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Historia 126109 — capítulo 44

Disclaimers: Nah. Laura y Rick siguen sin dar el brazo a torcer. Aunque estoy convencida de que algún día Kirtash y el Thaluke serán oficialmente mi patrimonio sueña, sueña, sueña..., porque a flipar en colores y a ilusa no me gana nadie cierto, cierto, cierto… no.

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CAPÍTULO 43. HACER QUE VALGA LA PENA.

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Los siguientes combates fueron desesperanzadores, intensos y sangrientos.

Hubo momentos en los que la idea de no salir vivo me rondó por la mente, situaciones donde llegué a pensar que estábamos acabados. Ocasiones en que en los ojos de los demás mestizos se asomaba una bienvenida a la muerte, con tal de poner fin a la pesadilla, con tal de dejar de ver a los demás angustiados y dolientes, con tal de que cientos de vidas dejaran de apagarse para siempre.

Cada una de esas veces, logramos salir adelante, aunque por poco. Por muy poco. Gracias sobre todo a las estrategias que se trazaban noche y día en la sala de entrenamientos de Limbhad. Ideas que iban y venían, que se ejecutaban o se postergaban para más adelante.

Era pleno mediodía, noche en Limbhad, tras zafarme de una de esas reuniones, cuando abrí la puerta de la biblioteca y me detuve en el umbral de la misma. Habría admirado por enésima vez el equilibrio entre magia, belleza e intelectualidad que despedía aquel lugar, de no ser porque algo más intrigante se ganó al punto toda mi atención.

Parpadeé por la sorpresa. En respuesta a mi aparición Annabeth y Thalía se separaban, giraban las cabezas, levantaban la mirada y se ruborizaban al distinguirme en el marco de la entrada, como si las acabase de sorprender besándose y entregadas a la más feroz de las pasiones. Lo que me hizo pensar que o bien A, habían estado hablando de mí, o bien B... habían estado hablando de mí.

—Hola —las saludé alegremente. Ellas me miraron, a cual más seria y escrutadora—. Emmm... ¿ocurre algo?

—No. —Respondieron como gemelas, aunque sus ojos decían claramente «cosas nuestras».

—Bien. —Traducción: «sí, pero no te lo vamos a decir».

Estaban solas. Nadie las acompañaba. No era de extrañar. Planeta nuevo o no, la biblioteca de Limbhad seguía siendo una biblioteca, lugar considerado territorio tabú para cualquier joven con pizca de amor a su buen estatus. Extendí los brazos a ambos lados de la entrada, buscando apoyo en la madera, lo que causó que Annabeth me mirase fijamente durante un minuto en silencio. Su gesto era indescifrable. Por fin dijo:

—¿Tratas de impedirnos el paso o algo así? Porque déjame decirte que estás demasiado flaca. No llegas a bloquear la salida ni aunque quisieras.

Casi me eché a reír. Casi.

—Bueno, ya sabes. Los restaurantes en el camping del Tártaro están obsoletos. La comida o es muy maloliente o muy peluda.

No hubo reacción por su parte. Se limitó a seguir mirándome. Transcurrió otra eternidad en silencio. Hasta que señaló el umbral:

—¿Haces guardia?

—Valiosos tesoros aquí dentro por custodiar. ¿No crees?

Nos quedamos mirándonos el uno al otro, ambos sonriendo, cumpliendo con nuestro rol de amigos que se llevan bien, guardándonos nuestros respectivos secretos e intuyendo en la mirada del otro que cada uno estaba al corriente de esa manifiesta tensión.

—Lucy —saludó Thalía, enfatizando por alguna razón mi falso nombre y rompiendo el pulso de miradas entre Annabeth y yo—. ¿Por qué tan sola? —Apoyó la barbilla en la palma de la mano—. ¿Qué te trae por aquí a invadir nuestra conversación?

—Ah, ya sabes, se aburría y quería deleitarse un rato con tu hermosa figura y tu melodiosa voz —habló la hija de Atenea, atreviéndose a ensayar una pulla de su cosecha.

Me zumbaron los oídos y me pregunté de qué pozo de venganza fraternal le salía aquello a Annabeth. La rubia se reía de buena gana desde su cómodo sofá. Thalía, por su parte, enrojeció, tosió, se aclaró la garganta y luego fingió no haber oído nada.

—Caray. Me has pillado. Tú siempre tan avispada, Annabeth —dije, burlón—. A ti no se te puede ocultar nada, ¿eh?

—Se intenta —me miró significativamente—, se intenta. Pero no es fácil engañarme, no. Y menos en cosas del corazón.

—¿Y tú qué sabes de eso? —la piqué.

—Lucy, cuando alguien entra por una puerta, pensando en las musarañas, y sus ojos brillan y empiezan a echar chispas al percatarse de que dentro hay otra persona, es que está enamorada —me contestó—. De esa persona en particular, por cierto —añadió. Parecía una experta en eso del amor y de los hombres, cosa que no achacaba mucho a mi intelectual amiga—. Y si la chispa empieza a saltar entre ambos, en los dos sentidos... sobran las palabras.

Thalía, casualmente, se puso a mirarse los pies y a jugar a enredar y desenredar la punta del zapato en la alfombra. Mi lado más vanidoso lo interpretó como que no quería que le viese los ojos, por si se ponían a echar chispas o por si no.

—¡Vaya, Annabeth! Sabía que sentías cosas por mí... pero no esperaba provocar baile de chispitas y corazoncitos rosas en tus ojitos dulces al verme... —sonreí con descaro—. ¿Lo sabe Percy?

—Ja, ja. No me refería a ti y a mí, idiota.

—¿Con que no, eh? —Tamborileé con los dedos el marco de suave y barnizada madera—. Vaya. Pues sería muy interesante saber quién de las dos ha entrado la primera por la puerta. Lástima que me lo haya perdido. Habría sido interesante ver saltar esas chispas de las que hablas.

—Traducción: me agarro a un clavo ardiendo para eludir el tema picante que me involucra...

—¿Eres una experta, acaso? —apoyé la cadera en el marco de la puerta.

—¿En qué? ¿En vosotros? —Annabeth nos miró con sorna y Thalía se puso roja de la cabeza a los pies.

Aparté la vista de ella y me dirigí a la rubia.

—En el amor.

Para mi sorpresa, Annabeth se echó a reír. Repentinamente. Una risa franca, sincera, que le salía de dentro. Meneó la cabeza. Al hacerlo, el pelo se le desparramó por debajo de la gorra, dejando a descubierto un lateral en su garganta. En su cuello había una marca made in Percy Jackson que ni toneladas de maquillaje podían ocultar.

—¿Comparado con vosotros dos? Soy graduada y doctorada en el amor. Dicho lo cual... —Annabeth se puso en pie—. Yo... me voy.

—Que no sea por mí, por favor.

—Oh no, no, descuida. Es que tengo que hacer ciertas cosas. Eso es todo.

—Amm. Vale.

—Nos vemos. —Se inclinó para darle un breve abrazo a Thalía, aprovechando para susurrarle algo al oído, algo que la hizo asentir—. Nos vemos —repitió, apartándose y acercándose a la salida.

Al pasar por mi lado, me dirigió una mirada rara, una mueca que no llegó ni a la mitad de su boca. Agitó una mano en mi dirección a modo de adiós, a pesar de que estaba tan cerca que ni le habría costado ponerse de puntillas y plantarme un beso en la mejilla, un gesto de despedida más acorde. Casi sin querer, golpeó mis pechos, o donde tendrían que estar mis pechos, al bajar la mano. Pegué un brinco y retrocedí, golpeándome la espalda con el pomo de la puerta.

—Lo siento —se disculpó—. Fallo mío.

Y se marchó tan campante, dejándome con la palabra en la boca y la sombra de la inquietud en el pecho, mirando el hueco de la puerta, ya vacío.

—Te va a dar tortícolis —señaló una voz a mis espaldas.

Fue entonces que recordé que Thalía continuaba ahí. Había seguido con la mirada el corredor por donde Annabeth se había ido. Deshice la rigidez de todo mi cuerpo y entrecerré los ojos.

—¿Por qué ha hecho eso? —pregunté confuso a Thalía.

—¿Por qué hace lo que hace Annabeth? —inquirió ella a su vez.

—Pues...

—¿Qué haces aquí? —me interrumpió—. Ahora en serio. ¿Querías algo?

Aparté la conducta extraña de Annabeth, relegándolo a un séptimo plano en la mente. Me enderecé con lenta parsimonia, un ademán indolente y calculado.

—¿Qué?

—¿Me buscabas por...?

—No te buscaba a ti —serio, desestimé su sospecha—. Claro que no.

—¿Ah, no? —Ladeó la cabeza—. ¿Y entonces, qué te trae por aquí?

—Estaba buscando a Rachel —mentí con desparpajo—. ¿Por casualidad no sabrás dónde está, verdad? —Sus ojos echaron chispas, celosas chispas, pero negó con la cabeza—. Estupendo. Pues eso era todo —me di la vuelta—, gracias de todos modos.

—¡Espera! —Me detuvo más el ímpetu de su voz que sus palabras—. Quédate. Po—podríamos... podríamos hablar. De... ya-sabes-qué.

—Sé muchas cosas, Thalía —musité, girando de cara a ella—. Tendrás que ser más específica.

—Cierra la puerta y siéntate. Por favor —añadió ante mis cejas levantadas—. Por favor. ¿La búsqueda de Rachel puede esperar, no es así?

—Puede. Pero lo cierto es que hoy no quiero discutir. Ni pelear. Ni reñir, y está claro que contigo ...

—Yo tampoco —aseguró—, de verdad —reiteró ante mis recelos—. Quiero hablar. Eso es todo.

—¿Aquí?

—¿Dónde si no?

Como toda buena biblioteca, esta estaba forrada de libros. La sala era redonda, para no variar, rutilante de intensos y ricos colores, muebles ornamentados e

Historiados candelabros y arañas que lloraban cristales tintados como piedras preciosas, apuntando sus faros hacia sillones mullidos que invitaban a acomodarse.

Cerré la puerta y eso hice. Me arrellané en el sillón, la cabeza apoyada en el respaldo, los pies colgando del reposabrazos. Una postura muy poco apropiada para una biblioteca, sí, pero estaba nervioso, y tendía a disimular mis nervios con poses que dijeran «no creas que estoy preocupado».

—Te escucho.

Thalía se incorporó, se quedó sentada en posición de flor de loto en el sillón y cruzó los brazos. Ninguno dijimos nada por un largo y tenso momento. Nos miramos fijamente, esperando que fuera el otro quien rompiera el hielo.

—¿Vas a hablar o no? —cuestioné finalmente, cansándome del silencio.

—Tú también podrías decir algo —apuntó, cruzando los brazos.

—Bueno, has sido tú quien ha pedido que me quede, eso para empezar —recordé—. Uno no va diciendo a la gente que quiere hablar, para luego volverse mudo y no decir nada, eso para continuar.

Thalía abrió y cerró la boca. Una vez más se la veía sin saber qué contraatacar. Yo la miraba, exasperado e impaciente, pero ansioso por oír lo que tenía que decir.

—Está bien. Escucha, Luke… —intentó comenzar, pero el valor se le escurría a ojos vista, distraído por unos nervios que desahogaba en los bordados del cojín—. Yo, tú, emm... Pues… —balbuceó—. ¿Qué hay de ti? ¿Cómo lo llevas?

—¿Qué?

—Que cómo estás.

Parpadeé una vez.

—¿Eso era lo que ibas a decirme?

—Llevamos tiempo sin sentarnos a hablar. A hablar de algo que no sea la incursión del día siguiente.

—Cierto —admití; chasqueé la lengua—, pero te lo preguntaré por segunda vez. ¿Era eso lo que querías decirme?

Hubo una pausa que vio su final cuando con un suspiro, dijo:

—Puede.

—Pues no te creo.

Luego de una larga pausa, ella suspiró de nuevo.

—Da igual, olvídalo.

—Claro, claro. Porque me has dicho tantas cosas que me será imposible guardarlas todas en mi disco duro —repliqué con rotundo sarcasmo, señalándome la sien.

—Te he echado de menos —soltó, de súbito.

Mis piernas dejaron de balancearse.

—¿Q—qué has dicho?

—Que te he echado de menos —repitió, cada vez con más soltura.

Aquello ya sonaba mejor. Me enderecé con cuidado en el sillón.

—No creo —empecé a decir—, no creo que tanto como yo a ti.

—¿Sí? —Inquirió en un tono que podría interpretarse por ansioso, si mi desconcierto no me hubiera cuchicheado «más te gustaría» en mi cabeza—. Ah. Para tener a alguien con quien discutir.

Iba a replicar, pero decidí callar, al ver sus labios curvarse en una lenta sonrisa. Una muy hermosa lenta sonrisa.

—A todo lo bueno se acostumbra uno —fue, en cambio, lo que musité.

—Muy cierto. Se hace... extraño... no tener minutos para una misma. Y además, echo de menos estar contigo. Estar así. Sólo contigo. Como ahora —tanteó, y me miró, esperando alguna reacción por mi parte. Mis labios se curvaron por sí solos y la esperanza dio paso al alivio en su cara.

—Así que... echándome de menos, eh? —me senté como correspondía en el asiento.

—¡Dioses! Creo que te he dado un pretexto para alardear —se quedó pensativa—, aunque claro, no es que para eso necesites pretextos.

—Cierto, cierto. Da gusto lo bien que me conoces. ¿No lo ves? Somos lo que los años para el buen vino; lo que las baquetas para la batería; lo que el agua para la sed... Dos personas únicas, distintas, originales que, sin embargo, encajan y se complementan a la perfección. —Me arrimé al borde del sillón—. ¿Por qué te resistes a reconocerlo?

—Supongo que... porque me asusta.

—Vaya —dije sorprendido—. Ya dice mucho a tu favor que no lo hayas negado.

—Sólo se niega la realidad difícil de afrontar -aclaró recostándose con pesadez en el respaldo del sofá y echando la cabeza hacia atrás, rehuyendo totalmente mi mirada y mordisqueándose con cierto frenesí desatado los labios—. El resto de cosas son mentiras, y esas no se niegan, se destapan con la verdad.

—Entonces destapa la mentira —pedí vehementemente, dejándome resbalar fuera del cojín del sofá y agachándome ante ella—, Utiliza la verdad. Dime qué me ibas a decir, antes.

—Ya lo he hecho, ciego tonto —buscó mi mirada y la sostuvo con tanta firmeza que me cortó el aliento—. Que quería hablar contigo. A solas. Nada en específico. Sólo por estar. Por disfrutar... de ti, de tu compañía.

—Me alegra saberlo. —En ese momento, ella tanteó una caricia en mi pelo y algo dentro de mí comenzó a agitarse. Solo con su cercanía, sonrisa y contacto aquella chica lograba que todo yo me desestabilizase—. ¿Significa eso que te importo? ¿Que te preocupas por mí? ¿Que el «no» del otro día a mis planes de enfrentarme sólo a Ethan y demás líderes del otro ejército es porque me quieres? Aunque sólo sea un poquito...

—Ah, te refieres a eso... —soltó una risita demasiado estrepitosa como para ser sentida; sus dedos se crisparon entre mis cabellos—. No. —Rechazó, y sentí como si fuera una sentencia—. Hasta el momento el puesto está desocupado.

—¿Qué? —me eché hacia atrás, sobre los talones—. ¿Qué?

Thalía puso los ojos en blanco y refrenó mi gesto de ir a incorporarme.

-Pues claro que te quiero. Ciego tonto. ¿Pero hace falta decirlo cada dos por tres?

—Ayuda a comprender más y mejor las cosas, ¿sabes? —murmuré, retirando la cabeza y atrapando en su lugar su mano, jugueteando con sus dedos.

—De acuerdo. Sí, te quiero. —entrelazó sus dedos con los míos—. Te quiero. Algo. Y ese es el problema, Luke. Que te quiero. Llevo tanto tiempo diciéndome a mí misma que tales sentimientos no existen que, en fin, lo difícil es mentir, incluso a mí misma, y volver a aceptar que te quiero, que siempre te he querido, y que aunque viva miles de años en mi inmortalidad... siempre te voy a querer.

No buscó mis ojos en ningún momento mientras hablaba; mantuvo la vista gacha, fija en el contraste de nuestras manos.

—Eres única haciendo que me sienta querido —sacudí la cabeza, aunque en mi corazón se había formado una fiesta de confetis—. Muy única. Bien —suspiré, armándome de valor—. ¿Pero?

—¿Pero? ¿Cómo que pero? —Se atrevió a lanzarme una ojeada en mi dirección—. ¿Pero qué?

—Me quieres. Siempre me vas a querer —repetí—. Y ahora dime el pero. ¿Que aún no sabes en qué sentido es ese querer? ¿Que me quieres sólo como amigo? ¿Que me quieres pero no tanto?

—Si piensas que te quiero sólo como amigo es porque eres más testarudo y ciego y tonto de lo que pensaba —declaró, retirando el brazo y devolviéndolos al regazo, entrelazados con furia—. Pero sí, hay un pero. Y es que eso no cambia nada. Te quise, te quiero, siempre te voy a querer, pero eso no cambia nada. No hace... gran diferencia.

—Oh, no, nada. Ninguna. Salvo que a tu celosa madre diosa no le gusta que ella no sea tu único querer.

—No hables de Artemisa —rogó—. Por favor, ella no. aquí no. entre nosotros no. Sólo quiero estar contigo. Como amigos. ¿Vale?

—Vale. —Suspiré profundamente—. ¿Puedo preguntarte algo? —pedí, de pronto. Ella me miró con recelo, y sentí que el corazón se me resquebrajaba—. Sería... —tanteé—, ¿te importaría si te doy un abrazo? Puedes decir que no, si quieres.

Thalía pareció pensarlo una eternidad, mientras por dentro yo desesperaba por besar cada centímetro de su cuerpo. Empezando por el temblor de sus manos. En el satén de sus cabellos. En la suavidad de sus mejillas. En el terciopelo de sus pestañas. En el ceño que le salía por pensar tanto. Y continuando con el lunar que había descubierto el otro día espiando en el baño sobre su hombro izquierdo.

Dirigió sus ojos hacia todos los lados menos a mí, pasándose repetidas veces el pelo tras las orejas. Nunca hubiera imaginado que una inocente pregunta pudiera provocar una reacción tan tímida. Al cabo de un minuto aún no había respondido a mi pregunta y yo no podía dejarlo estar. Volví a la carga.

—¿Hay algo malo en lo que te he pedido?

—No. No hay nada malo. —Clavó en mí sus preciosos ojos azules—. Pero no creo que este sea el lugar —añadió, muy seria—. Podría venir cualquiera, vernos y pensar lo que no es.

—No me importa lo que piensen. Ahora mismo sólo me importas tú. Y el abrazo que muero por darte. —Le acaricié la ruborizada mejilla con la yema del índice y dejé resbalar el dedo por el cuello, donde el rubor era igual de intenso y su pulso acelerado era perceptible a simple vista—. Y sé que tú también: te arde la piel. Olvídate de lo que haya detrás de estas cuatro paredes. No pienses; sólo siente. Luego actúa.

Vi acercarse como a cámara lenta el rostro de Thalía: su cara, el resto de su cuerpo. Sentí Su mano rodeando mi nuca: suavidad, calidez, aroma. Y el mundo volvió a desvanecerse cuando, tras una eternidad, nuestros cuerpos se encontraron.

Y se entrelazaron.

Y se acariciaron.

Y se fundieron.

Sólo cuando consideré que no iba a apartarme, cuando la noté, de hecho, ablandarse, entregarse, me abandoné a ella. Fue un abrazo diferente. Aunque no sabría decir qué era lo diferente.

Quizá era el hecho de que no hubo uno que inició el abrazo, sino que fue algo que se dio sin más, que ambos hicimos, guiados por el otro. Quizá era la forma en la que sus dedos patinaban, acariciantes, por mi espalda, o el modo en que los míos herraban en su cintura. Quizá era la forma en la que nos acariciábamos y entregábamos mientras nuestros cuerpos se buscaban y apretaban y fundían más y más. Quizá era porque al día siguiente el curso de la batalla sería definitivo. Quizá era que nuestros abrazos estaban destinados a ser únicos, porque ella y yo éramos únicos. Quizá era por todo. Quizá eran mis simples ganas.

—¿Ves? —Murmuré en su oído—. No era tan malo.

—No. Claro que no —separó la cara de mi hombro y me miró de frente.

Me alegró ver que se le habían oscurecido los ojos y que entreabría los labios. El abrazo no me estaba pasando factura sólo a mí.

No necesité más estímulo: la abracé con mayor fuerza. Profundicé el contacto, y la rodeé con los brazos hasta que los dos acabamos jadeantes, y nadie habría dicho donde terminaba su cuerpo y empezaba el mío. Nunca un abrazo me había puesto tan frenético. ¿¿Me estaría pasando factura Limbhad? ¿Una rara factura?

Acortamos aún más distancia. Percibí el aroma frutal de su perfume.

Hasta que pude sentir su aliento cálido y agitado.

—Voy a hacerlo —dije. Quería dejar de escuchar sus peros, no facilitarle motivos para rechazarme, haciéndolo sin avisar.

—Luke...

—Tienes tres segundos para detenerme. Justo el tiempo en el que mi autocontrol está en cuenta regresiva para explotar.

Nos miramos a los ojos y casi pude sentir los segundos haciendo tic tac, tic tac en mi mente a ritmo de mi desbocado corazón. Estaba tan excitado como ella, si no más. Si no la besaba pronto me arrepentiría más tarde.

—No me hagas pensar —pidió.

—Deseo concedido susurré.

Y toqué sus labios con los míos.

Eran más suaves incluso de cómo los recordaba. Me deleité con esa sensación, sin ir más allá. Sin exigir nada. Disfrutando de ese momento. Sin prisas. Eran suaves, lisos y adictivos e infinitamente apetecibles. Sabían a zumo de manzana y, aunque no era una bebida que me agradara demasiado, en sus labios me más que encantó.

Hice una pausa, a fin de tomar aire, pero pronto regresé a la carga. No deseaba darle tiempo a pensar. No quería que el tiempo efusivo pasara, la excitación se enfriara, y ella reaccionara con otro rechazo. Así que volví a inclinarme; tomé su cara entre las manos, bajé la cabeza y volví a juntar los labios con los suyos, como habían estado instantes antes.

Jugueteé con ellos, disfrutando del simple placer de poder hacerlo. Además, no deseaba asustarla. Darle motivos para que me apartase. Repasé su boca con pequeños besos, resiguiendo la forma definida de sus labios, y Thalía los entreabrió, al tiempo que me abrazaba por la cintura. Nos besamos, cada vez con más pasión, si cabe. Me sentía hervir por dentro y habría jurado que me temblaban los dedos por las ganas de hacer algo más que acariciarla.

Cuando sintió que me separaba, me retuvo por la cintura para impedir que mis labios perdieran contacto con los suyos. Sonreí contra su boca. No deseaba dar por terminado tan pronto el beso. Ni por asomo. Solo quería colocarme mejor. Estaba tan entregado a ese beso como ella. La abracé por la cintura. Temblaba, y eso me hizo sentir poderoso.

—Creo que esto es lo que más he echado de menos, ¿tú no? —murmuró Thalía, con voz ronca, apartándose levemente. Mi cuerpo se movió, buscándola, y aquella fue toda la respuesta que obtuvo.

Soltó un ruidito contra mi boca, no supe si una risita o un gemido. Daba igual lo que fuera; besarla se sentía demasiado bien como para detenerme a preguntar. Y sin duda alguna Thalía sabía besar; tanto que me hacía volar con cada uno de sus besos. La miré a los ojos. Eran ya de un azul oscuro y brillaban como un pozo a la luz de los candelabros de la biblioteca. Tenía las mejillas coloradas y el rostro resplandeciente. Varios mechones se habían escapado del recogido de su perpetua trenza y revoloteaban con cada movimiento de su cabeza.

A lo lejos, pasos anunciaron la proximidad de alguien en el pasillo, pero no hice caso; ninguna interrupción iba a impedir que dejara de besar a Thalía, no señor. Más le valía al mundo que su salvación no dependiera en esos instantes de mí, porque no me iba a costar decir «adiós muy buenas».

La deseaba.

La deseaba con tanto vigor que hasta el latido de la sangre en mi miembro comenzaba a ser doloroso.

Nuestras bocas se encontraron con fuerza. Enredó los dedos en mi pelo para intentar acercarme más a sí. Los míos recorrieron su cintura y le subieron la blusa casi hasta encima del ombligo, dejando esa parcela de vientre al descubierto. La cubrí con mi mano. Los nervios y las ganas encendieron todas las partes de mi cuerpo.

El primer contacto de las lenguas fue electrizante.

Profundicé el beso, que empezaba a resultar insuficiente. El gemido de Thalía llegó directamente a mi más que contenta entrepierna. El peligro de que alguien apareciera en la biblioteca en cualquier momento intensificaba la excitación, a tal punto que temí acabar en llamas ahí mismo.

—Viene alguien —murmuró Thalía junto a mi boca—. Tendremos que dejarlo.

Atontado, la miré. Mi cuerpo hormigueaba; por unos maravillosos segundos, experimenté una tranquilidad que desde hacía años no sentía.

—Sí. Será mejor que sí. Seguiremos a la vuelta.

—¿A la vuelta?

—Sí. Por supuesto.

Parpadeó, y vi como la pasión comenzaba a morir en sus ojos, reemplazada por la conciencia.

—Yo... no creo que sea buena idea, Luke. — El sonido de mi nombre musitado por aquellos labios mojados e hinchados, mojados porque yo los acababa de besar, hinchados porque ellos me acababan de besar, era tan erótico como el mejor de los afrodisíacos—. Esto ha sido una locura... un... —titubeó, sin mirarme a los ojos y, no obstante, sin apartarse un milímetro de mi cuerpo, que amenazaba con estallar en calor—. Algo que no ha sido buena idea.

Me dieron ganas de poner los ojos en blanco. Bien pensado, ¿por qué reprimirlo? Puse los ojos en blanco.

—Yo creo que sí lo ha sido. Si una idea te lleva a disfrutar de un momento, una acción, entonces es que ha sido bien empleada, ha sido una buena idea —susurré sin tocarla, por mucho que anhelara hacerlo de nuevo. Me hormigueaban los dedos por las ganas de sentirla de nuevo entre mis manos—. ¿Podemos hablarlo... luego? —Miré el reloj y señalé con la cabeza la puerta entornada tras la cual se oían pasos aproximándose, lenta pero inexorablemente hacia allí.

—Entiendo. Y lo comparto en cierto modo. Pero no tendría que haber sucedido...

—¡Arrgg! Ya basta. Ni se te ocurra decir que esto no tenía que haber ocurrido o que no debe volver a ocurrir — la corté, molesto, colocándome bien la chaqueta. Me incliné y enmarqué su barbilla con mis manos para obligarla a mirarme. Notaba contra los dedos el pulso acelerado de ella y, secretamente, me alegré al comprobar que ella estaba igual de afectada como yo—. Aún no me he cansado de besarte, Thalía. Jamás lo haré. ¿Te has cansado tú? — No le di tiempo a responder —. Aquí la única con problemas para admitir lo obvio, que nos gustamos, eres tú. Yo no. Así que prepárate, porque esto se va a repetir. Volveré a besarte y tú volverás a besarme.

Arrugó la nariz.

—Arrogante. ¿Te lo han dicho alguna vez?

No supe bien si me lo decía con reproche o le hacía gracia. En cualquier caso, no tenía importancia; deseaba estar con ella. Y por el modo en que se había entregado a mí, no era el único en compartir las mismas ansias. No veía la hora de que eso ocurriera.

—Me lo dicen mucho, sí. Pero en esta ocasión no es arrogancia, ahí te equivocas, preciosa, es certeza absoluta. Te besaré y me besarás —repetí sin apartar la mirada de sus ojos oscurecidos y su rostro azorado—. Tendrás que inventar un lenguaje nuevo para mentirme con el cuento de que no te ha gustado.

—Yo nunca miento —protestó en voz baja, incorporándose, también—. No voy a decir que no me haya gustado.

Me besé un dedo y lo pegué con suavidad a sus labios; dejé que la yema resiguiera su forma, de una comisura a otra, antes de apartarlo y metérmelo en la boca.

—Estupendo. Entonces seguiremos más tarde. Ahora tenemos que irnos: los monstruos esperan. Piensa en mí, como yo pensaré en ti.


Oí el ruido de la batalla a pesar del aullido del viento. Subido a Spartus, sobrevolé una loma y vi la cima próxima del camping mestizo infestada de tropas del Tártaro.

La horda de monstruos se acometía en enjambres, como hormigas. La tierra embarrada levantaba salpicaduras de lodo a su paso. Tras ellos, la tropa de mestizos traidores, pequeños en comparación con los monstruos que les hacían de barrera, empuñaban armas de todo tipo y filo, con las hojas relumbrando en medio de la tormenta de sangre y muerte que nos rociaba a todos.

—Una pausa, mi reino por una pausa —masculló Chris.

—Allí —dijo Selise, señalando a una planicie, varios metros por delante—. Vamos. Los caballos tendrán que remontar.

El viento sacudió mi pelo y tierra y arena bailaron en remolinos frente a mi cara al encumbrar el terreno subido al pegaso, algunas colándose en mis párpados, irritándome los ojos. El estruendo de los cascos y el rugido del ejército llenaron mis oídos. Al acercarnos al centro de la zona de lucha, campistas, sheks, idhunitas y amigos fluían y refluían como olas hacia la orilla, acompañados por el chirrido estrepitoso de las armas al chocar.

Nos lanzamos contra el bando del Tártaro rugiendo, como un huracán precipitándose sobre la tierra. Chocamos contra ellos con la fuerza de una marea súbita e implacable, y a mi alrededor se desató el infierno.

Sin detenerse, Silena alargó la mano bajo el dobladillo de la manga de su traje ultra fashion de combate y sacó un cuchillo. No aminoró el paso ni miró atrás mientras lanzaba el cuchillo rápidamente por encima del hombro. Con un grácil movimiento, sin perder el paso, Beckendorf atrapó el cuchillo por la punta y lo arrojó contra uno de los monstruos del Tártaro. Con un golpe sordo, el cuchillo se clavó hasta la empuñadura en la frente de la bestia, arrancándole de cuajo la cornamenta retorcida que tenía por ojos y por parte superior de la cabeza.

Mientras el vástago caía, Silena pasó un segundo cuchillo por encima del hombro. Beckendorf lo cogió y lo lanzó. Tampoco esta vez erró el tiro. Nuestro grupo siguió adelante, el equipo Silena-Beckendorf abriéndonos paso.

A lo lejos, un grifo mecánico atrapó al vuelo a un pegaso montado por un jinete campista y lo estrelló contra una roca; el semidiós no se incorporó. Dos mantis religiosas metálicas atacaron a uno de los campistas más jóvenes lanzándole zarpazos con sus hojas curvas por garras, hasta que el mestizo perdió pie y cayó al suelo, donde fue decapitado al instante.

Presencié cómo Victoria usaba su báculo del mismo modo en que yo usaba a Backbiter: con confianza, potencia y atine. La vi girar las caderas y propinarle una patada lateral a uno de los monstruos, mitad humanos mitad burros, y de ahí saltar hacia delante, encadenando una serie de patadas que hicieron retroceder al monstruo.

¿Taekwondo? ¿La chica sabía taekwondo? caray, la de cosas que estaba descubriendo en aquella batalla.

Al tiempo que sus piernas golpeaban, sus manos empuñaron el báculo; con él, cegó a su contrincante, y cuando lo tuvo desorientado y abatido en el suelo, fue su báculo, un faro de luz y magia, el encargado de dar el último golpe de gracia.

Campistas peleaban contra duendes de extremas orejas largas, monstruos lanzaban zarpazos contra semidioses frenéticos en apuros y mestizos renegados se arrojaban saltando a la refriega. Por el aire volaban y caían en picado tártaras criaturas, en las garras o picos, campistas a punto de ser zampados.

Una de las serpientes aladas, amigas de Shizuko, sobrevoló las alturas, se plantó por encima de una empousa que llevaba en sus garras a Gibson y, antes de que el monstruo pudiera reaccionar, roció con una mortífera ráfaga de escarcha a la bestia del tártaro. Para ese momento, el hijo de Ares había muerto, pero el monstruo y quienes lo rodeaban no tardaron igualmente en caer. El shek se retiró y se lanzó de nuevo al aire, como si tal cosa, esparciendo una bocanada de su aliento gélido allá por donde surcaba, congelando a todo lo que se le pusiera por delante.

A mi izquierda, Kirtash blandía diestro su espada de hielo, acertando cada una de sus estocadas. A mi derecha, Jack y Nico abrían paso al galope entre la muchedumbre, arrojando llamas a quienes se acercaban demasiado. Hielo y fuego, fuego y hielo. Yo ataqué desde el lomo de un pegaso, otra vez el fiel Spartus, blandiendo una espada que no era mía contra las fuerzas de Cronos.

Todo era un caos. Era vagamente consciente de que Chris y Beckendorf luchaban detrás de mí y rechazaban ataques procedentes de todas direcciones, mientras se decían a gritos a cuántos números ascendía ya su lista de monstruos matados.

Vi que Christian atravesaba el pecho de un monstruo mecánico con un mandoble de Ahias y con la mano libre lanzaba a su compañero cercano unas flechas de hielo que lo atravesaron de parte a parte. ¿Magia? Quién habría dicho que un shek también poseía magia.

Junto a Victoria, Jack blandía a Domivat, de cuya punta saltaban chispas de fuego anaranjado, y atravesaba con ella los cuerpos monstruosos hasta convertirlos en cascarones ennegrecidos.

Pero de pronto un remolino de oscuridad salió despedido de entre las tropas del Tártaro en dirección a los dos sheks, Kirtash y Ciessel.

—¡No! —Victoria avanzó, interponiéndose instintivamente entre el peligro y Christian, dejando a tiro de amenaza a Shizuko.

Thalía alzó las manos y ralentizó la corriente. Jack se adelantó y levantó a Domivat a modo de escudo entre el espíritu asesino y la japonesa. El impacto los hizo retroceder en el aire.

—Muy impetuoso por tu parte, dragón —le dijo ella cuando hubo recuperado el aliento y la espada de fuego de Jack hubo chamuscado al ser, sin que el hecho de que éste fuera inmaterial hubiera significado gran diferencia a la hora de achicharrar—. Muy noble y gentil y suicida... muy dragón. Pero yo misma podía haber contenido a esa cosa. Ese ataque.

—No lo dudo, no lo dudo. Pero lo hice sin pensar —se justificó Yandrak.

Shizuko se echó a reír.

—Creo que es lo más sincero que me has admitido jamás —sus ojos brillaban, aliviados, a pesar del gesto hosco del resto de su cara—. Que sea la última vez que me salvas —le advirtió entrecerrando los párpados y regresando a su gélido tono habitual—. No me gusta deberle nada a nadie. Y menos a un dragón, menos al último dragón.

Antes de que Jack pudiera replicar, vi a Nico arrojar una estocada con su espada de hierro, golpe que a medio camino se convirtió en una lengua de fuego que chamuscó hasta las cenizas al monstruo. Tuve que toser para expulsar el humo inhalado.

Un enorme gegenes se abrió paso entre los combatientes, enarbolando seis garrotes, uno por cada brazo, y lanzando al aire a mestizos. Pilló a Lee Fletcher por sorpresa, y el hijo de Apolo intentó esquivarlo, pero tres de los garrotes golpearon a su caballo y los derribó a ambos, lanzándolos varios metros más allá.

Victoria gritó, pero su voz se perdió entre el estruendo, pero no para la bestia, quien se acercó pesadamente a ella, los seis garrotes de nuevo levantados, dispuesto a asestar el golpe mortal.

Jack y Christian viraron de pronto hacia la chica y el monstruo que estaba a punto de aplastarla y, en una sintonía impropia de ellos, como si hubieran tenido todo el tiempo la atención puesta en Victoria, cargaron contra él, el rubio arrojando unas dagas que yo ni sabía que supiera usar, pero que no alteraron el paso al gigante del taparrabos, y el shek arrojando de nuevo flechas de hielo que se hicieron añicos contra la dura piel del gegenes y que le hizo levantar la cabeza.

Rugiendo, el monstruo blandió el garrote y lanzó un golpe a Victoria...

A mí se me encogió el corazón...

... Pero pronto se me volvió a acelerar, porque en el último instante Victoria ya no estaba. La chica desapareció igual que una ilusión en un parpadeo y reapareció encaramada sobre su hombro, como si todo el tiempo hubiera estado plantada ahí.

Cuando el monstruo de seis brazos y taparrabos por única vestimenta se echó hacia atrás con un bramido indignado, agitando los brazos como aspas de un molino, Victoria levantó su báculo y le atravesó el cuello con la punta, donde palpitaba una luz intensa. Hubo un fogonazo de luz azul y el gegenes lanzó un alarido y cayó de rodillas. Esperaba ver a Victoria bajarse de un salto del gigante y aterrizar en la hierba, pero la chica, sencillamente, volvió a desaparecer, y reapareció de pie a mi lado, en el instante en que el monstruo se convulsionaba y se desplomaba convertido en un centenar de esquirlas de hielo, antes de derretirse y desaparecer de la faz de la tierra.

—¿Te has... teletransportado o algo así? —jadeó Percy, lo que fue un alivio, porque eso confirmaba que yo no me lo había imaginado.

—Claro que no —Victoria le propinó una patada a la espada de un mestizo renegado que había logrado colarse entre nuestras filas—. He viajado con la luz. No es lo mismo.

—¡No me impresionas, chica de Idhun! —Gritó Clarisse mientras apartaba de una patada los tentáculos de una tarántula mecánica—. ¡Repítelo, pero esta vez a mayor distancia!

Haciendo caso omiso de ellas, corrí hacia el lugar donde había caído Lee Fletcher. Su caballo yacía en un charco de fango y de algo oscuro que no era barro, y luchaba por levantarse, mientras él yacía tendido en el suelo a unos pasos de distancia.

—¡Lee! —Me arrodillé a su lado, prefiriendo no pensar en la sustancia pegajosa que me encharcaba las piernas—. ¿Estás bien? Di algo.

Victoria se acercó, báculo en mano, y Jack la siguió, para protegernos del caos reinante. Sacudí el brazo inerte del chico.

—¡Fletcher! ¡Levántate, venga! —Me negaba a darlo por muerto; a que corriera la misma suerte que años atrás, cuando una batalla similar se había librado contra mí—. ¡Lee!

Gruñó y entreabrió los ojos.

—Auch —gimió—. Maldita sea, ¿por qué siempre soy yo quien acaba mordiendo el polvo? —Giró la cabeza y escupió barro; intentó incorporarse y se agarró el brazo con una mueca de dolor—. Ay. Esto tiene mala pinta.

—¿Puedes levantarte? —pregunté escudriñándole la herida que, ciertamente, tenía muy, muy mala pinta.

Lee asintió e intentó levantarse, pero dejó escapar un gemido y volvió a caer de culo en la tierra, apretando los dientes.

—Vale. Parece que algo más que mi brazo está fracturado —masculló un exabrupto y sacudió la cabeza—. ¡Será capullo el gigantón ése...!

—No importa. —Victoria se acuclilló frente a él—. Sólo estate quieto. ¡Chhist! —lo cayó cuando él intentó protestar, algo normal, teniendo en cuenta que ella lo había agarrado de la cabeza, una de las zonas donde sí o sí tenía que tener contusión.

Mientras victoria lo curaba, miré a mi alrededor y di un respingo cuando Jack se interpuso de un salto entre las fauces de un gato cervero y yo. Y digo gato cervero porque sí, era un gato, aunque más grande que un tigre, eso seguro; y tenía tres cabezas gatunas, de bigotes sucios y colmillos amarillentos que asomaban por entre la mella de sus tres bocas. Jack le lanzó un tajo al vuelo, decapitando dos de las tres cabezas y chamuscando a la tercera.

Vi que uno de los caballos estaba sin jinete; lo llamé con un silbido y, aunque parecía un poco mareado, acudió sin titubeo. Ayudé a Victoria a subir a Lee a él.

—Retírate a un lugar seguro —ordenó la idhunita en tono que no admitía réplica alguna—, al menos para que se asiente la curación y haga efecto. Dentro de media hora, si quieres, vuelve al combate. Pero no antes. No si no te queda remedio. —Sorprendentemente, Lee asintió inclinando la cabeza; al parecer la curación milagrosa de Victoria lo había dejado algo acongojado por ella.

—Puedo quedarme aquí. Haceros de ojo. Advertiros si... —Victoria sacudió la cabeza. Lee suspiró—. Ya me imaginaba que dirías eso. Está bien. Voy a buscar un terreno un poco más elevado. Relajarme en medio de la carnicería no me va, como no sea una carne tierna, de aroma dulce, con chicas medio des... —se detuvo cuando Victoria le lanzó una mirada de advertencia—. Vale —masculló—. Esa piedra de ahí parece prometedora. Voy a presentarle a mi trasero.

Un momento después desapareció como un remolino entre los espacios dejados entre combate y combate.

Victoria y Jack se arrimaron a Christian y yo me quedé solo, los ojos entornados hacia la multitud de enemigos aún que ganar, buscando, buscando, buscando...

Encaramadas cada una a un árbol, las hijas de Artemisa hacían fiel alarde de puntería. Sus flechas surcaban el aire como diminutas lunas plateadas, nunca sin errar, siempre descalificando a más de tres enemigos en cada disparo.

Me distraje solo un momento, admirado ante el despliegue de coordinación y elegancia de las cazadoras, pero bastó con eso para que la punta de una lanza me golpeara en el hombro, pillándome desprevenido. El golpe no me causó fracturación alguna, pero fue lo bastante fuerte para lanzarme hacia atrás. Un rayo de dolor atravesó mi brazo.

Solté la espada y el monstruo erizó el lomo, listo para descargar otro golpe. No aguardé a que saltara: me revolví en el suelo; haciendo palanca con los codos, levanté las piernas y lancé dos patadas certeras a la carne blanda que era su estómago; sin aguardar a que se sobrepusiera, me incorporé de un salto, corrí a su encuentro e hinqué la hoja de la espada hasta la mitad en donde tendría que ir su corazón, si es que lo tenía.

Un mestizo renegado corrió hacia mí lanzando un alarido. Me quedé totalmente quieto, envuelto en un frío capullo de cólera. La rabia palpitaba con fuerza en mis venas mientras lo miraba acercarse. El semidiós alzó su espada.

Con un rápido movimiento ascendente, la Espada prestada que aquel día yo usaba le atravesó el corazón. El renegado cayó empalado, se deslizó hacia la punta de la espada y arrastró el arma hacia abajo con el peso muerto de su cuerpo. Sus labios exhalaron el último aliento gorgoteante, mientras que con los dedos agarraba la roja hoja de la espada y se deslizaba hasta el final antes de entregarse a las manos de la muerte.

Mientras me inclinaba sobre él para limpiar con su ropa la hoja, eché un rápido vistazo en derredor. Sólo pude ver a las parejas combatientes que tenía más cerca. A una de de las hidras le faltaba el ojo derecho, y cuando se abalanzó sobre Clarisse, acabó faltándole también la cabeza. Christian miró con desinterés al minotauro que pugnaba por matarlo mientras éste se abalanzaba rugiendo sobre él; en el último momento lo apartó de sí con un revés de decapitación de su espada, como si estuviera deshaciéndose de una mosca particularmente molesta.

Demasiado tarde, me percaté de que uno de los monstruos tenía a Annabeth aprisionada en el suelo, las dagas fuera del alcance de la joven, y la bestia bajaba las garras hacia el corazón de la chica justo cuando una flecha plateada cortó el aire y se le clavó en el ojo, atravesándole el cráneo con tanta fuerza que acabó boca abajo sobre el suelo embarrado, derramando su vida en la tierra junto con los sesos y coágulos de sangre que escapaban de la cuenca, ahora vacía, de su globo ocular.

Alcé la mirada y vi a Thalía inmóvil sobre una rama, arco en mano y expresión asesina en la mirada. Me hizo un gesto violento, induciéndome a ir junto a Annabeth. No tuvo que repetírmelo dos veces. Corrí y me arrodillé junto a mi amiga, aunque para cuando llegué, Percy ya me había tomado delantera y apretaba el cuerpo de la chica contra su pecho.

—¡Annabeth! ¿Estás bien? —pregunté, ansioso.

—Mejor —balbuceó, el rostro enterrado en el pecho de Percy—, estaría mejor si éste me dejara respirar —logró zafarse de los brazos de su novio, le sonrió y se puso de pie, dagas en mano, pelo rubio ondeando al viento, los ojos encendidos con la ira temible de la venganza.

Y se lanzó de cabeza a la lucha, danzando temible entre los monstruos.

La lluvia de flechas plateadas que perseguían a los aliados del Tártaro continuó rociándose a mi alrededor, de un modo que no era de desmerecer. Oí a Thalía dar órdenes a las hijas de Artemisa, reorganizándolas en líneas, el carcaj a mano, el arco presto.

—¡Cazadoras, encajad flecha en la cuerda! ¡No disparéis; aún no, aún no! ¡Grupo A, Alayne, Mejor esperad a estar más cerca! ¡Grupo B, Selise, a mi señal!

Miles de cuerdas de arco chasquearon en el aire. Las flechas volaron en arco muy por encima de mi cabeza. Bajo su estela, alargadas lunas argénteas parecieron revivir en el cielo con ellas. Segundos después siguió otra andanada, y luego una tercera. Cayeron como una lluvia mortífera sobre los del tártaro, barridos a través de sus defensas cual machetes plateados segando podridos hierbajos.

Me lancé de nuevo a la pelea, esta vez con Annabeth y Percy a mi lado. Juntos nos abrimos paso a estocadas entre las filas aparentemente inacabables de los secuaces del Tártaro. El sudor se me metía en los ojos, y los brazos me dolían de blandir la espada, pero seguimos luchando y avanzando poco a poco por el campo de batalla.

Entonces un enorme toro mecánico se dirigió hacia la base de nuestro bando aplastándolo todo a su paso, mientras otras bestias abrían camino a sangre y muerte contra el gentío de campistas que les plantaba cara.

Decidí volver a pelear en las alturas e insté a Spartus a alzar el vuelo.

—Está claro que ése es nuestra gran amenaza —gritó Clarisse, apareciendo a mi altura. Se dirigió a mí—. Si me encargo de los mestizos que lo capitanean, ¿podrás derribarlo?

Asentí, haciendo caso omiso de la aprensión que atenazaba mis entrañas. No por miedo, sino porque no estaba combatiendo con quien yo quería combatir. Backbiter había pasado a otras manos, en aquella última confrontación final.

—Creo que sí.

—Id vosotros —gritó Silena mientras viraba desde lo alto de su pegaso—. Yo iré con las cazadoras; les ayudaré a asegurar los límites para que no lo flanqueen. ¡Nos vemos cuando hayamos terminado, cariño! —Le lanzó un beso a su novio desde la punta de sus dedos, sus dedos de perfecta manicura francesa—. ¡Al final de esta vida o en la otra! —añadió para los demás al alejarse.

¡Qué chica tan alegre! Tomé aire y miré a mi amiga que había llegado acompañando a Clarisse.

—¿Preparada, Rachel?

Asintió.

—Pues quitémonos esta espina del zapato de una vez por todas.

Tiré de las riendas de Spartus para que bajara en picado, derecho hacia el enorme toro mecánico. El chirrido del metal, allá abajo, resonó en mis oídos. El estruendo del combate armado retumbaba en el campo y los gritos de los heridos y los moribundos hizo que se me erizara la piel.

Pero entonces algo pequeño y veloz pasó a toda velocidad junto a nosotros, y a punto estuvo de golpear una de las patas de mi pegaso, por no hablar de la cola del shek que acompañaba a mi grupo, por lo que nos vimos obligados a virar bruscamente a la izquierda. Mientras giraba, miré hacia atrás y vi a varias criaturas aladas. Mitad peces, mitad aves, sus picos y los bordes de sus alas brillaban peligrosos igual que brillaban las espadas recién forjadas, y sospeché que afilarían igual, si acaso más.

—¡Tenemos que separarnos! —le grité a Rachel, quien aceptó la sugerencia con un cabeceo aquiescente. Los pájaros monstruosos estaban remontando el vuelo, ascendiendo de nuevo hacia nosotros—. Si no, seremos un blanco seguro. Intentemos esquivar sus ataques, cada uno en una dirección.

Sin esperar respuesta, tiré de las riendas del pegaso y lo hice virar en otra dirección mientras buscaba a los bichos alados. Media docena se apartaron de la bandada y se dirigieron hacia mí a toda velocidad, dando chillidos agudos. No obstante, casi buena parte del grueso persiguió... a la pelirroja que empuñaba la espada de doble filo.

Sonreí sombríamente. Me ajusté la capucha que me tapaba las facciones, los cabellos de un supuesto bermejo. El extraño comportamiento de los vástagos para con la chica de cabello pelirrojo no me pilló de sorpresa.

Al contrario.

Viré a la izquierda y los esquivé por poco. Pasaron a mi lado como estrellas fugaces, a velocidad vertiginosa. El ala de uno de ellos golpeó esta vez una de las patas delanteras de Spartus y estuve a punto de perder el control mientras el pájaro asesino se alejaba con graznidos de volver al ataque. Cuando pude enderezarme de nuevo, miré hacia arriba y vi que, efectivamente, daban la vuelta, listos para asaltarme otra vez.

Apreté los dientes.

—Muy bien, pececitos. ¿Queréis jugar? Juguemos, entonces.

Hice bajar en picado a Spartus, derecho hacia el núcleo mismo de la batalla. Los seres, mitad pájaros mitad peces me siguieron, sus gritos de caza resonando a mis espaldas. Cuando pasamos a toda pastilla junto a una serpiente alada, le lancé una mirada, justo a tiempo de ver cómo exhalaba un vaho azulado y que uno de los seres bífidos caía hecho trozos de gigante hielo al suelo. Asentí, contento. Pero entonces vi que el suelo se acercaba vertiginosamente, llenando por completo mi campo de visión, y no tuve tiempo de asentir ni pensar ni celebrar nada más.

Ascendí, esquivando por los pelos la cabeza cornuda de uno de los monstruos, y oí un chillido cuando cinco de las aves que me perseguían chocaron con el pico acerado de los cuernos de esa misma bestia y el equipo perdedor al completo cayó estrepitosamente al suelo.

—¡Luke uno, Tártaro cero! —bromeé para mis adentros.

Sobrevolé la tierra en vuelo bajo, zigzagueando sin cesar camino de la parte nordeste del campo mientras monstruos y mestizos pasaban a mi lado a toda velocidad, como figuras de humo. Continué como una flecha volando en las ruinas de aquel territorio que ahora era un desatado caos de pelea.

Delante de mí se alzaron montículos rocosos que tuve que esquivar frenéticamente, agachando la cabeza o inclinando el cuerpo cuando era necesario o tirando como loco de las riendas del pobre pegaso cuando no quedaba más remedio. En realidad no tenía rumbo fijo; sólo marear y marear a mis perseguidores, táctica que, a juzgar por cómo iban disminuyendo en número, no había sido tan alocada, después de todo.

Una y otra vez nos salvamos de chocar por los pelos. No me atreví a mirar atrás para ver qué tal le iba a mi único acosador ave que quedaba, pero al no oír golpes ni chirridos de agonía deduje que todavía nos seguía. Y de pronto un gran árbol apareció en medio, enorme y majestuoso, interponiéndose en el camino. Oyendo aún los chillidos furiosos del ave-pez detrás de mí, me lancé hacia el tronco.

Éste se alzó delante de nosotros, llenando por completo mi campo de visión. En el último segundo, tiré con fuerza y Spartus se elevó bruscamente, esquivando el arbusto por unos centímetros. El monstruo no tuvo tanta suerte: se estrelló de bruces contra el árbol y varias hojas resbalaron al suelo, acompañándolo en su mortal caída.

—¡Luke dos, tártaro cero!

No pude pararme a celebrarlo, sin embargo, porque íbamos ascendiendo en vertical a lo largo del tronco, tan cerca que podría haberlo tocado con solo estirar el brazo. Haciendo un último esfuerzo, atravesamos la copa esquivando ramas, hasta que por fin salimos a cielo abierto en medio de una explosión de hojas marchitas y pestilentes.

Spartus se tambaleó tembloroso en el aire, y alargué el brazo para acariciar su sudoroso cuello.

—Lo has hecho muy bien, colega —dije, jadeante—, muy bien. Pero esto no ha acabado aún. Aguanta un poco más, por favor.

Soltó un relincho cansino, pero se elevó y se lanzó de nuevo hacia la batalla.

Vi a las tropas del camping mestizo dispersados en varios puntos del campo encharcado. Vi a Beckendorf luchando cuerpo a cuerpo con una harpía de dimensiones desproporcionadas. El hijo de Hefesto cayó rodando y al pasar tocó la zona vulnerable de la harpía. El monstruo se convulsionó, paralizado, y se desplomó bruscamente, envuelto en una maraña de destellos eléctricos; era como si Beckendorf le hubiera derretido desde dentro.

Otro monstruo se abalanzó sobre el resollante chico por la espalda, pero Selise saltó de pronto por encima de Beckendorf y estrelló el pie contra la cara del monstruo, seguido de una flecha plateada en sus entrañas, haciéndolo caer hacia atrás.

Me olvidé de mí mismo en aquella danza. Sólo prestaba atención al enemigo que tenía enfrente: cubrirme el cuerpo con el escudo, fintar con la espada, detener un embiste, lanzar una estocada y vuelta a empezar, siempre en marcha, danzando siempre adelante.

«Hiere, esquiva, lanza una estocada», me dije. «Tuerce el cuerpo, gira en redondo, acuchilla abajo, acompaña el golpe con una patada, prepárate para enfrentarte al siguiente objetivo...».

Otro gigante de seis brazos irrumpió entre nosotros y esta vez fueron Silena y Victoria quienes se encargaron de él: la rubia extrajo un bote de ¿colonia? (no daba crédito) del hueco de su escote y pulverizó el líquido directamente en los ojos del gegenes, escozor que lo encegueció tan bien como si del picotazo de un cuervo se tratara.

Aprovechando que el gigantón no veía nada, Victoria se teletransportó (sí, había decidido que aquel modo veloz de viajar con la luz no podía ser más que teletransportación) saltó sobre su lomo y le atravesó el pecho con un hechizo, expulsado de la punta del báculo.

Jack y Christian se acercaron presurosos hacia nosotros a toda velocidad, uno con expresión furiosa y el otro con semblante decidido.

—¿Por qué insistes en arriesgarte de ese modo? —clamó Jack al ponerse al lado de Victoria —. No puedo protegerte si continuamente te apartas y te expones al peligro.

Christian no dijo nada, pero todo su rostro parecía estar en concordancia con los gritos del rubio. Aquello escoció a Victoria:

—He hecho lo que tenía que hacer: ayudar a una amiga. Lo he decidido en una fracción de segundo, segundo que me ha llevado a apartarle del peligro, y no necesito vuestra aprobación, Christian, Jack. ¡Basta! ¡Esto ya lo hemos hablado! ¡No necesito que me protejáis de todo!

Una expresión de dolor e incredulidad cruzó el semblante de Jack. Christian asintió, secamente, y luego pareció replegarse sobre sí mismo, frío e insondable, sus ojos inexpresivos y pétreos, la máscara del tenebroso chico de hielo cayendo sobre su rostro.

—Lo sé, pero comprenderás que no resulta fácil verte brincar hacia el peligro y pretender que no me preocupe —Jack habló en tono rígido y dolido.

Victoria pareció estremecer ante el acalorado dolor del chico dragón, ante el mutismo hermético del chico shek... Pero no había tiempo para hablar: un grito procedente del campo de batalla y el rugido de un estruendo especialmente escalofriante nos hizo dirigir la atención hacia la lucha que aún se libraba delante.

—¡Vámonos! —dije, poniendo de nuevo a cabalgar a Spartus. Esa tríada podían dejar sus tensiones para más adelante.

Los tres me siguieron. La batalla seguía en su apogeo, pero los combatientes de nuestro bando eran cada vez más escasos. El monstruoso toro mecánico seguía avanzando implacablemente, dispersando en oleadas a los campistas, cuyas armas no parecían causar ningún efecto sobre su pelaje de metal.

—¡Hay que derribar a ese bicho enseguida! —le grité a Christian, quien estaba más cerca.

—¿No me digas? —ironizó en tono seco—. Y yo que no me había dado cuenta...

—¡Déjate de sarcasmos! —estallé—. No es el momento. Si consigo subirme a él, tal vez pueda detenerlo.

Pero de pronto, Nico saltó en medio de los mestizos traidores salido a saber de dónde, materializándose ante ellos como una sombra que hubiera cobrado consistencia. Su espada centelleó, el chico se giró describiendo un mortífero círculo llameante y los renegados cayeron del lomo del toro y se estrellaron contra el duro suelo.

De pie sobre el enorme insecto, Nico blandió una última vez su espada y volvió a envainarla, como si aquello no le hubiera supuesto esfuerzo alguno. Su oscura mirada se clavó en la mía, tranquila y relajada mientras se sentaba de piernas cruzadas sobre el lomo del toro, al que había pasado a controlar.

Nico cedió el puesto a Beckendorf cuando éste apareció por un lateral, y éste dirigió al toro bruscamente hacia delante, haciendo caso omiso de los berridos indignados e impotentes del animal mecánico, tan potentes que habría jurado que habían sacudido la tierra. El enorme bicho robado irrumpió entre las tropas enemigas y comenzó a aplastarlos bajo sus pies y a apartarlos como si de simples piedras se tratasen.

Al terminar con el toro mecánico, Beckendorf lo abrió en canal, igual que hacía con las figuritas animadas que llegaban a su sección de la herrería, tratando de entender el funcionamiento de su mecanismo.

Pero aquella fue de las pocas victorias que logramos. Pronto en el campo de batalla hubo más supervivientes del tártaro que del bando de los dioses. Luchábamos con denuedo, pero nos habían acorralado contra el bosque del camping y avanzaban sin cesar hacia nosotros.

A pesar de que contraatacábamos, en un intento de mantener el frente, los campistas caían continuamente bajo el embate implacable del ejército enemigo, y los aliados de Cronos siguieron avanzando despacio, adentrándose cada vez más en territorio del camping, mientras salpicaban el campo de batalla con cadáveres de los nuestros. Les tocaba a los semidioses de ese bando plantar cara, lo que significaba una desventaja a su favor, pues ellos estaban frescos, ya que no habían luchado y se habían mantenido detrás de los monstruos, mientras que por el contrario los nuestros estaban agotados en su gran mayoría. Estábamos cediendo terreno.

Thalía y Annabeth estaban espalda contra espalda. Rechazaban ataques procedentes de todos lados, pero incluso ellas estaban teniendo que retroceder.

—Parece que ha llegado la hora de hacer cosas desesperadas —observó Nico a mi lado. Se volvió hacia Rachel—. ¿Lista?

—Aún estás a tiempo de retirarte —le dije, no por primera vez—. La idea fue tuya...

—Y tuya —apostilló ella.

—Y mía, sí —admití, luciendo tan culpable como me sentía por dentro—, pero sabes que sigo pensando que es un suicidio.

—Es una idea brillante. Y nuestra única oportunidad, lo sabes. No hay elección. Tenemos que intercambiar papeles.

—¿Intercambiar? —Inquirió Clarisse—. ¿Intercambiar el qué, perdona?

—Es en momentos como este cuando más me alegro de ser como soy —dijo Shizuko con un suspiro, apareciendo de pronto.

—¿Ah? ¿Te refieres a fría e insensible? —contraatacó la hija de Ares.

—¿Por qué crees que Rachel quiere hacer un intercambio? Por un juego de roles no, eso seguro. Esos vuestros amigos poco civilizados del Tártaro siente cierta... predisposición hacia las pelirrojas. Sólo sois dos. Y está claro a quién de las dos andan buscando. Espada legendaria, mestiza reconocida...

—¿Qué les has hecho? —Me preguntó Clarisse frunciendo el ceño—. NO, mira. ¿Sabes? no me importa. Sea lo que sea, me da lo mismo. Eres una de las mejores guerreras que tenemos, Lucy. No te puedes arriesgar.

—Exacto. En cambio yo sí —apostilló Rachel.

—Gracias por tu ayuda —fulminé a Clarisse—. Me ha venido de perlas para convencerle de que no haga esta locura.

—No puedes hacerlo, esa es la cuestión —replicó Rachel—. He tomado una decisión, mi decisión, y ni tú ni nadie va a convencerme de que haga lo contrario. Y me llevo tu espada.

—¿A Backbiter? —Se escandalizó Annabeth—. Quiero decir, sé que llevas todo el día combatiendo con ella, sí, pero...

—Por favor, intenta usar el cerebro que sé que tienes escondido en algún lugar de esa cabeza —la exigió Shizuko, irritada, adelantándose a las explicaciones de Rachel, seguramente más educadas—. Hay muchas espadas en este campo, cientos. Pero sólo una con doble filo, capaz de matar a monstruos y mestizos por igual. Quien lo porta tiene el pelo rojo, es una chica, diestra con la espada, sólo saben eso. Nada más.

Finalmente Annabeth comprendió lo que quería decir Shizuko, el alcance táctico y humano de sus palabras, y se quedó estupefacta. No sin razón.

—Vas a intentar llamar su atención. Serás el cebo, fingirás ser la persona que andan buscando.

—Eureka —dijo Shizuko haciendo girar los ojos—. Bingo. Chapó. Por fin se ha encendido la bombilla.

—¿Por qué? —preguntó a Rachel, haciendo caso omiso de la japonesa.

—Porque puedo arriesgarme, y Lucy no —contestó, lacónica, echando una ojeada en mi dirección, y en sus ojos creí leer dirigido sólo a mí «no hasta que no cumplas con la profecía».

—Muchos iremos detrás de ella —recordó Christian—. La segunda parte del plan de Lucy, ¿recuerdas?

—Yo no estaba cuando se habló de ese plan —protestó Annabeth—. Estaba con Thalía. Así que dime mejor a quiénes te refieres con eso de «muchos».

—Justo a ti y a Thalía, esencialmente —comunicó Rachel, restando importancia al hecho.

—¿Van…? —Me costaba respirar—, ¿van a ir contigo?

Christian suspiró.

—¿Por qué los humanos creen necesario repetir todo lo que se les dice? —se preguntó en voz alta, en realidad para que yo lo escuchara. Él y Shizuko compartieron una mirada de exasperación—. Sí, van a hacerlo. La pelirroja irá acompañada de la hija de Zeus y la hija de Atenea. Si quieres que tu plan tenga cien por cien de posibilidades de funcionar, Lucy, ha de ser así. Lo sabes.

—Podemos fallar estrepitosamente —advertí.

—Puede que aciertes. Puede que no. O puede que efectivamente os dirijáis todos hacia una muerte segura. La falta de preparación entre los semidioses de la tierra nunca deja de asombrarme —Shizuko se rascó el cuello y luego se irguió meneando la melena—. Por cierto, creo que tengo una idea que puede alumbrar vuestros oscuros caminos.

De repente más gritos y más alaridos se alzaron al aire, y desde el bosque, procedentes de detrás de los árboles, salió al campo de batalla otro regimiento de aliados del Tártaro, compuesto de semidioses renegados.

—Habla ahora o calla para siempre —le grité, y no era un decir, ya que la llegada de refuerzos del Tártaro nos hacía estar más cerca del «calla para siempre».

Atravesé con la espada el cuerpo de un cuerpo espín mecánico, vi caer al suelo su coraza vacía y busqué con la mirada al siguiente enemigo. Entonces vi que no había ninguno. Al mirar a mi alrededor, descubrí el por qué: las fuerzas del Tártaro se estaban retirando. Pero no huían a toda prisa... perseguían.

A las cazadoras del grupo B, las mismas a las que antes Thalía había urgido que aguardaran su turno.

Christian y yo hicimos ademán de ir a socorrerlas, pero no habíamos terminado de dar dos pasos, cuando nos lo impidieron.

—¡Espera! —Bella y aterradora, el cabello de Shizuko se agitaba como un nido de negras serpientes. Lo que, teniendo en cuenta las compañías con las que se movía, era aún más sobrecogedor—. ¡Portales! —exclamó cuando las nuevas tropas corrieron a nuestro encuentro. Se subió al lomo de uno de los sheks que siempre la acompañaban y volvió el rostro hacia Christian—. ¡Vamos! ¡Abre esos portales!

—No sé si... —Christian entrecerró los ojos, la mirada fija en la de Shizuko, enredados ambos en una muda conversación—, bueno, ¿por qué no? —Luego cabeceó, esbozó una sonrisa sombría, falta de humor, asintió y después se encaró a nosotros, diciendo—: ¡que nadie dé un paso más! Percy, Thalía, Nico, creo que podría necesitar vuestra ayuda.

Kirtash levantó la mano y sentí que el hechizo se agitaba a su alrededor, poderoso y brutal. Algo rieló en el aire, algo que rotaba, brillante y negruzco; rotó al igual que había visto rotar el portal que conducía a Limbhad. Pero aquello era un perfecto agujero negro, no parecía conducir a nada.

—¡Thalía, aire!

Ella se adelantó y sumó su habilidad de manipulación del viento con el del chico hielo. Las serpientes aladas se pusieron en hileras y exhalaron su aliento gélido sobre el portal de Christian. Retrocedí para alejarme lo más posible de aquel alarde de elemento de Zeus con tufo a podrido. Una ráfaga de viento gélido se levantó y entre su corriente, carámbanos acribillaron a los renegados con sus esquirlas afiladas como cuchillos de carnicero. Los mestizos traidores chillaron y retrocedieron, cegados, tapándose los ojos y las caras, y un camino que llevaba derecho a los que estaban más a fondo se abrió ante ellos. Subido al lomo del dragón rojo, quien había aprovechado la confusión y se había transformado en leviatán, Nico y Yandrak sumaron las fuerzas de su elemento, el fuego.

Thalía empezó a descargar rayos sobre los monstruos a la carga, sólo sobre los monstruos, valiéndose de su Égida y su lanza de hija del dios de los rayos, descargas que caían con fragor y lanzaban en todas direcciones cuerpos grandes. Además, flujos de aire impelieron los cuerpos, arrimándolos tanto si querían como si no al portal de negrura que a nada conducía.

Tan pronto como Christian abría esos intentos de portal interdimensional, Thalía invocaba ráfagas de viento que los empujaban a su cortante superficie. Era estar en sus proximidades para que los monstruos acabaran partidos por la mitad, como mantequilla cortada por un cuchillo afilado. Una parte del cuerpo se introducía en aquel agujero espacial, la otra se disgregaba por los aires, en retazos nauseabundos.

Fuego y aire se entremezclaron, llamando a la muerte. Bolas de fuego salidas de las manos de Nico los golpeaban y estallaban, y cada una mataba a docenas. En otras partes, el suelo estallaba en llamas y arrojaba surtidores de tierra y trozos de monstruos, extremidades girando en el aire.

Y así continuaron, cada uno sumando su elemento al momento. Donde Jack y Nico eran un torbellino ardiente rodeado de cenizas y rastros de quemaduras, Christian era una estatua gélida de la muerte.

Momentos después, las fuerzas enemigas se dispersaron y comenzaron a retirarse, desmoralizadas. Una cuarta parte de su ejército había perecido a manos del gélido aliento de las serpientes aladas, otra cuarta parte a manos de los campistas. Pero ni Thalía ni Christian los dejaron escapar, menos con aquel portal que no era un portal sino una cárcel, un agujero eterno entre dimensiones.

Por increíble que pareciera, pronto no quedó ni un monstruo en pie. Ni uno. Y no seguían llegando más. Monstruos no, al menos. Aunque sí mestizos. Bastantes. Al ver aquello, Rachel retomó su antigua idea:

—Atacad su flanco derecho. —Repitió las órdenes de Clarisse mientras se encaramaba al caballo, se acomodaba las ropas y erguía la espalda, haciendo caso omiso de mi negativa con la cabeza—. Vosotros ocupaos de abrirme hueco, que yo me encargaré de lo demás.

—Tu amiga tiene razón —sentí una ráfaga de frío helador y Shizuko, la ex reina de los sheks, apareció con su vestido vaporoso rojo que engullía el rastro de sangre—. Estamos perdiendo el tiempo en discusiones mientras ellos ganan en organización, algo que no debe permitirse. —No me gustó cómo sonaba aquello, pero un instante después Rachel ya daba un paso al frente.

La miré y al ver que sus ojos, feroces y ansiosos por hacer aquello centelleaban llenos de determinación, no sentí ningún temor por ella. Bueno, puede que un poco sí, pero el ímpetu y la seguridad de la que ella hacía gala lo disipó... algo.

—Gracias —le dije. Me incliné para rozar su mejilla con mis labios—, por todo. Eres...

—Oh, por favor —me acalló con un golpe en el hombro—. Retírate que me estás quitando tiempo. ¡Y no hables como si esta fuera la última vez que nos vayamos a ver! el fuego nunca muere —sacudió sus cabellos sueltos al aire, trampa rojiza para los vástagos del tártaro—, sólo descansa. Y mi descanso será breve —sonrió maliciosa—, lo prometo.

Y se llevó la mano enguantada a los muslos, empuñando la espada de doble filo que sobre ellos descansaba. Hizo que su caballo se volviera hacia el ejército campista, y contempló nuestros rostros, tensos y expectantes.

—¡Por el campamento mestizo! —Gritó levantando a Backbiter, visible muy por encima de su cabeza—. ¡Por los semidioses, los dioses, y el Olimpo! —El viento movió sus cabellos, convirtiéndolos en una bandera roja de derramamiento de sangre.

Varios centenares de voces se alzaron al viento entre rugidos y gritos de júbilo mientras espadas, lanzas, hachas y todo tipo de armas empuñadas por los semidioses asaeteaban el cielo.

—¡Por el campamento mestizo! ¡Por los semidioses, los dioses, y el Olimpo!

Fui de los que más repitieron el grito de ánimo de Rachel. Grité, sumando mi voz a las del resto de semidioses, añadiendo otro grito propio a favor de la chica que a punto estaba de jugarse la vida.

—Yo voy con ella —dijo Chris.

Clarisse lo agarró por el cuello de la camiseta y lo acercó a ella. Parecía como si se preparara para echarle un buen rapapolvo, pero en su lugar le envolvió en un fuerte abrazo.

—Más te vale, Chris —musitó—, más te vale que te cuides y que vuelvas sano y salvo. Conmigo.

Chris le echó hacia atrás la corta cabellera, acariciando más que retirando los mechones oscuros de su cara.

—¿Y abandonarte después de lo que me costó estar contigo? —Mostró una sonrisita de suficiencia—. Jamás.

Hice una mueca ante tanto alarde de romanticismo.

—Hasta otra —le susurró Nico—. Buena suerte.

—De acuerdo —dijo Rachel con voz firme, aunque rebosante de emoción. Se miraron en una conversación silenciosa y Nico asintió con la cabeza una sola vez—. Estoy lista. Y en cuanto a ti —me ensartó con la vehemencia de sus ojos verdes—, usa el coco. Gana esta guerra para nosotros. Haz que esto valga la pena —me pidió, y a continuación volvió a girar a su caballo. El animal se encabritó lanzando un agudo relincho y un instante después se lanzó al galope colina abajo, llevando en su espalda a una chica de pelo rojo, poseedora de una espada legendaria que el tártaro andaba buscando.

—Adelante —siseé con voz ligeramente crispada, y Rachel no vaciló—. Y descuida, lo haré —contesté, a pesar de ser consciente de que ya no podía escucharme.

Empuñando mi espada, con Thalía delante y Annabeth detrás, Rachel se lanzó hacia el boquete abierto hacia un extremo, la salida del campo de batalla. Todos a una, dos terceras partes de los mestizos renegados la siguieron. Cuando el enemigo al acecho divisó a la chica de pelo rojo y espada de doble filo abriéndose paso entre el caos, abandonaron sus lugares para ir tras ella con salvaje desenfreno.

Me rasqué sin disimulo. Llevaba echada la capucha a la cabeza, ocultando de la vista el color de mis cabellos, el color que al menos la niebla de los dioses hacía ver. La adrenalina se apoderó de mí al verlas a las tres alejarse mientras el bramido de guerra resonaba a mi alrededor y las últimas palabras de Rachel crecían y echaban raíces en mi pecho.

«Usa el coco». «Gana esta guerra para nosotros». «Haz que esto valga la pena».

Presencié desde muy lejos cómo Rachel se abría paso con ferocidad entre los soldados enemigos. A ambos lados, Annabeth y Thalía sumaban su presencia al engaño. Backbiter no se movía con igual destreza en sus manos de como lo hubiera hecho en las mías; un observador atento se habría dado cuenta pronto del engaño, pero el frenesí de dar caza impedía que se detuvieran a razonar.

Y Rachel No les dio tregua. Ni oportunidad ni misericordia. Se levantó sobre los estribos y trazó un círculo por encima de su cabeza al tiempo que una brisa le alborotaba la cabellera rojiza que le caía sobre los hombros.

—¡Por el campamento mestizo! ¡Por los semidioses, los dioses, y el Olimpo!

Después cargó.

Muchos empezamos a cabalgar justo detrás de Rachel, dos minutos después de su marcha, pero, tal como estaba planeado, cabalgábamos a ambos lados de su montura, de modo que quedara una brecha que permitiera a los del Tártaro ver el brillante color rojo de su cabello, la peculiar espada que empuñaba a la espalda, las reconocibles dos semidiosas que la flanqueaban.

Corrimos durante dilatados e intensos minutos.

Volviendo la cabeza, contemplé como nuestro grupo se bifurcaba en varias direcciones. Unos giraron a la derecha, la huella de sus pisadas bien marcada en la tierra. Rachel abandonó la formación y se perdió en la noche. Sola. Nico lanzaba bolas de fuego de cuando en cuando por encima del hombro, lo que hacía que uno, algunos de los vástagos del Tártaro cayera y dos, quienes aguantaban la carrera, pudieran distinguir muy alto el pelo rojo de Rachel y la espada que sostenía. Aproximándose al galope tendido, las miradas ávidas fijas sin duda en el rastro de la chica, no prestaban atención a nada más.

Desde luego no a la trampa mortal que les conducía al interior de las tinieblas. Desde luego no al hecho de que Rachel estaba propiciando que la alcanzaran. Desde luego aunque vieran lo que se les venía encima en el último momento, a toda velocidad en medio de una persecución loca, jamás tendrían la menor posibilidad de evitar su fatal destino.

Otros pocos llegamos al lugar pactado, un estrecho espacio que quedaba entre una pequeña familia de pinos cubiertos de hoja verde.

Thalía se giró sobre su caballo. Con una silenciosa orden a la corriente, el viento comenzó a borrar nuestras huellas, levantando tanta arena que se creó un muro de tierra que ocultaba el escondrijo y removiendo la arena de modo natural.

Olvidado el sudor que me corría por la frente, con los latidos del corazón vibrando en los oídos, permanecí agazapado en el escondite, inmóvil como la muerte, con la vista fija en la vacía noche, intentando prever los siguientes movimientos, repasando por enésima vez la táctica que estábamos a punto de llevar a cabo, y eso que había sido yo quien lo había ideado.

A menos de diez metros de distancia por la izquierda, un terreno en declive, oculto por las sombras de la luna aguardaba a ser explotado. Era el borde de una empinada corriente situada detrás de los árboles entre los que estábamos agazapados, justo al borde de un único rastro. El rastro de Rachel.

—Es la hora —dije entre la malla de los apretados dientes. Me encontraba más allá de la angustia, la piedad o el abatimiento. Más bien había penetrado en el gobierno despótico de la ira desenfrenada. Sin mirar atrás, pregunté—: ¿Percy, estás listo?

Él gruñó, en asentimiento. Levantó las manos. Y entonces comenzó: un retumbante estruendo, como si el mismo suelo se moviera; la tierra se resquebrajaba, los troncos de los árboles colindantes se partían. El ruido reverberó en las paredes de las colinas vecinas. El suelo tembló.

Y de pronto un número incalculable de litros de agua emergió de la tierra, explotando, precipitándose hacia arriba. Las aguas, escarchadas, cayeron en cascada por un precipicio. No era un río, ni mucho menos, sino un pozo cavado; como hijo del dios de los mares, la masa de agua llegó borboteando y burbujeando.

—¿Christian? —indiqué—. Ya puedes empezar a hacer tu magia.

El chico se arrodilló y clavó la punta de su espada de hielo en el suelo, apuntando hacia la burbujeante orilla. Se vio un relámpago azul y el hielo comenzó a extenderse desde su espada, cubriéndolo todo. Él se puso en pie mientras Haiass, su espada de hielo, empezaba a convertir la emergente masa de agua precisamente en eso, en un palacio de hielo. Enterrada hasta la empuñadura, el hielo fue extendiéndose desde su hoja; nieve, más gélida que un glacial, fue formándose a medida que se expandía de la azulada hoja, dejando redondos montículos de hielo desnudo y resbaladizo en declive.

—¡Ahora, Katie!

Los mestizos renegados apenas dispusieron de tres metros antes de alcanzar el borde del precipicio para intentar detener su impetuoso avance, antes de que roca y tierra se abriera a sus pies, empujándoles a desembocar en el vacío. Katie Gardner había hecho bien su papel. Pronto el pozo se convirtió en un deslizante arroyo congelado que descendía sin pausa, siempre en picado. Los mestizos renegados resbalaron y se deslizaron por él, tropezando y derrapando en una caída desordenada.

Los que ocupaban la retaguardia no supieron distinguir el matiz en el cambio entre el grito de júbilo por la caza y el grito de terror antes de hallar a la muerte. Se estrellaron contra los de delante, demasiado impulso que refrenar en tan poca distancia. Cayeron en un confuso revoltijo, siguiendo a sus compañeros hacia las entrañas de aquella improvisada escena dantesca, convertidos todos en una avalancha de carne humana precipitándose al vacío.

—¿Yandrak, Nico…? fuego, por favor.

Una rodante luz líquida amarilla y azul se cruzó de sopetón en el camino de los mestizos del Tártaro, en medio de un fragor estruendoso, goteando fuego mientras dejaba una estela de humo negro. La hirviente esfera de fuego conjurada por Nico iluminó vívidamente el suelo bajo nuestros pies mientras pasaba a toda velocidad. Incluso a pesar de no ir dirigida contra mí, sólo su sonido fue suficiente para hacer que anhelara apartarme de su camino.

Por su parte, el dragón que era Jack expuso el cuello al frente. Con un repentino ruido sordo, surgió fuego entre sus fauces, y él las exhaló al frente, tal y como ofrecería ofrenda a unos dioses. Tuve que alzar un brazo para protegerme del abrasador calor que de la llamarada emanaba. El fuego chisporroteó, brincó y giró mientras crecía y siseaba enfurecido, rodó al frente por el agua y adquirió velocidad y tamaño hasta sumarse con la bola de fuego de Nico.

De pie en el escondite asistí a todo aquello con expresión impávida; a mi lado, Percy, Nico y Thalía, los hijos de los tres grandes dioses del Olimpo, junto con Katie, Shizuko y la tríada de Idhun hacían otro tanto. Escuchábamos sus chillidos de congoja, alaridos que terminaban en un único y largo lamento mientras desaparecían por la ladera del pozo. No duró mucho tiempo. En un par de minutos todo había acabado, todos precipitados al abismo.

El hielo de Haiass continuó expandiéndose, enterrando los cadáveres. Un instante después había tapado el pozo, sus alrededores, y hasta algunas de las raíces de los árboles más próximos, congelándolas allí donde estaban. La escarcha cubrió una impenetrable capa de hielo por el agua, en torno al pozo. Después, se hizo un silencio absoluto.

—¿Fuego? —la voz me salió ronca, como si hubiera estado gritando.

Una esfera incandescente, hecha de chisporroteante humo y fuego salió de las manos de Nico, y un momento después la explosión que produjo al chocar contra el barro hizo temblar el suelo bajo los pies de los mestizos renegados. Un brazo de agua procedente del lago del camping giró por la voluntad de Percy hacia el pozo en un surtidor de burbujas, y cayó a borbotones sobre la escarchada superficie, dificultando un asidero en los bordes.

Katie Gardner, la hija de Démeter volvió a adelantarse sin que esta vez tuviera que indicarle nada, concentración máxima en las facciones.

Una explosión sacudió el suelo, hubo un temblor de lluvia de piedras y polvo. La tierra que antes apenas se había sacudido bajo el fuego de Nico, esta vez se abrió de par en par, un gran agujero, una garganta oscura que engulló a un buen puñado de aliados del Tártaro, mestizos y no mestizos.

Bolas de tierra rodearon a los semidioses renegados y se precipitaron sobre ellos, irrefrenables, como si fueran piedras en el curso de un arroyo. Fuego, hielo y tierra los aprisionaron.

Algunos saltaron por los aires, otros se aferraron al borde, las uñas hincadas con desesperación en la resbaladiza tierra, pero la mayoría se hundió sin remedio en el agujero, el mismo que habíamos usado como escondite de armas de repuesto, y que ahora Katie ampliaba y ampliaba sin compasión mientras Percy llamaba a la masa del lago del camping y lo inducía a inundar la oquedad.

—Y ahora tú —pedí a Thalía, y ella dio un paso hacia delante, la mano cerrada en un puño.

El hielo se quebró. Con un ruido de cristales rotos, se fracturó en miles de esquirlas afiladas como navajas que relumbraron en la oscuridad. Fue entonces cuando la hija de Zeus desató un torbellino. Su ciclón azotó a los vástagos del Tártaro que aún luchaban por mantenerse a flote en el agua con un rugido ensordecedor y los rodeó, haciendo que se tambalearan en sus ya de por sí precarios asideros. El tornado desatado recogió a su paso desechos, ramas, cadáveres y miles de esquirlas de hielo y se los llevó por el aire con la fuerza de un huracán.

Percibí vagamente cómo Percy y Annabeth se daban la mano para sostenerse mutuamente, cómo Katie se retiraba más al interior del refugio con los párpados bien apretados, abrazándose a un árbol, cómo Christian apartaba a Shizuko del foco del huracán y cómo Jack agarraba a Victoria y la apretaba contra sí. Nico y yo nos limitamos a encoger los hombros para protegernos del viento.

Cuando el torbellino de Thalía cesó por fin, nos descubrimos rodeados de ramas, palos, hielo derretido y extremidades humanas (y no tan humanas) mutiladas que rezumaban sangre por todas partes. En algunas partes del suelo había clavados carámbanos y las salpicaduras de sangre e icor negro lo cubrían todo.

—Campistas tres —musité, desplomándome en el mismo árbol que Katie—. Tártaro cero.

Me sentía tan agotado por la falta de sueño, los estragos de la batalla, la carga emocional del momento, que apenas podía mantenerme en pie. Me di ánimos diciéndome que muy pronto podría descansar.

Los elementos aún giraban en un torbellino a mi alrededor, fuego, tierra, viento y agua. Destellos de luces de colores y sombras discurrían entorno a la escena. Una luz animada los acompañaba, enredándose entre todos nosotros. Colores a la vez oscuros y cegadores brillaban trémulamente en torno a los hijos de los tres grandes dioses, enredándose todos en un lazo que iba a parar al interior del pozo, retozando en formas imprecisas a través del aire.

Thalía, Percy y Nico invocaron más aire, más agua, más fuego. Todos los mestizos renegados del Tártaro morían bajo la increpación de los elementos, haces de luz disparadas hacia el agujero de la tierra, resonando arriba y abajo por toda la colina. El refulgente horno de las bolas fogosas retumbó. El agua que discurría a raudales, rugía a la vez que hervía, humeaba y congelaba. El aire aulló como si protestara. El retumbo de un trueno restalló en la llanura.

—Os toca —susurré, por último.

Finalmente, Jack y Victoria se adelantaron. Sobre la superficie, ahora se enterraban tanto la espada de hielo como la espada de fuego de Jack, con lo que el agua extraída por Percy siseaba y expulsaba vapor al alcanzar las esferas de fuego de Nico, dejando tras ella nubes de vapor blanco que se alargaban en el viento enfebrecido de Thalía, igual que cortinas negras.

Cuando Victoria clavó su báculo, el agua siseó y expulsó vapor y hielo a la par por paradójico que aquello sonase, elevando una cúpula por todo el ancho y largo de la orilla. El pozo se congelaba ante el contacto con la espada de Kirtash y, sin embargo, el intenso calor interior de Domivat volvía a fundir la superficie vítrea a la misma velocidad con que Haiass la enfriaba, haciendo que la cúpula creada por el báculo de Victoria borbotara e hirviera en el aire, convertida en una siniestra amenaza palpitante de agua, fuego, viento y tierra.

Mientras la contemplaba, la cúpula fue cobrando mayor dimensión. Perdió en brillo, pero ganó en altura, ganó en laterales, ganó en extremos. Conforme la miraba fijamente, parecía fluctuar dentro y fuera del pozo anegado; a veces era una trémula cortina incandescente color rojo de inframundo, y a veces tan sólo una pálida insinuación de un cuadrado, pintada igual que una niebla que acabara de despertar de la tierra.

Yo observaba todo como en un sueño. Flotaba en la luz que ahora envolvía a los tres campistas y a los tres idhunitas. Agua y hielo eran una sola cosa, fuego y sol una misma materia, aire y báculo un sólo componente. Luz y oscuridad, sonido y aislamiento, muerte y condena, todo era uno, todo y nada, juntos en una jaula de magia aullante y colérica.

En un instante, todo el ejército que un momento antes había estado allí, implacablemente decidido a matarnos, se había esfumado. Derrotado. Vivos o muertos, monstruos o renegados, todos atrapados en aquella nueva cápsula.

Annabeth me miró con asombro.

—Es una jaula —musitó—. Nunca se nos habría ocurrido usar los poderes de ese modo.

Me encogí de hombros.

—Siempre hay una primera vez para todo —«Y cronos no debería darme ideas»—. Además que yo sólo he expuesto el pensamiento. He puesto la semilla, por decirlo de algún modo. Los brazos ejecutores, quienes han regado la planta, como siempre, corren a cuenta de las dos tríadas de Limbhad y la Tierra. Y de Katie, por supuesto. —me giré para agradecer a la hija de Démeter, pero ésta se había desmayado, aunque ya Percy la llevaba en brazos, a sitio seguro donde poder recobrar la conciencia.

—Lo hemos logrado —me felicitó Christian en la mente—. Lo hemos logrado. Tenías razón, podía hacerse. Ahora tenemos que ver qué ha sido de Rachel.

¡Rachel!

¡Ah! A veces uno no piensa. El cuerpo toma el control y simplemente actúa. Bien. Aquella fue una de esas veces. Corrí de vuelta al campo de batalla, sin pensar en las posibles luchas que aún pudieran librarse ahí. Corrí como una exhalación hacia allí, tratando de mantener a raya la tristeza incipiente.

Gritos de júbilo se alzaron entre las gargantas de los mestizos al vernos regresar, intactos, enteros, aunque no ilesos. Todos sabían lo que significaba. Todos habían presenciado la masiva utilización de los elementos. Todos habían visto cómo el ejército del Tártaro iba menguando a ojos vista, derrapando y falleciendo, encerrados en aquella barrera de magia.

Nico se abrió paso entre el gentío, asintiendo brevemente a los campistas que se echaban sobre él para felicitarlo por su brillante actuación.

Me adelanté a todos ellos, la capucha todavía echada en la cara, y distinguí a Clarisse. Estaba de pie junto a un cuerpo tendido en el suelo, con los brazos cruzados y una expresión amarga, los dedos palpando frenéticos la frente de la persona. Se me paró el corazón cuando vi quién era.

—¡Rachel! —corrí entre la gente abriéndome paso a empujones. Fui vagamente consciente de que Thalía hacía otro tanto, arrastrando a remolque a una jadeante Victoria sujeta de la mano.

Mi corazón latía con violencia. Rachel tenía la cara manchada de rojo, los labios azulados, un líquido entre agua y sangre le brotaba de las fosas nasales y estaba muy pálida. Cadavérica. Con una mano agarraba aún a Backbiter.

Aparté a Clarisse haciendo oídos sordos a su gruñido hosco, me arrodillé al lado de la chica y tomé la mano de Rachel, de una chica que con el tiempo había aprendido a querer, a respetar, a ver no sólo como oráculo, también como una amiga. Estaba quieta, demasiado quieta, y aunque me pareció ver que su pecho subía y bajaba levemente, lo achaqué más a mis deseos por salvarla, una simple jugarreta de la mirada.

—Ha luchado valerosamente —murmuró Clarisse, la voz preñada de lágrimas—. Mantuvo el porte en todo momento, ellos ni se dieron cuenta del cebo. Hace falta valor para enfrentarse así tú sola a una horda que te pisa los pies. Rara vez he visto tanto valor, ni siquiera entre los hijos de Ares.

Una rabia ardiente se apoderó de mí. No quería que Clarisse hablara de Rachel en pasado. Que hablara de su valor como si nunca más fuera a tener más oportunidades para demostrar de qué pasta estaba hecha. De pronto tuve que luchar contra el impulso de levantarme de un salto y atravesar a Clarisse con Backbiter, mi devuelta Backbiter. Tenía el pecho cargado de angustia.

—No se estaba enfrentando sola a un ejército; ni siquiera a un ejército de mestizos —espeté a Clarisse; eché la cabeza hacia atrás, furioso y despectivo, y la capucha cayó sobre mi nuca—. Se estaba enfrentando a un titán —contesté, mirando todavía la cara de Rachel con la esperanza de ver un destello de vida, una señal de que se pondría bien—. No minimices su proeza. No te atrevas. Aunque ni cronos ni Ethan estaban de cuerpo presente entre quienes la perseguían, te aseguro que Cronos sabe qué ha pasado aquí. Contra quién ha luchado aquí.

Para variar, parecía haber conseguido asustar a Clarisse: sus ojos se abrieron de par en par, conmoción y sorpresa ocupando su expresión.

—Caray, caray, parece que alguien está de mal humor —murmuró una voz desde el suelo.

Me dio un vuelco el corazón y, al separarme de Clarisse y girarme, vi que Rachel abría los ojos y me sonreía débilmente. La mano de Victoria aún descansaba sobre su frente, envuelta en un halo azul de sanación.

—A eso lo llamo yo defender el honor de una persona —dijo cuando me arrodillé a su lado—. No lo has visto, pero creo que hasta he derramado unas lagrimitas.

—¡Serás tonta! —Me dieron ganas de sacudirla y de abrazarla al mismo tiempo—. ¿Qué ha pasado? Creíamos que estabas al borde de la muerte.

—¿Yo? Qué va —me agarró del brazo y se incorporó, pero hizo una mueca al tocarse con cautela la parte de atrás de la cabeza—. Estuve al borde, sí, pero no de la muerte; del precipicio. Pero logré esconderme bien. Además, la gorra de invisibilidad de Annabeth es infalible. Me di un porrazo al chocar, mientras intentaba despistarlos, un porrazo en el cráneo que me ha dejado fuera de combate unos minutos, eso es todo. Habría dicho algo antes, pero como tu mal genio estaba en plena inspiración me ha parecido de muy mala educación interrumpirte.

Mis ganas de sacudirla aumentaron, sobre todo porque me estaba mirando con esa su familiar sonrisa y porque la congoja de Thalía, Annabeth, Victoria y las demás habían trocado en risitas nerviosas.

La ayudé a levantarse, la sacudí levemente y luego la rodeé con los brazos y la apreté con todas mis fuerzas.

—No vuelvas a darme un susto así —siseé—. Ya has visto cuan alto están dispuestos a cobrarse mi pellejo. No vuelvas a jugar a ser yo.

—Traducción, no soportarías perderme —ladeó la cabeza y sonrió como un ángel, ensangrentado y magullado pero hermoso ángel—. ¿Quién lo diría, eh?

La solté y ella se volvió hacia Thalía, que nos miraba entre divertida y molesta.

—Gracias —la dijo, y se abrazó a ella—. Me tapaste bien las huellas. Después se dirigió a Annabeth y también la abrazó con fuerza, susurrándole un agradecimiento relacionado con su peculiar gorra de invisibilidad.

Mientras un fatigado grito de júbilo se alzaba entre las chicas, que rodearon a Rachel, asfixiándola, levanté la vista en busca de las dos únicas personas a las que me apetecía abrazar.

Los ojos color gris tormenta de la hija de Atenea, que siempre revelaban un intelecto agudo, estaban clavados en mí, bien abiertos, y refulgían en aquellos instantes con el oculto peso de una información, un saber, una averiguación; no pude soportar el escrutinio de aquellos ojos, y desvié la mirada. Empecé a juguetear con una hebra suelta de mi chaqueta, incómodo, preguntándome a qué venía tal escrutinio atónito de Annabeth. Thalía se acercó radiante hacia mí.

Pero la sonrisa se le petrificó en la cara, un rictus atónito e incrédulo. Receloso, miré por encima del hombro, esperando ver a aparecer otra tropa recién llegada del Tártaro. Pero sólo estaban Clarisse y sus hermanos, rostros congestionados, rabia en los ojos, armas apuntadas... hacia mí.

—Pero que... —empecé a decir, pasmado.

En ese momento Clarisse se adelantó.

—¿¡Tú!?

Delante, Annabeth se tambaleó. Percy balbuceó. Nico empalideció. Silena se desmayó, en los labios una palabra desvaída, cargada de horror.

—¡¡¡Lu… Luke!!!

Sólo entonces me di cuenta de cuál iba a ser mi pago, el costo por haber estado involucrado con el fuego, el agua y el viento, los elementos de los tres grandes dioses, todos a la vez.

—Oh, oh... —fue lo único que atiné a decir antes de que Clarisse diera la orden y los hijos de Ares me rodearan, arrestaran, y me golpearan en la cara interna de las mejillas, arrojándome al suelo—. ¡Mierda!