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Historia 126109 — capítulo 51

Disclaimer: El camping mestizo, Idhun y la mayoría de los personajes abajo mencionados pertenecen a Rick Riordan, a Laura Gallego, las editoriales de ambos y otros tantos privilegiados entre los cuales no me cuento. (Aunque ya sé qué pedir a los Reyes Magos xd). Aparte de comentarios, alerta de favoritos, mucho entretenimiento y algo de stress ocasional por no tener el capítulo semanal a tiempo, no recibo ni un dracma a cambio de esta historia, cuánto menos dinerito contante y sonante del verdadero.

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CAPÍTULO 50. DEFINIENDO LA RELACIÓN.

-…-…-…-

Más tarde no habría podido decir cuánto tiempo estuvimos así, fuertemente entrelazados, unidos en cuerpo, alma y afecto.

Pero el caso es que nos quedamos ahí, sin ánimo para acabar con aquel momento. Con los brazos, el cuerpo y el calor transmitiendo más palabras y sentimientos de los que pudiéramos pronunciar. Era un te quiero del cuerpo, un te quiero del alma. Era algo más profundo, mucho más precioso incluso que el primer beso, aquel lejísimo nuestro primer beso. Era amor.

El abrazo transmitía una paz y una dicha ebria que yo creía dormida. Ninguno de los dos dijo nada durante un rato. No nos hacía falta hablar. Bastaba mirarnos, tocarnos. En los ojos de Thalía se reflejaba con ímpetu la misma dichosa felicidad que ronroneaba en mi pecho.

Bajé el rostro y deposité un beso tierno en su cabeza. Con los ojos cerrados, recosté la mejilla sobre su coronilla, apretándola con más fuerza. Thalía se aferró a mí, los labios reposados en mi pecho, un gesto de dulzura que me hizo estremecer. La abracé y le acaricié la espalda.

Los brazos de Thalía me rodeaban por completo, tenía la cara hundida en mi pecho y su cuerpo se alojaba en mi cuerpo, que desprendía calor… calor y radiaciones de amor. Su cabello sedoso se me enredaba entre los dedos, causándome una agradable fricción en la piel de las yemas.

—Tenemos que volver —comenté al fin, a regañadientes.

—Ajá —dijo Thalía, sin hacer tampoco intento de romper nuestro abrazo.

—Se estarán preguntando qué hacemos aquí metidos tanto tiempo —mi mano trazaba círculos en su espalda, pero el otro brazo no dejaba de abrazar su cintura.

—Seguramente.

—Pues tal vez tendríamos que…

Thalía acunó sus manos contra mis mejillas y me besó, acallando fácilmente la voz de la lógica. Me encantó que tomara la iniciativa. Terminé envuelto en su suave beso. Sin prisa, sin pausa, ella saboreó mis labios, recibiendo una respuesta entusiasta, devota e inmediata por mi parte. Arrodillados sobre las alfombras de la sala de reunión -en algún momento habíamos caído al suelo, por lo visto- nos volvimos a abrazar con fuerza.

Y volví a besar los tiernos labios de Thalía, tal como había soñado miles de veces que haría de volver ella a permitírmelo. La besé hasta sentirme mareado, la seguí besando sin importarme la expresión perpleja de quienes abrían la puerta de la sala, en busca de algo, y sus propósitos morían al pillarnos en tan comprometedora situación, no sin que una fuerte corriente de aire los empujara hacia atrás y les cerrara la puerta en las narices.

No obstante, al final la realidad se impuso y no hubo más remedio que aceptar la idea de salir de aquel salón.

Rodeé la cintura de Thalía con un brazo, ella apoyó la cabeza en mi hombro, y así nos levantamos hasta la puerta de salida. Antes de empujar la hoja de gruesa madera labrada, nos besamos con intención de que fuera la última vez, sólo de momento, pero un beso dio paso a otro y cuando quisimos darnos cuenta estábamos aplastados contra la pared, abandonados uno en brazos del otro. Pero al final no tuvimos más remedio que romper el cerco de nuestro abrazo y nos separamos de mala gana.

Finalmente, abandonamos la redonda estancia con su mesa también redonda para salir a la luz casi extinta de aquel ocaso tan radiante. Ante nosotros, los cortos escalones descendían en cascada hacia el interior del claro abierto entre las casas. Nos detuvimos al borde de la escalinata nada más posar un pie en el primer peldaño, sorprendidos. Thalía ahogó una exclamación al ver toda la gente que se había reunido allí.

—Eih —balbuceé, parpadeando al ver a tanta gente congregada—. ¿Qué ocurre aquí? —cuestioné.

—Pues un milagro, por supuesto.

—No creo que ver oscurecer el cielo pueda considerase milagro —apuntó quedamente Thalía.

—Me estaba refiriendo a un milagro relacionado con dos personitas, una pareja —replicó Rachel con un guiño pícaro.

En cabeza, a los pies del fin de la escalinata, Annabeth estaba al frente, con una mano apoyada en la esbelta cintura y la otra entrelazada con los dedos de Percy, quien se frotaba la barbilla con la mano libre.

—¿De qué estás hablando? —inquirí. Con el dedo, repasé distraído los relieves de la barandilla de piedra de la corta escalinata, frías en ausencia del sol para calentarlas.

—¡Estáis juntos! —estalló Silena, feliz como una niña ante un regalo inesperado. Recibió una mirada de contención por parte de Beckendorf—. ¿Estáisjuntos? —repitió, esta vez preguntando.

—Y no digáis que no —se adelantó Katie Gardner, la hija de Démeter—, os he visto ahí dentro. Antes. Sin querer. Fui a por unos papeles y… en fin. Que os he visto. ¿Verdad que os estabais besando?

—Puede que sí, puede que no —dije negándome a dar detalles.

Silena soltó un estridente chillido, como la bocina de una sirena imponiéndose al bullicio de una batalla. Casi la podía ver batiendo palmas.

Bajé las escaleras muy erguido, la mirada fija en ese extraño recibimiento. La mano de Thalía temblaba contra la mía, pero cuando iba a soltarla ella me retuvo, negando con la cabeza, los ojos fijos en un punto por encima de la cabeza de su amiga rubia. Seguí la dirección de su vista para toparme a Selise y otras dos cazadoras más, al fondo de la multitud, mirándonos a su vez con rostros que nada dejaban traslucir.

—No tenéis por qué avergonzaros, chicos —dijo Silena, sonriendo de oreja a oreja y tan de puntillas sobre los pies que parecía dispuesta a levitar de un momento a otro—. ¡Es genial!

—No estoy avergonzado —protesté—; y Thalía —la miré de reojo—, bueno, creo que ella tampoco.

Silena nos invitó con un ademán a que continuáramos.

—Bueno, seguid, seguid. Tenéis derecho a comeros a besos después de todo este tiempo. Siempre estuvo claro para nosotros que vosotros dos estabais hechos el uno para el otro.

—Exacto. Sólo desearíamos que no hubierais tardado tanto en aceptarlo y estar juntos —resopló Annabeth, sus grises ojos centelleando para hacer juego a su sonrisa—. Me estabais dejando la cabeza hecha un bombo, con tanto ahora lo quiero, ahora lo odio, ahora sólo me pone de los nervios...

—Cierto, cierto —se sumó Rachel.

Thalía miró con severidad a sus amigas.

—Lamento haberos causado molestias. A lo mejor deberíais haber confiado más en nosotros y no darnos la tabarra cada dos por tres con el mismo tema. ¿El vísteme despacio que tengo prisa? ¿Sí? Pues sin tanta intromisión a lo mejor no habríamos tardado tanto en aceptar lo obvio y habríamos estado juntos mucho antes.

Para mi sorpresa y para indignación de Thalía, ellas se echaron a reír. Sonoramente.

—Eso —dictaminó Annabeth—, no te lo crees ni tú, querida.

Rachel se encogió de hombros.

—Sea como sea, debemos de haber sido buena influencia. Estáis juntos por fin. Ya iba siendo hora.

Annabeth se acercó y, sin previo aviso, nos rodeó a ambos por la cintura, uniéndonos en un fuerte abrazo.

—Esos tres chavales parecen estar muy unidos —dijo Beckendorf con dramatismo. Para mi extrañeza, Percy torció el gesto ante aquello—. Ni los tres mosqueteros, vaya.

—¿Cuánto de unido, dirías? —preguntó después tímidamente. En su voz se podía reconocer un matiz ansioso.

Mi lado travieso culebreó en mi mente, susurrándome diversas posibilidades, pero fue Beckendorf quien se me adelantó:

—Supongo —comentó arrastrando las palabras y volviendo sus oscuros ojos a nosotros—, que como hermanos. Quizás más que hermanos incluso.

—Oooooh —exclamó Rachel—. Entonces ¿vosotros también lo veis, chicos? ¿Lo estáis mirando? La hija abrazando a papá y a mamá? —y le dio un fuerte codazo a Percy, a quien ya fuera por el sobresalto del golpe o el dolor del golpe volvió en sí, borrada la expresión renuente de la cara.

—Fotografía perfecta de familia feliz —asintió.

—Oh, callaos ya —dijimos Annabeth, Thalía y yo al mismo tiempo, sin dejar de abrazarnos, lo que provocó que ellos se echaran a reír, ya sin disimulo alguno.

—He oído decir que el estar enamorado da hambre —comentó Beckendorf al cabo de unos minutos, frotándose el estómago—. ¿Curioso, verdad?

—No quieras cargarle las culpas de tu amor por la comida a la pobre Silena—Rachel se metió con él—. Aunque bien pensado, creo que eso explicaría por qué comes tanto y tanto y tanto. —Se apartó de la pared.

—Y explicaría por qué tú tan poco, tan poco, tan poco... —contraatacó Percy en nombre de Charles—. Estás muy delgada. Necesitas pareja, y con kilourgencia.

Ella le sacó la lengua.

—Esa palabra ni siquiera existe.

—Claro que sí. Kilourgencia: dícese de las personas con carencias extremadas de noviazgo, renuentes a saborear el estado civil de en pareja. —Le guiñó un ojo—. Junto a la definición hay una foto deuna chica pelirroja de ojos verdes. Creo que te sonará de algo.

Annabeth y Thalía soltaron un bufido. Sonreí deoreja a oreja y pasé los brazos por encima de los hombros de mis dos personas más queridas del mundo, al tiempo que Percy y Rachel, picándose animadamente entre sí, nos guiaban hacia el comedor.

—¿Noviazgo? ¿Pareja? Creía que la teoría apoyaba el enamoramiento, no el salir con alguien.

—¡Ay, amiga mía —proclamó Percy con tono de triste paciencia por tener que explicar algo obvio—, todo va en el mismo paquete! sólo hay que asegurarse de mirar bien y conocer y confiar en el remitente.

—¿Así que el amor te hace engordar? —comentó Annabeth.

—Por supuesto que sí. —Percy sostuvo la puerta hasta que todos hubimos pasado, yo el último—. Menos a ti, cariño —se apresuró a añadir—. Tú estás tan sexy como siempre.

—Eso sí que es esquivar la pelota —rió Rachel.

Él volvió a guiñarle un ojo y esta vez todos nos echamos a reír.

—Dadme dos minutos —pidió Thalía antes de entrar en el comedor—. Necesito ir al baño.

—Por supuesto. Aquí te esperamos —dije, hablando por todos.

—¡Oh, te acompaño! —se sumó Silena al instante; y antes de que nadie pudiera decir algo, se adelantó, agarró a Thalía del brazo y se coló con ella en el servicio.

Sin hacer caso al semicírculo de ansiosas chicas que me rodeaban -ejem Rachel y Annabeth- que me pedían que les contara con lujo de detalles cómo había sido el gran momento, contemplé, maravillado, cómo se cerraba el cuarto de baño común de la casa de Hermes detrás de Thalía. El que un sueño se hubiera hecho realidad, aunque fuera después de tanto tiempo, me producía nervios y... cierta desconfianza. No dejaba de pensar que iba a despertarme de un momento a otro, comprobando que todo era otro fruto de mi incansable imaginación, o, peor aún, que todo era verdad, pero una verdad que al día siguiente se marchitaría y rompería.

Por suerte, ella no tardó mucho en volver a salir, por lo que mi mente no tuvo mucho tiempo para recrearse en el pesimismo. A pesar del espectáculo que habíamos dado, aún quedaba gente en el comedor y que tal vez precisamente por estar ahí nada sabía de nuestra principiante relación. Estaban sentados en torno a las mesas, como si nada hubiera cambiado. Encontramos sitio en la mesa dispuesta del rincón de costumbre.

—Caramba, caramba, Jackson, ¿te han puesto los cuernos? —Comentó Clarisse mirando mi brazo colocado encima del hombro de Annabeth así como el brazo de ella, que me rodeaba la cintura—. ¿O los rumores son ciertos después de todo, y ahora Luke tiene lío con la hija de Artemisa?

—¿Quieres consolarlo? —Curioseó Annabeth, tomando asiento junto a su novio—. Adelante. Te dejo.

—Me han puesto los cuernos —se quejó Percy, derrumbándose en la silla y componiendo un exagerado gesto dramático—. Perono con un chico, no. Con una hija de Artemisa. ¿Te lo puedes creer?

—Ex hija de Artemisa —puntualizó la ex hija de Artemisa—. ¿Y qué rumores son esos, por cierto?

Por toda respuesta, Clarisse se llevó un dedo a los labios, se lo besó, y después nos señaló consecutivamente a Thalía y a mí.

—Ah, eso —Thalía se ruborizó; había entrelazado los dedos con mi mano, que colgaba de suhombro—. No deberías hacer caso a las habladurías, Clarisse.

—Sí, ya veo lo juntos que no-estáis —masculló sardónica Clarisse mientras hundía una mano en su mata de oscuro pelo corto para rascarse el cuero cabelludo—. ¿Podemos cenar sin riesgo a que deis un espectáculo ñoño digno para vomitar?

—No prometemos nada —dijo Thalía sentándose.

—Hacéis bien. Las promesas son cadenas —manifestó Christian desde atrás.

—¡Están juntos! —le confió Clarisse, nada más verlo.

—Eso he oído.

Recién llegado, Christian retiró la silla colocada enfrente de Thalía, junto a Rachel, le dio la vuelta y cruzó los brazos sobre el respaldo y descansó la barbilla sobre los brazos, dejando claro que no tenía intención de probar bocado. Se apartó los finos cabellos castaños de la frente permitiendo que sus ojos azules fueran del todo visibles, mientras obsequiaba con una rápida aunque cálida sonrisa a Victoria. La mirada de la chica, luminosa ya de por sí, se animó aún más con sólo la presencia de Christian. Después él se volvió hacia Thalía y hacia mí, con otra sonrisa en los labios, aunque esta vez la mueca era de suficiencia.

—Bueno —repuso mirándonos, analizándonos y volviéndonos a repasar con aquellos sus ojos gélidos que traspasaban más que rayos x—, no os disteis mucha prisa. Juro que he visto a torkas más rápidos que vosotros.

—¿Que has visto a quiénes?

Él me hizo un gesto de «da igual» con la mano.

—Torkas. Son enormes lagartos del desierto —me cuchicheó Thalía al oído—. En una región de Idhun los montan como aquí montamos a los caballos —me siguió explicando en un susurro rápido—. Son muy lentos. Más que las tortugas. De ahí la expresión.

Asentí imperceptiblemente. Pues sí que se había dado a la tarea de conocer la cultura de la tríada, sí.

La cena fue amena y relajada. Todo me sabía más bueno de lo habitual. Entre conversación y conversación, se pusieron a hablar de canciones y cantantes y gustos musicales. Percy aseguraba que tenía que ser muy difícil dedicarse de por vida a la música, diciendo que había días en que uno se levantaba con la garganta tan cerrada que ni un hola salía, cuánto menos una nota entonada.

Pero Clarisse desdeñaba esa afirmación diciendo que no había que ser ni un lince ni tener una gran voz para cantar; que cualquier pelagatos podía hacerlo, y que de hecho, se estaba demostrando su teoría ante la sobrepoblación de cantantes que había en la actualidad. Que debería haber unos juegos de guerra para los cantantes.

—La música es lo mejor del mundo —rebatió Silena—. Es capaz de sanar y curar las heridas del alma, es capaz de hacer volar la mente y que ni la imaginación encuentre barreras.

—No deja de ser otra expresión de la propia alma, sí —arguyó en aquiescencia Percy—. ¿Por todos los dioses, chica, qué te pasa? ¿Es que nunca has empatizado con ninguna canción o qué?

—No con unas. Con bastantes. Pero también he sentido ganas de quedarme ciega y sorda. Y no con bastantes, sino con muchísimas. Por eso creo que les vendría bien un concurso tipo… —se giró hacia Rachel—. A ver tú, friki. ¿Cómo se llaman los libros esos tan de moda donde los encierran en no sé y ni me importa qué sitio y les obligan a matarse entre sí?

—Los Juegos del Hambre —contestó la pelirroja—. ¡Y no soy friki!

—¡No me seas sangrienta! —Se quejó Silena—. ¿Por qué todo lo tuyo tiene que pasar por guerra?

—Porque soy hija de Ares, dios de la guerra —Clarisse alzó la barbilla, orgullosa.

—Y también eres una bruta, burra y testaruda —definió Percy, no sin disgusto (ni razón).

—Vale, que no sea a muerte. Dejémoslo en que los cantantes que vayan cayendo tengan prohibido volver a trabajar en algo empleado con la música. —Tamborileó los dedos contra el cristal de su vaso—. Te aseguro que se limpiaría bastante la parrilla actual de esas estrellas. Últimamente tengo la sensación de que todos se copian entre sí, los mismos estilos, los mismos ritmos, los mismos videoclips… —chasqueó la lengua—. Con ese concurso la originalidad volvería a estar a la orden del día. ¡Vaya que si no escarmentarían!

Sacudí la cabeza. Definitivamente a esa chica se le había subido el zumo a la cabeza.

—¿Quién está conmigo? —Clarisse alzó la mano para chocar los cinco con alguien que aceptara su descarriado plan—. ¡Oh, venga ya! ¡No me miréis así! ¿De verdad que nunca habéis pensado de una canción «esto yo ya lo he escuchado»? ¿O no os habéis dicho: «hasta yo canto mejor»? ¿O no habéis pensado de un cantante que es la copia barata de otro cantante? ¿Etc, etc? —nadie la contestó—. ¡Bah, bah! ¡No os creo!

Chris unió palmas con la suya... para luego bajarle el brazo.

—Oye, pues la idea no es tan mala —dije, balanceándome sobre las patas traseras de la silla—. Me tienta y todo.

Tal vez yo tenía un lado sangriento igual que Clarisse, pero ya hasta me imaginaba un videojuego donde se pudiera poner a todos los famosos del mundo, escogidos a elección, y hacerlos luchar entre sí. Aunque no a muerte, sólo a jubilación preventiva del sector. Y no sólo a cantantes, también al resto de farándulas, algunos más espécimen que el propio Cronos.

—Eso sí —alcé un dedo tieso contra la sonrisita complacida de Clarisse—, sólo como un videojuego.

—¿Un videojuego? —Hizo una mueca—. ¡Claro que no! ¡Hablo de la vida real!

—Mmm. Entonces sólo si después hay otro concurso donde se enfrenten a muerte todos los hijos de Ares —planteé. Y la dediqué una sonrisita mordaz—. ¿Qué? ¿Te apuntas? —Clarisse se sonrojó. Abrió la boca, pero daba igual. La ocasión había pasado. Yo había ganado.

—Sois unos sosos —nos acusó después, entre carcajadas a su costa—. De tener un cantante cerca le cantaría las cuarenta.

Vi que Jack y Christian intercambiaban una mirada: entendida, pícara, condescendiente, planificadora.

—Podrías hacerlo aquí y ahora con el cantante que tenemos aquí presente. Chris —ofreció Jack animado ante la perspectiva—. ¡Oh, no, no a tu Chris! —aclaró cuando el hispano, manos levantadas, se disponía a protestar entre meneos negativos de cabeza—. Me refería al otro Chris. —Y señaló con los verdes ojos los azules del chico hielo.

—¿Cantas? —chilló más que exclamó Clarisse ante aquel bombazo informativo. ¡Eih, hasta yo me lo quedé mirando con la boca abierta! Clarisse miró a Victoria, buscando corroboración—. ¿En serio?

—Tan en serio que hasta tiene nombre artístico,unos millones de CD vendidos y unos cuantos conciertos a la espalda. —Victoria miró con una dulce burla en los labios a Clarisse, que intentaba, sin conseguirlo, salir de su asombro—. Una lástima. ¿No estás de acuerdo, Christian?

—¿En qué? —preguntó éste.

—En que es una pena que ya hayas acabado con Chris Tara —lamentó Victoria.

Christian sencillamente se encogió de hombros.

—Teniendo en cuenta los angelicales deseos de Clarisse para con el gremio, puede que me haya retirado a tiempo —repuso, sopesando y midiendo a la chica—. ¿Y bueno? ¿Qué cuarenta me ibas a cantar, a ver?

Ella regresó su atención al shek.

—Depende. ¿Qué cantas?

—Canciones —respondió lacónicamente Christian, con pedante sonrisilla y los músculos en tensión.

—¡Tsk, tsk! —Resopló Clarisse—. Necesito más detalles. Nunca te he escuchado cantar. —Pero al ver que Christian no estaba dispuesto a añadir nada más, se volvió hacia Jack—. ¿Y lo hace bien?

—Bueno, los he visto peores —contestó Jack sin comprometerse, la chispa de la diversión asentada en sus ojos verdes—. Desde luego no es para taparse los oídos.

—¿Que no es para taparse los oídos? —Saltó Victoria—. Es más que eso. Lo hace bien. Más que bien. Lo hace genial. Tierna, especta y maravillosamente genial. Tiene don, sabe cómo tocar, llegar al fondo de la gente, penetrar sus…

—Ejem, ejem. Espero que sigas refiriéndote a las canciones —murmuré hablándole al interior de la copa pero en un volumen lo suficientemente alto para que me escuchara.

Hubo una oleada de silbidos colectivos. Victoria se quedó mirándome por debajo de unas cejas oscuras, bien perfiladas.

—A lo mejor debería entrar en detalles y así darle a tu mente mal pensada motivos de verdad para dispararse —amenazó.

—Si tanto me odias…

Christian se echó a reír.

—Me alegra descubrir que tu… relación con Thalía —pintó comillas en el aire—, no ha puesto fin al humor negro y picante que siempre se gasta tu mente, bastante tocada del ala.

—Y hablando del ala. ¿Os he contado que tengo en mente la idea de un nuevo diseño? —intervino Annabeth, nada dispuesta a dar alas a la macabra idea de Clarisse dignándose a gastar saliva y tiempo en hablar sobre ella—. Sería grande, con varias alas, y cada una tendría un estilo mitológico… —explicó, emocionándose por momentos, y seembrolló en tecnicismos arquitectónicos que sólo a Thalía, Percy y Christian interesaban. Thalía por amistad, Percy por lealtad, y Christian porque... pues porque era otro sabiondo como Annabeth.

—¿Y qué más da el diseño visual que luzcan externamente? —Cuestionó Clarisse—. Lo que importa es si llega a ser habitable.

—En algo estoy con la asesina de cantantes —dijo Christian—. La belleza exterior llama a la curiosidad del interior. Como shek, soy fiel amigo de lo bello, lo hermoso. Pero igualmente, sostengo que la importancia de un refugio es su comodidad, no su aspecto físico —agregó.

—Quizá deberíais, chicos, elegir vuestros refugios por la utilidad y no sólo por su comodidad o modalidad arquitectónica. Simple experiencia y lógica, ya sabéis. —Kirtash se quedó mirándola fijamente y Annabeth puso los ojos en blanco—. Se puede saber a qué época corresponde un edificio mirando su diseño, y por mirar su diseño me refiero a sus características de la fachada. Pero hasta que no te adentras en sus muros no sabes cuál es su perfil, distribución, etc. Hasta que no traspasas la barrera no sabes si ha valido la pena, si la euforia del reconocimiento no se ha vuelto aún cenizas en la boca.

Clarisse sonrió abiertamente, más que dispuesta a vapulear la idea de la hija de Atenea.

—Me apuesto algo a que alguna que otra vez te has quedado embobada mirando el escaparate sin molestarte después en mirar el interior.

—Claro que sí —se defendió Annabeth—, pero sólo en…

—Constrúyeme algo —retó Christian, de golpe—. Aquí. Ahora. Deslúmbrame con tus dotes de arquitecta, señorita Chase.

Annabeth se mordió el labio inferior. Después ladeó la cabeza, pensativa. Luego le robó patatas a su novio (se había puesto la cantidad justa de patatas fritas para alimentar a un regimiento; ni menos, aunque puede que más), y se puso manos a la obra. Bajo la curiosa y atenta mirada de todos los de la mesa, dividió las patatas en grupos, partió algunas por separado, envolvió su tenedor y cuchillo con hojas de lechuga que sacó de su propio plato de ensalada, sacó un trozo de pan de la cesta que había en el centro de la mesa y lo vació de toda miga, dejando a un lado la ahora rebanada hueca.

Intrigado, la observé trabajar, concentrada, meticulosa, rápida, entregada. Todos en la mesa hacíamos lo mismo, curiosos por saber qué se suponía que estaba construyendo. De cuando en cuando Annabeth se detenía, miraba a Christian con ceja enarcada como si estuviera sopesando qué hogar le vendría mejor a aquel cliente escéptico y exigente, pero Christian no comentaba nada, se limitaba únicamente a observarla trajinar con la comida.

—Aquí tienes. Tu casa —anunció Annabeth al cabo de cinco minutos—. Dos plantas; sin chimenea; y ecológica. No te puedes quejar.

Y realmente ahí estaba, un pequeño aunque sofisticado dúplex hecho de patatas fritas por paredes, rodajas de cebolla por ventanas, lechuga por tejado y suelo divisor, tenedor y cuchillo por vigas, y migas de pan por suelo y alfombra.

—¡Vaya! —exclamó Christian, abarcando en la expresión una grata deferencia hacia Annabeth y la habilidad de la que acababa de presumir.

—Caray, chica, eso sí que es talento —alabó Jack.

Ella sonrió de oreja a oreja.

—Gracias. Es un poco pequeña —indicó—. Sobre todo para un shek de gran tamaño. Tendrías que ampliarla si quieres que también quepa un unicornio, una japonesa y un dragón. La familia al completo.

Christian sonrió de lado.

—Tranquila. Puedo prescindir del dragón. ¿Quién necesita de guardaespaldas cuando está por casa?

Victoria le frunció el ceño, Annabeth puso los ojos en blanco, pero los demás reímos la gracia de buena gana, Jack el que más.

—Acabas de nombrarme digno de tu seguridad —apuntó muy lúcidamente—. Teniendo en cuenta lo muy quisquilloso que eres con eso, me lo tomaré como un cumplido.

—Más importancia doy a su seguridad antes que la mía. —Señaló con la barbilla a Victoria.

Clarisse resopló. ¡Qué experta se estaba haciendo en eso!

—De verdad. No logro entender cómo tú y tú —acusó con el dedo al shek y al dragón—, le rondáis a esa chica. ¡Es hija de Artemisa, por el amor de los dioses! —se exasperó—. Nunca podrá estar con ninguno de vosotros.

Jack abrió la boca, pero Silena se le adelantó.

—Mi querida Clarisse. Puede que tengas una imaginación creativa para dar carpetazo a las cosas que, según tú, sobran. Pero en cosas del amor eres más ciega que un ciego —se burló.

—¿Qué demonios quieres decir con eso? —reclamó Clarisse.

—Quiere decir que te equivocas de parte a parte —intervino Victoria—. De hecho, todos lo hacéis. —Y para curiosidad de toda la mesa, se puso en pie, carraspeó audiblemente, ganándose la atención de todos, y declaró—. No soy una hija de Artemisa. No estoy juramentada a la diosa. ¿De acuerdo?

Los rostros de Jack y Christian por una vez coincidían en expresión: eran inexpresivos, rígidos, listos para saltar en defensa de Victoria si el bombazo acababa en reyerta.

—¿Tú también has renunciado al juramento? —Se asombró Silena—. Pobre chicas. Van a quedarse solas a este paso…

—No ha renunciado a ningún juramento —habló Thalía. Y su voz sonó firme, tajante—. Porque nunca ha estado vinculada a ello.

La perplejidad no se hizo de esperar en las caras de los demás. Los murmullos no tardaron en zumbar de boca en boca como moscones revoltosos por todo el comedor.

—Nunca he sido una cazadora —Victoria impuso su voz a los murmullos de la gente—. Si todo este tiempo lo habéis creído así es porque las hijas de Artemisa, muy amablemente, me hicieron hueco en su casa y costumbres. Y no vayáis a pensar que tuvimos engañada a la diosa —sus castaños ojos barrieron todo el mar de rostros girados hacia ella, ahí de pie como un foco de luz del que era imposible rehuir la mirada, atentos a cada una de sus palabras—. Ella lo sabía y lo permitió. —Dejó que el silencio se extendiera unos segundos más, después concluyó—, eso es todo. Creo que era el momento de que lo supierais. —Y regresó a su silla.

—Eso explica muchas cosas —refunfuñó Clarisse, aún mirando a Victoria como si ésta acabara de decir que en realidad no era humana, sino un bichito capaz de adoptar la imagen de chica de ojos y pelo oscuro sentada ante ella.

—Lo sé —asintió Victoria—. Así como explica la conducta de Jack y Christian conmigo —resolvió, aunque a mi entender no lo explicaba realmente. En fin, no era quien para preguntar sobre más intimidades.

Al terminar de cenar, acompañé a Thalía a la cabaña reservada para las hijas de Artemisa, a pesar de que mi habitación estaba más cerca. Daba igual. Me apetecía estar con ella. Rachel nos acompañó sólo un corto trecho.

—Creo que a la gente les va a costar lo suyo dormir esta noche —comentó, oteando por encima de su hombro hacia los campistas del comedor que aún cuchicheaban el notición soltado por Victoria—. ¡Menudo banquete de novedades les habéis soltado ahí dentro!

—Debería preocuparte más que Victoria no salga de ahí hasta pasadas dos horas. —Thalía negó con la cabeza—. La están acribillando a preguntas, Clarisse la primera.

—Bah. Tiene a sus dos súper chicos para espantarle las moscas —me despreocupé mientras Rachel asentía aquiescente—. De hecho, mañana tendré que darle las gracias por el gesto.

—¿Las gracias?

—Si Victoria no hubiera soltado ese bombazo, ahora seríamos nosotros, tú y yo, el foco de todos esos moscardones —hice ver.

—¡Dioses! Recemos que no pase, recemos que no pase —se estremeció Thalía.

Rachel se rió ante nuestra cara de alivio.

—No podría sentirme más feliz por vosotros dos —aseguró, radiante—. Veros juntos, y tan enamorados, me produce un tremendo subidón. —Pero a continuación ladeó la cabeza y su expresión risueña flaqueó cuando nos miró con una seriedad perturbadora—. ¿Pero os dais cuenta de lo que eso implica? ¿Sois conscientes de que estar juntos indica una proximidad al cumplimiento de la profecía…?

—¡Shhh! —siseamos Thalía y yo al mismo tiempo, moviendo los brazos y espantando esas palabras como moscas revoltosas e irritantes—. Déjate de augurios, Rachel. Esto ha sido cosa de nosotros, no de los dioses. ¿Vale? —reclamé.

Ella nos miró, entre exasperada y compasiva. Parecía alguien dispuesta a hacer dar una lección que ya creía impartida desde hace tiempo. De hecho, eso fue lo que hizo a continuación.

—Los dioses juegan con los humanos, sí. Con todos nosotros. Del mismo modo en que los humanos juegan con seres vivos a los que creen inferiores. Pero a diferencia de nosotros, los hombres, los dioses juegan con los demás seres inferiores no por capricho, ni por deleite, ni por maldad; lo hacen sencillamente para obligarlos a pensar y a valerse por sí mismos y por su razón y sentido de superación, enfrentándolos a todo lo necesario para que den lo mejor de sí en cualquier circunstancia y a todo momento. —Sus ojos claros, cautos, solemnes, parecían anunciar un secreto aún mayor, más oscuro—. Nos tienen por elegidos, no por cosechados de los que hacer una criba por un sentido meramente juerguista.

—Sea como sea, no es la profecía lo que nos ha unido —reafirmó Thalía.

Entonces Rachel sonrió. Su expresión seria se evaporó. Y fue como ver el sol asomarse tras una nube en un día nublado.

—Oh, eso lo sé, lo sé. Os han unido vuestros corazones. No me cabe duda. En fin —suspiró—. Será mejor que me vaya a la cama. Empiezo a hablar como un oráculo milenario —hizo una mueca de aprensión—. ¡Qué horror!

—De eso nada. Hablas con la sabiduría del oráculo que ya eres —la consolé.

Ella se despidió con una sacudida de mano, y se metió en su dormitorio con el destello de una sonrisa alegre.

Al salir al exterior, vimos de lejos la ventana de la sala de reunión; al parecer la habíamos dejado abierta. Ninguno de los dos aminoró el paso ni hizo intención de acercarse al interior y cerrarla, pero la miramos de reojo. Sabía que Thalía era tan perfectamente consciente de la casa como yo. De hecho, las palabras que dijo instantes después lo demostraron.

—Ammm… esto… Luke, en cuanto a lo que pasó allí…

Solté un gruñido.

—Oh, porras. Lo sabía. Sabía que iba a pasar esto.

Se me quedó mirando, perpleja.

—¿Sabías que iba a pasar… qué, exactamente?

—¡Esto! —Exclamé, con el malestar empezando a despertar en mi estómago—. La parte en que tú me dices que lo que hicimos allí dentro estuvo mal, que no debería pasar y que, de hecho, no volverá a pasar.

Hasta que las palabras salieron de mis labios, no me percaté de lo mucho que había temido que ella me dijera aquello. Thalía seguía mirándome, aún perpleja.

—anda. ¿Y por qué piensas eso?

—Pues porque tú eres así —respondí—. Siempre quieres hacer lo correcto, y cuando haces algo que consideras que está mal, tu reacción siguiente es echarte para atrás e intentar poner distancia como remedio. Así que sé que me vas a decir que lo que hicimos no debería haber ocurrido y que nunca volverá a pasar porque… —me quedé sin palabras. Me alboroté los cabellos, un gesto no carente de histeria. Ahí estaba, mi miedo. De nuevo.

Thalía negó con la cabeza, me asió del brazo y tiró de mí hasta la sombra de un árbol cercano, envuelto en penumbra. Apoyó la espalda en el tronco, me atrajo hacia sí, rodeándome con los brazos a la altura del cuello y, puesta de puntillas, me besó con firmeza. Suspiré contra su boca. Nuestros labios se entrelazaron y, en aquel beso, olvidé todos mis temores, dudas o recelos.

Cuando por fin nos separamos, aún me retuvo cerca de ella.

—No voy a decirte que lo que hicimos fue un error porque no lo creo —dijo en voz baja, mirándome a los ojos—. El único error es no haberlo hecho antes.

Un torbellino de emociones me ardía en el pecho.

—¿En serio? —Asintió, entusiasta—. Entonces perdóname por pensarlo. Es la costumbre.

—Creía quete había dejado más que claro que me resulta imposible resistirme a ti —dijo, claramente divertida ante mi sorpresa.

—Tengo… mala memoria —susurré a centímetros de su boca, en el pecho otro brote de alegría.

—Me encantará recordártelo —sonrió, y volvimos a besarnos.

—No pienses nunca que me voy a arrepentir. Jamás me voy a arrepentir —afirmó después, acariciando con una mano mi hombro—. Todo lo que te dije ahí dentro es cierto, muy cierto. ¿Sabes? ya había tomado mi decisión mucho antes de hoy. Antes incluso de romper mi juramento con Artemisa.

—¿De verdad?

—El tiempo corre, la gente cambia, y el mundo con él. Entre tanto, intentamos hacer las cosas bien, pero sólo nos basamos en lo que la gente cree que está bien, que es lo correcto. ¿Y lo que queremos hacer? ¿Y lo que necesitamos hacer? Muchas veces lo correcto y lo deseado chocan, no coinciden. En ese caso… sólo queda escoger. Incluso antes de que dejara de ser una cazadora juramentada ya sabía cuál iba a ser mi elección. Sólo me resistía admitirlo en voz alta, por miedo a lo que pudieran pensar los demás.

Le acaricié con el pulgar la mejilla.

—¿Te guardabas todo eso?

—Era horrible. Bueno, qué te voy a contar que no sepas ya. Tú comprendes. Tú lo entiendes. Sé que lo haces. Sabes qué es sentirse llena de un amor tan fuerte que hace que te duela el pecho, un amor irremediable de sentir, pero prohibido a expresar.

Apoyé la frente en la suya, luchando por no perderme en el mar de sus ojos.

—Mantener el amor enterrado se parece mucho a contener la ira —asentí, comprendiendo perfectamente de lo que hablaba; lo había aprendido bastante bien con todo el lío de su conversión a pino y el aprovechamiento de Cronos—. Te devora por dentro, sin más, haciendo que sientas deseos de gritar, de liarte a patadas y puñetazos con alguien, pero sin ninguna explosión que acuda en socorro a la garganta.

—Exacto. Eso era lo que me pasaba. Pero cuando Cronos te secuestró… al ver que desaparecías encima justo después de nuestra pelea… me di cuenta de lo mucho que significas para mí. Todas mis dudas se aclararon. Tu desaparición lo cambió todo. Estaba preocupada por ti, a más no poder. No te haces una idea. Y cuando ni Hermes ni el resto de los dioses pudieron decirme dónde estabas, cómo podía ayudarte… resultó inútil intentar comportarme como si fuese capaz de consentir siquiera que me faltaras algún día. Decidí entonces que me tenía que enfrentar a ello, a las críticas que me pudieran llover. Una vez tomada esa decisión… no había nada que me hiciera cambiar de opinión. No habrá nada que me haga arrepentirme de estar contigo, Luke. Nada ni nadie me separará de ti. Ni siquiera tú ni tus dudas.—Vaciló, mientras se quitaba el cabello de la cara, como si temiera que sus palabras me hubieran espantado más que tranquilizado—. ¿Y tú? ¿Te arrepientes?

—Te quiero —dije, repitiendo la obviedad más obvia del mundo—. Ni viviendo cien vidas me arrepentiría de esto que estamos iniciando.

Se rió.

—Vaya. Tienes el don de resumir en dos palabras algo que a mí me lleva todo un discurso.

—Bueno, es que es sencillo, simple: te quiero. Te quiero, y no tengo ganas ni energías de intentar fingir lo contrario.

Me miraba a los ojos directamente, reduciendo a mi campo de visión el esplendor de sus ojos azules.

—Yo tampoco quiero contenerme. Ya no. —Su mano descendió de mis hombros y encontró mis dedos, que se entrelazaron con los suyos—. Estoy cansada de fingir. La fuerza de lo que por ti siento ya no me asusta. Haber estado tan cerca de perderte me quita todas las ganas de volver a correr el riesgo.

—A mí también —musité. Y corté la milimétrica distancia de nuestros labios.

Salimos de las sombras del árbol al cabo de un largo y glorioso momento, y volvimos al sendero que conducía hacia la casa donde dormían las cazadoras. Reemprendimos la marcha con los dedos entrelazados, aunque más bien íbamos paseando por la tranquilidad nocturna del campamento con árboles a ambos lados.

—¿Sabes? en algo tenía razón Rachel.

—¿Sí? —acomodó su cabeza que tenía apoyada en mi hombro, de tal modo que pudiera mirarme a la cara sin separarse—. ¿En qué?

—Nadie puede quitarnos el poder de elegir. Ni siquiera los dioses. Puede que la profecía reduzca mucho las opciones, pero tan solo por estar consciente de su existencia ya se tiene elección. Y ninguna de las opciones posibles tiene por qué destruir, al menos no por sí solos.

—eso es cierto. Ya ves, yo tomé mi elección y no me siento destruida en absoluto. Aunque…

—¿Aunque?

—Aunque antes creía que el simple hecho de una elección era como renunciar a mí misma —confesó—. Dejar morir una parte de mí. Después, tras enterarme de la profecía, sólo veía deber, no posibilidades. Me preguntaba a solas cómo podría vivir conmigo misma sabiendo que por mí negativa a claudicar ante la profecía, y que por mi culpa el mundo hubiera ido a la deriva…

—No habría sido por tu culpa —la contradije—. Tu derecho al libre albedrío no te hace responsable del rumbo que tome el resto del mundo. Te echabas muchas cargas a la espalda.

—Oh, no lo sé. ¿Incluso cuando podría haberme limitado a escoger salvar al mundo únicamente por deber?

Me detuve, obligándola a hacer lo mismo.

—No habrías podido aunque quisieras.

—¿No?

—No eres de las que renuncian a sí mismas y hacen las cosas por hacer, no eres la clase de personas que se dejan arrastrar por los acontecimientos, sin intervenir ni opinar, sólo para no sentirte culpable.

—¿Renunciar a mí misma? —El viento le zarandeó los cabellos, hasta que se los sujetó con una mano; la otra descansaba sobre mi brazo—. ¿No era yo la que era incapaz de cambiar? ¿No soy yo la que estuvo juramentada a una diosa porque, entre otras cosas, huía del dolor?

—Huías de mí, no de ti —le hice ver—. Ni siquiera renunciaste a mí. Fui yo el que renunció a vosotras, para empezar. Y en cuanto a lo de cambiar… lo has hecho —le apreté la mano—. Claro que sí.

—Ah, pero no tanto como tú. Tal vez no lo suficiente, y mira que lo intenté.

—Si hubieras cambiado en lo que aspirabas a ser, dejando en el trayecto cómo eres de verdad, me habrías decepcionado —confesé—. Lo que me atrae de ti es lo que eres, Thalía, no lo que serías para adaptarte a mí o a Artemisa o a cualquiera de las identidades casuales que surjan. Yo no quería que cambiases.

—Entonces, ¿por qué insistías en ello cuando era cazadora? ¿Por qué decías que el ser hija de Artemisa me había cambiado drásticamente?

—Para que supieras que te entendía, para que supieras que mi cambio se debía al mismo motivo que al tuyo, para que no me juzgases tan duramente como intentaba no juzgarte yo a ti, porque los caminos que habíamos tomado desde tu despertar podría acercarnos, llevarnos al entendimiento, ya que se debían al mismo motivo, haberme perdido tú a mí, haberte perdido yo a ti.

Las farolas reflejaban una luz anaranjada en las hojas de los árboles y las derramadas por el suelo. El aire, aunque fresco, se mantenía inmóvil, incluso a esas horas tan tardías, como si el propio clima estuviera celebrando una fiesta a salud de nuestra relación.

—Antes dijiste que siempre trato de hacer lo correcto. Si lo correcto era escoger la opción que salvara al mundo, dime, ¿por qué crees que dudé y tardé tanto en hacer mi elección?

Medité un momento.

—Porque elegir una opción no significa que renunciar a las demás alternativas no cueste.

—Ah, empezamos a estar de acuerdo. Elegir siempre es una selección, al igual que una renuncia. —Me apretó el brazo—. Pero, entonces, ¿por qué crees que tardé en decidirme a escoger?

—Porque eres muy meticulosa —contesté—. Porque a pesar de que tienes tendencia a hacer primero lo correcto, también tienes tendencia a darle dos y más vueltas a las cosas.

—O porque cuando a lo que renuncias ha dejado de importarte, entonces no hay realmente una pérdida. En cambio renunciar a esa alternativa sólo acariciada en sueños… eso es más que una pérdida. Casi es morir. —Retuvo mi mirada—. Cualquiera de las opciones que no impliquen estar contigo, por una o miles que sean, habría sido como matar una parte de mí. La parte que te corresponde. La que es tuya al completo. Y esa parte es enorme y mayoritaria en mi persona, imposible sobrevivir después sin ella.

Imposible no besarnos tras aquella declaración. Deslicé un dedo por su mejilla y luego enredé el mismo dedo en sus cabellos, y Thalía dejó escapar un gemido de relajación.. Bajé hasta trazar el contorno de su oreja, recorrí la base del cuello mientras la besaba.

—¿Entonces qué va a pasar ahora? —inquirí cuando nos separamos—. Me refiero a la profecía. Está ahí, aunque no lo queramos.

—Me acabo de dar cuenta de una cosa —dijo en tono animado, reemprendiendo la marcha—. Esa profecía dice que tenemos que enamorarnos, ¿verdad? y estar juntos, ¿cierto? —Asentí—. Bueno, en ese caso tendremos que estar juntos y enamorados. ¡Es muy feo llevarle la contraria a los dioses! Me temo que no podrás perderme de vista durante una muy, muy buena temporada. —Sus ojos chispeaban tras la caída de sus pestañas—. Pobre de ti.

Esa perspectiva me llenó de júbilo.

—Te necesito, Thalía. Ahora y siempre —dije con un cariñoso gesto—. No puedo creer que por fin estemos juntos.

—¿Quieres saber un secreto? —Su aliento me cosquilleó en la oreja—. Yo tampoco.

Andando a paso de tortuga, dando un paseo, fuimos tomados de la mano, las cabezas juntas, las miradas entrelazadas, sonrisas y besos bailando de boca en boca, cuchicheando y riendo entre medias.

—Bueno, ya hemos llegado —dije, innecesariamente, cuando llegamos ante la casa de Artemisa. Miré con aprensión la puerta cerrada—. ¿Puedo dejarte?

—No sin mi beso —hizo un mohín.

—Oh, claro que no. —La abracé el talle—. Oye, no estoy tranquilo; nada tranquilo. ¿Seguro que entrar ahí es garantía de que ni desaparecerás mañana ni te despertarás con una extremidad menos?

—Oh, venga ya. Son buenas chicas.

Chicas peligrosas, más bien.

—¿Quieres que te preste alguno de mis cuchillos? —insistí; mi mirada se dirigió a la entrada sellada—. Antes de que entres podemos ir a por ajo, un crucifijo, o agua bendita, si eso.

Se echó a reír.

—No, estaré bien.

—Ninguna precaución es poca. —Suspiré, resignado—. Bueno, como quieras. Estaré a unas pocas casas de distancia, si me necesitas.

—Son mis amigas, Luke, no unas vampiras —repuso, poniendo los ojos en blanco—. Amigas enfadadas, eso sí —susurró más para sí.

—Eso es cierto. —Le puse un brazo alrededor de los hombros y le di un apretón reconfortante—. Y tarde o temprano tendremos que hacerles frente.

Me incliné y rocé su boca con la mía en un beso ligero, acogedor, respetuoso por quienes estuvieran mirando.

—Voy a echarte de menos —le susurré al oído.

—¡Pero si nos veremos todos los días! —se rió.

—Lo sé, pero no es lo mismo. —Aparté el pelo de su mejilla con el pulgar—. Estaremos ocupados en el día, con eso de devolverle al camping su antiguo esplendor y todo eso.

—Mmm —se lo pensó—. ¿Qué te parecería vernos? todas las noches. Después de la cena.

Aquello me puso de muy buen humor.

—¿En nuestro lugar de siempre?

—Claro.

—De acuerdo. —La ayudé a subir los escalones que conducían al interior de la casa, aún cerrada; por supuesto no necesitaba de mi ayuda, pero toda excusa era buena con tal de tocarla una vez más. Cuando alcanzamos la puerta, la volví a besar primero en la sien y luego en los labios. Pasó un buen rato antes de que nos separáramos.

—Que descanses —me deseó.

—Lo mismo te digo. —Me aparté con un suspiro—. ¡Ah, por cierto! Saluda a tus ex hermanas de mi parte. —Bajé a saltos los escalones. Una vez abajo, me giré para mirarla—. Y ¿Thalía?

—¿Mmm? —se giró con la mano en el picaporte.

—Piensa en mí cuando estés ahí dentro. Por alguna inexplicable razón, yo parezco espantarlas.

Ella intentó reprimir una sonrisa mientras tanteaba a su espalda con una mano hasta abrir la puerta, pero no lo consiguió. Su carcajada me acompañó mientras me alejaba a grandes zancadas, silbando y con las manos en los bolsillos.

Crucé el claro de camino a mi propio dormitorio, con una gran sonrisa estampada en la cara. Hacía mucho tiempo que la vida no me parecía tan prometedora y llena de posibilidades, tan maravillosa. Thalía y yo estábamos juntos. Por fin. Podíamos lograr vencer todos los demonios y errores de nuestros propios pasados. Estábamos dispuestos a intentarlo, y no sólo a intentarlo, a lograrlo. Juntos podríamos conseguirlo.

....

No hizo falta ningún despertador ni ninguna pesadilla para despegarme de las sábanas a la mañana siguiente. Cuando abrí los ojos, la mejilla aún rendida en el abrazo suave de la colcha, el sol atravesaba los cristales de la ventana, trepaba adelantado por el cuarto hasta templarme el cabello con sus dedos calientes. El hecho de ver a Thalía, verla y abrazarla sin represalias fue el acicate perfecto para ducharme y asear el cuarto con rapidez, como si hubiera un récord Guiness en juego. Abandoné la habitación casi dando brincos.

La encontré en las escaleras que descendían hacia el exterior de la casa de Hermes, charlando con Annabeth. Tenía los azules ojos muy animados, un buen humor que se reflejaba también en su voz al hablar; de hecho su mirada se tornó brillante y expresiva cuando me divisó. Su boca preciosa se curvó en una tímida sonrisa con la que me recibió, una boca que me moría de ganas de volver a besar. Si no hubiera detectado nervios mal sosegados en sus gestos, ni la mirada gris de Annabeth y los campistas más cercanos pendiente de cada uno de nuestros movimientos, lo habría hecho gustoso. Me prometí como consuelo no dejar pasar mucho tiempo sin acariciar sus labios de nuevo.

Hombro contra hombro, los tres anduvimos hasta uno de los bancos que le daban la espalda al estanque, uno que tenía encima una copa de ramas a modo de escudo contra el viento. Mientras hablaba, la observé. Sus gestos, sus sonrisas, sus miradas. Nunca la había visto tan relajada. Vale, sí, cierto que en presencia de Annabeth siempre se había mostrado alegre, distendida, pero nunca antes como hoy. Rompían a cuchichear de un momento a otro, y se abrazaban entre risas sin motivo aparente. Y cuando preguntaba qué pasaba se limitaban a sonreírme cada una por encima del hombro de la otra. No fruncían el ceño ni arrugaban la nariz.

Annabeth se marchó al cabo de media hora o así, aunque no le pregunté adónde se dirigía.

—¿No quieres ir con ella y seguir hablando? —La parte posterior de la rubia cabeza de la chica se iba alejando a cada uno de sus pasos apresurados.

—Lo cierto es que no. Estoy justamente donde quiero estar. —De pie, se colocó delante de mí—. Contigo.

Le tendí la mano y la atraje hacia el banco de piedra donde nos habíamos refugiado del viento. Thalía se sentó a mi lado, aunque con suavidad, despacio, mirándose todo el tiempo las manos. Me incliné hacia ella, aunque respetando su espacio vital.

—Y aun así estás cortada —adiviné—. Lo estás, no? ¿Por qué? ¿A qué se debe esa timidez?

Ella negó con la cabeza, se mordió una uña, rebulló en el sitio, y me miró de soslayo con turbación en las mejillas.

—No, no lo estoy —aseguró. Luego se echó a reír, nerviosa, y admitió—, vale, si. Pero, emmm... un poquito. Solo un poquito.

Le dediqué una sonrisa perezosa.

—No te culpo. Son los efectos inevitables por estar en mi presencia.

—Tonto —sonrió. Y me dio un suave puñetazo en el muslo.

—Eih —le tomé el puño con las dos manos—. No tienes por qué estar nerviosa. No va a pasar nada que no quieras, ¿lo sabes, verdad? Ni nada malo.

—Tonto —repitió; dulce era su risa—. Lo sé. Son nervios buenos, nada más, no nervios de «oh, joder, ¿dónde me estoy metiendo?»

El alivio me normalizó los latidos.

—Uff, menos mal. —Ella recuperó su puño del cerco de mis palmas. La ausencia de su contacto fue como un vacío. El espacio que nos separaba era curiosamente íntimo. Me devané los sesos, intentando pensar en un tema de conversación neutro—. Y... esto… ammm… ¿h—has dormido bien?

—Sí, estupendamente. —Asintió—. Se diría incluso que he soñado con los angelitos. —Orientó la cara hacia el cielo, y los rayos del sol destellaron alegres en sus cabellos de ébano en sus prisas por correr a calentarle el semblante—. Aunque ahora estoy mucho mejor.

—¿Ah, sí?

Dejé caer la mano sobre el banco, en el sitio vacío que había entre nuestras rodillas.Intenté que el gesto pareciese casual, pero lo cierto es que era muy explícito.

—Por supuesto. Por ti. —Y me asió la mano.

En ese momento, vimos pasar a lo lejos a un par de hijas de Artemisa a las que saludamos con una leve inclinación de cabeza, gesto que ellas devolvieron con la mano y a regañadientes. Observé cómo los ojos de Thalía no perdían detalle del cruce.

—¿Te dijeron algo, anoche?

—¿Las cazadoras? —asentí—. Nada. Bueno, sí. Me repitieron que había caído en la tentación.

Miré largamente su perfecta belleza.

—¿Qué tentación?

—Tú —explicó Thalía—. Tú eres la tentación.

—¡Ah! —me sorprendí—. ¡Ah! —canturreé, y mis ojos chispearon—. Bueno. Pues la próxima vez diles que es normal. Diles que forma parte de mi trabajo como ángel caído hacer caer a los demás. ¿Cómo podría inducir a la gente a la tentación sin haber caído yo primero?

Thalía rompió a reír.

—También me advirtieron de lo peligroso que era juntarme contigo. En fin, ¡nada nuevo!

—¿Peligroso yo? —me indigné. Luego fruncí el ceño—. ¿Y ellas qué?

Thalía resopló al viento, murmurando algo que sonó a «tal para cual».

—¿Las echas de menos? —inquirí.

—Dioses, deja primero que pase medio día por lo menos, ¿no?

—Ya sabes a qué me refiero —elevé los ojos hacia el cielo en un ademán exasperado—. Ser como ellas. Ser una cazadora. ¿Lo echas de menos?

Se produjo un silencio, en el que Thalía estuvo meditando indecisa el modo de dar su respuesta, supuse, por el modo en que se mordía el lado interior de la mejilla igual que hacía cuando se sentía ansiosa o extremadamente pensativa. Esperé.

—No. —Afirmódespués de unos segundos—. ¿Qué voy a echar de menos? ¿Nuestra amistad? Aunque ahora se haya enfriado un poco, continuamos siendo amigas. Quizá no hermanas juramentadas, pero sí hermanas unidas por una sincera amistad. Eso no nos lo dio ningún juramento. ¿Qué voy a echar de menos, la sensación del juramento? ¿El lazo vinculado a la inmortalidad? —Negó con la cabeza—. La inmortalidad de ser hija de Artemisa es un mundo aparte. Como un paréntesis, para que lo entiendas, como una burbuja de tiempo que te distancia de todo lo que ha ocurrido antes y todo lo que vendrá después. No puedo añorar el estar estancada.

La rodeé con el brazo y ella apoyó la cabeza en mi hombro, en aquella ocasión sin nervios ni titubeos.

—¿Y tú? —Preguntó, jugueteando con el cursor de la cremallera de mi chaqueta—. ¿Echas mucho de menos a tu madre, verdad?

—En cada segundo de cada minuto de cada hora de cada día —confirmé, la voz algo tomada—. En cada respiración.

Thalía depositó un beso en el lado izquierdo de mi pecho, y yo la atraje aún más contra mí, conmovido por aquel simple gesto.

Vernos en público asidos de las manos durante aquel día fue una imagen que despertó muchas reacciones. Por mi parte placer e incredulidad, por la mayoría de los demás campistas lo mismo; no salían de su asombro. Aún andaban luchando por recordar que Thalía ya no era una hija de Artemisa, así que como para entender que ahora andaba de pareja con alguien. Con un chico. Conmigo, Luke Castellan, para ser exactos. Era un bombazo que al camping le estaba costando lo suyo superar, pero a nosotros nos daba igual, nos lo tomábamos a risa, e ignorábamos las bocas abiertas y las miradas de asombro y curiosidad morbosa que dejábamos a nuestro paso.

—¿Qué quieres hacer? —le pregunté, dispuesto a cumplir sus deseos.

—Solo quiero estar contigo —dijo, en un tono que denotaba sorpresa—. De verdad, sólo contigo.

—¿Y por qué ese tono de sorpresa?

—Porque no me había dado cuenta hasta ahora de lo mucho que lo deseo. Del alivio que es admitírmelo a mí misma. De lo maravilloso que es poder decirlo en voz alta. De que te quiero y cada día te quiero más, si eso es posible, y…

No la dejé terminar. La empujé contra la pared del pasillo y la besé hasta que sus rodillas fueron incapaces de sostenerla.

....

La vida en el campamento recuperó su normalidad, o algo parecido. Me refiero a que ya no había batallas que preparar, juicios o castigos que oficiar, ni rescates ni funerales que llevar a cabo. En el resto del mundo del campamento no dejaron de pasar cosas, aunque admito que yo me enteré de poco.

Sólo estaba concentrado en mis propias novedades. Nunca me había importado lo que llegaran a pensar los demás, pero me complació ver que poco a poco Thalía dejó de dar importancia a lo que pudiera pensar la gente de ella. Thalía podía ser ella misma, lo cual demostraba a diario en su relación conmigo. Entre tanto, iniciamos discretamente nuestra relación que, si bien trascendía a la simple amistad, aún no sabía si estaba asentada en el noviazgo.

A pesar de todo, seguía habiendo actividades y deberes que cumplir en el campamento. Gran parte de las horas diurnas se consumían en el trabajo, y había mucho, así que en lugar de pasarme todas las horas y minutos con Thalía, como habría deseado hacer, sólo nos veíamos en los ratos en que disponíamos de un momento libre.

Ya fuera para hablar, dar un corto paseo, aunque sólo fuera de una sala a otra o de un lugar de trabajo a otro.Al final hasta nos hicimos expertos en encontrar rincones apartados donde los dos podíamos hacer un alto, a solas, intercambiando susurros, risas, besos y bueno... lo que surgiera.

El único momento de estar realmente a solas y sin andar en escondites era al caer la tarde, casi previo al anochecer, cuando nos encontrábamos, paseábamos, o simplemente nos mirábamos, dejando que nuestros cuerpos se abrazaran y los dedos viajaran libres por el cuerpo del otro, que nuestros labios soltaran en alas de paloma todo lo que sentían, las emociones que llevaban acumuladas en su interior.

De hecho, casi una semana después de que empezáramos a salir, era justamente ahí a dónde me dirigía. Pero me topé con Nico y Victoria a la salida. Ambos iban muy entretenidos, las cabezas juntas en una charla casi a susurros. Llevaba sin hablar con ella desde la vez en que, durante la cena, admitió ante el comedor que no era una hija de Artemisa, que en realidad nunca había sido una juramentada de la diosa.

—Creí que estabas con Chris —le comenté, nivelando mis pasos a los suyos.

—¡Hace dos días que se fue del campamento! para recuperar el equilibrio entre su humanidad y el shek —explicó—. Además llámale Christian, no Chris.

La miré con cándida inocencia.

—¿Y yo qué he dicho?

—Si le llamas Chris te estarías refiriendo a Tara, Chris Tara, y hace tiempo que ya no usa esa identidad —resopló Victoria—. Cuando vuelva, porque volverá, podrías hacernos el favor que tú ya sabes.

—Sólo tienes que avisarme —la tranquilicé.

Por el rabillo del ojo, asistí al momento en que un campista se comía a Nico con la mirada. Atareado en algo que dibujaba a carbón sobre un cuadernillo sostenido sobre sus muslos, hizo un descanso en su tarea y evaluó con descaro a Nico de pies a cabeza, la punta de la lengua paseando lentamente por su labio inferior. Nico le respondió al interés esbozando una sonrisa sugestiva, aunque rápidamente regresó su atención a nosotros.

—¿Queda prohibido entonces pedirle una canción? —se lamentó a Victoria.

—Creo que él desea que le pidas algo más que una canción —me reí, señalando al chico con la cabeza.

—No me refería a él, idiota —se sonrojó Nico—. A Christian. O bueno, a Tara, a Chris Tara.

—Tan prohibido como pedírselo a tu padre, Hades —atacó Victoria.

—Touché —me reí, mientras Nico se encogía ante el contraataque de la idhunita—. Bueno, siempre nos quedará Jack. ¿O él no canta?

—Sólo para mí. —Una sonrisita soñadora le curvó la comisura de los labios a Victoria—. Y es algo que no estoy dispuesta a compartir, lo admito —se rió—. Como tú y Thalía, Luke. Por cierto, ¿cuándo le vas a pedir la cita?

—¿Cita? ¿Qué cita?

Ella miró al techo, exasperada.

—La cita para empezar a salir —explicó con insultante paciencia mientras Nico se tironeaba de las mangas.

—¡NO hace falta! —exclamé—. No todas las relaciones empiezan con un ¿quieres salir conmigo? o un ¿te gustaría ser mi novia —miré a Nico—, o novio?

—Ya. Pero todas necesitan DLR, ya sabes —replicó Victoria.

—DLR repetí, sin entender. Busqué apoyo en Nico, pero encontré en él la misma perpleja incomprensión que yo sentía—. DLR. ¿Qué es eso? ¿Un código secreto? porque no lo pillo.

—Definir la relación —al ver que no entendía a qué se refería con eso de «definir» (¡ni que fuera un diccionario!), aclaró—, saber si sois amigos con derecho a roce, si lo vuestro es sólo un affaire, algo divertido pero puntual que no irá a más, si sois una pareja abierta sin exclusividad que pueden salir con otros, novios (si es que sois novios, claro) que sólo tienen permitido rozarse entre ellos o pueden rozarse con otros terceros… etc.

Sentí que mi temperatura corporal descendía a menos diez grados. A mi lado, Nico no dejaba de resoplar, reír y resoplar, lo que no me ayudaba en absoluto.

—Pero... ¿las chicas definís todo eso? —me horroricé.

—¡Por supuesto! —Aseguró Victoria—. Y nada mejor que una cita para ello, por cierto. —Se echó la trenza al hombro—. ¿Se lo has pedido?

—Pues no, la verdad es que no —admití.

—Pues eso no puede ser. Cuando se empieza una relación, siempre hay que DLR..

—¿Y de dónde has sacado eso? —se interesó Nico.

—¡Es así! —Se empecinó Victoria—. Es una ley no escrita de las relaciones. Uno más uno son dos, dos es igual a pareja y pareja es igual a categoría de pareja, y categoría de pareja implica planes a futuro, proyectos que no se llevan si antes no se define la clase de relación que se lleva. —El viento revoloteó a su alrededor y arrancó algunos mechones de pelo de su oscura trenza—. ¡Es así y no de otra manera!

Nico y yo intercambiamos una mirada de persistente incomprensión.

—Pero ella… —traté de hacer ver—, Thalía... en fin, que ella no me ha dicho nada de eso.

La sacudida de cabeza de Victoria fue tan enérgica que su trenza bailó de hombro a hombro.

—Por supuesto que no. Estará esperando que des tú el paso.

Me mordisqueé el labio inferior, algo alarmado por la perspectiva que implicaba esa nueva información.

—Así que… —prosiguió Nico, sacándome de mi abstracción—. Thalía y tú, ¿no?

—Emmm… sí —reconocí—. Pero ya lo sabías, ¿no?

—Claro —asintió Nico—. Es decir, ¿quién no lo sabe a estas alturas? Todo el mundo lo sabe. O sea, hace siglos que intuíamos que os traíais algo —enarqué la ceja—, bueno, al menos yo me lo suponía. Por tu forma de mirarla cuando creías que nadie se daba cuenta. Por su forma de mirarte, cuando creía que nadie la miraba.

—Ah —repuse—. ¿Sólo por las miradas?

—Es que son un buen indicativo, ¿sabes?

Solté un bufido, sin estar para nada de acuerdo.

—Por las miradas yo llegué a pensar que Rachel y tú… —dejé la frase en el aire para que captara, pero no hubo suerte—. En fin, que andabais liados —completé.

Él me miró, sin entender.

—¿Ein?

—Rachel. Novia. Tuya. Tú. Su. Novio.

Parpadeó.

—Juraría que te he dicho que soy gay —dudó.

—Lo has hecho, lo has hecho —suspiré, recordando la situación comprometedora en el que lo pillé en el barco de Cronos, durante la loca carrera por salir de aquel secuestro—. El caso es que lo creía antes de que me lo dijeras.

—Rachel y yo. —Paladeó aquella idea como si nunca antes se le hubiera ocurrido. Después echó la cabeza hacia atrás, soltando una sonora carcajada—. ¡Rachel y yo! —Repitió, animándose por momentos ante lo absurdo de la idea—. Dioses, no creo que haya nacido aún hombre que se merezca a esa chica. O que esté lo suficientemente loco y enamorado como para arriesgarse a su mirada —añadió más para sí.

—Yo tampoco —me reí—. Pero ¿y bien? ¿Qué me dices de lo mío? ¿Me merezco o no a Thalía?

—La cuestión no es esa. La cuestión es ¿te lo has pensado dos veces? —Me palpó la frente—. Vaya, no tienes fiebre. —Apoyó una mano sobre mi hombro—. ¿Estás seguro de que es con ella con quien quieres estar?

—Más me vale —me reí—. Después de todo el lío armado, sería el colmo no quererla al final.

Nico me miró como si creyera que me funcionaba mal algún circuito en el cerebro. Sacudió la cabeza, me miró con lástima, volvió a sacudir la cabeza.

—No te ofendas pero, no lo entiendo. Esa chica es una cazadora; o sea, una ex cazadora. Es decir que es de esas que le gusta ir poniendo los pelos de punta a la gente. Pero en fin, lo mismo digo de las chicas en general: son incomprensibles. A veces creo que ni ellas mismas se entienden.

—Colega, gay o no gay, ese es un pensamiento que compartimos todos los chicos sobre ellas —me reí.

—¿Y aun así te gustan las chicas? —volvió a palparme la frente en busca de fiebre o enfermedad que justificase mi, para él, locura.

—Me gustan las chicas. Me gusta comer. Me gusta el riesgo. Me gustan las armas. Lo que siento por Thalía es mucho más que eso. A ella la quiero. A ella la amo. Mi felicidad se debe en estos días al amor que alberga para mí su corazón. Si ese amor se acaba mi felicidad no tardará en hacerse trizas, mi corazón volverá a oscurecerse de nuevo.

—¡Vaya! Nunca te había escuchado decir algo tan romántico ni tan parecido —comentó entre alarmado y sorprendido Nico.

—Detrás de todo buen arrogante y presumido hay un caballero romántico que aguarda a conquistar damiselas con su labia cursilera —comentó victoria, burlona.

Nico rió con sonoridad.

—Por supuesto que no —me defendí—. Cuando saque mi labia cursilera lo sabréis de verdad; esto no ha sido más que un guiño.

—Amenazas, amenazas —me picó ella.

—Mis frases bonitas sólo están al alcance de mi diario, mi almohada, y los oídos de las chicas que han ido a parar entre las sábanas, yo y mi cama —bromeé.

—Para gustos los colores —murmuró Nico más para sí, sin dejar de sacudir la cabeza. Luego, ya más serio, se volvió hacia mí—. Pero bueno, si vas, ya sabes, si vas en serio, te deseo muchos ánimos. Y suerte —me palmeó la espalda—. La vas a necesitar. —En su tono quedó implícito «y muy pronto»—. Bueno. Ahora tengo que irme. Nos vemos. —Le ofreció una galante reverencia a Victoria y se alejó hacia la salida al exterior del camping 2.

—¡No te olvides que hay hora máxima de llegada! —Le gritó Victoria—. ¡No vayas a quedarte fuera!

—Yo. ¡Por encima de las normas, Victoria! —la respondió a voces sin siquiera mirar por encima del hombro—. Yo. ¡Por encima de las normas! ¡Siempre!

Victoria y yo hicimos un rápido gesto negativo con la cabeza.

....

De modo que los días pasaron. Las semanas también. Y fueron semanas de besos dados, de abrazos encontrados, de sonrisas cómplices e intercambiadas.

Poco a poco la idea de nuestra relación se asentó en la cabeza de la gente, a las dos semanas ya nadie se extrañaba de vernos tomados de la mano, tiempo suficiente que mis sentimientos por ella aprovecharon para afianzarse en mis pensamientos tan firmemente que no hubo lugar para dudas ni remilgos ni reproches, sólo certeza de estar bebiendo los vientos por ella.

Y es que ya nada se interponía entre nosotros, ni los juramentos ni los reproches ni los malos entendidos. Nada nos arrebataba el tiempo para estar juntos.

Las horas se escurrían a ojos vista como agua entre los dedos. Estábamos juntos y sin embargo eran horas que no me bastaban, no me saciaban. El día tendría que haber tenido cien horas, como mínimo, y no unas estúpidas veinticuatro; cien horas a pasar con Thalía. Y creo, no, seguro, que ni aun así me habría bastado.

Lo que se fue gestando entre nosotros era amor. Éramos como dos mitades de un todo, siempre listos para respaldar al otro. Ambos defectuosos, ambos imperfectos, ambos con un fuerte carácter, pero eso daba igual. Con ella, yo era capaz de vencer la ira por Cronos o la añoranza por mi madre que aún de cuando en cuando me asaltaba.

Sumido en esos pensamientos, abrí la puerta de mi habitación... y me quedé de piedra. Como si hubiera invocado a toda una legión de monstruos del Tártaro, y todos hubieran salido en tropel de sus tumbas infernales, acudiendo obedientes a mi llamada, tenía frente a mí a las hijas de Artemisa. Hasta la última de ellas.

Lo primero que se me pasó por la cabeza fue «algo gordo ha pasado». La angustia y la preocupación aparecieron enseguida a contribuir a desequilibrarme el pulso.

—¿Thalía?

—Sana y salva —desestimó Narcisa Andrómeda, la chica de nombre de culebrón e hija de Apolo, o al menos lo era antes de haberle juramentado a Artemisa.

¿Sana y salva? suspiré, aliviado. Sabía que en aquello no iban a mentirme. En la seguridad de su jefa o ex jefa de casa, jamás. Pero entonces la cuestión era ¿qué demonios hacían ahí?

Dispuestas en un apretado semicírculo, se hallaba presente todo el clan de amazonas. Ahí estaban todas, desde las gemelas de labios gruesos y pómulos altos que hacían pensar en princesas africanas, Alayne y Elayne (Ala y Ele para mis adentros) hasta la chicade rostro liso, anodino, pero sin ningún grano ni espinilla en la cara, a pesar de sus aparentes doce años ( y llamada Narcisa Andrómeda), pasando por Selise.

Ninguna se sentaba o apoyaba en la pared o la cama. Más tiesas que un palo, aguardaban en estoica rigidez militar.

Las repasé una a una con la mirada. Tenía más cerca a la chica de rizoso cabello castaño que alguien parecía haber cortado en trasquilones en un arrebato de cólera; sus ojos del color del trigo que denunciaban muy a las claras su descendencia Démeter me analizaban fríos de arriba a abajo.

—¿Rayna, verdad? —me dirigí hacia ella.

En realidad la pregunta era innecesaria. Me acordaba perfectamente de ella porque había sido la encargada de hacer las presentaciones con las demás cazadoras el día en que llegaron al campamento y yo me senté en su mesa.

—Exacto —dijo, el marcado acento de Oklahoma presente aun en esas pocas sílabas.

—Estupendo. Sencillamente interesante —dije arrastrando las palabras mientras me examinaba lasuñas como si fueran lo más interesante de la estancia—. ¿Qué hacéis aquí, entonces? No recuerdo haberos dado permiso para colaros en mi dormitorio. Y tengo una muy buena memoria, señoritas.

—Oh, querido Luke, somos cazadoras —dijo Alayne.

—Podemos colarnos donde nos plazca —completó Elayne—. Ninguna puerta se nos resiste.

—Seguid pensando así y un día activaréis la trampa escondida tras una puerta que no se os resiste. Hasta que no os encontréis con los dedos pillados en la ranura o colgando de los tobillos o con las tripas abiertas, no aprenderéis la valiosa lección de no entrar en un sitio custodiado por cerradura y llave.

Galina -más y mejor conocida por mí por Caramanchada por esa su costumbre a dejar rastros de su comida en la pechera de su camiseta y por su característico aspecto de ir con la punta de la nariz tintada de negro por una gran mancha oscura- ladeó la cabeza, tirantes en los labios una mueca peligrosa.

—¿Es una amenaza?

Imité su gesto.

—Oh, no lo sé, dulce Galina, no lo sé —canturreé con frialdad—. ¿Qué dirías tú? ¿Lo es?

—Digo que no estoy de humor para tus incógnitas —contestó ella con sequedad—. Tenemos que hablar.

La réplica chistosa de ¿venís a cortar conmigo? o algo parecido era demasiado fácil y esperada. No iba a caer en la tentación de recurrir a ello.

—Adelante —las urgí.

Ellas negaron con la cabeza. Enarqué una ceja y Narcisa Andrómeda señaló con la cabeza la puerta a mis espaldas. Me había olvidado que continuaba abierta. Crucé el umbral y empujé la puerta con una suave patada hasta encajarla con un clic en las bisagras. Reprimí el impulso de quedarme de pie en la puerta, brazos cruzados y tensión obvia en el cuerpo.

—Bien. Ya podéis ir desembuchando —las animé con un gesto desdeñoso.

—Lo que vamos a decirte es importante, muy importante —comenzó Rayna, recalcando su afirmación con un índice tieso hacia mí.

—¿—Ah? ¿De verdad? ¿Qué ha pasado? —Inquirí andando a paso moderado hacia la cama, como si encontrarme con todo el desplegable de hijas de Artemisa en mi cuarto fuera lo más normal y natural del mundo—. ¿Os han expulsado de vuestros dormitorios y habéis venido a rogarme auxilio? ¿Habéis descubierto monstruitos bajo vuestras camas y venís a pedir mi protección? —No hubo respuesta—. ¿Asqueadas por lo mucho que os aburrís? —Hacérselas pasar difícil a esas amazonas era un placer muy pedante, y me podía pasar haciéndolo toda la noche—. ¿O acaso habéis decidido a fin de cuentas que los hombres somos interesantes y queréis empezar a comprobarlo conmigo? —Tampoco esta vez hubo respuesta—. ¿Estáis…? Ah. —Una de ellas había extraído una daga de a saber dónde y ahora lo apretaba contra mi espalda.

Giré la cabeza para saber a quién le debía un gesto tan hospitalario. Me tragué un gruñido al descubrir a chichones a mi lado. Ella era la única pelirroja del grupo de amazonas, aunque su nombre enrevesado donde los haya (Dalcaster, Dupsicaster, o Dalicansester, o vayan a saber los dioses qué otro Saster) se había perdido en mi memoria. Sus astutos ojosen su rostro flaco de mejillas hundidas despedían tal frialdad que ni en el Polo Norte.

—Siéntate —me ordenó entre dientes, señalando con un cabeceo la cama.

—A eso iba, ¿sabes? —repliqué, invariable e hipócrita el tono despreocupado. No me dejaría intimidar por esas chicas ni aunque me apuntaran todas con el arco (lo que ya estaban haciendo) ni aunque me molieran a palos y me colocaran un collar de dagas al cuello (lo que por sus ojos se morían por hacer).

—Por tanto no te importará hacerlo —resolvió la chica de los bultos en la frente, retirando la daga y colocándose al lado izquierdo de una de las gemelas.

—Pues mira, no. Aunque a nadie le amarga el dulce de la amabilidad —recriminé—. Y a cualquiera le complace el respeto porque no asalten su intimidad —agregué en una acusación.

—No parece que tengas muchos remilgos a tu privacidad si es la hija de Zeus la que la invade —señaló Narcisa Andrómeda; su tono era pausado, sus palabras carentes de frialdad o desdén, su mirada, penetrante, sabiduría de quien ha vivido mucho en un tiempo corto.

—¿Celosas, chicas? —esbocé mi sonrisa más irritante.

Thalía había roto con las cazadoras, por decirlo de algún modo. Lo hizo con todo el tacto del mundo, pero debía de haber sido un palo para ellas, si no, ¿cómo se explicaba que estuvieran ahí, en mi dormitorio? Quizá el hecho de que su propia jefa de cazase hubiera desligado del grupo no les ayudaba a su autoestima, bastante crecida de por sí.

—No estamos celosas, claro que no —desmintió Selise o Silena 2.0. Es sólo que nos sentimos…

—¿Abandonadas? ¿Relegadas? ¿Descartadas como prioridad? —sugerí—. ¿Decepcionadas y terriblemente traicionadas ante el hecho de que vuestra jefa de casa haya elegido finalmente la vida junto a un chico? ¿O, como se suele llamar aquí y en China y en cualquier parte del mundo, celosas?

—Jamás envidiaremos el camino que ha tomado —Galina sacudió la cabeza, despectiva.

—Entonces, ¿por qué…? —Dejé que mis palabras se fueran apagando en el instante en que tuve otra revelación. Me sorprendió no haber pensado en ello antes—. Ah. ¿Venís a darme la charla? —no me lo podía creer—. ¿Vosotras... a mí? ¿En serio?

Todas a una clavaron en mí sus miradas implacables; ojos de distintos tamaños, distintas tonalidades, pero idéntica determinación de hierro, y supe que había dado en el blanco. Una de las gemelas -¿Alayne? ¿Elayne?- se apartó de mi lado, claramente molesta.

—Ahora todo es color de rosa para ti. Besos, risitas, felicidad máxima. Una luna de miel, por decirlo de algún modo.

Sonreí, aunque con una afilada dureza.

—No voy a disculparme ante vosotras por ello, por sentirme así —dije mientras cambiaba de posición—. Sí, ahora estamos en nuestro dulce periodo. ¿Y qué?

—Que ese periodo tiene fecha de caducidad —resumió Selise—. Y entonces, cuando la luna de miel acabe… ¿qué harás? ¿Cómo la tratarás? ¿Cuántas veces pedirás al sol que le alumbre la cara y cuántas veces te aliarás con la lluvia para verla derramar lágrimas?

—Así que, resumiendo: me venís a dar la charla de hermana mayor. —Compuse un mohín de fingida alarma—. ¿Vosotras?

—¿Por qué no? —el pelo oscuro le cayó como un cascote por la cara a Narcisa Andrómeda cuando ladeó la cabeza.

—Porque es inútil —admití—. Irrisorio. Curioso, redundante y hasta algo patético, viniendo de vosotras —terminé.

No hubo advertencia. En un momento Chichones se pasaba los dedos por el rojizo cabello y al siguiente estaba a horcajadas sobre mí, las rodillas aplastándome el estómago, las manos ciñendo mi garganta. Hice una mueca de dolor; si algún día la policía andaba escaso de grilletes, ya sabía a qué brazo de hierro recomendarles.

—¿Crees que esto es gracioso? —siseó—. ¿algo de lo que sacar chanza y por lo que burlarte a nuestra costa, alardeando de haberte llevado a Thalía, como si, para empezar, ella fuera un trofeo, un objeto, algo por lo que hemos estado luchando por conseguir a brazo partido?

Sentí la tentación de llamar a Backbiter a mí. Pero pensando que a Thalía no le haría gracia que hiciera filete humano con una de sus hermanas o ex hermanas, me contuve. Aun así, llevé una mano al brazo de Chichones que me apretaba el cuello. Yo también apreté... y al instante la chica se apartó de un salto y un gritito de dolor en los finos labios.

—Es cierto. Más graciosa es vuestra reacción —manifesté con una calma fría, muy gélida—. Más gracioso es el hecho de colarse en el cuarto de alguien y pretender amenazarle sin esperar cierta resistencia por su parte. —Me incorporé hasta volver a estar sentado, la espalda tiesa, los ojos demandantes—. Lo preguntaré por última vez y más vale que en esta ocasión obtenga la respuesta verdadera: ¿qué queréis?

—Sólo hemos venido a hablar. Pero no nos estás tomando con la seriedad debida —me reprochó Narcisa en voz baja pero segura.

Percibí sobre mí el aguijón de las pupilas dilatadas por la indignación de todas esas amazonas.

—¿Y qué seriedad queréis que adopte si os andáis por las ramas de las amenazas y los empujones y los ahorcamientos —me froté el cuello aplastado—, sin acabar de decir de una vez qué buscáis viniendo aquí?

—Thalía. —Explicó sucinta Rayna—. ¿Qué otra cosa más puede ser? Es el único tema que tenemos en común contigo.

—Tú, Luke, y nosotras, cazadoras, tenemos mejores cosas que hacer que discutir y rivalizar —intervino Selise o Silena 2.0, hablando por primera vez desde que entrara en el cuarto—. Como, por ejemplo, preocuparnos por Thalía.

—Antes dijisteis que estaba sana y salva —acusé clavando los ojos en Narcisa Andrómeda.

—Y no es mentira —me tranquilizó Selise—. Más que de Thalía, se trata de ella, tú y nosotras.

—Uff, puesto así suena a una receta muy explosiva —comenté.

—Queremos que nos digas lo que sientes realmente por ella —exigió más que pidió Alayne.

—Que nos digas cuáles son tus intenciones, tus planes, si en tu futuro aparece ella —continuó interrogando Elayne.

—Ella es mi presente. Ella es mi pasado. Y ella es mi futuro. —Empezaba a sentir cierto... respeto por ellas. Que se decidieran a hacerme una visita sólo porque querían asegurarse de que su amiga estaba en buenas manos, era., bueno.. Algo no tan digno de regañar—. ¿Qué siento por ella? Más de lo que podías llegar a imaginar, más de lo que unas simples palabras pueden expresar.

—Y nosotras lo que queremos es protegerla —aseguró Rayna—. Somos hijas de Artemisa, después de todo: cazar y no dejar que nos cacen es nuestro lema.

El intento de una sonrisa comprensiva se asomó a mis labios.

—Por vuestra actitud, yo diría que sois mucho más que eso.

—¿Qué quieres decir?

—Bueno —articulé tendiendo un puente hacia la cordialidad—. No creo que nadie que sólo le importe la caza y un juramento y una diosa pueda preocuparse por quien ya no está dentro de su círculo de hermanas. Parece que tenéis corazón después de todo —bromeé.

—Pues claro que tenemos corazón. Todo el mundo tiene corazón —se indignó Galina.

Dirigí una exasperada sacudida de cabeza al techo.

—Lo que Luke quiere decir es que ser hijas de Artemisa no nos define por completo como personas —explicó Narcisa Andrómeda con su voz dulce y baja libre de inflexión—. Igual que a él no lo define ser hijo de Hermes. Igual que ahora a Thalía no le define ser su… lo que sea que sean ellos dos.

—Eso, eso mismo —afirmé—. Agarraos, chicas, que en algo nos parecemos. O sea, yo soy más interesante, listo, gracioso, carismático, guapo, maravilloso, original, extraodinario…

—Tendrás que parar. Me temo que no hay suficiente espacio en esta habitación para ti y para tu ego —previno Selise. Y todas a una compusieron el mismo gesto exasperado.

—De acuerdo, de acuerdo —suspiré—. Lo que quiero decir con todo eso es que ni siquiera eso me define, como tampoco vuestros físicos y cualidades os definen por completo a vosotras. Sólo son matices de vuestras personas. Matices que van cambiando en función de qué momento se viva. Lo que ahora nos define es lo que tenemos en común. Y al fin y al cabo, en una cosa sí estamos completamente de acuerdo: todos queremos lo mejor para ella.

—¿A tu lista de egocentrismo añades que le haces bien a Thalía? —entendió Chichones.

—Sí —afirmé, rotundo—. Juzgad por vosotras mismas. Tenéis ojos para ver lo contenta que está estos días, y la conocéis lo suficientemente bien para saber si finge o no. —Vacilé un instante, después añadí para dejarlo todo bien clarito y machacado—. Y vosotras le hacéis bien. De un modo diferente a como yo le hago sentir, pero no cabe duda de que os quiere en su vida. Yo no la voy a alejar de vosotras. No podría, eso le haría daño; y loúltimo que quiero es lastimarla.

—Nos sentimos algo perdida sin ella, como un barco a la deriva sin nadie en el timón —admitió Selise en una extraña muestra de vulnerabilidad—. La echaremos de menos. Ya la echamos de menos.

—Comprendo. —y realmente lo hacía. Había pasado meses no, años, echando de menos la ausencia de Thalía—. No vayáis a pensar que nuestra… —vale, pronto iba a ser hora de definir nuestra relación. Victoria tenía razón, porras—, que ahora que estamos juntos eso la va a distanciar de vosotras —terminé.

Narcisa Andrómeda me miró con resignada tristeza.

—Oh, ya está distanciada de nosotras —alzó una mano para impedir que hablara—, desde el momento que no renovó sus juramentos, ya lo estaba; de hecho, mucho antes. Pero no es tu culpa. Por más que queramos echarte la culpa, lo cierto es que no lo tienes. El distanciamiento es normal, teniendo en cuenta que nuestros destinos ya no discurren por el mismo sendero, que nuestros caminos ya no están tan ligados a Artemisa como antes. Pero eso no significa que vayamos a romper el contacto y, cuanto menos, la amistad.

Y entonces comprendí las dos razones por las cuales discutíamos tanto. Una era que ellas y yo teníamos opiniones muy chocantes sobre qué sexo era mejor, pero la otra, la más importante, era que ellas envidiaban la relación que yo tenía con Thalía, una relación que trascendía del romance vulgar y cotidiano, del mismo modo en que yo envidiaba su relación con ella, un vínculo de hermandad que iba más allá de cualquier juramento.

—Veo la razón que os motiva a hacer lo que hacéis, el argumento a favor de vuestras acciones —concedí—. Pero hay un pequeño fallo en vuestros herméticos juicios apresurados, chicas —sonreí con descaro—. No soy ningún remplazo, y vosotras tampoco. —Suspiré. Todo sería más fácil si no me hubiera propuesto tener cierta cordialidad con aquellas locas amazonas—. Del mismo modo en que ser hija de Artemisa no bastó para que me olvidara y dejara de tenerme presente… estar conmigo no eclipsará el aprecio que siente por vosotras. Son dos afectos diferentes, unidos pero no revueltos, juntos pero no compenetrados. Dos afectos que no juegan en la misma liga, por decirlo de algún modo. Yo no sé qué ve en vosotras... pero en fin, está claro que vosotras tampoco entendéis que ha visto en mí. Pero lo que también está bien clarito es que estoy satisfecho por cómo y cuánto me quiere, no necesito robarle el afecto de nadie, menos el vuestro, vaya a saber ella por qué desperdicia amor con un grupo de amazonas que desdeñan el amor.

—Sólo el romántico —puntualizó Rayna—. Únicamente el cursilero.

—Estoy contento de entrar en ese lote por Thalía —afirmé, alegre.

—Siendo así —habló Selise—, en nombre de todas, te doy mi bendición.

—Oh, gracias —dije con una leve sonrisa despectiva curvándome los labios—. Ahora que tanto tú como el resto de tus hermanas me habéis dado vuestra aprobación, por fin podré continuar con mi vida y con mi relación con Thalía. Vuestra falta de entusiasmo y punto y minipunto positivo hacia lo nuestro era lo único que me lo estaba impidiendo —ironicé.

—Pues aunque no te lo creas, sí. Nuestra ausencia de entusiasmo en ese tema fue un pero muy importante a tener en cuenta cuando aún quería ser hija de Artemisa —aseguró Selise.

—¿Me lo dices o me lo cuentas? —bufé más para mí que para ellas.

—¿Cómo?

—No hace falta que me lo digas dos veces —mascullé.

—Eso no. Pero sí te diremos dos, tres veces y las quehagan falta, que como la lastimes en modo alguno te la verás con nosotras —amenazó Chichones.

No necesitaba sacar del carcaj ninguna de sus flechas. Con la amenaza de peligro que refulgía en sus ojos se bastaba y sobraba por sí misma para enviarme el mismo mensaje. Y si aún tenía dudas, bastaba con alzar la mirada y ver el círculo de cazadoras que rodeaban mi cama, todas arco en mano, todas témpanos de hielo por ojos, para disipar toda duda.

—¡Cazadoras! —exclamé más audible—. Veloces cazando, retrasadas casando.

—Oye, tú, no te pases. Hemos firmado la paz; mantén la tregua.

Resoplé irritado.

—Entonces no digáis tonterías. Si de verdad creéis que quiero hacerla daño, que voy conscientemente a lastimarla de algún modo, es que sois más tontas de lo que había pensado, que ya es decir.

—Y si algún día la vemos afligida por tu culpa, perderás de la tunda que te daremos todo ese ego que tanto te infla. Lo que te haremos será tan grande como tu ego bien gordo, que ya es decir.

—Me doy por enterado, señoritas —dije, luchando contra el impulso de poner los ojos en blanco—. ¿Os dais vosotras por enteradas y tranquilizadas ya?

—Podrías… —tanteó Selise—. Podrías decirle que pase un tiempo con nosotras? —Soltó de carrerilla, las mejillas rojas como tomates pero en los ojos un brillo de esperanza—. Sólo la vemos por la noche, cuando viene a dormir. Entre las tareas del camping y tú, casi ni la vemos.

Tuve que parpadear varias veces ante aquella petición. Una parte de mí, la más egoísta (y la más grande) quería decir que no, que ningún tiempo era suficiente para saciarme de Thalía, que si ella quería estar en su tiempo libre conmigo, no iba a ser yo el que se negara a ello, que ellas ya me habían robado demasiados meses su presencia, ahora era el momento de que yo disfrutara del privilegio de tenerla.

No obstante, al ver la misma mirada alicaída en aquel semicírculo de par de ojos, todos reflejando el mismo anhelo, recordé que había sido Selise, aun sin saber contra quién la empujaba, quien recomendó a Thalía durante sus baños el seguir su corazón yno la cabeza.

Había sido Selise quien me había cubierto las espaldas durante la primera incursión contra los monstruos cuando éstos asediaron el campamento, y todo por una petición de Thalía, contraviniendo seguramente sus ganas amazonas de darme una patada en el trasero que me lanzara directamente a las fauces de una de las bestias del Tártaro. Recordé que muchas de las cazadoras habían participado en mi rescate y en el de May, y eso que no estaban ni mucho menos obligadas a ello.

—No creo que haga falta decírselo. Ya lo hará ella misma, y muy pronto, ya veréis.

—Tú dices que somos importantes para ella, pero en estas semanas no es que nos lo haya demostrado realmente —comentó Chichones. Apesar de su tono llano, le noté cierto bajón afligido en la voz.

—Ella os quiere… —las dos últimas palabras patinaron algo en mi garganta, pero las repetí con convicción, seguro de lo que decía—. Os quiere. Hay y siempre habrá un lugar reservado en exclusiva para Artemisa y sus hijas, para todas vosotras, en su corazón. Lo sé. Lo sabéis. Nunca lo dudéis.

Selise ladeó la rubia cabeza y sonrió, entre burlona y complacida.

—No acabas de decir lo que acabo de oír.

—Me da la sensación de que está a punto de abrazarnos y de darnos un regalo, una pulsera de amigos para siempre —cuchicheó Alayne a su gemela, aunque lo suficientemente alto para que lo escuchara—. Deberíamos preocuparnos?

—Pues tal vez sí —se sumó Elayne, intentando parecer alarmada ante mi deferencia hacia ellas, aunque noté lo mucho que le había complacido oírme decir lo mucho que las quería Thalía—. No vaya a ser que el siguiente paso sea pedir que le dejemos colocarnos flores en el pelo, o que le dejemos pintarnos las uñas.

Una risa ronca por mi parte fue la respuesta.

—No le deis ideas —clamó Rayna—. Lo peor sería que empezara a ponernos motes muy cucos.

—Oh. Pero yo ya tengo motes para vosotras, señoritas. Desde hace tiempo, de hecho.

—¿Sí?

—Ajá. Aunque mucho me temo que a vuestros oídos les dejará de caer bien mi boca si os los dijese.

—Ah —dijo con alegría Silena 2.0—. ¿Son unos sobrenombres muy picantes? —asentí con entusiasmo. Ella sonrió aún más—. Ah. Eso ya se acerca más al Luke que conocemos.

—Hay unos cuantos Lukes que no conocéis —apostillé.

—Es una tarea que gustosa se la cedemos a Thalía y a Victoria —resopló Silena—. Muy bien. Envainada el hacha de guerra, e hinchados nuestros corazones por tantos halagos, nos retiramos a nuestro santuario selectivo y sexista, según ignorantes como tú.

—¿Tan pronto? —Me levanté rápido a pesar de mis palabras—. Qué pena.

—Debemos descansar —explicó Galina—. Quizá a ti no te haga falta dormir para mantenerte… ¿cómo dijiste antes? ah, sí: «interesante, listo, gracioso, carismático, guapo, maravilloso, original, extraodinario…» —la curva que compusieron sus labios evidenció que no coincidía para nada con la humilde (y nada agrandada) opinión que yo tenía de mí mismo—. Pero otros no somos tan afortunados, ¿sabes?

—Eso os pasa por llegar tarde cuando los dioses repartían cualidades y habilidades y no sólo defectos —bromeé.

—Oh, por supuesto, por supuesto, Luke —Selise meneó su melena platina—. En fin. Nos vamos.

—¿Así que os vais? ¿Justo ahora que ya he drenado el veneno de vuestras almas heridas en su orgullo, verdad? —Comenté en son de burla mientras las acompañaba a la salida—. ¡Qué conveniente! ¡Sois unas interesadas!

—Oh, agradécelo. Nos retiramos a nuestra cueva para una última cauterización privada, no vaya a ser que decidamos atacar tus heridas —se mofó Selise—. Antes, permite que te hagamos un regalo.

—¿Un regalo? —me asombré—. ¿A mí?

—¡No temas y alégrate, Luke! —Canturreó Galina, alias Caramanchada—. Vas a ser el primer chico al que le damos un obsequio.

Alayne (¿o era Elayne?) se acercó y me entregó un bulto tan bien envuelto en papel azul y retorcido que se me hacía imposible adivinar con sólo observarlo y antes de abrir de qué se trataba.

—Emmm, pues gracias —dije quitándoselo de las manos, excitado muy a mi pesar.

—Venga, ábrelo —me apremió Caramanchada.

Y eso hice. Enseguida.

—Gracias —dije mirando el objeto que había quedado al descubierto en mis manos tras retirar el envoltorio.

Era de la forma de un cinturón enrollado. Tenía el tamaño de un cinturón enrollado. Pesaba como un cinturón enrollado. De hecho, eso era: un cinturón enrollado de cuero con hebillas de plata. Lo observé de cerca. Negro como la noche, tenía lunas y flechas plateadas no como estampados sino como bordados de metal.

—Si no quieres llevarlo puesto, déjalo en un sitio bien visible—me instó Elayne—. También vale como decoración.

—Un cinturón. ¿Me habéis comprado un cinturón?

—Claro que no —contestó Alayne—. Te hemos diseñado un cinturón. Lo hemos hecho nosotras. Con toda la dedicación e intención del mundo —arrulló.

—Gracias —farfullé, sin saber qué más decir.

—¡Oh, de nada, de nada! —Exclamó Selise, atravesando laúltima el umbral y deteniéndose de pie en el marco—. ¡Tú sólo disfrútalo! Y tennos presente cada vez que lo veas, ¿de acuerdo?

Les hice un gesto aquiescente con la barbilla hacia la salida, volviendo a repasar aquel regalo en el mismo estado que minutos atrás cuando hice lo mismo con mis uñas: con desinterés. Selise entendió que la estaba echando y desapareció de mi vista con una última sonrisita al traspasar la puerta. Cada uno de sus pasos al alejarse retumbó en la habitación, sumida en el silencio.

Pero el silencio no tardó en interrumpirse cuando oí un toquecito en la ventana. Salté enseguida para cerrar la puerta. Arrojé el cinturón de cuero y hebillas y bordados de metal de plata sobre la cama y corrí hacia el otro extremo del dormitorio. El sol descendía lentamente hacia el horizonte de la tarde, derramando su luz rojiza de ocaso sobre el pollete de la ventana cuandola abrí. Inclinado sobre el alféizar, tendí la mano hacia Thalía y la ayudé a colarse en el interior del cuarto. Nada más tocar pie, cerré la ventana, bajé las persianas, corrí las cortinas y me giré en redondo. Sus brazos me estaban esperando y nos fundimos en un cálido abrazo.

Thalía me dedicó una sonrisa y sus ojos color azul eléctrico brillaron al sol de la tarde qe en el exterior declinaba. Cuando nos separamos levemente, ella vio el cinturón tendido sobre la cama.

—¡Qué cosa más fea! —exclamó, riéndose—. ¿De dónde lo has sacado?

—Es un regalo.

—No debe de quererte mucho quien te lo haya dado —se mofó Thalía, recorriendo con el dedo las flechas y lunas de metal plateado incrustados en su longitud.

—De hecho es aún peor.

—¿Ah, sí? —Se quedó callada, se lo llevó a los ojos y se asombró—: ¿flechas? ¿Lleva flechas en el cinturón?

—Lleva más que flechas —me quejé—. ¡Lleva amenazas!

Thalía apartó un momento su escrutinio del cinturón y me miró, sorprendida.

—¿De qué estás hablando?

—¿No lo sabes? ese regalo viene de las cazadoras de Artemisa. De tus ex hermanas.

Hubo auténtica sorpresa en sus ojos.

—¿En serio?

—Al parecer, cuando se enteraron de que su magistral y ejemplar y flamante e irremplazable jefa de su casa había renunciado a su juramento por mí, un tipejo con mucha suerte y pocas virtudes que lo justifiquen, se decidieron a crear un arma que te defendiera de mí.

Thalía puso los ojos en blanco. Pero no había acaloramiento ni exasperación en su gesto. Nada de ira ni gelidez, sólo espíritu. Y Thalía tenía tanto espíritu que me maravillaba que algo tan grande cupiera en una chica tan delgada.

—Anda ya. Hay que ver lo peliculero que eres. Si quisieran que yo tuviera esta horterada me lo hubieran entregado, directamente.

—Es aún peor —insistí—. Me han regalado un cinturón. No sé si con intención de que lo uses para castigarme si alguna vez me porto mal, porque está claro que yo eso no lo puedo vestir. —Medité un segundo—. Otra posibilidad es que me estén enviando un mensaje.

Thalía rió con sonoridad.

—¿Un mensaje? ¿Con un cinturón?

—No con un cinturón. Con el cinturón —maticé—. Para advertirme de lo que me ocurriría si te rompo el corazón o te hago sufrir en modo alguno. ¡No te rías! fíjate bien en esa cosa; es gorda como una soga. —Otra idea me vino a la mente—. A lo mejor… a lo mejor están diciendo que usarán el cinturón para azotarme y después colgarme de él si creen que te hago sufrir. ¡Sí! ¡Es eso, definitivamente!

Thalía dejó el cinturón sobre la mesa, sin dejar de reír, y se acercó con mirada sugestiva.

—Supongo que podría haber un mensaje oculto —me concedió—. Puedo pensar en algunas cosas realmente interesantes que podríamos hacer con ese cinturón —sugirió. Y extendió la mano y empezó a acariciarme como si de una obra de gran valor se tratara.

—Considerando tu creativo historial, no dudo que no puedas pensar en cosas realmente interesantes para hacer con cualquier cosa que se te ponga delante. —Contuve el aliento cuando sus dedos, que me recorrían con suavidad, tocaron un lugar particularmente sensible en mi pecho—. Como azotar, por ejemplo —agregué con voz ronca.

—No temas. No dejaría que nadie te azotara —aseguró, jugando con la proximidad de nuestros labios.

—¿Gracias? —adelanté el rostro, pero ella esquivó el beso, sonriente.

—Sólo yo —concluyó—, así que más vale que te portes bien.

—Si el premio es un azote por ti puede que valga la pena —dije, y la atrapé cuando ya trataba de huir. La envolví en un abrazo y la apreté a mi cuerpo—. Y luego te tocará a ti ser azotada, claro. Igualdad en todos los sentidos, cariño.

—MM, no me tientes —susurró contra mis labios.

Sonreí y admiré por enésima vez el rostro de Thalía con devoción, memoricé cada parcela de piel que componía aquel semblante hermoso.

—Y hablando de tentaciones, ¿qué te parece si DLR ahora?

Me había gustado cómo sonaba aquella abreviatura y estaba dispuesto a usar el acrónimo cuanto antes y a la mínima oportunidad.

—Estamos saliendo —respondió Thalía, sin darme la (secreta) oportunidad de hacer alarde de mis dotes de jerga femenina—. ¿Quieres definir la relación? —sus ojos se dulcificaron—. Estupendo. Tú sales conmigo, y yo salgo contigo, y sólo somos tú y yo y la exclusividad.

Dirigí mi mirada a la bombilla con forma de vaca del techo y suspiré. Thalía no pudo evitar sonreír por mi reacción teatral.

—Me sentiría mortalmenteofendido si fuera lo contrario —respondí.

—Te propongo un trato. ¿Por qué no dejamos a un lado el tema de las cazadoras y su regalo tan peculiar y nos ocupamos de otros asuntos? —pidió y me besó con suavidad.

Más que encantado con la propuesta, la acerqué más a mí y profundicé el beso.

—Ese estúpido pero amenazante regalo no me importa lo más mínimo. —Le rodeé la cara con las manos—. No me importa algo que no seas tú.

Thalía sabía dar unos besos de infarto, y empezaba a ser un hecho que me gustaban sus labios más de lo que a mis pulmones les gustaba inhalar.

—Eres maravilloso, y besas increíble —declaró cuando hicimos un alto para respirar—. Y guapo. Eres tan guapo que cuando intento no pensar en lo guapo que eres me descubro volviendo a admirar tu atractivo. —Con ternura me acarició los pómulos con el batir de sus largas pestañas.

—No, para nada. Aquí tú eres la maravillosa —le aseguré de todo corazón—. Maravillosa y hermosa. Esa belleza que ves en mí no es más que una copia barata de la felicidad que me das cuando estás cerca.

Después de decir aquello, se produjo un silencio. En él entrelazamos miradas. Me preocupé. Temía que hubiera ido lejos con aquella declaración.

—Eso ha sido precioso —susurró después, encandilada. Y me dio tal beso vehemente que me arrancó un gemido.

Me dejé arrastrar hasta la cama, estrechando a Thalía con más ardor aun si cabe.

Nos dejamos llevar por un fuerte deseo que se había desatado en nuestro interior. Un deseo que subió a la categoría de «pasión» cuando en el encuentro de nuestras bocas se sumaron a participar nuestras lenguas. La mía la agasajaba con sutileza, la suya hacía estallar emociones intensas en todo mi cuerpo. La ternura asomaba a nuestros ojos, la urgencia de una pasión poco a poco despertada amenazaba con tomar el control de las caricias, labio a labio, que nos dábamos.

Mis manos iban a su pelo, el cuello, la mandíbula. Trazaron círculos en sus hombros, descendiendo en el camino por su espalda. Ella gimió contra mi boca y se apretó aún más contra mí, lo que entonces me hizo gemir, porque era muy, muy consciente de que había entrado en ebullición la zona de mi cuerpo que notaba cómo sus pechos se aplastaban contra el mío. Gemí, y Thalía sonrió. Quería sentirla más, aún más, por lo que me apretujé, presionando tan cerca, tan firme y tan íntimamente como me era posible.

—Te quiero —la dije—. Mucho. Muchísimo.

—Me siento totalmente expuesta —me confesó, entre aliento y aliento—. Tienes la facultad de ver dentro de mí, vivir en mi corazón, habitar en mi espíritu y hacerte con todo mi ser. Contigo todos mis secretos quedan al desnudo.

Llena de dicha, ella reinició el beso, al tiempo que se restregaba contra mí, haciéndome muy consciente de cada una de sus curvas. La pasión era cada vez más intensa; ninguno de los dos podía refrenar la química desatada entre nuestros cuerpos cuando entraban en contacto, era como una tormenta poderosa que se acercaba más y más a cada beso, a cada caricia.

Entonces Thalía retrocedió, con la respiración alterada, y me miró con ojos bañados en deseo. Y yo la miré a ella, a su vez, con ojos que lo decían todo.

—Creo… creo que será mejor que paremos —dijo con voz áspera.

Yo asentí, incapaz de articular aún palabra, sabiendo que de continuar iba a perder todo autocontrol. Esperé a que Thalía se apartara y se alejara, pero me sorprendió (gratamente) cuando simplemente se sentó sobre la cama, las piernas dobladas a lo indio, los botones de la blusa desabrochados, el pelo alborotado, pero una sonrisa dulce en la cara.

—Pero no te vas todavía, verdad? —pedí más que pregunté.

—No. Claro que no. Puedes abrazarme, eso sí —me concedió, y no me hice de rogar.

Nos entrelazamos en un abrazo tan firme que ni todos los elementos naturales del Olimpo al completo lograría romper.

Pasamos juntos el resto de la tarde uno en brazos del otro, sin ni siquiera pensar en ir al comedor para la cena, pero sin hacer nada más, ni siquiera besarnos. Hablamos de necesidades, de añoranzas, de deseos, de miedos. La situación se puso peliaguda cuando el sueño empezó a rondarnos.

—¿Puedo... puedo acostarme contigo?

Mis labios se curvaron con picardía.

—Cariño, nunca me oirás decir no a eso.

Ella me lanzó una almohada a la cara, sonrojada hasta las raíces.

—Dormir, tonto. Me refería a dormir. Tumbarnos y nada más.

—Dormir está demasiado sobrevalorado —me quejé.

—Tal vez para ti, pero no para aquéllos de nosotros que aún queremos mantener cierta cordura en el cerebro.

—¿Me estás llamando desequilibrado, señorita?

—Oh. ¿En qué lo has notado? ¿En mi recelo a pasar la noche con un loco?

—Pero hasta los desequilibrados dormimos. Sin descanso, las locuras no nos salen bordadas, ya sabes.

—¿Puedo dormir entonces contigo?

—Cariño, jamás me oirás decir que no a eso. —Repetí, aunque esta vez mucho más serio—. Ven aquí. Me encantará dormir contigo.

—¿Dormir y nada más? —quiso asegurarse.

—Lo prometo. Seré tan bueno y casto que dejaré en pañales y a la altura del betún a los santos.

Y de verdad, de verdad lo hice (al menos esa noche), aunque por dentro… oh, por dentro me moría de ganas de ir a más.