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Historia 126109 — capítulo 42
Disclaimers: podría decir que soy Rick Riordan de incógnito (aunque para ello me falte la hombría) o que soy una Laura Gallego de estrangis, y que todo el mundillo de los campistas e idhunitas me pertenece… como no quiero que venga la poli a buscarme, porra y camisa de fuerza en mano, sólo puedo admitir que la trama de abajo es mea culpa y nada más que mea culpa.
-…-…-
Me detuve en el umbral de la cocina; allí Rachel, Thalía y un puñado de cazadoras reponían fuerzas, cenando. La conversación se detuvo de inmediato.
—Podéis seguir hablando, eh.
Lucy, estás cubierta de sangre —señaló Rachel—. ¿Estás bien?
Bajé la vista hacia el tejido terregoso de mi traje de camuflaje y sólo entonces comprobé que ya no era terroso sino rojo. Tenía la piel del rostro tirante por la sangre seca, así como el cabello.
—Oh, no, no pasa nada. No es nada. Estoy bien —afirmé en tono más sosegado.
Rachel suspiró aliviada. Por un momento, creí que Thalía iba a abrazarme, pero di un paso hacia atrás, alzando en lo alto mis manos empapadas de sangre seca, así que al final ella se giró hacia Selise y le musitó la misma pregunta, a lo que ella respondió con un ademán impaciente y un «necesito ducharme, necesito ducharme; luego ya, me hablas».
Rachel, que no dejaba de mirarme con ojos desorbitados, inquirió:
—¿Qué hay de Ethan? ¿Lo visteis?
—No —reconocí, mirando con envidia la facilidad con que dejaban que Selise se escabullera por la puerta, mientras a mí insistían en retenerme para dar explicaciones—, eso sí, llevo encima buena parte de sus vigilantes más cercanos —agregué señalando con un ademán la sangre que me embadurnaba.—. Y ahora —enarqué una ceja—, ¿se me permite ir a lavarme, por favor, o aún queréis saber algo más?
—Yo sí. —Thalía me miró con una sonrisa taimada—. ¿A cuántos más mataste?
Me encogí de hombros con gesto cansino.
—He estado tremendamente ocupado, así que no he tenido tiempo de contarlos. Pero supongo que de veinte no bajan.
Tanto Rachel como la hija de Démeter palidecieron. La sonrisa de orgullo de Thalía se hizo aún más amplia.
—Me sorprende que me hayas dejado alguno para que te supere en cifra.
—Todavía quedan muchos —repuse, demasiado cansado como para devolverle la sonrisa—. Podrás superarme mañana, cuando vuelva a tocarte.
—Supongo... sí.
—Además, he de reconocer que Spartus hizo todo el trabajo —añadí, frotándome la cara.
—Ya te dije que no te fallaría —dijo Silena, entrando en la sala.
—Y no lo hizo. Me fue de mucha ayuda, tanto o más que esos dioses de ahí arriba. Los que insistes en rezar.
-…-…-
CAPÍTULO 41. ESPIANDO.
-…-…-
El ruido de sus contestaciones quedó amortiguado cuando les di la espalda y subí la escalera que se alzaba en curva hacia la segunda planta. Después del último peldaño, un pasillo de techo abovedado similar a un túnel, curvo y sin esquinas en su suave superficie, torcía hacia la izquierda. Crucé la puerta adyacente al final del otro extremo del corredor.
Entré en el dormitorio que me habían resignado (milagrosamente, no me había tocado compartirlo, algo que ahí, salvo Christian, nadie podía decir) situado en el extremo más alejado de la segunda planta. Paseé la mirada por la habitación circular mientras con la mano cerraba la puerta con el manillar hecho de un curioso material verde azulado. No era tan espacioso como el que tenía allá en el campamento 2, pero no podía quejarme. Algo era algo.
La claridad que entraba por la ventana era tenue y aterciopelada; apliques eléctricos, con bombillas haciendo de fuente, derramaban una luz suave que se sumó a la proveniente del exterior nada más poner yo un pie en el interior de la estancia. En uno de los lados, una chimenea admitía la posibilidad de que algún friolero le había convocado hasta ahí, tiempo atrás, lista para que un fuego chisporroteara en su interior, en caso de necesitarlo.
Frente a ella, un mullido sofá negro invitaba a la colocación. El suelo de tarima roja brillaba, las paredes estaban pintadas de rojo y negro y cortinas de gasa negra cubrían la alta ventana redonda, al fondo.
Junto a la cama, un modesto armario diáfano equipado con una araña antigua chorreante de lágrimas de cristal coloreadas hacía de vestidor. Una silla tapizada en terciopelo rojo salpicado de diminutos lunares negros continuaba colocado delante del ropero, donde lo había dejado horas antes de salir. Adosado a la cara interna del interior del armario, un viejo espejo replicaba mi rostro cansado cuando me acerqué, renqueante, por no hablar de la sangre reseca que me tiznaba de arriba a abajo.
En las paredes no había espacio vacío. Examiné de pasada las reliquias diseminadas en cada centímetro de su superficie: estaban llenas de pinturas de diversas criaturas que poblaban la tierra de los tres soles y las tres lunas, cuadros al óleo que representaban nutrias, silfos, unicornios, gigantes, seres bárbaros de cabellera bicolor, otros de ojos azules e intensísimos, rasurados el cabello al cero; bocetos en blanco y negro que hablaban de antiguos inquilinos de aquella habitación. En la pared del fondo, un unicornio al óleo recibía sobre su cuerno la primera magia de los dioses subido a la cima de un monte altísimo.
Incluso pinturas se alargaban, perfiladas en pintura mágica, a juzgar por el modo en que brillaban y cambiaban de color a placer, estirándose hacia el techo redondeado, burlándose.
Era una acogedora habitación. El único problema es que no tenía un baño individual.
Rogué a cualquier dios que quisiera escucharme que, contra todo pronóstico, estuviera despejado alguno de los dos baños que había en aquella planta. Sorprendentemente, hubo suerte. Estaba despejado.
El cuarto de baño era una habitación pintada en tonos marinos. Muy espacioso. Opacos azulejos tan celestes que nada tenían que envidiar a la tonalidad del cielo cubrían las paredes; brillantes baldosas de un azul clarísimo alfombraban el suelo, limpio y resbaladizo. En el techo redondo y sin esquinas volvía a primar el azul, aunque esta vez más oscurecido, casi añil. Un lavabo, un váter, un bidel, un armario de puerta doble... y El plato llano y la tina, ambos esmaltados de blanco, que eran la ducha y la bañera, respectivamente, la última con patas ciclópeas y porcelana por fuera, empotrada en la pared del fondo. Y eso era todo.
Mi mano no soltó el picaporte con grabados de los seis astros de Idhun hasta que estuve cien por cien seguro de que la puerta había encajado sin rasuras sobre sus goznes. Parecía que Annabeth había pasado por ahí hacía poco, ya que, inexplicablemente, su gorra de béisbol de los Yankees colgaba del pomo del armario doble, junto al estante del lavabo. Sacudí la cabeza, pensando en lo descuidada que podía ser la gente a veces.
Me desnudé como si me fuera la vida en ello e introduje en el agua caliente. Corrí la cortina de la bañera, algo que generalmente no hacía al bañarme, como protección extra contra posibles mirones de turno. Me sumergí en la tina hasta el cuello, burbujas rosáceas, ligeras como el aire, olorosas en sales, acariciándome cada parcela de cuerpo.
—Qué delicia… —gemí de placer.
Estuve flotando unos minutos, dejando que el calor del agua penetrara en mis huesos y aliviara las agujetas y los dolores de los últimos tres días de continuos combates. El vapor que surgía de la bañera se deshacía en lentas nubes sobre mí.
El calor del agua y la relajación muscular logró que comenzara a sentir sueño. De hecho, creo que hasta me quedé adormilado durante un buen rato, hasta que mi cabeza se hundió en el agua y los pulmones comenzaron a pitarme, faltos de aire. Salí a flote, respirando a grandes y ansiosas bocanadas. Me levanté dentro del agua. Me cambié de sitio, de la bañera a la ducha; quité el tapón del plato y dejé que el agua se escurriera por entre las paredes, aclarando primero la ducha antes de meterme, y luego cerré la mampara, quedándome de pie tras ella.
Con el pelo rubio, mojado y jabonoso pegado a la cara, estaba aclarándome lo que quedaba de champú cuando oí voces provenientes del otro lado de la puerta.
Abrí los ojos de golpe, detrás de la mampara de la ducha, la alcachofa suspendida sobre mi cabeza, para encontrarme con el zumbido de una conversación que se aproximaba, lenta pero inexorable, anunciando la inminente llegada de intrusos.
—¿Demonios! —Maldije entre dientes a la vez que echaba mano rápidamente a una toalla y me envolvía en ella—. ¡Aaaah, mierda!
Salí precipitadamente de la ducha, mirando alocado en todas direcciones. Me encaramé al bidel, temblando de horror porque abrieran la puerta y me pillaran ahí de pie,, tan en cueros como había llegado al mundo. Algo me llamó la atención. Reparé en algo azul. Me lancé casi de cabeza sobre el gorro de invisibilidad de Annabeth, bendiciendo el descuido de la chica, me lo encasqueté y reanudé mi frenética búsqueda de un escondite. Era invisible, sí, pero necesitaba ser intangible, o por lo menos retorcerme en un sitio donde no pudieran tocarme, ni siquieracon un leve roce.
Rebusqué rápidamente a mi alrededor.A parte del hueco del armario doble y la ducha que bien podían querer usar, no había otro sitio donde ocultarse. O bueno... ¿tal vez sí? Ya iba a volver a encaramarme al bidel, a falta de un sitio mejor, cuando vi algo. Me arrodillé y me fijé en el hueco que había a los pies de la bañera y la pared. Estrecho, pequeño, en contacto directo con los fríos azulejos.
«Así que, Luke, ¿qué prefieres?».
No había duda. Los dueños de aquellas voces entrarían en el servicio en cualquier momento, de modo que, si iba a hacerlo, debía hacerlo ya. Me enderecé y me colé a duras penas entre el váter y la bañera, rodeando un lateral de esta última, hasta acercarme a ése escuálido espacio.
«Querer es poder», me dije. «Así que chaval, mete tu culo mojado y desnudo por ese agujero de una vez por todas».
Alguien giró el pomo de la puerta.
Ya no había tiempo para dar marcha atrás.
Introduje primero los pies hasta encajar el trasero y luego serpenteé hasta que me metí, por fin, de cintura para arriba, la toalla firmemente ceñida en las caderas. Justo a tiempo. El chirrido del picaporte de la puerta al girar... Y acto seguido oí los ruidos de tres pares de pies entrando en el servicio. Peor todavía. Identifiqué por fin a quiénes pertenecían esas tres voces, dueñas de esos tres pares de pies que entraban en el servicio.
¿La suerte o mala suerte se estaba burlando de mí? Claro que sí. No era necesario que mis labios tartamudeasen:
—Tha-lía.
Acompañada de Rachel, Selise y Victoria.
¿Podía alguien tener peor suerte?
—Ya lo tienes metido en las venas y no tardará en llegar hasta tu corazón —iba diciendo la idhunita—. Desbaratará las emociones que has cultivado en su contra como cartas de naipes volcadas por el soplo de un viento, y después te alimentará de esperanzas. La conquista amorosa es una batalla cuya victoria o derrota no lo deciden la mente de los contrincantes, sino sus almas.
Con los ojos aún cerrados, oí que abrían el armario de debajo del lavabo. Quienquiera que fuese se encontraba bastante cerca de mi escondite. ¿Olería el olor de las sales y el vapor del agua de la ducha que me apelmazaban los poros del cuerpo? ¿Oiría los frenéticos latidos de mi corazón?
«Por favor, Hermes... dios bonito, dios hermoso, dios genialoso, dios maravilloso... si realmente soy tu hijo, si de verdad quieres que hagamos del todo las paces, no dejes que me encuentren...», recé. «Si lo hacen, esas tres me despellejarán vivo; me arrancarán la piel y me colgarán y sacudirán por la primera ventana que encuentren, como ropa tendida a escurrir al sol.
—¿Acaso Rachel te ha contagiado sus consejos psicológicos? —Se quejó Thalía—. Dioses; está claro que todo lo malo se pega menos la hermosura.
El ruido de joyas y botes y neceseres dejados sobre la repisa del lavabo me hizo abrir los ojos, lentamente, como si fuera a toparme de frente con las tres moiras en persona, tijeras en mano.
—La poca o mucha belleza que tengo me basta y me sobra, gracias —Victoria no se dejó desviar.
—Y al igual que ella pecas de no tener razón —replicó Thalía.
¿De qué estaban hablando?
—De eso nada. Eres tú quien peca de no estar en lo cierto. Sé que me tomas por una persona muy amorosa, indulgente para las cosas del corazón. Y puede que no andes mal encaminada, pero ya verás como lo que te pronostico es cierto.
Pude presenciar, con una exuberante mezcla de horror, fascinación y aturdimiento, cómo una por una se desnudaban casi por completo frente a mí, sin dejar de charlar entre sí. Quedaron apenas en bragas y sujetador. Luego doblaron pulcramente la ropa y la depositaron en distintos puntos estratégicos del baño, unas sobre la tapa del bidel, otras detrás de la puerta a la que echaron el pestillo, etc.
—Creía que la que hacía aquí las premoniciones era Rachel —intentó bromear con desgana Thalía.
Tragué saliva, indeciso entre desviar la mirada o terminar de levantar el rostro. Mi mente me instaba a apartar la vista, y sin embargo mis ojos se negaban a abrazar la sensatez y a obedecer el lógico y educado consejo.
—Si quieres te habla el oráculo —intervino la pelirroja—. Aunque lo que te dirá será lo mismo que te diría Rachel, la mortal común ycorriente. Lo mismo que te está diciendo Victoria: lo que decimos es cierto.
Rachel se estiró al otro lado de la cazadora, junto al bidel, se desató los botones de ajustado cuero rojo, bajó la cremallera y con un rápido movimiento de caderas dejó que los pantalones se deslizaran hasta sus tobillos. Con dos rápidas patadas, los apartó. Pronto chaqueta y blusa siguieron al pantalón. Y a ello les siguió la ropa interior.
Sentí que el aire me faltaba. Me tapé la boca con las manos. Y aun así fui incapaz de apartar la mirada el tiempo suficiente para no llevarme una rápida impresión de la pelusilla rojiza que le aterciopelaban las piernas. La chica procedió a meterse en la ducha y a aclararse el cuerpo. Todo ello, eso sí, sin dejar de hablar.
—Cada día, cada hora que pases intentando reafirmar ese rechazo, negándote a sucumbir ante los sentimientos que en ti despierta, en tu manera de comportarte cuando está cerca, el deseo de su presencia se irá tornando más fuerte, paradójicamente. Y necesitarás de su cercanía como el adicto necesita su adicción.... si es que eso no te ha pasado ya.
—Bueno...
—Pues entonces deja de engañarte a ti misma, haz el favor —retomó el hilo Victoria—. Lo añorarás, si es que aún no lo añoras. Lo soñarás, si es que aún no sueñas con el... la. La mera idea de volver a ver a esa persona te hará querer violar el más tabú de tus tabúes.
—Eso ya lo ha hecho —hizo ver Selise—. ¿Ejem beso altar ejem?
Desde donde estaba alcancé a ver a Victoria y a la rubia hija de Artemisa, envueltas aún en gruesas toallas, disponiendo sobre una barra la ropa que se iban a poner después.
—Elegir entre dos amores... —Victoria sacudió la cabeza—. Es la elección más horrible que te puedan imponer. Y hablo desde la experiencia.
Thalía se echó los brazos a la espalda y comenzó a desabotonarse a la altura de los lumbares la hilera de botones negros de la camiseta, vintage de seda color negro con delicados bordados en forma de cuervos, que llevaba. Se despojó la falda que aquel día sin batalla había combinado con unas mayas de color azul oscuro, casi negro iridiscente. Después se inclinó hacia la bañera, sin percibir los ojos desorbitados que la observaban a pocos palmos de ahí, bajo un gorro de invisibilidad, abriendo el grifo y girándose hacia sus compañeras mientras la bañera empezaba a llenarse.
—Chicas. ¿Por qué me decís todo esto, si se puede saber?
De pie, en el fino encaje de su empapada ropa interior, que le transparentaba los pezones, aguardando a que el agua de la bañera terminara de aclimatarse, Rachel contempló la cuesta arriba de uno de los pómulos de la hija de Zeus.
—Porque somos amigas —respondió—. Y mi obligación es intentar hacerte ver, aunque tú te empeñes en cerrar los ojos y negarlo todo. —Su boca se delineó en una línea fina, retrasando en el paladar aquella profecía que permanecía en secreto, sellada también al otro lado de mis labios.
—Y porque tienes todo un mar de posibilidades todavía a tu espalda. —Unas líneas de dulce comprensión se escribieron en los oscuros ojos de Victoria—. Encara a ese mar. Una de dos: nada a la orilla y escapa o arrójate a las olas y bracea. Ya sea un sí, ya sea un no... Da todo por el todo. Sin mentiras, sin retrasos, sin autoengaños, sin falsas excusas y, sobre todo, sin imposiciones de tener que elegir sí o sí.
Tras Rachel, las tres fueron entrando una a una en la ducha.
—Una noche, unos cuantos besitos, y por eso la quieres —resumió Selise, soltándose la trenza y agitando la cabeza para que los dorados cabellos se desparramaran por cuello y espalda—. Tuvo que ser un momento de lo más espectacular.
—Esto… sí.
Selise se acomodó en el borde de la bañera, estirando las piernas, en los ojos un brillo que denunciaba lo bien que se lo estaba pasando con aquellas preguntas. Al parecer, la chica era fan de las historias dramáticas, y más si incluían conflictos de deber, honor y querer, por medio.
—Quiero decir, ¿Lucy estuvo increíble? ¿Fueron unos besos increíbles?
—Ya te había entendido, Selise. Sí. Sí que lo fue.
Incapaces de contenerse, las tres chicas empezaron a lanzarle preguntas simultáneamente. ¿Cómo de increíble, exactamente, en una tabla del uno al diez? ¿Cuántos besos fueron realmente? ¿Quién dio el primer paso? ¿Qué tipo de besos eran, de los de pico o tornillo? ¿Dónde estaban colocadas las manos en el momento cumbre? ¿Hasta qué base del béisbol llegó el calentón?
Etc.
Etc.
Etc.
—¡Oh, venga; dejadme en paz de una vez! —protestó Thalía.
Ni cortas ni perezosas, intercambiaron miraditas y risitas tontas que no hizo más que agraviar el sonrojo de Thalía.
—Está bien. Lo dejaremos… si me respondes a una pregunta —chantajeó Rachel—. ¿Cuándo cambiaste de idea? O sea, sé que cuando viniste al camping mestizo no pensabas siquiera en cosas del corazón, en romanticismos ni sentimentalismos de pareja, así pues, ¿cuándo te diste cuenta de que empezaba a gustarte alguien? ¿Cuándo comprendiste que lo que sentías por Lu... cy... había cambiado?
—No lo sé —musitó Thalía, tras un meditabundo silencio—. No lo sé. Supongo que fue algo paulatino. No me levanté un día y descubrí esos sentimientos en mi interior. Fueron apareciendo de apoco.
La joven de Idhun le dirigió una mirada de ternura y le acarició el cabello.
—Bueno, no pongas esa cara —la dijo Selise—. Sabes que si por mí fuera, te encadenaría a nosotras, a las cazadoras. Pero la vida es elección. Y es hora de que hagas la tuya. Con el corazón, no con la cabeza. Y por mucho que la perspectiva de perderte me pese, a mí, a Alayne, a las demás cazadoras... parece ser que estas loquillas del amor tienen razón.
Thalía entrelazaba los cortos flecos de la toalla entre sus dedos.
—No me hace gracia que tengan razón.
Y se acomodó el sujetador de aro que ocultaban sus delanteras, nada desdeñables delanteras.
—Ánimo. De vez en cuando las historias de amor acaban bien —aportó Rachel—. Mira a Percy y a Annabeth. A Selise y a Beckendorf. ¡A Clarisse! Por favor, incluso Clarisse apostó por el amor. Fíjate en Victoria y en... —se detuvo y miró apurada a Selise y después a la idhunita—. Bueno; has captado lo que digo.
—¿Y por qué obvias en el camino las relaciones que fracasaron? —inquirió Thalía, pesimista, aguda para rellenar el incómodo silencio que se había producido tras la vacilación de despejar ante una cazadora que Victoria no era una hija de Artemisa condecorada como ella—. Tú y Percy, por ejemplo.
Por mi parte, estaba hipnotizado junto a ella. Mis ojos iban de un pecho suyo a otro, mal oculto bajo el sujetador de blancas calaveras, que se zarandearon como dos frutas apetitosas sacudidas por un viento prohibido a pocos centímetros de mi cara cuando se inclinó para comprobar la temperatura del agua.A punto estuve de perderme la contestación de Rachel a sus espaldas.
—Ah, por favor, por favor —hizo rápidos aspavientos como para disipar lo ridículo que le había sonado aquello—. Lo mío con Percy fue un encaprichamiento pasajero. ¿Qué puedo decir? ¡No pude resistirme a su carita bonita! Pero no fue amor. Ni mucho menos. Se me pasó enseguida. Pero te aseguro que si pudiera volver en el tiempo, me volvería a encaprichar de él. Son ese tipo de experiencias que dejan una punzada cuando acaban, pero que cuando se viven se hace a lo grande, dándolo todo, recibiendo maravilla de esperanzas a cambio. No me arrepiento, no vayas a creer.
—Pero lo mío con Lu... esa persona, es distinto. Muy distinto.
—Ay, otra vez con eso —Selise resopló exasperada, deslizándose la primera al interior de la bañera—. Que sea de tu mismo sexo no hace diferencia alguna, Thalía. Lo grave del caso es que te vengas a ¿enamorar? ¿Encaprichar? ¿Gustar? por alguien, a estas alturas de la vida. ¡Y con un juramento de castidad de por medio! Ya te lo he dicho varias veces. ¡Como si fuera un chico! Tanto da.
—¿Por ser Lu... cy... una chica? ¡No es por eso! es porque no tenemos nada en común, ¿vale?
—¿Que no tenéis nada en común? —Repitieron las otras tres, incrédulas—. ¿Hablas en serio?
Por muy embelesado que estuviera admirando sus torsos desnudos, la pequeña parte de mí que asistía al curso de la conversación sacudió una metafórica cabeza, igual de incrédula por dicha afirmación.
—Mirad. Nuestros puestos en la balanza del amor están enfrentados; nuestras prioridades son opuestas; nuestros planes a futuro, divergentes; nuestro historial con los dioses, completamente distintos. ¿Cómo pretendéis que me plantee siquiera estar con... ya sabéis, si al final todo nos enfrenta?
—¡Tienes miedo! —Advirtió Selise, golpeando el agua y salpicando a su amiga en toda la cara—. Sí, eso es, el terror te impide decidirte. ¿Serás hipócrita?
—¿Hipócrita yo? —se indignó Thalía, deslizándose también al interior de la bañera y haciendo hueco a Rachel y a victoria.
—De la felicidad de un individuo sólo depende la determinación de una sola persona: él mismo. ¿Te suena la frase? Porque yo me la sé de memoria. Eso era lo que me decías, ¿recuerdas? hace tiempo, cuando yo dudaba si entrar a ser parte de las hijas de Artemisa. ¿Qué ha sido de ese consejo, eh, guapa?
—¡No es lo mismo!
—Es verdad. Yo me debatía entre entrar al convento con las monjas o al grupo de amazonas de una diosa. Ya ves tú. —¿Selise, monja? Tuve que taparme nariz y boca para ahogar la risa que me estaba trepando por la garganta. ¡Selise, monja!—. Ahora tú te debates entre ser cazadora o alguien libre, sin juramentos. A mí me parece una locura, ¿pero quién soy yo para tachar de loca las ilusiones de cada uno? —Selise mojó la esponja en el agua y comenzó a frotarse el costado, desde la curva de la cintura a la axila, con tanto énfasis que más parecía querer arrancarse la piel en el camino—. Sólo permíteme rebotarte el consejo: sé dueña de tu felicidad. Engancha a Felicidad. ¡Y esto! —Le lanzó una esponja idéntica a su compañera de caza, quien la cazó al vuelo.
—«Felicidad…» —farfulló Thalía—. ¿Es así como se le va a llamar ahora?
—Es un buen apodo —sonrió Victoria—. Muy acertado.
—Y dado que yo también sospecho que Felicidad mide un metro setenta y nueve y tiene un peso de puro músculo, dos argamasas por tetas y una fregona por pelo cobrizo —agregó Rachel, muy amable ella, por cierto—, por favor, no pases por su lado. —Se lo pensó un momento y añadió—. De hecho, tratándose de Felicidad, sería aún mejor si te pones encima... o debajo.
—¡Qué sutil!
—No... —Se rió Victoria—. Es directa.
—Por cierto, cuidé las espaldas de Felicidad, como me pediste —comunicó Silena—. Tendrías que haber visto la cara que puso cuando la seguí todo el camino —se rió—. Se habría dicho que me creía loca o con cuernos de más en mi cabeza.
—Cree que me traicionasteis yendo con el cuento a Artemisa —aclaró Thalía, encogiendo un desnudo y perfecto hombro.
Mi mente se dividía entre el deseo de que se diera del todo la vuelta y así poder tener una perspectiva más frontal de sus pechos y entre el deseo de que no descubriera ni en mil años que me encontraba ahí, agazapado, comiéndomela con los ojos.
—¿Llamar a la diosa para que ayude a una de nuestras hermanas, es decir, a ti, a aclararte las ideas... es traición? —Selise soltó un bufido—. Lo que yo te digo: la gente no entienden qué es ser una hija o hermana cazadora —sentenció y, sin previo aviso, se hundió boca arriba hasta el fondo de la bañera.
—Por no decir que antes de ser una cazadora, también es hija de Afrodita, la diosa del amor —cuchicheó Rachel cuando Selise desapareció bajo el agua—. Todos tenemos un lado malo —hizo notar después, más seria—. Un monstruo, por decirlo de algún modo. Una bestia dormida con unas alas escondidas en algún sitio, listas para emprender el vuelo. A diferencia de los monstruos de pezuña y huesos, a éste hay que ayudarlo a salir en lugar de ahogarlo en el interior. Así que date una verdadera oportunidad, porque, de lo contrario, te pasará lo mismo que la otra vez: te arrepentirás de haberla desaprovechado.
—¡Ay, chica, no pongas esa cara! —Victoria se rió con suavidad ante la cara de indigestión de Thalía por el consejo de la pelirroja—. Afronta lo que tengas que afrontar con sinceridad y optimismo, nada de pesimismo ni de verlo todo negativo ni de derrochar derrota antes siquiera de haberlo intentado.
—Venga, venga, ya está bien de sentimentalismos —impuso Selise, emergiendo de las profundidades de la bañera como Afrodita emergiendo entre espumas en el mar—. Bastante avanzada es ya la hora. Yo necesito relajarme después de esta movidita noche, vosotras necesitáis despejaos para el campo de batalla. No me atrevo ni a preguntar qué hora es. Relajémonos en el agua sin más, que nunca se sabe si este será nuestro último baño.
Rodillas perladas de humedad y gotas de gel asomaban por encima de la masa de agua que cubría la bañera cuando alguna de ellas doblaba la pierna bajo el agua. Esta hacía brillar sus cuerpos y la luz propia que envolvía a todo Limbahd dotaba a sus pieles de un suave resplandor rosado.
Toda la escena irradiaba sensualidad, una sensualidad que estaba pasando erecta factura a mi bajo vientre.
Como toda digna hija de Afrodita, Selise era hermosa de un modo absoluto. Era un deleite ver su cuerpo semidesnudo, como si plantaran ante mí la reliquia andante de un museo y quedarse maravillado ante una obra de arte exigiera catalogarse como reacción lógica. Intenté mirar a la joven al rostro, de verdad que sí, pero vaya, ¿a quién quería engañar? era un chico, muy exaltado por las hormonas; no pude evitar desviar los ojos durante una milésima parte de segundo. Avisté, en una ojeada que me arrebató toda reserva de oxígeno en el pecho, la rubia pelusilla de vello púvico de la chica cuando ésta se ajustó con un lazo la goma de las bragas que le cubrían la zona más íntima, y sentí como si estuviera en lo alto de un altísimo trampolín.
La sensación de vértigo fue sobrecogedora.
Mi boca actuó por su cuenta, sin intervención de mi razón, redondeándose en una muda y perfecta «oh».
Ni Rachel ni, mucho menos, Victoria, se quedaban atrás. Pero al mirar a Thalía se despertaba en mí una sensación aún más cosquilleante, como descubrir que el cuerpo volvía a tener sentido, extremidades y movimiento, después de una larga estancia de hibernación en el inframundo.
Me esforzaba por no fijar la vista en Thalía, pero por todos los dioses del Olimpo que me estaba costando cantidad. Era la primera vez que la veía en ropa interior, falta de arco o abalorios. Estaba desnuda en casi todos los sentidos. Vulnerable. Apetecible. Excitantemente virginal.
Tuve que hacer un esfuerzo tremendo para conseguir desviar la mirada. Sabía que estaba rojo, encendido, un sonrojo que no hacía más que acentuar la tensión que se estaba aposentando en la parte sur de mi cuerpo.
Tenía unos pechos modestos, ni pequeños ni voluctuosos, redondos, blancos y dominantes, rebeldes a la gravedad. Dos señoras tetas que se bamboleaban con cada uno de sus gestos, sus ademanes, sus movimientos al enderezarse o sus giros al abrir los brazos y crear ondas con la punta de los dedos, en la masa de agua que la cubría hasta medio pecho.
No supe cuánto tiempo tardamos en el servicio; ellas sumidas en la bañera, disfrutando de la sensación del agua reconfortando sus sentidos, yo acuclillado al pie de la misma, oculto bajo un gorro de invisibilidad.
Sólo al cabo de un tiempo, cuando estalló en la acústica estancia el reloj de Thalía, un cuervo graznando vigorosas «JDT», «JDT», «JDT», en lugar del consabido «cucú», «cucú», «cucú», fue cuando se dispusieron a abandonar el baño.
Y cuando regresé al dormitorio y me arrojé a la cama y quedé dormido, tumbado, bocabajo, con la cabeza enterrada en la almohada, sin duda alguna no fue cronos ni sus monstruos ni sus gigantes ni titanes quienes poblaron mis sueños.
No señor.
..*.
Delante, las lindes de un bosque, espesa floresta que nos ocultaría de toda mirada. Atrás, una comitiva de bestias queriendo darnos caza. Sobre nuestras cabezas, una bandada de pájaros levantó el vuelo y sus graznidos frenéticos horadaron el silencio.
—Es la hora —masculló Chris ante la señal, golpeando la tierra con su lanza.
No miré atrás. Seguí gateando por el fangoso terreno, sin apartar la vista del rastro que seguía.
—Sí —afirmé con calma—. Pero baja la voz.
—Además, ya casi hemos llegado —comunicó Thalía en susurros, gateando enfrente mío, y en ese momento nos encontramos al borde de una hilera de árboles derrumbados cuyas raíces, escuálidas y enredadas, semejaban pálidas serpientes enroscadas sobre el fango.
—¿Tenemos que ir por aquí? —Musitó Chris, mirando con asco el musgo verdoso y vomitivo que impregnaba cada corteza de los árboles, esos arbustos que rodeaban la colina sur que conducía a nuestro campamento y que alguna vez estuvieron frondosos y saludables—. ¿No hay otro camino?
—No, si queremos evitar la horda que hemos despertado ahí atrás —respondió Percy a su lado—. Escapar de aquí por la misma ruta que donde hemos venido sería suicida.
—Exacto. Ahora tenemos que cruzar todos esos troncos —indicó Thalía, y se lanzó ágilmente al primer tronco del árbol caído, tan grueso que aun derrumbado se hacía difícil escalarlo. Se detuvo para mirarnos, una vez estuvo encima, el pulverizador de defensa personal ya extraído del bolsillo—. Ya hemos matado bastantes monstruos por hoy. Tenemos que volver con los demás. Nos estarán esperando. Daos prisa.
El viento agitó las enmohecidas ramas y arrastró algo. Poco después, Un ciervo salió bruscamente de los matorrales. Mejor dicho, el cadáver de un ciervo salió bruscamente de los matorrales.
Annabeth arrugó la nariz pero empezó a escalar los troncos. Chris, Percy y yo la seguimos. Al llegar a la altura de Thalía, me detuve a su lado:
—¿Nos metes prisa para luego detenerte? —La chica miraba al animal fallecido con el ceño fruncido—. Déjalo. Ya no puedes hacer nada por él —la dije cuando hizo amago de agacharse—. ¡Thalía! Vamos. Tenemos que volver.
Asintió, despacio, incorporándose. Luego se llevó un silbato plateado a los labios y sopló, resuelta, un silbido que el viento no trasladó, a pesar de que noté cómo los carrillos se le hinchaban de aire. En cambio, el sonido fue audible en mi cabeza, nítido, penetrante, la llamada de un cuerno de caza.
Thalía no dejó de soplar el silbato mientras andábamos de puntillas por encima de los troncos. El intento de puente hecho con los árboles caídos era grande y llegamos al otro lado unos buenos minutos después. Annabeth nos miró con fastidio cuando Thalía y yo pusimos por fin el pie en la ribera cubierta de fango, desde donde ya nos aguardaba junto con Percy y Chris.
—¿Por qué habéis tardado?
—Refuerzos —respondió ella, sucinta, guardándose el silbato.
—Bueno, sigamos. —Annabeth reemprendió la marcha, ahora encabezada por Chris, quien se abría paso a machetazos hacia un desigual montículo de helechos y musgo verde.
—Eso no estaba ahí antes —observó Talía en voz baja con los ojos entornados—. De hecho... —sus ojos se agrandaron—. ¡Retroceded! ¡Venga!
Y se escabulló.
Me giré bruscamente y reculé mis buenos pasos hacia atrás en el instante en que Percy saltaba sobre otro saliente coronado por una raíz retorcida, bien gorda.
—¡Percy! ¡Chris! —Grité, y me miraron por encima del hombro con gemelos ceños fruncidos—. ¡Salid de ahí enseguida!
La raíz se movió.
Chris soltó un «oooh» de sorpresa, se tambaleó y comenzó a hacer aspavientos con los brazos para mantener el equilibrio mientras el promontorio donde había caído se movía, y se sacudía, y se elevaba, y elevaba y elevaba, comenzando a levantarse del fango.
Percy se lanzó hacia delante, rodó y aterrizó con un chapoteo de pie en el barro. Frente a nosotros, lo que había sido una raíz y un promontorio se irguió y desplegó unos brazos largos acabados en garras naranjas y unas gruesas y rechonchas piernas acabadas en pezuñas de león.
Se giró. Era una cosa monstruosade tres metros de alto, verde y fangosa. Con la espalda cubierta de musgo, barro y vegetación, normal que no lo hubiéramos visto antes: se fundía perfectamente con el paisaje. Consideré llamarlo gigante, pero sólo tenía de gigante la estatura; el resto del cuerpo era demasiado híbrido como para pertenecer a esa especie. Pensé en llamarlo mantícora, pero sólo tenía de éstas las patas peludas de león y las pezuñas temibles. Mechones de pelo verde le colgaban, mojados, del cuero cabelludo hasta la cintura; dos pares de orejas de lobo se aplastaban a ambos lados de su cabeza, atentos a cualquier movimiento; grandes cuernos de ternero coronaban su ya bastante grande cogote; un hocico, grande como mis dos puños juntos, olfateaban el aire, dilatando las aletas igual que lo haría un perro sabueso; y tres ojillos rojos escrutaban el suelo, es decir, nos escrutaban a nosotros, con expresión triunfante.
—Vaya —dijo Chris mientras observaba desde el barro a la enorme criatura—, esto explica varias cosas. ¿Eres un... qué? ¿Cerdo? ¿León? ¿Toro? ¿Gigante? ¿Mantícora?
—A mí me parece más un troll —observó Annabeth, a mi lado, mirando analítica la enorme mole que se erguía frente a nosotros—. Un troll de barro, podríamos decir.
—Oh, sí, se parece tanto a un troll —ironicé—. ¡Sí, gran parecido! Sobre todo por las orejas de lobo, los cuernos de toro, el hocico de cerdo, las patas de león y los tres ojos... ¡Ajá, todo un troll de pies a cabeza!
—¿Además... el Tártaro trabaja con ese tipo de criaturas? —Se extrañó Chris—. Creí que sólo lo hacía con los animales mitológicos...
—Todo animal monstruoso es mitológico, chaval —lo reprendió Percy—. Los monstruos son leyendas; leyendas contadas por mortales. Varían de nombre según la zona y la historia, pero el catálogo de bestias sigue siendo la misma —declaró, impartiendo, cosa rara en él, una patochada digna de un hijo de Atenea, fruto, quizá, de unamemorizada de uno de los discursos aleccionadores, siempre vehementes, de la rubia con quien siempre andaba.
Chris y Thalía enmudecieron de asombro ante el alarde de conocimientos de Percy. Hasta yo me quedé momentáneamente impresionado: el carácter sabiondo de Annabeth estaba pasando preocupante factura en el chico. El crujido de las ramas al romperse bajo el peso de la bestia cuando ésta se movió nos devolvió a todos a la amenaza que se cernía a pocos metros.
—Vaya, Sesos de Alga —se enorgulleció Annabeth, sacando de la manga y con una sacudida dos pares de cuchillos y poniéndolos después en ristre—, puede que aún haya esperanza para ti.
El troll del barro soltó un rugido escupiendo saliva por las fauces abiertas, como despreciando las palabras de Annabeth,y dio un paso hacia los novios, quienes se apartaron de un salto. Lanzó un manotazo a nuestros cogotes, y todos agachamos la cabeza, rodando por el suelo para esquivar la patada que siguió después. Annabeth corrió bajo su gigantesca mole y se metió entre sus piernas semejantes a tocones de árboles.
El gigante de barro rugió de nuevo. Cuando empezó a girarse, una andanada de flechas de plata se le clavó en la cara y los hombros. Thalía se había encaramado en lo alto de un árbol, y disparaba con fría precisión desde la ventajosa altura. El troll / lobo / toro / cerdo / león / gigante / lo que maldita fuera aquello retrocedió tambaleante, gimiendo de dolor; pero se recuperó más pronto de lo que me habría gustado. Bramó y se abalanzó hacia mí torpemente, haciendo temblar el suelo a su paso. Al llegar a mi altura lanzó un zarpazo; lo esquivé y me quité del medio rodando, pero destrozó los árboles colindantes, abriendo un gran tajo en medio del fangoso terreno, incluido el árbol donde, instantes antes, había estado subida Thalía.
La vi volar por los aires...
... Y también la vi ser recogida por los vientos, devolviéndola al suelo, sana y salva. Y aturdida, sí, también.
Cuando el bicho de nombre indefinido se echó hacia atrás, Percy y yo nos abalanzamos hacia él y, lanzando mandobles a sus gruesos brazos, comenzamos a hacer pequeños cortes profundos en su piel curtida. Imbatible, aulló, más de rabia que de dolor, y se volvió hacia mí. Vi que algo se movía sobre sus anchos hombros y de pronto reapareció Chris. El hispano se había subido a su espalda y se habría dicho que estaba en plena atracción ferial, por la enorme sonrisa que lucía.
—Mira por dónde —anunció ceremoniosamente mientras el troll / lobo / toro / cerdo / león / gigante se sacudía y se giraba, intentando en vano alcanzarlo—. Ahora ya no me pareces tan alto. «Métete con alguien de tu tamaño, Chris», me dicen siempre... perfecto —y a continuación clavó la espada en su gruesa nuca—. Lección aprendida, mamá.
El monstruo rugió, profirió un lamento agudo y doloroso y se arañó desesperadamente la espalda. Chris consiguió esquivar sus zarpazos y clavó por segunda vez su lanza al otro lado de su cuello. El troll chilló otra vez, dando manotazos y arañándose, recordándome a alguien que se azota así mismo ante la picadura de un mosquito, mientras Chris se reía y apartaba manteniendo a duras penas el equilibrio.
Como el troll solo le prestaba atención a él, aproveché para subirme de un salto a una de sus rechonchas piernas y clavar mi espada en su bajo vientre.
Se tambaleó, cayó de rodillas y, emitiendo un ronco gruñido, se desplomó en el barro en el instante en que yo me apartaba. Chris se bajó de un salto de sus hombros, rodó al caer al suelo y se levantó con una sonrisa. De haber podido verse en un espejo se le habría agriado la mueca de inmediato; el chico parecía una especie de monstruo del fango con tanto barro pegado a la cara.
—¡Yuju! —Exclamó, y al menear la cabeza salpicó barro por todas partes—. ¡Qué divertido, uau! Ha sido como montarse en un toro mecánico. ¿Sabéis? No estaría nada mal repetirlo.
—Estás loco —me limpié una salpicadura de barro de la mejilla con el dorso de la mano—. Loco de remate. A ti te gusta el riesgo, está claro. Ahora entiendo mejor que nunca lo tuyo con Clarisse.
—No importa —dijo Annabeth, mirándonos imperiosamente desde detrás de una rama—.Pronto tendrás la oportunidad de volver a subirte al toro mecánico.
—¿Y eso? —preguntó Percy, apareciendo detrás de ella—. ¿Tienes la intención de despertar a los hermanos de éste?
—No hace falta. Ya se despertará el solo. Diría que su tamaño juega en favor; parece tener gran capacidad de recuperación. El clavarle una espada en el bajo vientre no es un modo de poder presumir y decir «eih, mira a ese bicho, lo maté de una vez por todas».
Pestañeé.
—¿Insinúas que nuestro híbrido amigo no está de veras...? —Oí una especie de chapoteo a mis espaldas. Hice una mueca—. Vale, ya veo —mascullé, girando sobre mis talones—. Odio cuando tienes razón, Annabeth.
—Pues tienes que pasarte el día de morros —presumió ella, acercándose y aprestándose a luchar de nuevo—. Yo siempre tengo razón.
El híbrido se puso en pie trabajosamente y fijó en nosotros sus ojos rojos y ardientes.
—¿Veis lo que os decía? —Todavía no hemos acabado el trabajo.
—Segundo asalto —Percy soltó un suspiro y levantó a Contracorriente bruscamente—. ¡Adelante!
Vi pasar una ráfaga de luz. El troll rugió cuando de su cuello brotó una resplandeciente flecha de plata. El tambaleo le valió esquivar por los pelos la segunda flecha que Thalía le había lanzado. Alargó el brazo, asió el tronco de un pino y lo levantó del barro tan fácilmente como si estuviera arrancando una flor de su maceta. Luego arremetió contra nosotros con sorprendente velocidad.
Todos saltamos en direcciones opuestas y el árbol se estrelló entre medias con una explosión de agua y barro. Casi inmediatamente, el gigantón barrió la tierra con el árbol como si estuviera quitando la basura del suelo con la escoba.
—Así barría, así así —canturreó Chris entre dientes—. Así barría que yo lo vi.
La tonada infantil pareció mosquear a la fiera gigante. La canción se le atoró en los labios cuando el troll volvió a arremeter con aún mayor celeridad y cabreo y esa vez el hispano no pudo esquivarlo a tiempo. El golpe lo lanzó por el aire, se golpeó la cabeza con otro árbol y cayó al suelo a varios metros de allí.
—¡Chris! —gritó Thalía, corriendo en su ayuda al instante.
Con los tres ojos inyectados en sangre, el troll se volvió hacia Thalía y el caído Chris y avanzó con aire amenazador. Sabía distinguir una presa fácil y vulnerable, eso estaba claro. La chica retrocedió hasta chocar con la pared de un arbusto, llevando consigo el cuerpo inmóvil del hispano, y me tensé cuando el enorme troll se cernió sobre ellos y levantó su garrote por encima de la cabeza para descargar un golpe demoledor.
Di un paso, pero algo grande y oscuro se abalanzó de pronto entre ellos con un gruñido retumbante, y algo blanco y peludo arremetió contra el troll con un centelleo de colmillos. El monstruo chilló y retrocedió tambaleándose, con el brazo atrapado entre las fauces de un lobo blanco, que gruñía y sacudía la cabeza clavando cada vez más sus dientes en la curtida piel del grandullón. Sin dejar de aullar, el gigante mitad mantícora retrocedió y agitó los brazos, intentando ansiosamente desprenderse del animal aferrado a su brazo, pero el lobo no lo soltó. Contuve la respiración al reconocer a aquella criatura, a aquel lobo que, como buen perro guardián, había venido en ayuda. Sabía quién era, y no me hizo falta preguntar qué estaba haciendo allí; la imagen del silbato de Thalía respondía por sí sola.
Esquivando al lobo, Percy y Annabeth se metieron bajo las piernas del troll, dieron media vuelta y, como un buen equipo que se reparte las tareas, cada uno se aplicó en cortar los gruesos tendones de sus corvas. El troll con orejas de lobo y hocico de cerdo soltó un grito cuando le fallaron las piernas. De un ágil movimiento, Percy y Annabeth se apartaron para no ser aplastados por la masa que se les venía encima. Cuando cayó, aproveché para subirme de un salto a su espalda como había visto hacer a Chris. Esa vez, sin embargo, levanté la espada y clavé a Backbiter de punta en su cabeza, justo entre los cuernos de carnero, hundiéndola hasta la empuñadura.
Un estremecimiento recorrió el cuerpo del monstruo-troll. Comenzó a ponerse rígido y su piel se volvió gris y dura. Retiré la espada y me bajé de su espalda en el instante en que se curvaba sobre sí mismo, como una araña o un insecto gigante, y empezaba a hacerse cada vez más pequeño, y pequeño, y pequeño, hasta desvanecerse. Unos segundos después solo quedaba el árbol arrancado que había usado de garrote y alguna que otra gota de su sangre en el terreno como recordatorio de que había estado allí.
Oí una risa ronca por detrás.
—No ha estado mal, Princesita. No ha estado mal.
Me giré despacio. Chris volvía a estar consciente. Tenía un chichón del tamaño de Rusia en la frente, la ropa desarreglada y el rostro tiznado de barro y sangre, pero por lo demás, estaba ileso. Tan sonriente como antes.
—Aprendes deprisa. —Aceptó el trozo de ambrosía que Thalía le tendía y se levantó del suelo, sacudiéndose el fango a manotazos—. Muy deprisa.
Fui a acercarme a ellos, pero el lobo guardián me miró fijamente, obstruyéndome el paso. Sentado sobre sus cuartos traseros, defendía el árbol donde Thalía y Chris se habían refugiado, enseñando los colmillos en un gruñido profundo de advertencia a cualquiera que hiciera ademán de aproximarse a la cazadora, el lomo erizado, la cola un remolino, las zarpas hundidas en el barro, presto para saltar a la yugular. Sus ojos, de un fulminante dorado, relucían en la penumbra del bosque.
—Thalía —dije roncamente sin apartar la mirada de los desnudos colmillos del Lobo Guardián con la espada entre las manos, listo para desatar a Backbiter en un estallido—. ¿Te importaría?
—¿Qué? —entonces se dio cuenta de que el lobo no nos dejaba acercarnos—. ¡Ah!
Se agachó y acarició la cabeza del lobo con una caricia ligera como la pluma. El lobo se dejó caer de espaldas, gruñendo de placer, y ella le dio unas cuantas golosinas, que él no tardó en degustar.
—¿Ves? —me dijo—. Es inofensivo.
—Será contigo —repliqué, guardando a Backbiter. Chris asintió, apartándose con recelo; Percy se mantuvo distante; Annabeth fue la única que se aproximó, con los ojos desprovistos de temor—. ¿Estás bien?
—No es a mí a quien barrieron con un árbol —dijo ella, sin dejar de acariciar al lobo—. Pero gracias. —Alzó la cabeza y me sonrió—. ¿Y tú?
—De perlas. —Dioses, ¿por qué sentía tantas ganas de besarla ahí, en medio de un marchito bosque, tras haber matado a un monstruo, y con un lobo y cuatro mestizos alrededor?
Ah, sí, porque me sentía aliviado de que estuviera ilesa. Y porque me gustaba su sonrisa. Y sus ojos. Y ahora que ya la había visto en paños menores, el recuerdo y su cercanía me calentaban todo el cuerpo. Tenía unas piernas que… y un trasero que… y, y…
«Bueno basta, Luke», me riñó la voz de mi subconsciente. «Compórtate como un guerrero, haz el favor».
—Emm, esto... ¿seguimos el camino o nos quedamos a acampar aquí?
—Nos vamos, nos vamos... —después de darle unas últimas chucherías al lobo y mandarlo de vuelta al sitio de donde había llegado, se enderezó—. Y cuanto antes... —calló—. ¿Oís eso? —preguntó segundos después en un tenue susurro.
Guardamos silencio, paralizados.
La vegetación de aquella zona deplorable nunca se estaba quieta, susurraban, silbaban o crujían sin cesar a nuestro alrededor. El fragor del bosque colindante, el ruido del fango al chapotear una criatura en su embarrada superficie... y, por debajo, haciéndose cada vez más audible, era perceptible otra cosa. Un ligero tableteo, como de unas garras tamborileando piedra dura y maciza.
Y todos entendimos el por qué.
—Deberíais uniros a nosotros, chicos —se escuchó. Y entre los raquíticos árboles aparecieron unos cuantos monstruos, medio centenar, dirigidos por una treintena de mestizos. Oculto tras el yelmo, se hacía imposible verle la cara al que estaba delante, el que había hablado; la voz le salía con fingido pesar mientras los monstruos nos rodeaban y él se movía y alzaba sus armas, dos espadas idénticas, nada menos—. Y chicas —añadió con un cabeceo hacia Annabeth y Thalía—. Pero teníais que matar a nuestro guardián, ¿no es cierto? Pero da igual. Porque tendréis que luchar contra nosotros; estáis perdidos. Rendiros al tártaro y todo acabará enseguida —nos miró, calculador—. No somos tan distintos, a fin de cuentas. A diferencia de estos —señaló a las bestias que tenía detrás—, yo soy un mestizo. Podemos llegar a un acuerdo. Podríais rendiros ahora y dejar de luchar.
—¿Y ahorraos el trabajo? —Se escandalizó Percy—. ¡Hay que ver qué vagos estáis hechos! Tendré que escribir una carta de recomendación a vuestro amo y decirle que ejercite mejor a su gente. Por cierto... ¿dónde está?
—A ti te lo vamos a decir, Perseus —refunfuñó el del yelmo—. No somos tan tontos como crees.
—Me gusta eso de que todo el mundo me conozca —Percy se dio unos golpecitos en la barbilla—. Soy leyenda.
—Eres historia —replicó el del yelmo—. Acabarás muerto.
—¿Tú no? Y por cierto, soy semidiós escapado.
—Para eso tendréis que abriros paso entre nosotros, atravesarnos el corazón con vuestras espadas de juguete.
—Eso haremos, eso haremos. No te preocupes, por favor.
—¿Ochenta contra...? —Hizo un rápido cálculo—. ¿Qué, cinco? No, no creo que salgáis de aquí con vida.
Chris suspiró sonoramente.
—Bueno, chicos, vais a matarnos de aburrimiento con vuestra charla —se lamentó, y el mestizo lo miró con furia—. Creía que preferíais poneros manos a la obra. Quiero descansar los pies. ¿Empezamos, o qué?
El mestizo que parecía ser el jefe de aquella comitiva hizo un floreo con su espada de la mano izquierda, cuya hoja negra y aserrada, semejante a una cimitarra con punta curva y torcida a un lado, centelleó a la escasa luz de la mañana. A su alrededor, los demás mestizos renegados hicieron lo mismo.
—No esperéis piedad de nosotros, campistas —advirtió cuando su tropa comenzó a cerrar el cerco—. Ya no pertenecemos al bando de los mestizos. Todo aquello en lo que creíamos sobre los dioses ha muerto.
Percy sonrió ferozmente y se volvió para pegar su espalda a la de Chris.
—Mejor. Podremos sobrevivir sin traidores entre nosotros.
Levanté a Backbiter y, colocando por delante la hoja que podía matar a mortales, dejé que la fría calma se agitara en mi interior. Sonreí.
—La piedad es para quienes lo merecen —les dije, viéndolos como eran en realidad: enemigos a los que destruir—. Permitid que os demostremos hasta qué punto hemos dejado de merecerla.
Atacaron desde todas direcciones, aullando sus particulares gritos de guerra. Gritos, aullidos, el choque metálico de armas entre los espacios abiertos por los árboles: el estruendo de la batalla. Paré una estocada, rechacé otra y salté hacia atrás para esquivar una tercera.
Detrás de mí, Thalía, Annabeth, Chris y Percy estaban luchando a vida o muerte contra los compañeros del mestizo del yelmo. Chris gritaba con desenfrenada alegría mientras danzaba alrededor de sus oponentes, el chirrido de su lanza resonando en los oídos. Por el rabillo del ojo, vi cómo Contracorriente arrancaba la mitad del rostro de una de las bestias y, a renglón siguiente, atravesaba con una mortífera estocada la garganta de un segundo monstruo y Percy esquivaba las arremetidas de las lanzas de otro de los mestizos, como una serpiente escurridiza.
Por su parte, Annabeth se había deslizado por detrás de dos bestias y los acuchillaba justo en la zona blanda del riñón, y mientras, explicaba con voz típica de profesora de ciencias:
—Apuñalar a alguien justo aquí —cuchillada, cuchillada—, en el riñón, es tan doloroso que impide gritar a la persona en cuestión. —Cuchillada, cuchillada—. La garganta se cierra, el grito queda encerrado en los pulmones, la sangre se acumula en la boca, lo único que queda es desplomarse. Pero... ¿qué os voy a contar de ese dolor? —Otro tajo, otro hundimiento en el riñón—, ¿a vosotros que lo estáis padeciendo? ¿No queríais saborear a mortales? Pues saboread esto que también padecen los mortales.
Cuando los cuerpos de ambas bestias cayeron, se agachó, limpió las hojas en la hierba y luego se desplazó a la retaguardia de dos mestizos. Con todas sus energías, clavó ambos cuchillos en las espaldas de ambos. Las hojas se hundieron hasta la empuñadura. El violento impacto dejó rígidos a los dos semidioses. Después, con toda rapidez, la joven usó su fuerza para hacer que las hojas girasen y desgarraran los riñones de los dos traidores. Todo ello no sin dejar de explicar:
—Apuñalar a alguien justo aquí, en el riñón, es tan doloroso que impide gritar a la persona en cuestión. La garganta se cierra, el grito queda encerrado en los pulmones, la sangre se acumula en la boca, lo único que queda es desplomarse. Pero... ¿qué os voy a contar de ese dolor... a vosotros que lo estáis padeciendo?
Los mestizos aliados de Cronos permanecieron totalmente rígidos, con las espaldas arqueadas por el atroz dolor. Los ojos se les desorbitaron, las bocas se les abrieron, pero no emitieron ningún sonido. Permanecieron parados en un trauma mortal, incapaces de jadear o lanzar un grito. Annabeth mantuvo clavados los cuchillos y sus ojos eran dos grises puntos de invierno.
Continué peleando sin miramientos con todo aquel que se me ponía por delante.
Una de las bestias intentó huir cuando Thalía sacó a relucir la Égida de su escudo mágico, pero la lanza de la chica le hendió la cabeza como un melón; entonces otro de los vástagos del Tártaro miró a la medusa pintada en relieve en la superficie de bronce y salió corriendo lanzando alaridos; la hija de Zeus se movió, sinuosa y veloz como un relámpago, para interceptarlo.
—¿Ibas a alguna parte? —preguntó en tono ofendido—. ¡Por Zeus! —Exclamó, mientras clavaba el aserrado borde del escudo en la carne blanda del lomo de la bestia, rajándolo de parte a parte—. ¡Por Artemisa! —gritó, mientras hundía sistemáticamente una flecha en su cuello.
Aquellas bestias parecían ser de baja categoría, porque muchos de ellos se dejaban vencer por el pánico e intentaban huir ante la visión de la gorgona, que no petrificaba, pero sí intimidaba. Thalía los fue abatiendo sin miramientos, ora con la lanza, ora con la punta de una de sus flechas de plata. Se convulsionaron un instante, y al final se deshicieron, y en el lugar donde habían muerto quedó gotas de sangre oscura. Como sucede con todos los vástagos del Tártaro, la muerte los devolvió al abismo y dejaron sencillamente de existir. Por tiempo prolongado, al menos.
La espada de Percy daba cuenta de las bestias que escapaban al ataque de Chris y a las cuchilladas de Annabeth. El chico tenía sangre en ambos lados de la cara, y un lado de la chaqueta desgarrada, pero se movía entre los vástagos con tanta frialdad y despreocupación como si estuviera practicando en un entrenamiento.
Los últimos que quedaron en pie a dar guerra fueron algo más que una veintena de los treinta iniciales que habían sido, ocultos bajo yelmos. Siguieron atacándonos sin flaquear, salvajemente. Había que reconocerles una cosa: eran muy peligrosos y estaban bien entrenados. Pero para alguien que había tenido la oportunidad de formar parte de la corte de Cronos, que había luchado con Ethan y sabía cómo entrenaba éste a los suyos, no eran rival. Había tenido oportunidad de observar sus puntos fuertes y sus debilidades, y conocía sus errores fatales. Como unidad, eran formidables. Se valían de tácticas de grupo para amagar y acosar al enemigo, igual que una manada de lobos. Pero ese era también su mayor defecto. Aislados, se venían abajo.
Rodeado por tres de los semidioses traidores, salté hacia atrás, levantando abundante tierra con los pies, y les lancé una andanada de tierra mojada a los ojos, cegándolos momentáneamente. Aproveché la oportunidad; clavé a Backbiter en el estómago de uno, pateé en la entrepierna al segundo, y el tercero saltó hacia delante, solo, abalanzándose sobre mi espada, que atravesó su cuello.
—¡Agáchate, Lucy! —gritó Annabeth detrás de mí, apremiante, y así lo hice.
Sentí que la espada de uno de los mestizos renegadospasaba siseando por encima de mi cabeza. Me volví y atravesé el pecho del susodicho con la hoja correcta de Backbiter mientras la rubia arrojaba una daga a otro que corría hacia mí desde atrás. La daga de Annabeth se había hundido directamente en el corazón del semidiós, y éste cayó pesadamente al suelo, entre gritos de guerra y compañeros que no hicieron ni caso a su muerte.
Entre enemigo y enemigo, hice un descanso para barrer con la mirada la situación. Thalía aguantaba firme subida a un promontorio, escudo y lanza plegados y guardados en los bolsillos, la cabeza tan erguida que hasta a una reina le habría complacido; los monstruos caían derrotados a su alrededor, alcanzados por las flechas que la chica, arco en mano, no dejaba de lanzar.
Una de las bestias de hocico lobuno arremetió contra la espalda de Chris. El chico giró sobre sí mismo, como si tuviera ojos en la nuca, y seccionó por la rodilla la pierna del monstruo, sin dejar de sonreír. El ser cayó, aullando de dolor, pero se las compuso para asestar un lanzazo al hispano, en el mismo momento en que éste se retiraba de un brinco, con lo que el golpe acabó en el hombro de uno de los mestizos renegados, quien se había acercado de puntillas a él por detrás, y Chris volvió a descargar un golpe con la parte plana de su lanza en la cabeza del semidiós, cuyas rodillas se doblaron por el impacto.
Al ser mi espada la única capaz de acabar con mortales y monstruos por igual, me centré únicamente en los mestizos. Los dejaba fuera de combate con un golpe en la cabeza, un toque en la sien, una arremetida en el hombro... pero si era preciso, los mataba sin titubear, un corte limpio en la cara, una sonrisa vertical en el cuello, un hola y adiós en sus entrañas. Backbiter hendía con igual facilidad sus cuerpos mortales como lo hacía con los cuerpos animales. Todos los semidioses que encontraban su final en mi espada acababan arrugados como pasas en el suelo, las ropas achicharradas, la piel ennegrecida, extirpada de su sangre toda la vitalidad mágica que los hacía hijos del Olimpo.
—Tu modo de luchar... —jadeó Percy a mi lado—. Me recuerda a un chico que... bah. Olvídalo. No lo conoces. ¡Eih! —Gritó cuando el renegado jefe acorraló a Annabeth—. ¡No te atrevas a tocarla!
El mestizo se deslizó por el terreno como si no se hubiera movido del sitio y su rostro oculto, de ojos burlones, se volvió hacia Percy, cuya angustia era palpable.
—¿Y quién me lo va a impedir, Perseus? ¿Tú?
Salté por encima de los cuerpos caídos de los mestizos derrotados para hacerle frente; mis botas resbalaron en el barro al tocar el suelo encharcado de fango y sangre. El resbalón estuvo a punto de costarme la vida. Backbiter apenas si desvió la espada curva y negra del semidiós encapuchado cuando yo todavía luchaba para recuperar el equilibrio.
—¿Qué tal yo? —y arremetí contra él, obligándolo a apartarse de Annabeth.
Se movió con la rápida gracilidad de una serpiente, ilusión que reforzaban las láminas superpuestas en el yelmo que le ocultaba el rostro, y luego atacó con la rapidez de una víbora. Durante un tiempo tuve que emplearme a fondo para que la hoja negra y curva no alcanzara mi desprotegido cuerpo. Por suerte había perdido su segunda espada; ahora sólo luchaba con la de la derecha. El color oscuro e infernal, de abismo, que despedía, me hacía sospechar que, al igual que Backbiter, el metal de la espada del otro era capaz de ocasionar heridas que se infestaban, difíciles de curarse después.
Combatimos como dos negros torbellinos.
—Voy a matarte —le dije, sin dejar de luchar. Mi sonrisa era tan fría como el acero que empuñaba en una mano.
—¿Vas a matarme, dices? —se rió—. ¿Y quién te ha dado esa falsa seguridad?
—La espada que sostengo.
Cada vez que nuestras espadas chocaban, saltaban destellos como relámpagos que iluminaban el paraje donde nos debatíamos, un fogonazo blanco azulado que hacía daño a los ojos.
—Sé quién eres, campista —me dijo rechazando una estocada que había ido dirigido a su cuello desnudo, hablando con aquella voz rasposa que semejaba metal arañando piedra—. Tu espada, tu modo de luchar, tus dos mismas debilidades... todo te delata. Sé quién eres. Conozco la descripción de una chica pelirroja enarbolando una hoja de doble filo. Sé quién eres... y ahora mi amo también te reconoce. E irá a por ti. Le entregaré tu cuerpo y él me colmará de lujos y poder y tomaré a esas chicas para mí, ya que veo que son importantes para ti. Sobre todo la morena. De esa me ocuparé yo en especial, sí.
Luchaba con tanta frialdad como siempre, y con idéntica concentración, procurando hacer caso omiso de sus amenazas sobre Annabeth y Thalía y sus afirmaciones sobre que sabía quién era yo realmente. Existía varios tipos de espada, y el semidiós sabía cómo usar ambas para intentar demoler a su enemigo, una espada para el cuerpo, otra espada de palabras hirientes para la moral.
El frío de mi interior habría congelado al sol.
Dejarme llevar por la rabia no me granjearía precisamente la victoria.
El sonido de más combates llegaba a mis oídos: gritos distantes, exclamaciones de ánimo, risas alocadas, gruñidos guturales, el apagado choque metálico de las armas, el zumbido de flechas al surcar el aire. Tampoco me concentré en ellos. Luchaba con el jefe de aquella comitiva en un vertiginoso remolino de acometidas y paradas. Cuando alguno de los dos retrocedía, el otro avanzaba, obligado por el violento ataque del otro, y la relampagueante luz de nuestras espadas se intensificaba.
Entonces surgió la ocasión de golpear directamente, no sólo desviar y defenderme. Backbiter hendió la hoja negra con un siseo semejante al del agua al rociar y extinguir un fuego. Mi siguiente arremetida separó aquella cabeza de lengua larga de los hombros; el impacto del golpe al hender hueso hizo que apretara los dientes y que mi brazo se tambaleara levemente. Del cuello decapitado brotó un surtidor de sangre copiosa y oscura.
—Te dije que te mataría —recordé al cadáver arrugado que yacía a mis pies—. Quien avisa no es traidor.
Me giré. De veinte, Ya solo quedaban diez.
Chris seguía saltando de un oponente a otro, como si se estuviera divirtiendo de lo lindo. Annabeth y Percy volvían a luchar juntos, él con la espada y ella guardándole la espalda con sus cuchillos.
Un último monstruo superviviente agarró a Thalía para intentar usarla como escudo mientras yo iba a por él. Me asusté cuando Thalía puso los ojos en blanco, pero el sobresalto dio paso a las ganas de reír al ver que había sido más un gesto de exasperación que de estar siendo ahogada. Extrajo una de las flechas plateadas del carcaj que le colgaba del costado, y acuchilló el antebrazo que le rodeaba el cuello, cortando a través de músculo y tendones hasta llegar al hueso. Cuando la bestia, una cosa con cuerpo humano y cara de águila enfuruñada, la soltó y reculó con un grito de dolor, Thalía se liberó, giró en redondo y con todas sus fuerzas le asestó un rodillazo en sus partes nobles, ahora nunca más nobles.
Como malamente pudo, el híbrido de ave arremetió contra la cazadora en un último instante, tal vez un espasmo, tal vez un desesperado intento, pero Thalía utilizó el impulso de su atacante para ensartarlo con la lanza que llevaba en la otra mano. Pegó un tirón hacia arriba a la hoja, hasta alcanzar las costillas. Los ojos de la fiera se abrieron como platos por la sorpresa. Atosigándose el cabello, la chica se hizo a un lado mientras él caía por delante de ella, con las tripas fuera.
Después se dejó caer de rodillas al suelo frente a mí, haciendo caso omiso de la sangre que lo encharcaba, tratando de recuperar el resuello.
—Así, arrodillada —empecé a bromear—, cualquiera diría que vas a…
Ella enderezó la espalda, los hombros, alzó una ceja y me miró directamente, con los ojos más juguetones que le hubiera visto nunca. Más si, medio minuto antes, había estado entretenida, desgarrando tripas, literalmente.
—¿Quieres… —dijo con voz ronca y el rostro muy serio—, quisieras…?
Abrí los ojos; mucho. Tenía tembleque en las piernas; mucho, mucho.
—¿El… qué?
—¿Pues… —siguió—... prestarme tu mano y ayudarme a subir?
Le extendí la mano quizás ligeramente indignado mientras ella soltaba una risita, , pero sólo un poco. Vale, algo. Bastante. ¡Mucho!
—Podríamos unirnos —me dijo cuando terminó de recolocarse las hebras sueltas de la trenza—. Tú y yo. Para combatir, quiero decir.
—Lucho bien por mi cuenta —casi escupí, provocando que ella hiciera una mueca—. Pero contigo a mi lado pelearé mucho mejor —admití—. Hagámoslo.
Nos colocamos espalda con espalda, guardándonos mutuamente los flancos y moviéndonos al unísono.
—¿Sabes? —Dije, un poco jadeante—, esto me recuerda a aquella vez en que estábamos en las afueras de San Francisco y tropezamos con la guarida de un dragón. Sí, el que me dejó marca en la cara. ¿Te acuerdas de eso, Cielito?
Paré un golpe dirigido a mis costillas y lancé una estocada a la cabeza de mi rival, obligándolo a retroceder.
—Cierra el pico y sigue luchando, Lucy. ¡Y no me llames cielito!
—Sí, creo que eso fue lo que me dijiste entonces.
Detuve otro golpe, me lancé hacia delante y hundí la hoja de Backbiter en la garganta del mestizo en el instante en que Thalía se alejaba bailoteando del alcance de su oponente y le clavaba la punta de una de sus flechas en el costado. El mestizo que había estado combatiendo conmigo se deshizo y arrugó como una pasa y sus armas chocaron con estrépito contra el fango, cuando cayó inerte al suelo.
—¿Y qué fue lo otro que hiciste? ¡Ah, sí! Usar tu poder como hija del dios de los cielos. ¿Qué tal si pruebas a repetirlo, eh?
—No sé...
De pronto tres de los semidioses arrojaron sus armas al suelo, chillando, pateando y dándose tirones a la cabeza con las manos, girando sobre sí mismos, sin ver lo que tenían delante, aquejados al parecer por un dolor interno y horripilante.
Las chicas no esperaron; fueron las únicas que no se quedaron paralizadas por la sorpresa al ver tal comportamiento extraño. Thalía se lanzó sobre los mestizos y los ensartó repetidamente con flechas y lanza, derribándolos al suelo hasta que dejaron de moverse, donde siguieron agitándose por mucho que ella los golpeara.
Por su parte, Annabeth utilizó ese instante de conmoción entre los restantes del bando contrario para hundir con fuerza la daga que yo le había regalado, tiempo atrás, y que ahora tenía en la mano derecha, en un riñón de uno que tenía cerca mientras éste contemplaba atónito a sus compañeros que jadeaban de dolor en el suelo, aquejados de un ataque invisible. Puede que ni las dagas de Annabeth ni las lanzas de Chris y Thalía ni la espada de Percy tuvieran un lado capaz de cortar en trocitos a los mestizos, como hacía Backbiter; que no fueran capaces de extraerles la magia olímpica de las venas. Pero semidioses o no, también eran humanos normales y corrientes, y todo humano normal y corriente podía caer si se le apuñalaba con lo que fuera en la espalda o en cualquier otra extremidad del cuerpo.
Eso era un hecho.
El mestizo se revolvió, chillando sorprendido a la vez que alargaba el brazo por encima del hombro, hacia la herida; apartándose para no estar al alcance de su mano, Annabeth lo apuñaló dos veces en el pecho... con golpes veloces y potentes. El desdichado dio un traspié, intentando rodear el cuello de la rubia con los brazos para mantenerse en pie, pero ella se apartó con impávido desdén y él cayó al suelo.
Luego clavó el arma de la mano izquierda en el vientre de otro mestizo cuando éste se giró hacia ella, y empujó hacia arriba el cuchillo, abriéndole en canal. Vísceras, entrañas, sangre y vida se desparramaron a sus pies, manchándole la punta de los zapatos, lo que no le gustó nada de nada.
—¡Argg! Silena me va a matar. Así que en represalias, me perdonarás que yo te mate a ti primero.
Un tercer semidiós renegado abandonó el estado de sorpresa y cargó hacia la rubia. Thalía le puso la zancadilla cuando pasó corriendo; después le alcanzó la garganta con una flecha plateada cuando cayó de bruces a sus pies,y con un veloz movimiento de su lanza le rebanó el cuello. Para no ser ninguna de ellas unas expertas en exterminar semidioses, parecían haber resuelto muy bien sus debates morales sobre si matar a un mestizo estaba bien o no.
Se giró y me vio en el otro lado del terreno de batalla. Asentí con la cabeza y ella me señaló hacia arriba, a la copa de los árboles.
Shizuko estaba allí, a una docena de pasos, a horcajadas sobre una de las marchitas ramas, mirando intensamente a los aquejados. Sus ropas estaban limpias y arregladas, cada pliegue del vestido azul en su sitio, pero tenía el cabello despeinado. Parecía cansada... y aburrida. A su lado, enroscado en otra rama, una gigantesca serpiente alada seguía el combate con sus ojos iridiscentes, como quien se relaja y cruza los brazos para asistir a una partida de tenis.
Ya que los mestizos que se retorcían en el suelo... lo hacían bajo su mirada.
Y bajo la de la japonesa.
—¿Me estás diciendo que es capaz de matar con sólo mirar a alguien? —interpelé a Thalía, anonadado.
—No seas bobo —negó ella—. ¿Cuántas veces te ha mirado a los ojos? Lo que está haciendo es invadir su mente y paralizar sus constantes vitales.
—Es decir... matar con los ojos —resumí.
Ella chasqueó la lengua.
—¡Ni que fuera otra Medusa!
Se alejó refunfuñando algo acerca de mi capacidad de comprensión. De un momento a otro, sólo nos quedaban cuatro oponentes. Chris, Percy y yo dimos cuenta de ellos, mientras las chicas se acercaban al árbol donde aguardaban la pareja de sheks.
El último de los renegados se volvió para huir.
Silbé para llamar la atención de la cazadora. Le hice un gesto a Thalía; ella levantó el brazo, agitando el aire al rededor del chaval que quería darse fuga, encerrándolo en una jaula de gélida corriente, justo en el momento en que Annabeth le arrojaba un cuchillo, Percy le arrojaba a Contracorriente, y Chris su lanza. Todos fueron a clavarse en su espalda con un ruido sordo y el mestizo gimió y se inclinó hacia delante. Cayó de rodillas y levantó la vista cuando Shizuko, seguido del shek, a remolque en el aire, bajó del árbol y se acercó para mirarlo de frente. Sus ojos verdes y vidriosos estaban llenos de dolor y de odio cuando los clavó en la japonesa.
—Supongo que me he equivocado —dijo casi sin aliento, con la horrible boca torcida en una última mueca de desprecio—. Será mi amo quien os mate; incluso a ti, chica hielo —se rió, pero su risa sonó como una tos estrangulada—. Bien, ¿a qué esperáis? Acabad de una vez.
—¿Dónde está tu amo? —preguntó la chica hielo.
—No te lo diré —comenzó a decir... Shizuko, que no parecía tener mucha paciencia para las tonterías, le lanzó una mirada tan oscura y peligrosa que el mestizo cerró la boca, acometido por un escalofrío.
—Porque no lo sabes —dictaminó la sheks, tras haber escudriñado en la mente del semidiós—. Sirves a un amo que ni siquiera confía en ti.
Shizuko ladeó la cabeza, me miró imperiosa dejando claro que el dictamen nos correspondía a nosotros, no a ella. Me aproximé, la espada en ristre, a mi derecha los chicos, a mi izquierda las chicas.
—Tú sabes que no vamos a perdonarte la vida —me dejé embargar por el vacío, que congeló mis emociones y sofocó cualquier pensamiento de clemencia o generosidad—. Intentaste matarnos y, si te dejamos marchar, seguirás atacando a los campistas, continuarás colaborando con el Tártaro. No puedo permitirlo, a no ser que me jures en el acto que abandonas tu propósito de hacer daño al campamento mestizo y a todos los que ahí habitamos. Júralo aquí, ahora. Júralo por el Estigio. Júralo y te dejaré vivir.
El mestizo me miró un momento. Luego sofocó otra risa.
—¿Y adónde iría? —sonrió, burlón, cuando Shizuko se acercó a él por detrás y lo observó solemnemente—. ¿Al reino de esas cosas serpentinas y aladas? ¿A vuestro campamento, que tarde o temprano acabará sepultado por los monstruos? ¿A ese escondite donde corréis a esconderos cada vez que termináis de hacer estragos en el ejército tártaro? ¿A una casa a vivir como una abuelita entre los mortales? ¿De vuelta entre los míos, que sabrán de mi traición, mi doble traición? —Tosió y escupió sobre el suelo, a mis pies, una saliva roja oscura—. No, chica a la que mi amo ya le tiene echado el ojo. No. Si me dejas marchar, encontraré el modo de llegar de nuevo hasta vuestras defensas, le clavaré una espada en el corazón al primero de los vuestros que vea, ojalá sea uno de vosotros cinco, y me reiré si por ello me apresáis, torturáis. Y si de algún modo logro sobrevivir y averiguar dónde os escondéis, ratas cobardes y taimadas, iré a ese refugio, destruiré a todos los mestizos con los que me cruce, los descuartizaré miembro a miembro hasta teñir la tierra con su sangre emponzoñada, y no pararé hasta que todos ellos yazcan muer...
No llegó más lejos: Backbiter tajó su cuello, separando la cabeza del cuerpo. ¿Torturarlo? Demasiado tiempo para gastar en alguien tan insignificante.
—Uff. Menos mal —dijo Chris, rascándose a un lado de la oreja—. Estaba comenzando a aburrirme de nuevo.
Percy suspiró mientras brotaban nuevas manchas de quemadura interna en el arrugado y desmadejado cuerpo del mestizo.
—Sí, ha sido todo un discurso final —limpió la hoja de Contracorriente en los pantalones del mestizo, la plegó hasta dejarla convertida en un bolígrafo que nuevamente se guardó al bolsillo, y miró hacia atrás, hacia el terreno embarrado, y más allá, hacia el camping tártaro que habíamos invadido y de la que estábamos intentando escaquearnos cuando nos habíamos topado primeramente con el gigante de hocico de cerdo—. ¿Crees que habrá alguno más por aquí? ¿O podremos irnos ya al punto de encuentro?
—No. No creo que haya más —envainé mi arma y di la espalda a mis antiguos congéneres, ahora ya todos muertos—. Se sabían en superioridad de número. De haber habido más, ya habrían salido de sus escondites con todo el follón que hemos montado.
—Eso les pasa por arrogantes, supongo —arrugando la nariz, Chris envainó su lanza y meneó la cabeza—. Es una pena que no nos dijera dónde se esconde Ethan. Pero visto lo visto lo conmovedor y prometedor de su discurso, no es que fuera fiable su versión si al final llegara a decírnoslo de todas formas. ¿Verdad? ¡Chiflados...!
¿Chiflados? Parpadeé mientras las palabras del jefe de aquellos renegados volvían a asaltarme, burlonas y amenazadoras. «Sé quién eres, campista. Tu espada, tu modo de luchar, tus dos mismas debilidades... todo te delata. Sé quién eres. Conozco la descripción de una chica pelirroja enarbolando una hoja de doble filo. Sé quién eres... y ahora mi amo también te reconoce. E irá a por ti. Le entregaré tu cuerpo y él me colmará de lujos y poder y tomaré a esas chicas para mí, ya que veo que son importantes para ti. Sobre todo la morena. De esa me ocuparé yo en especial, sí».
Cuerpos inertes yacían tendidos en charcos de su propia sangre, uno aquí, dos o tres un poco más adelante. Semidioses, todos ellos, defensores del Tártaro. ¡Y pensar que habíamos dado por único traidor mestizo a Ethan! Una falsa ilusión por nuestra parte. Algunos habían encontrado la muerte, caídas que nunca más volverían a recuperarse, otros un prolongado desmayo.
«Sé quién eres. Tu espada, tu modo de luchar, tus dos mismas debilidades... todo te delata. Sé quién eres. Conozco la descripción de una chica pelirroja enarbolando una hoja de doble filo. Sé quién eres... y ahora mi amo también te reconoce. E irá a por ti. Le entregaré tu cuerpo y él me colmará de lujos y poder y tomaré a esas chicas para mí, ya que veo que son importantes para ti. Sobre todo la morena. De esa me ocuparé yo en especial, sí».
—Ya se te ha puesto otra vez cara de estar comiéndote la cabeza —Thalía me miró entornando los ojos—. Y veo que tu cerebro va a mil por hora. ¿En qué estás pensando?
Hice un gesto de negación.
—En nada importante —giré sobre mis talones y me alejé hacia el lindero de los árboles. Al otro lado, estaba el punto de encuentro; el portal abierto a Limbhad.
Thalía empezó a protestar, pero yo seguí adelante. No quería seguir pensando en las palabras del renegado.
—Ya hemos perdido bastante tiempo aquí, y seguimos estando igual de lejos de Christian y el portal. Vámonos.
—¿Acaso estás tratando de huir de esta deliciosa visión?
La miré enfadado. Ella sonrió dócilmente.
—Solo quería comprobarlo, Princesita —remarcó el apelativo con comillas en el aire—. No quiero presenciar uno de esos casos en los que el mote supera a la persona. Oye, ¿y qué te estaba diciendo ese jefe renegado, por cierto? Por cómo luchabas no debía de ser nada bueno.
Una especie de embotamiento se extendió por mi pecho y mi voz se volvió muy, muy suave.
—Estaba amenazando con descuartizarte y hacer pinchitos Grace contigo.
—Oh —murmuró.
Y después de eso no dijo nada más.
..*.
Así pues, los cinco emprendimos de nuevo la marcha, siguiendo al shek sobre cuyo lomo iba subida Shizuko, por la infinita maraña del bosque. La serpiente alada se deslizaba entre los árboles como una neblina que flotara a casi tres metros del suelo, gris y casi invisible en medio del paisaje descolorido que nos rodeaba. Avanzaba rápidamente y en silencio, sin detenerse y sin que su jinete mirara atrás. Incluso Thalía, que era la más acostumbrada a patrullar los bosques, tenía que echar mano de todas sus destrezas de cazadora para seguir el paso de la cola de la serpiente, para no perder al par de sheksentre la enredada maleza. Sospechaba que o bien Shizuko o bien la propia criatura alada nos estaba poniendo a prueba, o que estaba jugando quizá a algún exasperante juego de shek, intentando extraviarnos sutilmente sin volverse del todo invisible. Pero Thalía consiguió mantener el paso, y la estela plateada que dejaba su arco hizo posible que los demás lográramos apresurarnos sin mucho retraso detrás de ellos.
Las copas de los árboles fueron cerrándose a nuestro alrededor, trayendo consigo un manto de tiniebla, aunque las linternas que encendimos se mecían solitarias como luciérnagas grandes bailando una danza macabra entre las ramas. Entre los troncos de los árboles había espesas florestas que se arrastraban por el suelo asfixiando al resto de la vegetación.
Encontramos al resto de la comitiva aguardándonos en el claro del bosque, una treintena de mestizos, de casi medio centenar que habíamos partido de Limbhad.
Al rededor de la zona tapaban el cielo enormes árboles retorcidos cuyos troncos y ramas grises parecían cerrarse sobre nosotros como una cúpula que pretendiera enjaularnos. Me di cuenta de que no reconocía aquella parte del bosque próximo al campamento mestizo, pero eso no tenía nada de extraño: el bosque era inmenso, eterno y cambiaba constantemente. Había muchos lugares que no había visto nunca, que nunca había pisado a pesar de los muchos años que había pasado internándome bajo su dosel.
Los semblantes abatidos hablaban por sí solos de la ausencia de los demás. Algunos, de hecho, no parecían estar en condiciones de sostenerse por su propio pie; llevaban vendas hechas a partir de sus propias camisas ensangrentadas, y se apoyaban en hombros o cinturas de compañeros.
Buena parte de la mayoría había perdido ya el entusiasmo inicial de los primeros días de batalla. Dos semanas de guerra es lo que tenía. Los petos y yelmos de sus armaduras ya no brillaban, y los escudos presentaban abolladuras y rasponazos, si es que no habían vuelto sin ellos de la incursión; los ropajes parecían andrajos, desgarrados y manchados de sangre, y no pocos se apoyaban en las lanzas o espadas o hachas o armas como si fuera lo único que los sostenía de pie; y tal vez lo era. Respiraban entre jadeos, y la expresión de sus rostros era esa mezcla de puro miedo y ciega insensibilidad que afecta a los salientes de una batalla.
Miraban a ambos lados con nerviosismo, ojeadas huidizas y temerosas, como si esperaran que los monstruos aparecieran en el claro de un momento a otro. Victoria, Silena y Rachel estaban apartadas a un lado, hablando con un Christian impetérrito. El chico recibió nuestra llegada clavando sus ojos azules en nosotros, ojos que parecían más fríos que nunca, sin que ningún pensamiento o emoción asomara por ellos. Shizuko se adelantó y fue directamente a hablar con él, y en esta ocasión la serpiente alada que le guardaba las espaldas se elevó por encima de nuestras cabezas, decidida a no acercarse al shek de carne y hueso y cuerpo humano, sabrá ella por qué.
Annabeth y Thalía también fueron a su encuentro, intercambiando saludos y abrazos y ánimos en el camino con los mestizos que les salían al paso. Decidí que no necesitaba saber qué se decían. Gruñendo, me senté en una roca cercana, la que menos barro tenía mientras me frotaba un moretón que me había salido en el hombro, apoyé la espalda en el primer tronco que pillé y observé cómo, después de un minuto de conversación, Christian abría el portal.
—Si te lo cuento no lo crees —decía Silena a Chris—. Empezarona emerger monstruos de todas partes a una velocidad superior incluso al parpadeo de un ojo con varias capas de sombra y rímel en las pestañas. ¿Sabes lo que te digo, no?
«Las mejores amistades se van formando poco a poco», solía decir mi madre en sus días de cordura, «de modo que se hace imposible señalar el momento exacto en el que empezaron o se consolidaron». Al ver a Silena y Chris hablar, pensé que tal vez ellos podrían ser el caso.
—Emmm... —no hizo falta que el hispano se esmerara en decir que no tenía ni idea de cómo era un párpado cargado de sombra y rímel. Silena pronto se enfrascó en una recopilación de todo lo que su grupo había pasado durante su incursión hasta llegar ahí.
—¿Cuándo? —Oí susurrar a Rachel, que se había llevado a mi amiga a un lado—. ¿Cuándo crees que sería un momento apropiado para hablar con ella?
Miraban a Thalía, quien recibía los cuidados de Victoria; sólo los justos porque, como decía la idhunita, una vez en Limbhad ya habría tiempo de curar de verdad; mientras estuviéramos en terreno alcanzable, nadie se podía permitir el lujo de ser sanado del todo. Annabeth hizo una mueca.
—¿Crees que puedes esperar hasta que haya tomado un desayuno como el Olimpo manda y los dioses ordenan?
Ambas sonrieron ampliamente.
—De acuerdo. Pues vamos a por ese desayuno, campeona. —Y se adelantaron para ser las primeras en cruzar la puerta interdimensional.
Las siguientes en preparar el viaje fueron Victoria y Thalía, ésta después de haberle dado las gracias a Shizuko por su intervención anterior, gratitud que la japonesa aceptó con un leve asentimiento y una mirada a las alturas, donde se había perdido su acompañante alado.
Los mestizos comenzaron a pasar de dos en dos o de tres en tres por el portal, asintiendo a la lista que pasaba Silena. Finalmente Annabeth y Rachel se habían quedado rezagadas, su atención puesta en un mestizo que tenían cerca. Pero Thalía se detuvo en seco al ver con quién hablaba Percy.
Era un chico que me sonaba de algo, aunque no logré ubicarle.
Menudo, de pelo oscuro y sedoso hasta los hombros y tez pálida y olivácea, tendría quince o dieciséis años, a lo sumo, pero parecía más mayor de lo que le correspondía. Más mayor, más maduro y más triste que un joven de su edad. Vestía unos tejanos sometido a cortes de tijeras, una chaqueta de cuero negro que le venía algo holgada, y eso que estaba remendada por todas partes, bajo cuya cremallera asomaba una camisa también oscura y desgastada con dibujos de esqueletos danzantes en su tela de lino.
Más parecía un vagabundo que un mestizo.
Rachel lo abrazaba con fuerza, haciendo caso omiso de su aspecto desgreñado, y de cuando en cuando él dejaba caer una palmadita en su hombro a modo de idéntico entusiasmo, aunque a leguas se veía que no se sentía muy cómodo con el contacto de la chica.
—¡Tú! —escupió al ver a Thalía; se deshizo de Rachel y fulminó con clara antipatía a la cazadora. Enarqué una ceja y entonces sí que me acerqué, decidido a saber de qué me sonaba aquel chaval—. ¿Qué haces aquí? —Se giró hacia Percy—. ¿Qué hace ella aquí? ¿Hay más? ¿Están todas?
—Esa pregunta debería hacértela yo —replicó Thalía con un tono menos antipático, aunque por muy poco—. Y sí, claro que estamos todas. ¿Qué haces aquí...?
—Estamos en guerra —refunfuñó él, llevándose una mano al cinto, donde descansaba una espada de hierro estigio—. La pregunta sobra.
—Desde hace más de dos semanas que estamos en guerra —apostilló Thalía, implacable—. La pregunta no sobra. ¿Y es ahora cuando te presentas?
—Tenía la esperanza de que hicierais el trabajo duro por mí —sonrió mordaz—. Con eso de que sois cazadoras... chicas duras... pero está claro que sin un hijo de Hades nada marcha bien, ¿no es así? aunque claro, para que vosotras admitáis que necesitáis de mi ayuda o de la ayuda de cualquier chico primero tiene que caerse el sol, y la luna, de paso. Y, si eso, el mundo detrás. —Se volvió hacia mí, dejando a Thalía con la palabra en la boca, sin darle concesión para responder—. Emmm, hola —se presentó, extendiéndome una mano de dedos largos—. Soy Nico. Nico di Angelo.