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Historia 126109 — capítulo 49

Disclaimer: El mismo de siempre. Ni firmo Rick Riordan ni me apellido Laura Gallego, bla, bla, bla… rueda los ojos. ¿Tengo que repetirlo de nuevo? ¿Really?

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CAPÍTULO 48. UNA RACIÓN DE ESPERANZA, POR FAVOR.

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"Ante el cadáver de una persona que se ha amado, uno se siente siempre culpable. El sentimiento de la propia inocencia se tambalea y se desvanece". (Henri-René Lenormand).

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Ha muerto.

Las palabras repiqueteaban en mi cabeza, pero no lograba dotarles de sentido. Ha muerto, ha muerto, ha muerto.

—No —dije con voz ronca—. No ha muerto. No digas eso.

Bajo la palma de mi mano, el pecho de May continuaba en silencio.

—Luke, sabes que no miento. Lo siento, pero desgraciadamente esa es la verdad.

—No —le repetí yo sin siquiera mirarla—. No voy a abandonarla. No voy a dejarla sola —y con mi otra mano mesé los cabellos de May.

—Luke...

Levanté la cabeza con un gesto brusco.

—¡Vete! —Grité a Thalía—. Vete y déjanos en paz.

Avanzó unos pasos y levanté a Backbiter. Ella se quedó paralizada, la punta de la espada amenazando su garganta.

—Vete —repetí—. No quiero oír tus mentiras. Vete.

Lentamente, ella agarró la espada por el lado de la punta y la bajó hasta que quedó apuntando hacia el suelo. Antes de agacharse, dirigió una mirada de desesperación por encima del hombro, llamando a alguien, pero no supe ni quise saber a quién buscaba.

Mi cuerpo cedió y reposé la cabeza de nuevo sobre el pecho de May.

Permanecí ajenoa todo: al mundo que me rodeaba, al paso del tiempo. Podían haber pasado unos segundos. Podían haber pasado horas. No lo sabía ni me importaba. No sabía nada excepto que no podía dejar sola a mi madre. Mi existencia consistía en un estado alterado de conciencia, donde apenas conseguía mantener a raya el dolor y la congoja por esa soledad que amenazaba con aplastarme.

Me negaba a creer que mi madre había muerto. Así que mientras me negara a aceptarlo, podía fingir que no había sucedido. ¿Verdad? ¿Verdad? La inmovilidad en el pecho sobre el que reposaba mi mejilla fue un bofetón a la realidad.

Thalía tenía razón. May estaba muerta.

Muy, muy muerta.

El impacto y el horror me consumieron de tal manera que creí que se me encogía el alma, que el mundo se acababa justo en aquel lugar y en aquel instante, porque seguro, seguro que el mundo no podría seguir como si tal cosa después de aquello.

Nadie podría seguir como si tal cosa después de aquello.

Continué arrodillado junto a mi madre, derrumbado sobre su pecho, el rostro vuelto hacia sus ojos vidriosos, urbes sin vida que miraban como si no se pudiesen creer su propia muerte.

Quería gritar mi dolor al universo, quería llorar hasta deshidratarme; quería tumbarme junto a mi madre y morir con ella.

—Debemos volver a casa —oí decir. No supe si era Percy o Clarisse quien hablaba. ¿Qué importaba?

—Yo me quedo aquí —declaré.

Dirigí la mirada a Clarisse, que me observaba con cara de pocos amigos. Ella y yo poseíamos un amplio y desagradable historial de conflictos -bueno, en realidad Clarisse por sí sola tenía un repertorio tan grande como una bibliografía- y sospeché que estábamos a puntito de tener otro. Pero Beckendorf le rozó suavemente el hombro y la chica me dio la espalda, negándose a entrar en discusión.

De manera vaga oí cómo se alistaban para la tarea, los grupos formados, cuántos viajes se haría, etc. Alguien me sostuvo del brazo y otras manos apartaron el cuerpo de mi madre, levantándolo del suelo.

—Déjame. No me toques —no reconocí mi propia voz—. Ni a ella tampoco. Déjala.

—Tranquilo, nos la vamos a llevar. Por eso la estoy cogiendo —explicó aquella voz a la que no era capaz de poner identidad; vi cómo mi madre era dada la vuelta y después izada en el aire.

—¡No la toques! —grité. Le di un empujón que casi tumba a la persona.

Era Jack. Hizo todo lo que pudo por equilibrarse con el peso extra del cuerpo de May entre sus brazos y mantenerse en pie.

—¡Luke! ¡Tranquilízate! —A través del velo repleto de dolor apenas sí era capaz de entender las palabras de Victoria—. Sólo va a llevarla al campamento, con nosotros. ¿O acaso quieres que su cuerpo se quede aquí, en la tierra del monstruo que la ha matado?

Despacio, tembloroso, contuve el siguiente empujón y bajé la mirada hacia el cuerpo inerte que Jack portaba; lo había envuelto con su propia chaqueta. El agujero abierto en su caja torácica quedaba oculto bajo la gruesa prenda.

—No. Claro que no.

Observé el resto del escenario que me rodeaba. Había sangre y cadáveres mirase donde mirase, pero en realidad yo era ajeno a todo el horror que había en aquello. Mi mundo se había reducido. Se había reducido a una tarea muy simple: velar el cuerpo de mi madre. No era capaz de procesar nada más.

—Luke —susurró Annabeth; no me había dado cuenta de cuándo se había acercado a mí. Temblaba, y sus palabras estaban llenas de miedo. Me temía a mí, no a los vástagos del Tártaro que yacían a su alrededor. Temía lo que se asomaba a mis ojos—. Luke, vamos, tenemos que irnos.

Aparté los ojos de mi madre y miré a los de mi amiga. Su voz era una de las pocas que mi alma habría reconocido en cualquier parte.

—¿A dónde?

—A casa. Por supuesto.

Tragué saliva. Me temblaba todo el cuerpo.

—Pero… ella… nuestra casa está muy lejos… no podremos…

Mis ojos volvían como imanes al cuerpo tendido en los brazos de Yandrak.

—No. No la mires a ella. —Acunó sus manos en mis mejillas—. Fíjate en mí. Sólo en mí.

Eran unos ojos grises los que me retenían, con su amabilidad y su firmeza e inteligencia intactos. Al fondo, el rastro rojizo de lágrimas derramadas.

—Está bien —me dijo—. Está a salvo. Todo va a salir bien. Déjala irse. Jack la llevará. La cuidará.

Mi cuerpo tembló con una fuerza aún mayor cuando vi que Jack daba un paso, y luego otro, mis dedos se crisparon en torno a la empuñadura de Backbiter.

—No puedo —me dolía pronunciar aquellas palabras—. Debo ir con ella. Debo cuidarla. Protegerla.

—Ya lo has hecho —dijo Thalía, su voz, el último lateral de ese triángulo que me había sostenido desde niño. Mi madre, mis amigas. Pero ahora ese triángulo se había roto. Porque una de esas voces se había apagado.

Para siempre.

La espada se me cayó de las manos al suelo con un sonoro ruido metálico. Y yo seguí a la espada; me desplomé a gatas con el deseo de llorar, pero de pronto incapaz de hacerlo.

Los brazos de Annabeth me rodearon al tiempo que me ayudaba a levantarme. A nuestro alrededor se arremolinaban las voces y, una por una, fui reconociendo en ellas a aquellos a quienes conocía y en quienes confiaba. Rachel; Christian; Victoria; Charles; Jack.

Mis manos asieron la camisa de Thalía cuando ofreció su hombro para que me apoyara en ella y arrugaron la tela para no dejarla marchar. A ella no. Ambas me fueron sujetando conforme yo conseguía dar cada débil paso. Mi cerebro aún se negaba a procesar lo que había sucedido. No era capaz de hacer mucho más que poner un pie delante de otro y seguir las indicaciones sencillas que de cuando en cuando me decían.

No supe cuánto duró el viaje. No supe si fue rápido o lento, para el caso, yo ni me enteré.

Sólo al pisar tierra firme entre vacilaciones, me permití por fin recuperar la consciencia de mis alrededores, que me llegaran los detalles del entorno. Dejé que mis ojos enfocasen la visión del campamento que se abría en abanico frente a mí.

Nos estaban esperando.

El campista apostado como centinela en la entrada del camping 2 para que estuviera atento en todo momento al regreso de cualquiera de nosotros dio la alarma en cuanto nos vio materializarnos frente a las vallas de la entrada, portado por el Alma de Limbhad aunque ante sus ojos debía haber sido como vernos aparecer de la nada.

Para cuando traspasamos la verja del Camping 2, ya había un goteo constante de campistas saliendo de las casas y andando hacia el claro central, y muchos se echaron encima de sus conocidos cuando los vieron llegar sanos y salvos para recibir al grupo de rescate.

Silena corrió directamente a los brazos de Beckendorf y permaneció allí tanto tiempo que los cabellos amarillos que el viento despeinaba acabó rodeándolos a los dos, un cortinaje fino y dorado que levantaba una cúpula de separación entre ambos enamorados y el resto del mundo.

A pesar de mi mente embotada, ver a tanta gente dándonos la bienvenida, percibir la certeza del calor de su afecto fue… agradable. Como regresar a casa. Era como si la desconfianza que en un tiempo yo les había inspirado se hubiera evaporado en esos días de ausencia y secuestro.

Algunos de hecho hasta me ofrecieron un signo de afecto de alguna clase: un abrazo, un beso en la mejilla, palabras de disculpas, palabras de amabilidad.

Mientras la multitud vitoreaba, una más que satisfecha Clarisse levantó una mano hacia los espectadores y los vítores se recrudecieron. Algunos incluso se acercaron y me dieron amistosos golpecitos en la espalda, tratando de aliviar su mala conciencia por haber desconfiado de mí y acusarme de aliado de Cronos tras saber que Lucy y Luke eran la misma persona. Gestos de disculpas que quizá en otro momento hubieran bastado para hacerme sentir mejor, pero que en esos momentos me fueron totalmente indiferentes.

Clarisse y Rachel, ayudadas por Nico y Jack y en ocasiones Selise y Victoria, explicaron a grandes rasgos cómo había ido la misión en respuesta a las exigencias de saber que la gente pedía, omitiendo con miradas de reojo en mi dirección el desenlace final que implicaba a May.

Los campistas contenían la respiración mientras ellos hablaban. Bocas bien abiertas. Ojos que se salían de sus órbitas. No se oía un ruido. Miré a mi alrededor y sentí como si el tiempo se hubiese detenido para todo el mundo menos para mí y el grupo que había ido a mi rescate, los únicos que no estábamos impresionados por el relato angustioso que contaban Clarisse y demás, y ver el asombro en el rostro de la gente me enfureció.

Los presentes parecieron enloquecer cuando Clarisse les contó que tanto Ethan como Cronos estaban muertos, y no faltaron solicitudes de conocer paso a paso la derrota del bando que tanto había traído de cabeza al campamento mestizo.

Más tarde hubo fiesta en el campamento. En cuanto se corrió la voz de la muerte de Ethan, Cronos y los pocos vástagos del Tártaro que habían logrado eludir hasta entonces a la muerte, la euforia y el alivio se propagaron como un incendio, hasta desbordar los márgenes del camping 2, colarse en el bosque y la vida que ahí cientos de criaturas tenían, y extenderse hasta el otro lado hasta contagiar al camping de los mestizos más jóvenes.

Sátiros, druidas, ninfas, pegasos, centauros y un sinfín más de criaturas así como semidioses se arremolinaron fuera de las casas y cabañas como aficionados tras un partido sumamente excitante de fútbol o baloncesto y consumieron en grandes cantidades comida, bebidas y otras cosas más cuestionables que no venían embasadas en recipientes a reciclar después (besos y coqueteos, sí, ya me entendéis).

El sonido de la música y las palmadas y las voces resonaba en el viento por todas las zonas del camping al aire libre, vibrando con ritmo salvaje. Incluso se encendieron enormes hogueras que se alzaron como ave fénix en el recorrido del sol por el cielo mientras todos los campistas, mestizos y no mestizos, bailaban, bebían y cantaban.

Me mantuve alejado de las celebraciones más efusivas, dentro de lo que me era posible, sin ganas de hablar(cuanto menos bailar) ni beber ni, por supuesto, hacer esas otras cosas acarameladas que algunos hacían entre las sombras. No lograba comprender la manía que tenía la gente (y con decir gente sí, estaba pensando en especial en las chicas, ya fueran hijas de Afrodita o de Démeter) de ponerse a celebrar con fiesta cualquier victoria. Era como si ambas cosas fueran unidas: mar y medusa, moscas y caca, victoria y juerga.

Desde donde estaba, escuchaba el ruido de choques de cabezas que los centauros se daban en su curioso sentido de fiestuqui, las canciones de guerra siniestras, normalmente sobre sangre, carne y cuerpos desmembrados, que los hijos de Ares entonaban. Y miraba con creciente irritación las oscuras siluetas que danzaban cerca. Dríadas y ninfas se contoneaban en una danza hipnótica, moviéndose como ramas al viento.

Una de ellas pasó riendo a mi lado perseguida por un pegaso resuelto, y un sátiro detuvo su correteo y se vació un barril de leche en toda la cara, sin terminar de atinar en la boca. Sacudí la cabeza, observando cómo el líquido blanco lo bañaba de arriba a abajo, sin acabar de entender cómo demonios algo que se comía con cereales o galletas había acabado siendo usado como bebida de una fiesta.

—Nadie diría que no sólo Cronos y Ethan han muerto —le dije malhumorado a Christian, de pie al lado mío. Ambos luchábamos por llegar a la soledad del interior de alguna de las casas, pero por cada paso que avanzábamos hacia ahí, dos que retrocedíamos, empujados por la euforia ciega de los campistas que se nos echaban encima, ciegos de alivio, hambrientos de un futuro sin amenaza del Tártaro en el horizonte—. También unos cuantos de los nuestros, pero eso no parecen querer recordarlo.

—Lo saben —aseguró él en mi cabeza, el cuerpo tenso a cada abrazo ajeno e indeseado a su cuerpo; no llevaba bien eso del afecto de las masas. De hecho, una ninfa del bosque cercana a nosotros le miraba sin pestañear, con unos ojos atentos y melosos a los que Christian se negó a darse por enterado—. Hay muchos modos de despedirse de un ser querido. Las lágrimas no son la única demostración.

Cuando finalmente logré escaquearme del abrazo central de la gente, distinguí un punto castaño que se abría paso entre los vítores y celebraciones de los brazos alzados de los campistas. Era Grover. Con sus pezuñas de cabra sin casi rozar el suelo, corría hacia nosotros.

—¡Luke! ¡Luke!

Grover se lanzó sobre mí como una cabra que salta para coronar la cima de la montaña. Me aterrizó encima, me rodeó con brazos y pelaje vacuno y me hizo caer dentro del lecho de hojas secas derramadas bajo las copas de un árbol.

—¡Luke! —exclamó, poniéndose en pie de un brinco y llevándome a la vertical consigo—. ¡Luke, escapaste, estás libre por fin! ¡Y has matado a Cronos; el secuestro ha valido la pena después de todo!

Nuevamente se arrojó sobre mí, abrazándome a la altura de los hombros y me estrujó entre sus curtidos brazos. Contuve la respiración mientras mi cara se sumergía en el pelambre suave pero abultado de su pecho. Aunque aquel pelaje castaño no era lo que habría elegido para secarme la cara, al menos disipó parte del rastro de la humedad que me había resbalado abundante por las mejillas.

—Me alegra un montón volver a verte. Llevo tiempo tratando de llegar hasta ti, pero con toda esta festividad montada no me han faltado los obstáculos.

Jadeé, tratando de respirar, cuando Grover me separó de sí. Entonces me rodeó con un brazo, aún todo sonrisas y alivio y júbilo sincero, y me palmeó con vigor la espalda.

—Grover —susurré—, tengo todo el cuerpo molido. No aprietes tanto, por favor.

—Bah, aguanta. Luego te curaré. Sanarás en un plis plas —replicó Grover sin perder la oportunidad de hacer de sátiro sanador—. Estaba tan preocupado… Cuando me enteré que te había secuestrado el _Señor del Tiempo, nada menos, creí que jamás te volvería a ver.

—Sátiro de poca fe —musité.

—Es genial ver que estás de vuelta y de una sola pieza. Ahora sólo me falta ver a tu madre y el alivio será completo. En cuanto vea a May se me quitarán todos los pesares —miró a su alrededor—, ¿dónde está, por cierto? quiero saludarla a ella también.

Al instante el dolor volvió a hacerme un nudo en la garganta. Di un paso hacia atrás, separándome con brusquedad de Grover, y Christian se adelantó a decir:

—Grover, Luke está agotado. Necesita descansar. ¿Podrías llevar un poco de ambrosía al grupo de Clarisse? Hay unos cuantos ahí que acabaron seriamente lastimados y necesitan de tus estupendos cuidados. Temo que entre tanta celebración se olviden de los heridos.

—¡Por supuesto que sí! me encantará ayudar. Espero que también se apunte Victoria. ¡Es una pasada verla en modo «yo todo lo sano!» —sonrió, aguardando risitas por su comentario. Sólo Thalía hizo el esfuerzo—. Vale, allá voy. —Antes me miró e insistió—: ¿seguro que estás bien? —asentí, la congoja y el pesar hecho un nudo corredizo en mi garganta.

Grover puso una mano sobre mi hombro y me dio un apretón comprensivo; no dudaba que su radahan de sátiro empático le estuviera chivando que algo malo y gordo me había ocurrido, pero agradecí que me dejara seguir con la farsa, que me dejara espacio y consintiera en hablar luego sobre ello.

—¿Cuánto tiempo he estado fuera? —pregunté a Thalía, esquivando decir «secuestrado», mientras salíamos del follón montado.

—Casi dos días. Te rap... desapareciste anteanoche. Hoy, al alba, recibimos tu zapato con el mensaje. No tardamos en ponernos en movimiento, una vez sabíamos donde pedirle al Alma que nos desplazara. La batalla con las fuerzas defensoras de Cronos nos puso entre las cuerdas a las cazadoras. Eso impidió que yo formara parte del grupo que entró dentro, directamente a sacarte de ahí a ti y a…

—May —completé por ella—. A mí y a mi madre. Puedes decirlo. No pronunciar su nombre no hará que no piense en ella, en que esta vez ha sido ella quien se ha ido y no yo, y que por tanto ya no hay casa a la que regresar para verla. —Miraba como aturdido el mar de mestizos que ajenos a mi pérdida celebraban la extinción definitiva de un titán—. Es culpa mía.

—No, no lo es —afirmó Christian, aún en mi cabeza, denotando sin rebozo en la voz un tono tajante; por el modo en que Thalía asintió, comprendí que el shek no sólo había proyectado sus palabras en mi cabeza—. El culpable fue Cronos; él, que la secuestró, torturó y mató por disfrute.

—Por hacerme daño —repuse—. Por castigarme. De no haberme mezclado con él, desde un primer inicio, nada de esto habría pasado. No se habría ofendido conmigo por abandonarlo porque, ante todo, yo nunca habría estado de su bando. ¿Ves? Pero lo estuve. Lo estuve y lo traicioné. Y se vengó. Y mi madre fue el precio de esa venganza; ella la que pagó ese plato. Ella la que murió cuando el que tendría que haber muerto debería haber sido yo.

—No digas eso —susurró Thalía, sacudida por un escalofrío ominoso—. NO lo repitas.

Christian me miró de arriba a abajo, sombrío como un científico que acabara de encontrar microbios de una plaga mortalmente infecciosa en el fondo de su vaso.

—¿Realmente piensas eso? ¿Crees que te merecías morir?

—Lo pienso y lo creo —espeté.

—¿En lugar de tu madre?

—Independientemente de ella.

—ya veo. —Sus azules ojos, generalmente insondables, destilaban gélido disgusto—. Ya veo que tú y el desagradecimiento gustáis de daros mucho la mano —su tono rezumaba decepción—. Pero si tan dispuesto estás en desdeñar la segunda oportunidad que muchos han perdido al morir, a lo mejor es que tienes razón. —Me dio la espalda y comenzó a alejarse. Su voz, no obstante, no tuvo dificultad para llegar a mi mente—. A lo mejor ni te mereces vivir.

Hice una mueca a su espalda. De rabia o de dolor, no sabía bien. Bajé de un salto de la improvisada tarima, eché a andar y al instante Thalía y Annabeth me siguieron como guardaespaldas.

La rubia me alcanzó antes de que hubiera dado seis pasos.

—¿Qué vas a hacer, Luke?

—Irme.

—¿A dónde?

—A un sitio donde no haya tanto ruido que me sea imposible oír mis propios pensamientos. No tengo nada que celebrar.

—Eih. ¿Estás bien?

—¿Y tú? —repliqué.

—Sí. Gracias. Pero no has respondido a mi pregunta —dijo ella, cerrando el puño entorno aun mechón molesto de la cara y retirando los cabellos a la espalda.

—No. No estoy bien y no voy a estarlo mientras mi madre siga sin levantarse. ¿Es eso lo que querías oír?

—Quiero oír la verdad. —Hizo una mueca—. ¿Levantarse? Su alma ha abandonado su cuerpo, Luke. La gente sin alma… está muerta —dijo, y era obvio que trataba de pronunciar esas palabras tan duras de la forma más amable posible.

—No estaba pensando en que deseaba que mi madre se hubiera convertido en zombi, un muerto viviente sin alma —repliqué—. De eso no temas. Además, ¿no la has oído? —Señalé con la cabeza a Thalía—. Estoy agotado. Necesito descansar. —Me detuve en seco—. ¿Queréis dejar de seguirme, por favor? Es muy molesto.

—Sabemos por lo que estás pasando, Luke —Annabeth puso una mano sobre mi brazo—. No te vamos a dejar solo.

—Sabéis por lo que estoy pasando —repetí—. Lo dudo mucho. Lo dudo muchísimo. ¿Cuándo se os ha muerto un ser querido? —Las dos me miraron, en silencio—. Eso creía yo. ¿Es que acaso vais a convertiros en mis sombras? —estallé—. ¡Ayudadme dejándome solo!

—Sólo queremos que sepas que puedes contar con nosotras.

—¡Lo sé! —procuré tranquilizarme—. Lo sé —repetí más sosegadamente—. Pero… pero siguiéndome a todas partes no hacéis sino agobiarme. Necesito estar solo. Por favor —miré los compasivos ojos de Annabeth—. Por favor, solo, quiero estar solo. No rechazo vuestra ayuda. Tan sólo quiero dormir. ¿Entiendes? Estoy agotado. De verdad.

—De acuerdo. Está bien —respondió la rubia—. Ya sabes donde encontrarnos si nos necesitas. Reúnete allí con nosotros cuando estés listo.

Se puso de puntillas y me dio dos besos en la cara, apretándome contra sí en un abrazo desesperado. Mis brazos colgaron a ambos lados, inertes; me sentía incapaz de devolverle el gesto. Consciente de mi desaire pero decidida a no tenérmelo en cuenta, Annabeth giró sobre los talones y abandonó los peldaños de la casa de Hermes que no hacía poco acabábamos de ascender, apenada pero resuelta a darme lo que le había pedido.

Me quedé mirando en silencio cómo se alejaba, aliviado por su partida pero algo culpable por espantarla de mi lado de ese modo.

—No voy a preguntarte si estás bien. Es evidente que no. pero no me vas a apartar de tu lado. A mí no. Me necesitas y lo sabes.

Thalía, que hasta entonces había permanecido muy callada y sigilosa, se acercó, alargando la mano para sostener la mía. Permití que me tocara por un momento antes de apretársela y soltarme de su agarre.

—Quiero estar solo.

—Eso ha dicho tu boca.

Señalé con la cabeza los peldaños que recientemente Annabeth había descendido.

—No entiendo entonces por qué crees que el «a solas» te excluye a ti.

—Mi corazón e instinto me lo dicen. —me señaló—. Tus ojos gritan otra cosa. Y eso es motivo suficiente para que no me aleje de tu lado. Aunque creas que eso es lo que quieres. Aunque te enfades.

Me sostuvo la mirada, retándome a echarla. Su expresión amenazaba con quedarse aunque yo la echara a patadas. Enfadado, giré sobre los talones y haciendo caso omiso de su cercanía, entré en el vestíbulo de la casa. Ella no se demoró en ajustar sus pasos a los míos.

—Tendrás que dejarme a solas aunque sea un minuto. —Me señalé las ropas, pringadas de sangre, sudor y tierra reseca—. Necesito ducharme y cambiarme, ya sabes.

Ella me ojeó, suspicaz, pero al final se rindió a la evidencia con un suspiro.

—Si tardas mucho entraré, estés cambiándote o no —me advirtió.

—No temas. Aunque me tarde un tiempo, no será tanto como lo que tardáis las chicas.

Traspasé el umbral del dormitorio. Ella se quedó atrás. Nos miramos, cada uno a distintos lados de la puerta.

—Te esperaré fuera.

—Estupendo.

—Tómate tu tiempo, si quieres —añadió, más suavemente—. No me importa esperar.

—Genial.

Pero en cuanto cerré la puerta de un portazo y eché el pestillo, no me puse a desvestirme, como Thalía creía que era mi intención. En lugar de eso, me eché sobre la cama, abatido, la mente entreteniéndose en los cruciales acontecimientos del día.

El rescate de Christian y Victoria en la celda, el encuentro posterior con Jack, Beckendorf, Nico, Annabeth y Shizuko. Las peleas constantes con el bando contrario. El vuelo emprendido del shek llevando sobre su lomo a mi madre y a la reina shek. La flecha que había disparado a Cronos, mi posterior huida y salto del barco, la lucha contra los renegados en el exterior, espalda con espalda junto a Thalía. Después ese corto roce de mis labios sobre los suyos, nuestro abrazo, al que no tardó en sumarse Rachel.

Y más tarde la reaparición de Cronos, la muerte del shek, la furia de Ciessel matando a todo contrincante que tenía al alcance de su mirada, el endeble forcejeo de May contra el titán. Y después el horror.

Después esa arma encallándose en el pecho de mi madre.

Después la invasión.

La esencia de los dioses invadiéndome, Zeus, Hades y Poseidón usándome como intermediario en su lucha contra el Señor del Tiempo. Lucha que habían ganado en lo espiritual y yo en lo material.

Pero antes la muerte de Ethan, y mucho antes de la suya, la del shek decapitado que había muerto recibiendo sobre sus escamas la muerte quehabía estado destinada a su reina, su cuerpo siendo espachurrado como una bolsa de patatas que echara su contenido a la ya sangrante tierra. Y más tarde la descomposición a ojos vista del cuerpo que había sido Cronos. Mi choque brutal con la realidad tras retirarse los dioses de mi interior. Mi golpe al saber que mi madre, que ella… que ella había… había…

Que ella no iba a despertar. Nunca. Jamás.

¡No era justo! ¿Habíamos pasado por tanto para que acabara perdiendo de esa forma?

No quería creérmelo, aunque las evidencias eran demoledoras. Quería luchar, gritar y encontrar la manera de recuperar a mi madre, pero ¿cómo?

¿Cómo?

Propiné un puñetazo a la almohada. Justo cuando las lágrimas amenazaban con asomarse, el aire a mi alrededor se agitó, como si alguien hubiese descorrido la ventana de la habitación y hubiese dejado entrar la brisa.

Al principio lo ignoré, demasiado entregado a pensar los modos en que podía recuperar a May como para preocuparme por una estúpida corriente en el cuello. Pero la brisa era insistente. Me acarició la piel de mis brazos al descubierto de una manera que me produjo un sorprendente sosiego. Durante un momento me relajé, permitiéndome disfrutar de aquel agradable toque.

¿Toque? ¡La había dicho que esperara fuera!

Levanté la cabeza bruscamente de las profundidades dela almohada. Tenía los ojos encendidos, preparado para fulminar a Thalía, y mil exclamaciones en la punta de la lengua listas para estallar.

Pero no había nadie en la habitación.

Estaba solo. Completamente solo. Hundí la cara de nuevo en la almohada. ¿La conmoción me había dejado como una chota? ¿Loco como una cabra? No. No podía enloquecer. No tenía tiempo para eso. Debía levantarme y arrastrarme hasta el cuarto de baño. Lavarme los residuos del día.

Vestirme. Tenía que poner un pie delante del otro y salir para enfrentarme a la realidad de lo que le había pasado a mi madre.

Noté otra caricia fría en la piel, envolviéndome, un toque en los sentidos que traía música y liras consigo. No se conformó con rozarme la nuca, sino que me acarició los brazos y se enroscó alrededor de mis piernas. Y allá donde el aire fresco me rozaba, allá donde la lira hacía música con mi cuerpo, parecía restarme un poco de dolor.

Aquella vez pude controlar mejor la reacción cuando levanté la vista. Algo me envolvía, efectivamente, algo que me conectaba al volumen del tocador. Parpadeé varias veces mientras apoyaba la barbilla sobre la mano y miré el libro. La neblina que nos conectaba estaba formada por minúsculas gotitas brillantes del color verde intenso. Un verde intenso que sólo había visto en unos ojos.

Unos ojos que ya nunca me volverían a contemplar.

—Mamá —susurré en contra de mi voluntad.

Pero no, no podía ser. Era un libro de dioses, un portal del Olimpo. Los muer… sacudí la cabeza con molestia. No, tenía, tenía que pensarlo, concebir la horrible verdad en la mente. Los muertos no tenían cabida en él.

—¿Qué ocurre aquí? —Murmuré levantándome lentamente de la cama—. No estoy para juegos de misterio. ¿Qué está pasando?

Silencio. Sólo neblina arremolinándose y acariciándome. Empujándome, empujándome, empujándome hacia el volumen.

La ira empezaba a superar mi desesperación.

—¿Que lo use? ¿Es eso? —Dije en voz alta a nadie en realidad, sintiéndome cada vez más cabreado—. Es un portal de dioses, no de los caídos. De dioses y... —callé—. Hermes —susurré—. Hermes, Hermes.

Dejando que la marea de caricias de aquella extraña neblina se mezclara con mi ira despertada, tomé la decisión. Iba a llamar a Hermes. Pero solo porque cabía la posibilidad de que él supiese algo que pudiera servir para ayudarme a recuperar a mi madre. Después de todo, ¿quién mejor para esa tarea que un dios que podía entrar y salir del inframundo con mensajes a cuesta entre los muertos y los vivos? Obviamente Hades me serviría más y mejor para mis propósitos, pero el dios de la muerte tenía la mala costumbre de no soltar jamás a cualquiera que pisara sus dominios; a excepción de Hermes, claro. Y he ahí el quid.

—Muy bien —le dije en voz alta al libro—. Día doscientos cincuenta. Hermes, ven a mí. Te necesito, padre.

Lo necesitaba, sí. Pero si no podía ayudarme, entonces, a pesar de todo, lo iba a matar. Por abandonar de nuevo a mi madre.

Estaba tan cansado y dolorido que apenas podía tenerme en pie, pero el deber de hacer aquello me daba fuerzas suficientes para aguantar.

Cuanto más tiempo pasaba sin que Hermes se presentara más se encendía la yesca de mi ira. Y aquello era bueno. Era capaz de pensar a través de la ira. Pero no podía decir lo mismo sobre la neblina que la tristeza me causaba.

Unos cinco minutos después, él salió del libro, su figura emergiendo y estirándose como una llama que se desperezara tras salir del mechero.

Me lo quedé mirando con fijeza mientras se aproximaba. Hermes. Mi padre. Era alguien que conseguía provocar en mí de todo menos orgullo y emoción. Y más en esos momentos cuando sentía resentimiento: resentimiento, ira y una violenta indignación.

—Hola, Luke —saludó él, ajeno al curso de mis turbios pensamientos, sacudiéndose de encima los polvos dorados a los que había quedado reducido el libro y caminando hasta pararse junto al borde de la cama. Sacudió la cabeza y reemprendió los pasos hacia mí.

—Has tardado mucho —critiqué.

Vino caminando hasta donde yo me encontraba quieto, espalda apretada contra la pared.

Me miró, hacia abajo, y puso los brazos en jarras de esa forma tan irritante que le hacía parecer más alto de lo que era.

Qué injusto; que alguien ya poderoso de por sí me pudiese hacer sentir tan pequeño, casi un renacuajo, y eso sin molestarse en adoptar su forma original, debería ser pecado. Es decir, ¿no bastaba ya con ser un dios normalito? ¿Tenía que ir por ahí haciendo alarde de dotes sobre mí?

—Bien. Veo que la paciencia sigue sin ser una de tus virtudes.

Me enderecé y al instante fui el blanco de una endiosada mirada.

—Yo también me alegro de verte… padre —añadí casi en un siseo—. Me sorprende que hasta hayas acudido. De hecho, ni siquiera pensaba que te acordases de mí, al ver cómo no te has molestado en ayudarme antes, cuando te necesitaba.

Retiró los puños de su cintura y se cruzó de brazos en una pose, si cabe, aún más impasible.

—No podía abandonar mi deber para ir a sacarte las castañas del fuego.

—¿Castañas del fuego? —le pregunté a aquel hombre que no me había tostado ni una sola castaña en toda mi vida.

—Arreglarte el problema. No hagas como que no sabes de qué va la expresión. —Oh, claro que lo sabía. De hecho, lo sorprendente era que ése dios conociera la existencia de tal expresión—. Tenía un deber para...

—¿Con tu hijo? —Lo interpelé, acercándome un paso—. ¿O para con la madre de tu hijo? Oh, no, espera. Se me olvidaba que de eso has tenido bastante. Permíteme especificar más. ¿Qué pasa con el deber que tenías hacia May, May Castellan? ¿O acaso hablas de deber sin llegar a entenderlo realmente?

—Sé perfectamente lo que es el deber —replicó con un tono de voz extrañamente irritado—. Mejor que la mayoría. Aunque no esperaba que lo entendieses. Los deberes de un dios superan, en mucho, los de un mortal.

—Los deberes de un dios. —Cabeceé—. ¿Y qué hay de los deberes como padre?

Puso los ojos como platos en un gesto de falsa sorpresa. Yo mismo utilizaba esa misma expresión exasperada o sarcástica y me repateó que en ese momento me la dedicase a mí.

—Qué poco has tardado en sacar el tema a colación.

—Sí. Subraya lo de «qué poco has tardado». Es algo que bien te podrías dar por aludido. Qué poco has tardado tú en incumplir tu promesa —dije con un volumen creciente en la voz— . Dijiste que siempre ibas a estar a nuestro lado, aunque no pudiéramos verte. ¿Pero dónde estabas cuando me secuestraron? ¿Dónde estabas cuando me… cuando la… cuando la mataron?

No me respondió de inmediato. Se limitó a mirarme con distante frialdad. Podría estar contemplando un cuadro poco interesante. Por fin, con una voz de desilusión, me dijo:

—Si no hubieras estado sumido en tu propio mundo de autocompasión, te habrías dado cuenta. Estaba ahí. Estuve ahí en todo momento. En ese anillo que pisaste, ése que fue la puerta abierta a los dioses. En esas esencias divinas que te invadieron, pues los tres grandes del Olimpo luchaban aunados a nuestra fuerza.

Con una media vuelta al más puro estilo militar, se apartó de mi lado hasta detenerse a medio pasillo que conducía al cuarto de baño.

—Quiero verla —exigí.

Un minuto después volvió a hablar.

—¿Que quieres verla?

Mi dolor y mi impotencia se convirtieron en verdadera furia.

—¿Estás sordo o qué? Sí, quiero verla. ¿Eres el dios de los mensajes sí o no? ¿Doninframundo te deja entrar y salir como Pedro por su casa de sus terrenos, verdad?

—No conozco de ninguna casa a la que llamemos Pedro —arrugó la frente—. Pero si te refieres a que Hades me deja entrar de cuando en cuando en sus dominios sin riesgo a acabar siendo devorado por uno de sus canes cerveros…

—¿A qué otra cosa si no me voy a referir? —De forma bastante molesta, lo corté.

—Cierto que tengo el privilegio único de estar inusualmente cerca de los que ya no están vivos. Tengo la habilidad para ayudar a las almas en su transición de este al otro mundo.

—Traducción: puedes hablar con los fantasmas —resumí, interrumpiéndole, impaciente, hastiado de tanto rodeo.

—En cierto modo, sí. Y a causa de ese don, es por lo que me has llamado. Lo sabía. Lo intuía.

—Dios listo —bufé—. Tú viajas al Otro Mundo y al reino de los espíritus mucho más que yo, eso es un hecho. Alcanzas a ver el más allá cuando te pones los pantalones de mensajero.

La expresión severa de Hermes se relajó.

—Lo cierto es que aunque sea un intermediario entre los vivos y los muertos, no por ello tengo permitido que las almas que habitan en ambos mundos crucen la frontera.

—¡No te estoy diciendo que la traigas aquí, a mi dormitorio! —bramé—. Ni que me lleves en volandas a ese submundo infernal. Hablar con ella. ¡Sólo quiero hablar con ella! Una vez más. Una última vez.

—Sabía que me ibas a pedir eso. —suspiró—. Lo siento, Luke. No puede ser.

Apreté los puños y aparté la vista. Quería golpear algo. Necesitaba golpear algo. Iba a explotar si no me liberaba de los sentimientos que me ahogaban desde dentro.

—¿No puede ser? ¿Cómo que no puede ser?

—Cuando se rompe la conexión del alma con el cuerpo de una persona, solo es cuestión de tiempo que los recuerdos de quien una vez estuvo vivo se desvanezcan.

—¿Ya no me recuerda? —Empecé a mover la cabeza de un lado para otro—. No. No. ¡No! Solo tienes que traerla hasta aquí. Entonces los recuerdos volverán a ella.

—Luke…

—Se pondrá bien.

—¡Luke…!

—Pero aún no ha pasado tanto tiempo —dije con desolación, horrorizado ante la perspectiva de que mi madre me hubiera olvidado.

—No, para May no. Pero ese no es el único pero a tener en cuenta. El mensaje debe ir en ambas direcciones. No puedo entregar un recado de un muerto, si el vivo al que lo envía lo ha olvidado, si por algún casual no quiere saber nada de él. No puedo llevar el mensaje de un vivo, si él mismo aún no está preparado para la respuesta que pueda o no recibir. Ese es tu caso, Luke.

—Estoy prepa…

—No, no lo estás —me acalló—. No lo estás en absoluto. May no va a volver, Luke. Tienes que hacerte a la idea. Prepararte para ello.

Hermes profirió la retahíla de palabras con el típico tono impasible tras el que se escudan habitualmente los médicos cuando las noticias que deben dar al familiar del paciente que trata no son nada halagüeñas. Definitivamente, el hecho de que su cayado fuera símbolo recurrente de multitud de paredes de farmacias y consultorios médicos le estaba pasando flemática factura.

—¡No te hacía tan cruel, padre!

—Me entristece que lo veas así.

—¿De qué otro modo quieres que lo vea? ¡Me estás negando la posibilidad de ver a mi madre, a mi propia madre!

—Ya no es tu madre, Luke. Esa es la cuestión. —Por primera vez me di cuenta de que su cara parecía demacrada y macilenta, aunque su voz era calmada y firme—. Ahora pertenece a Hades. Es una habitante del Inframundo.

—¡No pertenece a hades! ¡No pertenece a nadie!

—¡No! ¡Pero tampoco a ti! —Barbotó Hermes—. Has sido testigo de un hecho muy dramático, Luke —añadió ya más sosegado—. Lo comprendo y lo siento. Pero por duro y cruel que te resulte, debes acostumbrarte a esa idea.

—No, por favor. No puede ser verdad. No puede estar pasando esto —le dije. Me iba encolerizando más y más a cada momento.

—Tienes que encontrar las fuerzas para superar esta pérdida —continuó Hermes—. Hallar un modo de controlar tu dolor.Y luego, si eso, hablamos.

—¡No pienso hacerlo! —grité—. ¡No puedo!

—Entonces no hay mensaje que llevar —sentenció—. No voy a ponerte en contacto con el alma de tu madre mientras no estés preparado para decirle definitivamente adiós.

—¡Tienes que hacerlo!

—No, Luke. No.

Más lágrimas me escocieron los ojos, repentinas, involuntarias, dolorosas. Alcé la mano y estrellé un puño contra la pared, una, dos, tres veces, evitando sollozar, logrando que a cada golpe una ira ciega me invadiese.

—Si continúas en ese plan de autodestrucción, no tendrás ninguna oportunidad de superar su muerte, hijo.

Mis ojos se alzaron de golpe hacia la intersección del cuarto y el aseo, donde permanecía Hermes, alto y lúgubre, como si fuese la muerte personificada, más sombrío que el propio Hades.

—¡No me importa no superarlo! ¡Lo que quiero es recuperarla!

Quería gritar el torbellino de emociones a la cara del dios, a su Olimpo entero.

—Comprendo tu ira. Pero no pagues conmigo la ausencia de tu madre. Una muerte que nunca he deseado. Que no he podido evitar.

Antes de que pudiera añadir mil réplicas sobre su última afirmación, la primera de ellas a cerca de su cobardía, Hermes hizo un amplio gesto con la mano. Todos los muebles de mi habitación desaparecieron.

—¿Pero qué…?

El dios se desplazó hasta el centro, ahora vacío, de mi dormitorio. Después se volvió hacia mí y adoptó una posición de ataque. Pensé que podía saltarme encima en aquel preciso instante y lo imité de inmediato, poniéndome en guardia.

—¿Qué estás haciendo? —le pregunté.

—Técnicas básicas de desquite.

—¿¿qué?

Saltó hacia mí sin previo aviso. Yo me aparté —por los pelos— y me tropecé con mis propios pies al hacerlo. Me incorporé a toda prisa.

— Bueno —dijo con un tono que casi sonaba sarcástico—, tal y como pareces tener tantas ganas de recordarme, no me has visto antes, cuando necesitabas de mi presencia y poder corporal con lo de Cronos. Ahora tienes la oportunidad de castigarme. De notar esa fuerza mía que tanto deseabas percibir.

Vino de nuevo a por mí, y de nuevo lo esquivé por los pelos. Aquello se convirtió enseguida en la norma. Al principio no me dio en ningún momento la oportunidad de pasar a la ofensiva. Me tiré todo el rato defendiéndome, al menos físicamente. Pero después las tornas cambiaron.

Más por casualidad que por atine, mis pies lo golpearon en pleno estómago. Salté hacia delante, con un grito nacido de la rabia, el dolor, la desesperación ciega, y la patada acabó siendo un rodillazo en pleno pecho.

—¿Y qué? —le pregunté, oscuramente satisfecho con el gruñido soltado ante el arreo de mis rodillas—. ¿Es ésta tu forma de compensar tu negligencia como padre?

—Es mi forma de hacer que desahogues ese dolor que te ciega. Que te libres de esa ira que te estrangula. Desde que he llegado, no, desde que tú has regresado a la tierra, no has tenido para mí más que hostilidad. ¿Quieres pelea? —Su puño salió disparado e impactó en mi costado—. Pues entonces vamos a pelear.

—No quiero pelear —mentí. En aquel momento, no había nada que deseaba más que liarme a patadas hasta la extenuación con aquel ser que se erguía imponente ante mí—. Sólo he estado intentando mantener el contacto contigo. Y hoy… solamente quería hablar con ella una última vez. Pero tú te has comportado rastrera y asquerosamente mal conmigo. No hoy. Desde siempre.

—Vives en el triste error de adolescente de pensar que, oh, pobre joven, la vida es un desfile continuo de injusticias hacia tu persona. —Su pie alcanzó mi muslo—. Ahí tienes. Cuando la verdad es que no has recibido un trato diferente al de cualquier otro semidiós. Mejor, en realidad. Podría haberme negado a reconocerte de por vida. ¿Era eso lo que querías?

Gruñí al recibir un golpe en el brazo.

—Sólo quería percibir que yo era diferente ante tus ojos. —Salté hacia arriba y Hermes se llevó un puñetazo en un lateral de la barbilla, tan fuerte que el ímpetu del golpe le zarandeó la cara—. Alguien especial para ti. Un grano importante en la montaña de granitos que son los mortales para los dioses.

—Te dije que lo eras. Te di el anillo poruna razón.

—Decir no es lo mismo que hacer —protesté, esquivando su patada pero llevándome un golpe en el hombro al rebotar contra la pared—. Y valen más las pequeñas demostraciones regulares que una simple acción de un solo y único día.

—Cierto. Pero se supone que ya me habías perdonado por mi supuesto abandono en el pasado.

—¿Supuesto? —la indignación fue tal que me dejó paralizado en el sitio, con lo que me llevé una patada en toda la espinilla. Iba a tener un serio moretón en la zona a la mañana siguiente—. ¡Supuesto!

—Sí, supuesto. Porque ni entonces ni ahora te abandoné. Sólo estaba cumpliendo con un deber más grande: el de velar por la humanidad.

—Vale. Bien. ¿Y qué hay del abandono de estos dos últimos días? —Mi respiración se estaba tornando pesada, pero, igualmente, aún me quedaban energías. Energías que desaté en consecutivos ataques contra Hermes. Y el hecho de que él bloqueara la mayoría de mis golpes no ayudó a mi humor—. ¿También era por la humanidad ese silencio a mis plegarias?

—¿Quién crees que le dijo a tu amiga qué había sido de ti? —gruñó Hermes. Por los pelos, esquivé su ataque—. ¿Que te habían secuestrado? ¿O acaso eso no cuenta? ¿O acaso sólo importa lo que a ti te convenga?

—Puede que sea importante —consentí—, pero no la ayudaste a ella. A mi madre. A tu May. ¿Por qué? ¿Es que como mujer no fue importante para ti, o, todopoderoso dios del Olimpo? ¿Sólo un polvo casual? ¿Un rollo pasajero que después desechar igual que papel higiénico al váter?

Se le endureció el gesto, que ya es decir, cuando te estás zurrando con tu hijo.

—Eso —dijo tenso—, es algo de lo que tú no tienes ningún derecho a opinar.

Se me escapó un quejido al recibir sus puñetazos contundentes, uno en los gemelos, otro en la barriga, pero una oleada de oscura satisfacción me resopló por encima al ver que le había picado.

—¿¿Te dio igual, verdad? —le pregunté—. Su muerte. ¿Fue una liberación para ti, no es así? Te habías librado de la loca ex oráculo. ¿O en realidad ella te importaba tan poco que ni eso provocó en ti?

—Lucian… Lucian Castellan —me advirtió apretando los dientes—, por una vez en tu vida, cállate cuando te lo digo. No sigas por ahí.

—¿Por qué? ¿Te estoy rompiendo los esquemas? Por cierto… ¿Lucian? ¿Me has llamado Lucian? Vaya, vaya. ¡Y Castellan! ¡Castellan! ¿Remueve algo en ti ese apellido? No. Seguramente no. Con suerte un bostezo, pero puede que quizá ni siquiera eso ya que…

El pie de Hermes voló hacia mí, veloz, potente y muchísimo más enérgico de lo empleado hasta entonces. Me impactó en el vientre con la fuerza de un autobús, y salí volando hacia atrás golpeándome contra el duro suelo del dormitorio, desnudo por la desaparición también de las alfombras que generalmente lo tapizaban, primero con el trasero, después con la espalda y finalmente con el cogote.

Maldita sea.

El dolor se abrió paso a través de mi nuca, se me nubló la vista y empecé a ver luciérnagas bailarinas. En un instante, Hermes se hallaba inclinado sobre mí.

—¿Luke? ¿Luke? ¿Estás bien? —su voz sonaba ronca y preocupada.

Todo me daba vueltas. Aun así, me las arreglé para estirar un brazo y, abandonándome a todas mis fuerzas, a la ira de todas mis fuerzas, acepté la mano que me tendía, tiré de él hasta desequilibrarlo, y después lo tumbé de espaldas en el suelo.

—No voy a reprimirme —le advertí, arrojándome sobre él—. Ya no.

Y no lo hice. Me abalancé sobre él con un entusiasmo encomiable, y comencé a mostrarle entre patada, puñetazo y golpe de cabeza lo que les ocurría a los impertinentes que le tocaban las narices a Luke Castellan.

Los ojos me ardían como si tuviese unas ganas desesperadas de llorar. No podía estar seguro. Las ansias de liarme a patadas con lo que fuera aún latían con fuerza en mi interior, y la violencia y la ira resultaban ya las únicas emociones de las que era capaz.

Y a ellas me abandoné.

—Estupendo —celebró Hermes—. ¿Quieres gritar? —Se movió con tal celeridad que ni me enteré de cuándo dejó de estar bajo mí. Su pie fue a estrellarse en el centro de mi pecho—. Pues entonces grita. ¿Quieres insultarme? —Se movió con vertiginosa celeridad y me empujó sin escatimar en fuerza contra la pared; acabé viendo puntitos rojos—. Pues entonces insúltame. ¿Quieres pelear? —Se retiró y abrió los brazos en cruz—. Aquí me tienes.

No lo dudé. Me abalancé de cabeza sobre él. Sabía que mi furia y mi hambre de lucha surgían de algo más que del simple deseo de hacerle pagar por la formidable patada que me había arreado. Pero me daba igual. Todo me daba ya igual. Mis sentimientos se encontraban fuera de control, intensos, en carne viva, y sólo respondían a un único por qué: la muerte de mi madre.

Lo herí de formas diferentes en zonas diferentes. En el pecho, en las muñecas, en el vientre. Y Hermes correspondió a cada uno de mis golpes con otros de propia cosecha.

—Desahógate, hijo oía decir a Hermes—. Sí, así, muy bien. Saca todo eso de dentro. Desahógate. No te reprimas.

Salté hacia delante. Y Hermes ya me esperaba con la guardia alta. Detenía mis golpes, girando a uno u otro lado, saltando o agachándose, en sus movimientos la misma facilidad con la que se retuercen las serpientes. Pero no le di cuartel. No me detuve. Tras cada uno de sus bloqueos, lo hería por tres. Seguí embistiendo, sin más dictamen que la rabia, sin más impulso que el dolor.

Pero al final comencé a jadear. A acompañar los golpes con gritos. A encogerme por cada patada que arreaba. A temblar entre puñetazo y puñetazo. A flaquear cuando intentaba dar en el blanco. A propinarme tantos cabezazos en la pared como golpes repartían mis pies.

Apreté los dientes. La furia me embargaba, logrando que redoblara el ataque a pesar del vacío atroz que me estrujaba el pecho, a pesar del agotamiento que dirigían mis movimientos. En mis ojos enfebrecidos sólo había lunas de sangre, rayos de tormenta, mares de sufrida soledad. Me eché sobre él de forma desesperada, con el ímpetu brutal y desmedido de quien se halla en la oscuridad y no sabe cómo salir, que llama a la muerte para que ésta le sane las heridas que supone vivir.

La tristeza me desbordó.

Saltó a mi encuentro desde aquella oscura locura, me cercó y no me dejó escapar.

Me hice un ovillo acuclillado en el suelo, y mientras me abrazaba las rodillas con una mano y la otra iba impulsada hacia las rodillas de Hermes, la compuerta se abrió de golpe y no hubo modo de cerrarla de nuevo.

Las punzadas en mis ojos se volvieron insoportables y, antes de que me diese cuenta, estaba llorando. Unos grandes y dolorosos sollozos se apoderaron de mi cuerpo y las lágrimas que durante tanto rato había contenido me descendieron a borbotones por la cara.

Hermes detuvo el puño que iba sin fuerzas al encuentro de su estómago.. Cerró los dedos entorno al brazo que lo había estado amenazando, y tiró de mí hacia arriba, después hacia él.

—No te reprimas, no te reprimas, sácalo todo.

El miedo y el dolor que la ira no me había permitido sentir se liberaron por fin, y me ardieron en el pecho. Apenas podía respirar. Y ahí estaba mi padre, rodeándome con los brazos, llevando mi cara hasta su pecho para que me hundiera en él entre unos sollozos aún mayores.

Después, con un gemido, me incliné, mareado, respirando agitadamente mientras las lágrimas se agolpaban en mis ojos y la saliva lo hacían en la comisura de mi boca.

—Estoy aquí, llora. Estoy aquí —ofreció Hermes tranquilamente mientras me limpiaba las mejillas y me sujetaba con una mano firme alrededor de la espalda.

Los sollozos me sacudían tanto como lo haría un vendaval, y tuve que enterrar aún más el rostro en el pecho de Hermes para que no me viera llorar. Algo inútil, teniendo en cuenta que era él quien me sostenía en ese momento de derrumbe. Había pasado de la ira a la pena, y de la tristeza a la más completa y abrumadora desesperación.

—Lo entiendo —decía en voz baja al tiempo que me abrazaba con más fuerza—. Yo también lo noto. Lo siento. Lo tengo.

Mientras seguía rodeándome con un brazo, su cayado apareció de la nada en su otra mano. Con él, reestableció la organización del dormitorio a su decoración habitual. Recosté la cabeza sobre el hombro de mi padre, y él continuó dándome palmaditas en la espalda y murmurando algo en un galimatías que ni entendí ni quise entender. Su tono era agradable, y eso me bastaba; de hecho, fue poco a poco consolándome.

—Al menos tú tienes tiempo a llorarla, a ti se te permite derrumbarte y añorarla. A mí no. Como dios, sigo teniendo multitud de mortales que defender, orientar y proteger. Llórala conmigo. Llórala por mí.

Al final, retorciendo un mechón rubio alrededor de un dedo, como solía hacer cuando era pequeño, me quedé dormido.

Más tarde, mucho mucho más tarde, cuando desperté, por un momento no recordé nada. Lo único de lo que era consciente era del colchón mullido que se apretaba contra mi espalda. Giré medio dormido, golpeando con la mano la pared, y el sonido de madera de la cabecera contra piedra me despertó por completo y la realidad me golpeó, acuchillando ese reducto de paz.

Abrí los ojos sintiéndome como un gran saco de caca de vaca. Bueno, en realidad, me sentía como un gran saco de caca de vaca deprimido. ¿Que cómo es eso? Sumad cuerpo molido por el cansancio más interior alicaído por la muerte de un ser querido y entenderéis de qué estoyhablando.

—Por fin. ¿Sabes? Serás un hombretón muy fuerte y todo eso, pero duermes como un vampiro, como si estuvieses muerto. Es espeluznante.

Me medio incorporé sobre los codos, frunciéndole el ceño a Annabeth, que estaba sentada en una de las sillas de la mesa redonda, con las piernas cruzadas elegantemente, bebiendo a sorbitos de una taza de té humeante.

—Annabeth. ¿Qué haces tú aquí?

En lugar de responderme, la chica miró con suma curiosidad el volumen que descansaba intacto sobre la mesilla de noche.

—Este es el portal para llamar a los dioses, ¿cierto? ¿El que usó Thalía para comunicarse con ellos y le dijeran qué había sido de ti?

También era el portal por el que Hermes había vuelto a su Olimpo celestial. Por supuesto, ese dato no iba a compartirlo con ella. Me senté de piernas cruzadas sobre la cama, las mantas arremolinadas a mi alrededor.

—Sí, ese es el portal. Sí, ese es el conducto que usó Thalía. Y sí, sigues sin responder a mi pregunta. ¿Qué haces aquí?

—Cuidar de ti —le pegó un sorbo a su humeante taza—. ¿No es evidente?

—Eh, mira… la bella durmiente se ha despertado por fin —dijo una voz.

Thalía.

La réplica que iba a darle a Annabeth murió en mis labios cuando la hija de Zeus salió de mi cuarto de baño toda campante, y se tendió en la cama, a mi lado, en el lateral opuesto donde se sentaba Annabeth, tan cerca que su perfume floral cosquilleó en mi nariz.

—Bello durmiente, en cualquier caso —corregí con voz pastosa, incorporándome del todo entre las sábanas.

—Es verdad. Se me olvidaba que ya no eres Lucy —corroboró Annabeth.

—Nunca fui Lucy.

—Claro que sí. Por un tiempo. Un tiempo que pasará a la historia por los siglos de los siglos —de pronto abrió los ojos y una sonrisa maliciosa se ensanchó en su boca—. ¡Ah! Estoy recordando —explicó en respuesta a mi mirada—, la fiesta. Y lo bien que ibas conjuntado y maquillado. Con esos taconcitos y ese vestidito de chica… —sonrió aún más ampliamente—. Sí, algo digno de contar a los nietos. Lástima que los campistas no tengan Red Social. Te aseguro que serías la foto del año.

—Me alegro de que jamás se me ponga ese honor —espeté.

—¿Eh, eh, a dónde vas? —saltó Annabeth cuando rodé hasta el lateral opuesto de la cama donde se había tendido Thalía, es decir, por su lado, e hice ademán de salir.

—Voy a levantarme —manifesté.

—De eso nada, no seas tonto —me reprendió, en sus grises ojosun brillo

De obstinación—. Ayer le dijimos a Grover que necesitabas descansar, y eso iba también por ti.

—Ayer era ayer —repliqué—. Hoy es hoy.

—Grandiosa filosofía —se burló Annabeth—. Pero resulta que un día no basta para recuperarte por todo lo que has pasado. —Me rodeó los hombros

Con los brazos como para inmovilizarme—. Te quedas aquí. Tumbado. Recuperando fuerzas.

Torcí el gesto. Había salido del incidente del secuestro con cortes y magulladuras leves, de hecho, las magulladuras del combate del día anterior con Hermes eran la peor de mis lesiones; por lo menos lasfísicas; no obstante, aún lo estaba pasando muy mal por la muerte que había presenciado. Pero eso no se los iba a decir, por supuesto.

—Me encuentro perfectamente—mentí.

Annabeth me lanzó una mirada tan abrasadora que por sí sola hubiese podido empotrarme contra la pared y fundirme ahí mismo sobre la piedra.

—Si el nene desea levantarse, Annabeth, déjale —adujo Thalía en tono seco y mirada que venía a decir que me consideraba un tonto de remate—. No durará ni dos segundos de pie.

Me deslicé despacio al suelo. Esperando quelosmovimientoslentos de arreglarme las arrugas del pijama y devolver las cobijas a la cama ocultaran mis inestables gestos, me puse de pie. Para bandera de mi orgullo, sí aguanté. Para desdicha de mi deshonra, no llegué muy lejos. Los labios de Annabeth se pusieron tensos, casi podía ver los resoplidos que seguro deseaba emitir.

—Si te caes llamaré al Señor D para que te dé unos azotes —amenazó Thalía, asomando el rostro ceñudo por el lateral de la cama—. Y después llamaré a Grover para que te arrope. Quizás así te sientas como el niño obstinado en el que te estás comportando.

—¿Dónde está mi espada? —Pregunté, sin hacerla caso—. ¿Y mis zapatos?

—¿Estásseguro de que esto esuna buena idea? —preguntó Annabeth, poniéndose de pie pero aún cerca de la silla donde había estado sentada.

—No puedo pasarme todo el día en la cama. No puedo.

—Vale pero, ¿por qué tienes que salir del dormitorio, a ver?

—Porque, como tú no dejas de repetirme, Thalía, necesito reponer fuerzas. ¿Y qué mejor que ir al comedor?

—Podemos traerte la comida aquí —saltó la aludida. Enarqué una ceja. Se sentó en la cama, cruzó los brazos y me miró firmemente. Al cabo de un momento comprendió que esa estrategia no le iba a funcionar y suspiró—. Está bien. Irás. Pero sólo para meterte algo en el estómago. Después volverás aquí, y te quedarás tranquilito.

—No sabía que eras mi madre —farfullé—. ¿Tienes mi acta de salud y nacimiento, acaso?

Ella abrió y cerró la boca, dividida entre la indignación y el sobresalto por lo que ese apelativo conllevaba para mí desde esas últimas horas. Annabeth no dijo nada. Bueno, en realidad no pronunció palabra. Puesta en jarras y con el ceño fruncido, dejaba muy a las claras qué opinión le merecía mi conducta, y para ello no le era necesario decir ni mu.

—Está bien. Vas a cambiarte. —Thalía asintió para sí, descendiendo de la cama como una reina de su trono—. Supongo que Annabeth y yo tendremos que salir. Mientras te esperamos, podríamos hablar de los distintos castigos que se le da a un niño que se ha portado mal.

—Podríamos pedirle consejos a las cazadoras —se animó Annabeth.

—Cierto. Y si las decimos que es para él a lo mejor hasta se vuelven creativas.

Abrí la boca para protestar de nuevo, pero Thalía se acercó a mí. Mucho. Alzó sus grandes ojos hasta los míos, medio ocultos por las largas pestañas rizosas, y lo que iba a decir se esfumó de mi cabeza por ensalmo.

—En qué líos te metiste anoche —musitó demandando mi mirada—. Quise entrar, pero no pude. Y no por ese estúpido pestillo.

—Hermes —contesté, sucinto, mareado, y quizá no por el malestar sino por su perfume, su proximidad. Sacudí la cabeza y di un paso hacia atrás. No me estaba permitido sentir otra cosa que no fuera pesar. No había lugar para desear nada más. Ni siquiera su abrazo—. Lo llamé. Y ya sabes que cuando hay un dios en el dormitorio, nadie puede entrar sin su consentimiento.

—¿Tienes previsto hacerme la misma jugarreta?

—No era ninguna jugarreta… —me detuve.

Ella había empezado a tamborilear los dedos sobre mi pecho. Su sonrisa era cariñosa, su mirada firme, y el tono de su voz era suave, pero el ritmo de susdedosdelataban el enfado que sentía muy por debajo.

—Si me vuelves a hacer eso, Luke… si vuelves a dejarme tan en ascuas, preocupada por ti, porque sí, ¡pensé que te había pasado algo! un desmayo, otro secuestro… —sus ojos brillaron, pero no con calor—. En fin, que si vuelves a jugármela, Castellan, te acusaré a Grover y su séquito de enfermería, te ataré a la pata de la cama y comerás a base de papilla, tanto si te gusta como si no.

Su sonrisa se tornó más abierta durante un instante, casi alegre ante la perspectiva, antes de volverse y dirigirse hacia la puerta, seguida por una contentísima Annabeth.

Las seguí con la mirada a ambas chicas. Puede que me desquiciaran a veces con sus reacciones, sobre todo sus intenciones sobre protectoras, pero no habría llorado menos por ellas de lo que lo hacía por mi madre, de haber sido ellas las que hubieran acabado muertas. Sacudí la cabeza, rechazando esa simple idea.

No podía ni concebir la posibilidad de una Thalía muerta. No quería ni probar a intentarlo.

……….

El tiempo transcurrió. Día a día las magulladuras desaparecían. Pero en contraste, mi estado de ánimo empeoraba.

Recorría los pasillos y contemplaba a la gente desde las ventanas, pero casi no hablaba con nadie. A veces Rachel caminaba junto a mí, acompañada de Nico (y luego para que dijeran que entre ellos no había nada, sí, ja) a veces victoria, junto al resto de tríada de Idhun, casi siempre Annabeth si es que no se escapaba con Percy, pero Thalía siempre estaba ahí, ofreciéndome el consuelo de su presencia, pero no hablaba a menos que yo quisiera hacerlo.

Estar cerca de ella me hacía sentir mejor. Era un recordatorio de que aún había una chispa de amor que dar en el mundo, alguien para quien yo era tal vez lo primero, alguien a quien yo le importaba lo suficiente como para arriesgarse a dejarme caminar solo, pero con la promesa de luz al fondo, recordatorio de calor.

En las comidas me limitaba a servirme lo primero que caía en mis manos, sin pensar si eran combinables o no, sin llegar realmente a saborear los alimentos. Respondiendo a las preguntas de los demás sin saber lo que decía la mitad de las veces. Era como si fuese un robot de mí mismo, un objeto programado para cumplir con las formalidades de lo que se esperaba de mí.

En el pecho, el corazón marchitaba de angustia y dolor, y en mi mente, no dejaba de ver los ojos verdes de mi madre.

Lo único que deseaba era ir a la sala de entrenamientos y luchar ahí hasta la extenuación, y no hablar con nadie, excepto quizá con Jack y Christian, que nunca se negaban a una pelea, por muy bruto y rudo que yo me comportara entre estocada y estocada, pero en mi cuarto día tras el rescate, al despertar, Victoria me localizó entre las sábanas nada más salir del sueño, y me dijo que el funeral estaba listo. Me costó unos cuantos parpadeos estúpidos pillar de qué estaba hablando.

—La escarcha se exhalará dentro de un rato —me comunicó—. Ya sabes, la ceremonia espiritual de los sheks para que el alma de los muertos vaya frío y oscuro, purificada al seno del Séptimo, su dios y…

—Comprendo, comprendo —la interrumpí, tal vez con cierta precipitación.

—No hace falta que vengas —ofreció Victoria con voz compasiva.

—¡Pues claro que iré! —Suavicé el tono al notar la mano de Thalía en la espalda, instándome a la calma—. Debo estar presente. Después de todo, murió por mi culpa. De no haber estado Shizuko protegiendo a mi madre, el shek no habría tenido que sacrificarse, pues Shizuko sencillamente se habría limitado a esquivar la trayectoria del humo negro y mortal que Cronos lanzó. Ese shek murió por mi culpa.

—Murieron por culpa de Cronos y nada más que por él —me corrigieron victoria y Thalía al mismo tiempo. Los ojos de la idhunita me reprendían con tanta dureza como fieros lo hacían los dedos de mi amiga en la espalda.

Las palabras me fallaron. Me sentía como si estuviera en un sudario. Me limité a asentir.

—Estaré ahí en cuanto me cambie y asee un poco —comuniqué, desviando los ojos de los demandantes de Victoria y encogiéndome bajo los dedos de Thalía.

Se proclamó luto general en todo el campamento durante días. En total, los muertos superaban la escalofriante cifra de dos centenares, contando con la batalla contra el tártaro de días anteriores y el rescate final. Durante el día había funerales, por la noche tocaba velar las llamas para que no se apagaran.

Incluso se proclamó un día de luto por los sheks de Idhun que habían caído en guerra, sin los cuales, probablemente, el curso de la batalla bien habría sido muy distinto. En cuanto a los campistas, ya fueran mestizos u otras criaturas, la mayoría fueron incinerados, sus cuerpos entregados como ofrenda al fuego de los dioses.

De pie ante una de las hogueras, las manos dobladas a la espalda, contemplando las columnas de humo, sentía que las llamas no sólo consumían el cuerpo de los muertos sino también el mío.

—Eh, tienes que reaccionar —me dijo Nico acercándose, tras la particular incineración de Mayen uno de esos velatorios nocturnos—. Aprender a vivir con su ausencia. O al menos empezar a intentarlo. Tú mismo lo has dicho: May ya no está entre nosotros. Así que deja de andar por ahí como alma en pena luciendo como un perrito abandonado.

Nos dirigíamos de vuelta a la casa de Hermes, él para picar algo en el comedor y yo para encerrarme en mi dormitorio. Tropecé con mis propios pies contra uno de los escalones; no supe qué me dolió más, si el golpe o las palabras del gótico hijo de hades.

—¡La echo de menos! ¿Tienes la más mínima idea de lo que eso significa?

Nico se detuvo y se giró para estar cara a cara conmigo. La ventaja de dos escalones que me llevaba lo situaba a mi misma altura, pero por la mirada fiera que me lanzó, más parecía que fuera un gigante.

—La añoranza o el amor que por ella sientas no tiene un maldito esqueleto del averno que ver con esto. Tú estás vivo, no muerto. Lo que significa más que la frase «añoro a mi madre» —me espetó, agotada ya su paciencia, poniendo comillas en el aire.—. Yo también pasé por esto, ¿lo has olvidado? Mi hermana murió; mi hermana, que durante años fue mi referente, mi madre y padre, toda mi familia. No pude hacer nada para evitar que volviera a mí, así que sé lo que eso significa, y esta es la verdad: lo intenté, intenté hacerla volver, comunicarme con ella, todo. Pero lo único que me quedaba por hacer era vivir. Superarlo y vivir sin ella, pero vivir también por ella. Porque eso era lo que deseaba para mí, que yo siguiera adelante. Estoy seguro que tu madre, esté donde esté, no desea otra cosa para ti. Seguro que no le haría gracia saber que andas por ahí, liándote a ostias con cualquiera que se ofrezca como saco de boxeo, con el corazón roto y la cabeza echa una vasija de dolor, ira e impotencia. Seguro que le gustaría que honraras su memoria, su sacrificio, ¡que es poner un pie delante del otro y seguir viviendo! Y ahora, cierra la boca que te van a entrar moscas, y deja de mirarme como si me hubiera crecido una segunda cabeza sobre los hombros. Y entre tanto ve pensándote qué postura vas a adoptar; decídete de una vez, Luke, porque está claro que así no puedes seguir.

Hizo un movimiento de manos tras el final de su discurso, desdeñándome con los dedos, me dio la espalda y empezó a ascender de dos en dos los peldaños rumbo al vestíbulo.

Cerré la boca y le seguí. Caminamos en silencio durante un rato. Una diminuta parte de mí se sentía indignado por el rapapolvo que me había lanzado.

—Acompáñame al comedor —me pidió, cuando ya estábamos a la altura de mi cuarto—. Luego si quieres vuelves aquí, a llorar en los rincones cual alma en pena si te place, pero podrías hacerme compañía. Es de noche. No me apetece estar solo.

Me encogí de hombros y le seguí.

—Si sois algo así como hermanas, ¿no era también tu prima? —estaba comentando Thalía cuando entramos, mirando a Silena por encima de una taza de leche y cola-cao.

Decir que el comedor estaba vacío era ser descaradamente deshonesto con la verdad. No había mucha gente en comparación con los que solíamos ser en el día, pero sí los suficientes para que la estancia rezumara vida por sus cuatro costados.

—Pues sí, claro que sí. Pero yo no podía ni verle, para qué mentir —respondía Silena, justo cuando Nico y yo tomábamos asiento en su mesa, colocando el hijo de Hades una bandeja llena de bocadillos y fruta en el centro de la misma.

—Tuvieron sus problemillas —dijo Selise entre falsa tos y falsa tos.

—Era algo excéntrico —se explicó Silena entre sorbo y sorbo de chocolate caliente—. Llevaba calcetines a modo de manoplas en pleno verano —arrugó la nariz ante el recuerdo—. Hay cosas que deberían multarse por dañar a la vista.

Selise, que extrañamente no estaba sentada en la mesa de las cazadoras, al igual que Thalía, asintió con gravedad.

La hija de Zeus nos vio llegar y sonrió radiante en mi dirección, sonrisa que vaciló al recaer en Nico.

—¡Ah, hola, Luke! —me saludó Silena. Bebiendo otro sorbo de chocolate caliente.

Alto, alto.

Otro sorbo de chocolate caliente.

Incluso en mi estado apático por lo que me rodeaba, me llamó la atención aquello.

—¿Estás…? —me incliné para cerciorarme de lo que veían mis ojos—. ¿Tomando chocolate? ¡Dijiste que no te gustaba!

—¿Lo dije? —En sus labios de carmesí aleteó una sonrisita—. Ah, sí. Lo dije. Es cierto. No me lo tengas en cuenta, Luke. —Sus pestañas cayeron con calculada languidez—. Ya sabes cómo somos las chicas: mentimos para conseguir unas cuantas chucherías aquí y allá.

—¿Me mentiste? —exclamé—. ¿Y todo porque querías que aceptara a que me eligieras el vestido?

A mi lado, Nico se destornillaba de la risa con sólo imaginarme en tacones, vestido, sujetador y maquillaje por todos lados.

—Créeme, Luke. De haber sabido que era un chico al que le estaba dando mis ropas, habría firmado sin pedirte nada a cambio.

—Sexy y taimada, rubia e inteligente. Una combinación excelente… —ronroneó Beckendorf a su novia.

—Sí, sí, pero también una descarada mentirosa —mascullé—. ¿Vosotras lo sabíais? —me giré hacia Clarisse, Rachel y Annabeth, que habían estado presentes en aquella sesión de tortura y preparación.

—¿Que a Silena le gusta el chocolate más de lo que a un ratón le gusta la leche? —Repuso Clarisse—. Claro que sí. No me mires así, Luke. Hay verdades que valen la pena ocultar por ver un prodigio mayor.

—Siéntete orgulloso —dijo Nico entre risotada y risotada, palmeándome la espalda—. Acaban de llamar prodigio a tu versión de chica de discoteca y sábado noche.

—No lo preguntaste nunca —señaló Rachel, tras lanzarle miradas de «será mejor que te calles» a Nico, detectando mi mirada sombría—. No se puede decir que te hayamos mentido sobre algo que nunca preguntaste.

—¿Y cómo demonios voy a preguntar algo que daba por hecho? Y vosotras permitisteis que me vistiera aun sabiendo que el trato era injusto —indiqué, acusando sobre todo a Rachel y Thalía; aunque ésta última no hubiera estado en la sesión de tortura marca Silena, sí me había dejado campar por ahí en traje femenino gracias a una apuesta que ella sabía, no era del todo justa—. ¡Dejasteis que me pusiera un sujetador y lo rellenara de papel higiénico!

—Bueno, difícilmente podrías haberlo rellenado de tetas, ¿no te parece? —se defendió Rachel.

Hubo una oleada de risas. Algunos luchaban por no echar lo que bebían por la nariz. ¡Incluso Christian esbozó una leve sonrisa! Me quedé ahí sentado, estupefacto. Y cuando todos rompieron a reír de nuevo, pensé que me iba a estallar la cabeza.

—¡¿Pero qué demonios os pasa?! —les grité—. ¿Cómo podéis tener ganas de reíros y de gastar bromas? ¡Y encima a mi costa! ¡Acabamos de salir de un funeral, hay fuego ahí afuera aún ardiendo por los caídos, y vosotros aquí, ji ji, ja ja! ¡Con estúpidas frivolidades!

En el incómodo silencio que siguió a mis palabras, la voz de Christian sonó anormalmente elevada.

—No, ahí te equivocas. No están ji ji, ja ja, haciendo frivolidades. No están ocupados olvidándose de los que aún arden afuera. Están ocupados concentrándose en la vida y en cómo permanecer entre los vivos.

Se separó de la ventana desde donde había estado observando la conversación en silencio, sin ingerir nada.

—Y presta atención a alguien que sabe bastante acerca de la muerte; alguien que la ha visto tanto como impartido: lo que debes hacer es centrarte en la vida si quieres seguir mereciéndote el privilegio de respirar en este mundo.

Thalía se aclaró la voz, atrayendo mi vista. Serenamente, la chica me sostuvo la mirada.

—Sí, y esa es una de las cosas que estás olvidando en estos últimos días, por cierto.

—Te acabará matando —me advirtió Christian, aún en sus ojos aquella mirada de decepción que me había lanzado poco después de regresar al campamento—. Le estás dando la espalda a la vida, y como no reacciones a tiempo, eso te acabará consumiendo.

Me giré hacia él.

—¿Y tú no lo harías? —lo interpelé—. Si por ejemplo… Victoria muriera… ¿no tendrías también tus días de abandono? ¿Te interesaría seguir viviendo acaso?

Victoria no le dio a Christian oportunidad de contestar.

—¡Por supuesto que sí! Pero una cosa es estar abatido unos días, otra bien distinta negarse a superarlo.

—Eso es lo que estaba tratando de decirte antes —me recordó Nico—. No puedes seguir mirando hacia atrás… hacia la muerte de tu madre. Ni siquiera hacia Cronos y su derrota. Tienes que avanzar para encontrar una nueva manera de vivir, una nueva manera de continuar sin ella.

—Exacto. Eso es muy fácil de decir —le acusé—. Pero a ver quién de vosotros no reaccionaría igual.

Nico enarcó una ceja, recordé a su hermana muerta y lo que él me había contado sobre su modo de enfrentar su ausencia, y me callé.

—Come —me recomendó Christian, mientras Nico tomaba un bocadillo y se echaba hacia atrás en la silla, columpiándose sobre las patas traseras y asentía con la cabeza a las palabras del shek—. Recupera la noción de la vida. Céntrate en ella y disfruta.

Sofoqué un gruñido de frustración, agarré un bocadillo y me lo llevé entero a la boca. Era como masticar gravilla. Y no, no me preguntéis cómo sé a qué sabe la gravilla.

Fui el primero en abandonar el comedor. Esta vez Thalía no me siguió. Se quedó hablando con Selise, las cabezas tan juntas que formaban una sola mata de cabello bicolor, rubio y negro.

Pero quien me acompañó fue Rachel.

—Tienes que hacer caso de los consejos —dijo nada más abandonar las lindes del comedor.

—Entonces dime algo. Cualquier cosa a lo que me pueda agarrar para querer seguir viviendo. Y no me vengas con tus consejos de consultorio barato psicológico,por favor. Quiero una ración de verdadera esperanza. Un aliciente, en lugar de reprocharme mi comportamiento y decirme que estoy llevando mal la muerte de mi madre. ¡Como si hubiera un modo de llevar bien algo así!

—Te contaré algo que no sabes; que quizá pueda ser tu ración de esperanza: es sobre Thalía: ya ha tomado una decisión respecto a lo que le exhortó la diosa a meditar. De hecho, mañana mismo van a verse y hablar. Es oficial.

Asentí, no sin desgana. Vagamente me di cuenta que tenía que ser ella quien librase esa batalla. Por más que había habido un tiempo en el que todo cuanto deseaba era que me eligiera a mí, y me alteraba la sola idea de los días que quedaban para que el plazo del año dado por los dioses concluyera, no había dudas en ese aspecto. En aquel momento, estuviera donde estuviera, acompañada de quien fuera, el destino del mundo pendía de un hilo.

Y no por cualquier prodigio hecho por un mestizo en los refuerzos de la prisión del Tártaro, sino por la lucha interna que se libraba en el interior de Thalía. La cabeza, que dictaba hacer lo correcto, no inmiscuirse más de lo necesario con los chicos, no engendra deseos que no estuvieran relacionados con la diosa, traicionar el juramento de lealtad a las cazadoras, abandonar el sendero de la eterna inmortalidad.

Y todo... Todo por el bando del corazón, un bando que luchaba en aras de un simple sentimiento, la propagación de un querer y no un deseo, la defensa abierta de un amar y no un olvido.

Y todo pintaba a que iba a ser la mente quien se alzase con la victoria final, aun cuando los sentimientos que controlaban su corazón escapaban ya a su control. Pero he ahí el quid de la cuestión. Que su mente orgullosa, asustada, indecisa, se negaba a bajar la guardia y a ser dominado por la razón de un corazón y no por el corazón de una razón como había estado sucediendo entonces.

—Malditos sean los dioses y sus profecías —barboté—. Los titiriteros vuelven a la carga y las marionetas tienen que ponerse a bailar, ¿no es así?

—No es por la profecía por lo que ha tomado su decisión.

Me miró a la cara, aguardando mi reacción.

—¿Bien? —dije—. Ya ha tomado una decisión. ¿Y a mí qué? ¿Y por qué se supone que eso me tiene que esperanzar, por cierto?

Rachel se quedó atónita.

—¿Bromeas?

—No. ¿Que Thalía ha tomado una decisión? Pues me alegro por ella. Aunque no me haya comentado nada sobre ello. Y sinceramente ahora mismo me da igual. No tengo fuerzas ni de emocionarme por eso, Rachel. Lo siento.

Y me fui, dejándola plantada a mitad de pasillo, en la punta de la lengua mil cosas que chillarme.

Mi periodo de depresión continuó por unas jornadas más. Por más que intentaba verle algo de interés a la vida, no lo lograba.

Un día, cuando quizá habían transcurrido diez desde aquella huida crucial con desenlace fatal a mi entender, estaba sentado en la mesa redonda con la mirada perdida en la sala de reunión, algo abandonada desde que ya no habíaninguna batalla que planear ni ningún juicio que debatir, cuando un súbito resplandor me sobresaltó.

Mis amigas habían entrado sin que yo me percatara de su presencia y una de ellas había abierto las cortinas para dejar pasar la luz de sol.

—Luke, nos tienes muy preocupadas. —Victoria tomó asiento a mi lado.

—Lo siento. No es mi intención. Pero no consigo olvidar.

Ella asintió.

—El dolor y la añoranza por un ser querido es aplastante, no cabe duda, pero no puedes dejar que te aplaste.

—Y no te atrevas a decirnos que no sabemos qué se siente al perder a un ser querido —se adelantó Annabeth, enarbolando un índice admonitorio frente a mi cara—. Te recuerdo que Thalía y yo también queríamos a May. Y de haberla llegado a conocer, seguro que ni a Victoria ni a Rachel no les habría costado tomarle afecto. Tu pérdida es mucho más mayor y sentida, por supuesto, pero te recuerdo que sabemos de primera mano todo por lo que estás pasando. Hace años dos de nosotras perdimos a un amigo, un hermano, una familia —me señaló, para que no cupieran dudas sobre a quién se refería, pero sus labios no dudaron en declarar—. ¡Tú, cerebro de guisante!

—May ha muerto —dijo Rachel con palabras duras pero tono sorprendentemente amable—. Debes aceptar ese hecho.

—Exacto. Y el caso es —retomó Victoria—, que debes superarlo.

—Eso es fácil de decir, pero la cosa cambia cuando es tu propia madre quien ha muerto por culpa de uno. ¿También sabéis qué es eso? ¿Conocéis esa sensación, los remordimientos?

Rachel se sentó encima de la mesa, frente a mí, y con un dedo me alzó el mentón.

—Vamos a ver, tozudo. ¿Realmente piensas eso o sólo lo dices porque lamentas que ella muriera en esas circunstancias? ¿Que fuera Cronos quien la matase?

—¿No lo entiendes? fue mi alianza con él y la ruptura de la misma lo que le llevó a matarla.

Annabeth chasqueó la lengua.

—Como tan bien nos recordó Victoria a todo el consejo Mestizo hace tiempo, eso es un error del pasado, de otra vida. Y ni nosotros ni nadie ni, tampoco tú, tiene derecho a juzgar lo que el jurado de la muerte del Hades ya ha sentenciado y castigado. Así que cántanos otra canción; esa ya la tenemos muy oída.

—Fui un confiado. Él mismo me lo dijo: «eres muy previsible, Castellan». Si hubiera usado la cabeza, tal vez mi madre no hubiera muerto.

—Actuaste movido por el instinto —me reprendió Victoria—. Luchaste con todo lo que tuviste a mano; no puedes reprocharte nada.

—Pero…

—Está bien, está bien. Pongamos que sí, hiciste mal —propuso Annabeth, como si estuviera planteando un problema de logística a un alumno—. Pues cuéntanos. ¿Qué habría sucedido si hubieras actuado como ahora crees que debiste hacerlo?

—Bueno, mi madre no habría muerto, eso para empezar.

—¿Estás seguro? —Enarcó tanto su ceja que a punto estuvo ésta de desaparecer bajo su flequillo—. No estás siendo realista. Piénsalo bien, Luke. ¿Qué habría pasado si, pongamos, no te hubieras dejado secuestrar. ¿Cuál habría sido el resultado?

—No lo sé, pero las cosas habrían salido de otro modo.

—Claro que sí. —Rachel puso los ojos en blanco—. Cronos habría secuestrado a tu madre de igual modo, ya que ella no estaba protegida.

—Y habría invadido tus sueños con sus sesiones de tortura, para hacerte saber que la tenía —me hizo notar Annabeth—. ¿Y qué hubieras hecho tú en tal caso? habrías acudido a su encuentro para rescatarla. Por esto. —Me dio un toque a la izquierda del pecho—. Mansamente, como un corderito, habrías hecho justo lo que él andaba buscando: que te entregases.

Las miré de una en una. Annabeth mantenía los brazos cruzados; Victoria la cabeza ladeada, a la espera de que viera la luz; Rachel golpeaba el suelo con el pie, un repiqueteo que hablaba de toda la paciencia de la que se había armado para no sucumbir al impulso de sacudirme en el sitio hasta hacerme reaccionar.

—Tiene sentido. —admití a regañadientes. Me quedé un momento pensativo y añadí—: y de haber escapado realmente de la vigilancia de los campistas, nadie se habría creído que necesitaba ayuda, pues habían creído más la versión de que me había unido al titán.

Me levanté, fui hasta la ventana y contemplé el soleado día que estallaba tras las cristaleras.

—Y no habríais derrotado a Cronos tú y los dioses —me hizo ver Victoria—, ya que la rabia que te instó a aplastar el anillo no se hubiera producido, con lo que las esencias de los dioses no habrían tenido un conducto abierto por el que colarse en ti y embutirte de su poder. Y la Tierra seguiría aún amenazada por Cronos y sus vástagos.

—Has dejado que el dolor por la muerte de tu madre nublara su valor, el gran sacrificio que hizo al final por ti —dijo Rachel, una acusación cargada de reproche.

Regresé hasta la mesa y tomé a cada una de la mano y por vez primera en muchos días, volví a fijarme en ellas, a fijarme de verdad.

—Tenéis razón. He visto sólo lo que quería ver. No obstante, eso no quita el dolor…

—¡Pues claro que no lo quita! —Saltó Rachel—. Es tu madre. Su muerte siempre te dolerá. No habrá día que su ausencia no te duela. Pero sí motivos que te hagan sobrellevarlo más y mejor. Pero he ahí la cuestión. ¡Tienes que encontrar esos motivos!

—Lo sé. —Suspirando, me pasé los dedos por mis enmarañados cabellos—. Lo sé, Rachel. Lo intentaré. Esta vez de verdad. —Rachel resopló por la nariz. Fuertemente. Sin acabar de creérselo—. Prometo intentarlo realmente —le sonreí... o al menos hice un amago de ello. Al hacerlo, los músculos de la cara se quejaron. Ostensiblemente.

—Eso espero —suspiró Victoria.

—¿Te sientes un poco mejor ahora? —preguntó Annabeth, deslizando los dedos por las greñas que tenía por cabellos. Asentí, y de pronto sus caricias se convirtieron en una lluvia de coscorrones—. ¿Vuelve a haber algo en esa tu cabeza dura?

Retuve su brazo entre mis dedos, deteniéndola. Después me rasqué la cabeza por la zona castigada y sonreí por primera vez en días. No fue mi sonrisa más radiante, pero al menos era una pequeña. Un esbozo sincero.

—Por supuesto que sí. Me habéis ayudado a ver claro cuando yo no podía hacerlo solo. Gracias. Sois…

—¿Estupendas? —tanteó Victoria, incorporándose de la silla.

—¿Maravillosas? —ofreció Rachel, absolutamente complacida consigo misma.

—¿Sencillamente geniales? —apuntó victoria, más humilde aunque no menos contenta.

—¿Increíblemente inteligentes y maravillosas y geniales y estupendas? —aunó Annabeth.

Todas se echaron a reír.

—Todo eso, sí. Ahora entiendo eso de no hay mejor espejo que la mirada de la gente. —Le devolví el apretón de mano a Victoria—. No lo olvidaré.

—Más te vale.

—Ver para creer. Entre nosotras, creo que eres más una mezcla de músculo y buen pelo, eso hay que reconocerlo, que un cerebrito.

—Gracias, Rachel.

—De nada, hombre. De nada. —Se echó la coleta que recogía su mata pelirroja sobre un hombro. A pesar del tono de vacile de su voz, la sonrisa que me dirigió fue realmente radiante.

Victoria se incorporó.

—Deja de pensar en el pasado, Luke —me aconsejó mirándome a los ojos—. De lo contrario no estarás a la altura del presente y te perderás el futuro.

Las otras dos asintieron, cabeceos entusiastas de aquiescencia, como si la chica de Idhun hubiera dicho una sabiduría universal.

Annabeth me dio un casto beso en una mejilla y se disponía a darme otro en la otra, cuando la puerta de la sala se abrió y entró Clarisse tranquilamente, acompañada de Chris, ambos perdidos en los ojos del otro.

No se enteraron de que había gente en la sala hasta que Rachel y Annabeth carraspearon, sonoramente.

—Hola, tortolitos —saludé—. ¿Qué buscáis por aquí? ¿Un sitio donde haceros manitas?

—No si está ocupado por el Barón Llorica —me escupió la hija de Ares , poniéndose automáticamente a la defensiva.

—¡Clarisse! —exclamaron Rachel y Victoria a la vez. Annabeth la fulminó con la mirada, acariciando con el pulgar el pomo de su daga al cinto, pero Chris se limitó a negar con la cabeza, diciéndoselo todo.

—Lo siento —dijo Clarisse en voz baja—. Eso último... no... No ha sido justo.

La miré a los ojos, esperando ver una disculpa torva en su mirada. Pero había vergüenza y sinceridad. Franca sinceridad. De pronto, me invadió una calidez y una orgullosa y protectora ternura hacia Clarisse, hacia aquella chica para quien las disculpas no eran nada fáciles de pedir, pero que, de tener que decirlas, las decía... o al menos lo intentaba.

—No; justa, precisamente, no has sido —respondí luchando por sonar desenfadado. Le tendí una mano para que me ayudara a incorporarme—. Y hablando de justicias... he de decir que yo tampoco lo he sido contigo. Y no me refiero sólo a hoy.

—¿Estamos en paz?

Le devolví el apretón de manos.

—Lo estamos.

..*.

Los días siguientes no fueron menos sombríos para mí. A pesar dehaber dicho que intentaría sobrellevar mejor la muerte de mi madre, una cosa era decirlo, otra muy diferente conseguirlo. Durante los días siguientes me dediqué a ordenar mi habitación y tuve la mente entretenida en la tarea hasta que me encontré con una foto de mi madre, uno de los pocos objetos que me había llevado de casa, y la tristeza y la añoranza volvieron a caer sobre mí como cuervos regresados de su caza, el peso de sus garras arañándome el cuerpo.

La necesidad de volver a ver a mi madre era fuerte, más que fuerte, era intensa, tan intensa como la que siente un adicto por consumir droga durante el periodo de abstinencia.

Negándole a las lágrimas el derecho a salir, tomé lo primero que encontraron mis manos y lo rompí con saña, haciéndolo trizas. Una y otra vez, golpeé la pared con el objeto, enfadado, apenado, perdido. Era consolador, tener algo con el que desahogar mis penas. Pero el sentimiento de trémulo alivio se disipó y fue sustituido por uno de completo horror cuando vi de qué se trataba, qué había roto con tantas ganas en mi necesidad de desahogo.

Era el arco.

El arco de una hija de Artemisa.

El arco de Thalía.

—Oh, oh —me quejé—. Oh… mierda.

No pensé en lo extraño que resultaba que el arma estuviera ahí, en vez de junto a su dueña, como era costumbre. Me acuclillé entre los restos astillados, dividido entre el deseo de seguir rompiéndolo o alterarme ante aquel contratiempo. Seguro que me iba a caer un buen rapapolvo por ello. Por romperle lo más preciado. Me así la cabeza con ambas manos, mascullando mi mala suerte.

Y como no hay metedura de pata sin casualidad maldita, fue en esa postura como me encontró Thalía al entrar sin llamar a mi dormitorio.

—¿Y ahora? ¿Qué te trae por aquí? —dije sin mirarla, la vista clavada en e techo.

—Tú. —Resopló con fuerza—. O debería decir tu olor.

—¿Mi olor?

—No de rancio abolengo, no sueñes. Más bien de mendigo desaseado. —Sin darme tiempo a que le respondiera, inquirió recayendo en mi postura acuclillada y meditabunda—: ¿qué? ¿Has vuelto a tener otro episodio?

—Episodio. ¿Así lo llaman ahora?

—Bueno, es que llamarlo Luke-rabieta me parece un pelín desconsiderado. Dada… tu situación.

Le fruncí el ceño.

—No me haces gracia.

—Estupendo. Porque tú a mí tampoco. —Se llevó una mano a la cintura—. ¿Y bien? ¿Qué haces ahí acuclillado? Levántate. Levántate. Vamos a salir del cuarto.

—No quiero ir a ningún sitio. —Aun así, me incorporé. Sólo para dejarme caer en la primera silla con la que me topé.

—Tenía entendido que les habías prometido algo a Annabeth, Victoria y Rachel —me recordó—. Dejar de arrastrar tu melancolía cual fantasma sus cadenas, ¿recuerdas? Volver al mundo. De nuevo.

—Dije que iba a intentarlo —me envaré, agarrándome a un clavo ardiendo—. No puedo prometer algo que no estoy seguro de lograr cumplir. Sólo prometí intentarlo.

—Pues si esto es un intento —señaló despectiva los restos del arco que yacían en el suelo—, tal vez tengas que intentarlo de nuevo. Y de nuevo y de nuevo. Con más fuerza.

Suspiré, negándome a mirarla.

—Deberías dejarme solo, Thalía.

—¿Y eso por qué? ¿Corro peligro contigo? ¿Vas a convertirte en una fiera que me va a devorar? —bufó.

—No es necesario que te preocupes por mmí —barboté—. Ocupa tu tiempo en cosas más productivas que vigilar cómo estoy o qué hago. No deberías angustiarte por un asesino, autor indirecto de la muerte de su madre.

—Necesitas una ducha —comentó sin hacerme caso.

—O tal vez lo que necesite es estar solo —dejé caer.

—Pero yo estoy aquí, y no me iré, y si intentas alejarme de tu lado, me subiré a tu espalda. —Encogió la nariz—. Después de que te hayas dado una buena ducha, desde luego. En fin, que no me iré, te pongas como te pongas.

—¡Deja de encoger la nariz! ¡No huelo mal! —Dejé de rascarme la cabeza—. ¡No huelo mal! —insistí.

Las oscuras cejasarqueadas de Thalía hablaban porsí solas, pero su lengua no renunció a poner su granito de arena.

—¿No me crees, dices? ¿Me estás llamando mentirosa, acaso? —Y empezó a subir el timbre de voz con cada palabra, mientras salvaba de dos zancadas el espacio que nos separaba y me hincaba el índice en el pecho con tanta saña que temí que me traspasara el corazón con él—. ¡Ya está bien; ya está bien! ¿Crees que iría tras los pasos de alguien que no me interesa? ¿Que le seguiría a todas partes aunque no apreciara mi presencia? ¿Que me arriesgaría por cualquier persona de tres a cuarto a un rescate? ¿Lo crees? ¡Dime!

—Yo…

—¿O es que piensas que hacer todo eso por ti es una pérdida de tiempo? ¿Que no eres digno de que alguien se preocupe por ti, y yo, mucho menos? ¿Es eso? —Emitió tal siseo que pensé en una tigresa a la que le hubieran pisado la cola. Por las chispas que despedían sus ojos, tal vez una cola no, pero no estaba muy lejos de haberle mosqueado los circuitos——. Yo soy una tonta sin cerebro que va desperdiciando sentimientos hacia un mequetrefe que ni mi hola se merece. Soy una estúpida que se desvela por un zopenco que no está a mi altura. ¿Es eso, Luke? ¿Es eso lo que piensas?

—Pues… —pero la chica no me dejó ir más allá. Era una roca rodando por la ladera, y no habría saliente que la detuviese.

—Las plantas necesitan agua para nutrirse. Yo soy la idiota que las riega con sal y leche, logrando matorrales muertos. Yo soy la estúpida que cuida al monstruo para que se recupere, aun sabiendo que en cuanto sane no sembrará más que caos, horror y daño. ¿Eres ese monstruo, Luke? ¿Eres esa planta a la que debería asfixiar con sal y leche? ¡Deja de mirarme con ojos tan abiertos de bobalicón y contéstame!

—Yo…

—Te sientasahí, boquiabierto como un pasmadote, menospreciando mi preocupación por ti, mis desvelos, ¡¿y encima tienes la cara dura de insinuar que soy una sinsesos por atenderte como te atiendo?!

—¡Basta… yo no he dicho nada de eso! —Gruñí cuando hizo una pausa para tomar aire—. Pero juro que sino te calmas y dejasde decirtonterías, las anotaré en una servilleta y te las haré tragar.

Lasúltimaspalabrasescaparon más que salieron de mi boca, seguramente el producto de noches en vela y confusión ante tantas acusaciones repentinas, pero antes de que tuviese tiempo de balbucear una explicación, Thalía sonrió.

¡Sonrió! De oreja a oreja, de hecho.

—¿Así que las apuntarás en una servilleta y me la harás tragar, eh? —se enderezó, satisfecha—. Bien. Eso demuestra que ya noestásenfurruñado—aprobó—. Ya iba siendo hora. —Su índice aflojó la fuerza con la que se hincaba en mi pecho—. Novuelvasa compadecertey amenospreciarte, Luke; noes tu estilo; se te da fatal.Bueno, vamosa ver. ¿Quieresque deje de decir tonterías? Bien. Pues te diré una verdad más grande incluso que tu cabeza, y eso ya es mucho decir, amigo mío: Me preocupo por ti, me importas, y no voy a irme a ninguna parte mientras eso siga siendo así.

Alcé la mano y señalé los escombros del arco roto del suelo y luego volví a mirarla. Ella echó una ojeada a las astillas plateadas desperdigadas, barrió unas cuantas con el pie con cautela, y rebulló sobre la punta de los pies. Luego hizo caso omiso, deliberadamente, de todo salvo mis ojos.

—Algo que se puede reparar.

Parpadeé.

—¿No vas a colgarme de los hue… sos, por haber roto tu objeto más preciado?

—No —aseguró en tono quedo, arrodillándose frente a mí para estar a la misma altura—. Por el bien de tus necesidades fisiológicas. Necesitas esos hue… sos. Al igual que a mí. No digas que no.

—No, no diré que no.

—¿Y lo más preciado, dices? —Miró de reojo la montaña de astillas plateadas a la que había quedado reducido el arco—. No seas tonto. Ese no es mi objeto más preciado.

—Supongo que cuando tienes la posibilidad de sustituir un arco por otro, sí, deja de ser algo preciado.

—No lo decía por eso, tonto.

Mariposas revolotearon en mi estómago al recaer en la sonrisa especial que me dirigió, algo absurdo, pues sabía que lo nuestro nunca podía ser, porque, para empezar, no había ningún lo nuestro, sólo mi amor por ella, mi absurdo y maldito amor por ella.

Un amor que en esos momentos no cabía ni siquiera en mi corazón, que debía estar de luto por la muerte de mi madre.

«No», me dije. «Tienes que vivir. Tienes que asirte a algo, a un por qué».

—¿Cómolo consigues?—Suspirémientrasme recostabaprestamenteen el respaldo de la silla—. Incluso cuando me llevas la contraria y me calientas la cabeza con tantas tonterías, logras que mi angustia disminuya.

—Te hace falta que tecalienten la cabeza mása menudo —repuso ellacon un resoplido—. Es un hecho. Estás muy mal acostumbrado a que te digan «sí sí, ay pobre, vamos a consolarte».

—¡Oye…!

—Ni oye ni oigo —desdeñó—. Tengo razón, lo sabes. Ahora bien, más te vale que no vuelva a escucharte decir que tienes la culpa de la muerte de tu madre. O si no…

Mearriesgué a preguntar:

—¿O si no… qué?

—La próxima vez te daré tal patada que tu capacidad de tener hijos se verá definitivamente mermada —amenazó de carrerilla. La falsa inocencia vagaba por el azul de sus ojos.

Para mi sorpresa, me encontré riendo. Riendo de verdad. Vaya, ¿cuánto hacía que no reía con ganas?

—Eres increíble, Thalía. —Las palabras, salidas de muy adentro, brotaron antes de que pudiera contenerlas—. ¿Te lo he dicho alguna vez? Increíble y muy, muy peligrosa.

Durante unossegundosse me quedó mirando con una sonrisa apuntando en sus labios y el deleite soleando el azul de sus ojos, como si no supiera si reaccionar con sorpresa, enfado, rubor o altanería.

—Más de lo conveniente para mi ego, menos según mi orgullo altivo. —Hizo un gesto de desestima con la mano—. Y ahora sé un caballero y mueve ese trasero unos cuantos centímetros, quiero sentarme. Ya he sido bastante árbol por toda mi vida. No quiero echar raíces aquí de pie.

Asentí y me incliné a un lado, haciéndole hueco en una de las sillas de la mesa, sin apartar la vista de su rostro, y pensé que bien podría sumergirme en el océano de sus ojosy perderme en el firmamento de esos cielos con forma de urbes.

..*.

El mundo pareció recobrar cierto toque y color después de aquello, tanto así que aquella noche cuando fui a dormir lo hice con el espíritu más ligero, el corazónmenos encogido y vencido por la tristeza.

Y como si aquella fuera la señal que aguardaba, horas después, entrada ya la noche, soñé con Hermes. Un sueño extraño en el que aparecía sentado sobre sus serpientes, pero en vez de hablar con ellas, se dirigía a mí, directamente.

—Ya estás preparado —decía.

—¿Preparado? —me miré. No, no iba vestido de gala ni etiqueta. De hecho todo lo contrario—. ¿Preparado para qué?

Algo cambió en el escenario.

De pronto ya no estaba mirando a Hermes y sus serpientes, extrañamente calladas. De pronto corría hacia mi casa, la casa de Connecticut, acompañado de la silenciosa presencia de Hermes, y enmarcada en la puerta estaba…

Mi madre.

Al darme cuenta de que era ella, corrí con más celeridad.-

Sus relucientes ojos verdes destellaron en la distancia. El cansancio se disipó de mi cuerpo como una manta desembarazada al divisar la sonrisa de May. No tardé en estar a su altura y nada más eso, no tardé en refugiarme en sus brazos. En sus cálidos y confortantes y añorados brazos.

Nunca me había sentido tan bien entre aquellos maternales brazos, a pesar de que estos se mantuvieran igual que en sus últimos instantes de vida, es decir, uno desencajado y otro rastrillado de heridas. Reía con lágrimas en los ojos, mientras mi madre me levantaba del suelo, algo que no había hecho desde que era un niño y cumplí los ocho años.

—Te quiero, mamá. Te quiero mucho.

Sentí su última mirada sobre mí, ojos verdes del intenso de la locura, mirada orgullosa tan inquebrantable como el amor, la confianza, la materna defensa.

—Yo también te quiero, hijo. Pero por favor, no te eches la culpa de lo que sucedió. No era tu destino salvarme la vida, sino al mundo. Estoy orgullosa de ti, nunca lo olvides. Y aunque estemos en planos distintos, ¿no has aprendido nada de tus amigos de Idhun? Ni el amor ni la amistad entiende de barreras, si esta es sincera y se lleva consigo en el corazón.

Volví a abrazar a mi madre. Ella me estrechó contra sí largo tiempo, tras lo cual retrocedió y con la mirada buscó al dios de los mensajes, el único que tenía permitido entrar y salir del inframundo y que ahora se mantenía a un lado, en una prudente y cortés distancia.

Sólo entonces Hermes se nos aproximó, tras lo cual recibió su propia ración de afecto May. Y fue allí, en un limbo entre la Tierra y el infierno, en un espacio abierto tanto para vivos como para muertos, en un sueño que no era del todo invento del cerebro, cuando por primera y quizá única vez, los tres compartimos un abrazoconjunto, estampa de una familia unida.

—Adiós —le dijo—. Gracias por todo. Me diste lo más preciado para mí en vida, y ahora lo has vuelto hacer ya muerta.

—Yo... —el dios parecía compungido—. Yo te echaré de menos.

Ella le sonrió.

—Lo sé.

La silueta de May se fue haciendo más y más tenue, pronto a mis ojos le costaron poder reconocerla.

—Mamá. ¿Ya... ya te vas? —pregunté con un nudo en la garganta.

—Debo volver a mi nivel. Estar aquí me debilita, me cansa; él me da las energías suficientes —señaló a Hermes—, pero incluso eso es caduco. Sí, debo irme, pero eso no significa que te deje.

Hice de tripas corazón y asentí.

—Te voy a echar terriblemente de menos —auguré.

—No tienes por qué.

El pase de sus dedos por mis párpados humedecidos fue etéreo, más liviano que un soplo de aire.

—¿Que no tengo por qué?

Su imagen se fue desdibujandopoco a poco. Lo último que vi de ella fue el esbozo de una sonrisa, aquella sonrisa abierta, dulce y maternal que tanto adoraba.

—No, no tienes por qué. Llévame contigo siempre y no seré olvidada. Añórame, pero no me llores. Recuérdame, pero no te encadenes a mi memoria. Ve. Disfruta de la vida. Ama, odia, grita, calla, duerme, corre hasta la extenuación. Aférrate a la vida y no te limites a sobrevivirla.

A medida que hablaba, sentí que un gran peso me era quitado de encima. Por primera vez desde su muerte, pensar en una vida donde mi madre no estuviera en cuerpo presente no me aguijoneó las entrañas. Estaba triste y de verdad la echaría terriblemente de menos, pero sabía, no, quería creer que estaba a punto de avanzar hacia algo bueno, algo realmente bueno. Y dejé de sentir culpa. Al menos por esa vez. Sus últimas palabras llegaron a mí cabalgando con una bocanada sofocante de brisa del averno:

—Si en verdad me quieres, hónrame de ese modo: viviendo. Sé mi sangre, que ya no late; sé mi cuerpo, que ya no se mueve; sé mis ojos que ya no ven, mis pulmones que ya no respiran. Eres mi hijo, mi legado, mi único descendiente. Sé la vida que yo ya no puedo ser, porque sólo en tu existir… existiré yo también.