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Historia 126109 — capítulo 50
Disclaimer: Ellos firman Gallego y Riordan, yo HardLove. Ellos firman en talonarios, yo en fanfics. Diferencias hay, ¿eh? no me diréis que no.
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CAPÍTULO 49. Y TODO VUELVE A EMPEZAR.
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Necesité de días y semanas para digerir y enfrentar como era debida la pérdida de mi madre, alterado por la rabia de mi propia impotencia por no cambiar el hecho de que hubiera muerto, adormiladas en el pecho el resto de emociones que no tuvieran que ver con la rabia o la tristeza.
Pero tras el sueño, ese extraño encuentro onírico con mi madre con regusto a despedida, a adiós, algo había estallado en mi interior. Era como si la caída al pozo al que había resbalado con el anuncio de su muerte hubiera terminado por fin, fue como tocar fondo con un choque que golpeó hasta la última mácula de mi ser.
Había despertado sobresaltado en plena noche tras ese sueño de despedida, aovillado bajo las sábanas, mordiendo con saña la almohada, vencido por un silencioso acceso de llanto. Un llanto que había tardado en remitir. Recordé haberme desplomado en la cama la noche anterior, vencido por un agotamiento más moral que físico. Ni siquiera había guardado a Backbiter de vuelta en su vaina habitual, y por la desagradable sensación que notaba en una cadera supe que aún la llevaba encima y me había quedado dormido sobre ella.
El llanto contenido en el sueño me había perseguido hasta la vigilia, hostigándome. No emitía ningún sonido, pero las lágrimas caían libremente por mis mejillas y empapaban mi pijama. Mi llanto era calco de un sufrimiento silencioso, tan diferentes del llanto convulsivo y turbio de los primeros días como el océano lo es de un pequeño estanque.
Pero, curioso, aquel fue un llanto sanador. Porque para cuando el alba despuntó en el cielo, me sentía en cierto modo… limpio. Liberado de la rabia, de la soledad, del dolor ciego que no hacía sino lastimar.
Fue Jack aquella vez quien dio palabras a lo que me pasaba cuando le confesé entre estocada y estocada de espadas mi sueño de aquella noche y mi posterior desahogo en la almohada:
—Estás mejorando, eso es todo. La gente piensa que hay un tiempo para llorar a un ser querido, y no es así. —Su mirada fija en un punto indeterminado del aire hablaba de experiencia, señalaba a alguien que había pasado por una pérdida igual o aún más profunda que la mía, alguien que se había visto obligado sin ton ni son a enterrar en la memoria a sus vivos—. Creen que… que la ausencia, la parálisis, la anestesia por la vida Y ese frío terrible que te entumece porque se te ha roto el mundo tiene fecha de caducidad. Pero se equivocan. No hay un tiempo establecido, ni un mes ni un año. Uno mejora sin darse cuenta, así de sencillo.
Jackvolvió al presente y me palmeó la espalda. Rachel, sentada de piernas cruzadas sobre una de las colchonetas junto a Victoria, libro al regazo, asentía a todo lo que el chico decía con un insufrible «te lo dije» en el rostro. Por supuesto, ella ya me había dicho algo parecido con anterioridad, aunque con frases más directas y sin tantos miramientos.
-Lo olvidarás con el tiempo -continuó diciéndome el chico con voz más repuesta, ofreciéndome un cuchillo arrojadizo para lanzar a la diana de la pared-. Un día te darás cuenta de que la pérdida duele menos. Un día despertarás y descubrirás que ya no te duele. Otro día de pronto ya no te hará daño el recordar, más bien al contrario. Lo buscarás, buscarás revivir esos momentos, lo anhelarás y disfrutarás. Pero hasta entonces el proceso es muy doloroso. La aceptación, muy lenta. Pero pasa. Todo pasa —Jack me miró—. Te acostumbras a la remodelación del mundo. No te queda otro remedio si quieres seguir adelante.
—Y voy a seguir adelante —afirmé—. No por haberlo prometido, sino porque, ahora sí, lo quiero.
—Estupendo. —Una mano de Rachel se cerró en puño, la otra en el libro que Victoria y ella estaban ojeando—. Arriba, entonces.
Y aquello hice. Fue como volver a empezar. A partir de ese momento fui recuperándome. Experimenté en carne propia cuánta razón había en el dicho aquel de «es necesario tocar fondo para poder tomar impulso y emerger a la superficie». Poco a poco, día a día. Fui reintegrándome a la dinámica del campamento, compartiendo las tareas y obligaciones junto a los demás, buscando la compañía de mis amigos en vez de rehuirla.
Más aún. En esos díasagradecí tener amigos. Ellos eran una versión peculiar de parachoques, pues con el mero hecho de su presencia hacían que el golpe por la muerte de May doliera menos. Incluso cuando una vez Clarisse me abordó para cuestionarme cuándo tendría a bien honrarles con mi presencia en los entrenamientos a los campistas más jóvenes, lo que era su forma de decirme «mueve el culo y vuelve con nosotros cuanto antes», me animé a responderla con un «ya sabes que las cosas buenas se hacen esperar», lo que era mi modo de decir «dame tiempo».
Durante los siguientes días me pasé noche tras noche retenido en los brazos del insomnio, deseando dormir pero sin que el sueño acudiera a mis párpados. Aun así, la fase te echo de menos a rabiar continuó a lo largo de las siguientes semanas. Me pasé los días con el mismo estado de añoranza. Tener la mente ocupada en ordenar el cuarto o en ejercicio físico ya no ayudaba, básicamente porque mi cabeza se las había apañado para atender a varias cosas a la vez cuando estaba haciendo actividades.
Su regodeo favorito era pensar en May. Mi mente no dejaba de retrotraerse ami infancia, cuando era un mocoso pegado a las faldas de su madre y creía que el mundo sólo lo formaban las cuatro paredes de casa y el calor que guardaba aquella mujer entre su pecho y sus brazos.
Con el paso de los días, construí para ella un mausoleo en mi memoria, atendido con esmero por mi pena, mi impotencia, mis dulces recuerdos de esos años de niñez, mi culpabilidad por esos años de rebelde adolescencia, y mi nunca dormida añoranza.
Despacio, en silencio aunque sin pausa, el dolor, la pena y la soledad que había sentido al morir mi madre fue quedando anestesiado por otras emociones y vivencias; la curiosidad ante las cosas más simples, la alegría que sentía porque mis amigas seguían en pie, vivas, sanas y a salvo,el afecto asomado en los ojos de Hermes cuando me visitaba, la profunda dicha que experimentaba al saberme querido, realmente querido por mi propio padre, y por el amor deslumbrante y total que sentía por Annabeth y Thalía. Mi familia superviviente.
Quizás en eso consistiera vivir. Vivir de verdad, con energía en el cuerpo y carpe diem en los sentimientos.
..*.
Estaba en la mitad de una conversación con Christian, tumbados los dos de espaldas sobre una de las numerosas colchonetas de la sala de entrenamiento, cuando Thalía apareció en la entrada, traspasó el umbral y se sentó muy erguida en un triángulo acolchado situado a la derecha de nuestra colchoneta.
-Hola.
-Eih, Thalía -Christian la respondió de forma automática, sin levantar la vista de su móvil-. ¿Qué te trae por aquí? -Sus dedos largos se deslizaban rápidos y precisos por la pantalla de su Iphone. Al parecer los semidioses de Idhun podían usar la telefonía móvil sin miedo a que eso hiciera saltar el radar de localización de los monstruitos del Tártaro.
-Nada importante -aseguró ella, acomodándose más en el triángulo-. ¿Cómo os va? -preguntó.
-Estoy bien -respondí mientras Christian se limitaba a soltar un ruidito gutural de conformidad, espiando de reojo lo que tenía tan atento al shek.
-Eso es genial -dijo Thalía, con un tono demasiado entusiasta como para que fuera normal. Daba igual. De todos modos no la estábamos haciendo mucho caso. Christian tecleando, yo… no podía dejar de sorprenderme el hecho de pillar al chico hielo en una actividad tan… mortal. Verle con un móvil en mano era como ver a una serpiente chatear, usando la cola a modo de dedos.
¿Increíble imagen, verdad?
Por el rabillo del ojo, vi a Thalía frotándose las manos en los pantalones y mirándome cada pocos segundos. Teniendo en cuenta que la estábamos ignorando, ¿por qué seguía ahí? Furtivamente, me pasé la mano por el pelo y la lengua por los dientes, tratando de averiguar si es que tenía algo raro y vergonzoso pegado en alguna parte.
Después de unos momentos de silencio incómodo, Thalía se puso de pie. Dejé escapar un profundo suspiro de alivio, asumiendo que estaba a punto de irse. Me ponía nervioso su cercanía, más nervioso incluso que los primeros días, y no era capaz de descifrar el por qué. Bueno, sí, sí lo sabía. Pero no quería pensar en ello.
Pero al parecer la chica aún tenía cosas que comunicar. Se acercó y se sentó en nuestra colchoneta, piernas cruzadas, sus rodillas tan cerca de mi brazo que me bastaría con sólo estirar la mano y…
«No», me dije, «no».
Eché otra ojeada a Christian, pero el shek estaba tan interesado en nosotros tanto como lo estaba un minuto atrás. Es decir, nada de nada.
Thalía carraspeó. Alcé la mirada hacia su rostro, observando cómo seguía frotándose la mano nerviosamente contra los pantalones. En ese momento pareció tomar una respiración profunda.
-Así que… estaba pensando en ir a hablar con Artemisa. Ahora. Ya sabes. Acerca de… el juramento.
-Oh -dije estúpidamente-. Oh. -Me senté, y aproveché el movimiento para alejarme un poco más de ella. Su cercanía me abrumaba demasiado-. Pues… suerte, supongo.
-Gracias, supongo. Aunque no se trata de suerte. Más bien de comprensión.
-Sí, claro. Eso está bien -respondí desinteresadamente.
-Creí que Rachel te lo había contado.
Asentí con la cabeza distraídamente, permitiendo que mi mirada vagase de nuevo por el teléfono de Christian. No estaba seguro de por qué Thalía sentía la necesidad de informarme a cerca de sus planes. Algo que no había hecho antes.
-Hace semanas. Y ya por ese entonces me contó que ibas a hablar con Artemisa al día siguiente. De eso han pasado… lo dicho, semanas.
-Sí, bueno. Digamos que he estado retrasando el momento. -No contesté-. Por nervios, supongo.
-Amm… ¿bien? -francamente no sabía qué esperaba oír de mí-. Eso es normal. Los nervios, quiero decir.
La miré con suspicacia. ¿Estaba tratando de que le diera mi opinión al respecto? ¿Que la tranquilizara o le diera mi consentimiento y bendición? No, no podía ser, debía de haber alguna otra razón por la que me estaba anunciando aquello, aunque yo no pudiera verla.
Además, incluso si mis suposiciones fueran ciertas y ella estuviera aguardando una señal de ánimo o desaliento por mi parte, no iba a obtenerla; había renunciado a Thalía por lo menos después de todo el desastre de Cronos y May. La muerte de mi madre era un recordatorio bien doloroso de qué mal les podía suceder a las personas que se juntaban conmigo.
-Podrías… -sudor en las manos, sudor en las manos-. ¿Podrías ayudarme?
-¿Quién, yo? -Caramba. ¿Y cómo se supone que podía ayudarla?-. Oh, claro. Puedes tomar prestado el libro, sí -concedí. Pero por el apagón que hubo en su mirada no era eso a lo que se refería.
-¿No me vas a preguntar a cerca de mi decisión? -cuestionó, a pesar de que la pregunta no tenía ningún sentido. ¿De qué le valdría a ella mi pregunta? Exacto, de nada-. ¿No quieres saber cuál ha sido mi elección?
-¿Ha sido o va a ser?
-Ha sido -contestó tras una larga inspiración-. El hecho de que aún no se lo haya comunicado a la diosa no quiere decir que no la haya tomado. ¿Y bien? ¿No quieres saber?
Tomé aire y solté:
-No.
De inmediato me di cuenta de que la respuesta podía ser fácilmente malinterpretada. Y no me equivoqué. Al instante su semblante palideció y se cerró en banda. Sus ojos se endurecieron, inescrutables; incluso con mi muy bajo nivel de inteligencia emocional de esos días me di cuenta, aun cuando no entendía el por qué. Estaba a punto de añadiruna explicación -no quiero influirte, cuéntamelo cuando quieras, no soy ahora mismoun buen partido para la curiosidad sobre los asuntos ajenos, etc- cuando Thalía se incorporó y dijo con voz neutral:
-Bueno, eso ha quedado bien claro. Se metió las manos bajo las axilas, los brazos cruzados con fuerza, dio unos cuantos pasos hacia atrás, saliéndose de la colchoneta, murmurando-: comprendo.
Mientras se alejaba, no pude evitar sentirme confundido. Eso fue… raro. ¿Había estado en lo cierto entonces al suponer que ella quería algo más de mí?¿Mi opinión? ¿Oír un «te acompaño?».
Sacudí la cabeza y decidí no volver a darle vueltas al asunto. Devolví mi atención a las armas, esta vez entrenando por mi cuenta, ya que Christian no parecía dispuesto a despegarse de su móvil. Su lengua, no obstante, sí se despegó de su paladar, aunque fue para declarar, ominoso:
-El amor es como el fuego; suelen ver antes el humo los que están fuera, que las llamas los que están dentro. -Hizo una pausa-. Lo dijo Jacinto Benavente, por si te lo preguntabas. Dos absurdos en el círculo de la Arena; cuando uno avanza, el otro retrocede. -Me miró por encima de la pantalla de su móvil-. Eso lo digo yo. Me ha bastado con presenciar esa penosa escena. Te aseguro que os vais a quemar. Huelo el humo desde aquí. El polvo de la arena os cubre.
-Oh. ¿Así que estabas pendiente después de todo? -lancé con ímpetu la lanza a una diana de seis metros de distancia.
-Los idiotas creen que sus idioteces nunca pasan desapercibidas. -Suspiró-. Para desgracia de mi cerebro siempre inquieto, no he podido no escuchar.
-Oh. ¿Ahora somos idiotas?
-¿Sois? No, no. Eres. Un completo idiota de remate.
En boca de cualquier otro, aquella afirmación habría sido un descarado desdén, pero no en la de Christian. Su forma de hablar poseía una calma descarnada, una eficiencia a la hora de exponer los hechos, que no dejaba lugar para hacer pensar que menospreciaba, sino que sólo… constataba una realidad tan real como la vida misma.
-Vuelve a tus propios asuntos, shek, y deja que yo resuelva los míos.
-Al paso que vas, tendrás una cuenta muy muy larga a resolver, Castellan -bufó.
Pero aquella tarde, cuando volví a ver a Thalía, no parecía haber considerado que mi actitud fuera una cuenta pendiente. De hecho hasta se mostró amable conmigo.
La encontré saliendo de mi dormitorio, arco en mano junto a Annabeth, que la rodeaba la cintura con un brazo como ofreciéndole apoyo, al tiempo que yo buscaba entrar para ir a cambiarme de ropa antes de ir al comedor a por la cena. Hicimos el típico movimiento de izquierda-derecha-izquierda hasta que le puse las manos en los hombros para que se estuviera quieta. El calor y la fuerza rebitalecida que desprendía su cuerpo fue directo a mis partes más íntimas. Y eso que yo las creía dormidas.
«Contente, Luke» me dije enfadado, apartando los ojos del arco plateado. ¿Que todavía lo blandiera significaba algo? Si era así no cabía duda de que sus juramentos a cierta diosa se habían renovado. Seguro.
—Oye, ¿qué demonios hacíais ahí dentro? —las abordé.
—¿Quieres la versión para todos los públicos o la de para mayores de dieciocho años? —planteó sarcástica Annabeth.
—Quiero saber qué demonios hacíais en mi dormitorio cuando yo no estaba, con qué derecho entráis y salísde ahí tan campantes.
—Sólo una llamada rápida a cierto portal —contestó Annabeth—. Tranquilo. No hemos desmantelado tu cuarto ni hemos dejado entrar a cuarenta ladrones ni nada parecido.
—Ja. Ja. Muy graciosa. Bien —suspiré—. Pues cuéntame. ¿Qué tal ha sido tu primera experiencia?
—Uy, genial —contó Annabeth con aire alegre—. Thalía leyó en voz alta el número de la portada, hubo una explosión, nos pilló desprevenidas y el volumen hizo ¡pum!
—Han aparecido los tres —contó Thalía. Parecía… vacilante. Lo que podía explicar el por qué necesitaba del brazo de su amiga para andar y equilibrarse. Intenté encontrar en su rostro rastros de lo sucedido, alegría, pesar, la desaparición de ese aspecto terso e inmortal típico en las hijas de Artemisa… pero nada. Nada había cambiado en ella, al menos de cara al exterior. Sus mejillas seguían poseyendo ese aspecto suave y terso.
—¿Zeus, Poseidón y Hades? —cuestioné, extrañado. ¿Y al rey Tritón y a Doninframundo qué les importaba qué elegía o dejaba de elegir Thalía?
—No. Zeus, Artemisa y Atenea.
Di un paso hacia atrás, quizás más largo de lo natural. Annabeth enarcó una rubia ceja en mi dirección ante mi violento retroceso, pero rehusé mirarla a los ojos a ella también.
—¿Atenea? —me sorprendí—. ¿La madre de Annabeth?
—Vino por mí —aclaró la aludida, contenta como unas pascuas—. Hablamos largo y tendido. Mientras los padres de ésta hablaban con ella y le hacían…
—¡No son mis padres! —Saltó Thalía—. Quiero decir, los dos a la vez. Lo has dicho como si se hubieran unido y acostado para tenerme y… —se estremeció de horror—. ¡Argg! ¡No lo digas así!
—¡Bueno, tú ya me entiendes! —Annabeth rodó los ojos—. Tu señor padre y tu señora diosa. ¡Ahora no me seas tiquismiquis! El caso es —alzó la voz para ahogar la protesta aún persistente de Thalía para decirme—, que he hablado con mi madre. Llevaba tiempo sin verla, ¿sabes?
—Oh. Pues vaya. Quiero decir, me alegro por ti. Annabeth.
«Preguntar por la resolución es lo peor que puedes hacer», me aconsejó la parte pesimista de mi cerebro. «¿Qué esperas oír? ¿Lo he dejado todo por ti?» risa insidiosa. Por desgracia mi parte curiosa se despertó y contraatacó: «No seas tonto. Pregunta. Quieres saber. Conocer su elección. Lo estás deseando. No seas orgulloso. ¡Pregunta!?.
—Está hecho —declaró Thalía—. Está hecho. —Y a continuación esbozó una media sonrisa y se hizo a un lado para que yo pudiera entrar en mi dormitorio—. Gracias por el libro, por cierto. Una ayuda inestimable.
En ese instante sentí la urgente necesidad de acariciarle la mejilla con el dorso de la mano. Pero justo en ese momento me miró y disimulé el ademán fingiendo estar cansado con un enorme bostezo.
—¿Dónde vais? —se me escapó el preguntar al ver que ambas me daban la espalda y comenzaban a avanzar por el pasillo.
—Lo siento, Luke. Pero necesitamos estar a solas con nuestra nueva compañera con quien recientemente hemos hecho las paces —Annabeth hizo una pausa, me sonrió picajosa por encima del hombro y luego añadió—: la señorita cafeína.
Sintiendo una molestia creciente en la boca del estómago, las rodeé a buena distancia y entré en el dormitorio, dejándolas atrás, mientras mis labios respondían con un seco:
—Pues vale.
Esa noche, mientras daba vueltas en la cama, sólo atiné a pensar en Thalía y lo que de ella sabía, tratando de intuir por dónde habrían ido los tiros. Entre otras cosas, que le gustaba el sarcasmo y que volvía sus palabras afiladas como las flechas que tan cómodamente llevaba encima todos los días cuando se enfadaba, palabras que alcanzaban la dichosa velocidad de mil por hora y que iban directas a fulminar limpiamente. No, si eso lo sabía yo muy bien, que había sido durante meses blanco preferido de su carácter ácido.
De haber elegido a las hijas de Artemisa, ¿su actitud entonces no tendría que haber sido fría y cerrada, como la que había hecho alarde los primeros días de su llegada al campamento? ¿Qué significaba entonces aquella última sonrisa que me había dedicado?
«Basta. Te estás obsesionando tú solo», protestó mi Luke más alicaído. «No es momento de pensar en romanticismos ni esas tonterías. Contrólate». Cierto. Me di la vuelta en la cama, golpeé un par de veces con el puño la almohada, tratando de modularla, y luego… luego me arranqué de la mente a Thalía. Bueno, más bien la relegué en un rinconcito de la mente.
Dejé que los recuerdos de mi madre emergieran a la superficie. Y con ellos me abandoné a un sueño sin sueños.
....
En los próximos días, Thalía intentó engancharme en algún tipo de conversación siempre que me veía, de la que yo no me mostraba muy interesado que digamos. No porque no quisiera nada que viniera de ella; ya he dicho que me gustaba su compañía y lo mucho que lo disfrutaba. Pero sencillamente no estaba dispuesto a darle pie sabiendo lo que sabía de su renovación de votos a Artemisa (porque había llegado a la conclusión de que eso mismo había hecho: volverle a juramentarse con la diosa).
Oh. No la reprochaba el haberlo hecho, me reprochaba a mí el haber albergado esperanzas, y sabía que de seguir en ese plan, estas volverían a echar raíces, y ya bastante dolido estaba con la muerte de mi madre. No necesitaba digerir otra pérdida más, gracias, muchas gracias, aunque esta fuera una pérdida amorosa y no de vida.
Ya había aprendido la lección y había sacado mis propias conclusiones sobre Thalía. Y había decidido que si se me sentaba al lado, aunqueno fuera para pedirme un favor, lo mejor era que saliera echando leches. Porque ya el mero hecho de que eligiera sentarse a mi lado y no junto a sus hermanas cazadoras, provocaba un aleteo en mi estómago. Y eso no me lo podía permitir. No otra vez.
Pero Thalía continuaba intentando entablar conversación conmigo. Se sentaba a mi lado y me hacía preguntas variadas, del estilo «¿Y ahora qué haces o en qué piensas?», y me lanzaba indirectas que iban mezcladas con palabras para ablandar mi mutismo o escasez de respuesta estilo «esa camiseta es mega original…».
Se había prometido que recuperáramos el tiempo perdido, me dijo un día, que limáramos nuestras asperezas, y eso implicaba sinceridad y más unión por parte de ambos. Debíamos ser inseparables junto con Annabeth. Como en los viejos tiempos.
Estaba perplejo. De haberle pedido que me hablara tanto, seguro que no habría soltado ni media docena de palabras por minuto. Sí, Thalía era así de orgullosa, extraña y contradictoria. Dejé que hablara ella sola —normalmente las chicas se animaban sin público— porque en el fondo disfrutaba con su verborrea, no me incomodaba en absoluto.
Lo lógico era que mis respuestas monosílabas le quitaran las ganas de hablar, que incluso le enfurecieran y me lanzara otro rapapolvo de los suyos, pero por alguna razón, ella persistía de todos modos. A veces mientras hablaba ponía una mano sobre mi hombro con la excusa de que así captaba mejor mi atención (y en realidad no se equivocaba. No, si la chica tonta no era; sabía cómo manejarme. Notaba el calor de su mano contra mi brazo y eso mandaba calor al resto de mi cuerpo, un calor que yo me esmeraba por apagar).
Me había propuesto endurecerme y ser insensible a sus encantos carnales. Conocía muy bien aquella estrategia. Yo picaría el anzuelo y me haría ilusiones y después, ¡bumb! vendría el batacazo a la realidad; ella sacaría a colación lo feliz y contenta que se sentía siendo hija de Artemisa y yo quedaría de nuevo con unas ilusiones camino al desagüe..
....
—Te veo mejor —comentó Victoria una mañana, cuando bajé al comedor y tomé asiento frente a ella y Jack—. Mucho mejor. Sus ojos, oscuros como tierra mojada, irradiaban una calidez más propia de un clima de verano mientras me examinaba de pies a cabeza durante un buen rato—. ¿Cómo lo llevas?
—Ahí voy. —Hice un gesto vago—. Tirando.
—Me alegra oír eso —aseguró la voz de Percy a mis espaldas. El chico no tardó en entrar en mi campo de visión. Se sentó en la silla vacía a mi lado, y me robó una tostada untada de aceite, tomate y sal del plato—. Me alegro mucho.
Estábamos sentados junto a la ventana. Thalía, que había llegado charlando amigablemente con Annabeth y el hijo de Poseidón, me revolvió el pelo antes de sentarse a mi otro lado.
—Hola —la saludé, un poco confuso por el gesto de afecto. Y aún más confuso porque por enésima vez la viera sentarse alejada de sus hermanas cazadoras.
En lugar de devolverme el saludo, ella me olisqueó y después asintió con un cabeceo de aprobación.
—Fresco. Limpio. Recortado —dictaminó—. Pareces una flor al que le han cambiado recientemente el agua del jarrón.
—Mmm. ¿Te has rociado loción bromas hoy al vestirte o qué?
—Vaya. ¿Qué comes que adivinas? —miró mi tostada fingiéndose sorprendida—. Voy a tener que desayunar lo mismo que tú —sonrió—. Nah. Sólo he abierto el grifo del buen humor y me he dado un baño de espuma, especias y alegría —dijo, empujando mi hombro con el suyo de manera juguetona—. ¿Te habrías apuntado?
Parpadeé ante una conducta tan anormal en ella.
—No —dije con más sequedad de la que pretendía—. Con el que me he dado es más que suficiente, gracias.
Hubo un tenso silencio. Que Jack rompió al cuestionar a Thalía:
—¿Y bien? —Ladeó la cabeza—. ¿Están de luto las hijas de Artemisa? No las veo por aquí. ¿O su ausencia quiere decir que están de resaca por la fiesta de tu renovación con ellas?
—Eso es cierto —se sumó a saber Victoria, entusiasmada—. ¿Eres Thalía, hija de Artemisa? ¿O Thalía, hija de Zeus?
Escarbé ruidosamente en las migajas de mis tostadas, tratando de no mostrarme muy interesado en la conversación y, sin embargo, poniendo todos mis cinco sentidos y más en cada una de las palabras. Contuve el aliento, aguardando a que Thalía hablara por fin.
—¿No lo adivináis? —suspiró ella, removiéndose incómoda en el asiento.
Jack la miró a los ojos y negó lentamente con la cabeza. Al cabo de lo que me pareció una eternidad, Thalía declaró:
—Están de luto.
Levanté bruscamente la cabeza, incapaz de aguantarme por más tiempo.
—¿¿¿¿Qué????
—Era hija de Zeus. Siempre he sido y seré hija de Zeus. —Tomó un largo trago de su leche y después dejó la taza con un fuerte ruido de cristal contra cerámica—. Pero desde ayer ya no soy una cazadora. Renuncié a seguir siendo una hija de Artemisa.
Escuché el anuncio con aire atónito.
—¿Que has hecho qué, perdona? —oí exclamar a alguien.
Uy. Era yo.
—Renuncié al juramento de la diosa. Al pacto de la inmortalidad —remató con aspereza, poniéndose a la defensiva—. ¿Qué ocurre? ¿Tienes algo que decir o criticarme al respecto?
En sus palabras presentí al menos media docena de minas, de modo que elegí las palabras con cuidado.
—Oye y… ¿qué será ahora de ti? Quiero decir, ¿todos los años paralizados, siendo inmortal… volverán a ti de repente, te caerán de golpe y porrazo? ¿TE vas a convertir en una vieja decrépita?
Hubo una explosión de risas. Thalía me miró, consternada, dividida entre el deseo de ahorcarme y… el deseo de ahorcarme. Se sirvió comida con movimientos bruscos, fiel reflejo de su estado de ánimo.
—¡Caramba! Tantas y tantas preguntas que le hiciste a la diosa, Thalía —habló Annabeth a jadeos a causa de la risa que la dominaba—, ¿cómo no se te ocurrió hacerle esapregunta clave? Muy mal, chica, muy mal.
—Explícamelo todo —intervino Christian, evidentemente tan curioso como yo y sin esperar a que las risas se apagaran.
—Si fuera tú, no respondería ni a una sola pregunta. Me levantaría y saldría pitando de esta mesa, tan deprisa que quemaría las suelas del zapato —aconsejó Jack, sonriente, mirando a su compañero de Idhun con algo parecido al afecto—. Porque en cuanto empieza a preguntar no hay nada que no quiera saber —afirmó.
—De modo que la leyenda te precede, ¿no? —se burló Percy.
Christian se limitó a mirarlo compungido pero no contestó.
—¡Quiero detalles, dame detalles! —se sumó a pedir Victoria, golpeando en cariñosa protesta el hombro de Jack con el suyo propio, si bien sus ojos seguían demandando detalles a Thalía.
—Pues veréis. En cuanto entramos en la estancia que guarda el portal…
—Sabemos que esun libro que tiene Luke en su mesilla de noche, Annabeth —la cortó Jack, poniendo los ojos en blanco—. Thalía se lo gritó a Christian cuando fue corriendo a pedirles ayuda a los dioses tras la desaparición de Luke.
—Bueno. Tanto como gritar… —se abochornó Thalía.
—Chillaste tanto que la expresión «puso el grito en el cielo» se quedó obsoleta, sustituida por «puso el grito en el Espacio» —insidió Christian.
—Pero tranquilos. El secreto está a salvo —calmó Jack, mientras Thalía le asestaba su mirada favorita a Christian, es decir, lo fulminaba desde el orgullo malherido del levantamiento altivo de su barbilla, los ojos indignados dos témpanos de hielo—. Sigue contando, Annabeth.
—Vale. Pues en cuanto entramos en el dormitorio de Luke, a Thalía le entró la cazadora que lleva dentro —hizo unapausa, dudó y después se corrigió—: bueno, la que llevaba dentro. Empezó a escudriñar todos los rincones en busca de alguna bestia inmunda. Al ver que no había ninguno, que tu cuarto era terreno virgen en cuanto al peligro, Luke, tomó asiento en una de las sillas de la mesa, el libro / portal en la mano, y…
—¡Dioses, no hace falta que entres en tantos detalles! —se quejó Thalía. —Se volvió hacia Victoria y explicó—: no fue tan interesante como crees —negó mirando a su amiga—. Llegaron; y ya sabían a qué se debía mi llamada. Zeus también estaba ahí porque bueno, estuvo presente en el juramento, le correspondía estar en la desvinculación del mismo. Como mi padre biológico, ya sabes.
—Fue como si algo dentro de la diosa se derrumbara —narró Annabeth, en la voz un tono casi reverencial—. Sus manos resbalaron laxas a los lados como dos pesos muertos cuando Thalía le dijo qué quería; los hombros se le hundieron, el rostro se distendió en un gesto amargo. Fue la expresión más derrotada y vulnerable que jamás haya visto componer a un dios.
Thalía hizo una mueca al recordarlo.
—Y sin embargo me dio su bendición.
—Cierto —afirmó Annabeth—. Y muchos deseos en tu nueva vida. Pocas tristezas y muchas alegrías. ¡Ah, sí! Y que vivieras por muchos, muchos años. Declaró algo así como «perfecto. Has hecho tu elección, Thalía». ¡Nada de hija mía! «Márchate. Ve y vive lo que queda de tu vida».
—Thalía, ¿tienes un segundo? —Las gemelas Alayne y Elayne aparecieron sin previo aviso hombro con hombro en el umbral de la puerta—. Sentimos interrumpir. —Dijeron al unísono, pero en esos tonos modulados me di cuenta de que no lo sentían en absoluto.
—Ve —murmuró Percy—. Te esperamos.
—De acuerdo. Vuelvo en un minuto —dijo Thalía y se marchó junto a sus hermanas. O mejor dicho, ex hermanas.
—¿Creéis que la van a leer la cartilla? —Me interesé de pasada—. Han aparecido así sin más, con unas caras… ¡ni que fueran sus madres!
Pronunciar aquellas dos palabras en voz alta encendió algún interruptor en mi interior, porque de pronto ya no podía continuar con las bromas. Las manos empezaron a temblarme y derramé un poco de leche. Victoria me quitó la taza y asió mis manos, en un intento por calmarme, mientras Percy convocaba su don con el agua y le ordenaba al líquido volcado que se retirara sin encharcarme la manga.
May. La echaba de menos, echaba de menos su calma, su calor, su sereno aplomo. Parpadeé varias veces, me clavé las uñas en los muslos y el dolor me aclaró la mente. Cambié de postura y opté por seguir la conversación.
—Aunque ya no sean hermanas, ¿pueden seguir siendo sus amigas, no? —me refería a las hijas de Artemisa, evidentemente—. Quiero decir que la hermandad de la diosa no era realmente lo que lasunía. El juramento sólo ponía en palabras de inmortalidad un vínculo que bien podían haber forjado por simple amistad, ya fueran cazadoras o no. ¿No la van a dar la espalda ni a repudiarla, verdad?
—Te preocupas demasiado —aseveró Christian—. Y eso que se supone que la chica no te interesa en absoluto. Escríbeles una postal: «mi más sentido pésame por la pérdida de vuestra jefa de casa, chicas; pero Thalía vuelve a tener apetito de atractivo sexual. Posdata: como la deis la espalda, habrá una nueva jornada de luto en el camping». Y para que no quepa duda, les envías la fotografía de tu Backbiter.
—¿Qué?
—Es cierto —comentó Percy, animado—. Y todo eso lo acompañas con un enorme ramo de rosas.
—Cactus, más bien —se rió Jack.
Les asesté a todos una fulminante mirada, pero por cómo las risas les sacudían los hombros, no tuve mucho éxito transmitiendo mi indignación.
—Luke, tienes que decirle algo. —Annabeth se había levantado de su asiento y se había sentado a mi lado, rodeándome los hombros con un brazo—. ¡Dile que la quieres! No puedo creerme que te quedes cinco minutos aquí sentado, después de haber escuchado eso. Que ya no es una juramentada de Artemisa. ¡Ve tras ella!
Aunque la rubia no lo creyese, estaba atónito, pero ante el dolor aún latente por mi madre mi júbilo se mantenía replegado. Retiré con violencia la silla, levantándome de la mesa, y me fui del comedor, dejando un desayuno a medias y una consternación perpleja en Annabeth, Percy y la tríada de Idhun. Todos sabían que no me dirigía a la caza de la ex cazadora, precisamente.
No fue hasta bien entrada la noche, cuando yacía en la cama con la almohada echada sobre la frente a modo de tapaojos, cuando las ramificaciones de los eventos del día me golpearon. Realmente. El hecho es: Thalía estaba libre. Libre de juramentos. Libre de las cazadoras. Libre y soltera. El único obstáculo que se interponía entre nosotros era una diosa y un puñado de sus hijas inmortales… e incluso eso había desaparecido.
—No importa —traté de convencerme en voz alta—. No lo pienses, no te emociones, no te importa.
..*.
La resolución de Thalía sobre que seguiría hostigándome hasta que no recuperáramos el tiempo perdido (¿qué tiempo?) se cumplió enseguida: es decir, la chica siguió su campaña de ser mi «inseparable». Había sabido que no lo había dicho por decir. Como Thalía considerase que era momento de limar asperezas y estrechar lazos, actuaba en consecuencia y no se separaba ni a sol ni a sombra, y ni el equipo de persecución del FBI ni el más fiero de los perros de presa mejor entrenado lograría disuadirla de sus propósitos y apartarla de uno.
Se me contraía el corazón cada vez que la veía llegar. Deseos de correr hacia ella y correr en dirección opuesta me asaltaban nada más verla. Clavaba la vista en mí y, aunque yo me limitaba a asentir y a meterme las manos en los bolsillos, siendo esa mi máxima contribución a la conversación, sentía que sus ojos eran imanes que me arrastraban cada vez más y más a ella, por mucho que fingiera resistirme a sus encantos. Pero Thalía se lo tomaba como si hubiera hablado todo lo habido y lo haber en un diccionario, y se bastaba con ella sola para mantener en alza la charla.
—Luke —dijo una vez tras unos prolongados segundos de silencio—. ¿Puedo preguntarte algo?
Sus ojos azules me observaban tan intensamente que casi los sentía como un roce en la piel.
—¿Existe acaso algún modo de impedirlo?
Thalía sonrió.
—Tú. Bromeando. De nuevo. Qué bien.
Por más que quise reprimirlo, en mi boca aleteó un asomo de sonrisa.
—Gracias —respondí, sonrojándome para exasperación de mi pesimista e interno Luke, aunque la ocasión no ameritaba unas «gracias», precisamente—. Bueno vale. ¿Qué ocurre?
—Pues verás… —pero no me enteré de nada. Durante todo el tiempo que estuvo hablando, tenía un ramillete de emociones palpitante por dentro, culpa por no darle el nivel de conversación que claramente se merecía, recelo porque pusiera tanto empeño en arrimarse y arrimarse, miedo porque al final acabara sucumbiendo de nuevo.
Mientras hablaba, seguí frotando y frotando la prenda que estaba lavando (el castigo de la colada impuesto como sentencia en ese juicio o falso juicio aún seguía en pie; haber sido secuestrado no era suficiente paliativo para Selise, no). Seguí mirando la camiseta color amarillo chillón y los mapas de sudor que había bajo el sobaco y contra el que yo luchaba por disipar a jabón tendido. Seguí asintiendo con la cabeza en respuesta a lo que fuera que estuviera diciendo Thalía, pero de pronto me incorporé bruscamente apartándome de la pila, pues había captado realmente toda mi atención al oírla decir:
-Estupendo. Nos vemos entonces mañana a las 07:30."
La pastilla de jabón se escurrió de mis manos resbalosas y fue a parar con un chapoteo al montón de prendas mojadas de la pila con mis prisas al alzar la cabeza y encararme a Thalía.
-¿Mañana? ¿A las 07:30? -exclamé.
Se deslizó de la encimera de vuelta al suelo, sonriendo ampliamente; lo que fuera que dije, era justo lo que ella quería oír.
-Sí, el desfile de los pegasos empieza a las ocho en punto, por lo que nos dará tiempo suficiente para llegar al otro camping y hacernos con un asiento.
-¿Desfile? -pregunté estúpidamente.
-El que Silena lleva preparando junto con las demás hijas de Afrodita -chasqueó Thalía-, ya sabes. -La mirada de soslayo que me dirigió hizo que me derritiera por dentro. Tímidamente añadió: entonces, ¿quedamos frente al templo antiguo?
Aturdido, me la quedé mirando. A decir verdad, un desfile de pegasos no era mi ideal de diversión. Pero acabé asintiendo con la cabeza. ¿Qué otra cosa hacer, si no? ¿Confesarle que no le estaba prestando atención? ¿Y arriesgarme así a la frialdad de su mirada? Puede que no estuviera siendo un buen conversador con ella, pero vaya hombre, eso no significaba que deseara ver de vuelta la gelidez de sus ojos. Caray, no lo deseaba en absoluto.
-Estupendo. Pues ahí nos veremos.
Volví a asentir, ignorando las pulsaciones de mi pecho, que habían pisado el acelerador hasta el fondo y ahora iban a mil conduciendo el descapotable de los nervios en la avenida de las expectativas.
....
En la mañana del día pactado, desperté atontado, con unos cuantos débiles rayos del sol en la cara. Las ondulantes cortinas de gasa que ahora sustituían a las anteriores, que quedaron destrozadas con la batalla, cubrían toda la pared y no llegaban hasta el suelo por centímetros; además, eran increíbles en todos los aspectos, según Silena. En todos menos en el de bloquear la luz, según yo.
-Estaría bien volver a tener el poder de Zeus entre las manos -murmuré desabrido a las cortinas-. Os bajaría de ahí de un solo soplo. Estiradas.
Ellas siguieron filtrando indiferentes el sol en respuesta. Solté un bufido. No obstante, me desperecé alegre entre las sábanas. La perspectiva de pasar unas cuantas horas con Thalía ya no me parecía tan temible, todo lo contrario. Lo estaba deseando. Hacía mucho tiempo que no me entusiasmaba tanto por algo. Podía sentir a mi otro yo, al Luke descarado y vivaz despertarse cual Bella Durmiente tras un largo sueño, saliendo de la cama del pesar y vistiendo un luto no tan regio.
Entonces llamaron a la puerta. Miré hacia ahí, inquisitivo, preguntándome quién sería a esas horas. ¿Thalía? Me miré de arriba a abajo; sólo llevaba los calcetines azules con dibujitos de ranas verdes y unos bóxer de «buenas noches, chico sexy», pero nada más.
Me hice con la sábana de la cama sin hacer, me envolví en ella cual estatua griega aunque en versión mucho más viva y atractiva, cómo no, y abrí la puerta una rendija, asomando el rostro lo justo y necesario.
Ella llevaba una prominente montaña de papeles en los brazos. Mientras se los reorganizaba sobre el regazo, pensé que como mínimo diez árboles habían sido talados para todo lo que ahí estaba escrito.
-¿Humm, hola? -saludé, dubitativo.
«Ya está», me dije. «Viene a cancelarlo». Adiós tarde con Thalía.
-Era para recordarte lo de esta tarde -me dijo para mi sorpresa, poniéndose la pila de papeles en la cintura-. El desfile y…
-No se me ha olvidado -aseguré-. Jamás se me olvidaría una cita contigo.
«¿Una cita?» chilló mi cerebro. «¿Por qué has dicho eso? ¡Ahora se va a poner a la defensiva y dirá que no es una cita!» Y era verdad. No era ninguna cita. Sólo una quedada entre dos amigos… o algo así.
-Bien. Pues ahí nos vemos -habló Thalía. No había indignación. Ni rabia. Ni miradas fulminantes por lo que había dicho-. ¡Nos vemos!
Y se marchó.
Para pasar la mañana y gastar el tiempo hasta la hora de la quedada, fui a la sala de reunión en busca de soledad, sobre todo, pero grande fue mi sorpresa cuando encontré a Victoria y a sus dos chicos sentados en torno a la mesa. Al verme asomar la cabeza por la entrada la chica agitó la mano y me invitó a pasar la tarde con ella y el resto de tríada de Idhun.
—Querrás decir con vosotros y vuestra investigación sobre ese cuadro —apunté. Igualmente, entré, cerré la puerta tras de mí y tomé asiento.
El misterio sobre el objeto que Christian había cogido de la casa de Shizuko cuando fue en compañía de Silena, aún seguía sin resolver. No sabía si querían ponerlo en funcionamiento (aunque no se me ocurría cómo; es decir, era un cuadro. ¿Qué otra función tenía a parte de la decorativa?) Si pretendían prepararlo para una subasta… o qué sé yo. El caso es que los chicos de Idhun no dejaban de reunirse para hablar y debatir sobre ello, echando cada uno su magia sobre la pintura. De momento, fuera cuales fueses sus intenciones, no les estaba dando buen resultado.
Escogí al azar un tomo de los que se apilaban sobre uno de los estantes, lo abrí al tuntún y me sumergí en sus páginas de tácticas y estrategias militares, con el murmullo de sus tres voces, de fondo. Sólo cuando habían transcurrido horas, Victoria volvió a dirigirse a mí. Aunque fue para preguntarme si me unía a ellos en su investigación.
—Pero no me quedaré durante mucho tiempo —indiqué, mi curiosidad, una vez más, hablando por mí, negándose a la oportunidad de oro de averiguar qué era lo que les traía tan de cabeza a esos tres.
—¿Y eso?
—Es que… ammm… he quedado con… Hermes —mentí apresuradamente.
Seguro que a Thalía no le hacía gracia que fuera diciendo por ahí que íbamos a vernos. A sus hermanas cazadoras no les haría ninguna gracia, por más que ahora ya no fuera una de ellas. Es decir, era como ver a tu ex novio saliendo con otra persona a las dos semanas de haber cortado. ¿Verdad? ya no tenías derecho a enfadarte ni a pedir cuentas, pero igualmente sentaba fatal ver que quien había sido tu pareja ya había pasado página. ¿A que sí?
—Bueno. Pero puedes ayudarnos mientras estás aquí —insistió la chica.
—Pero, ¿qué pretendéis hacer exactamente con ese cuadro? —inquirí.
—No es un cuadro común y corriente —explicó Jack—. Es una puerta dimensional. Tipo como tu libro. Sólo que en vez de ser sólo apto para dioses… esta está cerrada a cal y canto. Buscamos abrirla. Abrirla al mundo de los sheks. —La última palabra fue dicha no exenta de aversión.
—¿Quién la creó? —cuestioné—. ¿Ciessel? Kirtash?
—Frío frío —me desmintió Christian—. Fue una de las divinidades de Idhun. El Séptimo dios, para ser más exactos.
—Ah. ¿El de los shek? ¿El dios al que llamáis La Sombra? —ellos asintieron—. Bueno y… ¿no habéis pensado en lo más obvio? Quiero decir, ¿pedirle ayuda a otro dios? Algo que ha creado un dios no puede ser modificado, destruido u orientado por un mortal, por más que el mortal en cuestión sea un semidiós. O sea… eso es de cajón. Hay otras seis divinidades en Idhun. Podríais pedirles ayuda. Convocarles y…
—No lo digas ni en broma —se horrorizó Victoria—. No lo pienses siquiera.
—Digamos que el Séptimo es para las otras seis divinidades lo que Cronos para vuestro Olimpo —me explicó Jack—. Decir que se llevan a matar es un eufemismo muy, muy suave.
—Oh. Vale. Comprendo. —Lo medité un segundo—. ¿Por eso vinisteis al camping? —Entrecerré los ojos—. ¿Para pedirles ayuda a nuestros dioses, no es así?
—Vaya. No eres tan lento de entenderas como creía —comentó Christian—. Pues sí, has acertado.
Dobló con parsimonia la hoja en la que había estado garabateando a saber qué anotaciones, y los tres se quedaron allí delante, sentados al otro lateral de la mesa redonda de la sala, en silencio y mirándome a los ojos.
Quería apartar la vista, pero me fue imposible. ¡Malditos fueran! Incluso los dioses de panteones extraterrestres se las apañaban para meterme por medio de sus asuntos. Quería levantarme y dejarles con sus asuntos de Idhun, Limbhad, shek, dragones y unicornios, pero ahí estaba la tríada, sin decir nada, sólo mirándome. Tres chicos que si bien habían aparecido en nuestro camping con intereses propios, no habían dudado en prestarnos su apoyo, sus armas, su refugio.
Tres chicos tan diferentes entre sí como el agua y el aceite, el hielo y el fuego, el cristal y lo opaco. Y, sin embargo, unidos e inseparables como sólo el amor y el odio saben unir a la gente. Tres semidioses que ya eran tan parte del campamento como los demás mestizos. Y esa era la pega, que todos habíamos llegado a apreciarles. Victoria, Christian y Jack. Una tríada que ya no dudaba en considerar y llamar amiga.
—Está bien, está bien —rezongué—. Os ayudaré. Llamaré a todos los dioses con el libro, si es necesario.
—¡Oh, Luke, gracias! —Victoria se levantó y me dio tal abrazo que me las vi y deseé para respirar.
—Yo no te voy a abrazar —advirtió Christian.
—Yo tampoco —aseguró Jack, brillantes de gratitud y humor los ojos verdes.
—Oh, chicos. Me rompéis el corazón. —Me levanté e hice una reverencia burlona, antes de dirigirme a la salida—. Voy a ver cómo lo reparo. ¡Nos vemos!
—Ah, sí, Hermes. —asintió Christian.
Durante unos segundos olvidé la mentira que les había contado y me quedé de pie junto a la salida, mirándole inquisitivo, sin entender a qué se refería.
—Pásatelo bien —deseó el shek, aunque su sonrisa afectada me estaba diciendo a las claras que había pillado mi mentira.
Mientras acudía al lugar del encuentro no paraba de repetirme para mis adentros: «no es una cita, no es una cita, sólo has quedado con una amiga, no es ninguna cita».
Cuando me dirigía a la salida de la casa de Hermes, donde había hecho un alto para asearme y cambiarme antes de acudir a la… quedada, oí voces susurrando; provenían de uno de los dormitorios más cercanos, y no tardé en localizarlo, pues la puerta estaba entornada y por su umbral escapaban las voces de tres chicas que reconocí al instante. Las tres estaban de pie en torno a la entrada, seguras de que por hallarse desierto el pasillo estaban libres de sufrir una escucha a hurtadillas. Se equivocaban. Me aproximé de puntillas porque… bueno, pues porque la curiosidad es muy mal consejero. ¿Qué os voy a contar de nuevo sobre esa metiche que no sepáis ya?
—Ese es un futuro posible —estaba diciendo Rachel—. De verdad. Solo uno. Te lo dice una vidente. Aun cuando yo profetice y profetice, no hay nada seguro. El futuro cambia constantemente y nadie puede predecir qué va a ocurrir a continuación. Pero deja que te pregunte una cosa. Ese futuro… esa hipótesis de augurio… asegura que ¿tendréis un hijo?
Con cuidado de no ser descubierto, me asomé por la esquina a tiempo de ver a Thalía asentir con la cabeza; desde mi escondite, sentí un doloroso vacío en el pecho al pensar en un hijo. Sangre de mi sangre, sangre de May. Legado de mi madre.
—¿Lo deseas? —le preguntó Annabeth.
Thalía suspiró. Y para mi absoluta sorpresa, asintió de nuevo.
—Es extraño —murmuró, y en la voz le noté un nudo en la garganta—. Ni siquiera es real y sin embargo… sueño con ello. Llevo semanas soñando con ello. Antes no había cabida para hijos y una vida mortal en mi cabeza, común y conyugalmente normal, pero luego apareció Luke, y todo comenzó a cambiar.
Fruncí el ceño. Gracias a los dioses que Annabeth hizo por mí la pregunta que me rondaba:
—¿A peor?
—Mi cabeza decía que sí. Mi corazón decía que mi cabeza no estaba en lo cierto. Mi corazón se asustó, pero fue mi cabeza quien lo calmó. Con sueños. Sueños donde no existe el miedo al dolor, a un fracaso de relación. Sólo… esperanza. Y ganas de vivirlo. De que se haga real.
—¿Sueñas con hijos? —Annabeth parecía dudosa—. ¿Tú?
—No tienen nombre. Sólo cuerpecitos que abrazo, caras que beso. ¿Caras con los rasgos de quién? Adivinadlo. Sus existencias son espejismos, lo sé, pero en el sueño… los llego a conocer. Perfectamente. Y al despertar… los llego a recordar. Y cuando veo a Luke —el nudo se hizo más grande—. Cuando lo veo sólo deseo correr hacia él y contárselo. Compartir con él mis sueños.
—Te entiendo —la calmó Rachel—. Me pasa lo mismo cuando tengo una visión. Puedo meterme en la piel de las personas que protagonizan mis augurios, sentir sus alientos saliendo de mi propia boca, mi piel convertirse en su propia piel.
—Exacto. Y aunque mi razón sabe que esos sueños no son sino ilusiones, en mi corazón les llego a conocer, ¡sabéis? aunque sea brevemente. Conozco a laperfección sus penas, sus alegrías, sus triunfos, sus sufrimientos y sus temores. Mientras los sueño, para mí son muy reales.
—Una familia —hizo ver Annabeth—. Sueñas con tu propia familia. Una de verdad; en carne y hueso.
—Una familia —repitió Thalía en un susurro, y se tapó la boca con la mano, como si no fuera hasta entonces que comprendía el alcance de su significado—. Mi propia familia a ojos de sangre, genes y apellido. Una familia… con Luke.
Annabeth le puso una mano en el hombro y se inclinó hacia ella.
—Y si eso es lo que te depara el futuro —la susurró casi al oído—, ¿por qué dudas? ¿Acaso querrías perdértelo? Sabiendo la promesa de realidad que depara ese augurio, ¿por qué te resistes?
Thalía se echó hacia atrás para mirarla y poco a poco sus ojos se fueron abriendo con la comprensión.
—Miedo —alcanzó a confesar.
—Todos tenemos miedo —aseguró la pelirroja—. Hasta el más valiente de los valientes tiene su cajón de los temores. Y todos compartimos el miedo a cualquier cambio que amenace con quebrar la monotonía que ya conocemos. Pero no hay mayor victoria contra ese miedo, que admitir que lo sentimos y seguir adelante a pesar de ello. Tu corazón te está hablando, Thalía. Te habla de miedo, pero también de esperanza; te habla de nervios, pero también de valentía. Te habla de amor, eso sobre todo. Desea ese futuro, pero más ansía tenerlo en el presente. Sabiendo eso… ¿vas a negárselo? Sabiendo quien toca al timbre… ¿vas a cerrar la puerta?
—No —masculló Thalía, para mi propia sorpresa—. No. ¡No!
Rachel sonrió, a pesar de que había una extraña tensión en el perfil de su hombro que alcanzaba a ver desde ahí.
—Entonces, ya sabes lo que tienes que hacer. —Le dio un delicado beso en la frente—. Con quién tienes que hablar.
Thalía atrajo a Rachel hacia sí y la abrazó con fuerza.
—Gracias —la oí susurrar, a pesar de que me costó entenderlo. Noté que Rachel también se sorprendía.
—¿Eih, eih! ¿Oye, y yo qué? —protestó Annabeth.
Riendo, las tres se fundieron en un abrazo.
—Ya veré cómo se lo digo —Thalía fue la primera en recomponerse—. Tiene que estar al caer.
—De acuerdo. Pues… ¡suerte! la vas a necesitar con ese tozudo.
—Seguro que sí. Ya os contaré. ¡Venga, tengo que irme! —les lanzó un beso a sus amigas, que ellas fingieron atrapar, y después salió corriendo, rumbo a nuestro lugar de encuentro.
—Ven, Rachel. Voy a enseñarte mis nuevos diseños —Annabeth abrió de par en par la puerta del dormitorio donde habían estado apoyadas todo el tiempo—. Te van a encantar.
—Oh, seguro que sí —ironizó la pelirroja. Pero igualmente entró en la estancia y la rubia cerró lapuerta de la habitación, y ambas desaparecieron en el interior.
Me dejé resbalar por la pared, tratando de digerir todo lo que había escuchado. Iba a llegar un par de minutos tarde, pero no importaba. Necesitaba unos segundos a solaspara reorganizar mis pensamientos. ¿Que Thalía había sentido la llamada de la maternidad? Caray, eso era nuevo. ¿Que soñaba con hijos por las noches? Qué envidia; mis sueños estaban plagados de pesadillas, recuerdos del secuestro de una oscuridad que se me hacía imposible olvidar. ¿Estaban relacionados esos sueños con su«no» a Artemisa? Con un sobresalto comprendí que sí, probablemente sí.
Habían transcurrido más de quince minutos cuando me sentí recuperado y dispuesto de nuevo a enfrentarme a Thalía. Y a la novedad que de ella ahora sabía. La encontré apoyada en la pared del edificio donde, muchísimas semanas atrás habíamos recogido los mapas antiguos del camping y, posteriormente, el cuerno de Amaltea.
Con la cintura ladeada y una pierna alzada hacia atrás y bien plantada en la pared, un porte indiferente en el cuerpo, Thalía lucía como si estuviera a mitad de una pose y la mirada distante con que me recibió parecía indicar que no se acercaba porque tenía muchos focos de cámaras encima. Llevaba unas gafas de sol con cristales azules que se quitó al verme llegar, una camiseta negra ajustada, jeans desteñidos y ni rastro de arco de plata al hombro; en otras palabras, estaba muy sexy.
—Llegas con retraso —acusó nada más estuve al alcance de su voz.
La contemplé, maravillado, sin darme cuenta de que mis pasos se iban relenteciendo a medida que me acercaba a ella y ganaba más perspectiva de su imagen.
-Ah, entonces te he hecho perder el tiempo. Lo siento -sonreí.
-Si esa es tu cara de disculpa, vas a tener que encontrar otro modo más convincente.
-Ah. -Bajé la mirada-. ¿Mejor así?
-No -resopló ella.
Me detuve a su altura.
-¿Tendré que besarte hasta que me perdones? -Entonces recordé nuestros escasos besos y sentí que se me disparaba el pulso. Y al ver que a Thalía le ardía la cara, supe que ella estaba recordando lo mismo.
Mis ojos se clavaron en su boca. Y por más que hice por apartarlos de ahí, no fue nada fácil. Para que al final se fueran a clavar en sus cabellos. Puede que hubiera ido un poco lejos en la exageración e insistencia con mi mirada fija, porque en la cara de Thalía apareció una expresión de auténtica consternación conforme dejaba de reclinar la espalda en la pared situada tras ella y se incorporaba mientras me ojeaba de arriba a abajo.
—¿Qué ocurre? —acabó preguntando, presintiendo que algo me sobrecogía—. ¿Qué tanto miras?
—¿Por qué no te lo sueltas?
—¿Qué? —parpadeó.
—El pelo —aclaré—. ¿Por qué no te lo sueltas? No le gusta estar trenzado.
Para su propia consternación, sonrió.
—Ya. Y te lo ha dicho a ti, ¿no?
—Pues sí —aseguré—. De hecho… —extendí la mano y le solté el pasador que tenía atrapado el extremo de la corta trenza.
—¡Luke!
Thalía me arrebató el pasador de golpe, aunque sin mucha resistencia por mi parte. Estaba mucho más interesado en pasar una mano por su pelo. Brillaba al sol con un intenso color negro. Era suave y abundante y tenía peso, tal y como recordaba de habérselo tocado otras veces.
—Alto —me dijo ella, apartándome la mano.
—¿Alto?
Intenté volver a tocarlo, pero ella no me lo permitió.
—No lo toques.
—¿Por qué?
—Porque no —insistió—. Porque llegas tarde. Porque me has hecho esperar veinte minutos. Porque no puedes llegar y lo primero que haces es desordenarme el cabello. ¡Sin ninguna disculpa!
—Pues acabo de hacerlo. —Fruncí la frente. ¿Que llegaba veinte minutos tarde? Llegaba con un retraso de cinco. Sólo cinco. ¿Acaso ella había estado ahí antes de lo acordado?
—Pero yo no quería.
—A nadie le molesta una caricia en el pelo si es con buena intención —contesté, mirándola a los ojos, y tuve la satisfacción de verla enrojecer ligeramente.
—Eso no es cierto.
Seguí mirándola y Thalía vaciló.
—¿No eran las cazadoras las que pillaban los embustes y no decían mentiras? —bromeé, sonriendo de medio lado.
—Luke.
Cerré los ojos y cuando los abrí, ella seguía inmóvil y con los brazos cruzados. Si iba a pasar dos largas horas en su compañía aguantando un estúpido desfile de pegasos, más valía que hiciéramos las paces.
—Date la vuelta —suspiré.
—¿Cómo dices?
La tomé suavemente por un hombro y le hice darse la vuelta. Luego, apoyándome en el mismo punto de la pared donde ella había estado reclinada, volví a tocar esa mata de pelo color negro. En los pocos minutos que lo había llevado suelto el viento ya se los había revuelto; así que peiné un instante esa mata con los dedos, y al final, aunque a regañadientes, volví a hacerle una trenza parecida a la que llevaba y volví a colocar el pasador a su extremo anterior.
—Ya está. —anuncié. Después, aunque no tenía por qué decirlo, añadí—: y… siento llegar tarde.
Thalía se volvió y la sonrisa que me dedicó casi mereció la pena volver a verla con la trenza habitual, rasgo de las cazadoras. Casi.
—Gracias, Luke.
Volvía a parecer una hija deArtemisa, y tuve que cerrar los ojos. Era eso o soltar un gruñido de disgusto. Al cabo de un minuto, la oí carraspear.
—Te ves muy bien, por cierto —dijo.
Abrí los ojos y volví a mirarme crítico de arriba a abajo como tantas veces ya lo había hecho ante el espejo antes de acudir a su encuentro. ¿Me veía bien? No, no era cierto, iba ataviado con una ordinaria vestimenta; unos pantalones azul marino colgaban perfectamente de mis caderas, el cabello ligeramente despeinado rozaba con puntas rubias y onduladas mi camiseta negra de lino. Bueno, bien pensado, quizá no iba tan mal después de todo.
—Gracias.
Me encogí de hombros, después me enderecé, admirándola de reojo con cautela, descendí los peldaños de la casa de plegarias y levanté una ceja en su dirección
—¿Lista? —le pregunté.
—Claro.
Caminamos con los hombros rozándose a cada momento. Hice todo lo posible por ignorar la vertiginosa sensación que me producía el contacto, y me resistí a la necesidad de extender una mano hacia ella y entrelazar mis dedos con los suyos.
—Pues vamos a ver ese desfile de pegasos —me hice a un lado para que traspasara la primera el umbral de las verjas, intentando no fijarme en lo bien que se amoldaban sus vaqueros a sus caderas—. Y tú estás increíble, por cierto.
—Gracias. —La sonrisa que me lanzó fue deslumbrante.
Salté para salvar una elevación del terreno. Extendí la mano hacia Thalía para ayudarla a superarlo; ella indicó con una seña que no lo necesitaba, pero tampoco me dirigió una mueca despectiva. Me complació comprobar que no se tomaba mi ofrecimiento de ayuda como una acusación de debilidad, como habría hecho cualquier otra hija de Artemisa, sino como un ofrecimiento cortés de apoyo. Ya. Como si necesitara más pruebas para acordarme que Thalía ya no era una juramentada de la diosa.
El espectáculo no había empezado para cuando llegamos al otro camping, gracias a los dioses, aunque le restaban minutos para comenzar.
De todos modos, estuve más pendiente de la chica que tenía cerca que de contemplar las maravillas y piruetas de los caballos alados así como de sus jinetes.
Sabía que no debía, pero no por ello dejaba de mirarla. Mi vista no dejaba de viajar con la mirada por su anatomía, discreta pero insistentemente, ni de humedecerme de cuando en cuando los labios con las botellas de agua que habían repartido a los asistentes, ni de suspirar moviendo la cabeza.
—Thalía.
Ella se dio la vuelta despacio y me miró a los ojos. Había muchas cosas allí: nervios, interrogación, confusión, inteligencia, esperanza. Y por un instante creí ver algo más. Algo cálido. Algo por mí.
—Entonces, ¿ya no eres una hija de Artemisa? —susurré.
—No. —No apartaba los ojos de los míos, y cuando puse una mano sobre su reposabrazos, se limitó a hacer ella otro tanto—. Ya no estoy juramentada a la diosa.
—¿Y cómo es que sigues luciendo su emblema? —Enarcó las cejas—. Su trenza. El arco. El dormir con las que hasta hace poco eran tus hermanas de caza.
—Costumbre —encogió un hombro perfecto—. El arco es un recordatorio de lo que un día fui. La trenza es más por comodidad que por otra cosa. Y dormir con las chicas… —echó la cabeza hacia atrás—. Bueno, tampoco es que tenga otra opción de casa, ¿Verdad? otro sitio donde estar, ¿no te parece? —abrí la boca… y la volví a cerrar. Decirle que yo estaba dispuesto a hacerle hueco era una mala, muy mala idea. <Mejor callar—. La casa de Zeus definitivamente queda descartada. No me meto ahí sola por nada del mundo. Y la habitación de Annabeth es demasiado ruidosa, tú ya me entiendes.
Ahora el que asintiófui yo, aunque el corazón me palpitaba con tal fuerza que parecía como si tuviera una mula enfurecida en el pecho dando coces a diestro y siniestro.
—Me alegra oír eso.
—¿El qué? —sus dedos jugueteaban con el foro de la silla a pocos centímetros de los míos—. ¿Que no quiera tener una habitación en la casa de otro dios?
—Que ya no seas hija de Artemisa —solté. Y cubrí mi mano con la suya.
Nos miramos, y entre nosotros quedó flotando el resto de palabras. Que seas libre. Para que te pueda querer. Para que me puedas corresponder.
—Es increíble lo de las nuevas sensaciones, ¿no te parece? —comentó, enredando nuestros dedos.
Con la otra mano, estiré el brazo por encima del respaldo de su asiento, y su pelo color negro cayó sobre mi palma, pesados, mis dedos volaron entre sus hebras y acabaron derramándose sobre su hombro. Tan libres como ahora lo era ella.
—Y el de las viejas sensaciones. —Mis dedos se perdieron entre sus bucles brillantes, suaves, acariciadores, ansiosos—. ¡Vaya! Se han vuelto a soltar. —Señalé sus cabellos sueltos de nuevo con los ojos—. ¿Vas a enfadarte?
Por toda respuesta, Thalía me sacó la lengua.
No pude evitarlo. Me eché a reír. Y al instante hubo un colectivo zumbido de ¡shh! ¡shh! Pero la risa tardó un buen rato en abandonarme. Era una risa nerviosa, pues era consciente de la sensación de felicidad que me embargaba por el retorno de nuestra antigua camaradería.
Por encima de la coronilla de Thalía, me animé a echar una ojeada alrededor, por si habíamos llamado la atención de chismosos, pero la gente estaba demasiado ocupada pasándolo en grande con el desfile aéreo de los pegasos como para fijarse en nosotros. Eso sí, nada de risas, las risas distraían, hacían mucho ruido. Reconocí a Victoria cerca, hablando animadamente con Christian y Jack. ¿Es que no pensaban quedarse en la sala de reunión, debatiendo sobre su cuadro? No. Al parecer no.
Al lado de ellos, Nico tenía los pies subidos al asiento y afilaba una daga de hoja corta con una piedra de amolar, prestando más atención a la labor de su mano que al espectáculo de vuelo que se llevaba a cabo por encima de su cabeza. Rachel negaba una y otra vez con la cabeza ante la visión, y ciertamente no pude culparla. También reconocí entre los congregados a Chris, Beckendorf, Clarisse. Incluso a un par de hijas de Artemisa, quienes parecían estar pasándoselo francamente a lo grande.
Cuando terminó el evento, acompañé a Thalía andando hasta unos pocos metros antes de llegar a la casa que compartía con el resto de hijas de Artemisa. Esa vez participé de mil amores en la conversación. Habíamos venido charlando acerca de asuntos insustanciales sobre los que podíamos hablar de todo y de casi nada a la vez, y que no dejaron que nos sumiéramos en un silencio que nos hubiera llevado a pensar más de la cuenta.
Nico y Rachel pasaron a nuestro lado, enfrascados en una conversación de frikis a cerca de un juego virtual, por lo que pude deducir de las mímicas que gesticulaban con exaltación mientras hablaban. La pelirroja detuvo su discurso friki un minuto para acercarse a mí, exudando preocupación maternal.
—Vas mejorando, Luke —dijo. No era una pregunta, sino una afirmación.
—¿Tú también vas a empezar con esa canción? —Me quejé a mitad de un suspiro—. Es el número uno en la lista de esta semana: «vas mejorando, mejorarás, un día estarás mejor».
—¿De modo que la conoces, eh? —Nico intentó bromear, pero ante la mueca que hice se quedó serio—. ¿Pero realmente estás bien, verdad? Quiero decir, ¿no es una falsa superación de esas que vienen antes de que todo se derrumbe de nuevo y vuelvas a caer en la depresión, cierto?
—No —afirmé, dubitativo. ¿Existía esa fase?—. De todas formas, si vuelvo a recaer ya os daréis cuenta. No será necesario que me ponga un letrero en la frente que diga «estoy depre, por favor, mamá Rachel, cuídame».
—Vaya, así que vuelves a tener garras, después de todo. —Rachel cruzó los brazos bajo el pecho y fijó severamente sus grandes y claros ojos en mí—. Te pregunto cómo estás porque sería muy típico de ti callarte el malestar y no dejar que te ayudemos. Algo que considero una tontería, por cierto.
—No lo haré —dije. Me pregunté cómo esa chica conseguía dar la impresión de mirarme desde arriba a pesar de ser mucho más baja que yo, y con unos cuantos años de menos, por cierto, dijera lo que dijera mi tiempo en los Elíseos—. ¡No lo haré! —repetí ante su escrutinio.
Ella asintió, satisfecha. Pero entonces se puso a toquetearme de esa manera con la que todas las hermanas creen tener derecho a toquetear a punta de fastidio a sus hermanos. Fue en ese momento cuando Thalía descubrió de repente que la vista de unas moscas sobrevolando una fruta caída bajo un arbusto era completamente fascinante.
—Rachel, basta —retiré su palma de mi frente—. No tengo fiebre. ¡Estoy bien! Pero te aseguro que la que acabará en cama con unas cuantas nalgadas en el trasero serás tú por tanto cuidado. ¡Para!
—No llegarías a darme ni una palmadita, majo —comentó Rachel cargada de razón.
Pero al menos ella y Nico no tardaron en marcharse, de vuelta a su conversación de frikis.
—Humm —tanteé en cuanto retomamos la caminata camping adentro—, ¿va todo bien? —Thalía se había quedado muy silenciosa desde la intervención de la pelirroja.
—En realidad no.
—Ya decía yo que tenías toda la pinta de querer matar a alguien —dije, agarrándola de un brazo para evitar que pisara un pequeño montículo de piedra. Nada más orientarla en la dirección correcta, la solté.
—¡Ese es el problema! —estalló Thalía, deteniéndose en seco—. ¿Qué leches te pasa?
Parpadeé.
—¿Perdón?
—¿Qué leches te pasa conmigo?
—Nada —dije, perplejo—. Nada —repetí con mayor convicción—. ¿Qué me va a pasar?
—Que tienes algo en contra de mí —se explicó tras un hondo suspiro—. ¿Sabes lo que he tardado para que me hables todo lo que estás hablando hoy? Pero llega Rachel, Nico, Annabeth… ¡cualquiera! y las palabras parecen darse prisa por escapar de tu boca.
—Yo no…
—Has estado conmigo tan silencioso que muy bien podrías haber pasado por alguien en estado de coma.
—Eah. Tanto como eso…
—¡Sí! ¡Y ahora ni siquiera soportas tocarme! ¿¡Qué te pasa conmigo!?
Me rendí y acepté decir la verdad, o al menos parte de ella. Al fin y al cabo, nunca había podido ganar en una pelea a Thalía. Dioses, esa chica era capaz de enfrentarse con un tiburón en mar abierto y salir victoriosa con un simple «como me muerdas te muerdo», y todo ello sin siquiera despeinarse.
—No. No se trata de eso —traté de hacerme entender—. No es que no quisiera hablarte ni que no soporte tocarte. Es simplemente que me aturdes. Tu presencia —expliqué rápidamente—. Tu cercanía. Toda tú.
Thalía me contempló con asombro y confusión, como si acabara de llegar de otro planeta y estuviera usando un idioma alienígena; aunque, en realidad, lo que le acababa de decir, a grandes rasgos y entre líneas, era un «rompes mis barreras, derrites mis defensas, me gustas, joder».
—¿Que te aturdo? ¿Qué mierda significa eso?
—Que el calor de tu cercanía me sonroja y derrite tanto como una piedra caliza se consume bajo la lluvia ácida.
—¡Oh! ¿Era eso? —inquirió ella con una sonrisa radiante dibujada en el rostro.
La observé unos segundos antes de asentir con la cabeza; tenía la intención de devolverle el gesto, pero la sonrisa, sencillamente, no acudió a mis labios.
—¿Crees que soy genial? —más asentimiento por mi parte. Thalía se tocó las mejillas con el dorso de una mano, sin mirarme directamente, sólo de reojo—. ¿Entonces, por qué no lo dices?
—¿Por qué no digo el qué? ¿Que eres genial? -Thalía asintió. Me encogí de hombros-. Bueno, supongo que eso ya lo tienes que saber. No hace falta que te lo diga.
-¡Claro que hace falta! -se alteró ella-. Todo el mundo necesita que se lo digan de cuando en cuando. No por ego —declaró con seriedad—, sino porque para mí, tu opinión es importante. —Arqueé las cejas—. ¡Sí, lo es!
-¿Desde cuándo?
-¡Desde siempre! -Se mordió el labio inferior-. Si te lo hubiera pedido Rachel, habrías aplaudido de pie y te habrían faltado segundos y palabras para decirle lo maravillosa o increíble o genial que es —se quejó sometiendo a su labio inferior a un implacable ataque de dientes y mordiscos.
Me quedé de piedra. No podía creer lo que estaba oyendo.
—¿Estás celosa? -exclamé-. ¿Y encima de Rachel? ¡Dioses benditos, no me lo puedo creer!
—¿Que no te lo puedes creer? ¿Eso es lo único que se te ocurre decir, Luke? ¿Que no te lo puedes creer? ¡Eres un ciego idiota, Luke!
—Bueno, entiende. Me sorprende que te pongas celosa cuando entre tú y yo no hay nada y…
Thalía emitió tal siseo que di un salto hacia atrás, alarmado. Pero en vez de caer sobre mí y darme otro rapapolvo verbal de los suyos, me fulminó con la mirada, dio un fuerte pisotón en el suelo, sacudió la cabeza y, sin una palabra más, dio media vuelta y se alejó.
Me quedé ahí plantado un buen rato, sin entender qué había pasado. En qué se había torcido nuestra… llamémoslo, emmm… quedada y no cita. ¿Por qué se había ido, dejándome con la palabra en la boca? ¿Eh? ¿Eh? ¿Quién sabía lo que había pasado por ese peculiar cerebro? ¿Tenía que estarle agradecido o temeroso de que todo hubiera tenido tan abrupto final? Llegué a mi habitación, me puse el pijama, me cepillé los dientes y me metí en la cama, frustrado y… sí, también un poco furioso.
Huelga decir que aquella noche apenas dormí. Mi cabeza se dedicó a machacarme con pensamientos contradictorios, y para rematar la faena, mi cerebro armó por su cuenta un debate que me tuvo en vilo un buen tiempo.
Thalía y yo éramos muy diferentes.
«¿Y? Las estadísticas afirman que los polos opuestos se atraen. Además, hay relaciones de personas totalmente opuestas entre sí que funciona a las mil maravillas».
Habíamos tenido por años vidas tan separadas que sería difícil hacerlas encajar de nuevo.
«Bah. Basta con que los dos queráis hacerlas encajar. Cada uno con lo que ha aprendido por su cuenta. Podríais tener un nuevo comienzo, uno que construyáis mano a mano entre los dos».
A punto estuvimos una vez de intentarlo pero al final no pudo ser.
«Sí. Porque ella acabó convertida en árbol. Seamos honestos, ¡a quién le gustaría mantener una relación de amor con un árbol, a ver?»
Venga ya. Sabía que ese no era ningún argumento.
«Vale, vale. Pues qué tal esto: ese a punto es la clave. Tienes la posibilidad de que deje de ser un a punto y se convierta en completo».
No me quería como yo quería que me quisiese.
«No te andes con trabalenguas. Bien sabes que no es así. Aunque poco, te quiere. Lo sabes. Se lo dijiste y repetiste hasta la saciedad pasadas veces. ¿Qué te ocurre? ¿Ahora la cinta debe rallarse contigo o qué».
Nunca superaríamos nuestro pasado.
«Y una bombilla se ha fundido con esa réplica. Por favor, hace tiempo que te perdonó por eso. Lo sabes. Hace tiempo que la perdonaste tú a su vez. También lo sabes. Te vas quedando sin cartas, guapo».
El hecho de que hubiera renunciado a Artemisa no quería decir que hubiera sido por mí, por estar conmigo.
«Mmm… puede que ahí tengas algo de razón.
Seguro que lo había hecho simplemente por la profecía.
«Ups, touché. Me callo, me callo».
Con un suspiro furioso, tiré enérgico de las sábanas hasta cubrirme por completo, cabeza incluida, apagué con un golpe de nudillos en el interruptor de la cabecera la luz y me perdí en mi almohada. El debate había terminado. Mi parte más racional había ganado. Así que tenía que resistir. Volver a pensar siquiera en intentar tener algo con Thalía sería un viaje sin retorno al fracaso, con destino final al océano de la tristeza.
Pero a la mañana siguiente mi resolución voló por los aires cuando me la encontré de mañanita, sola en la cocina. Al parecer no había sido el único en ser expulsado de la cama a horas tempranas. Oscuros rizos enmarcaban sus hombros, aunque llevaba el pelo atado con una cinta gris; los pantalones verdes se ajustaban tanto a su cadera y piernas que casi parecía una segunda piel,ylachaqueta ajuego, desabrochada hasta tres botones, dejaba a la vista una camiseta de colorcrema de cuello alto aunque con un escote redondo y poco pronunciado que subía y bajaba al ritmo de su respiración.
La observé en silencio, quieto como una sombra bajo el quicio de la puerta, y asistí cómo retiraba un cazo del fuego, se servía el oscuro y espeso líquido en una taza con el dibujo de un sol del que le brotaban flechas plateadas a modo de rayos, y la mantuvo entre sus manos, disfrutando del calor y el aroma de la bebida, los ojos cerrados todo el tiempo.
—Ah, Thalía. No debiste molestarte… pero gracias.
Abrió los ojos de golpe cuando sintió que la taza se deslizaba entre sus dedos y trató de agarrarla enseguida, creyendo que se le escurría al suelo. Lo único que logró atrapar fue el borde de la manga verde manzana de mi chaqueta.
—¿Qué…? ¿Qué? —murmuró, atontada.
Me incliné y la di un beso en la mejilla.
—Por el chocolate.
Con una sonrisita burlona, fui a sentarme a la mesa redonda que precedía el corazón mismo de la cocina, llevándome conmigo la taza de chocolate caliente.
—¡Luke! —gruñó.
—Sí, sí. Buenos días para ti también —respondí, estirando las piernas por debajo de la mesa y descansando los pies sobre la silla de enfrente, mientras sorbía el chocolate.
—¡Me acabas de robar el desayuno!
—Prepárate otro —respondí, sacudiendo la mano con desinterés.
—Tendría que esperar otros diez minutos a que esté listo —protestó—. Idiota. Ese chocolate era mi despertador azucarado.
—Y un buen despertador azucarado que es, sí —confirmé con una gran sonrisa por encima del borde de la taza—. Oh, vamos, Thalía, deja de poner esos morritos. No es para tanto. Sé que tu tiempo es muy valioso y que en tu agenda del día está el aterrorizar campistas jóvenes a las —miré el reloj de mi muñeca—, ocho de la mañana. Pero seguramente diez minutos no son nada en comparación a la vida de cazadora feme fatale que llevas… bueno, que llevabas veinticuatro sobre veinticuatro horas al día.
—Eres horrible —refunfuñó, dejando el cazo en remojo a un lado de la pila—. Si me mareo por no desayunar nada, será tu culpa.
—¿Oh? ¿De veras? —Cuestioné en tono dramático—. ¿Porque en toda la cocina no hay nada más para desayunar? bueno, pues como no quiero cargar con esa mala conciencia, ¿qué te parece si somos democráticos? —le hice un gesto para que se acercara—. Ven. Siéntate. Comparte conmigo este delicioso chocolate.
Nos fuimos pasando la taza, bebiendo a sorbos en un cómodo silencio, lanzándonos miradas a través de la mesa y aprovechando el pase de la taza como pretexto para rozarnos levemente las manos. A ratos era yo el que no podía sostenerle la mirada, por lo que la desviaba hacia cualquier otro punto, a ratos era a ella a quien se le escapaba una sonrisa fuera de lugar y bajaba la vista.
Alcé una ceja para señalarle la mancha de chocolate que tenía en un lado de la boca. Ella se lamió los labios para quitarse los restos; con la servilleta, repitió el gesto en los míos.
Para cuando el primer campista madrugador irrumpió en la cocina, estábamos hablando apaciblemente, temas triviales tales como la decoración de Limbhad y lo que recordábamos de aquel aislado refugio.
—Hola —saludó Thalía con una sonrisa—. Nico. ¿Qué quieres desayunar?
—Nada. El chico se sorprendió ante la falta de antipatía en la voz de Thalía, pero no dijo nada—. En realidad sólo vengo a por una cosa —explicó, paseando la mirada por la cocina.
—Vale. Toma lo que necesites —ofrecí.
Thalía asintió. Nico pareció tomar una decisión; se acercó a la mesa. Interceptó la taza del chocolate y se lo llevó a sus labios.
—¡¡¡Eih!!! Protestamos Thalía y yo al unísono—. ¿Qué haces?
—Tomo lo que necesito —dijo el muy caradura, con una sonrisa. Y vació la taza en su boca.
Cuando el chico salió por la puerta, silbando y con las manos en los bolsillos, más contento de lo que jamás lo había visto, Thalía lo siguió con un ceño y yo con una secreta risa por dentro. Nos quedamos en silencio varios segundos y nos miramos, medio enfuruñados, medio sonriendo.
Thalía había subido los piesalasillayestabasentadacruzada depiernas, con una mano apoyada en las rodillas. El deseo por ella, que yo creía dormitado, cobró vida de nuevo en mi interior. Tenía media pernera levantada, debido a su postura, y su piel quedaba al descubierto, más que visible.
«No mires las piernas. No mires las piernas».
Demasiado tarde. Estaban bronceadas con la entonación de quien ha pasado muchos años en la intemperie del bosque, con un aspecto suave como la seda. Me lamí los labios.
—¿Luke?
—¿Mmm?
—Aquí, aquí arriba —chasqueó los dedos—. ¡Eih! ¿Puedes prestarme atención, por favor?
Obligué a mis ojos a encontrarse con los suyos. Había cambiado de postura. Ahora estaba medio recostada en la silla, mirándome fijamente, enfurruñada como una niña a la que le hubiesen arrebatado su juguete, y sentí que los dedos volvían a cosquillearme, ansiosos por acariciarla. Retiré unos metros hacia atrás la silla, por si acaso decidían en última estancia rebelarse contra mi sensatez.
—Dime.
—Tengo una idea —dijo nada más asegurarse de que tenía ganada mi atención.
—Cuéntame.
—Hagamos como si fuera la primera vez que nos vemos. Tú no me conoces. Yo no te conozco. Tú no sabes mi nombre, yo no sé quién eres. Hagamos como si fuéramos dos extraños que se topan de casualidad. No hay profecía. No hay juramentos. Ni siquiera hay dioses. Sólo somos dos jóvenes que se conocen sin previo aviso, de golpe y porrazo. Ahora nos ponemos a hablar. Compartimos una bebida; tú un chocolate caliente, yo una taza de café. Nos conocemos. ¿Nos gustaremos? Puede ser. Puede que no. Somos dos extraños que nada saben el uno del otro. Tú no sabes que soy una chica vetada al romance. Yo no sé que tú eres un chico con turbio historial de titanes. Somos, solamente, dos personas que recién se acaban de conocer. No somos siquiera amigos. La amistad es algo que surgirá en función de si nos sentimos compenetrados o no.
Se toqueteó los cabellos, lo que denotaba su nerviosismo, algo que me sorprendió. Recordé la sensación de acariciar ese mismo cabello, volando mis dedos por él, seda negra contra mi piel.
—¿Por qué quieres hacerlo?
—Porque quiero olvidar por un día la presión que nos rodea. Quiero a Luke Castellan, al auténtico Luke Castellan. Y quiero que me conozcas tú a mí. Pura. Sin filtros. Tal cual soy. Tal cual me siento. Quiero disfrutar de un día de adolescente, un día de adolescente normal. Quiero que hoy no tengamos que hablar de todo lo demás. Quiero que estemos el uno con el otro. Y saber si se puede disfrutar con la experiencia. Si, al disfrutar, lo hago porque no hay regla, porque estamos en terreno neutro, no porque las cosas de nuestro pasado influyan de algún modo en esta relación.
—No acabo de entender por qué…
—No hay pasado ni presente. No tenemos historial, no tenemos porvenir. Sólo un presente. Un ahora que nos llama. Un momento del que adueñarnos sin mirar adelante ni atrás. ¿Qué me dices? ¿Te animas?
Sentía algo de confusión. Entendía su punto, aunque no acababa de compartirlo. Apoyé la barbilla en el puño y clavé la mirada en sus ojos, sus ojos que ofrecían esa locura, esa inverosímil oportunidad. Finalmente, me decanté por darle también un voto de confianza, seguir la corriente de ese mar en el que se preparaba a bracear.
—Encantado de conocerte. —extendí una mano tibia hacia ella—. Soy Luke. Luke Castellan.
—Encantado de conocerte a ti también, Luke, Luke Castellan —aceptó mi mano tendida—. Yo soy Thalía. Thalía Grace.
—Me gusta.
—¿tú crees?
—Es un nombre muy místico.
—Gracias. Cuéntame quién eres. Qué te gusta hacer, qué te disgusta. ¿Alguna alergia? ¿Algún color favorito? Qué anhelos sueñas por las noches y qué sueños anhelas obtener.
Nos fuimos a la casa central, la antigua usada de templo que se había convertido en nuestra zona privada del campamento, y allí pasamos horas hablando, poniéndonos al día de las cosas que nos habían pasado o que habíamos pensado, y que no habíamos contado a nadie más.
Cuando ya estábamos muertos de hambre y nos fue imposible seguir sin hacer caso a los rugidos del estómago, nos levantamos, hicimos el camino a la inversa de vuelta al comedor, y encontramos una mesa cerca de la de siempre, aunque esta mucho menos concurrida.
Por la tarde, Thalía y yo volvimos a la sala de plegarias, aunque esta vez se nos unió Rachel. Y en aquella ocasión estaba sola, sin Nico junto a ella. Lo que me hizo recordar…
—Oye… —no sabía cómo abordar la cuestión, pero debía hacerlo—. ¿Entre tú y Nico hay… algo?
—¿Qué? —Me miraba como si le acabara de hablar en un idioma desconocido—. ¿Algo? ¿Qué algo?
Busqué ayuda en Thalía, pero ésta negó con la cabeza como diciendo «ché, a mí no me metas». Me sentía azorado; habría dado lo que fuera por estar en otro lugar y fuera otro quien le diera la mala noticia. Pero… gargajos de las amistades: había que ser sincero.
—Verás, Rachel… —empecé, ganándome una mirada curiosa de la chica—. El otro día… hace tiempo… vi a Nico besando, bueno, casi besando a… otra persona.
—Hummm… vale —me contemplaba desconcertada—. ¿Y?
Parpadeé.
—Siempre estáis juntos. Y vais de aquí para allá muy unidos. Había creído que…
—¿Salíamos? —completó Rachel por mí. Sus ojos estaban abiertos de hito en hito. Luego, sin previo aviso, se echó a reír—. Dioses benditos, Luke —dijo, apretándose el estómago—. Realmente no rascas bola en estos asuntos. Qué suerte tienes de que no vives del oficio de cupido o la Celestina.
—¿Qué significa eso? ¿Que no te gusta? ¿Que no le gustas?
—Rachel es demasiado femenina para Nico —explicó Thalía, tapándose la boca con una mano y tratando de mantener la cara inexpresiva, aunque a luces se veía que luchaba por no unirse a las risas de su amiga—. Tendrías más éxito tú de intentar conquistarlo que nosotras. —Entrecerró los ojos, seguramente imaginándose la escena, y añadió casi en un ronroneo de interés y picardía—: oh, sí… más éxito.
—¡Me dijo que era gay! —admití—. Pero… ¿tú lo sabías?
—¿Y por qué no iba a saberlo? —Objetó Rachel—. Nico odia las polillas y los sitios cerrados. No soporta la humedad. Es claustofóbico, el pobre. Un armario no es su lugar favorito del mundo. ¡Todo el camping lo sabe!
—¡Todo el camping menos yo! —protesté, avergonzado. ¡Rachel y Nico! ¡Había hecho el ridículo con solo planteárselo a la chica.
—Bueno. A tu favor diré que tú no sabes ni lo que sientes, Luke. Difícilmente puedes pisparte de lo que sienten los demás, cuando tú tienes la solución con solo estirar la mano y no lo haces porque… pues porque no te da la gana. Sencillamente.
Me erguí tieso sobre la silla.
—¿Qué demonios significa eso?
Ni corta ni perezosa, Rachel miró a Thalía con elocuencia y después volvió a clavar sus ojos en mí.
—Sabes muy bien a qué me refiero. ¡No te hagas!
—No, no lo sé —me obcequé.
—¿Le has preguntado por qué ya no luce la diadema de princesita de la Corte de Cazadoras? —espetó sin cortapisas.
—Rachel… —la previno Thalía.
Pero la pelirroja se volvió hacia ella y la hija de Zeus se ganó su propia mirada reprobatoria:
—¿Le has contado ya tus sentimientos? ¿Tus sueños?
—¡Rachel!
—Sí, así me llamo. Gracias por recordármelo; casi estaba a punto de olvidarlo. Pero, volviendo al tema, ¿habéis conversado? ¿O sólo habéis hablado? ¿Habéis tocado el tema que de verdad importa, es decir, el de vuestros sentimientos? ¿U os habéis dedicado a hacer un círculo alrededor y esquivarlo, como buenos cobardes que sois?
—¿Y qué se supone que nos tenemos que decir, perdona? —comenté fríamente. Mi tono, no obstante, le trajo sin cuidado a Rachel.
—Que en su elección te incluyó a ti —me espetó—, por ejemplo. Que tanto perseguirte de aquí para allá es por un único motivo y un único propósito.
—¿eso es cierto? —me dirigí a Thalía.
Ella asintió. Me puse de pie, en el estómago una batidora en marcha.
—Luke, espera; no te vayas —suplicó con voz entrecortada—. Mira, no voy a… ya sabes… esto ha sido muy repentino y es duro…
—Ya no es hija de Artemisa —me recordó Rachel—. Eso debería darte una pista de dónde van los tiros. Debería bastarte para…
—¡No basta, claro queno basta! —bramé. Tanto Rachel como Thalía me miraron, sobresaltadas—. Sé por qué renunciaste a las cazadoras, Thalía. ¡Lo sé! Pero te equivocaste. No voy a ser tu alternativa por el simple hecho de que lo tomaste porque te impusieron una elección. No vas a estar conmigo porque de tus mejores opciones, yo era lo mejor.
Ambas chicas me miraron de hito en hito, como si me hubieran salido cuernos de la cabeza.
—¿Cómo dices? —su tono había bajado unas cuantas octavas.
—Thalía, te he querido desde años, desde niño, siendo adolescente; te he querido como se quiere a alguien al que se admira, como se quiere a un familiar, como se ama un primer amor. Te he querido y tanto tiempo hace que ni sería capaz de calcularlo. Te lo llevo diciendo meses, con palabras, con acciones, pero tú nunca te lo has creído y, vale, me duele y no puedo hacer nada al respecto.
Laparteposteriordemis piernaschocó contraunasilla,ysólo entonces fui consciente de haberestado reculando.
—Querías una garantía de no sufrimiento, una jodida bola de cristal para poder ver nuestro futuro y ver si este iba a ser coser y cantar. Yo no pude darte esa garantía, y sigo sin poder dártela. Las relaciones son amor, pero también son acidez, dolor, amargura, y no iba a decirte que no habría momentos de maltrago o donde desees tirarme por la ventana, y esa es una verdad que pocos admiten antes de entablar una relación, es una verdad que tú no admitiste en el pasado. Dolor, dolor y dolor era lo que temías, desengaño y decepción lo que recelabas. ¿Y de repente me dices sí, quiero? Lo siento, pero ahora soy yo el que no se cree ese brusco cambio de actitud. Lo único que puedo decirte es que te quiero, que siempre te he querido y que siempre te voy a querer. Pero por alguna razón eso no fue suficiente en el pasado para ti, para que me eligieras aun sin saber la profecía. ¿Y ahora que ya la conoces es cuando cambias de parecer? ¿Ahora esos miedos ya te han desaparecido? Lo siento, pero no me lo creo. Y dado que no me lo creo, no puedo sumarme a ese entusiasmo.
Traté de tomar aliento. La cabeza me zumbaba, el corazón me sangraba, y por los vistazos de ojos endurecidos que me estaban lanzando, supe que me iba a meter en líos dentro de poco. Pero no importaba. Las palabras estaban en mi lengua, ansiando salir, la sinceridad y mi creencia sobre ellas las que le azuzaban a escapar a borbotones de mi boca.
—No voy a ser un actor entre miles en la obra de teatro que los dioses montan para su uso y disfrute. Si he de subir al escenario, será con quien yo elija, con alguien que sé que de verdad está ahí por mí, no por otra razón. Llámalo egoísmo, me da igual, pero me gusta sentirme querido, prioritario. —Le di la espalda y me encaminé a la salida—. Ya lo he dicho todo. Adiós.
—De adiós nada —instó con gesto severo—. Te he escuchado. Y sin interrupciones. Así que ahora me vas a escuchar tú a mí. —La puerta se abrió de par en par con una violenta corriente de aire antes incluso de que yo pudiera rozar el pomo—. Rachel, por favor, si no te importa…
—A mí sí me importa —intervine—. Rachel, ni se te ocurra irte. Quédate.
—Rachel, bien sabes que necesito hablar con él. Por favor, retírate.
—¡No! —dije.
—¡Sí! —replicó Thalía firmemente—. ¡Rachel, vete!
La pelirroja obedeció rauda a dejarnos solos (¡chicas! siempre se apoyaban las unas a las otras y dejaban a los demás con el culo al aire, aunque fuera alguien que consideraran amigo. ¡Sí, ya!) No sin antes fruncir el ceño en mi dirección y dedicarme una mirada cargada de reproche. Hice intención de salir tras ella, pero Thalía había aprendido bien a hacer maldito uso de su afinidad con el viento; una cárcel de aire me retenía en el sitio, impidiéndome siquiera rascarme el trasero.
—No has entendido nada de lo que te hemos dicho —continuó Thalía, una vez a solas. Se incorporó, ágil, grácil, severa, y avanzó hacia mí, decidida, tormentosa—. Peor aún, has tergiversado nuestras palabras. Pero voy a resumirte en tres simples sílabas para que tú, cerebro de guisante, lo captes sin problema alguno: te quiero.
Me quedé inmóvil. No dije nada. No hice ningún movimiento. Hasta dejé de respirar. Me había quedado atónito. Y estaba seguro que incluso mi corazón había parado un momento de martillear para asegurarse de que había entendido bien lo escuchado. La frase «no puedo creer lo que oigo» suele usarse de manera hiperbólica, lo sé, pero en esos momentos la expresión calzaba perfectamente conmigo, me venía como anillo al dedo, era de lo más acertada y literal. Y es que mis oídos habían abierto el mensaje pero mi cerebro se negaba a leer sus líneas y marcar la casilla de «recibido».
—Puede —dije finalmente—. Puede. Pero no lo suficiente. Y también quieres a otra. Y a ella sí lo suficiente.
—¡No te atrevas a dar carpetazo a mi declaración esgrimiendo el nombre de la diosa! —Una daga apareció en su mano, salida a saber de dónde, y Thalía lo giró en el aire, todo ello sin dejar de recortar distancia—. He dejado de ser una hija de Artemisa. Por elección, sí. Pero por propia elección. ¡Deja de escudarte en ese juramento para minimizar el te quiero que te acabo de decir! —Se guardó la daga en la manga, aunque sus ojos continuaban encendidos de indignación—. No podía ni quería seguir siendo una hija juramentada de la diosa. ¿Lo entiendes? Y no sólo por ti, sino porque sencillamente ya no quería, no estaba a gusto. Pero sí, igualmente, tú has tenido mucho que ver en esa decisión.
—¡Oh, entiendo! —Exclamé, sin entender en absoluto, y mientras que mi sonrisa seguía siendo cordial, mi tono fue de acero—. ¿Por qué? ¿Porque quieres un hijo? ¿Porque ese es tu siguiente cometido en la vida y necesitas de mis fábricas?
Si los ojos pudieran volverse piedras, la dureza en los de Thalía iba por buen camino.
—Repite eso —exigió en un susurro gélido.
—¡Te escuché! —Confesé, casi a gritos—. Escuché cuando les contabas a Annabeth y Rachel tus sueños de madre. ¿Es eso lo que quieres de mí? ¿Mis bichitos? ¿Y luego, qué? ¿Me darás palmaditas en la cabeza y te desembarazarás de mí, quitándome de en medio hasta la próxima vez que te haga falta?
La daga volvió a hacer acto de presencia en sus manos. Thalía la esgrimía con una fiereza inusitada. Sus ojos centellearon con tal furia que me encontré buscando un sitio donde esconderme o algo con que defenderme. Pero entonces hizo algo que me dejó aún más perplejo, aunque, teniendo en cuenta lo que sostenía en la mano, era de esperar: se abalanzó sobre mí, y el ímpetu de su ataque fue tan repentino que perdí el equilibrio, me tambaleé hacia atrás, una mano buscando a tientas donde sujetarme, la otra tanteando delante para frenar sus intenciones.
—¡Thalía! —la chillé.
—¡Idiota! —Me gritó ella a su vez—. ¡Estúpido idiota insensible!
Hice intención de equilibrarme, pero entonces ella me agarró por las piernas, gritando. Los dos caímos sobre el suelo de baldosas, al tiempo que un aire furioso desparramaba los papeles. Exhalé un gruñido al golpearme el cogote con el duro suelo, y volví a gruñir cuando Thalía se enderezó por encima de mí, daga en mano todavía, como una sombra ominosa, para a continuación dejarse caer sobre mi estómago sin ninguna contemplación a mi queja, emitiendo un ruidito de satisfacción, como si yo fuera un cojín, el cojín más cómodo en el que jamás su trasero hubiera descansado.
—Las cazadoras tienen un dicho muy curioso —explicó con contundencia, acomodada sobre mi estómago—. Dicen que tratar con un chico es igual que tratar con un asno. Aseguran que compartís el mismo cerebro: diminuto, obtuso, de bestia. —Se pasó la daga de mano en mano, sin dejar de mirarme con advertencia—. Pero yo creo que se equivocan. Tú me acabas de demostrar que incluso un asno sería menos terco. Y que por descontado tendría más inteligencia.
Erguí la cabeza para mirarla por encima de mi tripa aplastada.
—Sal de encima de mí, Thalía. Levántate. ¡Déjame ir!
—De eso nada. No me levantaré de aquí aunque venga todo el Olimpo al completo a pedírmelo —respondió Thalía. Y cruzó los tobillos, furibunda, para apoyar su decisión—. Soy una chica muy furiosa daga en mano, ex cazadora e hija del dios más poderoso entre los poderosos. Estás en peligro, Castellan. Continúa comportándote así, sin querer escuchar ni entender, y te juro que te demostraré de qué soy capaz de hacer.
—Levántate.
—No.
—¡Levántate!
—No saldrás de aquí hasta que me hayas escuchado.
Me revolví con celeridad, logrando que Thalía emitiera un chillido y me mirara, atónita. Le aferré el brazo de la daga, me levanté del suelo sujetándola de la cintura con la otra mano hasta que la chica resbaló al suelo. Quedamos de pie cara a cara, yo aún indignado y ella frotándose el brazo con furia.
—¡Chicos! —barbotó—. Cuando os veis con el agua al cuello, a punto de ser reducidos, echáis a nadar o correr o recurrís a la fuerza bruta. ¡Será posible!
—¡Espera un momento, espera un momento! —protesté—. ¿¡Serás cara dura!? ¿Quién ha empujado a quién? ¿Quién ha amenazado con un arma? ¿Quién ha puesto la zancadilla a quién? ¿Quién se ha sentado encima de quién? Y me has amenazado con el poder de tu papi…
Alcé las palmas en alto, reculando un paso, negando con la cabeza, tratando de pensar. Mis manos se cerraron en puños y se paralizaron en las caderas, mientras fruncía el entrecejo en actitud reflexiva.
—No, no. Otra vez no. Siempre me haces lo mismo. Cuando te das cuenta de que la conversación no va por donde a ti te conviene, acabamos discutiendo; no sé cómo te las apañas, ¡pero es así! discutimos sobre algo completamente distinto, y cuando creo que el tema inicial ha pasado, vuelves a la carga, confundiéndome aún más. ¡Pues hoy no! ¡Alto ahí! Esta vez no vas a salirte con la tuya.
—No tenía intención de discutir —replicó con calma Thalía—, ni de cambiar de tema. Al contrario. Quiero que me escuches de pe a pa. Me has acusado de interesada ¡sí, lo has hecho, ahora no lo niegues! —Cortó cuando abrí la boca—. Has dicho que sólo te veo como una fábrica de niños. ¡Arrogante! ¡Como si no hubiera más hombres en el mundo para ello! Pues ahora voy a responderte. ¿Me vas a dejar explicarme? ¿O seguirás cerrándote en banda a comprender?
—No soy ninguna mula —contesté—. Tengo oídos para oír y un cerebro para discurrir.
—¿Sí? —replicó, mordaz—. Pues demuéstralo. Has gala de ellos. Escucha, piensa y cállate un momento.
Se apartó y durante unos segundos estuvo concentrada en cepillarse las ropas y en reorganizarse los cabellos, rehuyéndome la mirada.
—Veamos. ¿Dónde te perdiste? Ah, sí. Donde te dije que te quería. Lo normal es escuchar un yo también te quiero, o dar un beso o abrazo… incluso, si la situación es desesperada, decir un gracias. Los dioses saben que la nuestra lo es.
—Gracias, entonces —mascullé, aunque me moría de ganas de decir otra cosa—. Pero no te creo.
No podía dejar de pensar que Thalía estaba a punto de echarse a reír o a gritar y declarar entre sacudidas exasperadas de cabeza que todo era mentira, una prueba para medir mi reacción, una broma pesada de muy mal gusto.
—¿No… no me crees?
—No dudo que me quieras como amigo. Incluso que sientas por mí atracción. Lo que cuestiono es ese nuevo matiz de te quiero que tratas de hacerme transmitir. Un te quiero de amor.
—¿Y el hecho de que te lo haya trasmitido no te dice algo? ¿Tal vez que es verdad?
—Recuerdo el par de veces que me lo dijiste. —Mi voz era terriblemente inexpresiva—. Después de declararlo, te volviste distante, fría. Tu manera de tratarme se volvió cortante. Admitiste que me querías, pero también dijiste que eso no importaba. Que no significaba nada. Que no cambiaba nada…
—Y era verdad en ese entonces —exclamó ella—. No existe el amor no fraternal para una hija de Artemisa. Pero ahora todo es distinto.
—Claro. Porque ya no eres una cazadora.
—¡No! Porque aun siendo hija de Artemisa, esa creencia de que no existía el amor para mí dejó de regirme, dejé de darle importancia.
Comencé a ir de nuevo hacia la puerta. Esta vez Thalía no usó el aire para retenerme. Corrió a cortarme el paso, con los ojos ardiendo de demanda.
—Por favor, no te vayas. ¿Es que no lo entiendes? Escúchame. Escúchame.
Vacilé. Thalía me miró. Sus ojos eran como dos abismos azules, brillantes, eléctricos en los que me sentí dispuesto a acercarme. Mi yo más racional soltó un grito indignado desde algún lejano lugar de mi mente cuando detuve mis pasos hacia la salida.
—Cierto, me comporté mal. Pero por una razón, de veras. No había esperado volver a amar, amar de ese modo tan pasional y, aunque estaba derritiéndome, sentía pánico. De ahí mi hostilidad y frialdad hacia ti. Era un modo de protegerme de esos muros que poco a poco caían. Pero en la fiesta ya no pude aguantar más; ese órgano fue el único invitado que no estaba invitado a aquella fiesta. Y con el paso de las semanas todo fue a peor; esperaba, deseaba que dijeras o hicieras algo equivocado para que yo pudiese volver a odiarte y a volver a entregarme de pleno a las cazadoras, hablando sobre chicos y diciendo que no sois de la Tierra sino de una galaxia muy, muy lejana. Pero no lo hiciste.
—Resulta que somos de vuestro mismo planeta, después de todo —ironicé.
—La cuestión es que, desde que nos reencontramos, hemos basado nuestra relación en viejas rencillas del pasado. Al principio no quería ni verte. Después estaba segura de que podríamos ser amigos. Pensé que no podría volver a fijarme en ti, a desearte y quererte como te había deseado y querido.
Exhalé profundamente.
—Y ahora es cuando me dices que no te equivocaste en esa suposición.
—Oh, la equivocada era yo. Cada día me demostrabas cuán equivocada estaba contigo, y con cada error que me despejabas, crecía… esto que siento hoy por ti.
Avanzó otro paso, y esta vez no retrocedí.
—Luke, yo…—Thalía se pasó las manos por el oscuro cabello; los dedos le temblaban visiblemente, tal vez de nerviosismo—. Los sentimientos, sencillamente, me superaron. Es la verdad. Lo juro.
Oí mi propia voz como si llegara de muy lejos.
—Quiero creerte. De verdad…
—Estaba dolida —se apresuró a seguir explicando—, así que me entregué a Artemisa y me alejé de todo cuanto antes había significado mi vida. Mi madre. Annabeth. Yo misma. Tú. Incluso Grover. Pensaba que con eso me protegía de futuras decepciones, del dolor, y estaba decidida a renunciar al amor, el amor romántico, de pareja, para hacer lo necesario y custodiar mi corazón. —Sonrió con amargura y bajó la mirada a sus pies—. No me di cuenta de que, lo que en realidad estaba haciendo, era dar la espalda. Huir. Poner una infección en la herida en lugar de asimilar el escozor y dejarlo sanar. Os fallé a todos, pero, más aún, me fallé a mí misma.
Al otro lado de la puerta, rugió el motor de un cortacésped. Voces se alzaban hacia el cielo entre charlas distendidas y risas. Una chica cantaba armoniosa una canción de grandes éxitos. Dentro de la estancia, tragué saliva, parpadeando rápidamente y conteniendo esa emoción que llamaba a mi corazón vestida de ilusión y esperanza. No iba a aceptar. ¡No iba a hacerlo!
—Me comporté como una mártir del amor. Lo que es comprensible, teniendo en cuenta mi desengaño por ti. Pero seguí comportándome como la misma mártir cuando regresaste, dispuesto a enmendarlo todo, a recuperarme, a reconquistarme. ¡Como si alguna vez hubiera dejado de quererte! Pero no te lo hice saber; estaba muy cómoda en mi postura de mártir, lo que es penoso, teniendo en cuenta todo lo que hacías para demostrarme que habías cambiado.
—Thalía…
—Tenía razón en pensar que no podía volver a quererte como te había querido. Sí, tenía razón. Porque para volver hace falta primero dejar. Pero nunca dejé de quererte, Luke.
—¿Nunca?
Sus labios se curvaron en una sonrisa que recordaba a la serenidad de una diosa.
—Nunca. ¿Lo entiendes ahora? —Emitió un gruñido de frustración—. ¡Te elijo a ti, idiota que nada quiere entender! ¡Te elijo a ti, por encima de los demás! ¿Es que no lo ves? Hoy, ahora, mañana, siempre… ¡te elijo a ti!
—¿De verdad? —La esperanza, ese bichito con alas, comenzó a revolotear en mi interior.
Ella asintió y fue la primera en dar un paso. Alzó el rostro y sus ojos quedaron casi a la altura de los míos, un azul intenso que amenazó con hacerme perder en ellos.
—No quiero ser cazadora juramentada en un mundo donde puedo estar jurada a ti. No quiero ir a ninguna parte sin ti. Ni pasar otro día sin que estemos juntos. Te quiero, y quiero salir contigo. Que seamos amigos, pareja, familia… lo que sea con tal de tenerte conmigo. ¡Y puedo asegurarte —añadió entre la risa y un sollozo—, que todo esto no te lo digo por una maldita profecía ni porque Selise haya amenazado con darme una tunda como siguiera negando mis sentimientos!
Estaba petrificado en el sitio, conmocionado por su discurso. Vi una lágrima rodar por la mejilla de Thalía y no sentí cómo mis pies avanzaban por voluntad propia, lo quisiera mi mente o no hacia ella, y hasta que no me vi enmarcando su rostro con mis manos y sus ojos se toparon con los míos al obligarle a alzar la mirada, no fui consciente de que mis barreras habían caído.
—Te creo le dije, recogiendo con el pulgar aquella lágrima—. Te creo, te creo.
Sorprendido, presencié cómo las lágrimas empezaron a gotearle de los párpados; hacía tiempo que no la veía llorar. Sus lágrimas caían libremente, empapando sus mejillas, mis dedos, sus ojos, dos cielos que lloraban los secretos de su alma.
—¡Dioses benditos, estoy llorando! ¡Por ti; otra vez por ti! —Se sorbió los mocos, tragó saliva, se secó los ojos a manotazos con el dorso de la mano, atrapando un par de lágrimas antes de que cayeran, furiosa consigo misma por llorar, y reanudó su discurso con voz tomada—. Espero que esto te diga algo, cabeza de chorlito. —Inspiró profundamente y me miró—. Te quiero. Por encima de cualquier juramento, por encima de cualquier profecía, por encima de cualquier sentimiento hacia otra persona. Te quiero. Y si he de entregarme a alguien de por vida, quiero que ese alguien seas tú. Elijo, deseo, quiero, necesito y me gustaría que ese alguien seas tú.
Entonces alzó los brazos y me abrazó con rabia, formando a mi alrededor un cosmos donde los únicos seres éramos ella y yo.
—Que las cazadoras se queden con sus arcos —murmuró con la boca pegada a mi pecho—. Que los dioses se queden con su profecía y todo lo que ella promete. Yo ya tengo mi destino.
Una pausa. Mi corazón pasó de sesenta pulsaciones a quinientos diez. No podía moverme, no podía hablar. Me abrazaba. Me elegía. Me quería.
—¿Me amas?
—Con todo mi corazón —aclaró Thalía, sonriente—. Eso es. Nunca te he dejado de amar.
Mi mundo entero se redujo a cuatro paredes, dos brazos en mi cintura y la persona que tenía delante. Si la felicidad se tradujera en algo celestial, ahora mismo seríamos dos ángeles entrelazados. Más aún. Dos dioses entrelazados.
«Esto es estúpido», seguía insistiendo una voz en mi interior; «como tropezar de nuevo con la misma piedra». Pero era una voz cada vez más apagada. La más intensa se abrió como una flor ante la noche. «Quiero, quiero, quiero», decía y procedía de lo más profundo de mi ser, de un lugar donde aguardaban muchas sensaciones esperando a ser descubiertas. De inicios ansiosos por empezar a escribir su primera página. De una reserva de amor que habría por fin sus compuertas.
—¿Y bien? ¿Qué dices?
No había nada que pensar. Nada que dudar. Sólo decir:
—Sí.
¡Dioses! ¿Aquel susurro tembloroso era el mío?
Ella no dejó de mirarme ni un solo segundo mientras yo intercalaba balbuceos entre los sí. ¡Y qué ojos! Tan azules que prometían su propio cielo, tan hechizantes y atrapantes que parecían encerrar un cúmulo de saber profundo que solo un alma que lleva muchos años en la Tierra puede sentir.
—¿Sí?
—Sí, sí, sí —repetíriendo, abrazándola, levantándola del suelo, girando y vuelta a reír, y vuelta a abrazarla—. ¡Sí, maldita sea, sí! Y yo también te amo, por cierto.
Giramos entrelazados sin conciencia del entorno, como dos planetas orbitando alrededor uno del otro. Una sonrisa compartida moldeó nuestros labios y las carcajadas brotaron entre los dos.
Estuvimos un buen rato sin hablar. A menos que las frases entrecortadas de «te quiero, te amo» o «abrázame, abrázame, no te soltaré jamás» cuenten como una verdadera conversación.
La felicidad nos hizo jadear. Nos miramos y el tiempo pareció detenerse. Y entonces, entonces, oh dioses, el beso. Por fin. Por fin.
Nuestros labios se fundieron, en besos suaves, tiernas caricias, sentimientos que a cada instante se intensificaban.
Pronto no quedó un solo milímetro de separación entre nosotros, nos hallábamos unidos como en un mismo cuerpo, ocupando un mismo espacio y respirando el mismo aire.
Mi cuerpo, incapaz de equilibrarse por sí solo por más tiempo, se reclinó contra ella. Y ella me besó muy despacio, un roce de labiosque me dejó al instante sin aliento. Thalía echó la cabeza hacia atrás y se aferró a mi pecho.
Fue un beso cálido, suave y lleno de ternura. No se parecía en nada a cualquier beso que hubiera experimentado con anterioridad. Me hacía sentirme querido, vivo, recibido, deseoso. Fue un beso que hablaba de amor, elección, reencuentro y pasión.
La encerré entre mis brazos y la apreté contra mi cuerpo sin dejar de besarla, sin concederle una mínima oportunidad de alejarse. Mientras, ella me besaba con la misma intensidad, la misma profundidad y la misma rendición. Fue un beso que era un volver a empezar, el inicio de una nueva oportunidad, el principio de hacer real una historia de amor.
Nos besamos una y otra y otra vez. Sin pausa entre beso y beso. Confesando nuestros sentimientos. Acompasando nuestros latidos. Arrancándonos las almas del cuerpo. Sin pensar en la falta de oxígeno, porque ¿a quién le importaba el respirar? Desde luego que a nosotros no.
Fue un beso dividido en muchos besos, muchos besos que se agrupaban en uno solo.
Un beso al que respondimos con necesidad, amor, deseo y pasión.
Un beso donde sólo contestaron nuestras almas, entrelazadas en un solo ser… palpitando como un solo corazón.