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Historia 126109 — capítulo 37

Disclaimer: ¡Alto! ¡Cállense, dejen de gritar y de perseguirme! Vale, está bien, lo confieso. Quítenme los focos y bajen esas cámaras y alcachofas, que yo no soy Laura Gallegos, ni Riordan Rick, por favor.

-…-…-

Vi con interés como se detenían en mitad de la pista y cómo Jack tomaba la mano de Rachel, más preocupada en vigilar que Lee los viera bailar y decidiera marcharse, que en el chico que se disponía a bailar con ella. Cada uno colocó la otra mano en la cintura del contrario y empezaron a moverse al ritmo de la canción, moviendo los labios en una conversación que el sonido de la música engullía sin contemplaciones.

No habían transcurrido ni cinco segundos cuando Lee volvió a mezclarse con la gente, desapareciendo una vez más, echando humo. Casi pude ver el vapor que salía de sus oídos.

Rachel y Jack continuaron bailando, hablando y riendo, de todos modos. Hasta que la canción llegó a su fin y ella se apartó de él y ambos tomaron rumbos distintos, ella de vuelta a donde estábamos y él en direcciónopuesta… siguiendo una silueta de melena oscura.

-…-…-

Capítulo 36: Entre bailes.

-…-…-

Entre tanto, Christian y Shizuko se hablaban con la mirada, seguramente haciendo gala de esa telepatía, esa capacidad tan de sheks de comunicarse de mente a mente. Los espié desde el rabillo del ojo. Parecían a gusto juntos, dos elegantes semidioses, sobrenaturales, eternamente fríos, gráciles y bellos. Parecían hechos la una para el otro y, no obstante, a él sólo lo había visto sonreír, sonreír de verdad, ante una chica de grandes y luminosos ojos oscuros.

—¡Eih, chicos!

Cuando Rachel llegó hasta nosotros, iba flanqueada por tres nuevas acompañantes, Annabeth, Silena y su 2.0. Era la primera hija de Artemisa que veía en toda aquella fiesta. Era una chica dinámica, con un aspecto saludable, atlética y con una amplia sonrisa estilo miss mundo pintada en la cara. Poseía el tipo de belleza deslumbrante que es imposible negar del mismo modo que no se puede mirar directamente al sol sin entrecerrar los ojos. A ello se sumaba que iba ataviada con un vestido ceñido de satén azul con falda muy mini, algo que le sentaba muy bien a sus largas piernas, todo hay que decirlo; al resplandor de la luz la corta tela brillaba con un matiz plateado; sus movimientos eran gráciles, como los de una bailarina, incluso cuando lo único que hacía era mantenerse erguida.

-¿¿Y Jack? -le preguntó Christian a Rachel.

-Ha ido a pedirle a Victoria que baile con él antes de que alguien se le adelante -respondió ella.

Vi a Jack abrirse camino entre la multitud y pensé que probablemente la vida sería más sencilla si me pareciese mas a él.

Miré de reojo a Silena, a ver cómo se tomaba la información de que un chico fuera a sacar a bailar a una de sus hermanas juramentadas. No daba la pinta de sentirse molesta en absoluto; todo lo contrario. Aunque se mostraba coqueta y digna hija de Afrodita,también observaba con atención todo lo que ocurría a su alrededor con esa naturaleza minuciosa y suspicaz tan propia de las cazadoras. Aun así, una sonrisa sincera hendía su rostro retocado con un elaborado maquillaje, y por lo que las conocía a todas, sospeché que ella iba a ser la única cazadora dispuesta a sentirse en su salsa en aquel ambiente de fiesta adolescente, con chicos adolescentes. Llevaba en una mano una copa de cristal llena a medias de un cóctel color azul, donde navegaban trozos de cerezas. Sus ojos, tan idénticos a los de Silena y a la belleza que les daba gen de semidiosas, recorrieron al grupo de uno en uno, reconociéndolos sin duda alguna. Pero cuando llegó a mí, frunció el ceño y esquivó mirarme.

—¡Hola! —Saludó a su lado la culpable de mis pintas de feme fatale, elevando la copa de ponche a los labios a la par que la voz—. ¿Buena fiesta, a que sí?

—Mira quien viene —gruñó Christian, igual de entusiasmado que yo cuando la reina del baile salió del fulgor de vestuario y perfumes que inundaba la pista de baile y nos sonrió—. Silena.

Ella se detuvo un momento, adoptó una pose teatral para su público tristemente apático y después, meneando la mano, dispersó nuestras miradas poco entusiastas, y preguntó:

—¿Quéhacéis aquí, apartados?

Nos dedicó -es decir, le dedicó a Shizuko- una sonrisa tensa, a lo que la japonesa respondió con una expresión insondable.

—Hablar —contesté—. ¿Y vosotras? —Pregunté, y me dirigí especialmente a Silena—. Suponía que tú y Beckendorf estaríais bailando hasta el amanecer.

—¿Es que no te alegras de verme? —inquirió ella, haciendo ademán de ir a arreglarme algo en el vestido; la mirada que le lancé fue tan incendiaria que desistió del ademán, con un mohín de burla en los labios.

—Siempre me alegro de verte.

—Mientes. —Se encogió de hombros, despreocupada, y musitó—. Pero me da lo mismo. Estoy tan contenta por tu look que te lo consiento.

—Una preguntita —intervino Selise—, de educación: ¿alguno de vosotros quiere probar el morocón?

Christian la miró con desconcierto y yo levanté una ceja.

—¿Merece la pena preguntar qué es eso?

—Umm, seguramente no —recelé.

De nuevo volvió a ignorarme.

—Es un cóctel —aclaró Silena, señalando el vaso con líquido azul que la otra consumía a largos tragos—. ¿Quieres probarlo? Está muy bueno. Pica y amarga a la vez, pero...

—¿Dónde habéis dejado a los churris? —pregunté, prefiriendo no seguirle el juego a Silena. (Por seguirla el juego estaba como estaba, maquillado y retocado de pies a cabeza con un vestido y unos tacones de tortura. No; mejor distraer su atención).

—Han ido al servicio —contestó por ella Annabeth, situándose a la altura de Christian y echándole una mirada evaluativa de pies a cabeza; de su mirada deduje que lo encontraba tremendamente atractivo, pero se abstuvo de todo comentario a su chaqueta de alto diseño y elegante seda—. Luego volverán con nosotras.

—De todas formas —comentó Selise mordiendo con delicadeza un emparedado—, no sé qué veis en el amor. No es más que una esclavitud sin sentido. Menos mal que el juramento me libra de ése sinsentido.

Fruncí el ceño, pero Selise siguió sin mirarme.

—El juramento no te libra de eso —desmintió Annabeth, abrupta, procurando por alguna razón no mirar siquiera de reojo en mi dirección—. Y de todos modos, ¿no se supone que lo que sientes por tu diosa es justo, amor?

—¡Qué bien te ha replicado! —dijo Rachel a la otra cazadora, contenta a pesar de todo, alegre como si hubiese conseguido liberarla del todo de las ideas no Artemisa que la habían atormentado.

—Amor de madre —replicó Selise.

—¡Eih, esa es una canción! —Exclamó Rachel, limando posibles asperezas—. De un grupo de bachatas conformado por mortales, o aventureros, o algo así... —se cayó y sonrió con inocencia ante la cara de Selise—. Bueno, sólo lo dejo caer.

—Estupendo. Pero la próxima vez deja caer algo más interesante. —Se volvió hacia Annabeth—. Por supuesto que toda hija de Artemisa siente amor por Artemisa. Eso es de cajón, por favor. Pero es amor de diosa, amor de una hija hacia su madre. No es en plan romántico, que es a lo que me refería con mi comentario.

—Oh, de acuerdo. Aunque sigo pensando que es desafortunado hacerle una crítica del romance a una persona enamorada hasta el tuétano.

—Las críticas nunca están de más —aportó Christian, logrando por consiguiente que la atención de la hija de Atenea recayera de nuevo sobre él.

—Vaya, si hasta estás aquí, en la fiesta, de cuerpo y mente presente. Yo creía que a estas alturas estarías subido a las paredes, cansado de socializar y escondiéndote de la gente.

El shek se quedó callado un momento. Sus ojos azules, inexpresivos y diáfanos como un espejo, no reflejaban nada, ni siquiera luego, cuando sonrió muy levemente y musitó:

—¿Me estás tentando?

Annabeth sonrió con forjada alegría.

—¿Lo hago?

—Bastante bien —admitió Christian, en una mezcla de peligro y humor—. Aunque discúlpame, si resisto un poco más a tu tentativa. Tengo mis motivos. Aún me queda cierta... persona, a la que ver.

—Comprendo.

Luego se volvió hacia Shizuko y admitió, mitad interrogante, mitad inquisitiva:

—Vaya. Creí que nunca llegaría a ver el día en que una idhunita con rasgos japoneses, tan terrícolas, traspasara las barreras de nuestro campamento.

—Las invitaciones no deben desdeñarse —repuso Shizuko, mirando elocuente a Silena.

—Espera, espera —dijo Annabeth al tiempo que levantaba las manos—. ¿Os conocéis? ¿De antes del campamento? —arrugó el ceño y las miró alternativamente—. ¿Sois amigas?

Silena soltó un bufido.

—Yo no diría tanto. De hecho, ni por asomo...

—Amigas del alma, claro que sí —apostillé yo al mismo tiempo que Shizuko negaba con la cabeza. Guiñé un ojo a la idhunita y después a Silena—. La reina de hielo y la de los cosméticos lo negarán hasta que se derritan los polos, pero imagino que ya sabes lo difícil que es que Silena reconozca lo que siente, ¿verdad? Pues bien, a eso suma y multiplícale la rigidez de una reina.

—Dicho de otro modo —interpuso Silena, mirada indignada—, nos conocimos cuando fui con Christian y Victoria a la casa de ésta.

—Invitación o no, el caso es que he venido en calidad de ayudante, atreviéndome a burlar la primera línea de vuestras defensas. Una proeza que no todos consiguen.

—Ejem, ejem —la interrumpió Silena—. Creo que fuimos nosotros quienes logramos esa proeza y humillamos primero la seguridad de tu propia casa, querida.

Se produjo un silencio tremendo tras esa frase, sólo roto por la música y el ambiente festivo que nos rodeaba, y dudé entre morderme la lengua a punto de estallar de risa, o agarrar a Silena y alejarla de ahí en volandas para librarla de una muerte segura.

—Sinceramente, tu sentido del humor está fuera de lugar, querida —replicó Shizuko pasado el sofoco y dibujando comillas en el aire al decir «querida»—, pero ya nada puede extrañarme viniendo de ti, más después de lo que he visto hoy. —Me señaló como prueba irrevocable de lo que decía.

—Ah, bien, bien —titubeó Annabeth, mientras Silena y Shizuko se observaban como gatas erizadas—. ¿Y dónde está el otro asaltante de tu casa, Shizuko? Dónde está Victoria, quiero decir.

Selise sacudió la barbilla hacia el mar de gente que pululaba por los alrededores de la pista. El tono de la fiesta había ido aumentando a medida que avanzaba las horas y la tarde llamaba a su fin pero, al observar con atención los bancos abarrotados y la gente que se entretenía en la pista, no descubrí a ninguna hija de Artemisa. Lo más llamativo que vi fue una chica con algo echado a la espalda, pero al mirar con más detenimiento descubrí que no se trataba de un arco.

—¿A quién buscas? —preguntó Silena, detectando que mi mirada se prolongaba más de la cuenta.

—A sus hermanas. —Señalé a la extraviada hija de Artemisa que tenía al lado.

—Ah, ya. —su tono volvió a ser calculado—. Puedo ayudarte. Podemos hacer un trato, si quieres. —Me observó a la espera de mi reacción, con los ojos entornados mientras cavilaba; casi podía ver la sucesión de planes que conducían a una vuelta a su habitación para cambiarme otra vez de vestido guay.

—¿Otro trato? ¿Por qué? ¿Porque no he tenido suficiente con éste? —Enganché entre dos dedos un pliegue del incómodo vestido—. ¿Tengo cara de haber perdido el norte?

—Esta vez sería una petición de nada, Lucy —sonrió—. Un favorcito minúsculo, casi ni te darás cuenta de ello. De verdad. Acabarías enseguida.

Lo cual, en el lenguaje de Silena, quería decir «otra odisea por su ropero, aburrida y tortuosa y llena de tejidos y zapatos».

—Me temo que eso no va a poder ser —rechacé con un sentido suspiro—. Le he cogido aprecio a este vestido. ¿Puedes creerlo?

—De nuevo, mientes.

—Esta ha sido una ocasión puntual. Yo nunca volveré a vestirme así.

—Ay, Lucy. Cómo se nota lo joven que eres en este ámbito —el brillo febril y calculador en sus ojos había dado paso a una diversión momentánea—. Apenas has lucido estilo. El look de una es como el primer amor: todos piensan que es el único que va a tener, pero lo cierto es que las modas vienen y van, y los gustos por las tendencias, con ellas. —Había un brillo de entusiasmo que iba cobrando espacio en sus ojos a medida que hablaba—. ¿Quieres apostar?

—Tú y las apuestas...

—¡¿Eso es un sí?

—No. Ni lo sueñes. Más tratos no, por favor.

—Tú te lo pierdes.

—Entonces, ¿sabes dónde está?

—Quién.

Logré refrenar el deseo de poner los ojos en blanco, aunque mi suspiro exasperado no tuvo tanta contemplación.

—Annabeth sólo ha preguntado por una persona. ¿Recuerdas? Victoria. Así que di, ¿sabes dónde está?

—¿He dicho yo eso?

—Lo has dejado caer. Si propones un trato a raíz de ese tema es por algo.

—Oh, pero es que yo solo estoy señalando lo obvio. Hacer tratos conmigo es un deleite.

—Sí, un infernal deleite —ironicé—. Y volviendo al punto central: me lo confirmas o qué. Has insinuado cosas.

—¿Lo he hecho? —Se fingió sorprendida, llevándose una mano a la boca—. Oh, vaya.

—Lo sabes o no.

—Puede.

—¿Que sí...? —La incité a hablar.

Ella me miró especulativamente durante un momento. Caí en la cuenta de que en el transcurso del tiempo que llevaba sin verla, se había cambiado de ropa y de maquillaje. Esta vez, parecía haberse vestido para ir a una fiesta con el lema «el vestido de noche más deslumbrante», o quizá «El modo más rápido de causar un paro cardíaco en masa». En cuanto a su cara, ahora lucía las huellas del perfilador de ojos con extra de negro y pintalabios con extra de rojo. Lo que venía siendo el maquillaje de guerra, vaya.

—Deja de intentar sacarme información. No eres tan lista como crees.

—Eso es cierto —contesté—. Porque en verdad soy más, mucho más lista de lo que me creo. Y eso es bastante, bien lo sabes.

—¿Quién es tu amiga, Christian? —Preguntó Selise al rato, sonriendo ante la mirada exasperada de Silena, mirando a lo lejos cómo el horizonte desgranaba los últimos rayos de sol de la tarde—. Es muy guapa y puntillosa.

—Ziessel —presentó el shek—, aunque creía que eso ya había quedado claro antes. Bueno, de no ser así, esta es Ziessel, aunque también responde por...

—Shizuko, sí. —Silena 2.0 no se volvió—. No me refería a ella. De hecho, ella no me interesa en lo más mínimo ahora mismo.

Miré a Shizuko automáticamente para ver su reacción, cómo se tomaba que la semidiosa la hubiese relevado así sin más. El pálido rostro de la japonesa era una máscara de hielo sin intención de resquebrajarse en mil pedazos y resistirse a mostrar así emoción alguna.

—Eres una descarada, chica —le increpó Annabeth, en voz más bien risueña—. Espera a que la recién reencontrada integrante de Idhun te mande a sus serpientes por desdeñar así su presencia.

—Tal vez solo te tire la bebida a la cara —advertí, con voz emponzoñada—. Tal vez quiera unirse a tus hermanas cazadoras y congelaros a todas desde dentro.

—¡Eh! ¡Que estoy aquí! —Exclamó Shizuko—. Dejad de hablar de mí como si no estuviera. —A su lado Christian escuchaba en silencio con una expresión de... ¿aburrimiento? ¿Suficiencia?—. ¿Y por qué iba a querer unirme al club de ésta?

—Afán de presentación —Annabeth se encogió de hombros—. Eres la reina o ex reina de los shek y a una reina, sea destronada o no, no se la ignora.

—Sí, sí, sí —contestó Silena 2.0 sin darle importancia con un gesto de la mano—. Pero repito que no me refería a ella. Me refería a la chica de vestido blanco que tienes al otro lado, Christian —explicó, mirándome con picardía—. ¿Quién es?

Pegué un respingo.

—Sabes perfectamente quien soy —exclamé.

—Conozco a Lucy, la bruta. Pero esta nueva Lucy que luce radiante como princesa en su baile de medianoche...

—La autoridad del cambio es cortesía de Silena —explicó Rachel, mirándome de reojo—. ¿Verdad?

—¡Ah! ¿Que ya me hablas? —me extrañé—. Pero vamos, ¡fue un trato! —protesté.

—Y te hemos mencionado a ti también en el trato —añadió Silena riéndose, buscando venganza por la risa de su medio hermana, antes.

—¿Qué?

Silena se echó a reír traviesamente, encantada con el espanto de Selise.

—Pues claro. No iban a ser mis caderas las únicas en abrirse a los infiernos. Aquí el pastel se reparte para todas por igual, nunca mejor dicho.

—¿Eso fue lo que prometiste? ¿Que te comerías un pastel? —Selise miró a Silena con la compasión reservada a todo un hospital de enfermos terminales—. ¡Ay... pobre! Aunque desde ya te digo que yo no pienso participar en semejante banquete. ¡Por Dior que no! Ni lo sueñes.

En ese momento, una canción pegadiza atronó por los altavoces.

—Y hablando de sueños... —ladeó la cabeza, prestando atención a la nueva letra de amores y sueños que resonaba en la pista—. ¡Esta canción me encanta! Podríamos ir a decirle a los DJ que pongan su discografía al completo.

—¿En serio? —dijo Silena dando un gritito de emoción. Annabeth la miró poniendo los ojos en blanco.

—Me encanta —suspiró Selise—. Es tan apuesto y tan guapo y canta tan genial…

—¿Y un chico —recalcó Rachel, burlona—. Que no se te olvide señalar ese punto.

—Bueno, nadie es perfecto —se defendió la otra.

—Oye, que ser un chico no es un defecto —la contradije con disgusto—. ¿Cuántas veces tengo que decirlo?

—hazla caso. Lo dice alguien que quiere ser una de ellos —murmuró Annabeth.

Selise parpadeó como si le sorprendiera verme siquiera ahí.

—Lucy, querida, no quisiera parecer grosera, pero ¿qué haces aquí todavía? Estoy hablando con mis amigas y eso no tiene nada que ver contigo. ¿No deberías estar por ahí fastidiando a otra persona o embrollándote en tu papel de Princesita?

—Me hieres en lo más hondo, Selise —entrelacé los dedos a un lado de las caderas. Me estaba divirtiendo—. Sobre todo, porque presiento que me estás echando culpas, insinuaciones, delitos que desconozco.

—Alayne dice que hay que tener mucho cuidado con quienes no son hermanas juramentadas —hizo una pausa y me miró de frente—. No me explico cómo llegó a esa advertencia, Lucy, ¿tú sí?

Parpadeé poniendo cara de inocente.

—¿Por qué me miras a mí, Selise? —Pregunté batiendo las pestañas—. Estás en un grupo en el que sólo tú eres una juramentada. ¿Por qué preferir desconfiar de mí? ¿Acaso tengo cara de bribón y malhechor?

Ella suspiró.

—Incluso refiriéndote a ti lo haces en términos de chico —sacudió la cabeza, apenada—. Hay que ver, ¿eh, Lucy? Eres un caso.

—Un caso muy peculiar, permíteme matizar.

—Claro; como no tienes a una jefa de casas a la que acosar...

—¡Ay! —Fingí una mueca de dolor—. Eso me ha hecho pupa. ¿Acosador, yo? ¡Selise! ¿Qué ha sido de nuestra amistad?

—En días en los que te vistes como princesita de cuento —me miró de arriba a abajo—, no hay amistad que valga. Y menos de una chica que separa a la jefa de sus hermanas. Recupera tu pinta de marimacho y tus vaqueros andrajosos y zarrapastrosos y ya, si eso, hablamos.

—¿Qué? —Se escandalizó Silena—. ¡Ni hablar! ¿Tú sabes lo que me ha costado convencerla de que se ponga ese vestido?

—Una semana de chocolate y una veintena de chantaje —aportó Rachel.

—Exacto —exclamó Silena, indiferente a mi ceño fruncido—. ¿Cómo le puedes dar tal horrendo consejo? Que recupere sus pintas de marimacho y sus pantalones andrajosos y zarrapastrosos, dices...

—Marima, ¿zarrapas… andrajo… mis pintas de qué? —respondí—. ¡Encima que te corrijo una tendencia de discriminación me insultas! —Desconocía que las hijas de Artemisa me tuvieran tan entre ceja y ceja... ¿era posible que se sintieran amenazadas? ¿Que notaran que la influencia de su diosa era cada vez más errática en la cabecilla de su grupo de amazonas? Sacudí la cabeza y dirigí a la cazadora una sonrisa toda dócil—. Pero, en fin, es agradable saberse tan deseado... es decir, deseada.

—Algún día te cazaré —me dijo, en tono que advertía que no hablaba por hablar.

Yo me limité a reír.

—Sí. Tú y todas las cazadoras. Únete al club.

—Eres muy, muy arrogante.

—Bueno —me encogí de hombros y refrené una sonrisa—, eso no puedo negarlo —levanté las manos al ver que me lanzaba puñales de hielo con la mirada—. ¿Pero qué quieres que haga? Es lógico. Tengo de qué presumir. Forma parte de mi encanto.

—Y de los motivos por los que entran ganas de estrangularte.

—¿Estrangularme... a mí? —Puse cara de máxima incredulidad—. ¡Cómo crees! Pero si soy un amor.

Ella suspiró y echó la cabeza hacia atrás, como buscando paciencia en los cielos.

—Oh, tendrías que oírte. Resultas insufrible. ¿Te lo han dicho alguna vez?

—Sí, algo me han comentado. Pero vamos... simples patrañas. —Hice el gesto de estar sacándome basura de los oídos—. No hago caso. ¿Tú sí?

—Oh, venga. Cállate.

—Decirme eso es invitarme a hablar. ¿No te das cuenta?

—Entonces, vete.

—Lamento desilusionarte, Siren... —hice un gesto y corregí al instante—, Selise, pero yo estaba aquí primero. Si nuestra amiga pelirroja quiere que me marche, que lo diga. Si no, no pienso ir a ninguna parte.

No iba a marcharme de todos modos y los dos lo sabíamos, pero Selise miró a Rachel. Al ver que no decía nada, soltó un bufido.

—Yo tampoco, Lucy, yo tampoco —me miró como un gato miraría a un ratón—. Y ahora que hemos llegado a un acuerdo, ¿qué tal si nos vamos a bailar? ¡Todas! Bueno... —miró a Christian y rectificó—, ¡todos!

—¡De eso nada! —rechacé al instante.

—Bueno, vale, Lucy, tú puedes quedarte. —Me desdeñó con un gesto—. ¡Venid! Vamos a ver qué más estrafalarias se ha puesto la gente —dijo a continuación, dirigiéndose a los demás e invitándoles a adentrarse en la pista de baile.

Annabeth puso cara de disgusto, pero Silena gritó emocionada afirmando con la cabeza. La miraron esperando su aprobación y ella cerró los ojos indicando que se resignaba profundamente a ir con ellas, aunque aquel no era su deseo en absoluto.

Se despidieron con un gesto y, tan rápido como habían venido, así de rápido se fundieron en la pista y desaparecieron.

—¿No bailáis? —pregunté, después de beber un sorbo de coca-cola, mirando de soslayo a Ziessel.

—No. Claro que no —contestó ésta, incluso dando un paso atrás—. Los humanos tendéis a acercaros mucho unos a otros, demasiado para mi gusto. No entiendo cómo es posible que necesitéis tanto el calor de otras personas.

—Tú... eres humana —apunté, tranquilo, evocando palabras similares que días atrás había formulado Christian a ese mismo respecto.

—No me lo recuerdes —hizo una mueca—. Mi cuerpo ya está lo bastante caliente, ¿sabes? ¡Y tú me hablas de bailar! —agitó el contenido de su copa, fría y desganada—. Gracias. Pero no necesito calentarme más de la cuenta.

—Lo cual plantea otra cuestión —dije casi con excesiva indiferencia—. ¿Qué es lo que necesitas realmente, si no es calor? ¿Qué te ha inducido a buscar el fuego de nuestro hogar y aceptar nuestra alianza?

—Ah, campista —Shizuko me sonrió, pero su sonrisa era aterradora, fría y feroz—. No agüemos la fiesta hablando de problemas. Tenía entendido que este baile se hacía en honor de otras razones más vivas y alegres. ¿O me equivoco?

—No. —La miré con terca calma—. Pero eso no impide que, por un minuto, puedan priorizarse otras razones.

—¿Como por ejemplo tu amiga? No, ella no —dijo, cuando miré a Rachel, que había rehusado irse de nuevo a bailar, sin entender—. Tu otra amiga.

—¿Qué otra amiga?

—Ah, querido —Shizuko me dedicó una sonrisa tan amable como la de una víbora mirando a un ratón—, ¿por qué será que no me sorprende que no captes la indirecta? Anda y date la vuelta. —Señaló con la cabeza al otro lado de la pista—. Y la verás. A tu amiga. Con el corazón completamente acelerado, me volví hacia donde señalaba la shek, vagamente consciente de que Rachel también se volvía y de que Christian hacía otro tanto.

Durante un segundo al verla se me paró el corazón. Estaba radiante y hermosa en su traje de fiesta. Si en ese momento me hubieran dicho que alguien le había arrancado la cabeza, yo ni me habría dado cuenta, tan concentrado estaba en acariciarle con los ojos la parcela de cuerpo que el atuendo estilizaba tan atractiva y seductoramente. Hice un esfuerzo por apartar la vista de sus pechos y mirarle a la cara, sólo a la cara. Llevaba el pelo suelto, como de costumbre, pero recogido de tal forma que se mantenían atrás, y fluían rizados como oscuros bucles bajo la tiara que los controlaba. Detrás de ella, apartadas a varios metros, las hijas de Artemisa llamaban la atención por su transformación: ataviadas con faldas, vestidos, blusas y trajes de algodón ligero y seda en rosa suave, azul, rojo y blanco, a lo que había que sumar el efecto de las joyas que llevaban, parecían un prodigio sacado de la chistera de un mago.

Aunque miré a las cazadoras, el grueso de mi mirada iba dirigido a Thalía. Vestía pantalones, pero unos que se ajustaban a sus formas y que era de sus mejores galas, muy ajustado y con los bordes de los bolsillos satinados; una preciosa blusa azul, de corte imperio, con los puños ceñidos bordados en hilo dorado le cubría el talle; y arriba, por encima, lucía una chaquetilla color crema que ya el simple modo de pensar en quitárselo tendría que estar multado. Oh, sí. Abrí la boca para pronunciar su nombre, pero mi intento murió en una exhalación de deseo.

Su increíble melena oscura corta, lucía un tono tan intenso y brillante que parecía tener todos los focos de las tres lunas de Idhun apuntándola. Si ya era imposible no detenerse y mirarla un día normal, hoy más que nunca no había mucho más que añadir. Su cara a penas llevaba maquillaje, y el poco que tenía le daba la apariencia de muñeca de porcelana, de esas que parecen hechas para protagonizar la portada de una novela romántica. Por un momento, me la imaginé con una blusa más fina incluso de la que llevaba, medio transparente, languideciendo en los musculosos brazos de un pirata arrogante y seductor, es decir, insertar aquí languideciendo en mi abrazo. La mirada de sus ojos azules me penetró, atravesándome con su poder y devolviéndome lentamente el dominio de la realidad y la respiración.

—¡Rachel! —La presión de la multitud la empujó junto a nosotros—. Es un día interesante, ¿no es cierto? todo está saliendo a pedir de boca. ¿Habías visto alguna vez algo parecido?

La pelirroja no pudo evitar sonreír ante el gozo de su amiga.

—No, la verdad es que no creo haberlo hecho.

Thalía me dirigió una breve mirada, gesto que le devolví durante un instante y luego, vencido por el embarazo, la rehuí. Ambos permanecimos allí parados sin saber que hacer por un momento y luego ella se dio la vuelta para contemplar el baile.

De pronto ladeó la cabeza, se volvió hacia Christian, y musitó:

—Gracias. Tú tampoco estás mal. —Lo repasó de arriba a abajo y sonrió, maliciosa—, de hecho, nada, nada mal.

Al ver la sonrisa sincera que le dedicaba a Christian, sentí una especie de vacío estallándome en el estómago, un vacío dispuesto a succionar mis pensamientos y entrañas y dejar nada más que ausencia. Apreté los puños y les di la espalda, conteniéndome. No tenía derecho a ponerme celoso, ¿no es así? No obstante, decirme eso no hacía que mi corazón dejara de sentirse como un colador plagado de agujeros.

Mientras Christian y Thalía hablaban y Rachel se entretenía atendiendo a la conversación y a los bailes que se ejecutaban por delante de ella, me acerqué con discreción a Shizuko, reprimiendo el escalofrío causado por la frialdad que despedía su cuerpo.

—Eh, déjame adivinar. Tú sabías que Thalía estaba cerca desde el principio.

Ella me miró pestañeando, lánguida.

—Los de tu especie tenéis un don especial para afirmar lo obvio.

—¿Los de mi especie?

—Los chicos de falda corta, por supuesto.

—¿Ja ja? Lo cierto es que no sé si ofenderme o sorprenderme porque hayas formulado una broma.

—No me conoces. ¿Por qué habrías de sorprenderte? No sabes qué conductas son propias de mí y cuáles no.

—Ah, ya veo. La sinceridad es una de tus prerrogativas —hice una mueca.

—Gracias a ti, sí.

—. Y la frialdad, también. Basta ver los carámbanos de hielo que se te acumulan en esas pestañas. He ahí el origen de mi sorpresa por tu humor... o intento de humor.

—Bueno, ¿no ha sido la insinceridad la tuya a lo largo de tu vida? Por lo que he podido ver, no fuiste un niño bueno en el pasado. De hecho, todo lo contrario. Fuiste alguien temible. ¿Me equivoco?

—¿Yo? —Sonreí y crucé las manos detrás de la espalda—. Me das demasiada importancia, reina shek.

—No soy tonta, chico —se cernió sobre mí y en el cielo de sus pupilas brillaron rayos amenazadores—. No pretendas negarme la verdad que leo en tu mente.

—Entonces si la lees en mi mente es decisivo —dije—. Se convierte en retórica e inservible tu pregunta.

La reina de los shek entornó los párpados de modo que pareció un poquito más peligrosa, y yo le sonreí de modo que parecí un poco más bribón.

—Eres insoportable —afirmó levantando las manos—. En fin, está bien. Niégalo o asiéntelo, a mí lo mismo me da. De hecho... —se interrumpió en medio de un ademán y me miró con una leve sonrisa que me puso nervioso—. Ahora que lo pienso, puede que haya alguien que pueda borrarte esa sonrisita de suficiencia por mí. Sí, claro. Saldrá a pedir de boca si se lo digo.

Rachel y yo cruzamos una mirada.

—¿Por qué será que tengo la impresión de que no va a gustarme lo que está a punto de pasar? —mascullé.

—¿Será porque te lo has buscado? —dedujo Rachel.

¿Que yo me lo había buscado? ¡De eso nada! Como si intuyera lo que estaba pensando, me miró con interés, orgullosa y desafiante, retándome a decir algo. Me di cuenta de que había estado atenta a cada intercambio de palabras y pullas.

—Ella también —afirmé. Ante la falta de reacción de la pelirroja, sacudí la cabeza y suspiré—. Está bien, está bien. Acabemos con esto. Pero ya basta de rodeos. Ahora, la pregunta del millón —añadí, girándome hacia Ziessel—. ¿Qué has querido decir con eso, exactamente?

—¡Thalía! —exclamó Shizuko.

La aludida giró hacia ella, interrogante, y la japonesa, con mirada calculadora, hizo una leve inclinación de cabeza hacia ella mientras afirmaba:

—OH, nada. Sólo quería poner rostro por fin a la persona que llevan —aquí me miró claramente—, buscando toda la tarde.

—Emmm... ¿gracias? —La estaba observando con expresión insondable.

—No hay de qué —desdeñó la japonesa, ignorando el desconcierto de la cazadora.

Centenares de faroles se habían encendido con motivo de la caída del ocaso, con el consiguiente efecto de estar bajo estrellas colgantes, un mundo en miniatura con un firmamento no tan lejano. En el centro de la pista se había formado dos hileras de parejas, y cada persona iba cambiando e intercambiando de pareja a medida que las canciones se sucedían, sin pausa de risa ni melodía. Durante los siguientes minutos entretuvimos el tiempo riéndonos de los ridículos bailes que algunos danzaban en la pista. De cuando en cuando mi mirada y la de Thalía se encontraban, pero eran ojeadas rápidas, cortadas por el azoramiento. Observarnos a escondidas mientras las hijas de Artemisa no miraban se convirtió en una prueba para mis pozos de paciencia.

—¿Thalía? —Dijo Rachel, de pronto, dándole un golpecito en la parte posterior del hombro—. Oye, ¿podríais hacerme un gran favor? Es importante.

—Pues... desde luego... —aceptó, no sin reservas, mirándome de refilón y luego fijando la vista en la pelirroja—. Cualquier cosa que no sea extraña. ¿Qué necesitas?

—Espero que no te suene descabellado lo que voy a pedir pero... —se abrazó la cintura, como si se sintiera compungida por la enormidad de lo que iba a decir—. ¿Quieres bailar, por favor?

—¿Bailar?

—Bailar. —Rachel señaló con el pulgar en dirección a la zona de baile para después girar el dedo consecutivamente hacia las cazadoras que delineaban la zona, sin atreverse a adentrarse en la pista—. Bailar. Sé que se supone que debemos estar vigilantes para evitar cualquier problema e improvisto, pero creo que al resto de hijas de Artemisa les permitiría comprender la auténtica naturaleza festiva de esta fiesta, si su jefa de casa saliera ahí y bailara entre los mestizos, como una más. Sin tapujos. Sin dudas. Sin desconfianza.

—Pero, yo...

—Votaste que sí a la fiesta, ¿recuerdas?

—Lo sé, lo sé. Pero es que yo, esto... no sé a quién...

—Oh, eso. Veamos, creo que... —Rachel se dio la vuelta, como acometida por una idea repentina—. Lucy. ¿Podrías hacernos tú ése favor? ¿Salir ahí con ella y bailar para que las hijas de Artemisa vean que no pasa nada, que pueden relajarse, bailar y disfrutar ellas también del evento? Buscaré a Victoria para que haga lo mismo y pedirle que se sume al baile.

Los ojos azules de Thalía se movieron veloces entre Rachel, Shizuko, Christian y yo.

—Bueno, no veo...

—¿No lo harías por tus compañeras de casa? ¿Para que se relajen y disfruten también de la fiesta y comprendan que la vida es más que un arco en la mano y una amenaza de la guerra por diana? —Rachel volvió a girarse hacia Christian—. Creo haber visto a Victoria junto al puesto de bebidas...

El chico se rascó la garganta.

—Es cierto, buena idea. Voy a buscarla.

—¿Vas a bailar? —el asombro era absoluto en Thalía. Y, a decir verdad, aunque sabía qué se proponía Rachel, yo también estaba que no me lo creía. ¡Christian, bailando!

—Sólo si primero no encuentro a Jack a tiempo para que me libere de ello —matizó. Y se alejó, perdiéndose entre la muchedumbre. El frío de su paso me hizo temblar.

Rachel se volvió de nuevo hacia Thalía, que observó cómo Christian se perdía entre la multitud antes de arrastrar la vista de nuevo hacia la pelirroja.

—¿Qué me dices? ¿Bailarías?

—Sigo sin tener con quién...

Rachel echó el brazo hacia atrás, me rodeó por la cintura y me atrajo hacia ella.

—Lucy, Thalía, aquí presente, necesita una pareja de baile. ¿Qué te parece si lo eres tú? —Sus ojos decían: «más te vale que digas que sí»—. ¿Por favor? —Era increíble lo bien que a la chica se le daba fingir todo aquello. Incluso ponía esmero cuidado en llamarme Lucy y no Luke delante de Thalía; no hasta que no me decidiera a contarle a la hija de Zeus la profecía que hablaba de nosotros... de ella... profecía que había sido la propia Rachel quien lo había vaticinado —. ¿No te importaría, verdad?

Asentí con cuidado cuando Thalía levantó la mirada para ver qué iba a responder. Dije que sí con la cabeza, aún sin aliento por lo hermosa que estaba.

—¿Sí te importa? —inquirió Rachel, confusa por mi gesto.

No, por supuesto. Siempre y cuando a Thalía no le importe bailar conmigo. —Ella negó rígidamente con la cabeza—. Bien, de acuerdo. Vayamos a bailar, entonces. Todo sea por las hijas de Artemisa.

—Gracias. ¡Pero qué buenos chicos sois…! Y por favor no os moléis a palos ni os fulminéis la una a la otra ni nada por el estilo. —Añadió Rachel cuando Thalía aceptó mi mano—. Necesitamos esas habilidades. La de los dos. Y las necesitamos intactas, vaya.

—Supongo que podemos controlar nuestros instintos -me encogí de hombros aparentando indiferencia-. Silenase ha tomado muchas molestias para esto -me señalé—. Hagamos que valga la pena.

Thalía miró con severidad y de reojo a Rachel mientras un sonriente sujeto, aquí moi, se la llevaba. Giré la cabeza en el último momento para ver cómo Rachel enlazaba las manos y sonreía de oreja a oreja, acercándose a hablar con Shizuko, mientras contemplaba como Thalía y yo nos mezclábamos con el gentío que abarrotaba el terreno de baile.

—Gracias —articulé en silencio. Y ella asintió.

Pero mi gozo duró poco.

—Espera un momento aquí —pidió Thalía—, antes voy a por una botella de agua. Tengo sed. En esta mesa ya no queda nada de beber.

Se esfumó antes de que pudiera decir sí o no. Me dejó más solo que la una. Solo en el margen de la pista, busqué un rincón apartado y, apoyado contra la pared, observé a las parejas que me rodeaban con una levísima punzada de nostalgia. No hacía tanto tiempo que había creído por un momento que podía llegar a ser uno de ellos. A mi alrededor, la gente cantaba, bebía, bailaba, hablaba, se besaba y algunos hasta se toqueteaban. Me sentía expuesto y vulnerable, ahí de pie con mi falso aspecto de chica de discoteca de sábado noche y, dioses, el maquillaje picaba a rabiar. ¿Cómo las chicas aguantaban semejante escozor? ¡Y todos los días! Iba a tener que añadirlas a mi lista de cosas dignas de admirar. Quería darme una ducha, lavarme la cara y recuperar mis vaqueros de siempre, y nunca más ser vestido por Silena.

—Hola.

«Oh, no», pensé mientras me volvía hacia esa voz masculina. «Otra vez no».

Era un chico de constitución delgada, pelo color bronce vestido de punta en blanco, con una camisa verde salvia y una corbata de tono más oscuro, un estilo que, siendo honestos, habría pagado millones, y de mil maravillas, por poder llevar yo en carne propia.

—Soy Ripson —se presentó el chico; hijo de Ares, por lo que pude ver en el fuego de sus ojos. Alto y grande, derrochaba seguridad y aplomo; el cabello cobrizo se le pegaba a la frente por el sudor de tantos y continuos bailes, supuse.

—Lucy. —Dije secamente.

Tenía un aire despreocupado y resuelto. Daba la sensación de que nada le preocupaba en exceso, ni siquiera que una chica lo rechazara con los ojos ya de entrada.

El hoyuelo de su barbilla pronosticaba ser causante de un sinfín de suspiros femeninos y no tan femeninos, lo que sin duda alguna representaba la fuente de su arrogancia. Sus ojos vivaces parecían ir a la par que su sonrisa, grande y ligona.

—Lucy, Lucy —repitió el nombre con galantería—. La más bella entre las bellas esta noche. —Luego miró mi vestido con picardía—. ¿No tendrás calor con lo que llevas puesto, verdad? Así mi más fervoroso deseo de ser un caballero se haría realidad…

—Eres terrible —le contesté, reprimiendo a duras penas las ganas de echarme a reír. ¡Qué mal ligaban estos chicos!

—Un terrible ligón —se pavoneó él—. Interesado en lo que puedas ofrecerme.

—Esas han sido tus paranoias mentales —le contesté con maligna sinceridad—. No tengo ningún interés en los chicos, para tu información.

—Yo tampoco, yo tampoco. ¡Por eso estoy aquí, contigo! Resulta que estaba allí solo, saciando la sed de amor que tu belleza me inspira…

—Y bien que saciaste esa sed —gruñí, haciendo una mueca al percibir el olor de la cerveza en su aliento.

—... Cuando apareció la mismísima dama de mi ensoñar —siguió, haciendo caso omiso a mi interrupción—. Y me dije, pues oye, mejor salirle al paso que mantenerme escondido, alejado. ¿Qué haces tan solita aquí?

—No estoy sola.

—Es verdad. Ahora me tienes a mí. —Me miraba el escote. ¡Podría haber sido más discreto, vaya!—. ¿Quieres bailar?

—La verdad es que no.

—¿Cometerás la locura de desechar a éste bombón? —se señaló de arriba a abajo.

—Va a ser que sí —dije, cruzando los brazos sobre el escote—. Ya te he dicho: no estoy interesada en los chicos.

—Oh, eso no importa. No soy celoso. Porque... —sonrió, pícaro—, podemos invitar a otra persona a nuestro baile particular. Mientras sea una chica, claro. ¡Estoy dispuesta a compartirte, preciosa! —me quedé atónito. ¿Me estaba proponiendo un trío?—. ¿Qué dices a eso?

Alcé la cara al ver que alguien se acercaba; antes de que pudiera decir nada, ella se agachó y me besó en la mejilla, mientras decía con voz segura, bañada en desparpajo:

—Hola, hola. Caray, qué guapa te has puesto. Siento haberme retrasado. ¿Te has aburrido sin mí?

Me agarré a sus palabras como clavo ardiendo.

—Algo. Pero más vale tarde que nunca. —Descrucé los brazos y pasé uno por sus hombros—. ¿Nos vamos?

Me despedí del mestizo, que nos miraba con ojos embobados, con un alegre contoneo de melena y aseguré mi brazo al hombro de mi salvadora. Pasamos junto al escenario y las luces destellaron en el cabello de Thalía, acariciaron su frente y sus mejillas y se adentraron por la fina abertura que habían dejado sus labios, abiertos por la sorpresa al ver cómo me aferraba a ella.

-¡Hay demasiada gente! -Hablé, intentando hacerme oír en medio del barullo—. ¡No quiero perderte entre este maremoto!

—¡Ni yo tampoco! —exclamó ella.

Entrelacé mis dedos con los suyos, en un gesto de natural deseo de sentirla cerca.

—Para mayor comodidad —expliqué, frenando sus recelos—. Los tacones me están matando.

Temí que protestara o algo, pero sus labios dibujaron una pequeña mueca que quizá no fue una sonrisa, pero por lo menos tampoco era un gesto de desagrado.

—Estás muy guapa esta noche —dije cuando el silencio se volvió incómodo—. Y, emmm...gracias por lo de antes. No podías haber aparecido en momento más oportuno. Supongo.

Ella no dijo nada y continuó caminando.

—¿Hola? ¿No me vas a decir nada? ¿Ni siquiera vas a reírte de mi súper vestido?

—No pienso reírme —replicó Thalía, girando el rostro y ahogando con dificultad la sonrisa—. He decidido ser buena esta noche.

—Estupendo. —Me incliné, evaluándola—. Porque tú tampoco estás para reírse. —Mis ojos vagaron sobre ella de pies a cabeza de una manera completamente poco fraternal—. Al contrario.

-Calla. —El pequeño amuleto de la pulsera que llevaba se balanceó en su muñeca. Lo miré, intentando mantener a raya cualquier sentimiento al respecto de la simbología que representaba—. No empieces otra vez. Aquí no. ahora no.

Distinguimos a Victoria entrelazada con Jack, no muy lejos de donde nos encontrábamos, bailando con tímido entusiasmo y sin parar de sonreírse y mirarse. Victoria tenía el pelo sujeto en un pasador de pedrería, dejando despejada la cara, al tanto la ondulada cabellera oscura lucía engalanada con flores de color lila, blancas y amarillas; ella sí que no había dudado en darles a las cazadoras motivación y qué pensar. Cuando él la hizo elevar y girar por los aires, atrapándola en un alarde de agilidad, sujetándola perfectamente por la cintura, la larga melena oscura que aquel día la chica se había dejado suelta, voló libre en el aire tras ella.Terminó el giro y Victoria alzó la mirada hacia los ojos verdes de Jack y ambos se sonrieron, íntimamente.

De pronto, Thalía se giró y advirtió en el oído de un chico que tenía pegado a su espalda.

-Sé que mi culo es genial. Pero como vuelvas a posar tus manos en cualquier parte de mi anatomía será lo último que tocarás el resto de tu vida. ¿Me entiendes, verdad?

Thalía continuó mirando al chico con cara de malas pulgas, hasta que el pobre empezó a menguar en su pretensión de ligar hasta que pronto dejó de parecer un depredador a la caza y más como un niño asustado temblando ante la visión del lobo feroz.

-Venga, vamos a bailar -dije, ciñéndola más de la mano.

Las cazadoras de Artemisa estaban más cerca de la pista, aunque aún sin decidirse a dar el último paso. Miraban interrogantes a Thalía, como si esperaran un asentimiento o una negativa decisiva por parte de la jefa de su casa. Ella me aferró con más fuerza, apretó el paso y escogió por fin un lugar donde movernos y fingir bailar.

—¿Y la botella que fuiste a buscar? —dije, al cabo de un rato sin hablar; basculábamos el peso del cuerpo de una pierna a otra, y esa era la única concesión a un intento de balanceo que hacíamos—. Creí entender que sentías sed.

—Había mucha cola —dijo, sucinta, sin mirarme a los ojos—. Si he tardado es porque trataba de abrirme paso entre la gente. Eso es todo. De hecho, no te localizaba. Y eempezaba a pensar que no te encontraría y que sería una buena noche, después de todo.

—Lamento decepcionarte.

Thalía suspiró y se atrevió a levantar un poco más la mirada por mi rostro.

—Ay. Era broma, Luke. No pongas esa cara de cachorrito atropellado. Trataba... sólo trataba de romper el hielo.

—Pues no, no te ha funcionado.

Ella agachó la vista y estudió el suelo que se extendía bajo sus pies, como si lo estuviese juzgando.

—Thalía. —cobijé uno de los puños de la chica en mi mano, intentando tranquilizarla—. Mírame. —Cuando así lo hizo, inquirí, apartando a un lado la molestia por su comentario de antes—. ¿Es que estás nerviosa?

Se mordisqueó el interior de una mejilla.

—¿Debería?

—No.

Aunque insistíamos en continuar inmóviles, la música inducía sin querer a hacer algún que otro movimiento rítmico.

—Y aun así, sabes bien que sí lo estoy.

—Thalía —murmuré, tomándola de las manos; bajo los dedos, sentí con qué velocidad latía su pulso—. No tienes nada que temer. De mí no.

—Lo sé.

—¿Y entonces?

Me miró como si debiera entender un mensaje obvio, pero lo cierto es que me sentía más perdido que un garbanzo en una olla de arroz.

—Relájate. No bailaremos si no quieres. —Solté su mano—. Nos quedaremos aquí y... seguiremos aquí, fingiendo que sí. Relájate.

Me coloqué delante de ella, ambos perfectamente aliados, protegiéndola de los empujones de la muchedumbre, aunque rozándola a penas, no más de lo necesario. Por encima del hombro de uno que estaba al lado, después de que el gentío se despejara un poco, advertí a lo lejos cómo dos chicas acorralaban a Christian en el rincón de la mesa central de las bebidas, en su camino entre la marea de cuerpos, de vuelta hacia Rachel y Shizuko; después de darse codazos, reírse tontamente y comentar con gestos elocuentes lo apuesto que era, estaban decididas a pasar a la acción. Le sonreían, se le arrimaban, trataban de inducirlo a un baile con ellas. Él ni se molestó en abrir la boca y decirles que se largaran. Sencillamente se limitó a lanzarles esa mirada suya que parecía decir «como me molestes te mato». Nadie en su sano juicio habría seguido incordiando al chico hielo después de recibir de él esa mirada heladora, y las dos chicas, muy avispadas ellas, no fueron la excepción.

Miré hacia nuestro rincón, donde Rachel estaba enfrascada en un debate con Shizuko, acalorado e intenso, las cabezas inclinadas y las bebidas olvidadas en las manos. En ese momento, Shizuko la detuvo con un imperioso gesto y nos miró, detenidamente; Rachel nos frunció el ceño, gesticuló enérgica hacia las cazadoras, y luego nos miró, con advertencia, señalando a los bailarines que nos rodeaban.

—Sólo si tú quieres —dejé claro, mirando a Thalía. Estábamos rodeados de cuerpos por todas partes. Cuerpos que se empujaban en un vaivén y que nos empujaban, acercándonos cada vez más. Instrumentos vibrantes, voces que coreaban al mismo son y, por debajo de todo, como el pulso bajo la piel, la cadencia de los tambores de mi corazón, el acelerado latido en las venas que inducía a bailar. Ella suspiró, pero asintió.

Quiero. —Claro que quiero.

—Allá vamos, entonces.

Pasé un brazo por su cintura. Thalía me miró, indecisa, como si no supiera qué respuesta se esperaba de ella. Sacudí la cabeza, le tomé de la mano y la conduje hasta mi propia cintura.

—¿Sabes bailar? —pregunté para que dejara de mirarme con ojos de cervatillo.

—Por supuesto. Es fácil. Sólo es seguir la música e intentar no pisar a la otra persona.

Me reí ante su parca y concisa descripción.

—Exacto. ¿Y entonces?

Continuó mirándome, aturdida; finalmente sacudió la cabeza, dejó escapar el aire, lentamente, y entrelazó los dedos de su mano libre con los míos.

—Nada.

Sonreí, asentí decidido y, al siguiente paso, me dejé llevar al son de la música.

—Mira tú; hemos avanzado en algo —comenté con aire casual—. Sólo nos queda, de paso, disfrutar con el baile.

—¿Qué?

—Que podrías también intentar sonreír a veces, o se te va a quedar la cara petrificada así para toda la eternidad. O eso me han dicho —sonreí—. ¿Ves? A ver, prueba tú.

Me dedicó una sonrisa melancólica.

—En fin... algo es algo.

El calor que irradiaba su cuerpo bajo la tela de la blusa se extendió en ondas lentas por mi mano, que le rodeaba la cintura. No pestañeaba; y ni falta que me hacía. Tenía los ojos fijos en los de ella, los más hipnóticos del mundo, los más atrayentes del mundo, los más hermosos del mundo.

-Deja de mirarme así —pidió Thalía, ruborizada—. Como si no me hubieras visto nunca.

-Es que... -tragué saliva. Hablábamos en susurros. La música nos rodeaba como una campana presta a aislarnos de todo cuanto nos rodeaba, nos mecía y nos unía-. Es que estás preciosa.

-¿Ah, sí? -En sus ojos, por un instante, se vio asomar la batalla entre el miedo, las dudas y un deseo no tan remoto. Ganó la curiosidad-. ¿Cuánto?

-Bastante.

Su pie izquierdo avanzó, el mío retrocedió.

-Especifica ese bastante.

—¿Cómo? ¿En serio me está preguntando mi opinión, señorita Grace? —dije en son de broma, y el enfado ocupó el lugar de sus dudas, disipadas de pronto—. Bueno —proseguí, moviéndome con cuidado y llevándola conmigo en aquella nueva danza—, ya que me lo preguntas, bastante es «increíble», «absoluta», «la mejor».

Bailamos en círculos, uno alrededor del otro.

-Oh. Qué adulador te has vuelto.

La lancé una sonrisa irresistible.

-¿Contigo? Siempre. Y sin esfuerzo.

Envuelto en aquel baile con una Thalía que se relajaba cada vez más conmigo, volví a vislumbrar a Victoria y a Jack unas cuantas parejas más adelante. Ella daba vueltas rápidas sobre sí misma, con el vuelo del vestido sujeto con laxos dedos, mientras Jack se reía e intentaba, desastrosamente, seguir su ritmo de piruetas. Al siguiente giro con Thalía, volví a perderlos de vista.

-Son miradas de halago, Thalía. No tienes que preocuparte.

-Otros chicos también me han mirado del mismo modo. ¿Debería empezar a creerte? Aunque sólo tú te has atrevido a verbalizarlo.

-Chicos listos. -Murmuré.

Frunció el ceño.

-¿Qué has querido decir con eso?

Me separé de ella, sólo un momento. Extendí el brazo y la hice girar por debajo.

-Que temen lo que deben de temer. -La atraje hacia mí, esta vez más cerca incluso de cómo estábamos antes, mirándola fijamente a los ojos-. Chicos listos.

—¿A diferencia de ti?

Sonreí, dócilmente.

-Yo tengo algo de lo que ellos carecen.

Alargué los brazos, alejándola de nuevo, y giré tan veloz, arrastrándola conmigo, que cuando la vuelta terminó, se precipitó a mis brazos soltando una exhalación de vértigo y deleite.

—¿Te refieres a aparte de una insufrible arrogancia, una irritante presunción, y un vestuario de pasarela femenina?

No piqué el anzuelo.

—Pues sí. A parte de todo eso.

-¿Ah, sí? ¿Y es?

Nos movimos a un lado, con un paso cruzado a la izquierda.

-Paciencia. Respeto. Cariño, y no sólo deseo. Y lo más importante -la miré a los ojos-, que soy importante. Para ti.

Ella pareció esponjarse. Su ceño desapareció.

-Entonces, ¿eso justifica que me miren como si tuviera monos en la cara?

Me reí silenciosamente, mientras bailábamos descendiendo hacia abajo, y añadí:

-Créeme, Thalía. Lo que tengas o no en la cara no les importa en absoluto. De hecho, tu cara es lo último en lo que se fijan.

—No puedes estar hablando en serio.

—Anda. ¿Y por qué no?

—Porque —farfulló, alterada como si yo acabara de anunciar que el mundo está gobernado por una coalición secreta de salidos sexuales restringidos en un búnker que, una vez sueltos, iban a ir tras ella—, en primer lugar, no soy su tipo.

—Eres el tipo de cualquiera con dos dedos de frente. No te menosprecies.

Iniciamos un nuevo giro, esta vez más rápido, más desinhibido, más entusiasta, con los brazos extendidos y los dedos entrelazados.

—Si soy el tipo de cualquiera, entonces, no soy nada especial.

—Para mí sí. Hoy más que nunca. Y para ellos también; son adolescentes con hormonas. ¿Qué esperabas?

-No voy tan llamativa. Tan atractiva.

Mi mano descendió de su cintura a su cadera, la suya ascendió de mi cadera a mis hombros, y ahí se afianzó.

—Ahora mismo eres para los chicos lo mismo que el metal para los imanes.

—¿Tanto así?

-Mucho. Tal vez porque llevas un pantalón tan ceñido -le aclaré, y añadí, bajando la voz-, y una blusa que no hace más que realzar tus atributos.

-No es tan ceñido.

La aparté de mí un poco y después volví a acercarla sin perder el ritmo. Sus pechos me quedaban cerca, muy cerca, a pocos centímetros de distancia, y me dije que si quería concentrarme en lo que iba a decir, lo mejor era no acercarla más a mí.

-¿Eso crees?

-Lo sé.

Acaricié con un pulgar la tela del blusón y le dije al oído:

-Es tan ceñido que no me costaría nada imaginarte sin ellos, si cierro los ojos.

-¿No?

-No. Y esa blusa es tan buena realzando tus pechos que a partir de ahora podré jugar a imaginar cuál es la copa de tu sujetador. -Confesé.

-¿Y por qué querrías jugar a imaginarte eso?

-Aburrimiento, supongo -respondí, sin cohibirme-. Placer, soledad, calor... tus piernas son muy bonitas, y las noches son muy largas, algunas, y algo he de hacer para conciliar el sueño.

-Ah, no. -Thalía se separó lo suficiente como para mirarme a los ojos, por fin-. No me mientas. No soy tonta. Vas a intentar imaginarme desnuda.

Aparté los ojos de los de Thalía y me regalé la vista con el resto de su rostro: la forma de su nariz, el ángulo de sus pómulos, la línea del mentón; hasta detenerme finalmente en sus labios.

-Se mira pero no se toca. ¿No reza así el dicho? Dado que me vetas el tocar... voy a imaginarte, ya lo creo.

Entre las sombras del sol en declive que resbalaba por nuestra zonade baile, vi que le subían los colores. Se puso colorada desde el cuello a las mejillas.

-Es curioso, yo nunca jugaría a imaginar a alguien que no quiere ser desnudada en mente. —El sonido de su voz hacía vibrar una profunda cuerda en mi interior—. ¿Eso no es de... fracasados?

La hice dar unas cuantas vueltas rápidas, buscando marearla un poco.

-¿Fracasados? De desesperados, más bien. ¿Porque lo de pasar a una desnudez no mental sigue sin entrar en tus planes, verdad?

Thalía falló el paso y se retiró un poco para mirarme a la cara.

-No digas babosadas.

-Sí. Así me tienes. Soltando babas por ti.

-¿Por mí?

-Sí. Por ti, seductora malvada.

Ella soltó momentáneamente mi mano y rozó con la yema de los dedos mis labios; dejé que lo hiciera, encantado.

-Ya. Y por Rachel.

Fue mi turno de perder el paso.

-¿Rachel?

—Sí, Rachel. Pelirroja, delgada, guapa, ojos verdes, sonrisa de estrella. Rachel.

Yo pensaba en la chica que abarrotaba mis fantasías nocturnas, y no podía borrar de mi mente el recuerdo de sus pechos rozándome las caderas, pero esa misma chica sólo pensaba en cosas que a mí no me interesaban en absoluto y de las que ni tenía intención de hablar ni entendía de dónde demonios surgían.

—¿Qué tiene que ver Rachel en todo esto?

-Te vi bailando con ella. Antes. -su tono era cuidadosamente neutro-. Y he visto que lleváis toda la tarde juntos. Riendo, hablando, bailando... juntos.

Tras el fin de otro giro, arrimé la cara hacia la suya.

-Vaya, vaya. ¿Cuánto llevas espiándonos, Thalía?

Ella se sonrojó.

-No espiaba.

Tal vez mis anhelos me estaban embotando la capacidad de analizar; tal vez me estaba haciendo ilusiones, y no sería la primera vez, pero podía apostar mi mano derecha, esa con la que sujeto tan bien a Backbiter en momentos de batalla, que era deseo lo que veía nadar en esas bellezas azules, ese mismo deseo que se me estaba amontonando por dentro.

-¿Y cómo se llama el vigilar a alguien, observar qué hace, pero sin hacerse notar?

-Curiosidad.

-Curiosidad -repetí-. Ya veo. -Reprimí una risa. Saboreé la palabra antes de decirla-. También conocida como celos.

-No digas tonterías.

-Ni tú tampoco. -Me puse serio-. Rachel es una amiga, eso es todo. Es guapa y amable y simpática y, dioses, no gruñe tanto como alguien que yo me sé... lo que facilita cualquier relación. También está muy buena, todo hay que decirlo. Pero... -la detuve cuando hizo ademán de apartarse, tensa, y terminé-, pero no eres tú.

Me miró entre aliviada, confusa y azorada.

—Cuando os vi... cuando os vi bailar, sentí... cosas.

Levanté la vista y descubrí que solo unos centímetros separaban nuestras caras. El ocaso había sumido en sombras nuestro rincón de pista, a pesar de que los faroles brillaban más que nunca. La luz bailoteaba en los ojos de Thalía mientras nos mirábamos. Aunque seguía esbozando un ceño en la frente, la emoción que reflejaba su cara era inconfundible.

—¿Ah, de veras?

Ella siguió frunciendo el ceño con aire de reproche y yo levanté las manos, e inquirí.

—¿Qué clase de cosas?

—Sospechas, sobre todo. Pareciera que estuvierais conspirando.

—¿Conspirar? —sonreí de soslayo al mirarla, ladino—. ¡Qué palabra tan fea! Da a entender que nos guardamos algo gordo. ¡Y eso no es así! ¿Acaso temes alguna conspiración, Thalía?

—Tú... —dijo tras un suspiro, acercándose a mí tras un giro, obviando el destello de regocijo de mis ojos—. Eres insoportable.

—Empiezan a decirme eso mucho esta noche —chasqueé la lengua—. Chicas —suspiré—. Siempre poniéndoos de acuerdo para bajarle los humos a la gente.

Sus ojos se tensaron una pizca, pero su expresión siguió siendo neutra.

—¿Acaso Rachel te ha dicho lo mismo?

—Shizuko. Y la hija de Artemisa, ésa que tanto se parece a Silena. Y ahora tú. —Entorné los ojos—. Y... ¿otra vez volviendo al tema de Rachel?

Sus dedos volvieron a entrelazarse con los míos, entre un compás y otro.

-Es que ella es... es mejor.

-¿Mejor? Mira, te concedo que es más pelirroja que tú, vaya. Pero, ¿mejor? Quién lo dice?

Su mirada se volvió tan lejana como estrella de un firmamento. Por un momento, vi lo perdida que estaba, lo nerviosa e insegura que se sentía ante los sentimientos despertados por mi proximidad. Nadie más lo habría notado, pero yo conocía a Thalía tanto o más de lo que me conocía a mí mismo. Siempre captaba esos pequeños destellos de emoción, por bien que los escondiera, y los escondía la mar de bien las más de las veces.

-Es una chica libre, y no tendrías que cargar con el rastre de un juramento.

¿Rastre? Jamás pensé que oiría tales palabras salir de su boca. Hice como si no las hubiera escuchado.

-Pues otro tendrá que aprovechar esas ventajas -zanjé con sencillez, dando otra vuelta con ella-. Porque, ¿sabes quién no está libre? Yo. -En mi boca empezó a dibujarse una sonrisa, y dije-. Eres mi Venus personal. Aunque, claro, mucho más sensualizada.

-Puaj. No quiero hablar de sexo.

-Qué lástima -empecé a decir mientras deslizaba la mano hacia el final de su columna-. Ya que hasta hace poco ni querías hablar conmigo, seré yo el que escoja el tema a tratar. Es lo justo, ¿no crees?

-En la vida hay cosas más importantes que el sexo -replicó ella-. ¿Te lo han dicho alguna vez?

Lo sabía, lo creía, coincidía en ese punto con ella. Me lo habían dicho, sí, pero en ese momento no podía pensar en nada más, así que pedí.

-Dime solo una.

-La amistad -respondió ella al instante-. El compañerismo. La familia. El amor.

-El amor -repetí-. Hermosa palabra. ¿Sabes que también se puede hacer? El amor, quiero decir. ¿Nunca has escuchado eso de: hacer el amor?

-Tratas de incomodarme.

-Cierto -admití con una corta risa-. Es mi costumbre. Y muy propio de ti gritar, molestarte e irte.

-No, muy propio de una hija de Artemisa -me corrigió Thalía.

-Eres más que una hija de... -la regañé con suavidad-. No te clasifiques a ti misma. Eres de calidad y no de cantidad. Uno se caracteriza por sí mismo, por su persona, no por los dioses que reclamen su paternidad.

-Cierto -coincidió-. Pero eso no hace menos presente mi juramento.

-Y ese juramento no hace menos intensos tus sentimientos por mí. Amistad, compañerismo, familia, amor. Me tienes en cada uno de esos pilares. Puedes engañarte y reprimirte a ti misma. ¿Pero sabes a quién no puedes engañar ni acallar?

-No. Aunque estoy segura de que tú me lo vas a decir dentro de poco.

-Efectivamente.

-Déjame adivinar... —se interrumpió para mirarme y sus labios, rojos y perfectos, se curvaron en una sonrisa—. Y empezarás diciendo que no te puedo engañar a ti.

-Efectivamente, otra vez. Ni a tu corazón. Ni a tu diosa.

Ella echó la cabeza hacia un lado y su pelo negro se derramó sobre un hombro, como tinta azabache.

—Es confuso. Nunca me había sentido tan segura, tan relajada y tan tensa, todo al mismo tiempo. Tal es el efecto que causas en mí.

Nos miramos con intensidad. Percibí vagamente como si el tiempo se hubiera desviado de su curso habitual, para emprender una cadencia nueva y mágica; un nuevo tic-tac tic-tac que avanzaba al compás del latido de mi corazón acelerado, al son de la música, la melodía del baile que danzábamos y, sobre todo, al ritmo del cuerpo de Thalía, la suavidad de la curva de su cintura, el calor de su mano en la mía, y el roce próximo de su aliento al chocar contra el mío.

—Esta mañana saltabas a la mínima provocación —dije—. ¿Qué te ha hecho cambiar de conducta? —¿El verme bailar con Rachel?

—Puede —fue a morderse el labio inferior, pero recordó a tiempo el pintalabios que los brillaba, así que se contentó con mordisquear, nerviosa, la cara interna del mismo labio—. No te lo diré.

—Pues vale. Tampoco quiero saber. De verdad que no —me encogí de hombros ante su sorpresa—. Lo único que me importa es que ya has cambiado de opinión...

—No he cambiado de opinión —se apresuró a desmentir—. Sigo pensando que no es posible un nosotros... pero estoy comprobando que esa afirmación no ayuda a que mis... sentimientos, por ti... sean menos existentes, menos llevaderos.

—Lo que significa que puedo hablarte de lo que siento sin riesgo a que me mandes callar o fulminar con los ojos.

Thalía me observó con esos sus ojos de un azul tan impactante, que me calentaban por dentro hasta hacerme imaginar imposibles. La expresión de su cara era risueña, encandilada, haciendo que un hoyuelo jugara al escondite en su mejilla izquierda.

—Luke... —dijo mi nombre como si fuera una nota más de entre las tantas notas musicales que resonaban en el ambiente—. Luke, Luke, Luke... —me miró con ojos llenos de candor—. Luke... me están tocando.

-¿Qué? -Parpadeé. Aquello no era lo que esperaba oír, vaya-. ¿Cómo?

-Me están tocando -repitió Thalía, deshaciéndose de mi abrazo y volviéndose como una centella-. ¿Quién me está tocando?

Una voz de chico se dejó oír por encima de la música:

-¡Lo siento! ¡Lo siento!

-Más te vale -gruñó Thalía.

El gentío se despejó un poco al paso de la huida del desafortunado mestizo y entre la marea de cuerpos pude ver, en un lateral cercano de la pista de baile, algo que me sorprendió. Se lo señalé a Thalía.

Victoria, tan bella y presta como antes, giraba por su recinto de baile, tan delicada y grácil como un cisne. Sujetándola en sus brazos, tan elegante y oscuro, estaba Christian. La pareja se deslizaba por la pista como destellos de vitalidad y color entre el resto de los danzantes, fijos los ojos el uno en el otro. Se susurraban algo, ajenos a la multitud que los observaba. Christian hizo girar a Victoria, el largo cabello oscuro ondulando a su alrededor y, echando la cabeza hacia atrás, la chica dejó escapar una carcajada, amortiguada por la música pero sincera por el estremecimiento que recorrió su cuerpo. Su sonrisa fue el despertar de la sonrisa de Christian, que se inclinó para susurrarle algo al oído, algo que hizo que se abrazaran y se sonrieran aún más.

-¡Vaya! -exclamé-. ¿No es una gran sorpresa?

-No tanto como piensas -respondió Thalía, sonriendo misteriosa.

-Bueno, da igual. Déjalos -La sujeté de la cintura, manteniéndola de espaldas a mí-. Sigamos a lo nuestro.

Para mi sorpresa, ella asintió.

Abrazados, mi pecho pegado a su espalda, sus dedos entrelazados con los míos, giramos durante ese baile lento, formamos una unidad perfecta, un ser que ni empezaba ni terminaba... sólo sentía. Era agradable estar ahí, moviéndome lentamente al mismo compás que ella, escuchando sonar la música a nuestro alrededor y hablándonos con sólo el contacto de nuestros cuerpos. Thalía cerró los ojos y descansó la mejilla contra mi hombro. Unos cuantos mechones sedosos y negros cayeron rozando mis hombros desnudos, despertando las cosquillas en la zona. Thalía olía a calma y a entendimiento, a abrazos y a deseos.

Me sentí aliviado cuando la canción finalizó y Thalía no hizo ademán de apartarse. De hecho, giró entre mis brazos y volvimos a estar encarados. Sentí su aliento en mi cuello, su corazón latiendo al mismo compás que el mío. Mientras bailábamos, perdí la noción en esos ojos intensamente azules, ojos misteriosos y deseosos como un bosque virgen. La apreté contra mí mientras nos movíamos al compás de esa nueva melodía, esta más lenta.

—Estoy orgulloso de ti, Thalía Grace. —La sentí estremecer entre mis brazos—. Has dado algo maravilloso a todas esas cazadoras.

—No me digas.

—Sí te digo.

Inclinó la cabeza para mirarme, tentando a mis labios con la visión desnuda del hueco de su cuello.

—¿Y qué es ése algo?

—El corazón —Ladeé la cabeza, prestando atención a la tonada que sonaba—, el corazón de la música. La libertad.

—¿De qué estás hablando? —Veía cada plano y ángulo de su rostro. Distinguía la densidad de sus cejas delineadas y dónde terminaba una de sus pestañas y empezaba otra. Notaba el calor de su cuerpo, el rubor de sus mejillas, el aliento que escapaba de entre sus labios.

—De las cazadoras. ¿Ves cómo te observaban antes? Y ahora míralas, bailando ellas también. Olvidadas de su jefa de casa. Al fin.

Ella sacudió la cabeza; el pelo le cayó en cascada de lustrosos rizos sobre los hombros.

—Eso no es motivo de orgullo.

—Claro que sí. Porque les has dado coraje. Les has dado una llave para que abran esos candados que aprisionan sus prejuicios. Les has dado una razón para amar lo que hacen y olvidar toda culpabilidad.

Thalía asintió y luego negó con la cabeza.

—Me alegro —fue, en cambio, todo cuanto dijo, y a continuación añadió, azorada—. De ello y de... bailar contigo.

—¿Sabes? —Me incliné para susurrar a centímetros de su oído—. Yo también.

Dimos otra vuelta, confundiéndonos con la gente. Solté su mano y puse los dos brazos alrededor de su cintura. Ella levantó la mano que le quedaba libre para ponerlos alrededor de mi cuello, uniéndonos pecho a pecho, estómago con estómago, muslo con muslo. En una agonía deliciosa que estaba desmoronando las piezas de mi autocontrol, hasta entonces de acero. Su cuerpo estaba pegado al mío, su rostro tan cerca que podía ver sin dificultad los destellos eléctricosen sus ojos.

—Preciosa —dije con voz ronca y mirada intensa—. Eres preciosa.

Con mente propia, mi pulgar dibujó círculos lentos en su zona lumbar.

—Gracias. Tú... tú también.

—¿A pesar del vestido?

Nos echamos a reír.

—Sobre todo por el vestido —susurró, después.

El rostro de Thalía estaba oculto entre las sombras, lo cual hacía que todo pareciera aún más irreal, más un sueño que se reproduciría siempre y cuando hubiera una música bajo cuya tonada desplegarse. Lo único que hicimos fue bailar y mirarnos, mirarnos y bailar. Hasta que la música acabó.

—¿Sabes? Tú te reirás, pero la prenda esta en realidad me recuerda una escena de película, de esas de Disney.

—Oh, no, por favor. No me hables de Disney.

Me reí entre dientes.

—¿Por qué?

—Disney es peligroso. Una corrosiva basura que lava el cerebro, y encima sin piedad.

Luché por ignorar el modo en que su cuerpo se adaptaba contra el mío en el inicio de una nueva tonada, el cosquilleo de su fragancia, la caricia de los cabellos de su coronilla. Traté de recordar esas intenciones fraternales que me habían llevado al arrebato de aceptar un baile, pero no era capaz de recordar qué importancia tenía aquello. Estaba atrapado en la forma en que me estaba mirando, en sus ojos que no parpadeaban para no apartarse de los míos.

—¿A qué te refieres?

—Pongamos el caso de Cenicienta. ¿Qué clase de ejemplo es ese? Una chica sin sentido de orientación que ni siquiera puede recordar dónde dejó su zapato, por lo que tiene que rezar que alguien se lo devuelva, después de probar en cientos y la madre de pies, que a saber qué higiene tenían.

—Oh, cariño. Tú sí que sabes hacer segundas lecturas y desplumar mitos y leyendas románticas.

Se echó a reír, y no pude más que acompañarla en la risa. Entre tanto, la música se arremolinaba en torno a nosotros. Me sentía aturdido, y no por las bebidas, sino por la sensación de ella entre mis brazos, ella entre mis brazos y pegada a mi cuerpo, ella entre mis brazos, pegada a mi cuerpo, notando cada centímetro de su figura femenina.

Mientras las últimas notas de la canción resonaban aún en el aire, bajé la cabeza para que mis labios rozaran su oído.

—Vámonos a un lugar apartado —murmuré—. Ahí podremos... hablar mejor.

-Vale -contestó enseguida, sin dudarlo ni un segundo, mirándome con la misma intensidad con la que yo la miraba a ella—. ¿Dónde?

—Tú decides. O mejor, el que llegue primero. Ya sabes que incluso así puedo vencerte.

Ella alzó una ceja con incredulidad, e inquirió:

-¿Acabas de insinuar lo que creo?

-Puede que sí... puede que no... -mi cara delataba mis intenciones.

Luchó por mantener a raya la sonrisa, poniendo en su lugar un gesto serio y mortal:

-Puedo ganarte y lo sabes.

-Te doy seis segundos de ventaja -dije, inclinándome lo suficiente para despojarme de los zapatos de los infiernos-. Aprovéchalos... ¡ya!

No necesité decírselo dos veces. Ella giró en redondo y echó a correr, apartando a la gente por el camino, la sonrisa transformada en una risa suelta, repentina, viva, plagada de libertad.

La seguí enseguida, abandonando los zapatos a su suerte. (Mañana, a una chica le tocaría la lotería Louboutins, y Silena me descuartizaría vivo... pero bueno, eso ahora me daba lo mismo). Me aparté de ellos y avancé descalzo abriéndome paso entre la multitud y haciendo oídos sordos de los gruñidos y las maldiciones que desató mi paso. Con el rabillo del ojo, vi que Christian y Victoria seguían deslizándose en su parcela de la pista de baile, abrazados como si fueran a fundirse de un momento a otro en un solo ser, ajenos a nuestra escapada.

Corriendo como locos, pasamos de largo frente a un grupo de hijos de Apolo que se sentaban en un banco, codo con codo y brindis tras brindis, bebiendo de las jarras que sostenían en la mano y cantando canciones algo subidas de tono, tocando su propia música e ignorando la que atronaba en los altavoces, riendo cuando alguno perdía el equilibrio y caía al suelo víctima de los efectos del alcohol, o cuando alguno añadía otra nueva estrofa a la canción que relataba la historia de un dios algo desvergonzado y casquivano, que contoneaba las caderas al parecer de forma muy picante, estrofa que ellos no dudaban en corear. Nos alejamos de los cantantes bohemios, de la pista, de la fiesta, de la masa de gente sumida en su apogeo del entretenimiento.

En una pesada carrera que perdí por causa del maldito vestido, me detuve jadeante, sudoroso y sonriente bajoun par de cipreses que se entrelazaban, retorcidos, formando un arco entre los troncos. Me adentré con cuidado por la espesa maraña de arbustos, siguiendo su rastro. La encontré encima de una rama, en el lindero opuesto del bosque, silbando con exagerada despreocupación.

—Has tardado más de lo que esperaba —bostezó cuando me acerqué—. Me estaba preguntando si debía echarme una siesta mientras aguardaba —cruzó los brazos, indolente, pero en lo único en que pude pensar era que el gesto le resaltaba los pechos; ella me miró y entornó los ojos azules—. Pero ahora que estás aquí, podemos seguir adelante, hasta la verdadera meta, si quieres. Si es que no te das por vencido.

—Jamás —aseguré, desplomándome contra el tronco—. Deja que recupere el aliento y luego ya, hablamos.

-¿A sí que ganarme, eh?

Al abrir los ojos, me topé con una Thalía que me miraba divertida:

-¡No vale, no vale! Este vestido es traicionero.

-¡Ja! ¿Y eso no lo sabías cuando me retabas? -Miró mis pies descalzos-. Vaya. Creo que algo de sensatez sí que tienes.

Tenía los ojos chispeantes, las mejillas arreboladas, el cabello adorablemente despeinado y una sonrisa ensanchada. Se me cortó la respiración, y no por agitación de una carrera; el corazón palpitaba con fiereza entre mis costillas, en mis oídos zumbaba algo de origen ilocalizable que tapaba la poca música que llegaba flotando hasta nosotros.

—¿Sabías lo de el vestido? —pregunté—. Qué horror, por favor.

Se echó a reír.

—Todo el mundo sabe que no se corre con tacones. Y que al bosque no se debe adentrar uno con vestiditos de esa índole.

—¡Yo sólo te seguía! —protesté—. ¿Por qué te has metido en el bosque, si lo sabías?

—Ah. Por simple inercia. Aquí es donde vengo para pensar o estar sola o... en fin, ya me entiendes.

El silencio cómplice se abrió paso entre ambos. Desde ese mutismo, oíamos alguna nota dispersa que el viento traía consigo, aunque no la suficiente cantidad de notas para recopilarlas y distinguir de qué canción se trataba.

—Es muy cruel, hacerme venir aquí, al bosque, descalzo.

—Puede que me haya dado una vena vengativa —sonrió, maliciosa—. Puede que quiera robarte tu ropita de niña bien. Puede que pretenda descuartizarte en un lugar solitario, miembro a miembro. O puede... —se movió por la rama y se inclinó sobre un tronco de pino hueco que tenía al alcance, metiendo la mano en su abertura—, o puede que supiera qué estaba haciendo, al invitarte a mi refugio, para darte... esto.

Atrapé al vuelo un bulto que me arrojó. Lo miré, maravillado: se trataba de unos pantalones, una sudadera y unas deportivas. Me lo puse todo por debajo del vestido, sin dudarlo ni un segundo. Los pantalones eran vaqueros grises, estilo pitillo, y me ceñían hasta lo que no sabía que pudiera ceñirse; la camiseta térmica era de un verde oscuro, típico de camuflaje, y tuve que vérmelas y deseármelas con las mangas largas, ya que se estrechaban mucho a la altura de las muñecas, pero al final logré que todo traspasara su lugar; las deportivas no me llegaban, así que no me quedó más remedio que pisar la parte de atrás y usarlas a modo de chanclas. Cuando acabé, parecía alguien que usara ropa encogida por un desastroso centrifugado de lavadora, pero bueno; mejor ir apretado que ir pasando frío. Y más aún, mejor ir oliendo a Thalía que al Chanel de Silena. El cuchillo que Clarisse me había dado acabó en el bolsillo delantero del pantalón (quería poder sentarme sin necesidad de andar preocupado por la cercanía del filo por mis nalgas, gracias. Y el vestido sustituyó a los pantalones en el escondite del pino hueco). T). Thalía estuvo riéndose por un buen rato cuando separó las manos de los ojos que se había estado tapando mientras me cambiaba y me vio de pie, delante de ella, más apretado que un embudo, y la verdad es que no pude culparla.

Acepté la chaqueta que me tendía y me la puse. El forro no conservaba el calor de cuerpo alguno, pero pronto mi cuerpo necesitado de ello le haría entrar en ambiente. Eso seguro.

—Gracias.

—De nada. ¿Sabes? —Me miró de arriba a bajo y una sonrisilla asomó en la comisura de sus labios—. Te veías muy mono con ese vestido. Ahora tu estandin se ha visto notoriamente rebajado.

—Es tu ropa.

—Mi ropa de caza —desdeñó—. No es la diaria. Comparada con la de Silena, sale muy mal parada. No pasa nada. Puedo decirlo. Te has caído del cielo, ángel.

—Deja de meterte conmigo.

—No lo hago —mintió, para a continuación fracasar en su intento de contener la risa al añadir—. Una verdadera lástima que mi camiseta tape esas curvas.

—Es verdad —dije, arrugando los hombros en la chaqueta—, no te metes conmigo. Estás ligando conmigo. —Aquello, naturalmente, le borró la risa de los labios.

—No te columpies, chaval.

—¡Oh! ¿Y ahora te me pones chula? Seguro que hace un momento estabas deseando verme sin ropa, en realidad.

—Respeto mucho mi cordura. ¿Por qué habría de imaginarme algo que me trastornara de por vida?

—¡Pero si aún no me has visto con el torso desnudo!

—No, pero para una hija de Artemisa no hay mucha diferencia entre eso y un chimpancé.

—¡Oye!

De cuando en cuando llegaba alguna nota perdida del baile, un eco de música apagada que se intercalaba con el sonido del viento contra el bosque.

—¿No quieres reunirte aquí arriba, conmigo? —Me lanzó una sonrisa, un reto tácito.

—Curioso —dije, aproximándome—. Tienes miedo a las alturas, pero subirte a esa rama no te ha costado nada de nada.

—Es diferente —aseguró—. La naturaleza socorre a una hija de Artemisa. Es nuestra madre; nuestra segunda madre. Con ella estoy a salvo.

—¿Y yo? —nos miramos a diferente altura, ella desde arriba, yo desde abajo—. ¿Estoy a salvo o corro peligro?

Ella me dirigió la mayor sonrisa que jamás me había dedicado, una sonrisa que me calentó como un sol.

—Corres peligro. Por supuesto.

—Genial. —Empecé a trepar por el tronco—. Me gusta el riesgo.

Me acerqué lo suficiente para verle la cara y vi que aun con el cambio de escenario, no había cambiado nada. Seguía siendo preciosa, su rostro era aún perfecto y encantador, aunque en su mirada había nuevas sombras, sombras arreciadas por una respiración agitada.

—Dijiste que este es tu refugio cuando quieres buscar soledad —dije con calma, vigilando su reacción—. No parece muy solitario.

—Uno de tantos —aseguró. Se acercó a mí en el tronco del árbol caído, tan cerca que nuestros hombros se tocaron—. Lo suficiente para lo que deseo hacer.

Tragué saliva, atrapado en la intensidad de su mirada.

—¿Y es?

—Preguntarte. ¿Por qué estás aquí?

—Una chica me retó a una carrera.

—No. Por qué estás aquí, aquí. —Señaló con el pulgar el suelo.

—Eh... ¿porque me gustan los vestidos?

—Aquí. En la Tierra.

Parpadeé y luego intenté hacer una broma.

—¿Tan mala memoria tienes? Juraría que ya te lo he...

—Escuché a Rachel cuando te decía que tenías que contármelo. —se separó de mí—. ¿A qué se refería?

—Ammm... eso.

—Sí... eso.

Esperó. Yo suspiré, me apoyé contra el grueso de una rama y acodé los brazos en las rodillas.

—¿De verdad tenemos que volver a pasar por esto, Thalía? —Pregunté y, aunque hablaba con ligereza, la preocupación y el asomo de súplica no desaparecieron de mi voz—. Creo que no es el momento.

—No. El momento de contármelo fue hace meses, cuando hablamos de ello por primera vez. —Me miró y suspiró—. Me dijiste cosas. Muchas cosas. Pero al parecer, no me contaste toda la verdad, o al menos la verdad que me correspondía saber a mí.

—No por maldad, te lo aseguro. Sagrado Estigio que no. —Me sujeté la frente entre el índice y el pulgar, bajando la mirada al suelo—. Thalía... escúchame. Te lo explicaré todo... todo... lo prometo, pero no puedo hacerlo justo ahora. No hoy. No aquí. No esta noche. Por favor, tú sólo confía en mí.

Una mano fresca tocó mi mejilla. Al levantar los ojos me encontré con la mirada preocupada de Thalía.

—Está bien. Confío en ti. Puedo esperar.

—¿Puedes? —La miré inquisitivamente un instante—. ¿Y qué pedirías a cambio? ¿Qué me harías prometer?

—Que cuando llegue el momento me lo cuentes todo. Que seas completamente sincero. Sin callarte nada.

No pude evitar sonreírle.

—Lo juro. —Tomé la mano que descansaba en mi mejilla y besé su palma, agradecido por aceptar retrasar el tema una vez más—. Lo juro.

Me rodeó la cintura con los brazos y la apreté contra mí, cerrando los ojos.

—Así que... ¿es este tu refugio? —comenté, al cabo de un cómodo silencio.

—Mi hábitat.

Abrí los ojos. Mi corazón dio un traspié. Su cercanía era abrumadora. Su cara y sus labios estaban apenas a unos centímetros de los míos.

—Tu hábitat —repetí, subiendo lentamente la mano por su costado—. Entiendo: tu elemento. Aquí tú mandas. Tú dominas. —Acerqué la boca a la zona oculta tras su oreja—. Sólo tienes que detenerme.

Me miró. En sus ojos pugnaban el deseo y la duda, y cuando le toqué suavemente la mejilla, su aliento se aceleró, mezclándose con el viento.

—Sólo tienes que decir que no. —Besé el lóbulo de su oreja—. Sólo tienes que decir basta. —Descendí por la tibieza de la línea de su mandíbula—. Sólo tienes que refrenarme. —Me detuve a pocos centímetros de la comisura de su boca—. También puedes decir que sí. Dejarme hacer. Dejarte llevar.

Nos miramos y vi el ansia reflejada en sus ojos. Temblé de emoción. Mis labios ansiaban tocar los suyos, pero un destello de angustia cruzó su rostro y se apartó en silencio, poniendo así fin a aquel instante. Yo suspiré, apoyé la cabeza en su hombro mientras todo mi ser vibraba presa de la desesperanza y el peso de la decepción se instalaba en mi pecho. Notaba el golpeteo de mi corazón contra mi garganta y la sentí temblar.

—Ya que hablas de detenerse, creo que deberíamos irnos.

—¿Otra vez a la fiesta?

—No. Ahí no. A un recinto más... cerrado. Tengo que decirte algo.

—Creía que éste era tu refugio.

—Y lo es. Pero ya te he dicho que no es el refugio más solitario de la historia de los refugios. —Alzó una mano, reclamando silencio. Y entonces lo oí. Risas, chasquidos, pisadas a lo lejos, acercándose cada vez más.

—Oh, ya veo.

Silenciosa, ágil y rápida, bajó del árbol hasta el suelo alfombrado de hojas oscuras.

—¿Vienes o no?

Me preparé para saltar al suelo.

—¿Pero de qué se trata, exactamente?

—Luke. -Me tendió improvisadamente de la mano-. Sólo tienes que seguirme.

Apreté los dientes ante el brusco golpe de mis pies contra la tierra embarrada. No caí de culo al suelo de milagro.

—Menudo bruto estás hecho. ¿No habría sido mejor que bajases por el tronco, descendiendo como antes?

—Me dices que tienes que contarme algo y de repente te vas... —me encogí de hombros—. Este método es más rápido; responde a tu apremio.

—Ah, ya veo.

-Bueno, ¿a dónde quieres ir?

—No lo sé aún. A donde me lleven los pies, supongo.

—Estupendo. —Le tendí la mano—. No voy a morderte -dije divertido cuando la miró con recelo; ella asintió antes de aceptar mi mano. Entonces, añadí, malicioso-, al menos no todavía.

—¿Tú no descansas? —Emprendimos la caminata, dando un rodeo para evitar ponerle cara e identidad a las risitas y jadeos de la pareja intrusa de nuestro refugio (había cosas que era mejor que permanecieran en la ignorancia)—. Deberías darte por vencido.

-Nunca. Y menos si me das a entender que tengo posibilidades. -Moví el pulgar en círculos sobre su palma.

-¿He hecho yo eso?

-Claro que sí.

-Claro que no.

-¿Y entonces, por qué me la coges? La mano -me apresuré a añadir, consciente de la otra connotación.

-Es de noche. Me ayudará a no caer -musitó por toda explicación, sonriendo de refilón.

Nos internamos en el vestíbulo de la casa de plegarias, total y sorprendentemente despejada. La casa estaba envuelta en las últimas sombras de la tarde, apartada de los sonidos y el bullicio del baile. Veintenas de velas seguían encendidas junto a los espejos de latón batido, bañando la estancia con una vacilante luz dorada.

Los amortiguados sonidos de la fiesta que se oían a lo lejos se sumaban al chisporroteo de las velas al hacerse charco de incienso y a nuestras pisadas al cerrar la puerta, bloqueando las solitarias notas que llegaban a filtrarse al interior del edificio.

-¿Y bien? -No pude evitar acercarme a ella-. ¿Qué era eso que querías confesarme?

Thalía se humedeció los labios, coronilla de una lengua rosada, lenta, atractiva, invitante. Me incliné un poco más.

-¿Luke... no?

Pero me limité a besarla en la frente. Un beso suave, dulce, contenido. Que acabó en un lado de su pelo, junto con mi mano, y mi voz, a modo de disculpa, explicando:

-Tenías un tallo -le mostré la palma de la mano donde descansaba el ramillete-. Ya te lo he quitado. -Me aparté de ella.

Junto con el rubor de sus mejillas, una breve mirada de decepción destelló en sus ojos antes de que su cara girara hacia un lado.

-Gracias, supongo.

Rehusaba mirarme a la cara; en vez de ello, clavó la vista en la pared, donde nuestras sombras se fusionaban en relieve, efecto del umbral de luz y tinieblas abierto en pleno centro del salón, tan entremezcladas que se hacía imposible decir dónde acababa mi sombra y comenzaba la suya propia.

-De nada, supongo.

Los segundos que siguieron fueron tensos. Se recargó en la pared como si buscara recuperar el aliento, y yo no tardé en imitarla, desplomándome cerca, los brazos extendidos como cruz, los ojos cerrados, tratando de regular la respiración acelerada antes, al aproximarme a ella.

—¿Por qué tan callada? —me animé a romper finalmente aquella tensión.

—Estoy pensando —contestó, sin apartar la vista de nuestras entrelazadas sombras, luego añadió—, deberías probarlo alguna vez.

—Qué ingeniosa —bufé—. Tú misma, chica. Pero en serio, deberías exteriorizar esos pensamientos; se te van a pudrir por dentro y acabarán con tus circuitos.

—Luke —dijo con un suspiro—, venga, cállate.

—De eso nada.

Crucé el espacio que nos separaba y agarré su mano. Parpadeó cuando tomé sus dedos y me miró con sorpresa.

—¿Qué haces?

—Cuéntamelo.

Cerró los ojos un momento. Cuando volvió a hablar, su voz sonó baja y distante, y a mí se me puso de punta el vello de la nuca.

—Me está costando. Llegado el momento, no me siento capaz.

—¿Sabes?, no es bueno guardarse las cosas. Todo ese rollo de la introspección está muy sobrevalorado. Así que, venga, desembucha de una vez. Ordena y prioriza tus ideas. ¿Qué es lo que te carcome por dentro?

—Nada...

—Que nos conocemos, Thalía.

—Sí, ya me parecía que dirías eso —suspiró—. Y no puedo eludir la cuestión, ¿verdad?

—aunque la esquives, de algún modo conseguiré sonsacártelo.

—Déjalo estar, Luke.

—Y yo que pensaba que nos entendíamos estupendamente —suspiré de forma exagerada—. Pero más vale que me lo digas, Thalía. Ya deberías saber que soy incapaz de dejar estar las cosas.

Ella pestañeó, pero no pareció muy sorprendida.

—Podría contártelo —dijo con calma—, pero no serviría de nada. Que lo sepas o no, no cambiará nada. Así que ¿para qué perder el tiempo?

—El conocimiento no es ninguna pérdida de tiempo —repliqué—. Cuéntamelo. Y no quieras irte por la tangente. ¿Tan terrible es?

Se apartó, el cuerpo tensado por los remordimientos, bajó las manos y una sombra de mala conciencia oscureció su rostro.

—Bastante terrible. ¿Sabes que es hacer un juramento?

—¿Era eso de verdad lo que te carcomía? —Pregunté sin mirarla, empezando a sentir cierto fastidio—. ¿Era Artemisa? ¿Quieres darme lecciones de lo que haces o no con ella?

—No es lo que piensas —me dijo—. Escúchame, por favor. Y responde a mi pregunta. ¿Eres consciente de lo que implica un juramento a Artemisa?

—Emmm... ¿que te conviertes en alguien inmortal, eternamente joven?

—Inmortalidad no significa eterna juventud.

—Y aun así, vosotras sois inmortales que no envejecen —maticé.

—Son dos cosas diferentes —reiteró—. Y claro que envejecemos. El concepto de inmortal va más allá de la muerte física. Un inmortal envejece como todo lo demás, sobre todo por dentro. La frescura de los inicios, la juventud espiritual no puede mantenerse. La única diferencia es que mientras un mortal envejece a ojos vista, un inmortal lleva su vejez por dentro. —No dije nada; al ver que no decía nada, ella se volvió, extrañada e irritada, e inquirió—: ¿qué? ¿No dices nada?

—El silencio es mi respuesta —musité—, una respuesta que coincide con tus palabras, no temas. Lo que trato de entender es a dónde me quieres conducir con todo esto.

—Hacer un juramento a Artemisa significa mantenerse invariable, inmutable ante el avance del tiempo. Ante la llamada del corazón.

—Thalía...

—Anhelar lo imposible no sirve de nada. Bueno, sí. Sólo para hacerte más daño con algo que no puede ser.

—Me gustaría ser yo quien continuara decidiendo con qué lastimarme y con qué no, si no te importa.

—¡No estoy hablando de ti! —Estalló, sin previo aviso—. Hablaba de mí. ¿Es que no lo ves? ¡De mí!

Dejé de respirar. En algún lugar recóndito de mi ser, una pequeña parte de mí saltaba de alegría por aquella nueva reiteración. «Ella me quiere», susurraba entusiasmada aquella vocecita de mi cabeza. «Le gusto». No obstante, las cosas del corazón nunca eran tan fáciles. Y menos con las chicas. Y menos con Thalía. Así que asentí y aguardé a que prosiguiera, a que blandiera un nuevo «pero» a su ya numeroso repertorio.

—Soy una hija juramentada —dijo con firmeza—. Eso no cambiará, da igual lo que yo desee. Y tú eres alguien al que todos dan por muerto. Aunque los dioses te levantaran la niebla, aunque todos supieran cuál es tu verdadera identidad, lo nuestro moriría antes incluso de haberse formado. No podemos estar juntos y es absurdo desear lo imposible. Soy una traidora por siquiera pensar en ello, por hacerme ilusiones —le tembló la voz al decir esto último, pero respiró hondo para calmarse y me miró de nuevo—. Quizá... quizá sea hora de que pases página, Luke; de que busques la felicidad con otra persona. Tal vez... tal vez con Rachel.

—¡Hala! La cabra siempre tira al monte. ¡Y dale con Rachel! ¿Pero qué te ha dado con ella hoy?

—Con ella tienes una oportunidad de ser feliz —continuó, haciendo caso omiso de mi exabrupto, y sus ojos azules brillaron, llenos de lágrimas, pero no apartó la mirada—. De dejar todo lastre atrás y empezar desde cero.

Quise decirle lo de la profecía, explicarle lo que intentaba hacer al aceptar cumplirla. Quise decirla que su querida diosa estaba detrás de ese mismo augurio de oráculo, y que había aceptado que yo me aproximara a ella, a pesar del juramento que las ligaban. Quise decirle que aun si no hubiera sido así, habría estado dispuesto a ir al Fin del Mundo por ella; por ganarme su respeto, su corazón, su afecto, todo su amor. Quise decirla que estaba dispuesto a vivir de por vida bajo mi apariencia de chica de sábado noche, incluido un vestido de fiesta, pompones rosas y tacones de aguja, si de ese modo podíamos estar juntos. Ansiaba decírselo, pero al mismo tiempo temía que al enterarse de la profecía, todo se viniera abajo; que la batalla de sentimientos que en su interior libraba no fuera más que producto de sus confusas emociones del momento.

Aparté todo ese nudo de pensamientos y me limité a preguntar:

—¿Me quieres?

—Dioses. ¿De qué he estado hablando todo este tiempo?

—De sentimientos. Y emociones. Y de Rachel, no acabo de entender bien por qué. Pero aún no me has dicho lo importante: ¿me quieres?

-Creo... creo que esas son palabras mayores. Muy mayores.

-De acuerdo. ¿Te gusto?

—Mi juramento con...

—¿Te gusto?

Pasaron unos instantes de silencio. Cuando volvió a hablar, noté en su voz una sonrisa, pero era tan amarga como las hojas descoloridas del otoño.

—Está bien. ¿Quieres saber la respuesta? Pues cierra los ojos.

—¡Sólo responde a...!

—Cierra los ojos —ordenó, tajante.

Yo no quería cerrarlos. Deseaba quedarme ahí, observándola, casi tanto como deseaba oír de sus labios las malditas palabras. Pero casi contra mi voluntad me encontré obedeciendo, cerrando los párpados, y un momento después sentí sus labios rozar los míos con una caricia suave como una pluma. Me dio un vuelco el corazón.

—Espero que eso responda a tu pregunta —musitó, apartándose e impidiendo que le devolviera el gesto—. Me gustas, sí. Dioses que sí.

Me quedé callado. A pesar de sus palabras, de su afirmación, de su gesto, de su caricia en mis labios, su voz había sonado plana, desprovista de emoción. Sin saber cómo actuar, respondí sencillamente:

-Estupendo. Porque tu a mí también. Y ya te dije: mientras haya hueco para mí en tu interior, no pienso pasar página.

—¿Es tu última palabra?

—Oh, no. No sé cuál será mi última palabra. Aún me queda mucha vida por delante. (Eso espero).

—Sabes bien a qué me refiero.

Ella aguardó, haciéndose la desentendida, hasta que al final maticé:

—No voy a renunciar a ti. Por nada del mundo. Ni por nadie del Olimpo. Y muchísimo menos con Rachel, que la pobre aquí ni pincha ni corta. -«No, sólo profetizaba».

Thalía suspiró.

-Trato de echarte y, aun así, tú insistes en volver.

-Ya ves que no eres aquí la única persistente.

-Para ser persistente, como dices, tendría que incidir más en el asunto. Pero ciertamente, no tengo ni la más mínima intención en continuar convenciéndote de que te arrojes a los brazos de... otra.

Resoplé, fingiendo alivio. ¡Como si hubiera podido hacerme cambiar de parecer! ¡Ja! no obstante, la sonreí, agradecido, al decir:

-Eso me gusta.

Descendió al suelo, la espalda apretada contra la pared. Se sentó con las manos bajo el culo, como si pretendiera controlarlas así e impedir que tuvieran libertad de hacer un gesto más comprometedor.

-Thalía —dije en voz baja, acercándome a ella—, ¿qué ocurre?

—No importa —susurró, y se estremeció—. No importa...

—Thalía... eih... —me acerqué y puse una mano sobre su brazo—, háblame. Quiero ayudarte, pero no puedo hacerlo si no me dices qué te pasa. Podría ayudarte. De veras.

Siguió callada unos segundos y empezaba a preguntarme si me había oído cuando de repente levantó el brazo, tiró de mí hasta tenerme acuclillado en precario equilibrio frente a ella y, antes de que pudiera reaccionar, tomó mi cara entre sus manos y me besó en los labios.

Me quedé inmóvil, casi paralizado por la impresión, pero pasado un momento mi cuerpo se relajó y cerré los ojos. ¡A la porra!

Olvidé qué era correcto y qué era incorrecto.

Olvidé toda cláusula de castidad de un juramento.

Olvidé todo autocontrol.

El tacto de sus labios pegados a los míos, frescos y suaves, la caricia de sus dedos sobre mi piel, causó que Mi cuerpo reaccionara instintivamente. La suave presión de sus labios contra los míos hizo que me flaqueasen las rodillas. Thalía abrió la boca y nuestras lenguas se tocaron, calientes y húmedas; y con eso bastó para que mis sentidos se colapsasen.

La atraje también hacia mí, la rodeé con mis brazos y la besé con idéntico arrebato. Mi mente parecía un ovillo de cordel, intentando desentrañar lo que era real y lo que era ilusión. Pero, si aquello era un sueño... pobre de aquel que osara despertarme.

Acaricié con mis labios los suyos, cálidos, firmes y suaves, hasta hacerla inclinarse hacia mí para pedir más. Aquel contacto de boca contra boca me hizo olvidarme de todo, excepto la chica a quien por fin estaba besando.

Excepto el instante en que abrió sus labios a los míos.

Un profundo gemido salió de mi garganta mientras profundizaba el beso y ella se aferraba a mis hombros para no separarse ni caer hacia atrás.

-Esto parece una locura. -Jadeó, separándose para recuperar el aliento.

-Es una locura. -Aseguré-. Pero dulce locura. -Sonreí-. ¿Qué vas a hacer?

Silencio.

-No lo sé -admitió-. No lo sé. ¿Estaría mal probar de nuevo?

No supe si fui el primero en dar el paso o fue ella, y no me importó. El sabor de su boca era todo cuanto me interesaba en ese momento. Fue el beso con el que había fantaseado millón y medio de ocasiones, sólo que mejor. Sólo que más real. Sólo que más mareante, delicioso, absoluto.

—Te dije que iba a luchar por ti —ronroneé, entre beso y beso—, y una lucha de nuestros labios también entraba en el lote. ¿Por qué iba a estar mal? No pienso apartarme de tu lado, Thalía. Nada volverá a alejarme de ti. Porque... —susurré, pero en vez de añadir algo más, giréla cabeza y atajé mis propias palabras con un beso.

Sofocó un gemido; ella deslizó los brazos alrededor de mi cintura y me atrajo hacia sí. La besé con entrega. La abracé con fuerza. La miré sin reservas. Quería sentirla contra mi cuerpo, demostrar que aquello era real, que Thalía estaba en mis brazos, al igual que yo entre los suyos.

-Luke...

La acallé con un beso.

Un beso dócil, dulce y lento mientras mantenía las manos quietas a ambos lados de su cintura, para excitarla aún más. Luego moví los pulgares en círculos sobre su piel, bajando y subiendo la mano, yendo de su cintura a su cadera. El gemido que escapó de sus labios amenazó con volverme loco. Solté una risita complacida contra su boca cuando me atrajo con más fuerza hacia sí e hizo que me pegara más a ella; disfruté de su frustración, sintiendo sus rotundas curvas contra mi cuerpo.

Tardé un rato en percatarme de que sus manos se habían metido por debajo de la chaqueta. Me acarició la espalda con las uñas. Por lo visto, yo no era el único en querer torturar. ¡Ah! No… no me estaba poniendo a cien, sino a mil.

Nos apartamos de la pared y caminamos hasta el centro de la vacía estancia sin dejar de besarnos, la inercia y el instinto guiándonos y evitándonos chocar con los pedestales de las velas perfumadas.Ciñéndola por la cintura y deslizando un pulgar por su tersa mejilla, resbalé hasta el suelo, arrastrándola conmigo.

Era incapaz de parar.

Era incapaz de pensar.

De hecho no quería ni pensar ni contenerme. Sólo quería sentir, y sentir lo que quería. La excitación me embargaba mientras despojaba a sus hombros de la chaquetilla que los cubría y deslizaba un dedo por su piel y la devoraba con la mirada.

Sin apartar los ojos de los suyos, tomé sus pechos con las manos y los acaricié por encima de la blusa, y del sujetador que se escondía detrás. Los sentía pesados entre los dedos, pesados, calientes, erectos, invitantes. La piel que dejaba a descubierto la abertura del escote de la blusa era blanca, pálida, tersa, suave. Acerqué la boca, pero me detuve en el último momento. Me aparté de ella unos centímetros y la miré a la cara. Respirábamos con dificultad, como si hubiésemos corrido diez kilómetros en a penas un minuto.

Thalía alzó una mano con la que podría haberme empujado o abofeteado o rechazado de otro modo, pero en lugar de eso la posó sobre mi pecho en un gesto tan suave como ansioso como seductor.

—Sigue... —urgió.

Sonreí, y no me hice de rogar.

Abandoné su boca para recorrer el cuello y después la clavícula y llegar hasta esa hondonada de su escote y que, en su cuerpo, me parecía tan apetecible, tan erótico.

Ella sabía tan bien… y estaba tan excitada…

Me besó en el cuello, ejerciendo fuerza suficiente para un chupetón posterior. Aquel beso encendió todos los resortes de mi cuerpo mientras le acariciaba sin descanso, enredando los dedos en su pelo y rebajándole la blusa hasta el estómago. Correspondí al beso apasionado de Thalía succionando los pezones a través del sujetador, que no era más que tejido de seda satinada, con encaje en los bordillos.

Entonces me di cuenta de que estaba lloriqueando... gimiendo... jadeando mi nombre. Frotándose deseosa contra mi erección, retorciéndose bajo mi peso, devorando cada parcela de mi cuerpo que tenía al alcance. Sus dedos toparon de pronto con la copa de sujetador de Silena que, a saber cómo, aún llevaba puesto.

—Ese sujetador no te hace justicia —jadeó, burlona—. Mejor arrancártelo. ¿No crees?

Y eso fue exactamente lo que hizo; con una fiera impaciencia y una firme ansiedad y una suave destreza que me sorprendió y excitó al mismo tiempo. La prenda voló por los aires, los calcetines que le hacían de relleno llovieron sobre nuestras cabezas como invitación a la hilaridad. Thalía volvió a besarme,, pero esa vez con más voracidad, con más urgencia, con el mismo descontrol que sentía achispar mi cerebro.

Gemí. Y a Thalía se le oscurecieron los ojos, dilatados por un deseo que la empujó a tocar mi cuerpo, besarme por debajo de la camisa, marcándome con ansia, como si desease engullirme primero y preocuparse por ello después.

El calor, el deseo y la gula recorrieron todo mi cuerpo como una exhalación, y por los dioses que no podía hacer nada para detener aquel flujo. Lo único que podía hacer era seguir adelante.

Y eso hice.

La envolví en mis brazos y tanteé sus formas femeninas con las manos a través de la fina tela de su ropa de gala. Y la posicioné encima de mí, hasta que nuestros cuerpos estuvieron pegados.

Tela contra tela.

Calor contra calor.

Separé mis labios de los suyos y empecé a descender por el cuello y el hombro y le bajé el tirante del sujetador mientras cubría su cuerpo de besos ávidos. Mis pectorales se tensaron cuando ella deslizó sus manos de mis hombros hacia el ombligo. Un deseo sin correa se abrió camino en mi bajo vientre, amenazando seriamente con acabar con mi cordura.

Y de repente se detuvo.

Quedó rígida en mi abrazo, tan petrificada que parecía que la hubieran echado un hechizo de inmovilidad.

—¿Qué ocurre?

La respuesta no llegó de sus labios. Más bien de una voz intrusa en mi cabeza.

—No preguntes y venid antes de que me arrepienta de haberos avisado a tiempo.

Pegué un respingo de sobresalto, levantándome del suelo, mirando en derredor. Estábamos justo delante de un altar. El altar de una diosa. El altar de Artemisa.

Me volví para mirar a Thalía. No me cupo duda de que Christian también le había hablado en la cabeza. Se había levantado del suelo y se la veía aturdida. Sus labios, de un rojo rabioso e hinchado por los besos, eran tan apetecibles como dos fresas silvestres. Sus ojos, abiertos como platos, miraban asustada el altar de la diosa frente al cual nos habíamos estado besando, como si sólo entonces fuera consciente de lo que habíamos hecho... de lo que habíamos estado a punto de hacer. Me acerqué para volver a besarla, haciendo caso omiso de la advertencia del shek, pero ella se apartó, negando con la cabeza y adelantando una mano para refrenar mi avance. El momento de pasión y abandono había pasado.

«¡Maldita serpiente!»

No tuve mucho tiempo de maldecir la inoportunidad de Christian. Gritos y ruidos de trompeta, llamando a las armas, nos llegaban desde la zona de la fiesta, más claros y penetrantes que las canciones de baile de antes. Thalía y yo nos miramos, asombrados y perplejos. Recogimos las ropas disgregadas (el sujetador de Silena y los calcetines de relleno acabaron en el interior de mis bolsillos traseros, ya de por sí estrechos) y lanzamos una ojeada rápida a la estancia para comprobar que por el suelo no quedara huella de nuestro impulso.

—¿Qué crees que será?

—Los monstruos —dedujo ella, arreglándose a toda prisa los cabellos—. ¿Quién si no puede ser tan inoportuno?

Aproveché el momento de obnubilación para darle un beso rápido en los labios antes de dar media vuelta e ir al encuentro de Silena. Salimos escopetados de la sala al rellano de la casa. Con un cabeceo aquiescente, salimos disparados a la salida de la casa de plegarias. Sin dejar de correr, extraje a Backbiter y dejé que adoptara su real tamaño.

Afuera, la oscuridad había terminado de hacer acto de presencia. La noche estaba espolvoreada de una luna menguante y una modesta corte de estrellas.

Mientras nos acercábamos a todo correr, la orquesta dejó de tocar, instrumento a instrumento, pasando de la melodía sonora de antes a un requiebro que dio paso al silencio.

—Qué oportuno —grité a Thalía, ceñudo—, que nos enrollemos y nos ataquen inmediatamente. Casi se diría que esos monstruos no sólo quieren matarnos, sino también tocarnos las narices.

La música se había parado bruscamente. Saltaban las trompetas de alarmas por todas partes. El hechizo de la fiesta se había roto por completo. En la pista de baile cundió el pánico. Los semidioses se disgregaron en busca de sus armas, hasta que Clarisse le arrebató la trompeta a uno de los que habían estado tocando; Pulsó una nota temblorosa aunque constante en el instrumento, mientras otros hijos de Ares agitaban el brazo y gritaban a todos que se quedaran quietos, que eran fuerzas amigas.

Perplejo, estiré el cuello junto con todos los demás, intentando ver de qué fuerzas amigas estaba hablando. La multitud señaló a un punto lejano sobre la copa de unos arbustos, donde había empezado a formarse un foco reluciente. Como sonámbula, Thalía empujó para ganarse espacio. Los campistas dejaron sitio para que pasara. La seguí a cortos pasos.

Dos personas iban al frente, montados en sendos caballos zainos y hermosos; uno color plata de luna, otro color dorado de sol. Éste último detuvo el caballo con elegancia cuando llegó a las puertas de la casa de Apolo y se pasó el índice a lo largo del rubio cabello mientras examinaba a la multitud congregada a su alrededor. Resultaba una figura imponente con esa esclavina bordada con el símbolo de las doce divinidades del Olimpo sujeto a un hombro con dos botones, lo que le permitía mostrar su lujoso forro de seda verde.

—¡Oh, no me lo puedo creer!

Él alzó una mano con elegancia, mostrando una amplia sonrisa.

—Pues créetelo, Thalía.

El otro jinete, el del caballo de plata, descendió de la montura e irrumpió en la zona de baile como luz de luna impelida en el viento. Me quedé boquiabierto; a mi lado, Thalía jadeó, como si le hubieran extraído de golpe toda pizca de oxígeno de los pulmones. La mirada intrépida pasó rauda sobre los reunidos y finalmente se detuvo en Thalía.

—Hola, hija mía… —Saludó Artemisa.