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Historia 126109 — capítulo 46
Disclaimers: Yo me tomo vacaciones, como Riordan y Laura, vaya. aunque a diferencia de ellos sólo yo tardo semanas en volver (entre otras cosas porque ellos no tienen historias que actualizar y se quedan en la playa todo cuanto quieran, de viva la virgen… sortudos).
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Vi lágrimas cuajando en las esquinas de sus ojos, amenazando con salir en un torrente que no tendría breve final. Me acerqué a ella de inmediato, pero Thalía levantó el brazo, pidiéndome espacio con ese sencillo gesto.
—No te me acerques. Sencillamente, no, no, no te me acerques. Maldita sea —susurró después; luego se dejó caer en el suelo y hundió la cara en las manos, que le temblaban visiblemente—. Maldita sea. Malditos seáis todos. ¿Quieres saber qué siento? —Asentí; aunque no pudiera ver el gesto, ella tomó mi silencio como una espera a que prosiguiera—. Nunca he estado tan asustada, tan enfadada, ni me he sentido tan manipulada. Nunca he estado tan confusa.
—Te entiendo.
—¿Sí? —no contesté. El sarcasmo que acidaba sus palabras me dejó claro que no esperaba respuesta.
Reprimí un resoplido.
—¡Estoy harta! No hacen más que observarnos —dijo, con un leve escalofrío de consternación recorriéndole la piel—. Juguetean con nosotros, mestizos, mortales, qué más les da; nos permiten hablar, dormir, vivir según su indulgencia, pero al mismo tiempo nos obligan a matar en su nombre. Nos permiten que odiemos o amemos hasta que llega un momento en que se cansan y nos atormentan con profecías y otros desaires. Para ellos, no somos más que actores de una película sin guión lineal.
La expresión en los ojos de Thalía revelaba a una persona al borde de una desolación salvaje, en los límites del control, en un lugar situado muy lejos de lo que era un ser humano. Pisaba el suelo de otro mundo: el fuego, la pura ira.
—Lo siento. —Mi propia voz sonó en mis oídos como la súplica a la muerte de todo ser que aún desea vivir, llegado su hora—. Pensaba que no decírtelo te pondría a salvo, te dejaría al margen de los dioses, con libertad para decidir por ti misma.
—Curioso modo de proteger —soltó. Hice una mueca de dolor, pero a ella no pareció importarle.
Thalía levantó la vista hacia el techo y más allá, hacia los enormes y abiertos cielos cubiertos de nubes algodonosas. La desesperación parecía haberla puesto en modo «resolución».
—Quiero verlo —dijo al cabo de un rato—. Quiero verlo cara a cara y oírlo de sus propios labios. Préstame tu libro o portal o como quieras llamarlo. Llama a Zeus. O a Hades. O a cualquiera de esos tres. Llama a Artemisa.
Estuve a punto de decirle que el libro se había quedado en Limbhad; o en el cuarto donde me habían tenido confinado. Pero eso sería mentir, y se suponía que estaba tratando de reconstruir unos cimientos más sólidos. Más sinceros. Igualmente, intenté que desistiera de la idea.
—No creo que… —comencé a decir.
Ella se giró por completo hacia mí y me lanzó la mirada más ominosa que había visto nunca en nadie. Era la máscara inconfundible de la ira. Casi pude ver cómo el aire a su alrededor crepitaba.
—Ni se te ocurra intentar convencerme de que desista o llevarme la contraria —advirtió, siseando—. No estoy por la labor de razonar, Luke. No estoy interesada en que te muestres cauto. Así que más vale que no te atrevas a decirme que no. Llamarás a esos dioses. A cuantos sea necesario. Los llamarás por mí.
—Bueno, vale, como quieras. Visto que no me dejas más opción… —abrí de par en par la entrada—. ¿Vamos a la habitación?
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CAPÍTULO 45. DEBER.
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Al salir, todo parecía estar más despejado. Aún seguía habiendo gente, grupos de mestizos aquí y allí, cuchicheando o atareados en las labores de recomposición del camping, pero el grosor de habitantes parecía haberse trasladado al interior de lashabitaciones.
El día era gris, el camping era un terreno lleno de sombras y colores apagados, y el aire insinuaba temperaturas bajas en su corriente. Tomé el brazo de Thalía y empecé a conducirla exterior adelante mientras los atareados campistas con que nos topábamos se abrían en abanico, no para formar un perímetro de protección, más bien para apartarse de la premura que anunciaban mis pasos, la tormenta que se asomaba en los ojos de Thalía.
Andaba tan ensimismado que me perdí su exclamación repentina. Tuve que rebobinar, rebuscar en la mente para extraer qué había dicho.
—¡¿Qué es eso?!
Ella frenó en seco. Al mirarla, sólo vi un centelleo en sus ojos.
—¿Qué es qué?
—Eso. —El dedo de Thalía señalaba hacia una forma viscosa que ascendía trepando hacia nosotros por el árbol más cercano. Parecía estar hecho de escamas y arenilla—. ¿Qué es?
Entrecerré los ojos y miré atentamente. Una figura amorfa, retorcida, familiar, con final puntiagudo en la cabeza. Sentí un frío gélido recorriéndome de pies a cabeza, una araña de hielo trepando por la garganta, bajando, alterándome el corazón. Me quedé petrificado. ¿Que qué era aquello?
—Algo que confiaba no tener que ver nunca.
La cosa iba directa hacia nosotros. Tal vez oliera nuestros susurros o percibiera cualquier otro indicativo. Me cargué al instante de tensión. Sus pasos rígidos adquirieron un ritmo sincopado, como si aquella cosa marchase con precisión militar.
—Vete de aquí, Thalía —dije, buscando a tientas el pomo de mi espada.
La tensión manifiesta de mi voz hizo que ella me mirara, después lo hiciera de vuelta hacia la cosa y a continuación se descolgara el arco de la espalda sin hacer preguntas.
—El enfrentamiento no ha acabado —dijo de pronto aquella cosa—. A mí aún no me habéis derrotado...
—Tú —musité a media voz. Thalía ya tenía tensada una flecha plateada en el arco. Miré en derredor; le así del brazo, por si acaso, deteniendo su tiro. A pesar de los numerosos campistas que pululaban aquí y allí, nadie parecía estar prestándonos atención. Nadie parecía recaer en la invasión de aquella criatura retorcida, en absoluto bienvenida a los parajes del campamento.
—¿Es otro escapado del Tártaro? —Preguntó con apatía Thalía—. ¿O acaso se trata de Ethan? Caray, encierra a monstruitos en un pozo, rocíales de tierra, hielo, viento y fuego y magia, y quedarás marcado de por vida. Esa gente es rencorosa, ¿eh?
—No es ningún monstruito —repuse un poco molesto mientras la criatura se ponía en marcha y se escabullía por entre las ramas del árbol—. Es algo mucho peor, me temo. Peor que Ethan, incluso. Y ahora, vamos, estamos perdiendo el tiempo —rodeé a zancadas el arbusto y desaparecí entre la niebla de hojas pendientes.
—¿Peor que Ethan y su club de Tártaro Incomprendido? —Thalía soltó un resoplido pero no tardó en adaptarse a mis pasos—. Cuesta creerlo.
—¿De verdad no puedes hacerte una idea? —Me sorprendí, sin dejar de rebuscar a la criatura en los alrededores de la floresta—. ¿No se te ocurre nadie a quien preferirías no encontrarte ni en un millón de años? ¿Alguien capaz de embutir su conciencia en otro cuerpo que no sea el suyo? ¿Alguien lo bastante cobarde como para hablar a través de otros y lo suficientemente arrogante como para pretender que eso nos paralizará o algo?
—Pues sí —contestó siguiéndome entre los árboles, y oí cómo la cuerda de su arco se tensaba aún más a mis espaldas—, pero sencillamente no puede ser. Tenemos protección contra los titanes. ¿Recuerdas?
—Protecciones mermadas tras la guerra contra el ejército de esos mismos titanes, ¿recuerdas? —imité su tonillo petulante.
Me detuve, sopesando los alrededores.
—¿Ves algo? —Thalía se apretujó a mis espaldas, guardándose una flecha de reserva en la manga.
A pesar del olor a flora a punto de abrir capullo, fue su perfume lo que me envolvió como si de rociadas de agua fresca se tratara.
—Creo que sí. Sí, allí.
Volvimos a ver al bicho raruno: estaba encaramado en un roble, la docena de garras que tenía por patas bien clavados en la corteza. Un escalofrío de fuerte aprensión me mordió la columna vertebral mientras recaía de un modo más rotundo en la composición extraña de escamas, metal y extremidades retorcidas que era aquella criatura. El bicho pugnaba por descender lenta pero continuamente hacia el suelo.
—¡Eh! —Thalía disparó—.Deja de huir. —La flecha le cortó el camino, refrenándole en seco. Se le había clavado a mitad de la maraña de metálicas espinas que tenía por cola—. ¿Has venido aquí para jugar al escondite, Cronos? ¿Tanto te aburres, Señor del Tiempo?
—Uniros a mí, ahora —profirió Cronos a través del hocico metálico y escamoso del ser que se arrastraba por la corteza del arbusto—. Tarde o temprano estaréis en mi poder. Ahorraos el dolor, los rodeos. Ven conmigo, Castellan. Nunca has sido amigo de las causas perdidas. ¿Por qué volver al redil de los dioses? Claro que tú nunca has demostrado poseer mucha inteligencia, ¿no es así?
—Tuve inteligencia suficiente para tender una emboscada a tu ejército, algo que situaría a los mestizos por encima de tus lacayos —repliqué, aludiendo al truco de la falsa pelirroja que había armado con consentimiento de Rachel—. Cuando la elección es o bien morir o bien hacer morir al contrario, obligarle a comer su causa perdida, hablando claro y deprisa, no es preciso mucha inteligencia para tomar una decisión.
—No es que la presión del momento te permitiera urdir más alternativas —siseó la cosa que hablaba por Cronos—. Y una decisión tomada bajo presión no es inteligencia, es desesperación. Y error. Y por eso estoy aquí, para ayudarte a subsanar ese error. Ven conmigo.
—Ya no estoy interesado en tu bando, gracias. Ese currículum lo eché hace tiempo y hasta es caduco. ¿Qué te parece?
—Mi bando tampoco está interesado en ti. Ven conmigo. Déjate matar. Entrégate a mí. Voy a matarte, lo sabes; tarde o temprano ganaré, gobernaré todo cuanto existe y a todos cuantos existan en el mundo…
—Asegura el eternamente derrotado por sus hijos, usurpadores del Olimpo —me burlé—. Ah, y el derrotado por quien creía dominado —me señalé, sonriendo con una mueca aviesa—. ¿Qué vas a gobernar tú, cuando siquiera eres capaz de controlar la traición entre tus líneas?
—Me las pagarás por ese plan B de última hora, Castellan.
Mi voz sonó tranquila y burlona cuando dije:
—¡Anda! ¿Y eso por qué?
—¡Te la tengo jurada!
Solté un bufido.
—Caray. No creía que fueras a tenerme rencor por tan poca cosa, Señor.
—No hay nada más humano que el rencor. Y no hay nada más mísero que los humanos. —La figura que era Cronos me devolvió una mirada gélida—. Esto es otra cosa. La venganza, mi querido amigo. Un plato que se sirve frío. Un plato que me cobraré. Lo juré, y lo haré. Me vengaré.
Fingí un bostezo.
—¿No te cansas de esta cantinela? ¿De verdad, Cronos? No voy a dejar que me atrapes, ni para hacerme acólito de tu causa ni para hacerme papilla. Te lo tengo dicho. ¿Qué te hace pensar que viniendo hasta aquí voy a cambiar de parecer? ¿Acaso piensas que demostrar cómo te cuelas en un campamento recién salido de una batalla, un camping falto de defensas porque estas les ha sido arrebatada, me va a convencer de tu poder? Al igual que los carroñeros, sólo vienes a hacer alarde de garras sobre restos. Eso no es poder; es cobardía. Te escondiste tras las faldas de tu ejército; te escondes tras las faldas de ese artilugio para venir hasta aquí. ¿Por qué no das la cara?
—La cara, la mano y una puñalada te daré —amenazó el titán, induciendo a su criatura a adelantarse hacia mí, con ese su mecánico y reptiliano andar—. Mi rostro será lo último que veas antes de morir, mis manos, quienes te darán tortura eterna.
—Bonitas amenazas. Aunque muy oídas ya. Para eso que planeas te hace falta algo, a ver, déjame pensar... —fingí meditar—, oh, sí. Un cuerpo. Y por favor, no me digas que eso desde el cual hablas es tu cuerpo… sería patético; un timo; una prestación nada rentable y grata.
—Lo tendré —aseguró la voz de Cronos—, un cuerpo de verdad; lo tendré. Y mis risas serán lo único que escucharás cuando te atrape y encarcele. Bueno, mis risas y los gritos de tortura de tu chica. La haré gritar como jamás haya aullado garganta humana. La...
Salté hacia su encuentro. Backbiter salió disparada. Con un grito furioso, arremetí contra aquella cosa y la bestia serpentina se desplomó, resbalando del árbol donde había estado encaramado, un montón de escamas y astillas de metal. Lo pisoteé, para desahogo de mi ira; la cosa crujió bajo mis botas. Levanté finalmente el pie, echando fuego por los ojos.
—¿Lo ves? Tener un cuerpo te hará vulnerable, Señor del Tiempo. ¿No aprendiste esa lección? Si tienes cuerpo, puedes morir, Cronos, o volver a tu estado de putrefacta hibernación del que nunca debiste salir. ¡Puedes ser derrotado!
La retorcida cosa inmunda en la que se había infundado la conciencia del titán permaneció en silencio a mis pies. Sus granos y metales se fueron despegando, hasta no ser más que un montón de chatarra arenosa. Todavía sin resuello, me di la vuelta a toda prisa y vi la cara de Thalía. Fruncí el entrecejo.
—¿Tú no estabas indignada? —Espeté de muy malos modos—. ¿Por qué sonríes ahora?
—Por ti —contestó ella. Pero su esbozo de sonrisa se borró al instante.
—No creas que esto significa que he desistido de mi idea de acabar con él —señalé el punto donde había yacido la criatura oscura; naturalmente, de él ya ni rastros quedaban—. Todo lo contrario. Esto sólo afianza más la idea.
Esperé pacientemente para obtener algún tipo de reacción negativa no, lo siguiente, como la otra vez, por parte de Thalía, pero la chica puso los ojos en blanco con cierto deje de dramatismo y exasperación, simplemente, dejando claro y sin palabras lo estúpida e insensata que le seguía pareciendo aquella idea.
—Haz lo que quieras —espetó de vuelta, poniéndose en marcha a medida que hablaba—. Más me interesan los dioses. ¿Podemos retomar ya nuestro camino? —Sin aguardar respuesta, me adelantó.
—¿Y si no tenemos suerte? —Me aparté con un gesto impaciente el pelo que con la furia del momento había resbalado hasta mi cara—. ¿Y si ninguno de los dioses acude? ¿O peor, si quien aparece no es Artemisa?
Thalía me había oído, estaba seguro. Pero no volvió la cabeza. Siguió caminando. Con un suspiro de resignada rendición, la seguí.
Ya de vuelta en mi dormitorio, eché pestillo a la puerta y extraje del bolsillo el tomo ajado que había viajado conmigo todo aquel tiempo, por Limbhad y durante las numerosas refriegas con el ejército del tártaro. Intentando no pensar en el polvo acumulado en la estancia, el olor a chamuscado y los desperfectos sufridos durante la batalla final y en lo mucho que tendría que sudar más tarde para aposentar de nuevo el dormitorio, dejé el libro sobre la mesilla de noche, me acuclillé frente al mueble y, tras aclararme la garganta, musité en voz alta el número de la fecha que rezaba la portada.
Durante la espera del dios que tenía que venir en respuesta a mi llamada, ni Thalía ni yo intercambiamos una sola palabra. Yo toqueteaba con distracción el anillo que Hermes me había regalado, pareciera siglos atrás, en vísperas de la visita a May, percibiendo de forma vaga el brillo plateado y fantasmal que despedía, notando bajo el dedo los grabados de ornamentada plata con formas abstractas que lo rodeaban. Y entre tanto, ella caminaba de un lado a otro y se pasaba de cuando en cuando las manos por el pelo. Levantó la vista cuando me senté sobre los talones, pero no dijo nada y pronto volvió a desviar los ojos hacia la entrada que descansaba a modo de libro sobre la mesilla de noche.
En aquella ocasión tardaron tanto en dar muestras de haber oído mi llamada que hasta me planteé usar el anillo, conducto de comunicación, según Hermes, hacer llamar a Artemisa a través del dios de los viajes y mensajes. Pero pronto el libro comenzó a cobrar vida.
Me apresuré a cerrar los ojos, para evitar acabar cegado; ya me sabía el proceso de memoria, no necesitaba presenciarlo otra vez, no ese día. Sabía que las páginas se despegarían, impelidas por un viento huracanado; se reducirían a simple polvo dorado que se adheriría a la madera de la mesilla, dejando huellas de quemadura en su superficie.
—Vaya, vaya. Esto ha cambiado un poco desde la última vez que estuve aquí. Y a peor, he de añadir.
Abrí despacio los ojos para acostumbrarme al cambio de luz y me quedé mirando inquisitivo al ente divino que estaba emergiendo de entre lo que antes eran las páginas de un libro. El rielar del aire había dado paso a la llegada del señor de los cielos. Y esta vez el portal parecía dispuesto a seguir vomitando a más de sus dioses, no sólo al padre de Thalía, a juzgar por la franja de luz que flotaba dorada a la altura de la mesilla de noche.
—Esperaba encontrar el mismo intento de orden y limpieza que la vez anterior, Castellan. Eso como mínimo. —Zeus se veía sumamente indignado, como si el polvo y desorden acumulado en las rinconeras fuera un insulto directo a su persona, un menosprecio a su alta condición de dios—. ¿Es que has cambiado de gustos después de todo? ¿Te inclinas ahora hacia el desorden y la suciedad?
Solté una queda risa, carente de humor, y me incorporé lentamente sobre los talones.
—¿Quieres hablar de suciedad y desorden? —Dije, en la voz un tono afilado—, ¿o de secuelas de una batalla? ¿O de cómo los dioses abandonan a sus hijos a su suerte, en plena lucha, para sentarse de brazos cruzados, a observar?
—Qué poco has tardado en sacar el tema —Zeus apartó el asunto de la batalla con un gesto de la mano. Los pliegues de la manga de su larga túnica color azul intensísimo que sólo un ciego habría podido argumentar no haberlo visto en kilómetros a la redonda, ondearon con el movimiento de su brazo, océanos enteros de nubes cobrando vida en el bordado de sus puños.
—Y qué poco os importan nuestros destinos a vuestras sus majestades divinas —repliqué a mi vez. No sabía por qué discutía con él, pero sentía el impulso de confrontar algo, lo que fuera, con tal de quitarme el regusto a amargo de las amenazas de Cronos.
—Tan cargado de recriminaciones como de costumbre —murmuró Zeus; se puso una mano contra la boca a modo de pantalla, como si estuviera tapando un bostezo—. Aburres, me aburres, eres previsible. Los días en la Tierra no parecen haberte liberado de tus cadenas rencorosas, Castellan.
Solté una risa forzada.
—Para contigo no, desde luego.
—La otra vez que vine acabaste esfumándote, dejándome a solas con mi hija. ¡Qué momento tan glorioso aquel!
—Esa broma no tiene gracia.
—¿Broma? —Se extrañó el dios—. ¿Qué broma?
—No me voy a ninguna parte.
—¿Y por qué no? ¿Puedes explicarme que haces todavía aquí, Castellan? No creo que tu presencia sea necesaria.
Los dedos de Thalía aparecieron para cerrarse entorno a mi muñeca.
—Se queda —declaró, firme, en una voz que no dejaba lugar a réplica—, esta vez se queda hasta el final, padre.
Se quedaron en silencio. Hija retando al padre, padre sopesando inconvenientes. En algún momento se habían corrido las cortinas con tanto viento huracanado por la llegada del dios de los cielos y ahora la luz entraba de soslayo en la habitación. Zeus suspiró al tanto hacía un ademán hacia la ventana y esta volvía a estar tapiada con las cortinas y la persiana.
—Eso pone fin a toda esperanza, supongo. Está bien, está bien, qué remedio. Bien, te quedas, Castellan —dijo, con tanto pesar que no pude reprimir una sonrisita maliciosa en su dirección.
—Gracias —agradecí a Thalía, pero ella sacudió la cabeza con violencia y me soltó la mano no con más miramientos, rechazando dirigirme la palabra.
Justo en ese momento tras el rey de los dioses, el jefe de los cielos, el padre de los padres divinos, terminó de emerger otro dios. Con una holgada camiseta y polainas ajustadas, todo veraniego como tenía por costumbre, la sonrisa perenne en los labios y chanclas de playa por calzado.
—Vaya, vaya —comentó con falsa sorpresa Thalía, contemplando cómo Poseidón se sacudía las ropas, tras terminar de emerger de las cenizas del portal y se acercaba a Zeus como si estuviera andando por una de sus playas—. Dos tercios de los dioses mayores reunidos en un mismo lugar con el mestizo que os trajo tantos quebraderos de cabeza, y nadie intenta matar a nadie. No hay campista saltando a la yugular, discusiones a ver quién traicionó a quién, ni dioses acusando de ladrón... ¿Es hora de hablar de milagros? —Ronroneó, cínica—. ¿Será Hermes el siguiente en aparecer para venir a chocar las palmas de la concordia contigo, Luke?
Esbocé una dulce y traicionera sonrisa, sin apartar la vista del par de entidades.
—Resulta que hemos llegado a un pacto de no agresión. ¿No es cierto?
Ellos no respondieron. Se limitaron a tomar asiento en sillones altos que habían hecho aparecer de la nada. Tallados y dorados, eran cuatro, y formaban un círculo en medio del desnudo suelo de madera. Levanté una ceja. ¿Cuatro asientos, habiendo la mitad de dioses en la estancia? Y no, no tenía el gusto refinado de Silena, pero hasta yo reconocía que el tapiado de los sillones no encajaba mucho con la habitación, ampliada de forma mágica, por cierto. ¿A qué se debía, entonces?
La respuesta no se hizo esperar. Del portal llegaron otros dos habitantes del Olimpo. Uno masculino y otro femenino. Él,alto, corpulento, moreno y apuesto a pesar de las canas que pintaban de blanco sus sienes, Hades; y ella menuda, cobriza, una mujer de existencia inmortal infundada en el cuerpo de una humana de rasgos infantiles, Artemisa. El leve cortinaje dorado que aún flotaba en el aire era el único indicativo de que acababan de materializarse en medio de la estancia, emergiendo de un volumen como personajes escapados de entre sus páginas dejadas en blanco.
—¿Por qué ha venido él? —protesté, observando cómo Hades tomaba asiento en su sillón correspondiente, un mueble de tapizado que parecía reencarnar la noche infinita, por la negrura profunda de su color. Los demás por-qués tendrían que esperar.
—¿Y por qué no? —Fue la respuesta desdeñosa de Zeus—. ¿Por qué añadir más dioses a tu llamamiento?
—En realidad —hablé—, me refería a todo lo contrario. Habéis venido bastantes. Y algunos no muy deseados.
—Pero sí los suficientes. —Menuda, de tez clara, cuerpo de muchachita preadolescente y de ojos oscuros y cabellos rojos, Artemisa iba vestida de negro y plata. Noche y luna. Un cinturón de plata le ceñía la esbelta cintura, y unas cortas flechas plateadas con incrustaciones de estrellas y medias lunas brillaban en su cabello, que le caía recogido en trenza sobre el hombro izquierdo—. Sí los necesarios.
—Es cierto. —Hades esbozó una sonrisa tirante, la máxima mueca que la mordacidad de sus labios le permitió afinar—. Daos por bendecidos. —Alto y fortachón, la barba pulcramente recortada, tan robusto donde Artemisa delgada, apuesto donde ella era hermosa, con los ojos oscuros recorriendo apáticos la estancia, iba ataviado de negro, como era su costumbre, en la cadera un cinturón de armas de aspecto temible y, en los pliegues de las mangas, impresos de nuevos rostros de desdichados, retorcidos a mitad de la agonía de desconocidas torturas.
—Oh, sí. Muy bendecidos. ¿Falta alguno más, señores? —gruñí—. ¿Acaso habéis convencido a Ares de que deje de considerarse soldado de todas las batallas del mundo para que venga un rato a pasarse por aquí?
Poseidón parpadeó y torció la cabeza hacia mí, como si se hubiera olvidado de mi presencia.
—Dudo que se le ocurra. Para desgracia de los mortales, no es lo bastante necio como para intervenir él mismo en las guerras que va sembrando —repuso con odio Hades. En contra de lo que se pudiera pensar, el dios de la guerra y el dios de la muerte no eran dos entidades que se regalarían pulseras de «amigos para siempre», que digamos. Ares contribuía a aumentar la cifra de almas en el inframundo, algo que ofendía en sobremanera al dios de los muertos, ya que le daba doble trabajo, y si algo odiaba Doninframundo era tener tanto trabajo, más sabiendo que eso se podría haber evitado de no haber metido Ares sus zarpas de la discordia por medio.
Hades fue el primero en adelantarse, caminando a pasos cortos pero también rápidos, vivos, bruscos. Se acercó a los sillones, flanqueado por Artemisa, una expresión hosca en el rostro que contrastó con la expresión fríamente divertida del dios de los mares, cuando tomó asiento junto a éste.
—Mejor así. Mejor que no haya venido —coincidió Thalía. La voz le temblaba mientras se dirigía escrutadora a su padre; era la primera vez que hablaba desde la llegada de su diosa querida al dormitorio. Pero a ella no la había mirado ni una sola vez—. Me pone de mal humor cada vez que lo veo. Y me pone de mal humor que me pongan de mal humor, y ya tengo bastante mal humor por hoy.
—¿Eso era un intento de trabalenguas? —Le dediqué una mueca a media sorna—. El peor de todos cuantos he oído.
—Calla —me siseó.
Artemisa enarcó una ceja al reparar en Thalía, de pie a mis espaldas, y en lo muy a solas que estábamos los dos en el cuarto, amén de los dioses. Aun a pesar de la recriminación de su mirada, pareció alegrarse de verla.
—Thalía —exclamó mientras iba presurosa hacia ella, pasando por delante y sin derrochar miradas en mi dirección—. ¿Ya te has decidido? ¿Has llamado por eso? Creía que todavía estabas pensándotelo o... —se calló, reacia de pronto ante la postura tensa de su hija juramentada—. ¿Ocurre algo?
Thalía no contestó. Continuó reculando.
—Sí, sí que ocurre —hablé por ella—, ocurren muchas cosas. Todas reducidas a dos simples palabras: la profecía.
—Vaya, intervino Hades, por fin entramos en materia y vamos a discutir el por qué se nos ha reclamado a venir aquí.
—La profecía. —Artemisa hizo un gesto imperativo al dios de los infiernos, reclamándole silencio—. ¿Qué profecía?
—Dímelo tú. —Thalía retrocedió lentamente hasta que sus rodillas chocaron con el somier de la cama; ni siquiera giró el rostro para ver qué le impedía seguir reculando—. ¿Qué profecía? Tal vez aquella que habla de mí. ¿Qué profecía? Esa que se ha estado guardando todo este tiempo, sin hacerme partícipe de su existencia.
—Ah, eso. —Analítica, la recorrió de arriba a abajo con la mirada—. Ya veo. Estás conmocionada por la noticia. Lo entiendo. —Se acercó más, y Thalía pareció considerar o bien saltar sobre ella y abrazarse a su cuello o bien ponerse avomitar a sus pies. Ajena a su estado -o tal vez consciente de ello pero decidida a quitarle hierro- Artemisa le estudiaba el rostro; parecía estar atisbando en su interior, reseguir la línea de los pensamientos que zozobraban en la mente de la chica como gráficos a leer e interpretar en una página de un libro complicado—. Y, desde luego, no puedo culparte por ello. Por sentirte mal ante la información. Me has buscado para hablar de ello, ¿no es así? ¿Le has pedido que me llame, verdad? —Añadió, señalándome con una mueca—. El hecho de que esté éste aquí lo dice todo. Con él delante, sobran las explicaciones.
—Deja de llamarme así —gruñí; me negué en redondo a tratarla de usted, como hacía Thalía. No mientras no lo sintiera; no mientras ella insistiera en no llamarme como era debido—. Mi nombre es Luke. Luke Castellan. No «éste» ni «él».
Los ojos de la diosa cayeron al instante sobre mí, intensos, duros, rebosantes de afilada especulación.
—Quedamos en que no ibas a meterle presión de ningún tipo —me dijo, acercándose y alargando una mano hacia mí. La uña de su índice recorrió el contorno de mi nariz con tanta fuerza que di un respingo, temeroso de que fuera a arañarme o algo. En vez de eso, hizo algo aún más curioso: añadió el pulgar, y atrapó ahí mi nariz, en una pinza de dedos y nudillos, sin dejarme respirar—. ¿Le has contado la profecía por eso? —No respondí. Me estaba pellizcando la nariz. ¡Me estaba pellizcando la nariz!—. ¿Le has hablado de ella para así obligarla a decidir por ti? ¿Es eso, verdad? ¿Era esa tu intención, Castellan?
—Entonces, ¿tienes intención de matarlo? —Poseidón parecía más curioso que preocupado—. Así te pille en banda Afrodita para sus trucos de cosmética y maquillaje, sobrina, tendrás que explicarle a esa loca del amor por qué has decidido acabar con el protagonista de su telenovela favorita de los últimos tiempos, una novela cuyas entregas sigue muy religiosamente. Y luego ir a Hermes, a su padre, y explicarle por qué has asfixiado nuestra única esperanza.
—¿Matarlo? —Repitió Artemisa con incredulidad—. Lo que quiero es que éste Pinocho deje de mentir.
—Entonces empieza por dejarlo respirar —aconsejó Zeus, mirándose las uñas de los dedos, con aburrimiento—. Se está poniendo morado. Y ya sabes lo esclavos que son los mortales al oxígeno...
Ella resopló, pero su brazo acabó por retirarse.
—Respóndeme —exigió.
Dominé el genio a base de firmeza; podía hacerlo cuando el esfuerzo valía la pena. Así que, en lugar de contestar enfadado, sonreí, calmoso, en los ojos dos esquirlas de frío hielo.
—El tiempo de las ocultaciones y los subterfugios ha quedado atrás, Artemisa. Muy atrás —dije, una vez hube recuperado mi nariz—. Era el momento de hablar. De confesar —sonreí burlonamente—. De que el mentiroso cuente la mentira que los dioses, los proclamados custodios de la verdad, decidieron ocultar. ¿No es paradójico?
—Has logrado mucho, y has ayudado mucho más de lo que te habría creído capaz —admitió Hades—, pero todavía sigues caminando a tientas a través de un laberinto en tinieblas, y tu ignorancia podría acarrearte la muerte. No sólo a ti; también a ella. A todos. ¿Paradójico, dices? Más paradójico sería que por hablarla de la profecía, acabara muerta por el simple motivo de conocerla, de estar al tanto de ella. ¿Crees que mi amenaza sobre Cronos y el peligro de que éste supiera la existencia de la profecía eran en vano? Crees que nuestra negativa a contarle la verdad —aquí señaló con la cabeza a Thalía—, ¿era por simple placer morboso de ponerte las cosas más difíciles? No. No te equivoques, Castellan. No seas tan necio de creer haber obrado con cabeza.
—No admito haber obrado con cabeza —repliqué—, ni por el corazón —miré significativamente a Artemisa—. Lo he hecho movido por un sentimiento de justicia —«y porque, de lo contrario, Rachel no te habría dejado vivir en paz», susurró una vocecilla en mi cabeza, y no pude más que reconocerle cierta razón—. Amenaza de Cronos o no, tenía derecho a conocer lo mismo que yo. Lo sé. Lo sabéis.
—Vendrá por ti y no para intentar descubrir tu disfraz de chica —continuó diciendo Hades, en tono tan sombrío que más parecía un funesto vaticinio—. Venciste su ejército, mas no a él. Llegará a escondidas, para destruirte mientras menos te lo esperas, empujado por el deseo de saber. De poder. De venganza.
Aquello me dio muy mala espina. Sumado al recuerdo de ese bicho escamoso y metálico que nos había interceptado desde el árbol y hablado con la voz de Cronos, me estremecí.
—Aquí lo estaré esperando —manifesté, acerado, tratando de ocultar la placa de hielo en el que se habían convertido mis entrañas, y el cuarteto de dioses torció el gesto al ver en mis ojos que lo era, que no estaba fanfarroneando, y no creía que me hubieran oído jamás expresar un sentimiento con tanta vehemencia sobre mis propios deseos. Obstinado, adelanté un paso y sentencié—. Le destruiré, si está en mis manos. ¡A él, al resto de titanes y hasta el último habitante del tártaro! Renací para combatirlo. ¿No es así? por eso estoy aquí, para cumplir esa Profecía que te empujó, como señor de los muertos, a revivir mi cuerpo y alma. ¡Combatiré a Cronos y a todos los titanes, hasta mi último aliento! ¡Hasta que aprendan a dejarme en paz!
Un brillo de sorpresa e interés pasó fugaz por los negros ojos de Hades.
—Veremos, veremos —respondió simplemente—. Los mortales tendéis a soltaros la lengua cuando estáis ebrios. Y tú estás borracho de pasión, ebrio de rencor, ahíto de temor.
—Eso no es cierto. —Con esfuerzo, moderé mi voz—. Y no estoy hablando movido por una exagerada emoción del momento. No te equivoques.
—¡Eh, eh! Que estáis aquí por mí, no por los propósitos suicidas o no de Luke —intervino Thalía—. Y yo necesito saber la verdad. Conocer toda la información existente sobre el asunto. Lo exijo, es mi derecho como una de las nombradas por esa profecía. No me lo podéis negar. ¡No me lo vais a negar! —La mirada que asestó a los dioses rebosaba desafío—. Es importante, lo sabéis. Tan importante como lo es para vosotros toda amenaza que ponga en jaque a vuestro amado Olimpo. No tengo tiempo para rodeos ni indignaciones por lo que Luke haya hecho o tenga intención de hacer. ¡Quiero saber de qué va todo esto!
—Oh, lo sabemos. Y te lo contaremos. Aunque un por favor aquí no estaría de más. —Los oceánicos ojos de Poseidón todavía denotaban recelo por el modo de Thalía de encararlos, pero su voz sonaba calmada como el agua de un oasis en pleno desierto mientras hablaba—. De todas formas, debéis saber que las palabras no siempre expresan el verdadero propósito; las profecías, en este sentido, no son la excepción.
—¿Qué quieres decir?
Poseidón enarcó una ceja y, desde la altura ventajosa de su sillón, se inclinó hacia delante.
—Pues que aunque se conozca un augurio, cada visión o palabra que la contenga, se cumple, aunque no como uno podría imaginarse —parecía estar sumido en hondas cavilaciones—. Las palabras de vuestra profecía sigue esa misma tendencia.
—¿Dice esa profecía quién vencerá? —acusó Thalía. Tres cabezas de dioses se sacudieron a la vez—. Lo suponía —suspiró—. ¿Y esas palabras son?
—Se trata de una profecía que vaticina que de la unión de dos semidioses de este mismo centenario que estamos viviendo, nacerá un mortal dotado con los ojos de la cláusula —explicó Poseidón—, significa que sólo ese mortal será capaz de destruir definitivamente las barreras que cercan a los titanes
-barreras que los dioses han asegurado en todos estos años pero que cada vez pierde más efectividad, pues debe ser eliminada en su completo para que vuelva a tener poderío- y, una vez bajadas, alzar una prolongada cárcel en el que estuviesen metidos hasta sus monstruos más débiles. Sólo ese mortal y únicamente él, está capacitado y destinado a frenar definitivamente el ascenso de Cronos y sus secuaces. También reza que…
—No, no siga. Usted no —negó Thalía—. Quiero oírlo de los labios de ella. —No miró a Artemisa, ni manifestó su desconfianza con palabras, pero la frase iba dirigida a la diosa, todos lo sabíamos—. Los pasados días me he estado preguntando si había otra razón de mayor peso para hacerme replantear mi juramento, una razón que fuera más allá de esos supuestos deseos por mí...
—De supuestos nada —la diosa se llevó una mano al pecho—. Puedo aguantar tu ira, tu sentimiento de traición. Pero no que dudes de mis buenas intenciones hacia ti, hacia cualquiera de mis hijas juramentadas. ¡No! Por favor, no.
Por un frío segundo Thalía le aguantó la mirada. Después humilló el rostro, lentamente.
—Puede que me haya pasado. Pero es que ya no sé qué creer —admitió.
—A mí —alargó una mano hacia su hija, mano que no la llegó a tocar por la distancia que ella insistía en mantener—. Créeme a mí.
—Para creer hace falta confianza —golpeó Thalía—. Y mi confianza por usted, mi señora, se ha visto mermada de la noche a la mañana. ¿Por qué no subsanar ese hecho? ¿Qué tal si me cuenta de qué va todo eso de un augurio?
—Pues...
—Hable —demandó Thalía con voz rechinante mientras retrocedía un paso más, apartándose de la que, hasta entonces, había sido su señora y madre, casi un ídolo, atreviéndose por fin a posar la vista sobre la mujer. Había tal rabia y dolor en su mirada que no pude recriminarle nada a la diosa cuando gesticuló su propia mueca de consternación—. Quiero que me lo diga a la cara. Quiero oír esa profecía de sus propios labios, mi señora. Quiero que repita esas palabras que parecen trazar un sendero ya previsto para mí, mientras me ve sostener en la mano el arco y la flecha que usted me dio, el símbolo de un juramento de confianza y respeto y protección que iba a enlazarnos por toda la eternidad. El símbolo de unos votos que no ha dudado en plantearse quebrar.
—Pero qué melodramática —replicó fríamente Hades—. Qué gran hipócrita. Y qué fácil olvidas que no eres quién para acusar de símbolo insultado, de votos quebrantados... —Calló cuando Artemisa asintió lentamente, accediendo a la petición, más exigencia que petición, de Thalía. Se revolvió indignado en el sillón, pero Poseidón contuvo su enfado posando la punta de los dedos sobre su antebrazo.
—Por supuesto. —La diosa recobró la fría compostura—. Por supuesto que lo haré.
Nos observó un instante antes de tomar aire y comenzar a hablar. A repetir la profecía de Rachel.
—Y el gigante se abatió sobre la tierra y el tiempo se hendió en los confines de una parálisis sin medida —recitó, voz queda, susurrante, amodorrada—. Los mortales fallecieron, la magia se desvaneció y las fronteras fueron engullidas piedra por piedra, dispersando la nación del Tártaro hacia los confines del planeta. Los días eran terror y las noches, locura y pesadillas. El aire hervía, el agua mataba, el cuerpo se pudría. Y los mestizos envidiaban a sus sombras. Todo quedó destrozado en el puño del tiempo, en el puño de la muerte. Y todo se perdió excepto la llave de un cimiente, un naciente, una esperanza nacida de los tormentos. —La voz de la diosa me evocaba la de Rachel, meses atrás cuando escuché las mismas palabras directamente de ella, la voz de la desasosegada suma de la soledad y el tranquilo orgullo del oráculo que era mientras hablaba—. Y a aquel lo vieron crecer, embrutecerse, y luego marchar a la prisión de los titanes, andando sobre sus restos inmortales, quebrándolos y ahuyentándolos a cada paso. Dos mestizos caminaban sin caminar a su lado, dos héroes portaba aquel en sus recuerdos.
Una corriente continua de escalofrío erizó todos los pelos de mi cuerpo cuando Artemisa hizo una pausa. Miré por el rabillo del ojo a Thalía; estaba pálida, las manos apretadas contra el estómago como si lo sintiera revuelto, los ojos abiertos como platos, algo que ocurría siempre que estaba perpleja. Las palabras de Rachel se me habían quedado grabadas en la memoria; me las había ido repitiendo a medida que la diosa las recitaba. Y por eso sabía que...
—Aún hay más. Sigue —pedí con voz ronca—, no puedes callar ahora. Sigue. Esa profecía no está entera... —no; esa era la parte que Rachel me había recitado, y ya entonces sospechaba que habría más que decir—. Sigue. Termina de formularla.
Artemisa me miró como si estuviera tomando una decisión.
—Nacerá del viaje y el trueno, de los bosques y el tiempo —completó finalmente, con voz grave, profunda—. Y tendrá la luz, la magia, el cuerno del mundo. Portador de umbrales será, heredero de héroes lo bautizarán, así tenga la leyenda que espiarlo desde el inframundo.
Y Artemisa calló, esta vez del todo. Tragué saliva. A decir de la profecía, el augurio, aunque ambiguo, sí hacía pensar en mí como intermediario; desazonado, tuve que admitir eso:
«Nacerá del viaje», ¿herencia de Hermes? «Y el tiempo», ¿herencia de Cronos? «Portador de umbrales será, heredero de héroes lo bautizarán, así tenga la leyenda que espiarlo desde el inframundo». ¿La leyenda era yo? no lo entendía. Yo no estaba en el inframundo, no estaba muerto. Lo que sí tenía claro es que eso de «heredero de héroes» sí que hacía pensar en alguien conocedor de la existencia de los semidioses, en alguien hijo de mestizos.
—Nacido del viaje y el trueno es alguien descendiente de Zeus y de Hermes —razonó Artemisa—. En ese caso, heredero de héroes es una referencia a un hijo de mestizos los cuales son hijos de Zeus y de Hermes.
—No puede ser —musitó Thalía cuando la diosa acabó de hablar, saliendo a flote de su aturdimiento. Pero Artemisa le asintió—. ¡Argg! ¡Realmente es verdad! Luke tenía razón.
—Luke siempre tiene razón —empecé con tono apático, mecánico.
—¡Ahora no! —Exclamó Thalía—. ¡Sigo esperando! —le reclamó a Artemisa. La diosa retrocedió un paso, como si la ira de la chica fuera una onda expansiva que le empujara hacia atrás.
—Te lo he explicado todo —aseguró, sin comprender—. ¿Qué más esperas?
—El por-qué. No me lo has contado todo. Sigo esperando el por qué. ¿Por qué yo? ¿Por qué este ocultar de información para mí?
—Eres mi hija —respondió Artemisa, frunciendo el ceño—. Te quiero. Creí que no decírtelo te acarearía menos problemas. Me equivoqué, salta a la vista que sí. Pero repito, eres mi hija, te quiero, quiero lo mejor para ti.
—Me quieres —su voz fue gélida—. Me quieres —repitió. Asintió—. ¿Por eso? ¿Fue por eso por lo que me has hecho esto?
Artemisa la miraba igual que lo haría con un gatito enredado en un ovillo de cuerda, indefenso, merecedor de una caricia de consuelo.
—Sí.
Entonces, toda la tensión de la última hora, de las últimas semanas, de las últimas luchas… desbordó a Thalía. Vi cómo se acumulaba en su espalda erguida de repente, en su postura tensa, en el precario equilibrio de mantenerse sobre la punta de los pies. Y supe que no iba a contenerla por más tiempo.
—Tienes derecho a estar enfadada porque te manipulara —se apresuró a decir Artemisa, consciente del mar que se le venía encima—. Yo también lo estaría. Pero, Thalía, debía hacerlo. Era necesario. Era preciso para salvar al mundo; sé que entiendes ése por-qué…
Intentó tocarla, pero ella esquivó el gesto como si la mano de Artemisa fuera una amenaza de explosivos.
—No me toque.
—De acuerdo, de acuerdo —consintió, levantando las palmas de las manos y retrocediendo un paso—. Como prefieras. Pero lo entiendes, ¿verdad? tienes que entender por qué lo hice.
Thalía soltó una risotada, una risa rara, mecánica, áspera, insincera... que asustó. A mí, a la propia diosa, si es que no al cuarteto entero de dioses.
—Lo que entiendo es que me has utilizado, manipulado, mentido, sacrificado. Lo que entiendo es que has jugado conmigo, con lo que esto —levantó el arco hasta la altura de la barbilla—, significaba.
El semblante de Artemisa era una máscara tallada en hielo.
—El bien mayor...
—¡¡No me saltes con esas!! El bien mayor... ¡¡Eso es lo único que os importa!! —Estalló Thalía—. Vuestro bien mayor. Vuestro bien común. Vuestro bien general... ¿qué clase de bien es ese, que consiente en llevar a unos cuantos al matadero?
—El bien común —declaró Artemisa, pronunciando cada palabra como si fueran pruebas irrefutables de la verdad, de algo que ni negar se podría—. El bien común. Unos cuantos por un todo. Ese es el bien común. Ese proyecto que hoy es un sacrificio, mañana un bien para toda la sociedad.
—Una sociedad hipócrita, construida a partir de las ruinas del respeto y la libertad de una persona —asesté, incapaz de permanecer callado por más tiempo.
Antes de que la ira que bullía en los desplazados ojos de Artemisa hacia mí cobrara voz y palabra en su boca ya entreabierta, Thalía declaró:
-No dejaré que nadie me moldee. No seré una marioneta, ni tuya ni de ningún otro personajillo del Olimpo. -Intentó mostrarse tranquila, fría, segura, pero la ira y los nervios y el temor fueron adueñándose poco a poco del timbre de su voz, cada vez más estridente-. No permitiré que me sigáis toreando, mangoneando a juicio de a saber qué metas vuestras. No pertenezco más que a mí misma.
-Somos dioses, dioses del Olimpo -le recordó Zeus, untando las yemas de las manos y acodando el brazo sobre el reposabrazos de su sillón-. Toda la creación de la Tierra nos pertenece. Y tú, hija mía, juramentada o no de Artemisa, sigues teniendo en tus venas mi sangre, mi poder. -No hablaba con prepotencia, sino con convicción, un adulto explicándole algo obvio a un niño rebelde y obtuso-. En todo caso, me pertenecerías el doble.
Thalía le contempló fijamente.
—¿Y te crees por ello en el derecho de sencillamente poner patas arriba mi vida desde tu privilegiado trono en los cielos, padre? —escupió—. ¿Que puedes poner mi vida en peligro, hacer tu numerito de dios abnegado a la humanidad, y conseguir no importa qué aportación mía, que quieras para ti? —el «usted» había desaparecido de su lenguaje empleado hacia los dioses.
—Me creo con el derecho a hacer lo posible para que la humanidad prevalezca. Thalía, mírame. —ella alzó la vista. Con un esfuerzo contuvo las lágrimas—. Puede que no te guste, no, sé que no te gusta, pero esa es la debida verdad. Como de cierto es que si la profecía no se cumple, todo acabará. Toda vuestra humanidad morirá. Mestizos, humanos, el resto de seres vivos. Será el fin de todo concepto de vida. Y después iremos nosotros, los dioses. Porque claro que los titanes no se contentarán con extirparos hasta ver derrocado al Olimpo. Y entonces todos caeremos en las garras del Tártaro.
Me levanté de un salto. Thalía se apretaba con mayor fuerza el estómago.
—¡Por qué! ¡Una profecía no es más que un estúpido acertijo! ¡Por qué he de condicionar mi vida por un estúpido acertijo!
—Haz el favor, Castellan, de dejar de adoptar poses y de dejar de actuar como si te estuviese exigiendo el riñón de tu madre. —Que Hades no se caracterizaba por calmar hostilidades, era todo un hecho—. Jamás te hemos mentido y lo sabes.
—No, sólo habéis jugado a ocultar toda la verdad.
—Te estamos diciendo que esto es importante también para vuestra preciada humanidad, para la mortalidad de los seres a quienes quieres, tanto si te das cuenta como si no. Por todo lo que sabemos, Cronos podría estar a punto de lograr sus objetivos. ¡Necesitamos cualquier ayuda para impedir el éxito de tales propósitos! Y si esa ayuda pasa por dos mocosos arrogantes, necios insensatos, humanos cabeza de chorlitos...
—¿Y creéis que tal necesidad de ayuda os da derecho a disponer de nuestro futuro como os plazca? —Thalía entrecerró los ojos; parecía dispuesta a saltar a la yugular a la mínima oportunidad que encontrara—. ¿Creéis que sólo porque Luke y yo tenemos algo, esa supuesta necesidad vuestra significa que debemos entregar todos los planes a futuro que hayamos trazado, desterrarlos y descartarlos por una profecía que, para empezar, ni siquiera garantiza el triunfo de nuestro bando? ¿Que tenéis derecho a organizar con quién casarnos, acostarnos y tener hijos? ¿Que nuestra existencia está para servir y no para vivirla como decidamos hacerla? ¿Que no somos más que marionetas a disposición cuando os dignéis a recordar a los hijos que engendrasteis en tierra?
Tres dioses se erizaron sobre sus asientos. Pero la diosa se limitaba a estar allí plantada, observando, atendiendo, aguantando el chaparrón. Sin duda conocía bien a la hija que había adoptado y venía lista para aquello.
—Tienes razón... algo —dijo. Obviamente su intención era engatusarla, convencerla, ablandarla.
—¡No quiero tener algo de razón! —Barbotó Thalía—. Ya no. No en esto. Porque luego cuando son los mestizos quienes necesitan de vosotros tienen que andar rezando, a ver si, de casualidad, andáis prestando atención a lo que se cuece a vuestros pies —añadió y yo no pude más que asentir. Agradecía el portal de comunicación, claro que sí, pero por un conducto de comunicación al Olimpo para un mestizo, había más de cien mestizos que ni sabían quién era sus padres, que desconocían el por qué tenían esos poderes extraños, genes divinos en las venas.
Thalía soltó un resoplido; respiraba agitadamente, y tuvo que pasar unos cuantos segundos hasta que se sosegó lo suficiente para hablar. Y entonces repitió lo que ya me dijera antes, en la sala de reunión, sólo que en esta ocasión se dirigió directamente hacia los dioses:
—No hacéis más que juguetear con nosotros, mestizos, mortales, qué más os da; nos permitís hablar, dormir, vivir a vuestro juicio y os consideráis por ellos indulgentes, como si tuviéramos que daros las gracias por ello. Nos permitís que odiemos o amemos hasta que os cansáis y usáis la táctica de atormentar con profecías y otras manipulaciones. Parece que para vosotros no somos más que actores de una película sin guión lineal.
Fueran cuales fueran las diferencias físicas que los diferenciaban, lo que sí compartieron los cuatro en ese momento, y eso sin ápice de duda, fue el aire poderoso que destilaron, electricidad cargada de estática, noche cerrada amenazando con una luna gélida, ola a punto de rebosar la orilla, fuego advirtiendo de empezar a chamuscar a la menor provocación.
—Eso no es cierto —replicó Artemisa. Ciertamente, de todos los habitantes del Olimpo, ella era la más apegada a sus hijas—. Aprecio vuestro enfado; la causa de vuestra ira ciertamente es justificada y las recriminaciones son merecidas —miró acusadora a los tres gañanes mayores—. Comprendo muy bien la sensación de enfado que debéis de sentir. Tu sentimiento de traición, Thalía. —Ésta no parecía ser consciente de que su actitud era tan imperiosa como la de la diosa, de que sus azules ojos miraban los inmortales de Artemisa directamente, como mirarían a alguien a quien consideraran un igual—. Pero si eres la persona que creo que eres, no nos querríais tampoco si estuviéramos todo el tiempo sobre vosotros. Si el Olimpo, por atender a su prole mestiza, dejara a su suerte al resto del mundo... al final no haríamos sino ampliar la herida, profundizarla de un modo terrible, extenderla al resto de seres vivos.
—Os prestamos atención cuando es preciso, una atención otorgada tras un esfuerzo que dudo muy en serio que sepáis apreciar —manifestó Poseidón. La expresión que apareció en el rostro del dios hizo que mis tripas se quedaran tan congeladas como si las hubiesen rociado del hálito gélido de un shek.
Me presioné el pulgar y el dedo medio sobre las sienes mientras Thalía inspiraba para tranquilizarse. De mala gana, comprendí que tal vez en eso sí tenían razón.
—Así que el Olimpo asegura que me dará libertad de acción, ¿no? —Farfulló con voz ronca—. Después de venderme. Después de traicionarme. Tú la primera.
—Si reconozco que te he traicionado, vendido, te sentirás mejor... pero sería mentir —aseguró Artemisa, respondiendo en su mismo tono quedo—. De hecho, te he ayudado. No le daré el gusto a tu cabreo de oír una confesión de culpabilidad por lo que considero un proyecto de salvación de la humanidad; tal cosa no sólo sería una tontería, un parche momentáneo al agujero de ira que es ahora tu pecho, sino mortífero para tu orgullo. Fragante para la verdad.
Thalía cruzó los brazos, dejando caer el arco en el suelo que las separaba, echó los hombros atrás para intentar parecer lo más fuerte y dura y preparada posible, intentando defenderse de la reacción de la diosa así como de sus propias aflicciones internas.
—¿Que me has ayudado? —bramó—. ¿Cómo exactamente? ¿Engañándome? ¿Mintiéndome a la cara? ¿Haciéndome sentir culpable por un beso a un chico, el desliz de un error, cuando tú ya tenías de antemano romper nuestros votos y empujarme a una vida fuera de las cazadoras?
-Culpable, culpable, reza la canción, erraste, erraste, susurra la razón... -canturreó Hades. El frío tono burlón de su voz me aguijoneó, pero no lo dejé reflejar.
-¿Por qué has venido, Hades? -Cuestioné, en cambio-. En calidad de mediador entre una madre y su hija juramentada no, desde luego. He llamado, pero con que hubiera venido uno de vosotros habría bastado.
-En lo que a mí concierne, podéis seguir vuestra charla a tres bandas cuanto queráis. -El dios se encogió de hombros-. Quería librarme un poco de tanta alma moribunda. Descansar de tantos muertos.
-¿O huir de las riñas de tu suegra? -no sabía de dónde me había nacido el valor para decir aquello, pero sí, lo había dicho. A Hades. Y en voz alta.
Poseidón y Zeus se rieron brevemente, sorprendidos por mi osadía y burlones con la reacción erizada de Hades.
-Como anfitrión dejas mucho que desear, Castellan -recriminó éste, y la oscuridad campante en sus ojos amenazó con expandirse más allá de la orilla de sus párpados-. Así pues discúlpame que... -una copa transparente con relieves de plata se materializó de pronto, flotando a la altura de sus manos, y se ladeó como si alguien lo hubiera inclinado para verterle líquido en su interior. De hecho, instantes después, aparecía llena a rebosar de lo que parecíao bien un zumo muy oscuro o un vino muy tinto. Se lo llevó a los labios.
—¿Hermano? —Zeus carraspeó, pero Hades no hizo caso—. ¿Ves? —Chasqueó la lengua—. Por estas cosas es por lo que no te invitamos arriba, a las reuniones familiares. ¿Dónde está nuestro vaso, a ver?
—¡Siete mares! Cualquiera diría que mamá no te ha educado bien —exclamó Poseidón, también molesto.
—No lo hizo —señaló Hades—. Aquí el único en recibir educación fuiste tú, Zeus, y venida de una cabra, todo hay que añadir. No creo que seas quién para hablarme de educación, la verdad. A mí me zampó Cronos nada más nacer.
—Bueno, pero has tenido milenios para aprender de cortesía, ¿no?
—Antes lloverán pelucas rosas en la arena de mi palacio que serviros yo mismo de buen grado —les desilusionó Hades—. Ya podéis iros haciendo a la idea.
—¿Hola? ¿Fuego, aire, mar? —Artemisa los fulminó a todos con la mirada—. Ninguno de los tres me ha ofrecido nada tampoco y no me veis quejarme. ¿Queréis callaros?
Zeus y Poseidón suspiraron y sacudieron la cabeza, pero no tardaron en imitar el gesto del dios del inframundo y en hacer aparecer una copa que dirigieron llena de bebida oscura a los labios.
—Sí, te he ayudado —aseveró Artemisa a Thalía, retomando el hilo de la conversación una vez cada dios hubo bebido un sorbo inicial de sus copas—. Dejando intacto tu libre albedrío. Permitiendo que te enfrentaras a tu modo y por tu cuenta a la profecía, no por una imposición mía. Aunque no lo creas, no te estoy obligando a cumplirla. Así te he ayudado. Y si después de todo no eres capaz de valorarlo…
—No tenemos por qué hacerlo —indiqué—. Cumplir la profecía, quiero decir. Una profecía no es más que una muestra de la esperanza de la gente. Marcas a seguir en un sendero ya premeditado, ensayado y preparado para la ocasión.
Los cuatro dioses me observaron durante lo que pareció un largo milenio. Zeus parecía a punto de ponerse a tronar, Hades por no ponerse a echar fuego por los ojos igual que el malvado de la historia de un cómic lo hace en pleno arrebato al ver sus planes frustrados, mientras que Poseidón se mordisqueaba los bigotes, tragándose montañas y montañas de comentarios sarcásticos. Casi podía ver platillos de una balanza gruesa sopesando alternativas peligrosas asomando por el rabillo de los ojos de los cuatro.
—Podría obligaros a cumplir con ella —dijo finalmente hades—. En especial a ti, Castellan. Recordarte la palabra que diste para con este asunto. Obligaros a ambos a cumplir tu promesa, la promesa que adquiriste para con la salvación del mundo en nombre de ella, en nombre de ti, y hacerlo en contra de lo que ahora quieras o sostengas. —Hizo una pausa, a la espera de ver si sus palabras surtían algún efecto sobre nosotros. El sudor me corría por la espalda, pero me complació ver cómo Thalía mantenía el gesto inflexible—. Pero eso sería quitaros el libre albedrío —prosiguió Hades, en una admisión casi renuente—. Y, aunque no lo creáis, muchachos ingratos y necios, en el Olimpo aún nos regimos por esa libertad, incluso quienes no tenemos morada en él.
—Oh, no. No lo hacéis por respeto a nuestra libertad, sino porque vuestra preciada profecía exige que todo se haga de buena voluntad y de corazón —replicó Thalía, sin dejarse conmover en absoluto por la rara muestra de gentileza, o intento de gentileza del dios; a su lado, asentí, aquiescente con sus palabras—. «Hijo nacido del amor»... ¿recordáis? No de la obligación. Del amor. —Se volvió hacia Artemisa, todo el cuerpo dominado por la tensión—. «Nacerá del viaje y el trueno, de los bosques y el tiempo» —recitó—. ¿Lo de los bosques es por ti? ¿Es por mi lazo que me une a ti?
Artemisa asintió. Zeus Se frotó con gesto absorto la barbilla.
-Eso creemos. Pero con las profecías uno nunca puede estar del todo seguro. Ni siquiera Apolo suele estarlo. Mira tu caso, Castellan. ¿Renaciste porque así se profetizó? ¿O fuiste pronosticado porque se supo que ibas a renacer? ¿Son las acciones quienes llaman a conjurar a la profecía, o es la profecía quien provoca las acciones que ella conjura? ¿Quién sabe realmente cuál es el verdadero orden?
-La eterna pregunta del huevo y la gallina -torcí el gesto-. La gallina pone el huevo pero antes fue un ser encubado; y ya que sostengo que antes va el huevo, reitero que antes va la profecía, luego mi renacimiento. No pretendas despistarme en eternos debates existenciales del augurio y la adivinanza, Zeus.
Hades esbozó una sonrisilla de menosprecio.
-No esperaba menos de ti, Castellan.
Sonreí mostrando todos los dientes, en una mueca que de calidez no tenía nada.
-Yo de ti tampoco, Hades, vaya. Pero, ¿qué pasaría si nos negáramos en redondo, a ver? Absteneros esta vez de esgrimir el argumento de la destrucción total de la humanidad, por favor -ironicé-. Está muy oído.
-Oído pero no menos cierto. Y siempre eres un rebelde, Castellan, pero rara vez un estúpido. ¿No me digas que es ahora cuando quieres empezar?
-¿Yo? -exclamé, fingiéndome escandalizado-. ¿Ahora que estoy tan lejos del buen maestro que es la influencia de tu persona, Doninframundo?
De pronto Hades sonrió. La aparición de una sonrisa en la boca de aquel dios no sólo era un mal presagio. Era malísimo. Era el acabose. Era una señal segura de «se acercan problemas», encarnada por toda la corte olímpica de «tú te lo has buscado», para despellejarme vivo. Hades tenía esa capacidad para desdeñar de muerte sin muchas palabras, como todo rey sombrío de un reino aún más sombrío.
-Sigue así y no tardarás en volver bajo mi sombra.
-Me conmueves, Hades. De verdad de verdad. Pero me temo que tendré que rechazar tu invitación. No me apetece nada volver a pisar esa brújula fantasmal que llamas hogar. Quiero saber qué va más allá de un no a la profecía. Esa fue mi pregunta y esa sigue siendo mi pregunta. No me des más rodeos.
—Ah, nada. Simple oscuridad. Claro, algo que no te debe ni asustar —opinó Poseidón, arrellanado en el sillón colocado entre Zeus y hades, con las piernas extendidas al frente y los tobillos cruzados, aparentemente relajado. Lo que parecía dudoso. Él era otro de esos dioses petulantes a pesar de sus aires de veraniego descuidado, de eso estaba seguro—. Sólo quedan poco más de cien días, con todos y cada uno de sus ocasos y amaneceres al filo de esa profecía, aunque dudo que sientas el tirón del apuro, de los granos de arena cayendo en el reloj. —Le pegó un sorbo a su bebida, sosegadamente, sin dejar de observarme por encima del borde de la copa que sostenía. Su tono fue frío al añadir, cáustico—: tictac, tictac, tictac...
—No pretendas asustarnos —protesté débilmente, de mala gana. Sentía una suerte de vértigo en el estómago con sólo pensar en las consecuencias de un mundo tiranizado por Cronos y sus compañeros titanes, pero me gustaba aún menos ser asaltado por esa debilidad en presencia de dioses.
—¿Asustarte? ¿Existe algo o alguien capaz de asustarte? —La sonrisa del dios fue casi displicente—. ¿Tal vez tu antiguo amo? ¿Tal vez ni siquiera él?
Apreté los dientes.
—Siempre fuiste obstinada —murmuró Artemisa a Thalía, interviniendo en la puja de miradas entre Poseidón y yo—. Igual que tú, Castellan. No trataré de convenceros de que cumpláis esa profecía. Jamás. Sería estúpido; y atentar contra los propios requisitos del augurio. Quiero que lo hagáis por propia voluntad, si es que al final el tiempo os permite decidiros a ello... al igual que en su día quise que fueras mi hija por propia voluntad. —Sus ojos estaban enfocados en Thalía, cautos, penetrantes, insistentes—. Por favor, jamás dudes de eso.
Estaban tensos. Los dioses estaban tensos. Pocas veces sentían tensión los dioses y, si lo sentían, rara vez lo denotaban. ¿Por qué ahora? Ni Thalía ni yo podíamos saber qué tanto se intercambiaban, qué tanto se decían los tres grandes a las espaldas de Artemisa, pero era evidente que algo se traía entre manos el Olimpo, y la desconfianza que fue a brillar en los ojos de Thalía me confirmó que yo no era el único en pensarlo.
—Pues ahora s—sí, sí que lo hago. —confesó ella.
La tristeza nubló los ojos de Artemisa, pero ésta nada dijo.
—No estamos preparados para... —musité en una especie de balbuceo.
—Cronos intentó controlarte y fracasó —apuntó Poseidón—. Después trató de matarte y, de momento, continúa en la casilla del fracaso. —La fugaz sonrisa del dios fue cínica—. ¿No estáis preparados? Hace menos de dos días le habéis dado una buena lección de qué es la derrota.
—Por eso voy a matarlo. —Mi sonrisa era igual de amplia, igual de marcada... igual de cínica.
—No deberías echarte el peso de ese saco a la espalda. No, tú solo no —rezongó Thalía; habló sin mirarme—. Sólo eres un ser humano.
—¿Sólo un humano? —Poseidón enarcó una ceja—. ¿Dirías que tú eres una simple humana? Eres semidiosa; una semidiosa que ni muere ni envejece. Lo mismo le pasa a él: es un mestizo, pero un mestizo bañado en las aguas del Estigio; un mortal imbatible, con un punto mortal como único talón de Aquiles. —Bebió calmosamente antes de volver a hablar—. Yo no llamaría a eso ser «un simple humano». Sin duda sois algo más.
Hades movió la cabeza en lo que bien podía interpretarse como asentimiento o un gesto de mal humor.
—Seáis lo que seáis —proclamó Zeus, tomándole el relevo a su colega y hermano—, podéis tener éxito donde nosotros aún no hemos vencido. —Por alguna razón, no dejaba de mirarme. Estaba ligeramente inclinado hacia adelante, como si quisiera que sus palabras penetraran sobre todo en mí—. Podéis lograr por segunda vez la victoria.
Thalía les dio la espalda y se alejó unos cuantos pasos mientras consideraba qué podría hacer.
—Así que, mal que os pese, tendréis que elegir —declaró Zeus al cabo de un momento—. Os he estado observando. A los dos. Hace mucho tiempo que confío en que, cuando el momento clave llegue, tendréis la voluntad suficiente para actuar debidamente. Para elegir bien. —Zeus me tenía clavado en el sitio con sólo la fuerza de su mirada—. Para actuar con la astucia que te achaco. —Miró fugazmente el anillo de Hermes que tenía enroscado al dedo, aunque sus ojos no tardaron en ascender de nuevo a mi rostro—. Si elegís bien, estaremos a un paso más cerca del alivio, del respiro. En cambio si os equivocáis... —sonrió, mortífero—, bueno, el mundo entero se habrá equivocado con vosotros.
—¿Y si no elegimos nada? —planteó la posibilidad Thalía, en tono desconcertante que decía que su mente estaba bien lejos, más allá de la pregunta.
—Una persona que se queda en una bifurcación, incapaz de decidir qué camino tomar, nunca llegará a ninguna parte —aseveró Zeus.
Ella asintió.
—Pones sobre mis hombros una pesada carga, padre. —Me miró de refilón y rectificó—, sobre nuestros hombros.
—Todos llevamos cargas —afirmó Zeus pensativamente al tiempo que hacía girar la copa y observaba los remolinos que el vino creaba—. Depende de cada uno saber llevarla. Y depende del modo de asumirlo y enfrentarlo que tales cargas sean insoportables o maravillosas. El destino no es más que el resultado de todo ello.
—Sí. Un destino que vosotros ya habéis trazado…
—No, no lo hemos hecho —corrigió Artemisa. Finalmente había aceptado la invitación del sillón. Estaba sentada muy derecha, como siempre; la espalda recta y las rodillas muy juntas. Junto a Zeus, también ella parecía encontrarse a gusto, cosa muy improbable—. Eso es lo que no entendéis y es lo que tratamos de haceros ver: con o sin profecía, el destino lo forja uno mismo. Es como una ciudad con distintos caminos que conducen hacia su centro. Está ahí, es visible, ya está edificada, marcada, erigida... pero son las elecciones que hacemos de camino ahí, las rutas que decidimos tomar, las rampas o atajos por los que andamos, las que marcan la diferencia. Las que trazan el destino. Las que anuncian la llegada.
Hablaba sin apartar la mirada de su hija juramentada. Ella no parpadeó. Se mantuvo erguida ante su diosa, con el apuesto rostro enrojecido por la rabia controlada y el desafío de susceptibilidad lanzado, aunque en un momento dado pude percibir un débil temblor en la mano con la que blandía el arco de plata.
—Pues este parece ser un camino realmente pedregoso, rumbo a una ciudad augurada —extendí los brazos a ambos lados, abarcando el dormitorio, el campamento, el mundo entero, por ser el por qué de mi regreso a la tierra.
—Entonces sólo os queda elegir la actitud con la que vais a encarar ese camino pedregoso rumbo a esa ciudad augurada —repuso Poseidón mientras tendía una mirada pensativa hacia la puerta. Era como si estuviera viendo a través de ella—. ¿Será positiva? ¿Será negativa?
—Basta. No pienso quedarme aquí escuchando cómo me presionáis. Libertad, decís. Tengo libertad, pero al mismo tiempo me ponéis en las cuerdas, entre la espada y la pared.
Thalía se abalanzó en tromba contra la puerta de la habitación. En el momento en que las yemas de sus dedos rozaban el pestillo echado, sonó una llamada a la puerta. Por el rabillo del ojo vi a Poseidón asentir. Me incorporé de un brinco a la vez que Thalía saltaba hacia atrás, asustada por el ruido.
Nadie vería a los cuatro dioses sentados en cuatro sillones en el medio de mi dormitorio; podía estar tranquilo en ese sentido: los dioses no se dejarían ver. Pero si encontraban a Thalía en mi habitación, a una cazadora en el dormitorio de un chico, un chico recién desvelado, un chico con el que tenía cierto historial tórrido... se plantearían preguntas para las que ni yo ni Thalía estábamos preparados a enfrentar.
Por su parte, los dioses comenzaron a desvanecerse.
—Recordad que sois nuestra única y última esperanza. —Hablaron los tres al unísono. Un tono muy destemplado para dirigirse a personas sobre las cuales se estaba confiando tanto peso y tanta esperanza—. Sois la ciudad de la esperanza, el destino del mundo, la profecía encarnada.
Y tras tales palabras tan tranquilizadoras, los tres señores desaparecieron en un visto y no visto.
—Recuerda que sigo queriendo que hagas tu elección con el corazón y no con la cabeza o una imposición —añadió Artemisa, de pie ante el solitario sillón que ahora reinaba en la estancia, mirándonos alternativamente a Thalía y a mí—. Recordad ambos que es el amor el cimiento de esa esperanza. Un afecto mutuo y profundo y sincero... si es que existe tal sentimiento entre vosotros —pareció a punto de añadir algo más, pero finalmente sacudió la cabeza. Se remangó el repulgo del vestido antes de que su cuerpo viajara con un último estallido de luz de vuelta al Olimpo. Y su voz se quedara abajo, flotando con nosotros, con una última palabra:
—Recordadlo…
Thalía y yo sólo tuvimos tiempo de intercambiar un cabeceo cómplice antes de que ella se desplazara a un lado y yo alargara la mano para abrir la puerta, cuando la llamada sonó de nuevo.
Era Victoria. Flanqueada por Annabeth y Rachel y, un paso por detrás, Selise y sus hermanas. La hija de Atenea se puso de puntillas, ladeada, y escudriñó el interior del cuarto con desconfianza.
—Me había parecido oírte... —rezongó. Me asestó una mirada entre curiosa y acusadora—. ¿Qué hacías?
—Aguardar la llegada de tanto cortejo a mi puerta no, eso seguro —abrí la puerta lo justo para que echaran un vistazo al interior, lo justo para que no pudieran flanquear el umbral, si a alguna se le ocurría la idea—. Aunque, ¿señoritas? —Les dirigí una sonrisita ligona—, Me halaga el haberme equivocado. ¿Y bien?— —tamborileé con los dedos el pomo de la puerta—. ¿Queríais verme, chicas?
—¿Tienes que hacer siempre preguntas idiotas cuya respuesta sea obvia? —Espetó Selise—. ¿No hemos llamado a la puerta de tu dormitorio sólo para verte la cara, sabes?
—¡Ah no? —Me llevé una mano al pecho, fingiendo estar dolorido—. Me matas, me matas, pequeña cazadora.
—Están buscando a Thalía —Annabeth señaló con la cabeza a Selise y Victoria y el resto de cortejo de cazadoras desplegadas un paso tras ella, haciendo caso omiso de mi teatro.
—¿A Thalía? —Hice una mueca de disgusto con la nariz—. Entonces, ¿debo descartar que me estéis buscando a mí? —las obsequié con esa amplia sonrisa que dejaba a tantas mujeres sin palabras... según yo. Con el desplegable de chicas que tenía enfrente todo fue otro cantar: ninguna se dejó conquistar—. Lástima. ¿No queréis replantearos la pregunta? —ronroneé.
—No, gracias. Claro que no te buscábamos a ti —espetó Alayne—. ¿¡Serás descarado!? —Perfecto. Ya las tenía pensando con la cabeza de «los chicos son lo peor, simples bolsas de hormonas con patas», lo que ayudaba en sobremanera a mi propósito de despistarlas.
—¿La has visto? —Annabeth sí que no se dejó distraer—. A Thalía. Sus hermanas llevan horas preguntando por ella.
—¿Has visto tú al sol? —Repliqué, la sonrisa aún ladeada en los labios—. Yo sí. Nunca he estado ciego. La he visto, por supuesto que la he visto. Llevo viendo a Thalía desde que vino aquí, con sus compis de caza, al campamento. ¿Es que tú no?
Rachel sofocó una risa haciéndola mal pasar por tos; Victoria le tomó el relevo a Annabeth a mirarme con curiosidad, en tanto la rubia ponía los ojos en blanco. Por su parte, las cazadoras me miraban con esa cara de «tu madre no debía haberte parido».
—Hoy —intervino abrupta Selise. Por lo visto, la poca simpatía que sintiera por Lucy no era extendible a Luke, no señor—, esta tarde. ¿La has visto? Sabemos que se quedó en la sala de reunión, a solas contigo; y eso a sabiendas de que eres peligroso, un tipo que... —sacudió la cabeza y se puso erguida; parecía querer crecer en estatura, como si no quisiera dejarse minimizar por mi presencia—. El caso es que hemos ido ahí, y no está. Al igual que tampoco estabas tú. Y nadie le ha visto regresar a nuestra casa. ¡Tú tienes que saber...! fuiste el último que la vio. —Entornó los ojos—. Debes de saber dónde se ha ido o metido o escondido o... o lo que sea.
—¿Thalía? No. No sé dónde está Thalía. —No miré en ningún momento al hueco que ocultaba la puerta, tras la cual se agazapaba la buscada—. Hablamos, sí, es verdad, pero apenas charlamos cinco minutos. Luego cada uno se fue por su cuenta, yo aquí y ella... —encogí los hombros—, ni idea.
—Llevas semanas, no, meses tras ella y ahora... ¿no sabes dónde está?
—Eso es. —Hice caso omiso de la amenaza implícita en el arco alzado de Chichones—. ¿No os quejabais de que pasara mucho rato conmigo? ¿No fue ese el motivo por el que llamasteis a vuestra diosa querida? Yo habría pasado olímpicamente de vosotras, por chivatas, pero por alguna razón Thalía parece sentir especial sensibilidad por lo que penséis de ella. Sí, me lo ha contado —expliqué al ceño fruncido de Elayne—. Tuvo que hacerlo; si iba a dejarme plantado, mejor darme una explicación.
—¡Nosotras no nos chivamos! —Se indignó Elayne—. Si lo hicimos fue por... por...
—Déjalo, gemela —le tranquilizó su otra mitad—. Es un chico. No lo entenderá.
—Es verdad. Mi cerebro es muy torpe para entender vuestros complejos juramentos de hermandad y vuestros celos —comenté, mordaz. Finalmente, di un paso adelante, puse una mano sobre el arco de Chichones y suavemente lo bajé de modo que la flecha apuntara al suelo—. Eso sí. Para vuestra suerte, entiendo las palabras «Thalía» y «buscar». Así que —di un paso adelante, obligándolas a retroceder a todas—, puedo ayudaros a encontrarla.
Cerré firmemente la puerta a mis espaldas, dejando la habitación atrás y llevándome al grupito corredor adentro.
—¿Qué tal si empezamos por el lago? ese es uno de sus lugares preferidos.
Las cazadoras se encogieron de hombros, resignándose a mi ayuda y presencia, mientras Annabeth continuaba mirando inquisitiva la entrada sellada del dormitorio y Rachel y Victoria intercambiaban una mirada y luego fruncían al mismo tiempo la nariz, olfateaban el aire, como si fueran capaces de oler mi mentira.
—Ya hemos mirado ahí —confesó Selise, impaciente—. Aunque claro, de eso hace más de una hora. Puede que un segundo vistazo no esté de más.
—Pero antes terminemos de buscarla por aquí —pidió Alayne, señalando con un amplio gesto el vestíbulo, abarcando el resto de habitaciones de la casa de Hermes—. Descartemos posibilidades, ¿de acuerdo?
—Por supuesto —aceptó Victoria. Los demás asentimos, sin chistar.
Estuvimos registrando el edificio durante unos buenos diez minutos. Intentaba no pensar en el cabreo que debía de estar sintiendo Thalía, sola, encerrada en un dormitorio que no era el suyo y del que estaría deseosa de abandonar debido, sobre todo, al recuerdo de la visita de los dioses. Eso, claro, si es que no había optado por escabullirse por la ventana. A pesar de ser de día y del riesgo que ello conllevaría, ¿estaría lo suficientemente desesperada como para intentarlo y arriesgarse con ello a ser pillada?
—¿Oíd, chicas? A lo mejor si nos separamos? —propuso Victoria al cabo de un rato. Del comedor recién limpiado llegaban flotando los olores apetecibles que anunciaban que la comida estaba lista—. Cubriremos más terreno. Yo me quedaré por los alrededores; vosotras podéis volver al lago. Luke puede acompañaros y...
—De eso nada —cortaron las gemelitas Alayne y Elayne al mismo tiempo—. Él se queda aquí. Contigo.
—¡Pero yo quiero ir con vosotras! —gimoteé—. Quiero ayudar...
—Puedes ayudarnos acompañando a victoria en la búsqueda —cortó Selise.
—Pues... —comenzó a decir la idhunita. Selise y las demás hijas de Artemisa le dieron la espalda, sin dejarla hablar; y tardaron menos de un suspiro en traspasar la entrada principal—. Vale, me parece bien —completó Victoria, una vez dejamos de distinguir los puntitos lejanos que eran las espaldas tiesas de las cazadoras—. Más que bien. Me parece estupendo. Así dejamos de hacer el bobo.
—Y de dejar de buscar fantasmas donde no los hay —suspiró Annabeth—. ¡Qué pérdida de tiempo!
—No tanto —contradijo Rachel. De pronto se echó a reír y, aumentando mi sorpresa, las demás se unieron a la risa.
—A ver —dije, sacudiendo la cabeza—, o vuestro sentido del humor es tan comprensible como el chino para un perro, o a mí se me escapa algún detalle.
—¡Huele delicioso! ¿Qué creéis que habrá para comer? —inquirió Annabeth, finalizada ya la risa pero sin acordarse de sacarme de mi perplejidad.
—Podríamos ir y averiguarlo —planteó Rachel.
—Podríamos, palomita —agité los dedos bajo su nariz, indolente—. Pero me temo que hay cosas más importantes que averiguar. Estamos buscando a Thalía, ¿recuerdas, preciosa? la cena, por deliciosa que sea, tendrá que esperar.
—Déjate de mentiras, Luke —me cortó Annabeth—. Estamos solos. Y en confianza. Puedes decir la verdad.
—¿Que no es otra cosa que…?
—Thalía estaba contigo —desveló Victoria, retirándose el pelo de la cara—, apestas a ella —cortó mis protestas antes de que me diera tiempo a pronunciar réplica alguna—, y tu dormitorio también —sonrió.
—¿De dónde sacáis esa idea…?
—Oh, ni te molestes en negarlo, por favor —me atajó Annabeth—. —A lo mejor ya no estaba contigo en el cuarto para cuando nosotras llegamos —concedió—, pero de que ha estado ahí, ha estado. Si ellas no se han dado cuenta de que mentías es porque no te conocen lo suficiente. Yo sí.
—Ya hemos alejado a las cazadoras de tu dormitorio y del pasillo. ¿Podemos ir a cenar ya, por favor? —Rogó Rachel, frotándose el estómago—. ¡Me muero de hambre!
—¿Es que a vosotras no se os puede ocultar nada, chicas? —exclamé más que pregunté mientras la pelirroja se ponía en marcha y el resto la seguíamos, rumbo al comedor.
—No es culpa nuestra que dejes tantas pistas a seguir —Annabeth me sacó la lengua—. Su arco estaba tirado en el suelo, a los pies de tu mesilla de noche.
—Por no hablar del perfume marca Grace que despides —bufó victoria—. ¿Te habrá llenado a abrazos, deduzco?
—Deduces mal —farfullé. Tres cejas se enarcaron, pero me cerré en banda y no añadí nada más.
Llegamos al comedor en un incómodo silencio, justo cuando bandejas de caldo de carne y verduras rulaba entre las mesas. Del esplendor de la estancia poco quedaba ya; las mesas de madera abrillantada seguían siendo las mismas, aunque los manteles se veían algo apolillados; eso sí, sencillas lámparas cuadradas pendían del techo, en sustitución a las elaboradas de antes. Aunque pocos, los desperfectos se hacían notar. Aun así, era perceptible el gran trabajo que habían hecho los campistas encargados, reformando el sitio y volviéndolo a hacer habitable.
Las tres chicas entraron de lado a lado como si fuera un día normal, pero con las reacciones que levantó mi aparición en el umbral quedó claro que nada de eso, que yo seguía siendo el enemigo a recelar número uno del camping mestizo. Todas las miradas estuvieron puestas en mí en cuanto me adelanté al interior del comedor. No sabría si me calibraban como una eminencia que hubiera aparecido de pronto, hecha una estrella de rock, o como la peor de las aberraciones escapadas del Tártaro.
De acuerdo. Les había engañado, haciéndome pasar por chica. Antes de ello, les había asustado, siendo su enemigo declarado. Pero ya había habido un juicio del consejo (o farsa de juicio) por tanto si me iba a quedar entre ellos, no podía actuar como si les tuviese miedo. No estaba dispuesto a encogerme cada dos por tres ante sus miradas recelosas, sus mohines recriminatorios. Antes, mal que bien, tenía el respeto del camping. Lo tuve como Luke, lo obtuve como Lucy. Pues bien, ya iba siendo hora de que les recordara el por-qué de ese sentimiento hacia mí. Abrí la boca, erguí la cabeza, pero antes de que pudiera hablar...
—Eih, gente, ¿por qué no miráis hacia otro lado? —Dijo Rachel de pronto y sin detenerse, quebrando con voz alegre el tenso silencio que había caído con mi llegada—. No levantéis la mirada del plato o corréis el riesgo de que se os escape la comida —se burló. Puso los brazos en jarras, más seria—. Si tenéis algo pendiente o en contra de nuestro amiguito aquí presente, hacedlo en el lugar apropiado: en la sala de entrenamientos.
—Y con las armas correspondientes en las manos —añadió Victoria.
—Pero avisad antes, por favor —rogó Annabeth, recorriendo con sus grises ojos las mesas—. Ya sabéis... por eso de no desperdiciar las apuestas.
Gruñí enfadado. ¡Menudas amigas! El mal humor aún me afloraba en los ojos. Lo comprendí por el modo en que Nico dudó si invitarme a compartir mesa, aunque finalmente sacudió una mano, indicándome la silla a su vera. Anduve hasta la mesa dando pasos tan livianos que en lugar de andar más sentía estar deslizándome. Mantuve la espalda bien recta. Habría sido capaz de llevar un vaso de agua sobre la cabeza sin derramar una sola gota, tan alta la llevaba.
Apenas me había sentado cuando una sarta de palabras excitadas y confusas llovió sobre mí. Aunque no dirigidas a mí.
—No creo que sea el momento de sentar la cabeza —estaba diciendo Nico entre bocado y bocado—. Más bien es el momento de ir de flor en flor. Cuando llegue el momento de sentar cabeza, lo haré, no lo dudes. Pero hasta entonces...
—Coleccionarás el ramo de flores —terminó Jack por él.
Ambos sonrieron.
—Hola, tú, por cierto —me saludó Yandrak tras dominar la risa—. ¡Por Aldun! Qué mala cara traes. ¿Ocurre algo?
—¿En qué te basas...? Ejem… —carraspeé—, ¿por qué lo dices?
—Por la expresión de muerto viviente que traes —soltó Nico—. ¿Estás seguro que bajo esa niebla de disfraces estaba tu propio cuerpo y no un cadáver andante?
Del otro lado de la mesa, Christian alzó la cabeza, pero no tardó en volver a desviar su atención al contenido de su plato.
—Ese comentario no está fuera de lugar —exclamé, furibundo, mientras engullía cabreado una rebanada de pan—, directamente ha viajado a otro continente. ¿Es que no tienes nada mejor que hacer?
—Calma, calma, chico —me frenó el idhunita mientras Nico se limitaba a entornar los ojos en mi dirección, suspicaz—. Los accesos de ira de apoco a apoco, por favor.
Percibí un alboroto en las puertas del comedor. Una figura entró en tropel en el interior, corrió a la mesa de las cazadoras atravesando el mar de miradas curiosas que como olas levantaba a su paso. Con los cabellos oscuros suelto sobre los hombros, tan revueltos que hacía pensar en el viento como culpable de ese estado enmarañado, Thalía avanzaba sin mirar a izquierda ni a derecha, y una aureola brillante parecía acompañarla mientras los pliegues del pantalón se curvaban y alisaban en torno a sus esbeltas piernas.
Según se acercaba, pude comprobar que aún parecía alterada; se dejó caer en la silla de la cabecera sin ningún decoro, aunque aquello no pareció disgustar a las cazadoras. Las hijas de Artemisa se volvieron todas a una y recibieron con idénticas expresiones de alivio y afectación la reaparición de su jefa de casas, a quien llevaban buscando toda la tarde. Intenté que mi vista no se entretuviera mucho sobre ella, pero de no ser por la patada que Jack me pegó bajo la mesa, no lo habría conseguido.
«He metido la pata hasta el fondo», mascullé para mis adentros, dejando caer todo el peso del cuerpo en el respaldo de la silla. Las nubes pintadas del techo parecieron sonreír burlándose de mí, con ese su aspecto descascarillado de pintura resquebrajada, y solté un gruñido acompañado del levantamiento del dedo corazón. «¿Qué voy a hacer?»
—Confío en que rumiar tu metedura de pata en silencio para que yo pueda comer tranquilo —dijo Kirtash sin girar los ojos hacia mí, tan sólo proyectando las palabras en mi cabeza—. Y con silencio quiero decir volumen de pensamientos al cero, por favor.
-Yo no te mandé que te entrometieras en mi cabeza -respondí, también por el mismo lenguaje telepático.
-Eso es cierto. -Sólo entonces Christian se volvió; sentado junto a Percy, sonrió y por poco se me cae la boca a los pies. Kirtash sonriendo encabezaba mi lista de advertencia de «si sucede, alerta permanente, porque se acerca el fin del mundo»-. Pero ahora tu cerebro es como una radio constante, enviando ondas y sonidos por todas partes. Imposible desconectar.
-Ah. Ese es tu problema. Te aguantas.
—¿Le pasa algo? —Curioseó Rachel, de pronto, sentada al otro lado de Jack—. ¿Habrá tenido algún percance? —me miró—. ¿Luke…?
—¡Y yo que sé! —voceé, arrojando en el impulso el tenedor al suelo, carne y verduras acompañándole en su caída. Me agaché debajo de la mesa a recogerlos y apreté los ojos con angustia.
—Qué descortés…
«¡Sal de mi cabeza, Christian!» Me enderecé y miré apenado el rostro que me recriminaba con la mirada. «¡Sal de mi cabeza!».
—¿Acabas... de gritarme?
—Lo siento. No debería haberte gritado así —me disculpé con Rachel—. Yo… estos días estoy estresado, cansado y mal durmiendo, eso es todo.
Tamborileó los dedos contra el cristal de su vaso de zumo de melocotón.
—Ha tenido que ser impresionante la bronca para que te haya dejado así —aseguró. Me mantuve en silencio—. ¿Sabes que puedes contarnos qué sucede, verdad? —Siguió instigando—, no se lo diremos a nadie, sobra añadir.
Rachel seguía mirándome fijamente y pensé que si en el futuro se cansaba de ser oráculo no le costaría encontrar trabajo. De abogada. O juez. O policía. Porque su mirada era como un rayo láser, interrogante e intimidatoria por sí sola.
—Se lo he contado confesé finalmente, rendido ante su instigación visual.
Annabeth y Nico intercambiaron una ojeada de curiosidad; Jack y Rachel parecieron sentir el mismo deseo de saber aunque, por supuesto, debido a motivos distintos, pues ellos sí sabían a qué me refería. Con cauto interés, la pelirroja aventuró una pregunta:
—¿Entera? ¿Se lo has contado por completo? —asentí—. Ah, eso lo explica todo —musitó.
—Debí haberte hecho caso —admití—. Debí habérselo dicho antes.
—Bah, no te preocupes tanto —descartó Jack al instante—. Tiene el coraje de seguir adelante, de eso no te quepa la menor duda. Y lo hará. Tarde o temprano, lo hará.
—¡Pero igualmente molesta que se haya enfadado conmigo!
Jack se echó hacia atrás, balanceándose sobre las patas traseras de la silla.
—Voy a decirte un secreto que es posible que no averigües hasta que... bueno, jamás —mis ojos se quedaron prendidos en el tenedor que el chico movía en el aire igual que la batuta de un músico dirigiendo a su orquesta—. A ella le duele tanto como a ti haberse enfadado contigo.
Fruncí el ceño.
—No lo parece.
Rachel rió silenciosamente y asintió. Christian cabeceó desde el otro extremo, como si su compañero de idhun hubiera dicho una verdad universal.
—Pues así es —reafirmó Jack—. El amor es así —reiteró mirando con elocuencia hacia las mesas de las cazadoras, donde se sentaba Victoria—. comprensible, empático, redentor.
—¿De dónde has sacado eso?
Lanzó el tenedor al aire, volvió a posar la silla sobre sus cuatro patas, y luego atrapó a vuelo el cubierto cuando este descendió.
—Confía en mí, Luke.
—¿Podemos enterarnos de qué habláis? —Repuso Nico con irritación—. ¿O es una de esas cosas que mantienes en secreto por mandato de los dioses, Luke?
—Rachel y Jack no son dioses —hizo ver Annabeth entre sorbo y sorbo, adelantándose a mi respuesta—, y no obstante saben de qué está hablando él.
—¿Quieres que te mienta? —Ella negó con la cabeza—. Entonces no hagas preguntas que me obliguen a no decir la verdad —concluí.
Annabeth me replicó con una mirada fulminante.
—Si no supiera que es imposible —tanteó Nico—, diría que has estado en los submundos de Hades. Apestas a azufre, a muerte, a averno.
—Apesto a azufre, a inframundo, a marca Grace, a mentira... —suspiré con dramatismo—. Lo que está claro es que apesto.
—Terriblemente —asintió Jack, sonriendo de lado—. Chanel Romance 310.
Le dirigí un amistoso puñetazo en el hombro, que él esquivó sin esfuerzo.
La cena transcurrió sin contratiempos, entre conversaciones diversas y platos que no dejaban de rular y vaciarse. De cuando en cuando oí reír varias veces a Thalía durante la cena, risas sonoras y audibles pero de las falsas, de esas que ocultan una especie de vacío tras ellas, como si el miedo y un sinfín más de emociones oscuras estuvieran agazapadas, gobernantes en el fondo de su estado anímico.
……….
Al terminar, salí del comedor acompañado de Rachel. Christian no tardó en unirse a nosotros. Yo buscando despejarme, ellos en calidad de vigilantes; la farsa del castigo impuesto en el juicio seguía en pie. El aire de la noche me golpeó en la cara, despejándome el rostro. Traspasamos las verjas del camping 2 y llegamos a la altura del roble que horas antes había resguardado el armatoste de Cronos.
—¿Podéis? —Hice un gesto vago hacia el campamento que se abría a nuestras espaldas—. Desearía estar solo. Un minuto. Tan sólo un minuto.
Christian cumplió la petición enseguida, de mil amores, creo yo. En cambio Rachel se limitó a cruzarse de brazos y a dar a entender con el gesto que no pensaba irse a ninguna parte.
De pronto, algo se movió en la floresta. Un susurro, más que una pisada. Un susurro, acompañado de un perfume que reconocí muy bien.
—Ven, ven, no muerdo —bromeé.
—No. Sólo ladras —respondió Thalía; aun así, a medida que hablaba, se fue aproximando.
—Conseguiste salir del cuarto —dije cuando la tuve cerca.
—No estaría aquí de lo contrario —apuntó, pero sin hostilidad.
Echamos a andar sin meta alguna, con Rachel y Christian siguiéndonos de cerca y cuchicheando entre ellos. Miré de refilón a Thalía. Algo había cambiado en ella, cambios externos que se manifestaban sobre todo en su modo de caminar; de su andar brioso, felino y altivo poco se asomaba aquella noche.
Ahora parecía más etérea que nunca, como si las emociones de las que era pasto su interior fueran sus propias piernas, la vorágine de sensaciones, sus brazos. Alzó los ojos hacia el cielo, recibiendo de pleno el aura plateado de la luna en el rostro, pero no tardó en bajar la cabeza, como si el astro reinante de la noche fuera una visión que le atormentara, su luz, una caricia de la que quisiera escapar.
Se giró de pronto hacia mí, los cabellos volando al compás de su movimiento; por un instante vi como me tendía la mano, pero su brazo se vino abajo y el ademán murió a medio camino cuando miró por encima de mi hombro.
—Mira quién viene por aquí —comentó con un rictus amargo en los labios.
Giré hacia la pelirroja y la miré con cara de cordero en matadero.
«Vete, por favor», gritaban mis ojos. «Calla y vete».
Pero Rachel no era persona que se dejara despedir tan fácilmente.
—Hola, Thalía —saludó, cantarina—. ¿Qué, aclarando las cosas?
—Sí —contestó secamente—, y me gustaría seguir haciéndolo a solas con Luke, si no te importa.
—¡Oh, no te preocupes! —Despidió sus inconvenientes con un gesto—. Lo único que quería preguntarte era... cómo estás.
La irritación de Thalía dio paso a la gratitud.
—Aún turbada, la verdad —confesó—, y gracias por preguntar.
Con una expresión conmovida, Rachel le apartó los cabellos de la frente.
—Lo entiendo.
—No, no, no lo comprendes. Sólo ves una parte de ello. No el alcance. —Pero quien no comprendía era Thalía—. Si tuvieras…
—Rachel lo comprende —dije, indicando con un ademán a la pelirroja—. Lo comprende porque fue ella quién lo vaticinó. Fue ella quien pronunció la profecía.
Thalía alzó la vista para mirar con atención a la oráculo. Ésta le dedicó una mirada solemne y asintió con la cabeza para confirmar lo dicho.
—Oh, vaya... —fue todo lo que respondió, con voz desvaída—. Más que molestarme me incomoda un poco. Y sorprende, claro.
—Si después quieres que hablemos... —ofreció Rachel, tan sincera como repentinamente insegura, como si creyera que Thalía fuera a responder con cajas templadas a su oferta—. Ya sabes dónde estoy.
—Gracias. —Para mi sorpresa y para la de la propia Rachel, Thalía se acercó a ella y la abrazó con fuerza—. De todo corazón. Lo tendré en cuenta.
Rachel asintió. Después volvió junto a Christian, quien había asistido con declarada indiferencia a la escena. Su espalda era lo único de él que se dejaba ver. Una vez juntos, los dos se dejaron ocultar por el bosque.
Thalía y yo nos quedamos en silencio en medio de la noche. Miré hacia la oscuridad, disfrutando del silencio. Luego, finalmente Thalía habló.
—Así que pensaba, ya que estamos juntos en la profecía y todo eso… —comenzó.
Me di la vuelta para mirarla. Me dirigía una pequeña y nerviosa mirada, la clase de ojeadas que se lanzan antes de azotar con el golpe de gracia. No. No se daba cuenta que a mí ya no tenía que rechazarme.
—Ya sé lo que vas a decir.
—¿Ah, sí?
—Sí —suspiré.
—¿Entonces...?
De repente me sentí agotado, muy agotado.
—Cariño, no estoy interesado en noviazgo concertado por un oráculo, por más que el oráculo en cuestión tenga ojos verdes, pelo rojo y una sonrisa de amiga capaz de decir las verdades por sí misma —respondí, mirándola.
No dijo nada.
—¿Estamos? —pregunté, dedicándole una mueca de labios.
—En realidad iba a decir que ya que somos llamados a la misma profecía, podríamos sentarnos y hablar de ello —dijo tranquilamente, eso sí, mirándome con irritación.
—Oh —balbuceé. Fue todo lo que pude decir.
—Pero vale. Olvídalo. Ya que no estás interesado —comenzó a alejarse.
—Espera, espera, espera, Thalía —exclamé, agarrándole de la muñeca, impidiendo que continuara alejándose. Se quedó allí, mirándome, sombrío el rostro—. Sí. Bien. Podemos hablar de ello.
Se cruzó de brazos.
—¿Debo advertirte que este no es un lugar muy fiable para tratarlo? —Le señalé cuando estuvo claro que aguardaba a que yo empezara a hablar—. No, por lo que me dice la experiencia —comenté en voz baja, lo suficiente para que me escuchara de todos modos—. La misma que me recuerda que en mi dormitorio hay cerrojos, soledad, y paredes que nada van a contar, después.
—Esta vez tenemos a un Christian capaz de decirnos si se acerca alguien. —Dichode otro modo: no quiero volver a esa habitación.
—Como prefieras. —Tomé aire, listo para saltar al vacío—. Dime... ¿qué sientes, entonces?
Ella abrió la boca, suspiró, negó con la cabeza, volvió a suspirar y vuelta a agitar la melena.
—No puedo describirte lo que siento, verbalizarlo en frases gramaticales que lo abarquen en su totalidad, porque no conozco las palabras necesarias para calificar lo que me rumia desde hace tiempo.
—Cuestión que se resumen en dos únicas palabras: ¿me quieres? Y que se responden en otras dos simples palabras: sí o no.
—Sí, ya sabes que sí. Pero también sabes que eso no es suficiente... quizás ahora menos que nunca porque me engañaste.
Retiré la mano que apoyaba sobre el brazo ramificado del árbol y le correspondí con la mirada.
—Tienes razón. Me equivoqué. Tomé solo una decisión que nos incumbía a los dos sin darte la oportunidad de opinar. No volveré a hacerlo.
—El deseo que sentías de detener a Cronos te impulsó a hacer lo que creíste necesario —comentó con gentileza—. A veces, tomar una decisión y equivocarse es mejor que no tomar ninguna. Además, no es que los dioses te dejaran muchas opciones, ¿verdad?
—Verdad —suspiré, aliviado de la gran comprensión de la que estaba haciendo gala—. Gracias por entender.
—Oh, claro, claro que lo entiendo. De todas formas, no estoy enfadada contigo porque tomaras esa decisión. Lo dicho, tenías que hacerlo. Lo que me molesta es que hayas pasado tanto tiempo sin decírmelo. Tantas veces que te pregunté qué pasaba, qué querían los dioses de ti, por qué sólo era yo quién te veía bajo el disfraz, por qué estabas de regreso a la Tierra... y continuaste mintiéndome a la cara. Continuaste negándome la verdad, la existencia de la profecía, Luke. ¿Cómo crees que me sentó eso? ¿De qué otro modo esperabas que me lo tomase?
—Mal, muy mal. Cierto. Es verdad. No tenía derecho a guardármelo todo para mí. Ahora lo comprendo. De nuevo, lo siento.
—Lo sientes. —Torció el gesto—. ¿Y qué se supone que tengo que responder? —Cuestionó, ácida—.¿Un sí, te quiero? ¿Un sí, todo está olvidado? ¿Un no te preocupes, estaremos juntos de ahora en adelante?
—¡Oye! ¿Quién es ahora quien se niega a admitir la verdad? ¡Tú! ¡Eres tú! Tú, que hablas de valentía y de sinceridad. Tú, que hablas de engaño. —Me pasé los dedos por el enmarañado cabello—. Te pasas el día pidiendo buena voluntad y sinceridad de mi parte, vendiendo nuestra amistad como prueba de perdón hacia mí, pero las palabras no son nada si no se acompañan de actos. Tus exigencias no son nada si luego tú no predicas con el ejemplo.
—Claro que lo hago. Hace tiempo que te perdoné por ello, lo sabes. —Se detuvo para encararme—. Lo he demostrado. El caso es que... somos y fuimos tan diferentes, Luke...
—Sí, es cierto que antaño fui tu opuesto, tu contrario, tu disímil, pero ¿y qué? —Yo también refrené los pasos—. Incluso entonces fui tu semejante, tu igual, tu cara B, tu otra mitad. No lo niegues. Y si bien ahora estamos en el mismo bando de dioses y titanes, nuestras diferencias siguen uniéndonos, nuestras similitudes siguen arrastrándonos.
Quedamos el uno frente al otro, con los cuerpos tan juntos que sólo el viento tenía permiso para meterse entre medias. Fui consciente de lo cerca que estaban los labios de Thalía de los míos. Sentía su aliento en la cara, cálido, envolvente, dulce.
—Razón suficiente para esgrimir el «no».
—Ahí tienes —sonreí, melancólico, como si todo el asunto no fuera sino un chiste, una broma pésima—. Nunca has llegado al punto de permitirte creer que todo podría cambiar. Que mi mundo pueda llegar a ser el tuyo, y el tuyo el mío. Pero yo sí. Yo sí. No me importan nada los combates pasados, las luchas libradas a favor de los titanes; si has de rechazarme hazlo; no habrá nada nuevo bajo el sol. Pero no permitiré que lo hagas bajo la sombra de unos errores que ya he espiado con creces. ¿Estamos? —Me incliné y solté contra su rostro—: no permitiré que me sigas juzgando por un caso al que le han dado carpetazo, juicio y sentencia.
—No me oirás blandir ese argumento por excusa —se indignó ella. Con el cuerpo tan tenso junto al mío que parecía un muelle a punto de saltar, ni se apartó ni desvió la mirada.
—Bien. Porque sería algo endeble. —Casi estaba encima de ella—. Mis andadas por el lado oscuro de lo divino son historia pasada, agua ya consumida y sin reciclar. Soy un reacio al amor que por primera vez está dispuesto a amar.—le tomé de la mano, la mano que bajo la manga llevaba puesta la pulsera de figuritas que le regalara uff, pareciera cien siglos atrás—. Tú podrías hacer lo mismo. Conmigo. Abrazarme; abrazar la idea de un nosotros —susurré, los ojos fijos en los suyos, los labios a milímetros de su boca, el pulgar vagando en círculos sobre su piel, contra la celeridad que eran sus latidos—. Ni tú ni yo hemos estado en una relación seria, pero podríamos enseñarnos mutuamente, y acabar teniendo algo sólido..., con el tiempo.
—¿Tú y yo?
—Sí. Tu y yo. —Me sentía al borde del precipicio.
—¿Por qué?
—Porque te quiero. —Reculé un paso hacia atrás, arrastrándola conmigo de la mano—. Porque siempre te he querido. Porque quiero estar contigo y siempre he querido estarlo. He aquí nuestra oportunidad —apreté el contacto de mis dedos en su muñeca—. Oportunidad ilusa, al parecer. Si tengo que repetírtelo a estas alturas para que te lo creas, es que realmente, aunque lo repita cien veces, nunca me vas a creer.
—Te creo —aseguró—, claro que te creo.
—Entonces podríamos intentarlo…
—¿Y si algo falla? —Susurró tan cerca que más que oír las palabras, las sentí—. ¿Y si después todo sale mal?
—¡Bien valdrá el intento! —afirmé, mirándola a los ojos.
—¡Qué detalle! —soltó, apartándose—. Qué gentil. —Puso toda la distancia que nuestras manos unidas permitían—. ¿Pero y si yo no puedo garantizarte ese intento?
—Entonces es que lo que sientes por mí no es suficientemente grande, intenso, para atreverte a estar conmigo —declaré. No había sorpresa o pesar en mi voz. ¿Para qué? Ya estaba preparado para su rechazo.
—Es arrogante suponer que sienta algo por ti —enarqué una ceja, exageradamente. Ella suspiró—. Vale, vale. Una suposición cierta, de todos modos.
—Sobre todo por cómo me miras, cómo se te acelera el pulso cuando me tienes cerca... cómo me besas —manifesté, tranquilo. El sonrojo fue a colorear sus mejillas.
Thalía avanzó el paso que antes había reculado, se acercó y con la mano libre puso un dedo sobre mi boca para interrumpirme.
—Calla —pidió, sonrojada hasta los cabellos—, no me avergüences así.
—No tiene nada de malo —dije contra su dedo.
—No. quizá no. Pero tampoco tiene por qué significar amor, ¿sabes? Podría llamarse atracción.
—Podría llamarse amor renuente —contraataqué—. Podría llamarse el inicio de algo.
—No. Por mí no. —Cogió aire y añadió—: pero sí por ella, por la profecía.
—¿La profecía? —me extrañé—. ¿Qué tiene que ver ella aquí?
—¿Estás bromeando no? —se sorprendió—. ¡Tiene que verlo todo!
—Tú ya sentías cosas por mí antes de saber la existencia del augurio de Rachel —le recordé, sin importar que mi voz se alzara unas cuantas octavas de más—. ¿Estás insinuando que todo lo que hemos hablado es por... porque...? ¿Porque será esa tu respuesta? —cuestioné, escandalizado, el entendimiento abriéndose rudo, burlón, en mi mente—. ¿Dirás sí a la profecía? ¿Harás... harás lo que ella designa?
—Sí —afirmó—, voy a hacerlo. Empezando por dejar... —le falló la voz; cuando prosiguió la voz le tartamudeaba en las cuerdas vocales, aflautada de pesarosa resignación—. Empezando por dejar a las cazadoras.
Le solté de la mano como si de repente su contacto quemara. Reculé unos cuantos pasos, negándome en redondo a su proximidad.
—¿Vas a renunciar a Artemisa? ¿A las cazadoras?
—Sí.
Aferré el borde de la rama cercana, lo único sólido que encontré ante aquel mundo que de pronto no dejaba de darme vueltas.
—Porque quieres.
Asintió con la cabeza, después la agitó, negando.
—Por deber.
—Deber. —exhalé lentamente—. Creo recordar que te pidieron que actuaras con el corazón, no con la cabeza.
—¿A qué precio? —susurró ella—. ¿A expensas de las vidas de todos aquellos que morirán si no colaboro? ¿Ese mundo que caerá bajo el yugo del tártaro si no les doy... si no les damos ése hijo que tanto necesitan?
—Deber... —repetí lenta, muy lentamente.
—¡Sí, deber! —estalló ella—. Es la guía que persigo ahora. No puedo hacer algo tan egoísta como continuar siendo una cazadora, sabiendo lo que ello significa. Lo que significa para el resto del mundo, aunque las personas nunca lo sepan.
Sentí que una helada carne de gallina me ascendía por los brazos.
—Claro. Claro. Porque estar conmigo es una obligación. Un deber. —Me notaba la voz pesada, pastosa en la garganta—. Pues tranquila; no te haré pasar por esa tortura. Jamás.
—Es mi deber. Y el tuyo. Te recuerdo que el futuro de la humanidad recae ahora sobre nuestros hombros.
—Nuestros hombros. —Repetí las palabras, blandiéndolas como si fueran dos barras de hierro muy pesadas que me hubiera tocado levantar—. El deber.
—El deber es lo que nos queda. No es desconocido. Deberes lo tenemos todos, unos más algunos menos, pero en definitiva no es ajena. Rige el día a día, con sus códigos, normas, cambios, progresos, etc. Siempre está ahí, siempre… somos marionetas del deber.
Hice una mueca y mi cuerpo por si solo se ladeó, buscando perderla de vista.
—Que Artemisa no te oiga hablar así —hice un gesto disgustado—. Creía, por cierto, que éramos marionetas de los dioses. ¿Ahora también del deber?
—Deber, dioses... todo es un círculo. Un círculo vicioso. Ellos han vuelto a su Olimpo querido. Déjame hablar como quiera.
—Te dejo hablar como te apetezca —aseguré—, pero no dejaré que cometas un error.
La oí resoplar y dar una patada contundente a algo que rodó pendiente abajo.
—¿Qué?
Me giré hacia ella. La ira bullía en mi interior como una antorcha y, por el modo en que ella reculó hacia atrás, cuando invadí su espacio vital con dos zancadas, también asomaba implacable en mis ojos.
—No pienso tener un hijo con una persona que sólo lo hace por deber. No me prestaré a ello. ¡Y ya puede pudrirse el universo entero, si ese es el precio! —La así de los hombros y la empujé contra el árbol que tenía cerca, reteniéndola ahí con toda la hiriente indignación que pulsaba en mis venas—. No pienso acostarme con una persona que no me desee. ¡No lo haré contigo! No vas a estar conmigo por obligación, ¿me has entendido? Ni hoy ni nunca. ¡No! Que se busquen los dioses otro salvador. Búscate otro chico a quien achacarle el haberte separado de lo que realmente quieres, ser una amazona. ¿Me has entendido, Thalía? ¡Porque ése no seré yo! ¿Por quién me tomas? ¡No seré yo!
—Acabas de decir que me quieres —recordó, acusadora, sin dejar de forcejear contra mis manos, que la retenían pegada al arbusto—. Acabas de decir que quieres estar conmigo.
—¿Cómo te atreves? Quiero estar contigo, sí, pero también con tus sentimientos y tu buena disposición, no con tus ideas alocadas y esclavas de... el deber.
—¿Me estás rechazando? —inquirió entre asombrada y dolida, dejando por un instante de forcejear—. ¿Es eso? ¿Me estás diciendo que no? ¿Que no quieres estar conmigo?
—Sí, Thalía. Eso es justo lo que estoy diciendo. Te rechazo, te reniego, paso de tu ofrecimiento. —Aparté una mano de su hombro, la tomé de la barbilla y pegué el cuerpo por completo al suyo. Inclinado contra su boca, escupí—: no quiero estar contigo. Así no. tú no quieres estar conmigo, en el fondo lo sabes. Y no vamos a estarlo. No mientras el estar conmigo lo veas una obligación, un deber.
—siento…
—Nada —la corté. La solté y me aparté, dejándola petrificada contra el árbol—. Por mí no sientes nada. Tú misma lo has dicho, antes. Atracción, si eso, a lo sumo.
—Me quieres…
—¿Y eso es suficiente como para que tenga que aceptar tu idea loca? —La fulminé, asqueado, indignado, enfadado y, en el fondo, muy en el fondo, deseoso de rendirme a sus propósitos, de aceptar su idea, de rendirme a su boca, a sus pies—. ¿Cómo te atreves a jugar con algo así? ¿A usar mis sentimientos como cebo para arrastrarme a tu locura, a tu desesperación?
—Yo no…
—Sí lo has hecho. ¡Claro que lo has hecho! Entérate: te quiero, pero no voy a estar contigo si esas son las condiciones. —Cerré los ojos para huir de los suyos, pero me mantuve firme, de pie, con el último rescoldo de orgullo y dignidad por muralla donde apoyarme—. Me qieres, pero no permitiré que me veas como un deber. Ni hoy ni mañana ni nunca. Tengo más amor propio que eso.
Sentí sobre mi alma el peso de aquella gran decisión.
—P—pero, la profecía…
—A la porra la profecía —espeté—. ¡A la porra tu sentido del deber!
Me alarmé cuando noté que a mis ojos estaba ascendiendo un mar de picor. Picadura caliente, húmeda; busqué un modo de distraerla de ese hecho, me incliné y, rápido como una centella, le arrebaté el carcaj que más tenía a mano y arrojé al suelo todas las lechas que contenían.
—Es ahí donde debería estar tu deber —exclamé—. ¡Por los suelos!
Thalía logró atrapar la mayoría de los plateados proyectiles en un movimiento hábil antes de que se estrellara contra la tierra aún levantada por las trampas y las pisadas y los restos de la batalla, pero el ataque tuvo su efecto: para cuando se inclinó a recoger el resto de flechas, la abandoné y me esfumé como fantasma en plena noche.
Sabía que me estaba metiendo en un lío yendo solo por el camping, escapando de la vigilancia impuesta, incumpliendo el pacto con el Consejo, pero me daba igual. Todo me daba igual. La ira, la indignación, las lágrimas y el pesar pulsaban en mis venas más de lo que lo hacía la propia sangre. Iba tan agitado que no fui consciente de que había rebasado la altura de la colina. Justo cuando estaba a punto de detenerme a inspirar para tranquilizarme, me detuve bruscamente, alerta de pronto, giré y atrapé a una figura alta y retorcida y encapuchada en la parte superior de su cuerpo, que me vigilaba los pasos. Profirió un gruñido cuando lo descubrí. Mechones de oscuro pelaje escapaban de debajo del chal que ocultaba sus rasgos, como si se lo hubiera echado encima de cualquier forma y deprisa, y ojos animales, llenos a rebosar de reto, ira y desprecio, me sostuvieron la mirada.
—Bueno. Por más que me guste una guerra de miradas, está claro que mirándonos no vamos a llegar a ninguna parte. Además que tus ojos no invitan mucho a la contemplación —le dije al cabo de un pulsante minuto; extraje del cinto a Backbiter—. Acabemos con esto de una vez por todas.
El monstruo se rió, dejando a la luz la hilera de unos colmillos mortíferos. Se sacudió el chal como quien se desprende de las sábanas.
—Nada me gustaría más que machacarte la cabeza, Preciosa —dijo, y sus ojos brillaron—. Sorber tu sangre, mancillar tus sesos, reducir el líquido de tu tuétano. Pero no estoy aquí para acabar con tu vida.
—¿No me digas que venías de paso? —cuestioné, burlón—. ¿Primero esa cosa que ni era cienpiés ni serpiente, dejando que Cronos hable a través de él, y ahora tú... —entorné los ojos—. ¿Qué vienes, a saludar? ¿O a matarme?
Su lomo onduló en lo que parecía ser un encogimiento de hombros.
De hecho, he sido enviado para algo más importante.
—¿Más importante que matarme?
—Algo así.
Me quedé mirándolo, sin creerme en absoluto lo que acababa de oír.
—¿Para qué, entonces?
—Para secuestrarte. Para llevarte hasta él. Junto a mi Señor. El único con derecho y privilegio de acabar definitivamente contigo.
—Tu sueñ…
Se desplazó tan rápido que mis ojos no pudieron rastrear su movimiento. Alcé la espada, instintivamente, protegiéndome del ataque y peligro que se me venía encima, pero el movimiento llegó tarde. De pronto algo me golpeó en la cabeza. Fuerte. Mis rodillas se doblaron, mi juicio se enturbió, mis dedos afloraron el arma, mi vista se tornó negra como boca de lobo.
Una risa cruel, inhumana, despiadada, oscura, titánica, llegó hasta mí.
—Ahora sí, Castellan. Ahora sí eres mío… ¡por fin! —fue lo último que oí a orillas del océano del desmayo.