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Historia 126109 — capítulo 48

Disclaimers: Ajá. Soy Rick Riordan y Laura García Gallego chilla a voz en cuello cual posesa entre camisas de fuerza y pataletas contra la pared del manicomio. ¡Sí, sí, sí! ¡Creedme!

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CAPÍTULO 47. PODER.

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Me desperté sobresaltado, con un grito escapado de la garganta y resonando en la pedregosa estancia.

Mi madre acudió al instante a mi lado, prodigándose en palabras de sosiego, pero con excesivas marcas de preocupación y miedo en el cansado y magullado rostro como para convencerme con su susurro apaciguador.

El mero hecho de que estuviera allí bastó, sin embargo, para enmudecer mis gritos y apretar mis labios en una línea. No estaba solo. Ni tenía a Cronos encima ni a Thalía despellejándome literalmente. Continuaba siendo prisionero del titán, pero no estaba solo, ni decapitado ni abandonado a la intemperie de una devastadora oscuridad.

Los sueños habían sido horribles y aun estando despierto rehusé recordarlos. Me negué a rememorar las atrocidades infringidas por Cronos, a pesar de que por mi cuerpo se extendía todo un mosaico de moratones y heridas; me negué a recordar su risa maligna proferida de la boca de Thalía, sus amenazas veladas de sueños de después, sus comentarios acerca de hierros candentes y tenazas, afilados cuchillos y puntiagudas agujas bajo las uñas.

Noté al instante el abrazo de mi madre rodeándome, como un bálsamo, mientras trataba de recuperar el aliento. Tragué saliva, intentando normalizar la respiración, y me estremecí al notar un acerado dolor en la garganta. Sentía los párpados húmedos y los labios estaban tan secos que me los humedecí con la lengua, temiendo que de tan agrietados se echaran a sangrar de un momento a otro.

Pugné por aclararme la mente. Me notaba sangrantes los párpados, cejas y mejillas, y al ver la sangre acumulada entre las uñas entendí que me los había causado yo mismo, al tratar desesperadamente de abrir los ojos para despertar, en un vano intento por escapar de un sueño dominado por el titán. Con gran esfuerzo aparté la mirada de mis dedos rastrillados de sangre reseca y piel rasguñada para posarla en lo que me rodeaba.

Cuando me incorporé a medias, fui consciente de que había cambios en el escenario. La más notoria, la presencia de luz. Eso me puso en alerta. «Sólo habrá luz cuando yo esté delante; a ver si así aprendes a asociarla conmigo. Mientras yo no esté, la luz… bueno, será un privilegio que tendrás que ganarte». ¿Cronos estaba de vuelta? Pero al cabo de un momento, me di cuenta de que no era así. Una cesta de velas desprendían una pequeña mancha de claridad, demasiado insignificante como para considerarlo consolador, como si algo produjera una retracción en la luz, la ingiriese, la secuestrase para prohibirle entrar.

Expiré de alivio. Incluso mis labios se atrevieron a relajarse en una atirantada, minúscula pero alentadora sonrisa.

Era una cesta del camping.

Era una señal de casa.

La luz era difusa y tenue, aunque lo suficiente para distinguir cosas. Como a May sentada a mi lado, mi cabeza, esta vez, en su regazo. Canos cabellos le colgaban con desmayo a ambos lados de la cara, colaborando en subrayar la expresión taciturna y demacrada de su arrugado rostro. Su habitual mirada fija, verdosa y perdida reemplazada esta vez por una cenicienta máscara de comprimido dolor.

——Llegó hace poco —susurró, los ojos fijos en la cesta—. Salió así, de repente y de la nada. Había oscuridad y, de pronto, noté que alguien había entrado; antes de que me diera tiempo a temer que fuera él —su tono rezumó bilis en esa última palabra; no necesitaba pronunciar su nombre para saber a que «él» se refería—, caí en la cuenta de la luz que despedía. Enseguida me acerqué a comprobar.

—¿Notas?

—Ninguna —sacudió la cabeza—, pero mejor así. La cesta es mensaje por sí solo. Eso sí —aun en la oscuridad pude distinguir su sonrisa fugaz—, te han devuelto el zapato. Han recibido y captado tu llamada de ayuda, es un hecho. Todo se arreglará.

—Bien. Pues sólo queda esperar.

Me arrimé a la única ventana de la celda. Resultaba que no era una cueva, sino una celda de piedra, con tablas por suelo, lo que me hizo pensar en el camarote de un barco, bien ubicado en sus profundidades. La estancia era reducida, de extensión cuatro por cuatro, fría y húmeda y con una pesada puerta cerrada con llave al final de un lateral.

Tras comprobar que estaba bien, May se puso de puntillas, asomándose a la pequeña ventana, arañando las paredes con los dedos de modo inconsciente, buscando afianzar el equilibrio de un cuerpo tembloroso, lacerado de torturas que ya no podía erguirse por sí solo sobre los pies, y que ahora necesitaba aferrarse con manos y piernas y codos a cualquier forma vertical.

No tardé en unirme a ella. Mis ojos abarcaron por completo la panorámica de oscuridad, negrura y podredumbre que recibió nuestras miradas ansiosas. No sabía cuántas noches había reinado la luna ni en cuántos amaneceres se había retirado para dar paso al sol, ni cuántos días este había rondado por el cielo alumbrando un mundo al que me apetecía volver a asistir a su curso, a incorporarme sin problemas ni miedos a él.

Pero ahí afuera no había nada que ver, bueno, si es que había un «afuera», para empezar. Tan sólo cenicienta y agitada neblina rozando por poco la superficie de un pozo sin fondo, aguas viscosas, plagadas de inmundicia, creando la sensación de estar sumido en un impenetrable abismo.

Verificada esa penosa verdad, me aparté de la ventana. Había un camastro duro que la noche anterior no habíamos visto, y bajo él, una palangana a modo de letrina y otro barril para lavarse y, bajo ello, un suelo hecho de tablas. Enmohecidas tablas. No me sorprendí al ver una abundante pila de comida sostenida sobre un saliente de las propias piedras, era lo más parecido a una repisa; si Cronos tenía intención de dilatar al máximo nuestra estancia ahí, le convenía cuidar nuestras exigencias fisiológicas.

Pasó el tiempo. No hubo ganas ni de hablar. Ella yacía acurrucada contra la pared y tumbada sobre su espalda, sumida en un profundo sueño a consecuencia de su extenuación. Y no era para menos. Estaba dolorida de pies a cabeza después de una jornada de tortura a manos de un titán. Por mi parte, no dejaba de revolverme en el sitio, pues cada agudeza de la pared que esquivaba me llevaba a encontrar nuevos salientes punzantes que me arañaban la espalda. En vano, traté de cubrirme con los brazos y así entrar en calor. La oscuridad era fría y el suelo junto con las paredes insistían en robarme todo el calor del cuerpo.

—Mi reino por una manta bien calentita —balbuceé, sentándome de piernas cruzadas junto a mi madre y lanzando una plegaria al techo con las manos juntas—. Vamos, vamos, o un abrigo. Y de paso un amigo.

Sin embargo, cuando al segundo siguiente se abrió la puerta con sigilo y apareció Ethan en el umbral como una exhalación en la estancia, todo sobriedad y contención como un nubarrón, no me mostré agradecido.

—Actual, me refería a un amigo actual —protesté al aire, como si el techo de arriba fuera un camarero que me hubiera servido todo lo contrario de lo que yo había pedido.

No obstante, cuando me volví hacia Ethan, estaba esbozando una sonrisa de oreja a oreja. Afilada y llena de dientes, sí, también, pero eso era por descontado.

—¡Ethan! Viejo amigo. Ay, por favor. Entra, entra, no temas en invadir nuestro cavernoso hostal. Te habría invitado a pasar de todas formas, aun cuando tu sentido de educación sea tan invisible como inaudible la llamada a la puerta.

Alto, flaco y nervudo, con guedejas negras por cabellos lacios y un parche negro en el ojo izquierdo, el chico recibió mis palabras con una impasibilidad que le desconocía. A pesar de su porte despreocupado, no detecté atisbo de relajación en él.

—No me molestaré en fingir que me alegra verte. —Su voz era aún más llana e inexpresiva que su porte plano e inflexible—. No tengo tiempo para pantomimas ni mentiras como tú, Luke.

Me puse en pie y me cepillé las ropas como si me encontrara en la sala de espera de un hotel cinco estrellas en lugar de en un oscuro calabozo amenazado con la reaparición de un titán. Siempre era bueno aparentar que uno tenía templados los nervios, aunque por dentro estuviera hecho un amasijo de terror in crescendo.

—Lamento oír eso. Me había hecho ilusiones con una visita casual a un viejo amigo para revivir viejos tiempos —le dediqué una torva sonrisita—. ¿Algo importante que decir? ¿Nubes interesantes en el horizonte de las que hablar, tal vez?

—Desiste, Luke —aconsejó Ethan, fijando en mí una oscura mirada de un oscuro y único ojo—. No te servirá de nada.

Extraño. Algo se movió detrás del mestizo, una sombra desprendiéndose de las demás sombras, tal vez, pero pronto lo descarté y lo achaqué a mi imaginación.

—¿Qué vienes a hacer aquí? —fue May quien habló la siguiente—. ¿Acaso vienes a tomarle el relevo a tu amo?

—Hazlo y te mataré —amenacé, calmadamente. Moví el cuerpo, desplazando con el pie la cesta de velas del camping para que el mestizo renegado no lo viera—. Al Estigio pongo por testigo de que no miento.

Aquello erizó a Ethan.

—¿Crees que podrías matarme? —Preguntó, desabrido, volviendo el rostro lento y tenso hacia mí, sin perder la calma—. Inténtalo, Castellan.

—De acuerdo. Deshazte de la espada. Deja que sean nuestras manos quienes hablen.

—No sabes con quien te estás metiendo —me advirtió.

—Claro que sí. Bastante. Muy a tu pesar, te conozco más de lo que crees —musité con calculada desgana—. Da gracias. En este momento, el recuerdo de un Ethan amigo es lo que te salva de mí.

—No somos amigos —me rebatió Ethan—, nunca lo fuimos, nunca me consideraste como tal. No pretendas ahora decir que sí; no te bailaré el agua.

—¿Y eso te duele, eh? —en mis labios reapareció la sonrisita mordaz—. No sufras, compañero. Podemos ser uña y carne esta vez, pelo y cuero, pedo y culo. Ah. eso sí, no esperes que te regale pulseras de «amigos para siempre». Ese estilo no va conmigo. —Silencio—. Vale. Fuera bromas. ¿Qué te pasó? —Inquirí en un susurro, la voz no exenta de preocupación—. Tú también lo traicionaste. Lo recuerdo. Te resististe a matar a Percy, a desvelarle a Cronos dónde tenía Jackson su punto mortal. ¿Cómo es que no te castiga a ti también?

Ethan expiró erráticamente.

—Yo ya he expiado mis fallos —habló tranquilo, pero mientras lo hacía abría y cerraba la mano izquierda, como si ahí se hubiera concentrado el castigo que yo intuía—. Ahora te toca a ti.

Esquivé el veneno de su última aseveración. Por el rabillo del ojo vi que May se ladeaba a un lado, como respondiendo a una señal, ¿tal vez un impulso? Algo se agitó de nuevo a las espaldas de Ethan, sombras alterándose, avanzando despacio, invisible, con sigilo. Parpadeé. Empezaba a sospechar que quizá no me lo había imaginado la primera vez, después de todo.

—¿Por qué has vuelto a unirte a él? —Pregunté con cautela—. ¿Por qué sucumbir, Ethan? ¿Por qué tropezar con la misma piedra inerte y titánica?

Ethan me miró; parecía cansado más allá de lo indecible, perdido en un desierto interno.

—La gente cambia —contestó sucinto.

—Pero no así —insistí—. No tanto. No de repente. No sin razón aparente.

Ethan abrió la boca. Por un momento, pensé que quizá había pulsado el botón correcto, que había logrado darle en algo sensible y hacerle reflexionar.

—Que tú desconozcas mis motivos no significa que las razones no existan —masculló finalmente, ojos entrecerrados y abandonada toda pose impasible.

—Y por eso he preguntado qué te ha pasado. Vuelve a fijarte en la frase anterior, por favor.

—No he venido aquí para sentarme a hablar como si nada —dijo Ethan.

—No estamos sentados —apunté, siendo pedante apropósito—. Estamos de pie. Pero si lo que necesitas es una silla, una taza de té y unos pastelitos… —señalé el hueco de la entrada—. Sube, pídeselo a tu amo y vuelve a bajar cuando ya lo tengas. Estaré aquí esperándote. Prometo no irme a ninguna parte.

—¿Te crees graciosillo, eh? —Espetó, los puños apretados con fuerza—. Mordaz. Pues déjame decirte una cosa: no tienes gracia. Ni la más mínima.

—Otros dirían que es él quien carece de humor —rebatí a May como si estuviera compartiendo con ella un cuchicheo, hablando como si el mestizo renegado no estuviera delante—. ¿No crees, mamá?

—Me pregunto qué tiene en contra de nuestra situación como para no confesar.

—No son las idóneas —rechazó el aludido—, nunca lo serán. Mira a tu alrededor —hizo un amplio gesto con la mano—. Eres prisionero, no yo; estás secuestrado, no yo. Yo estoy armado, tú también, aunque a diferencia de ti, mi arma la puedo empuñar sin miedo a que se revuelva en mi contra, la tuya sirve para debilitarte, para hacerte más daño… —indicó con una inclinación de cabeza a May—. Para someterte. Sé realista. ¿Quién tiene el mango de la sartén?

Lo fulminé con la mirada. Estaba en lo cierto, claro que estaba en lo cierto. Apreté los dientes, renuente a no darle la satisfacción de admitir que tenía razón.

—¿Qué quieres? —Barboteé, en cambio—. Si has venido a torturarla ve despidiéndote del mundo. Tócala un simple pelo con ademán violento y… —enseñé aún más los dientes, dejando que la mueca hablara por sí sola.

—No tengo intención de haceros daño —me interrumpió Ethan—. Al contrario. Vengo a sacaros de aquí.

Al instante me puse alerta. Aquello no podía ser. Debía de tratarse de una nueva trampa del titán. Procuré no tragar saliva. No debía demostrarle que estaba impresionado por su declaración, mal que me pesase; si lo hacía, corría el riesgo de perder toda ventaja que pudiera tener.

—Esa trampa es muy obvia, muchacho —masculló May—. ¿Quieres tentarnos con la libertad para así atraparnos en el último momento? En ese caso, asegúrate la próxima vez de que la tentación venga acompañada de un rostro amigo y querido.

El chico se inclinó hacia delante, y su sombra creció como un gigante en la pared de la estancia.

—Os doy mi palabra de que sólo vengo a sacaros de aquí. Sin palizas ni insultos ni risas por mi parte en el trayecto.

—Tu palabra —exclamé, aderezando las mías con una mirada de desprecio que no conocía límites—. Tendrás que esforzarte un poco, Ethan, si quieres que te creamos. No tenemos ninguna razón para confiar en ti.

—Bueno, estáis vivos, ¿verdad? Tenéis comida y agua y podéis hincharos a comer y beber cuanto queráis. Oh, no pido gratitud por vuestra parte, pero sí que uséis el sentido común y ese sentimiento de supervivencia que toda persona tiene en su interior, aunque en vuestro casosea escaso.

Mientras él hablaba y yo me imaginaba que salía de ahí a empellones, mi genio empezó a entrar en lenta ebullición. Sentía el impulso de liarme a patadas, pero a duras penas me controlé. Sólo tendría una oportunidad, y tenía que saber aprovecharla.

Extraño. La sombra movediza estaba casi encima del chico. Aun así, no fui capaz de descifrar nada más que negrura encapuchada. Me esforcé por mantener los ojos fijos en el mestizo renegado que tenía enfrente, armado con una espada. Viejo a amigo o no, no podía ni debía obviar que ahora estaba en el bando contrario.

—¿Vas a dejarnos escapar? —mi voz rezumaba incredulidad.

—¿Escapar? —Ethan arqueó una ceja—. ¿Quién ha hablado de escapar? —Sacudió la cabeza con algo parecido al pesar—. Me refería a llevaros arriba —sonrió en lo que pretendía ser una mueca cruel que, sin embargo, se torció en el último momento. El chico parecía fatigado, un actor cansado del ensayo de un papel—. Os aguarda mi señor. —Se ajustó la correa de la vaina de la espada que le colgaba de la cintura—. En realidad quiere vernos a los tres.

Una voz fría, cargada de sorna y deliberadamente pausada, surgió de la oscuridad junto a su espalda.

—¿entonces, por qué hacerlo esperar?

Ethan giró en redondo. La sorpresa que probablemente le pintó el rostro fue invisible para mí, ya que tuvo que darme la espalda.

Avancé.

La sombra se abatió sobre él.

Pero Ethan estuvo a la altura: esquivó por los pelos la embestida de una espada que brillaba en la oscuridad con una luz azulada, gélida.

Fue la señal que necesitaba. Olvidé todo mi sentido de precaución. Corrí hacia Ethan, la compuerta de la adrenalina de par en par abierta. Él me vio llegar y, asombrado, giró de medio lado. Vaciló, incapaz de decirse a qué amenaza responder primero, la mía o la de aquella voz desconocida. Y ese breve momento de duda fue su perdición. Sin dejarlo reaccionar, salté sobre él con las manos por delante.

Aun en el aire, rodeé su cuello con mi brazo. Tan rápido que cuando caímos al suelo en una maraña de extremidades, ya estaba encima de él con una rodilla plantada en su pecho para inmovilizarlo. Con la otra mano le arrebaté el arma.

—Mucho me temo que al final tu señor sólo te va a ver a ti —le escupí en plena cara—. Qué contratiempo tan grande, ¿eh?

Le propiné una patada a su espada, alejándolo de sus dedos tendidos.

—Quizás estés encima de mí —Ethan me desdeñó por debajo de sus pestañas—. Pero eso no significa que me hayas ganado.

Se revolvió furioso, propinándome un rodillazo en pleno estómago que me dejó sin aliento. Rápido como una centella se puso en pie. Aun en medio del aturdimiento, atiné a ponerle la zancadilla, que Ethan esquivó. Traté de incorporarme, pero él estrelló una patada en mi estómago y me arrojó de vuelta al suelo. Descuidadamente, el chico volvió a darme la espalda, dispuesto a vérselas con el atacante invisible.

Un puñetazo en las pantorrillas le impidió poner en acción la idea. Cayó, arañando el suelo. Buscó devolverme la patada en la cara; le agarré de los tobillos y apreté con todas mis fuerzas, hincando de paso las uñas. Él soltó un estremecedor alarido. Sacudió las piernas con saña, liberándose en el instante en que mis fuerzas vacilaban. Tambaleante, se puso en pie.

La sombra se movió; algo blanquecino y afilado destelló encima de nuestras cabezas, descendiendo con un siseo mortal. Rodé sobre mí mismo, a tiempo de esquivar el filo. Pero al instante Ethan se movió hacia delante, como si lo hubieran desestabilizado, y se derrumbó en el suelo, inmóvil, la sangre apelmazando sus cabellos.

Me erguí hasta quedar de rodillas. Henchido de violencia, alcé la mirada. Entre la escasa luz que derramaban las velas de la cesta pude ver a Christian, de pie junto al cuerpo desmayado de Ethan, con una tensión manifiesta en la postura del cuerpo. Aún sostenía a su espada Haiass en la mano, con su hoja exhalando esa gelidez azulada tan propia. A su lado, mi madre lo miraba con indescriptible sorpresa agrandándole los ojos.

—Tal vez esto te haga querer ponerte en pie y dejar de mirarme con ojos de loco —dijo. Y me lanzó un atillo que atrapé por los pelos.

—¿Se puede saber por qué habéis tardado tanto? —espeté. —Desenrollé el atillo y sentí un vuelco en el corazón al reencontrarme con Bakbiter—. ¡Casi nos matan!

—Lo que mi hijo quiere decir tan desagradecida y maleducadamente —intervino mi madre, repuesta ya por la sorpresa e inclinada sobre Ethan para registrarle los bolsillos—, es que gracias por venir.

—Por lo que he visto no le estabas manejando tan mal —contestó Christian, tranquilo. Su calma me enervaba—. ¿Oye? —Ladeó la cabeza hacia el oscurecido umbral—. Cuando quieras puedes dejar caer un poco de luz aquí. No nos vendría mal.

En respuesta, un as de luz blanca surgió de la puerta, y se introdujo suave pero constante por el umbral. Enmarcada en el marco de la entrada estaba Victoria, báculo en mano. Apuntó el foco luminoso y barrió la celda, abarcando hasta el último rincón y la última rata que ahí correteaba.

No tardó en introducirse en el interior. Sin hacer caso del cuerpo caído del chico que mi madre registraba tan concienzudamente, corrió y se lanzó en tromba contra mi pecho. El impulso hizo que me tambaleara, y Backbiter se escurrió de entre mis dedos cayendo con un ruido seco sobre el atillo en el que había llegado, pero no dudé en corresponder al gesto de la chica. La abracé con fuerza, alegrándome de verla como nunca antes me había alegrado de ver a nadie.

—Gracias a los dioses que estás bien —exclamó, retirándose un poco y analizando mi rostro bajo la luz de su báculo—. Por cierto, dales las gracias a ellos. Han sido quienes nos han puesto sobre la pista.

—¿Los dioses? —me extrañé—. ¿Los míos? ¿Los del Olimpo?

—Hombre, si te parece no van a ser los de Idhun —resopló ella—. Pues claro que son los del panteón de la Tierra.

—Pero… cómo?

—Cuando nos mandaste al Alma ya estábamos en aviso de tu desaparición —explicó victoria, señalando con el báculo la cesta de velas que me habían mandado—. Sabes que les tocaba a Rachel y a Christian vigilarte ese día. Pues bien, corrieron tras de ti después de que Thalía les explicara... en fin, el final de vuestra abrupta conversación.

—Y vieron cuando ese monstruo me raptaba —comprendí.

—Casi. Vieron que llegabas a la cima y que, de repente, desaparecías en el aire, como si nunca hubieras estado ahí.

—Fue como si te hubieran echado una gorra de invisibilidad —retomó la explicación Christian, apático, ayudando a mi madre a darle la espalda a Ethan—. No podíamos verte ni sentirte, pero sabíamos que estabas por ahí. Tampoco podíamos ver a la bestia que te llevaba, eso lo supimos más tarde, con ayuda de los dioses.

—¿Y sólo en eso os ayudaron ellos, entonces?

—Eso mejor que te lo explique Thalía —siguió contestando el shek—. Cuando Rachel y yo le explicamos qué había pasado se limitó a echar a correr y a meterse en tu cuarto, gritándome en la cabeza algo acerca de ir a consultar un libro, o un portal que era un libro… no pude indagar más. Mandé a Rachel para que buscara a Annabeth y que ambas hicieran una partida de búsqueda y después, junto con Yandrak, emprendimos el vuelo, rastreándote. Encontramos a Backbiter a unos cuantos kilómetros de distancia del campamento, como si alguien la hubiera arrojado ahí apropósito.

—Entonces, ¿el Alma…?

—Nos ha podido dar la localización —concluyó Christian. Se enderezó—. Tus dioses sabían quién te había secuestrado, pero no podían ver donde te habían llevado. Decían que estaba bien salvaguardado y protegido —miró con lánguida curiosidad la celda—, pero al parecer esas salvaguardas no están hechas a prueba de Limbhad. O mejor dicho, a prueba de Idhun, que es lo que hace especial a Limbhad.

—Podríais haber pensado en ella antes —mascullé—. ¿No se supone acaso que esa esfera es capaz de mostraros la ubicación de cualquiera?

—Y por eso estamos aquí —me recordó Christian—. Tú te adelantaste a la consulta y nos la mandaste —cabeceó—, bien hecho, por cierto.

—Nada. Nada interesante —proclamó may, enderezándose—. ¿Qué hacemos? ¿Nos lo llevamos?

—Sí —dijimos Christian y yo al mismo tiempo—. Pero antes, Victoria, ¿podrías curarla, por favor? —señalé a mi madre.

La chica se adelantó, presta a sanarle las heridas, pero May retrocedió negando con la cabeza, tozuda como sólo un Castellan sabe serlo.

—Guarda tus fuerzas, niña. Puede que las necesites para salir de aquí. Yo puedo aguantar y aguantaré, descuida, que no te engañe mi aspecto escuálido.

—¡Mamá! —protesté.

—Prioridades, Luke, prioridades —repuso ella—. ¿Y bien? —Se dirigió hacia Christian—. Muéstranos el camino hacia la salida, y enseguida, joven, que oigo cómo se acercan.

Él cabeceó. Agucé el oído y, efectivamente, se oía un runrún de movimiento que iba haciéndose cada vez más audible.

—Pongámonos en marcha —se dispuso Christian.

Lancé un chillido cuando una mano salió de la nada, me aferró por un tobillo y me hizo caer. Todos giraron al oír mi chillido. Di una patada furiosa; la garra persistió, pero al menos tuve la satisfacción de golpear carne blanda, lo que permitió que la presa de mi tobillo aflojara un poco. Lo suficiente. Retorciéndome cuanto pude, atrapé los dedos que me apresaban el tobillo y los doblé hasta romperlos. Ethan lanzó un alarido en la oscuridad.

—Te habría ido mejor si hubieras seguido desmayado. O si hubieras fingido que seguías desmayado —lo reprendí. Sus dedos se habían aflojado y ahora se retorcía en el suelo—. Es más, creo que deberías seguir desmayado —sopesé y, veloz, lo golpeé en la cabeza. Al instante se quedó inmóvil—. Eso sí: no pienso cargarte. Victoria, ¿podrías…? —señalé con un gesto apremiante al chico desmadejado a mis pies.

La joven hizo un rápido movimiento circular con el báculo y el cuerpo de Ethan levitó hasta ella, como si fuera llevado en una camilla invisible.

—Rápido, rápido. Tenemos que salir de aquí —nos apremió. Fui a colocarme junto a mi madre pero Victoria se adelantó; se colgó un brazo de May a los hombros—. Voy con ella. Tú ocúpate de la retaguardia.

Asentí y tomé posición. No tardamos en salir de la celda. Cerré la puerta tras de mí, pensando que tal vez eso podía hacer pensar a quien viniera que aún estábamos encerrados dentro, lo que nos podría proporcionar tiempo extra.

—Vale. No podemos llamar al Alma y pedirla que nos saque de aquí —comenté, echando a correr junto con mis compañeros—. Pero tú podrías abrir un portal, Christian. ¿No es así? No es que no disfrute de correr, vaya, pero mi médico me ha dicho que no debo hacer tanto footing.

La escena con la que me topé era dantesca. Había mestizos por todas partes, todos relajados en el suelo en dispares posturas, como si el sueño los hubiera encontrado sin previo aviso y no hubieran tenido más remedio que dejarse arrastrar por él.

—Tu médico te ha mentido. Sienta bien para espabilarse —contestó el chico, dos pasos por delante de mí—. Y te recuerdo que yo no tengo magia de Idhun; sólo magia a secas. Si acaso, Victoria. Así que no puedo abrir un portal mientras estemos bajo los dominios de poder del titán.

La luz del báculo, reducido a un fino y atenuado hilo anaranjado, le tendió la mano a mi vista mientras corríamos por oscuros y húmedos corredores y subíamos escaleras. Me pregunté cómo Christian y Victoria habían podido dar con nosotros en ese patiburrullo. O bien habían seguido a Ethan o bien el Alma les había guiado. O incluso las dos cosas.

—Menudo rescate —farfullé—. ¿Y me puedes decir cómo vamos a sacar a mi madre de aquí? ¿Quieres decir que tendrá que esperar a que salgamos de aquí a sangre y pelea para poder tener una oportunidad de liberarse de Cronos?

—Tranquilo. Está todo pensado —aseguró.

Al doblar una esquina nos topamos con el sangriento escenario de una batalla. Había cuerpos por todas partes y sólo quedaban dos supervivientes: Jack y Beckendorf. La enorme hacha de guerra de Charles goteaba sangre. El arma brincó de alegría en su mano cuando el chico nos vio y nos señaló para que el rubio se percatara de nuestra llegada.

Me lo quedé mirando. El chico se había transformado. Pero no en dragón ni en otra criatura animal. Tenía los ojos brillantes, fulgurando fuego verde, el pelo rubio apelmazado por el sudor y pegado al cráneo, las manos firmes, diestras, decisivas, directas manchadas de sangre. Parecía más alto, envuelto en un resplandor otorgado por la energía elegante y concentrada que destilaba, disipando todo rastro o duda de fatiga o miedo. Con un último revés de su espada acabó con el enemigo contra el cual luchaba. Sólo entonces se permitió girar hacia la dirección que Beckendorf le indicaba.

—Estás… —miró a Victoria. Después a los demás—; estáis bien, vivos y enteros. —Jack emitió un suspiro—. Os creíamos muertos a los dos.

—Aún no —contesté con un susurro—. Habéis llegado a tiempo. —Mis ojos recayeron sobre los cuerpos tirados en el suelo, aunque fue Victoria quien hizo la pregunta por mí.

—¿Los habéis…? ¿Están muertos…?

—No —repuso la calmada voz de Charles desde las tinieblas que lo abrazaban, pues el foco del báculo, reducido al mínimo, no alcanzaba a iluminarlo por completo—. No acostumbro a matar a no ser que no haya más remedio. En todo caso no nos molestarán durante un buen rato y, para entonces, nosotros ya no estaremos por aquí.

—Parad de chismorrear y continuad —nos instigó Christian—. No disponemos de mucho tiempo.

—No chismorreamos —protestó Beckendorf, idnignado—. No somos marrujas en la peluquería. Tan sólo nos actualizamos, que es distinto.

—Ah. Porque sois aplicaciones y programas de ordenador. Se me olvidaba —replicó mordaz la lóbrega voz del shek—. Que cada uno tome posiciones —ordenó a renglón siguiente—. Rápido. Sigamos. Y no hagáis el más leve ruido de lo estrictamente necesario. No estamos a salvo ni por asomo.

—Nos ha ido bien —respondió Jack a la mirada incisiva de Victoria, mientras se colocaba a su lado y ella tiraba de mi madre para atravesar el escenario de la carnicería—. Bloqueamos el pasillo; zona despejada.

Me incliné y recogí un arco con flechas a juego de uno de los mestizos caídos. Me sentiría más seguro teniendo dos armas, en vez de sólo una. Nunca estaba de más un arco; aunque yo no fuera buen tirador, al menos se podía usar a modo de bastón.

De hecho, apenas tardé en tener motivo para usar el arco de ese modo.

Un defensor de Cronos emergió de una esquina, emitiendo un gruñido de batalla. Mientras se precipitaba hacia nosotros, deslicé las manos a lo largo de la vara del arco y la hice girar. El extremo del arco golpeó las costillas del mestizo renegado que se me venía encima, quien se tambaleó con un gruñido. ¡Qué arrogancia la suya haber creído que no necesitaba ni de escudo ni de armadura!

Contuvo cada una de mis veloces estocadas, logrando que en ningún momento llegaran a su cuerpo, e incluso se arriesgó a dejar la postura defensiva y atacarme de vez en cuando. Pero ahí estaba Backbiter, escudo de acero y bronce, para parar sus golpes, y ahí estaba en la otra mano el arco, para volver a hostigarlo sin tregua.

Dejé que la barra rebotara y me volví justo cuando otro enemigo entraba en el radio de mi alcance. El palo del arco pasó como un rayo bajo la espada del recién llegado, se hundió en carne blanda, y le puso la zancadilla. Mientras él caía, acabé de dar la vuelta completa a tiempo para golpear la muñeca alzada del primer atacante y enviar su espada por los aires.

Pero no tuve descanso. Un filo salido de la nada me arrebató la barra de las manos. Como si no acusara el más mínimo dolor, di una ágil voltereta, apartándome de la proyección asesina que había seguido el arma enemiga, y volví a ponerme en pie, arco en mano.

Pero en lugar de usar la barra, como él esperaba, me giré levemente e hice rotar las muñecas para hacer oscilar a Backbiter en toda su longitud. El segundo mestizo, que comenzaba a levantarse, recibió en un costado de la cabeza un golpe que sólo la espesa mata de pelo que le cubría el cráneo como un casco lo salvó de que el golpe fuera mortal. Se desplomó en el suelo y, esta vez, iba a necesitar de ayuda para levantarse.

Sólo advertía vagamente los encontronazos de Christian, Jack y Beckendorf a lo lejos, que peleaban contra otros semidioses traidores que emergieron de esquinas y corrieron a alinearse con los suyos. Se movían grácilmente, cambiando fluidamente de postura de ataque a postura de defensa, tanto que daban la impresión de bailar juntos al son marcado por la lóbrega oscuridad.

No les presté atención. Todavía debía hacer frente al último mestizo, el que había conseguido quitarme la barra de las manos, y por la forma como éste se preparaba, con la espada inclinada con precisa exactitud, era evidente que no pensaba ponerme las cosas muy fáciles.

«Si espero a que venga a por mí, será peor. Una ventaja para él».

Me adelanté, manteniendo a duras penas las rodillas rectas. El renegado consiguió contener, con un ruido sordo, la primera embestida y también las siguientes, pero en sus estocadas de vuelta comenzó a hacerse patente la fatiga. Luchaba poniendo en juego toda su habilidad para mantener lejos de sí el bastón del arco que yo una y otra vez impulsaba contra él.

No atacaba, porque bastante trabajo tenía con defenderse. Sólo se movía hacia uno u otro lado, procurando no retroceder, mientras yo continuaba hostigándolo, impulsando vertiginosamente la barra. Y el renegado fue dando un paso hacia atrás, y otro y otro más, escudándose como pudo del palo que no era más que madera, con su arma, que era de acero.

Solté un rugido e invertí una ración de fuerza extra en una última arremetida.

Backbiter era mi escudo. Con la otra mano, manejé la barra.

El arco pasó como una bala junto a la espada del semidiós y en rápida sucesión le golpeó la rodilla, la muñeca y las costillas para acabar clavándose como una lanza en su estómago. El renegado se dobló sobre sí mismo, gruñendo de dolor, pugnando por no caer. La barra osciló en mis manos y se descargó con contundente violencia en la garganta expuesta del chico.

Y el semidiós se vino abajo. Apoyé la punta del arco en el suelo, y me concedí unos segundos para recuperar el aliento.

Pasé la yema del pulgar con renovado respeto por la longitud de la barra del arco que tenía entre las manos. El uso habría ofendido e indignado hasta la médula a cualquier hija de Artemisa que me viera, aunque yo estaba más que satisfecho, ya que los resultados habían sido dolorosos y, en el último caso, hasta letal, para quienes me atacaron.

Si ya has terminado me dijo Christian, señalando un lateral despejado por el que escabullirnos.

Encabezados por Christian y Beckendorf, con Victoria arrastrando a May por una mano, con Jack protegiendo los flancos y yo la retaguardia, el grupo cruzó en tromba una puerta.

Justo al otro lado un mestizo tenía a alguien aplastado contra la pared. Los brazos del aplastado rodeaban los hombros del primero y hacían como que lo besaba. Las manos del aliado de Cronos ceñían su cintura.

Al pasar rápidamente por su lado, el mestizo renegado alzó los ojos, sorprendido. Beckendorf le hundió su hacha de guerra entre las costillas.

—¡Vamos! —urgió a la persona a la que habían estado aplastando. Era un chico—. ¡Ya los tenemos!

El semidiós se unió a la pequeña comitiva, y juntos continuamos la carrera ascendente por aquellos corredizos. Perplejo, volví la vista. El chico cubierto por una capa con capucha no era otro que Nico.

—¿Qué demonios…? —Se me adelantó Victoria—. ¿Estabas…?

Nico sacudió violentamente la cabeza.

—No lo digas.

—¿Besando…?

—¡Que no lo digas!

—¡A ese mestizo!

—Como se lo menciones a alguien, te mato.

Victoria se agarró el estómago, echándose a reír. Su risa era incongruente en aquel lugar, pero igualmente, el acceso de hilaridad no se le pasaba.

—Oh, dioses. Acabo de vivir el mejor momento de mi vida.

—¿Qué está pasando aquí? —le pregunté no sin estupor a Nico.

Él parpadeó, haciéndose el sorprendido.

—Que estamos huyendo para escapar de las garras de esos pirados del Tártaro —repuso todo calma, el aliento firme entre zancada y zancada—. ¿Recuerdas?

—¡No me refería a eso! ¿Se puede saber qué hacías con ese chico?

—Entretenerlo. Me gusta entretener a la gente —Nico alzó una ceja al notar mi furiosa mirada—. Oh, te refieres al casi beso. —Encogió un hombro—. Me gustan los chicos.

Todos nos pegamos a la pared y esperamos a que una patrulla atravesara la habitación paralela, haciendo tanto ruido que podría despertar hasta a un dragón marino. Cuando el eco de las pisadas se extinguió, miré a Nico con gesto de furia.

—¿Y tenía que ser justamente ese? —siseé. «¿Que le gustaban los chicos? ¿Había dicho que le gustaban los chicos?» Ante mí flotó una cara amiga, con pelo rojo y ojos jade.

—Bueno, es que estaba como un tren, no me dirás que no —se excusó; mostró una sonrisita mordaz, irritante. Suspiró—. Y era el capitán de este turno, por lo que entendí. Estaba haciendo la ronda con todo un destacamento. Le convencí de que se deshiciera del resto un rato. Fue lo único que se me ocurrió para no sucumbir a las ganas de prender fuego a todo y para vitar que cincuenta mestizos os atraparan allí abajo.

—Oh. —Fue lo único que pude decir.

—Sí. De nada.

Cerré la boca y asentí. En realidad me sorprendía más verlo besando a un chico. Bueno, a punto de besar a un chico, para ser exactos. Es decir, ¿acaso él y Rachel…? ¿Acaso no eran ligue, pareja? ¿No se traían… algo? Sentí un ramalazo de pena e ira a partes iguales. Pena hacia mi amiga, que iba a acabar con el corazón roto por segunda vez, e ira hacia Nico, que parecía propuesto a destrozárselo. Mientras seguíamos avanzando, sacudí la cabeza, desistiendo de ese lío sentimental. No era el momento. Ni tampoco el lugar.

Cruzamos como una exhalación una sala triangular. La puerta estaba cerrada e irrumpimos en ella como un ejército de fantasmas ruidosos emergiendo de las paredes con desconsideración al sobresalto de los vivos que estaban dentro. Eran media docena de mestizos, que tropezaron con sus propios pies al intentar incorporarse de las sillas, algunos con mantas arrojadas sobre los hombros a modo de capa, otros a medio abrochar de chaqueta, unos corriendo de un lado a otro y los demás inmóviles, de pie, como petrificados.

—La salida —exigió Christian al que parecía más recompuesto, un semidiós mayorzote de treinta y muchos años—, enséñanos la salida.

—¿Quienes sois? —balbuceó el semidiós acorralado.

—La vida, si colaboras con nosotros; la muerte si no respondes a mis preguntas.

—¡Sois los que estabais preso en las cámaras de abajo! —Sus ojos se abrieron con el entendimiento—. ¡Os estáis fugando!

—Eh, a este no se le escapa nada —musitó Victoria sin poner toda la atención en su sarcasmo; repartía su mirada a cada miembro renegado que ahí estaba—. Qué gran genio.

—Lo soy, lo soy —presumió el aludido sin detectar o sin querer detectar la burla subyacente en el tono de la chica—, de lo contrario no estaría aquí, sirviendo al Señor del Tiempo. Y qué tonta e ilusa eres, chica, andando en tan malas compañías.

Victoria ladeó la cabeza hacia un lado, después hacia el otro.

—Estoy de acuerdo. Aquí y ahora, tu compañía es la que mejor me conviene —miró a Christian—. Sácale la información.

—No puedo entrar en su mente —admitió éste torciendo el gesto—. Está bien protegido.

—Vamos, vamos, Christian. Ese no es tu único método —lo reprendió ella.

—Vamos, vamos, niña. Deberías salir de aquí con patas antes de que venga mi señor y os explique a todos los auténticos métodos de… extraer información —la imitó el mestizo.

Christian se movió tan rápido que ni lo pude seguir. Al instante había estampado al renegado contra la pared, el brazo apretando su garganta.

—Hablarás con respeto cuando te dirijas a ella —advirtió con fría calma al renegado—, o de lo contrario no te quedará lengua para volver a proferir palabra alguna, ni siquiera para decir «por favor» o «me hago pis».

Él asintió, los ojos desorbitados. Al parecer lo que más le había aterrorizado era que la voz del chico shek permanecía tan inalterable, como si el hecho de cortarle la lengua no le proporcionaría placer ni pesar; simplemente un acto más, como obligar a una habitación a desvelar sus secretos forzando la cerradura de su puerta.

—Tranquilo, Christian. —Victoria miró otra vez al mestizo apretujado contra la pared—. Me temo que ya quiere hablar, que está ansioso por señalarnos el camino, ¿no es así? —el renegado cabeceó frenéticamente—. Bien, era lo que pensaba. De acuerdo, habla. E intenta no llevarle la contraria a nuestro amiguito, Rompegargantas para ti. Ya has comprobado que la paciencia y él no han firmado las paces.

—Y no creas por un momento que puedes decir sí y luego darnos una información errónea —advirtió Jack—. Los shek no soportan las mentiras. Se lo toman muy mal. Puedes intentarlo, si quieres —añadió, dando a entender, no obstante, que sólo un tonto de remate sería tan insensato para hacerlo—, pero, si aprecias aunque sea algo tu vida, yo que tú me abstendría de artimañas.

El dedo del renegado trazó un mapa en el aire. Trazos erráticos que no obstante todos pudimos seguir y calcar en la mente. Después, como si las fuerzas hubieran decidido abandonarlo en ese preciso momento, su brazo cayó laxo y, cuando el shek se apartó, el chico cayó desmayado en el suelo. Sufría de convulsiones y en la piel de su cara y manos había aparecido una película de hielo.

Christian nos guió al trote en medio de la confusión. Los mestizos pillados de sorpresa nos miraban pasar con estupor. Algunos llamaban a sus camaradas, pero llegada la hora de la verdad ninguno de ellos trató de detenernos.

Cruzamos la estancia que era un atajo y abandonamos el nivel inferior de aquella zona para internarnos en una nueva secuencia de corredores ascendentes, sin que nadie alzara la mano contra nosotros.

Ascendimos en volandas los escalones de madera, movediza madera. El sonido de nuestras pisadas resonó en el amplio hueco. Pronto perdí la cuenta de todos los semidioses con los que tuvimos que vérnosla, de los que Christian sometía con una invasión mental, o Jack destrozaba y achicharraba con su espada de fuego, o Victoria desmayaba con un hechizo de su báculo, o Beckendorf eliminaba de una cuchillada, o Nico descartaba con un golpe de su espada de hierro, o yo espadaba sin contemplaciones.

Los enfrentamientos continuaron.

De improviso Nico se plantó a mi lado, visible a la luz del báculo de Victoria, volteando su espada aún más deprisa que los giros del arco en mis manos. Haciendo girar su espada de hierro, el hijo de Hades arremetía contra los adversarios que nos salían al paso cuando apenas lo habían visto aún, moviéndose no como las sombras sino entre las sombras, castigando cabezas, espaldas, rodillas... las zonas más expuestas. Atrapados por sorpresa entre Nico y yo, los defensores de Cronos cayeron como bolos.

Nico observó los cuerpos derribados a sus pies, sacudiendo la cabeza.

—¡Guerreros! ¡Y se creerán guerreros! Los obligaría a entrenar día y noche, para que aprendan qué es defenderse.

—A no ser que haya empezado a gustarte la nigromancia, chaval, creo que lo tienes muy difícil —mascullé.

Cuando un fornido mestizo surgió de improviso de un pasillo lateral y trató de arrollarnos, lo encaré y atravesé con mi espada de filo doble. Backbiter cortó la cabeza al siguiente. La testa decapitada rodó por los escalones, dejando un rastro de sangre como si desenrollara una alfombra roja a nuestros pies. Rodó y no se detuvo hasta chocar contra la pared opuesta.

—Jo. La nuestra sí que es una verdadera alfombra roja —dije puesto de puntillas, mientras chapoteaba en la estela sangrienta para terminar de atravesar aquel corredor.

—Y que lo digas —me dio la razón Jack—. Creo que ni en Hollywood se toman las cosas de un modo tan literal.

En la intersección con un corredor esperaban Annabeth, dagas en mano, y para mi sorpresa junto a ella estaba Shizuko, la japonesa y chica shek por añadidura, sin más armas que sus ojos de hielo, listos para convertir en escarcha o iceberg a quien se le pusiera por delante.

Al vernos, Annabeth soltó una exclamación y se lanzó en brazos de mi madre, pero ella extendió sus manos para impedírselo.

—Ahora no, querida. Primero nos escapamos y luego nos abrazamos —no obstante, dejó caer una caricia fugaz en los rubios cabellos de la chica—, pero me alegro de verte.

—Yo también me alegro —giró la cabeza y me incluyó en su radiante sonrisa—. ¡Oh, dioses, muchísimo!

—Y todos nosotros dejaremos de alegrarnos si nos encuentran los guardias que patrullan los pasillos —terció Christian, siempre tan dispuesto a interrumpir los reencuentros—. Dejaos de ñoñerías, que más tarde podréis lloriquear todo cuanto queráis, pero ahora no os detengáis y seguid corriendo.

—Insensible. Témpano. Chico de hielo —oí susurrar a Annabeth. Después resopló y añadió—: Pero tienes razón, Christian, mal que me pese, y usted también está en lo cierto, señora Castellan. Debemos escapar. Este camino está despejado —nos anunció a los demás, después se dirigió a Victoria y agregó—, aunque será mejor extremar precauciones.

Victoria asintió y extinguió el foco de su báculo.

—Shizuko, usa ese puzzle que llamas cerebro y sácanos de este laberinto —oí que susurraba después.

De pronto una mano en mi brazo me devolvió la movilidad y la conciencia del dónde estaba y por qué. Ahogando el grito que me brotaba de la garganta, agité a tientas la espada que no había prendido al cinturón y dirigí el filo hacia arriba, un ademán letal, antes de caer en la cuenta de que aquella mano era la de Nico.

El chico se confundía tan perfectamente con la oscuridad que nos rodeaba -el vestir siempre de negro tenía sus ventajas-que los rasgos de su cara desaparecían ante la negrura titilante. Su mano parecía surgir del aire.

Apartó con impaciencia el filo de Backbiter que casi le rozaba la cara, y comenzó a caminar, arrastrándome consigo. Sus oscuros ropajes se fundían en las tinieblas casi tan efectivamente como lo hacían las ropas de camuflaje de las cazadoras en el bosque salvaje, y andaba aún con mayor sigilo que yo, lo cual era mucho decir.

Shizuko volvió el gesto y enfiló el pasillo adyacente. Todos fuimos tras ella, corriendo en la dirección que la chica, con sus prodigiosos ojos de shek capaces de ver sin penurias en la oscuridad, indicaba.

Tuve que admitir, a mi pesar, que no habría sido capaz de seguir a Ciessel en la oscuridad si la mano de Nico no me hubiera guiado. De todas maneras, no estaba seguro de si podría zafarme del agarre del chico aunque quisiera; para ser alguien tan paliducho de naturaleza y escuálido y enclenque en constitución, el hijo de Hades tenía unas energías bastante vigorosas.

Shizuko nos condujo por un laberinto de pasillos estrechos y poco frecuentados por las patrullas, supuse. Varias veces nos topamos con unos cuantos mestizos que montaban guardia o bien salían a buscar el origen del alboroto que estábamos levantando a nuestro paso, aunque todas ellas les hicimos pedazos, cada uno con su arma.

Permanecí quieto en el sitio cuando uno de los defensores de la zona se abatió sobre mí, espada en una mano y linterna en la otra.

Descargué la espada justo debajo del esternón del siguiente que me atacó. Él aún se doblaba sobre sí mismo, tratando en vano de recobrar aliento, cuando volví a avanzar y hundí con estrépito la punta del filo en la garganta de mi asaltante.

El semidiós traidor soltó al instante su arma, cuyo metal arrancaba destellos sobre la reaparecida luz del báculo, para aferrarse el cuello, pero finalmente se derrumbó, y quedó arañando el suelo con brazos y piernas, exhalando los últimos estertores de su vida.

Íbamos dejando a nuestro paso una estela de cuerpos tendidos, algunos dormidos, otros cadáveres.

Tras subir una escalera y doblar una esquina, un alistado renegado nos salió al paso, esquivó a Charles y a Christian, ahuyentó la espada de Jack, se agachó bajo el báculo de Victoria y fue directamente a por mi madre. Ésta tendió imperiosa una mano hacia Nico, que entendió sin palabras.

El índice del chico, envuelto en un círculo de llama azul, rozó la mecha alargada. Después la mujer se volvió hacia su atacante y con todas sus fuerzas le hundió el puño con la vela en el centro del pecho. Hubo un chisporroteo, como a corte de circuitos. El olor a quemado se extendió por todo el pasillo. El renegado se desplomó y dejó caer la espada, que resbaló en el suelo.

Mientras el aliado de titanes se retorcía en plena agonía llameante, mi madre apoyó un pie en su jadeante estómago y trató de recuperar la lanza que éste había dirigido en su contra. Al instante brotaron burbujas de humo, sangre de ceniza de su esternón, pero la lanza se había clavado en el pie de su dueño en medio de la aparatosa y ardiente caída.

—De todas maneras, déjalo —le dije impaciente—. No creo que vuelva a molestarnos. Los cuerpos caídos suelen mantenerse alejados de los enemigos que los han abatido.

—Un detalle que se me habría escapado de no ser por ti, hijo —observó con sarcasmo dulzón mi madre—, teniendo en cuenta que he sido yo quien lo ha quitado de en medio.

Exhalé un gruñido.

—¿Pero entonces, para qué lo quieres? Tú no sabrías blandir una espada sin riesgo a que acabe clavada en tu pie.

—No, pero quienes vienen persiguiéndonos sí, y arma que dejemos atrás arma que nos estará amenazando por la espalda.

Cabeceé aquiescente al amparo de la oscuridad.

—Entiendo. Pero no puedes llevarte todas las armas de todos los enemigos que abatamos. Nuestra mayor esperanza es sacarles ventaja y distancia, no quitarles las armas a los caídos porque… ¿acaso quienes nos persiguen no vienen armadoshasta los dientes?

—Volvamos a correr como posesos, pues —accedió. Pero antes le robó al semidiós caído una daga del cinto.

Cuando llegamos a una altura cumbre, Nico se agachó y me obligó a copiar su gesto.

—Pronto —musitó—. Muy pronto.

Permanecí en completo silencio, acuclillado a su lado, aguardando la señal; quietos los dos, asidos de la mano en pleno estómago de la oscuridad, bien podríamos ser dos sombras más bajo la oscura capa de la negrura que nos hostigaba la vista.

Más que verlo, percibí el asentimiento que hizo con la cabeza, comunicándome que era la hora. Después movió mi mano hacia delante, indicándome que tenía que ir al frente, sólo al frente. Después, se levantó y corrió como una exhalación. Habría tenido que tirar de mí de no ser porque mis zancadas no tuvieron nada que envidiar a las suyas.

Cuando llegamos al piso superior, ya tenía bastante claro que nos hallábamos en las entrañas de un navío. Bocinas de barco repicaban con la llamada de alarma a lo lejos. Ahí arriba, no obstante, nos llegaba el aire fresco y, aunque no se tratara de la cubierta superior, era espaciosa y, de momento, solitaria.

Nos detuvimos para recuperar el aliento. Alicaídos unos, otros con las energías aún bien predispuestas, como yo o los idhunitas. May se dejó resbalar hasta el suelo. Fue entonces cuando me di cuenta de que mi madre temblaba visiblemente. No estaba acostumbrada a esos trotes; de hecho, ya era muy mayor para esos trotes.

Inhalaba y exhalaba profusamente, y cuando el aliento le dejaba nos miraba con cara de pocos amigos. Me acerqué a ella, contrariado.

—Mamá. ¿Estás bien?

—No —respondió ella, dirigiendo una mirada de dignidad perdida a Beckendorf y a Victoria, que le sostenían los hombros contra el suelo. A continuación cruzó los tobillos como si tal cosa—. Tan sólo he decidido dejar que os ocupéis de todo, jóvenes héroes, mientras yo me permito echar una cabezadita.

—Esa ha sido buena. —Nico le dedicó una sonrisa y luego volvió un rostro serio en mi dirección—. Por desgracia, no es suficiente.

—Puedo, puedo aguantar —aseguró cuando me acuclillé frente a ella, las manos encorvadas sobre su corazón—. Darme unos segundos para recuperar el aliento y...

—Segundos que no tenemos —puntualizó Shizuko. La habría fulminado con la mirada de saber exactamente dónde estaba—. Pero que podemos emplear de otro modo.

—No pienso abandonarla —rugí—. Si ese es tu plan, ya puedes desaparecer de mi vista.

—Campistas. —Desdeñó Ciessel—. Siempre tan vehementes. No. Me refería a algo más obvio.

Luego, como un susurro al oído, me llegó la voz sedosa de Victoria:

—¿Confías en mí, Luke?

El báculo volvió a brillar en sus manos. Victoria lo alzó sobre su cabeza, con ambas manos, los ojos cerrados, los labios moviéndose en una silenciosa evocación. De pronto de las sombras del techo cayó otra sombra aún más compacta.

Escamosa y bisbiseante.

—¡Sheks! —exclamé, con un chillido más propio de un niño al que le dicen que se ha adelantado la Navidad—. ¿Puede salir volando de aquí?

—Puede y lo hará —aseguró Shizuko, acariciando con el índice la escamosa piel del alado reptil—. Sólo que tendrá que hacerlo en varios viajes. Sólo puede llevar a dos a la vez sobre su lomo.

—Pero, y las defensas de este lugar? —planteé.

—Ya te lo he dicho. No son competencia para Idhun —y victoria agitó su báculo para dar a entender que ahí había reserva mágica más que de sobra sacada de ese mundo de tres soles y tres lunas.

—Entonces, ¿a qué estamos esperando? —les urgí—. Tú, Ciessel... vas con mi madre.

May empezó a protestar, pero un acceso de tos la sobrecogió y no pudo continuar su defensa de que fuera yo primero. Levanté su brazo hacia la japonesa y la ex reina de sheks se agachó para ayudarla a montarse detrás de ella. La japonesa indicó al shek que se pusiera en marcha y este lo hizo, describió un círculo de escamas y escarcha, y luego se alejaron volando en la gélida oscuridad.

—¿Y ahora qué hacemos? —Murmuró victoria, el hombro bien pegado al de Jack—. ¿Esperamos aquí?

—Imposible —descarté—. Tenemos que acercarnos a la salida. Cuantos más metros recortemos antes podrá reencontrarnos el shek.

Todos estuvieron de acuerdo con esa idea. De nuevo en fila india, volvimos a recorrer pasillos, a doblar esquinas, a ascender escalones interminables y a toparnos con gente empeñada en no dejarnos escapar.

Con todas mis fuerzas, estrellé la rodilla contra la entrepierna del primero que me salió al paso. No tenía tiempo de blandir a Backbiter ni de hacer girar la barra del arco en mis manos, y aquello fue lo primero que se me ocurrió. El semidiós de Cronos se dobló al frente, incapaz de respirar. Puso los ojos en blanco y cayó violentamente al suelo.

Me disponía a girar cuando recibí un salvaje bofetón en plena cara. Recompensé a quien fuera escupiendo y haciendo que aterrizase en sus ojos una flecha de saliva.

Al escupitajo le siguió la punta del arco enterrándose en sus retinas. El aullido que soltó el renegado fue escalofriante.

—Shh. No te quejes —lo amonesté—. Ya va siendo hora de que te solidarices con los ciegos.

A la siguiente intersección, fue Nico quien se acercó furtivamente al mestizo que custodiaba la zona por donde podríamos escabullirnos sin ser vistos. Arropado por las sombras, se hermanó con estas para no ser detectado. Se acercó y sopló junto a su oído, suave, como si una corriente pequeña se hubiera abierto camino desde el exterior para refrescarlo.

El renegado hizo esfuerzos por acercarse más a ese regalo de brisa. Se inclinó aún más para captar lo que creía por corriente, y, como un relámpago, Nico le enganchó de una oreja con las manos envueltas en un guantelete de llamas, y tiró de ella dos, tres veces como si fuera su cumpleaños y lo estuviera felicitando.

A lo máximo que pudo llegar a emitir el semidiós fue un gruñido, ni siquiera un grito de agonía. Permaneció quieto, sin poder siquiera forcejear para librarse, temeroso de acabar siendo una nueva versión mestiza de a la parrilla, pero de pronto otra llamarada le hizo soltar otro gruñido de sufrido dolor. Tenía ahora los pies en llamas. Nico le arrancó un buen cacho de oreja con sólo retorcer el óvulo entre los dedos y después lanzó el trozo a la rinconera más oscura del corredor.

—Qué asco —se quejó—. Vas a tener que recompensarme esto, Luke.

—¿Eh? Ah. Oh, sí, sí. Por supuesto. Lo que tú digas, colega.

A continuación se colocó tras él, lo agarró, le retorció

Los brazos detrás del cuerpo y lo inmovilizó sin contemplaciones en el suelo, desgarrándole la camisa y usando la tela rota como mordaza contra los labios.

Pronto no tardamos en tener el sitio despejado, mientras el mestizo renegado se retorcía y aullaba perdido en su continente de agonía. Nico volvió a hacer desaparecer las lenguas de fuego de su piel; nos hizo un gesto magnánimo y, uno tras otro, fuimos cruzando la intersección y abandonando esa zona de peligro.

Sin previo aviso, hubo una explosión. Un rayo levantó una lluvia de cascotes, dejando una nube de polvo a su paso y la ausencia notable de la pared que teníamos cerca. Apretamos el paso. Corrimos en desbandada por el pasillo. Beckendorf nos urgía a avanzar.

—Oh, no —gimió Victoria de pronto.

Un crujido de tablas pisadas interrumpió mi intención de preguntar qué ocurría. En dos largas zancadas Christian se posicionó entre la fuente del sonido y Victoria y el mestizo renegado que aún después de tanta correría todavía sostenía flotando en el aire, inconsciente, mientras Jack se cuadraba en su postura de defender los flancos, reflejando en las espadas de los dos chicos, el de uno de hielo y el del otro de fuego, el pálido as de una luz, una luz que en nada se debía al báculo de Victoria.

Nico me dio un leve codo en las costillas y me señaló con la cabeza. Al principio de la escalinata ascendida, encaramada a la barandilla, una figura se materializó de entre las sombras.

Lentamente la sombra descendió y sus rasgos fueron totalmente visibles; en aquella ocasión, el titán iba vestido de un negro más profundo que el azabache, era como si la negrura propia de una boca de lobo hubiera decidido tomar forma de manto y prenderse a él, envolverlo tenebrosamente. La figura flotaba en el aire, a metros del suelo, observándonos con mirada tan feroz como horripilantes sus ojos sin cuencas.

—¿Ibais a alguna parte, señores, señoritas? —Dijo Cronos—. Tengo invitados que ni se dignan a presentarse ante mí —añadió en tono lastimero, sus ojos de cuenca vacía midiendo a los hijos de Idhun—. Lo que yo digo: la juventud está perdiendo su encanto, ya escaso de por sí.

Una súbita punzada de dolor me acometió en las piernas, impidiendo que me mantuviera en pie, con lo que acabé bajando a trompicones las escaleras en un patético bamboleo de me caigo no me caigo.

—¡Luke! —oí chillar a Annabeth.

—¡Estoy bien! —Respondí a su alarma con otro grito—. ¡Pero tenéis que iros! ¡Venga!

—¿Qué? ¿Bromeas? —Exclamó Jack—. ¿Después de todo lo que nos ha costado encontrarte? ni lo sueñes. —Y sin importarle la amenaza latente de la figura en sombras, empezó a descender las escaleras hacia mí.

Lacerantes oleadas de dolor recorrían mis piernas; no podía correr. De hecho, ya me era todo un esfuerzo mantenerme en pie, asido con una mano a la pared.

—¿Y crees que os voy a dejar marchar así sin más? —dijo Cronos.

—No puedes retenernos aquí por siempre… —comencé a decir entre balbuceos de dolor e indignación, pero interrumpí la frase para gritar cuando el mango de una arma se abalanzó sobre mí y tuve que emplear toda mi concentración para esquivarlo.

Jack se adelantó y lo enfrentó. Domivat se elevó reluciente en el aire de forma instintiva y fue a entrechocar filo con la del titán. El ataque de Jack era una avalancha de violencia controlada; peleaba sin miedo ni conciencia de sí mismo, y tanto el filo de su espada como la de su contrincante soltaban chispas al entrechocar.

—Me gustas —apreció Cronos entre estocada y estocada—. Tienes fuerza, determinación, fuego, locura.

—No es que yo pueda decir lo mismo de ti —replicó Yandrak.

El titán clavó sus ojos en el grupo que formábamos y esbozó una sonrisa; ésta sólo afectó a su boca, en mejor conserva que la del resto de retales de piel de su cuerpo, dicho sea de paso, pero la piel que rodeaba su boca así como la que cubría el resto de su rostro se tensó, hasta adoptar toda su cara el aspecto de una calavera. Me estremecí.

—Hagamos una cosa: yo me aparto. Os dejo ir en paz. A cambio me dejáis aquí a Castellan.

—No hay trato, Señor del tiempo —rechazó Jack.

Cronos sacudió la cabeza, como un abuelo pesaroso por las últimas travesuras de unos nietos revoltosos.

—Entonces no me dejáis más remedio que… —hizo un lánguido movimiento de dedos. Jack salió disparado hacia el techo, como una cometa mal orientada.

Victoria chilló de puro espanto. En su frente brilló una luz enceguecedora. La chica se movió rauda, veloz como la luz. Movió el báculo hacia su amigo cual si fuera un látigo. Una campana vidriosa pareció rodearlos a ambos. Lo que sea que hizo surtió efecto, porque en vez de chocar estrepitosamente contra el suelo, el cuerpo del chico ascendió hasta el alto y último peldaño de la escalera, sano y salvo hasta ella, fuera del alcance del titán.

—¿Pero qué sois vosotros? —Se asombró Cronos, observando la estela de magia idhunita de Victoria, tras la cual Jack se ponía en pie—. Tengo salvaguardas. ¿Por qué sois aún capaces de usar vuestros dones?

—Fuego y hielo —contestó Christian, caminando lenta y pausadamente hacia Victoria. Tras él, iban los campistas—. Magia y unicornios. —Furtivamente, percibí cómo todos se arremolinaban entorno a la chica del báculo—. Amistad y lealtad. Cosas que no puedes llegar a entender.

Cronos gruñó. Una onda expansiva de oscuridad atravesó el amplio vestíbulo. Fragmentos de piedra y madera se estrellaron contra el suelo, cubriendo casi la abertura en la que nos disponíamos a escapar.

—¡Christian! —Busqué con mirada desesperada al chico de fríos ojos azules—. ¡Déjate de discursos! ¡Sácalos de aquí ya! ¡Después os alcanzaré! ¡Venga!

Compartimos una ojeada de mudo entendimiento desde la distancia. Nico rodeó por la cintura a Annabeth, que luchaba por zafarse e ir a mi encuentro. Con la mano libre, apoyó la palma en la pared de su espalda, hasta dejarla al rojo vivo. A su señal, Jack hizo lo mismo con su espada de fuego. Haciendo maniobras, se agarró en el último instante a Victoria y todos desaparecieron gracias al hechizo de teletransportación almacenado en el báculo de ésta, llevándose a una rabiosa y pataleante Annabeth consigo.

Sólo el cuerpo desmayado de Ethan quedó atrás.

—Bueno, al parecer nos hemos quedado solos —apuntó el titán, no pareciendo sentir asombro por que todo el grosor del grupo se hubiera esfumado ante sus narices.

—Tú siempre tan dispuesto a señalar lo obvio —dije.

Todavía no había acabado de hablar cuando Cronos ya se hallaba junto a mí. Se movió como una serpiente: sigilosa, sinuosa, veloz. Vi cernirse sobre mí el mango de la lanza que asía y que había usado en la breve pelea con Yandrak, e intenté esquivarlo, pero la dura empuñadura me alcanzó en la oreja de todas formas, a pesar de mis esfuerzos.

Mi visión se tornó borrosa y la respiración se me atoró en la garganta mientras retrocedía a ciegos trompicones. Sentía un intenso martilleo en la cabeza y la sangre no tardó en surcarme las mejillas. A pesar de todo, di gracias internas.Sólo el hecho de haberlo esquivado a tiempo, aunque por poco, me salvó de que el titán me hendiera la cabeza y que mi cráneo no acabara tan partido como fruta podrida estrellada contra el suelo.

—Recuerdo haberte dicho que cesaras con tus comentarios frívolos. —Me reprendió. Sólo su cercanía era una tortura—. Que cesaras con tus comentarios irrespetuosos.

Se alejó. De pronto la atmósfera se volvió sólida, opresiva, me rodeó a la altura del esternón y empezó a faltarme el aire. El dolor y la asfixia era tal, que se me escapó el grito.

Lo oía reír mientras me enviaba violentas punzadas de dolor que me recorrían todo el cuerpo. Su risa era el sonido desagradable de cientos de ratas, de pezuñas rastrillando metal. Me mordí la parte interna de los carrillos para ahogar el grito de dolor que me nacía en la garganta. Pero lo que no podía reprimir eran los gemidos.

En medio de la bruma del sufrimiento, alcé el arco. Estaba dispuesto a luchar hasta mi último aliento si era necesario. Los brazos me temblaban. La propia atmósfera era mi enemigo. Coger aire era una utopía. No podría correr ni aunque quisiera.

Estaba demasiado lejos. Nunca había disparado contra un blanco tan distante, e incluso teniéndolo cerca mi puntería no destacaba entre las mejores. Pero las hijas de Artemisa sí. Thalía sí habría podido hacerlo y sin detenerse ni despeinarse. Entonces un recuerdo acudió vívido a mi memoria, sigiloso, insistente, ineludible. Recordé el día que me había enseñado a hacer tiro con arco.

«Piensa en Thalía», susurró el recuerdo en mi memoria. «Recuerda cómo lo hizo, cómo te enseñó a disparar».

Me llevé el arco a los hombros, apartando todo rastro de duda o temor a errar el tiro. Recordaba la breve lección de Thalía; ella me había entrenado con un arco, una sonrisa traviesa y un brillo peligroso en los ojos. En aquellos momentos, el arco, sujeto entre los dedos, era un omnipresente recordatorio de aquella única lección que había sido no sólo excitante en su día, sino también terriblemente seria.

Hice acopio de aire. Había llegado el momento de mostrar la eficacia de ese aprendizaje.

—¿Ahora eres arquero, Castellan? —gritó Cronos. Su risa resonó a mi alrededor, chocando contra las paredes internas de mi cabeza—. ¿Quieres ser el primer hijo de esa debilucha de Artemisa? Siempre te ha gustado ser pionero.

Otra brutal oleada de dolor culebreó de cintura para abajo. Se me escapó un gruñido que era más bien un quejido de agonía mientras me estremecía y boqueaba, tratando de respirar. El arco temblaba en mis dedos; era incapaz de mantenerlo tensado y en orientación correcta.

Respiré profundamente, tal como había oído recomendar a las cazadoras cuando tenían que impartir algún entrenamiento.

Entonces evoqué la imagen de Thalía en mi mente. Recordaba lo concentrado que había estado en sus palabras, en su cercanía, en la sensación de sus manos sobre las mías, lo sensible que había estado al cosquilleo y a la calidez de su aliento al chocar contra mi oreja. Casi la podía oír susurrándome al oído, como si estuviera ahí conmigo.

«No puedes contentarte con dar en el arco, eso no es flechar. Debes ser capaz de disparar en cualquier circunstancia, sea cual sea esta, disparar, flechar, y dar en el centro del blanco; sólo así llamarás al blanco hacia ti. ¿Qué más da que te haga cosquillas? Olvídalas. ¿Qué más da el temblor de tus manos? Olvídalo. Si no puedes disparar ahora, así, cuando estás bajo un ataque de risa, ¿cómo esperas hacer diana cuando estés bajo el ataque de una batalla? Y allí será peor: estarás asustado, cansado, atemorizado, ansioso por ganar, acorralado por un enemigo que no tolerará que te sea fácil la victoria».

Apoyé una rodilla en el suelo para equilibrarme mientras flechaba el arco. Luego estiré la cuerda hacia la mejilla. Debía fundirme con el disparo y conjurar la diana. Ella lo había llamado atraer el blanco.

«Atraer el blanco es quedarte a solas con el objetivo, recortando en la mente la distancia con él. Atraer el blanco es acertar de lleno una vez determinado el ángulo y el grado de inclinación para sostener el proyectil. Atraer el blanco es hacer diana antes incluso de soltar la cuerda, porque la mente ha visualizado el trayecto de la flecha y ha ordenado al cuerpo entero a disparar en consecuencia».

La cabeza de la flecha estaba correcta en mi línea de visión. La figura que era Cronos se confundía tan bien con las sombras que apenas lo distinguía, y no ayudaba que el dolor me nublara la vista.

«Haz lo mismo que haces cuando luchas con Backbiter, nada más. Piensa que sólo existís tú y el blanco; nada más. Deja de lado todo lo demás, cosquillas, miedo, peligro... nada importa. Sólo tú y el blanco. Sólo tú y esa diana a la que tienes que llamar. No pienses en lo que ocurrirá si fallas; destierra el pesimismo, los sí condicionales. Siente el blanco, tu instinto guiará a la flecha al saber cuándo saltar, y ella lo hará, tenlo por seguro, disparará con el sigilo de una sombra, con la ligereza de un suspiro».

De repente, lo vi todo claro. Tan claro que era como si tuviera al monstruo deforme que era Cronos a unos pocos pasos de distancia. Podía distinguir su piel pálida, su constitución antinatural, la nuez de adán que subía y bajaba al ritmo de sus risas.

«No pienses en la flecha», aquel había sido su consejo repetido hasta la saciedad. «Concéntrate sólo en sostener atrás la cuerda, que la flecha ya hará por sí sola su deber. Piensa en el blanco, visualízalo, hazte con él, y la diana vendrá a ti».

Disparé.

Y la flecha buscó su camino en el aire. Abandonó el arco tan rauda como el viento, tan suave como un suspiro, tan silbante como la muerte.

No aparté la vista de la trayectoria del proyectil. El dolor que me atenazaba las entrañas creció en intensidad al mismo tiempo que lo hacía la risa del titán. Pero de repente tanto la risa como el dolor cesaron. Oí el ruido sordo de la flecha al hacer diana en la garganta de aquella figura desgarbada y deforme. Cuando la atmósfera volvió a su estado habitual, caí hacia adelante de cuatro patas. Resoplidos escapaban de mis labios mientras esperaba que el último golpe de dolor se disipara. Por suerte, no tardó en llegar el alivio.

Me puse de pie tambaleándome.

—¡He ganado, Cronos! —exclamé—. Te he vencido.

Oí un gruñido y di media vuelta a tiempo de ver a un mestizo que bajaba los escalones de dos en dos hacia mí, con ojos desorbitados, enloquecidos. Rápidamente me agaché, y volví a alzarme bajo el renegado cuando los pies de éste tocaron el suelo después de salvar de un salto los últimos peldaños.

Aprovechando su propio impulso, lo arrojé por encima de la barandilla, caída libre por el hueco de la escalera. Con un grito de horror, el semidiós trató de arrastrarme en su caída, pero sus dedos solamente pudieron asirme de la camiseta. Me la desgarró y cayó con el retal agitándose en su puño, como una última bandera. Me incliné sobre la barandilla y lo oí más que vi estrellarse contra el suelo de madera, seis tramos de escalera por debajo.

Entonces oí el repicar de botas contra la tarima. Sin duda se aproximaban más aliados de Cronos. Vacilé un momento mirando hacia atrás, tratando de calcular el número que se me venía encima, cuánto les quedaba por llegar a mi altura, pero luego corrí hacia el pasillo por el que se habían esfumado Victoria, mi madre y demás.

El fuego de Nico y Jack ya me habían allanado el camino, así que sólo tuve que golpear en la pared aún al rojo vivo para que un boquete se abriera. Me colé por el agujero y busqué atajos.

Tuve que recorrer varias escaleras, pasadizos y salas desangeladas hasta localizar lo que buscaba, una puerta de salida que diera al exterior. Salté sobre ella, atacándola sin miramientos. La madera se abatió con gran estruendo y con el ruido aún en alto, atravesé impelido por el impulso, la salida al exterior. La luz que me golpeó de lleno las retinas era el pálido y tenue resplandor de la mañana, pero a mis ojos, habituados a esa tenebrosa oscuridad de ahí abajo, le pareció como si un sol de mediodía veraniego le hubiera golpeado sin misericordia alguna.

Sin dejar de correr, miré por encima del hombro y encaré el escenario que estaba dejando atrás.

Estaba en la cubierta principal de un gran crucero. Lo reconocí enseguida, a pesar de que ahora sus luces estaban apagadas y no resplandecían blancas y doradas sobre las aguas, a pesar de queel casco, antaño de un blanco impecable, tenía ahora manchurrones de tinta roja; y donde antes se había erguido sobre diez pisos de altura y rematado con una docena de cubiertas a distintos niveles, cada una de ellas con sus miradores y sus ojos de buey, ahora tendría a lo sumo no más de seis pisos.

Estaba en la Princesa Andrómeda.

Estaba en mi antiguo barco, almacén de monstruos y demás.

Torcí el gesto; Cronos sí que tenía un humor sórdido. Al menos el enorme mascarón de tres pisos continuaba adosado a la proa con, eso sí, grabados de todos los dioses encadenados a ella, no tan sólo Andrómeda, retorcidos todos en posturas dolorosas, rostros esculpidos en pánico; Andrómeda, encadenada en vistas de ser ofrecida a un prometido indeseado, un monstruo marino, ignorante de que Perseus sería quien la salvara de ese destino concertado, había desaparecido.

Seguí corriendo. Pasé por delante de una cubierta llena de botes salvavidas de color amarillo, custodiada por una doble puerta cerrada a cal y canto, recorrí de punta a punta un pasillo que actuaba de mirador y que concluía en otro pasillo flanqueado por tiendas cerradas; pasé por delante de camarotes cerrados con llave, por delante de un muro artificial de escalada, una pista de minigolf y un restaurante giratorio también clausurado. Recorrí como una flecha una cubierta externa plagada de tumbonas que habría correspondido a la cubierta de ocio y piscina, si el crucero hubiera sido uno normal y corriente.

Me apoyé por un momento en la barandilla. Ante mis ojos, tierra adentro, se desplegaba el cadáver de un pueblo, o lo que antes había sido un pueblo. No lo reconocí. La mitad de las casas eran escombros amontonados o ruinas calcinadas. Sólo las chimeneas eran aún distinguibles entre tanta chatarra.

Trozos de tejado eran desplazados por el viento, pedazos de puerta, muebles, ropas y utensilios de cocina rodaban por el suelo. No parecía haber ser vivo andando en sus calles. Preferí mirarlo desde el lado positivo: no había alguien a quien pedir ayuda… cierto, pero tampoco monstruos ni enemigos esperando a darme una bienvenida muy despiadada.

Me dirigí casi sin aliento hacia el lado de estribor del crucero, dejando a mis espaldas la boca de la escalera que conducía a los camarotes de los pasajeros más ilustres, la misma escalera que acababa de recorrer como alma perseguida por el diablo, algo que no se alejaba poco de la realidad, para mi desgracia, hasta detenerme ante la escala de mano que, menos mal, continuaba suspendida de la borda.

No la habían retirado aún. Pero sí lo hicieron justo cuando me disponía a bajarla. Y las cuerdas de amarre estaban liberadas de su ancla. El barco empezaba a zarandearse. Velas fantasmales se zarandeaban furiosamente con el embate del viento.

¡Vaya hombre!

Sin detenerme a comprobar cuánta ventaja llevaba a mis perseguidores, eché a correr, esquivando bombonas y charcos oscuros de sospechosa procedencia intravenal. La distancia entre el barco y la orilla se ensanchaba a cada segundo que pasaba. Arrojé a Backbiter con todas mis fuerzas a la seguridad de la tierra, como si de un ligero equipaje se tratara, y, dando otro paso al frente, salté tan lejos como pude.

El barco ya estaba como mínimo seis metros mar adentro.

No importaba. No permití que el terror me dominara.

Salté.

Desde el primer momento suspendido en el aire, supe que la suerte, o la pericia, o el milagro llevado por la desesperación,o lo que fuera que me había ayudado a resistir hasta entonces, seguía estando de mi parte.

Las oscuras aguas que se mecían bajo mis pies parecían gelatinosas, viscosas y moribundas. Pero ya fuera porque tuve suerte, porque mi salto fue majestuoso o porque los dioses, por una vez, estaban de mi lado, el caso es que en un abrir y cerrar de ojos había pasado sobre el último escalón de la escala de mano, y al segundo siguiente rodaba sobre la tierra, firme y sólida tierra.

A lo lejos, la franja de agua que separaba la orilla del crucero se fue ensanchando, poniendo distancia entre ambos. En el aire se respiraba el anuncio de lluvia preparándose para caer.

En cuanto estuve de pie empecé a correr. Y una vez que empecé, el pánico se hizo con el control de mis piernas. En todo en lo que podía pensar era en escapar. Era mi oportunidad. Si los mestizos decidían tomar venganza o Cronos decidía que ya había estado muerto por tiempo suficiente y quería volver a la vida, sabía que tendría problemas.

Aceleré aún más la marcha y seguí moviéndome sin destino real, intentando poner tanta distancia entre yo y el barco Princesa Andrómeda como pudiera. No sabía por dónde habrían ido Annabeth y los demás, pero confié que fueran ellos quienes me encontraran pronto o, por lo menos, que estuvieran a salvo.

Al dejar atrás el esqueleto de un abeto, oí una exclamación y mi nombrea mis espaldas. Backbiter acudió obediente a mi llamada; en medio del girar sobre los talones, ya la tenía blandida en la mano, una maldición en griego antiguo a medio proferir en la boca, y un porte de amenaza en el cuerpo, el de alguien con quien uno se arrepentiría de haberse metido.

Eran los mestizos renegados. Encabezados por un recuperado Ethan. Tal como me había temido, venían a pescarme.

Eché a correr. Ellos no tardaron en ir a mi caza, abriéndose paso ruidosamente por entre la maleza reseca y crujiente. Al llegar a un promontorio, sin resuello y sudoroso hasta las cejas, vi que otros mestizos bloqueaban el camino que tenía delante. Todos se lanzaron a por mí.

Emitiendo una carcajada de pura adrenalina, me escabullí a un lado y corrí. Sabiendo que eran demasiados para enfrentarme solo a ellos, consciente de que poner distancia entre ellos y yo podía costarme la única posibilidad que pudiera quedarme para huir de aquel espeluznante lugar. Había renegados por todas partes. Pronto los tuve encima. Ellos estaban frescos, mientras que yo llevaba lo que me parecía horas corriendo y luchando por mi vida.

Estaban tan cerca que podía oír sin problemas el jadeo de su respiración. De hecho, oí como uno caía, tropezando con algo del suelo. Otro no tardó en caer también. Oí caer a un tercero, gritando brevemente, para luego quedar en silencio.

Seguro que habían tropezado con alguna trampa del terreno o se habían torcido los tobillos con enredaderas bajas. Pero cuando oí un sexto batacazo contra el suelo y un sexto gruñido, un sonido que correspondía más al que la gente apuñalada emite justo antes de morir, giré la cabeza el tiempo suficiente para echar una veloz mirada por encima del hombro, incapaz de resistirme a una morbosa curiosidad.

Mis ojos se abrieron como platos mientras miraba atónito cómo otro de los mestizos caía con la boca abierta, barbotando sangre y tos. Una flecha plateada asomaba por su garganta. Me quedé ahí parado, sencillamente mirando fijamente a esa aparición.

Otro renegado giró para hacer frente a la amenaza que le llegaba por un lado, pero se detuvo repentinamente. Yo había dejado de correr.Temí que la silueta pudiera desvanecerse, como un fantasma. Vi que el mestizo arqueaba la espalda, como si sintiera un gran dolor. Un palmo de acero de lanza sobresalía de su pecho.

Conocía bien esa lanza.

Conocía muy bien esas flechas.

Conocía aún mejor a la persona que se erguía detrás de los caídos, piernas separadas, porte erguido, arco tensado y mirada escudada tras una égida esculpida en su pulida superficie.

Los renegados restantes arremetieron contra ella. La chica los rechazó enarbolando su lanza y respondiendocon mandobles veloces y potentes, abatiendo al primero como si no hiciera más que apartar a un insecto particularmente molesto. Más renegados surgieron de la escuálida maleza. Pero también más cazadoras aparecieron encaramadas a los árboles, carcaj al cinto y arcoen ristre.

Regresé corriendo a Thalía mientras ésta se enfrentaba a un nuevo adversario. Selise, desde lo alto de una rama, le ahorró el tener que continuar luchando con él. La flecha plateada de la chica le atravesó de parte a parte, un destello plateado en el aire cada vez más tormentoso. Uno de los renegados aprovechó que Thalía se secaba el sudor de la frente -el escudo, milagrosamente, parecía sostenerse solo en el aire; era evidente que la chica estaba aprendiendo a sacarle bastante partido al poder de su padre- para ir a por ella. Lo golpeé con fuerza detrás de las rodillas, haciendo que se le doblaran las piernas. Thalía giró en redondo y lo atravesó con el canto afilado del escudo. Sumado a la terrorífica imagen de la medusa ahí pintada, acercándose tormentosa, el renegado chilló y cayó desplomado al suelo. Luego, con una mirada de reconocimiento, nos pusimos espalda contra espalda y nos enfrentamos a la feroz embestida de más renegados llegando, saliendo de entrelas sombras como si fueran cuajarones de oscuridad desgarrándose y separándose de las mismas tinieblas.

Espalda contra espalda, bailamos esa danza de muerte que tan bien conocíamos. Acuchillé las piernas de un individuo que iba a atacar a Thalía. El renegado chilló y se volvió. Backbiter acabó con él en un instante.

De improviso todo quedó en silencio, salvo por nuestra respiración fatigosa. No quedaba ningún renegado en pie. Entre Thalía y yo en tierra y las hijas de Artemisa en los árboles, habíamos dado buena caza de ellos.

Ella se guardó finalmente el escudo, y aquella maravillosa sonrisa de oreja a oreja suya apareció en su rostro, también haciéndose eco en sus azules ojos.

—Thalía, ¿qué haces aquí?

—Me enteré que teníais montada una gorda. No quería perderme la diversión.

—¿Diversión? Me tenían cautivo en un asqueroso camarote, obligado a presenciar cómo torturaban a mi madre. Y luego durmiendo para acabar siendo torturado en carne propia. Pensé que habías recibido mi mensaje de ayuda. ¿Qué te ha hecho tardar tanto?

Ella se encogió de hombros.

—No me habría gustado estropear tu logro. Has saltado desde la cubierta de un barco en movimiento a tierra firme desde una distancia de seis metros. ¿No es eso una leyenda de la que presumir más tarde?

—Bueno —dije, haciendo un mohín—, no me habría negado a una ayuda extra entonces.

—¿De veras? —No pareció conmoverle mi queja—. Yo no lo creo. Parece que te las has apañado muy bien.

—¿Corriendo por corredores interminables en una oscuridad aún más densa y en un barco asquerosamente maloliente?

—Lo que yo te digo. Diversión a mansalva. —me miró de soslayo—. ¿Supongo que May está ya puesta a salvo? ella sí que no está para esos trotes tan divertidos.

—Lo está.

—Estupendo. Entonces, ¿de qué te quejas?

—Eres increíble —dije, exasperado. Ella me sonrió burlona y yo le tiré de un mechón rebelde—. Increíble —repetí, esta vez admirándola de arriba a abajo.

—Lo somos —me corrigió—. Increíbles. Tú y yo.

Las hijas de Artemisa se alejaron trepando de rama en rama para otear el horizonte y detectar si se aproximaban más acólitos de titanes, balanceándose con lianas de árbol en árbol, y me quedé a solas con Thalía, frente a frente, el cielo gris mirando, el sol nublado abrazando, el suelo manchurado sosteniéndonos.

Me agaché y extraje de uno de los renegados la flecha que le había atravesado el corazón. Limpié bien el filo en la prenda del caído y después le entregué el proyectil a Thalía. Mientras la aceptaba, ella me dirigió la mayor sonrisa que jamás había visto.

Sin darme cuenta, me incliné hacia ella y la besé brevemente. Thalía abrió mucho los ojos y no me devolvió el beso, pero al sentir sus labios fui consciente de pronto de lo que había hecho.

—Oh, lo siento. La euforia del momento.

Asombrosamente, ella se echó a reír.

—Lo entiendo —dijo—. Perdonado.

Acto seguido, me abrazó, ambos riendo. Me deleité con el alivio que me proporcionaban sus brazos entorno a mi espalda. Abrazado a ella, la oscuridad se disipaba, el mundo volvía a estar en su órbita. Nuestra última conversación antes de ser secuestrado no entraba ni por asomo en nuestros pensamientos.

Hubo un fuerte carraspeo. Thalía y yo nos separamos, aunque despacio, a regañadientes..

—¿Para eso querías que viniéramos hasta aquí? —Me dijo Rachel, los brazos en jarras—. ¿¿Para ver cómo te abrazas a ella? —Sacudió la cabeza—. Chicos. —Suspiró—. Nunca piensan lo más obvio. —Me miró por debajo de sus rojizas pestañas—. ¿Sabes? Eso podías haberlo hecho en el campamento, hombre de dios.

Me eché a reír y extendí una mano invitándola, gesto que ella aceptó de buen grado, corriendo y arrojándose después a mis brazos, abrazándome con fuerza. Thalía aún sonreía, observándonos. Apenas podía creer que, poco antes, hubiera estado encerrado en un calabozo, secuestrado en una negrura total, no, sintiendo esos dos puntos de luz cerca que eran mis amigas.

—Si ya habéis terminado de besuquearos podrías venir aquí a echar una mano —intervino una voz insidiosa a mis espaldas. Me giré, aún abrazado a Rachel y a Thalía. Cómo no, era Clarisse—. Aún no estamos libres de espanto. Tenemos que alcanzar la zona acordada y ahí llamar al Alma para que nos lleve de vuelta al campamento.

Rachel miró atrás, por encima del hombro, los cabellos volando rojos al aire sin control; torció el gesto y me confió:

—No la hagas mucho caso. Lo que ocurre es que se siente rabiosa porque tuvo que dejar buena parte de su arsenal y venir tan poco armada. Eso la hace sentir indefensa.

Eché un vistazo al hacha de guerra que pendía sobre una cadera de Clarisse, la espada que aguardaba en el otro lateral; el conjunto de dagas que hacían cinturón en sus pantalones, los cuchillos que asomaban en la parte baja de la espalda; el puñal que sostenía en una mano, y la lanza Matamoscas que blandía en la otra.

—Mmm. Sí. Es evidente que no lleva las suficientes armas encima. —¿Indefensa? ¿Poco armada? Había que mandar un comunicado a los señores de la Real Academia de español. «Queridos lingüistas, existe nuevo significado para esos dos conceptos».

—Sin que sirva de precedente —intervino la voz de Percy, a quien no había visto hasta entonces—, estoy muy de acuerdo con Clarisse. Cuanto antes salgamos pitando de aquí, antes conservaremos intactos el pellejo.

A su lado apareció Christian. Imperturbable, aunque cargado de tensión, con aspecto de verdadera tormenta, esa que finge calma y que esconde una auténtica venganza climática. Sus ojos, su postura, todo él parecía gritar «dame sólo una réplica y te haré pedazos». Tenía la mano sobre la empuñadura de su espada de hielo, los ojos fijos en los lejanos puntitos que eran las cazadoras encaramadas a las ramas.

—Hay que llamar de vuelta a las hijas de Artemisa —prosiguió diciendo el rubio—. Así volvemos todos juntos a...

—Hazlo tú —propuso Christian—. Tengo entendido que pasar mucho tiempo cerca de esas cazadoras es igual a necesitar de todas las armas habidas y por haber para protegerte. Y dudo que incluso a sí baste.

—Shek —observó con asombro Jack—, casi acabas de hacer un chiste. ¿Es hora de prepararse para el fin del mundo?

—Yo también tengo sentido del humor, dragón —protestó Christian, indignado—. Lo que ocurre es que mi humor es mucho más exigente y selectivo que el común de la gente.

Jack sacudió la cabeza y se volvió de nuevo hacia mí.

—Me alegra que pudieras escapar.

—Bueno, entre tú y Nico me dejasteis bien calentita la salida —concedí—. Gracias. Por cierto, ¿y mi madre?

Jack señaló hacia la coronilla de un distante promontorio. Justo en el momento en que su índice se movía hacia esa dirección, un fogonazo de oscuridad nos envolvió a todos. El momento de distensión había terminado. Un crepúsculo extendía su manto sobre nuestras cabezas, pero aún quedaba luz suficiente para ver lo que había delante.

Y lo que había delante era Cronos. De nuevo en pie. De nuevo vivo. De nuevo riendo a malignas carcajadas. Y de nuevo bloqueándole a mi madre la escapada.

Thalía me apretó el hombro. Le temblaban los labios, pero sólo miraba hacia delante, hacia la cima. Después bajó la mano y cruzó palmas conmigo, ignorante de que toda su cara traslucía su terror.

Tiré de ella y luego eché a correr. Corrí con todas mis fuerzas como si intentara dejar atrás a la misma muerte, impulsado por mi absoluto amor hacia mi madre, por el temor de que le sucediera algo peor si no llegaba a tiempo. Me prohibí considerar siquiera la posibilidad de que Cronos pudiera cumplir su amenaza. No, no podía permitirme ni siquiera imaginarlo, no fuera a hundirme en la desesperación.

Un mundo sin mi madre sería un mundo carente de interés para mí. Carente de apetito. Carente de gracia.

A mi lado, Thalía corría igual de rápida, impulsada quizá por su afecto distante hacia May, o por la lealtad de su amistad hacia mí. Pero cuando tuvo una mala pisada y sus pies resbalaron y ella patinó, no me detuve siquiera a tenderle la mano. La dejé atrás.

Fui el primero en llegar a la cima, seguido muy de cerca por Christian.

Shizuko y May estaban de pie, la japonesa por delante de mi madre, protegiéndola. El shek sobre el cual habían montado flotaba a pocos palmos del suelo entre Shizuko y Victoria, quien trataba de curar sus heridas a la vez que vigilaba la figura imponente y nigromante que era Cronos, así como a la pequeña comitiva de monstruos y renegados que aguardaban tras el titán.

—Estás muerto —acusé a Cronos.

Él me lanzó una mirada impaciente.

—No, no lo estoy. ¿Cuántas veces vamos a tener que pasar por esto? No puedes matarme, Castellan. Ningún arma empuñada por un mestizo puede acabar con un titán. Y ahora ríndete, haz el favor. Rendíos todos vosotros. No hagáis las cosas más difíciles.

—¿No ha quedado ya bastante claro que no somos de los que renuncian? —inquirió Shizuko. Si sentía animadversión o miedo o incomodidad por la figura monstruosa que se erguía ante ellas, no lo demostraba.

—Vuelvo a repetir mi oferta que, vosotros, desagradecidos, interrumpisteis. Dadme lo que quiero. Dejad aquí a Castellan.

Silencio mortal. El murmullo del viento gestándose en una tormenta junto con las nubes y las olas revolviéndose parecía estar a muchísima distancia. En algún punto de la oscuridad que nos envuelve alguien chilla, muy oportunamente.

—Dejaré que vosotros, mestizos de a saber qué otro planeta, os vayáis. Al resto os espera una larga estadía en mis dominios. Aceptad, chicos. De otra manera, os advierto, no habrá piedad para ninguno. ¿No? ¿No queréis? ¿Nadie acepta? —Cronos mostró una sonrisa de amarillentos dientes agrietados—. De acuerdo. Pues dejemos que la matanza comience —sentenció.

Lanzó el puño de monstruo gigante hacia atrás y después impulsó el brazo hacia delante. De entre sus dedos brotó un humo negro, calcitrante, que lanzó contra Ciessel.

La muerte venida en forma de humo cortó el aire y penetró fulminante hasta el cuello escamoso de la serpiente alada, que rápidamente se había colocado delante de su reina o ex reina, protegiéndola. Su cabeza salió disparada hacia una dirección antes de estallar en una lluvia de gélida sangre, y el resto del cuerpo se estrelló contra el suelo, encontrando el mismo final.

Con un chillido de pura rabia, Shizuko giró y concentró todo el poder de su asesina mirada en los monstruos y mestizos del bando del titán. Uno a uno, los de la primera fila fueron cayendo muertos, atravesados por el cuchillo letal que eran los oscuros ojos de la chica shek.

Todos entramos en acción. En segundos, la cima era un hervidero de chillidos y risas y alaridos.

Victoria intentó levantar un escudo de protección entre Cronos, Shizuko, mi madre y ella misma, pero uno de los renegados la empujó por la espalda, haciéndola perder el equilibrio.

Ethan, que siempre parecía sobrevivir a todo, golpeó por la espalda al mestizo de su propio bando y, sorpresa sorpresa, le hizo caer y rodar pendiente abajo, con lo que él y su supuesto compañero acabaron enzarzados en una pelea cuerpo a cuerpo.

Yo también me puse en marcha. Corrí hacia mi madre. Cronos me vio avanzar, imparable, tenaz, angustiado.

Cronos chasqueó los dedos y el mundo volvió a adoptar ese ritmo lento, de a cámara lenta, viscoso, difícil de moverse por él. Quería correr, pero sólo podía andar a paso de tortuga. Quería hablar, pero sólo podía abrir la boca, despacio, y emitir cortas sílabas.

Con esa ventaja de su parte, él fue más rápido. Llegó hasta mi madre, quien también fue a su encuentro, emitiendo un grito de batalla y muerte. Cronos descargó el puño sobre el brazo de la mujer y se lo rompió.

—¡Mamá! —Aullé. Más rápido. Tenía que correr más rápido.

Mi madre cayó de rodillas, lanzando un grito de dolor. Al punto se levantó, empuñando la daga robada antes con la otra mano, y atacó al monstruo desgarbado y asqueroso que tenía enfrente. Pero Cronos la agarró del cogote como si fuera un gatito y la apartó de sí todo lo largo que le permitió el brazo larguirucho.

—Tendrás que perdonarme, mamá Castellan. Soy un titán, no un caballero. No entiendo de conductas refinadas y caballerosas.

May trató de hundir la daga en el brazo que la sujetaba, pero el titán le arrebató el arma, retorciéndole la mano. A continuación, lo impulsó hacia los ojos de ella; se detuvo a pocos milímetros de su ojo, la afilada hoja rozándole las pestañas. Riendo, Cronos arrojó después la daga muy por encima de su cabeza. El arma dio una voltereta en el aire y después cayó a plomo en el mar de abajo, con un chapoteo distante.

Sujetándola aún por el cogote, Cronos le propinó varias bofetadas en el rostro con el dorso de la mano. Mi madre le daba patadas, lo arañaba y le gritaba, pero el titán se reía entre dientes.

Después de lo que me parecía una eternidad, por fin llegué a su altura, jadeante, furioso.

—Me decepcionas, Castellan —dijo, y volvió a hacer aparecer la lanza con la que se había hecho cargo—. Eres previsible, tan, pero tan previsible... —Dio un paso hacia delante, la lanza girando como un torbellino nebuloso en su mano. Me alisté para pelear—. Tanto que me aburres. —Un haz macilento destelló en la hoja, un látigo de oscuridad—. Tanto que me cansas. Eres muy previsible —repitió—, y un incrédulo. Cuando digo que voy a torturar, torturo. Y cuando digo que voy a matar… —con demasiada rapidez como para que mi ojo pudiera seguirlo, envió la lanza que pasó rozándome por milímetros, y esta se hundió en el corazón de May.

Se hundió hasta la empuñadura en el corazón de mi madre.

Presencié petrificado cómo los últimos rayos de vida escapaban de sus iris verdes. Cómo sus labios se movían en una última articulación silenciosa, pronunciando una única palabra. Un único nombre. Mi nombre.

No oí el chillido de horror de Annabeth.

No noté los dedos de Thalía, que finalmente me había dado alcance, clavándose en mi brazo.

Una repentina punzada de dolor me atravesó y me dobló en dos. Sentí que me quedaba sin aliento; los ojos me ardían, la garganta se me cerraba en banda, el pecho me dolía como si me lo hubieran abierto para descuartizarme desde dentro el corazón. Me encontraba más allá del pavor, sumido en un mundo en el que tan sólo existía una consciencia aturdida.

El dolor me atormentaba con dentelladas las entrañas. ¿Lágrimas? ¿Sudor? ¿Sangre... qué era? rodaba por mi cara y las fuerzas empezaron a ceder como si se evaporaran con el líquido exudado.

—¡Luke, Luke! —oí exclamar a Thalía, abrazándome por los hombros. La miré, distante, no reconociéndome en ese nombre. Sus ojos derramaban lágrimas teñidas de azul—. Lo siento, oh, lo siento, oh, dioses, dioses —repetía, frenética.

Cronos reía. Los campistas luchaban. Me di cuenta entonces que tenía alzada la mano derecha, donde el anillo con grabados de ornamentada plata con formas abstractas de Hermes destellaba en el índice.

Me incorporé lentamente. El dolor estaba comenzando a disminuir. Pero me deshice de su agarre; rechacé su abrazo. Ciego, sordo, perdido, me saqué el anillo del dedo y lo pisoteé. Parecía una cosa infantil hacer eso justo en ese momento, un arrebato de absurda cólera, pero lo cierto es que me daba igual.

Me daba igual lo que los demás pensaran. Sólo veía ese signo de los dioses, de un padre que nuevamente me había abandonado, de un dios que una vez había dicho amar a una mortal pero que la había dejado morir.

De repente se escuchó un crujidito seco y el plateado aro se partió en miles de fragmentos astillados, esquirlas diminutas que destellaban burlándose de mi acceso. Henchido de rabia le pegué un puntapié y algo se agitó a mi alrededor, como si hubiera habido una sacudida en todo el planeta.

Extendí los brazos, con los puños cerrados, y eché la cabeza hacia atrás. Lancé un grito que resonó contra la cima donde luchábamos, que descendió promontorio abajo, reverberó en la orilla del mar y se estrelló contra los árboles de alrededor, que se estremecieron a punto de salir de sus raíces.

Inspiré profundamente y apreté los puños con más fuerza. Grité de nuevo, espalda arqueada, puños a los costados, el rostro vuelto hacia el cielo. Un grito prolongado, penetrante, un sonido que se formó en mi garganta y que me atravesó como un millar de agujas de hielo, multitud de truenos cayendo, descontrolada hoguera prendiendo. La arena del suelo bailaba, el agua del mar bullía, el aire tremolaba y el poco sol que quedaba en el cielo se convirtió en una bola de fuego rojo.

Noté vagamente como Thalía y los demás retrocedían, sacudiendo la cabeza con molestia, y se tapaban los oídos, asustados. Pero no presté atención. Algo le estaba pasando a mi cuerpo. Me miré los brazos. De mi punto mortal, ahí donde se escondía mi ancla a la mortalidad, salía expulsado una luz dorada. Luz que danzó a mi alrededor, mientras yo gritaba y gritaba y algo se apoderaba de mi ser, se adueñaba de mi cuerpo.

Tres esencias penetraron en mí a través de mi punto mortal. Solté un alarido que clamó malestar en mis sienes, mi mente, mi piel, mis huesos, todo mi ser. Arrolladores. Candentes. Debilitante como la peor de las enfermedades. Esencias que me glorificarían o me dejarían reducido a la nada.

—Luke —susurró Thalía contra mi hombro—. ¿Qué demonios está pasando? ¿Qué demonios te está pasando?

¿Qué demonios no estaba pasando? Todas las emociones que creía enmascaradas salieron a flote como agua escapada de una presa ya incapaz de contenerla. ¿Qué demonios estaba pasando? Si me había bañado en el Estigio para poder soportar la esencia de un titán, ¿qué impedía que los dioses se aprovecharan de ese conducto y me poseyeran, también con mi consentimiento?

Nada. Nada. Menos, si el anillo de Hermes había sido como abrirles de par en par la puerta. Menos, si se suponía que ellos eran inferiores, seres menores en comparación con los creadores del mundo, los titanes.

Mientras… las esencias me seguían invadiendo. Agua invisible me bautizaba. Rayos y vientos me elevaban. Fuego me calentaba. Aunque no me quemaba.

Me había convertido en una figura resplandeciente, un ser cuyos poros vomitaba poder. Mi sudor era el agua de mares y océanos, mi aliento corrientes y vendavales; mis pasos truenos descargados, mis ojos rayos imparables, mi cuerpo la chispa de una tierra que aguardaba prenderse, llamear.

Esencias como conciencias en mi mente, esencias como armas en mi cabeza. Las tres se convirtieron en una. Y esa una me rozó, se filtró, se comprimió en mis poros, suave y concisa pero también tajante e ineludible. Universos vertidos en una vasija, hemorragia de recuerdos en una mente prestada.

A mi mente llegó un saber, grande como el mundo, viejo como los dioses. Un saber hecho a partir de experiencias, sensaciones y sentimientos, vivencias de la utilización de un don que hasta entonces no me había sido concedido. Llegó para traspasarme, doblegarme, infiltrarse en mi interior, para ser la piel de mi piel.

La sensación era insoportable. Y no lo aguanté. Grité, empujé. Y al mover las manos, trueno, agua y fuego salieron despedidos de mis dedos. Dones que hasta entonces jamás había tenido, de repente aparecían a cada leve insinuación de mis ademanes.

Una vez serenado, enterré los sentimientos bajo una capa de implacable resolución. Los latidos de mi corazón se transformaron en un calmado y sordo martilleo, nada que ver con el alocado y desesperado palpitar de antes.

—Vete de aquí —dije a Thalía con una voz inflexible. Sin aguardar respuesta y sin mirar qué hacía, esperando que contra todo pronóstico me hiciera caso por una vez y para variar, me di media vuelta y la dejé atrás.

Avancé. Altivo, temible, infundado de desenvoltura y poder. La luz dorada iba conmigo, poder andante, justicia divina a punto de impartirse.

Ethan cayó a mis pies cuando me detuve frente a él.

—Mírame —ordené.

El brillo de un relámpago lo volvió todo blanco, y el vendaval siguió agitando las ramas de los árboles. Ethan y yo seguimos mirándonos hasta que nos interrumpió un fuerte chasquido procedente de las profundidades de la tierra. Ethan desvió la mirada.

—Me obligó a colaborar con él —barbotó—. Secuestró a mi familia, no tuve elección.

—Entiendo —dije. Mi voz sonó tan fría que Ethan se estremeció. Me bastó mirar en su interior para saber que no mentía. No habría sido capaz de mentirme ni aunque quisiera, tal era la ventaja de los dioses, que detectaban las mentiras—. Vete. Libera a esa familia que te ha sido arrebatada. Pero como vuelvas a cruzarte en en el camino de uno de nuestros hijos, Ethan, como vuelvas a ser un estorbo para los mestizos, un traidor al camping, no habrá misericordia esa vez para ti.

No sentía ni rabia ni odio hacia él. Debería, teniendo en cuenta que, obligado o no, aquel chico había sido el hostigado táctico de la batalla contra el camping mestizo, una lucha donde habían perecido cientos de mestizos, y cientos más de otras criaturas, pero entendía que sólo había sido una marioneta más al servicio del verdadero titiritero.

Ethan se quedó inmóvil por un momento, mirándome aún con terror. Después se incorporó y se volvió para alejarse, primero a trompicones, después corriendo.

Pero fue lento, muy lento.

—A mí no se me abandona —proclamó Cronos. Y tendió la mano, una mano que burló las leyes del espacio y las distancias, y la cerró rodeando el cuello del chico que por dos veces le había servido, alzándolo del suelo.

Ethan gritó cuando la mano del titán lo alcanzó. Comenzó a retorcerse, convertirse en un manchurrón negro, y Cronos hizo más fuerza, aplastándole el cuerpo hasta dejar una piscina de sangre escarlata bañando el suelo, y los huesos blancos que una vez habían estado vivos cayeron encima, sordos, inertes, muertos.

Dirigido por una voz modulada en tres dioses, esa conciencia llegada a tres poderes divinos, apunté el puño hacia el pequeño ejército que aguardaba acobardado tras el titán. Relámpagos rasgaron violentamente el cielo, centelleando en todas direcciones, bifurcándose, duplicándose, y allí donde caían allí que moría uno de los vástagos del titán.

La tierra se abrió a mis pies, y lava de fuego escapó de sus entrañas, trepó por mis piernas, se adhirió a mi piel y culebreó hasta mis manos extendidas. El cielo ardía de truenos. Un retumbo que se fusionó con el crepitar del fuego, con el aullido del mar. Arrojé todo aquel poder a los pocos monstruos que quedaban, a los aún más numerosos renegados que me miraban, paralizados.

Miré a un lado y vi a mis amigos apiñados en un lateral del promontorio, observándome boquiabiertos. Sorprendentemente, Percy y Nico se hallaban apoyados y ambos se rodeaban con los brazos los hombros, buscando consuelo el uno en el otro.

Cerca, Thalía y Victoria se tapaban la boca con el dorso de la mano, con las cabezas vueltas cada una en direcciones distintas para no mirar el horror que estallaba a sus pies. Rachel se ocultaba el rostro entre las manos pero cuando Annabeth se le acercó, a trompicones y le posó una mano en el hombro, la pelirroja se giró y se aferró a la rubia, y ambas amigas se abrazaron, presas de incontenibles arcadas.

Tan sólo Christian, Jack y Ciessel miraban sin parpadear en mi dirección, como si aquello fuera un espectáculo que estuvieran contemplando por segunda y quizá tercera vez.

Bajé la mirada más abajo. La imagen que aparecía en el resquebrajado espejo del mar que corría a la izquierda, pendiente abajo recibió mi ojeada breve.

No quedaba ni rastro de la tristeza, la ira, el desasosiego o el terror que mi rostro había manifestado antes, mientras asistía petrificado a la muerte de mi madre. Me había colocado bien puesta la máscara para mantener oculto todo el cóctel de emociones que brindaban confusión y explosión en mis venas, y es que había mucho, bastante que ocultar.

Me volví hacia Cronos. Él recibió mi llegada con fría firmeza. No era un cuerpo nigromante contra lo que me enfrentaba. Era la esencia desatada de un titán, del padre de los titanes. Mi rostro permaneció inexpresivo. Lo que reflejaban las cuencas vacías de Cronos era cólera, fría y aterradora cólera. Que, no obstante, no me inmutó. El mundo se desdibujó mientras dioses y el titán se clavaban la mirada a través de mí.

—Debe de ser una carga terrible —musitaron tres voces a la vez a través de mi garganta, sacudiendo la cabeza con lástima fingida—. La carne te busca y te busca, el cuerpo se tiende hacia ti sin nunca rozarte, el mundo de los sentidos te tienta y tú no puedes poseerlo. Sólo espejismo de su existencia es lo que conoces. ¡Qué impotencia! Y justo cuando creías que habías alcanzado la gloria del físico, cuando tenías un cuerpo joven y robusto y dispuesto a tu disposición, va y te traiciona. ¡Ay, el destino; Qué cruel es! Normal que al final tengas que contentarte con el primer despojo de cuerpo que tengas más a mano —hice una pausa—, perdón. Una desacertada utilización de palabras: lo que tengas al alcance. Está claro que una mano no, ¿verdad? —Lo enfrenté y traté de sonar cálido y sincero al añadir—: Padre, tengo buenas noticias para ti. Hoy doblegamos al destino. Hoy, por fin, vas a saber qué es sufrir. Qué es morir.

En el aire resonó un terrible y atronador impacto. El sonido de un trueno silencioso, de olas contra acantilados, de rocas golpeadas para hacer fuego. Paredes de tierra, fuego y agua emergieron a ambos lados del titán, quien lo aporreaba sin que surtiera el menor efecto. Una explosión de los tres grandes elementos: aire, agua, fuego. Una manifestación de los tres grandes dioses del Olimpo: Zeus, Poseidón, Hades.

Rayo, mar y fuego brotaban de mi ser, me cubrían igual que una capa, igual que atmósfera a un planeta, igual que oxígeno a la vida. Eran un legado de terror, horror indescifrable, poder inconsumible.

Asido a ellos, chillé mientras giraba, chillé abrazado a la furia, chillé con la exigencia de sangre. Resultaba embriagador tener a punta de desahogo al objeto de mi ira.

Con fría naturalidad, como si aquel fuera un gesto que hubiera hecho ya en multitud de ocasiones a lo largo de los siglos, desde que el mundo era mundo, Extendí un puño. Rayos azulados de luz unió el espacio que nos separaba. Lo golpeó en pleno pecho con fuerza y el cuerpo del titán prendió nada más ser rozado, como si lo hubieran arrojado toneladas de petróleo encima.

Y mientras la esencia de Cronos escapaba de su cuerpo, las esencias de los dioses lo atraparon en el aire, apenas una imagen sin cuerpo ni silueta, sólo humo y podredumbre y turbia transparencia.

Y Cronos se esfumó.

Yo había matado su cuerpo, esta vez para siempre.

Los dioses minimizaron su esencia, desterrándolo de vuelta al Tártaro.

Y así sin más, se había ido. Por fin. Por fin.

Traté de recuperar el poder de mí mismo, pero estaba perdido en esa vorágine que eran los dioses. Una agonía de fuego explotó en mi cabeza. Y, de pronto, Hades ya no estaba. Una bofetada de olas contra el rostro me sacudió violentamente la cara, y, después, Poseidón ya no estaba. Noté que el suelo saltaba a mi encuentro mientras Zeus se tornaba un huracán taponándome las fosas nasales, asfixiándome, hundiéndome en un mundo sin oxígeno.

Cuando recuperé la conciencia, arrodillados junto a mí estaba un coro de rostros conocidos.

—¡Brillaste! —Jadeó Annabeth tras tenderme la mano y ayudarme a incorporarme, rebosante de perplejidad, ansiosa por ponerse a diseccionar el momento—. Flotabas, sacaste fuego, truenos, agua. Sagrada Atenea, Luke, fue increíble. Increíble. Casi. Me. Desmayo.

—¿Tú desmayándote por la impresión? —musité, desfallecido—. No me lo creo.

Me levanté. Dondequiera que mirase mis ojos se topaban con cadáveres. Cadáveres de semidioses, cadáveres de monstruos. Estaban despedazados, quebrados, hinchados como si se hubieran ahogado, quemados y engullidos a medias por llamas que aún humeaban de sus heridas. Por todas partes yacían inertes seres del Tártaro, seres que había traído destrucción, que habían causado muerte... pero que no me dejaban consuelo en absoluto.

Me acerqué con cautela al despojo nigromante que había sido el cuerpo de cronos. No fue necesaria la precaución. Era como si nunca hubiera existido, como si el despojo de carne humana que yacía a mis pies no fuera más que un experimento fallido sin conciencia ni movilidad ni autonomía. Despedía una peste profunda, y el cuerpo se descomponía a ojos vista.

«Ha fallecido. Ya no podrá lastimar a nadie». Quería reír, estallar en amargas carcajadas. Por fin había conseguido lo que tanto me había propuesto, librarme de Cronos, de su influencia, de su poder, librar al mundo terrenal de su existencia. Pero, ¿a qué precio? ¿A qué alto precio?

Mis piernas eligieron ese momento para flaquear. Sentía en el pecho un vacío tan basto que si en ese momento alguien me hubiera dicho que ya no tenía corazón que latiese, no me habría extrañado.

«No, más desmayos no. Tienes que verla. Tienes que verla».

Tambaleante, con los pies amenazando con fallarme entre una zancada y otra, gateé hasta ella, me acerqué a May. Caí de rodillas junto a ese cuerpo desvanecido. Tuve que hacer acopio de fuerzas y aire para tomarla en brazos.

Las manos me temblaban y mi vista era incapaz de quedarse quieta durante un segundo sobre su rostro vuelto a un lado, los ojos aún abiertos, mirando sin ver. Me encorvé sobre ella en actitud protectora y me aferré a ese cuerpo que aún conservaba el último reducto de calor de la vida, , temblando, mientras le acariciaba los cabellos y la llamaba por su nombre una y otra vez, mamá. Una y otra vez, mamá.

Al ver que Victoria se acuclillaba frente a su cabeza y le buscaba el pulso sentí una chispa de esperanza. Le tomó de la mano y la volvió a dejar caer al instante, negando. Luego le buscó el pulso en el cuello, silencio; en las sienes, silencio; en el pecho, quietud. Sentí que mis esperanzas volvían a quedar en nada. Pensar en un mundo donde ya no existía mi madre me producía una sensación de mareo y náusea.

Notaba cómo el corazón se me rompía y sin importarme que todos me estuvieran mirando, bajé la cabeza y rompí a llorar. Lágrimas que me quemaban el rostro, que abrían la compuerta a un pesar nunca antes sentido. Lloré de dolor con la cara apretada contra el pecho silencioso e inmóvil de mi madre. Sentía como si el mundo hubiera acabado y realmente estaba dispuesto a dejarme consumir yo también. Quería pedirle perdón, rogarla que volviera, o que me llevara consigo. Quería revivir ese cadáver, cambiarme por ella en su lugar. Quería morir.

Thalía se agachó junto a mí y me rodeó con un brazo. Por una vez, su contacto no fue suficiente calmante para el dolor que bombeaba mi corazón.

—Lo siento, Luke —me susurró—. Yo también la quería. La quise por ti. La quise por ella misma. La quise porque también me quiso. Lo siento; pero se ha ido. Lo siento mucho. Pero ha muerto.