas con nata, naranja, limones, plátano… —ése sí que tenía doble gracia—. Tocino, pimiento, acelgas… —¿En serio? ¿Verduras?—. Regaliz, pasta de dientes,… Por haber, hay hasta de pescado y pollo —aseguró.
Thalía enarcó la ceja.
—¿Pescado y pollo? —dudó—. ¿Quién querría sentir que está comiendo pollo en una situación así?
—Bueno, mujer. Cámbiale una letra y tendrás la respuesta —se burló Silena.
—Peor aún —tercié—, ¿y si alguien se lo cree demasiado y se deja llevar por la ilusión y muerde e intenta masticar?
—Por algo se conservan los huevos —se mofó ella. Incluso Thalía tosió una risita, risita que terminó en tos al darse cuenta de que la miraba, indignado. Fulminé a la rubia con la mirada, captando perfectamente el doble sentido de sus palabras. Como hombre era muy seria mi preocupación; no me hacía ni pizca de gracia que ella se riera.
Pero Silena continuó con sus teóricas clases particulares. Luego habló de los anillos vaginales. De ahí pasó a hablar de los lubricantes. De ahí pasé yo a perder la cabeza, la concentración y el autocontrol. Silena nos hablaba con exagerada afectación, como si fuera una psiquiatra tratando de meter cordura en sus desvariados pacientes.
-Basta, por favor -supliqué-. Basta.
-¡Pero si sólo os estoy informando de las cosas! -Exclamó Silena, en los labios la sombra de una maliciosa sonrisa-. El panorama de control y responsabilidad sexual ha cambiado desde los siglos en que ambos estabais en circulación para una relación, uno sin titanes y la otra sin juramentos. -Abrió los ojos con desmesura, falsa inocencia color verde-. Yo tan solo intento poneros al día!
—¿Es esta una de tus venganzas particulares? —acusé—. ¿Como tu truco con el chocolate?
—Aprendes muy deprisa, Luke —repuso Silena en un tono socarrón—. La próxima vez no os magreéis con gente tan cerca. ¡Yo no quería ver nada de eso!
Thalía la asestó un manotazo en el hombro.
-Se acabó la lección. ¡Ya nos la has más que refrescado! gracias.
-Nunca más. -Me levanté de la cama. Apunté a Silena con un índice tieso-. ¡Nunca más! ¡Dioses benditos! ¡Qué manera de asustar al personal! —chillé, espantado—. Con un simple «sal de la cama, Luke», habría bastado, ¡Silena! —Aún sufría de escalofríos. Iba a sufrir de escalofríos el resto de mi vida, cada vez que viera la cara de aquella rubia maligna que sabía cómo torturar-. Y ahora, ¡vete de mi cuarto antes de que decida que estás mejor sin pelos y sin lengua, mujer cruel!
-Puede que haya querido vengarme un poco de vosotros -admitió, pero sin arrepentimiento alguno. ¿Un poco? cuestioné para mis adentros. ¡Un poco!-. Pero las advertencias que os he dicho son muy serias, son de verdad: autocontrol, chicos. Y protección. Siempre.
-¡Vete, vete, vete!-¡ya me dolía hasta la cabeza!-. ¡Vetevetevetevete!
-Yo también me voy. -Esta vez Thalía no se acercó a darme un beso. No se atrevía. ¡Como para volver a hacerlo delante de Silena!
El cuello de la susodicha hizo un espectacular e imposible giro hacia Thalía, y puso al vuelo su larga y brillante cabellera, un movimiento tan glamoroso como si estuviera sobre un escenario y frente a decenas de fotógrafos, en pleno desfile de moda.
-Voy contigo -comunicó a la hija de Zeus, sin ánimo de réplica, enlazando su brazo con el de Thalía-. Es hora de hablar de mujer a mujer.
Thalía me pidió socorro con los ojos; estaba tan aliviado de que Silena se fuera con sus consejos lejos de mis oídos que sólo hice ademanes de loco, señalándoles la salida.
Silena me devolvió el gesto antes de despedirse con una sonrisa pedante y satisfecha y abandonar decidida el dormitorio, llevando a remolque a una Thalía poco dispuesta a caminar con ella.
Finalmente la puerta se cerró con un portazo tras ellas. ¡Qué alivio! Corrí a echar el pestillo enseguida… por si las moscas.