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Historia 126109 — capítulo 40
Disclaimer: A la inspiración de este fic corresponde la saga mitológica de Rick riordan, la trilogía fantástica de Laura Gallegos y demás agentes a los que ambos hayan cedido sus derechos de autor.
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Me fui. Pero no muy lejos; si creía que con echarme del cuarto iba a deshacerse de mí, se equivocaba de medio a medio. Nada más pisar el vestíbulo del edificio, me apalanqué en el vaho de la puerta, decidido a plantarle cara de una vez por todas. Miré hacia lo alto, buscando en el cielo respuestas a las preguntas que me hacía acerca de aquella obstinada.
Se las iba a preguntar hoy, sí o sí, porque aquello apestaba, y bastante. Necesitaba hablar con ella, y no sólo entonces, sino todo. El. Tiempo.
Los minutos pasaban sin ningún cambio ni movimiento en el interior del templo, algo que indicara que estaba saliendo, que se aproximaba; pronto había transcurrido el horario de almuerzo… y nada.
«Maldición». No salía de ahí dentro. Tocaba hacer tiempo. «A esperar», me dije. «Sólo una. Hora. Más».
La estuve esperando, de pié en el umbral, solo, con la presencia del atillo de su ropa en la espalda como única compañía. Y en todo aquel tiempo, me percaté de un símil bien sorprendente.
Thalía era como un cubo de Rubik. costoso de encajar; tan frustrante que llegas a desear tirarla por la ventana. Pero no lo haces. Porque la complejidad es el reto, lo que te impulsa de nuevo a tratar de entenderlo hasta que lo resuelves.
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CAPÍTULO 39. EL REGALO.
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Media hora más tarde, vi su figura acercarse a la salida, una mano adelantada con una linterna, la otra restregándose bajo los párpados. La analicé de soslayo con el rabillo del ojo mientras recortaba distancia conmigo. Aquel día iba vestida con un modelito bastante... ¿cómo definirlo? ¿Moderno, peculiar? Llevaba zapatillas hip-hop, pantalones vaqueros con las rodillas deshilachadas apropósito, una camiseta con cadenas con un logo que rezaba a la altura del estómago: «que no te encadenen ni cien cadenas». Tenía el pelo recogido en dos coletas pequeñas de cintas teñidas a dos colores... todo un look muy suyo, que combinaba con su belleza única, por lo cual parecía decir: «mírame con rareza todo lo que quieras, yo me siento bien, esto me sienta bien, y eso es lo que cuenta». No podía estar más de acuerdo.
Al verme en medio de la entrada, una dificultad que esta vez no podría evitar, se detuvo en seco. Su tristeza era casi palpable, como la humedad en el aire pronosticando la llegada de la lluvia. Aunque claro, a lo lejos un grupo de campistas estaba regando el césped del claro así como ciertos árboles, de modo que era probable que la humedad que se respiraba respondiera a ese hecho en cualquier caso. Igualmente, con Thalía tan de capa caída, pensé que el clima soleado de Apolo se estaba burlando de algún modo de su humor.
—Hola —musité, apoyando con indolencia la espalda en el marco de la puerta, las manos bien metidas en los bolsillos—. ¿Cuánto tiempo, eh?
No me rió la gracia.
—Hola, Luke —saludó con un tono de resignación educada pero brusca, como si yo fuera el peor de sus conocidos, esa clase de vecinos que sólo saben acorralar a las personas para hablar de la lista de morosos de la comunidad o para quejarse de una nueva bombilla fundida en el descansillo de un piso que no es el suyo.
—¿No te has ido?
—A la vista salta que no.
—¿Y llevas aquí todo el tiempo?
—A la vista salta que sí.
Torció el gesto, como si le hubieran arreado un golpe en la boca del estómago.
—Vale.
—¿Qué tal? —pregunté, con gran magnificencia.
Respiró profundamente y, más tranquila, recuperó el paso.
—Bien.
Bien es una palabra graciosa. Simple, bisílaba. Cargada de matices. Difícil encontrar otra palabra en el vocabulario, sea el lenguaje e idioma que sea, que exprese tanto de forma velada, mientras en realidad está diciendo tan poco, de forma escueta.
Venga, bah. Sí. Pensadlo. ¿Cuántas chicas le han dicho a su pareja, después de una bronca que casi acaba en hecatombe,«estoy bien», cuando en realidad lo que están diciendo es «estoy tan enfadada que quisiera cortar tus partes nobles con el cuchillo de la mantequilla y dártelos a comer, para que aprendas?» ¿Cuántos chicos le han dicho a sus novias «eso te sienta bien», cuando en realidad están diciendo «uff; vas hecha unos zorros, chica?» ¡Incluso en los dioses la teoría también se sostiene! ¿Cuántos cuernos le ha puesto Zeus a Hera, cuernos que ella ha pasado por alto diciendo «está bien», para luego ir de espaldas a vengarse de esa otra que le ha arrebatado a su marido? Bien es la forma más universal de decir que estamos estupendamente, cuando en realidad estamos diciendo todo lo contrario: «estoy jodido», «dolido», «fastidiado», «no me toques las narices».
—Bien —repetí, bajando la mirada a mis zapatos—. Me alegro.
—Déjame pasar.
No me moví ni un milímetro del sitio.
—¿Puedo hablar contigo? —pregunté, quizá algo del todo redundante teniendo en cuenta que aquello era exactamente lo que ya estábamos haciendo... o al menos algo parecido.
—No. Tengo prisa. Y ahora déjame pasar.
—¿A dónde ibas?
—A correr —dijo escuetamente—. Déjame pasar, por favor —pidió, la cabeza gacha, los ojos fijos en la pierna que había alzado para hacer barrera, por si se le ocurría intentar salir por delante de mí y no dignarse siquiera a dirigirme una mirada de soslayo. La creía muy capaz de aquello.
Sentí como si un martillo hubiera caído de bruces en mi estómago, abatiendo todo lo que encontraba a su paso. Despacio, retiré el pie del quicio de la puerta.
—Vas a correr... —tanteé, entornando los ojos bajo la inclemencia de un rayo de sol—, ¿así vestida?
—¿Algún problema?
Sí. Que no estaba ni por asomo vestida para ir a correr. Pero a ver quién era el valiente que le decía eso, más con esa mirada furibunda pendiendo cerca.
—Ninguno, ninguno —negué—. ¿Puedo ir contigo?
—La sala de entrenamientos es de todos —encogió un hombro—. Puedes ir a donde te plazca.
Reemprendió la caminata, esta vez en dirección a la otra casa principal, donde estaba la sala de entrenamientos. Corrí detrás de ella. Sabía que ella confiaba en que me callara, en que me mantuviera al margen de las ideas que le bullían por dentro, así que naturalmente, solo la dejé disfrutar de unos momentos de silencio antes de que me decidiera a abrir la boca.
—¿Puedo preguntar qué hacías tú sola ahí dentro?
Silencio.
—¿Oye; que para qué querías quedarte a solas?
Más silencio.
¿Era para que pudieras hacer cosas... raras?
Se volvió y me miró con furia, y yo me lo tomé como un pequeño triunfo. Parecía haber estado dispuesta a hacer caso omiso de mis pullas. Lograr traspasar su gélida indiferencia constituía para mí una victoria. Aunque ops, naturalmente, cuando uno se mete con una cazadora de Artemisa, hija de paso del dios de los vientos, era preciso actuar con cautela. Puede irritarse un poco y contentarse con fulminar con la mirada, o puede lanzarte una andanada de rayos o briznas vegetales a la cara, y entre una cosa y otra hay una línea muy fina.
—Me estás buscando —amenazó.
—Claro que te estaba buscando. ¿Qué te ha dado la pista, el hecho de tenerme aquí, delante de tus narices?
Me asestó una mirada feroz en respuesta.
—No estoy de humor, Luke.
—Ops. Cosa bien rara viniendo de ti —ironicé—. Bueno, vale. No estás de humor. ¿Y eso por qué?
Volvió a quedarse callada.
—¿Eoh eoh eoh?
Otra pausa.
—Oye, guapa, no has contestado a mi pregunta —dije al tiempo que daba una patada a una piedra blanca y la veía rebotar por el suelo, hasta acabar encajada entre las raíces de un arbusto—. ¿Qué hacías tú sola ahí dentro? ¿Acaso te volvieron a mandar en busca de algo? —Más silencio—. Ah, ya veo. ¿Estabas buscando una venda para taparte los ojos? ¿O un trapo para amordazarte la boca? ¿O un espejo donde mirarte por tu propia cuenta? ¿O...?
—Calma —respondió a regañadientes—. Algo que tú me estás arrebatando ahora mismo.
—¡Ajá! Así que estabas buscando algo, después de todo.
Resopló y apretó el paso, decidida a dejarme atrás. Hice caso omiso de su desplante y la perseguí hasta que la alcancé a la salida del edificio.
—¡Para, Thalía! —exclamé, empezando a sentirme molesto con su actitud, encima con la distancia que insistía en hacerme recorrer—. Detente. Tenemos que hablar.
No se detuvo hasta que no ascendió de dos en dos los peldaños de la casa central.
—¡Ah! Hola, tú —me saludó entonces con extrañeza, como si se sorprendiera verdaderamente por mi aparición tras ella—. ¿Aún estás aquí?
—Ya ves —contesté, mientras ella empujaba la puerta del salón de entrenamientos e iba directa a un lateral de la sala solitaria, sólo habilitada por las numerosas armas que abarrotaban el suelo.
Diez minutos después, continuaba en la sala de entrenamiento, volando en la cinta de correr, los ojos cerrados, las manos aferradas al manillar, los pies marcando con furia cada zancada. Aguanté los primeros minutos con las manos en los bolsillos; los siguientes, con la mano en la boca. Solté gruñidos, enterré mi frustración entre las colchonetas, propinándoles patadas rítmicas, hasta que al final emergí, más calmado, dispuesto a intentar de nuevo hablar con la mula que era aquella chica.
—Tendrás que correr más rápido, mucho mucho más rápido, si crees que así puedes continuar evitándome —comenté con voz calmada, acodándome en la barra de la cinta de correr.
—¿Tú no pillas las indirectas? —Gruñó, abriendo los ojos de golpe—. Que. Te. Pires.
—No me voy a ninguna parte.
—Vale. Pues, ¿qué quieres? ¿Qué haces aquí?
—¿Qué hago aquí? Terminar con tu política de evasión. O al menos entender por qué has vuelto a reemprenderla, por qué ahora andas evitándome.
—No te estaba evitando.
—Sí, claro. Olvidaba que eso en tu mundo significaba hablar por los codos. Venga ya, Thalía. Habla. ¿Qué demonios te pasa?
—Nada —respondió evasiva, pulsando el botón que detenía la máquina—. Soy así de rara y cambiante. ¿Recuerdas?
Cogió la toalla que había dejado sobre el manillar y se la colgó al hombro después de secarse el rostro, luego se apeó de la cinta y me dio la espalda. Se dirigió al banco más cercano a sentarse, pero fui tras ella, lo que causó que no se sentara y cambiara de destino, esta vez la salida.
—Venga ya. ¿Cuándo fue, o mejor dicho qué fue?
—¿Qué fue qué?
Me posicioné a tiempo entre ella y la puerta, arreándole la indirecta de que se mantuviera en el interior de la sala.
—Lo que te hice.
—No sabía que me hubieras hecho algo.
—Yo tampoco. Hasta hoy. Y mira, sobre lo que pasó el otro día…
—¡So, so, so! —Demandó silencio alzando imperiosa una mano—. Lo del otro día fue un error —catalogó, tajante—. No volverá a suceder de nuevo.
¿Sabes algo sobre psicología infantil? ¿No? Pues aquí viene una lección esencial: dile a un niño que no puede hacer algo, lo que sea; prohíbeselo. Y ahora, intenta adivinar qué será lo primero que hará cuando te des la vuelta... ajá. Exacto. Los hombres somos iguales en ese sentido, que nadie os engañe. Exactamente iguales. ¿Ella decía que no nos íbamos a volver a besar? Eso es porque no estaba teniendo en mente el recuerdo, la intensidad de esos besos, la entrega del momento. Justo todo lo que a mí me hacía estar seguro de una cosa: volveríamos a besarnos de nuevo. Pero no era precisamente eso lo que ella necesitaba oír y reconocer ahora mismo. Así que me limité a encogerme de hombros y a permitir que terminara de hablar:
—No fue correcto lo que hicimos. No estuvo bien. Fue algo feo por mi parte que no se volverá a repetir. Lo siento, Luke. Lo siento por ti. —Dejó de hablar, esperó a ver si contestaba y, puesto que no dije nada, continuó—. Por los dioses, ¡di algo! Lo que sea. Por lo menos di «¡eih, no es justo!». O «¿Por qué ese cambio repentino?». Tu silencio me está matando.
—No me parece injusto —dije al fin, intentando encontrar las palabras entre el tumulto de pensamientos que me abarrotaban la mente». Ni voy a preguntar el por qué. Tú mandas, tú decides. Al igual que para discutir, dos personas no se besan si una no quiere, ¿verdad? Así pues, como gustes. Está bien. —con extra de actuación, fingiendo rendición, añadí—. Como tú digas.
Me miró con... ¿desconfianza? ¿Alivio? ¿Decepción? Me guardé la sonrisa para mis adentros.
—Y ahora, ¿podemos hablar?
—¿Más? ¿Y de qué?
A pesar de su pregunta, Thalía sonaba distinta. Menos a la defensiva. Era el primer inicio de verdad en toda aquella conversación en la que me daba la sensación de que podríamos hablar como dos amigos civilizados en vez de como dos amantes atrincherados en una guerra de despecho interminable.
—Ah, no sé —dije sin querer soltarlo todo de golpe—. Tú sabrás. De varias cosas.
—No hay nada que decir.
Se paseó por el área de correr de la sala de entrenamientos cual gato ronroneante, tratando de ganar tiempo y lanzando miradas apreciativas a la puerta que conducía a la salida, donde me había apoyado con calculada premeditación.
—No hay salida, Thalía —dije, notando sus intenciones—. No hasta que te dignes a escucharme y podamos hablar.
—Ya te he dicho que lo del otro día no volverá a pasar. Tema zanjado. Deberías aceptar que yo jamás...
—Sí, sí, sí. Entiendo. Mira, hagamos un alto respecto a eso. Ya te he dicho que tú mandas, como tú digas. Te buscaba porque... porque bueno... Necesito disculparme contigo —solté de sopetón.
Se detuvo, de súbito, perpleja. No esperaba oír aquello.
—¿Disculparte?
—Sí, ya sabes, lo acabamos de hablar. Quiero decir... por lo que sucedió el otro día en la sala de plegarias.
—Oh, eso... —dijo completamente abochornada—. No... No hace falta que te disculpes por nada.
—Sí debo disculparme. Me gustaría decir que me arrepiento de haber hecho algo así, pero lamentablemente ese tipo de cosas es exactamente lo que acostumbro a recordar con más afecto, después, y te aseguro que no tendría que haberlo hecho contigo.
—¿Qué quieres decir? —indagó, recelosa—. ¿Que conmigo no, pero si hubiera sido con otra no te habría importado?
—A veces no te entiendo. Pero tú a mí no me entiendes nunca —me lamenté—. Dioses, no he dicho eso. Ni siquiera he querido decir algo parecido.
—¿Entonces? Explícate mejor.
—No digo que no quisiera besarte, abrazarte, acariciarte y... y más aún, pero creo que no eres ese tipo de chica. Más que nada porque sí eres el tipo de chica que mantiene su juramento. Siento haberte... inducido... a incumplir tal promesa. Sé lo importante que es... Artemisa... para ti. No eres del otro tipo de chica.
—«Del otro tipo de chica». —Recopiló, fría como un témpano, sólo fijándose en esas cinco palabras, de todas las que había dicho entre medias—. ¿Qué tipo de chica crees que no soy?
—De las que les da igual enrollarse con quien deseen, al momento y en el momento. En cualquier parte, con cualquiera y delante del altar que sea.
—Ah. Vale. Pues no. No lo soy —confirmó—, aunque, curiosamente, creo que me he comportado como tal.
—Por mi culpa.
—¿Por tu culpa?
—Sí. Y lo siento. Creo que me sobrepasé y no debí hacerlo. Y sé, sin necesidad de que me lo digas, que algo así no va a volver a pasar. Te conozco.
Se sumió en un silencio meditabundo, presentí, por el modo en que fruncía el ceño y se mordía el labio inferior.
—Mira... —se pasó una mano por la frente, tratando de poner en orden sus ideas—. No fue culpa tuya; al menos no completamente. Ambos estábamos ahí. Yo... también participé. Bien lo recuerdo. No lo hice obligada, lo tienes que saber. La culpa también recae sobre mí.
—Bueno, puede que tal vez. Pero creo que quizá no supiste cómo detenerme y yo no debí ponerte en esa situación.
—De acuerdo. Lo entiendo. Disculpas aceptadas. Ya... ya pasó. No te preocupes. —Una sonrisa comenzó a nacer en el interior de sus ojos—. De todos modos te agradezco que sintieras que debías disculparte. Gracias. Pero ahora… estamos en paz.
—¿Eso quiere decir que puedes hacer un alto en tu entrenamiento y acompañarme a mi dormitorio? necesito pedirte un favor.
La sonrisa se borró de su cara como si jamás se hubiera producido. Su expresión volvía a ser fría como el hielo.
—¿Te has vuelto loco?
—Sí, hace tiempo. —«Y fue por ti», añadí para mis adentros—. Pero que esté loco no significa que no pueda pedirte algo tan simple —reí.
—No creo que sea conveniente…
—¿Por qué no? Acabas de decir hace poco que está todo bien, así que, ¿por qué no puedes ayudarme?
—No es que no pueda ayudarte... es que no creo que sea conveniente que me meta en tu habitación. No después... no después del otro día.
—Dioses, Thalía. Estuvimos besándonos en una sala de plegarias. ¿De verdad crees que si fuéramos a volver a hacerlo importaría algo si estamos en mi habitación, en el comedor,, o en una playa nudista? —Despaché esas últimas palabras con la mano—. Vale, vale, tacha eso último. Pero me has entendido.
—Oh, Luke… no sé…de verdad…
Comprendí que estaba queriendo aferrarse a algo familiar para calmar la tormenta de sensaciones que le llovían por dentro. Se estaba aferrando a un juramento de manera algo desesperada, en mi opinión; quizá demasiado obsesa.
—Oh, venga, vamos, tienes que venir —pedí poniendo una cara de santo—. Dijiste que me ayudarías en todo lo que pudieras sobre cómo mantener a buen flote mi disfraz. ¿Vas a fallarme ahora? ¿Cuando más necesito de ti?
—¿Por qué quieres que vaya? si es tan importante eso, bien puedes explicármelo aquí, bien puedes hacerlo ahora mismo.
—¿De verdad consideras este sitio como un lugar de fiar, un sitio donde airear los secretos? prefiero unas cuatro paredes más estrechas y juntas, no es por nada. Además... Quiero estar seguro de que me disculpas por lo sucedido, y ¿qué mejor que nos demostremos mutuamente toda la confianza que sentimos por el otro?
—Ya te lo he dicho. No tengo que disculparte por nada. Yo estaba allí también y lo que sucedió fue responsabilidad tanto tuya como mía. Eran dos pares de labios. —Miró fugazmente mi boca—. Nuestros labios.
—Y, no obstante, eres tú quien está sufriendo ahora por ello. ¿Si la culpa es de los dos, por qué cargas tú con todo el peso?
—El peso con el que cargo no tiene nada que ver con...
—Estaba ahí, Thalía —confesé, mirándola a los ojos—. Escondido. Mientras tú y las demás cazadoras hablabais con Artemisa. Estuve ahí cuando te dijo lo que te dijo. Y lo siento. Siento que es mi culpa que te llevara a ese extremo, a esa disyuntiva, a la imposición de una elección.
—¿Lo oíste? —Asentí con la cabeza, sin atreverme a mirarla a los ojos—. ¿Y lo escuchaste y viste... todo?
—Sé que no debería haberlo hecho. Lo siento. Pero es que no podía... no quería dejarte sola en un marrón en el que había sido yo quien te había metido. Es decir, si Artemisa tenía que descargar su ira contra alguien, mejor que fuera contra mí que contra ti. Estuve escondido, dispuesto a salir de mi escondite a la mínima insinuación de peligro para ti.
—Por eso nos pidió que volviéramos solas al baile —comprendió Thalía, asintiendo distraídamente—. Ella también sabía que estabas ahí. Lo sabría desde el primer momento.
—Sí. Así fue. Y antes de que te cabrees por haberte espiado...
—No estoy cabreada.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Claro que no. —Reafirmó, deslumbrándome al fin con su sonrisa cautivadora—. Lo hiciste por cuidar de mí... aunque fuera a distancia. Aunque yo nunca llegara a enterarme de eso. ¿No es así?
—Sí. —hubo un silencio cargado de estática, en el que nos perdimos en los ojos del otro—. Ese ultimátum... ¿Fue mi culpa? ¿Fue porque te dije... porque te besé...? Lo siento.
—No fue tu culpa. Hay algo más —me miró, como si tuviera que captar ese algo más, pero estaba bastante desconcertado, así que ella negó con la cabeza—. Claro que no.
—Sé que te pidieron que marcases las distancias conmigo. Y si ése es el único modo en que quieres tenerme cerca, lo comprenderé... si es que quieres tenerme cerca.
—¿Distanciarnos el único modo? —se sobresaltó ella—. ¿Qué ha sido de la amistad que hace poco has blandido como bandera de toda justificación de fisgoneo?
—sigue en pie. Y de verdad quiero que vengas a mi dormitorio a ayudarme con una cosa —insistí.
—No sé…
—Por favor. Puedo decirle a Victoria que nos acompañe, así nos hace de carabina —ofrecí.
—Oh, no, por favor. ¿Crees que no tengo autocontrol? si vuelve a darme el impulso de... besarte —se sonrojó violentamente—. Si eso vuelve a pasar, cortaré toda conversación en ese momento. Pero eso no va a volver a pasar. Que eso te quede claro.
—De acuerdo, de acuerdo. Que aceptes venir ya es suficiente para mí, al menos de momento.
—¿Al menos de momento? ¿Qué significa eso?
—Significa que no haré nada que tú no quieras hacer.
—Yo no quiero volver a hacer nada.
—Exacto. Te creo. Y dices que tienes autocontrol. Y vendrá victoria para que no te sientas incómoda. Y dices que a la menor señal de besuqueo, por mi parte, pondrás pies en polvorosa. Así pues, ¿qué tienes que perder? ¿Por qué no me dices sí de una vez y me acompañas al dormitorio y así ves en qué te necesito? Vamos, aún tenemos que hablar.
—¿Sobre qué?
Sonreí.
—Ah, no sé. ¿Sobre mis disculpas, tal vez?
—Oh, Luke. Ya te he dicho que no tienes que disculparte por nada —reconoció, volviéndose aruborizar.
—Pues demuéstrame que no hay rencores.
—¿Cómo?
Puse los labios en morritos.
-¿Qué tal un besssssso?
—¿¡Estás tonto!?
—¿O podría darlo yo...? —propuse, meloso—. Es una firma de paz muy rápida y sencilla.
—Un gesto así liquidaría todas tus posibilidades a futuro... —amenazó.
—¿Así que tengo posibilidades a futuro, eh?
—Nunca digas de este agua no beberé. —La miré, sorprendido, pero ella pronto añadió, taimada—. Aunque verte dando un bessso a algo con muchas eses es un plan a futuro muy atractivo, la verdad.
—Ja, ja, ja. Yo me refería a un beso mío y a ti, maja.
-¡Ah! ¿Era eso? —se hizo la sorprendida—. La próxima vez no añadas eses donde no las hay. Es que no sabes explicarte, Luke.
—No muy bien con palabras. Soy más bien persona de acciones... mi boca sabe hablar por sí sola y de un modo muy... dulce.
Juro por el Olimpo que como tus labios lleguen a rozar siquiera mi boca, te vas a llevar un buen beso..., de mi mano en tus dos mejillas. Quedas advertido.
-Vale, vale. Me pensaré otra cosa.
Abrí los brazos.
-¿Y eso qué?
—¿Tú qué crees?
Me miró como si me hubiera vuelto loco, pero me mantuve en mis trece, los brazos aún abiertos en una extendida invitación.
—Vamos, vamos -compuse una sonrisita ladeada-. Prometo no rechazarte.
Thalía miró a ambos lados y luego dio otro rápido vistazo a nuestro alrededor, techo y suelo incluidos, tal vez para cerciorarse de que en los dos últimos segundos no había aparecido una tropa de mirones en la sala; pero, para mi absoluta sorpresa, se acercó y me envolvió en un abrazo. ¡Ah, pero ojo, ojo! Me abrazó, sí, pero como quien abraza a un árbol mientras la tierra se derrumba a su alrededor, la clase de abrazos que se da a lo primero que se tiene enfrente, da igual si tiene pelaje, si apesta a bosque salvaje o si está dotado de dos extremidades iguales con los que devolver o interrumpir el gesto. Quería simplemente dejarme llevar y abrazarla de vuelta, pero me obligué a ser cauteloso y contenido. Igualmente, aunque no era un gesto apegado, sino más bien frío, lo agradecí muchísimo, y eso que no duró ni medio segundo.
—Caramba —me reí cuando se apartó—. Cualquiera diría que estamos haciendo algo furtivo, como traficar con drogas.
—Calla. ¿Y eso es todo?
—No. aún queda un gesto más de buena voluntad de tu parte para demostrarme que estoy realmente perdonado. Aceptar mi petición de ayuda —expliqué ante el arco de sus cejas alzadas—. ¿Y bien? ¿Te animas?
—Pues...
No pude contenerme por más tiempo. Decidí dejar de fingir. La atraje hacia mí, y gracias a los dioses que ella me dejó hacer. Se movió, y sentí su calor contra mi pecho, su cuerpo temblando como un pájaro aturdido contra el mío.La rodeé con mis brazos, alisé la parte posterior de su cabello con una mano. Antes de que pudiera apartarme, arrepentido, ella estaba en mis brazos, aferrándose a mi cuello y apretándome como si nunca hubiera abrazado a otro ser humano en toda su vida, como alguien que ha estado muriendo por hacerlo, de hecho.
—Los amigos no se separan —musité en su oído—. Lo comparten todo. Lágrimas, sonrisas, ultimátum. Todo. Aún te queda Luke para rato, ¿cuándo vas a aceptarlo? y quiero que aún me quede Thalía para el resto de mi vida. ¿Lo entiendes?
—Lo entiendo.
Nuestros ojos se volvieron a encontrar durante un breve segundo, y luego la abracé con más fuerza contra mi pecho, hasta asegurarme de que, esta vez, las lágrimas habían dejado de fluir. Su voz fue ahogada al susurrar:
—Gracias, Luke.
—No hay por qué darlas —aseguré, sonriendo a mi vez—. Pero no me vuelvas a apartar de ti. Esto no va así. Comienza a ser bastante rallante, cansino y desconcertante.
—Lo sé. Y lo siento. Cuesta dejar atrás las costumbres.
—Feas costumbres.
—Tal vez... tal vez...
Después de un tiempo, ella se apartó, marcó las distancias de nuevo, y me sonrió a través de sus ojos empañados.
—Bueno. De acuerdo. Regaños lejos. Aunque ya sabes. En cualquier momento que me necesites...
—Sí. Sí. —Sorbió por la nariz y, a pesar de las lágrimas, logró componer una pequeña sonrisa para mí cuando dijo—. Será un consuelo tenerte a mi lado.
—Eso es lo que quiero ser, Thalía. Tu consuelo. —«Y ojalá algo más»—. Déjame saber si me necesitas. Incluso si es sólo para hablar o discutir o lo que sea. Pero permíteme estar contigo. Ser tu consuelo y consejo... Siempre.
Asintió mientras yo la dedicaba una media sonrisa tonta, de esas de bobo embobado, hasta que al final musitó:
—Lo haré. Siempre y cuando me dejes también ser el tuyo.
No pude evitar sonreír y me alivió ver que ella sonreía también en respuesta.
—Bien —concordé—. Entonces, acordado esto, ¿podemos volver al tema de que me acompañes a mi dormitorio?
—¿No crees que es pronto para pensar siquiera en irse a la cama?
—Yo no pensaba en dormir, precisamente… —dije, provocador.
—Yo tampoco —me siguió el rollo.
—¿Ah, no? —Puse un tono ronco, acariciante—. ¿De veras? Vaya, vaya, señorita Grace, por fin hablamos el mismo idioma.
—¿Y qué idioma es ese, si se puede saber?
—El de los aseos y las sábanas.
—Tentador. —Su sonrisita no se borraba—. Pero aunque esté cansada, no voy a meterme en tu cama.
Asentí.
—En la cama no. Pero puede que en el aseo...
De improvisto, se puso de puntillas y me plantó un fugaz beso en la mejilla, callándome. Pero luego se detuvo, de pronto, sorprendida, los ojos agrandados por lo que acababa de sentir y ver, algo en lo que no había recaído hasta ahora, y eso que ya era bien visible.
—Sí —suspiré, respondiendo a su expresión interrogante—. Exacto. He ahí por qué necesito de tu ayuda.
—De acuerdo. —concedió—. Está bien. Pero Victoria se viene con nosotros.
—Por supuesto, señorita, por supuesto. —Hice una reverencia, en parte para hacerla reír, en parte para ocultar la expresión de suma satisfacción que me embargaba—. Como usted mande.
-No seas payaso -dijo, mostrando su acostumbrado gesto de exasperación, consistente en dejar los ojos en blanco.
—Vale. -Me enderecé-. Como tú mandes. Además... así de paso te cuento algo.
—¿El qué? —se interesó al instante.
—Algo que debería haberte dicho hace tiempo —admití—. Muy importante.
—¿Qué? —frenó de golpe. Tan en seco que provocó en consecuencia que me viera forzado a detenerme a su altura, con ella, y no seguir caminando—. ¿Había algo que me tenías que decir? —asentí, pesaroso—. ¿Y te lo has callado todo este tiempo?
—Sí...
—¿Pero... pero por qué?
—No lo sé —admití.
La frialdad volvió a su mirada. Sin una palabra más, Thalía dio media vuelta y se alejó.
—¡Espera! —Avancé a zancadas y agarré el brazo de Thalía, deteniéndola antes de que se pudiese marchar—. Aguarda, por favor —pedí—. No es lo que crees —añadí apresuradamente. No podía permitir que aquello, que ya parecía bien encaminado hacia un trato nuevamente amistoso, acabara de aquel modo desastroso... por motivos más que obvios.
Ella se giró por completo hacia mí para lanzarme la mirada más ominosa de todo su repertorio.
—Estoy teniendo una semana difícil, Luke, muy difícil. Me intento alejar de ti, y tú no me dejas, alegando amistad. Pero a continuación demuestras que tu amistad está algo sesgada, que me ocultas cosas, que me eres sincero cuando te conviene. No me cuentas las cosas; cosas que, al parecer, debería haber sabido desde un primer momento. Cosas que, por lo que sospecho, no obstante, lo habrás compartido con otra persona, alguien que no soy yo. Alguien quizá... como Rachel.
-Entiendo. Y lo comparto. Pero tienes que confiar en mí.
A Thalía se le tensaron los hombros.
—Otra vez con eso. -exclamó-. No haces más que pedirme que confíe en ti, pero tú no pareces seguir tu propio ejemplo. A tu juicio no debo ser de fiar, ¿verdad? porque no te veo muy predispuesto a contarme lo que ocurre. Estoy cansada.Esto no puede seguir así, Luke.
—Ya lo sé, Lo sé. Pero... -me paseé los dedos por el pelo, absolutamente frustrado con la situación, con la atadura de los dioses, con mis sentimientos en debate-. Podemos seguir caminando, ¿por favor? Cuando lleguemos... Cuando lleguemos te lo contaré todo. Palabra.
Thalía permaneció inmóvil en el sitio, calibrándome con sus ojos, sopesando en silencio si esta vez yo lo decía en serio e iba a contarle realmente toda la verdad o, si por el contrario, yo estaba haciendo gala otra vez de mis dotes de embaucador y mentiroso.
-No sé cómo lo haces, pero siempre, al final, acabas convenciéndome. -Reemprendió la marcha-. Borra esa sonrisita de la cara, Luke. O me cuentas todo esta vez, o te olvidas definitivamente de mi ayuda. Y hablo en serio.
-Vale. -Claudiqué con un asentimiento-. Vale.
Con mi mano en la parte baja de su espalda, caminamos hasta la salida. Le tendí la chaqueta que había dejado abandonado en el banco y, haciendo caso omiso de su gesto hosco, le ayudé a ponérselo. Con mis manos sobre sus hombros, la retuve en el último momento para preguntar:
-¿Sigo perdonado?
Apretó fuertemente los labios, pero pronto los suavizó, sacudiendo la cabeza, rendida ante mi cara inocente.
-Sí. Por supuesto.
—¿Entonces... todo bien?
Ella asintió, aunque esta vez sin mirarme.
—¿Seguro?
—Todo bien.
—Vale.
Bien. Decía que todo bien. Pero por todos los dioses que si sabía lo que eso significaba. En su cabeza, mis partes nobles estaban siendo cortadas a cachitos pequeñitos. Seguro.
—¿Llevas ahí mi ropa? -preguntó, de golpe, interrumpiendo mi funeral mental por mis órganos sexuales.
—Claro.
—Pues sujétala bien, ¿eh? que no se te caiga. Si la pierdes...
—Sí, sí, me la vas a hacer pasar canutas. Menuda novedad —sacudí la cabeza y la hice señas de que caminara—. Después de ti.
Caminamos en silencio. Noté lo tensa que se ponía Thalía a medida que perdíamos de vista el edificio central y nos adentrábamos en áreas donde habría gente del campamento. Miraba a todas partes, lanzando incluso miradas al cielo,como si temiera que la propia Artemisa abandonara su trono en el Olimpo y se personificara de un momento a otro ante ella, para rendirle cuentas de sus actos.
Aunque una agradable brisa se colaba entre las ramas y las hojas de los robles por los que pasábamos, lo cierto es que no podía disfrutar mucho del aire fresco. El camino lateral permanecía desierto, a pesar de las altas horas que eran, horas marcadas generalmente por la presencia constante de mestizos, dado que era una hora de plena actividad.
No dejé de lanzarle miradas de reojo a Thalía, pero ella, sumida en su estado meditabundo de autorreproche y culpabilidad por lo que consideraba traición, no se percató de ello. El aire cargado de aromas le azotaba las mejillas.
—Un dracma por tus pensamientos —dije, cansado de aquel prolongado mutismo.
Ella giró la cara hacia mí; tenía una ceja levantada.
—¿Sólo? Creo que valen más que un dracma —lo pensó unos segundos—. Sí, bastante más.
—Depende —sonreí—. Si son pensamientos bonitos o de película sangrienta de terror.
—Mmm. Tendrás que arriesgarte a subir el precio, la demanda.
—Está bien. Dos dracmas por tus pensamientos... ¿te interesa la oferta?
—Va a ser que no —desestimó ella—. Sigo viéndolo barato.
—¡Dioses! Sí que te gusta regatear, eh.
—¿Al alza? Por supuesto. Es como... ¡eih! ¿A dónde vas?
—¡Espérame ahí! —Pedí por encima del hombro—. Acabo de ver a Victoria. Voy a decirla que...
—Estupendo —me pisó los talones—. Quiero estar delante cuando se lo digas.
Me encogí de hombros. No valía la pena discutir por ello. Con la hija de Idhun estaban Rachel y Annabeth, otra que llevaba comportándose conmigo de un modo furtivo y extraño. No obstante, en su caso, agradecía su conducta esquiva. Porque sabía, o más bien intuía, por qué se comportaba así. Y no estaba listo para hacerla frente; no todavía.
—Hola, hola, chicas —las saludé sistemáticamente a cada una con una leve inclinación de cabeza, a lo que ellas respondieron con idénticas cejas arqueadas y miradas inquisitivas que nos abarcaban a mí y a Thalía—. Siento interrumpir vuestra… charla. Pero necesito hablar contigo… Vic.
—¿Tiene que ser ahora? —Se extrañó Victoria—. ¿Ahora, ahora mismo? ¡Estoy ocupada! me estáis interrumpiendo.
—¡Ahora… sí! —La puse de pie de un brinco, demasiado impaciente para dejarla seguir sentada; en la rama más cercana, un pájaro salió volando, alarmado por el sonido de mi voz—. Necesito que le pidas a alguien por mí una cosa. —Me incliné para susurrar en su oído lo que quería que me trajera, muy consciente de la mirada descolorida que intercambiaba Thalía con las otras dos chicas—. ¿Podrás hacerlo, por mí? —Victoria asintió—. Bien, estupendo. Pues venga, arre. Arriba, arriba.
En cuanto entramos en la casa de Hermes, tiré de Thalía hasta mi habitación, mientras Victoria iba en busca de lo que le había pedido.
—¡Eh! No me mires la ropa; eso es invasión de privacidad —gemí al verla interesada en unos pantalones abandonados sobre la colcha.
—Pues no la dejes tirada por ahí —replicó ella, no sin razón—. De todas formas... ¿Por qué no? —Enganchó un pliegue de la parte baja del pijama, mirándolo con diversión—. Sé lo que esconden esos pantalones, Luke —rió guiñándome un ojo—. Y esos también—añadió, señalando la goma del bóxer que asomaba por encima del pantalón que vestía aquel día.
Cuando se relajaba, Thalía se convertía en una chica bromista y divertida con su humor sardónico y mordaz intacto.
—¡Ah! ¿Te refieres a estos? —Tiré de la goma, presumiendo con orgullo de mi ropa interior—. Yo también sé lo que esconden. ¿A que mola?
Su silbido apreciativo me hizo sonreír.
—Uy, sí. Un montón. —Sus labios se curvaron, burlones—. Tanto que estoy pensando en cogértelo.
—¿Y no prefieres cogerme... otra cosa?
—¡Oye! —Agarró la camiseta del pijama que en la mañana había dejado tirado de cualquier forma sobre la cama y me la lanzó a la cabeza—. ¡No me seas!
—¿Yo? —Riendo, me agaché para sortear la prenda en el último momento—. ¡Pero si has empezado tú!
—De eso nada —replicó mirando cómo dejaba el pijama, doblado, sobre una de las sillas—. Eres tú; y por mal pensado.
—Vale, vale. Digamos que acepto media culpa y se lo cargo a mi imaginación. Aunque... este chico tiene derecho a soñar, ¿no?
Me sentí orgulloso por su sonrojo, pero hice lo posible por ignorarlo. Se pasó un mechón de pelo tras la oreja, transmitiéndome con los ojos que pensaba que yo no tenía remedio.
—Y esta chica podría soñar con conocer el misterio del por qué la has traído hasta aquí.
Arrastré una silla junto a la cama, a su lado. Ella arrugó la frente, a todas luces desconcertada por tanto misterio. Puse una mano vacilante sobre su brazo.
—¿Qué ocurre?
Atrapé su mano y la conduje hasta mi cara.
—Tienes... —se inclinó hacia delante, mirando con fijeza algo que a mí me estaba vetado. Frunció el ceño—. ¡Barba! —terminó. Y se echó hacia atrás, riéndose limpiamente en mi propia cara—. ¿Pero, cómo?
—Cortesía de Apolo —farfullé, malhumorado—. O como él diría, su regalo. ¿¡Te parece bonito!?
—Divertido, más bien —matizó entre risas—. ¡Pareces un chivo con esa barbita ridícula!
—Ya lo veo, ya —todo su cuerpo se zarandeaba por la burla—. Pero a mí no me hace gracia. Ese dios está loco.
—¿Quieres decir que en todo este tiempo no habías necesitado afeitarte?
—No. La niebla lo impide. Bueno, lo impedía... hasta hoy. Esos tres mandamases del Olimpo son impetuosos, pero tienen dos dedos de frente.
—¿Y qué quería conseguir Apolo con... eso? —Hizo un esfuerzo para que las palabras fueran comprensibles entre jadeo y jadeo de risotadas—. Es extraño.
—¡¿Y yo qué sé?! Pretender descifrar la mente de un dios es como pretender diferenciar un rayo de sol de otro —hice una mueca—. Supongo que pensaba que así me estaba garantizando compañía.
—¿Compañía?
—Sí. Ya sabes, para cuando tenga que quitarme esta... —me di un manotazo en la mejilla—, esta cosa. Sólo puedo compartirlo con alguien de fiar, y creo que pensaba que así me daba la oportunidad de estrechar lazos con dicha persona. Para él, me ha entregado un método de probar lealtades, una posibilidad de mostrar confianza, un camino hacia la amistad con quien me ayude.
—Sigo sin comprender...
—Yo tampoco. Sólo hago suposiciones.
—¿Y nadie se ha dado cuenta de que la tenías? ¿Nadie, nadie?
—Por supuesto que se han dado cuenta —resoplé—. ¿Por qué te crees que me miraban como si me hubiera vuelto tonto? ¡He tenido que decirles que era una barba de pega! En cualquier otro momento, la barba habría sido visible; pero con este disfraz de chica como que la visibilidad se reduce primero al tacto y, más tarde, a la vista. Es más, creo que hace más efecto en los ojos de quienes no pueden traspasar la niebla; es decir, que ellos me siguen viendo como Lucy, pero como una Lucy con barba. Y he ahí el problema. ¡Una chica con barba! ¿Dónde se ha visto eso? Antes Silena, Selise, Clarisse y las demás me han mirado mal. Por eso necesito quitármela. Aun cuando me asome al espejo, no atinaré a distinguir algo, pero alguien que pueda ver mi verdadera cara, como tú o como Victoria —hice una pausa; había estado a punto de nombrar a Rachel, menos mal que me contuve a tiempo—, sí puede verlo y ayudarme con este lío gordo de Apolo.
Hubo una pausa que aproveché para analizar detenidamente aquello. Recordé las reacciones extrañadas y burlonas de Clarisse, Chris, Percy, Beckendorf y demás campistas con quienes me había cruzado en esos dos días desde la partida de los gemelos divinos. Caí en la cuenta de que ni Rachel ni el cuarteto de Idhun, por ejemplo, parecían haberse sorprendido ante mi crecimiento de barba; burlarse, sí (¿quién no?) pero no les había chocado. Normal, teniendo en cuenta que me veían como lo que era, un chico, y una barba en un chico no era nada raro, todo lo contrario, por más que fuera una barbita de chivo. Ahora bien, para quienes la niebla de los dioses jugaban en contra de mis verdaderos rasgos... ver barbuda a una chica, y encima de la noche a la mañana, tenía que ser chocante e irrisorio cuanto menos, por más que esa chica fuera un marimacho, como me consideraban los demás. No obstante, traté de intuir más razones en el supuesto regalo del dios...
—¿Luke? —Thalía me llamó, interrumpiendo mis pensamientos. La interrogué con los ojos—. Quiero recuperar mi mano, si no te importa.
—Oh. —Bajé la vista a nuestro regazo. Y sólo entonces fui consciente de que aún le estaba sosteniendo la mano—. ¡Oh! Claro.
En ese momento golpearon tres veces en la puerta. Asentí con la cabeza a la llamada, y me levanté y di un paso vacilante, pero ella me retuvo en el sitio, con lo que nuestros brazos quedaron estirados entre ambos, palmas unidas, dedos entrelazados, pulso acompasado.
—Quiero hacerlo.
Pensé en lo arisca que se había mostrado en el templo, en la sala de entrenamientos; en el empeño que había puesto en rehuirme aquellos dos días; en el modo en que le fallaron la mirada y las palabras durante aquel rápido y mal abrazo de antes. No aparté los ojos de nuestras manos cuando dije:
—¿Estás segura?
Sus ojos buscaron los míos.
—Por supuesto. —Sentí un aleteo de esperanza en el pecho, mariposa extendiendo unas alas entumecidas y tanteando al emprender el vuelo—. Totalmente. No es nada malo. Ni extraño ni desleal. Así que... ¿Empezamos?
Una sincera sonrisa le iluminó el rostro, deslumbrándome, como una última muralla a la tregua de batalla de emociones que la invadía, una batalla firmada hacia su propia paz mental.
—No tan deprisa, cielo —rompí con pesar nuestro contacto a la vez que me dirigía a la entrada para responder a la llamada de la puerta—. Primero deja que entre nuestra carabina. No quiero que piensen que me aprovecho de ti.
—Bah.Como si pudieras —bufó Thalía, levantando las piernas hasta la cama y cruzando los pies bajo el cuerpo—. Te haría pedazos antes de parpadear siquiera.
Me detuve a pocos centímetros del pomo, la mano extendida hacia la puerta, en los ojos instalada una chispa de diversión, en los labios una mueca consternada.
—Eso mismo les digo yo. A lo que añado que te harías un arco con mis restos y luego te irías despreocupadamente a comprobar con ellos tu nueva puntería.
La risa orgullosa, melodiosa y cantarina de Thalía resonó alegre a mis espaldas mientras abría la puerta y dejaba entrar a una jadeante Victoria.
—Carai —me hice a un lado y cerré la puerta—. Mira que has tardado lo tuyo. ¿Qué, has ido hasta Idhun a por ellas?
—¿Idhun? —respondió en un timbre armonioso y afable—. No hombre. Sólo hasta China. Bueno, aquí está. —Extrajo del bolsillo un paquete y lo agitó ante mis narices—. ¿Y ahora qué? ¿Vamos al baño?
Levanté una ceja con picardía.
—Vaya, vaya, vaya. ¿Así que alguien quiere meterse en el baño conmigo, eh? ¡Si es que ya sabía yo que no puedo ponerme sexy!
—¡Para ayudarte, tonto!
—¡Oh, no me digas! —Solté un bufido—. Me dejas sorprendido.
—¿Me necesitas para algo más o no? Te confieso que ya lo he hecho.
—¿Ah, sí? —la miré de arriba a abajo con apreciación—. Interesante... interesante...
Ella se rió, suavemente.
—Eres de lo que no hay, ¿sabías?
—¿Lamentándote porque no hay Luke para todas, tal vez, Victoria?
—¡Pss! —soltó ella, aproximándose al baño y sacudiendo la cabeza con rendición—. Eso me pasa por darte cuerda. —Apoyó una cadera en la puerta cerrada del servicio—. ¿Y bien?
—No hace falta —intervino Thalía, levantándose de la cama—. Ya me encargo yo.
Victoria hizo un leve gesto de diversión que aplacó al instante; tornó su rostro intranquilo, preocupado cuando cuestionó:
—¿Sabes cómo va?
—Bueno, Luke puede ir diciéndome cómo hacerlo. —Giró su mirada hacia mí—. ¿Verdad?
Titubeé una décima de segundo, pero luego pensé en la posibilidad de estar a solas con ella, y entonces asentí.
—¿Lo ves? Vete tranquila, victoria.
Ella la escudriñó con curiosa atención y casi pude ver los engranajes de su cerebro girando en su cabecita morena y apretando más los tornos.
—Ya tengo práctica en esto. De verdad que...
—¡No! —Thalía le arrebató el paquete a victoria—. He dicho que ya lo hago yo. Tú... vete.
—Puedo hacerlo... —insistió Victoria. Miré de reojo y con velada gratitud a la idhunita, intuyendo que con su insistencia estaba logrando justamente lo que pretendía: que Thalía acabara apartándola de mi lado para ocuparse ella del caso—. De verdad que no me importa.
—Lo haré yo —repitió Thalía con firme resolución—. Déjanos.
Y pasó a su lado, resuelta, pegó un golpe al interruptor, otro a la puerta para que terminara de abrirse tras una presión en el picaporte y, después, entró pisando fuerte en el servicio.
—¿Estás segura? —Thalía asintió mientras depositaba la cuchilla sobre el lavabo—. ¿Completamente?
—Por supuesto —afirmó con una seguridad que no la conocía—. Sólo tiene que confiar en mí. —Sus ojos me buscaron a través del espejo—. ¿Lo haces, verdad? ¿Confías en mí?
¡Dioses! No había modo alguno de que me cansara de ver esa calidez en sus ojos.
—Como un bebé en su madre.
—¿Lo ves? aunque creo que con un sí habría bastado.
Tuve la clara impresión de que victoria había agachado la cabeza para ocultar una sonrisa.
—Está bien. Entonces os dejo a solas. —Se encaminó a la salida del cuarto—. Cualquier cosa...
—Sí, sí —la despidió Thalía—. No te olvides de cerrar bien la puerta cuando salgas.
—Por supuesto. Bueno, Lucy —me despidió agitando la mano una vez en el umbral, pronunciando con énfasis intencionado mi falso nombre—. Nos vemos. Y... —su tono fue indudablemente jocoso cuando añadió—, suerte con esas barbas, enana Tolkien.
Oímos el chasquido puerta, dejándonos solos. Claro que Victoria quería salir de aquí cuanto antes.
—De acuerdo, así que ya sabes el gran favor que quería pedirte.
—Sí, lo sé.
Doblé el brazo por detrás de la cabeza para rascarme la nuca.
—¿Y no te importa?
—En absoluto.
—¿Seguro?
Chasqueó los dedos al interior del cuarto de baño, en respuesta.
—Te estarás quietecito —Thalía agitó la espuma de afeitar frente a mi cara, una vez estuve acomodado en la silla que había arrastrado hasta al lavabo —. No quiero accidentes.
—¿Seguro que sabrás hacerlo, verdad? —sentía algo de recelo, para qué mentir.
—No puede ser tan difícil.
—¿A cuántos chicos has afeitado?
—A ninguno —reconoció—. Pero la depilación es depilación, sea tanto para chicos como para chicas. Además —sonrió maliciosamente—, si sale mal, tienes la ventaja de que nadie lo verá... ni siquiera tú.
—Oye. Pues visto así... —me enderecé en la silla—. Bien. Pues ya puedes empezar.
—¡Vaaaaleeee! ¿Preparado? —Solté un hondo suspiro y asentí—. Pues allá vamos.
Thalía me mojó un poco la cara y, a continuación, me aplicó la espuma. Al ver lo rígido que estaba, chasqueó la lengua y comentó:
—No temas. Una vez vi a Percy haciéndolo.
—¿Ah, sí? —unos absurdos celos me reconcomieron por dentro—. ¿Y dónde estaba Annabeth para que te dejase colarte en el cuarto de su novio y ver cómo se afeitaba?
Agarró con más fuerza la maquinilla, se mordió el labio inferior y se acercó, decidida, hasta quedar plantada frente a mí.
—Primero, yo no me colé. Segundo, no estábamos en el baño. Y tercero, Annabeth estaba con nosotros.
Me cogió de la barbilla y me hizo levantar un poco la cara, y empezó a afeitarme por el cuello, deslizando la maquinilla despacio y hacia arriba, concentrada en la tarea.
—Ah. Vale. Bueno es saberlo.
Aquello era raro no, rarísimo no, lo siguiente; si miraba al espejo, sólo veía a dos chicas una enfrente de la otra, la morena con una maquinilla de afeitar en la mano y la pelirroja con una espesa capa de espuma en la cara, sin pelo ni barba visible. Pero era mirarme a mí mismo, y ver caer las cortas pero gruesas fibras de vello rubio en el lavabo.
Decidí no mirar y dejar de estrujarme los sesos por ese juego enloquecedor de imágenes y de cosas que estaban pero sin estar. Opté por concentrarme en imágenes más excitantes. Fijé mi vista en Thalía. Pero pronto comprendí que aquello también había sido un error. Estaba de pie frente a mí, plantada en el hueco formado por la separación de mis piernas, lo que dejaba sus pechos al nivel de mis ojos.
«Oh, dioses».
—¿Luke?
«Dioses, dioses. ¿Cómo concentrarme teniendo su escote mirándome tan expuesta y directamente a la cara?».
—¡Luke!
«Levanta la mirada, levanta la mirada», me dije. «Vamos, vamos. Sus ojos están sólo unos pocos centímetros más arriba».
—¿Qué ocurre? Estás bizqueando.
—Nada. —Tragué saliva, reuniendo fuerza de voluntad para arrastrar la mirada hacia su rostro—. No pasa nada.
—Si tú lo dices... —estaba claro que no me creía, pero por suerte tampoco quiso insistir.
Ella tenía una cara de absoluta concentración; al principio con el ceño fruncido, luego trocó el gesto por unos mordiscos en el labio inferior, y al final su semblante mostró una total relajación, como si estuviera segura de lo que hacía y, a medida que lo hacía, más y más satisfecha por el resultado que estaba obteniendo.
Después repasó toda mi cara con la misma concentración, sin permitir que la maquinilla se saltase un solo milímetro.
Sentirla tan cerca, tan concentrada, tan Thalía y no una hija de Artemisa a la defensiva, me causaba un cosquilleo en la boca del estómago; verla tan cerca, tenerla tan cerca, propiciaba, además, que me embelesara más y más, y que me diera cuenta de los pocos centímetros que nos separaban, centímetros que podía acortar con un simple movimiento que me llevara directo a sus labios; y a eso se sumaba lo erizada que me dejaba la piel allí donde sus manos se posaban.
Sonrió, deslumbrándome:
—Primera fase terminada. Ahora aguarda ahí. No te muevas.
—Bueno, eso trastoca todos mis planes. Quiero decir, estaba a punto de agitar los brazos y volar disparado hacia la luna, pero si quieres que me quede...
—Tengo un bote de crema y no dudaré en usarlo —advirtió, risueña—. Te aconsejo que no vaciles a alguien que puede acercar una maquinilla a tu cara en menos de un segundo.
Se inclinó en el armario que estaba bajo el lavabo para buscar el bote de crema, dejando el culo en pompa.
Al ver tan en primera plana aquel triángulo perfecto toda mi sangre se desplazó por debajo de mi bóxer.
«Oh, dioses. Maldita sea... ¿Estoy comiéndola con los ojos? Más bien babeando».
—¿Dónde está? —Su voz sonó amortiguada desde el interior del armario—. No lo veo.
—En la segunda estantería. —Increíble que aún tuviera voz para hablar—. Al fondo... —«donde quería entrar yo», completé mentalmente. «No pienses en eso, Luke, no pienses en eso».
—Ah, sí. Ya lo tengo. —una vez enderezada, abrió el lavabo, se mojó las manos y me echó agua a la cara, lo cual agradecí muchísimo, y no sólo por el alivio del corte de la cuchilla, ya me entendéis. Entonces se detuvo—. ¿Qué te pasa? vuelves a bizquear.
—Nada, nada. —Carraspeé y me removí en el sitio, algo culpable—. Vale, vale —admití ante la insistencia de su mirada—. Me has puesto —solté, de súbito.
—¿Agua? —Se miró las manos—. Claro. De eso se trata. ¿No?
—No. Agua no.
—¿No te aclaras la cara después del afeitado y antes de la crema? —parpadeó, desconcertada.
—¡Argg! . Da igual. Olvídalo. —Cerré los ojos para no verla. Sí, vale. Y también para recrearme en el recuerdo de su pompis, lo admito.
—Eres una persona bien rara —noté risa en su voz. Entreabrí los ojos, a tiempo de pillarla observándome con una gran sonrisa en su rostro.
Maldita sea, esa sonrisa.
—Y tú la tentación más mala del mundo.
Se remojó las manos bajo el grifo y, empapadas, las volvió a pasar por mi cara.
—No me mires el culo y no te sentirás tentado.
—No me lo plantes delante de la cara y no lo miraré... —hice una pausa y sonreí, malicioso—, o al menos no con tanto descaro.
—Vuelves a hacerlo —se quejó—. Incomodarme.
—No tienes por qué —gruñí, deteniendo sus manos con las mías; estaban calientes, húmedas, y la cara tan colorada que dudaba que hubiera gota de sangre en cualquier otra parte de su cuerpo, excepto en sus manos—. Admito que tienes un culo muy bonito. El más bonito que he visto, de hecho.
—Ajá. Porque has visto muchos.
—Puede —dije, sin entrar en detalles.
Aquello no le gustó nada. Ni un pelo, a juzgar por la seriedad que adoptó y la fuerza con que me restregó la cara con el tercer chorro de agua, la siguiente vez.
—¿Cuántos? —preguntó, en un tono que intentaba ser indiferente.
—¿Cuántos qué? —hice como el que no entendía de qué iba la cosa. Ella me lanzó una mirada tan oscura que me entraron ganas de echarme a reír. Abrí exageradamente los ojos, como golpeado por una súbita comprensión—. ¡Ah! ¿Te refieres a culos? Bah. ¿Qué importa la cantidad? Lo que cuenta es la calidad. Y de eso tú andas sobrada.
—No te lo pregunto para que me hagas la pelota.
—No es la pelota; sino la verdad.
—¿Y conozco a algunos de esos... traseros?
Pegué un bote en el sitio.
—¿¿Qué??
—Ya me has oído. Que si recuerdas el nombre de alguna de esas cantidades. —Y hablando de cantidades, se echó una buena dosis de crema after shein en la mano, las frotó entre sí, y luego pasó las palmas por toda mi cara y cuello, allí donde la cuchilla había hecho su función, casi abofeteándome en el proceso—. ¿La conozco?
—¿Lo que me estás preguntando... es que si le he visto el culo a alguna de nuestras amigas?
—No suenes tan escandalizado, Luke. No te va. —Ladeó la cabeza, aún con semblante inexpresivo pero voz fría—. El de Rachel, por ejemplo...
—Ay que ver. ¡Qué pesada eres con Rachel! Pobre chica.
—¿Es eso un sí?
—¿Y son eso, celos?
—Respóndeme —demandó.
—Vamos a ver. ¿Por qué no me crees cuando te digo que Rachel es sólo una amiga? —indagué, sonriendo veladamente, recostándome en el respaldo de la silla.
—Supongo que porque es preciosa —reconoció—. Y no eres de los que se resisten a las chicas preciosas. ¿Ligaste con Silena, no es así? —Añadió ante mis cejas levantadas—. Antes. Oséa, mucho antes. Es decir, hace tiempo: cuando eras la mano derecha de Cronos y todo eso, ya sabes.
—Lo hice para tener una espía en el campamento —recordé, frunciendo el ceño—. De eso ha llovido años. Tantos que ni lo había recordado hasta que lo has mencionado.
—El caso —continuó Thalía, desestimando mi explicación con un gesto, aunque en sus ojos vi alivio por mi explicación—, es que ese hecho demuestra que no te sueles resistir a las chicas preciosas.
—Ese hecho sólo demuestra que utilicé a alguien para mi propia conveniencia, que jugué con las emociones de una persona, sentimientos que jamás tuve intención de corresponder. No habla muy bien de mí, lo sé. Pero bueno, graaaaacias a los dioses, es agua pasada. El caso es que no lo hice porque Silena fuera preciosa, que lo es; sino porque era la que tenía más a mano. Y punto.
—Pero Rachel sigue siendo una chica preciosa, por dentro y por fuera. Difícil resistirse.
Suspiré ruidosamente.
—Claro que puedo resistirme. Annabeth es preciosa. ¿Me has visto ligar con ella? Victoria es preciosa. ¿Me has visto intentar ligármela?
—Bueno, antes...
—Estábamos bromeando, por favor —despaché su protesta con una mano—. Sólo hay algo a lo que no me puedo resistir. —Elocuente, dejé caer las pestañas—. Y ése algo eres tú.
—Eres bueno —dijo, susurrando, sin apartar los ojos de los míos—. Sabes cómo evitar la tormenta.
—¿De veras? —Sus piernas estaban entre las mías y, siguiendo un impulso, le rodeé con los brazos a la altura de la cintura y la senté sobre mis rodillas, sin dejar de abrazarla—. Pues sólo he tenido que decir la verdad.
Ella continuó esparciendo con cuidado la crema hidratante por mis mejillas, barbilla y cuello, respondiendo a mi frase con un meneo de melena y una sonrisita, como si el hecho de haber pasado a estar de pie a estar sentada sobre los muslos de un chico, aunque ese chico fuera uno disfrazado, no fuera motivo para sobresaltarse.
—Ya está —declaró, al cabo de un rato; tenía posada ambas manos en mis mejillas, y me movió la cara de un lado a otro, entornando los ojos y comprobando el resultado de su trabajo.
—¿Seguro? Mira que como te aproveches porque no pueda mirarme yo mismo...
—Esas ideas se dan antes de empezar, hombre, no cuando el trabajo sucio ya está hecho —se rió.
—¿He quedado bien, entonces?
—Tan bien y tan suave como el culito de un bebé —me llevó las manos a la cara, para que sirvieran como ojos allí donde mi vista no podía llegar—. Compruébalo por ti mismo.
—¡Humm! —exclamé, palpándome la cara, satisfecho con lo que me encontraba o, mejor dicho, con lo que no me encontraba—. Todo indica que vuelvo a estar arrebatador, guapísimo de la muerte.
—¿Vuelves? —Enarcó una ceja—. Es como si creyeras que antes lo estuvieras, también.
—Por supuesto —puse una pose arrogante—. Que tú te resistas a mis encantos es más que prueba suficiente de que tales encantos existen, preciosa.
—Presumido... —esbozó una sonrisa velada, y pasó sus dedos por mis mejillas—. Bueno, ahora vuelves a tener buena apariencia, eso te lo concedo.
—¿Suficiente para…? —dejé la pregunta en el aire. Thalía ladeó la cabeza, sin comprender.
—¿Para qué?
Bajé la vista a sus labios y luego la volví a alzar hacia sus ojos.
—¡Luke! —Intentó levantarse, pero se lo impedí, reteniéndola conmigo, aunque tampoco opuso mucha resistencia; enseguida volvió a acomodarse sobre mis rodillas, quizás algo tensa, pero también impulsada por un arrebato de atrevimiento.
—Era broma —la tranquilicé—. Suficiente para que me lo describas... eso es lo que iba a decir. No puedo verme, más que en un espejo donde una cara que no es la mía me devuelve la mirada y los gestos; pero tú sí. ¿Puedes prestarme tus ojos? ¿Puedes decirme cómo soy? ¿Podrías ayudarme a mirarme y recordarme a través de tu mirada, por favor?
—¡Oh! —Sus ojos se inundaron de una calidez que no creía haberla visto jamás, al menos no hacia mí—. Por supuesto. Aunque no creo poder ser fiel...
—Algo es algo —dije, para calmar su nerviosismo—. Y estoy seguro que a tus ojos seré mejor.
Ella asintió, alzó más mi cara, las manos ahuecadas bajo mi mentón y los pulgares acariciando en círculos mis mejillas, mientras susurraba:
—Estás guapísimo. Encantador. Pillín. Delicioso... como siempre.
—Si tú lo dices, te creo —manifesté, en el pecho unos confetis estallando de orgullo—. Gracias.
—No tienes de qué darlas. —No dejaba de acariciarme la cara, como si aquel fuera un gesto inconsciente del que su razón hubiera perdido todo intento de registrar o refrenar—. Estás cañón y lo sabes. —Me piropeó con la cabeza inclinada contra mi hombro.
—Uau. Se te da bien lo de elevar mi autoestima —bromeé.
—Ah. ¿Sólo tu autoestima? —Repuso, entre seductores parpadeos—. Vaya. Porque creía que también se me daba de maravilla lo de elevarte algo que tienes por ahí —rozó con la pierna el bulto de mis pantalones, dejando bien claro que sabía en qué estado me estaba poniendo—. Qué lástima.
—Y luego para que digan que la tentación vive arriba —murmuré, haciéndola reír en alusión a la película—. Tú estás muy, muy arriba.
Movido por un impulso, enmarqué su cara con mis manos, los dedos enredándose en la seda negra de sus cabellos.
—¿Me perdonas? —pregunté, la voz áspera y desigual, mientras me inclinaba hacia delante hasta notar el roce de sus largas pestañas.
—¿Perdonarte el qué? —preguntó, como me esperaba, los músculos tensos por la expectativa; sentí el susurro de sus palabras contra mi cara.
Mi respuesta fue un beso.
Pero no el beso que deseaba darle, uno que la hiciera rendirse a mí, porque eso estaba prohibido entre nosotros. Sino un beso en la mejilla, debajo del sonrojo de sus pómulos, guiado por toda la escasa compostura que pude invocar, un autocontrol que la protegió de mis propias pasiones como la armadura lo hace del golpe de una espada. Un beso depositado con calidez y anhelo, arrimado tan cerca de su boca que las comisuras de nuestros labios podían rozarse con a penas un leve movimiento, si alguno se atrevía a dar el paso, pero aun así, un beso que cualquier observador distante habría catalogado de fraternal.
De no ser por la postura de mis manos. Las únicas que traicionaban mi intención amistosa; estaban enterradas en su pelo, atrayéndola hacia mí, por lo que la distancia se anuló y a penas necesité inclinarme para besarla. Beso que desvié de sus labios en el último momento.
Mis ojos volaron raudos a su cara, previendo de antemano las señales de su incomodidad, de una mirada de acusación. Mas lo único que encontré fue el abanico de sus pestañas, batiendo en una mirada que parecía anhelante, y sus labios rosados, entreabiertos en una muda invitación. Descansé la frente sobre su hombro para evitar esa visión, para evitar sentirme tentado a robar el beso que palpitaba en sus ojos, más de lo que ya me sentía tentado.
Memoricé el olor de su cuello, el color de sus cabellos, la tersura de su piel, el ruido de su jadeante respiración, la sensación de ella sobre mis piernas, el tacto duro de los huesos de su clavícula, una visión sobre la que patinaron mis dedos. Para después agarrarla de los hombros y empujarla suave pero firmemente hacia atrás, levantándola de mis piernas, buscando poder enderezarme y respirar fuera de la bruma de su cercanía.
Ella abrió la boca, comenzando a pronunciar mi nombre, tal vez, pero la detuve negando con la cabeza, temeroso de oír mi nombre en sus labios, envolviéndonos en la intimidad de aquel cuarto de baño, y no ser capaz de recuperar la compostura. Tanteé a mis espaldas hasta dar con el pomo. Abrí la puerta.
—Sal, por favor —pedí, incapaz de mirarla a los ojos—. Vete de aquí. —Tenía que darme una ducha fría. Helada. Muy, muy congelada—. Ya recojo yo todo esto.
Ella asintió. Se acercó al umbral, dio un paso hacia el dormitorio y para horror de mi autocontrol, se detuvo, pegando su hombro al mío.
—Lo siento. —Sonaba realmente conmovida, rota—. Pero te advertí de esto, ¿recuerdas? te advertí que podías acabar lastimado.
—No es dolor lo que siento ahora mismo —farfullé, cerrando las manos en puños—. Y no hace falta que me recuerdes que hoy y siempre estarás unida a... a... cualquiera que no sea yo.
—Oh, Luke. Sé lo que sientes.
—No, Thalía... No lo creo. —Miré mis pies—. No creo que sepas ni de lejos por lo que estoy pasando, no creo que tengas idea de todo lo que siento ahora mismo. No asegures una mentira...
—Claro que sí. Por supuesto que sí. Perfectamente. Aquí —se señaló el pecho—. También late un corazón. Un corazón que siente, que quiere, que se debate. No te atrevas a decirme que no sé por lo que estás pasando, porque lo mío es peor.
—Perdóname —ironicé—, si pienso que ya tienes tomada una decisión, la opción que no me involucra.
Sentí cómo el suelo se sacudió bajo nuestros pies.
—Y eso lo dices... ¿por qué? ¿Porque ahí dentro no ha habido el beso que deseabas? Te recuerdo que fuiste tú quien se apartó. Y aunque nos hubiéramos besado —se pegó más a mí—, aun si hubiese sido así... ¿qué? ¿Un beso ya lo soluciona todo? ¿Un arrebato de pasión es la respuesta a la encrucijada en la que estoy metida? No. —Se apartó, y a su paso el suelo volvió a sacudirse—. No, Luke. Perdóname, si creo que besarte un minuto no compensa las largas horas de bofetadas de la realidad que vendrían después.
—Tal vez. Pero dejarse llevar no es tan malo. Escuchar a ése —señalé su pecho—, tampoco. Pero tú no lo harás. Siempre que se trate de ti y de mí, vas a poner mil y una excusas para no aceptar lo nuestro.
—Porque no hay un «lo nuestro». Eso es lo que no entiendes. No puede haber un «nosotros», aunque lo queramos.
—Díselo a la Thalía de hace unos minutos —espeté—, la que quería besarme ahí dentro, en el baño.
Algún día —dijo suavemente—, algún día la burbuja se romperá y allí estará la realidad, para recordarnos que dentro de sus ámbitos, lo nuestro no puede ser. Este es nuestro recordatorio —hizo un amplio gesto, abarcando el dormitorio—.esta es nuestra realidad.
Ladeé lentamente la cabeza y la miré con intensidad.
—¿Es Thalía Grace quien habla? ¿O la hija atada a una diosa por un juramento?
—Eso poco importa —retrocedió sin dejar de mirarme a los ojos, reacia al parecer a darme la espalda—. Jamás podrá ser, Luke. No nos engañemos.
—Nunca te lo has planteado, Thalía. —La acusé, directo—. Nunca te has dado el tiempo de siquiera fantasear con ello. Planteártelo. —Sus ojos azules centellearon en medio de una repentina penumbra—. Nunca te has permitido soñar con ello.
Un viento silbó fuera, entre los árboles, tan fuerte que fue audible el modo en que las ramas respondían con crujientes chasquidos a la corriente que trataba de doblegarlas.
—Yo sí he soñado con ello —confesé, por encima del ruido de la corriente—. Muchas veces. Demasiadas veces. Tú no.
Las palabras de Thalía casi se las tragó el viento cuando replicó:
—Tú no eres el único que ha soñado,, Luke. No te atribuyas la medalla de ello. ¿Sueñas deseos? Yo también. Yo también.
—Pero al despertar prefieres envolverte en tu monotonía, en tu capa de mentiras y autoengaños. —Comenzaba a sentirme abatido, tanto que tenía la impresión de que el mundo se balanceaba peligrosamente a nuestro alrededor, que las paredes se movían junto con el suelo—. Los sueños al dormir no importan; lo que cuenta son los sueños estando despierta. Tú prefieres engañarte estando despierta.
—Eso no es cierto.
—¿Ah, no? —noté una chispa despertando en el pecho; la impaciencia, al parecer—. ¿Quieres que te lo demuestre? Puedo besarte ahora mismo. Un momento, un instante, un arrebato. ¿Y qué harás tú? Tal vez aceptarme, tal vez rechazarme. En ambos casos pasarías después a negarlo todo, a marcar distancia entre ambos. Y te estarías negando a ti misma la verdad que te pide el cuerpo. ¿Que cómo lo sé? Porque me lo has demostrado en estos dos últimos días. —Apoyé las manos en la pared junto a la puerta del baño, acorralándola entre mis brazos—. Dije que tú mandabas, que iba a respetarte, y lo decía en serio, lo haré. Pero si nunca más volveremos a besarnos, al menos ten la consideración de ser sincera contigo misma. —Me incliné para susurrarle al oído—. Deja de mentir, de engañar.
¿Quieres que hablemos de engaños? —Sus ojos restallaron, y la luz del baño volvió a parpadear cuando apoyó sus palmas abiertas en mi pecho—. Empieza haciendo un ejercicio de conciencia.
—¿De qué estás hablando?
—Ah, no sé —musitó, mordaz, curvando los dedos y arañándome por encima de la camiseta—. ¿Qué tal de eso que tenías que contarme hace tiempo, mucho tiempo, y que aún no lo has hecho? —sus dedos se toparon con mis tetinas, y dejaron de ser yemas para convertirse en garras. Vagamente, me encantó la sensación—. ¿Qué tal ese secreto que Rachel conoce y yo no? Contéstame.
Cerré los ojos. Dentro de mí se agitaba un torbellino de emociones, un tumulto de miedo a perderla, de deseo de hundirme en ella, de arrepentimiento por no haber hablado antes, y de mala conciencia.
—¿Lo ves? —dijo, triunfante, al percibir mi gesto, la caída de mis párpados.
Esta vez su voz, curiosamente, tuvo la virtud de despejarme; en algo estaba seguro, determinado; por una vez tenía las ideas claras respecto a contarle la profecía. Por una vez estaba decidido a arrojarme de cabeza al vacío.
—¿Quieres saber? —Abrí los ojos—. ¿Quieres que te lo cuente? —pegué por completo mis labios a su cuello, allí donde sabía que tenía un punto sensible—. Porque puedo hacerlo. Aquí, ahora.
Thalía jadeó y abrió y cerró la boca, sorprendida. Por lo visto no esperaba que me atreviera a confesárselo, a pesar de su clara advertencia de antes, de que aquella sería la última vez que iba a confiar en mí sin que yo le contase la verdad, toda la verdad. Enseguida recobró su tono afilado.
—¿Y a qué esperas?
Aparté el rostro del hueco de su cuello. Se hacía difícil decirlo, pero tenía que hacerlo de una vez por todas, sacármelo de dentro, y ella necesitaba oírlo. Aunque acabara odiándome.
—Rachel puede verme. —Solté, a bocajarro.
Ella frunció el ceño.
—Pues claro que puede verte. No eres invisible. ¿O sí?
—Quiero decir que puede verme. De verdad. Tal cual soy. ¡Que sabe que soy Luke Castellan! —grité finalmente.
—¿Igual que Christian? ¿Igual que el resto de los de Idhun? —asentí—. Pero ellos son telépatas; al menos lo son Kirtash y Ziessel; tienen la excusa de poder leer tu mente y así evitar caer en el engaño de la niebla. Y a Jack y a Victoria les ocurre otro tanto, a pesar de no tener esa misma capacidad de telepatía. Supongo que Kirtash les puso al tanto. Pero, ¿Rachel? ¿Por qué? ¿Qué tiene ella que no tenga Annabeth, o Percy, o el resto de campistas?
—Tiene lo mismo que tú.
¿Qué significa eso?
Pegué mi frente a la suya, ignorando el camping al completo, ruidos y cuernos y voces y golpes que llegaban desde lejos.
—Significa, Thalía —empecé, pronunciando cada palabra con controlada serenidad, reteniendo su mirada azulada con el hierro de la mía—, que es un oráculo. Alguien con el don de vaticinar el futuro. Alguien que pronosticó mi renacimiento. Alguien que nos nombró, a ti y a mí, juntos, en una prof...
—¡Lucy! ¡Lucy! ¡Lucy!
Percy entró de súbito y sin previo aviso en el dormitorio. Trastabilló en la entrada, mirando con ojos alterados a su alrededor. Pero aquello no fue comparable al modo en que se desmesuraron sus ojos al encontrarnos a Thalía y a mí, aplastados contra la pared, frente a frente, pecho a pecho, nariz con nariz.
—¡Ay va! —exclamó—. ¡Uau, cómo mola! ¡Yo esto lo he soñado!
Lo miré irritado, con el ceño fruncido, maldiciendo su sentido de la oportunidad.
—¿Qué quieres, Percy?
—¿Estabais… —hizo un gesto elocuente con los labios, poniéndolos en moritos—. ¡Uau, uau, uau! Muy fuerte. Lo tuyo no, Lucy; oséa, Annabeth ya me lo venía diciendo desde hace tiempo. Pero… ¿tú, Thalía… no sabía que te gustaban las…? —Me señaló el pecho, mejor dicho, donde creía que estaban mis pechos—. ¡Oh la la!
Fijé de nuevo la mirada en Thalía, quien volvía a tener las mejillas rojas como tomates y una mirada hermética, clavada en la puerta. Retiré mis brazos de la pared, a la altura de su cabeza, y dejé que se escabullera a un lado, tan roja que no me habría extrañado si de repente se hubiera puesto a irradiar calor como una bola de sol. Seguí la dirección de sus ojos para encontrarme con una Annabeth en el vaho de la entrada, un paso por detrás de Percy, que nos miraba como si estuviera digiriendo un deja vu, el fantasma de un recuerdo cobrando forma en el presente, la repetición de una escena que ya había vivido antes.
—¿Qué ocurre? —traté de mantener firme la voz. Arrastré la mirada hasta Percy, quien aún se veía aturdido, con una sonrisita en los labios, como si estuviera visualizando un mar de posibilidades, a cual más interesante y divertida—. ¿Qué haces entrando a lo loco en mi habitación? ¡Y si me estuviera cambiando, qué!
—¿Os estabais cambiando… juntas?
—¡Percy!
—¿Eh? —Parpadeó varias veces, recobrando el juicio—. Ah, sí. ¡Sí, sí! ¿Que qué hago aquí? —la sonrisa se borró por completo de su cara—. ¿No os habéis enterado? ¿No habéis notado el temblor del suelo, o la locura del viento, o el tañido de cuernos y trompetas? ¿Es que acaso estáis sordas?
—¿Enterarnos de qué?
—Christian dice que hay polvo en el horizonte. A tres horas de aquí. Venid a ver.
—¿Polvo? ¿Y eso qué significa?
—Sólo hay un significado posible —dijo Annabeth, hablando por primera vez, su voz a penas un susurro tenebroso.
Thalía y yo la miramos a la vez. Y la rubia dijo una palabra, que quedó congelada en el aire como funesto augurio de muerte:
—Monstruos.
Percy asintió, sombrío. Sin decir ni una palabra más, dio media vuelta y echó a correr. Thalía, Annabeth y yo le fuimos a la zaga.
En ese momento comprendí qué eran realmente las sacudidas y temblores que había creído percibir proveniente del suelo, así como el rugido elevado del viento, los golpes y las voces.
Eran chillidos muy distantes. Distantes pero reales, nada de imaginarios.
A lo lejos resonaban las trompas de alarma de los puestos de vigilia. Percibí el ritmo característico y peculiar pactado a adoptar, de modo que supe que la alarma era auténtica. Fuera de la casa de Hermes, los sonidos apagados del campamento se convirtieron en un estruendo de actividad. Al principio eran lejanos, luego se fueron haciendo más altos a medida que nos acercábamos corriendo a toda mecha. Muchas voces hablaban y gritaban a la vez, pero no alcanzaba a distinguir las palabras.
Encontramos a Kirtash encaramado a la copa más alta de un arbusto, oteando con frío pragmatismo el horizonte. Thalía le hizo impacientes señas de que bajara enseguida, algo que él hizo saltando directamente desde las alturas, atravesando el aire como si de una silueta de humo se tratara.
—Carai —exclamé, mientras Percy soltaba un silbido admirado—. Algún día tienes que enseñarme cómo haces...
—¡Ahora no,¡! —cortó Thalía, demandando concentración. Se hizo un silencio absoluto cortante donde todos miramos a la chica que se estaba comportando más regia y jefa que nunca; incluso el propio chico de hielo la miró, asombrado—. Kirtash... —expiró profundamente, y Christian pareció apreciar que se dirigiera a él con su nombre de shek y no el humano, por decirlo de alguna forma—. ¿Qué has visto?
—A esas bestias. Vienen hacia el campamento. Estarán aquí dentro de tres horas, dos como mínimo.
—¿Y eso lo has deducido subiéndote al árbol? —Inquirió Percy—. ¿Tan aguda es tu vista?
—La mía, no. La de un shek, sí.
Traducción, andaba metido en su piel de serpiente alada, sobrevolando el terreno, quizá en busca de esa su soledad tan apreciada, cuando los avistó. Suerte habíamos tenido que le habían entrado ganas de surcar vientos.
—Enviad aviso al otro camping —ordenó, señalando a los campistas que salían como un escape de gas del interior de las casas—, que cada cabaña ocupe su puesto. Y tú, Annabeth, advierte al resto de ¿cabecillas? ¿Consejeros? lo que seáis quienes mandáis en cada casa... diles que al final va a ser preciso cambiar el plan de batalla. Al menos el inmediato.
—¿Qué? —exclamó Annabeth.
—¡Por la sombra del Séptimo, estarán aquí dentro de poco! —repitió Kirtash, volviéndose hacia los campistas que se congregaban a nuestro alrededor—. ¡¿Por qué demonios no estáis ocupándoos de vuestros quehaceres? ¿Qué creéis que conseguiréis rodeándome? Cada uno tiene un papel que cumplir. ¡Moveos, moveos, moveos! Y si veis a Jack y a Victoria decidles que les necesito aquí, de inmediato. Hay que abrir el portal.
—Ya lo has oído. ¡Avisa a Clarisse! —Le gritó Thalía a un campista que estaba cerca, tomando el control de la situación y rompiendo nuestra frágil parálisis—. ¡Los monstruos están aquí, hay que evacuar cuanto antes el campamento!
El mestizo compuso un gesto de terror pero logró asentir con la cabeza, mientras daba un paso hacia atrás. Luego dio media vuelta y echó a correr por entre las casas hacia la sala de entrenamientos, hasta que su figura se perdió entre tanta gente que salía al claro, en respuesta del bullicio ahí formado.
—¿Son todos ellos... o sólo una avanzadilla para ponernos a prueba? —quiso saber Percy, serio, totalmente embutido en su papel de guerrero.
Christian miró al horizonte, viendo marchar esa horda que, de momento, sólo un shek podía ver.
—Es el grueso entero del ejército del Tártaro.
—¡Dioses! —musitó Annabeth. Y un escalofrío recorrió toda mi columna vertebral, en consonancia con su exclamación.
Sí, efectivamente: ¡dioses! La batalla ya estaba aquí... por fin.