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Historia 126109 — capítulo 43

Disclaimer: llegará el día en que posea los derechos sobre algo más que las narices que me estoy tocando ahora, en verano. Suspiremos, suspiremos… porque hoy no es ese día.

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CAPÍTULO 42. ACOSO.

-…-…-…-

Trepé por el árbol hasta llegar a lo alto, a las tres ramas que formaban un cuenco en el que dejé encajar el cuerpo. El ascenso me dejó sin resuello, pero ya sólo por la vista que desde allí tenía, cortejo de estrellas brillantes e inalcanzables, el esfuerzo mereció la pena. Me asomé entre las ramas, con ambas manos en el rugoso tronco, y respiré el cálido anochecer.

Permanecí allí, bajo la noche perpetua de Limbhad, con las estrellas desplegadas en abanico por encima de mi cabeza y una brisa que agitaba plácidas, las hojas que me envolvían.

Desde mi posición podía ver Limbhad en su totalidad, el conjunto del par de edificios, jardín, kilómetros oscuros de árboles sobre colinas de un crepúsculo, lago y cúpula final que conformaba aquel cosmos.

Observaba aquel paisaje desde lo alto de un pequeño árbol tras un desagradable despertar, culpa de un insaciable Cronos, que parecía haber recaído en su adicción a mis sueños. No pensaba bajar hasta que mis ánimos se hubieran calmado, lo que podía traducirse por un rato, horas, incluso, así que me acomodé aún más sobre aquellas ramas y cerré los ojos.

El aire levantado era cálido, primaveral y reconfortante. Los pensamientos me iban a mil por hora, cada uno en direcciones distintas. Llevaba un par de días ensimismado, con un humor cada vez más turbio, algo que extrañó a la gente, pero los pocos valientes que se atrevieron a acercarse y preguntar por mi estado anímico se llevaron bajo el brazo un frío y desabrido «quiero estar a solas, gracias».

En aquel día de descanso de incursión, estaba libre de Thalía y Annabeth y el resto de chicas, al menos por 24 preciosas horas. Libre en un sentido físico, claro está, pues los pensamientos fueron encaminándose uno tras otro hacia las dos chicas sobre las que habían lanzado una sarta de amenazas mientras, desde lo alto de la rama, realizaba las actividades peculiares que da la ventaja de la altura: vigilar, cotillear en los grupitos abajo congregados, golpearme la cabeza repetidamente contra el árbol... esas cosas tan típicas, vamos. No podía quitarme las ganas de que entre Thalía y yo pasara algo más que los velados tonteos con los que llevábamos por lo menos semanas, tonteos que se habían visto suspendidos ante la inminente batalla y los nulos momentos de soledad que no habíamos tenido desde que abandonáramos quince días atrás el camping mestizo.

—¡Pss!

Me incorporé, sobresaltado. El susto que me llevé estuvo a punto de arrojarme de espaldas desde las alturas. Aferré desesperado las ramas en el último momento, mientras Rachel, desde abajo, me miraba con curiosidad.

—¡No hagas eso! —Protesté, aún desbocado el corazón—. Me has dado un susto de muerte.

—Lo siento. Pero, ¿qué haces ahí arriba?

—Descansar.

—¿O espiar?

Me encogí de hombros.

—Tendrás que subir aquí para averiguarlo.

Y para mi sorpresa, así lo hizo.

—Sólo veo paisaje —dijo, una vez acomodada entre las ramas—. Paisaje y estrellas.

—Una visión digna de ser espiada, estarás de acuerdo.

—Mmm. ¿Y qué tal eso? —apuntó un punto distante; tuve que cambiar levemente de posición para saber qué me señalaba.

Eran Jack, Christian y Victoria. Tumbado de espaldas en el prado el primero, los brazos doblados bajo la cabeza; sentado al borde de una rama el segundo, el cuerpo en lánguida tensión, observando las idas y venidas de Victoria; y ella de pie, pisando enérgica la hierba, andando de un lado a otro o deteniéndose, brazos en jarras, frente a ellos.

—¿Crees que les está regañando? —curioseé—. Me recuerda a una madre riñendo a dos críos revoltosos.

—¿Victoria? ¿A Jack y Christian? —Ella apartó la idea con un manotazo—. Qué va. Creo más bien que ellos han tomado una decisión y que ella está tratando de convencerles de lo contrario. —Sacudió la cabeza—. Tratándose de ese par, seguro que es algo a cerca de su seguridad.

Seguimos mirando durante un rato a la tríada. Por alguna razón, mi vista no dejaba de ir de Victoria al cuerno espiral que remachaba el edificio grande, donde buena parte de nosotros nos habíamos refugiado.

—Es de verdad —comunicó Rachel muy seria, resiguiendo la dirección de mi mirada, señalando con las manos como si apuntara con una pistola a un ladrón de bancos.

—Caramba, pues sí que debía de ser de mucho hormigón el pobre unicornio —dije.

Rachel no pudo evitar soltar una risilla.

—Me refería a que las leyendas de Limbhad cuentan con que ese es el cuerno del primer unicornio que traspasó las puertas de Idhun y pisó la Tierra. Son criaturas solitarias y únicas, los unicornios, imposibles de dejarse ver si ellos no quieren. Sus cuerpos se convierten en luz al morir, pero hay excepciones. Y en muchos de los libros de la biblioteca, se cuenta que una de esas excepciones fue el primer unicornio que pisó este refugio. Lo dejó como protección del escondite aun cuando él ya no estuviera en cuerpo presente. ¿Curioso, verdad? —Bastante, sí—. Bueno —dio la espalda a la imagen de la tríada de Idhun—. ¿Qué hacías aquí subido, y tan solo? —preguntó, insinuante.

Sonreí de lado.

—Estaba viendo pasar el mundo. Y de paso esperando al amor de mi vida, a la razón de mi existir, pero todo es bueno si con ello me puedo distraer —tras decir aquello la recorrí con la mirada—, de hecho, la nueva distracción no está tan mal.

Rachel sacudió la cabeza, alagada y exasperada, e inquirió:

—Y yo que te iba a preguntar qué tal estás…

—Pues bien —respondí, agradecido y receloso por igual—, muy bien. ¿Y tú?

—Estupendamente. Gracias. —Apoyaba la barbilla en una mano, y el brazo sobre una rodilla. No dejaba de mirarme de un modo bastante inquietante—. Todavía maravillada por dónde estamos.

—Sí. Las ramas son un sitio mitológico, exótico y virginal, aún por explorar —me mofé.

—Me refería aquí, a Limbhad, idiota —abrió los brazos, como queriendo abarcar el cosmos que se abría a sus pies—. Por favor, mira a tu alrededor. Estamos en otro mundo. ¡En otro mundo! ¿Cuánta gente conoces que pueda presumir de algo así? ¿Cuántos más conoces a los que les gustaría poder decir que han pisado no otros continentes, sino ya, directamente, otros planetas, mundos donde hay vida, civilización, belleza, y que ha sobrevivido para contarlo?

—Yo aquí civilización veo poca, teniendo en cuenta que estaba desierto antes de que viniéramos —sonreí—. Pero ah, comprendo lo que dices. Limbhad... pequeño, pero hermoso. No cabe duda.

Pero por bonito y reconfortante y extraplanetario que fuera el refugio de la tríada de Idhun, intuía que aquel no era el tema de conversación que ella quería abarcar. Rachel y yo estuvimos unos minutos mirándonos por encima del amasijo de hojas que abarrotaban las ramas del árbol, en silencio, cada uno sopesando con atención velada al otro, sonriendo a medias pero sopesándonos en el fondo.

—Vale ya —le solté—. ¿Qué ocurre, me lo quieres explicar?

—Vaya, Luke. ¿Por qué piensas que ocurre algo? —me miró con los ojos muy abiertos, llenos de falsa sorpresa, sin dejar de acariciar el satén de las hojas que tenía a mano. Estaba claro que mi incomodidad la divertía.

Suspiré lentamente.

—Venga... que nos conocemos.

—Pues sí, nos conocemos. Y porque nos conocemos es por lo que estaba segura de que no ibas a cumplir tu palabra.

Me recosté cautelosamente en la rama, con la sonrisa de perpleja confusión bien puesta en su sitio.

—¿Mi palabra? ¿Qué palabra?

—Ah, no sé. ¿Tal vez esa de contarle la profecía a cierta hija de Zeus... te suena?

Ajá. —Hice una mueca como si me hubieran pinchado con algo—. Iba a hacerlo. El otro día, de verdad que sí. Pero Percy nos interrumpió y al final no pudo ser... —se cruzó de brazos—. ¡Iba a hacerlo!

—No quiero escuchar un «iba». Sino un «ya lo he hecho». —La fuerza con que apretaba brazos contra los costados daba prueba del grado de su enfado—. ¿Sabes? Annabeth me ha contado las lindezas que os dijo el mestizo aquel, el compinche de Ethan.

—Cosas peores me han dicho —respondí, encogiéndome de hombros—. Peores cosas he dicho yo alguna que otra vez. —Y no, no estaba mintiendo.

Ella se recolocó bien el tirante de la blusa morada que vestía. La corta visión de su hombro desnudo causó que mi vista se distrajera y mi mente reculara hasta anclarse en la escena que, oculto bajo el gorro de invisibilidad de Annabeth, había visto en el baño, días atrás. Muy a mi pesar, los sueños deliciosos que sus cuerpos desnudos me habían brindado, sólo duraron una noche. Aun así, estando despierto, no podía evitar que la vista se me fuera tras alguna de ellas cada dos por tres. Como en esta ocasión. Había vuelto a perder el norte; los labios de Rachel se movían, pero ya había perdido todo sentido e interpretación a sus palabras.

—Lo siento. ¿Decías?

—Creo que los dos sabemos adónde quiero ir a parar. Dijiste que ibas a hablar con ella. Que se lo ibas a contar: todo. ¿Dónde está Thalía?

—¿Ella? —Fruncí el ceño, pero el corazón empezó a latirme a toda prisa debajo de la camisa—. ¿Por qué crees que sé algo sobre dónde esté metida ahora mismo? —Pregunté, adoptando mi mejor expresión de inocencia—. Se supone que cada uno está envuelto en sus quehaceres.

Nada de lo cual era mentira. Se habían hecho horarios de limpieza y mantenimiento, al más estilo campamento mestizo, en aras de cuidar y mantener limpio a Limbhad. Saqué a flote el tema con la intención de marear la perdiz. Por desgracia, el apellido de Rachel no era «niña inocente e ingenua que se deja distraer por cualquier cosa».

—Luke, Luke —me miró con paciencia—. No me tomes por tonta, haz el favor.

—Yo no... —empecé.

—Sé que planeas decírselo —me interrumpió—, pero del dicho al hecho hay un gran trecho, como reza el refrán. Y, en tu caso es cada vez más un abismo. Lo sé, sé que Percy os interrumpió la otra noche. Sé que le has confesado que yo también puedo verte tal cual eres. ¿Crees que Thalía y yo no hablamos? Annabeth será su mejor amiga, pero, carai, las chicas nos lo contamos todo.

—Eso parece —refunfuñé.

—Sin embargo —prosiguió antes de que me diera tiempo a discurrir un nuevo plan, un plan que me sacara de aquel lío sin acabar convertido en la próxima momia oráculo del campamento por los siglos de los siglos, en castigo al retraso de mi confesión—, puedes relajarte, Luke. No he venido a exigirte promesas pendientes.

No me relajé. De hecho, me puse aún más nervioso. Crucé los brazos y levanté una ceja.

—¿Debo dar las gracias por ello?

—¿He dicho yo eso?

—¿Por qué las chicas no os podéis limitar a responder a las preguntas que uno hace? siempre tratáis de contraatacar con la misma baza...

—¿Dónde estaría la gracia, entonces? —Respondió ella con gran dignidad—. ¿Lo harías, en cualquier caso?

Suspiré, consciente de adónde quería ir a parar Rachel.

—No.

—Eso creía. Sin embargo... —se acercó, acompañada por el susurro de las hojas. Su aliento me cosquilleó en la mejilla cuando habló sin dejar de mirarme a los ojos—. Quiero que pienses en lo irónico que es que Cronos y demás renegados a su causa estén enterados de la profecía, de tu disfraz, mientras que la más involucrada en el asunto, a parte de ti, continúa en la ignorancia.

Sentí que de pronto me quedaba sin aliento. Miré estupefacto a Rachel. Ella me devolvió la mirada con calma, inamovible como el árbol contra el cual se apretaba su espalda.

—¿Qué... qué estás...? —Ni siquiera pude terminar de formular la pregunta—. ¿Por qué crees que saben quién soy...?

—¿Lo dudas?

Las palabras del semidiós renegado volvieron nítidas a mi mente, burlonas y amenazadoras: «Sé quién eres, campista. Tu espada, tu modo de luchar, tus dos mismas debilidades... todo te delata. Sé quién eres. Conozco la descripción de una chica pelirroja enarbolando una hoja de doble filo. Sé quién eres... y ahora mi amo también te reconoce. E irá a por ti. Le entregaré tu cuerpo y él me colmará de lujos y poder y tomaré a esas chicas para mí, ya que veo que son importantes para ti. Sobre todo la morena. De esa me ocuparé yo en especial, sí». Sin saber por qué, de pronto me vi compartiendo las palabras con Rachel.

—De lo que deduzco que creen que puede ser cualquier chica pelirroja que lleve a Backbiter —concluí—. Saben que me escondo tras una falsa identidad, sí, pero no sabe qué falsa identidad es esa, exactamente.

—No subestimes a Cronos —aconsejó, impasible—. Tú mejor que nadie sabes lo peligroso que es subestimarlo. Pero volviendo a Thalía... antes de que pueda enterarse no ya en boca que no es la tuya, sino en palabras del enemigo, sería mejor que te plantases y se lo soltaras. Así, a bocajarro.

—No pides demasiado tú —mi voz sonó rasposa y ronca, y me aparté de ella. Mi aplomo se había esfumado de pronto, igual que toda pretensión de no interesarme por lo que tuviera que decirme—. ¿Insinúas que uno de esos mestizos renegados puede apañárselas y contárselo todo?

Rachel se inclinó hacia mí y me susurró por encima del zarandeo de las hojas con voz grave y misteriosa:

—¿Mestizos? No seas ingenuo. ¿Qué pasa con Cronos? Si el titán... empezara a frecuentar sus sueños —advirtió, y una mano gélida atenazó mi estómago—, si el Señor del Tiempo se colara en sus noches y le susurrara a Thalía el secreto que su propio mejor amigo le ha estado ocultando, a sabiendas... ¿cómo crees que reaccionaría?

La chica me siguió con los ojos cuando me alejé unos pasos, ascendiendo por la gruesa rama, y, con la mirada perdida en la noche, me agarré a las hojas finales del arbusto. El cielo brillaba tenue por el cortejo de estrellas y el calor de la mirada de Rachel me quemaba entre los omóplatos como una llama abrasadora.

—¿Qué quieres que haga? —Mascullé, mirando a lo lejos, en el espacio de cielo abierto al que apuntaba el cuerno espiral del edificio mayor—. ¿Soltarle la profecía así, de sopetón? ¿Ponerla entre la espada y la pared por conocimiento de un augurio y quitarle su derecho a escoger por su cuenta, independientemente de ese vaticinio? ¿Es eso lo que me estás ordenando que haga? —se me encogió el estómago al pensarlo—. ¿No crees que Artemisa tendría algo que decir al respecto? No podría ocultarle algo así.

—Ya está entre la espada y la pared —me recordó ella—, lo sabes muy bien.

—Bueno. Pues lo mío sería como empotrarle en ella, directamente. Además —levanté la mano, silenciando su protesta—, además, no creo que sea justamente conmigo con quien tenga que hablar precisamente de eso.

—¿Y por qué no? —parecía realmente perpleja.

—Ah, no sé. —Me llevé una mano a la espalda—. ¿Porque soy el culpable de la tesitura en la que le ha puesto Artemisa, tal vez?

—Algo que puede interpretarse como que no es simple amistad lo que siente por ti.

—Es que no lo entiendes —gemí, antes de darme otro golpe en la cabeza con la rama—. Vamos, no la entiendo ni yo: a veces parece que está a punto de besarme y otras veces me rehúye como si tuviera la peste; eso, si en el mejor de los casos, no decide empezar una guerra fría contra mí. ¿Te estás riendo? —Taparse la boca con la mano no bastaba para disimular las risitas que convulsionaban sus hombros—. ¿Por qué te estás riendo? —pregunté, indignado—. ¡Esto es serio!

—¡Ah, Luke! a veces me olvido de lo ciegos que son los chicos en materia de amor... —mi indignación hizo que se riera aún más—. Pero en fin —trató de serenarse—. ¿Lo has intentado?

—¿El qué?

—Hablar con ella. De la profecía, ya sabes.

—Emmm...

—Respuesta: no. Ibas a hacerlo, pero no lo has hecho, por la razón que sea, pero no lo has hecho. Tú eliges, desde luego —añadió mientras arrancaba de los dedos del viento un mechón rebelde y se lo colocaba tras la oreja—. Mi consejo es sencillo, pero depende de ti seguirlo o no. Haz lo que quieras, Luke, pero recuerda que, si amas a alguien, la mentira no es el mejor modo de demostrarlo. Y ocultar información es otro modo de mentir. Como a Cronos le de por...

—¿Por qué dices su nombre? —la interrumpí—. ¿No temes invocarlo al pronunciarlo?

—Aquí nadie puede pasar a no ser que sea invitado —abarcó con un gesto el paraje de Limbhad—. Y... ¿convocarlo? Ya lo tengo machacando mi cabeza cada noche. Pronunciar su nombre no lo hará desistir.

—¿A ti también?

—A mí también, sí—asintió tranquilamente—. El tiempo se te acaba, Luke. No sólo el que te dieron los dioses; también el de Cronos. Como éste le confíe todo a Thalía, perderás a la chica que quieres a manos de la misma persona que ha jurado matarte. —No pude responder; casi podía sentir el rechazo de Thalía golpeándome de lleno en el pecho, igual que la otra vez, durante nuestro enfrentamiento al borde del precipicio—. ¿Por qué no vas y lo intentas?

—Y si no quiere hablar... ¿qué puedo hacer en ese caso? ¿Encerrarla en una habitación y amenazarla con no dejarla salir hasta que me diga qué ha escogido? ¿Es eso lo que me propones?

—Oye... pues es una excelente idea —sonrió maliciosa—. Inténtalo. —Me plantó un beso en la mejilla—. El que no arriesga no gana... ¿no sabías eso? —Comenzó a descender del árbol—. Además... ya ha tomado su decisión.

—¿Ah, sí? —dije recurriendo a mi habitual tono de indiferencia, para evitar a toda costa que ella pudiera descubrir o intuir siquiera cuán capaz era yo de vender mi alma al diablo o, incluso, a uno de los mestizos porque me dijera ipso facto la elección de Thalía.

—Puede. Y si quieres saberlo... tendrás que ir a hablar con ella.

Un viento cálido cruzó silbando la pequeña pradera y agitó cabellos y hojas. Cuando se disipó, Rachel se hallaba de vuelta en el suelo. Cerré los ojos, por la picazón del aire y, cuando los volví a abrir, estaba solo. Rachel se había ido.

—Cualquiera diría que eres hija de Zeus —refunfuñé para mis adentros.

Más tarde, iba calentándome las manos en los bolsillos mientras los pies me conducían a la estancia reservada para los planes de batalla, la que había sustituido a la sala de reunión del campamento. Antes de llegar, me topé con un pequeño altercado al principio del pasillo.

—Más te vale llegar puntual, con soluciones y una nueva definición de «¡está todo controlado!» —espetaba Clarisse a un enrojecido Ripson, antes de cerrar la puerta de un golpazo, furiosa.

El mismo hijo de Ares que durante el baile me había interceptado para ligar, permaneció un segundo en medio del corredor, el cabello cobrizo disparado en todas direcciones y la seguridad y aplomo que antes destilaba, ahora sustituida por una indignación que nada tenía que envidiar a la ira de la que Clarisse había hecho gala al cerrarle la puerta en las narices.

Me mantuve entre las sombras, viéndolo pasar con curiosidad, preguntándome qué habría hecho o no para tener hecha un basilisco a La Rue, hasta que su espalda se perdió tras doblar una esquina; sólo entonces retomé el camino hacia la sala de entrenamientos de Limbhad.

Era circular, como venía siendo costumbre en aquel refugio asentado en la frontera entre dos mundos. Las paredes mantenían un brillo blanco inmaculado, frío y suave al tacto, casi marmóreo. Bombillas en apliques de hierro colgaban del techo pero sin alumbrar, pues la luz de la perpetua noche del exterior procedente de las cristaleras de la ventana poseía intensidad suficiente para iluminar la habitación por sí sola. Olía a multitud de perfumes y colonias, carne asada, comida del día, acero de armas y olor corporal de tanta gente que la abarrotaba. En el interior, reinaba el desorden y la agitación. Había campistas por todas partes; no era muy generosa en tamaño, y los quince o veinte mestizos que conformaban el Consejo semidiós parecían multiplicarse por cien en ese espacio escueto, y todo el mundo parecía estar hablando a la vez.

Un trío de sólidas mesas dispuestas en todo el centro de la habitación sin seguir una pauta discernible estaban cubiertas de libros, planos, mapas, trozos de papel garabateados, tizas, bolígrafos, velas aguardando a ser encendidas, revoltorios de papel albal en recuerdo de sándwiches consumidos en parte, y un revoltijo de objetos curiosos, desde una bola de cristal con agua junto a Percy, una navaja multiusos junto a Beckendorf, hasta un saquito del que se había derramado un hilillo de arena junto a Katie Gardner, la hija de Démeter. Algunos de los ahí presentes se mantenían de pie junto a las mesas, conversando y discutiendo con quienes tenían cerca o delante, mientras otros golpeaban con el dedo pasajes de libros, estudiaban minuciosamente planos con bocetos de históricas estrategias o desplazaban figuras de madera pintada por encima de mapas. También había algunos que mordisqueaban bocadillos mientras observaban u ofrecían opiniones entre bocado y bocado.

A eso se sumaba el confuso puñado de mestizos que entraban y salían de la estancia; unos llegaban corriendo en tanto que otros se alejaban a toda prisa, enfundándose en armaduras y aferrando armas y escudos, prestos a volver al campo de batalla. Algunos agitaban los brazos con gran convicción, tratando de hacerse entender por su interlocutor, y,Al mismo tiempo, otros se inclinaban al frente, casi susurrando en el oído de la persona con quien hablaban.

—¿No pasas? —preguntó Thalía, sobresaltándome.

—Estoy haciendo acopio de valor —dije girando lentamente el cuerpo hacia ella.

—Sí, te entiendo —empujó con el hombro la hoja de madera para que esta se abriera del todo, haciéndose a un lado para cederme espacio—. Pero puedes ir haciéndolo una vez adentro.

Al entrar y golpearme todo ese patibarrullo, sentí como si me enfrentara a una colmena humana. Entre varias personas que reconocí de las ahí presentes, vi a Lee Fletcher,rezongando para sí y pareciendo tremendamente impaciente e irritado mientras hojeaba desmañadamente un puñado de papeles cubiertos de lo que reconocí como símbolos rúnicos.

—¡Clarisse, Clarisse! ¡Me acabo de enterar! Nuevas noticias.

Varias voces callaron. Otras no.

En la misma mesa de Lee, tres semidioses y una mestiza habían estado recibiendo las enérgicas reprimendas de Michael Yewy su estrés, durante más tiempo del que a cualquiera le habría gustado ser regañado, así que sus caras evidenciaron el alivio de haber salido ilesos cuando nuestra llegada fue la distracción que necesitaron para escabullirse yla atención de Michael Yew viró y cambió de foco, dejándolos al fin marchar.

Había tanta gente hablando que apenas podía comprender algo de lo que se decían. Sospeché, eso sí, que no todas las conversaciones versaban acerca de la batalla contra los monstruos, a pesar de que la sala estaba precisamente para eso.

La pista más clara me la dieron Silena 2.0 y otras dos chicas más, de casas distintas; una de ellas se retocaba el maquillaje en un espejo de bolsillo, ofreciendo a quienes quisieran verla una buena perspectiva de sí misma y su exquisita forma de ponerse guapa. En ese sentido las hijas de Afrodita eran muy generosas, oh, sí. Tenían dispuestos sobre la mesa un juego de pendientes muy elaborados, al más puro estilo instrumento de cirujanos preparándose para una operación a vida o muerte mientras planteaban pros y contra sobre cuál llevar para la siguiente incursión y cuál no.

—Yo que vosotras me decantaría por el modelo Van Gogh —aconsejó Thalía, deteniéndose al llegar a la altura de las tres chicas, arrebatándole el par de pendientes que sostenía la rubia y colándoselos en el escote a ésta—. Lo que necesitáis es una amputación de oreja radical. De ese modo no tendrías que discutir sobre qué pendiente dice «mira, soy una guerrera».

—Pues lo que tú necesitas es un estilo «así me trajo mi madre al mundo» —replicó Selise, estirando el brazo hacia su hermana de caza y pintarrajeando una línea de puntos de parte a parte de la cintura de la blusa de cadenas y calaveras de Thalía—. Lo que necesitas es un cambio de moda radical. Urgente. Para llevar eso puesto, chica, mejor no lleves nada. No te vendría mal el estilo nudista. Piénsatelo.

—¡Ah, pequeña, pequeña! —se mofó Thalía—, lástima, pero hoy no hay gloria para tus ojos.

—Entonces deja que me consuele con estas perlas —se sacó los pendientes del escote y los besó reverentemente; luego blandió el puño contra Thalía—. Y nunca vuelvas a entrometerte entre la moda y una adoradora del glamour.

—Adoradora de Satán, más bien —corrigió Thalía, echando el brazo hacia atrás y agarrándome de la mano, alejándome de la visión del escote de Selise—. Con esos pendientes que más parecen sacados de una zona de tortura del infierno... Te pega más. Piénsatelo —añadió por encima del hombro mientras reemprendía la marcha, tirando de mí.

No muy lejos de donde se sentaban Selise y sus dos colegas de glamorosa moda, Los hermanos Stoll, Travis y Connor, cuchicheaban entre sí en la segunda mesa mientras obedecían a un impulso genético relacionado con los pechos de una de las hijas de Atenea -supuse, por el gris de sus ojos, idénticos a los de Annabeth- orgullosa poseedora de un escote que luchaba para intentar contener dos enormes pechos. No podía culparle: la chica vestía ropa muy ajustada y sus pechos XXL atraían la atención del mismo modo en que el polo norte atrae a una brújula.

—Se os van a salir los ojos —dije, dándoles una amistosa colleja a cada uno.

—Valdrán la pena esos últimos minutos de vista —aseguró Connor. Con esfuerzo, apartó la mirada del voluptuoso escote y nos miró—. Aunque, bueno... —me sonrió ampliamente—, esta visión tampoco está mal. ¿Eh? —le dio un codazo a su hermano, quien subrayó sus palabras con animados asentimientos de cabeza.

Sacudí la cabeza mientras las ganas de reír batallaban con la exasperación.

—Qué halagador por vuestra parte —arrugué la nariz—. Pero lo estáis haciendo mal, chavales. ¡No os comportéis como aficionados! La mejor manera es esforzarse por recopilar máxima información por el rabillo del ojo y luego darle manga ancha a la imaginación para que vuele a construir un modelo en seis dimensiones.

Por encima de sus risas, Thalía dijo en un susurro:

—¡Te sorprendí! Le estabas mirando de reojo sus, esto, pe... ndientes.

—¿Sí? Esa era la idea, el consejo —me dirigí hacia los hermanos—. Mirarme las tetas no os concederá oportunidad alguna conmigo.

—«¿Oportunidades contigo?» —Repitió Travis—. Aunque me encante cómo suena esa frase, preciosa, tenía entendido que ibas pasito a pasito hacia la salida del armario.

—No hay ningún armario, ¿de acuerdo, orejas de duende? —protesté, mientras a mi lado, Thalía hacía esfuerzos por mantener la cara seria y no echarse a reír—. No hagáis caso a todo lo que dice Annabeth. A veces hasta ella se equivoca. Soy cien por cien amante del sexo opuesto. ¿Vale? Me gradué en heterosexualidad en la Academia de cortejo y seducción de Afrodita y todo.

—Si tú lo dices... —comentó Travis, poco convencido.

—Soy yo quien sabe qué me gusta y qué no, ¿no? —Silencio—. Bueno. Bien. ¿Y a parte de sudar testosterona con las dos XXL de esa chica, qué se supone que hacéis?

—Fortalecimiento de retención de líquidos —contestaron a la vez. —Traducción: aguantar el tipo para no ponerse a babear a sus pies.

—«¿Fortalecimiento de retención de líquidos?» —Thalía los miró, confundida—. Pero si no estáis bebiendo nada.

—¿Que no sabes qué retenemos? —preguntó Travis con voz tan sorprendida, que seguro que Thalía pensó que la tachaba de ingenua, a juzgar por su sonrojo. La pobre estaría arrepintiéndose de haber abierto la boca para otra cosa que no fuera dar el cordial saludo.

—Es mi angelito —intervine; era mi turno de aguantar la risa—. Mi casto y virginal e inocente angelito. No la mancilléis explicándole lo que su cabecita pura no necesita saber.

Vete a la mierda —me dijo Thalía, soltándose de mi mano y a punto de darse la vuelta y dejarme plantado sin más.

—Si es contigo me voy a donde haga falta —contesté. Después esbocé una sonrisa de «sí, soy un tonto de remate, pero ambos sabemos que también soy irresistible», y le fue imposible no devolverme la sonrisa.

Connor le susurró algo a su hermano que sonó parecido a «y luego para que diga que no hay armario; heterosexual, sí, ja, y el flirteo es una raza de pingüino en extinción proveniente de Marte», pero cuando los miré mantuvieron idénticas expresiones de cándida inocencia en la mirada.

—De igual forma, deberíais centrar vuestras neuronas en cosas más importantes —les riñó Thalía—. La guerra que libramos, por ejemplo.

—No descuidamos a los monstruos —protestó Connor—. Pero a nadie le amarga un dulce mientras tanto.

Travis me miró pensando en la desgracia que debía ser para mí tener cerca a una cazadora de Artemisa un poco (según ellos) cuadriculada (según ellos) o sea, a Thalía. Vi la oportunidad de reírme un poco de ella. Sonreí a Travis con una mueca que quería decir: «No te preocupes, la chica es así de aguafiestas, ya estoy más que acostumbrado», la agarré del brazo y seguimos adelante, hacia donde Beckendorf soltaba a Chris su diarrea de palabras sobre herramientas y forjas.

—Ya lo dije, si no se hace como aquí se habló, corremos el riesgo de perder. Quiero que esta vez golpeéis desde el sur —la sonora voz de Clarisse nos fue llegando más nítida a medida que reducíamos distancia.

El alto campista a quien hablaba Clarisse alzó las manos en un gesto de frustración.

—Pero la última patrulla que hizo la incursión ya atacó desde el sur. Y hace poco, además. Mejor entrar esta vez por el este.

—Ésa no es la cuestión —replicó la hija de Ares—. Los sheks lo harán desde el este; ya sabes lo poco predispuestos que los vástagos del Tártaro están a vérselas con ellos. Se trata de que cuando los monstruos intenten huir de las haladas serpientes, no tengan más remedio que pasar por donde estemos. Delante nosotros, atrás los sheks. Es evidente a qué grupo preferirán intentar hacer agujeros. Y entonces sólo les quedará luchar o morir. Habrá pocos semidioses renegados; se distribuyen y reparten bien. No es a ellos a los que debemos matar.

—Pero...

—Te lo digo en serio, Bligthon, puede hacerse —insistía Clarisse—. No te pido que te guste la idea; de hecho es que me importa un bledo que te disguste o no la idea. Limítate a transmitir la orden y a obedecer. Varios ya lo hemos estudiado; todos la hemos aceptado. Puede hacerse. Es una decisión unánime del Consejo. Va a hacerse. Cúmplela.

El alto campista saludó llevándose un puño al corazón mientras Clarisse se volvía hacia una campista, hija de un dios menor, que acababa de entrar en tropel en la sala.

Una figura de negro captó de improviso mi atención; en un primer momento creí que se trataba de Christian, por esa su costumbre a ir en plan funeral por la vida, pero el shek no era canijo, ni mucho menos. Se trataba de Nico. Estaba apostado en el rincón más lejano, a todas luces queriendo escapar de ese agobio de humanidad; a su lado, Rachel conversaba con Victoria -quien sostenía sobre el regazo a una gata ronroneante de lustroso color canela-y con Percy.

—Así que tú eres su nueva mejor amiga —comentó Nico cuando nos aproximamos a la tercera mesa, esta más elevada y larga, ocupada por Clarisse y por sus abruptas órdenes, sobre todo por sus abruptas órdenes.

—Sí, y he sobrevivido de momento para contarlo —alardeé.

Rachel y Percy soltaron una especie de carcajada que fue inmediatamente reprimida por la mirada asesina que Thalía les lanzó, así que ambos agacharon la cabeza y se limitaron a volver a hacerle carantoñas a la gata de Victoria, lo que les dio a los dos un aire de doctor Maligno, de Austin Powers, cuando se emocionaba frotando la cabeza de su gato.

—Pero si quieres te cede el lugar —ofertó Thalía.

—¡¡¡¿¿¿Eiiih, en serio???!!! —Se mofó Nico dando saltitos sobre la punta de los pies con fingido entusiasmo—. ¡Chachi! ¡Qué ilu! ¡No me lo propongas dos veces, no vaya a ser que al final te diga sí, sí, sí!

—¿Aún no lo has superado, cierto? —preguntó Thalía haciendo caso omiso de su aire de suficiencia.

—¿Superar? ¿El qué? —se desconcertó Nico.

—Lo de Bianca —respondió Thalía con vehemencia—. Que tu hermana jurara lealtad a Artemisa.

—Por si no te has dado cuenta, ninguna hermana mía forma parte de ese rebaño de cabezas huecas que son las hijas de Artemisa —le espetó Nico—. Murió. ¿Recuerdas?

—Me acuerdo. Claro que me acuerdo. Y lo siento. Siempre lo lamentaré. ¿Pero te atreverás a echarnos la culpa a nosotras? —Se ofendió Thalía—. No es justo.

—Lo que no es justo es que ella me abandonara por unas chicas sexistas, masculinistas, que además eran momias por tantos siglos viviendo —replicó Nico, las manos cerradas en puños. ¿Momias? Oh, aquello era muy bueno. Me apunté mentalmente: convencerle de que done su cerebro a la ciencia—. Pero no os hecho la culpa. Claro que no. Quizás a vuestra diosa querida, pero a vosotras, huecas sexistas, no.

—Cuida tus palabras —le convino thalía, furibunda—. Soy la capitana de ése rebaño de cabezas huecas que dices. Y una de esas momias también.

—Y además sólo yo puedo meterme con ella —añadí, dándole unas palmaditas en la espalda con tanto significado de simpatía como de advertencia—. Nadie más. No delante de mí.

—Habrá que darte una medalla —planteó Nico—. Tiene mérito tu aguante con esta... cazadora.

—Piérdete, Nico. ¿No te lo he dicho ya suficientes veces? —Gruñó Thalía—. No las suficientes, al parecer —murmuró para sí.

—Me perderé... después de ti —dijo el otro, arrastrando palabras en la boca y una silla por el suelo, regalándola después una mirada desdeñosa y una sonrisilla socarrona—. ¿Quieres sentarte? —Me señaló el asiento—. Para ti.

—¡Qué caballeroso! —exclamé—. Gracias, chavalín.

—«¿Chavalín?» —Repitió Nico—. ¿Quién dice «chavalín» hoy en día?

—Pues yo —presumí—. ¿Por qué? ¿No te gusta?

—Es su modo de ser —me defendió Thalía. Nico sonrió, escéptico, pero dejó que la otra terminara de hablar—. Chapada a la antigua, sí, pero, ¿qué le vamos a hacer? la nena es así.

Sintiéndome incómodo bajo el escrutinio de la mirada del hijo de Hades, miré hacia otro lado, buscando un refugio seguro para el par de penetrantes ojos negros. Fingí que el título que coronaba uno de los lomos abandonados en el otro lado de la mesa había atraído mi atención; me levanté y fui hasta ahí.

En el fondo de la estancia, Annabeth tenía la nariz hundida en un libro tan grande que por sí solo constituía un arma a blandir en caso de apuros. A su lado, Jack y Silena charlaban amigablemente, encontrando la espalda del chico apoyo en la puerta del fondo, perteneciente a la cámara donde se guardaban las armas, una pequeña, de hierro, adornada con grabados de dragones, pero la rubia no parecía dispuesta a entablar conversación con cualquier otro que no fueran las letras pequeñas, negras y apretadas del tomo envejecido que reseguía con los dedos.

—¡Ares bendito! —Exclamó Clarisse cuando nos vio llegar, llevándose una mano a la frente en teatral gesto de conmoción—. Solo llegáis cinco minutos tarde. Si admitimos que quizá mi reloj es de todo menos superdotado y que sufre de retraso analógico, esto podría significar que habéis llegado puntuales, dentro del margen de los diez minutos de cortés rigor de toda cita laboral. ¿Cómo pensáis explicaros?

—¿Tal vez que sentíamos muchas ganas de volver a ver tu radiante y amable y dulce cara? —contesté.

—Deberías tirar confeti por los aires —comentó Thalía mientras tomaba asiento—. Estamos aquí por ti, dulce y amable Clarisse. ¿Verdad que sí? —Me sonrió de soslayo—. Sólo por ti.

—Por supuesto.

—Dejaos de peloteo —espetó ella.

—¡Ajá! Ahí lo tienes —chasqueé—. Justo lo que echábamos de menos. Uau, Clarisse, lo tuyo es pura dulzura.

—Voy a ahorrarme la saliva porque paso de contestaros —Clarisse suspiró. Parecía estar en uno de esos momentos de «soy muy diva para rebajarme a tu nivel», tan típicos de Silena—. ¿Por qué no mejor empezamos a planificar?

—¡Silencio cuando habla la jefa! —Beckendorf se había puesto en pie y su voz tronó fuerte y rotunda, como si fuese un dios colérico al que sus reservas de paciencia se hubieran ido a pique.

La sala quedó muda de golpe, de forma brutal e instantánea, incluso Dama, la gata de Victoria, pareció agachar la cabeza, encogida en el regazo de su dueña. Chris se levantó y situó en un punto equidistante entre Beckendorf y el resto de campistas que llenaban la sala, de pie. Ver a Beckendorf, el siempre tranquilo y pacífico Beckendorf en plena explosión de señorito Rottenmayer era una experiencia que intimidaba. Y creo que no era el único en pensarlo, de ahí que el hispano Merodease cerca del hijo de Hefesto, como si fuera un poli segurata.

—Carai, Charles, qué pulmones —se maravilló Clarisse—. Gracias. —Se volvió hacia la acallada congregación de semidioses—. Me han transmitido un chivatazo importante: esta mañana, de vuelta a Limbhad, cuando el grupo se ocultaba durante la incursión, oyeron a unos mestizos renegados hablando entre ellos. El Tártaro planea utilizar a los mestizos cautivos o sus cadáveres para frenar lo que enviemos contra ellos, ya sea lanzas o flechas o piedras. Embotar sus armas usando a quienes más queremos o añoramos. Conducir a los cautivos por delante de ellos, obligarnos a enfrentarnos con nuestros amigos desaparecidos o con espíritus poseyendo los cuerpos de quienes cayeron en guerra y obligarnos igualmente a pelear contra ellos, sus caras y memorias.

Gruñí mi descontento y bajé la mirada hacia las manos que había cerrado en puños. La habitación volvió a llenarse de discusiones. Todos querían aportar modos de cómo proceder ante esa nueva táctica.

—¿Cuántos monstruos son? —pregunté—. ¿Cuántos renegados quedan?

Clarisse abrió la boca, pero otro de los hijos de Ares, uno que había llegado a tiempo de escuchar las últimas noticias, me respondió en su lugar:

—No sabemos cuántos semidioses traidores quedan; monstruos hay aún, y para llenar por sí solos Limbhad. Puede que estén heridos, pero son un toro herido enfurecido. Ahora tienen nuestro campamento a la vista, más fortalecido que nunca, pues los sheks lo custodian noche y día. Lo único que pueden hacer es avanzar y atacarlos, o huir de ellos para enfrentarse a nosotros. Pero si es cierto que hay titanes de por medio, como sospechas, Lucy, la huida no es una opción que vayamos a presenciar.

—Dadme mapas —pedí—. Necesito ver cómo están posicionados los nuestros.

—Tenemos a los hijos de Atenea descendiendo desde el norte —comunicó Percy, empujando un mapa por el largo de la mesa hasta mí—, y a los de la cabaña de Hermes cortándoles el paso desde el sudoeste. Ethan o quien sea que lidere las tropas del Tártaro cometió un error al retirarse de su primer asentamiento, el risco. El nuevo terreno es rocoso, embarrado y traicionero, en el mejor de los casos. Ahora tienen que combatirnos o huir en dirección a casa. Con sheks o no sheks guardando la frontera de nuestro camping mestizo, Tenemos que liquidarles. Ésta puede ser nuestra única oportunidad. —Se pasó el índice y el pulgar por la tersa barbilla—. Con todo, no estamos seguros de su número. Sólo podemos suponer y hacer conjeturas y partir de un número aproximado.

—¿Han abandonado el risco? —El recelo culebreó por mi espalda—. No tiene sentido. ¿Y por qué haría Cro... Ethan algo así?

—Bueno —respondió Percy—, es la vía de escape más corta para regresar al Tártaro. O el paso más lógico en caso de que todo sea un ardid y quieran hacernos creer que buscan regresar al Tártaro.

—Tú mismo lo has dicho: salen del Tártaro. Ceder, aunque sea unos cuantos kilómetros de terreno, no es algo que va con ellos. Sospecho más bien que se trata de lo segundo. Aquí hay trampa; gato encerrado, como dirían los mortales.

Aparté la vista del mapa para responder a la silenciosa pregunta que brillaba en los ojos color mar de Percy.

—Lo sé porque es obvio; con un poco de conocimiento en estas tácticas guerrilleras, es relativamente fácil preveer las trampas del enemigo, o más bien intuir que hay una nueva trampa preparada donde buscar hacernos saltar. Ni los monstruos ni los semidioses renegados ni el resto del ejército del Tártaro se darán por vencidos. Ahora parecen acorralados. Pero, ¿cuánto tiempo pasará, dime, antes de que quien los comande encuentre algo nuevo que conjurar y lo envíe contra nosotros? —Paseé la mirada por las personas que me rodeaban—. ¿Cuántas veces hemos pensado que teníamos la batalla controlada para que luego resultase todo lo contrario? Decidme. ¿Cuánta de nuestra gente ha sido asesinada por el elemento mágico de los semidioses renegados, por el don de los propios monstruos... por los titanes?

—Pero es que aún no estamos seguros de que haya... —empezó a decir Katie Gardner.

—¿Qué, titanes implicados? —terminé en su lugar; me volví colérico hacia ella—. ¿Cuántas decenas han muerto por sospechosas fiebres? ¿Cuántos otros muchos se han cubierto de ampollas y desangrado hasta morir al ser tocados por extraños entes que ninguno de los nuestros ha conjurado? ¿Cuántas hectáreas de nuestro campamento se han borrado del mapa, de la noche a la mañana, sin rastro alguno? ¿Y todavía pones en entredicho que la mano de uno de los gigantes esté implicado?

Respiré hondo. Me obligué a tranquilizar el pulso. Cuando nadie habló, seguí diciendo:

—Hemos necesitado de días y noches enteras para regresar del borde del abismo. Retirada falsa o no, la guerra ha dado por fin un giro en nuestro favor: el enemigo huye. Ahora tenemos tres opciones. La primera opción es dejarle huir a casa y esperar que regrese para volver a infligirnos su brutalidad, aunque tened por seguro que será sólo cuestión de tiempo que vuelva a intentarlo. Eso deja dos opciones realistas. O bien podemos perseguirle hasta su guarida y matarle de una vez por todas a expensas de las vidas de miles de nuestros propios amigos… —alcé bien alto la cabeza—, o yo puedo poner fin a esto.

—¡No! —gritaron Annabeth y Thalía a la vez.

Percy me evaluó con la mirada. Chris echó ojeadas inquietas al mapa que aún se extendía frente a mí, encima de la mesa.

—¿Tú? —Se extrañó Clarisse—. ¿Tú sola? ¿Te has vuelto majara o qué?

—No seas suicida —Annabeth abandonó su lectura y acudió rauda a la mesa con el mapa, y finalmente Jack, Selise y Silena hicieron tres cuartos de lo mismo—. Todavía tenemos otra opción —declaró, barajando con el dedo posiciones estratégicas que podrían valer para un contragolpe—. Podemos usarla para obtener el mismo efecto sin necesidad de usarte como sacrificio.

—Annabeth tiene razón —repuso Thalía—, y lo mismo sucede con el consejo. Debemos ver qué otras alternativas tenemos. No es posible que lo único que se te ocurra sea que te lancemos sobre ellos. ¿Acaso eres una granada? ¿Una bomba de relojería? Te aprec... apreciamos tu vida más de lo que pareces hacerlo tú, por lo visto.

—¡Pero...!

—Pero nada —atajó mi protesta asestándome hielo con la mirada.

—Has planteado tres opciones —recordó Jack—. La primera queda descartada. La tercera también. No estoy muy a favor de la segunda, pero creo que ahora mismo es la menos arriesgada. —Posó una mano sobre el hombro del hijo de Ares, el primero en exponerme la situación, y se inclinó hacia él—. Di al cabecilla que esté a cargo del grupo de la siguiente incursión que mantenga la posición en el paso sur. Que no abandone su puesto, sino que lo defienda. Dile que divida a sus hombres. Que deje a la mitad en una dirección. Así cubren más campo a vigilar. Hay que impedir que las fuerzas de ése... tártaro, cambien de idea. Y dile que lleve al resto del grupo a la frontera, para ayudar a los sheks a cortar cualquier vía de escape. Hay un punto débil en la frontera; el vellocino está fallando. Parece que ha sido envenenado. Ahí radica nuestra preocupación. Por más sheks que haya defendiendo las entradas del camping, los monstruos saben que la protección mágica de ése vellocino es cada vez menor, una idea que los alienta a seguir el asedio.

El campista enrojeció violentamente.

—¿Dividir al grupo? ¿Cuando no querrán enfrentarse a los sheks e irán todos raudos hacia nosotros, hacia nuestra emboscada? Pero ¿por qué? ¡Podemos abatirles si somos muchos, divididos y pocos no hacemos nada! Es más, ¡deberíamos ir a su encuentro y no darles concesión a que corran ellos a nosotros!

Los ojos color verde de Jack giraron hacia el hijo de Ares.

—¿Y sabes tú qué aguarda en ese nuevo territorio donde se han apostado? —Su voz era como agua plácida fluyendo entre el barullo de voces que rugía por todas partes, queriendo hacerse entender—. ¿Sabes tú cuántos hombres morirán si el líder de ése ejército tiene algo esperándonos en ese terreno aparentemente pedregoso, si hay una trampa que no podremos esquivar? ¿Cuántas vidas mestizas nos pueden costar lo que propones? ¿Cuántos de nuestro bando morirán sólo para que podamos derramar la sangre del enemigo en su propio terreno… un terreno que no conocemos como lo conocen ellos?

—¿Y cuántos de los nuestros morirán si no eliminamos su capacidad para volver a atacarnos otro día? —Contraatacó el semidiós—. Debemos perseguirles; no esperar de brazos cruzados a que huyan de las serpientes... si es que huyen al final. Ethan jamás descansará. Se pondrá a trabajar en alguna otra cosa que nos haga picadillo mientras dormimos. ¡Debemos darles caza y matar hasta el último monstruo o renegado!

—Estamos trabajando en eso —repuso Jack enigmáticamente, compartiendo una mirada de soslayo con Rachel, Silena y Victoria—. Estamos en ello.

Me mesé los cabellos, frustrado, e hice una mueca sarcástica.

—O en vez de eso podríais dejarme actuar y poner fin a esto de una vez por...

—¡Basta! ¡No insistas con eso! —estalló Thalía. Varios campistas, entre ellos tres de sus hermanas de caza, se la quedaron mirando con manifiesta sorpresa. Ella suspiró, me dio violentamente la espalda y se dirigió hacia Clarisse—. Sigamos. ¿En qué otros lugares has mandado asentar a los nuestros?

Y la reunión continuó sus buenas dos horas, con Clarisse, Percy y Annabeth como filtros de aceptación o rechazo de las mismas. En todo aquel tiempo, Thalía no volvió a dirigirme la palabra. Rachel no hablaba, pero cuando lo hizo su voz atravesó el barullo y cayó en nuestros oídos con la misma claridad que un tañido de campana, llamando a asistencia a una misa de difuntos.

—Acordéis lo que acordéis —dijo—, el enfrentamiento final tendrá lugar dentro de dos días. Tenedlo en cuenta.

Y sin añadir explicación alguna ni concesión de tranquilidad al asombro de los rostros que la miraban, se dio media vuelta y desapareció en el hueco de la puerta. Sólo Nico asintió a sus palabras. Se puso en pie, se dispuso a seguir los pasos de la chica. Antes, se detuvo en el vaho de la entrada y nos abarcó con su oscura mirada a todos los ahí presentes. Sentí un escalofrío. Sus profundos ojos no se apartaron de los míos cuando repitió:

—Tenedlo en cuenta. —Se lo decía a todos, pero en verdad estaba transmitiendo un mensaje.

A mí.

Sólo a mí.

El día siguiente anocheció oscuro y amenazador, con una niebla persistente que se pegaba al suelo y lo envolvía todo en un silencio opaco. El mundo parecía haber cambiado desde la última vez que abandonara Limbhad y pisara la Tierra, como si acechara, agazapado, y los árboles semejaban oscuros y retorcidos esqueletos en medio de la bruma.

Tratando de concentrarme en la respiración para no emitir sonido alguno junto a Beckendorf, Silena, Thalía y Victoria, espié a la figura solitaria que, de cuclillas sobre una rodilla, nos daba la espalda y que espiaba a su vez el entorno, en busca de nuestras fuerzas. La figura, perteneciente a un mestizo, agarraba en una mano una lanza corta con el extremo plantado en la arena, aunque dos más aguardaban en el suelo.

Delante, Christian se agachó y se alejó de nuestro escondite, confundiéndose con las sombras de la luna. Esquivó unaenredadera cubierta de púas finas como agujas. Fue avanzando hacia la figura, deteniéndose de cuando en cuando y avanzando de nuevo. Me quedé helado cuando el mestizo giró la cabeza y lo pilló a dos pasos de distancia. El renegado se puso en pie de un salto, pero los reflejos de Christian nunca habían sido normales. Además, estaba lo suficientemente cerca para arrebatarle el arma. Y eso hizo. Mientras el mestizo giraba sobre sí mismo, prestándose a la lucha, Christian volteó la lanza arrebatada y lo golpeó a un lado de la cabeza. El semidiós se desplomó en el suelo como un saco de patatas antes de poder emitir alarma o quejido alguno.

«Uno menos», pensé al tiempo que todos nos enderezábamos e íbamos al encuentro de Christian; «y no ha hecho falta matarlo. Siquiera pelear».

Kirtash no nos dedicó ni media ojeada de soslayo al aproximarnos a él. Miraba con intensidad en una dirección, el cuerpo lánguido pero tenso, pero cuando Victoria se situó a su lado musitó con voz tan suave que tuve problemas para oírlo, y eso que las palabras las había proyectado directamente en la mente:

—Preparaos. Nos rodean.

Una figura surgió de la oscuridad.

Y otra más a su lado.

Fueron apareciendo más y más.

Y antes de poder intercambiar una breve mirada inquisitiva con Thalía, ya estábamos rodeados. Por un buen conjunto de mestizos renegados. Las formas llevaban ropas holgadas de color negro y verde musgo, lo que les permitía fundirse con el entorno. Una tela les cubría la cabeza y solamente dejaba al descubierto sus ojos, que relucían con feroz determinación.

No había lugar al que huir.

Christian fue avanzando lateralmente hacia delante, con toda la intención de continuar y avanzar a pesar del cerco que aquellos cernían sobre nosotros. Las formas se movieron con él, a medida que otras más se añadían. Giré sobre mí mismo para observarlas. Luego describí un estrecho círculo, moviéndome siempre hacia atrás, tratando de no perder de vista a ninguno de los brazos de aquella nueva amenaza.

Alcé a Backbiter justo al frente.

Y entonces el primero atacó. Gritando, fue derechito hacia Kirtash. Éste lo aguardó, impasible, y lo esquivó en el último momento, igual de impasible. El impulso llevó al mestizo a casi perder el equilibrio; segundos que el idhunita aprovechó para situarse a su espalda. Dejó que el semidiós se diera la vuelta y encontrase de frente sus glaciales ojos azules.

Ojos que se clavaron mortíferos en su cerebro.

Ojos que cesaron sus constancias vitales igual que si lo hubieran hecho dos dagas filosas.

No había terminado de desplomarse, muerto en el suelo, cuando el shek se volvió raudo y Haiass, su espada de hielo, chocó filo con la de un renegado que se le había aproximado. Impasible, rechazó la estocada dirigida a su estómago. Sereno, la espada de hielo zumbó en el aire y cercenó la mano del arma que lo amenazaba. Sin titubeos, contraatacó: separando de un tajo cabeza y tronco.

En su quietud exterior, uno se le aproximó por la izquierda y Christian giró siguiendo el asalto, dejando que pasara junto a él sin tocarlo. En vez de asestar una estocada, volvió a esquivar el choque frontal; se benefició del impulso de la arremetida, dejando que su atacante se tambaleara y cayera al no poder establecer el contacto que esperaba. Rauda, Haiass bajó para asegurarse de que no se levantara. Instantáneamente otro ocupó el lugar del caído, haciendo girar la lanza. Christian dio de nuevo una vuelta sobre sí mismo y cuando el mestizo pasaba a su lado, usó la espada para quebrarle el asta de la lanza en dos. La punta de otra lanza trataba de clavarse en su cuerpo, pero Christianrepelió la mano que la dirigía poniéndole un pie en el pecho al mestizo y marcándole en el tórax una cruz mortal.

En el aire volaba la sangre y fragmentos de carne y hueso. El suelo acogía todo tipo de restos y fluidos, bárbaros, campistas, mestizos. Kirtash se deslizaba entre sus asaltantes con fluidez, un fantasma hecho de filo y hielo.

Sin embargo, lo perdí de vista enseguida. Aunque verlo luchar era francamente admirable, sobre todo porque reconocía muchas de mis tácticas en sus movimientos y esquivos, yo también tenía atacantes a los que detener. Así que me sumergí en la lucha. Con la parte plana de la espada golpeaba una nuca, quebraba armas, paraba un ataque poniendo la zancadilla. Siempre ahorrando energías, dejando que fueran ellos quienes se agotaran.

Pero no sólo había mestizos. También monstruos. Y esos no eran menos difíciles de matar. Con cuanto más impulso venían a atacarme, con más rapidez reaccionaban mis contraataques. Pronto el clima estalló en tripas y sangre caliente, como un edredónrasgado al que se le desparraman sus rellenos. Me oí gritar. Me noté desplazar. Cuerpos y cuerpos caían bajo el acero de Backbiter, al tiempo que cabezas sin tronco de todas las especies tártaras se desplomaban al suelo. Dos hostigadores me atacaron al unísono desde lados opuestos, uno mestizo, otro un vástago. Rodeé con el brazo el cuello del renegado y le rebané el gaznate con una daga, mientras atravesaba con la cara correcta de Backbiter al monstruo. Los dos se desplomaron y los miré, jadeando.

A pocos metros, Beckendorf empezó a luchar con una lanza hurtada hasta que se le rompió, y a partir de entonces, las manos desnudas fueron su mayor herramienta de contraataque. A pesar de su corpulencia, el chico se movía con agilidad, furia y precisión, pero para mí, que estaba cerca, ya no existía ni él ni el shek ni nadie, sólo la abrasadora violencia de mi espada al chocar con otra espada, el dolor de las hojas que lograban traspasar mis defensas, una puñalada en el estómago esquivada por los pelos, un cuerpo arrojado al suelo y empalado por el vientre gracias a una espada.

Horas más tarde, me descubrí desplomado en el suelo, una pierna extendida y otra torcida en un extraño ángulo. Levanté la cabeza del fornido pecho de un cadáver helado de un mestizo. Abatido, recordé cómo el desmayo me había encontrado al inclinarme al ir a socorrerlo, haciendo lo que nunca debía hacerse en una pelea: descuidar la espalda.Debido a la fatiga, había olvidado prestar atención. No obstante, me habían salvado mis reflejos, y lo que debería haber sido una estocada mortal se quedó en un tajo superficial que me había tenido desmayado, fuera de combate por a saber cuánto tiempo.

«Y así la gente acaba muerta», pensé… «Por la falta de atención a los detalles o el exceso de confianza».

Con pesarosa repugnancia, me aparté del fallecido cuerpo y me senté en el suelo. Tenía que rondar ya la media noche. Usé los nudillos para frotarme los ojos y eliminar así la oscuridad interior que intentaba atraerme con sus tentáculos negros, espantando de paso a la oscuridad de la noche. Se hacía difícil ver en la débil luz, pero tras un considerable esfuerzo pude distinguir que el suelo estaba cubierto de cadáveres, heridos o simplemente mestizos o criaturas agotadas. Monturas, al igual que mestizos, sátiros, centauros y demás, yacían por todas partes, inmóviles, sin vida, desgarrados los cuerpos por heridas espantosas.

«Curioso que Los campos de batalla cambien», me dije… «Pero la batalla en sí, no».

Escruté los alrededores. Me encontraba en medio de un lugar donde todos se habían desplomado agotados. Aquí y allí, flechas y lanzas sobresalían del suelo. Habían caído como lluvia dolorosa y letal, pero no habían sido suficientes. Los pocos indemnes corrían de un lado a otro, buscando a conocidos, transportando a heridos, o llevando mensajes e informes. No pocos permanecían sentados, mirando a la nada, deambulando aturdidos en su mundo propio de dolor y caos.

Sentía un dolor sordo en la parte posterior de la cabeza. Un humo acre flotaba espeso como niebla y el aire apestaba con el hedor asfixiante de la sangre. En varios puntos distantes vi el campo iluminado con focos anaranjados de hogueras incandescentes. Gritos de dolor, esfuerzo o lamentación me arañaban los tímpanos. Los gemidos de los heridos se alzaban del suelo alfombrado de sangre y cadáveres para ascender en el glacial aire nocturno como fantasmas desterrados de sus cuerpos sanos.

Alcé la cabeza al oír las lejanas trompas. Me incorporé sobre los codos, tambaleante, preocupado por el lejano retumbo de caballos. Respiré con alivio. El toque indicaba la llegada de fuerzas amigas. Al pasarme una mano por la frente, advertí que llevaba las manos enguantadas en sangre reseca de aquellos que había intentado matar o socorrer.

La primera mitad de la incursión había ido tan bien como podía esperarse. La batalla se había alargado durante toda la primera noche con escaramuzas, y luego había estallado en toda su fuerza en la segunda mitad. Habíamos alcanzado el valle y conseguido atraer a los monstruos tras nosotros, hostigados por los sheks, lejos de las entradas al campamento mestizo, pero el coste en vidas había sido terrible. No teníamos dónde escoger si queríamos tener la oportunidad de enfrentarnos al ejército tártaro con cierta posibilidad de ganar la victoria final.

Por el momento, al menos, Cronos y su ejército estaban paralizados.

Aunque desconocía por cuanto tiempo.

Por desgracia, el tártaro era quienes habían salido mejor parados de la batalla en esta ocasión, con diferencia.

El retumbo de caballos se acercaba, pero no pude identificar ni dirección ni cantidad ni nada. De hecho, un único pensamiento copaba mi embotada mente: un par de ojos azul eléctrico.

-¿Thalía? -Luché por levantarme e ir a su encuentro, buscarla-. ¡Thalía!

El cuerpo no me obedeció. Sentía los huesos y músculos adoloridos. Tan pronto como logré separar un centímetro los brazos del suelo, volví a caer, falto de fuerza, goteando sangre pierna abajo. Sentía la leve brisa abriéndose camino por entre el desgarrón del pantalón y asentándose en la profunda herida que la espada, de mi atacante a hurtadillas, había abierto en mi muslo, del mismo modo en que notaba la rigidez de la tela contra la piel a causa de la tinta escarlata que escapaba de la cascada de la pierna.

Pero eso no importaba. Sólo Talía era importante. ¿Dónde estaba? Visto el panorama devastador que me rodeaba, combatiendo a vida o muerte, eso seguro. ¡Dioses, por favor, dónde estaba! Podía yacer muerta en cualquier parte del prado, o ir de camino a estarlo, y eso no lo podía permitir. NO podría tolerarlo. Necesitaba saber de su paradero. Cerciorarme de que seguía viva, que no la había perdido, que no la había pasado nada malo.

Como si pensar en ella hubiera servido de invocación, Thalía apareció repentinamente dentro de mi campo de visión, las ropas hechas jirones, ensangrentadas y en algunas zonas también chamuscadas,y se agachó junto a mí sin titubeos ni remilgos por lo embarrado de la mugre y la sangre, utilizando su propio cuerpo como escudo contra cualquier cosa que intentara alcanzarme.

Su rostro estaba lívido, lleno de churretones de sudor y pelo lacio que se le pegaba a la frente, y en la expresión reinante de su semblante se percibía rebosante lástima y dolor. Aun con la vista borrosa, escudriñé ansioso el resto de su persona, tratando de averiguar qué parte de su cuerpo había resultado lastimado, angustiado porque tuviera la más pequeña de las heridas.

Sin embargo, prodigio de milagros, Thalía parecía estar indemne. Durante apenas un instante, mientras clavaba la mirada en sus ojos azules, creí que se echaría a mis brazos y prorrumpiría en lágrimas de congoja. Me equivocaba. Me sujeté a su brazo y procuré incorporarme, pero su mano voló rauda a mi pecho para evitarlo.

Sentía el río de sangre resbalando por la espinilla, y la herida, abierta por encima de la rodilla, era un nudo de dolor que aumentaba cuanto más me palpitaba la sangre.

Suave pero firme a la vez, me obligó a continuar tumbado. Sus ojos continuaban tan azules y penetrantes como siempre, pero en esta ocasión estaban bañados de angustia, estupor y miedo. Y entonces comprendí que la chica no sentía ningún dolor físico. Y, de ser así, o bien era muy leve o bien lo disimulaba muy bien. No. Estaba dolida por mí, preocupada ante todo por mi suerte.

-Estoy aquí, estoy aquí, no temas. -Se inclinó un poco más sobre mí, sus cabellos creando oscuras cortinas contra el ensangrentado mundo-. Sólo permanece quieto y tumbado, ¿sí? Voy a conseguirte ambrosía. Vas a sanarte. Tienes que sanarte. Has recibido... -Su voz flaqueó por un breve instante pero pronto retomó la compostura-.Has recibido una herida en el brazo. Voy a...

-No -sujeté con más fuerza su brazo; la voz me salía en un ronco susurro-. No, quédate, no te vayas, no me dejes. Quédate aquí, donde sé que estarás a salvo... Necesito saber que estás bien, que no te pasará nada. O si no llévame contigo. Lo buscaremos entre los dos. Te ayudaré.

Ambos sabíamos dónde estaba la ambrosía. Y hacer el camino ida y vuelta, era una espera doble. Y estúpida. Y peligrosa, teniendo en cuenta la cantidad de sangre que perdía por momentos. Pero, por otra parte, andando iba a perderlo de todas formas, por lo que... Thalía me miró, y no fue difícil imaginar lo que pensaba. Con semejante herida en el muslo, no podría moverme. El pensamiento de que Thalía volviera a ponerse en riesgo por mi culpa, que, aunque poco, podía cubrirla las espaldas, me infundó la fuerza necesaria para ponerme en pie y no flaquear. Ignoré sus protestas y sus intentos de inmovilizarme en el sitio.

-Si vas, yo voy -dije, hablando por entre la mella de los dientes apretados y haciendo caso omiso del sudor que me corría copiosamente por la frente-. No volveré a dejarte sola. No más.

Viendo que no podría hacerme cambiar de opinión y que no convenía llevarme en esos precisos momentos la contraria, Thalía me aferró con fuerza del brazo, presta a sujetarme en cualquier momento, pero antes de que diéramos incluso dos pasos, ella se detuvo en seco. Alzó el brazo libre al cielo y, con un ademán casual, levantó una fuerte corriente. Y, de súbito, ahí estaba el bote de ambrosía frente a nosotros, atrapado por una bocanada de aire que también traía el olor inequívoco y asfixiante de la sangre, la muerte, las heridas abiertas que luchaban por refrenarse.

-Ser la hija de Zeus, el dios del aire -comentó mientras se apresuraba a abrir el bote-, tiene sus ventajas. A veces olvido qué clase de prodigios es capaz de hacer este poder.

Ambos nos giramos para mirar en dirección al retumbo de los cascos.

Bizqueé y vi a lo lejos a mestizos que se desperdigaban ante una masa de jinetes que se acercaban. El suelo retumbaba con el avance de los caballos sobre el suelo empapado en sangre. Los campistas agitaban los brazos como si saludaran. Unos pocos profirieron débiles vítores, pero fueron muy escasos. Muchos señalaron en nuestra dirección, encauzando a los jinetes recién llegados hacia Thalía y hacia mí.

En el resplandor oscilante de linternas que alumbraban sin control, observé a la columna de jinetes avanzando implacable en medio del frío aire nocturno, reuniendo campistas que los saludaban a su paso, sin detenerse por nada, eso sí, esperando que fueran los demás los que se apartaran de su camino. Cosa que de hecho así fue. Avanzaban sin pausa, como una estirpe fantasma surgida de su panteón familiar.

Hasta que vi quién iba en cabeza.

Sentada muy erguida y muy iracunda en un caballo que doblaba en tamaño un semental adulto y a la cabeza de la columna, estaba Clarisse. Matamoscas colgaba de su cadera izquierda y una sarta de cuchillos aguardaba a ser manchados en la cadera derecha. Su chaqueta ondeaba tras ella como un banderín enfurecido. Sus cortos mechones descendían llamativos a su barbilla, púas erizadas que advertían de peligro letal. No cabía duda del tono de mando y autoridad y enfado que emanaba de su porte.

Los nuevos caballos que traían refuerzos iban resoplando. Volutas de vaho surgían de sus ollares. Sus poderosas musculaturas se flexionaban bajo pieles lustrosas; lucían frescos, listos para entrar en acción, las colas moviéndose de un lado a otro, azotando sus flancos igual que látigos. Mientras cabalgaba entre los apaleados campistas, Clarisse paseó la fría mirada iracundapor entre los congregados a su alrededor. Escudriñó la escena que saltó a su vista con una mirada meticulosa.

Thalía agitó los brazos, de modo que Clarisse advirtiera nuestra presencia, pero pareció como si ella hubiese tenido puestos los ojos en nosotros desde el principio.

Clarisse tiró de las riendas de su montura con manos enguantadas, deteniendo al caballo, que se puso a dar patadas impacientes al suelo; señaló con la espada a un campista que estaba a mi derecha y exigió con voz que abrasaba más que un fuego al rojo vivo:

—Informa.

Nico levantó la pierna derecha por encima del cuello del caballo y saltó al suelo. Sus botas resonaron como un martillazo. Rachel, con su cabello rojo y cubierta de igual modo por un traje de cuero negro que la ayudaba a confundirse en la oscuridad, saltó asimismo de su caballo. La melena rojiza ondeó libre en el frío aire, y me pregunté si se daba cuenta del riesgo que corría al ser su aspecto pelirrojo llamativo, demasiado llamativo por su propio bien.

—¿Está bien? —preguntó a Thalía, dándome por desmayado, como mínimo, acercándose a pasos apresurados mientras se quitaba los guantes.

—Eso intento saber —murmuró Thalía cuando Rachel se acuclilló junto a ella—. Annabeth, ¿dónde está Annabeth? ¿Y Kirtash, Silena y Victoria... están bien? ¿Están todas las cazadoras bien?

Cualquier miedo que hubiese visto durante un instante desapareció de los ojos de Rachel. El oráculo dirigió una breve mirada iracunda en dirección al campo ensangrentado, luego devolvió la atención de su mirada en Thalía, ojos que eran como fuego verde.

—Viven. Es más de lo que muchos pueden decir.

La mirada iracunda de Clarisse se deslizó hacia los cuerpos de mestizos que yacían tendidos, inertes en el suelo. Al prestar verdadera atención a quién curaba Thalía, sus ojos se suavizaron con un vestigio de lástima ante la angustia que veía en el rostro de la cazadora.

—No puedes hacer nada por ella —le dijo a Thalía—, déjala.. Está en manos de los dioses. Y del báculo de Victoria. Que alguien corra a buscarla, por cierto. —La tregua de calidez en su voz y ojos desapareció a medida que su semblante recuperaba el rostro iracundo propio de la Clarisse que todos conocíamos—. Bien. Y mientras tanto, ahora me gustaría que alguien me dé un informe completo, de inmediato.

—¿Y Chris? —Inquirió con voz desmayada Thalía—. Iba contigo en el mismo grupo. ¿Dónde está?

Clarisse trabó la mirada con ella.

—Herido. Gravemente herido. Ahora, ¿alguien me va a dar el informe que estoy pidiendo? Mi novio está debatiéndose entre la vida y la muerte, pero yo debo estar aquí, liderando a los míos. Mi paciencia nunca ha sido grande, pero hoy, más que nunca, es escasa. No me pongáis a prueba. ¡Quiero que se me informe de lo que ha ocurrido aquí!

No cabía la menor duda sobre el tono de mando, o rabia, que emanaba de su voz. Elayne alzó un brazo en dirección sur.

—Las fuerzas del Tártaro, todas ellas, finalmente abandonaron el risco —se frotó la frente mientras intentaba pensar—. Queríamos atraerlos aquí arriba, a la zona de los valles. Nuestra idea era sacarlos a todos de la pradera, donde no podíamos contenerlos, no con ese terreno tan resbaladizo y peligroso, y hacer que vinieran aquí, donde teníamos una mejor posibilidad.

—Me consta.

—Como se habló en la reunión del consejo —prosiguió Alayne—, sabíamos que sería un error dejar que se desperdigaran en cualquier forma y dirección hacia los pueblos mortales. Teníamos que obligarles a entrar en acción para impedir que descargaran su poder contra la población de mortales. Había que enfrentarse a ellos y dejarlos atascados. El único modo de hacerlo era hostigarlos para que nos siguieran, siendo los sheks sus persecutores, abandonando el campo traicionero y fangoso donde tenían la ventaja, para penetrar en un terreno que ayudara a igualar las posibilidades.

Clarisse asintió mientras escudriñaba la deprimente escena.

—¿A cuántos perdimos?

—Yo diría que tal vez cien —respondió Silena—. Pero eso es sólo una conjetura. Podrían ser más.

—Os rodearon, ¿no?

—Así es.

—¿Qué salió mal?

Kirtash y Nico, situados a ambos flancos de su enorme caballo observaban y escuchaban, ojos penetrantes y oscuros el mestizo, fríos e insondables el de Idhun.

—¿Qué no salió mal? —gruñó Silena.

—Da la impresión —explicó Thalía, sin dejar de afanarse en la improvisada cataplasma de mi pierna, hecha a partir de retales de tela de mis pantalones—, de que sabían lo que planeamos. Aunque, imagino que no sería tan difícil de deducir, puesto que cualquiera sabría que era nuestra única posibilidad dado su número. Confiaban en que podrían derrotarnos, pasara lo que pasase, de modo que nos hicieron creer que habían caído en nuestra trampa. Cuando en realidad fue al revés.

—Pues bien. Lo volveré a preguntar: ¿qué salió mal?

—¡Qué salió mal! —Interrumpió Lee con indignación—. Nos superaban en número hasta triplicar la cifra. ¡Eso es lo que salió mal!

Clarisse posó su fría mirada en el campista, que pareció contenerse y desvió la mirada para hincarla en el suelo, a sus pies.

—Eso fue lo que ocurrió...— —añadió esta vez más sosegado.

La mirada de Clarisse perdió un poco de su genio mientras regresaba a Thalía y a mí, que continuaba indefenso, en brazos de ésta.

Advertí que Nico había conjurado una bola de fuego líquido y lentamente hacía juegos malabares con ella, mientras a Clarisse le continuaban desgranando los acontecimientos que nos habían superado. Mi conciencia iba y venía, incapaz de quedarse quieta a descansar en un solo estado. Las llamas del fuego conjurado chisporroteaban y silbaban mientras Nico lanzaba la bola de una mano a otra, reflejando su luz en el sombrío semblante del chico, al tiempo que dejaban caer pequeñas chispas ígneas en el suelo.

—La parte buena es que los frenamos —oí decir como en una neblina a... ¿quién? ¿Ripson?

—No los detuvimos —le corrigió Thalía—. Simplemente se cansaron de hacernos papilla. Por hoy.

Ante aquella declaración hubo mucho desviar de miradas. Algunos las clavaron en el suelo. Sólo se oyó el crepitar del viento y el gemir de los heridos.

Clarisse volvió a mirar a su alrededor.

—Bien. ¿Y se puede saber qué hacéis parados, aquí? ¡Y todos!

La frente de Silena se elevó, junto con su cólera.

—Llevamos luchando en este frente toda la tarde y noche, Clarisse.

—Perfecto. Pero yo no voy a permitir que el enemigo se acueste con la victoria. ¿Queda eso claro? tú —se dirigió a Thalía—. Te encargarás de regresar a Limbhad a los heridos. Victoria irá contigo. Christian os abrirá el portal.

Para sorpresa de todos y suspiro de mi alivio, Thalía no protestó.

—El resto, vendréis conmigo —ordenó, tirando de las riendas hacia atrás; su fiero caballo de batalla relinchó inmediatamente, dispuesto a la acción—. Preparaos.

Aturdido, comprobé horrorizado que los árboles habían empezado a moverse y a adoptar formas extrañas: a veces gigantes, otras sauces con caras rojas pintadas en cada una de sus hoja. Cerré con fuerza los ojos para borrar aquellas visiones y cuando volví a abrirlos estaba tendido de espaldas en un suelo de baldosas y una multitud de lucecitas bailaba y giraba alrededor de mi cabeza.

Una cara se inclinó sobre mí, una pesada trenza se deslizó sobre un hombro para tocar con su punta mi mejilla, unos ojos con luz de estrellas llenos de preocupación en su interior me miraban minuciosos. Luego el rostro se volvió plateado, alargado, equino, la trenza una crin de caballo. Era preciosa la visión, un sueño cobrando realidad en rasgos de un fantasioso unicornio. Pero la visión se fue desvaneciendo, se fue haciendo cada vez más difusa hasta que solamente quedaron dos grandes ojos, pozos de serena calidez fijos en mí.

Pero parpadearon.

Y fue entonces cuando el mundo se apagó del todo.

Lo próximo que supe fue que algo me estaba haciendo cosquillas en la cara.

Arrugué la nariz y sopesé la posibilidad de soplar para quitarme la molestia de encima. Estaba a punto de abrir los ojos cuando sentí otra cosa: había alguien cerca. Arrodillado o inclinado a la altura de mi cara junto a lo que parecía ser un sofá. Todo mi cuerpo y todos mis sentidos se pusieron alerta en un santiamén y aunque controlé la respiración para no delatar a quien fuera que ya estaba despierto, me fue costando cada vez más aguantar el picor.

La persona se inclinó aún más. El corazón retomó su ritmo cardíaco: Era el aroma de Victoria. Suspiré ante una caricia en mis cabellos.

—Ah —dijo—, ya veo que estás despierto.

Abrí los ojos a tiempo de verla lanzar y atrapar una cosa plateada en el aire.

—¿Pero qué...? —Me incorporé sobre un codo—. ¿Qué demonios haces, Victoria? —pregunté, realmente intrigado.

Ella se apartó de mi sillón donde, al parecer, había estado apoyada su espalda.

—Estaba… —comenzó, pero tuvo que aclararse la garganta antes de seguir—. Estaba lanzando mis flechas, como es evidente. Practicando tiro con arco, ya sabes. Aunque sin arco.

Miré la flecha que ella había lanzado y atrapado; pequeña, plateada, roma, parecía una de esas con las que entrena un niño de dos años. Alcé una ceja.

—Estabas lanzando a tus asesinas plateadas. En la biblioteca. De Limbhad. Conmigo cerca. Desmayado.

—Sí, sí —respondió, todavía arrodillada en el suelo alfombrado—. ¿Curioso, verdad?

—Bastante, bastante. —No me miraba a la cara—. ¡Venga ya, Victoria! Ahora en serio, ¿qué hacías? —insistí.

Ella se retiró los pelos de la cara, dejando al descubierto el blanco de su cuello de cisne.

—Dando de comer a mi pequeña —bromeó, acunando contra los pechos a la flecha—. ¿Acaso no es evidente?

Me reí.

—No puedes darle el pecho a un trozo de... ¿madera? ¿Metal? de lo que sea el material con que esté hecha esa flecha.

—¿Se supone que el dar el pecho es exclusividad de los bebés?

—Pues sí —dije sentándome del todo y acomodándome en el sillón con una sonrisa somnolienta en los labios—. O de las parejas cuando están dale que te pego con... —me detuve—. Da igual. Dime. ¿Qué hacías?

—Curarte —admitió finalmente.

Recorrí ceñudo la sala.

—Curarme. ¿Con qué? No veo vendas ni botiquines ni te veo blandir ése tu báculo. Aunque he de reconocer que me siento bien. Más que bien. Me siento genial.

—Hay otros métodos —repuso, enigmática.

—¿Unicornio? —tanteé.

—No me preguntes y no me veré obligada a mentirte —fue su respuesta—. Y de nada, ¿eh? por cierto.

—¡Oh! sí, sí. Gracias, sí. ¿Tú me has traído hasta aquí?

—Thalía —explicó—. Se lo debes a ella.

—¿Dónde está? —Me incorporé de golpe—. ¿Está bien? ¿Está...?

—Sana y salva —completó, plantando una mano en mi pecho y empujándome hacia atrás, firme e irrevocable, de vuelta al sofá—. Y si quieres agradecerla el esfuerzo por haberte traído hasta aquí y no haberse despegado de tu lado salvo para ir al baño, más te vale que te quedes quietecito y no hagas movimientos bruscos.

—Como si pudiera —refunfuñé; por dentro, no obstante, estaba batiendo palmas de alivio y alegría—. Ya te encargarás tú de darme una patada en el culo si se me ocurre despegar un centímetro el trasero de este sofá.

—Me alegra que nos estemos entendiendo —se rió Victoria—. Y ahora descansa. Lo vas a necesitar.

Aquella noche, mientras contemplaba cómo la luna ascendía tras la ventana, deambulé por un paisaje interno de sombríos pensamientos, hundiéndome poco a poco en un sueño nada reparador. La oscuridad y el amodorramiento crecieron en mi en derredor y me engulleron.

Caí entre los brazos firmes de Morfeo.

Al instante, formas oscuras e informes me rodearon. Me llamaban, alargaban las manos hacia mí, salvando ese espeso velo de tinieblas que las envolvía y recubría. A medida que acortaban distancia, diversas sensaciones estallaban en mi pecho, como petardos prendidos con emociones en vez de luces al arder.

Júbilo, dolor, miedo y paz se extendieron a través de mí todo en uno ante el contacto de aquellas figuras cuando alcanzaron a rozarme. Emociones que ascendían, llenándome, igual que el oxígeno me inflamaba los pulmones, igual que la sangre me llenaba el corazón. Figuras apenas entrevistas que se movían en medio de las sombras, fantasmas pálidos con rostros alargados, sombríos y macabros.

Sentí un estremecimiento de miedo, afilado como un cuchillo.

Las figuras hablaban, y sus voces eran viento gélido enfriándome los oídos, el entendimiento.

Lo observaba todo sumido en ese sueño profundo, flotando en ese envoltorio de dolor y éxtasis y miedo y paz, de luz y penumbra a ras de un suspiro. Juntos eran un todo, un todo que era nada, ingredientes en una olla aullante y candente de cólera.

Pero sin previo aviso desperté.

No hubo transición.

En un momento dado estaba sumido en ese extraño sueño y, a renglón siguiente, tenía los ojos abiertos de par en par al techo y a la penumbra reinante en el dormitorio.

La razón de ese repentino despertar se hallaba erguida en un lateral de mi cama, junto al cabecero.

—Ya era hora.

Cuando por fin logré articular palabra, mi voz resultó áspera:

—¿Pero... qué hora es?

—La hora en que los vampiros se van a la cama y los humanos salen de su ataúd. Así que arre, arriba.

Sí. Ella siempre tan original…

—¿Por qué siempre te levantas tan temprano? —me quejé—. Dioses. Se diría que eres la encargada de poner las calles.

—A alguien habrá que molestar entre batalla y batalla con los monstruos, ¿no crees? —se burló—. Tienes mala cara esta mañana. —Puso un mohín—. Muy mala cara.

Borrosa y distorsionada, Thalía fue a sentarse al pie de la cama, nada más comprobar que estaba despierto.

—Ya. Pues tú no.

—Al cajón de los halagos, que va eso.

—Lo tendrás atascado, me figuro. —Me pasé los dedos por los párpados, luchando con las legañas—. No haces nada y recibes tanto de esos...

Ella rió, con un sonido tan nítido y hermoso como la luz de las estrellas allá en lo alto.

—¡Qué adulador te has levantado esta mañana!

Poco a poco empecé a enfocar. Thalía llevaba la oscura melena corta recogida hacia atrás con ayuda de una diadema plateada en lo alto de la cabeza, lo cual le daba todo el aspecto de una princesade cuento Disney. Si su intención era resaltar que era la jefa de las cazadoras, no podía haber elegido un simbolismo más directo e, irónicamente, menos efectivo para mí, porque sólo lograba recalcar su belleza, más con ese aspecto extra saludable en las mejillas.

Aquel día lucía una gabardina con mucho más garbo y coquetería de lo que era de esperar en una hija de Artemisa, con las mangas enrolladas hasta la muñeca. Entre los botones distinguí brevemente una camisa de fino lino de color verde oscuro, con estampados de plumas de diferentes aves y esparcidas por el pecho. Un ancho cinturón de tachuelas le sobresalía alrededor de las caderas, con unos cuchillos de sortijas y unos carcaj de plata ensartados en él.

—Siento que me va a estallar la cabeza.

—Normal. No dejabas de revolverte y quejarte mientras dormías. Ya van dos mañanas que te saco de apuros.

Compuse una mueca.

—¿Por qué no dejas de repetir eso?

—¿El qué?

—Lo de «esta mañana». Aún es de noche. Ni siquiera ha clareado. El sol...

Me callé cuando me fijé bien en la luz que se filtraba por la despejada ventana. Limbhad. Estábamos en Limbhad. Por un momento, había olvidado la lealtad del cielo de aquel mundo hacia la noche y sus estrellas.

—No me lo puedo creer. —La miré con ojos desorbitados—. Me había olvidado de dónde estamos. Hace tiempo que ha amanecido.

—Pues claro que ya ha amanecido. —Puso los brazos en jarras—. ¿Crees que voy a colarme en el dormitorio de un chico a las tantas de la noche?

—¿Quieres decir por enésima vez?

¡Ah! ¡Si las miradas matasen...!

—Eres insoportable.

—Lo que soy es un manojo de nervios.

Ella se ablandó al instante.

—¿Pesadillas, otra vez?

Apoyé el peso sobre un codo, retirando lo justo las sábanas hacia atrás.

—Sí. Para no variar.

—¿Con Cronos?

—¿Con quién, si no? —resoplé—. Ni las moscas son tan tocapelotas.

—Entonces me alegra el haber llegado a tiempo.

—Y a mí. —Terminé de sentarme en la cama—. No sabes cuanto.

—¿Qué ha sido esta vez? —preguntó, yendo directa al cotilleo más sustancioso.

—Todo a la vez —suspiré—. Nada en específico en realidad.

Me rasqué el tobillo de la pierna sanada, con la mirada clavada en los recuerdos.

—Deberías hacer algo —dijo, sacándome de mi ensimismamiento—, sobre ese acoso, quiero decir. Y no me refiero a simplemente dormir con alguien o a ser despertado a tiempo. Algo de carácter urgente.

—Sí, lo sé.

Achinó los ojos.

—¿Alguna idea?

Me lo pensé por un momento, sopesando si confesar ono.

—Me tendrá. Dejaré que me tenga.

Su mano quedó paralizada en el aire, a medio trayecto de ir a recolocarse la diadema sobre sus negros cabellos.

—¿Disculpa? No te he oído bien. Sufro de sordera temporal. Creo que mis oídos se taponaron durante unos segundos.

—Me has escuchado perfectamente —resoplé—. No voy a dejar que me atrapen. No como a él le gustaría. Voy a ir a su encuentro. Mejor aún, me limitaré a dejarme arrastrar por su fuerza —solté de carrerilla, temiendo no ser capaz de seguir si me paraba a pensar.

—Vaya. Es un poco pronto para querer morir, ¿no te parece?

Le lancé una mirada de reproche.

—No me crees.

—Lo que no me creo es que seas tan estúpido —espetó, achicharrándome con la mirada—, tan temerario.

—No es temeridad. Es estar harto de la situación. Lo haré. Dejaré que él me atrape —afirmé, sucinto y categórico.

De improviso, la mirada de Thalía se volvió hacia mí, fulgurante.

—Para matarlo.

—Pues sí.

—No eres el único ni serás el último en fanfarronear con eso.

—No estoy fanfarroneando —protesté—. Te advierto de lo que pronto será un hecho.

—Lo que tú digas. —Sus ojos no me creían—. Mira, déjalo por ahora, Luke, ¿de acuerdo?

Noté que me invadía la impaciencia.

—¡Pero…!

—Escucha, confía en lo que te digo. Permite que sean los dioses los que se coman ese marrón, ¿vale?

—Lo digo en serio, Thalía.

—No... Si yo también. —Sacudió la cabeza—. Lo triste es que creas que estoy bromeando, que veas todo esto como un juego u otro intento de molestarte. Y lo peor es que estás decidido a ello.

—Porque puedo hacerlo. Créeme. Algo aquí —me di unos golpecitos en el pecho—, me dice que sí. Puedo.

—Pues a mí, algo aquí —se señaló la sien—, me dice que eso no acabará bien. Para ti. ¿Quieres que te recuerde el por qué estoy aquí? —Subió las piernas a la cama hasta quedar arrodillada al borde de esta—. ¿Tan pronto olvidas esas pesadillas que te agitan entre sueños? ¿Olvidas el alcance de su poder? Dime. ¿Olvidaste lo difícil que te resultó resistirte a él, y encima para luego ir y matarte? —Gateó por la cama hasta detenerse enfrente de mí las rodillas hincadas en el colchón, los ojos demandando los míos y brillando de ira—. Si ni siquiera eres capaz de sobrellevar bien esos asaltos a tu persona cuando duermes, ¿cómo pretendes resistir cuando estés en su presencia y vivir para contarlo? ¿Ya has olvidado la lección del Señor D? Un mortal, aunque sea semidiós, no puede acabar con un titán. ¿Cómo piensas saltar ese obstáculo? Respóndeme. ¿Qué poder crees poseer para asegurar ser capaz de matarlo? Yo te lo diré: ninguno. ¿Me oyes? Ninguno.

Golpeó mi estómago con un índice tieso como un palo.

—Idiota; arrogante e insensato idiota. Lo mataré, dices. Me entregaré a él, afirmas. Dejaré que me atrape, presumes... ¿cómo puedes ser tan necio?

Y entonces comprendí que no era furia lo que hacía brillar sus ojos. Era Miedo. Pavor. Por mí. Atrapé su dedo, cerré la mano entorno a su puño agitado. Tiré de su brazo, la atraje hacia mí y, sin pensarlo dos veces, la abracé.

Fuerte.

—Estaré… bien. No voy a ponerme a empaquetar mis cosas e ir a su encuentro ahora mismo. No soy tan tonto. —Mi voz era un susurro. Suave. Contenido. Estaba tratando de reprimir las otras frases que le quería decir, frases que ambos teníamos en mente pero que no debían verbalizarse porque entonces ella las negaría, rotundamente, y su distanciamiento comenzaría de nuevo, y esta vez sería un distanciamiento más pronunciado:

«¿Por qué te preocupas por mí? ¿Es porque me quieres? ¿Es porque no aguantarías perderme de nuevo? ¿Y si es así, por qué no me lo confiesas, por qué no me abres tu corazón».

—Por favor —pidió, voz débil, cuerpo tembloroso contra el mío; sentí su aliento en la cara, tan suave como una caricia, tan bajo como un susurro—, suéltame. —Pero no hizo amago de apartarse. Ni yo tampoco.

—¿Por qué eres tan difícil? —pregunté, cayendo de espaldas sobre la cama y llevándola conmigo.

—¿Por qué estás tan loco? —contraatacó, rebotando contra mi pecho y luchando con las emociones.

—Escúchame. —Arrastré una mano por su costado, su brazo y su cuello,y me detuve en su barbilla; la así con suavidad—. ¿Me vas a escuchar?

—Habla.

—No pretendo hacerme el valiente. Ni suicidarme. Ni ganarme la medalla de oro al héroe del siglo. Lo único que busco es tener paz. Y tranquilidad. Y con Cronos buscándome cada noche, no lo voy a lograr. Lo sabes. Yo lo sé. Y él también, de ahí que en cada sueño no desista. No soy yo quien busca pelearse. Es él. Y él no me dejará en paz, no permitirá que viva tranquilo mi vida, hasta que no me tenga arrodillado ante él, rogando clemencia, y eso es algo que no pienso tolerar.

El cabello le caía a los lados, enmarcándole el rostro ladeado, y cuando agitó la cabeza las negras puntas me hicieron cosquillas en la cara.

—¿Y crees que muriendo estarás mejor?

—No lo sé. Lo que sé es que este ataque nocturno es también morir día a día. De un modo más lento y retorcido. Pero al menos enfrentarme a él supondrá que este loco acoso habrá terminado. De una forma u otra, todo acabará.

Le toqué un mechón de pelo que no dejaba de llamar la atención de mis mejillas. La textura sedosa me provocaba los sentidos, al igual que la fragancia sutil y femenina que ella desprendía.

—¿Y crees que quienes te apreciamos toleraremos que firmes tu propia sentencia de muerte?

—Sí.

—¡No!

—¡Sí! Por respeto. Es mi vida, Thalía. Si esto es el fin, más con la batalla que se avecina, si los días que quedan antes de la lucha es todo lo que hay, entonces haré con el resto de mi vida lo que desee. Es mi vida, Thalía, no la tuya,ni la de mi madre, ni la de los demás que dices, a los que supongo te refieres cuando nombras a quienes me aprecian. Ni siquiera es propiedad de los dioses. Voy a enfrentarme a Cronos, y eso es definitivo.

—¿Y qué hacemos mientras tanto? ¿Cruzarnos de brazos? No me pidas que simplemente asienta y me aparte de tu camino y te deje ir tan campante, porque no lo haré. No me quedaré quieta viendo cómo vas a que te maten, Luke.

Quise entrelazar los dedos en sus cabellos y hacerle ladear la cabeza para acoplar mi boca con la suya; quise cogerla y besarla, no abrazarla únicamente, también besarla, pero justo en ese momento me urgía que entendiera, que comprendiera por qué insistía en el asunto de Cronos.

—NO voy a ir a su encuentro hoy. Ni mañana. Ni la semana que viene.

—No, pero irás.

Me arriesgué a apartarle la cortina de pelo tras la oreja.

—Iré porque no me queda más remedio. No tengo otra opción. Nadie puede vivir así, necesitando dormir, temiendo sus propios sueños. ¿Tú podrías? dime. Estando en mi lugar, ¿tú qué harías?

Ella cogió aire, lo pensó por un momento y luego rindió la cabeza contra mi cuello.

—Lo mismo, supongo.

—¿Y entonces? —Le tomé la mejilla en la palma y le hice levantar la cabeza, reprimiendo el impulso derozarla el cuello con la nariz, esforzándome en centrarme únicamente en el gesto de apartar su cara de mi hombro para que volviera a mirarme a los ojos—. ¿Por qué te cuesta entender que yo quiera hacer esto?

—No es entender lo que me cuesta —rebatió; sentí una vez más cómo temblaba entre mis brazos, cómo los suyos se aferraban a mí—. Es soportarlo, aceptarlo.

—No te pido que lo aceptes —besé su frente—. Tan sólo que no me lo impidas.

—Sigues pidiendo demasiado.

—¿De verdad? ¿Sabiendo que estando en mi lugar tú correrías el mismo riesgo?

—¿Y estando tú en el mío me dejarías marchar, alegremente? —Vale. La chica sabía cómo ponerme entre la espada y la pared—. Ahí tienes. A veces estamos dispuestos a correr unos riesgos que no dejaríamos que otros cometieran. Porque sólo nos implica a nosotros, no a nadie más. Pero este no es el caso, Luke.

—¿Ah, no?

—No. —Su espada se arqueó con la gracia de un gato—. Porque tu vida es tuya, como bien has dicho, pero es una vida unida y relacionada con la de muchas más personas: May. Rachel. Annabeth. Hermes. La mía.

—¿Y eso qué significa? —susurré.

—Que no nos hará gracia que nos abandones por Cronos una segunda vez, aunque en esta ocasión sea para luchar contra él y no por él.

Me hundí en sus ojos, en sus palabras, en el contacto electrizante de su cuerpo. Le acaricié la línea de la mandíbula y fui descendiendo por su blanca garganta hasta que mi pulgar se topó con su pulso errático en la base de su cuello. Como en una neblina, me oí decir después:

—Entiendo a lo que te refieres.

—¿De verdad?

—De verdad. —Reseguí con el índice su clavícula—. Pero eso no cambia mi decisión.

Suspiró contra mi abrazo. Permanecimos en absoluta quietud.

—Si esa es tu decisión final...

—Lo es.

Los músculos de su garganta se tensaron y flexionaron bajo mis dedos cuando ella tragó saliva.

—Y no piensas cambiar de parecer...

—No lo haré.

—Entonces ya hemos terminado de hablar.

Aparté la mirada de su boca y al fin me atreví a mirarla a los ojos, y Thalía parecía tan desconcertada como yo, como si se percatara en ese momento de la postura tan comprometedora e íntima que manteníamos.

—Creo... creo que esto no está bien.

—¿El qué? ¿Dar consejo a un amigo? ¿Abrazarlo?

La tensión sexual subyacente casi se podía palpar.

—No. Esto. —Se movió sobre mí, breve. Y cada milímetro de mi cuerpo se erizó con ese roce del suyo—. No está bien.

—Thalía...

—Permite que me levante.

—¿Por qué?

Sus ojos gritaron todas las emociones que le bullían por dentro: deseos, dudas, miedo, rabia, deber. Deber, deber y deber.

—Luke. Por favor.

—También yo siento lo mismo —confesé, buscando tranquilizarla con eso, no avergonzarla por la situación.

—¿El qué?

—Esto. —Moví el cuerpo como lo había hecho ella hacía unos momentos.

Ella entrecerró los ojos, urbes generalmente azules oscurecidas ahora con algo oscuro, profundo, la acumulación de un fuego prohibido.

Tan oscurecidos como debían de estar los míos.

—Ammm... Detente.

Estábamos tan cerca que nuestras narices casi se tocaban.

—Detenme —susurré.

Piernas unidas, brazos entrelazados, cadera contra cadera.

—No me lo pongas más difícil —rogó—, no lo hagas.

—No. —Nuevamente, sin apartarla ni un ápice de mí, la abracé con más fuerza—. Eres tú quien lo complica.

Aquello era una tortura. Una dulce y tentativa tortura.

—Dioses —musitó, echando las caderas hacia atrás, con un sonido que retumbó en su pecho—. Dioses.

—Si vuelves a hacer eso —advertí en un tono que rozaba el gemido—, no respondo de mí. Me declararé en banca rota en cuanto al control de mis actos.

Ella me miró sin parpadear.

—Entonces suéltame. —Ladeó la cabeza. En ese momento su diadema cayó sobre la cama, brillando plateada e ineludible entre nosotros como una mirada acusadora de Artemisa por nuestra proximidad. El recordatorio de una línea que, por su juramento a esa diosa, tenía prohibido traspasar—. Déjame ir.

A regañadientes, abrí los brazos. Para mi decepción, ella se escurrió al instante. Salió encima de mí con un susurro de ropa y una sacudida de la cabeza, como si luchara por reorientarse y recobrar el control.

—¿En qué piensas? —Pregunté al cabo de un incómodo silencio—. ¿Thalía?

—Pensaba en lo que ha provocado todo esto —sus mejillas se sonrojaron—, ya sabes...

—Cronos, sí. —La ayudé atajando por el tema del titán.

Ella asintió, agradeciendo mi gesto.

—Así que es un hecho. Vas a dejarte atrapar por el Señor del Tiempo. —Afirmé con la cabeza—. Espero que seas consciente de lo infinitamente probable que es que la suerte te sonría.

—Lo soy. Y jamás he estado tan consciente de algo en mi vida.

—Estás decidido a matarlo.

—Llámalo con mis propias manos, llámalo con la ayuda de algún dios. Pero acabaré con ése titán. Lo juro por el río Estigio. Lo juro por mi madre, lo juro por lo que más quiero en el mundo.

—Si tu madre no es lo que más quieres en este mundo, no puedo ni imaginar quién ocupa ese lugar.

—Sí, sí que puedes imaginártelo. —No aparté la mirada—. De todas formas, no trates de cambiar de tema. Mataré a Cronos. Acabaré con él. ¿Estás conmigo?

Se quedó allí sentada, mirándome fijamente, sin ofrecerse a brindarme una respuesta.

—Te aconsejo entonces que tu coco no le eche muchas horas al tema, —respondió finalmente—, porque las obsesiones pasan factura en el sueño. Y si vas soñando que lo vas a matar, no le costará nada adivinar tus planes y la sorpresa del pastel quedaría al descubierto antes de tiempo, ¿no crees?

—¿Significa eso que me apoyas? —insistí; quería no, necesitaba saber su opinión, qué conducta iba a adoptar respecto al asunto—. ¿Que estás conmigo?

—No saltaré contigo al precipicio —dijo—. Prefiero mejor esperarte abajo para sostenerte cuando caigas. Porque te caerás, Luke. Te caerás.

La miré como si mis ojos pudieran entregarle los mil y un besos que me morían de ganas de darle.

—Está claro que te has tomado en serio eso de ser mi atrapasueños, ¿eh? Me hace gracia.

—Pues a mí no —dijo, refunfuñando, aún luchando con la indignación. —Pero su sonrisa, cuando por fin la esbozó, fue descarada y sincera, en absoluto acorde con su tono furibundo—. Bueno, a lo mejor sí. Un poquito.

Se dio la vuelta.

—¿A dónde vas?

—Me largo —meneó la cabeza—. Ya he sufrido bastante el azote de tu arrogancia.

—¿Volverás? —Me miró sin comprender—. Esta noche. ¿Volverás?

—Si es lo que quieres...

—Sí —me apresuré a contestar—, es lo que quiero.

—Bien. Entonces volveré todas las noches. Pero sólo cuando estés dormido. Me resulta más fácil así —explicó, levantando una mano, frenando mi pregunta.

—Bueno, vale. De acuerdo. Y, ¿Thalía? gracias por venir. Has sido verdaderamente amable al despertarme a tiempo.

Nos miramos a los ojos, callando el otro asunto, lo que estuvimos a punto de hacer.

—Oye, mira, no se trata de amabilidad. ¿Vale? Simplemente no quiero verte por ahí con ojos de zombi. Tienes cara de loco cuando no descansas.

—¡Oye! ¿Te gustaría que te dijera la cara que tienes tú?

—Cuando me pase más de una semana sin dormir, como hiciste tú, vale. Estaré encantada de que me lo señales. Lástima —acuchilló el aire con el índice—, que nunca me verás llegar hasta ese punto.

—No cantes Victoria.

—Lo que sea. —Hizo un gesto displicente con la mano—. Pronto tendremos otra incursión. La última, la definitiva. Y necesitaremos de todas las espadas posibles. Y tú eres excelente en eso. Si venir a despertarte y a vigilar tus sueños ayuda para más tarde, lo haré cuantas veces sea necesario. No hay otro motivo.

—Oh, caramba. Eres toda corazón, Thalía.

—Gracias. —Sonrió de oreja a oreja—. Tú también. —Se apartó de la cama—. Pero recuerda, ni se te ocurra mencionar que yo he estado aquí —añadió mientras se acercaba a la puerta de la habitación, abría una rendija y asomaba la cabeza por el pasillo para asegurarse de que no había nadie por los alrededores. Luego volvió la vista hacia mí cuando se cercioró de que no había moros en la costa y reiteró casi en un susurro—, en serio. Ni lo menciones.

Y dicho eso, se fue.

—La nena tiene problemas. —Dije a nadie en particular, sacudiendo la cabeza, cuando me quedé solo en el dormitorio—. Serios problemas.

Pero entonces me dejé caer de bruces, de vuelta a la cama, reviviendo en la memoria y saboreando como a cámara lenta el acercamiento que habíamos tenido. Una sonrisa se abrió paso por mis labios. Una sonrisa atolondrada, jubilosa... y sí, lo confieso. También totalmente bobalicona.