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Historia 126109 — capítulo 45

Disclaimers: Comprobado. Y recientemente. Los derechos sobre el campamento mestizo y sus semidioses, Idhun y su tríada, siguen sin ser míos. (lástima).

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CAPÍTULO 44. DÍA DOSCIENTOS TREINTA: CONSEJO MESTIZO.

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Escupí el último resto de trapo mojado e inhalé con alivio, llenándome los pulmones con una buena bocanada de aire. Cuerdas me raspaban muñecas y tobillos. Aproveché que ya podía hablar para darme el placer de soltar unas cuantas imprecaciones muy, muy mal sonantes. Y eso que no estaba solo en el cuarto.

—Cuando termines de maldecir me avisas —dijo en tono francamente aburrido—, tengo un cubo de agua y una pastilla de jabón para esa boca.

Resoplé. Llevaba la ropa llena de polvo, la típica mugre que embadurna una estancia en desuso. Notaba agotamiento en el cuerpo y el pelo deslucido y grasiento. Me habían encadenado no con cadenas sino a la vieja usanza, es decir, con retales de tela y puede que otro material mucho más fibroso. Saltaba a la vista que ellos sabían que era capaz de defenderme de todos ellos por mi cuenta si tan sólo se descuidaran y lograra hacerme con un cuchillo, una daga, navaja u otro arma.

Pero no, no caería esa breva.

—¡Sacadme de aquí, ahora! —bramé—. ¿Es que os habéis vuelto todos locos? ¡Sacadme de aquí!

—Todavía no. —Victoria se acuclilló junto a las cajas que, como barrera, separaban en dos la habitación donde me habían confinado—. Ten paciencia.

Erguí la espalda y me senté descuidadamente contra la pared más alejada de la habitación, con los brazos cruzados tras la espalda y las piernas extendidas. Sentado,aunque no por gusto, más bien porque me habían dejado así tras arrojarme en la estancia, las piernas atadas para que no pudiera andar, las manos también amordazadas.

—«Todavía no?» —Cuestioné a Victoria—. ¿Qué quieres decir con eso de que «todavía no?»

—Tienen que asimilar el cambio. El verte entre ellos. A ti, a Luke Castellan, a quien por años han dado por muerto y a quien, por vida, tuvieron por traidor, por enemigo. Ya lo sabes.

—Bueno, y ¿no pueden asimilarlo dejándome ver la luz del sol? ¡Por todos los dioses, llevo cinco días aquí metido!

A pesar de la pausada tranquilidad de mi tono, por dentro estaba hecho un basilisco, y me notaba que estaba a punto de estallar.

—Por lo que parece, tu concepto de tiempo ha empezado a dar cabezazos más pronto de lo que cabría esperar —adelantó una mano para descansarla sobre la pila de cajas que nos hacía de barrera—. No llevas aquí más de cuarenta y ocho horas, Luke. Por favor.

—¡Qué grave lo mío! —Me di unos golpecitos con la pared en la cabeza—. Discúlpame, si el hecho de que mis supuestos amigos me hayan encerrado aquí, y privado de las comodidades de una cama y un baño decente donde echar la meada matutina, como vulgar delincuente largamente buscado, haya afectado mi percepción del tiempo. Aunque te recuerdo que aquí no hay ventanas, y para un preso, todas las horas son iguales, no existe mañana ni noche.

—No eres un preso —afirmó.

—No es costumbre retener contra su voluntad a alguien en un sitio cochambroso como agradecimiento por su participación en la batalla, ¿sabes? —la interrumpí—. Al menos dime qué tienen pensado hacer conmigo. ¿Expulsarme? ¿Matarme? ¿Sacrificarme? —Bajo mi tono despreocupado, se percibía absoluta consternación—. ¿Sacrificarme en una expulsión que al final me mate?

—Se lo están planteando. Jack y Christian y Rachel están ahí fuera, abogando por ti —hizo una pausa, como si fuera a añadir algo más, pero en el último momento negó con la cabeza y continuó—, tiempo. Dales tiempo. ¡Y no seas tan truculento en tus suposiciones! ¿Sacrificarte? ¿Matarte? ¿Matarte en sacrificio? Por favor, ¡son semidioses campistas, no una tribu del amazonas!

—Acabo de ayudarles a ganar la batalla —protesté—. ¿A qué viene el tratarme así? Llevo más de seis meses entre ellos. ¡Seis meses! He comido, dormido y reído con ellos. He entrenado y celebrado y viajado con ellos. Oportunidades para clavarles un puñal por la espalda he tenido a punta pala. Si fuera un traidor, si quisiera verles muerto, ¿no crees que ya lo habría hecho hace tiempo?

—A mí no me tienes que convencer —aseguró Victoria—. Lo sé. Ahora bien, a su favor, diré que todo eso que has expuesto... el que te hayas comportado como un amigo con ellos todos estos meses... es la misma táctica que usaste en su día, antes de darles la espalda y unirte a la causa de Cronos. ¡Sé, sé que estabas siendo sincero! —Alzó una mano, refrenando la indignación de mis ojos, a punto de empezar a derramarse por mi boca entreabierta—. Lo único que trato es de que entiendas el por qué se comportan así.

—¡Yo no quiero entender nada! —protesté—. Lo que quiero es salir de aquí. ¡Sa-lir! ¡Ya! Pero vamos, si tan ansioso están de comprender el por qué me he estado haciendo pasar por otra persona todos estos meses, es tan simple como venir y preguntar. ¡Ni siquiera me han dado la oportunidad de explicarme!

La respuesta de Victoria llegó suave y tranquila, en contraste con el ardor que poco a poco iba acalorando mis palabras.

—Están en ello. —miró hacia la puerta entornada con cautela. Al otro lado, sabía que al menos dos mestizos estarían montando guardia—. Sospecho que pronto vendrán a hacerte esas mismas preguntas. Y si tu respuesta no les satisface... —su rostro se ensombreció al girar hacia mí—. No sé que van a hacer, Luke. Sinceramente, no lo sé. Antes habría dicho que lo hubieran perdonado así sin más. Pero acaban de salir de una guerra; están en plena remodelación de los desperfectos del campamento. Y no sólo han descubierto que una de sus mejores campistas fue acólito del enemigo al que han estado combatiendo todas estas estresantes semanas... De pronto tienen entre manos a alguien a quien culpar, ajusticiar, condenar, castigar por las muertes de esta lucha, las muertes de la anterior batalla. Tienen un cabeza de turco. Una oportunidad de oro, estarás de acuerdo.

Permanecí callado un momento. Entonces pregunté, la voz preñada de ira aunque deliberadamente pausada:

—¿Y el pozo?

Victoria parpadeó.

—¿Qué le pasa?

Me impulsé hacia delante, pugnando por mantener la rabia a filo de un suspiro en la voz.

—¿Acaso no les da eso una pista de en qué lado están mis lealtades?

—Cualquiera diría que sí…

—¿Pero?

—Pero argumentan diciendo que eso... bueno, que eso has podido plantearlo por venganza. El hecho de que hayas luchado en el bando de los campistas no garantiza que seas leal a los campistas. Lo único que demuestra es que no estás del lado del Tártaro. Pero para alguien con un historial tan truculento como el tuyo, de manipulación y traición y maquinaciones a conveniencia tuya, no es gran paliativo, que digamos.

—Fantástico —mascullé—. Genial, joder. Sencillamente genial. Lo único que tenía a mi favor.

—Eso no es cierto. —Victoria se apartó de la cara el pelo oscuro y aún enmarañado tras la batalla—. Yo estoy de tu parte, ¿no? Y Christian. Y Jack. Y Rachel. Y…

—Nadie importante —la interrumpí—. No te ofendas, pero aunque agradezco vuestro apoyo, ninguno cuenta realmente para el consejo. Hablando claro y deprisa, tenéis voz, pero no derecho a voto.

—Sí Thalía. —Me dio un vuelco el corazón—. Sí Chris. Sí Silena... —buscó mis ojos—. Sí Annabeth.

¿Annabeth? Tragué saliva, tratando de deslizar el nudo que se había formado en mi garganta. ¿Annabeth estaba de mi lado?

—Igualmente, no creo que sean suficientes. ¿Dos, tres? contra nueve.

—No te desanimes —me dirigió una sonrisa esperanzadora—. La esperanza es lo último que se pierde. Ten paciencia…

—¡No quiero tener paciencia! —exploté—. ¡Ni darles tiempo! ¿Ni entenderles! —Me puse de pie y me aproximé a saltos lo máximo a la barrera de cajas; intentaba no pensar en el ridículo aspecto que tenía saltando así, igual que un pingüino—. Por si alguien lo ha olvidado, ahí afuera aún queda un Ethan al que hacer frente. ¡Por no hablar de los titanes, por no hablar de Cronos!

—¿Cómo dar con ellos? ya has visto que se esconden.

Sacudí las manos atadas, furioso.

—Sácame de aquí, Victoria. ¡No me mires así, sé que puedes hacerlo! Te he visto teletransportarte o viajar con la luz o como maldita sea que llames a eso que haces de estar en un lugar y al siguiente al otro. Sácame de aquí. Yo tengo una leve idea de cómo dar con ellos, pero nada puedo hacer si estoy encarcelado.

—Sé que no es fácil, Luke. Pero debes tener paciencia. Cuando terminen de deliberar sabrás la conclusión; sea mala o buena, al menos te dirán algo. Ten fe en su buen juicio. A fin de cuentas, ¿eran tus amigos... o algo así hasta hace bien poco, no? Pues bien, algo de sensatez les quedará. No temas.

Me clavé las uñas en la palma de la mano. Sentía cómo desagradables emociones me atenazaban la boca del estómago, a cada segundo transcurrido con mayor nitidez. Todavía me asediaban las pesadillas con recuerdos de la última batalla, eran recuerdos asfixiantes que regresaban oscuros en forma de sueño cada vez que lograba dar una cabezada, y de los que despertaba con los ojos desorbitados y la tensión en cada articulación del cuerpo. Oía los gruñidos de las bestias, el chirrido de metal al entrechocar, el chapoteo de la sangre al derramarse, los gritos de socorro y agonía; percibía el chisporroteo y crepitar de los cuatro elementos al alzarse y retorcerse, fuego, aire, viento y tierra matando y encerrando. Veía las expresiones de ultraje de los campistas que habían dejado de vitorear al recaer que estaba siendo apresado, el temor y odio en los ojos de semidioses al ser arrastrado, el modo en que retrocedían, asustados, o se adelantaban, furiosos, buscando golpearme… ¿y Victoria aseguraba que nada estaba perdido? Recordaba cuando habían apretado un trapo contra mi boca para que dejara de clamar y acusarles de chiflados, de estar sacando todo de contexto; el silencio hosco y frío y prolongado de Clarisse y los demás campistas al encerrarme, en respuesta a mis patadas y gruñidos de protesta; el ruido sordo y pesaroso de la puerta al cerrarse en mis narices… ¿y Victoria me pedía que tuviera fe, paciencia, esperanza?

Definitivamente, ella tampoco estaba en sus cabales.

—Vale. No temeré. ¡Pero esque te vas a quedar ahí plantada todo el día?! ¡Sácame de aquí!

—No puedo hacer eso —replicó con brusquedad.

—¿Cómo dices? ¡Claro que puedes!

—¡No! ¡Piensa un poco, Luke! ¿No te das cuenta de que eso sería huir? Y sólo quienes tienen algo que esconder, quienes temen que les descubran una farsa, escapan. Tu desaparición sólo generaría más desconfianza, más revuelo; les estarías dando un motivo más para declararte culpable.

—Culpable —repetí, indignado—. ¿Culpable de qué? ¡Pero si no he hecho nada malo!

—De eso se trata, precisamente: de que lo entiendan. De que lo crean. Y huir sólo te empeoraría las cosas, lo sabes. No. Mejor que te quedes y te enfrentes a esto.

Cuando Victoria se incorporó y dio la vuelta, la pregunta que me había estado rondando todo el tiempo en la cabeza por fin se decidió a escapar de mis labios.

—¿Tendré que contarles lo de la profecía, no es así?

—Hasta cierto punto, sí. —Ladeó la cabeza—. Es tu argumento de mayor peso.

Asentí con pesadez.

—Lo sé.

Volví a mi rinconera, pero fue el turno de Victoria de hacerme girar la cabeza hacia las interrogativas de su voz:

—¡ay, Luke! ¿Cómo se te ocurre olvidar la regla de los elementos de los dioses? —alargó la mano como si pudiera llegar hasta mí—. ¿Por qué no pensaste en que estabas violando la neblina, rompiéndola, poniendo en peligro su estabilidad?

Solté una risa fría y repiqueteé con la punta del pie la base de la pila de cajas. Se oyó un tintineo, el sonido de metal contra metal dentro de un espacio de cartón.

—Será porque en la máxima hipocresía de mi egoísmo, en lo único que pensaba era en salvarlos a todos como fuera. No en la fantásticay maravillosa y espléndida identidad falsa de un disfraz.

Victoria torció el gesto.

—No tienes que ser sarcástico conmigo. —Antes de que yo tuviera tiempo de explotar, se apresuró a explicarse—: Ni tampoco con ellos. Cuéntales lo mismo que me acabas de decir. Es la verdad. Y el camino más seguro por el que tender una mano al entendimiento. Lo sé, lo presiento. —Se me quedó mirando—. Y no soy Rachel, pero creo que hay alguien que tiene derecho a saber el completo de ese relato. Antes que lo sepan el resto de campistas.

Retrocedí.

—Entonces sí que se sumaría al bando de los demás. De defenderme, pasaría a tacharme de mentiroso, traidor. No creo que pueda soportar algo así, Victoria. No hoy, no aquí metido, no de ella.

Victoria no se conmovió.

—Eso te pasa por ir retrasando algo que ya deberías haber encarado. Si se enfada, será sobre todo por lo tarde que se lo has dicho, por la de veces que has tenido la oportunidad y no has confesado. Ahora no es que tengas alternativa.

A pesar de la verdad no exenta de dureza de sus palabras, me miraba con esos ojos vivos y brillantes que siempre lograban calmar con el sosiego e inteligencia y calidez que despedían.

—Lo sé —admití—. Lo haré.

Mi espalda resbaló por la pared antes de oír el susurro de Victoria, firme e irrefutable.

—Me alegra oír eso. Porque pronto te llegará el gran momento.

Y se fue. Traspasó la entrada a tal velocidad que la perdí de vista en medio de dos parpadeos. Ni los mestizos que montaban guardia afuera la pudieron despedir.

Sin perder tiempo, me acuclillé y bajé las muñecas encadenadas hasta el suelo con intención de pasar los pies por los brazos hacia atrás, con lo cual tuve que estirar todo lo posible la elasticidad de mis músculos que, a decir verdad, no es que fuera digno de mención. Ahogué un gemido ante el recuerdo de los hematomas en la piel, cortesía de los golpes recibidos al arrestarme.

Bueno. Ahora por lo menos había conseguido que las manos estuvieran delante del cuerpo, no detrás. La soga que me amordazaba las muñecas parecía estar hecho del mismo material con la que las abuelas hacen sus cestitas de mimbre. De haber tenido un cuchillo a mano podría haber cortado las fibras (mucho hablar y hablar con Victoria y ni se me había ocurrido lo esencial, pedirle una daga o erramienta afilada. No es que creyera que fuera a dármelo... pero en fin, un intento no habría estado mal, al menos).

Hice un mohín. Tenía que salir de allí de inmediato, no por escaparme, sino por demostrar que ninguno de aquellos campistas me podría retener; que, de haber querido, ellos ya serían papilla masticada y escupida por Cronos, si tan traidor se pensaban que era.

Mis pensamientos saltaron hacia Zeus, Hades y Poseidón. No eran listos ni nada, ése trío de engreídos. Me decían que tuviera cuidado con alguno de sus elementos y seguro me habían visto todas aquellas semanas gastadas con la precaución de un bebé en cuanto al fuego, el viento y el agua se refiere, cuando en realidad a lo que debía tener cuidado era a los tres elementos a la vez, no tan sólo a uno.

«Y aun así te han descubierto el pastel», se burló una vocecita insidiosa en mi cabeza, muy parecida a la de Hades. «Te llegan a contar la verdad y Lucy habría sido historia cinco minutos de tu regreso a la Tierra».

—Cállate —mascullé entre dientes—. Cállate, cállate, cierra ese pico, joder.

Sacudí la cuerda y la tanteé. Los eslabones eran finísimos y habían sido entrelazados con sumo cuidado. Tardaría horas en deshacer aquellos nudos, pero lo bueno es que al menos no harían ningún tintineo o ruido que alertase a los de fuera que me estaba liberando. Escogí el eslabón que tenía aspecto de ser más débil y retorcí las manos hasta que la uña del índice pudo deslizarse por el agujero. Entonces hice fuerza, me retorcí, sacudí y peleé con aquellas sogas.

Poco a poco, el delgado eslabón de mimbre y tela empezó a ceder. El dolor del esfuerzo me ayudó a romper el primer nudo con una rabia repentina; al instante, me incliné cuanto pude para desanudar el siguiente eslabón. Eternos minutos después, la cuerda cayó al suelo, dejándome libres las muñecas. Con las manos vueltas a su acostumbrada movilidad, no fue difícil deshacerme también de la cuerda que me encadenaba las piernas.

Sin embargo, antes de que pudiera ponerme de pie, oí pasos y la proximidad de las voces me indicó que alguien se acercaba, y no precisamente para charlar con el par de carceleros de la puerta, así que al instante me dejé caer de vuelta al suelo, la espalda apoyada en la pared, las piernas dobladas y escondidas bajo el peso del cuerpo, las manos ocultas a la espalda, la cuerda improvisadamente cubriéndolas, por si las moscas.

Cuando uno de los mestizos vigilantes de la habitaciónentró en la estancia -un tipo furtivo, con la nariz llena de venitas rotas y una cara demasiado envejecida para su edad- seguido de Selise, ambos apuntándome con sendas lanzas, me limité a sonreír:

—Hola, preciosa —le dije a la cazadora, haciendo caso omiso del semidiós quien, en respuesta, entrecerró los ojos y me miró con aún más desconfianza, si cabe—. Sabía que no podrías resistirte a volver a posar las manos sobre mí. No te culpo. Las chicas tienden a repetir conmigo, ¿sabes?

—¿Como el aceite tras un eructo? —inquirió el mestizo, el pecho henchido de orgullo por lo que consideraba un comentario inteligentemente jocoso. Lo miré con desdén.

—¿Y ése pez hinchado que tienes al lado, quién es, Selise?

—Todo tuyo —dijo ella, sin dignarse a contestarme, aunque fuera con una de esas miradas fulminantes, cosecha famosa de las hijas de Artemisa.

Desconocía con quién hablaba. Abrí la boca para decirle que no fuera celosa, que me podía compartir, cuando Selise se hizo a un lado, dejando que viera a...

Annabeth.

Al instante, el pulso enloqueció en mi pecho.

—Soltadle —ordenó la hija de Atenea, clavando en mí sus ojos de grises nubarrones, aves depredadores a la caza de su presa.

No era una mirada gentil ni calurosa la que me estaba mostrando, no. Selise y, ¿quién era el otro, Michael? se adelantaron.

—¿Señorito? ¿Señoritas? Por favor, permitidme que os ahorre las molestias. —Me puse de pie de un salto—. Teniendo en cuenta lo bien que se me ha tratado en este palacio de caja, mugre y polvo, es lo mínimo, ¿no creéis?

Hice una reverencia. Me deshice de la cuerda de las muñecas con una última mueca.

—Y abra cadabra... —Guiñé un ojo y di un paso al frente, revelando mis manos y piernas separadas—. ¡Qué bonita magia, la libertad!

—¿Pero cómo...? —empezó a decir el mestizo.

—Soy Luke. Luke Castellan —me estiré, desentumeciendo los músculos—. Si se me va a enjuiciar por la mala fama que ese nombre parece cosechar, me ha parecido justo estar a la altura de ese honor, ahora que puedo.

—¿Qué quiere decir eso?

Esbocé una de mis sonrisas más encantadoras (y tenía muchas, sabido era que tenía muchas).

—Selise, por favor. No me menosprecies.

Ella bufó.

—Y ahora dejadnos a solas —indicó Annabeth, sin dejarse sorprender—. ¡Venga! Sólo un minuto —añadió ante la renuencia de los otros dos—. No os preocupéis por mí —sacudió las manos y, de pronto, en sus palmas aparecieron sendas dagas desenfundadas, que ella aferró y alzó, apuntando con ligereza hacia mí—. Podré vérmelas con él, llegado el caso.

—Estaremos afuera por si las moscas —Selise se situó en la salida de la habitación, con una mano sobre el pomo de la lanza y la otra engarfada al carcaj que le ceñía la cintura—. Nadie os molestará.

El semidiós no tuvo más remedio que asentir y retirarse.

Annabeth recorrió con la mirada la lúgubre habitación que durante dos días (cinco, si me preguntáis) había sido mi prisión, fijándose en su tamaño comprimido, en las paredes de pintura desconchada, llorosas de moho y humedad; en la palangana puesta ahí para el aseo, la resquebrajada jarra donde bebía, el techo bajo y lleno de telarañas, el suelo en cuyo centro una larga pila de cajas actuaba de línea de división.

—Hola, Annabeth —dije con la voz ronca, ahogando el cúmulo de emoción—. Como puedes ver, mi grandioso palacio no está en condición de recibir tu deslumbrante e ilustre persona, lo siento. De haber sabido que vendrías, me habría molestado en hacerte un sillón con esas cajas, un cojín con las telarañas... así tendrían algún uso.

Se puso a caminar de un lado para otro, la mirada volviendo cada dos por tres a mí.

—Descuida. Lo tendré en cuenta la próxima vez.

—Ah. ¿Es que habrá próxima vez? ¡Genial! bueno es oírlo. He de confesar que me tenías verdaderamente preocupado. Creía que venías a privarme de este sitio tan acogedor.

—¿De verdad? ¿Eso pensaste? —la posibilidad de dejarme libre, por lo visto, le resultaba divertida.

—Ya ves. Locuras que le vienen a uno en la cabeza cuando no tiene nada que hacer, sólo disfrutar de la maravilla que proporcionan estas cuatro paredes.

—Veo que te ha encantado tu nueva habitación.

—Polvo por alfombra, cajas por escritorio, palangana por bañera, suelo por cama, mugre por almohada… —le dirigí una sonrisa irónica—. ¿Quién querría abandonar este lugar de confort?

—Cierto, cierto. —Se pasó las dagas de una mano a otra, sin dejar de cerrar el cerco entorno a mí—. Te envidio. Lamento no haber hecho nada para merecer tus mismos privilegios. No soy digna, por lo que se ve.

—Te disculpo la humildad. Tanto refinamiento sólo va con mi persona.

—¿La tuya? —Me aguantó la mirada y habló con voz fría y medida—. ¿O la de Lucy?

«Bien, bien», pensé. «Vamos al grano». Aun así, no pude dejar de picarla un poco más.

—Lo bueno si tiene álter ego, dos veces bueno —Sonreí, angelical—. ¿No así reza el dicho?

—Bien sabes que no. —Espetó.

—Oh, discúlpame. Parece que en este lugar no sólo mi cuerpo está comprimido; también mis recuerdos. Y mi saber popular. Y...

—No he venido aquí para ensalzarme en un pique de retórica —me interrumpió, secamente—. Empiezo a cansarme de esto, Luke. —ancló sus ojos a los míos—. ¿O debería decir Lucy?

—Di lo que quieras.

Zancadas, zancadas, zancadas.

—Quiero saber por cuál nombre respondes realmente. —No permitió que desviara la mirada cuando cuestionó—: ¿Lucy? ¿Luke?

—No lo preguntarías si no supieras ya la respuesta—señalé con sequedad.

Ella me atravesó con sus ojos grises.

—Prefiero preguntar antes que suponer. Quiero una confirmación, quiero oírla de tus propios labios. Y quiero oírla ya.

—Para ser honestos, Annabeth, Lucy nunca existió —dije de mala gana—, bueno, sí, sólo en vuestra cabeza.

—«Sólo en nuestra cabeza» —repitió. Después cabeceó—. Tuviste que divertirte mucho riéndote a nuestra costa. —Las hojas del par de armas brillaban funestas entre sus dedos. Aunque no tanto como oscurecidos tenía los ojos—. Mucho, mucho.

—Ups. Me has pillado. ¿Qué te ha dado la pista? se dice que el reír hace que te salgan arrugas —puse cara preocupada—. ¿No me digas que estoy hecho una pasa?

Me lanzó una mirada de desdén.

—Tan ácido como de costumbre. La muerte no parece haberte cambiado ni mejorado algo.

—Por favor, uno tiene que mantenerse auténtico. No puede ser que por dejar de respirar unos cuantos añitos luego te dejes cambiar la personalidad así sin más. ¿¡Habrase visto!?

—Sí. Ahí estás. —Resopló. Y al parecer era incapaz de controlarse. Temblaba y sus dedos extraían y escondían las dagas bajo la manga—. Eres tú. Verdaderamente eres tú. —Arrojó las armas al interior de sus mangas y se abrazó el cuerpo—. Una chica es mi amigo muerto, reencarnado en vida.

—Nunca he sido una chica —dije, sintiendo la absurda necesidad de aclarar ese punto en aquel momento—. Si me veías como tal era sólo porque los dioses aplicaron sobre mí una niebla que…

Annabeth me hizo callar con la mirada. Las dagas volvieron a hacer acto de presencia en sus palmas. Definitivamente, tenía que andar con pies de plomo.

—Si aplicaron sobre ti una niebla —comentó pasados unos segundos—, ¿por qué había momentos en que yo podía verte?

«Y ahí está», me felicité. «Tus sospechas no andaban sin fundamentos, después de todo».

—¿Pudiste verme?

Ladeó la cabeza; pareció una lechuza sopesando si lanzarse en picado sobre otra ave que pone en duda su liderazgo sobre su habitual territorio de caza.

—¿Lo dudas?

—Lo sospechaba —aclaré a mitad de un suspiro interno—. Pero me daba miedo preguntar.

Se mordió el labio inferior.

—A mí también —aclaró finalmente—. Pero tu actitud, las críticas que hacías a los dioses, el hecho de que Backbiter te aceptara como dueño después de años sin dejar que nadie la usase, tu visita a May, tus tácticas, tu modo de combatir... todo me hacía sospechar que algo raro ocurría. Contigo. Mis ojos me decían una cosa pero mi intuición me llevaba a pensar otra. Y mi intuición nunca miente. Y a esa intuición se sumaba el hecho de que al tocarte, las pocas veces que lo hice, los otros sentidos me decían algo distinto... comprenderás que fue inevitable que mis alarmas saltaran.

Recordaba bien alguno de esas pocas veces: nuestro apretón de manos, cuando vino con Percy a presentarse. O el día en que me plantó dos besos en la cara, tras la barba que Apolo me había hecho crecer. O nuestro abrazo mientras aguardábamos a que los campistas terminaran de ser evacuados por el portal de Christian. O, más recientemente, el modo en que su mano había palpado con curioso desliz el lugar en donde tendrían que estar mis pechos de haber sido chica. No, un hijo de Atenea jamás habría pasado por alto esos pequeños pero claves detalles, no señor.

—No creo que siempre lo tuvieras tan claro —acusé—. ¡Les dijiste a todos que era homosexual! ¿Recuerdas? ¡Que andaba detrás de Thalía!

—Ay, por favor. No es que errara en ese aspecto, precisamente —bufó, la sombra de una sonrisa maliciosa planeando por primera vez en su boca—. Si quieres atrapar a alguien debes tenderle un cebo. Hacerle picar un anzuelo, aunque sea el más simple y obvio de todos. La verdad es que fue divertido verte saltar en esa trampa.

—Tronchante —ironicé.

—Da igual. Esa es agua pasada. Supéralo. Homosexual o no, sientes algo por Thalía. Pero ahora quiero saber algunas cosas. Y quiero saberlas ya.

—Saber es una cosa, suponer es otra.

—Sé que eres Luke. Luke Castellan. Y presupongo que estás aquí por algún ardid, un plan de los tuyos.

—Ahí, ahí tienes la diferencia: tu última frase sólo demuestra que estás afirmando una suposición cuyos fundamentos ni siquiera conoces.

—Entonces ilumíname. Espanta las sombras de mi ignorancia. Dame a conocer el…

—¿Por qué lo hice? —Me adelanté a completar—, los dioses lo exigieron. ¿Por qué callé todo este tiempo? los dioses me lo exigieron. ¿Cómo es que aparezco vivo, después de años? Adivina —enarqué una ceja—, sí, los dioses lo hicieron.

—¿Quién es el que ahora hace suposiciones arriesgadas? —inquirió, devolviéndome el golpe; me sonrojé—. Eso ya lo sabía. Lo ha dicho Thalía, lo ha repetido Rachel, lo has confirmado tú, hace un momento, al hablar de «niebla». No, Luke, no. Lo que yo quiero saber va más allá. Respóndeme a una pregunta. Sólo a una pregunta. Y sé sincero.

—¿Por qué voy a prestarme a responderte?

—No sé. ¿Será porque de la respuesta que me des dependerá lo que haga contigo a continuación?

—¿Ves? ese es un excelente porqué. —Me crucé de brazos—. Dispara, pues. ¿Qué quieres saber?

—La verdad.

—La verdad es tan relativa…

—Relativa o no, recuerda usarla con sinceridad en todo momento… —advirtió.

—¿Te refieres a esa verdad que todos presumen querer tener pero que llegado el momento a nadie le sienta bien oír?

—Descuida. A mí me sienta bien todo —hizo un mohín a la par que en sus ojos aleteaba aún la advertencia—. Todo, todo. ¿Estarás de acuerdo conmigo.

—Ya lo veremos.

—Eso es —se guardó una daga bajo la manga; la otra continuó bailando entre la punta de sus dedos—. «Ya lo veremos». Esa filosofía es la que debes aplicar ahora.

—Como quieras. —Me senté en una de las cajas, subí las piernas, me abracé las rodillas y pregunté, de nuevo—: ¿qué quieres saber?

—Es curioso. Que los monstruos abandonen el Tártaro, capitaneados, suponemos, por Ethan, bueno, por el Padre de los monstruos, el Señor del tiempo, y al mismo tiempo apareces tú, revives.

—Casualidad.

—No creo en las casualidades. Creo en los hechos, en la verdad.

—Eres una chica lista, Annabeth. Sabes bien que la «verdad» es translúcida, igual que el aire. Parece invisible, imperceptible, pero está ahí; y parece transparente, pero tiene muchas caras. Distintos modos de mostrarse, rudo, cruel, afilado, suave, salvaje. La verdad reluce en las profundidades de las acciones, en los pulmones de quienes la respiran, la crean o no. Y aun así, siempre se reusa a ser visible. Y aun así, nunca se reusa a ser atrapada, a que se la conozca.

—Tampoco se reusa a que se le haga las debidas conexiones… al parecer.

Me tensé en el sitio.

—¿Insinúas que estoy detrás del despertar del titán?

Su mirada exigió la mía.

—Te pregunto, de hecho, Luke, si tienes algo que ver en el despertar de ése titán.

—No.

—Qué respuesta tan escueta. ¿Por qué no pruebas a añadirle una explicación? a ver qué tal queda.

—No, Annabeth —dije con un nudo de hiel atravesado en la garganta—. No, no, no, maldita sea. No, no, no, no y mil veces no. Si Cronos ha despertado, que eso aún no lo sabemos, no ha sido por mí, ni por lo que yo haya hecho o dejado de hacer. —Esperaba que me creyera; ojalá me creyera—. Yo ya no tengo nada que ver con el Tártaro. ¿De acuerdo? Nada que ver. Desde hace tiempo, de hecho. De haber sido así... ¿crees que los dioses me habrían dado su bendición? ¿Bendición que has podido comprobar todos estos meses, por aquello de la niebla? Piensa un poco, joder.

Ella se quedó pálida. Me dio la espalda y comenzó a andar en círculos a mi alrededor, antes de encararme de nuevo, la determinación anegando sus ojos:

—Entonces, ¿por qué toda esta farsa? —su tono cortaba—. ¿Por qué hacerte pasar por quien no eres? ¿Por qué mentirnos? Y dime algo más a parte de «porque los dioses me lo exigieron».

Silencio. Prolongado silencio.

—¿Luke?

—Por una profecía —admití finalmente.

—¿Una profecía? —Repitió, incrédula; frunció el ceño, renuente, luego hizo conexión de ideas y dio un paso hacia atrás, exclamando—: ¡Rachel? ¿Me estás diciendo que Rachel tiene algo que ver?

—Sólo en formularla —la defendí—; el resto corre por mi cuenta o, para ser más justos, con la de los dioses. Pero no me preguntes más, por favor; no puedo decirlo, no puedo hablar de ella. Lo tengo prohibido —añadí en un arrebato de inspiración, a medias con la verdad—. Absolutamente prohibido. Lo siento.

—Prohibido. ¿Por quién? ¿Por qué?

Sin apartar la vista del gris gemelo que eran sus ojos, respondí con voz grave y distante:

—Por los dioses. Y debo obedecer —«a excepción de Thalía, a excepción de Thalía»—, si no, consecuencias terribles pueden pasar. Si hablo de ello, estaré ayudando al Tártaro a ganar, y el mundo entero, no sólo el Olimpo y el de los semidioses, caerá en las manos de la oscuridad. Como mucho, puedo mencionar la profecía, pero no hablar del contenido de la misma. Ni yo ni Rachel ni nadie.

Annabeth se quedó en silencio, mirándome sin parpadear, reflexionando, o eso esperaba.

—Bueno, y, ¿por cuál tortura te vas a decantar? —me impacienté.

Ella entrecerró los ojos.

—¿Tortura?

—Castigo, reacción, maldición, golpe… —enumeré—. Tortura, sí.

—Entiendo. ¿Y… he de elegir?

—Abofetéame, escúpeme, acuchíllame, reclámame —le planté cara—. Vamos, vamos, Annabeth. Quiero acabar de una vez.

Se detuvo. Me observó en silencio una eternidad. Finalmente, tendió la mano.

—Dame las cuerdas.

—¿Las cuerdas?

—Sí. No te hagas. Las cuerdas. Las mismas que te has desatado. Dámelas.

Retrocedí un paso. Sin dejar de mirarla a los ojos, me agaché, tomé las dos sogas y se las lancé, después me enderecé, me quedé quieto, una estatua en el sitio, observando cómo ella no tenía dificultad para atraparlas al vuelo.

—¿Qué vas a…?

—¿Quieres un castigo? —Susurró—, ¿una tortura, no es así?

Contuve el aliento mientras Annabeth se inclinaba hacia delante, arqueando la espalda, las manos elevadas, dagas y sogas depositadas sobre las palmas; mientras lo hacía, el dorado cabello se fue deslizando poco a poco por uno de sus hombros.

Su brazo se adelantó, se alistó para lanzar, para desatar todas las emociones que encapotaban sus ojos inteligentes. Cerré los ojos, no sin antes grabar en las retinas un último vistazo, Annabeth levantando las dos dagas por encima de su cabeza, los nudillos blancos de lo fuerte que asía sus pomos, el reflejo de la luz de la bombilla del techo al derramarse sobre las bruñidas hojas de bronce, los ojos turbios como una mañana plomiza de otoño.

El pecho me subía y bajaba, las uñas se me clavaban en la palma de las manos, y los dedos de los pies se me curvaban en el interior de las botas. Podía percibir cómo las dagas se acercaban, intuir a qué altura de mi cabeza se iban a clavar. Mis músculos gritaban por el esfuerzo de mantenerme quieto, mi instinto más primario pugnaba por pulsar el botón que pusiera en marcha el motor de un salto, mis pulmones rabiaban, clamando oxígeno.

Se oyó un ruido metálico, hojas de acero chocando entre sí. Noté un zumbido delante, el surcar inconfundible de armas cortando el aire. Toda la atmósfera de la habitación crepitaba, silbaba. Hasta que las dagas se clavaron, golpes seguidos que me llegaron hasta lo más hondo de los huesos.

—Luke, abre los ojos —oí decir a Annabeth desde ese mundo que aguardaba al otro lado de mis párpados firmemente apretados, dulcificando la voz. Despacio, así lo hice. Las dagas se habían clavado. Se habían clavado a mis espaldas. En la pared—. Luke, estoy enfadada, sí. Porque no me lo dijiste, porque me siento engañada, porque aún me duele lo que pasó entre nosotros, años atrás. Porque estoy contenta por tu regreso y no sé cómo lidiar entre la alegría y la ira. Pero, por grande que sea mi furia, nunca jamás te ejecutaría, y menos con una daga que tú mismo me regalaste. Creía que me conocías mejor.

—La gente cambia. Además, entiendo que tienes derecho a estar enfadada. He cometido un error todos estos meses, cometí uno más gordo, años atrás.

—Ninguno para que sea catalogado de imperdonable —replicó Annabeth con tono tajante—. Hay traiciones imperdonables, cierto, pero no errores. Erraste y me traicionaste, pero no de un modo imperdonable. Además, ya te perdoné. Ya te he perdonado.

—Bueno, pero ese fue un perdón de esos de extremaunción —apunté, los ojos férreos y decididos—. De los que se da cuando la persona está a punto de palmarla. Cometí un error y…

—Todos lo hacemos.

—Y todos tenemos la capacidad de darnos cuenta de nuestras faltas antes de cometerlas —recalqué—. No soy tonto. Sabía en el lío en el que me metía al verme enredado con el Señor de los Titanes.

—Si tuviésemos que ejecutar a todas las personas que cometen errores, yo estaría muerta hace una eternidad para empezar —bufó—. Yo cometo errores sin parar, y algunos han sido realmente graves. Lo sabes. Y los seguiré cometiendo en el futuro; forma parte de la vida —hizo una mueca—, ¡dioses, parezco mi padre!

Negué con la cabeza mientras la miraba fijamente a los ojos.

—Qué va. Te falta la barba, el aspecto descuidado y el aire de inventor chiflado.

—Lástima. Entonces debo conformarme con lo que soy —dijo, posando una mano contra mi mejilla—, al igual que tú. ¿Te parece bien? —Asentí en su mano—. Estupendo. Porque a mí también.

Sólo entonces me ayudó a cruzar la línea de las cajas, sosteniéndome por un codo.

—Gracias —dije.

—Calla. Estás aquí —murmuró, apretando los dedos entorno a mi antebrazo, como si necesitara poner a prueba del sentido de su tacto la corpulencia y materia de mi cuerpo; apretóy apretó, casi sin creerse que yo fuera real—. Has vuelto.

Contuve la respiración y puse una mano sobre la suya.

—He vuelto, sí. A ti, a May, a Thalía. —Con la mano libre, acerqué la cabeza de Annabeth a mi hombro y la besé en la frente—. He vuelto a casa.

Nuestra frágil compostura se deshizo. Se rindió y me abrazó con fuerza, y yo la estreché entre mis brazos, mientras sus lágrimas humedecían el cuello de mi camisa, y nuestras nerviosas risas bautizaban el momento.

—¿Y ahora qué hacemos? —musité, la mejilla apoyada contra su coronilla, el gesto de agradecido reencuentro aún prodigándose entre nuestros cuerpos.

—Ahora tienes que ir y hablar con el resto del consejo. ¿Estás preparado?

—Cuando quieras —enderecé la espalda; enfrentarme y dar una explicación al consejo de campistas no iba a ser lo más peliagudo de aquel día, por más que entre el consejo estuviera una chica de hierro, estilo Clarisse.

Annabeth pasó a mi lado y se acercó a la salida, tomándose el tiempo para sonreírme radiante por encima del hombro.

—Entonces adelante. Vamos a por ellos.

Así que media hora más tarde me encontraba sentado en una silla de la sala de reunión, ansioso y nervioso, enfrente de doce semidioses colocados en un semicírculo a mi alrededor. A parte de las sillas y la mesa, no había más mueble; la sala presentaba la desolación propia de una habitación que ha sido desmantelada por una mudanza, y el regreso al campamento no había significado el regreso de la decoración que antaño lucía la estancia. La silla que se erguía justo enfrente de mí era la de Silena. A su derecha, Clarisse repiqueteaba con las uñas el reposabrazos desnudo del asiento, y a su izquierda, Annabeth tomaba asiento y se inclinaba para hablar con Nico y Percy, una discusión acalorada, deduje, el cuerpo tan reclinado que daba la impresión de que se fuera a escurrir del borde de la silla de un momento a otro. La estancia olía a polvo y a fuego, residuos de lo acumulado en los días en que no se le había dado uso.

Sentí alivio porque Silena fuera quien encabezara aquella reunión / juicio. Supongo que como jefa del campamento 2, entraba dentro de sus obligaciones. Por lo poco que me había dicho Victoria, era de las pocas que sí me habían defendido. Al igual que Chris. Al igual que Annabeth. Al igual que Thalía.

Como si mis pensamientos la hubieran convocado igual que un conjuro, la puerta se abrió de par en par y ella entró en el salón. Anduvo hasta la silla que le correspondía, con su andar felino y su porte de cazadora al acecho. Iba seguida de Katie Gardner, de Rachel, de la tríada de Idhun y, aún más sorprendente, de Grover. Estaba ansioso por andar hasta ella y abrazarla, devolverle la sonrisa de ánimo con una caricia de mis labios en los suyos, devorar a besos esa sonrisa que tanto me estremecía. Pero me obligué a quedarme quieto en el sitio.

La puerta no se había cerrado. Aquel día, la reunión del Consejo Campista iba a ser a puertas abiertas, lo que me fastidiaba un montón, pero no es que tuviera voz y voto en esa decisión. Mestizos se apelotonaban en la sala, en el umbral y en las ventanas, queriendo oír y ser testigos de lo que ahí iba a suceder. No entendía la necesidad de hacer un show de aquello, pero en fin.

—En ausencia del Señor D, que está echando la mona a pierna suelta en su barreño de vino, véase su trono en el Olimpo, doy por iniciada esta Reunión —anunció Silena, poniendo los ojos en blanco sutilmente, como si considerara innecesario todo aquello. Sus palabras confirmaron mis sospechas: era la campista con más poder en el camping, por encima de las áreas de jefa de batalla y estratega, puestos ocupados por Clarisse y Annabeth—. Como todos sabéis, los últimos días han sido una locura, un frenesí de guerra y descubrimientos, y la mayor parte ha sido gracias a la hija de Hermes, Lucy, sentada ante nosotros.

Esbocé una sonrisita complacida, como si me halagara que las culpas recayeran sobre mí.

—Ya no es una hija de Hermes —repuso Clarisse con voz grave y sonora, su tono abrupto y directo—. Ni la princesita de Hermes. Ni Lucy. Ahora tan sólo es alguien que ha estado jugando al escondite y a los disfraces de carnaval con nosotros.

Aquello dio pie a un alboroto de murmullos y susurros, jaleo al que Silena puso fin, alzando una mano imperiosa.

—Gracias, Clarisse, por esa aclaración —Silena volvió a poner los ojos en blanco—. Pero te agradecería aún más si intentas guardar el orden y el turno de palabra. La próxima vez que sientas el impulso de interrumpirme, recuerda que eso sólo retrasa y estorba las cosas, ¿y tú quieres acabar pronto y deprisa, verdad? —Clarisse le lanzó una mirada asesina a la velada recriminación de su amiga, pero no dijo nada, así que Silena continuó hablando—. Igualmente, tienes razón en algo. Es cierto. Ya no es una hija de Hermes. Ni la princesita de Hermes. Ni Lucy. Sino el hijo de Hermes, el legendario y mal aclamado Luke, Luke Castellan. —Vi muchos brazos cruzados, muchos cuerpos recostados forzadamente en sus sillas y muchos ceños fruncidos. Silena prosiguió, impertérrita al efluvio de tensión de la sala—. De hecho, ese es precisamente el motivo por el que estamos aquí. Tenemos que decidir qué vamos a hacer con él.

Percy se inclinó hacia delante, pero Silena le interrumpió antes de que pudiese decir nada:

—Ya te llegará el turno, Jackson. No comas ansias. Como ya he dicho, esto va por turnos, y antes del tuyo, primero van otras voces. Cada cosa a su tiempo. Y hablando de voces... —me miró; pude detectar en sus ojos un rastro de, ¿miedo? ¿Consternación? ¿Incomodidad?—, Lu... Luke, mantén a esa voz tuya bajo cremallera. Hasta que no llegue tu turno, no puedes decir nada. Ni mu. ¿Lo has entendido? —Esperó a que asintiera para dar mi consentimiento, que fue a regañadientes, dicho sea de paso, y señaló al chico sentado en la vera de su novio, en el extremo más alejado de la redonda mesa—. Nico, puedes empezar.

—Mi opinión es sencilla y muy simple —habló el aludido, arremangándose y poniendo los codos sobre la mesa—. La expulsión. —Pegué un brinco en el asiento—. Los mortales tienen un dicho: el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Pues bien, a mí no me hace gracia perdonar a un traidor que claramente puede volver a recaer en su gusto por entregar al campamento a las garras de los titanes. No voy a ser tan tonto de confiar. Propongo echarlo del camping y así cortar de raíz toda amenaza.

Volvió a haber un estallido en la sala, murmullos aquiescentes y gruñidos de indignación alzándose desde todos los sillones, y esta vez a Silena le costó más calmar a la gente y el tumulto explotado.

—¡Muy bien, que todo el mundo se calme! Conocéis las reglas: se aceptan todas las sugerencias, ninguna vale más ni vale menos que el resto de ideas, por ilógicas o desmedidas o maravillosas que os resulten. —Convino con la mirada al silencio de los campistas que no pertenecían al Consejo—. Cuando votemos podréis reflejar ahí lo que penséis. Pero ahora, ¡chitón! Nico, continúa.

—No podemos volver a confiar en él. ¡En alguien que ya una vez nos dio la patada! —Continuó el semidiós—. Están pasando demasiadas cosas extrañas, particularidades que empezaron cuando él… ella… como maldita sea que quiera considerarse, apareció. Da igual si apareció en las puertas del campamento, o si apareció en algún recóndito lugar perdido de la mano de los dioses en la tierra. —a punto estuve de romper a hablar; quería defenderme, gritar que aquel chaval estaba bien equivocado, que yo ya no tenía nada que ver con Cronos. Pero, antes de que las ansias por defenderme me impulsaran a romper mi silencio, él prosiguió hablando—. El caso es que las causas lo apuntan; demasiadas cosas lo tienen por medio. Algo no va bien, no fue normal la batalla. No descarto la idea de que pueda ser un espía. Un espía del tártaro. Y, antes de volver a saborear la hiel de la traición, propongo por el bien mayor, lo dicho: expulsarlo del campamento.

Lo miré, incrédulo (¿un espía, yo?) y horrorizado (¿expulsión? eso casi sonaba a destierro). Vi negar con la cabeza a Annabeth y a Thalía, gesto que me infundió esperanza.

—No rechacéis mi propuesta sin ni siquiera dedicarle un pensamiento. Recordad que, como dicen los mortales, muerto el perro, se acabó la rabia —concluyó Nico su discurso.

—Y así es como las guerras siguen cosechando adeptos —musitó Victoria—. El ojo por ojo nunca es un fiel aliado. El rencor no es buen consejero.

—No lo digo por rencor —espetó Nico—, sino por precaución. Por muy duras que suenen mis palabras, tengo razón. Sabéis que tengo razón.

—No. Lo que sabemos es que ésa es tu opinión, tu convicción —corrigió Silena, mirándolo no sin frialdad a través del cepillo rubio que eran sus pestañas—. ¿Algo más que añadir?

—No. He sido claro y muy elocuente.

—Bastante claro y elocuente, sí —musitó la rubia, haciéndose eco de mis pensamientos, sin ella saberlo. Sus ojos se deslizaron hasta la fornida figura de su novio. Al hablar, no obstante, su tono fue neutro, profesional—. Charles… te toca.

Beckendorf el grandullón cambió de postura en su asiento. Miró a su alrededor, después me echó un vistazo de reojo, como si fuera más raro que un zapato de claqué hallado en medio de la forja de un herrero.

—Bueno —empezó a decir, mirando a su alrededor como si esperara encontrar escritas en las paredes lo que tenía que decir—, no sé. Nos ha engañado algo, sí. Y no podemos dejar que los campistas más jóvenes crean que eso está bien, que mentir equivale a salirse con la suya. Pero ninguna de las normas del camping dictaminan que está prohibido hacerse llamar por otro nombre, seudónimos; ¿no? de lo contrario, deberíamos machacar a todos los que aquí tienen mote.

—¡Ah, no me fastidies! —Soltó Clarisse con sarcasmo, el ceño vuelto a ser fruncido—. ¿Cómo puedes comparar un mote con un nombre falso? Los motes son seudónimos que sirven para alagar o fastidiar, pero no ocultan las identidades verdaderas de las personas. A diferencia de llamar, actuar, comportarse como quien uno no es.

—¡Clarisse! —Le reprochó Silena—. ¡Habla cuando te toque, no antes! —le lanzó la misma mirada fulminante que Clarisse suele lanzar, para darle más efecto a su reprimenda—. Bien, Charles… continúa —concedió cuando Clarisse cabeceó secamente, volviendo a repantigarse en su silla.

—El hecho de que haya ocultado su verdadera identidad responde más a exigencias de los dioses, ya lo han dicho antes. Además —Beckendorf alzó la voz cuando Clarisse hizo amago de volver a interrumpirlo—, además que, oculto o no, no deja de ser un mote lo que ha usado. —Hizo una pausa, bajó la vista hacia sus grandes manos y se frotó los cansados ojos—. Además ella, digo, él… no ha hecho daño a nadie. Sólo a nuestro orgullo. A nadie le gusta que le tomen el pelo, pero esa es la acusación más grave que le podemos hacer. No ha lastimado a nadie, al contrario; no ha traicionado a nadie, al contrario; no nos ha conducido a una guerra… al contrario.

—La salida de los monstruos… —empezó a decir Percy.

—Ya había apariciones más masivas de los monstruos antes de que él llegara al campamento y lo sabes —hizo ver Thalía, diplomática—. Si no, aquí tenemos a un sátiro, encargado de ir recogiendo a mestizos y rescatarlos del acoso de esos monstruos. Nadie mejor que un sátiro para conocer la actitud extraña que iban teniendo desde hacía tiempo los vástagos del Tártaro. —Se volvió hacia Grover, que aún me miraba con ojos como platos—. ¿No es así, Grover? ¡Grover! ¡Atiende, Niño cabra!

El pobre Grover tuvo que hacer un gran esfuerzo para arrastrar su atención al Consejo Semidiós.

—Sí, es cierto —confirmó cuando hubo recuperado aplomo—. Los monstruos ya eran bastantes, demasiado bastantes antes de que recibiera la orden de ir a buscar a Lucy… digo, a Luke…

—¿Lo ves? —Thalía miró a Clarisse, que no parecía ni un ápice más convencida de mi inocencia—. Puedes culparlo de otras cosas… tú sabrás, pero no del hostigamiento a escala más masiva de los monstruos durante esos pasados meses. Sé razonable, Clarisse.

Silena le hizo un gesto a Beckendorf:

—¿Eso es todo? ¿Algo más que quieras añadir? —Él negó con la cabeza—. Vale. El siguiente en hablar… Stoll.

—A mí es que todo esto me parece ridículo —afirmó Stoll—. Absurdo. ¡Una jilipollez!

Hubo algunas risas aisladas en la sala.

—Vale. Opinión válida donde las haya. ¿Pero qué tal si amplías tu explicación y nos aclaras un poco más y mejor lo que piensas? —exigió Silena, irónica.

—Nos entrena, nos ayuda a combatir, a ganar la batalla, batalla que él no inició, ¿y estamos aquí sentados dándole a la lengua para ver qué hacemos porque nos ha ocultado su verdadero nombre? —Plantó los puños sobre la mesa y se inclinó hacia delante, queriendo proyectar su vehemencia sobre el resto del Consejo—. Lucy, Luke... ¡qué más da por cuál firme! Sí, antes estaba del bando de Cronos, ¿pero y qué? Lo traicionó a él en el último momento, ¡recordáis? no a nosotros. Y la muerte ya ha sido suficiente castigo, me parece a mí. ¡Ahora es uno de los nuestros!

—¿Por cuánto tiempo? —Cuestionó Percy—. ¿Hasta que nos vuelva a vender?

Hice una mueca de dolor.

—Si no lo ha hecho antes, cuando los monstruos llevaban las de ganar, ¿por qué iba a traicionarnos cuando los tipejos ya se han dado el piro? —Contraatacó Conor—. Repito: absurdo.

Me dieron ganas de levantarme y darle un fuerte apretón de manos a Conor. ¡Gracias, gracias, gracias!

—Se nota que estás muy a favor de tu hermano —apostilló Nico—. ¿Y qué es lo que sugieres? ¿Que rompamos huevos a su favor?

—No hace falta; él ya ha tenido huevos por el resto de su vida —hizo una pausa como si esperara que captáramos el doble sentido de sus palabras y nos riéramos de su chiste, o intento de chiste.

Nadie lo hizo.

El siguiente campista del consejo en tener el turno de palabra fue Katie.

—La verdad es que yo no sé qué pensar —confesó ella.

—¿Y cómo es eso? —inquirió Silena, enfadada—. ¡¿Amaneciste sin neuronas o qué?! —espetó—. ¡¿Y la silla que ocupas para qué está? ¿Para hacer bulto? ¿Para planchar la parte del trasero de tus vaqueros...? Por cierto, muy bonitos, tienes que decirme dónde lo has comp…

—¡Silena!

—¡Arrgg, vale, vale! —Anotó algo rápido en las notas que estaba tomando, esquivando la mirada furiosa de Clarisse y, sin alzar la cabeza, volvió a azuzar a la hija de Démeter—. Tienes que tener una opinión. La que sea. Por vaga o repetida que te resulte. ¡Algo tienes que pensar de todo esto!

—Bueno —se encogió de hombros—. Si tengo que decir algo, supongo que estoy de acuerdo con Beckendorf. ¿Por qué enjuiciar a alguien por haberse hecho pasar por quien no era, si esa identidad falsa ha sido más una ayuda que un incordio para nosotros?

—¿Porque esa identidad falsa viene de alguien que fue un falso con nosotros, antaño, tal vez? —ironizó Percy.

—Entonces, sí que tienes una opinión, Katie, ¿no? —Insistió Silena, el boli suspendido en el aire, mandando callar con la mirada a Percy—. ¿Es esa?

Katie asintió.

—Estupendo. Lo apunto. Y ahora sí, Clarisse. Te toca.

—Creo que ya he dejado bien clara mi opinión —dijo ésta, enderezándose en la silla y deteniendo el repiqueteo irritante de sus dedos contra el reposabrazos—. Aun así, lo volveré a repetir: todo esto me huele a chamusquina. Aparecen los monstruos frente a nuestro campamento, pende la posibilidad de que, de nuevo, estén siendo capitaneados por un titán, y al mismo tiempo reaparece el antiguo secuaz del Señor del tiempo. El hecho de que en ese entonces le llamáramos Lucy y no Luke no hace menos casual y sospechosa la coincidencia que, para mí, dicho sea de paso, no es ninguna coincidencia.

Trabó su mirada con la mía. Sonreí como un niño travieso, gesto que, como sabía, logró enervarla.

—Sí, su ayuda ha sido inestimable todos estos días de lucha —continuó Clarisse—, sería de ingratos negarlo. Pero su traición también fue desmedida e incalculable la otra vez… y sería de tontos obviarlo. ¿Que qué pienso? Que todo ese rollo de Lucy ha sido un montaje. U numerito. Una distracción para encubrir sus verdaderas intenciones. —Se dirigió a mí y repitió—: tus verdaderas intenciones.

Abrí la boca, pero por el rabillo del ojo vi cómo Thalía se llevaba un índice a los labios. Tragué mi réplica a Clarisse. Preferí concentrarme en el movimiento de mis manos, que se cerraban en puños y se abrían, se cerraban en puños y se abrían, se cerraban en puños y…

Las opiniones se fueron sucediendo: Selise, Chris, Lee, Thalía, Annabeth, Nico, como único representante de la casa de Hades, Percy, quien al igual que Clarisse, opinaba que en mi asunto aún había gato encerrado.

—Creo que aquí se está pasando por alto algo muy importante —la voz de Rachel fue segura y nítida cuando habló. Se puso de pie—. ¿Por qué tuve que hacerme pasar por Lucy, ante los monstruos? Porque iban tras ella. ¿Por qué querían matarla, darle caza? Si tan aliados son, deberían haberla dejado en paz, no atacarla, ¿no os parece? en cambio han hecho todo lo contrario: fueron detrás de ella, bueno, detrás de mí, creyendo que era ella. Me parece que eso aclara y sentencia el asunto sobre si es Luke o no un aliado del tártaro.

Dos campistas más hablaron, todos a favor de lo expuesto por Rachel.

—Si se me permite hablar… —musitó Victoria, acallando el jaleo que se había formado.

—No estarías aquí en caso contrario —rechinó Clarisse, siempre tan huraña.

—Lo que Clarisse está diciendo, sin tacto, es que a cualquiera que aquí se le ha cedido sitio en la mesa redonda es porque puede opinar —concilió Silena, mirando entre exasperada y compungida a La Rue—. Adelante. Di qué te ronda por la cabeza.

—Todos estáis enfocando esto desde una perspectiva errónea. —Victoria se puso en pie. Sus zapatos susurraron contra el suelo a medida que rodeaba la mesa central e iba a pararse en medio, entre el puesto del consejo y yo—. No estáis aquí para hacer pagar a Luke sus crímenes de antaño. La muerte ya se encargó de ello, en su día el jurado de los muertos del inframundo ya le impuso la condena debida. Su sentencia por los fallos de su otra vida. No os corresponde a ninguno, pero a ninguno de vosotros, enjuiciarlo por algo que ya ha pagado con creces, algo que ha preescrito, algo que, realmente, ya no os atañe.

—¡Nos traicionó…! —empezó a decir Percy.

—Por algo que ocurrió hace años —lo recriminó suave pero tajante Victoria—. Perdonadlo por ello, odiarlo si queréis. Eso es cosa vuestra. Pero entonces pasad a admitir que estáis enfocando esto desde algo personal, una inquina, y no desde algo objetivo, lógico, y justo.

—Pero… —lo volvió a intentar Percy.

—Tenéis normas entre manos. Normas que deben cumplirse. Actuar en consecuencia de su infracción. Dejad vuestras rencillas personales y emocionales atrás. No seáis hipócritas. Sed justos. Juzgarlo por que os haya mentido —Victoria ignoró mi mirada de alarma; a lo mejor porque estaba de espaldas, a lo mejor porque tampoco es que se fuera a detener, fuera o no consciente de ella—. Juzgarlo porque os haya ocultado algo, aquí, a todos vosotros, en esta vida. No por cualquier deuda del pasado.

—Muy bien, Victoria —dijo Silena—. Opinión escuchada. Y anotada —dio unos golpecitos al papel donde había estado garabateando—. Tienes razón. Tendremos en consideración tu sugerencia. ¿Has acabado? —Victoria asintió, pero no volvió a su silla; se quedó en un lado, más cerca de mí que de los campistas. Entonces los ojos de Silena se posaron sobre mí, impersonales—. Adelante. Eres el último, pero por lo que aquí se está tratando, sí el más importante.

—Qué considerados sois —dije con un tono irónico, y me crucé de brazos—. Gracias. Ha sido un verdadero placer aguantar que habléis de mí como si yo no estuviera delante —Rachel negó con la cabeza, Annabeth puso los ojos en blanco, Thalía formuló sin sonido: «ya estabas tardando».

Me levanté despacio de la silla y los tomé a todos por sorpresa al admitir:

—Tenéis razón. Mi regreso a la tierra no fue casual. Fue planeado, premeditado y calculado.

Jack levantó una ceja, preguntando el por qué de mis palabras, piedras a mi propio tejado. Por el intercambio de miradas alarmadas entre Annabeth y Thalía, estaba claro que no era el único que cuestionaba si estaba haciendo bien saliéndome por esos derroteros. Rachel se mordía el labio inferior, atenta. Victoria ladeó la cabeza, a la espera. Sólo Christian pareció entender por dónde iba a tirar, a juzgar por el asentimiento de cabeza que me dedicó. Aunque claro, fue tan leve e imperceptible que dudé si me lo había imaginado o no.

Subí una pierna a la silla, aguardando a que el barullo terminara. Mis palabras habían desatado un verdadero huracán. Por fin, Silena soltó su bolígrafo y se puso en pie, gritandopara que todos se callaran. Nadie parecía oírla ni advertir su exigencia, pero poco a poco, el orden se fue restableciendo, quienes se habían levantado volvieron a sus asientos y quienes se habían petrificado en las sillas volvieron a recuperar movilidad.

—¡Mira que sois! —Exclamó Silena; con un movimiento brusco de la cabeza, se echó la lustrosa cabellera a la espalda, retirando los mechones de la cara—. ¿Sois adultos o niños de parvulario? —miró con desdén a cada uno de los campistas a los ojos mientras sus palabras los demandaban—. ¡Sois el consejo, comportaos como tal!

El silencio se extendió por el grupo. Pensé que iba a haber más arrebatos, pero me sorprendí al ver que todos asentían con la cabeza hacia Silena, admitiendo que tenía razón.

—Bien —Silena regresó a la colcha mullida que era su silla. Luego me miró y replicó—. Eso que has dicho es muy fuerte, Luke. Más vale que te empieces a explicarte, bien y deprisa, de lo contrario no puedo prometer que tu cabeza continúe dentro de los límites de este campamento por más tiempo.

Ordené enseguida mis pensamientos para escoger las palabras adecuadas de entre el remolino de enfado, indignación, temor y frustración que pululaba en mi cabeza:

—Sí, fui un traidor. Antaño. Morí por ello, morí tras ello. Pero Victoria tiene razón: si mal no recuerdo, estoy aquí porque descubristeis que Lucy y Luke eran la misma persona. No voy a permitir que el estigma de lo que hice años atrás me persiga en esto. Sea cual sea la decisión que toméis, no será basada en esa primicia, porque entonces la incoherencia se ha puesto definitivamente de vuestro lado. Mi regreso tiene quién y por qué —continué diciendo en medio de la tensión palpable; el aire en la sala era como cristal a punto de hacerse añicos de un momento a otro—. Para nada es casualidad. Pero sí os equivocáis en algo —aquí miré con severidad a Clarisse, a Nico y a Percy—, no he sido yo quien intervino en esa casualidad. Ni siquiera ha sido Cronos. Fueron los dioses. Sólo los dioses.

—¿Te refieres a…? —tanteó Lee.

—Sí —confirmé—. Una profecía es lo que me ha traído aquí. Ellos sólo se han dejado guiar por ella. Y antes de que me lo preguntéis no, no puedo hablar de ese vaticinio. No voy a hablar de ese augurio. —Ni siquiera miré a Rachel—. Sólo diré que esa es la causa de mi regreso a estos lares. Una profecía fue formulada y los dioses creyeron debido meterme por medio. Si no me creéis, id a preguntar al Señor D. Aunque sólo basta con que recordéis la neblina a través de la cual me habéis estado mirando todos estos meses. Sólo los dioses pueden implantar una neblina así de poderosa. Y si consideráis al Olimpo tan tonto e inepto como para no distinguir quién está de su lado y quién no, entonces nada de lo que yo os diga o muestre os hará desistir de la estúpida idea esa de que estoy relacionado con Cronos.

Dejé de hablar; más les valía haberme entendido.

—Deberías aprender a gatear primero antes de echar a correr —aconsejó fríamente Clarisse—. No puedes empezar tan fuerte una defensa.

Sonreí de lado.

—He sido varias veces campeón de carreras. Estoy preparado para asumir cualquier riesgo —seguí importunando—. ¿Por qué andarme con rodeos?

—Arrggg, Luke. Termina de explicar y defenderte y luego ya los demás votaremos qué hacer contigo.

—No he hecho nada malo —resumí—. Lo único que sé es que los dioses me ofrecieron volver a la Tierra, y yo acepté. Y sabéis que los regalos nunca son gratis para el Olimpo. Hubo condiciones, y una de ellas fue no hablar de la profecía; otra de ellas fue hacerme pasar por una chica. ¿Por qué una chica? ¿Por qué no un centauro, otro chico o, simplemente, un cencerro? Ah, pues no lo sé. Ahí ya no entran mis conocimientos. Ignorar sus advertencias por la moralidad de que «ocultar es igual que mentir», o pasar por alto sus exigencias ya pactadas sólo para contaros mi secreto y desvelar la niebla me parece improcedente, inconsciente y…, bueno, una idiotez.

Además que en ese entonces creí que iba a estar mejor si mi identidad auténtica os quedaba oculta, para qué mentir; de ese modo podríais llegar a conocerme por quien soy, no por quien fui. Todos tenemos derecho a segundas oportunidades, yo no soy la excepción. Si me queréis poner de patitas en la calle por acatar las órdenes del Olimpo e intentar redimirme con vosotros de un modo indirecto, adelante. La próxima vez que vengan los dioses a importunarme con una propuesta de vuelta a la vida prometo sacarles la lengua, reírme mientras les enseño el dedo de en medio, escupir sobre sus preocupaciones, y luego irme a bailar el hula-hula por la comodidad del Inframundo. ¿De acuerdo? —no intentaba ser gracioso (bueno, vale; tal vez sí un poco). Igualmente me seguía pareciendo increíble que estuviera ahí de pie, defendiéndome de algo sobre lo que en realidad tampoco es que me hubieran quedado muchas opciones a escoger.

Silena echó un vistazo a la estancia.

—¿Ya has terminado?

—Por hoy, sí —contesté, repantigándome en la silla—. Mañana si ves que te mando flores es porque tengo nuevas ideas que... —Beckendorf frunció el ceño—. En fin, que no tengo nada más que añadir.

—Creo que igualmente deberíais mantener un ojo en él —dijo Jack, hablando por primera vez. Llevaba toda la reunión callado, tirado en la silla, como si llevara todo un año sin dormir y el peso de cientos de vidas sobre los hombros, aplastándole—. No te ofendas, Luke, pero vosotros —señaló con un gesto amplio a los campistas que conformaban el consejo—, tenéis una imagen de autoridad que mantener. Si lo dejáis ir, así como así, daréis mal ejemplo, proyectaréis una imagen de irrespetuosidad.

—Sin que sirva de precedente, estoy de acuerdo con él —comentó Christian, otro que se había mantenido a ralla hasta entonces—. Aplicad sobre él alguno de vuestros castigos, por pequeño que este sea. Y ponedle una vigilancia, y aseguraos de que todo el campamento mestizo lo conozca, que esté al tanto de su suerte.

Para mi sorpresa y consternación, nadie rebatió aquella idea. Fulminé a Christian con la mirada, pero él solo asintió, indiferente, tomándose el gesto como si yo le hubiera dado las gracias por su aportación.

—Me encanta cómo habláis de mí como si no estuviera aquí, ¿sabéis? —protesté.

—Mira, hermano —repuso Connor—, aún estamos intentando librar a tu capa de la guadaña. Deja de lloriquear y cállate.

—Vale, tenemos varias sugerencias… —empezó a decir Silena.

—Ay, venga ya —le interrumpió Chris—. Votemos. Yo voto por la postura de Beckendorf que, para el caso, también es la mía. Y voto también por la propuesta de los idhunitas.

—Yo también voto por ambas posturas —afirmó Annabeth.

—Y yo, por supuesto… —se sumió Thalía.

Todos los demás coincidieron y votaron a mi favor, incluso Percy y Nico, ¡incluso Clarisse! quienes más se habían opuesto a mi versión inocente de los hechos.

—Bien, bien. Pues Victoria, ya puedes dejar de montar guardia delante de su silla. ¡No hará falta que te teletransportes con él!

—¡Oh! —solté, estúpidamente.

—Nunca está de más las precauciones —repuso la chica, inmutable, acercándose a sus compañeros de Idhun—. ¿Y qué hay de su castigo?

Fue automático. Todos miraron inquisitivos a Silena. Ésta se dio unos golpecitos con el índice bajo la barbilla, pensativa, luego sonrió maliciosa y declaró:

—Mañana, desde el despertar hasta la puesta de sol. Tendrás que hacernos la colada; y serás el ayudante oficial de las chicas —su maliciosa sonrisa se ensanchó—, ¿no querías ser una de nosotras, Lucy?

Gruñí mi descontento. Hubo una ola de risas. La mirada de Clarisse auguraba multitud de temibles, temibles posibilidades.

La reunión había tocado a su fin. El debate del Consejo se disolvió. La puerta de la sala fue invadida y la gente empezó a desfilar por ella, rumbo al exterior. Todos abandonaron el cuarto a toda pastilla -sospeché que el rumor de lo que ahí se había hablado se iba a extender a la misma velocidad por el resto del campamento- salvo Nico, Percy, y unos cuantos más. Entre ellos, Silena.

—Así que rubio de nuevo, ¿eh?

—Ya sabes... de vuelta al club.

—Aunque mi rubio sigue siendo el mejor, por supuesto. Más besable.

—Bueno, qué tiempos aquellos —murmuré, nerviosamente, mirándola de refilón—. Me refiero a cuando tú y yo… bueno, ya sabes…

Se acercó y me dio un tirón de pelo. Fuerte. En muestra de broma.

—Bah. Eso está olvidado. De hecho, te agradecería si no me lo vuelves a recordar —fingió que le recorría un estremecimiento de horror—. Puaj.

—Gracias. —Pude respirar profundamente.

—Patanes, o ex patanes como tú sólo sirven para ayudar a valorar lo que tienes delante de las narices —miró con ojos soñadores a Beckendorf, que se acercaba despacio a nosotros, siempre andando con pausada tranquilidad;

—¡Gracias! —exclamé, realmente alagado; por el modo en que se comía a Beckendorf con la mirada casi esperé a que de sus ojos comenzaran a saltar corazoncitos, igual que en los dibujos animados.

—¡Eih! —me saludó Charles, dándome un puñetazo en broma en el brazo.

Le devolví el puñetazo.

—Hola a ti también, colega. Y gracias por… todo.

—Sí, sí. —Se inclinó y le susurró algo a Silena que la hizo reír. Después ambos se encaminaron a la salida, aún abrazados, y sólo cuando estaban a punto de traspasar el umbral él recordó que me habían dejado ahí, plantado—. ¡Nos vemos luego!

Los siguientes en pasar a mi lado fueron Nico, Annabeth y Percy.

—¿Jackson?

El hijo de Poseidón se detuvo enfrente de mí.

—¿Castellan?

—Por lo visto sigues estando en mi contra —musité; a nuestro lado, una Annabeth nos rondaba igual que lo haría un poli malo de tráfico.

—Por lo visto sigues sin entender nada —replicó Percy.

—Te opusiste a la postura de Rachel y Victoria —recordé, con teje de calor en la voz.

—Una idea no es una gran idea si no hay argumentos en contra, que la hagan resaltar —apostilló Percy—. ¿Qué? —se encogió de hombros cuando Annabeth y yo lo miramos, atónitos—. Yo escucho cuando hablas, que lo sepas —le dijo a su novia—. Siempre te escucho. Y aprendo.

—¿Has estado fingiendo?

—Por supuesto —afirmó Percy, sonriendo con picardía—. ¿Me estoy volviendo buen actor, a que sí?

—Te estás volviendo tan astuto como ella —simulé una expresión de horror—. ¡Dioses! Va a ser cierto eso de que todo lo malo se pega menos la hermosura.

—Eso es porque ya tiene de sobra —Annabeth lo miró radiante, orgullosa—, e inteligencia por cuenta propia, aunque a veces se comporte como un sesos de alga.

—Bueno, es que si no, ¿cómo podrás insultarme, entonces?

Nos echamos a reír. Y así sin más, sin tener que rebuscar en la cabeza palabras más sentidas porque sabido es que los chicos con atajos y de acciones directas y pragmáticas no necesitan de esas cosas, Percy y yo nos fundimos en un abrazo, con Annabeth por medio, durante un tiempo que duró un par de segundos más de lo cordial pues así la ocasión lo requería. (Era un abrazo digno de machotes, eh, conste, no faltara más; ya sabéis, de esos con palmetazos sonoros en la espalda, con carcajadas que retumban en el pecho y la garganta, y que concluyen con un firme apretón de manos). Y fue así como Percy me perdonó, dimos carpetazo al asunto, y retomamos la amistad en el punto exacto en que se había detenido... Es decir, en una ordinaria conversación sobre chicas.

—Cuídala bien —le dije, refiriéndome a Annabeth—. Es mi hermana. Siempre ha sido mi hermana —recalqué, por si aún habían rastros de celos pululando por ahí.

—Lo hace —lo defendió Annabeth—. Los dos lo hacemos. Nos cuidamos mutuamente.

—Genial. —Se despidieron y se alejaron juntos por la calle que conducía a la casa de Hermes.

—Interesante… —observó Nico. Se había quedado al lado, silencioso, observando nuestra reconciliación.

—¿Expulsión? —Le dije al hijo de Hades, tenso el cuerpo y mal humor en la voz—. ¿Querías que me expulsasen del camping? Eres más oscuro que tu padre.

Él fingió una mirada oscura y una sonrisa maligna.

—Ha funcionado, ¿no? Rastrero, pero eficaz. Apunta alto y da bajo. Proponte la meta de cien y no llegarás a menos de sesenta. —Me propinó un amistoso puñetazo en el hombro—. Me debes una. Ya me darás las gracias.

—¡Pequeño demonio...! —exclamé, viendo cómo se alejaba, charlando alegremente con Jack; fuego con fuego... parecían haber conectado. Aun así, no pude evitar sonreír ante la inteligente forma de actuar del chico. Verdaderamente era digno hijo de su padre.

—Eso ha sido inteligente. —Era la voz de Clarisse. Me volví hacia ella—. Taimado e inteligente.

—Y lo tuyo también fue rastrero —la acusé—. ¿Apresarme? ¿En serio, Clarisse?

—Tan inteligente como lo de Nico. —Respondió, sin ápice de remordimiento en la voz—. Te sorprendería la cantidad de personas que pedían tu cabeza. Lo previne, y por eso actué a tiempo de evitarte ese mal trago. Cuando salgas de aquí verás que no todos han olvidado el pasado, que no todos están dispuestos a perdonar. Era necesaria esta farsa de reunión. Era necesario que los campistas presenciaran cómo te juzgábamos. El consejo es la autoridad del campamento, en ausencia del Señor D, que siempre está ausente, todos lo sabemos. Y les guste o no, tendrán que acatar la norma de dejarte en paz, porque te verán reprendido, sufriendo un castigo. Eso calmará las hostilidades.

Parpadeé, atónito.

—¿Estabais fingiendo? ¿Todos?

—¿Todos? NO. Sólo los justos y necesarios.

Negué con la cabeza, aún debatiéndome entre la incredulidad y la ira por el mal trago que aquella farsa me había hecho pasar.

—Te he odiado bastante estos dos últimos días. ¿Lo sabías?

—Bah. Nada que la luz del sol y una aclaración del tema no puedan solucionar.

Sentí un estallido de calor en el pecho.

—Sí, bueno…, gracias. Supongo.

—De nada, hombre.

Levanté la mano y, para mi sorpresa, Clarisse se animó a chocar los cinco.

—Y ahora me voy, que mi novio me está esperando. Hummm, no sin antes… —rápida como el relámpago, me propinó un rodillazo en el centro del estómago, declarando—: no me gusta que nadie se burle de mí… díselo de mi parte a Lucy.

—Bueno, ¿ves cómo al final no ha sido tan terrible como creías? —Victoria me ayudó a enderezarme; sentí una corriente de calor y alivio proveniente de su contacto.

—Doloroso, más bien —hice una mueca. ¡Clarisse me las iba a pagar!

—Bah, bah, no será para tanto —Rachel apareció al otro lado de Victoria. Me miró con curiosidad, ladeó la cabeza a un lado, a otro, después declaró—: definitivamente no, no noto diferencia, ahora que la niebla ha desaparecido.

Alguien bufó. Alcé la mirada. Antes de lo que esperaba, Thalía se había acercado a hablar. Iba acompañada de Christian.

—Es verdad. Sigues igual de feo que de costumbre.

—¿Feo, yo? —Miré a Thalía—. Eso habla del buen gusto que tienes. —Me entusiasmaba que ella aplicara cánones de belleza conmigo. Oh, sí.

Thalía hizo una pausa.

—Es mi forma de decirte que me alegra volver a verte. Libre, al fin.

—Gracias. —Nos quedamos ahí, mirándonos con azoramiento.

Ni me enteré de cuando Rachel y Victoria desaparecieron. Sólo tenía ojos para Thalía. El susurro de «buena suerte» de Christian en mi mente fue un eco muy lejano. Di un paso hacia ella.

—No viniste a verme.

—NO.

—¿Y eso?

—Mucha ira que descargar —contestó, sencillamente.

—¿Contra mí?

—Qué va. Al contrario. Lo que pasa es que he tenido cierto… altercado con algunas de las demás cazadoras. Por defenderte. Pero no importa. Artemisa nos une, ¿sabes? —La sonrisa de Thalía al hablar de su diosa querida era radiante, incandescente, iluminaba todo el rostro que echó hacia atrás, y cualquier esperanza que yo hubiera albergado en algún compartimento secreto de que quizá, con el paso de los días, le había hecho cambiar de parecer, que quizá su fidelidad a la diosa cazadora no fuera tan férrea e irrevocable como antes, desapareció, alejada igual que neblina arrastrada por un fuerte viento.

Fue entonces cuando me decidí.

—¿Estás enfadado? —inquirió, al ver que no le devolvía la sonrisa.

—No. Yo no. Pero puede que tú sí te enfades dentro de poco. Conmigo.

—¿Ah, de veras? —dio un paso hacia mí—. ¿Y qué tienes pensado hacer para enfadarme?

¿Creía que estaba bromeando?

—Primero cierra la puerta, por favor —pedí, señalando la entrada con la cabeza.

Ella no apartó los ojos de los míos. Una ráfaga de aire respondió a mi petición y, enseguida, nos quedamos cara a cara, de pie en el centro de la sala de reunión, enlazados por la mirada.

—Qué tal si nos sentamos? —propuse, buscando abordar el tema, buscando bracear fuera del influjo seductor de su intensa y azulada y hermosa mirada.

Me acerqué a uno de los bancos, triple plaza, que uno de los mestizos había arrastrado hasta ahí para que hubiera sitio para sentarse. Di unas palmaditas en la madera. Thalía se puso al lado, con el cuerpo pegado al mío, a pesar de todo el espacio libre que quedaba en el asiento largo.

—Vale. Reconozco esa mirada cuando la veo. Luke. ¿Qué ocurre?

Suspiré.

—La amistad no se basa en excusas y secretos. —Clavé la mirada en la cercanía de nuestros dedos—. No se basa en mentiras.

—Tienes que contarme algo —adivinó—. De acuerdo. Te escucho. ¿De qué se trata?

—De algo importante. Que tal vez cambie nuestra relación. Y con «cambiar» me refiero a «romper», me temo.

Extendió el brazo y me agarró la mano; se la apreté, nervioso, tan fuerte que de seguro le había hecho daño, aunque ella no se quejó.

—¿Oye? ¿No hemos pasado ya por esto? Nada de lo que me digas me alejará de ti. Nada de lo que yo he hecho te ha apartado de mí. ¿Por qué iba a ser distinto ahora?

—Mentí. Antes. —Solté, de súbito—. Sí puedo hablar de la profecía. Pero sólo con una persona. —Busqué sus ojos—. Sólo contigo.

Silencio. Absoluto silencio.

—Luke. Repite eso que has dicho.

—Esa profecía, Thalía, me liga a alguien.

—¿Qué? —Presencié cómo el ardor moría en sus ojos, sustituido por una incipiente alarma—. ¿A quién?

—A ti. Porque la profecía habla de ti.

—¿Qué? —volvió a exclamar; el movimiento de sus dedos se detuvo entre los míos—. ¿Cómo?

—Habla de ti... —aspiré aire, como un nadador a punto de lanzarse a la piscina y añadí—, de ti... y de mí. De ambos.

El calor se esfumó de sus dedos. Un sudor frío los recubrió.

—¿De verdad habla de mí? —Preguntó, incapaz de simplemente aceptarlo—. ¿Me estás diciendo que esa profecía habla de mí?

Asentí. A Thalía mis palabras le fueron sonando cada vez más alarmantes a medida que confesaba. Le conté todo, desde las palabras pronunciadas por los tres jueces del inframundo, las elecciones y propuesta de hades, el viaje a la tierra de la mano de Hermes... el contenido por entero de la profecía: la parte de enamorarla, la parte de la Cláusula… la parte del hijo.

A cada revelación, la sentía tensarse, apartarse... encerrarse en un gélido mutismo.

—Háblame —pedí sin poder aguantar por más tiempo aquel tenso silencio—. Por favor, dime qué piensas, qué crees. No te quedes ahí, quieta, mirándome como si te hubiera sentenciado a muerte. ¡Háblame!

—¿Cómo puede ser? —Balbuceó—, si ni siquiera estamos saliendo. No somos novios. No nos amamos. Ni nos queremos.

—Yo a ti sí.

Las palabras brotaron sin previo aviso de mi boca.

—¿Qué has dicho?

Bueno, agua derramada no se vuelve a recoger.

—Que te amo —repetí bastante airado.

Ella me miró, atónita.

—Te quiero. A ti, no a tu cuerpo, no a ese supuesto hijo, no a la profecía que lo vaticina y manipula todo. Te quiero, a toda tú. Y nunca he sabido cómo decírtelo. Pero aquí estoy, ahora, diciéndotelo, en el peor momento posible, en el más inoportuno, cuando eso es lo que menos importa.

—Me quieres porque somos amigos —insistió—, y los amigos se quieren entre sí.

—Me gustas…

—Te gusto como chica, nada más —siguió negando Thalía—, como chica en general hacia la cual puedes sentir cierta atracción, pues te van las chicas.

—Ambas cosas son ciertas. Te quiero como la gran amiga que me has demostrado ser. Te quiero como la familia que tiempo atrás fuimos junto con Annabeth. Me atraes como cualquier chico puede atraerle cualquier chica que considere atractiva. Pero yo no soy cualquier chico. Y tú no eres cualquier tía buena. Te quiero en todas esas facetas. Te quiero más allá de esas facetas. Te quiero, a secas. Y ni Cronos ni tu juramento a Artemisa ni esa profecía de por medio, influyen. De hecho ni me importan. Te quiero a ti, Thalía.

—Pero yo… —se puso de pie y se apartó, temblorosa.

—No espero que me digas «yo también te amo o te quiero, Luke» —la atajé—, ni «te he querido desde siempre». Tranquila.

Se quedó paralizada, las manos entrelazadas y apretadas contra el estómago, angustia y tristeza encallando en el puerto que eran sus ojos.

—¿No vas a decir nada? —inquirí—. ¿O acaso tienes tantas cosas que decir que no sabes por dónde empezar? ¿O acaso lo que quieres decir es tan funesto y desalentador que estás rebuscando modos más suaves de expresarlo? ¿O acaso…?

—No lo repitas.

—¿El qué?

—Eso de que me amas. —La voz le salió acosada, desfallecida.

—¿Y por qué no?

—Porque es una mentira.

Me la quedé mirando, atónito e indignado.

—Las mentiras se dicen para ganar algo, para conseguir un objetivo. ¿Qué gano diciéndote te quiero?

—No lo sé. No quiero saber. —Sus mechones votaron furiosos contra su cara cuando sacudió la cabeza—. Lo único que quiero es que no me mientas.

—¿Y tú estás en mi corazón para adivinar qué siento, para determinar que mis sentimientos no son de amor, para acusarme de mentiroso? Sí, te quiero. Sí, te amo.

—No me mientas. E insisto en que no lo repitas.

Y entonces me enfadé.

—Lo repetiré cuantas veces me salga de las narices. —De hecho, ahora que por fin lo había admitido en voz alta, que por fin se lo había dicho a la cara, me resultaba difícil contenerme—. Te quiero. —Hice una pausa—. Te quiero. —Hice otra pausa—. Te quiero. —Y ella pareció estremecerse con cada vehemente afirmación.

—Mírame a la cara —pedí, al cabo de un incómodo silencio—. ¿Por qué te cuesta sostenerme la mirada? No deberías sentirte avergonzada. No son tus sentimientos los que han quedado con el culo al aire, sino los míos.

Tuve el impulso de abrazarla y besarla, para dar prueba de sinceridad a mis palabras.

—¿Thalía?

Ella se giró.

La besé. En la boca.

Suave, firme, breve.

—Eso es lo que siento —dije, a centímetros de sus labios. Labios sobre los cuales volví a inclinarme, labios que volví a besar—. Eso y más, es cuanto te quiero.

—No vuelvas a hacer eso —dijo con voz tensa cuando corté el beso—. Jamás.

—No me provoques, entonces.

—¡Yo no te he provocado!

—Tampoco me has rechazado —hice notar—. Ni ahora ni en la biblioteca ni… otras veces.

Aguardé entonces a que me plantara el bofetón retrasado, pero ella seguía conmocionada, mejillas sonrosadas, ojos abiertos como platos y expresión desvaída de cervatillo.

—Mira, Thalía, no te he dicho lo que siento porque esperara que sintieras lo mismo por mí. Soy consciente de que no es así. No aguardo una correspondencia por tu parte, de eso estate tranquila, no temas en romperme y pisotearme el corazón. Si el tema de mis sentimientos ha salido es porque el asunto de la profecía en sí lo requería. Pero he ahí lo importante: la profecía de Rachel. Te la he contado no porque esperaba que me correspondieras. Lo he hecho porque creo que tenías derecho a saber. Tienes derecho a saber. No espero que te rasgues ahora las vestiduras y que afirmes profesarme un amor nunca antes visto igual, porque sé que es imposible, improbable, como rezarle milagros a un dios.

—No desdeñes volver a rezarlos, entonces. —Sentí un vuelco en el estómago—. A fin y a cabo, los milagros existen.

—¿Qué has querido decir?

Ella sacudió la cabeza.

—Nada.

El vuelco acabó en precipicio.

—¿Thalía...

—Olvídalo.

—¡Ya estamos! —Estallé—. ¡Otra vez!

—¿Otra vez, qué?

—No soy adivino. Si no compartes conmigo qué piensas, qué sientes, no podré estar a la altura. Es más, empiezo a cansarme de tantos rodeos, Thalía.Me dices cosas, o parece que las vas a decir; me muestras pinceladas, y cuando muestro interés por conocer el resto de la pintura que quieres mostrarme, emborronas el cuadro y te vas. Tus ojos me insinúan cosas, y no sé si debo leer entre líneas y pensar que son ciertas o tacharlas de simple invención de mi deseo, porque cuando me atrevo a tantear, desmientes esas insinuaciones al instante.

Thalía mantuvo el tenso silencio. Al fin, dijo:

—Contento. Tienes que estar contento.

—No puedes andar por ahí dedicándote a suponer —dije con desaliento en la voz—, que yo no me sienta igual que tú. Para tu información, ni salté de alegría cuando me enteré ni saltaré ahora que te lo he contado.

Éramos muy diferentes, pensé, no por primera vez, mientras la miraba con expresión contemplativa y crecía un sordo sentido de resignación en mi interior ante todas sus evasivas.

—Si no quieres hablar de ello, vale, de acuerdo, pero no me torees. —Me incliné y le recoloquéla ropa con actitud desafiante, clavando los ojos en la perplejidad de los suyos—. Ya sabes lo que siento. Cuando quieras contarme qué hay ahí, en el interior —le señalé el pecho—, búscame. Sabes dónde encontrarme.

Thalía pareció asustarse, pero no por mi arrebato de palabras, sino tal vez por la sinceridad que rebosaban.

—Tú y yo somos llamados a esa profecía —continué—. Y ya sé que para los dioses eso es lo más importante, que no hay nada por encima de ese fatal augurio. Pero para mí no es así, y espero que para ti tampoco. Me importa el destino del mundo, pero incluso por encima de eso me importas tú. Sólo tú. Me importa lo nuestro, sea lo que sea que tengamos. Eso es lo que pongo por encima, por egoísta y egocéntrico que suene y resulte. Me importamos nosotros, tú y yo, ya sea como amigos, como familia, sencillamente como dos mestizos más unidos en una misma batalla. El augurio me asusta, tanto así que llevo más de doscientos días en la tierra dando palos de ciego con ello. Pero no sé cómo hacer frente si me dejas sólo en esto, no sé cómo controlar mis sentimientos que encima se suman al augurio. Si estás conmigo, y sientes lo mismo, dímelo, y podremos enfrentarnos juntos a ello. A lo que sea, pero juntos. Si no sientes lo mismo, también quiero saberlo, no te dejaré sola ante la furia o silencio de los dioses, eso lo has de saber. Y ahora, si no te importa, me gustaría averiguar tu opinión al respecto, para saber si quieres seguir tal cual ahora y las cosas, para saber que nunca más lo tengo que repetir. Por lo que más quieras, dime algo. La verdad. Dímelo sin miedo. Te voy a escuchar.

Vi lágrimas cuajando en las esquinas de sus ojos, amenazando con salir en un torrente que no tendría breve final. Me acerqué a ella de inmediato, pero Thalía levantó el brazo, pidiéndome espacio con ese sencillo gesto.

—No te me acerques. Sencillamente, no, no, no te me acerques. Maldita sea —susurró después; luego se dejó caer en el suelo y hundió la cara en las manos, que le temblaban visiblemente—. Maldita sea. Malditos seáis todos. ¿Quieres saber qué siento? —Asentí; aunque no pudiera ver el gesto, ella tomó mi silencio como una espera a que prosiguiera—. Nunca he estado tan asustada, tan enfadada, ni me he sentido tan manipulada. Nunca he estado tan confusa.

—Te entiendo.

—¿Sí? —no contesté. El sarcasmo que acidaba sus palabras me dejó claro que no esperaba respuesta.

Reprimí un resoplido. Éramos muy distintos. Y más diferentes habíamos sido antes, ciertamente; antes, cuando yo era veneno en las venas desde que tomé conciencia del trastorno mental de mi madre y el grado de abandono de Hermes, cuando la sed de sangre y venganza iban a la par que el ADN en mis venas.

Entonces ella también había estado enfadada con el Olimpo, se había sentido ultrajada y abandonada y lanzada al abismo de una muerte segura y, no obstante, conservaba un rayo de esperanza, todo un elixir suave que servía para calmar tanto su tempestad como la mía.

Ahora, a pesar de las acentuadas diferencias de carácter, parecíamos encajar mejor, compenetrarnos mejor, y estar junto a ella, ya fuera simplemente andando o hablando o riendo o discutiendo, era como encontrar el equilibrio y el peso del cuerpo en dos pies que se tambalean por el retumbo del suelo bajo ellos, un equilibrio que era como un bálsamo, un bálsamo que también servía para causarme una sed, un nuevo tipo de sed, una sed que sólo podía saciar ella, y con modos muy opuestos a los que sacia la venganza o la ira reprimida.

Porque Thalía era tormenta cuando numerosas nubes lo avecinaban, era rayo descargado ante una sobrecarga de electricidad; era estallido de fuego si el momento lo ameritaba, era dulce fragancia de primavera por lo demás. Rasgos, todos ellos, ahora controlados bajo su fachada de cazadora, templados en el mejunje de sus emociones internas, aguardando a salir y estallar.

Y tanto que estallaron.

—¡Estoy harta! No hacen más que observarnos —dijo, con un leve escalofrío de consternación recorriéndole la piel—. Juguetean con nosotros, mestizos, mortales, qué más les da; nos permiten hablar, dormir, vivir según su indulgencia, pero al mismo tiempo nos obligan a matar en su nombre. Nos permiten que odiemos o amemos hasta que llega un momento en que se cansan y nos atormentan con profecías y otros desaires. Para ellos, no somos más que actores de una película sin guión lineal.

La expresión en los ojos de Thalía revelaba a una persona al borde de una desolación salvaje, en los límites del control, en un lugar situado muy lejos de lo que era un ser humano. Pisaba el suelo de otro mundo: el fuego, la pura ira.

—Lo siento. —Mi propia voz sonó en mis oídos como la súplica a la muerte de todo ser que aún desea vivir, llegado su hora—. Pensaba que no decírtelo te pondría a salvo, te dejaría al margen de los dioses, con libertad para decidir por ti misma.

—Curioso modo de proteger —soltó. Hice una mueca de dolor, pero a ella no pareció importarle.

Thalía levantó la vista hacia el techo y más allá, hacia los enormes y abiertos cielos cubiertos de nubes algodonosas. La desesperación parecía haberla puesto en modo «resolución».

—Quiero verlo —dijo al cabo de un rato—. Quiero verlo cara a cara y oírlo de sus propios labios. Préstame tu libro o portal o como quieras llamarlo. Llama a Zeus. O a Hades. O a cualquiera de esos tres. Llama a Artemisa.

Estuve a punto de decirle que el libro se había quedado en Limbhad; o en el cuarto donde me habían tenido confinado. Pero eso sería mentir, y se suponía que estaba tratando de reconstruir unos cimientos más sólidos. Más sinceros. Igualmente, intenté que desistiera de la idea.

—No creo que… —comencé a decir.

Ella se giró por completo hacia mí y me lanzó la mirada más ominosa que había visto nunca en nadie. Era la máscara inconfundible de la ira. Casi pude ver cómo el aire a su alrededor crepitaba.

—Ni se te ocurra intentar convencerme de que desista o llevarme la contraria —advirtió, siseando—. No estoy por la labor de razonar, Luke. No estoy interesada en que te muestres cauto. Así que más vale que no te atrevas a decirme que no. Llamarás a esos dioses. A cuantos sea necesario. Los llamarás por mí.

—Bueno, vale, como quieras. Visto que no me dejas más opción… —abrí de par en par la entrada—. ¿Vamos a la habitación?