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Historia 126109 — capítulo 35
Disclaimers: Juro solemnemente que ninguno de los personajes aquí tratados me pertenecen. (Luke consiente serlo sólo cuando duermo, pero Christian… mi Kirtash… ¡ah! él se niega incluso en mis sueños).
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CAPÍTULO 34: INESPERADA VISITANTE.
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Despatarrado, el pelo revuelto, y una sonrisa satisfecha en los labios, mudo recuerdo del beso sucedido dos noches atrás, me despertó la claridad del día, que chocaba frontal contra las rendijas de la persiana hasta filtrarse por entre el cristal de la ventana.
Los rayos de luz entraban y me acariciaban la cara, calentándola, hasta que no tuve más remedio que despegar los párpados y saludar al nuevo día con los ojos entrecerrados. Aun así, cuando abrí los ojos, fue con alegría inusitada. Al instante, las dimensiones del cuarto medio iluminado medio en sombras se dispararon, primero borrosas y legañosas, después afectadas por una profundidad que las dotaba de consistencia.Yhacía en la suavidad de mi almohada, tan cómodo que todo mi cuerpo continuaba relajado a pesar de lo poco que en realidad había dormido. El sueño aquella noche había sido como un perezoso placer, y habría dicho sí, sin dudar, a la oportunidad de volver a zambullirme en él, pero ya empezaba a disiparse a pesar de mis expresos deseos, retirándose de mis pupilas como la sombra se retira ante el sol.
Estaba en calma. La hoja de recopilación de mis penurias estaba en blanco, vacía, para variar, y era la esperanza quien me observaba desde el horizonte que mi mente dibujaba.Miré el reloj, me desperecé y me levanté sobre los codos.
«Vamos, arriba y en marcha», me dije, de buen humor.
Con un suspiro de anticipación en los gestos, abandoné las sábanas de la cama y salí al encuentro del cuarto de baño. Ya sin ropa, me metí en la bañera. El agua caliente puso de manifiesto la extrema sensibilidad de mi piel tras el sueño agitado y excitante que se había repetido una y otra vez a lo largo de la noche. Hacía tiempo que no había tenido un sueño húmedo de esos. Mi cuerpo reaccionaba al contacto de las manos, el gel y el resbalón de las gotas de un modo casi tormentoso; erizándose y excitándose y clamando unos minutos de reloj para satisfacerse en un desahogo. Sobre todo cierto levantamiento de mi cuerpo pedía ese tipo de alivio. Salí de la ducha más limpio y más relajado, claro.
Cerré los ojos a la imagen de la chica pelirroja del espejo, como de costumbre. Bajo los párpados, el recuerdo del beso con Thalía volvió con más ímpetu, provocando que bajo la toalla mi cuerpo comenzara a reaccionar de nuevo. Apreté los párpados hasta que su imagen apareció conmigo en la fantasía que estaba proyectando mi mente, tal cual la llevaba recreando dos noches en mis sueños nada castos. Evoqué su cuerpo, sus labios. Aquellos labios que besaban como los ángeles o como los demonios, que embriagaban como el más alcoholizado de los elixires y que drenaba más que la sed.
El sabor de su boca en la mía parecía ir a perdurar eternamente, y eso que del suceso ya habían transcurrido dos días. Fantaseé con una Thalía tumbada boca arriba en mi cama, sin ropa; las sábanas revueltas, el pelo esparcido por la almohada, los labios hinchados, barnizados en saliva, agitados por el aliento que escapaba de ellos al compás de sus pechos erizados que subían y bajaban deprisa. Apreté los dientes como si de ese modo pudiera contener los latidos en el vientre y las pulsaciones de más abajo. En cualquier caso, para cuando ya estuve vestido y listo para abandonar el servicio, había tenido que hacer una pausa para una segunda satisfacción hormonal.
Salí del cuarto de baño perseguido por volutas de vapor y el agradable olor del champú, fragancia de pino, y volví al dormitorio. Nada más acercarme a la franja rallada por los contados rayos de sol, subí del todo las persianas y descorrí de par en par las cortinas. El sol cayó al instante sobre la ventana, motas de polvo bailaron en la luz como insectos dorados dotados de alas. El día de la fiesta había amanecido con un cielo de un azul radiante, como si el mismísimo Zeus se hubiera contagiado del buen ánimo que reinaba en el campamento.
La ausencia de nubes a favor de un cielo despejado era esperanzador, tranquilizador para lo que estaba programado a avecinarse más tarde. Afuera, el frío languidecía y el clima primaveral se abría paso entre los campos y los techos de las casas. Mientras ordenaba el dormitorio, podía escuchar las risas de los campistas que pasaban bajo mi ventana, el choque de acero de las armas al ser abandonadas en sus repisas, temblorosas notas de instrumentos siendo afinados aquí y allí, y el ajetreo de último momento de la fiesta. Recogí a la camuflada Backbiterde la mesita junto a la cama, me la guardé en el bolsillo, opté por dejar la ventana entreabierta, y me dirigí a la entrada de la habitación mientras me calzaba unas zapatillas de deporte dando saltitos para no tener que agacharme a encajarlas.
—¡Uau! —se me escapó nada más cerrar la habitación y asomarme al pasillo. El vestíbulo principal había sido transformado para la ocasión, en un estilo completamente distinto al acostumbrado.
Estaba adornado de enramadas de hiedra; altas velas blancas, colocadas delante de bandejas de latón batidas para que duplicaran el reflejo de su luz, estaban listas para alumbrar los corredores, listas para darle una iluminación extra, a parte de la que entrara con pereza por las puertas entreabiertas de la entrada principal. De momento se mantenían hermosas y apagadas, superadas por el sol que entraba con brío por la entrada, bañando el vestíbulo al completo y tiñendo todo de un dorado crudo y enceguecedor. Paredes, repisas y rinconeras estaban decoradas con millares de flores de todas las clases, colores y formas, pero todas desprendiendo un perfume inhibidor. Hasta los dos únicos ventanales del pasillo estaban salpicados de pétalos en los alfeizares, lo cual suavizaba la totalidad del vestíbulo y le confería atractivo.
Miré a mi alrededor; un poco más y casi ni reconozco ese nuevo y extraño entorno como el pasillo habitual que iba de una estancia a otra de la casa número 8, la reservada a Hermes. Pensé que Silena debía de tener una especie de adicción a las lucecitas de colores, a juzgar por las hileras de rosas con bombillas intermitentes que salpicaban el techo. El techo también estaba pintado con motivos celestes. Nubes lo salpicaban aquí y allá, y el trozo de techo que había alrededor de cada lámpara que colgaba de él estaba pintado como si fuera el sol, con cálidos rayos saliendo del centro. El resultado era innegablemente bonito, a pesar de que el filtro dorado de la luz natural no ayudaba a sacarle provecho, pues las lámparas no estaban encendidas todavía, naturalmente. Al salir al exterior, vi que más cintas de colores habían sido entretejidas alrededor de las guirnaldas que decoraban las fachadas de los edificios.
Aquella tarde estaba destinada a ser una tarde dedicada a divertirse y pasarlo bien, a fingir que la muerte no acechaba, después de tantos preparativos en oposición a los preparativos de combate que ya eran rutina cotidiana en el campamento. Pero de momento las primeras horas de la mañana se conformaban con dibujarse en el lienzo del horizonte en colores dorados, amarillos y llameantes. Me extrañó que no hubiera campistas a la vista.
Corrección: síhabía campistas; las que faltaban eran las chicas.
Reparé en un grupo compacto acuclillado enfrente del estanque. Hijas de Artemisa todas ellas. Y esas eran las únicas mestizas que vi a la redonda. Estaban inclinadas sobre algo que me fue imposible captar; y dado que se hallaban tan cerca de la masa de agua que era el estanque, no podía aproximarme a atisbar por encima de sus hombros y salir de dudas.Por suerte para mi sed de curiosidad, distinguí a Victoria entre ellas.
—Hola.
Mi voz causó que diera un respingo como si la hubieran pinchado con un cable pelado entre los omóplatos. Resopló y luego giró la cabeza a tiempo de verme alzar el brazo y dar con los nudillos al poste de luz más cercano al estanque, a dos metros y medio del mismo, como si fuera una puerta.
—¡Ah! hola.
—OH, perdona. ¿Te he asustado?
—Algo. —Por el modo en que apretaba la mano contra el pecho, deduje que ese algo había sido bastante—. Consejo número uno para no asustar a los demás —aconsejó tras un hondo suspiro—. La próxima vez, aplica la regla de oro para evitar asustar.
—¿Regla de oro? —Ella asintió con vehemencia—. ¿Y es?
—Anuncia tu presencia si otra persona no te ha visto llegar. ¡No le saludes por la espalda!
—Razón no te falta —admití—. Lo siento. Venía pensando en mis cosas y de repente os he visto tan atareadas que... por cierto, ¿qué se supone que estáis haciendo?
—Ah —respondió, mordiéndose el interior de la mejilla—. Eso... nada. Cosas de chicas.
Enarqué las cejas.
—¿Cosas de chicas en un estanque que es de todo el camping? Además... —me señalé de arriba a abajo—. Juraría que mi apariencia es de ese mismo colectivo. Voy a poner una queja: ¡se me está excluyendo!
Victoria echó un vistazo a las campistas que trabajaban a poca distancia, luego me sujetó del brazo por el codo y me condujo a donde los demás no pudieran oírnos. (¡Vaya; no podía creer que mi perorata hubiera funcionado!). Una vez a solas, donde era menos probable que captaran las palabras que pretendía dirigirme, la chica juntó las manos ante la cintura a la vez que asumía el semblante sosegado que parecía ser algo habitual y natural en ella.
—No creo que desde aquí nos oigan —supuso cuando estuvimos suficientemente apartados—. ¿Y bien? ¿Qué sucede?
—No lo sé. Dímelo tú.
—Hay que ver lo melodramático que puedes llegar a ponerte.
—¿Verdad que sí?
—No era un cumplido.
—¿Ah, no? ¿Y por qué para mí ha sonado como tal? Por cierto —fruncí el ceño, mirando en derredor—. ¿Dónde está todo el mundo? Mejor dicho, las chicas. ¿Dónde están las demás chicas?
—Preparándose. ¿Dónde sino?
Pestañeé.
—Pero si quedan... —consulté la hora en su reloj de pulsera que llevaba a la muñeca—. Horas. ¡Aún quedan horas para que comience la fiesta!
—¿Y?
—«¿Y?». ¿Dices que «y?» —la miré boquiabierto.
Fue entonces cuando Victoria me explicó que mientras los chicos pasaban las primeras horas de la mañana entretenidos haciendo el vago, las chicas (no hijas de Artemisa) se habían apiñado en la casa de las hijas de Afrodita; allí se había formado el equipo de preparación, comandado por Silena y Silena 2.0, cómo no, peinando, maquillando y preparando a las que lo pedían, aconsejándolas qué ponerse y adecentando sus vestidos y ropas elegantes.
—¿Pero no es acaso Silena 2.0 otra cazadora más de Artemisa? Por qué no está aquí, con el resto de sus hermanas.
—¿Silena 2.0? —Se extrañó Victoria—. ¿Quién, quién es Silena 2.0) —La comprensión inundó sus castaños ojos—. ¡Oh! ¿Te refieres a Selise? —Victoria se echó a reír—. Ah, qué buena esa. Como se entere que la consideras una copia de Silena, se cogerá un cabreo que ni los dioses te salvan.
—Guárdame el secreto, entonces.
Pero Victoria ya no me escuchaba. Observaba con ojos como platos algo detrás de mí y, sin transición, su expresión mudó de la risa a la más sombría perplejidad.
—¿Qué sucede? —Alarmado, me llevé la mano al pantalón, donde Backbiter aguardaba en forma de bolígrafo en el fondo de mi bolsillo—. ¿Qué ocurre, qué pasa? —Giré sobre mis talones, dispuesto a enfrentar la amenaza culpable del agrandamiento de ojos de Victoria—. ¡Qué has visto!
Sin previo aviso, Victoria echó a correr, pasando a mi lado como si hubiera olvidado que hablaba conmigo, prácticamente volando entre zancada y zancada. Extrañado, seguí el rastro de conversación que se estaba dando metros adelante, frente a las verjas que custodiaban la entrada al camping, donde Christian, Jack y Clarisse estaban hablando con una desconocida recién llegada. No tardé en ir tras ella. Mientras me acercaba, corriendo, analicé sin entender la compuesta de escenario hacia el cual nos apresurábamos a caer:
Clarisse, tensa como un muelle a punto de saltar, flanqueada por los dos chicos de Idhun, no menos tensos en sus posturas vigilantes. De pie, en el umbral de la entrada, había una joven desconocida. Vestida con ropa sobria aunque elegante, poseía un rostro cincelado en rasgos delicadamente femeninos, y a juzgar por ellos, deduje que era asiática, japonesa, tal vez. Su cabello negro, recogido en lo alto de la cabeza, le caía sobre los hombros, hombros de por sí esbeltos, tan suave como un velo de terciopelo.
Los ojos que clavó en mí, desviando momentáneamente la mirada del trío que le impedía el paso al interior del camping, rompiendo la distancia que nos separaba, eran dos urbes rasgadas, profundos espejos repletos de misterios al que el gesto enigmático de su expresión de esfinge dotaba de un oscuro magnetismo. Era de esas chicas capaces de turbar y fascinar sin pausa alguna a una persona. Sus manos al gesticular derrochaban una elegancia natural y sensualidad tal que robaba el aliento.
—¿Qué hace ella aquí? —preguntó Victoria nada más frenar su carrera junto a Christian, dirigiéndose al shek pero sin apartar la vista de la joven extraña, alzando la voz para hacerse oír por encima de Clarisse, quien hablaba en esos momentos.
—Por ese «ella» deduzco que ya os conocíais —cazó al vuelo Clarisse, frunciendo el ceño.
—Sí. —Victoria no parecía sentir especial ilusión en admitir ese reencuentro—. Ziessel, la Bella, la reina de los sheks. Claro que la conozco. En realidad nos conocemos.
La aludida asintió sin dar más muestras de reconocimiento que una leve inclinación de cabeza hacia Victoria—. Hola, por cierto.
—Shizuko Ishikawa —dijo—. Ese es el nombre de la anterior habitante del cuerpo que visto —anunció la chica de rasgos asiáticos. Sus palabras despertaban extraños ecos de una juventud intemporal. Casi pude escuchar bajo esa voz grave el murmullo de otra voz silbante, una voz de mujer asolada por una profunda soledad, como la de alguien al que los suyos le han abandonado—. Dejé de ser Ziessel hace tiempo. Ya no respondo ante ese nombre. Hace tiempo que dejé de ser esa Bella reina. Ahora soy Shizuko, Shizuko Ishikawa, y preferiría que así me llamaseis.
—Pero posees el alma y la conciencia de Ziessel, la shek —hizo ver Jack, implacable—. Ziessel, la bella, la reina de los sheks. Por mucho que te hagas pasar por japonesa, ello no hará cambiar tu situación. No hará que tu otro yo desaparezca. No hará que Ziessel...
—¡Ya basta! —tronó la japonesa, con una vehemencia tan asombrosa y tal volumen en la voz que los campistas que pasaban cerca giraron las cabezas, asombrados y desconcertados, presos de la curiosidad y un repentino malestar—. Ya basta —repitió, esta vez en voz baja; pero el nuevo timbre no hacía sino acentuar el peligro que acechaba tras la advertencia—. Soy Shizuko. Y punto.
—Como prefieras. Conozco ambas identidades. Y dado que la conozco —prosiguió Victoria—, permitidme que os dé un consejo: Lucy, Clarisse... no la miréis a los ojos.
—¿Otra shek? —sospeché, deteniéndome también.
—Otra shek —corroboró Victoria, sin abandonar el tono defensivo. Se posicionó entre Jack y Christian, como si quisiera estar a la misma altura de sus dos amigos, en caso de que la hostilidad traspasara el terreno de las tensas miradas que la joven parecía dedicar a los chicos, especialmente a Jack—. Lo que significa que puede establecer un vínculo mental contigo apenas con una simple mirada. No lo olvides. Por tanto más te vale que mantengas tus ojos lejos del contacto directo con los suyos. —Cogió aire y repitió—: ¿Qué hace ella aquí?
—Digamos que está de visita —respondió Christian—. Una visita inesperada. ¿E indeseada, también? Todo depende.
—¿Visita? ¿Aquí? ¿En el campamento de semidioses de la Tierra?
La tal Shizuko / Ziessel (¿en serio? ¿Qué les pasaba a esta gente de Idhun con esa su rara costumbre a tener dos nombres, dos identidades?) Entretuvo brevemente la mirada en los cabellos de quienes tenía cerca como si fuera un misterio que quisiera sentarse a catalogar. Luego devolvió la mirada hacia Victoria.
—¿Cómo nos habéis encontrado? El campamento mestizo, me refiero.
—Ningún lugar es secreto, si sabes dónde buscar y qué mentes sondear —repuso la tal Ziessel (o bueno, vale, Shizuko) con voz carente de todo sentimiento, igual que alguien que aún no ha aprendido a moldear sus palabras según la emoción que lo embarga al momento.
—Dicho de otro modo: os ha costado varios días para encontrar alguna señal, un indicio, algo que os guiara hasta aquí —desdeñó Jack—. Días de dar vueltas, tratando de detectar un punto de la ciudad con extra de energía, anomalía concentrada en una localidad determinada, valiéndoos del instinto para reconocer a seres de escala no humana.
La joven clavó su mirada de ojos rasgados en los verdes ojos de Jack. Entre ellos volvió a saltar chispas, dejando patente la animadversión, odio vivo e ilógico, que parecían profesarse mutuamente.
—En realidad no lo buscábamos. Más bien el camping éste nos llamó. —El profundo desdén de Ziessel al dirigirse al chico dragón no tenía límites—. Buscábamos un lugar apartado donde estar, donde refugiarnos, y la energía concentrada que desprende este lugar fue como un foco de luz en un mar de oscuridad. Decidimos investigar a qué se debía tal extraño fenómeno en un mundo que parece haber olvidado la magia y, al llegar aquí... nos encontramos con este refugio de semidioses.
—Eso puede explicar una primera visita —concedió Victoria—. Pero está claro que esta no es vuestra primera visita. ¿Me equivoco?
Christian la contempló en un meditabundo silencio, barajando teorías a cual más lógica y posible.
—Silena. —Musitó después, entendiendo.
Clarisse y yo intercambiamos una mirada de incomprensión. Incluso miré por encima del hombro, a ver si es que el musitar su nombre respondía a que la hija de Afrodita se había hecho visible y se aproximaba a esa pequeña congregación que estábamos formando frente a la entrada del camping mestizo 2. Pero no la vi por ninguna parte.
—¿Qué pasa con Silena? —exigió saber Clarisse, llena de incertidumbre.
—Establecisteis una conexión mental con ella —Christian hablaba sin despegar los ojos de la japonesa—. Y desde entonces la lleváis siguiendo el rastro. La primera vez fue la energía que destilan estos semidioses quien os llamó a este lugar. La segunda fue gracias al desafortunado vínculo que establecisteis con ella al venir aquí y colaros entre las defensas del campamento.
—¿Un vínculo? —se inquietó Clarisse.
—Bueno —exclamó Jack, con una voz tan fría como ardiente tenía los ojos y candente el filo de la espada que llevaba amarrada al cinto—. Al menos ahora sabemos quién nos espiaba y quién nos privó de uno de nuestros campistas, semanas atrás cuando Silena se desmayó. —Miró directamente a Christian, aunque no sabría decir por qué. Si el shek conocía o desconocía el motivo, se guardó, como siempre, de no exteriorizarlo ni compartir la información. A cambio musitó en respuesta de la creciente inquietud de Clarisse:
—No te preocupes por tu amiga. Su mente sigue tan no-amueblada como siempre. Lo único que hay que temer es que sus secretos floten en la superficie de su mente y queden al descubierto. Nada más. No hay otro peligro. —Se dirigió a la japonesa—: ¿no es así?
—NO la hice daño alguno —protestó ella, levantando el mentón, altiva; si su intención era tranquilizar a Clarisse, la inexpresividad de su voz logró justo el efecto contrario—. No la lastimé.
—¡La dejaste tirada en el suelo, desmayada, temblando de puro terror! —acusó Clarisse.
—O temblorosa o desmayada. Aclárate. Nadie puede desmayarse y seguir temblando —replicó la chica shek, parpadeando con lánguido desinterés—. Sólo buceé en sus recuerdos —aseguró al ver que la mirada de Victoria no se ablandaba en absoluto—. ¿Vale? Para aprender sus conocimientos semidioses a un nivel superficial y ahorrarme así el tener que estar preguntando y esperar a que me den una respuesta satisfactoria... o lo que ella considerase respuesta satisfactoria. Nada más. ¿Estamos?
—Entonces —traté de entender—, ¿eres otra idhunita? ¿Como ellos tres?
Señalé con la cabeza a la tríada de Idhun.
—¡No! —Shizuko se mostró horrorizada; pareciera que la hubiera comparado con tres bichos malformados y repugnantes—. ¡Por supuesto que no soy como ellos!
—Es verdad. Sólo eres una shek sin cuerpo de shek —espetó Yandrak, afilado como el filo de la espada cuya empuñadura aferraba con fuerza—. Un animal de los cielos que no puede volar. —Hablaba con odio contenido. La repulsa crecía por momentos en sus palabras, zarzas trepando, buscando ahorcar, lastimar a la shek—. Una serpiente atrapada en la cáscara carnal de una común y corriente humana.
—Y tú una aberración de la naturaleza que nunca debió existir —bisbiseó la otra. El odio que bañaba su voz sólo era comparable al que asomaba en los refulgentes ojos de Yandrak—. Dos veces marcado, dos veces insulto. Una por dragón, otra por híbrido.
—¿Se puede saber de qué está hablando esta chica? —Exigió saber Clarisse—. ¿Qué chiflada tontería se le ha metido en la cabeza? —Eso me recordó que sólo Annabeth, Thalía y yo (bueno, y puede que tal vez Percy, ya que dudaba que Annabeth le guardara secretos a su novio) estábamos al tanto de la doble identidad de Christian y Jack—. Aquí dragones sólo tenemos uno. Y está en lo alto de ésa cima que tienes a tus espaldas.
—Para que entiendas —explicó calmadamente Christian en mi cabeza mientras Victoria le echaba a Jack un brazo a la cintura y tiraba de él leve pero firmemente hacia atrás, haciéndole retroceder—, somos humanos y también somos dragón y shek. Nuestro espíritu se mueve entre ambas pieles a voluntad, sin riesgo de destruirnos en el proceso. Pero ella no. Ella es una shek a la que convirtieron en... lo que ves. Una humana. Dotada de mente privilegiada, mente de shek, sí, pero humana a fin de cuentas. A diferencia de nosotros, ella no puede volver a su estado habitual; no puede transformarse en la serpiente alada que era antes.
—No acabo de entender...
—Pues es muy simple —se impacientó Christian—. Es lo mismo que te ocurre a ti: eres un chico, pero todos cuando te miran, sólo ven el cuerpo y la cara de una chica. ¿No es así? Pues con Ziessel... bueno, con Shizuko, es lo mismo, sólo que su disfraz es permanente, no sólo algo visual. Cuando la miras ves en ella una mujer, pero el ser que habita en su interior difiere mucho de esa apariencia. Es una shek. Una serpiente alada como yo. Pero yo puedo volver a transformarme en mi cuerpo de semidiós de Idhun cuando me plazca, al igual que Jack puede retornar a su apariencia de dragón si así lo desea. Pero ella está condenada por siempre a su falsa apariencia, a su disfraz. ¿Lo entiendes ahora?
Asentí lentamente, reprimiendo un escalofrío de horror. Me quedé mirando a aquella shek embutida en un cuerpo humano con toda la calma y la serenidad de la que pude echar mano. No podía ni imaginarme qué supondría ser una chica de verdad, tocarme rizos cobrizos cuando fuera a peinarme y no sólo verlos en el espejo, palparme pechos en lugar de pectorales cuando fuera a ducharme. Y esas eran a penas las diferencias leves.
—En términos humanos, murió —me ilustró Christian, que había seguido la senda de mis pensamientos.
—Sigue estando ahí. —señalé, reacio a creerme eso.
—He dicho en términos humanos.
—¿Y eso qué significa?
—Significa que sufrió un accidente de coche que por poco le costó la vida. Bueno —lo pensó un momento—, mejor dicho, le acabó costando la vida. Al menos a la otra Shizuko. Al despertar en el hospital no recordaba nada, ni quién era ni cuántos años tenía ni cómo había ido a parar hasta ahí. Con razón, si tienes en cuenta que no era la Shizuko que todos habían conocido hasta entonces. Era Ziessel usurpando su físico. Nació de nuevo, por decirlo de algún modo; de hecho, fue necesario que aprendiera desde cero, todo: hablar, andar, usar los cubiertos, etc.
Volví a concentrar la mirada en la extraña de rasgos japoneses. Aunque no se mostraba parca en palabras al dirigirse a nosotros, se mantenía a un lado, conservando las distancias, evidenciando que su espacio privado y su intimidad eran dos cosas que debíamos respetar sí o sí. Tenía una presencia que imponía, que cohibía, regia como la de una reina, lúgubre como la de un juez taciturno.
—Sigo sin entender por qué llama a Jack dragón.
—Es un simple apodo, Clarisse —explicó Victoria—. Nada más. ¿Verdad? —se dirigió a Shizuko.
Ésta asintió, rígidamente.
—Ah, bueno. Vale. Pero vuelvo a preguntarte: ¿qué haces llamando a la puerta de nuestro campamento? ¿Qué pretendías viniendo hasta aquí?
—Tu amiga rubia dijo que podía pasarme cuando quisiera, siempre y cuando fuera capaz de encontrar el camino de llegada y pidiera debidamente permiso para entrar. —Se cruzó de brazos con fría vanidad—. Bien. Está claro que el primer requisito lo he cumplido con creces. Estoy en el segundo. Pero tus amiguitos —miró torvamente a Jack—, no me lo están poniendo nada fácil.
—¿Que Silena te dijo que podías venir? —Clarisse frunció el ceño—. ¿Cuándo?
—Cuando se colaron en mi casa.
—¡Ah! —Chasqueó los dedos—. ¿Tú eres la japonesa ésa, la dueña de la casa que casi le deja sin uñas?
—Si hubieran llamado a la puerta y no hubieran pretendido trepar por el tejado...
—No no, si eso me da igual. —Cortó Clarisse, espantando con la mano la explicación de la japonesa—. Yo lo decía más bien porque Silena se estuvo quejando de sus uñas rotas más de una semana. La muy pesada. —Sonrió, ladina—. Será interesante ver su reacción cuando te vea. ¿Y vienes a qué? ¿A devolverle la visita?
—Y a recuperar lo que es mío: el cuadro.
—¿Cuadro? ¿Qué cuadro?
—Me temo —intervino Christian, dando un paso hacia delante—, que eso no va a poder ser. Todavía no hemos terminado de investigarlo. Y los pocos análisis que le hemos hecho no han dado aún resultados.
Shizuko desplazó la vista entre la tríada de Idhun con tal aprensión que no me habría extrañado si de sus ojos se hubieran materializado, contantes y sonantes, dos copos de hielo.
—Las bromas no son lo tuyo, Kirtash. Déjalo.
Victoria suspiró después de intercambiar una rápida mirada con Christian.
—No está bromeando. Es la verdad.
—Espero que hayas venido dispuesta a hablar —concilió Jack, recobrada su compostura—. ¿Por qué no pasas dentro y lo habláis en un sitio más apartado e íntimo?
—¿Intimo? —repitió ella, como si el chico hubiera puesto el dedo en una yaga muy reciente. Por alguna razón, se abstuvo de mirar a Victoria y a Christian, con lo que el odio volvió a dominar su mirada, clavada como flechas en el joven de pelo rubio.
—La gente nos mira —masculló Jack—. Hiciste mal en venir.
—De eso nada. Son ellos los que hacen mal en mirarnos. —Ziessel fue clavando penetrante la vista uno por uno en los campistas que con acertado o poco disimulo la miraban, y uno por uno desviaron la vista, pareciendo perder repentino interés en su presencia—. ¿Ves? Rectificar es de sabios.
—Lo que sea —dijo Jack,esperando sin duda que aquello pusiese punto final al asunto—. Clarisse. ¿La permites el paso franco o no?
—De acuerdo. —Hizo un gesto expansivo hacia el interior del camping—. Adelante. No temas. Pasa.
Shizuko obedeció, un tanto desconfiada por las maneras de Clarisse de abrirle las puertas del campamento, en un tono que parecía a un tiempo franco y directo y bien provisto de una astucia encubierta. Me dio en la nariz que algo se traía entre manos la hija de Ares, pero nada dije. Me limité a observar cómo la shek, ahora japonesa, traspasaba la entrada, mirando a su alrededor como si esperara un ataque de un momento a otro.
El panorama campista debía de presentársele como una explosión de ruido, luces, sonido y misticismos, un contraste de lógica y anomalía, pero si así lo sentía, lo disimulaba muy bien. Se detuvo a mi lado, rozando al pasar el hombro de Christian con el suyo. Mantenía un brazo de distancia conmigo, pero aun así pude percibir que, al igual que Christian, Shizuko desprendía una suave frescura, la fría corriente que envuelve a uno al abrir la nevera, por ejemplo, y que deja los pelos de punta.
—¿Y tú quién eres? —Echó la cabeza hacia atrás y me evaluó con una mirada de arriba a abajo, con ese su rostro pálido y frío como la más delicada de las porcelanas, adoptando un sorprendente aire de autoridad—. Oh. Ya veo —susurró.
—Se llama Lucy. —Presentó victoria, tajante, haciendo énfasis en mi nombre y dirigiéndole una clara advertencia—. Hija de Hermes.
Shizuko me dio la espalda antes de que pudiera hacer ademán de saludarla o darle dos besos. Cogió un ramillete próximo, encallado en las hendiduras de la verja y lo contempló con estudiada negligencia.
—Tenéis fiesta. —No era una pregunta y nadie contestó. Las pruebas de decoración que tenía entre los dedos era certificado suficiente—. Ya veo. No he debido venir en peor momento.
—Al contrario —aseguró Clarisse, repentinamente animada—. No has podido venir en mejor momento.
Hubo una breve pausa mientras ambas chicas se observaban. Fue Victoria quien reanudó el contacto verbal, aunque en un tono de forzada tranquilidad.
—¿Vienes sola? ¿Quiero decir que y los demás... y los demás shek?
—En un refugio cuyo lugar no pienso compartir —replicó Shizuko—, mucho menos con un imberbe y miserable dragón, un híbrido traidor y...
—Nunca hay excusa para ofender —la amonestó Victoria—. Te agradecería que delante de mí no te dirigieras a ellos en esos términos. Se llaman Jack y Christian. O Yandrak y Kirtash, si así lo prefieres.
La sonrisa de la shek fue fría como el hielo, y la inexpresividad de sus ojos contribuyó a tal efecto de intimidación, pero Victoria no se dejó amilanar.
—¿Habéis encontrado alguna nueva isla? —intervino Christian, a todas luces queriendo romper con la tensión manifiesta entre las dos chicas.
—¡Al fin! —acusó ella, mordaz—. Al fin preguntas por los tuyos.
—Victoria lo acaba de hacer por mí y le has dado esquinazo —hizo ver él. Luego añadió, con sorna—: ¿y, los míos? —Esbozó una sonrisa empapada de sarcasmo—. ¿Desde cuándo soy considerado uno más entre los vuestros, Ziessel?
Ambos se sostuvieron la mirada, ojos pardos contra ojos azules, y a pesar de la frialdad con que se trataban, pareció surgir una especie de cálido entendimiento.
—No necesito escolta —proclamó cuando Christian rompió el contacto visual—. Sé cuidar de mí misma.
—No lo dudo.
—Y recuerda: me llamo Shizuko.
Christian la miraba con esos ojos fríos y penetrantes que siempre aterraban, pero el efecto parecía reconciliar a Ziessel.
—Claro, claro.
—Bueno, ¿qué tal si nos vamos a la sala de reunión? —Planteó Clarisse—. Creo que es el lugar idóneo para lo que ha dehablarse. ¿No es así?
Shizuko miraba hacia la orgía de vida campista y semidiosa que estallaba tras las verjas en las cuales estaba apoyada, serena e inmutable, como si fuera un panorama que hubiera visto todos los días de su vida. Pero pronto se enderezó al oír las últimas palabras.
—Llevadme hasta ahí. —Concentró toda su intensidad en Christian, y juro que casi pude ver cómo intercambiaban palabras de mente a mente, cómo la conversación zumbaba entre ambos—. Tenemos que hablar.
En el camino hacia la sala de reunión, traté tenazmente de entablar conversación con la chica shek, pero nada daba resultado. A mis espaldas, Victoria, Jack y Christian hablaban en apremiantes murmullos. Clarisse era quien llevaba el peso de la conversación, aunque más que una conversación, era un monólogo, pues a la exhibición de las casas y áreas del campamento por parte de la hija de Ares, Shizuko respondía con el silencio y un asentimiento de cabeza, acompañado de cuando en cuando por algún que otro escueto monosílabo.
No sabía cómo tratar a aquella belleza exultante, tan intimidante y segura de sí misma y no muy dada a comunicarse. Caí en la cuenta de lo mucho que se parecía a Christian y fue entonces cuando todo vestigio de extrañeza o incomodidad desapareció.
Dejé que Clarisse y su silenciosa acompañante me tomaran ventaja y acomodé mis pasos a los de Victoria.
—Entonces… —bajé la voz—. ¿Jack y Shizuko?
—No digas tonterías —repuso, esquivando por poco un traspiés contra una bien camuflada raíz—. ¿Cómo va a estar un shek liado con un dragón?
—Por las miradas que se lanzan, básicamente.
—Se odian. —Alcé las cejas—. No, no por un fatal desenlace de historia de amor —negó, rotunda—. ¡Vaya ideas se te ocurren! ¡No todo el mundo son como Thalía y tú! Los shek y los dragones son enemigos acérrimos. Enemigos ancestrales. Se odian desde tiempos remotos.
Dirigí la pregunta de mis cejas hacia las cabezas inclinadas y arrimadas de Jack y Christian, un dragón y un shek que más dragón y shek no podían ser.
—Ellos son diferentes —aseguró Victoria, con una mirada soñadora y el orgullo iluminando toda su cara—. Muy diferentes. Especiales. Son capaces de controlar su instinto asesino, su deseo de saltar encima del otro y pelear hasta que sólo uno acabe muerto.
—¿Y cómo lo hacen?
Victoria me miró de reojo, mordisqueándose un lateral del labio inferior y moviendo con nerviosismo la mano por toda la longitud de su pulcra trenza francesa.
—Eih —insistí, zarandeando la mano frente a su cara—. Que cómo lo hacen.
—Es una historia larga y muy complicada de explicar —dijo, lacónica.
—Está bien. Como quieras. —Bajé la mano y la escondí en el bolsillo—. ¿Qué tal si me cuentas la otra historia? ¿Ésa que implica a las cazadoras y al estanque entorno al cual están reunidas? Y ni se te ocurra salirme con el cuento de que no lo puedes decir, que es exclusividad de chicas.
—Pues esa es la verdad —insistió, tozuda—, y, ciertamente, tampoco es para tanto —aseguró, toda calma y eficacia—. Uno, estábamos creando ese cobertizo subterráneo del que ya se habló en la planificación de la batalla; ese cobertizo donde esconder las armas. Y dos, las chicas le estaban mandando un mensaje a Artemisa.
—Antes dijiste que era un asunto de chicas...
—De chicas cazadoras, hijas de Artemisa —especificó—. Nada más.
—Pues vaya. —Me desinflé—. Creí que se trataba de algo más jugoso.
—¿Como un paseo en plena noche, bajo las estrellas? —inquirió, maliciosa.
—No tanto como eso pero... —me detuve en seco—. ¡Alayne! —acusé—. O Elaine. Una de esas dos te lo ha contado, ¿no es así? ¡Serán cotillas...!
—Por favor —resopló—. Mi fuente es primaria. —Me guiñó el ojo—. Siempre.
—¿Te lo ha contado? —Me admiré—. ¿Ella misma? ¿Motu propio? ¿Thalí...
—Shh —Victoria tapó mi boca con dos de sus dedos—. No digas su nombre. Aquí no. su desaparición esa noche aún es una herida abierta —señaló a las apiñadas hijas de Artemisa—. Un misterio con demasiados interrogantes sin responder.
—Ya. —Cabeceé, entendiendo—. ¿Y dónde está ella?
—Y yo qué sé —Victoria alzó los brazos al aire, recalcando su desconocimiento sobre el paradero de Thalía—. ¿No somos tan uña y carne, sabes? Lo que sí sé es que voy a volver al trabajo.
—¿Cómo? ¿No vas a ir a la sala de reunión con...? —me detuve en seco. Clarisse y Ziessel habían desaparecido, al igual que Jack y Christian—. ¡Joér! ¿Tan lento hemos andado?
—Ni tú ni yo estamos invitados a esa reunión —explicó Victoria; a pesar de lo dicho, las miradas nerviosas que dedicaba a la entrada de la susodicha sala dejaban en evidencia su inquietud. No dejaba de toquetearse el anillo que llevaba al dedo, haciéndolo girar mientras lo observaba a contraluz con la cabeza ladeada, como si éste le estuviera transmitiendo una secreta información a la que estaba pendiente—. Y Jack tampoco.
—¿Estás diciendo que la charla en realidad será algo privado entre Ziessel y Kirtash? —Victoria asintió con distracción. Silbé, sin poder evitarlo—. Vaya, vaya. Tan frío que se conserva y menuda estrella se lleva al huerto el tío. —La di un amistoso codazo—. ¡Y a la primera! ¿No es increíble?
De pronto, la cara de victoria se tornó hermética, vacía de toda expresión.
—¿Estás bien?
Ella pestañeó, pero se abstuvo de responder.
—¿Victoria? —Mutismo—. ¿Vic…? ¿Ocurre algo?
Victoria se quedó mirando con una expresión vaga, y luego preguntó a su vez:
—¿A qué te refieres?
—Te has puesto... rara —cambié en último momento el celosa que iba a decir.
—Mira, justo a tiempo. Hablando de la reina de roma... —Miró con intención por encima de mi hombro—. ¡Hola!
Volví la cara y observé a Thalía a la luz del sol de la mañana.
—Eih, hola. ¿Ya habéis terminado?
—No, todavía no. Aún no vamos ni por la mitad. Así que, bueno —Victoria volvió a concentrar sus ojos en los míos—, me vuelvo con las chicas. ¡Nos vemos!
—De acuerdo. —Agité la mano en señal de despedida, intuyendo que algo había dicho que no le había sentado muy bien que digamos, pero descartando de momento esa sospecha—. Pasadlo bien cavando. ¿Hola, eh, tú? —Dije, interceptando a Thalía, reteniéndola del brazo—. Vaya educación. ¿No sabes saludar o qué?
—Y el hola de antes, ¿para quién iba, entonces?
—Para Victoria, claro. —Sacudí la cabeza, reprobadoramente—. Y eso no me vale. Yo quiero un saludo personal. Privado —bajé la voz—. Dirigido sólo a mí.
Ella compuso una mueca fría torciendo los labios.
—Espera sentado.
-Prefiero tumbado.
-Para eso te queda mucho.
Le así de la mano.
—Vaya. Eso significa que algo llevo ganado, ¿no?
—Me sorprende la capacidad que tienes de tachar de una frase lo que no te interesa oír. -Thalía quiso recuperar su mano, pero a su empeño no se le ocurrió el modo de conseguirlo.
—¿Verdad? Un don muy útil. Más si se pone a prueba hablando contigo.
Me permití la travesura de no soltar su mano a la primera, en parte porque quería tocarla, en parte para ver cómo ella reaccionaba, un vistazo sorprendido a mis dedos ceñidos a su muñeca, bajo la cual latía un pulso cada vez más errático.
—No vayas de listillo.
—No voy de listillo. De veras. —Abrí las manos con pacífica inocencia—. Más bien de alguien que se alegra de ver a su otro alguien.
Entrecerró los ojos, erizada como una gata a punto de saltar.
—Yo no soy tu alguien. Tu nada, en realidad.
Choqué mi hombro contra el suyo, adrede.
—Claro que sí.
—Claro que no.
—¿Quieres que te recuerde lo de la otra noche?
El rojo cubrió sus mejillas como una marea de olas cubriendo la arena. Con los ojos agrandados por una mezcla de incomodidad, rabia y vergüenza, me miró un instante antes de recorrer con la mirada a sus hermanas cazadoras por si alguna se hubiera percatado del mensaje lanzado por nuestros cuerpos.
—No creo que este sea un tema de conversación para hablar al aire libre donde cualquiera puede oírnos —siseó, enfadada, apartándose levemente—. Y menos en este momento.
—¡Oh! ¿Pero qué he dicho?
—Cállate.
—¡Nada de otro mundo!
—¡Calla!.
—Que oigan si quieren —animé—. Adelante. No estoy diciendo nada malo. ¿Oh sí?
—¡Pues sí!
—Al contrario. Otra cosa sería si me dejara llevar por mis deseos y te recordara lo dicho aquella noche con muestras. Si por ejemplo me acercara... —di un paso hacia ella—. Y me inclinara... —murmuré con voz ronca—. Y te besara... —ella se estremeció—. Una, dos, hasta seis veces. ¿Qué te parece? —Puse el índice bajo su pómulo—. Sí, justo aquí. O en las pestañas de tus ojos. —Deslicé el dedo por su mejilla—. En la suavidad de tu pelo. —Jugueteé con el sedoso mechón negro que tenía pegado a la cara—. En la invitación de tus labios. —Bordeé su barbilla, rozando con el dedo la comisura de su labio inferior—. En el pulso de tu cuello. —Bajé hasta el hueco de la garganta—. Aquí, donde no deja de acelerarse tu pulso. ¿Lo sientes? Bumb. Bumb. Bumb. Yo sí lo noto. Besos, besos, y más que besos.
—Ni se te ocurra. —Estaba aún más apetecible con la mirada fiera que regaló a mi brazo extendido—. No lo hagas. Y además apártate. Te estás pasando.
—Uy. Yo no he dicho que lo vaya a hacer —me reí—. Me limito a exponer posibilidades. —Añadí un segundo dedo a la parcela sonrojada de su garganta—. Apetecibles posibilidades. —Sumé otro tercer dedo—. Tranquila. —Sumé el cuarto dedo—. No temas. —Acaricié con lentos círculos su piel—. Ni te pongas nerviosa. Porque... —regresé la mirada a sus ojos—. No es el lugar correcto. —Me aparté con una pícara sonrisa—. En eso tienes razón.
Me costó horrores no sucumbir a mi propio juego. No había olvidado el beso intercambiado dos noches atrás, ni lo excitado que llevaba levantándome desde entonces. No veía la hora de repetirlo. De rozar otra vez sus labios. Y dijera lo que dijese, sabía que ella tampoco se había deshecho del recuerdo, por más que quisiera asegurar lo contrario. Thalía se acomodó los cabellos, cubriendo con ellos el sonrojo tanto de su cara como de su cuello.
—Idiota. —Murmuró entre dientes. No pude evitarlo: me eché a reír—. Imbécil. —Barbotó, indignándose por momentos ante la soltura de mi hilaridad—. Estúpido.
Mis risas crecieron.
—Oh, Thalía... —meneé la cabeza, sin poder dejar de sonreír ante su rubor y su cabreo—. Thalía, Thalía. Déjame darte un consejo: traga, traga saliva. Aguanta. Aún no ha llegado el momento de que jadees.
No hubo aviso. La bota derecha de Thalía salió de la nada para precipitarse sobre mi espinilla. Contundente, dolorosa, triunfante.
—¡Ay!
—Conmigo no juegues... —su pie se apoyó demoledor sobre el mío—, a cautivar. Esos juegos de seducción... —aumentó más la presión con que machacaba mis dedos—, te los reservas para otra persona. No para mí.
—Me haces... —aguanté el dolor—, daño... —me quejé.
—Oh, ¿no me digas?
—Sí.
—¿Sí qué?
—Sí duele.
—Oh, pobre cito. —La burla brillaba en sus ojos—. ¿Te hago daño? —asentí—. Lo siento. —No lo sentía en lo más mínimo. La venganza guiaba cada énfasis de su pie—. Entonces déjame darte un consejo: traga, traga saliva. Aguanta. Aún no ha llegado el momento de que jadees.
—Yo creo que sí. —Hice una mueca—. Vale, tú ganas. ¡Tú ganas! —Admití cuando el pisotón aumentó de presión—. Para.
Me miró largamente a los ojos y, finalmente, sin ninguna prisa, apartó el pie.
—¿Hay que ver, eh? —Abrió exageradamente los ojos, fingiendo la inocencia de quien nunca ha roto un plato—. ¡Cómo son las cosas! Antes eras toda presunción y ahora... —enarcó las cejas ante el masaje que le estaba dando a mi magullado pie—. En fin. Ya se te acabó la chulería.
—Eres un demonio. —Con cuidado, apoyé el pie en el suelo—. Ángel vengador.
—Gracias. Espero de demonio a demonio que ahora nos entendamos.
—No lo dudes —resoplé—. ¡Menudo bicho pié tienes, dioses! No me extraña que los campistas te teman. Lo que sí me sorprende —admití antes de que ella pudiera replicar nada—, es que sepas siquiera qué es un juego de seducción.
Hubo un momento de silencio.
—No me tomes por tonta, Luke.
—No lo hago. Lo único es que me sorprendes, eso es todo.
—T—tengo que irme.
—Oh. ¿No me digas que te incomodo?
—Claro que no. —Mintió—. Por supuesto que no. —La tensión de su cuerpo la delataba—. Debo ayudar a mis hermanas —enfatizó con intención las dos últimas palabras—, eso es todo.
—¿Me contarás algún día lo que sabes de la seducción?
Ella cerró los ojos como haciendo esfuerzos por no perder la paciencia.
—Verdaderamente eres el colmo —dijo—. Después de todo lo que te advertí el otro día, de que lo que deseas es un camino que no podemos emprender juntos... después de tantos momentos en los que hemos sido amables y considerados el uno con el otro, estás intentando ir más allá. ¿Qué es lo que pretendes? ¿Sacarme de mis casillas?
—Sólo de aquellas marcadas por Artemisa.
—Oh, cállate.
—Mejor aún: cállame. —Compuse un mohín con los labios.
—Tienes dos pies, Luke —señaló, maliciosa—. Dos pies y dos espinillas. Y yo vuelvo a tener ganas de ejercitar mi fuerza. No me provoques. Ahora no.
—¿Quiere decir eso que en otro momento querrás hablarlo conmigo? —la provoqué, seleccionando de su frase sólo lo que me interesaba—. ¿Recordar conmigo lo de esa noche?
—¡No! —Bajó la voz al ver que una de las compañeras de tarea de Victoria se había vuelto hacia nosotros. Saludé con la mano a la cazadora, alegremente. Ella frunció el ceño, sacudió la cabeza y volvió a su trabajo—. ¡Pero bueno! Tú entiendes lo que te da la gana. No quiero hablar de ello —martilleó con un dedo furioso el aire—, ni ahora ni nunca.
—¿Sabes una cosa, Thalía? —Silencio—. ¿Oye? —Mirada furibunda—. ¡Oye!
—¡Ay! —acabó exclamando—. ¡Qué!
—Nada, nada. —Sonreí de lado—. Sólo que... ¿Te he dicho alguna vez lo guapa que te pones cuando te enfadas?
—Eres insoportable.
—Apartó la vista, avergonzada hasta las raíces.
—¿Por qué? ¿Por decir la verdad? —Qué ganas tenía de volver a besarla en la boca, esa su boca protestona—. Pues lo siento. No puedo mentir en esas cosas.
—Sí. Sí que puedes.
—Es verdad —admití con un ligero mohín felino y un guiño de flirteo—. Pero no, no quiero.
—¿Y qué es lo que quieres, enloquecerme?
—Esa es una pregunta de alto riesgo, cariño. —Hablé con voz ronca, fija la mirada en la suya—. Pero si quieres, puedo enseñarte lo que quiero, darte una muestra; siempre y cuando nos metamos en un cuarto solitario, echada la llave, bajo las sábanas, con toda una noche por delante...
Arrugó la nariz, como si hubiera olido a pedo.
—Asqueroso. ¿Podrías ser más cerdo?
Me pasé una mano por el cabello, espantando la frustración.
—Estaba bromeando. ¿Por qué tienes que ser tan jodidamente regia todo el tiempo? Deberías aprender a aceptar una broma.
—Puedo aceptar una broma —replicó, sonando insultada.
—¿Quién, tú? Permíteme que lo dude. ¿Aceptar una broma..., sí, crees? ¿Cuándo?
—Cuando no lo dice un elfo presumido, ligón y arrogante, con cara de ángel y sonrisa de demonio.
—No soy ningún elfo. —Me toqué preocupado una oreja, maldiciendo los genes que caracterizaban a todo hijo de Hermes—. ¡Ningún elfo! —Por otro lado... ¿cara de ángel y sonrisa de demonio?—. Mi historia hablaba por sí mismo—. Y mi físico justifica con creces el por qué de mi presunción. Lo mismo pasa con el tuyo.
—Tú sí que sabes subir la autoestima al personal —ironizó.
—No quieras saber qué es lo que se te da bien levantarme a mí —murmuré en respuesta.
—¿Perdona?
—Nada, nada. —Por suerte, no me había escuchado—. No he dicho nada.
—Por supuesto, Luke. Por supuesto. —Y me dirigió una sonrisa afectada que decía a las claras que sabía que estaba mintiendo. La muy capulla siempre sabía cuándo estaba mintiendo.
Carraspeé, incómodo.
—¿Decías?
—Algún día esa lengua tuya te va a meter en serios aprietos.
—No hay problema. Hilo metido en la aguja —dije, haciendo el gesto de labios sellados—. Procederé a coser esta boca descarada para que no vuelva a llevarme al borde de una metedura.
—Usa aguja para cuero, por si acaso.
Alarmado por la vuelta del brillo malicioso en sus ojos, levanté ambas manos en un gesto pacificador que era en todo lenguaje corporal la señal de vuelta a empezar.
—Está bien, está bien. Permíteme preguntarte sólo una cosa más: ¿qué tiene que decir mi lengua para enzarzarse en un problema con la tuya?
—No hay problemas en el mundo para esa combinación —replicó Thalía, acalorándose.
—Esa es una frase muy larga —hice ver—. ¿Qué tal si la abreviamos con un beso?
—¡Luke…!
—¡Thalía…! —la imité.
—¡Te la estás ganando!
—No sé a que o quién te refieres, de verdad, pero a la única que aspiro a ganarme es a ti, preciosa.
El color volvió a agolparse en sus mejillas. Justo lo que pretendía. Thalía era demasiado sexy cuando estaba enfadada; entendedme: se hacía irresistible dejar pasar la oportunidad de verla cabreada de nuevo, sólo para mi propio y retorcido placer interno.
—El rojo te favorece. —Pasé furtivamente las yemas por su tersa mejilla—. Mucho, mucho, mucho. —Aquello, naturalmente, hizo que se sonrojara aún más—. El rubor le sienta muy bien a tus mejillas. ¿Te lo han dicho alguna vez?
Thalía se tocó las mejillas con el dorso de la mano, como si con el gesto pretendiera ocultar la piel sonrosada, rehusando entablar contacto visual conmigo. Cuando habló, no obstante, su voz no denotaba azoramiento alguno:
—Déjalo ya, Luke.
—¿Qué me das a cambio? —La miré de arriba abajo con apreciación, antes de esbozar mi juvenil sonrisa patentada, ante la que la mayoría de las chicas caen indefensas—. Un piquito de buenos días, un beso de me alegro de verte, amigo… —¿He dicho ya que Thalía no era como la mayoría de las chicas? La fría coraza de sus ojos no vaciló ni por un glorioso instante—. De acuerdo, de acuerdo, lo dejo. —Ssuspiré—. Hay que ver lo sosa que eres.
—¡No soy sosa!
—Pssse. Lo que tú digas.
—¿Sabes qué? Que te den.
—Uy. ¿Te estás ofreciendo para esa tarea? —La tendí la mano—. Me encanta. —Thalía saltó hacia atrás y hube de sujetarla para que no se golpeara con el poste—. ¡Vaya! ¿Tan grande es tu ansia de darme? —Me miraba con una mezcla de reproche y calor—. Estupendo. ¿Alguna postura en especial?
Me había propuesto no volver a meterme con ella, pero no podía evitarlo. Algo me impulsaba a provocarla, algo irresistible. No sabría definirlo, tal vez el fuego que llameaba en sus iris cuando se cabreaba y ruborizaba a la vez tenía algo que ver. Lo supiera o no, eso no evitaba que siguiera haciéndolo.
—¿Por lo que veo, te diviertes poniéndome nerviosa, no es así?
—¿De verdad te pongo nerviosa? —pregunté, sin abandonar la sonrisa pícara—. En mi defensa diré que no sabía hasta qué punto estaba funcionando.
—No está funcionando.
—¿Entonces por qué hablas de nervios? —Zumbé en su oído, posando una mano sobre su hombro, un gesto que en apariencia podía ser interpretado de casual, aunque de eso tenía poco, puesvalía más para asegurar que no saliera corriendo, como daba la impresión de querer hacer—. Te acabas de delatar. Pero no pasa nada —me reí, sugerente, al ver su expresión—. Me alegro de que lo hayas hecho. Así no soy el único acalorado aquí.
—¿Te he dicho ya que pierdes tu tiempo?
—¿Te he dicho ya que no te creo?
—Eres lo peor.
—Tampoco me creo eso.
Se detuvo de nuevo, quedándose delante de mí.
—¿Por qué no acabas ya con esta sesión vergonzosa?
—No seamos jueces de juicios rápidos. —Mi risa salió clara y sugerente—. Dame una oportunidad. Puedo encantarte. —Guardé silencio un instante—. Es una pena que no pueda besarte. Eso agilizaría el proceso. —Pausa—. No sabes cuánto desearía ahora mismo ser brisa y acariciar cada recoveco de tu cuerpo. —Silencio—. Estás echa para que te besen. Te lo aseguro. —Más silencio—. A cada segundo del mes. En cada parcela de tu piel. —Ella se estremeció; enseguida se abrazó así misma, tratando de refrenar la respuesta de su cuerpo—. Naciste para ser amada, y yo también. —Hice otra pausa—. ¿No vas a decir nada?
—¿Emmm…? ¡Ah, no! No. Aguardo a que termine tu repertorio. ¿Avísame, de acuerdo? Detesto repetirme.
Me fijé en las cazadoras. Estaban entretenidas mirando al interior del estanque. Tampoco pillé a algún campista husmeando en nuestra dirección.
—Tienes las mejillas coloradas, señorita «detesto repetirme» —murmuré junto al oído de ella—. Los halagos te sientan muy bien. ¡Cualquiera diría que te perturba mi insignificante repertorio...!
—Pues se equivocaría. —Dictaminó con aquella voz suya, tan floja y vacilante, que me hacía derretir por dentro—. Y estás loco. —Evitaba establecer contacto visual conmigo. La perturbaba, y saberlo era bastante halagador—. Verdaderamente loco.
—... Que te ruboriza, te alegra, te anima, te acelera los latidos... —continué en un susurro, como si no hubiera escuchado nada—. Te despierta un segundo corazón.
Ella movió la cabeza en una negativa. No alcanzó a dar un paso atrás, por miedo a mostrar debilidad, así que pude pasar los dedos por su antebrazo, dejándole la piel de gallina.
—¿Es que no te cansas nunca de coquetear? —inquirió, cuando la risa le dio un alto para coger aire.
—Depende. ¿Funciona?
—Ya te he dicho que nada va a funcionar —aseguró, retomando el lento paseo.
—En ese caso tendré que esmerarme más —me limité a señalar—. Y si tan segura estás, ¿no hay nada por lo que debas temer, no es así?
—Oh, muérdeme.
«Ojalá», pensé. Me tragué esas palabras y en su lugar pontifiqué:
—Hay una razón para todo lo que hago. Lo sabes. La conoces.
Asintió con la cabeza, sin quitarme ojo de encima.
—Por eso resultas tan irritante. Pero óyeme bien. Ni me interesa ni quiero que me involucres.
Seguimos caminando, uno al lado del otro.
—Tendrías que darte cuenta, a estas alturas, de que no son precisamente las palabras las que me van a hacer desistir. —La dirigí una sonrisa de soslayo—. Porque el plazo aún no ha concluido, el concierto no ha tocado su última nota, el viento no ha expirado la última de sus brisas.
—Eres lo más raro que hay en este mundo —sacudió la cabeza, apretando los labios para no dejar escapar el estallido de risotada que empujaba por salirle—. En un momento estás ligando, al minuto siguiente te pones sentimental, casi poético… Pero en fin.
—Ya ves. Yo soy así.
—Y yo soy esto —se descolgó el arco del hombro y lo blandió ante mis narices—. Tengo un juramento que obedecer, una diosa a quien respetar; después de lo delotro día no sé ni por dónde empezar.
Le pasé el dedo por la nariz y le di un golpecito en la punta.
—¿Y ahora quién es la que hace rimas?
Agitó el arco como si estuviera tentada a golpearme con él.
—Temo estar desbordada, no ser capaz de estar a la altura de lo que se espera de mí.
—Comprendo. —Asentí. Y claro que la entendía. Sólo debía recordar la profecía que pendía sobre mi cabeza para entenderla a la perfección—. Pero no por ello voy a renunciar a ti. Lo sabes.
—Raro. Como yo decía. —Negó con la cabeza, al tiempo que me dedicaba una de esas sonrisas sesgadas que me hacían estremecer por dentro—. Raro y masoca. Por cierto, hablando de raros, ¿has visto a Clarisse?
Asentí y pasé a contarle la aparición de la asiática chica de Idhun y su consiguiente pase vib al interior del campamento y, en especial, a la sala de reunión.
—Sé que lo más notorio debería ser la llegada de esa chica a terrenos campistas pero... no puedo dejar de fijarme... ¿por qué Clarisse ha claudicado en que ésa chica extraña pase adentro? ¡Clarisse, la más celosa custodia del camping!
Thalía me miró, resollante, como si le decepcionara mis palabras, como si hubiera esperado otra reacción y yo no hubiera estado a la altura de sus expectativas, y gruñó.
—Estrújate un poco el coco, Luke, Lucy, Tío, Tía, Princesita o como quieras que te llames. Aquí está pasando algo diferente. Algo gordo. Esto sólo es una pantalla de humo para ocultar lo realmente importante.
Aquello despertó al instante mi interés.
—¿Y es?
—¿Has visto pelear alguna vez a Christian? —Preguntó ella a su vez—. O a Jack. ¿Les has visto entrar en combate?
—Creo... —traté de hacer memoria—, que sí. Vi a Kirtash eliminar de un simple coletazo de serpiente a una veintena de monstruos, por lo menos. La vez en que salíamos de casa de May. ¿Te acuerdas? Fue cuando lo vi por primera vez. Y a Jack... bueno, a él sólo le he visto entrenar y, aun así, no puedo decir que el tío sea moco de pavo.
—Exacto. Creo que Clarisse piensa que si esa chica, Zeissel o Shizuko o como quiera llamarse... si esa chica demuestra sólo la cuarta parte de dominio y habilidad con las armas que Yandrak y Kirtash han demostrado con creces poseer, por no hablar de las destrezas de Victoria en el combate cuerpo a cuerpo, entonces sería muy beneficioso tenerla en nuestro bando.
—Bien pensado —admití—. Pero, ¡a penas la conocemos! No, de a penas no. ¡Es que no la conocemos! ¿Qué pasa si se pasa al otro bando? ¿Qué ocurre si...
—Es amiga de Christian —señaló Thalía, sin perder el temple—. Silena me contó que fueron a su casa, con victoria y él. Y estuvieron hablando durante un buen rato. Si fueran enemigos nunca la hubiera retado a encontrar el camping. Silena no es tonta; rubia, sí, pero no tonta. —Hablaba con la misma autoridad que si se dirigiera a alguien obcecado en no ver lo obvio—. Y si fueran enemigos ella y los tres de Idhun, Christian no se hubiera arriesgado a llevar a victoria al mismísimo hogar de su némesis, ¿no te parece? ya sabes lo protector que son ese par de dos con ella.
—Jack no pareció tomarse muy bien el hecho de que Christian hubiera llevado a Victoria a la casa de la japonesa —dije, recordando la reacción abrupta del chico al oírselo contar a Silena cuando ella y victoria volvieron de la pasada expedición con Christian—. Y bien pensado, Jack no parece tomarse a bien nada que provenga de ella.
—Pues claro que no. —Chasqueó la lengua, desdeñosa—. ¿No recuerdas lo que te comenté la primera vez que apareció Kirtash?
—Acababa de ver a una serpiente con alas salir del río y surcar el aire —fue mi turno de exasperarme—. Y luego vi a ese bicho metamorfosearse en un chaval de carne y hueso. ¿Crees en serio que una historia de enemigos sobre un planeta que hasta entonces no conocía de nada iba a importarme un rábano en ese momento, tras el sobresalto?
Los ojos de Thalía se entrecerraron un momento, pero enseguida prorrumpió en una risa suave y contagiosa.
—Bueno. Vale. Veo tu punto.
—Uff, gracias.
—En Idhun, dragones y shek se odian; se odian a muerte. Como los monstruos nos odian a nosotros, los mestizos, como titanes y dioses se odian entre sí. Es algo irracional, instintivo, forma parte de sus genes igual que el color de la piel. Es otra información más que los dioses de ese mundo les legaron al crearlos, parte de su condición de semidioses.
—Y si se odian tanto... —tanteé—. ¿Qué hacen Christian y Jack que no empiezan a despedazarse y matarse de una vez? ¿Por qué no se están moliendo a palos?
Thalía dio un respingo y tropezó con un saliente del terreno, y habría caído de bruces al suelo de no ser por los rápidos reflejos de ambos. Manoteó en el aire, bailando en precario equilibrio sobre una pierna, hasta que le así del brazo y la ayudé a recuperar la vertical.
—¡No tiene gracia! —Me amonestó, retirándose a manotazos el pelo de la cara—. Ninguna gracia. No tengo ni idea de cómo Christian y Jack evitan sucumbir a ese instinto que los empuja a desear destruirse, pero ese comentario ha estado de más.
—Vale, vale, de acuerdo. —concedí—. ¿Y Clarisse sabe todo esto que me has contado? Porque te aseguro que lo que emanan Yandrak y Zeissel cuando están cerca es... escalofriante. Más temería por cualquiera que osase intervenir en una pelea entre esos dos.
—No lo sé. Pero da igual. No es relevante. No, no es relevante —repitió al verme abrir la boca—. Para ser jefa de armas tienes que ser listo, rápido y fuerte. Tienes que ser ejemplar sobreviviendo y dando esquinazos a los bastardos del Tártaro; ser bueno bajo presión, pues has de tomardecisiones que influirán no sólo en ti, sino en los demás mestizos del campamento, y aprender cuando es preciso correr riesgos, cuando no está mal ser imprudente, y cuando es mejor aguardar, esperar, replegar el impulso, hacer migas con la prudencia y la sensatez. Si Clarisse cree que puede sacar partido de esos dos, de cualquier habitante de Idhun que se arrime a nosotros, habrá que confiar en ella.
—Pero... no sé... sigo viendo demasiados cabos sueltos.
—No sabía que te habías licenciado en la marina —barbotó Thalía con sorna.
—No seas injusta.
—Lo siento. Eso ha sobrado, tienes razón —se disculpó—. Estoy con la cabeza en otro sitio y no sé lo que digo. —Me puso una mano sobre el brazo y dio un apretón amistoso—. Lo siento. Hablaré con Christian y le preguntaré, si así te quedas más tranquilo.
—No pasa nada. Y, sí, te lo agradecería. No es normal que uno de sus congéneres se presente aquí, por más explicación lógica que hayan dado acerca de no sé qué vínculo.
—Vale. Pues hablaré con él.
—Y con Clarisse.
—¿Con Clarisse?
—Pues claro. Creo que no está viendo el problema en todas sus variantes y perspectivas. Es muy... Clarisse...
—No juzgues a Clarisse sólo por lo que ves en el exterior —cortó—. Ni únicamente por su modo de hablar a los demás. Tú mejor que nadie sabes que las apariencias engañan... —cogió aire y añadió intencionalmente—, Lucy. Clarisse sabe lo que hace.
—Puede. Pero mientras No comparta sus planes con el resto, por lo menos yo, no me quedo tranquilo.
—Con que te quedes callado basta por el momento.
Resoplé.
—Eres insoportable.
Fue su turno de arquear las cejas, arrogante.
—Lo sé. Aprendo del mejor. Porque, ¿sabes? bien pensado... —titubeó—. No podría haberlo conseguido sin tu ayuda. Gracias.
—¿Me estás vacilando?
—Por supuesto. Pero eso no hace menos sincera mi gratitud.
De inmediato su sonrisa cambió, se ablandó, se tornó más sincera y menos fría. Se puso de puntillas para hacer como que depositaba un beso en mi mejilla. Pero sus labios no llegaron a tocar mi cara. Por menos de un centímetro. Noté cerca su aliento, cálido, fugaz, cosquilleante. E inesperado. Me la quedé mirando, perplejo, cuando volvió a apoyar el cuerpo en la planta de los pies, para luego apartarse de mí, riéndose de mi expresión, agarrarme de la muñeca y obligarme a dar media vuelta, de espaldas al grupo de cazadoras.
—Callado estás más guapo. Ni duda cabe. Ahora yo me voy a reunir con las hijas de Artemisa y tú te vas a ir por tu lado, dejándome en paz por hoy. —Me palmeó guasona el brazo—. ¿Estamos?
Cuando estábamos a punto de irnos cada uno por su lado, le musité un de acuerdo apresurado y, sin previo aviso, como si nada, la rodeé con los brazos. A penas fue un rápido abrazo, pero se puso más tensa que un palo. Me reí al percibir su rígida reacción.
—Cómo ser afectuoso con alguien: demostrarle que querer es poder —dije, serio, hablando a ras de su oído—. Curso intensivo. Primera lección: No pasa nada por abrazarlo.¿Ves? Se hace así. —La estreché con más fuerza contra mí—. Y tampoco pasa nada porque le abraces tú. De hecho, los expertos recomiendan un abrazo por día, para ir acostumbrando a la mente y el cuerpo a dar y recibir esos gestos de afecto.
—De amigos —corrigió, enseguida—. Gestos de amigos.
—¡Ah! ¿Es que somos amigos? —Pregunté, medio en broma, apartándome de ella con un paso—. ¿Ya es oficial?
—Oh, venga ya. Cállate —respondió, antes de darme la espalda y salir corriendo.
—¡Los amigos también se abrazan y dan besos! —Grité a sus espaldas, haciendo bocina con las manos—. No lo olvides. Así que la primera lección sigue siendo aplicable. ¡No creas que te vas a escaquear!
Thalía se dio la vuelta y me sacó la lengua. Estaba claro que era plenamente consciente de que con su casi beso me había dejado con ganas. Al final se reunió con el resto de cazadoras, como había avisado, quienes no dudaron en rodearla al instante, cuchicheando, hastaocultarla de mi vista.
..*.
Pasé el resto de la mañana dando vueltas, ayudando en lo posible pero apañándomelas para escaquearme del trabajo pesado, hasta que el desinterés me pudo y busqué un sitio apartado donde tumbarme, panza arriba, y recuperar cierta soledad. Mi sitio escogido fue la sombra de un roble joven.
Cerré los ojos, la espalda y la cabeza reclinados contra el tronco, con la intención de descansar la vista unos minutos. Mientras me hallaba sumido en esa placentera oscuridad, noté cómo alguien se detenía a mi lado y no me quedó más remedio que, a regañadientes, despedirme de la soledad. Aun así, no pude evitar volver a intentarlo. Apreté los párpados, imaginándome que estaba solo, que nadie llegaría a interrumpir mi quietud interna. Pero la ilusión no tuvo mucho éxito. El inoportuno de turno me dio unos golpecitos en el hombro y abrí los ojos para ver a la silueta de Silena cubrirme y taparme del sol, mientras sus ojos me taladraban, fijamente.
—¿Por qué me despiertas?
—Para ello tendrías que estar dormida. Y no lo estabas, no mientas.
—Pero lo estaba intentando.
—Haberlo intentado con más ahínco. Ahora ya es tarde.
La fusilé con los ojos. Esa radiante mañana de festivo, Silena iba vestida igual que si fuera plena primavera. Por el calor que exhalaba el sol, no pude culparla. Llevaba un fular naranja ocaso anudado alrededor de su cuello de cisne, unos vaqueros ajustados que resaltaban sus piernas, unas esbeltas y larguísimas piernas, por un lado, que no parecían tener predisposición humana a ensancharse a la altura de los muslos, por otro lado. El conjunto terminaba con un blusón de hilo bordado que se le ajustaba en la cintura para después pasar a acampanarse en sus caderas bien puestas. Merecía las exhalaciones de deseo que iba cosechando a su paso, aunque bien es cierto que la chica había perfeccionado el arte de ganarse la atención de las bocas que se quedaban entreabiertas al babear, allá donde fuera. Daba el tipo en el perfil de chica bombón que transitaba por una calle llena de albañiles, y se ganaba respetuoso silencio a su paso.
—Nunca es tarde para echar una cabezadita, si el sueño así lo pide —comenté en un tono irónico que delataba mi irritación.
—Bah bah. Levántate, Bella Durmiente.
—Sí, yo también me alegro de verte. ¿Tú no conoces el significado de pensar a solas?
—A alguien no le sienta bien la siesta —contestó Silena con una sonrisa burlona—. Creías que con un dedo se tapa el sol, ¿eh?
—De momento eres tú quien me lo tapa. —Alcé una mano y ella tiró de mí sin dejar de burlarse. Me senté, aunque no quería otra cosa más que tumbarme de nuevo—. Y, ¿siesta? Por favor, si sólo estamos a media mañana. Por cierto, ¿tú no estabas de sesión de maquillaje?
—Shelise y yo hacemos turnos —encogió un hombro esbelto—. Mientras una se hace cargo de las chicas, la otra, oséa, ahora mismo yo, recluta a más ovejas descarriadas. —Me miró con elocuencia.
—Ni se te ocurra —la advertí, zafándome de su mano y blandiendo un índice de advertencia en su cara de princesa con aquella sonrisa que se extendía más y más por su rostro a medida que veía mi reacción huraña—. Ni se te ocurra. A mí mantenme al margen de vuestras pijerías.
—Oh, Lucy. Lucy, Lucy, Lucy. ¿Por qué te alteras? No es necesario. Yo solo pasaba de largo. Te vi desde lejos y... bueno, quise venir a comprobar si estabas bien. Si tu siesta era placentera. —Sonrió con una inocencia que me puso los pelos de punta—. ¿Querrás negarle a una amiga el derecho a preocuparse por otra amiga?
—Si creías que estaba durmiendo, ¿por qué has venido a despertarme? —contraataqué, entornando los ojos, desconfiado, receloso de entablarme en esa batalla retórica.
—¿Qué pasa? ¿No es mi carita bonita acaso lo mejor que has visto al despertar?
—No especialmente. —Mentí—. Andan diciendo por ahí que Medusa sí que es una visión placentera —forcé una mueca—. ¿No la habrás visto pasar así por casualidad, verdad?
—¡Uy! Voy a perdonarte esa grosería por la cuenta que me trae.
—¿Qué cuenta?
—Hombre. Porque tú me vas a dejar maquillarte.
—Sigue soñando, guapa. Estás muy mal de la cabeza si piensas que voy a dar mi brazo a torcer y a permitir que pongas uno solo de tus polvos en mi cara.
—Soy muy tozuda.
—Y yo también.
—Puedo ser bastante convincente.
—Y yo una persona muy celosa de su cutis.
—Te haré…
—¿Sabes quién ha aceptado tu invitación y se ha presentado sin previo aviso en el campamento? —la corté antes de que aquello fuera a más.
Una sonrisa casi tan intensa como la de un niño iluminó el rostro de Silena.
—¿Chanel? ¿Ferragamo? ¿Versace? —se animó—. ¿Sisley? ¿Cartier? ¿La Prairie? ¿La Mer? Bueno no. Espera… ¿Louis Vuitton? ¿Christian Dior? ¿Calvin Klein? ¿Giorgio Armani?
—Gente asequible, Silena. —La miré, preguntándome, no por primera vez, qué demonios tenía esa chica en la cabeza—. Eres un caso. —Luego lo pensé mejor y pregunté—. Espera. ¿Has mandado invitación a todos esos top cien de la moda?
—Deja de mirarme como si estuviera chalada —se defendió—. ¿Por qué te extrañas? Lo normal es que les envíen cartas de acoso o tangas usados para que ellos lo tuneen y les pongan el sello de su empresa. En comparación con esos desastres, yo soy una fan muy equilibrada. ¿Por qué te asustas?
Negué con la cabeza.
—No me preguntes algo que me llevaría años responder.
—Ja-ja. Tu comentario no llega ni a la categoría de merecer indignarme.
—Eso explica muchas cosas —murmuré entre dientes.
—Calla. Por cierto, ¿sabías que hay una firma llamada Hermes?
Pegué un respingo.
—¿Qué?
—¡Sí, sí! —Dio una palmada entusiasta—. Es de ropa.
—Sobran las preguntas. —Me recorrió un escalofrío.
—¿No me crees?
—Me basta tu palabra. Lo juro.
Pero Silena no se dio por enterada. Prosiguió consagrada a su pasatiempo, sin disminuir la avalancha de su entusiasmo.
—Los franceses la llaman Hermès, en vez de Hermes, ya sabes, pero el acento grave no marca diferencia. ¡Y es una de las más destacadas de la moda! Me pregunto si tu padre no estará detrás...
—Esa es una información sin la que podría haber vivido, ¡Silena! —gimoteé—. Volvamos a la realidad, ¿te parece?
Enganché una piedra cercana y lo tiré al aire, contemplando distraídamente cómo rebotaba en el camino hasta detenerse sus buenos metros más adelante.
—Tus ídolos de la moda no han venido a verte. Más bien tu amiga.
—¿Mi amiga? —asentí—. Tendrás que hilar más fino.
La miré atentamente, no queriendo perder detalle de su reacción.
—Cierta japonesa con ojos de hielo. ¿Te suena?
Silena se encogió de hombros con una indiferencia no muy convincente. Lo más probable es que no quisiera hablar de ello. De hecho, lo único que dijo fue:
—Claro.
—Pues está aquí. De cuerpo presente. En nuestro territorio.
Ella se dejó caer en el suelo a mi lado y se sentó sobre las piernas cruzadas. Se quedó allí en silencio unos instantes, rehuyendo mis palabras y miradas, contemplando todo el ajetreo y el bullicio tan propios del campamento.
—No creí que fuera a venir. —Admitió finalmente.
—Pues ya ves que sí. Está ahora mismo en la sala de reunión, hablando con Christian y, quién sabe, tal vez también con Clarisse.
—Ya lo sé.
—¿Lo sabías?
Silena se apartó platinos cabellos de la cara con una sacudida de cabeza.
—Las paredes tienen oído, ¿no lo sabías? retazos de palabras por aquí forman compactas frases por allá... Los chismes se difunden más deprisa que un anuncio de liquidación en época de rebajas.
Dioses. La chica tenía expresiones bien raras.
—¿Y no piensas ir?
—Sí. Siempre y cuando ese «ir» implique un dormitorio, tú y yo y una sesión de maquillaje.
Bufé.
—Ya te he dicho que no.
—Y yo ya te he dicho que tampoco pienso ir donde están esos dos cubos de hielo con forma humana.
—En realidad no has dicho que no —señalé, puntilloso—. Te has limitado a hacer caso omiso de lo que te he dicho sobre ellos.
Ella apoyó la barbilla en la yema de los dedos.
—Se supone que las evasivas y el desinterés y el pasivismo deben de servirte como respuesta, a falta de palabras más directas.
—Si las hubieses usado me habría enterado y esta conversación habría ido por otros atajos.
—Nunca es tarde para torcer. ¿Qué tal si hablamos de lo que vas a ponerte para la fiesta?
Me dejé caer de vuelta al suelo. Doblé el brazo sobre mis ojos y di por zanjada toda conversación.
—¿Lucy?
—Olvídame.
—Talla treinta y cuatro, quizás treinta y seis, ¿verdad? Tengo algunas cosas que pueden servirte. Sólo que... ¿cuál es la talla de tu sujetador?
—¡Eih, alto, alto ahí! —Me destapé la cara y me incorporé de un resorte, alarmado—. ¡No me voy a vestir!
Silena me evaluó crípticamente mientras masticaba el chicle de un chupachús de fresa.
—Yo no hago las normas del decoro, pero todo el mundo sabe que ir sin ropa por ahí es delito. Y toda una declaración abierta de querer ir provocando.
—Sabes bien a qué me refiero. —La fulminé con la mirada, gesto que para lo único que sirvió fue para ampliar su sonrisa de gato frente a un ratón—. No pienso empolvarme la cara. Ni hoy ni nunca. Ni lo sueñes.
—Creo que te vendría bien...
—Silencio —pedí—. Quiero estar en silencio. No me interesa nada que tengas que decir a ese respecto. De hecho, no me apetece hablar. Y no voy a hablar.
—Como gustes. En realidad no necesito que hables. Soy buena compañía. Y además me gusta que me escuchen.
Silena se apoyó contra el árbol y se embarcó en un tedioso monólogo sobre la lencería que había decidido ponerse esa noche.
—No lo creerás —contó con una pícara sonrisa—. Me pondré un conjunto de lencería capaz de excitar a un eunuco.
No pude permanecer más tiempo callado.
—¡O la lá! ¿Tienes necesidad de excitar a un eunuco?
—¡Noooo! Beckendorf funciona de lujo. No tiene nada castrado ni lento ni corto —ronroneó. Sus ojos, brillantes de satisfacción—. Era sólo una expresión. En realidad es bueno; muy, muy bueno. Hace unas cosas con la...
—¡Alto, alto! Por tu madre o por tu colección de ropa o por lo que más quieras, no acabes esa frase. Por favor. No quiero saber más de la cuenta.
—Tú has preguntado.
—Ya. Pero tampoco me importa el funcionamiento de Beckendorf en la cama.
Silena puso cara de sorprendida.
—¿Quién ha hablado de cama?
—Oh, por favor. —Me tapé los oídos. Alcé la vista al cielo e inquirí, casi gimiendo—: ¿por qué me torturáis de esta forma, dioses?
Ella se echó a reír, musitando:
—Qué divertido y fácil es picarte, Lucy.
No dije nada.
—Ahora entiendo a Thalía y su afán de buscarte las cosquillas.
Seguí callado.
—No entiendo por qué tienes tantos remilgos en hablar de un tema tan natural como el comer o cagar. —«¿Será, no sé, tal vez, porque no me interesa saber nada sobre Beckendorf, el conquistador?» Me gustaba mi virginidad en ese ámbito, gracias—. El sexo es como la guerra —prosiguió exponiendo una entusiasta Silena—. Con los órganos en el lugar de las armas. La diferencia es que cuando la lucha acaba hay confeti y fuegos artificiales y no vísceras y sangre. Y si encima tu oponente es la persona que amas...
A punto estuve de asentir, concordando con su extravagante metáfora, impulsado por mi hambruna sexual. Recordé a tiempo mi propósito de no hablarla. Llevaba meses con sequía en ese ámbito, y tener tantas chicas cerca, todas vetadas a candidatas para ligar, no estaba ayudando en absoluto a ese involuntario ayuno.
—Por tanto, a ti que te gusta eso de pelear e ir a mandobles por la vida... en fin, no entiendo tu renuencia, tu incomodidad.
¡No me incomodaba el tema! Me incomodaba cualquier relato que tuviera como protagonista a Beckendorf o, bueno, a cualquier otro chico. Apreté las mandíbulas, masticando mi protesta. Al ver que me negaba a entablar conversación con ella, volvió a la carga de sus monólogos. Esta vez sobre la ropa que vestían las chicas que pasaban por nuestro lado, un monólogo que traté de no encontrar gracioso (juro que lo intenté) hasta que señaló a una chica que llevaba un conjunto realmente horrible de negras mallas cortas debajo de una falda naranja con lunares y una camiseta de rayas horizontales, verde militar.
-Y en algún lugar de este mundo, Versace llora a mares por la conmoción.
Solté una risotada. La chica en cuestión se giró hacia nosotros, inquisitiva; Silena le lanzó un beso desde la punta de los dedos, irradiando simpática inocencia, lo que me hizo reír aún más. Luego se volvió hacia mí, y musitó:
—¿Ves? Puedo ser buena compañía.
—No lo dudo —admití—. No lo dudo. Aunque, ¿sabes? —Podría quedarme aquí.
Silena se escandalizó.
—¿Aquí? ¿Y perderte la fiesta? ¿Estás loca? Debes de tener fiebre —apretó las yemas de dos dedos contra mi frente—. ¿Tú te has escuchado? Me preocupas. ¿Seguro que has comido bien? ¿No te habrá sentado mal algo? ¿O acaso estás borracha? La predicción meteorológica de tu cara tiene pinta de ser muy variable con tendencias tormentosas.
—Oh, para ya —me quejé, retirando con la mano los dedos de Silena—. Es solo que…, quiero decir, ¿puedes pensar, ya sabes…, que no todos estamos cómodos en un ambiente tan maquillado? No todos deseamos esos polvos y tintes.
—Tú ahora mismo no sabes ni lo que deseas.
—¡Pues claro que sí! —volví a levantar medio cuerpo, esta vez azuzado por la indignación.
-Para el baile —me dijo, agazapándose a mi lado, rechazando olímpicamente mi protesta—, podrías vestirte de princesita Disney. De Sirenita, por ejemplo. Ya tienes el pelo, la piel y el sexo. Sólo te falta la cola de pez.
-Proponle Ariel a Percy. Le quedará mejor. —Suspiré—. El baile…
-No lo habías olvidado —me desmintió al instante con una sonrisita burlona—. No finjas que sí.
Por supuesto que estaba en lo cierto. No había olvidado el baile. Nadie del campamento había olvidado esa fiesta. ¿Cómo podría?
-No, no lo había olvidado. Más bien iba a decir que es un baile normal y corriente, no uno de disfraces.
-Sí, bueno. Pocos aceptaron mi sugerencia -hizo un mohín enfuruñado con los labios-. Lástima.
-Uff, sí. Mucha lástima -me burlé.
-Sea como sea, arriba —Silena me dio un codazo; y otro y otro—. Arriba, arriba, arriba.
-Para. —Refunfuñé sin moverme ni un ápice del sitio y devolviendo miradas hostiles contra sus codazos—. Estate quieta.
-Arriba, arriba, arriba, entonces —canturreó, persistiendo en sus codazos.
-¿Y si no, qué?
-Pasaré a mayores. —Extrajo del bolsillo de su gabardina una botella de agua—. A húmedos mayores.
-Qué mal te ha quedado eso —dije con desgana—. Suena fatal.
-Mal pensada... —Me escrutó, seria—. Pero ahora en serio, ¿qué te preocupa?
—¡Nada!
—Me lo puedes confiar.
—Lo sé. Pero no hay nada que contar.
Me puso una mano sobre el hombro.
—Una chica percibe lo que otra chica no dice.
«Con la única salvedad de que yo no soy una chica, Silena, preciosa», quise gritar. Me mordí una uña, mascando la risa, y planteé:
—Es la primera vez que te veo preocuparte por mí.
—Será porque estamos convirtiéndonos en verdaderas amigas. —Una sonrisa le iluminó el rostro, una sonrisa del todo amigable; pero pronto se tornó seria—. Así que dime. ¿Puedes ser una chica durante unos segundos?
—Siempre soy una chica —me obligué a mentir; fruncí el ceño para dar más credibilidad a mi indignación.
—Ya sabes lo que quiero decir, una chica común y corriente.
—¿Quieres que ponga voz infantil, que coquetee y me haga la tiquismiquis, me pierda en sacudidas de melena y me lance a conversaciones superficiales?
Silena ladeó la cabeza.
—Tu visión de chica común y corriente destila influencia masculina por los cuatro costados. —Alargó la mano y me retorció el moflete, de pronto—. Eso por tonta, y por simplificarnos a las demás —dijo, sofocando mi chillido—. Y pensar que Thalía habló bien de ti...
—¿Qué? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Qué dijo de mí?
—¡Ahibá! ¡Mira eso! ¡Sí que puedes ser una chica! —exclamó, acariciando en círculos la zona pellizcada—. Una chica enamorada, al parecer. Va a tener razón Annabeth, al final.
—No. No la tiene. En absoluto.
—De acuerdo. Ser chica común y corriente significa sentarse y contarse secretos, inquietudes, amoríos... esas cosas. ¿Lo captas? —Asentí—. Bien. Y aclarado el punto, veamos. Voy a echar la caña al río, a ver si pesco al pez. —Jugueteó con el tapón de la botella, mirándome con advertencia—. ¿Qué te ocurre?
-Nada; de verdad.
-¿No me digas que todo esto es porque estás nerviosa?
-Claro que no —mentí—. Bueno... tal vez un poquito —admití ante las cejas enarcadas de Silena.
-Oh, si es por el baile no tienes por qué preocuparte...
Silena siguió persistiendo en su deseo de escogerme la ropa mientras yo reafirmaba, entre mascullidos, que antes de meterme en una prenda tradicionalmente femenina tendrían que amputarme el sentido de la vergüenza junto con otro apéndice bastante importante de mi anatomía.
-¿A qué apéndice te refieres? -curioseó-. ¿Eres hermafrodita, acaso?
-Usa esto de respuesta. -Levanté el dedo corazón-. Y este también. -Le levanté el dedo de la otra mano-. ¿Me he explicado?
—¿Ves cómo necesitas mi ayuda? —Se alborotó, dándome un manotazo en los corazones tiesos, doblando por consiguiente mis dos signos de grosería—. ¡Ya lo creo que sí! No te vendría mal convertirte en una chica por un día.
—En lo que me vas a convertir es en una chica sin dedos centrales —mascullé, haciendo una mueca de dolor y arrullando mis pobres dedos contra el pecho.
-¡Exagerada...! -acusó.
-¿Yo? ¡Encima! Un poco más y me dejas sin dedo.
-Oh, pobre. ¿Necesitas una chuche para pasar el dolor, pequeña?
Hice caso omiso de su sarcasmo.
-No niego que una tarta de chocolate me vendría de perlas ahora mismo.
-¿Chocolate? -Se estremeció de horror-. Dioses, ahora sí que me preocupas.
-¿Qué? ¿Por qué?
—¡Chocolate! —repitió como si hubiera dicho que me gustaba comer ornitorrincos.
—¿De qué hablas? ¿Es que acaso no te gusta el chocolate?
—Lo odio.
—¿Lo odi…? —Tragué saliva, incapaz de formular en voz alta tan sacrílega frase—. ¡Silena, estás fatal! El chocolate es el máximo paraíso de la boca.
—¡Y el infierno para las caderas!
—En serio, tú estás mal. —La miré de arriba a abajo—. Mal, mal, mal. —Enfaticé las palabras con toquecitos en su sien—. Nadie en su sano juicio compararía el chocolate con el infierno. ¡Por favor, ni siquiera Hades! Pregúntale a cualquiera.
Silena, pensativa, trazó un círculo en la tierra con la punta del pie.
-Te propongo un trato. Si logras encontrar a un solo campista al que no le guste el chocolate...
—¡Le meto una tableta por el gaznate!
—¡No! —Saltó Silena—. Es decir, noooo. Si logras encontrar a una sola persona que odie el chocolate, te prestarás a ayudarme.
—¿Ayudarte? ¿En qué?
—Ser mi proyecto de la noche, por supuesto. —La miré sin entender—. Te dejarás aconsejar por mí a la hora de vestir —tradujo.
—¿Qué? ¡No!
—Si tan segura estás de que tu chocolate es el paraíso... ¿no te importará demostrarlo, no?
—Está bien. —Me incorporé del todo—. Está bien. Pero una persona no, tres.
—¿Tres?
—En todas partes hay bichos raros. —La miré con elocuencia—. Empezando por ti.
—Vale, vale —accedió—. Pues tres. —Mostró tres dedos de perfecta manicura francesa—. Tres.
—Y si gano yo... que ganaré yo, ya te lo advierto... te comerás una tarta por día, durante toda una semana.
—Es un pelín engorroso... pero acepto.
—De chocolate —recalqué, sonriendo malicioso—. Desayunarás una tarta de chocolate, por día. -Levanté un índice y enfaticé-: ¡Entera!
—¿Qué? ¡No! ¡Jamás!
—¿Ya tienes miedo? ¿Tan pronto?
—¡No es eso!
—Si tan segura estás de que no eres la única que odia ése dulce... ¿no te importará demostrarlo, no?
Ella achinó los ojos, molesta porque hubiera contraatacado con sus mismas palabras.
—Está bien. Empecemos.
—Tendríamos que levantarnos.
—No hace falta —aseguró—. Hagamos mejor que vengan a nosotros. —Chasqueando los dedos y comportándose de una forma más regia de lo que nunca admitiría en voz alta, Silena detuvo a una pareja de campistas que pasaban en ese momento cerca.
Los chicos dejaron en suspense su calurosa discusión acerca de si el klingon era un idioma oficial o no, y se acercaron al árbol bajo el cuál estábamos sentados con el ceño fruncido, ceños que se disolvieron ante la radiante sonrisa coqueta de Silena.
—Emm... hola. —saludó uno, titubeante.
—¡Hola, chicos! —Silena batió pestañas hacia ambos—. ¿Os importaría ser jueces de un problema que nos trae de cabeza? —Me señaló con la barbilla—. ¿Vosotros que tenéis tan buena pinta de sensatos?
Ellos intercambiaron una rápida mirada; bascularon el cuerpo de una pierna a otra, y se rascaron la cabeza, en gemelas muestras de indecisión.
—Un momento —intervine—. ¿No piensas preguntarles su nombre, por lo menos?
—Oh, no hace falta. —Silena se rió—. Les llamaremos Guapo 1 —sonrió al de su izquierda—, y Guapo 2 —sonrió al de su derecha—. ¿Os mola, chicos?
Ellos asintieron, entusiasmados. Sospeché que les habría hecho misma ilusión si Silena los hubiera apodado Pringado 1 y Pringado 2.
—¿En qué queréis que os ayudemos? —preguntó Guapo 1.
—En un sacrificio —respondió Silena dándome un furtivo codazo, sólo para ver qué cara ponían.
—Oh, dabuti. Pues dime a qué... o a quién —inquirió Guapo 2, mirando de reojo en mi dirección, sin importarle que eso me hiciera saltar en el sitio, al parecer—, tengo que ofrecer en sacrificio y yo lo haré.
—¡Oye! ¡Que era broma! —salté, indignado. ¡El muy tonto no había dudado en apuntarme a mí a la hora de hablar de sacrificios!—. ¡Serás...!
—¿Entonces qué tenemos que hacer? —Dijo Guapo 1, mientras Silena se contenía para no partirse de risa—. ¿Enrollarnos con alguna de las dos o qué?
Esta vez ninguno me miró a mí porque, bueno… obviamente no entraba en esa posibilidad, habiendo una hija de afrodita cerca.
—Si queréis encontraros mañana al despertar con grilletes en vuestras partes nobles... —dejó caer Silena como si nada—. Cortesía de Beckendorf.
Ellos retrocedieron un paso, al unísono.
—Lo que queremos de vosotros es un sí o un no —les tranquilicé, aún ofendido porque me hubieran nominado sin pensar a un sacrificio—. El chocolate. ¿Os gusta? Sí o no?
—Pues claro que sí. —Respondió Guapo 2, sonando hasta ofendido e incrédulo ante la pregunta—. ¿A quién no?
—A mí. —Silena sacó pecho. Por un momento, hasta sentí pena por el pobre mestizo.
La sonrisa había muerto en sus labios, y miraba al chico con tanta tirria que no culpé al chaval cuando se dio media vuelta y puso pies en polvorosa.
—¡Tú! —Le ladró al que quedaba; toda la calidez de antes se había ido a tomar viento—. El chocolate. ¿Te gusta? ¿Sí o no?
—¿El normal, el blanco o el puro? —inquirió éste a su vez, tomándose con calma el abrupto de la rubia.
Silena y yo nos miramos, pillados ante ese imprevisto.
—Pues... el blanco —me apresuré a matizar.
—No.
—¿el puro?
—No.
—¿El normal, entonces? —temió Silena.
—Pues tampoco.
—¿Qué? ¿Que no te gusta el chocolate? —salté, buscando ya en el suelo un guijarro o piedra orama con que espantarlo—. ¡Pero bueno! ¡Qué clase de persona eres? ¡Fuera de aquí, venga!
Mi expresión debió de mostrar la negativa que sentía, porque Silena se rió y Guapo 1 dio un tentativo paso hacia atrás, girando sobre los talones, y huyendo al paso siguiente.
—¿Te esperabas un empate? —pregunté, derrotado, media hora más tarde, tras casi diez mestizos interrogados.
—No sé tú, pero yo no —dijo Silena, acomodándose entre las raíces del árbol, a mi lado—. Aunque por una vez, estoy súper contenta de no haber ganado. ¿Porque sabes qué implica un empate, cierto?
—Para mi desgracia, sí.
-Dime que al menos tienes un vestido elegido.
-Claro que sí —volví a mentir. ¡Un vestido! Sí hombre; lo que me faltaba—. El más hermoso que hayas visto.
-Estupendo. —Se levantó, resuelta, sin admitir oposición alguna; tiró de mí sin miramientos, arrastrándome a la vertical del cuerpo—. Será estupendo verlo. Muéstramelo.
—Espera. Espera. —Retorcí el brazo, pero los dedos de Silena eran sorprendentemente firmes, tenazas poco dispuestas a abrir su pinza—. ¡Espera, oye! —Clavé los talones en el terregoso suelo, negándome a dar un paso más—. Te mentí, ¿vale? —Admití, a la desesperada—. No tengo vestido. ¡No quiero vestido! No tengo qué...
—No te preocupes. —Tiró de mí, reemprendiendo la marcha—. Algo tendré que pueda prestarte. Confía en mí. Ya verás.
—No quiero confiar en ti. No quiero que me prestes nada.
—Bah. Calla y avanza.
—Eres la tirana de la esteticién —gruñí, haciendo, aun así, lo que me decía.
De no ser por el corrillo de cuchicheos que se estaba formando con el escándalo que habíamos hecho, en aquel momento me habría lanzado a un combate con Silena que lo habría decidido todo de una vez por todas. De buena gana la habría retado a un pulso, un pulso a muerte, de ser preciso, para pelear contra aquella cruel locura. Incluso me habría prestado a un trueque desesperado donde me habría dejado robar hasta el alma, si con eso me hubiera librado. Sólo el orgullo me lo impedía. El orgullo y el propósito que me había marcado a mí mismo, de conquistar a cualquier coste a Thalía. Y un baile, una fiesta donde desinhibirse es un requisito que todo joven está dispuesto a cumplir, me parecía una oportunidad de oro que no podía dejar escapar. Tenía que seguir en mi papel de chica llamada Lucy. Y las chicas se maquillaban. Y se ponían falditas para marcar tipo. Y estaban tan locas que se depilaban. Y se dejaban asesorar por otras chicas. Tenía que continuar con esa farsa de identidad. Y aprovechar el bullicio de la fiesta para robarle a las hijas de Artemisa a su jefa de casas. Por eso, y sólo por eso, tenía que poner un pie delante de otro y dejarme adecentar.
—Tú ganas, Silena —hundí los hombros—. Tú ganas.
—¡Oh, Lucy! —Me pegó tal apechuchón que por poco no me levanta del suelo—. Te dejaré como una diosa. Ya verás; serás envidiada desde el Olimpo.
—Sí, porque aquí en la Tierra seguro que no —me quejé.
Silena esbozó una sonrisa tan amplia que no habría necesitado de lupa dentista para verle hasta las últimas muelas.
—Lo único que me consuela —dije, reavivándome a momentos por la idea—, es la perspectiva de verte zampando el chocolate… obligando a tus caderas a dilatarse tan de mañana ante el infierno de varias cucharadas.
Aquello, naturalmente, hizo que le flaqueara la risa.