← Historia 126109 · de
Historia 126109 — capítulo 39
Disclaimer: A la inspiración de este fic corresponde la saga mitológica de Rick Riordan, la trilogía fantástica de Laura Gallegos y demás agentes a los que ambos hayan cedido sus derechos de autor.
-…-…-…-
CAPÍTULO 38. CUBO DE RUBIK.
-…-…-…-
Me dirigía de camino al comedor, sumido en hondas cavilaciones, cuando el murmullo de una conversación proveniente de un cuarto cercano me trajo de vuelta al presente, para atraerme al hueco reducido de una puerta entreabierta, como polilla a la luz.
—¿Por qué estás aquí en realidad? —oí formular a la voz de Victoria entre la rendija de la puerta donde había pegado la oreja—. Comparte tus planes con nosotros. Aunque no lo creas, todos estamos en el mismo barco, zarpando rumbo al mismo destino. Es lo correcto que nos hagas partícipe de vuestros planes.
—Yo decidiré lo que es debido o indebido compartir acerca de los asuntos de mi gente —la voz de Ziessel era como acero recubierto por una capa de terciopelo—. No te equivoques.
—Vale. Pero al menos responde en la medida en que esos asuntos nos atañen a nosotros. ¿Qué quieres conseguir aliándote con estos semidioses?
—Porque quiere lograr lo único que de verdad le importa —respondía otra voz incorpórea, esta más cercana a la puerta, tal vez la de Jack—. No son más que alimañas sin conciencia.
Asomé la cabeza para ver reunido en la sala al cuarteto de Idhun, es decir, Jack y Victoria, de pie en medio de la sala, brazos cruzados y cuerpos enfrentados al de Shizuko, y Christian, apoyado con indolencia en el alféizar de la ventana, asistiendo con clara indiferencia a la conversación. Ahí estaba Iandrak con su pelo rubio y sus ojos verdes, tan parecido a un hijo de Apolo; Victoria, con el arco a la espalda y la melena suelta al viento, lo cual se hacía extraño; Christian, oscuro y silencioso como de costumbre, distante como una isla a flote y sin ancla; y Shizuko, con su aspecto asiático compartido por tantas y tantas japonesas, el pelo del color de ala de cuervo, el cuerpo con las proporciones de una modelo sólo que con extra de pechos, curvas y trasero y, lo peculiar del caso, con frialdad interior a conjunto con la frialdad exterior.
Fue asomar la cabeza al escenario de lo que parecía ser una enésima discusión, para que Christian alzara la suya y su mirada atravesara rauda el espacio que nos separaba. Todo él se quedó rígido, tenso como una cuerda de arco, y una sonrisa oscura y secreta se dibujó en la horizontal de sus labios. No hizo falta que le ordenara callar. Encogió un hombro como diciendo «allá tú con lo que escuches».
—Estoy bastante hastiada de tus insinuaciones e indirectas, dragón —espetó en respuesta Shizuko, cómo no, la voz aflautada por un odio puro—. Déjate de insultos velados. Di las cosas claras. Tal cual lo piensas, tal cual te vienen. Teniendo en cuenta que provendrán de una mente de dragón, no espero de ti gran cosa.
Christian los chistó a los dos, algo tan efectivo como usar puñados de niebla para reducir las llamas de un incendio.
—¡Silencio! —Exigió Victoria, pidiendo calma también con las manos—. Bajad la voz. No hace falta gritar. Vais a alertar a todo el campamento, a este paso.
Entré de puntillas en la estancia y cerré con mucho sigilo la puerta a mis espaldas, apoyándome después en ella, dispuesto a pasar desapercibido, incluso a no respirar para no ser pillado en falta.
—Hola, mestizo —dijo Shizuko tranquilamente, aún dándome la espalda y sin dignarse a volverse siquiera—. Me había parecido notar tu aroma en el aire. ¿Por qué no te acercas del todo y escuchas lo que voy a decir? A fin y al cabo, estamos tratando un tema que te causa idéntica curiosidad y ganas de saber. Este par de híbridos no son los únicos en querer saber qué hacemos aquí.
—Pasa, sí, por favor —dijo Victoria tras un respingo de sorpresa, aunque habló sin que le temblase la voz.
—Yo sé por qué estás aquí, shek. —Volvió a repetir Jack—. Es evidente.
—¿Lo es? —musitó la japonesa, al mismo tiempo que yo inquiría:
—¿Lo sabes, en serio? —avancé un paso, sin sorprenderme para nada que la chica hielo se hubiera percatado de mi llegada sin necesidad de dar media vuelta —. Bueno, entonces, ¿por qué no compartes conmigo y con Victoria tu teoría?
—Está aquí por ambición. Por fría lógica. ¿Por qué otra cosa se iba a movilizar las criaturas taimadas e interesadas como ésta?
Christian resopló.
—¿Taimadas, nosotros? Bah, bah, bah. No te rebajes mostrando tus celos —replicó Shizuko con suavidad a Jack—. El hecho de que mi especie sea infinitamente superior a la tuya no significa que debas exhibir tu inferioridad con tanta desvergüenza.
—¿Mi qué, perdona? —La voz de Jack se había tornado calurosa, cargada de estático peligro—. ¡Los dragones no somos inferiores a los sheks! —sus ojos echaban chispas, literalmente—. Yo diría, de hecho, que todo lo contrario.
Su voz iba subiendo de tono con cada sílaba que pronunciaba. Victoria puso una mano sobre su hombro y le dio un leve pero firme empujón, recuperando la misma distancia que lo separaba de Shizuko, distancia que él, en su acaloramiento, había reducido con dos pasos hacia delante.
—¿Ah, sí? —Ziessel sonrió, maliciosa—. Y si es así, ¿por qué sois vosotros los extinguidos y nosotros los supervivientes? Yo diría que la historia habla por sí sola. Las pruebas son concluyentes y nada halagüeñas a vuestro favor.
—Jugasteis sucio —escupió Yandrak.
Miró a Victoria en busca de apoyo, pero ésta no parecía querer tomar partido en un asunto que parecía guardar tintes tan feos. Ladeé la cabeza y abrí la boca para ofrecer alguna respuesta diplomática que viniera a decir «bueno, a mí me estás inquietando con tanto acaloramiento y eso que solo soy un mero espectador», pero aunque hubiera un supuesto caso de que Jack esperara una respuesta a tiempo por mi parte, mi turno fue arrebatado.
—Jugamos a sobrevivir —replicó en idéntico tono Ziessel. Sus ojos relampaguearon, llenos de estrellas pasadas, llenos de recuerdos oscuros—. Habríais hecho lo mismo. Exactamente lo mismo, no te engañes, dragón.
Christian soltó un ruidito gutural, a caballo entreun resoplido de desacuerdo y un gruñido aquiescente, se giró y estiró el cuello hacia el árbol exterior que acariciaba desde fuera la pared de la ventana, paralizando la vista en una rama baja, mantenida fuera de nuestro alcance.
—Os recuerdo a los dos que ahora mismo no hay ni dragones ni sheks en Idhun —calmó las aguas Victoria—. Ni siquiera unicornios. Así que no veo qué importancia tiene restregarse qué especie se extinguió primero.
—Eso, eso. Además que os desviáis del tema —intervine—. El por qué de tu presencia repentina en nuestro camping mestizo, Ziessel.
—¿Es que estos semidioses no saben nada? —gesticuló ella hacia Christian, mientras el rubio la seguía con mirada encendida—. Somos hijos de Idhun. Hijos de los siete dioses que reinan en el panteón de la tierra bañada por los tres soles y las tres lunas. —Se detuvo, y al ver que mi desconcierto era mayor, resopló—. La tierra gobernada también por el Séptimo. O mejor debería decir ex gobernada por el Séptimo, pues los dioses han vuelto a sus dimensiones y el Séptimo ha huido con un puñado de supervivientes elegidos. Abrieron un portal interdimensional y pusieron tierra por medio. Se refugiaron en un nuevo mundo para sheks y szish, un mundo para serpientes. Un mundo exclusivo, hecho a medida, para gente como nosotros. Pero sin duda ya sabes que eso también lo desean ellos tres. Por él, más que nada —asintió hacia Christian—. Sin duda ya os pusieron al corriente de todo ello.
—Bueno, sí, claro, eso ya lo sabía —contesté, impaciente, cruzándome de brazos, recordando palabra similares pronunciadas meses atrás por Christian, en una cueva a las afueras de Connecticut—. Pero eso no explica por qué una reina, o ex reina de los sheks, tiene tantas ganas de ayudar de repente.
—Tienes una misión —prosiguió la shek, que por fin apartó la mirada del chico dragón, la arrastró por Victoria y Christiany me miró de frente—. No ha hecho falta que me lo cuente nadie. Lo he visto en tu mente. He visto que eres un chico que se hace pasar por chica. He visto que tú, un ser mortal con sangre mestiza y divina, debes de cumplir con una profecía. Una profecía destinada a salvar al mundo, tu mundo. —Hizo una pausa y meneó la cabeza con reticencia y poca credulidad a mis capacidades a llevar a buen puerto tal misión—. Una profecía cuya resolución final pasará a la historia, a la leyenda de los mortales que ignoran que dioses y semidioses existís, siempre y cuando consigas sobrevivir a la guerra que te aguarda en el camino, así como a las pruebas por ganarte el corazón de la semidiosa a la que amas. Pero aunque no lo logres, aunque dicha profecía al final no llegue a cumplirse, aunque este planeta acabe desolado por las guerras y batallas de dioses y titanes, mi objetivo es sobrevivir a dicha tragedia. Yo y los míos —entornó los ojos y me miró con fijeza—. Naturalmente, nuestra estabilidad se verá afianzada si logras alcanzar tu meta. En ese sentido, yo puedo ayudarte; los míos podemos ayudaros. A ganar esta batalla que se os viene encima, sobre todo. Y, en todo caso, mis fuerzas aunadas a las vuestras implican que así podréis contar con un ejército más numeroso a vuestro favor.
—¿Qué te hace pensar que quieren o que necesitan vuestra ayuda? —Preguntó altivamente Jack, haciéndose eco, sin él saberlo, de mis pensamientos—. Con victoria, Christian y conmigo se bastan y sobran.
—¿Y por qué no? Sería de necios rechazar más «tropa», por decirlo de algún modo. No he venido aquí a gobernaros. Vengo a ofreceros mi ayuda para derrotar a los monstruos que os asedian, para que alcancéis de nuevo la paz. Me he presentado aquí sin ejércitos, sin respaldo físico de mi gente, sin invasión de los sheks que aguardan mi regreso, como prueba de buena fe y de que no tengo intenciones hostiles contra vosotros. ¿Acaso no es eso confianza suficiente para un primer contacto? Creo que me necesitáis, como, sin duda alguna, os necesitamos a vosotros.
—¿Y si se niegan, qué?
La japonesa nos lanzó una sonrisa malévola, toda dientes y carencia de piedad, y sus ojos centellearon entre las sombras.
—Participaré en esta contienda de un modo u otro, dragón —advirtió—. Yo y los míos. Al igual que tú, al igual que tu amigo y némesis, al igual que tu preciada amiga unicornio. —Estuvieron mirándose un rato, dos boxeadores que se medían con la mirada, calibrando mutuamente sus fuerzas y sus debilidades—. Te lo digo por cortesía, pero en realidad la decisión está tomada. —Se dirigió a mí—. Tu jefa de camping aceptó nuestra ayuda. Y tal vez las serpientes no tengamos boca sino fauces, pero sí tenemos palabra. Esto que os cuento es un hecho; una decisión ya tomada hace tiempo.
—Muy bien —dije cuando Victoria pestañeó, Jack bufó, contrariado, y Christian ladeó la cabeza, dejando claro que creía que no es que yo hubiera tenido otra opción sino la de acatar y punto—. Si Clarisse ha aceptado vuestra ayuda, por algo será. Pero esta alianza tiene una duración indefinida. Hasta que acabe la guerra; ganemos o perdamos, estaréis de nuestro bando, nada de pasarse al del contrario.
Armándome de valor, miré sus ojos fríos y oscuros, antiguos e implacables, y le sostuve la mirada.
—Te repito que tenemos honor; siempre cumplimos nuestra palabra. Estoy aquí por las mismas razones que la tríada. Porque quiero encontrar el mundo de las serpientes. Un portal que me conduzca, a mí y a los míos, al planeta creado para las serpientes haladas. Necesitamos el poder, la fuerza, toda la energía que puedan concedernos vuestros dioses para reorientar un portal a ese mundo que, hoy por hoy, nos es vetado. Si os traicionamos, ¿qué ayudas podemos esperar de vuestros dioses? Ninguna. ¿No es así? Pues ya está. Ahí tienes la garantía de nuestra lealtad.
Jack soltó un fuerte resoplido que pareció expandirse por todo el cuarto y flotar hacia arriba, por encima de nuestras cabezas.
—Oséa —resumí, molesto—, nos seréis fieles por interés te quiero Andrés.
—¿Importa algo el por qué de nuestra temporal fidelidad? —Me miró, desdeñosa—. No. Lo que importa es que habrá esa fidelidad, y punto. Y ahora he de ir a reunirme con los míos. Comunicarles la buena nueva.
—Antes de irte, permíteme recordarte —comentó Yandrak con tono de fastidio y aburrimiento a la japonesa—, que shek que ponga sus colmillos sobre mí, shek que acabará achicharrado. Sé bien del odio que nos conduce una y otra vez a enfrentarnos, Ziessel. Lo siento cuando hablo con Kirtash, lo siento cuando te tengo a ti cerca. Pero ambos, los tres, sabemos controlar el instinto… aunque a veces cueste, aunque sea a duras penas. Focalizar ese odio ancestral en algo racional y manejable. Pero no todos manejan el dominio de sus actos, bien lo sabes. Muchos no entenderán de pactos y querrán atacarme...
—Arrancarte esa lengua de arrogante que tienes, mismamente —concretó Ziessel, mirando al chico con meloso desdén—. Aplastarte el cráneo a dentelladas, por poner otro ejemplo. Arrancarte el pellejo de ese esqueleto de leviatán superviviente, ejemplar único de enemigo, ¿quién sabe?. O zamparse tu apestoso corazón; eso también puede ser.
—Oh, claro que puede ser, sí —la mueca de Yandrak no fue menos peligrosa—. Pero si cierta serpiente halada, la que sea, olvida sus modales... has de saber que te quedarás sin un miembro menos de tu ya bastante mermada corte, por decirlo de algún modo suave. Recuérdalo, reina; recuérdaselos a todos ellos.
Ella no pareció impresionada. En absoluto.
—De acuerdo —dijo; le sonrió y se pasó la lengua rosada por los labios que, de repente, parecían fauces de un reptil—. Les diré que nada de acercarse al dragoncito. Aunque descuida. Estarán encantados de cumplir con la orden; a ningún shek decente le gusta mezclarse con dragones, ni ir oliendo a uno —miró con clara elocuencia de acusación a Christian, quien recibió sus palabras con la misma impasibilidad con la que llevaba atendiendo a las frases intercambiadas en todo aquel rato de conversación.
—A mí me gustaría saber —confesé honestamente—, cómo es que hacéis para esconderos de los mortales. ¿Dónde está vuestra guarida?
—No te importa.
—¡Oh, por supuesto, por supuestísimo que me importa! Y mucho. ¿Dónde os escondéis?
—No quieras exigir más de la cuenta, mocoso impertinente.
—¿Mocoso? —miré a aquella joven de cara veinteañera a la que encima le sacaba diez centímetros, como mínimo.
—Mocoso, sí —recalcó, adoptando una pose de claro desafío—. Oh, perdona. Se me olvidaba lo de tu identidad. Mocosa... ¿mejor así?
—Ya basta, Ziessel —cortó Christian, incorporándose sin previo aviso y avanzando con fría indiferencia hacia la salida—. Sé práctica. Compórtate como tu rango exige; no te rebajes a un nivel de simple pique. Céntrate en lo importante. Ves a hablar con los demás; estarán ansiosos por saber el por qué de tu tardanza. Molestar a un mestizo no sirve de nada, no va a hacer que los demás shek lleguen antes aquí, a arrimar el lomo en ayuda de la batalla.
—¡Ah, Kirtash! —Siseó con afectación la aludida—. ¿Ahora sí que hablas, y para interferir a favor de él? Empezaba a pensar que el unicornio te había comido la lengua, después de todo. —Hablaba con voz helada y en los hombros, apostado, su frío protocolo de reina shek e insensible, aunque bajo toda aquella apariencia se insinuaba algo más... ¿quizá anhelo? quien sabe. ¿O eran celos? difícil de creer—. Cada vez más mancillas la dignidad de un shek.
Él se detuvo en seco, pero esta vez fue Victoria quien llevó la voz cantante en la réplica:
—No le he comido la lengua, como puedes ver. —Sonrió con una candidez que en nada tenía que envidiar a los ronroneos pícaros de Silena, cuando hablaba de lo que hacía con Beckendorf—. La verdad es que he preferido saborear... otras partes. Tú ya me entiendes... espero.
Abrí los ojos, asombrado. Jack parecía debatirse entre la risa y una inexpresividad. Shizukodio un respingo, sobresaltada por el significado verdadero de las palabras de victoria, sonrojada hasta las orejas. Y Christian... bueno, Christian miraba a Victoria como si jamás la hubiera apreciado más de lo que lo hacía en aquel momento.
..*.
—Caramba. Tienes el aspecto de felicidad de alguien al que van a rebanar el pescuezo de un momento a otro —declaró una voz a mi lado.
Una figura ensombreció mi campo de visión, aunque no me sorprendí al ver a Rachel dejarse caer a mi lado a mitad de frase, en un pésimo intento de animarme. La había oído llegar. ¿Y cómo no escucharla desde lejos?llevabaunos zapatos de tacón que levantaban tal repiqueteo que parecía un caballo al que le habían hecho calzarse unos cascos.
—Estamos a punto de entrar en guerra. O eso he oído. Mi cara es un pronóstico de ese fusilamiento. ¿Quién sabe?
Se dio una palmadita en la frente.
—Ah, Luke. Me olvidaba. Tú siempre tan optimista...
Solté una risita amarga pero enorgullecida.
—Sí. Ése soy yo.
—Por cierto —indagó, intrigada y burlona—, ¿a qué viene ese look de chivo?
—¿Qué?
—La cara. Tócate la cara.
—Ah. —No hizo falta que me llevara las manos a la cara—. Regalo de Apolo... según él.
—¡Vaya! Pues si eso es un regalo, menuda caca!
Fue expontáneo. Levanté la cabeza, las cejas, las orejas y todo lo que pude levantar para expresar mi estado atónito.
—¿De verdad acabas de decir «caca»?
—¿Qué? —Sus cejas se juntaron, recalcando la aparición de una pequeña arruga muy adorable justo encima de su nariz. Vaya, ¿acababa de pensar que un entrecejo era algo adorable? Bueno, tal vez; aunque, eso sí, no tan adorable como el entrecejo de alguien que yo me sé. Rachel sacudió la cabeza un poco—. Ah, sí. Lo he dicho. ¿Por qué?
—Creí que las chicas evitabais decir esa palabra delante de los chicos.
Se echó a reír.
—No evitamos decirlo ante chicos… evitamos hacerlo ante chicos.
—¡Oooobs… Toché!
Estábamos en el comedor, almorzando, horas después de esa conversación a escondidas con el cuarteto maravilla de Idhun. Sentados en una de las mesas del fondo. Por la compañía recién llegada de Rachel, saltaba a la vista que yo no había sido el único en saltarme el horario y empezar a rellenar el estanque antes de la cuenta. Mi estómago hacía rato que había comenzado a entonar una ruidosa melodía con letra de «estoy en reservas, repóstame». Y claro, al final había tenido que hacerle caso.
—Vale. Voy a hacerte una pregunta estándar —anunció, frotando la condensación del cristal de la ventana con el dedo índice—. ¿Te pasa algo?
Hice inventario de mis sentimientos. Rabia, tristeza, anhelo, ansias... y un sinfín más que venían atrás. Demasiadas cosas para explicar. Mejor atajar por lo simple.
—No. —Respondí.
Ella se pasó una mano por el pelo, asintió, como si yo hubiera dicho justo lo que esperaba oír, y contempló pensativa el contenido anaranjado de su vaso.
—Respuesta estándar de a quienes sí les sucede algo —dictaminó después—. ¿Qué te ocurre? Pareces no tener un buen día y estar con un humor de perros.
—Pues cuidado no acabe pegándote un mordisco —dije, funesto.
—Bah, bah. Soy demasiado para ti. Un hueso duro de roer —desdeñó ella—. Y bien —comentó, mirándome con interés—, ¿vas a contarme qué te pasa?
Toqueteé el culo de mi vaso de limonada; ya me había bebido la mitad y estaba disfrutando de la sensación que me producía la acidez del limón y la dulzura del azúcar en la boca, cuando las palabras escaparon de entre la mella de mis labios apretados.
—Pasa que la esperanza me ha abandonado; se ha filtrado a través de mi cuerpo, convertido en un charco a mis pies para luego evaporarse en el suelo, allá por donde voy.
Aunque tenía los ojos cerrados y la cara enterrada en el cristal de la ventana, percibí a Rachel rebullendo intranquila en el sitio. No me costó imaginarme la consternación o sorpresa en su rostro.
—Vaya. Eso sí que es afrontar el día con una buena dosis de entusiasmo —dijo finalmente, mordaz—. ¿Y por qué crees que se ha producido ese abandono? ¿A qué se debe esa fuga de esperanza que dices?
La dediqué una mirada falta de sentimiento.
—Yo qué sé. No tengo nada que contar.
—¿Cómo que no tienes nada que contar? —Emitió un sonido que bien podía ser tanto un suspiro como una exhalación irritada—. ¿Y a qué responde este despliegue de simpatía? Ni siquiera tú sueles tener tan mal humor.
—Mira, Rachel, no tengo ganas de hablar de mí, ¿de acuerdo? Hoy no. ahora no.
—¿Y eso qué significa?
Bufé exasperado antes de contestar.
—Significa lo que significa.
—Oh la la. Eso aclara muchas cosas... —me interrumpió, sarcástica.
—Significa que no quiero hablar de mí. Que no me pasa nada.
—A NADIE NUNCA LE PASA NADA —COMENTÓ bebiendo un trago del contenido anaranjado de su taza—. Hasta que estalla, y de la peor manera, y entonces todos se dan cuenta de que llevaba algo pudriéndose en su interior. ¿Te suena de algo ese comportamiento, así por casualidad?
—¿Por qué no me castigas directamente, una hora de cara a la pared o un día sin salir? Por favor. ¡Ni que fueras mi madre!
—Está claro que no lo soy. ¡Uy, y menos mal! A tu madre no le saldrías con esas réplicas tan bordes y desconsideradas hacia alguien que sólo se preocupa por ti.
—Agradezco tu preocupación, Rachel; sinceramente. Eso demuestra que eres una gran amiga.Pero realmente no tienes de qué...
—¿Amiga? ¿Me consideras una amiga?
—Sí, por supuesto. —Fruncí el ceño—. ¿Por qué? ¿De qué otro modo quieres que te vea?
Estaba jugueteando con el posavasos cuadrado que había acompañado a la llegada de su vaso a la mesa, golpeando cada lado contra la tabla mantelada, rítmicamente.
—Ah, no sé...
—¿Ahora no irás a salirme con una confesión de esas que vienen a decir que sientes por mí algo más que una amistad, verdad? —me asusté—. Porque bien sabes que...
No pude terminar de hablar. Ella soltó una risotada tan grande que de seguro explicaba el revuelo montado de repente por unos pájaros, en las ramas altas del árbol más cercano de fuera.
—Y el mundo por fin vuelve a la normalidad —declaró, tras el acceso de risa—. Jo, estaba empezando a asustarme. ¡Y de verdad! Malhumorado o no, que tu egocentrismo nunca falte, ¿eh, Luke?
—¿Te hace gracia? —las sacudidas silenciosas de sus hombros respondían por sí solos—. Pues que sepas que es una teoría de Thalía. —Aquello hizo amainar sus risotadas; me miró, incrédula—. Sí —confirmé a su asombro—, cree que somos algo más que amigos. Cree que serías un buen partido para mí.
—¡Puaj!
Estaba de acuerdo con sus sentimientos horrorizados pero, ¡vaya hombre! había otras formas más educadas de dar a entender su categórica negativa al respecto.
—¡Oye!
—¿De dónde ha sacado una idea tan ridícula?
—Nos vio bailar. El otro día. Durante la fiesta.
—¿Y? —Fue su turno de fruncir el ceño—. También bailé con Jack. ¿Significa eso que tengo algo con él? ¡Hay que ver, los celos, qué mal consejeros son! Espero que empeñaras tus neuronas en quitarle esa absurda idea de la cabeza.
—Pues ahora que lo dices... —hice como que lo pensaba; Rachel fue volviéndose rígida y seria a cada segundo que pasaba sin añadir palabra—. ¡Por supuesto que lo hice! ¿Qué te crees?
—Bueno. Por si acaso, la próxima vez que la vea le diré que más encanto concedo a una babosa muerta que a ti.
—¡Auch! —Me llevé una mano al pecho, haciendo una imitación pasable de alguien a quien le han herido de gravedad todos los sentimientos, y de golpe—. ¿Hace falta ser tan insensible? ¡Eso ha dolido!
—Cuanto más limpio es el corte, menos posibilidades hay de que sangre después.
—Sí, pero... ¿tanto como para llegar a compararme con una babosa muerta? ¡Y pensar que creía que me considerabas amigo!
—Lo hago. Aunque en cambio tú... —me acusó—, eres un pésimo amigo, y voy a pasar por alto el hecho de que no me hayas contado qué pasó al final con Thalía cuando os fuisteis del baile. Estoy aquí sentada, esperando que tomes tú mismo la iniciativa y me cuentes a tu ritmo todo lo que seguro tienes que contar, y cinco minutos después, aún no te has dignado a rondar el tema. Así que puedes indignarte por haber puesto tu encanto a la altura de una babosa muerta, si quieres, mientras yo me sirvo un almuerzo. Pero no voy a largarme de aquí hasta que no me cuentes todo. Sin pelos en la lengua. ¡Y con lujo de detalles!
—No sé qué quieres que te explique... —comencé a decir, pero me vi interrumpido por el índice acusador de la pelirroja, blandido ante mi cara, más tieso que un meñique afrancesado en un salón lujoso de alto estanding.
—¡Ah, ah, ah! No te atrevas, Luke Castellan. No te atrevas a decir que no tienes nada que contarme porque estoy segura de que me estás mintiendo, descaradamente, así que aquí me tienes, todavía, paciente, esperando tu confesión. Venga, bah, almuerza, almuerza —ordenó—. Luego vendrá la hora de desembuchar —aseguró.
La fulminé con la mirada. Pero su expresión se mantenía tan seria que no pude más que echarme a reír, bajito, y hacerle caso en lo referente a tomar el almuerzo. Como su copa ya no contenía más que hielo, Rachel no protestó cuando, al levantarme e ir en busca de más cosas a picar, se la retiré y la deposité, junto a la mía también usada, en la cornisa del carrito de cubiertos usados.
—Permíteme —dije, antes de concederme el placer de volver a sentarme—. ¿Qué quieres almorzar?
—Mmm... ¿Qué tal un bocadillo?
—Bocadillo. Vale. Bien. ¿Y de qué? Quieres que contenga algo de Carne o algo de pescado?
—Ninguno de los dos.
—¿Cómo es eso? —La miré de reojo—. Espera. ¿No serás de esas chicas «cruz», ¿verdad?
—¿Una chica «cruz»?
—Sí, ya sabes. Que por no engordar le pone cruz a todo tipo de comida, alegando ser vegetariana o pescetariana o vegana… o cualquier otro eufemismo de «rechazo a la comida de verdad».
—Ah, eso. —Puso cara compungida—. Lo cierto es que... —bajó la cabeza al mantel—. Yo… No como nada que tenga ojos. O boca. O cara.
—Puff. Se te da fatal hacerte la devota.
Nos echamos a reír.
—Aunque, tranquila. Aquí tienen una estricta norma de servir la comida sin cara, vaya.
—¿Incluso al poyo?
—¡Sobretodo al poyo! ¿Una lástima, verdad?
—¡Uy, sí, y tanto!
—Creo que sólo por eso —comenté aún bromeando—, voy a solicitar un buzón de sugerencias. O de quejas.
—Un mortal te diría: A falta de pan, buenas son las tortas. Pero lo que yo te digo es: si ya tienes pan, ¿para qué quieres las tortas?
—¡Para poder tenerlas más grandes!
Ella bufó, pero pronto se unió a mi sonrisa. Le acerqué un sándwich vegetal mientras me hacía con uno de tortilla, para mí. Luego volví a la mesa con nuevos vasos, rellenos de agua con sabor. El suyo zumo, el mío limonada.
—¿Puedo hacerte una pregunta personal? —quiso saber Rachel al cabo de un rato de silencio.
—¿Y tú lo preguntas? —Fingí enjugarme la frente con la servilleta—. Dioses. Eso es que va a ser un terremoto, esa pregunta.
—Déjate de tonterías. ¿Puedo o no?
—Siempre y cuando antes me prometas que no la publicarás en Twitter ni la recopilarás para el emblema de la fundación de un club Anticastellan.
—¿Ah? ¿Pero es que eso existe?
—Hay locos en el mundo —señalé la mesa vacía de las cazadoras—, que no saben apreciar el arte, la verdadera belleza masculina —me señalé—. ¿Y bien? ¿Cuál era esa pregunta?
—¿Qué hiciste con la ropa de Silena?
—Desembarazarme de ella. ¡No iba a estar toda la fiesta con esos tacones y ese vestido, por favor! —me defendí—. ¿Por qué? ¿Aún está enfadada conmigo, verdad?
—Bastante. No deja de clavar chinchetas en tu foto cada vez que se acuerda de que dejaste sus Louboutins tirados por ahí.
—¡Oye, que le devolví el vestido en buen estado! —me defendí—. Así como su collar, pulsera y demás accesorios. ¿Y se quejará?
—Teniendo en cuenta que ella te los prestó y entregó a mano y no te hizo encontrar los zapatos tirados en cualquier lugar... sí, bastante. E insiste en que deberías estarla más agradecida, ya que te hizo un favor.
—¡No es verdad! —reclamé—. Fue cosa de una apuesta.
—El favor que afirma que te hizo no se refiere a esa apuesta. Sino más bien a tu estilo... ¿cómo decirlo? marimacho.
—¡Oye, que yo no tengo tal estilo!
—Obvio que no te consideras un marimacho. Porque para empezar, tienes poco de «mari» y sí mucho de «macho». Pero vamos, es normal. Es igual que con el gusto y estilo de cada uno. Nadie considera que su estilo es raro. Igual que nadie se plantea que tiene mal gusto a la hora de vestir.
—¿Esa es una indirecta?
—¿Lo es? —preguntó ella a su vez.
—¿Me estás diciendo que tengo mal gusto?
—¿Lo hago?
Se produjo una pausa, de esas que exige que caiga una lluvia de explicación. Los ojos chispeantes de Rachel, claramente divertidos con mi enfurruñamiento, no mostraban predisposición a cumplir con la cortesía del momento que ella misma había provocado.
—No creo que te vistas mal, si es lo que piensas. —acabó admitiendo finalmente, la muy...—. De hecho, todo lo contrario. Con esos vaqueros azules que caen sobre tus caderas, esa camiseta blanca de mangas de tela negra, esa gorra a lo rapero y esas gafas de aviador enganchadas en el bolsillo de tu camiseta... en fin, gustos personales aparte, tengo que decirte que luces como la imagen misma de la sexy masculinidad. Bueno, menos por esa cosa que tienes bajo la cara, claro.
—Aaaah. ¿¡Gracias!? —sonreí, indolente—. Eres un cielo.
—Sí, sí. Palabras... —rió—. Y si es así, entonces, ¿por qué aún no tengo mi propio Olimpo?
—Ya sabes cómo son estos dioses de celosos —bromeé—. No les gusta la competencia. Pero bueno. Quédate con mi elogio: tú sí que sabes cómo subirle la autoestima a éste chico.
—Mientras sólo tenga que subirle eso...
Me atraganté con la limonada.
—¿Qué has dicho?
—Naaaada. Nadaaaa —canturreó.
—¡Tú... tú...?
—Eres un mal pensado, Luke! —me recriminó, fingiéndose sorprendida por lo que yo había entendido o, mejor dicho, por lo que ella me había inducido a entender—. Volvamos mejor al tema de antes. No, no creo que vistas mal. Pero Silena sí lo cree. Y piensa que, por esas mismas, la debes una.
—Bueno, ya me lo hará pagar más adelante —hiceuna mueca—. O puedo librarla de un día sin chocolate de la semana que le toca en penitencia cumplir por nuestra apuesta.
—¿Qué apuesta?
—La delchocolate. ¿No recuerdas que todo el tiempo que estuvo maquillándome se pasó restregándomelo cada dos por tres?
—Sí, pero creía que habías perdido tú, de ahí que te chinchara con ello.
—No, no. Ganamos. Los dos.
—¿Los dos? Eso es perder empatados.
—Qué bah — respondí—. Significa que también gané yo. —Me señalé el pecho con un dedo—. Y me lo voy a cobrar con creces. Señorita, a esto huele el pagarés. El perfume de la venganza lleva mi nombre, santo y seña. Inhala profundamente. Si me presionas, tú también te vas a enterar.
Rachel esbozó una sonrisita enigmática contra el borde de su taza, una mueca que no supe bien cómo interpretar.
—¿Amenazas, Castellan?
—Advertencias, más bien.
—Claro, claro, lo que tú digas.
En ese momento, la chica saludó a alguien con la mano indicándole que había reservado un sitio a su lado; me giré levemente a tiempo de ver cómo Victoria se despedía de la japonesa -quien volvía a lares mortales y asiáticos, no sin antes ojear el comedor en nuestra dirección- y atravesaba la poco concurrida sala hasta el asiento que Rachel le ofrecía.
—¿Cómo va, chicos? No interrumpo, ¿verdad? —inquirió, deteniéndose en el borde de la mesa.
—Por supuesto que sí —aseguró Rachel, hablandocon entonación de «ja ja ja, sabes que no interrumpes nada».
—¿Nuevo look? —Me señaló Victoria, riéndose entre dientes—. Pareces un chivo.
—Sí. Hola a ti también, Vic —saludé a la morena que nos miraba con una sonrisa a la vez que se dejaba caer en un asiento junto a la pelirroja—. ¿Dónde te habías metido?
—En la cama...
Rachel levantó una ceja.
—¿Sola?
—Sí, ¿por qué? ¿Acaso quieres que te invite a hacerme compañía la próxima vez? —Sonrió, guiñando un ojo—. Porque estoy abierta a sugerencias.
—¿Aaaaah, sí? —de pronto todo malhumor se me esfumó. Al instante estuve muy, muy interesado en lo que esas dos se decían.
—Ah, ah, ah. Lo siento, Luke. Sólo pelirrojas —se rió victoria, componiendo una expresión de fingido abatimiento—. La invitación no es extendible a los chicos rubios disfrazados de mujercitas.
—Qué pena —me reí—. Una grandísima lástima. Eso que te pierdes.
—Oh, sí. Seguro. Ya lloraré la pérdida más tarde... —se burló. A continuación se dirigió a Rachel—. Oye, ¿me podrías prestar un poco de maquillaje? Necesito taparme unos... —articuló algo en silencio
—¿Quieres que te deje maquillaje para...? —Rachel se inclinó hacia la otra, sin duda bastante interesada, y se tapó la boca para que no pudiera leerle los labios.
—Sí.
Esa confirmación sin duda despertó la curiosidad de la pelirroja que estiró la mano hacia la cortina de cabello oscuro que caía libre sobre los hombros de Victoriay levantó la abundante mata para echar una mirada a algo que había en el cuello de la chica.
—Eh, tía, ¿qué haces? —Gruñó Victoria, dándole un golpe en la mano—. Se confiesa pero no se mira.
—No puedo creer que hayas sido tan descuidada. ¿Qué dirán las cazadoras si lo ven?
—¿Por qué te crees que te estoy pidiendo maquillaje, guapa?
—¿De qué va todo esto? —intervine.
Ellas se miraron, se rieron, sacudieron la cabeza y volvieron a soltar una risita tonta.
—Va de lo que va —resumió brillantemente Victoria.
—Carai. Ya me has quitado las dudas —ironicé.
—Vaya. Y conmigo has logrado despertar mi curiosidad.
—Tu morbo, diría yo —corrigió victoria, soltando una risita.
—Bueno, sí, sí, sí. También se puede decir así. ¿Y bien? Cuéntame qué sucedió, ¿quién ha sido el autor?
—Buff, ahí sí que ya no entro. Es una larga historia.
—Que me interesa conocer —perseveró Rachel.
—¡Y a mí! —Abundé a mi vez—. Más si, encima, lo tratáis delante de mis narices. También quiero saber a qué viene tanto lío por unos... ¿qué? ¿Chupetones?
—¡Shh! —chistó victoria, mirando en derredor—. ¿Quieres hacer el favor de no gritar?
—Querida Lucy —dijo Rachel tratando de molestarme—, llevas tanto tiempo en tu disfraz de chico machote que parece que se te está contagiando esa visión típica de ellos, de miras cortas.
—¿Pero... por qué? ¿Qué hay de malo en...? —Enmudecí, entendiendo de golpe—. Oh, ya veo.
Si a Thalía la habían acusado las cazadoras por andar en compañía frecuente de alguien que no era una de sus hermanas, ¿qué no podían llegar a decir a Victoria si veían la huella de unos labios resaltando en la blancura de su cuello?.
—¿Sabes? A mí no me importaría acercarme a ellas y entretenerlas para que ganes tiempo —ofrecí con una sonrisa pícara y angelical a la vez—. Por el bien de las cazadoras y el mantenimiento de tu papel de hija de Artemisa, por supuesto.
—Oh, Luke. Tú siempre tan considerado.
—¿Verdad que sí? —Pasé por alto su sarcasmo—. Por cierto, Vic ... —cambié de tema—. ¿Cómo es que no estás hoy en la mesa de tus compañeras?
—Será porque aún no hay compañeras con quien compartirla. Y para comer sola pues ya me voy a comer al bosque que bordea el campamento. Por cierto —amplió su sonrisa—, me gusta que me llames Vic. Me recuerda a un amigo muy querido.
—Me alegro.
—¿Ni Thalía? —inquirió Rachel.
—¿Emmm? —la idhunita la miró sin entender—. ¿Ni Thalía, qué?
—Que dónde está —hizo un amplio gesto, señalando la ausencia de la joven en la mesa donde acostumbraban a sentarse las hijas de Artemisa.
—Ah, eso. De meditación.
Rachel y yo intercambiamos dos ceñudas miradas de confusión.
—Pues tiene que ser mucho lo que debe de estar meditando —se extrañó la pelirroja—, ya que llevo tiempo sin verla.
—Hablando de lo cual... —Victoria clavó la inquisición de sus ojos en mí—. ¿Qué ha pasado entre Thalía y tú?
«Adiós almuerzo semi tranquilo con una chica de armas tomar», pensé; «hola almuerzo tenso con dos chicas de armas tomar».
—¿A qué te refieres? —Intenté sonar lo más asombrado posible. Era imposible, pero de pronto estaba seguro de que se había dado cuenta de la capa de sudor frío que me cubrían las manos.
—Buenooooo... —respondió victoria, después de darle un sorbo a su taza de café—. Digamos que me he enterado de cosas. Ciertas cosas.
—¿Qué cosas son esas? —Estaba más tieso que un palo, petrificado y encorvado en la silla, en una postura propia de signo de exclamación.
—Antes de que aparecieran los dioses, ya habíais desaparecido. No estabais en la pista de baile. Tuve que pedirle a Christian que os avisara por mí. ¿Dónde os habíais metido?
Estuve a punto de hacerme el loco. De negarlo todo; hasta el final. Pero de pronto me sentía muy cansado. De todo. Destensé la tirantez de mis músculos, volví a una compostura más enderezada.
—Ah, eso. Estábamos entretenidos. Besándonos. —Solté, sin cortapisas—. Sé lo que estás insinuando. Y sí, yo también lo creo. Tiene que ser eso lo que le trae de cabeza. —Miré a Rachel—. Ahí tienes lo que me pasaba. ¿Contenta ya, por fin?
Rachel se quedó inmóvil con el vaso de zumo en la mano camino a los labios. Lo devolvió a la mesa, despacio, mirándome con ojos que se iban desmesurando por momentos.
—Aguarda, aguarda. ¿Puedes repetir lo que acabas de decir, por favor? Quiero estar segura de que lo he escuchado bien.
—Que. El. Otro. Día. Nos. Besamos. —Repetí, matizando cada palabra con un índice enfático que golpeaba la tabla de la mesa.
—Brindo por eso —sonrió Victoria, levantando su taza de café recién servida para entrechocarla con la mía—. Ya lo había escuchado antes, pero ahora tendré la información de primera mano. ¿Verdad? —Silencio—. ¿Verdad? —Más silencio—. Oh, venga, vamos. ¿Quieres contarnos o voy a tener que pedirle a Christian que te lo sonsaque bajo shekinvasión mental? —acabó amenazando ante mi mutismo, ansiosa por saber.
—Si ella pregunta, yo también quiero saber —se sumó Rachel—. ¡Cuéntanoslo todo!
—¿Shekinvasión? —Aún estaba alucinando.
—Shek... invasión... ¡une las palabras, haz el favor!
—Vale, vale. Hablamos, bailamos, nos fugamos de la fiesta. Hablamos, corrimos, nos detuvimos en el bosque. Y luego nos escondimos en la sala de plegarias. Y entre una cosa y otra... pues eso.
—¿Pues eso qué? —Chillaron al unísono—. ¡Termina de contar!
—Nos besamos —confesé, reduciendo nuestro contacto a una simple explicación de besos, cuando en realidad habíamos hecho más, mucho más.
—Oh, vaya, ¿y en qué contexto surgió ese beso, exactamente?
—No lo sé —mentí—. Fue en medio de una confesión. Creo.
—¿No lo sabes? ¿En serio? ¿Y por qué? ¿Qué es lo que sucedió que ahora te hace dudar? —indagó Victoria y su mirada se volvió suspicaz—. ¿Qué más sucedió que no nos quieres contar?
—También hablamos de persistencia, juramentos y quebrantar las normas —admití—. Después de eso... Creo que simplemente nos dejamos llevar.
—¿Delante del altar de la diosa? —cerró el cerco Victoria.
Rachel dio un bote en el asiento, atragantándose con el zumo que estaba bebiendo.
—¡Quééééé! ¿Artemisa? —chilló—. ¿Os besasteis ante el altar de Artemisa? ¡Ca-rai!
—¡Shhh! —la chisté. Me encaré a Victoria—. ¿Cómo sabes tú eso? —pregunté, mostrándome falsamente desconcertado.
—Se lo oí decir —explicó con simpleza—. A Artemisa —agregó, y me confundió la mirada enigmática que la chica me dirigió—. Vamos, vamos, Luke —resopló, poniendo los ojos en blanco—. Deja ya de fingir. Sé que sabes que lo sé. Artemisa se lo recriminó a Thalía; yo estaba delante, tú también. Estabas espiando. Christian me lo contó.
—Vale, sí. Tienes razón —admití—. ¿Feliz?
—No todavía. ¡Detalles, detalles!
—¿Qué quieres saber?
—Todo —sentenciaron Victoriay Rachel al mismo tiempo.
Me vi obligado a explicar con lujo de detalles nuestra conversación en el baile y, más tarde, en el bosque y, más tarde, en la sala de plegarias, aunque obviando adrede el nivel de contacto físico que llegamos a mantener. Eso sólo nos atañía a Thalía y a mí.
—¿Así que os besasteis? —volvió a la carga Rachel. Asentí—. ¿Nada más? ¿Eso fue todo lo que llegasteis a hacer? ¿Todo? —insistió, moviendo las cejas, sugerente—. ¿Todo, todo, todo?
¡Dioses! aquello era peor que un interrogatorio en la policía.
—No sé que son tus «todo, todo, todo», pero sí, eso fue todo. —«O casi».
—¿No hubo momento despelote? —Se decepcionó Rachel—. ¿Ni referencias al béisbol? Jo, qué sosos.
—No hubo momento despelote ni referencias al... —me detuve—. ¿Oye? —la recorrí de arriba a abajo—. No sabía que te gustase jugar al béisbol. ¿Has sido una niña mala, Rachel? —La miré, con una sonrisa ladeada en los labios—. ¡Quién me lo iba a decir!
—Hay unas cuantas cosas que no sabes sobre mí. —Ronroneó ella.
—Eso veo, eso veo —la seguí la broma—. ¿Y qué? ¿Eres buena en el juego?
—Oooh, ¿es que tú no? —contraatacó, captando claramente el doble significado de lo que insinuaba—. A lo mejor eso explica el enfado de Thalía. ¿No la habrás decepcionado, verdad? Claro; te empeñas en entrenar con Backbiter y un escudo y descuidas lo que realmente importa... normal que a la hora de la verdad tu boca y manos no estén a la altura.
—¡Pues claro que lo estuve! —exclamé, picado—. Es simplemente que no hicimos mucha referencia. ¿De acuerdo? —«¡Dioses! estuve a la altura, ¿verdad? ¿verdad?» Lo cierto es que llevaba tiempo sin entrenar en ese campo.
—¿Referencias al béisbol? —Se extrañó Victoria—. El béisbol es un deporte. ¿O acaso me equivoco? ¿Qué tiene que ver con Thalía, alguien me lo puede explicar?
—Hay un juego de palabras con ese deporte, acerca de las relaciones —aclaró Rachel, la mar de divertida ante mi clara incomodidad—. Primera base: salir con alguien. —Me apuntó con la barbilla—. Digamos que aquí el señorito ya ha cumplido, o medio cumplido con esa parte. Segunda base: besos y caricias. —Sonrió con picardía—. Aquí es donde él asegura que se quedaron ellos... aunque, en honor a la verdad, no lo creo. Yo creo que fueron a más. A la tercera base: roces y magreo.
—¿Eso lo dices desde tu condición de oráculo? —inquirí.
—No. Desde mi condición de chica y su sexto sentido.
—Jo. Pues manda a revisar ese sentido, porque creo que lo tienes extraviado. No hubo tercera base.
—Vaya —exclamó divertida—. ¿Ni intento de ascender a la cuarta base? Sexo —explicó ante la pregunta no formulada de Victoria.
—¡No!
—Porque os interrumpieron,supongo.
—¿Por qué otra razón, si no?
—Qué sé yo, Luke. Tú y Thalía sois tan raros que... en fin, una ya ni sabe qué pensar.
—Vete al infierno.
—Hades no me deja entrar —se rió ella—. Dice que tengo que ser una muerta bien muerta para ello; da igual si a veces veo muertos en mis visiones. Dice que eso no cuenta. ¿Sabes? Creo que su rencilla con el anterior oráculo aún le sigue escociendo.
—Entonces, eso de que ella está meditando... ¿es por ese ultimátum? —intenté enderezar la conversación a su destino original, dirigiéndome a Victoria.
—¿Ultimátum? —se extrañó Rachel, mirándonos alternativamente—. ¿Me he perdido algo? ¡Y tú diciéndome que no tenías nada que contar! Serás mal amigo...
—Lo tenía. Pero si te he dicho que no había nada que contar es porque al final no fue nada. No será nada. Para ella seguramente no ha significado nada. Nos besamos. Más de una vez. Nos abandonamos; ante las ofrendas de los dioses. Y estábamos a punto de ir a más cuando Kirtash nos interrumpió. Ya está —comenté de golpe, soltando confastidio las palabras—. Eso fue lo que sucedió. No sé para qué quieres que te lo explique, sino para volverte pesada e insistente en que el suceso tiene un doble significado.
—¡Porque lo tiene!
—¡No, no lo tiene! —Estallé, mirando a Rachel con un inicio de desesperación en la mirada—. No lo tiene, no lo tendrá. Para ella no es ni será nada. Ella quiere seguir con Artemisa. ¿No te das cuenta? No significó nada; fue tan sólo un arrebato del momento.
Pensaba en la noche del baile. La charla, primero oral, y después física, que habíamos mantenido antes de la llegada de los dioses había adquirido un tono onírico en mi cabeza, y eso que del suceso sólo hacía dos días, como si tuviera sentido que empezara a dudar de que hubiera ocurrido de verdad. Tal vez no había sido más que un momento de locura, como les pasa a los borrachos cuando beben, al fin y al cabo, o a la gente achispada que se desmadra a la primera. Besos inducidos por un puñado de emociones y esperanzas descontroladas, pero alejadas de la vida real. A pesar de su confesión de que yo la gustaba, quizá ahora, con la mente fría, Thalía se había dado cuenta de que su pasión por mí no era más que una reacción ante el capricho de hacer posible un deseo rescatado del pasado, una cuenta pendiente con el destino que le arrebató la posibilidad de vivir antes el momento.
—Oh, por los dioses, estás dramatizando —comentó Rachel condescendiente, siguiendo con terrible precisión la senda de mis pensamientos.
—No lo creo.
—¿La quieres? —preguntó a su vez Victoria, pidiendo paciencia con una mano a Rachel.
—Sí —respondí de forma automática—. ¿No es evidente?
—Entonces no le des más vueltas —sentenció la pelirroja, adelantándose al consejo de la otra—. Te gusta, la gustas. Tanto que no pudisteis resistiros y al finalos dejasteis llevar, sí. Pero, ¿puedes tú asegurar que realmente no significó nada? No, no puedes; sólo hablando con ella saldrás de dudas.
—No tengo que preguntar lo que tan claramente me está dando a entender.
PorqueThalía, de eso no cabía duda, no estaba aquí sentada, ofreciéndose a hablar conmigo, a compartir los pensamientos que le enturbiaba el humor. Su vida continuaba al otro lado de la línea de casas del claro, al mismo ritmo que las cazadoras, claramente sin mí. Tenía que aceptarlo: pese a lo que habíamos sentido, compartido, pese a que nos habíamos besado y metido mano, Thalía seguía siendo una hija de Artemisa de los pies a la cabeza. Eso saltaba a la vista.
—¡Sí; claro que tienes que hacerlo! —aseguró Victoria.
—¿Le gustas? ¿Le atraes? —Retomó la palabra Rachel—. La respuesta es un rotundo y contundente sí. Lo sabes. Es un hecho. Puede que aún no quiera dejar la senda de la diosa. ¿Y qué? Al menos ya sabes que no le eres indiferente. A la cima de la montaña se llega paso por paso, no de repente, sin transición ni pausa. Pues bien, toma lo que ella te ofrezca y ya está. Sin presiones pero tampoco sin menosprecios. No hagas prejuicios apresurados ni saques conclusiones que no son. Deja de darle vueltas.
—Rachel tiene razón —se confabuló Victoria—. ¿Sabes de ése ultimátum?
—Por supuesto que lo sé...
—¿De verdad? —indagó Victoria dedicándome una mirada de esas que sólo ella sabía utilizar, para dar a entender incredulidad y exasperación a la vez—. ¿Y qué haces aquí que no estás hablando con ella? ¿Qué haces que no andas demostrándoselo?
—Creo que es mejor que me mantenga al margen, y la deje a solas con sus ideas —confesé después de pensármelo un largo rato, omitiendo claramente el «Artemisa me lo exigió», que tenía instalado en la punta de la lengua—. Seguro que no quiere verme ni en pintura.
—Eso es lo más idiota que has dicho en mucho tiempo, Luke —terció Rachel, dirigiéndome una mueca por encima del borde de su taza de zumo—. Un verdadero récord para ti. Deberías patentar la estupidez.
—Gracias, Rachel. Eres un cielo —dije, mordaz.
—¿Ah, sí? —Sonrió, presuntuosa.
—Sí.
—Me conmueves —aseguró, aunque, por supuesto, no la conmovía en absoluto—. Pero déjate de tonterías. En serio. Ve a hablar con ella.
—Ya lo haré.
—¿Cuándo?
—cuando pueda.
—Cualquiera que conozca mínimamente a Thalía sabrá que ella se siente claramente dividida —contó Victoria—. De hecho, creo que su carácter amenaza con no volver a la normalidad nunca más. Mientras tú —me señaló—, te dedicas a asegurar que no siente nada por ti. ¿Sois tontos u os lo hacéis? Tendríamos que encerrarles en una habitación y que lo resuelvan a gritos, sablazos, lloriqueos o besuqueos —propuso de verdad, ¡pero de verdad, eh! a Rachel—. Lo que les guste más. Los dos son igual de testarudos.
Pero Rachel no se dio por satisfecha.
—¿Cuándo irás a hablar con ella?
—Tengo vida, ¿sabéis? —Espeté de muy malos modos—. Vida que no gira todo el rato entorno a Thalía. ¿De acuerdo?
—Puedes hacer que esa vida se acerque un poco a ella. Al menos.
—No creo que deba...
—Venga ya, Luke. —Rachel dejó con estruendo la taza sobre la mesa, provocando que el líquido se derramara por los bordes y encharcara en círculos el mantel—. Basta. Basta ya. Basta de huir. Pararás un minuto de tu glorioso tiempo para hablar con ella; es un hecho. Y es mi última palabra. —Ordenó, tajante, ganándose una mirada confusa por mi parte, y un cabeceo aquiescente por parte de Victoria—. Dejarás de escurrir el bulto y serás un buen amigo. Porque la quieres; porque en el fondo estás deseando ir a su encuentro, da igual que ahora te hagas el desentendido. Te comportarás como un ser humano amable, como un amigo normal de categoría e irás a hablar con ella, lo quiera o no.
—Tengo trabajo... —la mirada de sus ojos azules abortó mis palabras. Me las tragué, de vuelta al interior de la bolsa que contenía a duras penas toda mi indecisión.
—Me importa bien poco. Aquí los tres almorzaremos, y luego tú te irás en su busca —me fulminó con la mirada para a continuación sacudir la cabeza, irritada—. Ves haciéndote a la idea. De verdad que no os entiendo. Dais un paso adelante para luego dar tres pasos hacia atrás. ¿No os cansáis de estar así siempre? Lo vuestro no es normal.
—¿Oye… cuándo te han dado la impresión de que son normales? —simuló asustarse Victoria.
—Pues también es verdad. —Se rieron… otra vez—. Ahí le has dado; tienes un punto.
—Ni un punto ni un minipunto —repliqué—. Lo mío con Thalía es... algo; un... no sé qué, a parte.
—Y ahí va otra prueba —Rachel miró a victoria con incomprensión—. ¿La gente normal, enamorada, es así de tozuda y estúpida y orgullosa siempre, o éste tonto es una masculina excepción?
—Me gustaría decir que es una excepción —bufó Victoria, recostándose en su asiento y pegándole un trago al contenido humeante de su taza, ambas haciendo caso omiso de mi indignación—. Pero creo que... bah, sí, lo digo. Es un tonto de remate.
—Gracias, señoritas —incliné hacia cada una la cabeza—. Muchas, muchas gracias. Son muy dulces vuestras palabras. De corazón.
—Es un prejuicio infundado —admitió Victoria—. Como el tuyo con Thalía. ¿Pero a que molesta?
Solté un bufido.
—Como un estornudo mientras estás meando.
—¡Arrgg! ¿¡Serás guarro!? No hace falta ser tan gráfico —se quejó Victoria, dejando en el plato la magdalena que se estaba comiendo, mientras Rachel hacía esfuerzos por no reír y seguir manteniendo esa sombría expresión que tan bien estaba perfeccionando.
Con una explicación rápida que sonó a excusa barata, Rachel se aferró de pronto al brazo de Victoria y ambas se levantaron de la mesa y se alejaron, dejándome a solas en la mesa, riendo solo, aunque no por mucho tiempo.
«Thalía...». Mis pensamientos saborearon su nombre como si fueran elixir de una promesa oscura mientras retiraba la silla de la mesa y me levantaba y encaminaba a la salida, dispuesto a hablar con ella, aunque fuese lo último que hiciera en mi vida. O era eso, o dejaba de llamarme Luke Castellan.
Hacía una tarde perfecta para estar al aire libre. El dorado sol no dejaba de lucirse en el horizonte en un cielo donde unas cuantas nubes algodonosas parecían colocadas a propósito para recordar el cuadro de un paisaje plácido y perfecto, típico de estampa de verano. Los rayos del amarillento disco se deslizaban por la tierra venciendo a todas las sombras que encontraban a su paso. Una ligera brisa traía el perfume de flores y mecía las copas más altas de los arbustos. Y en el estanque, el agua, plana como el asfalto, el sol de la tarde reverberaba y creaba un espejo sobre la acuosa masa, mientras el viento se entretenía en dibujar pequeñas ondas que iban y venían y estallaban a lo largo y ancho de la superficie.
—Clarisse, ¿has visto a Thalía? —pregunté a la hija de Ares cuando tropecé con ella, nada más descender los escalones de la entrada a la casa de Hermes. Con ella y con un grupo de campistas que le hacían de comitiva entre los cuales sólo reconocí a Beckendorf y a Percy, quienes se sumaron a la lista de personas que me dirigían mirada de burla, extrañeza aquel día, compasión o locura, como si creyeran que algún tornillo andaba flojo en mi mente, secuela tal vez de la fiesta, o como si pensaran que tenía monos en la cara.
—Vaya, vaya, Lucy —me picó Beckendorf—. Hoy te veo muy peluda... ¿por qué será?
—¡Es de pega! —Estallé, haciendo que sus sonrisas se ampliaran más—. ¿Vale? ¡De pega! —Me volví de nuevo hacia Clarisse—. Thalía —repetí—. ¿La has visto? —Ella sacudió la cabeza—. ¿Sabes dónde están? —Nueva sacudida de cabeza—. ¿Me lo dirías si lo supieras?
Miró a sus amigos, pidiéndoles ayuda, pero éstos se sonrieron, negaron con la cabeza e incluso Percy se atrevió a decir:
—Vamos, vamos, empieza a hablar. Nos encanta oírte rimar.
Clarisse permaneció en silencio, dibujando un círculo con la punta del pie en la tierra polvorienta de debajo del escalón.
—Thalía desapareció; no sé en dónde se metió. —Respondió con acritud finalmente, dirigiéndole al hijo de Poseidónuna mirada que advertía de asalto a su hombría en cuanto tuviera un machete al alcance.
—Ah, ¿que aún sigues con el castigo? —Ahora entendía sus sacudidas de cabeza. Cuanto menos hablara, creía que así le iba a ir mejor.
—No me recuerdes tal maldición. Estoy harta de pensar en canción.
—¿Por qué no tratas de hacer haikus? De seguro que eso le encantará a Apolo y te levantará el castigo.
—Mira… antes me pongo a hablar en francés, que tratar de hacer un poema japonés.
—¡Madre mía; sí que eres terrible! —no pude evitar asombrarme—. Quizás la próxima vez deberías tratar de rimar con otras más variedades de «és». Marqués, arnés, galés, ganés… —Me reí—. Acné, andén, satén, sartén… —me reí más alto, acopañado de las risas no menos sonoras de los demás—. ¡Y no olvides badén! Puestos a hacer rimas absurdas…
—Déjate de tonterías. Llevo un día de pesadilla.
Enmascaré mis ganas de seguir riendo con una mueca seca y torcida.
—Bueno, eso sí que me lo creo. —Reí bajito y pasé suavemente el índice bajo la barbilla de Clarisse—. Eres una muchachita muy malhumorada, Clarisse. Una niñita tan peleona como furiosa.
Clarisse me soltó un puñetazo dirigido al ojo, pero hice un ágil y rápido movimiento hacia atrás mientras que ella tropezaba, a punto de irse de bruces al suelo.
—¡Tonta, palurda! —gruñó—. ¡Cuando te pille te daré una buena tunda!
—Qué gracilidad de movimientos, Clarisse, princesa guerrera —reí—. Qué dulzura de voz, como el graznido enfuruñado de unos cuervos al cazar; qué ardoroso poetizar el tuyo, desgarrador y trágico como la gesta de un juglar. ¿Ves cómo yo también puedo rimar? —El timbre jocoso desapareció de mi voz y la miré con gran seriedad—. Si te enteras de algo, de dónde pueda estar, infórmame, por favor. ¿Lo harás?
Ya veré —contestó—. Si lo haré.
—¿Y vosotros? —Me encaré hacia el resto del grupo—. Si la veis...
—Sí, sí, sí —cedió Percy, aún con la sonrisita socarrona en la cara—. Descuida.
Y marcharon al interior de la casa que yo acababa de abandonar, hablando y riendo entre sí.
—¡Clarisse!
Clarisse estaba a punto de seguirles cuando se volvió hacia la otra dirección, alertada por una voz que ambos reconocimos al instante.
Chris venía con una gran sonrisa en su rostro moreno e hispano. Vale, bien. Novio a la vista. Hora de irse. No me apetecía ser testigo de su demostración pública de afecto que, bien sabía, aun tratándose de Clarisse, estaba por venir.
—Nos vemos luego —me despedí, dudando aun cuando lo estaba diciendo, de que Clarisse estuviera siquiera todavía atenta a mí.
Aceleré el paso al escuchar el ruido de succión y fruición a mis espaldas, lo que indicaba que la parejita ya estaba enfrascada en su momento «beso aquí beso allá morréate, morréate...». ¡Y yo sin nadie!
Pasé junto al banco donde Silena y Selise aún hablaban sobre las peculiaridades más reseñables de la fiesta. Dicho de otro modo, se entretenían criticando los atuendos y comportamientos de algunos y algunas.
Las saludé con un gesto. Silena se lo pensó, pero al final levantó la mano para retribuirme la cortesía, aunque Selise (O Silena 2.0) me dedicó un gesto de cabeza con traducción de «ah, mira, eres tú», curvando los labios de manera imperceptible, un gesto que con empeño, buena disposición, mucha indulgencia y gran dosis de imaginación, podría interpretarse como una sonrisa vista de lejos y bajo según qué posición del sol.
—Fue verla y empezar a arderme el estómago como cuando te pasas comiendo en la cena de navidad —decía Silena, gesticulando con gran dramatismo—. Llevaba sandalias; con calcetines. ¡Sandalias con calcetines! Y en medio de una fiesta.
—¡Noooo! ¿¡Jura!? —pidió Selise, escandalizada.
—¡Por el Estigio que no miento! —Reafirmó Silena—. Y el otro día llevaba unas chanclas Reebok como si fueran zapatos de verdad. ¡Me sangraron los ojos! ¿Estás falta de ropa, nena? ¡Pide ayuda!
Creí que les iba a fallar el pulmón de un momento a otro. Lo digo porque entre risas es muy difícil coger aire. Y ellas se estaban trinchando de lo lindo.
—Y la otra. —Selise se sorbió la nariz y se restregó las huellas de la hilaridad con la punta de la manga de su chaquetilla—. Puntas abiertas, dos pies izquierdos por danza, dos colores en la cabeza. ¡Hmm, y sus modales! Que te gusten los aperitivos servidos no da vía libre para zamparse todos los entrantes de la mesa. ¡Habrase visto!
Me rasqué la cabeza y apreté el paso, dejándolas atrás a ellas también. No estaba de humor para aguantar las pijadas de Silena. Lo que sí tenía que hacer era calmar mis nervios, hablar con Thalía. Y lo iba a hacer ahora. Llevaba días dándome calabazas, evitándome con variadas excusas. Pero estaba decidido a que esta vez no pudiera escapar de mí. Decidido a hablar, aun cuando tuviera que sacudirla hasta que consintiese en sentarse a charlar. Dejé atrás el campamento y entré en lo que antes había sido un templo, ojo avizor a la aparición en los alrededores de algún campista u otro cualquiera que podría extrañarse de verme entrar y preguntar adónde iba. Pero la suerte aquel día estaba de mi parte.
La encontré ahí mismo, en el primer lugar al que me asomé. En la sala donde, semanas, muchas semanas atrás, habíamos firmado finalmente la paz. La estancia donde había recuperado el colgante de Amaltea así como sus recuerdos, pareciera toda una vida atrás de ese suceso.
Estaba sentada en el suelo. Enterrada entre polvo y cajas agrupadas. Llorando. Las piernas cruzadas, los brazos abrazándose así misma. Se veía pequeña ahí tirada, joven, vulnerable y perdida. Al verla así de desvaída, sentí como si una tropa de caballo hubiera pasado sobre mí, magullándome con sus cascos. ¿Que cómo es esa sensación? Ni idea; nunca me ha pasado. Pero sospecho que debe de ser un buen rato dolorosa. Igual que tener a Thalía en frente, y no poder consolarla.
Carraspeé. Pero ella ni siquiera alcanzó a sobresaltarse por el sentido o el significado de ese sonido como la llegada de una presencia nueva en ese lugar oscuro. Lo último que quería era hacerla sentir incómoda o descubierta, así que fingí no ver la humedad que aún resbalaba por sus pómulos.
—Hola. Estaba buscando una cosa. Siento molestarte... —Lentamente, di un paso hacia ella—. ¿Tú... eh... se te ha metido algo en el ojo?
Tuve ganas de darme un coscorrón a mí mismo. ¡Qué pésima excusa, aquella! Pensé en todos los héroes de leyenda, todos aquellos que sabrían qué decir y hacer de estar en mi lugar. Sabrían qué palabra decir para calmarla, para asegurarla que todo saldría bien, para regresarla a la seguridad del mundo que conocía, logrando que todo acabara en un arco iris de sonrisas y esperanzas y brotes verdes de felicidad. Pero las leyendas eran leyendas, aquello era la realidad. Lo único que quería hacer era abrazarla, y lo único que pude hacer era maldecirme a mí mismo por mi torpeza.
Pero para mi sorpresa, Thalía asintió, siguiéndome el juego y aceptando el puente que le tendía mientras se restregaba el dorso de la mano por la cara parasecar el riachuelo que caía libre bajo sus ojos.
—Sí. Se me habrá metido una pestaña o algo así. Nada serio.
—¿Oye... quieres que le eche un vistazo? Esas pestañas pueden ser peligrosas, si no se tratan a tiempo.
Dejó a media asta la cabeza, con lo que sus ojos no se encontraron con los míos; los capté de refilón entre la cortina creada por sus cabellos; contuve el aliento al ver las dos brillantes piscinas anegadas en agua azul en el que se habían convertido sus urbes.
—De acuerdo. Gracias.
—Se levantó del suelo y nos dirigimos hacia la pared de cajas que había apiñado como respaldo contra su espalda, encima de la cual esperaba tumbada la linterna potente. Puse mis manos en sus mejillas, sosteniendo suavemente su cara, su hermoso rostro surcado por la humedad de sus retinas, limpiando las cálidas lágrimas con mis pulgares.
—Ya está —dije al cabo de un rato—. Quitado. Lo tengo.
—Gracias. —Dejó resbalar la espalda por la pared hasta acabar sentada de vuelta en el suelo, tal y como la había encontrado; lo único que cambiaba era el desplazamiento de metro y medio del lugar.
—Oye —le dije, en cuclillas al lado de su rincón polvoriento, de tal forma que estábamos frente a frente—, puede que ahora todo te parezca difícil, pero eso es sólo durante un tiempo; vas a estar bien. Al final algo te llevará a estar bien, ya verás.
—¿Y cómo es que estás aquí? —terció sin percibir de mi frase que estaba al pendiente de la elección que Artemisa le había pedido que tomara; o eso, o sí se dio cuenta y prefirió hacer como que no entre refrote y refrote de su dorso de la mano en la nariz.
¿Cómo decirla que andaba tras ella sin sonar como un completo acosador de esos que ni vida tienen? La excusa de la conversación con Annabeth del día anterior tal vez podía lograrlo. Valía la pena intentarlo.
—Deberías salir de aquí —dije en cambio, sin responder directamente a su pregunta, negando con un az de luz el avance de unas sombras arremolinadas en los rincones donde la linterna no llegaba—. Annabeth te busca. Victoria te busca. Todos se preguntan dónde te has metido.
Una mirada furtiva. Bueno... eso era un avance.
—¿Todos?
—Todos —confirmé—. Hasta el sol parece preguntarse dónde estás.
Una plena mirada de frente y un resoplido... necesitaba un incentivo más para quebrar su voluntad y se animara a sostenerme la mirada.
—Y en especial me lo preguntaba yo.
Error. Maldita sea. Aquellas palabras parecieron devolverla de golpe a la casilla inicial, aquella donde ni quería conectar sus ojos con los míos.
—Pues ya ves que estoy bien. Díselo a todos.
—No les diré nada —despaché sus palabras como quien espanta moscas de sus oídos—. ¿Vas a decirme qué te pasó el otro día?
Por la expresión que puso, cualquiera diría que le había pedido que me explicase cómo torturar cachorritos o algo así. Su rostro se retorció de angustia por un segundo, y luego borró toda expresión encajando en la cara una sonrisa más falsa que un billete de dracma de oro.
—Nada. Solo que me cansé de la fiesta. Eso es todo.
Mentía. Una parte de mí se alegró porque al menos estuviera respondiendo a mis preguntas, pero otra parte se sentía enfadada y dolida, ya que por su mentira parecía que no quisiera contarme las cosas, confiar en mí. Estúpido, lo sé, su dilema no era algo fácil de expresar a otros, pero aun así…
—¿Tanto te cansaste que llevas dos días rehusando entablar conversación con la gente?
—Eso no es cierto.
—Tan cierto que es el tiempo que llevo sin poder hablarte.
—Eso ya es otra cosa —murmuró.
—¿Qué quieres decir? ¿Que soy el único al que obvias?
—¿He dicho yo eso?
Pero lo había insinuado, y bastante. Abrí la boca para replicar, pero me obligué a sosegarme. En el fondo sabía qué le ocurría; lo sabía muy bien. Lo que quería era que fuera ella quien me lo contase, no admitir que la había estado espiando durante la conversación con la diosa melliza. Tamborileando los dedos sobre mis rodillas, cerré los ojos e intenté borrar el revuelto de estómago que se me estaba quedando. Era una pregunta. Sólo una pregunta. Ya habíamos hablado de ella antes. ¿Qué era lo peor que podía pasar si la formulaba?
—¿Esto tiene que ver con la visita de… los dioses… el otro día?
—N—no.
—No te creo, Thalía.
—Vale. —Balbuceó, parpadeando varias veces seguidas, aun cuando más lágrimas continuaron brotando incesantes de la fuente de sus ojos—. Y gracias. Me creas o no, gracias, de todos modos. Por lo de antes. Y ahora... no es por ser desagradecida ni nada por el estilo pero... realmente... te agradecería si me dejaras a solas. Aquí. Ahora.
—Pero... —comencé a protestar—. ¿No quieres que me quede contigo?
Su respuesta fue tajante.
—No.
—¿Y qué vas a hacer? —Dije, con cierto deje de disgusto en la voz—. ¿Quedarte aquí, comiéndote el coco, echando de menos a tu diosa querida, a la madre que nuevamente te ha abandonado?
—¡¡¡No hables de Artemisa!!! —Había alzado la cara y tenía el rostro tan blanco que me asusté—. No. La. Nombres. Tú no.
No contesté; sabía que había tocado su fibra sensible, un nervio puro, así que preferí tragar mi réplica y dejar que su rabia se apaciguara. Detrás de toda esa máscara de postureo inconmovible, intuía que en el fondo se sentía perdida. El dilema planteado por Artemisa le afectaba, dejando mella en su carácter.
—Vete.
—De acuerdo. Tan sólo quería hablar contigo y...
—Luego. Más tarde. ¿Por favor? —suplicó al ver mi reticencia a retirarme—. Por favor, Luke. Necesito... necesito estar a solas. Pensar. Te lo ruego, te lo suplico, vete. Vete.
Me presioné el pulgar y el dedo corazón contra las sienes mientras inspiraba para tranquilizarme. Comprendía de mala gana que estaba en su derecho a pedirme soledad, aunque esa soledad implicara echarme de nuevo de su lado. Ella me dio la espalda y se alejó unos pasos mientras yo me incorporaba y consideraba qué podría hacer. Una cosa sí sabía con seguridad, no iba a marcharme de aquel templo derruido sin tener toda la información disponible de su parte, el por qué me rehúya con tanto atino.
—Está bien. —Me acerqué lentamente hacia la puerta—. Está bien. Pero te estaré esperando. Fuera. No vas a evadirme tan fácilmente. De hoy no pasa que hablemos, Thalía.
Apreté los labios cuando ella, por toda respuesta, señaló con el pulgar la puerta por encima de su hombro, dándome a entender claramente que me retirase.
«¡Qué demonio de chica, por favor!».
Me fui. Pero no muy lejos; si creía que con echarme del cuarto iba a deshacerse de mí, se equivocaba de medio a medio. Nada más pisar el vestíbulo del edificio, me apalanqué en el vaho de la puerta, decidido a plantarle cara de una vez por todas. Miré hacia lo alto, buscando en el cielo respuestas a las preguntas que me hacía acerca de aquella obstinada.
Se las iba a preguntar hoy, sí o sí, porque aquello apestaba, y bastante. Necesitaba hablar con ella, y no sólo entonces, sino todo. El. Tiempo.
Los minutos pasaban sin ningún cambio ni movimiento en el interior del templo, algo que indicara que estaba saliendo, que se aproximaba; pronto había transcurrido el horario de almuerzo… y nada.
«Maldición». No salía de ahí dentro. Tocaba hacer tiempo. «A esperar», me dije. «Sólo una. Hora. Más».
La estuve esperando, de pié en el umbral, solo, con la presencia del atillo de su ropa en la espalda como única compañía. Y en todo aquel tiempo, me percaté de un símil bien sorprendente.
Thalía era como un cubo de Rubik. costoso de encajar; tan frustrante que llegas a desear tirarla por la ventana. Pero no lo haces. Porque la complejidad es el reto, lo que te impulsa de nuevo a tratar de entenderlo hasta que lo resuelves.