← Historia 126109 · de
Historia 126109 — capítulo 36
Disclaimers: Tanto Idhun como el camping son de sus respectivos autores. (Yo sólo juego a jugar con ellos al juego de las historias paralelas y los bailes).
-…-…-
CAPÍTULO 35: ENTRE TRAJES.
-…-…-
—No. No. —Denegué mirando la ropa que sostenía Silena ante mi cara—. No, no, no y no.
Estábamos en su dormitorio, como había prometido, después de hacerme volver a duchar por segunda vez en el día en menos de seis horas. Al entrar descubrí, para mi suerte, que muchas de las chicas que habían ido en busca de su ayuda estaban agrupadas en habitaciones contiguas, no en la de Silena; en la suya sólo estaban Annabeth y Rachel y, más tarde, se unió Clarisse. (¡Quién lo iba a decir!). Aun así, se quedaron totalmente asombradas cuando me vieron llegar con Silena, quien se paró sistemáticamente en cada uno de los dormitorios, dando consejos aquí y allí. Me abstuve de mirar directamente a la cara a alguna de ellas; me limité a esperar con más o menos disimulo a que Silena acabara y saliera para reemprender la caminata a su habitación, que era la última de aquel pasillo.
—Vamos, entra. —Invitó, echándose a un lado para que pasara.
Al entrar me sorprendió ver que el dormitorio estaba decorado con un bonito color pastel. Supongo que esperaba que fuera rosa chillón o algo más pijo, como la persona absolutamente presumida que ella era. Pero no. De hecho, sospeché que lo había decorado bajo los consejos de moda de alguna revista de decoración. Una cama invadida por mimosos peluches, un escritorio pensado para dos, una mesita de noche sobre la que descansaba una impresionante pila pulcramente ordenada de revistas, la mayoría demoda, apisonadas por un alto candelabro de cristal con una vela verde musgo apagada, y un tocador de oscura madera de cerezo, con su espejo, sus cajones y demás accesorios. A parte del tocador y la decoración, nada diferenciaba su habitación de la mía. Y en dimensión, al menos, estábamos a la par.
Así que ahí estaba, en el dormitorio de Silena, una habitación con ventana en forma de arco de medio punto que daba justo encima del estanque, donde un grupito de hijos de Apolo gritaban y hacían gala de sus dotes para los recitales, escuchando como en un zumbido de moscardón sus afirmaciones de que podía prestarme algo que vestir para aquella tarde.
Claro que la chica tenía una ropa que prestarme.
Aquello no era un armario; era un vestidor al completo.
Marcas de la más alta confección colgaban lánguidas de perchas, estanterías y maniquís. Y entre tantas prendas a escoger, no se le había ocurrido otra que elegirme un vestido. Y no uno cualquiera: era un vestido escandaloso. Y cuando digo escandaloso, es que era "es-can-da-lo-so". Espalda, hombros, brazos y pecho quedarían al descubierto si bajaba la guardia y aceptaba a enfundármelo al cuerpo.
Enganché un pliegue entre el pulgar y el índice, retorciéndolo con aprensión. Era un vestido de seda tornasolada en color verde manzana, ligero y tan delicado que daba la sensación de que un liviano roce podría disolverlo, por no hablar de un soplo de viento. Estaba adornado con diminutas perlas que atrapaban la luz y la reflejaban como estrellas; tenía un corte que prometía dejar al descubierto toda la espalda, antes de detenerse por poco en la rabadilla.
—No. —Repetí. Lo empujé con el índice, devolviéndoselo a Silena—. Ni se te ocurra intentar endosarme esta... esta cosa.
Al otro lado de los tabiques, oía a las chicas soltar risitas entusiastas, como si estuvieran preparándose cada una para asistir a la boda de su mejor amiga. En el baño de Silena, Rachel y Annabeth se atendían mutuamente. Sentada en un lateral de la cama, Clarisse ojeaba una revista rescatada de debajo de la almohada de la anfitriona de la estancia.
—¿Qué le ves de malo? —preguntó ésta.
—¿No te parece muy atrevido?
—Pero es que tú le sacarías pegas hasta al hábito de una monja.
—¡Por favor, Silena!
—De acuerdo, de acuerdo.
Regresó al umbral del armario. Se inclinó y volvió a rebuscar entre las perchas que le acariciaban el rostro. Al cabo de un rato salió a remolque, apartándose de la cara mangas de camisa, copas de sujetadores, dobladillos de pantalones, volantes de faldas y tiras de cinturones
—¿Qué tal este?
Traía en la mano un traje rarísimo que era toda seda, flecos en los bordes, purpurina y muchos tirantes. Los señalé con el dedo.
—¿Y si se me resbala un tirante?
—Pues te lo recolocas.
—¿Y si se me resbala y eso hace que todo el vestido me resbale hasta la cintura? ¡Con lo que terminaría enseñando en medio de la fiesta las tetas!
Silena me miró como si creyera que definitiva e irremediablemente había perdido la chaveta.
—¡Cómo se te va a resbalar el tirante hasta ahí abajo?
—No lo sé, pero todo puede ser. Cosas más raras se han visto. ¡No lo quiero!
Silena resopló. Se echó atrás la larga, rubia y perfecta melena. Se dio la vuelta, colgó el traje raro y me dio la espalda.
—Está bien. Escogeré una que tenga manga.
Así seguimos un buen rato. Ella proponiéndome prendas que retiraba lustrosas y planchadas de su armario-vestidor, y yo poniéndoles pega a todos.
Al tercero:
—Esa tela me irita el cuerpo. Hace que me quiera rascar como si tuviera piojos bajo la piel.
Al cuarto:
—¿Y si se me baja la cremallera?
Y es que la falda tenía cremallera hasta en los lugares menos insospechados.
—Pues la subes. —Por un momento, temí que se abalanzara sobre mí y me enrollara la tela al cuello para ahogarme y atajar así con lo que la estaba irritando. Gracias a los dioses, la devolvió a su lugar de origen.
Al quinto:
—¿Y si se me sale algún pecho entre salto y salto?
Y es que tenía un escote que llegaba a oriente.
—No digas tonterías. Eso es imposible.
—¡El escote es bastante!
—¡Da igual! —Estalló Silena—. ¿Qué más da? ¡Si total no tienes tantas tetas!
—Razón de más —hice ver, triunfante—. No lo luciré como debe ser. Guárdalo.
Para el séptimo se le habían acabado las contemplaciones.
—Te pondrás el siguiente que saque para ti —resolvió, recolocando la prenda en el colgador—, y no hay más que decir. Ya te he dado oportunidades de sobra para elegir a tu gusto, pero me quieres torear. ¡Así que ahora te vas a aguantar! Decida yo lo que decida.
Clamé auxilio con los ojos a Clarisse. ¿Quién mejor que ella para entender ese infierno de ropajes? Pero la sonrisita que planeaba en sus labios dejó muy claro de qué bando estaba La Rue. Miré de reojo a Rachel y Annabeth, recién salidas del baño y ahora asentadas en un lateral del tocador, pero mostraban más interés en la colección de gafas de sol desplegados en uno de los cajones, todas de la elegante marca Maui Jim, que en mi pelea continua con Silena. Por cierto que ésta no tardó mucho en hallar otro traje con el que poder cumplir su amenaza.
Sacó un vestido de raso blanco. Cuello redondo pero escotado. Modelo entallado hasta la cintura. Caída en vuelo hasta el dobladillo. Con mangas largas y con piedrecitas brillantes en el corpiño y la falda.
—¡Perfecto! —exclamó Silena cuando salí del cuarto de baño, después de haberme enfundado en aquella cosa escondido en el cubículo de la bañera, tras la mampara, , los ojos cerrados en todo momento, por supuesto—. ¡Te ves increíble! —Silena acompañó su juicio con una palmada alegre por encima de la cabeza—. Te queda estupendo.
Definitivamente, su sentido de «estupendo» difería total y radicalmente del mío.
—Bueno, ya he cumplido.
—Nada de eso, querida. Esto ha sido solo el comienzo. Aún faltan por decidir los zapatos, maquillaje, el bolso, unos cuantos accesorios... No, Lucy: acabamos de empezar. Así que centrémonos en el siguiente paso: el maquillaje.
—¡Ah, no! —chillé, incorporándome de golpe en la silla.
—¡Ah, sí! Tienes un pacto que cumplir... ¿recuerdas?
—No sé yo hasta dónde llega ese pacto.
—Vas a maquillarte, y no hay más que hablar —me lanzó una sonrisa indulgente que no me gustó ni pizca—. Míralo de este modo: cuanto antes te sientes, antes empezamos y antes acabará todo.
Con un suspiro, me entregué a los cuidados de Silena. Tardó lo suyo. Un año, un siglo quizá. Yo sentado pasivamente mientras Silena trabajaba en mi cara, con Rachel haciendo lo propio en la cara de Annabeth. El espejo del tocador estaba enfrente, pero sentía total reticencia a asomarme por él. En toda mi vida había llevado tanto maquillaje. Esperar. Dejémoslo en que jamás había llevado maquillaje, y punto. Ni siquiera en Halloween. No era como quienes se pintarrajeaban la cara siquiera por motivo de un disfraz. Y me habría gustado poder seguir presumiendo de ello por toda la eternidad.
—¿Llevas esto cada día? -Pregunté mientras Silena daba un paso hacia atrás para mirarme cuidadosamente, con la esponja maquilladora todavía en la mano-. No sé cómo lo aguantas. Pica. Incomoda. Se siente raro.
—Te acostumbras. —Se acercó y volvió a la carga—. Y no se puede decir que te haya puesto mucho. Ahora cierra los ojos. -Obedecí-. Y respondiendo a tu pregunta... no, yo sólo me maquillo en ocasiones especiales. Mi belleza es bastante natural y absoluta e incuestionable. Acentuarla con maquillaje diario sería malcriar al buen ver vuestra vista.
Sentí el contacto del polvo mientras se deslizaba por mi cara. Arrugué la nariz y contuve las ganas de estornudar.
—¿Insinúas que mi belleza es ordinaria?
—Confirmo que tu belleza es una dote a la que no sabes sacarle partido.
—Ah, bueno —comenté en tono irónico-. Menos mal. Ya me habías preocupado.
Volvió a retroceder un paso.
-Está bien. Ahora abre los ojos. Pero quédate quieta. Aún no hemos acabado.
Hubo una pausa.
-¿Y bien?
-Vamos por buen camino. -No obstante, la esponja maquilladora volvió a contactar con mi cara-. Y luego tocará escoger qué te vas a poner.
-¿Has cambiado de opinión? -Pregunté, llevado por una chispa de esperanza-. ¿Podré quitarme este vestido y llevar pantalones?
-Me refería en los pies.
-Algunas deportivas son elegantes -me aventuré a decir.
-Ni lo sueñes -rechazó Silena, muy contenta.
Por fin se alejó, me estudió durante un segundo, analizando crítica su labor. Suspiré cuando asintió; ya me veía con otro asalto de maquillaje.
—¿Ya puedo levantarme?
—Todavía no.
Cogió del tocador un tubo negro del tamaño de un dedo (aunque tan largo como una tecla blanca de piano). Hizo girar la rueda hasta que asomó la coronilla del palo rojo que se escondía debajo. Pintalabios, claro.
—A ver, mándame un beso... —puse los labios en morritos—. ¡Muy bien! —aplaudió Silena como si yo fuera un niño pequeño al que hay que premiar con una palmadita de mamá. La fulminé con la mirada mientras ella reía y me tocaba varias veces los labios con el pintalabios hasta cubrírmelos de color.
—¿Puedo levantarme ya? —repetí cuando dio el toque final.
—¡Que no! —Devolvió el pintalabios a su sitio y sacó de otro compartimento unas pinzas.
—Eih, eih, eih. Alto ahí. ¿Qué vas a hacer con eso?
—Hay una magia que se llama depilación... —Agitó las pinzas como si pretendiera hipnotizarme con su vaivén.
—Y otra magia que se llama asesinato —repliqué—. Aleja esas asesinas de cejas de mi cara.
—Vale, vale —se rindió, sin presentar esta vez batalla; le pasó las pinzas a Annabeth—. Porque has sido una niña buena, te lo permito.
—Qué gran consideración la tuya.
—¿A que sí?
Desvié los ojos hacia el paisaje de la ventana; la refulgente bola solar iba terminando su cenit; en una hora más, recorrería el inicio de la tarde.
—¿Entonces hemos acabado ya, no es así?
—¡Uy, no! —Dijo Silena—. Tenemos tu ropa, el pelo y el maquillaje. Es el momento de que empiece la verdadera diversión.
—¿Y es? —pregunté, receloso.
—Tu pelo, por supuesto. Está... echa una ratonera —hizo gesto de garrapatas trepando—. Y eso para una fiesta no se puede consentir.
—De mi pelo me encargo yo —dije, sin dar pie a otra opción. Una cosa era que Silena fuera víctima de la niebla de los dioses, que me hacía lucir con pelo rojizo y alargado, otra muy distinta que tal efecto visual no se viera hecho trizas si alargaba la mano y me tocaba el pelo y comprobaba que la extensión de cabello que tocaba no correspondía ni coincidía con la que sus ojos le decían—. Me encargo yo —repetí al ver que se disponía a protestar—, o me voy, y a la porra la apuesta.
—Más vale que te hagas un peinado que sea digno de ese vestido que luces, guapa —advirtió con ojos peligrosos—. Aun así, nos siguen faltando tareas.—Atrapó una de mis manos y las estudió durante un momento; se estremeció y sacudió la cabeza y, antes de que yo pudiera preguntar qué diablos buscaba entre mis dedos, me soltó la mano—. Es definitivo. Tus uñas también necesitan atención. ¡Y aún no hemos escogido los accesorios! Por no hablar de los zapatos.
—¿Mis uñas? ——. ¿Accesorios? ¿Pero todo eso es realmente importante? ¡Pero si no se fijará nadie!
—Claro que sí se fijarán, Lucy. No hagas preguntas tan tontas ni digas chorradas —sacudió la cabeza, asombrada por mi ingenuidad—. Vamos, devuelve ese HACERO que tienes por culo a la silla. Y no te preocupes; tú sólo déjamelo a mí. En un abrir y cerrar de ojos esas garras estarán fabulosas.
—Está bien —suspiré—. Está bien. Obra tus maravillas en mi cuello y piel —agité airoso una mano en su dirección—. Pero mis uñas tampoco se tocan.
Silena gruñó, pero no dijo nada. Así que sentado en una silla de mullido cojín y respaldo alto, permití que peinara mis cejas, perfilara mis párpados con sombra, rizara mis pestañas con transparente rímel, delineara mis labios con más lápiz negro, y colocara en mi cuello una finísima cadena de oro con diminutas gargantillas cristalinas que titilaban al leve roce de la luz.
—Ya está. —Se alejó un poco para supervisar el resultado de su trabajo. Asintió, sonrió, y volvió a acercarse, ojos brillando de satisfacción, proclamando—: ¡Lista! —Me tendió la mano y me ayudó a levantar de la silla—. ¡Jo, estás cañona! ¡Venid a ver esto, chicas!
Las tres se acercaron, todavía a medio vestir. Hubo una pausa. Cuando Rachel habló, su voz sonó contenida, a punto de desbordar la risa que chispeaba en sus ojos.
—¡Lucy, pareces una chica!
—Una chica preciosa —abundó Annabeth. Clarisse movió de arriba a abajo la cabeza con jocoso entusiasmo.
-Increíble -recalcó Silena-. Te ves increíble. ¿Lista para ver que no miento?
No lo estaba, pero ella no pareció darse cuenta. Me arrastró hasta el baño, encendió la luz y me enfrentó al reflejo del espejo que antes había conseguido eludir con el hábil recurso de cerrar los ojos, con un teatral:
-¡TachÁn!
«Oh, dioses», pensé al verme. «¿Por qué no me matáis directamente?».
Me habían pintado la raya de los ojos de color negro, los labios de un rojo oscuro, y llevaba el pelo rizado y algo resuelto sobre los hombros (pelo que Rachel se había apresurado a amueblar, siempre atenta al contraste real entre la imagen y mi verdadero pelo ). Tenía esa pinta de mujer fogosa que normalmente me hacía hervir las venas, pero no esa noche. No, tratándose de mí mismo. Paseé la mirada por el rostro del espejo, y luego le hice un buen repaso al vestido. El modesto escote y los suaves bordes de las copas que elevaban ligeramente los pechos resaltaban sobre una piel ruborizada (la idea de rellenarme el sujetador con PAPEL HIGIÉNICO para dar la impresión de que las copas guardaban dos tetas de verdad y no sólo aire, cortesía, otra vez, de Rachel, cobraba por fin su sentido). Deslicé la mirada por los corchetes que se cerraban sobre el pecho; descendí por el vientre hasta llegar a la cintura, de ahí fui más abajo, donde una hebilla plateada quedaba suspendida justo encima del pubis. El vestido me llegaba hasta la mitad de los muslos, y aun así no me cubría ni la mitad de lo que me habría gustado. Además las cuentas plateadas que cubrían el corpiño resplandecían a cada leve aflicción de luz si me movía. Y otra cosa que también destellaba era el colgante de cadena de plata que reposaba en el hueco de mi expuesta garganta.
Resoplé. Empecé a desembarazarme del vestido, pero Silena me detuvo.
—Ah, ah. ¡Ni se te ocurra echar a bordo todo mi trabajo! además, recuerda: has apostado.
—Abandono el barco. Me reservo mi derecho a retirarme de la travesía de esta locura.
—Demasiado tarde. El trato está cerrado, la apuesta se ha realizado, es hora de recoger el premio.
—Si hemos hecho una apuesta y los dos hemos ganado... ¿por qué se me está castigando?
—¿Y cuál es tu castigo? ¿Quedar despampanante?
—¿A esto llamas despampanante?
—Mírate.
Lo hice, y lo único que vi fue a una pelirroja vestida para causar infarto. De haberla visto en una discoteca, no habría dudado en ficharla, pero, ¿siendo que era yo esa chica? ¡Horrible!
—Silena —imploré—, ¿de verdad no tienes algo… con más tela en forma de pernera?
—La tienda ya ha cerrado —respondió Silena—. No se admiten cambios. ¿Por qué te empeñas en asfixiar a la tía buena que llevas dentro?
—Pues porque... —«¡soy un chico!»—. Pues porque sí.
—Esa es una respuesta pobre —dictaminó Silena.
—¿Porque... no me acostumbro a estas cosas de faldas.
—Eso ya se acerca más. —Asintió con la cabeza—. Aunque sigue sin ser excusa.
—¡Me da náuseas y dolor de cabeza!
—No te preocupes, luego te tomas una aspirina y punto. Pero hoy irás con el vestido; y sin miedo a los efectos secundarios de los analgésicos.
—¿Cómo dices? Entonces, ¿de verdad tendré que ir por ahí con esto puesto?
A mi lado, Silena dejó escapar un gruñido.
—«¿Esto?» ¿Cómo que «esto?» ¡Ese vestido vale más que toda tu ropa, guapa! así que menos desdén y más respeto.
Annabeth le susurró algo a Rachel. No pude oír bien qué era, pero ambas se echaron a reír, burlonas. Fruncí el ceño. La chica del vestido en el espejo frunció el ceño. Fulminé con la mirada. La chica del vestido en el espejo también me fulminó, como si me reprendiera por mi actitud hosca. Enfadado, me aparté del lavabo y salí del baño.
—Dejad de conspirar contra mí —me quejé al pasar junto a ellas—. Silena. ¿Puedes darme al menos un jersey?
—¡No! —respondieron todas al unísono. ¡Yeih, incluso Clarisse!
Apunté con el dedo a Silena.
—Se dice que la venganza es un plato que se sirve frío. Te aseguro que la mía la serviré en un plato helado de chocolate.
Ella sonrió, cándida.
—¿Tan pronto ya la estás urdiendo?
—Oh, sí. Y que no se te olvide que he confiado en ti todo el rato. Así que cuando yo te lo pida, tendrás que hacer lo mismo.
Ella levantó las manos en actitud de defensa.
—Por supuesto. Cuando quieras, me das la primera onza.
—Vayamos a por los zapatos. —La di la espalda—. Acabemos con esto de una vez por todas.
Cuando estuvimos de vuelta en lo que era la habitación, Silena empujó la puerta corrediza en el otro lateral del armario empotrado. Ante mí apareció un montón de zapatos, exhibidos cual piezas de museo de calzado. Desde deportivas hasta botas, botines, sandalias, bailarinas, manoletinas, etc, etc, etc, toda una variedad a la vista, acusando de potencial consumidora a Silena. Los miré horrorizado; Silena con meditación, cogiendo y sopesando algunos, descartando con la mirada otros.
Al cabo de medio minuto, no pude soportar la vista y me giré, entreteniendo los ojos en los marcos que colgaban de las paredes. La mayoría tenía fotografías protagonizadas por Silena, pero aquí y allí se ganaban espacio caras de gente que no conocía; y de las que sí, Beckendorf era sobre todo quien aparecía. Los marcos eran de madera tallada a mano, con frases compuestas por hilos de oro, bordado a mano, pintada a mano, y comprada por una mano muy rica, sospeché. Pero lo más sorprendente fue lo que encontré bajo la repisa de uno de ellos.
—¡Tienes una mininevera en tu habitación! —exclamé, sin poder evitar señalarla con el dedo, como haría un niño pequeño ante una curiosidad de feria.
Silena me dirigió una de sus típicas sonrisitas de superioridad, asomándose brevemente por el quicio del armario, y dijo:
—Es uno de los privilegios de ser la jefa del camping, por debajo del Señor D. —Después añadió en voz baja mientras rebuscaba sin cesar en las tripas del armario—. Y uno de los requisitos para salir con Charles.
Todas emitieron un ¡uuuy! picante. A pesar de haberme perdido el contenido de la broma, sonreí y musité:
—Vaya.
Entretanto, le tocó el turno a Clarisse de sentarse en la silla del tocador (trono de hierro, más bien). Me quedé boquiabierto cuando Rachel acabó con ella. Sorprendentemente, Clarisse estaba guapa. No guapa, simplemente, sino GUAPA, así como os lo cuento, con mayúsculas. Por primera vez la vi como la mujer que era, y no sólo como una mestiza soldado. Llevaba un traje de noche de única pieza, blusa por arriba y pantalón por abajo, negro con la falda del mismo color rojo brillante que la chaqueta. Bordados rojos decoraban el pequeño escote en uve y un lazo dispuesto por encima del ombligo le rodeaba la cintura con su cinta, también roja. Su negra cabellera, perpetuamente desaliñada, estaba cepillada y alisada y hasta destilaba un tenue brillo. Eso sí, no se estaba quieta; cada dos por tres alzaba una mano para toquetearse el cabello y comprobar que cada una de las briznas se mantenían en su sitio, gracias a la laca y a las orquillas del elaborado peinado que los recogía, o tiraba de algún pliegue del traje para acomodárselo mejor.
—Por favor —la pedí—, por favor, déjame estar presente cuando Chris te vea.
Todas se echaron a reír; Clarisse, tan roja como un pimiento morrón, igualmente se rió.
—Vendrán a recogernos luego —prometió.
—Estupendo —dije, imaginándome ya la cara de bobo atónito que se le quedaría al hispano.
—¡Oh, ya está! —chilló Silena, una eternidad más tarde, recordándome que mi tortura aún no había concluido—. ¡Este es perfecto!
Me giré hacia ella, y el gesto que compuse fue magistral.
—¿Eso son... tacones? —inquirí, pasmado.
La rubia sostenía entre las manos unos botines de tiras plateadas por broche, con un tacón alto, delgado, vertiginoso, estilo aguja.
—Unos tacones muy bonitos —matizó Rachel hablando por encima de la coronilla de Clarisse, con velada sonrisa en los labios.
—¡Y Louboutins, eh! —presumió Silena, como si eso bastara para borrarme el espanto de la cara.
—Y muy, muy, muy altos. —Abundé con un hilo de voz.
Annabeth asintió, admirada. Examinó el zapato con detenimiento. Eran de un rojo brillante y reluciente, con tacón de aguja de al menos un metro de largo (aunque ellas se empeñaron en asegurar que a penas llegaban a los veinte centímetros, cuando se los hice ver) con una especie de moño en la parte de atrás.
—Bueno —me lo lanzó a los pies—. ¿A qué estás esperando? Póntelos.
—¿Estás bromeando, verdad? —Mis labios se apretaron en una delgada línea de desagrado, las cejas se fruncieron en un gesto de automático rechazo y mis ojos no tardaron en fulminar el calzado que Annabeth (a partir de ahora mi ex amiga Annabeth) señalaba con entusiasmo—. Por favor. —Giré hacia Silena—. Dime que estás de cachondeo.
Silena me miró como si tuviera monos en la cara.
—Claro que no.
—No pienso ponerme eso —sentencié, reculando de espanto.
Ella me lanzó una mirada entre desdeñosa y condescendiente.
—¿Y por qué no?
—Odio los tacones. -«Eso, y que soy un chico, joder»—. No me gusta nada de nada. Y...
—Y nada —atajó Silena, espantando con un gesto mi protesta—. Lo has prometido. Dejarme elegir tu vestimenta. Hemos hecho una apuesta y debes cumplir con tu parte pactada. Así que no me importa si los odias o no -argumentó, sabiéndose victoriosa—. Pruébatelo. Venga.
Sujeté el botín y los escruté durante un segundo como se merecía el desagradable insecto que era de ese calibre.
—¡Oye, tú, que no es una serpiente! —se ofendió Silena, mientras Clarisse se doblaba en dos, sujetándose el estómago con ambas manos, vencida por la risa.
—Una serpiente puede morir si la estampas contra algo —hice ver, gruñón—. Esta cosa no.
Me senté en una de las sillas libres que no tenían ninguna prenda arrojada a su asiento y deslicé el pie en el interior de los botines; até las tiras, pasando por encima del tobillo y acomodé bien el pie dentro del zapato brillante... o al menos lo intenté.
—¡Ooooh, Lucy! —Rachel se tapó la boca con una mano; los ojos le brillaban de diversión. A Silena, de satisfacción—. ¡Te quedan chulísimos!
«Maldición», vociferé mentalmente. «¡Maldición!». Cuando aquella fiesta acabara Zeus y demás dioses iban a tener que pagarme sesiones con un terapeuta, porque vamos, ponerse esos instrumentos de tortura de pies ya era un plus de un contrato que yo ni había firmado. ¿Vale?
Me levanté el vestido hasta las rodillas para poder sentarme cómodamente sobre la cama, pero Silena me cazó y se abalanzó al instante sobre mí, blandiendo advertencia en sus ojos.
—¡No hagas eso!
—¡Sólo quiero sentarme! —protesté.
—¡No así! Piernas juntas, espalda recta. Deja que el vuelo del vestido caiga libre, no lo levantes. ¡Ni lo ahueques entre las rodillas!
Aquello fue el pistoletazo de salida de un sinfín de consejos a cual más horripilante:
—Tienes que andar derecha. ¡Levanta los hombros, luce tus pechos! No hagas movimientos tan bruscos, ¡no eres un robot! Deja el vestido tranquilo; ¡es una tela, no una raíz donde enredarte las piernas! evita agitar tanto la cabeza, no vaya a ser que al final se te deshaga el peinado... —¿Las chicas tenían todas esas reglas en mente cuando andaban? Comenzaba a preguntarme si enserio ser mujer era tan difícil—. Anda normal; ¡son zapatos, no zancos de payaso! ¡Bla, bla, bla! Definitivamente, estaba muy a gusto siendo un chico. Lástima que los dioses no hubieran pensado lo mismo.
—¿Cómo podéis ir por ahí andando sobre esto, contoneándoos tan tranquilas sobre la punta de los pies?
—No es tan difícil, de verdad —consoló (muy desastrosamente) Rachel—. Es cuestión de tener balance, elegancia y sentido del equilibrio...
—Algo que no poseo en absoluto.
—Mira, te lo mostraré —se apiadó Silena. Se sentó en la cama, se calzó otro par de tacones. Luego se levantó y dio un paso tentativo, otro vacilante y al tercero ya había encontrado su balance.
Andaba con total confianza; parecía una modelo profesional de esas de pasarela; sólo le faltaba la pose, saludando a las cámaras. Caminó sin problemas hasta la ventana, se puso en jarras, golpeteó con chulería el suelo con la punta del pie, y después andó de regreso hasta la cama, imitando la cadencia de las modelos.
—¿Ves? No es tan difícil. No espero que andes con gracia y elegancia, pero sí con equilibrio. ¡Es como montar a caballo! No vayas dando tumbos por ahí —dijo mientras se detenía, se echaba las manos a la cintura y se contoneaba frente a mí.
—Eso es algo con lo que se nace, no se inventa de la noche a la mañana —comenté, procurando no mirarla con la boca abierta y las pupilas dilatadas—. Ultimaré con el culo al aire y el tobillo roto. Ya veréis.
Ellas rieron, desestimando la idea de que mi pandero pudiera ir a dar al suelo con esos zancos de los infiernos.
Decidí quedarme sentadito donde estaba, las piernas tan juntas que ni el pegamento las habría podido unir mejor. Por la ventana llegaba el rumor de la gente, las risas y los suaves compases de la música. Aunque el baile no comenzaría hasta la apertura oficial, la fiesta ya estaba arrancando, el ruido de copas entrechocando anunciaba que la gente estaba calentando motores, y mientras tanto las chicas se estaban retrasando. Esperaba que Silena tuviera razón en lo de hacer esperar a los demás. Al menos conmigo lo estaban practicando demasiado bien.
Los minutos transcurrieron en un cómodo tic tac, en medio de un torbellino de conversación intrascendente aunque excitada, . Entre tanto, Annabeth le recogía el pelo otoñal a Rachel, creándole nuevas ondas y bucles a resbalar por la espalda. Silena se metió al baño para cambiarse, respetando ella también mi petición de que lo usáramos como cambiador, nada de desnudarse delante de las otras, gracias, y en la mano un vestido que, dado que no estaba pensado para que yo lo llevara, me sentí libre de admitir que era uno de los más bonitos que se haya visto nunca.
Era color zafiro, ceñido y elegante, ribeteado con cuentas metálicas y plateadas en el dobladillo, de modo que todo él brillaba y reflejaba la luz como si las cuentas fueran estrellas en el terciopelo de la noche. A pesar de que se había colado en el servicio, dejó la puerta entornada para poder seguir la conversación mientras se preparaba y demás. El mediodía fue desgranando sus escasas horas y acabé sintiendo el primer aguijón del hambre.
Cuando Silena salió del baño, otra larga eternidad después, zapatos, accesorios y maquillaje ya aplicados, comprobé el buen atine de mi pronóstico y cuán de ceñido era el vestido que había escogido para ella. El escote salía airoso, pero cuando se dio la vuelta para que la viéramos por detrás, tuve que tragar saliva; el vestido se las apañaba para resaltarle el trasero de mala manera, desafiando el derecho a obtener personalizado un nuevo grado de «sexy».
El material se le pegaba al plano vientre, a las caderas delgadas, más que insinuando su figura, pero parecía ser de esos entrenados para no arrugarse nunca (o a lo mejor la destreza de aquel prodigio se la debía achacar mejor a Silena). Era palabra de honor, con lo que sus hombros quedaban apeteciblemente al descubierto; sus pechos, realzados y levantados. El pelo, suelto, le cubría la cara como un velo dorado; pero hasta el último de los cabellos estaba entrenado a no atreverse jamás a apartarse un milímetro de su sitio. Una fina cadena de oro con una rosa con pétalos de oro y un diamante por capullo, descansaba en el inicio de su canalillo. Y sus altísimos tacones negros la hacían parecer más alta y aún más imponente.
—¡Hala, Silena! —Annabeth empezó a dar brincos, batiendo palmas—. ¡Estás guapísima! ¡Y tus uñas están para dejarse arañar!
—¡Me encanta cómo te queda el pelo! —aprobó Rachel, uniéndose también a dar vueltas y vueltas entorno a la que lucía, hoy más que nunca, digna hija de Afrodita—. ¡Y el collar es precioso!
—¿Qué os pasa? —Clarisse miró con desaprobación las reacciones alocadas y medio histéricas de sus amigas—. ¡Comportaros! ¡Tampoco es para tanto! —Pero miró de arriba abajo a Silena, asintiendo admirada, y dijo—. O bueno, tal vez sí.
—Gracias, gracias, chicas —hizo una reverencia, sonriendo de oreja a oreja ante nuestras caras, mostrando el aplomo de quien está más que acostumbrado a la admiración de los demás—. Sois todas un amor. Y me halaga tu silencio, Lucy.
Nos miró como si fuéramos obra suya; cualquiera habría dicho que éramos producto más que de su prodigiosa imaginación, después de crearnos y darnos forma. En sus ojos azules se veía el orgullo y la sincera alegría de una madre que contempla a sus hijos después de haberlos preparado para el baile de fin de curso. De pronto abrió los brazos:
—¡Ay! ¡Estáis para una portada en Vogue! —exclamó. Todas chillaron y, de pronto, se abalanzaron en un abrazo colectivo, como auténticas colegialas.
Sin comerlo ni beberlo me encontré braceando, pugnando por respirar, hundido en medio de esa locura de extremidades y perfumes picantes y tejidos de gala. Hubo muchos saltitos, muchas risitas, muchos besos y más abrazos, mientras yo no paraba de preguntarme por dentro si de tanto saltar no se les había soltado algún tornillo y en qué gallinero me había ido a meter. Finalmente Silena se separó, alzó los brazos y gritó:
—¡Bueno! ¡Bien! ¿Quién está lista para mover el esqueleto?
—¡Esperad, esperad! —exclamó Clarisse, de pronto.
Corrió al cabecero de la cama, se agachó y extrajo de debajo una bolsa. De la bolsa, una mochila. De la mochila,alijo de dagas en sus vainas. Dagas que se puso a repartir, como quien reparte golosinas en una guardería.
—Nunca se sabe cuándo la muerte se aburre y quiera asomarse a ver la que hemos montado e intente hacernos una jugarreta —afirmó, hablando con toda naturalidad, como si fuera una mujer atareada que estuviera hablando de qué tiempo podía hacer al día siguiente en lugar de admitir que la arraigada jefa de armas que llevaba dentro no languidecería jamás ni bajo todas las toneladas de colorete—. Mejor estar preparadas —recomendó, levantándose el vuelo de la manga y atándose a la muñeca la correa de una daga—. No quiero más visitas inesperadas por hoy. —Declaró, bajándose los pantalones y descubriendo las piernas y rodeando a cada una de sus pantorrillas con las correas de sendas dagas; colocándose un cuchillo en la nuca, oculto bajo el moño; y otro entre los pechos, haciendo que la empuñadura plateada destacara en el canalillo.
—Bueno... —dije, aceptando el par de armas que me tendía—. Algunas llevan collares. ¿Por qué no dagas en el escote?
Silena se encogió de hombros. Y a falta de mangas o cualquier sitio discreto donde meterlo, pues afirmó que su bolso Givenchy, por más bolso Givenchy que fuera, le quedaría muy lejos si surgía algún percance repentino, coló la mano en su entrepierna y se lo ató al muslo. El segundo arma, un par de pequeñas navajas a juego, fue a parar al interior de su sujetador, haciendo fría compañía a sus pechos, aumentando el ya más que abultado contenido de las copas. Tuve que pellizcarme repetidamente el brazo para no quedarme babeando por ella, atónito.
Annabeth, siempre tan previsible, le había hecho un bolsillo interno a su vestido justo para ese mismo cometido, vaya; estaba justo bajo un pecho. La daga de Rachel fue a ejercer de pinza de pelo en la masa de bucles cobrizos de la chica.
-Aguarda. Arréglate el pelo. -Silena lo peinó con sus uñas pintadas, moviendo los dedos por aquí y por allá hasta que la cabellera de la pelirroja volvió a parecer la de antes. Y como encima la empuñadura tenía forma de mariposa, parecía haber formado parte de su atuendo desde el principio.
Cuando me acerqué al pomo de la puerta, tenía los labios pintados, las piernas al aire, los pies encallados en taconazos. Y un cuchillo amarrado al interior de la rodilla. Sí sí. Todo muy de mestizo festivo, vaya.
—Me siento tan desnuda como en los baños. —Comenté de camino.
—Entonces no hay problema —replicó Silena, risueña—. Te duchas todos los días, ¿no es así? La sensación no debe resultarte ajena. ¡Alegra esa cara!
Cuando salimos al pasillo, (yo tambaleándome detrás de Clarisse, encima de mis tacones de aguja), un grupito menor de chicos estaban reunidos alrededor de un globo, pasándoselo de mano en mano, claramente aburridos de esperar a sus citas. Mientras recortábamos vestíbulo, del centro del claro nos llegaban el sonido de risas, charlas y canciones sin acompañante instrumental. Acabábamos de girar por el lateral que escondía la entrada al dormitorio de Silena y enfilar la recta del gran vestíbulo iluminado por la luz de las vidrieras, cuando las chicas se volvieron al unísono como si hubieran sentido la presencia de alguien. Junto a la entrada, despejé el misterio de tal extraño comportamiento. Chris, Percy y Beckendorf también se habían esmerado, vistiéndose. Trajes compuestos de pantalones firmes, camisas de fina tela, zapatos ligeros y chaquetas moldeadas en cuero. Los colores iban de negro con bordados blancos en mangas y cuello, a blanco angelical con ribetes grises, a azul marino con tiras verde esmeralda sobresaliendo de los puños. Además, algún que otro llevaba cinturón de raso rojo con una hebilla de oro para sujetar mejor la prenda a su cintura. Al mirara los ojos a los tres tortolitos que aguardaban junto a la puerta y ver el modo en que clavaban sus miradas en sus chicas, comprobé por segunda vez cuán de acertada había estado Silena al hacerlos esperar. No pude evitar echarme a reír, burlándome de ellos.
—¿Qué ocurre, chicos? Parecéis a punto de estallar —dije, riendo.
—Estáis sexys con esos vestidos —admiró Percy, mirando a Rachel con unos ojos que lo decían todo—. ¡Hasta tú, Lucy! Estás resultona con lo que llevas —se sorprendió, mirándome de arriba a abajo.
—¡Gracias, me encanta! —exclamé yo, dando una vuelta, decidido a tomarme aquella locura con buen humor.
Annabeth carraspeó. La atención de Percy volvió a su novia de inmediato. Ella tampoco iba mal. Bueno, no es que alguna vez lo fuera, pero... aquel día, menos que nunca. Nada modesta. Llevaba un vestido negro hasta el suelo que dejaba sus brazos al descubierto, con un escote que no llegaba hasta China por imposible, y un corte que bajaba desde la cadera hasta los pies, donde unas plataformas negras y brillantes completaban el atuendo y le regalaban unos pocos centímetros de altura. Era un vestido sofisticado pero al mismo tiempo sexy, que le daba la apariencia de una estrella de Hollywood; se giró para que viéramos el vestido por la parte de atrás. Casi ni había vestido. Era solo su piel, y un ave alzando el vuelo en la parte baja de la espalda, compuesto por el propio tejido del vestido. Si Percy antes se había fijado en lo que Rachel y yo llevábamos, ahora no tenía ojos más que para Annabeth. Ella se detuvo ante él, haciendo un movimiento de cadera, y dijo, sonriente:
-Cierra la boca, pez. Te van a entrar algas.
Él la cerró para volver a abrirla al instante y decir:
-Dioses. Eso es… uau. Te ves… caray.
-¿Uau? ¿Sólo vas a decir uau?
Percy la besó, ligeramente, respetando el pintalabios.
-No. Pero hay menores de edad delante. Hay que cuidar sus mentes inocentes, ya sabes.
-Dejaros de ñoñerías -se quejó Clarisse-. Oh, hola. —Su voz cambió de irritada y seca a dulce y suave en el segundo en que Chris la abrazó—. Estás... bueno. Bueno. Eso es. Estás bueno.
-Tú también. -Luego bajó la voz para añadir-, caliente, caliente. Así me tienes.
Clarisse parpadeó, disipando de sus ojos la inseguridad, lo miró sonriendo de oreja a oreja, con tanto amor en los ojos que tuve que apartar la mirada, y la posé en el juego de luces que estallaba sobre los adornos de la pared.
-¿Qué tal si... vamos yendo? -propuso Rachel.
Le di pequeños tirones a la parte de vestido que me acorralaba la cintura para asegurarme de que ninguna mano inoportuna pudiera arrancármelo durante la fiesta.
-Tal vez deberíamos esperar a que no haya tanta gente -titubeó Clarisse-. Para entrar, quiero decir.
-De ninguna manera -negó Silena-. Si vas a un baile, vístete a lo grande, llega cuando los demás puedan verte y entra como una diva.
-Recuérdame que juegue contigo al póker más tarde -se rió Beckendorf-. Me gustan las chicas que apuestan por todo lo alto.
-¿Eso es lo que quieres hacer conmigo más tarde? -Le golpeó con la cadera-. Tío, tú sí que sabes respetar un vestido.
Beckendorf recorrió su espalda con la yema de los dedos, resiguiendo la columna vertebral, hasta llegar a la parte baja de su espalda.
Silena se estremeció, y sus ojos se entrecerraron. Fuera lo que fuera que él le susurró al oído, consideré que era demasiado pervertido para mis pobres oídos. Me adelanté, tomando del brazo a Rachel y encabezando la comitiva, dejando a las tres parejas un paso por detrás.
—¿Qué tal andas? —preguntó Rachel, sonriendo socarrona ante mis traspiés.
—Cállate —le di una palmada en el brazo—. Todavía estoy aprendiendo, ¿vale? Es como caminar con zancos.
Me agarraba a su brazo para sostenerme. Me dolían los dedos de los pies (¡y a penas llevaba cinco minutos de fiesta! no quería ni imaginarme cómo los tendría al final).
—Con zancos, claro —Sonrió, burlona. A pesar de su burla, cuando la miré pude ver por qué podría gustar a cualquier chico con dos dedos de frente: la dulzura bajo su bella mirada, la honestidad bajo sus firmes palabras.
Salimos afuera. Hacía una tarde estupenda: cálida y soleada. El camino hacia la pista central estaba señalado por islas de papel machado y cúmulos de globos azules y blancos amarrados a árboles y ramas. Por el camino se alzaba, cada vez más audible, el murmullo de voces, de botellas y vasos tintineando, y el sonido de voces y risas y algún aislado instrumento, afinando una solitaria nota. El camino parecía ser eterno. Me sumergí en la multitud de semidioses, tratando de pasar desapercibido. Fue como andar en un campo de minas. Había gente por todas partes, y no sólo mestizos; los demás seres del bosque también formaban activa parte de la fiesta. Unos sentados en el suelo o en los bancos ya abarrotados, otros columpiándose en los árboles, un concurso de lianas, por lo que pude ver. El llano estaba a rebosar. Algunos hablaban con los compañeros que tenían cerca, pero otros mantenían acaloradas conversaciones consigo mismos entre sorbo y sorbo de alcohol. Aquello prometía acabar siendo una fiesta que sería un absoluto desmadre, de la que Paris Hilton huiría al medio minuto de llegar, pero por el susto.
-Joé. Esto... -le dije a Rachel con risueña admiración-, sí que es una fiesta como los dioses mandan. Me gusta.
De pronto una pareja se abrió paso entre la gente y apareció ante nosotros, tomados de la mano, riéndose por lo bajo, buscando entrar en la casa que acabábamos de abandonar. El chico atrajo a la chica hacia sí y se dieron un largo beso con lengua. Nos vieron ante ellos, como una pared de ocho esquinas que no podían esquivar; se separaron, se echaron a reír y luego se escabulleron detrás del edificio, compartiendo otro baboso beso.
—Umm, esos sí que empiezan apostando fuerte —murmuró Beckendorf.
Silena resopló.
—Más les vale que apuesten con conciencia —refunfuñó, poniéndose en jarras—. Las protecciones no existen en vano —apuntó, alzando la voz para que la parejita pudiera escucharla.
—Tenemos carabinas para esos casos, ¿recuerdas? —Recordó Beckendorf—. Serán extintores andantes, listos a apagar el fuego antes de que se descontrole. Ya verás. Y ahora sigamos, que tengo ganas de mover el esqueleto.
Nos abrimos paso por las zonas abiertas; fuimos andando en círculos, esquivando a la masa. Algunos trataban de incluirnos en sus bailes tarareados, otros nos ofrecían comida o querían entablar conversación. Pero Rachel se disculpaba amablemente por ambos, así que pronto estuvimos en el centro de la muchedumbre. La parte central del claro, no obstante, se mantenía relativamente despejada, curiosamente. No me quejé. Fue un alivio, casi un paraíso. Nunca me había sentido tan expuesto como aquella tarde, mientras avanzaba junto a Rachel por la pasarela despejada entre los mestizos.
-No puedo creer que esté haciendo esto dije por enésima vez, caminando a brincos sobre esos altísimos tacones—. No puedo creerlo, no puedo creerlo, no puedo...
-Cállate ya. -Rachel miró por encima del hombro y, de pronto, se detuvo-. ¿Dónde están?
-¿Mmm? -estiré el cuello lo más que pude, pero no vi a ninguna hija de Artemisa a la redonda. Claro que con la invasión de campistas que sufría mi vista...-. ¿A quiénes te refieres?
-Percy, Annabeth, Clarisse -explicó Rachel, soltándome y girándose del todo-. Les hemos... -Se cayó de golpe.
Me giré para ver a qué respondía ese silencio abrupto. Teníamos delante a un chico alto de ojos castaños, cuyo porte, sonrisa y lenguaje corporal daba a entender que se hallaba en un programa de televisión en el que las cámaras están a punto de enloquecer ante el aspirante a próxima estrella futbolística, es decir, él. Llevaba el pelo teñido de un naranja furioso, peinado como grasientas crestas de gallo, tan engominado que más parecían estalagmitas alzadas tiesamente sobre su cabeza.
—¡Ave rosas, estrellas solemnes! —Exclamó, de pronto, con voz sonora, de recital—. Rosas, rosas, joyas vivas de infinito; bocas, senos y almas vagas perfumadas; llantos, ¡besos!, granos, polen de la luna; dulces lotos de las almas estancadas; ¡ave rosas, estrellas solemnes!
Me incliné hacia Rachel y susurré lo suficientemente alto para que él me escuchara:
—¿Está borracho?
—Poético, más bien —contestó, sin conceder al chaval más atención que un resoplido. Se puso de puntillas y siguió esculcando con impaciencia el panorama que los anchos hombros del poeta borracho le tapaban—. ¡Ay, no las veo!
—¡Qué sería la vida sin rosas!
—... Una senda sin ritmo ni sangre, un abismo sin noche ni día —terminó Rachel, haciendo un ademán impaciente—. ¡Y ahora apártate, que estamos buscando a nuestras amigas.
—Flor eterna. Conjuro al suspiro. Flor grandiosa, divina, enervante.
—Si lo que pretendes es ligar —Rachel volvió a posar los talones de los pies en el suelo—, te recomiendo que dejes a Lorca descansar en paz. Él y tú no poetizáis en la misma rima, créeme.
—Lee Fletcher —se presentó, tendiéndonos consecutivamente su áspera manaza de futbolista y lanzándonos una lánguida mirada de arriba a abajo, al más estilo escáner de cuerpo completo de esos que te hacen en el aeropuerto—. Os he visto y me he dicho, ¡oye, pero qué chicas más guapas! como dos preciosas rosas.
—¿Y no se te ha ocurrido otro modo de decirlo más que robándole la oración de las Rosas a Lorca?
—Entre hermanos nos prestamos los versos —aseguró Lee, dándose un puñetazo en el pecho—. Apolo asegura que el tal Federico era hijo suyo, así que... —puso una sonrisa de alto voltaje—. ¡Pero no hablemos de eso! —Él colocó sus brazos alrededor de nuestros hombros—. Esto sí que es suerte. Dos bellezas para mí solo. ¿Queréis que vayamos a bailar sin ropa a una habitación, chicas?
Gruñí, escaqueándome de su agarre doblándome y pasando por debajo de su brazo extendido. Rachel puso los ojos en blanco y ni se molestó en moverse del sitio.
-Como si supieras qué hacer con una sola chica, con dos ya ni te cuento.
—Pero si no me conocéis...
—No —atajé yo, sin miramientos—. Y ni ganas. ¿Sabes dónde está Thalía? -pregunté-. ¿O Annabeth? ¿O Victoria? ¿O Clarisse?
-Chicas." -Lee suspiró-. Siempre tratando de ir juntas. Sí, sé dónde están. Venid.
Rachel y yo intercambiamos un rápido asentimiento de cabeza y luego nos decidimos a seguirle, esquivando las piernas de varios que creían que el suelo era un buen lugar para sentarse a charlar.
-Andaaa, mira. -Señalé con interés lo que estaba haciendo una pareja cercana, tan apretada a la pared que más parecían querer fundirse en ella.
Me reí cuando Rachel se sonrojó y miró rápidamente hacia otra parte, centrándose en cualquiera menos en los dos chicos que se daban el lote apasionadamente. De repente una mano trató de meterse debajo de mi vestido. Otra me azotó el trasero. Fue el turno de Rachel de echarse a reír. Grité y salté de un lado a otro, apretando el paso para escapar de ahí.
Después de lo que creí, era un siglo entero, al fin llegamos a la zona central. Y justo a tiempo. Un etéreo silencio se elevó en el quieto aire dorado de la tarde. Sobre el escenario improvisado, estaba subido Beckendorf. Cómo había llegado hasta ahí antes que nosotros, era todo un misterio.
-Quiero dar las gracias a Silena —dijo mientras contemplaba a las decenas de miles de caras que aguardaban por debajo de él a oír qué tenía que decir—, por empeñarse en recordarnos qué significa realmente la vida. No es batalla. No es guerra. No es miedo. Sino el simple goce de disfrutar del hoy, del ahora, del privilegio de seguir aquí, en pie.
Se inclinaron cabezas en señal de asentimiento a las acertadas palabras de Beckendorf hasta donde me alcanzaba la vista.
-Ahora —gritó—, coincidiréis conmigo en que ha de ser ella quién inicie el baile, ¿verdad?
Los campistas vitorearon y clamaron mientras se desplegaban hacia atrás para dejar libre la zona central por donde Silena pudiera pasar.
Mientras aguardábamos a que Silena terminara de ascender finalmente al improvisado escenario, Rachel pasó un brazo por mi cintura y me besó en la mejilla.
-Esta es la mejor idea que habéis votado nunca.
-Las gracias dáselas a las jefas -dije, rodeándola con el brazo, apoyándome en ella para aliviar un poco la presión de mis pies. Cómo conseguían no romperse los tobillos las chicas que caminaban todos los días con aquellas cosas, era uno de esos misterios que nunca lograría entender.
Una vez subida al escenario, Silena alargó los brazos hacia Beckendorf, en un movimiento que desprendía refinada elegancia. Y entonces las violas, las flautas y los violines comenzaron a entonar con alegría la primera pieza musical del baile. Mantuve la sonrisa franca mientras observaba a unos risueños Silena y Beckendorf del brazo, danzando graciosamente por el elevado escenario, acompañados del círculo de semidioses que los aplaudían.
—Esto está genial —reiteró Rachel. Eché un vistazo a la chica, de pie a mi lado, que sonreía distante mientras escuchaba la música.
—Es hermosa —admití en un grito que más fue un susurro en su oído.
Ella asintió dichosa, transportada por los sones de la música, una vieja amiga hablándole al oído.
—Cuando hayan terminado —me dijo Rachel—, y tras haber concedido el primero a cierta hija de Artemisa, ¿querrá bailar conmigo, señorita?
Enarqué una ceja con pícara alegría.
—¿Qué te hace pensar que sé bailar?
—Después de haber logrado conservar el equilibrio más de dos minutos seguidos sobre esos tacones... —respondió con una carcajada—, no hay nada que no sepas hacer.
—Uufff. Yo podría nombrar unas cuantas cosas que este farsante no sabe hacer —dijo Jack, apareciendo de golpe por detrás de Rachel, con tres latas de coca-cola sin abrir bajo el brazo.
—No lo creo —repliqué, aceptando el refresco y abriéndolo enseguida—. Sería desperdiciar tiempo de reflexión a lo tonto. —Jack llevaba pantalones negros, una camisa que resaltaba sus ojos verdes y una chaqueta entallada. El pelo dorado le caía como aureola hasta la mandíbula, oro brillante junto al terciopelo del atuendo—. Y hablando de reflexión... ¿dónde está tu reflexiva y asiática amiga?
Jack le dio un largo trago a la coca-cola antes de contestar.
—Por ahí. Con su reflexivo e igualísimo amigo. —Lo miré pensativo, pero antes de que pudiera formular otra pregunta, una sonrisita maliciosa le cruzó la cara y supe qué vendría a continuación—. Estás guapísima con ese vestido.
—¿Cómo? —Puse una mano en la cadera—. ¿Sólo guapísima? Algunas me han asegurado que estoy deslumbrante. ¿Insinúas menos?
—¡Y yo que me quejaba de la arrogancia de los dioses de Idhun!
—Ja-ja —bufé—, ja-ja.
—Estás preciosa.
—Oh, guapo, gracias...
—Esta vez no te lo decía a ti —se rió Jack. Señaló a Rachel con la botella de coca-cola—. Estás increíble. Alabó.
Y realmente lo estaba. Su vestido era verde oscuro de satén sin tirantes, acampanado ligeramente a partir de los muslos, que se le ceñía al cuerpo y un escote palabra de honor. Alrededor del cuello un collar de ópalos engastados en aparente plata, y pendientes a juego le rozaban los laterales de la garganta. Con su sonrisa serena, la chica parecía una hermosa novia en espera del apuesto novio que la sacara a danzar el baile nupcial.
—Gracias —dijo, sonriendo complacida—. Aunque no tanto como Victoria, ¿eh? —Jack se sonrojó—. Por cierto, ¿dónde está?
—Eso mismo me pregunto yo —murmuró—. Antes me acerqué a la casa donde duermen las llamadas hijas de Artemisa —pronunció el nombre de la diosa con la vacilación de quien no está habituado a hablar un idioma extraño—, pero me dijeron que o me largaba o me echarían con cajas templadas... y sospecho que no era una simple expresión.
—Sí —suspiré—, nuestras chicas son tan cariñosas como basiliscos.
—No insultes a los basiliscos —dijo Jack con una sonrisa—. Hasta ellos tienen menos peligro que ese grupito de amazonas. —Cruzó los brazos, paseó la mirada por la pista de baile y se movió ligeramente, colocándose delante del árbol que estaba cerca.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Rachel, de pronto, al cabo de unos minutos.
Me llevó unos segundos darme cuenta de que no me hablaba a mí sino a Jack, quien dijo rápidamente:
—Estaba disfrutando del espectáculo.
—¿qué espectáculo? —quise saber, esforzándome en vencer el volumen de la música.
Jack miró de soslayo a dos chicas que bailaban, pegadas y juguetonas, mientras se reían tontamente cerca.
—Ah, ya veo. —Corroboré yo, sonriendo a mi vez, sorprendido a mi pesar, pues no sabía que el chaval pudiera hablar con tanta confianza conmigo, como lo haría con un amigo—. Muy buen espectáculo. Ya lo creo.
—¿No deberíais mirar por si aparecen vuestras no-chicas?
—Ya miras tú por nosotros.
Rachel frunció el ceño, pero el guiño cómplice de Jack le ganó la partida a su mueca. Sacudió la cabeza, sonriendo, y musitó:
—Hombres teníais que ser.
Yo la dediqué una sonrisa toda bañada en candidez.
—Por supuesto.
—¿Así que creéis que esas dos están buenas?
—¿Buenas? —sonreímos, la clase de sonrisa que comparten los chicos cuando están entre colegas, hablando de chicas de manera sexual—. Buenas no sé, pero tienen buen culo —concluyó Jack.
—Claro que están buenas —dije—. Que quiera a esa tozuda no me hace inmune al atractivo de las demás chicas. ¿Sabes?
Rachel se asió el codo sobre una palma de la mano, rozando con los dedos la barbilla, y exclamó:
—Pero si no tienen sesos en la cabeza. Las conozco.
—Ah. Ahora sabemos dónde han ido a parar —señalé el par de triángulos perfectos que Jack y yo admirábamos—. No hay problema.
—Además —sumó Jack—, no hace falta cerebro con ese culo que deja sin habla y sin razón a cualquiera.
—Son unas chicas muy extrañas —recalcó Rachel.
—Ah, pero, ¿no lo sois todas? —se sorprendió Jack, haciendo que me riera entre dientes y asintiera, pues, reconozcámoslo, las chicas eran difíciles de entender las más de las veces.
—Pues para vuestra desgracia, el espectáculo se ha acabado. —Se burló Rachel, cuando la canción terminó y ellas se esfumaron, abanicándose con las manos, en busca de refrescos, por lo poco que pude captar.
—No lo creo —dijimos Jack y yo al mismo tiempo.
Ante la ceja enarcada de Rachel, ambos asentimos estudiando el desfile de culos femeninos que pasaban sin pausa frente a nosotros en la pista de baile. Jack señaló a una chica que llevaba unos leggins bajo unas faldas que parecían haberse encogido por gracia de un hechizo, hasta adoptar el tamaño de un grueso cinturón; incliné la cabeza hacia un lado mientras la observaba. Jack la puntuó con un nueve, yo con un siete, aunque fue Rachel, viendo que no tenía nada de malo ver sin tocar, quien acabó acordando un ocho por ambos. Y, tenía que admitirlo, la chica poseía un culo realmente de categoría para que quedase bien enfundado en unos leggins así.
Cuando la tercera canción terminó, y más y más gente empezó a añadirse a la música mientras Silena y Beckendorf se disponían a iniciar, incansables, otro baile, los desaparecidos Percy y Annabeth salieron de un lateral a la pista para bailar y mostrar a las desordenadas parejas que tenían cerca cómo se movía realmente el esqueleto. La pista estaba a rebosar. Los chicos, con traje o vaqueros, los más casuales; las mujeres, con vestidos de fiesta. Primaba el negro, rojo y azul, aunque aquí y ahí pude ver atrevidos violetas o blancos e intensos rosas para celebrar la conmemorativa fiesta.
—Bueno —dijo finalmente Rachel—, ¿piensas sacarme a bailar o qué? Te recuerdo que me reservaste una pieza.
—Claro.
Puesto que se lo dije, y que no tenía ningún problema en bailar con una amiga (con los zapatos de esa amiga y los míos, estaba más bien ahí el problema), ¿qué otra cosa podría hacer?
Rachel miró a Jack y le preguntó:
-¿Te importa?
Él negó con la cabeza, así que lo dejamos solo y seguí a Rachel hasta la pista de baile. Un globo enorme pendía en el centro de la misma. Mientras nos hacíamos sitio, sentí que la parte de mí mismo, la que era capaz de relajarse y reír y pasarlo bien, recuperaba fuerzas y picardía. La banda encargada de la música empezó a tocar una canción a ritmo de pasodoble.
Durante los primeros compases, temí haber olvidado cómo bailar. (Eso, y que los tacones no ayudaban en nada). Pero bailar country es algo que o lo llevas o no en la sangre, así que pillé el ritmo en un abrir y cerrar de ojos. Al final, en contra de todos mis pronósticos, me dejé llevar. Resultaba agradable bailar, más con Rachel como pareja de baile. Me abandoné a la sensación y al paso del ritmo danzando por mis venas, olvidando incluso mi incomodidad con aquel vestido de las narices.
-¡Oye, pues no lo haces tan mal! -gritó Rachel. El ruido de la música impedía seguir con cualquier conversación a volumen de voz normal.
-¡Mujer de poca fe! -grité a mi vez; la música estaba tan alta que percibía las ondas atravesarme el cuerpo. Tuve que despachar el impulso de taparme las orejas-. ¿Así que creías que iba a ser un patoso?
-Algo así -admitió ella, riendo.
Mientras nos movíamos con ritmo por la pista, vi un par de veces a Jack solo en el rincón, con las manos en los bolsillos y las bebidas olvidadas cerca. El movimiento constante de la gente me impedía ver lo suficiente su expresión como para descifrarla, pero no apartaba la vista de la pista, buscando también entre la muchedumbre.
-Pues, ¡sorpresa! -exclamé-. ¡Si hasta bailo mejor que tú!
-Qué más quisieras!
Rachel giró en una pirueta, justo en los últimos compases de la canción, interponiéndose en mi campo de visión, por lo que perdí a Jackde vista.
-¡Ja! ¡Supera eso!
La miré con la boca abierta.
-Emmm... estooo... vale, sí. Me ganas.
Empezó a sonar otra canción; los compases dieron paso a una melodía armoniosa y lenta que incitaba a moverse al ritmo de los acordeones. Antes de que pudiera excusarme y volver junto a Jack, Rachel me asió de las manos, instándome a seguir bailando. Se acercó y musitó en mi oído:
-¿Ya se lo has dicho?
Las parejas que invadían la pista se mecían al ritmo de la música. Algunos bailaban relajadamente con sus acompañantes, aunque otros estaban tan pegados que habría hecho falta una buena palanca para separarlos. Regresé mi vista a la cara de mi acompañante.
-¿El qué y a quién?
Ella me enflechó seria bajo sus rizadas pestañas.
-La profecía. -Se pegó más a mí-. A Thalía.
-Ah. Oh, eso. -Estaba tan pillado en falta que hablaba, pensaba, bailaba y me preocupaba a la vez, sin saber en el fondo por dónde escapar, qué decir ni qué hacer.
-Sí, oh, eso. Me dijiste que se lo ibas a contar.
-Te dije que me lo iba a pensar -protesté-. No es lo mismo.
-Para mí, sí. Tienes que contárselo.
A través del fino vestido no dejaba de sentir el calor de la piel de Rachel.
-¿Por qué siento que me has hecho una encerrona?
Ella alzó la barbilla, desafiante, sujetándome con más fuerza la mano.
—Vamos, Luke, un poco de fe, por favor —chasqueó la lengua y me miró con fastidio—. Lo sientes porque es así. -Sus ojos no estaban arrepentidos. Ni un poquito-. Pero no me cambies de tema. Tienes que contárselo; cuanto antes, mejor. ¿Qué pasa? ¿Tanto temes su reacción? -Interpretó mi mirada a la perfección-. Comprendo. Pero se te agota el tiempo, Luke. -Su voz se había tornado terriblemente seria, nefasta-. A ti, a ella, y al mundo que pende de vosotros.
-¡Un poco más de presión, por favor! -ironicé-. Eso es justo lo que necesitaba. Gracias.
-¿La quieres? preguntó sin previo aviso
-¿Qué?
Ella tamborileó con irritante fuerza en mis hombros.
-Que si la quieres.
-Por supuesto. -Mi voz salió desfallecida; tragué saliva y volví a intentarlo con más convicción-. Por supuesto. Moriría por ella. ¿Por qué?
-Morirías por ella -repitió Rachel. Yo asentí-. De acuerdo. Dices que amas a Thalía lo suficiente como para morir por esa emoción, pero si ella no conoce la profecía que la implica, que os implica, ¿cómo puedes albergar esperanzas de que comprenda hasta qué punto llegan tus intenciones? Te estás dando por rechazado antes de empezar. Y si se entera de esa profecía por boca de... otra persona, ¿No crees que se enfadaría, incluso hasta te odiaría? Y entonces, qué, ¿qué habrías conseguido con tanto secretismo?
«Nada». La palabra llegó al instante a mi mente, pero el orgullo me impedía decirla. Por suerte, el parloteo de dos chicas que chocaron con nosotros me salvó de contestar.
-Se lo dirás -retomó Rachel cuando volvimos a entrelazar las manos y bailar; me apretó la mano, sin concesión de indulgencia esta vez. Como no repliqué nada, dio por sentado que yo comulgaba con su plan-. Se lo contarás. Todo. Da igual qué te dijeran o no los dioses en su día.
—¿Y si no lo hago?
—Lo harás —afirmó Rachel sin perder el temple—. De lo contrario, nunca obtendrás lo que tanto ansías: su afecto.
—Y si se lo digo —dije haciendo una mueca—, puedo perder toda oportunidad para ese afecto.
—Sí. Puede ser. —Admitió—. Pero el que no arriesga no gana. Y quien manipula es un traidor. Y nadie ama a los traidores. Esa lección deberías saberla ya. —Hablaba con la misma autoridad que si se dirigiera a un niño—. En lugar de pensar en no decírselo, ves planteándote cómo se lo vas a confiar.
Volvimos a ver a Jack; ya no estaba solo. Tres chicas lo habían acorralado y estaban coqueteando con él. Sonreían, seductoras, se acercaban a él, agitaban sus melenas y le lanzaban miradas tentadoras por debajo de las pestañas. Jack reía, divertido, siguiéndoles la corriente, pero echando ojeadas casuales a los lados, buscando por dónde darse el piro.
-Se lo diré -claudiqué ante Rachel, derrotado-. Se lo diré. ¿Contenta?
-Todavía no. Se lo dirás cuanto antes.
-Cuanto antes -repetí.
-Hoy mismo.
-Hoy... ¿qué? ¡No!
-¿Por qué no? Cuanto antes de arranques la tirita, mejor.
-P-pero...
Ella no me hizo caso.
-Interesante. La acabo de ver.
-¿A quién?
Ella me miró entre risueña y exasperada.
-A Thalía. ¿A quién si no?
Barrí de nuevo la multitud, pero no había ni rastro de las hijas de Artemisa. Por un momento, creí ver el destello de unos ojos azules, intensos y eléctricos clavados en los míos, pero cuando parpadeé los perdí de vista. No obstante, la turbación hizo que fallara el paso, tropezara y resbalara. Rachel me pasó un brazo sobre los hombros y se apresuró a sacarme de la pista de baile.
—¿Estás bien?
—Sí, no pasa nada —mentí—. Es que... de pronto me ha entrado sed. Creo que estoy un poco sofocado. -La chica era capaz de plantarme ante Thalía y hacerme contarle a viva voz la profecía, sin importar el lugar.
—Vamos a por algo de tomar.
Al tiempo que nos abríamos camino entre las parejas de baile, percibí el ansia creciendo en mi interior, el gruñido de una bestia salida de su letargo. Nos alejamos de la pista de baile y nos encaminamos hacia un lateral, haciendo una breve parada en la mesa de las bebidas.
—¿Por dónde la has visto?
—Yo no...
—No me mientas —cortó Rachel—. Esas repentinas prisas por salir de la pista sólo podían significar una cosa. No soy una hija de Atenea, pero tampoco quieras verme la cara. —Se puso de puntillas y, como me había temido, comenzó a otear el mar de cabezas que tenía delante—. O tú, o yo, pero Thalía debe enterarse. Y cuanto antes, mejor.
—¿No acabamos de acordar que lo voy a hacer yo? —protesté—. Dame un poco de tiempo y confianza, dioses.
—Tiempo tenemos poco. —Volvió a apoyar los talones en el suelo—. Y confianza... ya te di confianza el otro día, durante nuestra primera conversación a este respecto, y no la has aprovechado.
—Bueno, pues ahora sí. Porque...
Alguien me interrumpió con un leve golpe por atrás, en el hombro. Me volví.
—Lucy... ah, bueno, quería... si no es muy osado por mi parte, ¿podría pedirte..., ya sabes, un baile?
Pestañeé sorprendido, mirando al alto, joven y flacucho chico. No fue hasta que noté el codazo de Rachel en las costillas cuando pude reaccionar por fin.
—Pues, ¡desde luego que no, chaval! Ni fumado bailaría con...
—Alguien que la trata como una muñeca de cristal —completó mi frase Rachel con maliciosa rapidez. Me dirigióuna mirada inocente y una sonrisa ladeada que claramente significaba: «ahí tienes mi justa venganza; por mentirme». Aprovechó mi momento de pasmada indignación para volverse hacia el campista y seguir tramando—. A Lucy le encantaría bailar contigo; bueno, le encantaría bailar, a secas. Pero sólo no lo hace porque los chicos tendéis a creer que es una cosa delicada. Si la prometes que no la sujetarás como si ella fuera de cristal soplado...
—¡Oh, por supuesto! —Se apresuró a prometer Travis Stoll, entusiasmado—. Nena, ¡te haré dar tantas vueltas y saltos que acabarás más meneada que un bote de nata montada!
Y, sin permitirme añadir protesta alguna, de pronto me vi arrastrado a la pista de baile, rodeado la cintura por unos fuertes brazos masculinos. Y los zapatos… esos malditos y traicioneros zapatos que sólo una mente vengativa habría diseñado para castigo de mis pies, no hicieron nada para frenar el avance hacia la pista de baile. Nos colocamos al lado de dos que bailaban cerca y que comenzaron a pegarse el lote apasionadamente, un baile de besos y danza descontrolada que los hacía dar tumbos por la pista como un extraño animal de varias extremidades. Travis intentó acomodarse junto a los besucones, que parecían querer morir unidos por los labios.
—¡Eih, eih, colegas! —Travis alzó la voz para que los amantes lo escucharan—. Buenas tardes. ¿Gran fiesta, eh? Oye, ¿os importaría echaros un poquito para allá? ¡La pista es de todos!
—Bss, bss, bss —respondió la pareja, lo que, a juzgar por el desplazamiento hacia un lado que acompañó al sonido, significaba una respuesta afirmativa.
—¿Y si, ya puestos, os alejáis tanto hasta perderos de vista en un cuarto oscuro? —añadí, no con mucha fe.
—¿Qué dices? —Se sorprendió Travis—. Ese baile también lo quiero vivir yo. Quiero tomar notas.
—Sí. —Me estremecí bajo la incisiva mirada de Stoll—. Ya veo a qué te refieres. Algunos chicos son tan previsibles...
—¿Incluido un servidor?
—¡Oh, no, Travis! —Mentí con descaro—. Tú eres una honrosa excepción.
-¡Quién lo diría!
Él sacó pecho.
-Yo, de momento lo he dicho yo... y medio minuto de canción llevo arrepentido de haberlo hecho.
-Arrepentida -me corrigió-. Arrepentida, tendrías que decir, en todo caso.
-Sí, bueno, lo que sea. -batí las pestañas como había visto hacer tantas veces a Silena. (Mala influencia, sí, lo sé)-. Tú me entiendes. Eres un chico listo.
Travis sacó más pecho, dándose ínfulas.
-Muy pero que muy listo, nena.
Hice una mueca ante tan manido y cursilero sobrenombre, desviando la mirada. La pareja babosa se cimbreaban al unísono, pegados el uno a la otra como lapas, arrastrando ella los dedos sobre el pecho del chico, las manos de él resbalando y ascendiendo por el trasero de la chica. Al verlos, Travis se acercó más a mí, atreviéndose a pasar a mayores. Puse las manos delante para frenarlo sin miramientos, con tan mala suerte que los tacones nuevamente bailaron en mis pies e hicieron otro amago de tirarme al suelo. ¡Pero, ah! Habría besado ese sucio y pisoteado suelo de buena gana, si hubiera podido esquivar los brazos de Travis que rescataron al instante mi equilibrio.
Parecíamos estar protagonizando una de esas escenas clichés donde la damisela tropieza, el hombre la levanta en vilo para evitar que caiga, le hace girar entre sus brazos y luego se plantan el morreo del siglo mientras se miran a la cara. La sola imaginación me pudo. En uno de esos giros, vi a Rachel y a Jack apoyados en un árbol, riéndose a carcajadas de la promesa de zarandeos que me hacía padecer el mestizo.
Travis bailaba (bueno, o eso decía él) alrededor de mí, lo que implicaba contoneos varios, descender hacia el suelo con piernas tan flexionadas que ponían el culo en pompa, subir al mismo ritmo o de un brinco igual que si le hubieran pinchado en las nalgas con un palo puntiagudo, daba saltitos desde la punta de los pies, se contoneaba, extendía los brazos, me hacía girar debajo de ellos, para luego acercarme con un brazo y balancear las caderas y así aprovechar y arrimar cebolleta. ¡Dioses! Ni Cronos habría concebido peor tortura para mí. Rachel me las iba a pagar. Juré que sí. ¡Y con creces!
Formamos parte del baile, girando entre el zarandeo de la multitud, con Travis sin soltar su agarre, orgulloso de estar cumpliendo con entusiasmo la promesa de menearme más que un batido. La pareja que se daba el lote había logrado hacerse con una esquina; una vez ahí, consideraron por fin llegada su oportunidad de magrearse sin vergüenza, a ojos vista de metiches morbosos. Aparté la vista de inmediato.
Cuando la canción finalizó, me las vi y deseé para librarme de Travis. Argüí estar meándome encima, lo dejé con su ofrecimiento de acompañarme al interior de una de las casas hasta el servicio, en la boca, me confundí con la multitud hasta perderlo de vista y, sólo entonces, pude respirar tranquilo y regresar a la zona donde Rachel y Jack aún hablaban, compartiendo chanzas a mi costa, probablemente.
—¿Y tus amigas? —preguntaba Rachel en esos momentos, ofreciéndole otra lata de coca-cola y bebiendo un sorbo de su vaso con limón.
—Han ido a por más amigas —se encogió de hombros—, o eso creí oír. No lo sé.
Entonces los dos me oyeron llegar, echando espuma por la boca. Jack me miró y sonrió. Extendió una mano y yo me acerqué a él dando traspiés y a punto de conseguir otro acercamiento de bruces con el suelo.
—¡Ah, Lucy, estás aquí! Vaya. Te hacía aún en la pista, con Travis. —Rachel sonreía, toda inocencia—. ¿Qué tal el baile? ¿Bien, no?
—Me las vas a pagar —farfullé, arrebatándole el vaso de limonada y bebiendo a largos sorbos—. Me las vas a pagar.
—¿Y eso? —No aprecié su sentido del humor—. ¿Demasiado contacto con tu lado femenino?
—Repito: me las vas a pagar. —Apreté con fuerza los dientes para partir el cubito de hielo que tenía en la boca—. Te has pasado, guapita.
—La próxima vez no me mientas, y estaremos en paz —replicó ella, sin ápice de arrepentimiento, ignorando mi acalorada mirada—. Además, ¿de qué te quejas? —Le brillaron los ojos de burlona malicia—. ¡Has bailado muy bien!
—¡Como una chica! —me quejé—. ¡Ese tío ha ligado conmigo como si yo fuera una chica! Me habría sentido más alagado de haber sido de chico a chico, ¿sabéis? ¡No así!
—Es lo que tiene llevar vestido —se rió Jack, obsequiando a Rachel con un cómplice guiño de ojo—. Confunde a quienes te ven. La próxima vez elije una falda corta y, si persisten las dudas, pídeles que se asomen a lo que guardas entre las piernas.
Rachel soltó toda la limonada que tenía en la boca, entre estertores de risotada.
—¿Y se supone que me tengo que reír? —Pregunté, frío como los cubitos de hielo que se entrechocaron al agitar el vaso—. Entonces, ja ja.
—Para ser chica tienes una risa un tanto limitada. —La burla de Rachel era patente en sus palabras y en sus ojos—. Yo habría dicho mejor algo así como: ja-ja, ja-ja-ja. —Mientras hablaba, sus hombros no dejaban de sacudirse—. ¿Lo captas? Un vocabulario de risa más prolongado.
Bailó fuego en mis ojos mientras levantaba la copa llena hasta la mitad.
—Qué graciosa.
—La verdad es que sí —se sumó Jack a las risas de Rachel, quitándole hierro al sarcasmo de mis palabras—. Mucho.
Nos colocamos en el borde del círculo. Contemplamos cómo algunos chicos hacían girar a sus parejas en un baile elegante propio de alta sociedad, y cómo otros se movían igual que si estuvieran en plena discoteca. Vimos cómo chicos y chicas sacaban a bailar a otros chicos y chicas de la fila situada en el borde de la zona de baile. Grover, nuestro amigo, Enebro, la ninfa del bosque y el viejo Leneo, un miembro del consejo de sátiros, riendo y estrechando las manos de los campistas, dando dos besos a las campistas y propinando palmadas a otras criaturas en la espalda, se abrían paso indistintamente por la zona, supervisando que todo fuera a pedir de boca y que nada se saliera de control.
Jack se estaba llevando la lata de coca-cola a los labios cuando de pronto se quedó rígido, y su brazo se retiró lentamente de sus labios. Seguí la dirección de sus encendidos ojos. Con sobresalto vi que a unos metros de distancia, flanqueada por un adusto Christian, la reina de los shek nos observaba con la quietud de un glacial. Seguía tan deslumbrante como la primera vez, aquella mañana, con su largo atuendo de batalla negro y el cabello de ébano formando una oscura nube a su espalda.
Rachel se estremeció perceptiblemente contra mi brazo, y se arrimó a mí cuando ambos shek, Kirtash y Ziessel, levantaron sendas manos, indicando que no nos moviéramos del sitio, que ya se acercaban, los dos destilando un aire tan peligroso e impredecible como cautivador. Él iba vestido con una camisa de seda negra medio abierta, que dejaba ver su pecho musculoso. Lo miré con envidia. Me dieron ganas de desenfundar a Backbiter y arrancarle la ropa y salir corriendo para ponérmela yo.
—Hola, Christian —Saludó Rachel cuando los dos se detuvieron al lado. Los miró por turnos, fijándose en la elegancia de Christian, elegancia perpetuamente negra—. ¿Qué, ya han echado al cierre la morgue?
El chico de atuendo gótico sonrió con sarcasmo.
—Y te traigo una prueba, para que veas. Ziessel, te presento a Rachel, una oráculo de la tierra. Rachel... —Christian la admiró con intensidad; de sus labios no salió cumplido alguno, pero ni falta hizo; su mirada era bastante elocuente de por sí. Ella enrojeció. Se llevó una mano a los cabellos, la detuvo a medio camino, sacudió la cabeza y volvió a enrojecer, procurando, muy desastrosamente, no quedarse admirando y babeando ante la parcela de piel que la abertura de la camisa dejaba al descubierto—. Ésta es una amiga nuestra, ahora aliada vuestra —completó el shek después, indiferente en apariencia a la turbación de la pelirroja—. Se llama Ziessel, pero puedes llamarla Shizuko.
—Preferentemente Shizuko —recalcó la aludida, analizando a Rachel con expresión ilegible.
—De acuerdo. Lo... —Rachel se puso a mover de arriba a abajo la chapa superior de la vacía lata de coca-cola de Jack—, lo recordaré.
—Luke. —Una tenue sonrisa planeó sinuosa sobre los labios de Christian mientras sus ojos me recorrían de arriba a abajo—. No me habías comentado que te iba más esa moda. Es tu estilo. ¿Nuevas tendencias?
—¿Qué, esta baratija? —Enganché entre dos dedos un pliegue del vestido, mientras taconeaba con los pies—. Bah, no es nada. Además, no vas a ser tú el único en rodearse de misterio y secretos. ¡Yo también soy una caja de sorpresas, chaval!
—Eso parece. —Se giró hacia la japonesa—. ¿Qué quieres beber?
—¿Qué tal eserefresco marrón efervescente? Y que no sea light, por favor.
—No, espera, ya voy yo —se adelantó Jack; al segundo siguiente se había perdido entre la multitud, sospeché para sobre todo, perder de vista a los dos shek que tenía delante, y aplacar así el fuego que le crepitaba por dentro con sólo mirarlos, contra los cuales su instinto de dragón le instaba a atacar hasta matar.
—¡Eih, nena! —De pronto Lee había reaparecido junto a Rachel.
—Ah, eres tú. —Rachel ahogó un suspiro en el borde de su recuperado vaso de limonada—. ¿Y ahora qué ocurre? —Levantó una ceja—. ¿Vienes a recitarnos más poesía?
—Dices mientras clavas tu pupila en mi pupila azul...
Sí. Efectivamente, el muy melón venía a recitar más verso. Rachel lo miró, contrita
—¿Qué?
Lee se cruzó de brazos y sonrió de oreja a oreja, declarando.
—Poesía eres tú.
—¿Aunque no tenga los ojos azules sino verdes? —no pude evitar burlarme. Un poco.
Pero él no se dio por enterado. Estaba cruzado de brazos, aguardando el inminente momento en que nos derritiéramos sí o sí ante el alarde desplegado de los versos de otro hermano muerto, tal era su presunción.
—Bécquer también admite pupilas verdes, sí. —Nos miró como si fuéramos el postre más dulce—. ¿Por qué no venís a bailar?
—No, gracias —rechacé lo más educadamente que pude, tratando de liberar mi brazo de la trampa del brazo de Lee.
—Vamos. Un buen rato no le amarga a nadie.
—Depende de a qué llamas «un buen rato».
Él sonrió, seductor.
—Con ese vestido no hay duda que valga.
Abrí la boca, indignado, el ceño ya fruncido y una palabrota en la punta de la lengua. ¡Mi vestido no era en absoluto provocativo! que me llegara por encima de las rodillas, que tuviera un escote vetado a lucir en iglesias, y que se ajustase en ciertas zonas... en fin, eso no lo hacía provocativo. Claro que no. ¡Claro que no! (¿dioses, claro que no, verdad?)
—No quiero bailar —me limité a responder. Aunque me daba la sensación de que, en realidad, a él no le interesaba mucho saber mi respuesta, sino más bien mi talla de sujetador, de cuyo sitio sus ojos no se desviaban. (¡Si él supiese que ahí no había más que calcetines!)-. He hecho votos de no bailar.
—¿En serio? —Preguntó, y sus manos se deslizaron más allá de mi brazo, mucho más debajo de lo que me habría gustado—. ¿Y no puedes romperlos por un día? ¿Ni siquiera por mí?
Me puse tenso, pareció darse por enterado y volvió a deslizar las manos hasta terreno neutral, es decir, su propia cintura.
—Los votos son los votos —respondí.
-¿Y tú? -le dijo a Rachel mientras pasaba las manos por la cintura de la chica-. Soy un buen bailarín.
-No lo dudo -dijo Rachel. Dio un paso atrás y cogió de la mano al resurgido Jack, que en mala hora había tenido que reaparecer-. No lo dudo. Pero Jack me prometió que bailaría conmigo. -Lo miró con aire de súplica-. ¿Verdad?
-Si tú lo dices… -musitó Jack, pasándole la lata de coca-cola a un Christian pensativo, quien se lo pasó a una Shizuko que optó por continuar escrutando a Jack como si fuera una jueza que observa a un acusado de asesinato, en vez de aceptar el refresco que su acusado le había traído.
-Sí -afirmó ella-. Lo digo.
Jack tenía dos opciones: dejar a Rachel en manos de Lee o bailar con ella. Dejó en mis manos la vigilancia de su bebida, que recibí con cierto rastro de irritación, y luego le pasó el brazo por la cintura a Rachel hasta alcanzar la parte posterior de su brazo.
-Será verdad, entonces. -Declaró ante la cara decepcionada de Fletcher. La agarró con más seguridad-. Siento mi despiste. Me temo que últimamente me falla la memoria. -La llevó hacia la pista mientras a los altavoces les atacaba un tema lento.
Vi con interés como se detenían en mitad de la pista y cómo Jack tomaba la mano de Rachel, más preocupada en vigilar que Lee los viera bailar y decidiera marcharse, que en el chico que se disponía a bailar con ella. Cada uno colocó la otra mano en la cintura del contrario y empezaron a moverse al ritmo de la canción, moviendo los labios en una conversación que el sonido de la música engullía sin contemplaciones.
No habían transcurrido ni cinco segundos cuando Lee volvió a mezclarse con la gente, desapareciendo una vez más, echando humo. Casi pude ver el vapor que salía de sus oídos.
Rachel y Jack continuaron bailando, hablando y riendo, de todos modos. Hasta que la canción llegó a su fin y ella se apartó de él y ambos tomaron rumbos distintos, ella de vuelta a donde estábamos y él en direcciónopuesta… siguiendo una silueta de melena oscura.