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Historia 126109 — capítulo 41
Disclaimer: Idhun y mestizos corresponden a Laura y a Rick. Lo sabéis, yo lo sé, ellos lo saben… pero eso no lo hace menos triste, oh, no, no, xd.
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CAPÍTULO 40. DÍA DOSCIENTOS DOCE: INCURSIÓN.
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Chillidos de muerte rasgaban el aire de la noche.
Espadas, lanzas, hachas y escudosse alzaban y caían en oleadas en carne blanda y mutilada, acompañadas por los gruñidos de esfuerzo de quienes los blandían.
Sangre, vísceras y cuerpos monstruosos se desparramaban por el suelo, antes de rodar sobre sí mismos y desaparecer.
Era la batalla no anunciada.
Nuestra batalla, cobrada en venganza y guerrilla.
Estocadas; gruñidos; dientes; puñaladas; estruendo... torbellinos de agitación y heridas abiertas para jamás volver a cicatrizar. Los hijos de ares eran los mejores, y hacían su trabajo con brillante efectividad. Raudas flechas surcaban el aire, extremidades monstruosas se separaban de sus cuerpos originales, ahora ya astillados, para girar sobre sí mismas e ir a perderse en la oscuridad. Cargamos hacia adelante como la ola de un impetuoso mar de aguas mortales y semidiosas que se llevaba por delante piedras, carros y bestias, matando a todos los que nos era posible, aunque sin frenar el avance. Nuevamente la danza mortal estaba ejecutándose, el suelo se había convertido en una alfombra roja, y no en el más estricto sentido hollywoodense, precisamente.
Lideraba la fila Clarisse. Ataviada con la indumentaria de combate y un puñal al cinto, en la cabeza, un casco con forma de jabalí, sujetaba las riendas de su caballo de guerra con una mano enguantada y con la otra alzó bien alta y por encima de la cabeza su lanza eléctrica, «Matamonstruos», también llamado por nosotros a sus espaldas «Matamoscas»). Fue la señal que esperábamos. Piqué espuelas. Pasé como una exhalación junto a lo que parecía ser un árbol derrumbado, para encontrarme al final luchando contra los centinelas interiores del campamento formado por los vástagos del Tártaro, la segunda fila de su erigida defensa. No les dimos tiempo, concesión a reaccionar y dar la alarma. En un camping marcado por el bullicio de gruñidos y rencillas constantes, donde el alboroto está a la orden del día, unos cuantos gritos de más no son dignos de aprensión y sospecha. Por tanto, y gracias a que no les habíamos permitido dar la alarma, apenas prestaron atención al ruido extra de galope en su campamento y a los gruñidos de derrota que emitían sus compañeros, antes de fallecer.
Los límites de la entrada del campamento tártaropasaron junto a los costados de mi montura a una velocidad vertiginosa, de modo que no tardé en encabezar la comitiva de semidioses dirigidos hacia zona enemiga. Éramos una pequeña fuerza de ataque, mantenidos en estricta formación, juntos y envueltos en un silencio en el camino hasta allí para no provocar la alarma, y evitar así un ataque generalizado. La táctica estaba funcionando. Guiados por la iluminación proporcionada por una brecha de luz de las estrellas colado entre el manto de nubes, habíamos avanzado por el territorio para poder rodear sin peligro el ejército de monstruos, espoleando las monturas, en dirección a una senda que nos permitiera rodear al enemigo y presentarnos en su campamento desde el otro lado, dejando al norte el camping mestizo y terminar de avanzar así hacia las tropas del Tártaro. Pronto estuvimos infiltrados en el interior del escondrijo de las bestias. Los mestizos que me rodeaban se enfrentaron a ellos con total entrega.A mi paso, fui desencadenando una furia contra los centinelas de los monstruos. No obstante, me contuve de desahogar toda la fuerza e ira de golpe, sabedor de que aún no había llegado el momento cumbre. Con un tirón de riendas hice girar al pegaso en un círculo cerrado, obligándolo a mantenerse aún en tierra firme, y el animal relinchó excitado ante el olor acre de la sangre y la agitación de la batalla, mientras lo instaba a galopar hacia el corazón del camping, donde aguardaban más bestias a matar.
Tenía la vista clavada en los salientes picudos que eran las secciones del campamento de los monstruosmientras me inclinaba al frente, en la cruz del galopante pegaso (a quien había bautizado Spartus por su esquelética figura), instándolo a seguir, cada vez a mayor velocidad. Tensé los músculos de los muslos mientras dejaba recaer el peso del cuerpo sobre los estribos y presionaba las piernas contra el peludo y lustroso cuerpo del animal, percibiendo cómo se contraían de un modo incesante, flexionando y estirando, mientras sentía el ritmo de las alas batiendo con furia en el aire. En los oídos resonaban los latidos de un corazón no menos galopante y acelerado, el mío, así como el tronar de armas chocando y golpes intercambiados a mis espaldas. Era vagamente consciente del pañuelo blanco, con el dibujo de tres soles y tres lunas, cosido en la muñeca de la manga, un distintivo de fuerzas amigas.
El improvisado campamento de los vástagos era tan grande como toda la parte del campamento mestizo 2 y podía divisarse fácilmente a distancia, así como oírse. Hervía de actividad con gritos, bestias y ruido. A la hora de batallar, los vástagos del tártaro hacían honor a su apelativo de «monstruos», ya que se convertían en una máquina de matar, casi en un brazo ejecutivo dirigido por una sola entidad de mente única, pero en el campamento, sin la inminente alarma de lucha, no eran más que bestias que perseguían su interés particular. Los planes de invasión que tan alegremente habían ejercido contra nosotros jamás sería lo que ellos tanto habían anhelado; nos estábamos ocupando precisamente de que así fuera. No disfrutarían de las comodidades de ser la fuerza invasora, numerosa y ventajosa, sino que entenderían que ahora se habían convertido en objetivo, en presa, en insectos a matar. Conocerían el precio de intentar aniquilar a unos semidioses muy cabreados. El precio era una muerte despiadada, un precio que estábamos repartiendo gustosamente.
Seguros de su superioridad numérica, no habían temido ningún ataque. Había monstruos desperdigados por todas partes, durmiendo o reposando o colocados en sus franjas de tierra determinada, sin orden aparente. Aquí y allí estallaban disputas aisladas entre diferentes bestias por razones triviales, discusiones entre sí que no respondían a nuestra invasión, y la mayoría acababa degenerando en peleas mortales. Vi cómo una campe (esos bichos con parte superior del cuerpo de una mujer con serpientes en el pelo y la parte inferior de un drakon) recibía un cabezazo en el vientre proveniente de un catoblepas, el vacuno que siempre miraba hacia abajo, mientras los mirones se reían a carcajadas; carcajadas que luego acabaron en chillidos, ya que el vacuno les echó encima un poco de su aliento venenoso. Vi a otros que se llevaban barriles de lo que parecía ser sangre a la boca mientras masticaban ruidosamente retazos de piel arrancados de extremidades muy humanas como si de brochetas de carne adobada se tratara. Vi parejas de cercopes, los enanos simiescos, amantes de sisar objetos brillantes, durmiendo a pata suelta tras haber sembrado el caos, patas que sobresalían de detrás de piedras o promontorios usados a modo de cama. Oí la confiada conversación entre gruñidos de aquellos que aún no habían advertido que tenían al enemigo entre ellos, a la espalda, entre las sombras, colado en sus propias narices.
Un par de hijas de Artemisa que llegaron por detrás de la agrupación de bestias lanzaron una lluvia de flechas sobre ellos.
Chillando con el cúmulo de emociones y adrenalina que casi ni podía contener, orienté la espada hacia abajo, descargándola sobre la figura oscura de un drakon. El impacto de la hoja contra el hueso fracturado de la bestia hizo que toda mi muñeca vibrase, la empuñadura en mi mano, incluida. La cara de Backbiter preparada para acabar con animales de su calaña impidió que el gigantesco monstruo amarillo y verde, parecido a una serpiente sólo que con gorgueras por collar en el cuello, se revolviera para escupirme su veneno; sólo pudo enseñarme las garras mientras sus ojos de reptil se apagaban. El caos se fue extendiendo con gran griterío a nuestro paso. Ruido del acero al entrechocar, chasquido de madera al astillarse, sacudida del terreno al rasgarse bajo tantas pisadas, ramas crujiendo, sangre derramada, huesos salidos de sus articulaciones, llamas crepitando a la orden de una espada desenfundada, carros volcados, golpes sordos de pelaje y hueso al desplomarse en el suelo, para siempre. El tumulto iba avanzando empujado por la invasión mestiza que ellos no se esperaban. Los gritos de semidioses y bestias se entremezclaban, conformando el fragor del combate. Backbiter descendía una y otra vez bajo mi orden, azotando los cuerpos peludos, acuchillando los cuartos traseros, sesgando patas, cuellos y demás extremidades al alcance de su filo de hoja doble.
Abriéndose paso a lanzazos entre la multitud de monstruos que huía chillando despavorida, Clarisse se irguió sobre los estribos, agitando la espada bien alta.
—¡Semidioses... sin cuartel! —chilló—. ¡Campistas... sin piedad!
El centenar de mestizos desplegados tras ella lanzó una aclamación. Sus voces se unieron en un cántico entendible, ineludible, modulado en una única voz. La voz de la rabia; la voz de la guerra; la voz de la venganza.
—¡Sin cuartel… sin piedad! ¡Sin cuartel… sin piedad! ¡Sin cuartel… sin piedad!
Clarisse torció a la derecha y todos la seguimos, topándonos de frente con un grupo numeroso de bestias, que se lanzaron a nuestro encuentro con triunfantes chillidos de caza. Alzando las patas delanteras a una orden suya, la montura dirigida por La Rue saltó y los pisoteó sin miramientos. Los enormes cascos aplastaron cráneos y huesos, dejando a su paso un reguero dealaridos alrededor de montura y jinete, quienes prosiguieron imperturbables hacia adelante.
Sumé mi voz a la de mis compañeros.
—¡Sin cuartel… sin piedad! ¡Sin cuartel… sin piedad! ¡Sin cuartel… sin piedad!
En la débil luz de la noche, dos bestias con cabeza de zorro me salieron al paso; el de la izquierda alzó la cabeza, las orejas hiniestas y las fosas nasales extendidas en un aleteo frenético, cuando lo rocé trotando a lomos del pegaso; con un poderoso mandoble le cercené la cabeza, antes de que pudiera soltar barrido alguno. Su cercano congénere apretó contra si el cuerpo decapitado que empezaba a caer, a modo de escudo, pero un mestizo le salió al paso por detrás, y lo abatió por la espalda.
Clarisse clavó los talones en los flancos de su enorme caballo y lo lanzó sobre una hilera de monstruos al azar, que habían estado descansando, panza arriba. Volcó con la lanza los barriles del carro que, en teoría, tendrían que estar vigilando, apostados, y no echando la mona, haciendo que el viscoso líquido, que parecía aceite, se enredara en sus pelajes, y luego hizo retroceder al caballo, cediéndole el puesto a la espada llameante de Jack. El rubio sólo tenía que acercar a la flameante Domivat para que todo lo que tocara acabara pereciendo en llamas, y aquella vez no fue la excepción.
Pronto todo fue un caos desatado.
Cientos de monstruos encontraron su fin en las llamas de la espada del dragón. Danzarinas chispas se agarraron al cuerpo de las bestias como garrapatas, chispas que se extendieron en olas fulgurantes por el resto del cuerpo. En cuanto prendieron, Jack arrastró los cuerpos en llamas hasta otro carromato cercano con provisiones y luego arrojó los restos al interior, extendiendo el fuego de una ola de llamas a una hoguerade lava viva. La noche profunda se transformó en mañana radiante en medio de un rugir de llamas. Procuré mantenerme todo lo meridianamente distanciado que me fue posible, en la mente la advertencia de preservar el disfraz de los tres dioses y sus tres elementos; ello no me salvó de percibir cómo el aire se saturó al instante del penetrante olor de la sangre, que se acoplaba al hedor de pelo y carne chamuscada.
Clarisse hizo señas para que cada carromato fuera derrumbado y destrozado. Eran valiosos; en muchos de ellos, el aceite que los monstruos habían pensado arrojar sobre nuestro camping mestizo ahora era derramado contra sus propios portadores. Los campistas de segunda fila arramplaron con todos los que vieron. Derivar con cada uno era eliminar la amenaza de fuego en nuestro propio camping, por mucho que éste hubiera sido cerrado y abandonado a cal y canto, sólo defendido por el vellocinode oro, y también equivalía a matar a muchos monstruos enemigos, bestias que en un futuro podrían haber matado a alguno de los nuestros.
Chocamos contra ellos con la fuerza de una marea súbita e implacable, y a mi alrededor se desató el infierno. Jack se abrió paso al galope entre la muchedumbre, arrojando llamas con Domivat bien sujeta, lanzando coces y mandobles a quienes se acercaban demasiado para su gusto. Todo era un caos. Yo ataqué desde el lomo de mi pegaso rojo, blandiendo mi espada contra las fuerzas del Tártaro. Era vagamente consciente de que Annabeth y Percy luchaban cerca de mí y rechazaban ataques procedentes de todas direcciones.
Vi que Selise atravesaba el pecho de una bestia mitad humano mitad anguila con una flecha plateada. Vi a Beckendorf arrojar una especie de pelota de béisbol a un grupo de empousas (vampiras con colmillos, garras, cabellos de fuego, piel blanca como un hueso, una pierna izquierda hecha de bronce y la derecha con forma de burro), y vi cómo la supuesta pelota se derretía para convertirse en un charco de nocivo ácido, derritiendo también a las bestias que había tocado, sin darles concesión a que se ocultaran entre la niebla, cambiaran de forma o lanzaran el gancho de su capacidad de persuasión. Clarisse blandía su lanza, de cuya punta saltaban rayos eléctricos, y atravesaba con ella el pecho de las bestias que iba matando hasta convertirlas en cascarones ennegrecidos.
«¿Dónde estará Cronos?», me pregunté mientras paraba un zarpazo dirigido a mi cara y apartaba al minotauro de una patada. «¿Cómo es que permite esta carnicería para con sus ejércitos?». La cabeza de toro dejó de estar ligada al tronco humano cuando aplasté el lateral de Backbiter hecho de hierro Estigio en el híbrido corazón, absorbiendo la esencia del minotauro.
Causamos estragos entre mantícoras, arrollamos arpías y abatimos a grifos por igual. Cuando Jack veía vísceras, saltaba para hacerse con ellas o más bien con el icor que las impregnaba, icor que era aceite, aceite que era combustible, combustible que ardía a la menor provocación de su espada de fuego. Murieron entre aullidos, gritos, chisporroteos y cenizas. Antorchas vivas y sobrenaturales que iban a parar a los pies de sus compañeros, contagiándoles la muerte con la antorcha de sus cuerpos. Los dejamos atrás, aullando de quemazón.
Desde lo alto de su caballo de batalla, Clarisse ordenó a sus hermanos de casa que formaran una línea defensiva entorno al chico dragón, protegiéndole de los ataques que iban concentrados contra él. Tras indicarles el lugar, salió de estampida, rugiendo una retahíla de órdenes a su paso. Me quedé un rato junto a Iandrak, el tiempo justo y suficiente para interceptar el amago de un ataque; una mantícora arremetió contra Jack después de salvar el círculo de acero que le rodeaba y se agarró a su silla de montar para sujetarse. Le partí el cráneo (a buenas horas había tenido que tener una cabeza humana) le pinché el cuerpo de león y cercené su cola de escorpión.Sangre caliente y sesos y otros fluidos me salpicaron el traje.
Con un golpe del revés de Backbiter, aplasté el rostro hocicudo de una bestia fornida que corrió hacia mí para derribarme del caballo. Tuve que dar un fuerte tirón para liberar la hoja del duro cráneo. Antes de que más zarpas pudieran intentar agarrarme, volví a clavar los talones y el pegaso salió disparado a mi silenciosa orden hacia otra agrupación de carromatos, entorno a los cuales las bestias que los vigilaban justo empezaban a incorporarse. Los cascos del pegaso derribaron a varios, y Backbiter acabó con otros tantos, aunque pronto me vi cercado por los hijos del Tártaro. De nuevo hice girar en redondo a la montura, espadando a todo el que se cruzaba en mi camino.
En la siguiente franja de tierra, media docena de gegenes con picas en cada uno de sus seis brazos aguardaban con las piernas separadas. Oí cómo los arcos se tensaban; segundos después, flechas lanzadas por Elaine acabaron con más de la mitad.Atacamos a los pocos supervivientes. Arrebaté al más cercano la pica de la mano y la clavé en la espalda de uno que a punto había estado de herir a la cazadora en la pierna. A aquellas alturas, los chillidos del incendio que dejábamos a nuestro paso transmitían ya la alarma, y monstruos de diversas especies se precipitaban fuera de sus sitios de reposo empuñando las garras, púas o colmillos que usaran a modo de arma contra nosotros.
Sonreí. La táctica guerrillera de Christian estaba dando sus frutos; oh, y tanto que sí. Los invadidos se habían convertido en plena noche en invasores. La naturaleza indiscriminada de la matanza que emprendíamos los confundía; ellos, que por lo general se creían inmunes a la violencia que habían emprendido contra nosotros y de la que se alimentaban, pasaron a ser los hostigados. De ser los reyes del cotarro, los depredadores a la caza, ahora eran la presa.
Annabeth acuchilló con su daga a un monstruo enfurecido que se abalanzó sobre ella con un cuchillo de carnicero por manos. Necesitó tres tajos para acabar con él, pero al final lo logró, lo apartó de sí de un empujón, golpeando con el cuerpo a otra de las bestias que había querido ir a por ella. A mi derecha, el caballo de Percy cortó el paso a un furioso y fantasmagórico lemures que estaba a punto de arrojar una lanza a las espaldas de la rubia. Con una total sangre fría, el chico procedió a matarlo (bueno, más bien a rematarlo ya que era un espíritu) a él y a todo el que se acercó más de lo indebido a Annabeth. Su «Anaklusmos» (o «Contracorriente») atravesaba por igual cuerpos tangibles y espirituales.
Los hijos de Ares cargaron describiendo un círculo lateral cada vez más amplio, pisoteando a todo aquel que pudo ser pisoteado, apuñalando a los que pudieron ser apuñalados, incendiando cualquier cosa capaz de arder. Cuando encontrábamos un carro cargado de aceite, dábamos la señal a Jack, que los abría a golpes, los volcaba y arrojaba extremidades encendidas a su interior, extremidades que avivaban el fuego propagado por Domivat. No obstante, unos pocos monstruos lograron descabalgar de sus sillas a jinetes mestizos, arrastrándolos al sangriento combate mano a mano que se estaba librando en tierra.
Un monstruo reforjado con cuernos y púas en los codos, y alarmantemente armado con una lanza que usaba a modo de garrote, apareció de repente junto a mi pierna izquierda, y alzó hacia mí una feroz mirada. Bajo esa bestial mirada, privada de humanidad e impregnada de venganza no sedienta, me sentí analizado, como si estuviera registrando mis rasgos y comparándolos de alguna manera con alguna otra descripción de la cabeza. Su hocico se contraía y distendía en un olfateo continuo, saboreando todos y cada uno de los hedores que llegaban desde todas direcciones del campo de batalla. Recorrió todo mi cuerpo con los ojos hasta llegar a mi cara; abrió la boca, extendió dos alas membranosas de murciélago, a su espalda, pero entonces veinte centímetros de acero le brotaron del esternón, arrancándole un gruñido, antes de que pudiera realizar otro ademán.
—¿Hemos localizado ya el escondite de Ethan? —me preguntó entre gritos Clarisse, retirando de las entrañas de la bestia a su Matamoscas.
A una señal le dije que no y le di a entender que ya me ocupaba yo, de modo que pudieran internarse cada vez más profundamente en el campamento de los vástagos. Tan pronto como Clarisse entendió lo que le decía, dio la señal de proseguir. Golpeteó a su caballo con las botas en las costillas, y el animal salió disparado, con Beckendorf a su vera, el centenar de mestizos pisándole los talones y miles de enfurecidos monstruos a la espalda. El caos impulsaba a los vástagos a precipitarse involuntariamente hacia el frío y mortal acero que los esperaba.
Para cuando el último carromato de aquella zona interna volcó y prendió, los vástagos ya afluían hacia nosotros de todas direcciones. La mayoría estaba despistada y luchaba casi con desgana como si todo eso no fuese más que una camorra entre tantas. Pero por incompetentes y torpes que fueran, su superioridad numérica era aplastante. Eran como un enjambre de abejas; cada uno que caía era reemplazado por otros diez.
Los mestizos liderados por Clarisse se batían como leones, pero no podían hacer nada contra la marea bestial que se les venía encima. Semidioses a los que había hablado, que había tranquilizado, inspirado, a los que había gritado y reído, luchaban por su vida y caían de sus monturas con gritos de dolor y terror. Beckendorf se incorporó bruscamente y sus poderosos músculos se le marcaron. Sostenía a una hidra en cada mano por la cabeza decapitada. Acto seguido las arrojó hacia atrás como si no fuesen más que peleles, proyectiles que fueron a matar a otros cuantos congéneres, aceptó las riendas que Clarisse le ofrecía y se subió de un salto a la montura, tras ella.
—¡Clarisse! —Gritó Annabeth, puesta de pie sobre los estribos, arrojando un cuchillo tras otro con temible puntería—. ¡Retirada, retirada! venga, da la orden. ¡Ya! —Monstruos encontraban la muerte al paso de las estelas de sus cuchillos, armas arrojadizas que arremetían y hacían incisivos y se retiraban con trozos de pellejo y piel y desgarraban para después rematar la faena—. ¡Clarisse!
El aire transportaba no sólo el sonido de batalla; también el olor depelaje chamuscado y de la sangre derramada. La hija de Ares asintió. Ya habían logrado el objetivo. Ahora el tiempo corría en contra. Debían escapar. Era imposible volver por donde habíamos venido, a través de hijos del tártaro que ya habrían tenido tiempo de sobra para despejarse por la carnicería que los diezmaba, que ya habrían recuperado el terreno perdido y ya se habrían vuelto a infundir la malicia que los hacía conocidos, como si de escudos se tratara. Sin el elemento sorpresa no éramos más que un grupo de muchachos alocados y suicidas. A todos nos constaba que si intentábamos recorrer por segunda vez el terreno que había sucumbido ante nosotros una primera, moriríamos, engullidos por la cantidad aplastante de bestias que eran, por no hablar de sus ansias de llenarse el estómago con nuestra sangre y cuerpos semidioses. Clarisse los guió en una maniobra. Era preciso que se abrieran paso por la fuerza en el campamento tártaro hasta el otro lado del terreno donde estaban apostados. Las hijas de Artemisa abatían las formas peludas, cubriendo la retirada.
Jack agitó en el aire su espada de fuego; las llamas que bailaban en la hoja lograron captar la atención de los monstruos, lo que ayudó a muchos campistas descabalgados a tornar el curso de la batalla que libraban a ras del suelo y recuperar la esperanza de sus vidas con una discutible victoria. Y entonces Jack soltó la empuñadura del arma. La impulsó con fuerza hacia delante y después la dejó libre. Domivat describió un arco hacia el otro lado, desfigurando así el rostro de una docena de basiliscos alzados, quemando y achicharrando a otros tantos.
Los basiliscos soltaron siseos ensordecedores. Daban coletazos, tratando de apartar las llamas que habían ido a parar a sus ojos, cegándolos por siempre; ; otros rodaban sobre sí mismos, tratando de sofocar con la tierra las llamas, pero o morían por el incendio al que el barro no le era competencia o por las patas de sus propios compañeros, al avanzar sin atender a sus alaridos de socorro. Un gemido interminable de placentera angustia empezó a elevarse en la noche, aumentando en intensidad. Monstruos tambaleantes caían unos encima de otros. Algunos blandían sus garras o piezas o púas o la extremidad que usaran como arma contra un enemigo invisible, despedazando en su lugar a sus camaradas cercanos.
Seguí galopando hacia el interior del campamento a toda velocidad, subido a Spartus, sin atreverme a mirar atrás por si algún campista no había aprovechado la distracción que Jack les había proporcionado y yaciera muerto, a manos de una bestia peluda.
—¿Eih, a dónde vas? —me gritó en medio del choque de armas una campista.
—Sigue con lo tuyo —repliqué por encima del hombro a la cazadora—. Tienes una misión, ¿recuerdas? ¡Cúmplela! ¡No me sigas!
—Dos en realidad —corrigió, situando su caballo a la altura del mío—. Una lo estoy haciendo con total puntería. —Al decir aquello, otra flecha plateada salió rauda a clavarse en la sien de una bestia que se había aproximado más de lo que le convenía—. La otra es cuidarte las espaldas. Y eso me dispongo a hacer.
—Sé cuidar de mí mismo, gracias —farfullé—. Espera un momento —volví a girar el rostro hacia ella, una sospecha aposentada en los ojos—. ¿Cómo es eso de que tienes la misión de cuidarme las espaldas?
Por toda respuesta, dejó que otra flecha surcara el aire con su brillo plateado y fuera a clavarse en la espalda de uno de los grifos, bestias mitad águilas mitad león, consiguiendo que esta cayera al suelo, arrastrando en su caída a otra veintena de monstruos.
—¡Selise!
Ella me observó como si estuviera contemplando un insecto especialmente insistente, al que iba a aplastar de un momento a otro entre las manos, pero apenas pestañeó.
—¿Quieres actuar o hablar?
Pensé en insistir, pero no tenía cabeza en ese momento para un comportamiento tan misterioso. Cumpliendo con el cometido que yo mismo me había auto asignado, dejé las filas de los campistas y me interné en el corazón mismo de las bestias que estábamos diezmando. Apuñalaba sus espaldas, esquivaba a duras penas hocicos y picos y zarpas, despedazaba y desmembraba patas, colas, garras, púas o gargantas.
Lo que veía primero.
Lo que tenía más a mano.
Di un rodeo a la zona, evitando deliberadamente acercarme lo suficiente. Mi intención era averiguar dónde estaban ocultos ambos cerebros de aquella invasión, no enfrentarme a ellos.
No todavía.
Extrañamente, cada latido en la sien me retornaba la calma. Con un revés golpeé a un tambaleante ogro lestrigón a un lado del cuello. Eliminé a cualquiera que vi dispuesto a entorpecerme el avance. Un giro de la hoja de Backbiter por lo general paralizaba sus piernas a la altura de las pantorrillas, y si no era así, el crujir de huesos al partirse bajo el canto de la hoja bastaban para quitármelos de encima. Los aullidos de muerte y dolor eran tan penetrantes que podrían haberse oído desde el Olimpo o podrían haber hecho estremecer las osamentas de los cadáveres de los muertos de Hades, aunque a mis oídos sonaba a verdadera música celestial. Servían además para aumentar también la confusión, impidiéndoles recuperarse y contraatacarnos como era debido, y propiciar así la ineficacia general de aquellos bicharrajos.
Acorralé a una de las bestias.
—¿Dónde está vuestro líder? —pregunté con mi mejor ejemplo de cara póquer.
La gorgona me lanzó una iracunda mirada (suerte que no se trataba de Medusa, cuyos ojos convertían en piedra a cualquiera sobre el que posase la vista) y, no contenta con escupirme y menear a las serpientes que tenía por cabellos hacia mí (¿Habrase visto? ¡Vaya educación!) Alzó contra mí una mano llena de garras.
Torcí la vista hacia la cazadora que me guardaba las espaldas. Me pasé un dedo en horizontal por la garganta. Selise no vaciló. Inmediatamente el monstruo se desplomó al recibir un regalo flechado de su arco.
Me desplacé hasta el siguiente monstruo, lo acorralé y le hice la misma pregunta.
—Tu líder. ¿Dónde está?
Se irguió sobre los anillos de serpiente que eran sus piernas, el dorso humano acorazado con un escudo abollado.
—Grr bba matarrr a ti él.
—Estupendo. Ni siquiera sabes hablar bien.
Chasqueé la lengua.
Selise chasqueó su flecha.
Al tercero, una bestia mitad toro mitad serpiente (¿acaso Ethan o Cronos tenían algún contrato especial con aquellos reptiles?) Spartus lo mantuvo por mí, apretándolo contra el suelo, las patas delanteras aplastando la línea donde ambas especies, serpiente y toro, lo volvían un híbrido verdaderamente monstruoso, algo que parecía causarle una fiesta de agonía.
—Tu amo —exigí—. ¿Dónde está?
—Ma-tarrr-me… tendrás…
—Deseo concedido —asentí.
Y nuevamente me pasé un dedo por la garganta.
Avanzamos. Hasta que finalmente vi lo que buscaba: la tienda de Ethan. O tal vez sería más exactamente decir la tienda donde Ethan guardaba a Cronos. Aunque los monstruos que la custodiaban no se habían tomado la molestia de apartarse e id a ver a qué respondía el alboroto formado, se distinguían no sólo por su tamaño, perceptible a distancia, sino además por ser la única tienda erguida en medio de tantas bestias peludas y malolientes que tenían su cama en los nichos del suelo.
Los vigilantes que custodiaban la tienda se cuadraron en formación, una línea infranqueable que no podríamos ni querríamos abatir.
No obstante, dos de ellos se adelantaron.
—¿Selise? —urgí—. ¿Flechas, por favor?
Por un instante pareció que iba a acertar, pero la flecha acabó desviándose misteriosamente en el último momento. Selise se quedó paralizada, y yo también; ella por la sorpresa, yo por la comprensión. Aquel había sido un tiro bueno; más que bueno, había sido diestro y excelente. que la flecha se desviara mágicamente sólo podía significar una cosa:
Titanes en las proximidades.
Hice gestos a la chica para que me siguiera y saliéramos de ahí cagando leches, pero entonces los monstruos se lanzaron sobre ella, todos a una, dejándome ahí plantado, patidifuso.
Las bestias se lanzaron alrededor de las patas del caballo de la cazadora y aunque éste se encabritaba y les lanzaba coces, otros ocupaban su lugar, tratando de desequilibrar al enorme animal con su peso. Selise repartía tajos a diestro y siniestro con una daga larga extraída del cinto, cercenando brazos, hendiendo cráneos y apuñalando cuerpos. Pero rodeada como estaba por un mar de bestias, no hacía falta ser un lince para comprender que su situación era insostenible. Por mucho que la joven lo intentaba no lograba quitárselos de encima. Fui consciente de que, si la desmontaban, la chica estaría perdida, y el caballo también.
Reaccioné a tiempo.
Los planes de batalla de última hora eran imperfectos, siempre resultaban de ese modo por lo apresurados que eran concebidos y la presión a vida o muerte que traía consigo la lucha. Pero no había otra salida. Otro modo. Otra estrategia.
Tiré de las riendas de Spartus hacia atrás, buscando en la marea de monstruos a Silena 2.0. Lo difícil no fue localizarla, sino llegar hasta ella. Subida en los estribos, la chica usaba el arco a modo de barra (al parecer había acabado perdiendo las dagas) golpeando con rabia y desesperación todo cuerpo que se le aproximaba. Otro monstruo atacó al plateado caballo, y éste saltó inmediatamente, dispuesto a la acción y lanzó un relincho al tiempo que se encabritaba y golpeaba con las patas delanteras. Selise tuvo que agarrarse a sus crines para no caer y romperse el cuello; pero el triunfo le duró poco; pronto los monstruos se volvieron a arrojar en su contra, ignorándome a mí, deliberadamente, hasta que lo acabaron matando entre todos.
Y Selise cayó.
Hundí los talones en los flancos del pegaso que montaba. El animal se lanzó al galope tendido hacia adelante mientras Selise se ponía en pie a duras penas sobre los restos de unos monstruos que había eliminado. Dirigí a mi montura hacia allí; lo hice avanzar, propinando coces a diestro y siniestro y dejando que Backbiter despedazara monstruos sin recato alguno.
Sorprendidas bestias se apartaban al impetuoso paso de mi equipo: corcel, espada y jinete. Spartus propinaba golpes tremendos con los cascos, lanzando hacia atrás a quienes interferían en su camino. Con uno de los cascos delanteros, el alado caballo aplastó la cabeza de una de las bestias, la pierna de otro, el cuello de un tercero.
Enristré la espada, afiancé el agarre bajo el brazo derecho y empujé la hoja con fuerza contra el tope de piel y hueso de una bestia próxima. Le arrebaté la lanza que había portado. Apretando los dientes, usé buena parte de mi fuerza para levantar bien la hoja en el ángulo preciso por encima de la inclinada cabeza del equino, hacia la izquierda, para no perder el equilibrio sobre la silla. El pegaso enfiló hacia el objetivo como si me leyera la mente.
Voló hacia el monstruo que había logrado hacerse con la cintura de la cazadora.
Aunque avanzábamos a galope tendido hacia la multitud de bestias, los últimos metros se me hicieron eternos. Era una carrera entre el pegaso y la vida de Selise. Ella pataleaba, tratando de zafarse de la cosa que la tenía sujeta, un monstruo con tres cuerpos, bastante parecido al gerión que el legendario Hércules había matado en una de sus tantas cruzadas.
El monstruo alzó la vista, la boca abierta en una hendidura que dejaba al descubierto unos dientes manchados de sangre, justo cuando hacía que la lanza robada le atravesara el pecho. El impacto rompió la lanza en astillas. Al instante, recuperé a Backbiter e hice que siguiera la trayectoria y lo terminó partiendo en dos. Volé entre una lluvia de sangre. Cuando conseguí enderezarme en la silla, vi a Selise levantarse, echa una furia, apartándose restos de la bestia del cabello. Nada quedaba del lustroso dorado de su pelo. Blandió el arco que aún usaba a modo de barra contra el monstruo que se lanzó a por ella, golpeándolo en la cabeza. El impacto le aplastó el cráneo a la bestia. Hice girar al pegaso, me incliné adelante sobre la cruz, y observé para mi asombro cómo Selise se despojaba de su capa de camuflaje y lo colocaba sobre el cadáver de un monstruo, cadáver que luego izó a la grupa de su propio caballo, de por sí herido de gravedad, con unas cuantas flechas plateadas al regazo.
Me acerqué a galope a ella; antes de que pudiera detener al animal el suficiente tiempo para recogerla del suelo, la chica se adelantó; saltó, por lo que eché el brazo alrededor de su cintura y sus brazos se agarraron a los míos y tiré de ella, acercándola de cualquier modo al pegaso. Selisepasó la pierna por encima de la grupa de la montura que le ofrecía a compartir, colocó sobre las piernas y entre ambos el arco barnizado de rojo, se acomodó a horcajadas detrás de mí, y asestó en los plateados cuartos traseros de su caballo un último manotazo con la barra del arco.
El animal resopló, herido, ciego y aterrorizado, seguro de que el golpe era una cuchillada de un atacante, y se lanzó a galope tendido hacia la oscuridad, en dirección opuesta a la que nosotros seguimos a renglón siguiente, cuando se sujetó con fuerza a mi cintura mientras yo tiraba de la cabeza del pegaso hacia la izquierda, obligándolo a dar la vuelta justo a tiempo, emprendiendo la huida a galope tendido entre la confusión, tratando de alejarnos del caos formado.
Iba corriendo tan deprisa que Spartus levantaba terrones de tierra con los pies. La figura enfundada en una capa de camuflaje sólo podían ser un enemigo a perseguir; y el brillo plateado de las flechas y su pelaje y crin sólo venían a aumentar esa creencia. Los monstruos picaron el anzuelo; si bien no todos, al menos sí los suficientes. El grosor mayor de las bestias dejó de perseguirnos para pasar a la persecución del caballo de Selise. El corazón me latía tan rápido como los cascos del caballo que corría allá lejos por su vida, para nunca más volver.
—Se llamaba Argentum —sollozó Selise contra mi espalda—. Plata en latín. Por motivos… obvios.
—Sí —admití. El caballo era de un color tan parecido a la plata que sobraban las explicaciones.
Sentí una punzada de pena por el desconcertado y aterrado animal mientras este escapaba de unos monstruos para volar al encuentro de una muerte segura a manos de un titán. El animal daba su vida para permitir que nosotros salváramos la nuestra -y con nosotros, que la retirada de los campistas tuviera éxito- aunque jamás lo sabría. Me sorprendí dándole un apretón consolador a Selise.
Spartus, a quien ahora los dos montábamos, saltaba por encima de hogueras y monstruos, levantando con sus cascos tanto tierra como extremidades ardiendo. Las patas se le enredaban en la acumulación de pelaje de las bestias que iba derivando. En mi cintura, un brazo de Selise apretaba, casi arrebatándome el aire, mientras el otro iba indistintamente de un lado a otro, propinando bandazos a conciencia. Sus dagas habían reaparecido en su cinto, pero la chica no se veía con tiempo para extraerlas.
Al mirar de soslayo a un lado divisé lo que el pegaso quería y necesitaba más que el aire para respirar: espacio para maniobrar y alzar el vuelo, y lo guié en esa dirección. Podía oír el lamento del fuego que Jack había prendido y arreciado en el campamento, fuego que aún continuaba cobrándose vidas tártaras, aunque ahí ya no estuviera el hijo de Aldun para azuzarlo, así como los gritos de los monstruos que nos perseguían o de los que morían a nuestro paso.
Ni el ruido, la confusión o los monstruos corriendo, afectaban al caballo halado. Silena había tenido razón: Spartus estaba bien entrenado; tan bien como un caballo de guerra común y corriente. El animal seguía su frenético galope como si tal cosa, coceando cuando tenía que cocear, sorteando cuando tenía que sortear.
Los cascos del caballo se hundían en la tierra pisoteada. De pronto un par de vástago se lanzó en una insólita sincronía y ejercicio de equipo para interceptarnos. El primero eludió los cascos del pegaso e hizo ademán de agarrarme. Inmediatamente le atravesé el pecho con Backbiter. El segundo se afianzó aún más. Y entonces pegaso y jinetes nos alzamos en el aire, llevando en el vuelo al cabecilla que había precedido aquella persecución. Nos elevamos en el aire, de cara al viento.
Y a treinta metros del suelo Spartus lo dejó caer, firmando su sentencia de muerte por impacto contra el suelo.
Pero no hubo momento de alivio.
—¡Lucy, mira! —Selise me golpeó un costado para que le prestara atención—. ¡Mira ahí, mira!
Multitud de bestias haladas se aproximaban hacia nosotros, sus aleteos zumbando en el aire crepitante de una noche que se estaba tornando infernal. A la cabeza, monstruos con alas de murciélago, pico de buitre y erizadas púas en el cuello. Y detrás de ellos cargaban más. Muchos. Demasiados, a decir verdad. Si de por sí la noche ya era negra, la oscuridad que aquellas bestias aladas traían consigo era aún más enmarañada y sombría.
—¿Ves lo que has conseguido por perseguirme? —no pude evitar reprenderla—. ¡Esas cosas vienen a matarnos, necia!
Blandía en la mano el arco, teñido con tanta sangre y sesos y vísceras que el original color plateado era indistinguible.
—No, si te parece vienen a besarte los pies… —chilló ella a su vez—. ¡Calla y sigue, idiota! —agregó cuando me dispuse a replicar.
«¡Cazadoras!», mascullé. «Ni por salvarles uno la vida conseguía un gracias de su parte».
Emitían en el vuelo sonidos roncos que contenían idénticos mensajes de morder, desgarrar, destrozar y matar. Ala con ala, picos con garras, eran una legión desatada, la hueste que convierte el cielo en un cráter desigual de sombras movedizas.
El recuerdo de una escena similar me vino a la mente, la hueste desatada que había hecho frente el día en que conocí a Amaltea y, más tarde, a Thalía. Aquello era lo mismo. O al menos se asemejaba bastante. Viento con viento, muerte con muerte, flechas dispuestas a llovernos desde las alturas hacia el blanco que éramos.
Monstruos que copaban el cielo como una cortina de alas, patas, riesgo y violencia. Filas y filas de bestias asesinas, letales, venenosas e inamovibles, sedientas de sangre, hambrientos de carne, ansiosos de ganar prestigio entre sus iguales.
Sí. La imagen era tan terrible y hermosa como de terrible y hermosa había sido en el recuerdo vivido -ahora recuerdo rescatado- tan desalentadora como prometedora. Pero no vacilé ni me dejé arredrar. Puse mi mejor cara inexpresiva.
—¡Aterriza, vamos! —Me urgió Selise contra mi oído—. ¿A qué esperas? ¡Aterriza!
—Aún no.
—¿qué? ¿Por qué? ¡Aterriza ahora mismo, Lucy!
—¡Que aún no! ¡Y cállate; no me dejas pensar!
¿De qué nos valdría aterrizar, si esas cosas nos podían perseguir durante el descenso? Y, más aún, ¿si al llegar al suelo unían fuerzas con sus colegas zarposos?
Los monstruos halados extendieron garras, erizaron el pelaje, abrieron alas y dejaron al descubierto muecas repletas de dientes. Clavaron sus ojos de averno en nosotros. Miradas aterradoras, vidriosas e inexpresivas que prometían una crueldad implacable.
Y se lanzaron en picado.
Pero no en círculo, de tal modo que nos fuera imposible eludirlos. Y aquello fue un error. Aguardé impasible hasta el último momento, hasta tenerlos cerca, ignorando los chillidos de Selise y la garra de su brazo en mi cintura. Ordené al pegaso a hacer un quiebre de última hora. Spartus giró a la izquierda, luego a la derecha y, de súbito, se dejó caer a plomo.
Aullé al viento ante el gancho establecido en mi ombligo; el vértigo de la caída era una deliciosa recompensa. Alcé el rostro hacia las alturas que acabábamos de abandonar. La colisión que se produjo fue de espanto; escalofriante espanto. Ambas legiones chocaron entre sí; la velocidad que llevaban les impidió detenerse en el último momento. Pero dio igual. Chocaron de forma frontal, mutilándose y desgarrándose, sin caer en la cuenta de que a quienes despellejaban no eran los mestizos que habían creído tener atrapados.
Hondonadas de bestias pasaban a nuestro lado a toda velocidad y se precipitaban contra el suelo, tan rotos como huevos hecho añicos, oscuras estrellas sangrando decepción de sus letales heridas, aplastando por la caída a sus compañeros que en tierra firme los veían caer.
De mala gana Selise aflojó la garra de su brazo que rodeaba mi cintura; se mantenía muy tensa, tratando por todos los medios de no rozar nada importante ni interesante.
Le di una palmadita en el dorso de la mano para tranquilizarla.
—Recuerda alardear de esto cuando estés con las chicas. —Ella lanzó un leve gruñido de protesta que sonó a «más bien diré que eres una suicida», lo que pintó una sonrisa en mi rostro—. No todos los días tiene uno la suerte de abrazarse a mí.
Spartus prosiguió fuerte y rápido.
La velocidad, en semejante situación, significaba la vida.
Significó nuestra vida.
Conforme cabalgábamos sentía cómo la esperanza de salir vivos de aquello me corría cálida por las venas. Tampoco es que hubiéramos tenido intención de morir (por lo menos yo, no) pero es que en el fragor de las batallas las cosas raras veces salen tal como se han planeado.
Puesto que estábamos en el extremo del campamento de los monstruos, campamento levantado frente al camping mestizo cerrado y abandonado, no hubo mucha altura que sobrevolar antes de volver a estar en tierra firme, muy por delante de las bestias que persistían en darnos alcance. Mientras corríamos veloces, aproveché la oportunidad para matar a todo el que me impedía avanzar, aún sobrecogido por la reacción, o falta de reacción, de la partida de los monstruos antes, al verme. Habían optado por atacar a Selise y no a mí, a pesar de que yo les quedaba más cerca. ¿Por qué?
Seguí despedazando bestias. Estaba demasiado oscuro para saber si eran mantícoras o minotauros, y tampoco importaba. Los quería a todos muertos, y Backbiter les pasaba la misma cuenta letal a todos por igual.
Me incliné hacia delante y me sujeté a las crines, mientras Spartus acababa de atravesar a vuelo limpio ese campamento que no parecía terminar nunca. Galopando a toda velocidad, pasando al lado de los últimos incendios prendidos por Domivat, dejamos atrás las lindes de aquel páramo infectado de bestias, y nos sumimos de improviso en el oscuro vacío de la noche.
Usé los talones para azotar los flancos del alado caballo, instándolo a seguir, azuzándolo a un estado de desenfreno. Al fin dejamos atrás la agitación del campo de batalla; súbitamente salimos por fin del campamento tártaro y el pegaso empezó a galopar sobre el sendero antes recorrido, a campo abierto en la solitaria amplitud de la carretera envuelta en noche.
Me permití respirar hondo, aunque sin desestimar la velocidad de los enemigos. Habíamos dejado muy atrás a los perseguidores, pero ellos no cejaban. Pronto encontramos el rastro de los demás campistas que también escapaban, y nos pusimos tras ellos, a metros de la cola. El amanecer teñía el cielo de un oscuro tono gris acerado. No era un día que auguraba mucho frío, pues las nubes cubrían el paisaje como una cálida manta.
Selise desplomó penosamente su frente sobre mi espalda y, puesto que me sentía agotado, deseé hacer lo mismo, pero cuando ambos oímos el trotar de pezuñas golpear la tierra, nos pusimos de nuevo en actitud de alerta.
La suave colina que ocultaba el camping mestizo quedó atrás, el risco situado al frente, donde habían erigido campamento las bestias, también. Cabalgábamos pisándoles los talones a los demás campistas. Podía percibir que los monstruos estaban cerca. Al echar un vistazo hacia atrás, los vi. Enteros y al completo. Eran tantos que me quedé impresionado. Chillaban y lanzaban alaridos. Con una rápida mirada hacia atrás conté hasta seis hileras de bestias que nos seguían.
Entonces Yandrak se colocó a la cabeza, puesto que era el que mejor vista tenía, aguda e incisiva en la noche. Me incliné sobre el musculoso cuello del pegaso, mientras todos galopábamos tras él, dirigiéndonos al punto de encuentro previamente determinado. Todos sabíamos a dónde ir, pero sólo Yandrak veía el camino, y teníamos que seguirlo obedientemente; a eso se sumaba la confianza ciega de las monturas elegidas, quienes tenían que ir esquivando agujeros o declinaciones del terreno que pudieran poner punto y final no sólo a los monstruos que aún nos perseguían, sino también a nosotros. Morir por una mala pisada del caballo no entraba en nuestros planes, vaya.
—¡Vamos, vamos, deprisa! ¡Corred, maldita sea, corred! ¡Los tenemos casi encima! —azuzaba Clarisse.
Miré por encima del hombro. Teníamos a casi un centenar de monstruos a menos de tres minutos de distancia.
—¿Cuánto falta? —gritó Annabeth, situada muy cerca.
—Debería…
Las palabras de Jack se interrumpieron cuando distinguió brevemente lo que estaba justo allí, ante él. Con un jadeo, apuntó con la espada recuperada, azuzó a su caballo y galopó como nunca, de cabeza hacia la oscuridad.
—¡Ahora, Christian!
De repente la oscuridad pareció descender con un siseo sobre nosotros.
Cobró forma.
Escamosos cuerpos pasaron zumbando sobre nuestras cabezas y fueron a atacar directamente a la tropa de monstruos que nos perseguía. La temperatura pareció decaer; carámbanos de hielo llovían a cantidad del cielo, desde donde una cuarentena de shek los exhalaban y arrojaban. Las serpientes movían la cola y barrían a los contados supervivientes, unos muriendo congelados, otros aplastados por la masa escamosa que eran los sheks.
Y de pronto no hubo nada más que silencio.
Y el portal apareció justo a tiempo, rielando en el aire, a pocos palmos del suelo, en el momento preciso en que un gegenes superviviente esquivaba el coletazo de un shek y embestía al pegaso sobre el cual iba montado.
Por un instante, mientras Spartus, Selise y yo luchábamos a pulso contra el monstruo que llevaba un taparrabos por única vestimenta, avisté a través de un claro de las nubes la apagada mancha de la luz de las estrellas de Limbhad filtrándose por el portal abierto.
Los dos enormes animales se empujaron peligrosamente. Selise, que había perdido toda su elegancia o paciencia,golpeó con rabia a la bestia con el canto del arco argénteo, chillando como loca en el proceso, hasta dejarlo hecho papilla en el suelo.
Tras un breve espacio de tiempo, Spartus aminoró la marcha a un medio trote, y luego se puso al paso, llegado el momento de atravesar el escalón interdimensional.
Exhausto, me arrebujé en la chaqueta de camuflaje. Las piernas me temblaban por el esfuerzo y, ciertamente, me sentía rendido. Desplomé la cabeza sobre el cuello de Spartus, percibiendo como en una neblina el peso de Backbiter descansando sobre los hombros. Desvié los pensamientos del ardor de la batalla a favor de una ducha prolongada y bien caliente. Los mestizos podían dormir, ya, con una victoria sobre el enemigo y con el dulce sabor de la venganza empapando el acero de las armas.
Sin embargo, descubrí que eso no servía de mucho para sofocar el fuego de la ira que me embargaba y, más aún, el furioso desconcierto ante el hecho de que no habían querido matarme cuando habían tenido oportunidad.
—¡Hasta luego, idiotas! —gritó Alayne por la rendija del portal que cada vez se iba empequeñeciendo más a medida que entrábamos en él, dirigiendo sus palabras a los monstruos que corrían a lo lejos, aunque ya nunca lograrían darnos caza.
—Alayne, también son vástagos del Tártaro, secuaces de titanes… ¡Con respeto, por favor! —apuntilló Selise a mi lado, con sorna.
—Es verdad. ¡Hasta la vista, bestias inmundas! —chilló Alayne.
El paisaje oscuro de la noche, con su insinuación de rojizo horizonte a lo lejos se había vuelto acuoso y luminoso bajo el aura del portal, y el ronroneo excitado de la voz de Clarisse al pasar lista y comprobar quiénes seguían entre nosotros me aburría. En mi cabeza volaban los recuerdos y aquella calma sosegada me estaba hundiendo en el sopor de mi mente.
Miré cómo Christian subía el último al portal, poniendo en marcha el viaje, y los pensamientos me devolvieron tres días atrás, al día de la noticia de la llegada del ejército del Tártaro a las lindes de nuestro camping mestizo.
Cerré los ojos con cansancio mientras el mundo parecía girar a mi alrededor en un viaje entre dimensiones, y me dejé arrastrar por los recuerdos, al tanto mi cuerpo se dejaba desplazar a otro planeta.
—¡Clarisse!
El grito, agudo y rasposo, resonó desde más allá del claro e incluso pude oírlo a la distancia en que me encontraba.
Y un instante después el mestizo mandado por Thalía irrumpió en la sala de reunión sin anunciarse, el rostro colorado y los ojos saltones, brincando en todas direcciones.
—¡Clarisse! —Exclamó de nuevo—. ¡Monstruos! ¡Christian ha visto muchos viniendo hacia aquí! ¡Dad la voz de alarma! ¡Preparad las armas! ¡Aprisa, aprisa!
Christian, Percy y yo entramos de estampida justo detrás de él.
Clarisse se incorporó y con un ademán raudo como una centella agarró al mestizo frenético de una oreja y lo obligó a estarse quieto en el sitio.
—¡Respira! ¿Quieres? ¡Respira, que no te entiendo!
—¡Jack! —llamó Christian.
—¡Ya vienen! —anunció Percy.
Muchos de los que ahí estaban se le quedaron mirando, anonadados.
—¿Qué? ¡No! —Silena se puso en pie de un brinco—. ¡Es demasiado pronto! ¡No estamos listos todavía! —La contrariedad, la ira y el temor afilaban sus palabras.
Percy la miró boquiabierto por el asombro.
—¡Al Tártaro con eso! ¿Quieres que salga y me adelante y les sugiera, dado que te indigna que se hayan adelantado a lo que tú preveías, que si no les importaría venir a matarnos más tarde, por favor?
Silena se echó la melena hacia atrás en un gesto despectivo. El hijo de Poseidón tuvo suerte de que no fuera tan larga como la de Rapuncel; de ser así, le habría arreado con ella un latigazo que lo habría lanzado de cabeza al otro camping.
—Déjate de tonterías. Sabes bien a qué me refiero.
—Lo único que sé es que los tendremos encima de un momento a otro.
Más que pensar demasiado en lo rápido o lento que habían llegado o en si estábamos o no preparados para hacerles frente, pusimos la mente a ocuparse del problema inmediato.
—Van a arrasar el camping, verdad? —Preguntó más para sí Clarisse—. ¿Quemarlo hasta los cimientos? Es lo que yo haría.
—Puede que sí, puede que no —hizo ver Christian—. Aún no han ganado. Ahora el cometido es evitar que se salgan con la suya. —Pasó un dedo por la tabla de la mesa, abarrotada de papeles y planos, miró el polvo recogido en la yema y se limpió la mano en los pantalones—. Mover a la gente antes de que ellos puedan caer sobre nosotros.
—Christian tiene razón —coincidí, la mirada extraviada, enredada en planes de ataque—. Necesitamos salir de aquí. Ydeprisa.
Clarisse asintió.
—Que alguien vaya a encargarse de la evacuación.
—No es necesario —calmó Percy—. Los campistas saben que lo tienen que hacer. La mayoría está manos a la obra.
—¿Cuántos son? —preguntó en voz baja mientras el campista enviado por Thalía se llevaba una mano al costado e intentaba respirar.
—Eh... —el semidiós se sacudió el aturdimiento y se calmó—. ¿Unos centenares? —dijo con voz rasposa hacia Christian, preguntando más que afirmando—. Muchos.
—Estupendo. ¿Se están acercando o están acampados? —Demandó Clarisse en un tono que podría haber sido sereno y razonable si la mirada encendida de sus ojos oscuros no hubiera delatado la ira que crepitaba en ellos, ocultando su sobresalto—. ¿Tenemos tiempo para prepararnos o están ya a las puertas del campamento?
—A tres horas de aquí, dos como muy pronto, cuatro como muy tarde —notificó el único que los había avistado, Kirtash—. Creo que atacarán cuando la noche sea cerrada. —Observó a la chica con aire crítico, una mirada que decía que estaba cien por cien seguro de ello.
—Que los dioses nos protejan —musitó Silena.
—Harías mejor en desearnos suerte —espetó Clarisse.
—Ni una cosa ni otra —las acallé sin preámbulos—. Ni la suerte ni los dioses asirán un arma para luchar a nuestro lado esta noche.
Se produjo un silencio. La perspectiva del asalto de cientos y cientos de monstruos cayendo sobre el camping mestizo en medio de la oscuridad helaba la sangre a cualquiera. A cualquiera menos a los hijos de Ares, que parecían haber nacido con el gen del frío pragmatismo en las venas. Clarisse enderezó la espalda.
—Entonces tenemos un poco de tiempo, al menos —lanzó de una patada la silla donde había estado sentada como si empujara con el pie una lata de refresco vacía—. Rachel, ve a informar a nuestras tropas de que se acerca la batalla. Di a cualquier jefa de casas que encuentres en el camino que se presenten ante mí para debatir nuestra estrategia. ¡Vamos!
La pelirroja salió corriendo como si escapara en verdad de la estancia. No podía culparla.
Silena se volvió hacia Christian.
—Qué oportuno —siseó, ceñuda—, que desaparezca tu amiga, la reina de los sheks y nos ataquen inmediatamente. Casi se diría que esperaban tenernos sin ese apoyo.
—Pues mal lo han calculado —replicó Christian—. Puedo contar con Shizuko en cualquier momento.
—La cuestión no es que puedas contactar; sino que ellos puedan llegar a tiempo. ¿No te parece?
—¡Ya basta! —Exigió Clarisse—. Está bien —nuestra jefa de armas se prestó a tomar las riendas de la situación—. Calma. No perdamos la calma.
—Pero es que Clarisse —dijo el campista, jadeante aún—, no puedes imaginar cuántos son. Sagrado Hefesto, da la impresión de que se mueve todo el suelo, de que los picos que se ven allá a lo lejos, desde lo alto de la colina, son una multitud de figuras de cosido barro que corren hacia nosotros.
Clarisse posó una mano consoladora en el hombro del joven mestizo.
—Lo sé, Dan. Lo sé. Pero todos sabemos qué hacer.
No sé qué me sorprendió más; verla ser amable con alguien que a punto estaba de desmayarse o verla tratarlo sin su característica rudeza para con cualquiera que no fuera Chris o, en última instancia, Silena.
Un fornido semidiós barbudo, con el sudor corriendo por su rostro, irrumpió en la tienda sin resuello. Uno de los exploradores, por lo que pude deducir de la chapa que le colgaba en la solapa.
—Todo el maldito ejército... —anunció desde el quicio de la puerta, sin intención de entrar—. El suelo se mueve... Todos ellos...
Empapado de sudor, se detuvo sólo el tiempo suficiente para reiterar la información antes de girar sobre los talones y marchar para dar la alarma a los demás campistas.
—¿Arqueros? —preguntó Clarisse a Christian, que seguía tamborileando en la orilla de la mesa.
El chico negó con la cabeza.
—La verdad es que están demasiado lejos para poderlo saber. —Se llevó la mano a la espalda, donde tenía envainada a su espada de hielo—. Pero apostaría mi vida a que, si tienen bestias capaces de usar arcos, algo que dudo, estarán justo detrás de los escudos de la primera fila, detrás de los que van a la vanguardia.
—Sin duda —coincidió Clarisse—. Cuando estén lo bastante cerca, se dejarán ver.
—No nos tiene que pillar todavía aquí cuando llegue ese momento.
—Lo sé, lo sé —hizo un ademán tranquilizador a Christian.
Al menos habíamos hecho planes para cubrir aquella eventualidad. Ambos camping habían sido entrenados para esperar aquello, de modo que el desconcierto no nublara por mucho tiempo el juicio de uno de los nuestros. Nos iríamos del campamento tal como Christian nos había prevenido; la evacuación... eso les daría seguridad en sí mismos a los campistas menores y valor para afrontar sus propios miedos. En realidad el día dependía de la escapada. Y de quienes se fueran a quedar atrás, cubriendo la retirada.
—Caballería con lanzas..., suficientes para abrirse paso entre nuestras líneas... —continuó comunicando el shek.
Clarisse asintió de nuevo. Silena se adelantó y sujetó de la manga al primer campista que le había traído la noticia y lo escoltó fuera de la sala de reunión.
—No te preocupes; tenemos algo con lo que sacarles los ojos.
Lo empujó suave pero firme por la espalda. El campista pareció recuperar fuerzas de las alentadoras palabras de la chica y marchó corriendo a sus deberes, y en un instante volvimos a estar solos en la sala, iluminada desde el exterior por el sol primaveral de últimas horas de la tarde.
Exploradores que regresaban descabalgaban de un salto, se detenían con un patinazo frente al umbral de la entrada, se acercaban a la estancia para dar las noticias y luego corrían a recoger sus cosas. Clarisse se pasó la rolliza mano por la mandíbula mientras miraba al sur, hacia un enemigo que no le era visible todavía.
—Conocen bien su tarea —tranquilizó Chris a La Rue, posando una mano consoladora en el hombro de la chica—. Lo harán bien. Lo haremos bien. Seremos la pesadilla de esas pesadillas, cariño.
El hispano mostraba un vigoroso destello en sus ojos.
—Así se habla, Chris —felicitó Beckendorf—. Fundiremos sus peludos traseros como el fuego funde el acero en la forja. Hoy les daremos a esos bastardos un buen muestrario de ambas cosas.
—Mejor será que no les mostremos demasiado, demasiado pronto —aconsejé.
—No pienso cambiar nuestros planes ahora —respondió Clarisse a través del hombro de Chris donde se había dejado caer en un minúsculo momento de debilidad.
Me asomé a la ventana. Detuve la mirada frente a un río de campistas que pasaban por delante en una masa arremolinada. Fuera de la sala de reunión, el barullo devino en un tumulto ordenado. Todo el mundo tenía una tarea, y la conocía bien; y cada campista se aplicaba a su labor, recogiendo los bultos que ya tenían preparados desde días atrás, y saliendo después a la explanada para colocarse en una fila recta y ordenada frente al cuadrado señalado como punto de viaje.
—¿Están listas las trampas? —preguntó Kirtash con la misma calma que mostraría al preguntar si era hora de la cena.
—Por supuesto. —Clarisse se apartó de su novio. Salió al exterior. Agarró del brazo a un campista que pasaba corriendo— y empezó a impartir órdenes—. Tú… ¡sí, tú! Necesito tu ayuda. Encuentra al resto de hijos de Ares. Diles de mi parte que les mando a coordinar la defensa, ¿quieres? Quiero líneas formadas. Que no dejen que los monstruos vean la trampa al llegar. Diles que mantengan a la verdadera defensa detrás de la tercera línea. Las trampas ya están dispuestas; su obligación es conducirlos hasta ellas, que no lo olviden. Tenemos que hacer que el enemigo se confíe. ¿Has entendido lo que te he dicho? —El otro asintió—. Bien, bien. Pues venga; pasa el informe. Y después dirígete a tu posición asignada.
—Iniciad el primer fuego cuando su infantería, es decir, los que vayan a la vanguardia, se hayan lanzado —intervine—. Una vez que hayan dejado atrás el punto donde tenemos determinado que detone la explosión, atacad. Aguardad a que pasen dos de sus alas para volved a cargad. Recordad, tal como hicimos en los entrenamientos.
El campista asintió a las órdenes y luego salió disparado, reuniendo a un grupo de mestizos para transmitir las instrucciones de Clarisse y las mías y que así estos se lo hicieran llegar a cuantos más hijos de Ares pudieran encontrar.
Lo que antes había sido una tarde brillante y luminosa, se había tornado en un atardecer frío, el ocaso auguraba un declive de día sangriento. Clarisse se adelantó para hablar con la muchedumbre ahí reunida.
—Levantamos el campamento —gritó por encima de los cuchicheos nerviosos—. No tenemos mucho tiempo. Ya sabéis cómo va un simulacro, pues esto es lo mismo. Unos cuantos pocos nos quedaremos detrás, cubriendo la retaguardia, para intentar retrasarlos lo más posible y darle tiempo a Christian para sostener el portal que os evacúe a todos de aquí. ¿Entendido?
Muchos de los campistas estaban pálidos y parecían a punto de echar la pota. Algunos se abrazaban para darse ánimos, otros agarraban sus armas como si les fuera la vida en ello, y otros temblaban como gatos tras un remojón en pleno invierno.
—Es hora de la batalla. Hora de la verdad —siguió arengando Clarisse, la voz levantada—. ¡Evacuad el campamento! —gritó—. ¡Recoged vuestras cosas y llevad solo lo imprescindible! ¡Sanadores, reunid vuestros utensilios y estaos preparados para cuando regresemos! Tendréis que ocuparos de los heridos lo mejor que podáis. ¡Todo aquel que esté en condiciones de luchar deberá estar listo para viajar por la mañana, de vuelta aquí, a pelear por su campamento! ¡Campistas, preparaos para marchar! ¡Mañana otro grupo vendrá a unir fuerzas para enfrentarse a la tropa de esos monstruos! ¡Para el que eso sea un problema o esté demasiado débil o acobardado para luchar, llegado el momento, que lo diga ahora... y se quedará aquí! —nadie se movió—. Genial. Tenemos pocas horas para evacuar el campamento. ¡Así que en marcha! ¡Hijos de Ares, conmigo!
Los hijos de Ares alardeaban de ser los mejores combatientes. Por el carácter de implacable guerrero del padre que les había dado sus genes, sabía que ninguno de ellos mentía. La fiera determinación que destellaba en sus ojos advertía de que iban a estar a la altura de esa fama ingrata.
—Kirtash dice que todos vienen del mismo lado, tal como esperábamos —comunicó Percy, cuando Clarisse se volvió de nuevo hacia nosotros.
—Estupendo. No tendremos que preocuparnos de que nos ataquen por los flancos. —Pasó la vista por el campamento que se estaba desmontando rápidamente. Luego volvió la mirada hacia el rostro pálido pero decidido de Victoria—. Llevad a los campistas a vuestro Limbhad a tiempo, Victoria, de modo que no nos puedan rodear. Los jefes de casas nos quedaremos a cubrir la retaguardia.
—Yo también me quedo —manifesté; no era una pregunta, ni algo a debatir. Ella me miró y asintió con un brusco cabeceo, aceptando sin titubeo mi colaboración—. No te preocupes, hoy el tártaro al completo empezará a pagar un precio terrible por su agresión.
Una feroz Clarisse me palmeó el hombro.
—Así se habla. —De pronto se detuvo.
Sonrió de oreja a oreja, lo que encontré perturbador a su manera, al ser algo tan insólito.
—¡Ya no tengo la maldición, chicos! —hizo ver—. ¿Os habéis fijado? ¡No he rimado nada!
Salió en estampida, pidiendo a gritos ayudantes y un caballo, reuniendo a su alrededor un creciente número de semidioses antes de emprender la marcha a liderar los planes del contragolpe.
Me agaché, agarré un puñado de arena y luego lo arrojé al aire.
-¿Qué haces? -preguntó Silena.
-Comprobando el viento. -Christian respondió por mí-. Asegurarse de que, efectivamente, mantiene la misma dirección, que no va a virar de un momento a otro. -Me miró con aprobación, alabando con una inclinación de cabeza mi maniobra.
La corriente era suave y constante, pero sabía que con los hijos de Zeus a nuestro favor, esa brisa podía cambiar a unos vientos más turbios en cualquier momento.
-Mandar al viento contra ellos para así retrasarlos... Vaya, eso está bien pensado, Luc... Lucy.
-Gracias -dije. Lo que no dije es que ese método lo había aprendido de los propios monstruos, la época en que me movía entre ellos como un líder y no como un mestizo potencialmente sabroso al que destornillarle la cabeza de los hombros.
El campamento se convirtió en un hervidero, un caos desatado aunque ordenado. Semidioses y no semidioses corrían a agarrar sus armas y a ponerse sus armaduras. Aparecieron capitanes de casas repartiendo órdenes a sus compañeros, mandando formar a quienes querían quedarse a hacer cortina de humo de lucha. Los conductores de pegasos corrieron a preparar a sus animales alados para el combate, prestándoselos a otros campistas, en caso de que ellos mismos no fuerana formar parte del primer turno de ataque, ensillando a los corceles, que sacudían la cabeza y piafaban, expectantes.
Por un instante, mientras pegasos y sus jinetes corrían de aquí para allá, ninfas creaban una cúpula de protección entorno al lago, sátiros volvían a la vida a árboles con la melodía de sus instrumentos para solicitarles que minaran con sus raíces el terreno, y mestizos y mestizas jugaban con los elementos naturales de sus progenitores divinos, tuve la impresión irreal de estar en medio de una película fantástica, lo cual era absurdo, ya que como mestizo, bien que estaba acostumbrado a presenciar esos usos mágicos.
Al cobrar conciencia de lo que sucedía, me sentí ligeramente extasiado; adrenalina corría cada vez más rauda por mis venas. Aquello no era una película. Era una batalla de verdad, con seres de verdad que harían todo lo posible por ganar y defenderse. Silena también se mezcló con la multitud, rumbo a recoger sus cosas.
Percy, Christian y yo nos quedamos a solas.
-He de irme. En lo que aquí recogéis, voy a ponerme en contacto con Ziessel y los demás shek. -Se apartó de la entrada-. Estaré aquí en media hora, ¿de acuerdo?
El chico nos dedicó un saludo desenfadado y luego dio un potente salto en el aire. A medio impulso, ya se había transformado en una serpiente alada de iris iridiscente. Reptil que voló raudo hacia los cielos, antes de que alguno de los campistas alzara el vuelo y se percatase de su presencia. La falta de reacción por parte de Percy me confirmó que, efectivamente, Annabeth no le había guardado el secreto de la doble identidad de la tríada de Idhun.
Hora y media más tarde, el campamento mestizo al completo estaba en silencio. Miré a los campistas, que perdían su hogar. Las ventanas subidas aunque apagadas, las pistas de entrenamiento y juego, abandonadas. Todos habían empaquetado ya sus cosas y estaban listos para partir.
Eché un vistazo, dejando que la mirada se entretuviera en las fachadas de las casas que Annabeth había diseñado con tanto celo y acierto y que pronto se vería saboteadas por el poco respeto de los monstruos. Se hacía extraordinario comprobar lo rápido que podía despojarse a un lugar de todo vestigio de civilización.
Las casas se alzaban igual que cascarones de huevos vacíos, tan sólo un recordatorio de la vida que habían albergado dentro. Los edificios se veían vacíos, desprovistos de vida, sin un propósito, sin nadie a quien servir. Su único valor era prestar un servicio a los vivos, cobijo, hogar, calor... y ahora hasta eso les era privado.
Con los cambios de luz, el agua del estanque reflejaba un iridiscente y ondulante arco iris. Mi primera noche en la casa del camping no parecía más que un recuerdo vago, el primer día de regreso a la Tierra, de hecho, no parecía más que un sueño lejano. Y cada vez que despertaba, la estancia en los Elíseos parecía casi un fantasma en la memoria. El embrutecedor e implacable asedio de los vástagos del tártaro parecía ser la única realidad existente allí.
Volví a centrarme en la tarea que Christian tenía entre manos. El joven se mantenía en silencio a medida que los semidioses desaparecían en pareja de dos, cada una temblorosa al cruzar el portal, y fundiéndose con el interior del extenso océano de campistas que aguardaban al otro lado, y a los que Victoria, la primera en traspasar el umbral interdimensional, daría la bienvenida a Limbhad y organizaría las dependencias por grupos.
—Parece que hemos llegado justo a tiempo —dijo Annabeth a mi lado—. ¿Lista para entrar en guerra, Lu... Lucy?
No parecía interesada en oír lo que yo fuera a decir. Se dedicaba a rascarse la sien, aguardando su turno para hablar.
—Pareces una bruja con los pantalones llenos de hechizos de última hora que desean salir —le dije a la hija de Atenea en tono ecuánime, observando a lo lejos la evacuación—. ¿Hay algo que necesitas dejar salir, Annabeth?
Ella sonrió tímidamente.
—¿Tan mal disimulo?
—No, para nada —respondí palmeándole la espalda, atreviéndome a tocarla por primera vez desde nuestra última conversación a solas, en mi dormitorio—, es que yo soy muy buena intuyendo las cosas.
Lanzó una nerviosa carcajada ante mi chanza, le indiqué con un ademán el peldaño de piedra donde me había sentado a la espera de mi turno de actuar. Annabeth miró el escalón, pero negó con la cabeza. Supuse que debía ser importante si ella necesitaba estar en pie para decirlo.
—¿Qué te ocurre?
Se retorcía la camiseta a la altura de las mangas, manifestando su nerviosismo.
—Tengo tanto miedo —confesó finalmente—. No obstante la de veces que he luchado con esos bastardos, estoy frita de miedo por dentro. ¿Te lo puedes creer?
No pude evitar rodearla con el brazo y apretarla contra mí y besar su pálida mejilla. Vacilantes al principio, los brazos de Annabeth se rindieron para rodear desesperadamente mi cintura.
—Sí que me lo creo —le confesé en otro susurro mientras apretaba a mi amiga… a mi hermana con fuerza—. Porque yo estoy igual. También yo estoy frita de miedo.
—Cuesta creerlo.
—Pues es la verdad —me reí nerviosamente—. Pero vamos, tenemos a Clarisse. No hay problema. Ésa chica es por sí sola un arma de destrucción masiva.
—Thalía dijo algo parecido. —Annabeth sonrió otra vez—. Clarisse es capaz de hacer retroceder una tormenta con sólo fruncir el ceño.
Gruñí mi asentimiento.
—Y no miente.
Permanecimos abrazados así durante un tiempo, dándonos consuelo y apoyo mutuo. Por encima de su hombro, vi a Percy y a Rachel abrazándose en una sentida despedida (la pelirroja era la próxima en traspasar el portal, junto a Silena). Y a Thalía y a Selise mirar en nuestra dirección, la rubia con el ceño fruncido y una expresión de resignada aquiescencia en el mohín de su boca, mientras su jefa de casa le cuchicheaba algo al oído. Una petición, si es que no malinterpreté sus expresiones. Annabeth se irguió al cabo de un minuto, rompiendo nuestro abrazo, justo cuando Percy se reunía con nosotros.
—Cuidaos —pidió Rachel, a todos.
—Descuida. —Selise le dedicó una sonrisa lobuna—. Este carísimo traje es capaz de librarme de hechizos y dentelladas; por no hablar de mis manos de manicura perfecta, capaces de manejar arco y dagas con nervios de acero.
—Sí. Ese es el espíritu —Rachel agitó una mano como si se despidiera de un público, antes de meterse en el portal que se disponía a engullirla y a hacerla desaparecer; tras ella, la puerta interdimensional soltaba chispitas, como si fuera el de un programa televisivo de cambio de aspecto—. ¡Ánimo!
Finalmente, Christian cerró el portal. Se volvió hacia nosotros.
—Bien. Nos dividiremos en dos grupos. Unos iréis a caballo, otros con los sehks, volando. Jack y yo encabezaremos después la retirada.
—¿Y eso por qué? —quiso saber Clarisse, siempre recelosa.
—Por nuestra visión nocturna —respondió Jack—. Imagino que no todo el mundo puede tener una visión perfecta como la nuestra. Ni siquiera vosotros, mestizos de la Tierra.
Solté un bufido.
—Sí, pero tu perfecta visión nocturna no nos sirve de nada si no nos avisas de que se acerca peligro. Así al menos no nos pillará por sorpresa.
Jack meneó la cabeza mientras comprobaba que su espada estuviera bien sujeta a la vaina.
—aunque podríais llevar un letrero con luces de neón encima de la frente que dijera «carne fresca; monstruos, sigan las luces parpadeantes»... —se mofó, malicioso—, por eso Christian y yo iremos en cabeza de los dos grupos. Para señalar el camino.
—¿Entonces la idea de usaros como cebo está descartada? —se lamentó una de las cazadoras.
—Uy. Idhunitamente descartada —asintió Jack con desenfado. Su sonrisa divertida era tan contagiosa que hasta la hija de Artemisa acabó borrando su expresión de fingida tristeza.
De inmediato, los sonidos apagados del campamento se convirtieron en un estruendo de actividad desatada. Campistas, jefes e idhunitas cogían armas, las alarmas se silenciaban, extinguidas por la política prioritaria de recoger todo cuanto antes. Se sujetaban armas de repuesto a los cintos, se desenvainaban las que iban a dar la primera estocada, y las monturasrelinchaban.
A Thalía y a mí nos tocó en grupos distintos. Igual que a Percy y a Annabeth.
—Por favor, prométeme que te vas a cuidar —le dijo éste mientras ella se aseguraba la capa a la cintura y bajo el mentón. Asintió a las breves instrucciones de la campista que la ayudaba a montar al caballo, al parecer una de las que, en días normales, se encargaban de las caballerizas—. Que no vas a hacer nada temerario.
—¿Cómo librar una batalla sin hacer algo temerario? —Replicó Annabeth—. Toda lucha es temeraria.
Percy miró a la joven con expresión amarga, pero no ofreció réplica y aguardó a que contestara con algo mejor. Ella pareció sentirse culpable y, esbozando una cálida sonrisa, soltó las riendas, se inclinó a un lado y lo acarició con notable afecto en la mejilla, una reiteración de amor, una promesa de regresar después.
—Te lo prometo —musitó. Y le plantó un dulce beso en los labios—. Te lo prometo.
—Yo que tú apretaría los estribos.
Pegué un respingo. No había oído acercarse a nadie. Thalía tenía hojas y ramas pegadas a la ropa para camuflarse en el bosque.
—¿Qué?
—Los estribos. —Thalía señaló mis pies—. Apriétalos más. Intentarán tirarte al suelo.
—Oh, sí. —Comprobé las correas de los protectores de las piernas, asegurándome que estaban bien sujetos—. Gracias. —La sonreí—. ¿Vienes a desearme suerte?
—No la necesitas —chasqueó—. Mala hierba nunca muere. —El modo en que acariciaba las crines de su caballo zaino (el suyo sí era un caballo; ella y el miedo a las alturas no habían hecho las paces) me hacía sospechar que se guardaba algo más para sí—. No vas a... —bajó la voz y pegó su caballo al mío—. A buscarlo y enfrentarte a ... él, ¿verdad?
—No. —Procuré no hacer caso del cosquilleo provocado por la sensación del contacto de sus rodillas con mi muslo—. Cronos no me va a tener esta noche. Lo prometo.
—Bien. —echó el caballo hacia atrás—. Más te vale. Te tomo la palabra.
—¿Eso es todo? —Crucé los brazos sobre el cuello del pegaso—. Rachel, Selise, victoria, Annabeth, Percy... todos. ¿No va a haber abrazo de despedida para mí también?
Miró por encima del hombro y me dedicó una mueca sombría; en sus ojos, la preocupación y la tensión se asomaron junto con un brillo cálido.
—Los abrazos mejor para un reencuentro.
—¿antes que las bofetadas? eso seguro. Te tomo la palabra —agregué ante la mirada torva que me lanzó por mi alusión a nuestro primer reencuentro, meses atrás—, así que más te vale que no te dejes matar.
—¿Yo? —Propinó un fuerte tirón a las riendas de su montura—. Recuerda: mala hierba nunca muere...
Absurdamente, me entraron ganas de reír. Sacudí la cabeza, en la cabeza una lista de planes se sucedían uno detrás de otro, cosas que aún quedaban por hacer o que podíamos hacer.
—Si atacamos su flanco derecho —dije, arrimando el caballo a Clarisse, quien observaba el horizonte con los ojos entornados—, puede que les sorprendamos en el lugar donde su frente es más estrecho y podamos atravesarlo antes de que les dé tiempo a reaccionar.
—Sí —cabeceó—. Tienes razón.
—Ha llegado el momento, semidioses —murmuró Christian, dirigiéndose más bien a la veintena de mestizos que nos habíamos quedado atrás, para cubrir la retirada y presentar falsa pelea cuando los monstruos llegaran—, la hora de la verdad. Respirad hondo, tomad un último trago de agua fresca y quizá un último aperitivo. Echad un buen vistazo al terreno que tenéis ante vosotros, porque pronto se habrá cubierto de sangre. No quedará nada de la arquitectura de vuestro hogar. Dentro de unas horas esas bestias estarán en lo más intenso de la destrucción de este camping. Y nosotros deberemos responder con idéntica destrucción. Abrazad a vuestros amigos, besad a vuestros novios y novias, tomaos por última vez de la mano y decíos lo que sentís, porque no todos sobreviviréis a esta batalla. No todos llegaréis al día de mañana. Que vuestros dioses velen por vosotros.
Hubo un silencio absoluto. ¡Qué chico tan alegre!
—Creo que aquí es cuando alguien da un discurso de esos, para animar a la tropa —dijo Beckendorf.
—Creo que Kirtash lo acaba de hacer —musité, ladeando la cabeza hacia el chico hielo.
—¿Eh? No, no —rechazó el interpelado—. Para nada. ¡El Séptimo me libre! Sólo era un consejo, por favor.
Todos miramos a Clarisse. Ella apretó las riendas del caballo, hizo girar grupa y, mirando por encima del hombro, los ojos ocultos por el casco, la voz preñada de desdén, espetó:
—Moríos si queréis, vivid si podéis, pero luchad sin cuartel.
Y aquello hicimos al caer la noche.
Dimos la espalda a nuestro hogar, dejando su protección en manos de un vellocinode oro que bien podía acabar fallando, como ya lo hiciera una vez, y a un dragón bastante dispuesto a no permitir que la broma se repitiera.
Incursionamos en las tropas del Tártaro, asentados sobre una alta planicie, haciéndoles creer que todo el camping mestizo al completo caía sobre ellos.
«Moríos si queréis, vivid si podéis, pero luchad sin cuartel».
Y aquello llevábamos haciendo desde entonces.
—¡Lucy!
La voz del shek fue tan audible que desperté del me duermo no me duermo en el que había estado sumido en esos últimos minutos. Enseguida el ronroneo de las excitadas voces que conversaban apagadas a mi lado tuvo la virtud de despejarme de aquel preparativo, días atrás. Mi mente dejó de divagar y mi vista se enfocó nuevamente en los supervivientes de nuestra tercera emboscada.
No había shek entre nosotros. Los idhunitas estaban dispuestos a compartir su refugio cósmico con otros semidioses, pero nunca, como reiteraron Jack y Victoria, con otro shek que no fuera Kirtash.
Me había pasado todo el viaje sumido en cavilaciones. Ya habíamos llegado al minicosmo de los idhunitas. Limbhad estaba envuelto en el basto silencio de una noche profunda. . Tras la aglomeración de bestias, el ruido de patas y pezuñas yendo en post de nuestra huida, y la turbulencia de la campeada en el campamento Tártaro, el aislamiento de aquel pequeño cosmos parecía casi opresivo, una mota edificada de nada en medio de ninguna parte.
—¡LUUUUCY!
¿Qué pasa? —pregunté, molesto.
—Pasa que si paso lista quiero que me respondan —replicó Clarisse, enfuruñada, los brazos puestos en jarras—. Te estaba llamando para ver si seguías entre nosotros.
—Te oigo, luego existo.
—Responde, luego sabré que existes.
—Bien, bien, bien —dijo Jack volviendo el rostro después de que el torbellino propio del viaje entre dimensiones terminara y descabalgase de su pesado caballo de guerra—, no ha estado mal. La próxima vez seguro que nos libramos de casi todos ellos.
Hice un gesto desenfadado.
—¿Después de tres días? Claro. Cómo no.
Un grupo de bienvenida nos aguardaba. Se abalanzaron hacia nosotros nada más cerrar Christian el portal rielante, formando hileras que nos aclamaban a medida que penetrábamos en el refugio. Miré el reloj de mi muñeca;faltaban sólo pocas horas para que amaneciera, pero como era costumbre, el techo encapotado de estrellas de Limbhad no daba muestras de que un día nuevo estuviera a punto de despuntar.
Ayudada por unas cuantas cazadoras y unos pocos hijos de Dionisio, Victoria apareció para hacerse cargo de los heridos -el báculo de plata, diamante y cristal aferrado al cinto- trasladándolos al apartado reservado en Limbhad para tales casos, dentro de la edificación más pequeña de las dos que conformaban aquel pequeño mundo.
Cerca de la zona reservada para los viajes, un preocupado Chris aguardaba impaciente y trotó al encuentro de Clarisse. A su lado, Silena apareció cuando salté del lomo del pegaso al suelo -después de que lo rascara detrás de la oreja y le diera las gracias por su inestimable ayuda en el campo de batalla- para tomar las riendas del agotado Spartus, darle de beber y cuidarlo en lo necesario. Antes, cómo no, se detuvo a recibir sonora y besuconamente a Beckendorf.
Hice una mueca ante el dolor de los músculos tras la dura y reciente cabalgada y el combate de la noche. El frío y el cansancio hacían mella en todo mi cuerpo. Sin embargo, me obligué a andar como si acabara de disfrutar de tres días de descanso en consideración a quienes me rodeaban y, más aún, en consideración a los pocos que sí habían resultado heridos.
Clarisse, a la que no parecía haber afectado negativamente la batalla que había librado esa noche, comenzó a impartir órdenes, más bien recordatorios, acerca de las medidas y ardides a aplicar por el grupo encargado de llevar a cabo la siguiente incursión del día siguiente.
—Tal vez deberíamos tener un ardid.
Clarisse enarcó una ceja, interesada.
—¿Qué quieres decir?
Me revolví los cabellos, impaciente.
—Quiero decir que deberíamos mandarles falsas alarmas. Insensibilizarlos a nuestra aparición para que, cuando ataquemos de verdad, lo consideren otra falsa alarma, que crean equivocadamente que sus propias alarmas son simplemente otra falsa alarma, en vez del aviso de advertencia que en realidad es.
—Estupendo. ¿Y cómo logramos eso, si se puede saber?
—No lo sé. —Negaba con la cabeza mientras seguía intentando recuperar el aliento—. No lo sé. Tú eres la hija de las batallas, ¿no? Piensa en algo.
—Tal vez los sheks puedan ayudarnos en eso. La gente del Tártaro parece tenerles bastante miedo.
Clarisse miró entonces a Percy, que parecía satisfecho de yacer de espaldas en el suelo donde había caído al acabar el viaje, como si en el mundo no hubiera lecho más cómodo que aquella hierba suave y recortada.
—¿Cómo, exactamente?
—Tal vez dejándose ver de cuando en cuando por las tropas del tártaro —explicó Percy, acariciando con agotamiento la hierba que se expandía a ambos lados de su cuerpo—. Ellos creerán que hay mestizos subidos a sus lomos, lo cual no será así; darán la alarma... se prepararán... para nada. Y el día en que realmente estemos con ellos... bueno, digamos que no se lo creerán. Y podremos aprovechar esa confianza en su contra.
—Déjame pensar... —Clarisse asentía y negaba, una cosa tras otra—. Déjame pensar... Parece una buena idea... pero hay algo ahí que necesita madurar.
—Bueno. Yo ahí os dejo la semilla. Ánimo, chicos.
Me encaminé hacia la reluciente escalinata de piedra. Limbhad hervía de vida, por dentro y fuera de sus dos edificios. Fuera, en plena pradera, los campistas recién llegados de la correría trataban de recuperar el aliento bebiendo a grandes rasgos de botellas de agua. Otros rechazaban las botellas o cantimploras que les tendían, optando por irse de cabeza a cenar.
Algunos de ellos gruñían de dolor a causa de heridas que en el furor del combate y la huida no habían notado. De hecho, sólo entonces fui consciente de que la barbilla me latía. Por su parte, los semidioses que en aquel tercer día de batalla les había tocado descansar, buscaban a sus conocidos entre los recién llegados, o se desplegaban entre los carros, atendiendo a las monturas.
Y dentro, había campistas cocinando, otros comiendo, otros guardando y organizando reservas, otros preparando armas y charlando con descanso en las diferentes estancias.
Entré en el edificio mayor, seguido muy de cerca por Selise, pensando en si detenerme o no por pura cortesía en el umbral de la sala, donde semanas atrás habíamos viajado por primera vez con el Alma de Limbhad. Pero la duda me quedó resuelta pronto. En el vestíbulo aguardaban una docena de campistas, que me miraron como si fuera el horror encarnado.
—¿Qué estáis mirando? —les espeté, algo irascible.
Nadie respondió. Bufé y no les hice caso. Me detuve en el umbral de la cocina; allí Rachel, Thalía y un puñado de cazadoras reponían fuerzas, cenando. La conversación se detuvo de inmediato.
—Podéis seguir hablando, eh.
Lucy, estás cubierta de sangre —señaló Rachel—. ¿Estás bien?
Bajé la vista hacia el tejido terregoso de mi traje de camuflaje y sólo entonces comprobé que ya no era terroso sino rojo. Tenía la piel del rostro tirante por la sangre seca, así como el cabello.
—Oh, no, no pasa nada. No es nada. Estoy bien —afirmé en tono más sosegado.
Rachel suspiró aliviada. Por un momento, creí que Thalía iba a abrazarme, pero di un paso hacia atrás, alzando en lo alto mis manos empapadas de sangre seca, así que al final ella se giró hacia Selise y le musitó la misma pregunta, a lo que ella respondió con un ademán impaciente y un «necesito ducharme, necesito ducharme; luego ya, me hablas».
Rachel, que no dejaba de mirarme con ojos desorbitados, inquirió:
—¿Qué hay de Ethan? ¿Lo visteis?
—No —reconocí, mirando con envidia la facilidad con que dejaban que Selise se escabullera por la puerta, mientras a mí insistían en retenerme para dar explicaciones—, eso sí, llevo encima buena parte de sus vigilantes más cercanos —agregué señalando con un ademán la sangre que me embadurnaba.—. Y ahora —enarqué una ceja—, ¿se me permite ir a lavarme, por favor, o aún queréis saber algo más?
—Yo sí. —Thalía me miró con una sonrisa taimada—. ¿A cuántos más mataste?
Me encogí de hombros con gesto cansino.
—He estado tremendamente ocupado, así que no he tenido tiempo de contarlos. Pero supongo que de veinte no bajan.
Tanto Rachel como la hija de Démeter palidecieron. La sonrisa de orgullo de Thalía se hizo aún más amplia.
—Me sorprende que me hayas dejado alguno para que te supere en cifra.
—Todavía quedan muchos —repuse, demasiado cansado como para devolverle la sonrisa—. Podrás superarme mañana, cuando vuelva a tocarte pelear.
—Supongo... sí.
—Además, he de reconocer que Spartus hizo todo el trabajo —añadí, frotándome la cara.
—Ya te dije que no te fallaría —recordó Silena, entrando en la sala.
—Y no lo hizo. Me fue de mucha ayuda, tanto o más que esos dioses de ahí arriba. Los que te empeñas en rezar.