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Historia 126109 — capítulo 47
Disclaimers: ni me llamo Rick Riordan ni me apellido García Gallegos. ¡Qué más quisiera yo! Y no por sus renombres, eh, qué va. Sino porque mi nombre es tan feo que... ¡argg! No sé en qué venganza personal pensaban mis padres cuando me lo pusieron (llorar y no dejarles dormir por la noche no debería contar. Claro que no).
-…-…-
Iba tan agitado que no fui consciente de que había rebasado la altura de la colina. Justo cuando estaba a punto de detenerme a inspirar para tranquilizarme, me detuve bruscamente, alerta de pronto, giré y atrapé a una figura alta y retorcida y encapuchada en la parte superior de su cuerpo, que me vigilaba los pasos. Profirió un gruñido cuando lo descubrí. Mechones de oscuro pelaje escapaban de debajo del chal que ocultaba sus rasgos, como si se lo hubiera echado encima de cualquier forma y deprisa, y ojos animales, llenos a rebosar de reto, ira y desprecio, me sostuvieron la mirada.
—Bueno. Por más que me guste una guerra de miradas, está claro que mirándonos no vamos a llegar a ninguna parte. Además que tus ojos no invitan mucho a la contemplación —le dije al cabo de un pulsante minuto; extraje del cinto a Backbiter—. Acabemos con esto de una vez por todas.
El monstruo se rió, dejando a la luz la hilera de unos colmillos mortíferos. Se sacudió el chal como quien se desprende de las sábanas.
—Nada me gustaría más que machacarte la cabeza, Preciosa —dijo, y sus ojos brillaron—. Sorber tu sangre, mancillar tus sesos, reducir el líquido de tu tuétano. Pero no estoy aquí para acabar con tu vida.
—¿No me digas que venías de paso? —cuestioné, burlón—. ¿Primero esa cosa que ni era cienpiés ni serpiente, dejando que Cronos hable a través de él, y ahora tú... —entorné los ojos—. ¿Qué vienes, a saludar? ¿O a matarme?
Su lomo onduló en lo que parecía ser un encogimiento de hombros.
De hecho, he sido enviado para algo más importante.
—¿Más importante que matarme?
—Algo así.
Me quedé mirándolo, sin creerme en absoluto lo que acababa de oír.
—¿Para qué, entonces?
—Para secuestrarte. Para llevarte hasta él. Junto a mi Señor. El único con derecho y privilegio de acabar definitivamente contigo.
—Tu sueñ…
Se desplazó tan rápido que mis ojos no pudieron rastrear su movimiento. Alcé la espada, instintivamente, protegiéndome del ataque y peligro que se me venía encima, pero el movimiento llegó tarde. De pronto algo me golpeó en la cabeza. Fuerte. Mis rodillas se doblaron, mi juicio se enturbió, mis dedos afloraron el arma, mi vista se tornó negra como boca de lobo.
Una risa cruel, inhumana, despiadada, oscura, titánica, llegó hasta mí.
—Ahora sí, Castellan. Ahora sí eres mío… ¡por fin! —fue lo último que oí a orillas del océano del desmayo.
-…-…-
CAPÍTULO 46. PAGAR EL PRECIO.
-…-…-
Desperté.
Yenseguida me descubrí tumbado sobre la espalda en un suelo rocoso de piedra y humedad, con el malestar asentado en a garganta.
La cabeza me daba vueltas. Notaba el regusto de la sangre el la boca. Traté de recordar dónde estaba y por qué, y el ramalazo de retazos que acompañó a esa petición mental causó que exhalara abruptamente, lo que hizo que percibiera un agudo dolor en mis costados. De hecho, notaba todo el cuerpo punzante, la sensación que uno tiene después de un duro entrenamiento, aunque dudaba que se tratara de eso; más bien de una paliza.
Sentía unas húmedas patas correteando por mi cuerpo, brazos y cara.
«Ratas no», pensé. «Odio las ratas».
Fui a quitarme esas patitas a manotazos, pero me encontré con que no podía mover los brazos. Ni las piernas. En menos de una semana volvía a estar encadenado, aunque el escenario fuera otro. Sacando fuerzas de donde no sabía que tuviera, forcejeé con las sogas y, para mi sorpresa, logré soltarme.
¡Monstruos! Secuestrando tenían diez. Ahora, ¿atando a la gente? ahí sí que suspendían.
Con mucho cuidado, moviéndome lo justo y necesario para no alertar a posibles vigilantes de que ya estaba despierto, evalué mi situación. Estaba indefenso, sin armas de ningún tipo en la mano ni en los bolsillos. Me habían registrado a conciencia. De inmediato pugné por incorporarme, suspendiendo desastrosamente en el primer intento. Tenía un lado de la camisa endurecido por la sangre reseca, y sentía la cabeza a punto de estallar, y el resto de mi cuerpo no estaba en mejor estado.
Aovillado, gemí por las náuseas y por el malestar, parapetado tras las palmas de las manos. Auxiliado a continuación por esas mismas manos, empujando primero contra el suelo y después contra la pared, logré finalmente sentarme en el frío suelo. Separé los párpados. Al instante la oscuridad se adueñó de mis retinas; todo mi campo de visión se tiñó de un negro absoluto.
Primaba una noche eterna, profunda, opresiva y agobiante. El mundo parecía haber sido devorado por las tinieblas y, en compensación, ésta parecía haberse derramado por todas partes, vomitando negrura y más negrura. Escruté las tinieblas circundantes, pero no alcancé a distinguir nada en aquella compacta negrura opresiva. Mis pupilas forcejearon con la oscuridad que pretendía arrebatarle el alcance de su visión, pero la oscuridad era infinita y fue rotunda en negarse a dejarme visualizar algo en mi en derredor.
Me puse de pie, dejándome guiar por la pared de piedra, y empecé a seguir un camino en aquella penumbra. Avancé, tanteando con las manos igual o más que un ciego, para encontrarme cara a cara con... nada. Sólo la oscuridad. Todo estaba negro, esa clase de negrura que hace pensar en haber caído en boca de lobo, una negrura que hacía que el pánico se retorciera en las entrañas hecho un amasijo de calor y terror.
A mi alrededor no había más que tinieblas que parecían prolongarse en todas direcciones, indefinidamente. Reinaba una oscuridad total, aterciopelada, profunda e inquebrantable. Era como estar metido en un plástico asfixiante. Oí el eco del roce de mi pie sobre la piedra al moverme. Estaba en una cueva, presumiblemente. La oscuridad que me circundaba tenía una sensación de profundidad, como si el espacio permaneciera aislado, sin nada atrás ni en derredor aparte de las tinieblas.
Moví la cabeza de un lado a otro, tratando de desembarazarme del desconcierto. Avancé a tientas a lo largo del aire negro, buscando componerme una idea del tamaño, forma y distribucióndel sitio en el que estaba confinado. El lugar era frío, angosto y cerrado, compuesto de paredes frías con salientes en su viscosa superficie. No tardé en llegar a una esquina; más de cien pasos después de ese mismo lateral, a la otra esquina. Palpé con dedos frenéticos y temblorosos las paredes que delimitaban ese pasillo.
Asfixia. La sensación de estar ahogándome y cayendo en algo infinito fue haciéndose cada vez más notable. Me detuve, llevándome las manos a la cabeza, los índices masajeando mi sien, invitando a los recuerdos a dejarse atrapar con el círculo de dedos y el resoplar del agobio entre mis labios.
¿Cómo había llegado hasta ahí?
Recordaba haber perdido la inconciencia con el golpe recibido en todo el cráneo. Recordaba ser vagamente consciente de la risa triunfal de Cronos sonando desde a saber qué sitio, y de un saco deslizándose por mi cabeza.
No estuve desmayado durante mucho tiempo. El movimiento de alguien arrastrándome sin contemplaciones por el suelo fue despertador suficiente en aquella ocasión. Eso,y los numerosos y puntiagudos baches con los que mi secuestrador me hacía chocar conforme tiraban del saco que me cubría y que, por supuesto, no me proporcionaba ninguna protección. Notar en la espalda y la cabeza cada saliente del terreno dolía, vaya que sí. Y siguió molestándome a pesar de arquear la espalda y apoyar todo el peso sobre los pies para que los zapatos absorbieran en gran parte los impactos.
Ignoraba cuánto terreno había recorrido mi secuestrador conmigo inconsciente dentro del saco; ignoraba cuánta distancia me separaba del camping mestizo. No obstante, no podía soportar la idea de dejarme arrastrar mansamente como un cesto de ropa sucia, así que empecé a gritar y a retorcerme.
—¡Thalía! ¡Rachel! —Ya me había alejado bastante de ellas incluso antes de ser capturado, cuanto menos tras el secuestro. Pero eso no significaba que no hubieran corrido tras de mí. ¿Verdad? ¿Verdad? convencerme fue inútil—. ¡Christian! ¡Kirtash! —no sabía a qué distancia era el shek capaz de captar un llamamiento con el pensamiento, pero nunca estaba de más intentar llamarlo, con la mente, con las cuerdas vocales... con lo que fuera—. ¡Thalía! ¡Christian!
El puño de la bestia que me arrastraba se estrelló en pleno estómago y me hizo soltar un gruñido. Intenté doblarme en dos, los chillidos de auxilio intermitentes en la garganta mientras me sujetaba la cintura, pero el saco se tensó y la tela amortiguó mi voz. Me entraron náuseas; las contuve e intenté conservar la cena en el estómago.
—¡Thalía, Christian! —llamé—. ¡Rachel, Kirtash!
—Cállate. No te oirán. Nadie te puede oír —se carcajeó la criatura que hacía del saco y de mí su peculiar versión de carrito de compras.
—¿Y si nadie me puede oír por qué me tengo que callar? —repliqué entre el crujido de pisadas sobre la tierra—. ¿Qué te importa que me deje la voz en el intento?
—Me molesta. —Puñetazo, puñetazo, patada en el costado—. Oír tu voz, tener que cargarte... todo lo que venga de ti me molesta.
—Reclámale a tu amo que es quien te ha encomendado la misión —farfullé—. ¡Kirtash, Christian!
—Puesto que no te importa lo que me molesta o no —dijo la bestia, inclinado sobre mi cabeza—, vuelve a emitir sonido alguno y empezaré aquí y ahora la tortura. ¿No me crees? Ponme a prueba.
No respondí. Pero no por miedo a sus palabras. Estaba concentrado enviando todas mis alarmas al conducto que era el anillo de Hermes en mi dedo, así como invisibles señales mentales al shek.
—Así me gusta —siseó el ser, acólito del titán, zarandeándome sin contemplaciones.
Y caminó veloz por el pedregoso terreno, salvando rocas y rodeando árboles, supuse, mientras, en el interior de su saco, yo rebotaba sobre piedras y salientes como chatarra llevado a la basura. Plof, plof, plof. Las heridas producidas por los golpes no tardaron en hacer acto de presencia en mi debilitado cuerpo, sobre todo en mis castigados pies, aunque las cicatrices que ello me dejaría era lo que menos me importaba en ese momento. Me llevaban a paradero desconocido; iban a entregarme a Cronos. Cronos, quien había jurado vengarse de mí. No, rasgaduras en la piel eran la última de mis problemas frente a la perspectiva de una longeva tortura a manos del titán mayor.
En un momento dado, oí que más bichos se unían al que me tenía metido en el saco. Lo supe porque se intensificó el mal olor a cloaca y a azufre, se doblegaron los gruñidos y el ruido de pezuñas removiendo la tierra en su torpe andar se multiplicó. Pero por si las dudas, ahí estuvo el monstruo del saco para hacer las debidas presentaciones.
—Veinte de mis hermanos me acompañan —anunció—, todos armados y todos dispuestos a hacerte picadillos a la mínima que intentes algo.
Y para apoyar sus palabras, los veinte se presentaron a mi estómago con patadas y puñetazos, aderezado con gruñidos de complacencia, no fuera a que los tachase de maleducados.
—¿Todos armados para enfrentarse a alguien a quien tienen apretujado en un saco? —desprecié—. Menuda cobardía. ¿Debo entender entonces que me teméis? ¿Que creéis que a última hora me sacaré un as de la manga y os abriré en canal a todos? Me encantaría. Pero sería una tontería. Ni siquiera sé dónde estoy. ¿Cómo regresar al campamento?
—¿Cómo os esfumabais en medio de la batalla? ¿Esa puerta suspendida en el aire que aparecía y desaparecía a capricho de tu bando? —acusó otra voz, esta más gutural aunque proveniente igualmente de la garganta de una bestia—. No nos menosprecies. No nos tomes por tonto.
—Ah, sí, es verdad. Temedme, temedme —canturreé—. O mejor: temedles a ellos. Mis amigos vendrán a buscarme. Moverán hasta la última roca o grano de arena de la tierra para encontrarme.
—Eso tiene fácil solución, ¿no te parece? —En el tono de mi secuestrador se evidenciaba la burla—. No estarás en la tierra.
Y dicho eso, el ser me izó en el aire. Dejé de notar el suelo. Era consciente de que volaba o, más bien, de que la bestia surcaba los aires y yo con él. De algún rincón, arañé un poco de valentía. De valentía y de loca arrogancia.
—¿Vuelas? Caray, permíteme decirte que sufres de cierto retraso mental. ¿Por qué no has volado desde el principio?
—No diré nada más. Quieres que diga algo que luego puedas usar en mi contra. El amo me advirtió. Me advirtió de que tratarías de sacarme información, por insignificante que fuera. Pues no lo haré, Castellan. No te daré un lazo que luego enrosques a mi garganta.
«Un lazo enroscado a la garganta». Sí, era un buen modo de hacerle morir.
—¿Soy yo el que está prisionero pero eres tú quien me teme? Vaya. Me siento muy especial.
—No te temo. Pues claro que no te temo —aseguró la criatura, remontando aún más altura y zarandeándome, pateándome y zarandeándome—. Narciso arrogante. Necio y estúpido. Estúpido porque creí haberte dicho que no quería oírte emitir sonido alguno.
—Me callo. Ya me callo...
—Demasiado tarde. ¡Ajá, ajá, ajá! Has hablado, así que me haré una capa con tu piel, un guante con tu sangre. ¡Ajá, ajá, ajá! —El monstruo bailoteó en el aire (¡sí, bailoteó conmigo en el aire!) luego me propinó tal puñetazo en la cabeza que vi estrellas, constelaciones y cien mil planetas titilantes. Arrullado en el saco, me convertí de pronto en un balón de fútbol. Fui lanzado en el aire y pateado en las costillas; me fueron rulando de una pata a otra, goleado de una criatura a otra, descendiendo en picado tras un rodillazo pero remontando las alturas tras una cornada.
Y por supuesto que me desmayé en medio de la locura de aquel peculiar partido de balón-pie, es decir, saco-pie. ¿Quién no?
Y al despertar, ahí que me hallaba. Con la piel intacta, a excepción de los arañazos por ser arrastrado en el suelo y los moretones de la breve golpiza, pero, por lo demás, ileso. Volví a tomar conciencia de dónde estaba. Me encontraba en una cueva. Silenciosa a excepción de una trabajosa respiración, la mía. Las entrañas y el resto de extremidades seguían en su sitio, gracias a los dioses.
Ayudado por las paredes, me desplacé hasta la puerta para emprender la tarea de aporrearla sin descanso hasta que no apareciera alguien, alguien cansado de mis golpes y gritos, alguien que no tuviera más remedio que acercarse y atender a mi llamada.
—¿Hola? ¿Hay alguien ahí? ¡Mostraos, cobardes!
No hubo respuesta. Como era de esperar, se harían de rogar. De todas formas volví a golpear insistente la puerta. Permanecí ahí, quieto, envuelto en esa masa oscura; el tiempo fue una inmóvil monotonía donde nada sucedía.
Resoplé, abatido. En la negrura, el concepto de tiempo empezó a perder su significado. Dejó de existir el día y la noche, la negrura engulló las horas y los minutos, sólo la oscuridad era importante, era perpetua, era omnipresente. Bien podía haber pasado el parpadeo de un segundo que la prolongada eternidad de un milenio. Allí no cantaban los pájaros, ni zumbaban los insectos, ni se escabullían animalillos bajo la maleza. Nada se movía ni parecía respirar. Era una atmósfera sombría en un paisaje inmóvil y sofocante.
Mi humor fue volviéndose más y más taciturno a medida que transcurría el tiempo. Las piedras de las paredes parecían comprimirme en un abrazo asfixiante, pero el suelo se me antojaba fino como el papel, inestable como una ola de mar. Vencido por el vértigo, retrocedí hasta apretujar la espalda contra la pared, resbalé por ella y ahí me quedé, de cuclillas, mientras angustia y aprensión se acomodaban en mi pecho, piernas cruzadas y presencia perpetua.
Al final, incapaz de estarme quieto, extendí los brazos hacia arriba y me incorporé en un solo movimiento. Volvía recorrer las dimensiones de aquel insondable sitio. Desesperado, histérico, acongojado. Las rocas que formaban las paredes no conservaban la solidez que cabría achacarles. Estaban carcomidas, fragilizadas por la huella de ríos subterráneos que las hubieran ablandado y, después, secarlo hasta drenarse.
—¿Vas a alguna parte? —preguntó de pronto una voz proveniente por encima de mi hombro.
Pegué un brinco; sobresaltado hasta la médula, me llevé la mano al hombro, arreándome a mí mismo un manotazo tremendo, pero ahí no había nadie. Y la voz no volvió a sonar. Subí los párpados al máximo, pero la negrura seguía siendo la misma, espesa, viscosa, profunda, oceánica.
—¿Quién eres? —Silencio—. ¿Qué es este sitio? ¿Dónde estoy? —Más silencio. Naturalmente—. ¿Dónde estás? ¿Desde dónde me hablas? No te veo. No veo nada, de hecho.
—¿Y eso es un problema?
Me tranquilizó al menos saber que la voz parecía pertenecer a una garganta humana. Eso era algo.
—Si el fin es dejarme ciego no, supongo que no —dije. Para mi sorpresa, mi voz no sonaba asustada, estado que, por supuesto, iba en contra del terror que me atenazaba por dentro—. Pero me habían prometido una tortura de aúpa. Si dejarme en la oscuridad es la máxima tortura que sois capaces de urdir, permíteme decirte que estoy decepcionado.
—Tanto como mi señor lo está de ti, Castellan. —«Bien, al menos no estás hablando con un poseído de Cronos», me dije.
—Castellan —repetí—. Bien. Es evidente que sabes quién soy yo. No debería sorprenderme que me reconozcas. Tengo mucha fama, al parecer.
—Oh. Sí. Bastante. También ante mi amo eres reconocido. Pero no te llames a engaño, Castellan. Eso no es buena señal.
—¿Ah no?
Ante mí, una imagen plana, fantasmal, se ocultaba en las sombras que tapizaban la pared del fondo.
—Tiembla de miedo.
—Prefiero reservar esos escalofríos para más tarde, si no te importa.
Me llevé las manos vacías a las axilas. Oculté ahí el sudor frío que las recubría.
—Él te hará temblar, ¿sabes? La oscuridad llama a la oscuridad. Y en la oscuridad es donde habita el más profundo de los terrores.
—Siento curiosidad por saber quién es ese Señor del que tanto me hablas —musité. Aun cuando no veía más allá de mis narices, no dejaba de escrutar las tinieblas que me rodeaban como si fuera a ser capaz de percibir algo situado a metros de distancia, al tiempo que aguzaba el oído.
—Bah. Sentirías curiosidad si estuvieras en tu propia autopsia —la frase terminó en una chirriante risotada, salvaje, loca, fuera de control. Me llevé las manos a los oídos, apretando los dientes para no emitir quejido alguno—. Pero teniendo en cuenta cómo te dejará mi Señor, descuida, porque tendrás la posibilidad de hacerlo realidad —se volvió a reír—. ¿Quieres que lo llame? —ofreció—. ¿Que empiece pronto la fiesta?
—Dudo mucho que lo que yo quiera o deje de querer haga diferencia alguna —chasqueé la lengua; mi voz reverberó en las paredes y el eco llenó el lugar, rebotando y magnificándose más allá del susurro que había salido de mi garganta—. Aparecerá tarde o temprano así que, sí, vale. ¿Por qué no lo llamas? No me importa. Acabemos con tanto misterio de una vez por todas.
—¿No te importa? Ja. Eso es lo que quieres que crea. Pero estás aterrado —su voz se aseveró—, deberías estarlo. ¡Deberías estarlo!
—No sé quién es tu señor —mentí—. ¿Por qué voy a temer a algo que desconozco?
—Porque lo contrario sería irrespetuoso —se erizó la voz—, lo cual, déjame que te ponga en aviso, será perjudicial para ti. No llegarás muy lejos con el amo si no le muestras la debida deferencia.
Ladeé la cabeza.
—Gracias por el aviso. Lejos de tu amo es justo donde quiero estar, aunque no sepa de quien se trata.
—Lo sabes. —Nueva voz, nueva procedencia, nueva oleada de terror recorriéndome de parte a parte—. Claro que lo sabes.
De pronto las tinieblas parecieron moverse, condensarse en una figura que gradualmente fue tomando altura y anchura. No fue saliva lo que tragué al hacer el gesto: fue bilis. Pura bilis.
—¿Ni siquiera te dignas a hacerme una reverencia? —Susurró la figura, la voz flotando en medio del silencio y la oscuridad—. Vamos, Castellan. Quiero ver cómo te arrodillas.
—No hago reverencias ni me arrodillo frente a los dioses, ¿cuánto menos ante ti?
—Pero yo no soy un dios.
—Salta a la vista —entorné los ojos—, bueno, saltaría a la vista si te dejases ver.
—Como desees.
Y el Señor del Tiempo surgió entre la oscuridad, con un traje rojo y los ojos de averno sobre una piel albina, como una sombra que se separara del mar de negrura. Di un paso hacia atrás, incapaz de reprimir el horror, el asco y la impresión que me asaltaron todo a una. El titán hedía a descomposición, a gusanos podridos y a osamenta arrancada de su tumba.
—Cronos —solté, y entonces la comprensión por lo que ese nombre significaba me golpeó tanto o más de lo que me había golpeado el primer batacazo en la cabeza de la bestia que me había secuestrado y traído hasta ahí—, eres tú.
—Soy yo, pues claro que soy yo —afirmó el titán—. Mírame bien. Obsérvame. Deléitate en lo poco o mucho que puedes ver.
De pronto una luz se abrió a codazos en la oscuridad en las lindes de mi visión, mortecina y vacilante, pero aun así se impuso a la negrura. Y entonces pude distinguir contornos, siluetas, sombras... que poco a poco fueron asentándose en los objetos y dimensiones de la estancia que me rodeaba.
—Por un momento creí que él y tú erais la misma persona —pasé de Cronos y me dirigí a otra figura, esta achaparrada, que se mantenía de pie, custodiando una puerta—. Supongo que tú eres la voz que me habló antes. La primera.
—Bah. Ni caso. Es como un mueble —calificó Cronos a su acólito, ordenándole silencio con la mirada—. Vacío de opinión, parco en sentimiento. Una vasija aguardando a ser rellenada. No como... otros que yo me sé. Mírame. ¡Mírame!
El cuerpo con el que Cronos se había hecho era todo contraste: una pierna larga, adulta, unida a un pie de niño; un torso en el que sólo resaltaba el montículo de un único pecho femenino; unos brazos largos y musculosos de tez negra seguido de unos antebrazos cortos y regordetes de piel amarilla, y como final de las extremidades, seis dedos largos, engarfados, que no tenían muñecas.
Poseía un rostro vomitable en el más gentil de los calificativos. Tosco, ancho y con un amplio repertorio de rasgos desagradables, más con el abanico de expresiones que oscilaban entre lo taimado de las vacías cuencas que tenía por ojos y lo despiadado del rictus de sus labios; En las orejas ni siquiera se insinuaba presencia de lóbulo, sólo pelusa de animal, de mono. Pero en aquel momento nadie habría dicho que le repugnara su físico, puesparecía… contento. Feliz, si es que se puede decir que un titán es capaz de sentir tales sentimientos.
—Ya acudí a ti una vez —comentó el titán de manera despreocupada aunque con un fondo de rabia, a medida que la oscuridad se iba replegando sobre sí misma y la mortecina luz vomitaba y vomitaba los contornos y rasgos de su cercanía, su silueta—. Dos veces, en realidad. Una me cediste tu cuerpo, otra rechazaste toda repetición. Te dije que podía valerme sin ti, sin tu cuerpo.
—¿Y es esto lo único que has conseguido en sustitución? —Me llevé una mano al cinto pero Backbiter no estaba; claro que no estaba—. ¿O es lo mejor que has conseguido en sustitución? confiesa, confiesa, Cronos. Vamos, estás entre amigos.
—Tú y yo no somos amigos, Castellan —su voz rezumaba indignación a la máxima potencia—. Jamás.
La mirada sin ojos de su blanquecino y viscoso semblante me hizo recular otro paso hacia atrás.
—De todas las cosas con las que podías empezar a hacerme daño, esa ha sido la más cruel —me burlé—. En serio. Señor. Voy a llorar.
—Lo harás. Ten fe que lo harás, aunque ahora vayas de arrogante. Las apariencias engañan, Castellan. Mírame bien. No te confíes.
Sabía bien lo que estaba insinuando, y mi lado más tozudo trató de interceder. No obstante, quien se puso en marcha fue la sospecha, el recelo, la unión de ideas.
—En sueños me asegurabas que ibas a hacerte con un cuerpo… —empecé, pero el titán me interrumpió.
—Te aseguraba también otras cosas: muerte, dolor, tortura.
—Y desde entonces me ha picado la curiosidad —proseguí como si no hubiera habido interrupción alguna—. Cuando durante todo este tiempo me asediabas en pesadillas… —incliné la cabeza y lancé a la figura una mirada de «pongamos las cartas sobre la mesa»—. ¿Ya tenías idea de cómo hacerte con un cuerpo, ¿verdad?
El cuerpo sobre el cual se embutía Cronos volvió la cabeza con un rápido movimiento que me recordó al de una víbora, un gesto que me sobresaltó, muy a mi pesar.
—¿De qué estás hablando?
—La batalla por nuestro campamento… todos esos monstruos que azuzaste contra nosotros… no era más que una partida de búsqueda, ¿no es así? Selección de material, material de la más mestiza calidad, para hacerte un cuerpo a imagen y semejanza de tus gustos.
El paso de la figura vaciló a media zancada, su aliento trabajoso tartamudeó en la garganta y su postura se tensó, adquiriendo rigidez de una máscara, algo momificado.
—¿Cómo es posible que…?
—Una vez vestiste el cuerpo de un mestizo, y habría salido a pedir de boca de no ser porque el mestizo en cuestión seguía vivo en ese mismo cuerpo —continué, hablando de mí mismo como si fuera otra persona, alguien bien ajeno a mí—. Tenías alcance a ese mismo mestizo. ¿Por qué no secuestrarlo y volver a poseerlo, a embutirte en su cuerpo? Pregunta retórica: no podías. No podías porque primero tenías que convencerlo... convencerme de dejarte habitar de nuevo en mí, pero tampoco lo hiciste porque no querías volver a poseer algo vivo. Así que pensaste. ¿Por qué elegir un cuerpo? —Chasqueé la lengua—. ¿No sería mejor elegir las mejores partes de muchos cuerpos? Y eso hiciste.
—Está claro que tu agudeza no fue a pique junto con tu disfraz de chica pelirroja —masculló Cronos.
—¡En absoluto! —mi tono era jovial—.. Resulta que mi cerebro va conmigo allá donde vaya, me llame como me llame y me vista como me vista. ¿Curioso, eh?
—Eres ágil de pensamiento, he de admitir. Pero lento y muy erróneo en deducciones.
—Nos declaraste la guerra. ¡Dime qué hay de erróneo en esa deducción! Llevaste la batalla hasta nuestras puertas. ¿Y todo... para matar a tus elegidos y escoger una de sus extremidades para tus inventos?
—De inventos nada —estalló Cronos—. Necesitaba un cuerpo. Los mortales tenéis varias versiones de ello: animal, vegetal, humano. Necesitaba un cuerpo que me permitiera andar, tocar, hablar, hacer cosas por cuenta propia. Los humanos eran quienes reunían todas las cualidades de mis necesidades. Y dentro de los humanos, escogí a los mestizos por ser lo mejor de ese catálogo. No me he hecho un cuerpo a imagen y semejanza de mis gustos, no te equivoques; lo he hecho escogiendo el perfil más alto que pude concebir: los hijos de los dioses.
—¿Los hijos de tus enemigos?
—Hijos que llevan en la sangre las habilidades de mis enemigos —puntualizó—, habilidades de las que servirme y usar en su contra llegado el momento, la hora de la lucha contra ellos.
—Ya veo. ¿Y es este despojo de cuerpo lo que quieres que reverencie? ¿Ante lo que quieres que me arrodille? —Esperaba que el asco me ayudara a camuflar la impresión por el horror que en realidad sentía—. ¿Esa cosa nigromante e híbrida que has construido a partir de multitud de cadáveres de semidioses?
—Quiero que te arrodilles ante la esencia que hay en su interior. Ante lo que de verdad importa, lo que hace la diferencia: yo, el titán del tiempo.
—Lo siento. Pero no rindo respeto a los que invaden el camping mestizo, buscando destruir el hogar que ahí intentamos construir, que hace pedazos a mestizos para hacer de muchos pedazos un cuerpo, que después me secuestra y luego me trae a rastras hasta aquí.
—Bobadas. ¿Acaso habrías venido de buen grado y de cuenta propia? —rió la figura agitando una sombra que tomé por mano o, como mínimo, una extremidad, como si aquel comentario fuese algo demasiado banal—. Eres tú quien te has resistido a venir de buena gana. Tú que has puesto las cosas difíciles, no yo.
—Mea culpa, entonces, mea culpa...
—Qué fácil es intimidar bajo esta apariencia —dijo Cronos. Su voz era animal, gutural—. Puedes mantenerte todo lo erguido que se te antoje, pero noto tu impresión, Castellan. Hueles a miedo, a horror, a conmoción. Creo que tu corazón quiere ser libre. Escapar de tu pecho. Todo en ti es pose, mentira, falsedad, traición. Incluso tus emocioneste desprecian, te venden.
Ignoré su burla, su desprecio.
—Claro, claro. ¿Y qué, vas a matarme, a castigarme por fingir fortaleza ante tu presencia? Si es así, date prisa, no sea que mis amigos te agüen la fiesta de un momento a otro.
—¿Amigos? ¿Tú? ah, te refieres a tus compañeros de camping... —hizo un gesto despectivo—. No me preocupan. Te tienen por ambicioso y despiadado. Y no es para menos. En el pasado actuaste siempre en tu propio beneficio, sin mostrar escrúpulo alguno. Así te tienen porque así te recuerdan. —Sonrió de nuevo—. La historia está en tu contra. No vendrán a por ti, Castellan. Creerán que les has vuelto a traicionar, que tu desaparición no es de importancia, que burlaste su vigilancia para unirte de nuevo a mí y, ¿sabes qué? me conviene que lo crean.
No se me había ocurrido esa posibilidad, y, muy a mi pesar, admitía que muchos mestizos así pudieran creerlo. ¿Lo creerían los suficientes para negarse a una búsqueda? ¿Creería alguien de ahí en mi inocencia, eso lo primero, para emprender una búsqueda?
El rostro de Thalía destelló al instante en mi mente. ¿Me echaría en falta a tiempo de notar mi ausencia? Sí, quería creer que sí. Necesitaba creer que, a pesar de lo que le había gritado y replicado en nuestra última y abrupta conversación, aún había lugar para que sus ojos desearan distinguirme entre los mestizos y se diera cuenta de mi ausencia. Pero en el caso de que fuera así, ¿llegaría alguien a buscar en la dirección correcta?
—He cambiado —balbuceé—, ellos lo saben.
—¿Has cambiado? puede. Pero no lo suficiente. No lo suficiente como para que piensen en secuestro y no en una fuga por tu parte. No lo suficiente como para que vean y entiendan a tiempo la verdad.
Contemplé largamente a la persona que era Cronos, tan rojo y oscuro y blanquecino y frío y parcheado de extremidades de cadáveres que me causaba repulsión.
—No se puede ocultar la verdad —contesté—. Aunque te camufles en la oscuridad; aunque uses la falta de luz como tu capucha, tu manto, tu vestimenta. Puede que ninguno de mis compañeros mestizos sepa dónde encontrarme, pero los dioses sí. El Olimpo sí. Y ya sea por mí o por el simple hecho de que deben enfrentarse a ti, ellos vendrán. Y caerán de nuevo sobre ti como una marea terrible. Mátame antes de que eso ocurra. Estás a tiempo.
—Eso quieres —se rió Cronos—, pero no lo haré.
—Será otro error garrafal en la lista de errores que cavan tu tumba —le advertí.
—No te mataré, Castellan. Tengo reservado para ti algo mejor: la tortura. —Cronos dejó que su rostro reflejara el concepto que tenía de «tortura»—. Te mantendré con vida, lo prometo. Esa es mi única promesa. Vivirás, aunque eso no significa que vayas a seguir cuerdo o entero —dejó que mi imaginación, siempre rápida y macabra a la hora de elucubrar posibilidades, se pusiera a funcionar—. Tal vez creas que dejándote vivo, tarde o temprano, vas a liberarte. Tal vez creas que alguien acudirá para ayudarte —silbó ligeramente—. Que tus nuevos amos, esos mal nacidos que se hacen llamar dioses, hagan acopio de agallas y vengan a rescatarte —se apoyó en el silencio y dejó que se prolongara y, luego, de repente, lo interrumpió—. Déjame decirte algo: nada de eso va a pasar. Estarás aquí. Sufriendo hasta la eternidad. De las mil y una formas que se me ocurran, dilataré tu dolor hasta lo indecible.
—No es mi dolor o mi muerte lo que temo —dije—, conmigo puedes hacer lo que te plazca. Es la suerte de las personas que quiero, esas que tanto amenazabas, lo que temía.
—Las personas que quieres. —Saboreó las palabras como si fueran nuevos conceptos, invenciones de un léxico jamás registrado por el diccionario—. Desconocía que tú supieras querer. —Ladeó la cabeza—. Aunque en algo sí que tienes razón: los humanos sois débiles; teméis más el dolor ajeno que el propio.
—Repito: ya no tengo nada que temer. Las salvaguardas del camping van a ser restauradas dentro de poco, si es que el Señor D no las ha restaurado ya. Tras ellas, las personas que quiero están a salvo. No podrás acceder a ellas a no ser que abandonen el perímetro de defensa como, estúpidamente, lo hice yo. Pero ellas no son tontas. Ni estúpidas. Jamás saldrán del campamento. Jamás estarán sin protección. Sólo te quedo yo, pero, lo dicho: me da igual qué hagas conmigo.
—Ah. ¿Con que eso crees, eh?
—Lo creo. Lo sé. Lo mantengo y lo seguiré manteniendo hasta el fin de mis tiempos.
—Yo soy el Señor del Tiempo. ¿Lo has olvidado? No hay concepto de «fin de mis tiempos» para ti, Castellan. Eso ya se acabó. Ahora tus tiempos son los míos. Me pertenecen.
—Menuda sandez —solté, sin poderlo evitar—. Pensándolo mejor, Cronos, no te molestes en dar lastimosos discursos de grandilocuencia. —Moví la cabeza de un lado a otro—. Limítate simplemente a cortarme la cabeza, a añadirlo en tu arsenal de extremidades mestizas para la nigromancia andante que es tu cuerpo, si quieres, y acabamos con esto.
La sonrisa de Cronos regresó en toda su espeluznante gloria.
—Dime. Alguna vez te has preguntado... ¿Cuántas cosas pueden suceder en un breve lapsus de tiempo? La gente nace, muere, cumple años, enferma y sana en el transcurso de un lapsus de tiempo. ¿Cuántos segundos hace falta para perder todo lo que le importa a uno? ¿Dos, tres, diez? Da igual; al final mueren. Al final su cuerpo acaba pudriéndose, sus almas terminan por desvanecerse. Lo sé. Lo he vivido. He sido mudo testigo. Pero ahora me pregunto... ¿cuántos segundos hará falta, tratándose de ti? —Inquirió a la vez que la comisura de sus labios se retorcían en una sonrisa digna del más villano entre los villanos—. Dices que no te importa qué haga contigo. ¿Cuánto tiempo sostendrás esa convicción? Antes de quebrarla. Antes de minimizarte. Antes de doblegarte. ¿Un minuto? ¿Un año? ¿Un segundo? Tanto da. El resultado será el mismo: tu sumisión.
Bostecé.
—Un relato delicioso. Muy prometedor. Pero te has saltado la parte en la que yo me resisto a tu repugnante influencia, ¿recuerdas?
—¿Resistirte? —Se asombró Cronos—. ¿Tú? No, no lo creo. No me parece que vayas a hacerlo.
—Ah, sí —dije—. La tan prometida tortura. Casi lo olvidaba. ¿Qué? ¿Piensas someterme a base de golpes, tirones de pelo y arañazos?
—¿Tirones de pelo y arañazos? —Cronos frunció el entrecejo—. ¿Crees acaso que va a ser una pelea de chicas o algo así?
—Emm... —no sé que me sorprendió más. Que aquella cosa tuviera ceño que fruncir o que el titán supiera el estilo estándar de peleas de las chicas. Muchas correrías por la tierra había tenido que vivir para conocer eso—. ¿No?
—Ahora es cuando yo te digo a ti: ¡déjate de sandeces!
Con dos dedos, uno de piel oscura y otro de piel clara, Cronos hizo una seña al mestizo renegado que me había importunado, situado a un lado. El semidiós se estremeció al ver la mirada del titán puesta en él e inmediatamente se precipitó tras la puerta que hasta entonces había estado custodiando. Pude oír susurrar instrucciones apremiantes, y luego el golpeteo de unos pies corriendo sobre tablas de madera y, más allá, ruido de puertas abriendo y cerrándose.
«Genial, Luke, respira. Si hay puertas es que estás en la Tierra. Al menos tu culo no ha ido a parar al Tártaro... aún».
Cronos regresó a su pausada postura mientras yo permanecía apretujado contra la pared. A pesar de la frialdad y el aura oscura que lo rodeaba, la socarrona sonrisa que bailoteaba en sus labios evidenciaba el placer que sentía ante la sorpresa que me había preparado.
Cuando aparecieron media docena de monstruos, todos llevando a rastras un cuerpo menudo, creí empezar a comprender que era lo que complacía tanto a Cronos. ¿Iba a hacerme pelear cuerpo a cuerpo contra ellos? Fruncí el ceño.
—Tú y los tuyos no habéis dejado monstruo sobre la Tierra más que esa veintena que te trajo hasta aquí —escupió el titán, malinterpretando mi gesto—. Muchos quedaron atrapados en ese pozo infernal que habéis creado allá, en vuestro camping. Y los que no, siguen regenerándose en el Tártaro, demasiado débiles como para que me sirvan de algo.
—Te diría que lo siento pero, no nos engañemos —suspiré—. Tú y yo sabemos que no lo lamento en lo más mínimo.
—Lo harás, Castellan, lo harás.
—Ya estamos otra vez —solté—. Amenazas, amenazas, pero no te veo hacer nada. Sólo hablar y discursar y gastar saliva para hablar... si es que eso que tienes por cuerpo es lo bastante humano como para segregar saliva al hablar, claro, porque esa es otra.
Cronos sostuvo mi mirada, el rostro inexpugnable.
—Adelante. Averigüémoslo.
—¿Si tienes o no saliva? —Me estremecí de horror—. No, gracias. Sea cual sea la respuesta me fío ciegamente de lo que digas.
—No, Castellan. Averigüemos si realmente no tengo nada con que chantajearte. —Ladeó la cabeza—. ¿Nada preciado? ¿Importante? ¿Viejo pero querido?
Abrí y cerré la boca. No podía referirse a… no. a ella no. Había visto cosas terribles, sí, y Cronos me había prometido una tortura, pero tortura relacionada con Thalía o con Annabeth. Nada había dicho sobre mi otro nexo. Mi otro talón de Aquiles. En la ausencia de su nombre en tantas y tantas amenazas, había querido creer y dar por hecho que ella estaría a salvo. Que, contra todo pronóstico el titán la dejaría en paz o, mejor aún, que los dioses se encargarían de ella, al ser oráculo.
Delante tenía la prueba de mi garrafal confusión, aunque mi mente continuaba negándose a admitir aquella posibilidad. Aquella broma horrorosa. La ira me envalentonó.
—No te atrevas —advertí entre dientes—. A ella no. A ella no. déjala en paz.
—Demasiado tarde —se carcajeó Cronos—. Ya me he atrevido. Míralo. Compruébalo por ti mismo.
Aparté los ojos de los oscuros e insondables, propios de pesadilla de Cronos, dos túneles gemelos sin fin, agujeros que pronosticaban caída eterna, sin nunca pisar fondo. Él esperaba ver pánico en los míos, yo no soportaba por más tiempo su silenciosa y aguijoneante burla.
Mis ojos regresaron a los secuaces matones del titán. Y no tardaron en abrirse, atónitos, al ver a quien arrastraban consigo aquellos vástagos sobrevivientes. Una vez más, el tiempo avanzó a capricho de su señor: denso. Viscoso. Lento. El terror salió en una exhalación horrorizada de mi boca.
—May.
Ella me dirigió una mirada desencajada que recibí con idéntico pavor.
—¿Qué pretendes? —preguntó mi madre en una lucidez jamás mostrada en años.
—Mi intención —explicó Cronos con toda la calma del mundo—, es que tú, buena mujer, le muestres a este joven rebelde qué es la tortura. Tú pagarás el precio de su traición, uno de tantos precios, al menos. Como su madre que eres, te corresponde.
Cuando Cronos la agarró del brazo, salífinalmente de mi horrorizada parálisis. Al ver a May con el rostro enrojecido y amoratado, grité y me abalancé al frente para recuperarla. Pero Cronos hizo un gesto lánguido y algo me aplastó, manteniéndome donde estaba.
—¡Suéltala, suéltala! —chillé. El odio comenzaba a burbujear en mis venas. Odio y una impotencia a la que no estaba dispuesto a claudicar—. ¡Suéltala!
—¿Por qué te exaltas? —cuestionó Cronos, fingiéndose sorprendido—. Tenía entendido que todos tus seres queridos estaban a salvo, fuera de mi alcance. Esta... mujer —le pegó tal sacudida que la cabeza de May se bamboleó, y temí que acabara descoyuntada—, no es más que una anciana decrépita. Loca y debilucha a la que, quieras que no, con mi intervención o no, le queda poco tiempo de vida. ¿Qué tiene de especial?
—Suéltala —demandé—, suéltala, Cronos, o mi traición será lo peor que te haré en cualquiera de mis vidas —amenacé, tratando de mantenerme fuerte, no flaquear—. Lo juro por el Estigio.
—¿Amenazas a la persona que tiene a tu madre asida de la garganta? —exclamó con voz burlona, peligrosa, siseante y con una amenaza nada velada—. ¿Dónde se fue tu astucia? ¿Tu agilidad mental?
—Suéltala...
—¿O qué? ¿Me matarás, Castellan?
—Maldito seas mil veces —escupí—. Eres más monstruo que el más vil y taimado de tus vástagos. Quieres que te ruegue —comprendí—. Está bien. Lo haré.
—¿De veras?A ver. ¿Arrodíllate? —Sin pensar, me dejé caer sobre las rodillas, libre de la extraña fuerza que me había estado aplastando contra la pared—. Ahora arrástrate hasta mí. —Así lo hice. Por humillante que fuera, estaba dispuesto a rebajarme cuanto fuera necesario con tal de salvarle la vida a mi madre.
—Bésame los pies. —Titubeé—. Bésame los pies, Castellan, ahora, antes de que me dé por abrirla en canal.
La sonrisa de Cronos había desaparecido. En su voz se asomaba una advertencia afilada y amenazante como una esquirla de cristal. Mientras clavaba la mirada en mí, arrodillado ante él, el titán frunció el ceño de un modo que me hizo tragar saliva. Finalmente, lo hice. Le besé el repulgo de la túnica, la punta de los pies.
—Suéltala —sollocé más que rogué—. Ya me has humillado lo suficiente. He hecho lo que pedías. Suéltala.
—No recuerdo haberte dicho «arrodíllate, arrástrate, bésame los pies y la soltaré» —ladeó la cabeza, victorioso—, ¿o sí?
Me quedé paralizado a sus pies, incapaz de pensar, incapaz de encontrar réplica a sus palabras. Tan sólo me quedaba rogar y seguir rogando.
—Por favor. Por favor.
—Te diría que lo voy a hacer. Pero eso sería mentir —dijo Cronos por encima de los estertores de May, de los míos propios—. Te diría que lo siento. Pero también sería mentir. Al igual que tú, no lo lamento en lo más mínimo.
No pude detener el sudor frío que como lágrimas escarchadas descendió por mi rostro. Temiendo hacer un gesto, temiendo lo que podría venir a continuación, pregunté finalmente:
—¿Qué quieres de ella?
—¿De ella? Nada —bufó—. Salvo su dolor físico, sus gritos, sus aullidos, claro. —Los ojos de Cronos se anclaron en los míos, asegurándose de que entendía hasta la última de sus palabras lapidadoras—. Hay varios tipos de tortura. Hoy, aquí, ahora, viviremos dos: la suya, física, y la tuya, emocional. Eso es lo que busco en realidad. Tu dolor. Tú tortura. No temas, Castellan. Tu madre estará muy cerca; podrás verla. Y oírla. Oh. Podrás asistir con todos tus sentidos cómo se la tortura, para asegurarme que comprendes que no escatimaré a la hora de hacerte pagar lo que me hiciste.
—Esto no funcionará, Cronos. No lamentaré jamás el haberte traicionado. Sé que me castigarás igualmente, con lamentación o no por mi parte, así que desde ya te digo que no funcionará. No acabaré rogándote disculpas.
—Fíjate. Tan sólo me ha hecho falta la visión de tu madre para que te postres ante mí y te humilles —el titán enarcó una ceja partida por tres líneas—. ¿Cuánto tiempo crees que me costará volver a lograrlo?
Mi rostro se demudó; la rebeldía con la que hasta entonces había contestado a Cronos se trucó, convertida en auténtico pánico.
—Puedes torturarme sólo durante un tiempo —intervino May sin previo aviso, palabras entendibles entre muecas de dolor—. Sólo durante días. Lo bueno de la carne es que al final acaba consumiéndose. Las personas, en especial los viejos y decrépitos como yo —que las palabras de Cronos salieran repetidas de los labios de mi madre fue otra puñalada—, no pueden sobrevivir indefinidamente. Eres el señor del tiempo. No el señor de la vida, mucho menos de la muerte. Ese dominio es de Hades, uno de los hijos contra el que echas peste.
Oscuros Ojos sin cuencas retuvieron la luz para luego despedir destellos tenebrosos al parpadear y girar la cabeza a un lado.
—Eres valiente con las palabras, vieja, tienes un alma envejecida y un corazón débil. Pero tienes fuerza de voluntad, la suficiente para resistir, no por ti, sino por tu hijo. De ahí sacaré provecho.
—Moriré. No puedes hacer milagros. Tengo el corazón viejo, cansado de su toc toc. Y el día en que muera mi hijo quedará libre de tu influjo, si es que no lo hace antes.
Mi alma clamó por alzarse, correr, ir hasta ella y abrazarla, hundir el rostro en su pecho y dejarme consolar a la manera de un niño pequeño que acude a su madre tras una pesadilla. Fue tal el anhelo que me embargó que parecía que la gravedad se hubiera desgarrado así misma, fuerza pequeña de una aún más grande, y me impeliera hacia ahí.
Hacia sus brazos.
Hacia su calor.
Hacia su mente loca y materna.
Pero mi corazón fue la única parte de mi cuerpo que se movió. Aleteos furiosos en una caja torácica ensangrentada en carne viva. Mis brazos continuaron laxos a mis costados, sin fuerza para moverse. Mis pies clavados en el suelo, arrodillados, fríos, insensibles.
—No puedo hacer que esquives la muerte, vieja. Eso es cierto. Pero puedo hacer que tu encuentro con ella tarde lo máximo posible. Y en caso de que tú mueras —sus ojos destellaron llenos de malevolencia, igual que los de una bruja de Disney en plena maldición—, repito, existen mil formas y más de tortura. Tú sólo eres una de ellas, no la única.
—¿Qué pretendes? —Jadeó May—. ¿Hacer gala de poder? No es necesario que tengas a mi hijo aquí, contigo. Haz conmigo lo que te plazca, pero a él déjalo en paz.
—¡Cuánta entrega! ¡Qué gran derroche de amor maternal! ¿Pero, sabes? Él es quien más me interesa de los dos, vieja, no tú —explicó con tenebrosa paciencia Cronos—. Sois un pack en realidad. Os enseñaré a ambos qué significa el dolor —repuso el titán, nuevamente con una mueca ruin en los labios—. Te enseñaré que tu vida ya no te pertenece, Castellan, que es mía y que puedo hacer con ella lo que me plazca. Cualquier cosa. Puedo hacerte daño en la forma que elija, durante tanto tiempo como guste, y nadie va a ayudarte, nadie va a ayudar a tu madre. Ni siquiera tus gritos. Voy a enseñarte que solamente yo puedo concederte un instante sin dolor. Vas a aprender a obedecerme, en todo, sin preguntas ni vacilaciones. Vas a aprender a suplicar por una miseria y me darás las gracias si acaso esta te es concedida.
—No sucumbirá —afirmó mi madre. A duras penas, giró el rostro hacia mí y exclamó—: ¡no, Luke, no te dejes convencer! Pase lo que pase... lucha.
—Luch… lucharé —tragué saliva. Tenía los ojos anegados en lágrimas.
—¿Estás seguro? —preguntó Cronos. Dulcemente. Demasiado dulcemente; miel encubriendo veneno, dulzura enmascarando algo letal—. ¿Completamente seguro? —Y entonces, con parsimonia, sin apartar en ningún momento los ojos de los míos, se arrodilló para tomar entre las manos el rostro envejecido y cano de May, que yacía tirada de hinojos a sus pies.
Lo acarició. Un gesto carente de dulzura, de afecto, más bien plagado de lascivia, malicia, promesa de asesinato. Asió una de las manos desfallecidas de May y se lo llevó a los labios a la vieja usanza de la caballerosidad. Al depositar el beso sobre el dorso de la mano sus labios se retiraron, dejando a la luz sus dientes y, en aquel instante, habría jurado por todas las corrientes del Estigio que tenía los dientes afilados.
Una expresión salvaje, cruel y taimada cincelaba sus facciones, expuestas totalmente hacia mí; era un depredador levantando la cabeza de su presa recién cazada para ir a advertir a cualquier otro animal que pretendiera arrebatarle el botín de que, si daba un paso adelante, aquella sería su última acción en la vida.
—Yo creo que al final sí sucumbirás, Castellan —susurró, consciente de mi horrorizada mirada—. Porque de lo contrario será tu madre quien pague las consecuencias. Quien pague el precio. De hecho, ¿querías una prueba, no es así? Querías que me dejara de palabras...
De pronto, apareció un guante reforzado de metal, bien ajustado a su mano derecha. Veloz, bajó ese mismo brazo y golpeó a May en la boca con el dorso de la mano.
Por toda la estancia sonó el ruido de unos dientes partiéndose. El cuerpo de mi madre se balanceó, sus ojos se llenaron de lágrimas, bajo la barbilla se agolpó un pequeño manantial de sangre, aunque ella no emitió sonido alguno.
—Me lo vas a poner difícil, ¿verdad? —le espetó Cronos, lanzándola una mirada evaluativa. Pero entonces dulcificó el gesto y esbozó de nuevo una suave sonrisa que se reflejó turbia y maliciosa en la oquedad negra que eran sus ojos—. Claro que no me quejo. Tengo todo el tiempo del mundo, toda la cuenta atrás de tu mortalidad, y no niego que me encanten los retos.
Pero a continuación hundió el puño enguantelado en su estómago y May rodó por el suelo, luchando por refrenar los chillidos de dolor; en su lugar los emití yo, anclado al suelo, arrodillado, odiando al titán más que nunca.
—No te claves tanto las uñas en las palmas, Castellan —aconsejó Cronos con una inicua sonrisa—. No es bueno para las manos de un guerrero. Además, aún queda muchos golpes por llegar, acabarás con la piel en carne viva. ¡Levántate! —le ordenó a la mujer que se retorcía a sus pies.
Separé los dedos que se habían cerrado en puños y dejé caer la mano al costado. Sentía cómo la sangre palpitaba en mi sien, veía cómo goteaba así mismo del mentón de mi madre mientras se ponía de pie a duras penas. Cronos me miraba, satisfecho. Inesperadamente, se inclinó hacia ella y le lamió parte de la sangre, sonriendo perverso al notar el sabor.
Aquello pareció excitarle, pues se apretó contra ella, aunque esta vez la chupó el labio y le mordió con saña, sorbió con fuerza y se lo retorció entre los dientes, ahondando en el corte.
Vi a mi madre cerrar los ojos, apretar los puños con fuerza y soportar el tormento entre evidentes temblores mientras Cronos se inclinaba más y más e invadía su boca, mancillaba sus labios y hurgaba lascivo en la herida que él mismo le había causado.
—¡Basta! —Exclamé, incapaz de soportar por más tiempo aquella horrible visión—. ¡Basta, basta!
Los ojos de Cronos me buscaron. Fríos, temibles, asesinos.
—¿Y las palabritas mágicas son?
Hice una profunda inspiración y traté de que mi voz sonara firme para añadir:
—Por favor.
—Eso es —me alabó el monstruo que tenía delante—. Ahora repite la petición como es debido. Y más vale que esta vez mantengas el tono a raya.
Rabia y odio hacían que mi cuerpo temblara sin control. Las palabras salieron suaves de mi boca, mas mis ojos mandaban un mensaje de venganza, venganza pasada a muerte y exterminio.
—Basta. Déjala. Por favor.
Cronos se tomó su tiempo para apartarse, y cuando lo hizo fue lamiéndose los labios donde aún persistía la macabra sonrisa.
—Esto no ha sido más que un aviso —declaró, soltando a May y empujándola a un lado como si no fuera más que un fardo; ella cayó desmadejada en el suelo pero pronto se incorporó hasta quedar a cuatro patas, la respiración errática—. Pronto te darás cuenta que aquí tus impulsos o tu determinación juegan en tu contra. Conmigo mantén el genio al mínimo, Castellan. ¿Entendido?
—Sí —escupí.
—Tienes mucho carácter. Me encanta quebrar a quienes poseen tanto carácter. —De pronto su expresión se ensombreció—. Pero me gusta aún más que me respondan con el debido respeto.
—El respeto se da a quienes no lo exigen, a quienes se lo ganan. Al resto sólo le queda rogar, pedir limosna.
Caí de rodillas cuando la figura que era Cronos se plantó ante mi cara, desplazándose veloz como una sombra, y su mano enguantada fue a parar a puñetazo limpio en mi estómago.
—Que sea el último comentario frívolo que oigo de tus labios. —Me asestó un bofetón en la cara con la mano no enfundada. Tenía la mano helada, y la mirada que me dedicó fue aún más helada—. Que sea tu último comentario irrespetuoso.
El doloroso golpe fue como si el pasado cayera violentamente sobre mí otra vez, como si todo lo bueno que hubiera vivido los últimos meses hubieran sido simples productos de mis sueños y de nuevo volviera a despertar a la pesadilla de la vida a servicio del tártaro. Volvía a estar totalmente solo, sin Thalía, sin Annabeth, sin familia a la que confiarme... volvía a estar indefenso ante la invasión y el dominio del titán, sin un amigo en el mundo, pues a todos los había apartado de mi lado.
—Que sea tu último comentario impertinente —Siseó. Me propinó otro puñetazo, este en el pecho, vaciándome de aire todos los pulmones.
Sentía cómo todos los nervios de mi cuerpo me ardían con un dolor agudísimo y abrasador. No supe cuánto tiempo estuvo Cronos rociando golpes sobre mí, pero cuando logré alzar la cabeza y mirarlo de frente, los chillidos de mi madre porque el titán me dejara en paz resonaban en las paredes de piedra.
—Es increíble —me obligué a balbucear, una mirada asesina en los ojos y una sonrisa incitadora en los labios—, lo humano de tu rencor. Das risa. Risa y asco. —Escupí a sus pies. El mero acto de respirar me producía un dolor muy agudo.
—¿Ah sí? —Me preparé para recibir más lluvia de golpes, pero Cronos se detuvo, de pronto—. No —dijo—, no. Esto es lo que quieres. Enfurecerme lo suficiente como para que desee descargar mi ira sobre ti y no sobre tu madre.
Me dio tal empellón que salí disparado por los aires, chocando contra la pared con un sonido terrible que auguraba costillas rotas, como mínimo.
—Veamos qué dices a esto.
En un visto y no visto se acercó a May mientras yo pugnaba por recuperar la vertical. Con un gruñido furioso, agarró a mi madre por los cabellos y la puso en pie. Después le asestó un golpe que la envió rodando por el suelo y dejando hilillos de sangre sobre el suelo tras ella. Los largos y huesudos y bicolores dedos asieron de nuevo a la mujer por el pelo y volvieron a ponerla en pie, aunque no tardaron en arrojarla contra la pared.
Horrorizado, pude ver cómo los brazos de May colgaban inertes y ésta no hacía ningún gesto para defenderse mientras el titán la golpeaba una y otra vez. Manaba sangre de la nariz de mi madre, de su boca, y la roja sustancia salpicaba la pared; el suelo ya estaba embadurnado a esas alturas. Una pechera de sangre resaltaba sobre el blanco del vestido de May.
Después le introdujo la mano enguantada en la boca, haciéndola caer al suelo de espaldas, despatarrada, entre sonidos de dolor y asfixia.
—¡Déjala! —aullé, indiferente al mal estado de mi garganta.
—¿Vas a dirigirte a mí con respeto?
Mi madre se ahogaba y jadeaba con la cabeza pegada al suelo, moviéndola de un lado a otro para tratar de desprenderse de la garra del titán, pero lo único que conseguía era ponerse cada vez más morada, y que el puño se deslizara más y más garganta adentro.
—Sí.
—¿Sí qué?
Una nube de desesperanza se abatió sobre mí, amenazando con sofocarme. Ver a mi madre luchando a pesar de ser ella quien se estuviera ahogando, me dio alas para retirar la idea.
—Sí, mi señor.
—Bien, muy bien. —La mueca que hendía los labios babosos del titán se hizo más amplia. Sus ojos eran acero forjado de oscuridad—. ¿Lo ves? No será tan difícil doblegarte como madre e hijo creéis. Pronto serás mi mascota, y aprenderás a saltar. Aprenderás a obedecer todo lo que a mí se me antoje ordenarte, Castellan, y lo harás sin rechistar. Sin más rebeldías.
Se deshizo de May y se enderezó, reorganizando el desorden que eran sus prendas.
—El gran y legendario y poderoso Luke Castellan. —Sacudió la cabeza—. Pensar que algunos te tienen por héroe. Eres un blandengue patético, al que el mero llanto de una anciana lo deja sin valor, sin coraje. —Suspiró, fingiéndose decepcionado—. Debo decir que tu reputación no hace ni sombra de justicia a la realidad de tu temple.
—Esa a la que llamas anciana —escupí—, es mi madre. Bastardo.
Cronos se estremeció de placer.
—Bastardo… —paladeó—. ¿Te gustaría que me acercara a ella —interrogó con el suave y dulce tono de una amenaza implacable—, para que le veas la cara mientras la torturo para ti?
—No. Por supuesto que no —dije, pero ya cronos volvía a estar agachado sobre su cabeza.
—Entonces no vuelvas a insultarme. Y si tengo que repetírtelo dos veces, no habrá aviso: la cortaré en trocitos; una extremidad por día. Sólo miembros poco importantes, claro; para que así sobreviva. Y si me cansa la herviré o dejaré que los monstruos vean un bufé de barra libre en su cuerpo.
—Es mi madre —sollocé—, una mortal. No tiene que ver contigo.
—Ah. ¿Y acaso no era también tu madre cuando estabas de mi bando y hacías todas esas... cosas que los débiles de espíritu tachan de atrocidad?
—«Estaba» es la palabra clave —escupí con indignación.
—Ah. Pero. ¿Dónde estaba tu sentido de hijo protector en ese entonces? ¿Dónde se metió tu deber para quien te trajo al mundo? —había inflexión gélida en sus dilapidoras palabras. Ladeóla cabeza—. ¿Acaso intentas restaurar ese abandono entregándote aquí, hoy, por ella?
Le dirigí una mirada de odio, a él, a su sonrisa complacida, a la petulante seguridad que veía en sus ojos.
—¿Y tú? —contraataqué—. ¿Intentas recuperar el tiempo perdido que estuviste sin mí? ¿Conquistarme, acaso? Déjame decirte que este no es el camino correcto.
—Nunca te has preocupado por lo que me pudiera pasar después de asesinarte, ¿Verdad? Aunque siempre has sabido lo mucho que necesitaba de tu cuerpo. Lo mucho que necesitaba de tu espada y cerebro para usarlos cual soldados.
—Lo malo de una bestia es que al final recuerda que es salvaje, aunque se la crea amansada —comenté—. El cerebro es igual. Espada o no, no está hecha de metal ni está forjada de calor y material. Al final acaba pensando por su cuenta. Al final acabé salvándome a mí mismo.
—¿Salvándote? —Bramó Cronos—. ¿De qué? bien agradecido que estabas cuando te convertí en imbatible, indestructible. ¿Verdad? ¡Verdad! Y eso no tuvo nada que ver con mi influjo. Tú querías cientos de batallas que ganar, mares de sangre olímpica que derramar, vida que vengar. Te proporcioné todo eso y más, Castellan. A cambio íbamos a ser un sólo ser: poderoso, invencible, temible. ¡Tú y yo! Íbamos a estar juntos por toda mi eternidad.
Hice una mueca de repulsión.
—¿Según quién?
—¡Según yo! —el eco de su rugido volvió a resonar y a rebotar violentamente contra techo y paredes. Me retiré un paso mientras me tapaba los oídos—. Te dejé beber de mi esencia, para hacerte más fuerte. Te guardé del veneno del Estigio. Te lo di todo. ¿Para qué? ¡Para que tú me salieras con esa traición a últimas de cambio!
—Oh, basta de gimoteos —espanté—. Pareces una mujer despechada reclamándole infidelidad a su marido. —Creí que iba a morir ahí mismo, achicharrado y descuartizado bajo la mirada enloquecida e indignada del titán—. Fue un pacto lo que hicimos, a ver si te enteras de una vez, Señor de la Nada. Un pacto. Nada más. Y como tal, yo te usé… y tú me usaste. Como todos los pactos del mundo, este tenía que llegar a su fin, nada más. Y el fin llegó cuando fui plena y verdaderamente consciente de tus planes; cuando quisiste gobernarme a tu antojo.
—Entonces haremos nuevo pacto —declaró, sombrío—. Uno en el que entre tu madre de rebote. Uno en el que tanto tú como ella seréis piezas de mi tablero. ¿Qué te parece?
—Sin ánimo de ofender, pero eso no sería pacto. Sería trampa.
—Trampa. Ah. Justo lo que me tendiste. —Susurró Cronos.
—Ya estamos otra vez… —susurré a mi vez.
—¿Quieres que siga entonces, Castellan?
—No. bien sabes que no —suspiré; adopté un tono abatido. ¿Cómo mostrar respeto a un ser semejante?—. Por favor, mi señor. No la hagáis daño. Me rindo. Me rindo. Usted gana.
—Eso es lo que quería escuchar —replicó el titán con una amplia sonrisa siniestra; sus labios rozaban la oreja de May con la proximidad descarada que habría entre dos amantes—, aunque de corazón. La próxima vez quiero que me lo supliques de corazón.
Volvió a abatirse sobre mi madre y empezó a demostrarle el arte, a su juicio, de cómo torturar. Clases magistrales que daba con deleite, humano y ciego deleite. Sabía que May soportaría lo que tuviera que soportar, durante todo el tiempo que fuese necesario, renunciando a su dignidad. Haría lo que creía que podía hacer por mí, a pesar de que yo no lo habría preferido para ella.
No supe cuánto tiempo duró la tortura. La mayor parte del tiempo no podía oír más que los gruñidos que soltaba mi madre a cada laceración, y percibir su dolor tragado como si fuese algo vivo, un roedor mordisqueándome la piel. Sólo fui consciente de que, a partir de un determinado momento, estaba dispuesto a hacer cualquier cosa que Cronos me pidiera, y de verdad, realmente lo que fuera, para que dejara de hacerle daño.
Cada vez que mi madre gritaba, sentía como si me clavaran una daga, y cada vez era yo quien aullaba su dolor, yo quien se retorcía y enloquecía por los golpes. Yo quien lloraba, de impotencia, y maldecía a titanes y a los dioses.
A veces, Cronos se quedaba de pie frente a mí, contemplando cómo jadeaba y lloraba de rabia, de impotencia, de dolor. Otras, muchas, se apretaba contra May desde la espalda, metiéndole su serpentina lengua en la oreja, abrazándole a la altura de los pechos con mucha fuerza y abriéndole nuevas heridas en las zonas que la ropa rasgada dejaba a descubierto.
Las horas se fueron sucediendo y todo continuó igual. Era como sentarse a contemplar un espectáculo lento, macabro, terrible del que no podrías levantarte e irte en un intervalo, sino aguardar al siguiente escenario, y al siguiente y al siguiente y al siguiente, con la garantía de que el siguiente acto iba a ser peor. Toda noción de tiempo se perdió junto con el ignorar dónde se hallaba aquel recóndito lugar de tortura.
Ni siquiera podía arrastrarme hasta ella. Sólo con mover un músculo una descarga de dolor me paralizaba en el sitio, y entonces Cronos redoblaba sus golpes sobre mi madre, sabedor de que eso me desesperaría más y que, por tanto, trataría de llegar hasta ella, y que, al moverme, más descargas de dolor me lloverían.
Cronos no había mentido: parecía que no dejaba de fascinarle, de divertirle y de causarle satisfacción nuestro sufrimiento a dos bandos. Y el saber que el titán ni siquiera había empezado a desplegar de verdad todo su repertorio de tortura lo hacía aún peor, pues no era más que las primeras torturas de muchas más por llegar.
Para Cronos, la muerte era la última de las alternativas. Al matar, uno simplemente estaba muerto, incapaz de sufrir, pero si por el contrario les infringía dolor, entonces se aseguraba de que llegara a desear la muerte, que el fin fuera deseado, que, en este caso, yo quisiera que la muerte viniera a buscarme, deseo al que él podría decir rotundamente no. Contemplar mi tormento era todo cuanto deseaba; asegurarse de mi sufrimiento era su modo de asegurarse también de mi arrepentimiento por haberlo traicionado.
Después de lo que me pareció una atroz eternidad, Cronos volvió a incorporarse, anunciando:
—Oh, basta de gimoteos. Por hoy hemos acabado. ¡Alegrad esas caras, madre, hijo! Mañana más. Por ahora disfrutad de un descanso y del silencio mientras podáis, dulces Castellan. Por mi parte, me voy a cazar moscas más suculentas —entonó sus palabras como una canción—. Moscas molestas, moscas mestizas —una sonrisa mezclada con un gruñido, y la bestia primitiva e inhumana que habitaba bajo aquel envoltorio de pérfida nigromancia volvió a asomarse… y luego desapareció. Retornó su aspecto contrahecho y monstruoso aunque inequívocamente humano.
—¿Nos vas a dejar durmiendo aquí, a los dos? ¿No temes que urdamos algo?
Con una mueca de desprecio, se apartó de May.
—En absoluto.
—¿Y la luz?
—¿Dejarla aquí? ¿La luz? ¿Para vosotros? —se volvió hacia mí con una sonrisa condescendiente—. De eso nada. Ahora sois criaturas de la noche. No necesitáis ninguna iluminación. Eso de la luz era un préstamo para que no te perdieras detalle alguno de lo que iba a hacerle a tu queridísima madre. Sólo habrá luz cuando yo esté delante; a ver si así aprendes a asociarla conmigo. Mientras yo no esté, la luz… bueno, será un privilegio que tendrás que ganarte.
La figura que era el titán giró sobre sus talones y se marchó, llevándose la escasa luz consigo. Observé en silencio cómo la puerta se cerraba, cómo el contacto del mundo al que quería volver se empequeñecía a medida que la abertura iba reduciéndose.
Me quedé de pie en la total oscuridad, temblando. Al cabo de un rato, me forcé a controlar los estremecimientos y me arrimé despacio a la pared y reseguí la curva que esta hacía, buscando dar con May.
—¿Luke? —su voz llegaba desde la derecha. Sonaba débil y preocupada—. Tienes que irte de aquí. Enseguida.
Emití una risa amarga mientras giraba el cuerpo hacia la procedencia de su voz.
—¿No crees que lo habría hecho de haber podido? No tengo esa opción. A menos que de pronto se abra un portal y… —me detuve en seco, anonadado por la impresión. ¡Maldición, maldición! ¿Cómo no lo había pensado antes?
«¿Cómo os esfumabais en medio de la batalla?» recordé que me había dicho una de las bestias que me habían secuestrado, al yo decirle que no podía escaparme, pues no tenía ni idea de dónde estaba. «¿Esa puerta suspendida en el aire que aparecía y desaparecía a capricho de tu bando?» me había acusado una de esas voces guturales.
¡El alma! ¡El alma de Limbhad! ¡Pues claro!
—¿Luke? ¿Sigues ahí?
—Acabo de caer en la cuenta —intenté refrenar el entusiasmo de mi voz—, de lo tonto que he sido. Sí que hay una manera de escapar, de salir de aquí.
Moví la mano y de pronto topé con mi madre. Primero una pierna, después sus brazos. Con cuidado de no rozar sus magulladuras más de lo estrictamente necesario, me arrastré por el suelo hasta estar a la altura de sus hombros e, ignorando sus protestas, acuné su cabeza en mi regazo.
—¿Te refieres a ese método que usabais para desplazaros de campo de batalla en campo de batalla?
—Sí —la abracé con fuerza—. Si no te he podido ir a ver las últimas semanas es por eso.
—Lo sé —tosió trabajosamente; al instante la incorporé a medias, imaginándome coágulos de sangre saliendo de su boca y... no, no, mejor no seguir por ese camino—. Me lo dijiste en tu última visita, ¿recuerdas?
Era verdad. Había intentado ir a verla cada dos semanas, como mínimo, después de la primera vez, algo que no había resultado muy fácil, teniendo en cuenta que aún seguía siendo Lucy y Lucy no tenía mucho que ir a ver a casa de May Castellan, por más que ahí estuviera Thalía para cubrirme las espaldas con falsas excusas. Había tomado por costumbre contarle mis idas y venidas, una postura muy distinta de la mantenida antaño, cuando me callaba todo y ni siquiera la llamaba.
Le había hablado de la inminente batalla, de Limbhad, de la profecía de Rachel... de todo. Y había sido en esa última visita cuando me había devuelto el anillo de Hermes, arguyendo que, si iba a ir a la guerra, prefería que lo llevara conmigo.
—¿Y si la hay —balbuceó May, tocando suave los brazos que la rodeaban—, qué haces que no lo estás intentando?
—¿No pretenderás que te deje aquí sola, verdad? —me escandalicé—. Tú te vienes conmigo. A Limbhad.
—Creía —más tos, más sonido burbujeante—, creía que el Alma sólo desplaza a otras almas que ya haya conocido antes.
—¡Demonios! —mascullé —. ¡Joder! Tienes razón, mamá. No había pensado en ello.
—¡Esa boca, jovencito! —me reprendió. Parpadeé. Nadie diría que estábamos en el culo del mundo, en plena oscuridad absoluta. Sacudí la cabeza. Una madre siempre se sacaba fuerzas de donde fuera para reprender, al parecer—. No hay nada sencillo —continuó diciendo—, ni elección sencilla. Tienes que irte de aquí.
—¿Quedarme contigo o ir y dejarte? —musité—. ¿Es eso lo que me estás diciendo? ¿Es esa elección la que dices que debo tomar? ¡De eso nada! Ni lo pienses siquiera, ¿vale? te lo prohíbo.
Sus dedos subieron por mi rostro, palpándolos, deleitándose en la sensación de tenerme cerca, junto a ella, abrazado a sus hombros.
—Un niño siempre debe obedecer a su madre. Es un mandamiento no escrito.
—También debe quedarse y salvarla. Otro mandamiento aún mayor. —Hice un mohín—. Y de niño nada, ¿eh? que ya crecí. Crecí y cometí errores, y por eso estamos aquí.
—Tengas la edad que tengas y cometas los errores que sean, para mí siempre serás mi niño —aseguró. Un rastro de dolor hizo que su cuerpo se convulsionara sin previo aviso—. Mi bebé. Te quiero. Así como eres. No lo olvides —repitió, cuando la sacudida cesó—, no lo olvides jamás, por favor.
—No hables así —rogué—, como si te estuvieras despidiendo. No hables así, mamá. Tú no puedes viajar con el Alma, y yo no me iré sin ti, pero eso no significa que no haya salida. Podemos hacerlo; podemos lograrlo. No te rindas, ¿vale?
Antes de que pudiera decir nada más, llamé a la guardiana espiritual de Limbhad. No me permití plantearme siquiera la posibilidad de que Cronos hubiera puesto salvaguardas mágicas que impidiesen la entrada a cualquiera que no fuera él o alguien de su confianza. No. Mejor pensar que el Alma podría traspasar toda barrera, por fuerte y mágica que fuera.
Sólo necesité cerrar los ojos, concentrarme al máximo en el deseo de que viniera a mí, en el recuerdo de la esfera rotante y multicolor a la que la tríada de Idhun nos había hecho presentarnos a todo el consejo Campista, Rachel y yo incluidos, tantas y tantas semanas atrás. Segundos después, percibí como algo exploraba mi mente, un hola de saludo proveniente de algo que no tenía boca, pero sí mucho espíritu, sí dedos que tantear y caricias mentales que dar.
—Yo también me alegro de volver a verte, Alma. ¡No sabes cuánto! ¿Te importa que te robe uno de tus pendientes? —le pedí a mi madre. Ella negó con la cabeza, brevemente, como si el simple hecho de hacer el gesto le doliera una barbaridad—. Gracias.
Me descalcé. Usando la parte aguda del pendiente a modo de lápiz, me di a la tarea de escribir sobre la suela del zapato, una tarea muy lenta y laboriosa, como demostraron los buenos minutos que tardé en terminar. La punta de mi lengua aparecía y desaparecía por una esquina de mi boca, tanta era mi concentración.
Miré críptico el breve mensaje que había logrado grabar en la tapa del calzado: «Cronos. Secuestro. Yo. May. Ayuda». Cinco palabras. Cinco palabras que comprimían tantas otras letras apremiantes. Cinco garabatos que habían terminado con la vida del pendiente, dejándolo irreconocible.
No ganaría el tweet del año, eso era un hecho, y mejores telegramas había visto la historia, pero en fin... se entendía, aunque muchas cosas se habían quedado en el tintero. Esperaba que supieran deducir que siguiendo al Alma podían dar con nosotros. Que si no mencionaba localidad es porque lo desconocía. Que era urgente su ayuda, de vida o muerte.
—Quiero que entregues esto a alguno de ellos —le dije a la presencia espiritual que era el alma, hablando como si no dudaba que pudiera llevar a cabo la tarea. Era capaz de trasladar a personas vestidas. ¿Por qué no también a sus calzados por separado?—. Quiero que se lo des a Victoria, a Jack, a Christian —a cada mención de esos tres nombres, el Alma asentía. No sabría decir cómo sabía que estaba asintiendo, pero así era. Aquello me infundió de esperanza—. Si es necesario, se lo das a alguno de los campistas. Quiero que vayas ahora. Ya. Cuanto antes. Y no vuelvas si no es con alguno de ellos como respuesta, ¡de acuerdo? —Nueva caricia en la mente, nuevo gesto que tomé por asentimiento—. Gracias.
Y la presencia se retiró de mi mente. Volví a estar nuevamente a solas con la oscuridad, con May y con el miedo de que todo fuera a fallar de un momento a otro, por toda compañía.
—¿Ves? —Le dije a mi madre—, nada está perdido. Vendrán a ayudarnos. Vendrán a ayudarnos. —¿Cuánta probabilidad había para que dieran con el sitio correcto y vinieran a tiempo? Por el bien de mi cordura y por la vida de May,, mejor que fuera bastante.
Ella no contestó. Se había quedado dormida. La arrullé con más fuerza entre mis brazos, maldiciendo a Cronos y, más aún, maldiciendo a Hermes por su falta de reacción.
—No —me dije—, no vayas por ese camino de rencor. No otra vez. Ten paciencia. Vendrá; vendrá…
Me exhorté a pensar en algo más alegre. Al instante pensé en Thalía. Ese era un pensamiento agradable que nadie, ni siquiera Cronos, me podría arrebatar. A pesar de la aflicción que sentía hacia mi madre, otra parte de mí se sintió mejor al pensar que mis amigas estaban a salvo y que tenían quien las protegiera.
Evoqué el rostro de Thalía y sonreí ante aquella imagen mental y, al instante, me recreé en el recuerdo de los besos que nos habíamos dado, los que yo le había robado, en la sensación de sentirla contra mí. Aunque ella no estuviera allí conmigo (algo que agradecía), aunque nunca volviera a verla (algo que temía), aun en la distancia la chica lograba que me sintiera bien. Confiado. Optimista. Mejor.
Lo que me ocurriera no tenía ninguna importancia; lo realmente importante era sacar a May de aquel lugar y, una vez hecho eso (no tenía ni idea de por dónde empezar, pero al menos fraguada estaba la intención) lo más importante era que tanto Thalía como Annabeth estaban a salvo, lejos del poder del titán. Ninguno del resto de mis amigos corría peligro.
—Te quiero, mamá —susurré en la oscuridad, derramando caricias en sus cabellos, escasos cabellos, sudorosos cabellos. Una vez empecé, la lista no se plegó—. Te quiero, Annabeth. Grover. Rachel. Hermes. Thalía. Te amo. Te amo. Te amo.
Y con la nana de esas últimas palabras, sucumbí ante el agotamiento.
Dormí de manera irregular, dando vueltas de un lado a otro, intentando encontrar una postura cómoda sobre la dura piedra. A lo máximo que se acercó mi mente del sueño fue a caer en una especie de letargo, pero sin llegar a hundirse en las sábanas del sueño.
De igual forma, lo último que destelló tras mis párpados no fueron los ojos azules más bonitos y eléctricos que conocía.
Cronos me aguardó en sueños. Envuelto en una oscuridad aún más asfixiante que la que primaba en la estancia donde nos habían confinado en vigilia, el titán surgió de una negrura absoluta que me hacía sentir enterrado, como si alguien me hubiera echado por encima toneladas de tierra negra y húmeda.
—Luke.
Denominar voz a ese sonido era como llamar bombilla a un rayo, mosca a un huracán, larva a un basilisco. Casi me aplastó el cerebro contra el interior de las paredes de mi propia cabeza y a punto estuvo de sumirme en un oasis de dolor. Tuve que hacer un ímprobo esfuerzo para no caer de hinojos allí mismo.
La voz de cronos, salida a saber de qué podrida tumba, llegó hasta mí, hablando de infringirme dolor, asegurando que estaba en su poder, que ahora mi alma era suya, que no sólo mi madre le pertenecía sino que también mis sueños, ahora que no estaban custodiados por entrometidos gestos de afecto de una mestiza.
Después se dejó ver. En mis sueños no apareció como el ser grotesco y repulsivo que se había mostrado estando despierto. Allí vestía un cuerpo entero, normal. Y no sólo entero y normal, también hermoso. Y no sólo hermoso, también familiar, querido. El pelo corto, oscuro; el cuerpo esbelto y femenino, con flechas atadas al cinto; los ojos azules, aunque de un azul turbio, y la boca carnosa, aunque le goteaba barro, barro rojo.
Me quedé rígido, respirando agitadamente.
—¿Thalía? —negué con la cabeza—, no, no, no cronos, no; no te atrevas a usar su rostro.
—¿Y por qué no? ¿Acaso no es este el rostro que más quieres? —inquirió el titán con una más que acertada aproximación de la voz de Thalía, sólo que esta rezumaba frialdad, maldad cuajada en escarcha y hielo, enarcando una ceja—. Te hago un regalo. Un presente.
Me pasé los dedos por los ojos como para aclararme las tinieblas que me rodeaban, pero al retirar el brazo tenía las yemas pegajosas, copiosas de sangre. Tragué la bilis que me había subido hasta la garganta.
—Muéstrate como eres o lárgate. Tortúrame, si me has traído para eso, pero ten los arrestos suficientes para intimidar con tu propio rostro.
—No temas. Ambas cosas son compatibles. Pero me temo que ni siquiera así te salvarás. He venido para torturarte. Un poquito; sólo un poquito; un poquito con el rostro de tu amiga, tu familia, la persona a la que amas. ¿Cruel, verdad? Lo sé. Por eso lo hago. Sufrirás. Ella te torturará. Defiéndete, si puedes. Aguanta con el dolor mártir de un enamorado que se niega a luchar contra su ser querido, si te place.
La propia oscuridad pareció reírse; se plegó y luego dilató, se deshilachó y los segundos se evaporaron como niebla bajo el mando del Señor del Tiempo, la noción del cuánto tiempo transcurrido, dejó de existir.
—Ya luché contra ella por ti una vez, y no volveré a repetirlo —expuse la garganta—. Clávame tu aguijón desde aquí, despelléjame de cabeza a los pies. No lo haré. No pienso alzar un arma más contra su imagen, aun cuando sé que la faz que veo no es realmente de Thalía, sino la tuya. Antes moriré.
El cerco de oscuridad de Cronos aumentó, la atmósfera me constriñó, y noté una maldad rodeándome, tan basta como lo eran todos a una los siete mares.
—No, no lo harás. No lo harás por la sencilla razón de que yo no te lo permitiré.
No tardé en quedarme helado ni en sentir un atenazante terror en la boca del estómago. Allí, en el seno de un sueño que no era tal, oyendo proferir amenaza a una voz que era ventana de un ser sin corazón, no tenía escapatoria ni razón de voluntad para ser fuerte por otro alguien.
Algo me impulsó hacia atrás, y mis pies abandonaron el suelo de aquel sueño, oscuro en concordancia con el resto de ambiente funesto. Era como si llevara una soga al cuello y alguien estuviera tirando de ella, apretándome la tráquea, abriéndome las carnes. Sin saber contra qué, choqué, y lanzando un gruñido me estrellé. El impacto me dejó sin respiración y casi me hizo perder el conocimiento. El puño invisible de Cronos me estaba asfixiando. Por mucho que tratara de fijar los ojos en algo, sólo veía manchas borrosas. Eso, y unos ojos azules eléctricos, destripándome con odio, brillando de maldad.
—Ya es hora de que te diga lo que jamás has querido oír —dijo Thalía en un gruñido, al tiempo que se aproximaba a mí, funesta, mortífera, desprecio andante—. Ya estoy harta de tus misterios, de tus mentiras, de tus triquiñuelas a intentar manipularme, llevarme a tu terreno. No pienso soportarlo más. Estoy harta de ti. Me asqueas, no quiero verte ni saber de ti. —Pugné por respirar. Cada vez que cogía aire, me quemaba al pasar a través de lo que me constreñía el cuello—. Ojalá te pudras. Y dado que para pudrirse hay que morir...
El repentino dolor fue horrible, una quemazón directa en todo el pecho, un ardor que enviaba corrientes de hormigueo y parálisis al resto de mi cuerpo. Era tal la agonía que ni fuerzas tenía para aspirar aire y gritar. Y fue a peor cuando empezaron a lloverme golpes de todas partes, garras que me hincaban las zarpas y luego se arrastraban por cada célula de mi ser, llevándose por botín mi piel.Temblaba por la angustiosa sensación que me aplastaba el pecho. Ni las lágrimas que corrían libres por mi cara fueron un consuelo a esa zona de la carne, sólo piel agonizante en sangre, sudor y llanto vivo.
«No es más que una ilusión», me dije a mí mismo, tembloroso. «Una ilusión. Nada más. Nada real. Simple imagen para asustarme».
Aunque sabía que era una ilusión, estaba funcionando. El pánico me paralizaba los párpados, el miedo se había apoderado de mi mente, el pecho ni subía ni bajaba, las uñas se me cocían cual cerámica al horno, y los dedos de los pies se me curvaban, alejados de sus articulaciones.
De pronto, Thalía se abalanzó sobre mí, carcaj en mano, y ciñó un collar de flechas punzantes y asesinas a mi garganta. Se retiró, la sed de odio y venganza le abrasaban los ojos, le retorcía la boca, y después volvió a echárseme encima al tiempo que trazaba un amplio gesto con el plateado arco. Un candente dolor me desgarró los hombros. Un grito nació y explotó en mis pulmones. Un anillo de sangre floreció alrededor de mi cuello, como el patíbulo de una orca. Noté cómo la cabeza se me desprendía del tronco y mi cuerpo decapitado caía a un lado entre brincos, rodando como una pelota tras ser chutada.
Oh, dioses. Moría, sufría, sufría y moría.
El chorro de sangre formó un mar rojo bajo mi cadáver, tiñendo de rojo todo mi campo de visión. En ese momento sólo olía sangre y sólo veía sangre. Sangre que bañó y empapó a Thalía, quien continuó de pie, sonriendo macabra, bautizándose con el derrame de mi vida.
Mi propia cabeza giró hasta colocarse de frente y mirarme con azules ojos de mirada muerta. Y el dolor se expandió, frío, implacable, despiadado.
Y Cronos se mostró, tan malformado y retorcido como antes, aliento bisbiseante y ojos forjados en insana malicia.
Se acometió de nuevo sobre mí, con una escalofriante sonrisa de satisfacción en los labios, la sangre de mi madre enguantando sus manos, mis chillidos arrullando sus oídos… y en la boca el sabor de promesas de mil torturas más por venir.