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Historia 126109 — capítulo 38
Disclaimers: ni dioses ni mestizos; ni nombres ni escenarios; ni Idhun y sus referencias. Todo pertenece a Rick Riordan y a Laura Gallego. Lo único mío es la trama y las ideas.
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La música se había parado bruscamente. Saltaban las trompetas de alarmas por todas partes. El hechizo de la fiesta se había roto por completo. En la pista de baile cundió el pánico. Los semidioses se disgregaron en busca de sus armas, hasta que Clarisse le arrebató la trompeta a uno de los que habían estado tocando; Pulsó una nota temblorosa aunque constante en el instrumento, mientras otros hijos de Ares agitaban el brazo y gritaban a todos que se quedaran quietos, que eran fuerzas amigas.
Perplejo, estiré el cuello junto con todos los demás, intentando ver de qué fuerzas amigas estaba hablando. La multitud señaló a un punto lejano sobre la copa de unos arbustos, donde había empezado a formarse un foco reluciente. Como sonámbula, Thalía empujó para ganarse espacio. Los campistas dejaron sitio para que pasara. La seguí a cortos pasos.
Dos personas iban al frente, montados en sendos caballos zainos y hermosos; uno color plata de luna, otro color dorado de sol. Éste último detuvo el caballo con elegancia cuando llegó a las puertas de la casa de Apolo y se pasó el índice a lo largo del rubio cabello mientras examinaba a la multitud congregada a su alrededor. Resultaba una figura imponente con esa esclavina bordada con el símbolo de las doce divinidades del Olimpo sujeto a un hombro con dos botones, lo que le permitía mostrar su lujoso forro de seda verde.
—¡Oh, no me lo puedo creer!
Él alzó una mano con elegancia, mostrando una amplia sonrisa.
—Pues créetelo, Thalía.
El otro jinete, el del caballo de plata, descendió de la montura e irrumpió en la zona de baile como luz de luna impelida en el viento. Me quedé boquiabierto; a mi lado, Thalía jadeó, como si le hubieran extraído de golpe toda pizca de oxígeno de los pulmones. La mirada intrépida pasó rauda sobre los reunidos y finalmente se detuvo en Thalía.
—Hola, hija mía… —Saludó Artemisa.
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CAPÍTULO 37: SOL Y LUNA.
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Di un respingo al oír su voz. Al reconocerla.
Llegados a este punto, cabría esperar que la noche ya no iba a deparar más sorpresas. Bien, Luke; equivocarse es de sabios. Y pretender que los dioses no tomaran represalias contra aquellos a los que veían como alguien potencialmente contraproducente para sus dominios, de muy, muy ilusos. Miré a aquella chica de apariencia adolescente que auguraba ser Artemisa, otra divinidad del Olimpo, nada menos, bajando a limbos terrenales. Cualquiera podía asegurar ser quien no era (yo era un gran ejemplo de ello, vaya) pero cuando sus asombrosos ojos, plateados como la luna, se toparon con los míos, supe sin duda alguna que no había errado en mi primera suposición, y que me hallaba ante la mismísima diosa de la caza. En sus juveniles cabellos había todo atisbo de juventud. Pero sus penetrantes ojos no admitían tonterías, y su firme mandíbula denotaba la férrea determinación de la única diosa que se había decantado más por la compañía de la soledad, las plantas y los animales, que a tener contacto con los hombres.
Elotro jinete, (otro dios, supuse, y Apolo, para más inri, por los símbolos de su esclavina, más que nada) se apeó del caballo mientras examinaba a los semidioses congregados a su alrededor. Alto, fuerte y de buen porte, todo él denotaba el orgulloso dios que era, un dios con boca de risa pronta. Me incomodó comprobar una vez más lo mucho que se parecía a mí (al revés no, eh, ¡al revés no!) con ese pelo rubio rojizo, ese aspecto saludable y deportivo y esa sonrisa juguetona abierta permanentemente en la cara. Vale, sí, me sacaba unos cuantos centímetros de más; pero nada que una espalda recta y una barbilla bien alzada por mi parte no pudieran compensar.
—¡Padre!
Lee se había adelantado y miraba al jinete de la esclavina con clara perplejidad y claro entusiasmo.
—Hola, chicos —dijo éste con voz agradable y mirada perspicaz prendida en los ojos—. Gracias por invitarnos a vuestro baile. Sentimos la tardanza.
—¡Apolo! —Identificó Clarisse—. ¿De qué invitación hablas?
—Lee entre líneas, mujer. —Iba a añadir algo más, pero se detuvo, miró a Clarisse de arriba a abajo y terció—. Vaya, vaya. Quién lo iba a decir. —Sonrió, malicioso, deslumbrándonos a todos con su sonrisa de blanquísimos dientes, carne de cañón de anuncio de dentífrico—. Ahora entiendo los gritos de indignación de Ares. ¿No lo habéis oído desde aquí? ¿No habéis sentido arrebatos de instintos homicidas?
—Pues claro que no. —Clarisse se irguió en toda su estatura, tormentosa—. ¿Acaso me estás culpando del mal genio de mi padre?
—Más bien a tu conjunto glamurosamente femenino. He de decir que te sienta bien ese vestidito que tu ropa... habitual. Lástima que tu padre no crea lo mismo. Esas cosas de chicas irritan tanto al menda...
—¿Culpas a las chicas, entonces? —el rostro de Clarisse iba ensombreciéndose por momentos.
—Para nada. De lo único que culpo a las chicas, a parte de ser un género de ecuación sin solución lógica, es del éxito de Justin Biever. ¡Allá donde me lleva el carro solar esos chillidos me persiguen!
—Oooooh, pobre —se apiadó Clarisse, sin apiadarse realmente; todo lo contrario—. ¿Y eso por qué? El nene canta tan bien que no me extrañaría si fuera hijo tuyo. —Lo miró con los ojos abiertos de fingida sorpresa—. ¿Es eso, verdad? ¿Es un semidiós tuyo no reconocido?
—Estás un tanto achispada, ¿verdad? —Inquirió Apolo, dándose golpecitos en el labio inferior, refrenando la sonrisa burlona que amagaba su boca—. Porque esos colores que llevas en las mejillas tiene que ser debidos al alcohol.
—¡Eh! ¡Que sólo es colorete! Me he maquillado, ya sabes.
—Si ése mocoso fuera mi hijo lo que tendría detrás es una horda de monstruos, no de histéricas fanáticas. Aunque, bien pensado, a veces no creo que haya gran diferencia. No, La Rue. Es un mortal y ya está. En cambio tú...
—Deja a la muchacha en paz —intervino Artemisa, apeándose también de su montura—. Ares debería entender que no todos quieren ir con sus mismas pintas de matón y abusón de patio de colegio por ahí. Además, Afrodita ya se está encargando de consolarlo —hizo una mueca de asco con los labios—. Así que nada de quejarse.
—Ah, mi virginal hermana... —se burló Apolo—. No seas carca. Deja al hombre que se divierta.
—Antes se divertía jugando al ajedrez o al ahoga la flota con Poseidón. Incluso una vez se aficionó a la consola.
—Y siempre estabas diciéndole que se dejara de mundos virtuales y saliera de casa para conocer el mundo real, el terrenal.
—Personas mortales —corrigió ante la sonrisa ladina de su hermano—. Personas mortales, no escondites mortales donde aliviarse con la mujer de su primo.
—Oh, pobrecito —dijo Apolo, pícaro, riendo entre dientes—. No debió entender esa parte.
—Sí, ya.
De pelo castaño rojizo recogido en elegante moño, la cara de la diosa era lo más hermoso que había visto en mucho tiempo, con diferencia, y eso que estaba rodeado de chicas arregladas para deslumbrar, aunque también lucía la expresión más seria y amenazadora que jamás había visto plasmada en un rostro tan joven. Y es que entre doce y catorce años aparentaba su físico. De semblante anguloso y ovalado, de labios tan rojos que parecían estar hechos de pura sangre, el único punto de color en una cara tan nívea, su piel era pálida, casi de alabastro, y la frialdad de su mirada, en la que navegaban estrellas oscuras, no hacía sino realzar esa hermosa palidez. Llevaba un vestido que parecía haber sido entretejido con la mismísima noche, negro como ala de cuervo, fino como retazos de lustrosa seda, cuajado de lunas en diversas fases que se mecían alrededor de su estrecho talle con cada uno de sus movimientos,y que terminaba en suaves jirones que descendían a su alrededor, ocultando incluso los pies.
—¿Y tú eres? —inquirió Jack, mirando sin entender el por qué de tanta quietud cuando ella habló.
Muchas de las cazadoras se giraron hacia él para fulminarlo y despellejarlo con la mirada. Pero la diosa hizo un gesto, fría y hermosa como un diamante, pidiendo calma.
—La ignorancia no es falta de respeto; es simple desconocimiento. Artemisa, diosa de la caza —se presentó, dando un paso hacia el chico dragón, los bordes del vestido arremolinándose entorno a sus pies a medida que avanzaba—. Una de las principales deidades del llamado panteón grecorromano por los mortales.
Detrás de Artemisa, las flores crecieron de golpe en los arbustos semidesnudos, como fuegos de artificio rojo y blancos. El estallido de color rodeó los árboles que lindaban con la orilla del claro. Los pétalos saltaron hacia afuera al crecer y las flores se soltaron de los árboles, se esparcieron en el aire y giraron en remolinos por todas partes del llano.
—Eso sí que es una exhibición impresionante en verdad —admitió Jack con suavidad; un leve temblor lo estremecía—. ¿Cómo se hace?
—Soy una diosa —repitió, encogiéndose de hombros—. Ergo pensamiento es igual a acción. Quien me acompaña es Apolo...
—Su hermano mayor —matizó él.
—Mi hermano, sí —apretó los labios con amarga irritación—. Aunque eso de mayor...
—¡Oye, pero si yo nací primero!
—No te pongas pesado. ¡Somos mellizos! Mismo embarazo, mismo día de nacimiento...
—¡Pero alguien tuvo que nacer primero! Y ése fui yo. Nadie puede parir a dos personas a la vez; siempre hay uno que sale antes. Y el útero de mamá... —se detuvo, se rascó con el índice la barbilla e inquirió—. Espera, espera. Somos dioses, no mortales. No hay útero en nuestro caso. ¿Cómo nacimos tú y yo, hermanita, recuerdas?
—Han pasado millones de años desde entonces. ¿Cómo voy a acordarme?
—Eres mujer. —Se encogió de hombros—. Nunca olvidáis nada. Y se supone que recordar aniversarios es lo vuestro.
Artemisa lo fulminó con la mirada, dientes apretados y estrellas aceleradas en sus ojos, pero pronto se tranquilizó y volvió a dirigirse a Jack.
—Ya ves que sí somos hermanos. Nos peleamos continuamente. Él se llama Apolo, por cierto. Es conductor del carro solar.
—Y patrocinadorde la lira —abundó él—. Dios de la música. Y de la poesía. Y de las cosechas. Y de la profecía...
—¿Quieres hacer el favor de dejar de interrumpirme?
—¡Es que no me estás haciendo justicia! —Se quejó Apolo—. Te presentas como una diosa y a mí como un simple conductor. ¿Qué va a pensar este mestizo de mí?
—Que eres un presumido, queriendo estar en todas partes, en boca de todos. Un egocéntrico, sobre todo en verano. Pero eso lo sabe todo el mundo. Si no, no te lucirías de sol a sol en el cielo, cada mañana.
—Ni tú lo harías en ciclos lunares, cada noche —replicó Apolo.
—Sí, pero yo soy más discreta —hizo un amplio gesto con el brazo y, en el cielo, la luna pareció menguar, las estrellas parecieron despistarse en el número de su cortejo—. Mucho más discreta. Aunque hoy no es día de andarse con remilgos, ¿verdad? —Devolvió al astro su estado de luna llena y fulgurante—. Así mejor. Da gusto.
—Emm, ¿sois algo así como versiones de Aldun e Irial?
—«¿Aldun y Irial?» —Preguntó Apolo a Jack—. No los cuento entre mis colegas. ¿Y esos quiénes son?
Intenté hacer memoria de la clase de historia teológica que nos dio la tríada de Idhun en la cueva, durante nuestro primer contacto. Aldun era el dios del fuego, según los idhunitas, padre de los yan o habitantes del desierto, y quien inflamó su fuego a los dragones como Yandrak. Irial era la diosa de la luz, con morada en Erea, la luna mayor de Idhun.
—Son divinidades del panteón de Idhun —explicó Victoria. Y se ruborizó ante la detenida mirada de Apolo.
—¿Con que divinidades, eh? —La sonrió, coqueto—. Tú sí que eres toda una diosa, preciosa. Esta gente de Idhun sí que sabe concebir auténtico arte en carne humana. ¿Te han dicho alguna vez lo guapa que...?
—¡Hermanito! —Lo riñó Artemisa—. Recuerda las normas: no mires a mis hijas; ni las hables; ni coquetees con ellas; ni las llames «Preciosa» o «Cariño» o «Guapa» o «Divinidad» ni nada por el estilo.
—¿Y qué tal «Ojitos de luz?» ¡Mira cómo le brillan! ¿O «Rayo de sol?» ¿O «Caliente-caliente?» Me está poniendo...
—¡No! —Atajó Artemisa—. Son mis hijas, lo que las convierte en tus sobrinas, sagrado Olimpo. ¡No me seas incestuoso!
—Vale, vale. —Extendió las manos en gesto de rendición—. Jo, hermanita. Tú sí que sabes cómo aguar una fiesta.
Se oyeron risitas solitarias en el camping, pero cuando Artemisa se volvió en busca de su procedencia, todos ponían caras inexpresivas o de angelitos buenos e inocentes.
—Tú debes de ser el mestizo de Idhun del que tanto he oído hablar. —Se detuvo a unos cuantos metros, sin pretender acercarse más a él—. Curioso. —Ladeó la cabeza, observó a Jack para luego desviar la mirada hacia Apolo—. Muy curioso. ¿Sabes que se parece mucho a ti, hermano?
Estuve muy de acuerdo con ella: Jack podía pasar perfectamente por hijo de Apolo con ese pelo rubio y esos ojos verdes, y más con el calor que ambos irradiaban.
—¿Tú crees? —Apolo lo miró evaluativamente con detenimiento—. Bueno, yo tengo más altura; en temperatura, sobre todo. Y le veo otras cuantas imperfecciones de las que yo, naturalmente, carezco, como por ejemplo...
Jack se embarró en el sitio, y el dios sonrió, triunfante.
—En cuanto a vosotros dos... —se volvió hacia Christian y Shizuko, la primera aún de pie junto a Rachel, y el otro codo con codo con Victoria—. Diría que Atenea habría estado encantada de tener algo que ver en vuestra concepción, de haber nacido en la Tierra. Eso seguro.
Christian la miraba fijamente a la cara, y sus ojos se abrieron mucho en un gesto de sorpresa, aunque enseguida se estrecharon, reduciéndose a meras rendijas azules, frías como el hielo.
—Algo parecido he oído decir ya varias veces, sí —musitó, sucinto, mirando a los dioses como si fueran enfermos mentales sueltos sin vigilancia, capaces de cambiar de actitud serena y cordial de un momento a otro y ponerse a desatar tempestades—. Empiezo a sentir bastante curiosidad por conocer cara a cara a la diosa de la inteligencia. —El «siempre y cuando se muestre igual de civilizado que ustedes, por supuesto», no fue formulado, pero quedó flotando implícitamente en el aire.
—Eso no puedo prometerlo —dijo firmemente—. No puedo aventurarme en ese aspecto —continuó explicando Apolo, observando detenidamente al shek—. ¿Quién sabe lo que puede estar pasando por la lechuza de ésa mujer? Perdón, perdón. ¡La cabeza, la cabeza! Quería decir por su cabeza.
—A mi hermano puedes compararlo con ése tal Aldun —concedió Artemisa, respondiendo a la pregunta de Yandrak—, los dos parecen tener demasiado humo en la cabeza. Salta a la vista. E hincharse como globos por su gallardía. Pero yo prefiero ser comparada con Wina, si no te importa, la considerada madre de los feéricos o hadas o como queráis llamarlos, diosa de todo lo verde, del crecimiento y desarrollo de las criaturas vivas. Diosa del bosque.
—¿Artemisa? —gemí—. ¿Y tú qué haces aquí, mujer?
Ella se volvió, veloz. En sus ojos brillaban estrellas peligrosas.
—¿Cómo me has llamado? —preguntó, peligrosa como un arco tensado apuntado a la cabeza, los ojos furibundos por la ira, con una voz tan fría como una noche de nevada en el polo norte.
—Emm, ¿Artemisa? —Inquirí, sin advertir el peligro—. ¿Te llamas así, no? ¿O acaso prefieres Diana?
—Me has llamado Artemisa, a secas —siguió ella, imperturbable—, y para ti, insolente joven, soy la diosa Artemisa. «Diosa» —remarcó su título—, deidad del Olimpo, y los lazos de cordialidad o parentesco familiar que me unen a tu padre no son lo suficientemente estrechos como para otorgarte la confianza que has creído merecer.
«Anda, fíjate, si hasta habla como una reina», pensé. «Sólo le falta el trono donde erguirse para ganar en intimidación».
—Como mortal con sangre mestiza, puedes llamarme Mi Diosa o Mi Señora —prosiguió reprendiéndome con severidad, su tono frío como campanas de plata tañendo peligro—. Detestaría tener que lanzarte una flecha por insolente antes de que apareciera tu padre para impedírmelo, ya que por lo visto empieza a tenerte cariño. —Su mirada podría haber horadado agujeros incluso en el doble acero de Backbiter—. En lo que respecta a mi presencia en vuestro camping y, más aún, en vuestra fiesta, eso sólo atañe a mis hijas cazadoras.
Abrí la boca, picado por la extrema dureza de la diosa, aunque pronto la tuve que cerrar, de golpe. ¿Qué podía replicar? Los dioses eran muy tiquismiquis con eso de los títulos y la educación. Aunque parecía que Artemisa sentía especial rencilla en contra mía, sinceramente. Le sostuve la mirada por un tiempo, luego hice una profunda inhalación y luego desvié la mirada hacia el caballo que pastaba a sus anchas detrás de la diosa.
—Os pido perdón, mi señora.
—Disculpas aceptadas —Artemisa sonrió para sí—. ¿Ves lo fácil que es?
No respondí.
Fruncí el ceño y observé a Apolo, quien tenía una expresión serena y no parecía preocupado por la distante frialdad de la diosa en lo más mínimo.
—¡Es que a quién se le ocurre, Lucy! —Siseó en mi oído Percy, que había aparecido a mi lado sin que yo me enterara—. Hay que ser prudente con estos inmortales. ¡Siempre! Se ofuscan con mucha facilidad. ¿Es que acaso no te he enseñado nada?
—Por lo visto no del todo —musité, distraído, mirando de pasada al hijo de Poseidón; en la mano sostenía un vaso con hielo y una bebida que tenía el color del ponche. Annabeth estaba allí, expectante. Sus ojos me gritaron mil preguntas cuando me detectó, pero pronto desvió de regreso su atención a las dos eminencias del panteón.
Thalía, que ya se había recuperado de la sorpresa, se adelantó por fin e hincó una rodilla en tierra en una reverencia. Las restantes cazadoras hicieron otro tanto, agrupándose a su espalda.
—Mi señora, mi diosa... madre.
—Sí, sí. Eso mismo —aprobó Apolo, mirando a la hija de Zeus con suma apreciación—. Agáchate. Baja al pilón, digo, al suelo, Dafne, querida.
—No soy Dafne —musitó Thalía, aún la cabeza gacha y la rodilla hincada en tierra.
—¿Eh? Ah, no. No, no, por supuesto. Discúlpame. Es que como las dos tenéis complejo vegetal... y aún sois tan doncellas...
—¡Hermano!
—Pasan las nubes.
Y el cielo queda limpio.
De toda culpa.
—No te hagas el despistado —riñó ella—. Sabes bien que debes dejarlo. No obstante —lo miró, sorprendida—, lo raro es que hayas conseguido hacer un haiku en condiciones.
—Será porque no es suyo —aclaró Thalía entre toses, la cabeza aún gacha y a la espera—. Sino del Rincón de haikus del mortal Mario Benedetti.
—Eso aclara las cosas —se alivió Artemisa—. Habría sido un infierno tenerte alardeando de haber logrado hacer uno en condiciones.
—¡Oye, oye! ¿Que soy capaz de hacer uno por mi cuenta, eh? Ahora verás. —Se aclaró la garganta, se llevó una mano al pecho, un puño a las caderas, y declaró con aún más aspavientos que antes, si cabe:
Despiertan las flores.
Salpica el rocío.
Al paso de mi hermana.
Hizo una pose arrogante mientras le llovían aplausos de sus hijos.
—Te sobran sílabas —apuntó Artemisa apagando la autocomplacencia del dios—. El último verso tiene ocho sílabas, nada menos. ¿Ves cómo te cuesta?
—Dame un minuto, dame un minuto —frunció el ceño—. Si digo «Diosa reprimida», todavía me estaría pasando, ¿verdad? sobre todo con las sílabas, quiero decir; tiene seis. Veamos, veamos. —Empezó a murmurar para sí—. Si digo «Predecible...» No, no, eso ya son cuatro. Hmmm... Venga, Apolo, que tú puedes... ¡Ya lo tengo! —Chasqueó los dedos—. ¿Qué tal: «Dio-sa-y-ma-dre?». ¡Cinco sílabas! Ahora sí que sí. —Hizo una reverencia, sonriendo de oreja a oreja, satisfecho consigo mismo—. Ains, si es que soy tan guay.... ¿verdad que sí, Dafne, digo, Thalía? ¿Verdad que soy guay?
—¡Apolo!
—¡No he dicho nada, no he dicho nada! Sagrado Zeus. Dile que se levante ya, hermanita, que me estoy calentando de una manera...
Levántate, hija mía —dijo Artemisa en formal respuesta, atajando a su hermano, mientras el campamento observaba con la misma atención absorta que habían dedicado al recién interrumpido baile—. Levantaos todas, por favor. Los mortales me atosigan con tanta ceremonia y altares y sacrificios en una sola semana que ya tengo de sobra para un año.
Thalía se puso en pie, y tras ellas el resto de elencos cazadoras, ignorando olímpicamente a Apolo y sonriendo de oreja a oreja a su diosa.
—Me alegra volver a veros, mi señora.
Artemisa enarcó una ceja inquisitiva.
—¿De veras?
Thalía pareció sorprenderse por la pregunta.
—Por supuesto.
—«Por supuesto» —repitió, posando en ella su mirada de diosa omnisciente más perturbadora—. «Por supuesto». Bien. Bueno es saberlo.
Posó una mano en el lomo de su caballo zaino, acariciando con brío su pelaje, los ojos concentrados todavía en Thalía. Ésta carraspeó, incómoda, e inquirió, titubeante:
—¿Qué... qué os trae a nuestro camping?
—Vine en cuanto recibí el mensaje de Iris.
Thalía se vio sorprendida.
—¿El mensaje, mi diosa?
—El mensaje. Diciéndome que estabas relacionándote cada vez más íntimamente con ciertas... —sus ojos barrieron la multitud hasta clavarse como dagas en los míos—, personas. —Concluyó.
Los ojos de Thalía siguieron la dirección a la que apuntaba Artemisa; luego miró a sus hermanas, rabiosa, traicionada, exigiendo saber cuál de ellas lo había hecho. Algunas parecieron sentirse avergonzadas, pero el instante de mala conciencia les duró un fugaz momento. Justo el momento en que Artemisa las abrazó con la mirada a cada una de ellas, con una sonrisa empapada de exculpación.
—Y no sabes cuán grande fue mi sorpresa al obtener la prueba de esa proximidad enfrente de mi altar. —Continuó dirigiéndose a Thalía, en un tono tan bajo que sólo la oyó ella y, naturalmente, quienes estábamos más cerca—. Ni las chanzas que tuve que tragar a costa de ello. —Aquí miró significativamente a su hermano. Alzó la voz—. ¿Así pues, qué tal si hablamos, hijas mías?
—Como prefiera —dijo Thalía. Su voz sonaba firme, tranquila. Sonreí para mis adentros. Era una autoridad de los pies a la cabeza. Si tenía nervios o remordimientos de algún tipo, no las sacó a relucir.
—Dadnos cinco minutos. Despejaremos la zona. Nos meteremos dentro. Les dejaremos a solas...
—No —dijo Artemisa, cortando los planes de Silena, haciendo que los demás se detuvieran en seco—. No es necesario.
—Pero usted ha dicho...
—La contienda que se avista en el horizonte es la más larga y difícil que vais a tener —advirtió Artemisa, mirando de uno en uno—. Iniciar una festividad bajo esas condiciones es una proeza. Un mérito. Todo un honor al amor por la vida. No puedo expresaros lo feliz que me siento de que eligierais seguir adelante con ello en un momento como este. Aunque no lo parezca, significa mucho para mí. Para todos los miembros del Olimpo, pues somos la vida, y es la vida la que estáis reivindicando y abrazando con este festejo. Es a nosotros a quienes estáis apoyando. Un día tendréis que abandonar los cosméticos y vestidos y los perfumes y marchar al frente de batalla, tan seguro como que la primavera llega después del largo invierno. Pero por ahora, quiero que este día sea vuestro. El Olimpo puede daros al menos esto, ese trocito de vida normal, de vida adolescente, mestizos. Disfrutad.
—Vaya. —Silena frunció el ceño—. ¿Y por qué tendría que dejar de maquillarme y perfumarme para luchar? ¡Ni que la guerra fuera una justificación de ir fea y enguarrada!
—Cariño. —Beckendorf la abrazó por la cintura y la hizo retroceder, apartándola de la mirada consternada de Artemisa y las risotadas de Apolo por la expresión de ambas—. No toquemos ese tema ahora. Deja que la diosa termine de hablar. ¿De acuerdo?
—Esto es una fiesta —prosiguió Artemisa, aún mirando a la hija de Afrodita con disgusto—. Que mi visita no perturbe vuestro baile, por favor. Continuad celebrando. Insisto en ello.
Yo también miraba a Silena, pero mi consternación se debía a otro motivo. ¡Se había vuelto a cambiar de ropa! ¡Otra vez! En esta tercera ocasión se había decantado por un vestido rojo pasión que no sólo resaltaba el oro de sus cabellos y el azul de sus ojos; también las formas femeninas que se escondían debajo. Sus pómulos estaban más marcados ahora, y el tono rojo de sus labios era más intenso que el que la naturaleza había regalado a la sandía. Un poco de rímel delineaba el borde de las rubias pestañas y las hacían más espesas, de manera que los ojos de la chica parecían más grandes.
—Bien —repuso Silena, animándose—, pues ya lo habéis oído. Que siga la fiesta, venga, ¡bah, bah, bah!
Agarró el brazo del primer campista que encontró; la empujó a la zona de baile y a continuación chasqueó los dedos en dirección a los músicos para que retomaran la música.
—Ya habéis oído a la diosa. Será mejor que prosigamos con la fiesta. ¡Venga, bah, bah!
Poco a poco, la música fue retomando su canto en los altavoces, los semidioses fueron separando la piña y volviendo a la reanudación de la fiesta en la pista.
—Venid conmigo —ordenó la diosa mientras daba tironcitos al vestido para colocárselo bien, tras el desarreglo de la cabalgata—. Hijas.
Artemisa se alejó del camino con pasos largos y controlados, sin parecer que los faldones del vestido interfirieran en absoluto con su andar enérgico, internándose en un sendero lateral del bosque. A su paso crecían hierbas verdes, franjas de vida extendiéndose por delante y detrás de su mirada de cazadora, de dueña y señora del bosque, hasta que el verdor tapizó todo el ancho y largo del claro. El verdor saltó de las hierbas para comenzar a propagarse a los árboles cercanos, con lo que las ramas desnudas de hojas adquirieron un nuevo aspecto saludable. Las hojas recién brotadas crecían deprisa a medida que se inundaban de vida. Tras la diosa, marcharon en fila el grueso de las cazadoras. Incluso Thalía. Incluso Victoria.
—¿Y qué pintas tú en todo esto? —demandó Clarisse a Apolo, de nuevo saltándose a la torera el protocolo de señor, o Dios.
—Yo también me alegro de verte —contestó él con un atisbo de sonrisa en los labios—. Aunque en realidad —hizo una pausa, negó con la cabeza y luego soltó un suspiro—, en realidad no me alegro tanto como parece.
—Descuida. El sentimiento es el mismo —espetó Clarisse con descaro. Ella no se dejaba amilanar ni bajo la mirada de un dios mellizo.
—¡Ah, la dulce Clarisse! —exclamó, burlón—. Verdaderamente vales más que tu padre. No tenía noticias de que los hijos de Hermes tuvieran labia con la sutileza, precisamente. —El cinismo hizo estremecer sus hombros—. Lo que me recuerda... —chasqueó los dedos, irguió la espalda y recitó:
Astucia fue de alguna Dueña Estrella,
Que de Estrella sin Dueña no lo infiero:
Febo, pues eres Sol, sírvete de ella.
—¡Quevedo! —Chilló Annabeth—. Francisco de Quevedo. Siguiendo a Dafne.
—Es lo que pasa cuando vendes tus poemas —suspiró, compungido—. O cuando ordenas a las musas a que visiten a los mortales. Que luego la autoridad de los versos pasa a cualquiera menos a mí. Pero en fin —sonrió de oreja a oreja—, ya estoy acostumbrado.
—Debería honrarle que esos poetas mortales le saquen tan buen partido a las musas —se rió Annabeth.
—¿Honor? —Abrió de par en par los brazos—. ¿Oh, pequeña, es que no lo ves? —se dispuso a recitar de nuevo:
—Mi mirada habla de fervor,
Mi cuerpo de abnegación,
Mi persona de arrogancia,
Y en mis labios palpita una gota,
La savia del amor.
—¡Eso es de...! —Annabeth se detuvo en seco—. Espera un momento —frunció el ceño—. No me suena ni un poquito ése trozo de poema.
Apolo le guiñó unojo.
—Será porque esos versos aún no tienen derechos de autor. —Se echó a reír, de mil amores—. ¿Por qué? ¿Te ha gustado? Comprensible; todo lo que hago es maravilloso, Pequeña. ¿Te interesa comprarlo?
Annabeth puso los ojos en blanco.
—No negocio con cosas inconclusas, gracias —jugueteó con las cuentas del collar de perlas luminosas que llevaba al cuello—. Del mismo modo en que no me pongo a leer un libro que va por la mitad. Cuando termine el poema, si eso... hablamos.
—Y aún no has respondido a mi pregunta —intervino Clarisse, insistente—. La diosa está aquí en calidad de visita a sus hijas. ¿Y tú?
—¡Oh! ¿Es que acaso no puedo hacer lo mismo?
—Pues no.
—¿Sabes? —Apolo se acarició pensativo la lampiña mejilla—. Me parece bien que seas una chica que no tenga pelos en la lengua, pero deberías mostrarte más respetuosa. A fin y al cabo, ¡soy un dios! Así que voy a darte una lección.
Chasqueó los dedos. Clarisse se balanceó peligrosamente, pareció entrar en trance, pero a continuación volvió en sí, parpadeó varias veces, como disipando una neblina de sus retinas, e inquirió:
—¿Qué ha sucedido? Siento el cuerpo entumecido.
—Creo... creo que te mareaste —explicó Chris, estabilizándola del brazo.
—Tal vez tengas razón. —La cara de Clarisse, malhumorada de por sí, enrojeció cuando pareció obligada a añadir—. ¡Todo gira a mi alrededor!
Miré a la chica con los ojos muy abiertos. Por un momento ella misma se quedó estupefacta.
—Vaya, que pasada... ¡estoy desubicada!
Tosí con discreción. ¿Había escuchado bien? ¿Acababa de oír a Clarisse hablando con rima y todo?
Chris la miró con la preocupación ensombreciendo su tostado rostro.
—¿Oye, tú... seguro que estás bien?
—No te preocupes, mi amor. ¡Estoy a la perfección!
Todos la miramos incrédulos; excepto los hijos de Apolo, que se atragantaron con risas mal disimuladas. A Chris se le desorbitaron los ojos.
—¿Q—qué has dicho?
—Me siento como un sol. ¡Radiante de calor!
Con aquella iba la cuarta. Pero ya Silena señalaba a la hija de Ares con el brazo extendido e increpaba al dios de la poesía.
—¿En serio? ¿No podías haberle castigado con algo menos clásico? —Exigió a Apolo—. ¡Mira que eres!
—No me tomó en serio —se quejó el dios—. No consiento que no se me tome en serio.
—¡Pero si nadie lo hace!
—Tampoco es para tanto. —Apolo se encogió de hombros, desestimando toda preocupación—. Sólo le durarán unos cuantos días. Es de efecto temporal.
—De hablar con rimas —cuchicheó Annabeth en mi oído, tapándose la boca con una mano—. Esto va a ser interesante.
—¿Voy a rimar todo el tiempo? —Se escandalizó Clarisse—. ¡Ira es lo que yo siento!
—Para que aprendas a medir tus palabras —dijo Apolo, sonriendo con pícara malicia.
—Pero si eres un dios absurdo. ¡Nunca dije nada de otro mundo!
—Yo que tú tendría cuidado con lo que vas diciendo. Por cada frase no amable, tu castigo se extenderá unas cuantas horas más.
—Quítame este poetizar. ¡No tengo ganas de rimar!
Apolo hizo una mueca de dolor.
—Sagrado Estigio, menos mal que no eres mi hija. Tus rimas son simples, de parvulario; ¡me deshonrarías enseguida!
—No merezco este castigo. ¡Te arrojaría ahora mismo un higo!
—¿Quiere algo de beber? —ofreció Chris, interviniendo rápidamente, presuroso, tratando de evitar que a su novia le cayeran más días de rima.
—No, gracias. Aunque debería pasarme e ir a saludar a Dionisio —se atusó el mentón, aún con una sonrisilla en los labios—. Llevo tiempo sin hablar con mi primo.
—Lo que quieres es que te invite a una copa —terció Clarisse—, de su cosecha más roja.
—¡Shh! —siseó Chris, retirándola a un lado—. No empeores más las cosas.
—Disculpe a esta desvergonzada —trató de conciliarse Clarisse al instante—. ¡Se siente apesadumbrada!
—Ah, Clarisse, Clarisse, Clarisse! —Parecía que en el tono de La Rue no había habido suficiente pesar para complacer a Apolo y quitarle así el castigo—. Tienes que aprender a controlar esa ira.
—Quíteme esta maldición —rogó—. ¡He aprendido la lección!
Apolo negó con la cabeza, como diciendo: «ah, no, todavía no». Clarisse estaba tan roja por la cólera que creí que le iban a salir bocanadas de humo de la nariz, al más estilo reacción exagerada de cómic. Fue consciente entonces de las risitas que causaba.
—¿Por qué me miráis con tanta atención? —Espetó, volviéndose como un basilisco hacia la concurrida multitud—. ¡Salid de mi campo de visión!
La música se volvió más fuerte y la luz de farolas y escenarios se acentuó. Un violín sonó en algún sitio y poco a poco se unieron cientos de instrumentos hasta convertirse en una orquesta sinfónica al que los mestizos acompañaron con palmas, taconazos o sus propias gargantas.
Le di la espalda a una poética Clarisse y a una mal contenida Silena y me acerqué a Annabeth, tramando mecánicamente un plan en la cabeza.
—Necesito pedirte un favor —le dije—. Es pequeño. Nada de relevante importancia, descuida.
Annabeth me ojeó con suspicacia, sin costarle dilucidar qué me proponía.
—¿De verdad crees que te va a dejar asistir?
La miré forzando una sonrisa.
—Al menos debo intentarlo, ¿no crees?
—¿Y cómo piensas llegar hasta ahí sin que te detecten?
—Ah, eso es cosa mía, pequeña. Se puede eludir la vigilancia si uno se lo propone.
—Eso es cierto. Y nunca he conocido a alguien que sepa escabullirse mejor que los hijos de Hermes. Tómalo como un cumplido —añadió, truhán, ante mi ceño fruncido.
—Pues gracias.
—No obstante, y sin intención de ofender, Lucy, pero eres una mortal. Ella una olímpica. No creo que tus artimañas sean competencia para un dios que no quiere ser espiado. Por cierto —me miró con sorna—, ¿qué has hecho con e vestido?
—Un pequeño accidente de instintos suicidas salidos de control —expliqué—. ¿Y qué has hecho tú con tu gorra de invisibilidad?
—No la llevo conmigo. La tengo escondida y a resguardo.
—¿A resguardo? ¿Qué clase de hija de Atenea eres que no llevas el gorro de espía a todas partes? —repliqué—. Te estás ablandando, Chase.
—¿Tú crees?
—Y tanto —resoplé—. Quiero que me la prestes.
—No puedo hacerte ese favor. —Extendió las manos—. Lo dicho, no lo llevo conmigo. Y realmente no me apetece ir hasta el dormitorio ahora mismo. Y menos para que tú puedas ponerte a jugar al espionaje con las cazadoras. Olvídalo.
—Uff. Es estupendo comprobar el buen ánimo con que lo estás encarando. —Ironicé—. ¿Qué ha pasado con tu amor por el saber?
—Sigue intacto. Agudizado más que nunca.
Hablábamos a gritos, con las cabezas arrimadas, ya que la música alta del reiniciado baile jugaba en nuestra contra.
—De modo que sí que sientes curiosidad.
—Pues claro que siento curiosidad —rezongó Annabeth—. Pero eso no quiere decir que esté bien. Es increíble lo que eres capaz de proponer, con tal de no perderle la pista a Thalía. Y luego para que digas que no te traes nada raro con ella.
—Bah. Tú y tus sospechas de todo quisqui —desdeñé—, ya las tenías de antes, las dudas, por lo cual, ¿qué más da? —La miré de lado—. Estás estupenda, por cierto. ¿Te lo había dicho ya?
—No. Pero gracias. No obstante, no te desvíes. Tratas de engatusarme y de apartar mi atención del tema.
—No. Para nada. Trato de sincerarme contigo al confirmarte mi curiosidad por saber. Y hablando de sincerarse... —me curvé hacia un lado—. Me estoy meando encima. ¿Me acompañas al baño? ¿O me indicas qué servicio ha sido habilitado para estos casos, por favor?
—¿De verdad te estás haciendo pis?
—Jo. ¿Acaso no me ves aquí, aguantando las ganas?
—Puede que sea una estrategia.
—Me ofendes. ¡Cómo puedes dudar de la acumulación de mi orina! Ten compasión de mi vejiga, mujer.
En los altavoces continuaba retumbando la música, los decibelios estaban haciendo su función en mis oídos. Detrás de nosotros, Clarisse seguía espantando a sus mirones.
—¿Es que no tenéis nada mejor que hacer? —chistaba—. ¡Iros, iros, ya no os quiero ver!
Annabeth suspiró, me agarró la mano y me arrastró al interior de la casa de Apolo, nada menos, donde estaba el baño habilitado durante la fiesta, algo que yo ya sabía. Nos detuvimos en la cola que precedía la entrada del baño de chicas. La cola era larguísima, digna competencia de esas que se forman en la caja de un supermercado en plena festividad. Traducción: era interminable.Algunas chicas hablaban sin cesar con timbres estridentes, otras permanecían agachadas, quizás vencidas por el mareo, y otras daban ridículos saltos en el sitio para tratar de aguantar las ganas de orinar. Por respeto a las vejigas de esas desesperadas, taché de mi siguiente movimiento el colarme en la cola por todo el morro; a cambio esquivé a Annabeth y me metí en el servicio de los chicos, más sucio, puede, pero también más vacío, ignorando los silbidos y risitas de las chicas que me vieron entrar.
El cuarto de servicio era una habitación amplia, de paredes grises y una hilera lateral de cubículos individuales a la que se enfrentaba, desde el otro extremo, otra hilera de lavabos con grifos de mango. Estaba escasamente amueblada, aunque claro, tampoco es que un baño necesitara de más decoración que la imprescindible. Media docena de armarios empotrados en la pared guardaban en su interior toallas limpias, pastillas de jabón a estrenar y rollos gigantes de papel higiénico. Cerré la puerta general del baño, comprobé que no había nadie en ninguno de los cubículos, y entonces corrí hacia la ventana y eché un vistazo. La ventana daba al bosque, justo donde había supuesto, y el paisaje verde y algo asalvajado prometía convertirse en unas impresionantes vistas si el interior cambiaba de un cuarto de baño a un dormitorio.
Me incliné por encima del alféizar para ver mejor. El bosquecillo, lleno de helechos y espinos, era visible y alcanzable desde ahí. En sus hojas primaba el verde y los colores terrosos. Habían talado los pinos en un radio bastante amplio alrededor de la ventana, de modo que la luz de la luna lo bañaba todo. Eso sí, por detrás de ese radio el follaje seguía siendo tupido, espesas ramas que no dejaban ver nada más que sombras impenetrables. Trepé hasta el poyete, olvidado toda incomodidad con los zapatos, bendiciendo a Annabeth por no diseñar casas de mucha altura. Me retorcí hasta salir por la ventana; fui a dar al sostén de una gruesa rama, desde donde, una vez afianzado, comencé a descender con cuidado por su tronco nudoso, propuesto a ir al encuentro de Thalía, hasta el lugar en que las cazadoras tenían su reunión con Artemisa.
Corrí internándome en el bosque sin pensármelo dos veces, con el sigilo de una sombra y el cuidado de un felino en caza, pasando de árbol en árbol o agachándome por entre los arbustos cuando el terreno clareaba. De cuando en cuando echaba una ojeada recelosa hacia atrás para asegurarme de que nadie me seguía. De pronto, comencé a escuchar el sonido agudo de voces femeninas. Me acerqué al lugar con el corazón palpitante, con el consiguiente efecto de que las voces fueran creciendo de tono, rodeando con cuidado un gran tronco, hasta que incluso pude oír el ruido creciente del agua al romper en pequeñas ondas contra la orilla del lago. Me aproximé despacio, sigiloso, de puntillas, pendiente en todo momento de evitar pisar cualquier ramita o saliente que delatara mi presencia.
Agachado, me arrastré lentamente por encima de los salientes de la tierra hasta las raíces de un viejo árbol musgoso; dentro de la jaula que formaban me acurruqué sin hacer ningún ruido, aunque no pude contener por mucho tiempo la curiosidad y me fui desplazando sigilosamente alrededor del tronco al tiempo que el ruido de las voces formaban palabras y frases con conciencia, hasta que al final tuve que aventurarme a echar un vistazo sacando la cabeza con cuidado de detrás del árbol donde me había escondido.
De espaldas a la orilla, sentadas en círculos sobre alfombras formadas por hojas de unos juncos acuáticos, el equipo al completo de cazadoras se dirigía con mucho gesticular a su diosa, quien las observaba de pie, de espaldas a mí, moviéndose de arriba a abajo por delante de ellas, una silueta tenue y esbelta a punto de fundirse con el bosque.
—¿Qué habéis estado haciendo? —Preguntaba con voz aterciopelada y afectiva, sin parar de moverse frente a sus hijas—. No quiero saber los preparativos de la batalla. El Olimpo al completo está al corriente de ellos. ¿Habéis hecho nuevas amistades? ¿Habéis respetado nuestro juramento? —Se dirigió hacia Alayne—. ¿Cómo es eso de que estabas preocupada por quien nombré jefa del grupo en mi ausencia?
Alayne echó un rápido vistazo a Thalía, pero ella le hizo un ademán impaciente a que prosiguiera, el rostro vacío de todo sentimiento.
—La... la mestiza hija de Hermes, mi señora. La que se dirigió a usted, antes, de modo tan insolente.
—Lucy, sí —comentó Artemisa, con una nota de desagrado interés en su voz—. La recuerdo. ¿Qué ocurre con ella?
—Ha estado muy apegada al grupo. En especial a Thalía y a Victoria.
—¿Cómo de apegada?
—Tan juntas que parecen novias que recién comienzan a salir —explicó Alayne, claramente disgustada.
Los pómulos de Thalía se tiñeron de rosa un único segundo pero luego inspiró con calma, y la frialdad volvió a ella igual que una capa.
—¿De verdad?
—Sí, mi señora. Se arrima a ellas en todo momento. Siempre se están buscando mutuamente. Es más, probablemente hasta sabe que estamos aquí —siguió quejándose con hastío—. Querrá saber qué nos decimos, qué le dice usted a sus supuestas amigas.
En el rostro de la diosa se dibujó una enigmática sonrisa.
—Lo sé —se limitó a decir—. Lo sé.
Las cazadoras la miraron, interrogantes. Artemisa sacudió la cabeza, y las hojas de los árboles ondearon en el aire, como imitando su gesto.
—Prosigue hablando, Alayne.
Me sentía como si fuera al volante de un vehículo, incapaz de controlar la marcha, hasta que el coche se queda atascado en la cuneta y ahora hiciera falta maniobrar cuidadosamente para volver al redil o, en caso contrario, derrapar letalmente por toda la carretera con peligro.
—Pues eso. Que se han hecho muy cercanos. Primero empezaron con buen pie, casi tirándose de las greñas, como tiene que ser, vaya, pero con el tiempo empezaron a intimar, Lucy se salió con la suya y pronto fue Thalía quien comenzó a sonreírla y a buscar su compañía, desdeñando la nuestra.
—Hacer nuevas amistades —intervino la idhunita, mientras Thalía contemplaba a su compañera de caza, en apariencia impasible—. ¿No era ése otro de los cometidos al venir aquí? ¿Qué tiene de malo mantener amistad con semidioses de otras casas?
—¿Amistad? Nada. —Miró acusadora a Thalía—. El problema reside en su empeño de cambiarnos, enemistarnos, distanciarnos.
En aquel momento, la luna terminó de asomarse desde detrás de una nube, y la orilla, ya bastante iluminada de por sí por la noche abierta que hacía, fue inundada de su luz plateada. El rostro de todas las cazadoras quedó bañado en esa luz argéntea, incluido los ojos de Victoria, que parecieron cobrar aún más intensidad y brillar como dos monedas de plata recién acuñadas cuando reclamó:
—¿Puedes asegurar que esa sea su intención?
—Sí.
—¿De veras?
—Las señales son evidentes. Desaparece por horas. Releva sus obligaciones de caza a una de nosotras. Prefiere pasar más tiempo discutiendo por chorradas con la hija de Hermes que entreteniéndose con quienes realmente nos interesamos por ella. Somos sus hermanas y, no obstante, no es a nosotras a quienes confía sus secretos, sus miedos, sus pensamientos, sus sentimientos. Hemos dejado de ser relevante para ella.
Artemisa se acuclilló junto a Thalía, tomando su rostro entre las manos, y la observó con una leve tristeza en los labios.
—Has escuchado las recriminaciones de tu hermana —comentó con cierta dulzura—. ¿Algo que decir al respecto?
—Sí. —Sentada, irguió la espalda y el mentón, determinada a hablar sin tapujos—. Ha señalado bien mi actitud. Lo reconozco. Pero es mi actitud, no la de... Lucy.
—¡Tu actitud cambiada por la influencia de esa chica! —hizo ver exasperada, Alayne.
—¡No! —espetó a su vez Thalía. Se tranquilizó—. No —repitió—. Cualquier culpa que haya que echar es mía, no suya.
—¿Reconoces tus errores? ¿Admites que tengo... que tenemos razón?
—En algunas cosas —cedió Thalía sin mirarla—. En otros puntos creo que es desmedido vuestro enfado. Tal es el caso de Lucy.
—¿Tanto te importa? —Le preguntó otra cazadora, la que en su día apodé Chichones—. ¿Tanto quieres a la estirpe de Hermes? ¿A esa… chica, que hasta estás dispuesta a interferir por ella?
—No interfiero. Sólo digo la verdad.
—Interfieres. Interfieres porque es tu amiguita del alma.
—¡Y a ti qué más te da? —Espetó irritada Thalía—. Es más, ¿desde cuándo es relevante, para los lazos que nos hermanan, con quién voy o con quién hago amistades?
Chichones se levantó airada.
—¡Desde luego que importa! De eso se trata lo que estamos hablando, precisamente. ¡Importan tus amistades si son a costa de tu relación para con nosotras!
—¡Para! —Cortó Thalía—. ¡Eso no es así!
—¡Claro que lo es! Tanto así que tienes que elegir.
Thalía parpadeó. Yo parpadeé.
—¿Qué? —Victoria negó con la cabeza—. ¿Pero estás hablando en serio? ¿No crees que eso sea pasarse de la raya?
Alayne sonrió con frialdad sin intentar contradecirla.
—Ya basta. —Thalía habló con suma calma—. La vida no es blanco y negro. No es un bando u otro. No es una disyuntiva constante. Hay matices, del mismo modo en que hay puntos intermedios. Que yo me amiste con Lu... Lucy, no quiere decir, no tiene que implicar necesariamente que deje de ser hermana vuestra.
—Pues lo estás demostrando maravillosamente —ironizó Selise, con calma—. Soy la primera en abogar por no cerrarse en banda e intentar confraternizar allá donde vayamos, lo sabes, pero también sé que la familia —las señaló a todas—, debe ser lo primero. Siempre. Promesa que tú apoyaste, desde el principio. Promesa que tú has incumplido. Reconócelo.
—Ya he dicho que puede que haya actuado mal —replicó Thalía—. Pero lo que no entiendo es por qué tratáis de justificar mi comportamiento en el nombre de otra persona. ¿Por qué insistís en echar culpas a quien no es?
—Echar culpas —repitió Artemisa, interviniendo de nuevo—. ¿Sabes por qué te elegí como jefa en mi ausencia?
Thalía tragó saliva.
—Porque confía en mí, mi señora.
—Confío en cada una de mis hijas. En todas vosotras. Hila más fino.
—Porque soy buena enflechando. Mejor que todas las demás. Sé atender y hacer que me atiendan, sé liderar y lidero con conciencia y respeto.
La diosa la sonrió.
—Sí —arrulló—. Sí, mi querida hija. ¿Y de esa lista de cualidades que has enumerado, en cuál dirías que no has cumplido, que no has estado a la altura?
—Yo…
—En todas y cada una de ellas, Thalía, en todas y cada una de ellas. —Le acarició el cabello del mismo modo en que había acariciado antes al caballo—. Herraste el tiro: no atendiste a la exigencia del juramento; hiciste oídos sordos a mi consejo de mantenerse firme y cerrar el corazón. No estuviste atenta a mis señales de advertencia, así como tampoco atendiste las quejas, bien argumentadas, de tus hermanas. Las has relegado a un segundo plano, por tanto no has sabido liderarlas, no las has dado su lugar... no las has respetado.
—Comprendo vuestra decepción —asintió Thalía, humillando la cabeza—. No volverá a pasar.
—¿Con que no, eh? —Había una velada tristeza en el tono de Artemisa al hablar a Thalía—. Eso no me lo puedes jurar. —Posó un índice bajo su barbilla y la instó a levantar la cara—. No me lo puedes jurar. Ni te voy a arrancar esa promesa.
—C—claro que puedo.
—Puedes decir las palabras. Prometer escucharlas, priorizarlas. Pero no puedes asegurar no volver a sentir las razones emotivas que te llevaron a no prestarlas atención, no puedes asegurar no volver a sucumbir al turbio juicio de esas mismasemociones, por tanto no, no me lo puedes prometer.
—Emm, yo...
—Levantaos todas —ordenó, poniéndose de nuevo en pie con ligereza—. Quiero que volváis a la fiesta. También vosotras merecéis disfrutar. Tú no, Thalía; tú quédate. Y tú también, Victoria. Las dos, aguardad aquí. Aún no he terminado con vosotras.
La premura con que las chicas obedecieron la orden habría satisfecho a la persona más exigente e impaciente del mundo. Una a una fueron abandonando el claro, acompañadas de una sonrisa cálida y un adiós personificado con sus nombres, por parte de Artemisa.
—Gracias por seguir con la farsa de ser mi hija —agradeció ésta a Victoria, una vez se hubieron quedado las tres a solas—. Por lo que veo, ninguna de las cazadoras se ha dado cuenta; bien así. Espero que no te haya costado muchos sin sudores.
—En absoluto, mi señora.
—Te prometo que estamos aún en la búsqueda de lo que me pediste. No desesperes. Y tus compañeros de Idhun, tampoco.
Fruncí el ceño. ¿Acaso Artemisa estaba al tanto de lo que realmente había motivado a la tríada idhunita a contactar con nosotros? Me di cuenta nada más formular la pregunta de que así debía de ser. Sólo entonces se explicaba la inclusión de Victoria entre las cazadoras. Algo había tenido que pedir Artemisa a cambio.
—Muchas gracias. —Victoria se inclinó frente al mosaico de flores recién crecidas, que parecían haber hecho raíces en círculos a su alrededor—. Se lo diré.
—¿A los dos? —Artemisa no parecía estar refiriéndose precisamente al se lo diré de Victoria; más bien parecía haber captado un significado doble... o haber leído algo en la expresión de la chica—. ¿Tomas partido por los dos?
—Tomo partido a quien soy más leal.
—También me puedes ser leal a mí. —Enmudeció de repente y observó a Victoria de hito en hito, con tal intensidad que la otra rebulló en el sitio—. Vaya, así que por ahí sopla el viento, ¿no? Dos vientos. Uno gélido y otro caluroso. No esperaba esto.
—¿Tan extraño le resulta?
—Inédito, más bien. Sin embargo, no me equivoco.
—No, no se equivoca. Del mismo modo en que no tuve elección en eso.
—¿Y lo han aceptado así sin más? Qué gracioso.
—No, claro que no. ¿Quién lo haría?
—La gente de Idhun sois muy graciosas.
—Sí. Como un cortejo funerario a las puertas de tu casa. —Victoria procuró hablar con un tono menos tétrico—. Disculpe mis palabras. He intentado enfocarlo con humor, pero se me han terminado las risas. Ya lo tengo asumido, ¿sabe?
La diosa se dio golpecitos con el dedo en los labios mientras miraba a Victoria pensativamente.
—¿Y sigues empeñada en no jurar?
—Mi corazón ya está ocupado.
—Por chicos —desdeñó—. Valientes ocupas. Te van a lastimar. Los hombres son así; es un hecho. Pero no les culpo; está en su naturaleza mancillar todo lo que tocan. Ahórrate sufrimiento ahora que aún estás a tiempo: ven conmigo. —Le tendió la mano—. Entra de verdad en mi grupo. Sé mi hija en alma y juramento.
—No puedo.
—Sabía que ibas a decir eso —suspiró, apesadumbrada—. Aun así, no quiero dejar de intentar convencerte una última vez. —No retrajo el gesto de invitación—. ¿Estás segura?
Fue el turno de Victoria de sonreír.
—Mire en mi interior. ¿Qué ve?
—Luz, magia, calor, unicornio —entornó los ojos—, amor, amor y amor. Ya veo —suspiró—. Una lástima, repito. Una verdadera lástima...
Se volvió hacia Thalía.
—En cuanto a ti —le dijo, muy seria—, tienes muchas cosas que explicarme.
—¿Tengo? —inquirió ella—. Creí que había presenciado todas mis malas acciones.
—Y así es. Por eso no digo que tienes cosas que contarme, sino explicarme. Quiero saber por qué faltaste a tu juramento. Por qué te dejaste arrastrar por esos bajos instintos. Por qué te involucraste de nuevo con ese chico.
La serenidad de Thalía se había desvanecido; la desesperación afloraba a su semblante sin restricciones.
—Míreme —pidió Thalía—, como acaba de hacer con ella. Mire en mi interior.
Artemisa no se molestó en replicar. Se mantuvo silenciosa, los ojos más incisivos que nunca, y sus pensamientos quedaron ocultos detrás de aquel rostro esculpido en hielo.
—Ah... —murmuró instantes después—. Comprendo.
—Entonces ya lo sabe —se rindió Thalía—. ¿Qué me va a hacer?
—¿Hacerte? —Se extrañó la diosa—. ¿Debo hacerte algo?
—Maldecirme, castigarme, reprenderme.
—Sabes que ése no es mi método.
—Sí, pero lo he besado. —A su lado, victoria dio un brinco de sobresalto y la miró entre alegre y contenida—. Dejé que me besara. Peor aún. Si no hubiera sido por... la interrupción... puede que me habría... puede que habría ido a más. Eso merece un castigo.
Toda la confesión fue dicha con los ojos agachados y el cuerpo encorvado, aún sentado sobre la alfombra de nenúfares.
—Lo hecho, hecho está. —El tono de Artemisa desestimó la confesión de Thalía como un pormenor—. El destino teje la vida a su voluntad. —Esbozó una sonrisa tirante—. Mas, si vuelves a besarlo delante de mi altar, me haré una capa de caza con su piel. Un arco con su cráneo. Una cuerda con sus entrañas. Y unas flechas con sus huesos. ¿Ha quedado claro? Y ahora levántate, muchacha.
Thalía así lo hizo. Y Victoria, a su vez.
—¿Por qué pagarlo sólo con él? —Inquirió, nerviosa por la respuesta pero necesitada de apartar de mí el foco de la ira -¡y menuda ira!- de la diosa.
—Él te tentó. Ese es un hecho. La culpa es suya, por tanto. Y el cargo de esas acciones, también. —La miró, analizadora—. ¿Porque tú te arrepientes de haberlo hecho, no es así?
Thalía titubeó un momento. Desvió la vista a sus pies. Basculó el peso de una pierna a otra.
—Thalía...
—No.
—¿Qué?
Alzó la cabeza, y repitió, turbada pero irrevocable:
—Lo siento, pero no. No me arrepiento de lo que hice. De haberlo besado. Tal vez del lugar donde ocurrió, pero nada más.
—Comprendo. —La observó con la rigidez de una soberana—. Igualmente, mi advertencia sigue en pie. Nada de magrearse frente a mi altar.
—Ni frente a su altar ni frente a ningún otro sitio —aseguró Thalía—. Puede que no me arrepienta, pero eso no significa que vaya a volver a ocurrir. ¿Por quién me toma?
—Por una hija que ha incumplido los sagrados juramentos de lealtad a su diosa, madre y protectora —recriminó suave pero afilada Artemisa. Thalía se estremeció—. Por eso te tomo.
—Lo siento.
—Lo sientes... —Artemisa soltó una risa corta, seca, herida—. No es eso lo que acabas de asegurar. Si no te arrepientes, ¿cómo es que lo sientes?
—Siento haber faltado al juramento, mi diosa.
—Pero no sientes el modo en que lo has fallado —leyó entre líneas. Lentamente, como si el cuello le pesara una tonelada, Thalía negó—. Quiero que la gente esté conmigo por elección; una elección que no les pese, a la que se entreguen de todo corazón. Una elección que tú hiciste hace tiempo, y a la que has corrompido hace poco. Y frente a mi altar, nada menos. ¡Frente a mi altar! —El rostro de Artemisa se quebró como un cristal—. ¿Por qué? ¿Por qué lo has hecho? —Recompuso la postura, apoyándose en la exasperación—. Sabes bien que soy muy celosa con mis hijas, y que no estoy dispuesta a compartirlas con nadie.
Thalía agachó la cabeza; cuando habló, su voz fue pequeña, tímida, angustiosa.
—Sigo eligiéndoos, mi señora.
—Quiero creerte, Thalía. Y, peor aún, sé que tú quieres creerte a ti misma.Pero lo cierto es que al mirarte ya no encuentro lo que vi en ti, tiempo atrás. Por favor, mira en tu interior, como bien me has pedido tú a mí que haga contigo. Analiza lo que sientes.
—¿Qué me está queriendo decir? —Thalía había dejado caer los hombros y ahora temblaba de pies a cabeza—. ¿Acaso... acaso m—me está dando un ultimátum?
Artemisa rió con suavidad.
—No pierdes facultades, Thalía. Me alivia comprobar que tu juicio no está del todo borrado. Cierto, quiero algo de ti. Quiero que hagas algo por mí. Y lo harás, porque sabes, en el fondo... que no tienes elección. Porque me lo debes. Y no, no es una cuestión de lealtades, como cabría esperar, más bien de honor.
—¿Honor?
Oculto entre la espesura vegetal, temblaba con ella.
—Honor, efectivamente. Te estoy diciendo que o conmigo o sin mí. O con él o sin él. Esto, sí, es un ultimátum. Pero no te equivoques. No te lo estoy diciendo por las razones de Alayne y las otras cazadoras. El motivo de mi disyuntiva es más, mucho más simple y sentido que eso. Quiero que te sientes y mires en tu interior. Ese será tu castigo. Recapacita, reflexiona, sincérate contigo misma. Ante ti tienes una elección: o conmigo o con él. Porque has de saber que si me prefieres, tiene que volver a ser una entrega absoluta, sin flaquezas, sin dudas, sin deseos ni sentimientos de romance. No —la interrumpió, tajante, cuando ella fue a abrir la boca, sellando sus labios con un dedo—. No hoy, no ahora. No aquí. Hazlo con conciencia, no movida por los remordimientos. Hazlo con el corazón, no con la cabeza. Decidas lo que decidas, te garantizo que te voy a respetar. Y más importante, que me sentiré orgullosa de ti.
—¿En serio?
—En serio.
A Thalía le estaba costando dar crédito.
—¿Aunque a lo mejor no... No... No me quede a su lado?
Artemisa se rió. Su risa era pura y cantarina, envuelta en un ligero matiz frío e inhumano que a todo semidiós se le hacía familiar, al ser tan característico de los dioses.
—Lo que busco es la felicidad, Thalía; la felicidad de todos. Yo soy feliz cuando una chica me jura los votos porque sé que voy a intentar que se sienta bien, protegida, querida, en un hogar. Ellas son felices porque yo les entrego todo eso. No estoy en contra del amor, como bien sabes. Sólo en contra de una variante de esa emoción, en específico: la variante romántica. Pero si la felicidad de dos personas consiste en estar juntos, como pareja, en amarse y quererse y esas cosas, yo no le encuentro problema. Una tontería y necedad, eso sí, pero, ¿un problema? no.
—No quiero estar con nadie más que con usted, mi señora. No quiero estar con alguien en plan romántico.
—Y, no obstante, tu corazón grita palabras muy distintas. —Artemisa la contempló en silencio, con una expresión indescifrable—. Lo oigo en lo que asfixia tu voz, lo percibo en lo que gritan tus ojos.
Thalía retrocedió con los ojos desorbitados y los labios entreabiertos. La negación se reflejaba en su semblante, como si le acabaran de decir que iba a presenciar la ejecución de su familiar más cercano.
—No, eso no puede ser. No quiero volver a sufrir.
—Ah, ya veo. —Pasó con dulzura la yema de los dedos por la piel tersa de Thalía, los dedos ágiles como aleteos de mariposas, primero por su mejilla, descendiendo luego hasta su cuello, como una caricia de luz de luna—. Oh, hija mía. Cuánto daría por quitarte ese peso de la espalda, como hice antes. Pero esta vez no puedo ayudarte. Es cosa tuya. Únicamente tuya. —Ella cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, con un suspiro, disfrutando de la sensación incomparable de una diosa mostrándole todo su amor a un mortal—. ¿Temes al dolor? El dolor es sólo una parte ínfima de la vida. ¿Acaso temes a la vida? Hay cosas por las que vale la pena sufrir.
—¿Ah, sí? —Esbozó una sesgada sonrisa que no llegó ni a medio camino de sus ojos—. ¿Como qué?
—Como la felicidad, por supuesto —respondió Artemisa, llanamente—. La auténtica felicidad. Así que piénsatelo. Y cuando lo sepas, dame una respuesta. La más sincera. La que realmente sientas. De la que luego no te arrepientas. Prométemelo.
Thalía trató de decir algo, pero no le salió la voz. Transida de dolor, dejó que su mirada se perdiera en la noche. Giró de nuevo el cuerpo y, lentamente, como a cámara lenta, asintió a la demanda de promesa de la diosa. Y ésta sonrió con algo parecido al alivio.
—Estupendo. Y ahora regresad al baile y decidle a mi hermano que me espere, no tardaré en volver. Tengo algo que hacer.
Victoria se volvió hacia Thalía y le lanzó una mirada de simpatía, una mirada que decía que lo sentía, que había intentado defenderla, abogar por ella, aunque con nulos resultados. Thalía dio un paso hacia atrás, apartándose de la presencia de la diosa, y comenzó a alejarse por el bosque, junto a la chica de Idhun, todo el tiempo mirando por encima del hombro.
Durante un instante, Artemisa se quedó inmóvil, sola en el claro frente a la orilla del lago, contemplando el sendero por el que se había adentrado la hija de Zeus, con los ojos entornados y una clara expresión de sombrío abatimiento en sus facciones.
De pronto, dio media vuelta y clavó sus ojos plateados cuajados de turbias estrellas en las sombras. Sin margen de duda, sus ojos afilados fueron a detenerse directamente en el lugar donde me encontraba, oculto.
—¿Crees que no sé distinguir la ondulación de las hojas por el aire y el movimiento de estas cuando es por un cuerpo? —sonó su voz sin previo aviso, tanto que me sobresalté y di un respingo, con lo que se oyó claramente el ruido de ramas al ser aplastadas.
Por un momento me aferré a seguir fingiendo mi comedia de escondite, pero sabía a la perfección que había sido descubierto, y confirmado de la forma más tonta.
—Sabía que estabais aquí —afirmé, asomándome por un lado del árbol, rojo como un tomate.
—Me has encontrado —dijo ella en voz alta con suavidad—. ¿Contento?
—En absoluto contento —reconocí; seguía receloso de abandonar mi escondite y enfrentarme a ella.
—Sal de ahí.
—Creo que prefiero quedarme aquí, pero gracias.
—Algún día tendrás que salir y dar la cara declaró, serena. Por alguna razón, sonreía.
Permanecí sin moverme del sitio, las manos apretadas con saña contra la rudeza del tronco, aguardando a... no sabría decir bien el qué.
—Castellan.
Me incorporé, sobresaltado. Aquella voz profunda no era la que se había dirigido a Thalía, hacía unos momentos. No era ni siquiera la fría que me había hablado hacía tan solo segundos. Se había tornado demasiado grave y potente como para pertenecer a una simple chica de rostro de escarcha. Era una voz capaz de dar órdenes a bosques y montes enteros, una voz a la que tuve que obedecer al llevar en su entonación el poder de doblegarse al Olimpo.
Finalmente salí del escondite, lentamente, al cabo de lo que me parecieron horas.
Artemisa me recibió de brazos cruzados. Sus ojos resplandecían, plateados, y entre las sombras y la expresión de su enjuto rostro hacía temblar de miedo al mismísimo suelo.
—Hola, Castellan —murmuró sin sonreír—. Me temo que tú y yo hemos de tener una pequeña charla.
—Vaya, vaya, mi señora —moví la cabeza, levantando las cejas, muy lentamente, obligándome a sonreír con la fachada de una burla que no sentía, por ir en contraste a su seriedad—. ¿Qué está haciendo aquí? —miré su carcaj y el gran arco que había hecho aparecer tras la partida de Thalía y Victoria y que llevaba cruzado a la espalda, así como el traje de pantalón color terroso de camuflaje que había sustituido al vestido de gala con el que había hecho su entrada en la fiesta—. ¿Tiene intención de irse a cazar un poco? ¿Usted sola? ¿Y no ha mandado invitación a sus hijas? Eso me parece feo, que lo sepa. Muy, muy feo.
—Ahórrate las tonterías, Castellan —la diosa de la caza meneó una mano y a lo lejos chasquearon cientos de ramas—. La que debería exigir un por qué soy yo, no tú.
—Creo que los dos sabemos por qué estoy aquí —hice ver, abandonando todo timbre bromista. Mi política habitual de soltar lo primero que me pasaba por la cabeza no había funcionado como la seda, precisamente.
—Ajá. Así que te has decidido a hablar con sinceridad, por una vez.
—Yo siempre hablo con sinceridad —me hice el indignado—. Es usted quien ha faltado a la verdad.
—¿Yo? Oh, por favor. Ilústrame con tal momento.
—A ver. ¿Por qué no le ha dicho a Thalía el plan que el Olimpo ha concebido en su nombre, sin esperar a su consentimiento? ¿Por qué no le ha confesado que la madre de la que espera cobijo absoluto, mientras le acaricia de frente con una mano, la empuja de espaldas con la otra?
—Valiente razonamiento —desdeñó Artemisa tratando de alterarme—. ¿Y por qué no se lo has contado tú? Al fin y al cabo, eres el otro implicado en el asunto, ¿no?
Sostuve la mirada en el punto de su pómulo, sin dejarme acobardar. Seguí mirándola con fijeza, sin dejar de sonreír. Pero por detrás de mi sonrisa burlona y petulante, detrás de mi aparente descaro, aleteaba mi indecisión, el miedo que nunca dejaba entrever.
—Me mandaron guardar silencio. ¿Recuerda? Hades, sobre todo.
—¿Es esa toda tu defensa?
—¿Y por qué no? —repliqué—. Las preguntas simples exigen respuestas simples.
—¿Y desde cuándo hace caso Luke Castellan a los mandatos? — —Paralizó mi lengua con sólo mirarme—. Ah, ya veo. Desde que teme el rechazo.
—Usted sabía que os espiaba —acusé en un susurro, haciendo caso omiso de su puya. La miré a los ojos, reprimiendo un escalofrío al detectar en ellos aquella fuerza que irradiaba de cada ente divino, y que siempre intimidaba a un mortal—. Lo sabía perfectamente. Lo supo desde el primer momento.
—Lo sabía —asintió Artemisa—. ¿Y? —Se encogió de hombros—. Me da igual. No has escuchado nada que no te podrías haber imaginado, ni has asistido a algo de otro planeta.
—No. La que ha asistido a algo de otro planeta fue usted. Bueno, algo no, alguien, ¿eh? que la pobre Victoria también es persona.
Cruzamos una mirada tensa.
—Deja las matizaciones semánticas para otro. No es tu fuerte.
Al final bajé la cabeza, rompiendo el contacto visual. No era capaz de soportar aquella mirada, la mirada de unos ojos más antiguos que el propio mundo.
—¿Y cuál es mi fuerte? ¿Thalía?
—Ni por asomo. Más quisieras. Lo único que pasa es que está confundida. Terriblemente confundida.
—Ni usted misma se cree eso —repliqué—. No me trate de absurdo.
—No lo hago. Pero no creo que tengas asegurada a esa chica ni la cuarta parte de lo que deseas creer. No te engañes. Porque... —se acercó, invadiendo mi espacio vital con su presencia. Su sombra se cernió sobre mí cuando me miró a los ojos—. Quiero que recuerdes que fue por ti, por huir de ti, por lo que me juró lealtad una vez. No se te olvide. ¿Quién quita que no se vuelva a repetir? Cuando la falles... porque seguro que la fallarás... se le disiparán todas las dudas que ahora pueda sentir a tu respecto.
—Ahí es donde te equivocas —refuté a Artemisa con voz suave pero segura, levantando de nuevo la cabeza—. ¿Aceptas que me considere un amigo?
—Tiene que considerarte algo parecido —respondió despacio, recelando de una trampa—. Aunque eso poco tiene que ver...
—Tiene mucho que ver —la acorté—. Tiene todo que ver. Somos amigos; volvemos a ser amigos. Y esta vez no pienso fallarla. Nunca más. Y aun siendo así... de todas formas, me sorprende que esté tan recelosa a lo mío con Thalía. ¿No se supone que los dos somos mestizos de una profecía que puede salvar al mundo? ¿Por qué resistirse?
—Porque tiene que haber un modo de salvar al mundo sin necesidad de ir sembrando mortales por ahí —desdeñó Artemisa—. Se lo he dicho en multitud de ocasiones a los demás dioses, pero sólo Atenea se muestra de acuerdo conmigo. Por eso estoy aquí. No para rebanarte el pescuezo, aunque ganas no me falten, aunque bien sepan los bosques que te lo mereces. Sino para vigilar por ella, por Thalía. Independientemente de la profecía, quiero que elija con conciencia de corazón, no con la lógica de la razón. Y ahí entras tú. Porque estoy segura de que vas a volver a lastimarla.
—Otra cosa que me escama —admití—, es verla tan predispuesta a acoger siempre trozos de corazones rotos. ¿Es que quiere hacerse uno con retazos, a falta de uno propio?
—Increíble, Castellan —dijo Artemisa cerrando los ojos, con la voz tan fría como una noche de tinieblas—. Increíble lo poco que haces que te soporte.
—He practicado bien todas vuestras enseñanzas, entonces, mi señora —le contesté sin inmutarme.
—Hazte un favor: déjalo estar.
—¿Es que sólo acoge a mestizas que no han tenido suerte en el amor? —persistí—. ¿Es que ese tipo de casos le son cercanos por una específica razón, un trastorno sufrido en el pasado?
—He dicho... —se acercó bruscamente y quedó cara a cara conmigo, tan cerca que vi mi reflejo en sus ojos plagados de coléricas estrellas, ojos azules y sobresaltados—. He dicho que lo dejes estar, Castellan. Nunca entenderás las razones que me llevan a acoger a una mestiza a mi amparo y no pretendo sentármelas a hacerte entender. Es algo destinado al fracaso.
—Eh... bueno, usted sí que sabe hacer que uno se sienta valorado, mi Se-ño-ra. —Bufé.
—No fuerces tu suerte, Castellan —advirtió secamente Artemisa, retirándose (menos mal) de mí—. Y volvamos al único punto que tenemos en común, y esta vez sin desviaciones.
—¿Thalía?
—¿Quién si no? No ha respetado todos los votos de mi juramento, a fin y al cabo.
—No. Porque ya no se siente del todo cómoda con él —repliqué.
Me asestó una mirada tal que creí que iban a crecerme pezuñas y cuernos de un momento a otro.
—¿Y eso lo has deducido de unos cuantos besos?
—Fueron más que besos. ¡Pensé que estaba echando un ojo al momento! —añadí, sobrado.
Entre nosotros, los árboles brincaron como si quisieran desvincularse del suelo que los apresaba y las plantas que nos rodeaban se volvieron locas y empezaron a agitarse, a bailar y a retorcerse como entusiasmadas lombrices verticales, por conciliarse con el humor agitado de Artemisa. Tal era el inmenso poder de la diosa de la naturaleza.
—Podrás besarla cuantas veces quieras, pero es su elección quien manda, quien cuenta, su elección final —continuó ella, ahora en un tono firme y tajante, como el toque de batalla de un cuerno—. Eres su amigo. Y quizá algo más. Yo soy su diosa, su protectora, su madre, su amiga. No necesita nada de ti.
Suspiré hondo y la miré, desafiante.
—El juramento que os liga es tan endeble como una hoja de papel —golpeé, tajante. Artemisa me miró con sorpresa y una chispa de admiración en la curva de sus afresados labios, mientras sus ojos y el resto de expresión de su rostro parecían transformarse en piedra—. Mantiene su inclusión en el grupo de cazadoras por la fuerza del respeto y los buenos recuerdos, pero entretanto es el amor, su amor por mí, y no sólo la amistad conmigo, lo que calcina esas ataduras que la entrelazan con usted.
—Ah, no. Quiero creer que hay algo más —repuso ella sin denotar emoción en la voz—. Aunque a eso solo hay una solución, Castellan —añadió, tan suave y peligrosa como el filo de un cuchillo—. Una posibilidad que no se te debe olvidar.
—¿Cuál? ¿Está relacionada con la batalla venidera?
—No. La guerra contra los monstruos es vuestra carga, no la mía. La mía es un puñado de cazadoras y cierta profecía que está tardando en cumplirse.
—Tan adusta como siempre —comenté, irónico—. Estoy en ello, ¿de acuerdo?
—Eso ahora mismo es secundario. Escúchame, Castellan. Escúchame, porque no voy a repetirlo dos veces. Escucha lo que quiero que hagas. Dala su espacio. Déjala en paz. Si obedeces... te valdrá la pena, créeme. Si no lo haces... si la obligas de algún modo a tomar tu senda sólo por tu orgullo de macho... si descubro que estás rondándola por simples directrices de la profecía, que sus sentimientos no te importan en absoluto como no te importaron en su día… te convertiré en mi próxima ave de caza.
Y algo en su tono de voz, algo oscuro y poderoso, me quitó de un estremecimiento de pies a cabeza cualquier duda que pudiera albergar sobre si estaba exagerando o no. Evidentemente, no estaba de broma. Artemisa quería que la profecía se cumpliera, pero no a costa del corazón herido de Thalía.
—¿Me has entendido? —preguntó ella cuando el silencio se prolongó.
—Sí —respondí en voz baja—. Completamente.
—Perdona... ¿cómo has dicho?
Alcé la cabeza, pero, una vez más, fui incapaz de soportar la fuerza de la mirada de la diosa que tenía delante.
—Sí, mi señora —me corregí—. Muy amable por su parte darme a elegir —añadí con descaro impertinente—. Si no le conociera, casi pensaría que queréis intimidarme.
—¿Yo? Sería una gran pena poder matarte con mi propio arco —contestó, y sonrió, peligrosa. Y no fue una sonrisa preñada en regocijo o bondad. Un gato hambriento frente a un ratón habría despedido más benevolencia que Artemisa en esos momentos—. Así que, ¿qué tal si te comportas como un chico decente, para variar? Nos ahorraría disgustos —la palabra disgustos sonó más cínica aún que el resto de la frase—, a todos.
De pronto una mota de luz blanca y cegadora apareció en el cielo, en medio de dos estrellas brillantes, a la par que la luz de la luna se iba intensificando, y el punto se fueagrandando hasta convertirse en un carro arrastrado por dos ciervos argénteos y hermosos. Me quedé muy quieto, observando con máxima curiosidad el carro celeste que volaba por encima de nuestras cabezas, perdiendo cada vez más altura. Tan absorto estaba en verlo aproximarse que no me di cuenta que Apolo se había materializado junto a Artemisa, hasta que me dio unos golpecitos en el hombro.
—¿Por qué a las chicas les gusta hacerse esperar? —inquirió—. Chicas mortales, mestizas, diosas... me estaba derritiendo de tanto aguardar en esa fiesta de locos a que regresarais.
—A mí no me pregunte. —Aparté a un lado su pregunta con un gesto de la mano—. Que no le engañe mi disfraz, ¿vale? sigo siendo tan del gremio masculino como usted.
—¡Uy, qué más quisieras! Nadie es como yo, Castellan, por supuesto. Nadie. Pero te concedo ese punto.
En ese momento, el carruaje aterrizó silencioso frente a nosotros. Artemisa se acercó a acariciar a los ciervos que lo arrastraban, quienes giraron los morros hacia ella, contentos al detectar su olor. Apolo se volvió hacia mí.
—¿Sabes? Lo he estado pensando. Ya no me caes tan mal como antes, chaval. Así que voy a hacerte un regalo. ¿Qué te parece?
—Emmm...
—Ya sé lo que vas a decir —me interrumpió Apolo—. Que no mereces el gran honor de un regalo por mi parte, sí, sí, sí.
—No, no, no. No iba a decir nada de eso. —Enganché los pulgares en las trabillas del pantalón, poco festivo, prestado por Thalía—. Más bien iba a preguntar a qué consideran ustedes los dioses un regalo. La historia no habla muy bien de vuestra generosidad en ese aspecto. —Y no necesitaba ir muy lejos; las recientes rimas de Clarisse eran prueba suficiente.
—Ah, ah, ah. —Blandió un índice perentorio frente a mi cara—. Los dioses no. ¡Yo!
—Eso es precisamente lo que más miedo me da —comenté, recordando ciertos pasajes mitológicos donde los dioses hacían regalos que ni la bruja de Blanca Nieves con su famosa manzana—. En realidad me temo que sigo en las mismas.
—¡Bah, bah, bah, no dramatices! Para dramas las del teatro, hazme el favor. Yo me refiero a algo divertido y provechoso, por supuesto. —Pasó una mano delante de mi cara, sin llegar a rozarme. Sentí un quemazón, luego un cosquilleo y, al final, nada de nada, aunque Apolo se veía muy satisfecho consigo mismo cuando proclamó—. ¡Voilá!
—Emmm... ¿gracias?
—Oh, no me las des todavía —me guiñó un ojo, lo que me preocupó aún más. ¿Qué se supone que me había regalado? estaba bastante desconcertado—. Eso sí, piensa en mí cuando lo disfrutes, ¿eh? —Se echó a reír con ganas, y sus carcajadas aumentaron al percibir mi desconcierto y ver que no me unía a su regocijo—. Bueno, hermanita, ¿nos vamos? —Aún con una sonrisa de suficiencia en los labios, se volvió hacia Artemisa.
—De acuerdo. El transporte ya está aquí. Cuando quieras.
—¿De verdad? —Apolo compuso una mueca de horror, extinguido todo deseo de reír—. ¿De verdad que tengo que montar en esa cosa insulsa?
—¡Tú sí que eres insulso! —Se indignó Artemisa—. Sí, tienes que subirte. Y no, ¿eh? a mí no me hagas pucheros.
—No pienso montarme en un carruaje de pinta medieval —le advirtió Apolo—. ¡Se supone que el desarrollo de los automóviles sirve para algo, por favor!
—¡No puedes ir en tu carro solar a estas horas de la noche! Piensa un poco, hermanito. ¿Qué dirían los mortales si las temperaturas subieran tan astronómicamente a estas tantas de la noche?
—Vale, vale. Pero al menos cambia la apariencia, no? Eso sí que lo puedes hacer. Conviértelo en un Mustang, por ejemplo. O mejor, en un Maserati descapotable.
—Oh, hermano, lo siento —Artemisa parpadeó con genuina sorpresa—. Sabes que mi carruaje no es tan molón ni está tan avanzado como el tuyo. No tiene tantos accesorios, caray. La otra opción son dos ponneys de color rosa. Si quieres...
Apolo me miró con frío gesto de indiferencia, como diciendo que no le importaba nada la burla no oculta en el tono de su hermana; como hermano mayor, él estaba muy por encima de esas cosas, no iba a dejarse picar…
—Es un hecho. —Padre tuvo que aburrirse mucho cuando te tuvo.
—O es esto o es esto... tú verás. —Declaró la diosa, acomodándose asiento en el interior del carruaje.
Tensó las riendas, amenazando con indicar a los animales que empezaran a trotar para luego alzarse.
—De acuerdo, tú ganas. Pero sólo porque a estas horas mi Escupefuegos anda echando la mona, ¿eh? que conste.
—Claro, claro. —Artemisa se volvió hacia mí—. Adiós, Castellan. Sé un chico bueno, ¿vale? y una chica aún mejor. Recuerda nuestro trato.
—¡Y mi regalo! —añadió en último momento Apolo, saludando con una mano. Artemisa lo miró, interrogante, pero él se limitó a sonreír, divertido—. Yo lo veo todo. ¡Así que sabré en qué lo empleas, bribón, recuérdalo!
Y con aquellas últimas palabras, los ciervos emprendieron el trote. El carruaje fue elevándose hacia arriba hasta que sus ruedas no fueron más que dos solitarias estrellas gemelas que flotaban muy bajo por el firmamento, y que brillaron justo encima de mi cabeza, en el vacío cielo de última hora de la medianoche. Dos luces refulgieron de repente con vida propia, negándose a extinguirse en el campamento; La refulgente llamarada envió un rayo dorado hacia el cielo, como si llevara un juramento a los dioses del paraíso. Levanté una mano para que me hiciera de pantalla. La luz del platinado carruaje me envolvió, los ojos me lloraron de escozor, la intensidad me provocaba mareo y dolor de cabeza, y en mis retinas cegadas el carro de Artemisa, junto con sus ciervos, se grabaron en negativo, negro proveniente del cielo sobre blanco, hasta que no pude soportarlo más y junté herméticamente las pestañas. Tras los párpados caídos, todo seguía envuelto en luz brillante, pero poco a poco la periferia volvió a ennegrecerse, el mar de oscuridad se extendió al resto del campo de visión, como debía ser en un mundo de ojos cerrados, la sensación de ardor se disipó. Cuando abrí los ojos, se produjo un fogonazo de plata en lo alto del cielo y el carruaje tiradopor ciervos, desapareció, llevándose al par de dioses de regreso a su Olimpo.
Cuando volví a la fiesta, no vi ni la sombra de Thalía por ninguna parte. Aunque sí localicé enseguida a los dos sheks, apartados en un lateral, hablando de nuevo.
—Así que has vuelto. ¿Quieres beber algo? —ofreció Christian al verme llegar—. Iba a ir ahora a por un refresco.
«¿Qué tal una taza de tendrías que habernos dejado terminar?», pensé. «¿O a lo mejor un vaso extra grande de tu inoportunidad apesta?».
Él sonrió, una mueca escasa de humor.
—Sí, de nada por el aviso.
Enrojecí. Ahí sí que tenía razón el chico. Estaba siendo un desagradecido.
—Eih, sí. En cuanto a eso... ¿nos estabas espiando?
—¿Porque no tenía nada mejor que hacer? —me dirigió una mirada que rezaba: estás mal de la cabeza—. ¿Me ves con cara de Voyeur o qué? Puedo comunicarme con cualquier persona, animal o ser pensante. A cualquier momento, estén haciendo lo que estén haciendo en ese momento. De todas formas, las gracias dáselas a Victoria, no a mí. Ella fue quien me pidió que os avisara. Y, para tu información y si por algún casual eso te hace sentir mejor, nosotros también fuimos inoportunamente interrumpidos.
—Me hace sentir de maravilla —sonreí, malicioso—. De mil maravillas. Y respondiendo a tu pregunta de antes —continué—, no, no quiero beber nada. Quiero, eso sí, que...
Pero en ese momento, apareció Jack. Shizuko arqueó las cejas en un gesto que apuntaba su intención de saludarlo duramente. Rebullí intranquilo, pero no se me ocurrió nada que decir para cortar un posible enfrentamiento. Fue el propio Yandrak quien me ahorró el esfuerzo.
—¿Alguno sabe adónde han ido las cazadoras? ¿Bueno... Victoria? —Se dirigía a mí y a Christian, tratando de no entablar contacto visual con Ziessel—. Los dioses han regresado a su Olimpo, muchas de las cazadoras están de vuelta en la fiesta, también, las he visto. Pero Victoria no aparece. Y Thalía tampoco —mencionó a la hija de Zeus como de improviso; tal vez eran amigos, pero para él quien significaba e importaba más era Victoria—.
—¿No están aquí? —Un pánico repentino hizo que olvidara toda precaución. Sin darme cuenta de lo que hacía, lo agarré por las mangas y lo obligué a retroceder un paso mientras lo miraba con apremio—. ¿Cómo es que no están aquí? Jack, ¡terminaron la reunión con Artemisa hace más de media hora! Las cazadoras. Y más tarde Thalía y Victoria. Iban juntas y... Oh, porras, yo..., yo...
—Tranquilízate —pidió Jack, que me soltó las manos crispadas de su chaqueta con suavidad—. ¡Sagrado Aldun, no era mi intención asustarte así! Las cazadoras llegaron hace tiempo, aunque no quisieron decir una palabra de dónde habían estado, dónde estaban las dos compañeras que les faltaba y qué les había dicho Artemisa. Al menos, a mí no. ¿Por casualidad lo sabes tú? —Creí mantener el gesto impasible, pero Jack me escrutó y sonrió—: Lo suponía. Cuando te vi desaparecer, a penas minutos después de la retirada de Artemisa y sus hijas, supuse que te proponías a seguirlas. ¿Lo conseguiste? ¿Averiguaste algo? ¿Alcanzaste a oír qué les decía?
—Eso mejor que te lo cuente Victoria.
—Bien pensado... ¡si supiera dónde está!
—Dicho de otro modo —intervino Christian, acercándose, con Shizuko sin separarse de su sombra—. Ninguna de ellas supo nunca que las espiabas. Sólo la diosa te descubrió.
—¿Hay algo que tú no sabes?
—Es evidente.
—Y esa evidencia te da para que nos digas dónde está Thalía? ¡Y Victoria, cómo no; y Victoria! Si es que lo sabes.
Él nos miró, larga y fijamente. E iba a contestar cuando Clarisse hizo su estelar reaparición:
—Nada de hablar. ¡Festejad, festejad! —entonó; su tono era cantarín, su postura, puesta en jarras, indicaba que buscaba desahogar su frustración con quien fuera—. Música, pista... ¡gente, a bailar!
**.
La resaca de la fiesta nos duró dos días. La vida campista volvió a asentarse en la monotonía: entrenamientos, preparativos de batalla, esas cosas que siempre alegran el cuerpo a uno (nótese la ironía). Y a eso se añadía otra mala costumbre retomada: Thalía volvía a ignorarme.
Pero un día más tarde, tras salir antes de tiempo del comedor, al abrir la puerta de mi dormitorio, tuve que frenar en seco. Tenía visita.
—¡Annabeth! —conseguí exclamar al borde del colapso. Aferré con más fuerza a Backbiter, que aguardaba en mis bolsillos, no para desenfundarlo sino para intentar tranquilizarme—. ¡Casi me matas!
Ella levantó la cabeza con calmosa parsimonia, como si tuviera todo el derecho a estar revolviendo en los artículos personales que había esparcidos sobre la mesa, y se arregló la caída de la camiseta tras tomar asiento en la cama.
—Vaya, creí que me habías percibido —respondió ella moviendo sus cabellos de color dorado—. He dejado la entrada abierta de par en par, a sabiendas. ¿De qué te asustabas?
—Bueno, es mi dormitorio; uno que no comparto con nadie, para mayor señas —la regañé recuperando el aliento—. Lo lógico es que me sobresalte e inquiete si llego y lo encuentro abierto y todo a la vista, cuando sé que cerré bien al salir.
Annabeth levantó una ceja.
—Así que estamos de mal humor, ¿eh? —luego me echó un vistazo con una sonrisita—. Entonces la… próxima vez —recalcó las palabras con intención—, asegúrate de echar la llave al salir.
La observé echando chispas.
—Eres increíble. —me pasé los dedos por el pelo, aún batallando con lo que me quedaba de sobresalto—. Ahora entiendo eso de que la confianza da asco.
—¿Ah, sí? Bueno. Está claro que no todas las mentes discurren al mismo ritmo.
«Ja, ja».
—Te ofrecería un asiento, pero veo que ya te has hecho con uno por tu propia cuenta.
—Soy una chica de recursos —respondió en un timbre melodioso y agradable—. ¿Y bien? ¿No pasas?
—Annabeth... ¿no tienes habitación propia? —pregunté finalmente, traspasando el umbraly cerrando la puerta, observando a la rubia sentada de piernas cruzadas en el borde del final de mi cama, pasando las páginas del libro de viaje, el libro que no era un libro sino un portal para la invocación de los dioses.
El sobresalto por ver el volumen en sus manos hizo que me estremeciera de arriba abajo. Hasta el último pelo de mi cuerpo se quedó de punta, e incluso el corazón me palpitó como si fuera un pájaro carpintero en plena jornada.
—Si, pero tu cama es mejor.
Con disimulo, eché un rápido vistazo al cuarto para comprobar si había dejado fuera algo que no debía estar a la vista, tipo calzoncillos u otra prenda de género masculino.
—Pues le diré a Silena que te pida una igual —dije, guasón, intentando mantener la compostura y no mostrar mi nerviosismo ante la visión del libro de portales de los dioses en manos de una hija de Atenea.
—Cuando lo hagas, por favor, pídele que añada un volumen como este. —Escudriñó atenta una página—. Mi mesita tiene libros, pero ninguno tan peculiar. Números —pasó otra página—, números —le dio la vuelta a una hoja—, números, números, números. —Me miró por encima del lomo, cejas arqueadas, nariz dilatada por la extrañeza, ojos inundados con la agudeza de un halcón—. Y el resto en blanco. ¿Significan algo?
Un hormigueo en la espalda hizo que moviera los hombros, intranquilo, pero digerí su pregunta con tanta calma como me fue posible y me senté en una de las sillas adyacentes a la mesa redonda de madera pulida con mantel de encaje azul, con una pierna doblada sobre el asiento y la otra estirada ante mí.
—¿Ah, te refieres a a parte de mi interés matemático? —Respondí sin dar relevancia a su pregunta, aunque por dentro ardía de deseos de acercarme a zancadas para arrancarle el tomo de las manos antes de que se le ocurriese la genial idea de leer en voz alta algunas de las fechas que ahí aparecían—. Porque, francamente, no le doy más utilidad que esa. No veo qué otra cosa, a parte de la obvia, puede significar.
—A mí esto no me parece problemas matemáticos de ningún tipo. —Lo dijo con tranquila certeza, un reconocimiento pleno de algo natural y justo que me hizo estremecer—. Más que nada porque les faltan los símbolos de más, menos, división, ecuación, etc, etc, etc.
—¿Otra sospecha? —Musité con sarcasmo—. Estás que te sales últimamente, ¿eh?
—Eso no responde a mi pregunta —replicó—, y no creo que te haya preguntado nada que otra persona en mi misma situación no quisiera conocer. —Bajó la vista al volumen. Frunció el ceño y luego alzó de nuevo la cabeza—. ¿A qué viene tanto sarcasmo y tanta evasiva si sólo es un libro lleno de cifras?
—¿Por qué todo en el mundo tiene que tener un significado para ti? —Ataqué a mi vez—. Y oculto, encima.
—No sé si todo en el mundo —encogió un hombro—. No me arriesgaría a hacer tal afirmación. Pero sé que esto —dio unos golpecitos con el índice en la página abierta del libro—, sí lo tiene. Aunque ahora no lo capte. No logro ver el factor común; no uno en concreto.
—¿Y no has llegado a pensar por un momento, no sé, eh, que si no has detectado factor común es porque no hay nada que averiguar? Digo yo que eso es la respuesta lógica.
—Esa no es la respuesta más lógica. Es la más fácil.
—Hay un dicho —continué—. «No hurgues en unos bolsillos mientras no sean bolsillos para ti». Deberías tenerlo presente, Annabeth. Así como a «la curiosidad mató al gato». Piénsalo.
—También hay otro muy importante —sonrió, sagaz—. «El pez muere por su boca». ¿Lo conoces? ¿Sí? Pues cuidado con lo que adviertes; mejor aún, en cómo adviertes. Puedes estar dándome más pistas de las que crees.
—Especular sin disponer de hechos probados resulta de necios consumados —apunté, sosegado—. O de gente con gran instinto paranoico. ¿Cuál es tu caso?
—Las hipótesis nacen también de las sospechas. Y muchas de ellas acaban después convirtiéndose en teorías confirmadas. Ese es mi caso.
—¿Así que sospecharás y verás fantasmas donde no los hay, sobre mi libro, ¡sobre algo que no es tuyo! lo quiera o no? —Resumí con voz inexpresiva a fin de hacerla comprender que estaba cometiendo un error, pero ella no se dio cuenta de mi insinuación y asintió con la cabeza—. Aunque te haya dicho que esos números no son más que planteamientos de cálculos a resolver. Como las adivinanzas. ¿Sabes que hay adivinanzas con números, verdad? Aunque crea que es una innecesaria manera de perder el tiempo, tiempo que no sobra en este campamento, precisamente. Pero en fin... Como sea. —Suspiré, moviendo los hombros como diciendo: «allá tú con lo que haces».
—Tal es el instinto de una hija de Atenea. Derramar la luz del conocimiento sobre la sombra de los misterios.
—Eso es muy bonito —comenté con sorna, creyéndolo a pies juntillas—. cursi, sí, pero precioso. De enmarcar en una dedicatoria. O como epitafio en la tumba de un descendiente de Atenea.
Naturalmente, Annabeth se encrespó.
—Deja de burlarte. ¡Es la verdad! Es nuestro sino.
—¿Qué haces aquí? —la interrumpí con algo de brusquedad. Había sido un día difícil, entre la recogida de los restos de la fiesta, los añadidos preparativos de la batalla, la búsqueda de Thalía... no me sentía con el suficiente humor de confrontar la suspicacia, siempre avizor, de Annabeth. Y el saber que Thalía volvía a esquivarme no hacía sino agraviar mi irritación.
—Aquí hay más secretos que... —hizo un gran esfuerzo y apartó el libro a un lado, devolviéndolo a la cama—. ¿Qué hago aquí? —Repitió, haciendo a un lado mi estallido de mal humor—. Bueno. Al ver que no volvías pronto al baile, el otro día, di por hecho que te saliste con la tuya. —Se echó un poco hacia adelante; el espacio que separaba la cama de la silla donde estaba sentado era lo bastante reducido para que con ese gesto llegara a posar la mano sobre mi rodilla. Un cosquilleo me estremeció—. ¿Acierto al suponerlo?
—Ajá. —Simulando que quería rascarme, moví mi pierna hacia la derecha, retirándolo de su contacto—. Supones bien.
La miré, esperando a que se explicara de verdad. Pero Annabeth resopló e inquirió, impaciente:
—¿Y bien?
—¿Y bien, qué?
—¡Qué oíste!
Me reí, divertido. Sabía que Annabeth intentaría sonsacarme hasta el último grano de información.
—¿No eras tú la que decía que espiar a una diosa está mal?
—Sí. Pero es que resulta que algo le dijo esa diosa a mi amiga. Y ha debido de ser algo duramente fuerte para ella, porque desde entonces está que no está.
—¿Te refieres a Thalía?
—Preguntar algo obvio es señal de estar pensando en otra cosa para ganar tiempo y ocultar la respuesta verdadera que se está pidiendo. —Su mirada se tornó especuladora—. ¿Qué pasó en esa charla con Artemisa? Quiero que me lo cuentes. Que me lo digas todo.
Lo medité por un momento y luego me encogí de hombros. ¿Por qué no?
Está bien, te lo contaré. Los ojos de Annabeth me taladraban, astutos e impacientes.
Empecé relatando lo de mi escapada por la ventana del cuarto de baño y seguí con todo cuanto había visto en la reunión de las cazadoras al completo, así como las reacciones de la diosa al oír las palabras de Alayne, Selise, Caramanchada y demás. Le hablé del agradecimiento de la diosa a Victoria y el buen papel que estaba haciendo como supuesta hija de Artemisa; en ese punto no me corté en lo más mínimo. Si algo tenían los hijos de Atenea, es que eran perspicaces por naturaleza; cualquier cosa que a mí se me habría pasado por alto, ellos lo cazarían al vuelo y sin devanarse mucho los sesos.
Sus hermanas la acusaron frente a la diosa de no estar priorizando a las cazadoras —conté—. Más aún, la acusaron de estar abandonándolas, relevándolas, relegándolas a un séptimo plano. Artemisa le preguntó si era cierto, Thalía dijo que sí y, por ello, Artemisa le dio un ultimátum...
Después le conté a Annabeth que Artemisa me había descubierto; repetí la amenaza que la diosa había proferido en mi contra, la de convertir mis huesos en sus próximas flechas de caza. No obstante, cambié levemente la historia; le dije a Annabeth que Artemisa me lo había dicho directamente a mí, y no a Thalía. Así mismo, omití la parte en que ambas, diosa e hija, hablaban de mí. Tan sólo le dije a Annabeth que el ultimátum se debía a que Artemisa había advertido que la entrega de Thalía ya no era tan total e intachable como antes, y no por las acusaciones de dejadez de cargo por parte de las cazadoras, sino porque había comprendido la batalla de deber y querer que se libraba en el interior de Thalía. Todo lo demás lo expuse tal como había sucedido, aparición de Apolo y despedida de ambos dioses en el carro de la luna, por supuesto. La voz me temblaba cuando acabé de hablar. Y Annabeth ya estaba echando cábalas antes de que pusiera punto y final al relato de mi espionaje.
—Interesante —musitó cuando terminé.
—Yo no calificaría de interesante ese ultimátum de Artemisa a Thalía —repliqué secamente.
—No me refería a eso, sino a lo que dijiste antes, que ella misma lo admitió. Admitió que sus hermanas tenían razón. Admitió que ya no se siente tan a gusto siendo una cazadora. Admitió, entre líneas, que su lealtad ya no está en un único cesto, el de Artemisa.
—No lo había mirado de ese modo. —Mentí—. Efectivamente, algo de interesante sí que tiene. —Mantuve un tono tranquilo. Aunque acababa de contarle que, efectivamente, los sentimientos de Thalía estaban divididos, era imposible que achacara esa división a mí. ¿Verdad? Bueno, las cazadoras lo habían hecho... en cierto modo.
Ellas me culpaban de monopolizar el tiempo de Thalía, no de haber ganado su afecto. Pero Annabeth podía ir más allá, más con ese su empeño en creer que yo andaba detrás de un amor imposible, como era el pretender a una cazadora. Amor que era imposible por la condición de éstas a la ciega fidelidad a su diosa, condición que, con mi relato de los últimos acontecimientos, podía estar poniendo en entredicho. No lo creía probable, pero me recordé que la chica era una digna hija de Atenea. Como si necesitara recordármelo teniendo ante mí aquella hermosa sonrisa curvada por ideas no pronunciadas, esos grises ojos serenos que me contemplaban como si conocieran todos mis secretos.
—¿Sabes? —musitó suavemente—. Sé de alguien que puede ayudarla a salir de ese debate interno.
—¿De veras? —Repetí, igualando la afabilidad de su tono—. ¿Y qué haces aquí que no vas a intentarlo? Thalía necesita contar con todo el consuelo de sus amigas en este momento. Dudo que pueda contar con el apoyo y consejo de sus hermanas cazadoras. Pues, por lo visto, tampoco es que haya mucha lealtad entre ellas.
—Cierto. —La mueca en la que se curvaron sus labios casi estuvo a punto de desembocar en una risa divertida, pero se contuvo a tiempo—. Necesita un hombro donde descansar la cabeza, unos oídos que escuchen su dilema. Y cuantos más, mejor. —Me miró con intención—. ¿Eres su amiga, Lucy? ¿O están tus hombros y oídos demasiado ocupados como para ponerlos al servicio de alguien que los necesita?
Tuve que poner gran empeño en no demostrar mis deseos de ir corriendo en volandas, a buscar a Thalía. Ya bastante tenía con las continuas sospechas de Annabeth sobre mis sentimientos por ella; no necesitaba echarle más fuego al asunto.
—Y, ya que hablamos de hombros y oídos amigos —dije en actitud coloquial, negándome a responder a su pregunta; al menos no todavía—. ¿Qué hay de ti? Tú eres su amiga. Su mejor amiga. ¿Si no te confía a ti sus cosas, qué te hace pensar que a mí sí? —Estiré las piernas con deliberada despreocupación—. En comparación contigo, yo soy una persona extraña en su vida.
—Puede... —concedió sin pestañear siquiera ante mi actitud indiferente—. Pero a veces nos confiamos más ante los extraños que ante aquellos que nos conocen de cabo a rabo.
—Así que era eso. Quieres que vaya a hablar con ella. Con una persona que lleva días esquivando a la gente. Con una persona cuyo genio estará al rojo vivo y que saltará en cuanto sepa que fui testigo de la gravedad que hoy en día le trae de cabeza.
—Bah. Nada nuevo bajo el sol —aseguró Annabeth—. Peor se comportaba contigo cuando acababa de llegar y, fíjate, te saliste con la tuya. Acabasteis siendo amigas.
—¿Eso crees? ¿Crees que somos amigas?
—Creo en lo que veo —dijo, firmemente—. Y veo amistad en el modo en que os tratáis. ¿Irás a hablar con ella?
—Ya veremos. —No estaba dispuesto a comprometerme en nada, aunque tenía la intención de hacer precisamente lo que me estaba pidiendo, y no por ella, sino por decisión propia—. Ahora, si me disculpas... —señalé la puerta del baño, elocuente.
—Oh, ya veo. Annabeth se puso en pie—. Te dejo que te... ¿duches? ¿Peines? mejor no pensar en las otras opciones.
—No. —Una risa chispeó en mis labios—. Será mejor que no.
—Eso pensaba. —Se inclinó y recogió del colchón el tomo, portal de los dioses—. Bueno. Me lo llevo....
—Deja ese libro donde está, Annabeth.
—Creí que no te importaría prestármelo —protestó—. Sólo quiero echarle una ojeada y... —cayó de pronto. En una de las páginas, antes inmaculadamente blancas, había aparecido otro número. Otra fecha. Annabeth se acercó el volumen a la cara, emocionada—. ¡Mira! ¿Has visto eso? Esto no estaba antes. Es otra cifra. El doscien...
—¡No! —Sesgué sus palabras con un rápido tirón del libro y un lanzamiento certero de éste tras arrebatárselo de las manos, de vuelta a la mesita de noche. Me volví hacia mi amiga, tratando de retener a raya el miedo y la furia, aunque ambos sentimientos crecían en mi interior como vapor en una tetera calentándose—. Ten cuidado la próxima vez, Annabeth. —Lo dije con doble sentido: cuidado con lo que decía y cuidado por algo que no podía explicar, ni siquiera aunque acababa de presenciar una muestra de que ella tenía razón, de que el libro era más que un libro con cuentas matemáticas o acertijos numéricos —. Deberías ser más prudente. Y cuidadosa con las cosas que no son tuyas.
Los ojos grises de la chica escudriñaron mi rostro con atención, como si hubiera captado un significado más profundo en mi advertencia.
—Tienes razón —dijo finalmente—. Lo siento. Gracias por el consejo. —Esbozó una sonrisa, casi igual a la cálida habitual que yo tantas veces la había hecho esbozar, y que tan bien recordaba desde niños, pero saltaba a la vista que era forzada—. Supongo que será mejor que regrese a mis cosas. Más vale que vuelva a la sala de entrenamiento si no quiero quedarme retrasada con Clarisse —hizo un mohín—, no más de lo que ya me supera.
—Sí, supones bien.
La acompañé hasta la puerta, decidido a que se marchara de una vez.
—Ya... nos vemos.
Ya empezaba a darse media vuelta cuando se detuvo junto al marco de la puerta; pensativa, se mordisqueó el labio inferior, y esbozó una agradable sonrisa cuando musitó de soslayo :
—Lo siento, Lucy. Siento haberme puesto pesada y encima con algo que no me correspondía. Metiendo las narices donde no me llaman. ¡La curiosidad, que me llama siempre! —Se rió entre dientes mientras se daba golpecitos en un lado de la frente—. ¡Estos genes de Atenea que no me dejan descansar...! Perdóname.
Respondí con una sonrisa y un desairado encogimiento de hombros.
—Perdonada.
—¿Amigas? —me tendió la mano.
—Por supuesto. —Se la estreché.
—Pues entonces ven aquí y dame un beso, ¿no?
—Emmm... ¿un beso?
—Mejilla contra mejilla. En un acto simbólico de reconciliación y paz.
Sin apartar los ojos de los de Annabeth, reflexioné brevemente y, al fin, me incliné y le planté dos besos en la cara.
—Gracias por aceptar mi gesto de paz, Lucy —agradeció Annabeth, toda sonrisas y ojos de halcón.
—Si no deseas nada más... —volví a señalarle el hueco de la entrada por donde podía retirarse.
—¡Oh! Pues claro que sí. Ahora es mi turno. ¡De darte dos besos! —explicó, riendo, ante mi confusión.
Cuando se apartó, soltó el aire como si hubiera estado conteniendo la respiración. Sin venir a cuento, alargó la mano y palpó la zona de mi mejilla donde acababa de plantarme el beso. Fue instintivo: hice un eco de su gesto, y tuve que morderme el interior de las mejillas al percibir en los dedos lo que Annabeth había sentido primero en los labios, después en la mano.
¡El maldito regalo de Apolo!
Nos miramos intensamente unos momentos más que parecieron siglos, cada uno sin decir una palabra y petrificados en el sitio. Hasta que Annabeth, finalmente, apartó la mirada, dando también unos cuantos pasos hacia atrás.
—He de irme. —Señaló con un gesto nervioso de la cabeza la puerta de la habitación. Se la notaba algo alterada—. Ya... nos hablamos. Más tarde. Sí, sí. Será mejor eso. Que me vaya. —Hablaba atropelladamente, enredando y desenredando un mechón de pelo rubio en un índice inquieto que no cejaba en dar vueltas sobre sí mismo.
—Annabeth... ¿estás bien? —sabía que no estaba bien. Pero, ¿qué otra cosa preguntar cuando intuía que su cerebro había hecho finalmente clic?
Ella pegó un brinco, y para disimularlo, sonrió, aún más nerviosa.
—Por supuesto que estoy bien —aseguró—. Muy bien. Estupendo. Mejor que nunca. No me pasa nada. De verdad. Soy la misma de siempre. Al igual que... tú. —Cayó, notando que estaba hablando de más. Se quedó ahí, enfrente de mí moviendo los pies con clara incomodidad.
—Annabeth... Carraspeé, haciendo que alzara el rostro—. Relájate. Sólo te he dado un consejo de amigos. No pienso atentar contra ti por un simple error, por los dioses. ¡Ni que tuviera carácter asesino! No tienes nada que temer. De mí no.
—Lo sé —su tono no denotaba tanta seguridad—. Lo sé —repitió, esta vez con más confianza—. ¿Por qué habría de temerte? Eso sería muy exagerado, y encima por algo tan nimio como un consejo. —Soltó una risita algo chillona e histérica que cortó rápidamente, toqueteando las cuentas de su collar diario—. Me he acordado de algo, eso es todo, algo que no tiene que ver contigo. Palabra que sí. ¿Somos amigos, no? Los amigos no se temen. —Suspiró, lentamente—. Los amigos se ayudan y salvan. —El sobresalto pareció resbalar por los hombros de Annabeth, que se irguió cuan alta era para enfrentar de nuevo nuestras miradas—. Los amigos incluso pueden ser familia. —De repente dio la impresión de que me veía por primera vez, y su sonrisa se tornó sincera—. ¿Sabes? Deberías llevar el azul más a menudo. Te sienta bien... Lucy.
Apoyé la espalda en el dintel de la puerta. La picazón entre los omóplatos era ahora tan fuerte que tenía la sensación de que una fila de hormigas estuviera bajando en desfile lento por mi espalda.
—Emmm... ¿gracias?
—N—no hay de qué. Bueno, y ahora sí, me voy. La sala de entrenamientos me espera. Gracias por todo. Por cierto... —Una vez en el vaho de la puerta, se volvió—. Una última cosa antes de irme. Por si te interesa, estaré allí hasta la puesta de sol. ¡Con Thalía!
Mientras la veía alejarse caminando con un estilo muy parecido a la fresca gracia de un delfín, tan aprisa que poco le faltaba para echar a correr, más parecía querer poner distancia cuanto antes entre nosotros, reparé en que estaba sonriendo como un bobo por su última frase, y de inmediato dejé de hacerlo, sobresaltado por la comprensión que me asaltó.
«¡Que los dioses fulminen el sexto sentido de las mujeres!», rezongué para mis adentros. Más aún: «que fulminen la agudeza de Annabeth».