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Historia 126109 — capítulo 34
Disclaimers: no ganaré nada con este fanfic, ni siquiera un céntimo de euro o dracma de oro; excepto, quizás, algún review. (Lo que es de Riordan, a Riordan. Y el resto, a Laura Gallego).
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Capítulo 33. Estallido.
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Busqué a Thalía durante el resto de la tarde, pero no la encontré. Ni en el campo de tiro con arco ni en la sala de reunión, ni en el bosque de los sátiros ni en la sala de plegarias. Incluso recurrí a Victoria para que inspeccionara por mí en la casa reservada a las hijas de Artemisa, pero los resultados fueron idénticos, es decir, nulos. Peiné el campamento mestizo de arriba a abajo, pero la chica se había escondido muy bien.
Para cuando el sol dejó de despedirse en el ocaso y permitió que la noche extendiera una esquina de su capa sobre la pequeña parcela que era nuestro campamento, diminuto al tener que compartir espacio con el resto del mundo, ya la había dado por perdida. La chica más rara no podía ser.
Nunca, en ninguna de mis vidas, ni la presente ni las pasadas, recordaba haber llegado a entender a Thalía. Algún rasgo femenino aquí y allá, cómo no, pero jamás hasta el punto de poder asegurar al cien por cien que conocía los detalles de su extraudinaria personalidad. No, nunca, ni de lejos. Aunque, sinceramente, en honor a la verdad, no es que no entendía a Thalía, es que las mujeres, desde la primera hasta la última, eran un misterio total, un rompecabezas cuyas piezas se me escapaban antes siquiera de examinarlas.
No aparté la vista de los pies mientras me abría paso a través del denso y suave manto de tostadas agujas de pino del bosque que separaba ambos camping mestizos, donde la había estado buscando durante la última media hora. Rodeé un manzano que me salió al paso, aspirando el aroma dulzón que desprendía y que empalagaba el aire, y me dirigí de vuelta a la casa de Hermes; ya era hora de cenar.
Alcé la vista hacia la bóveda enorme que se cernía sobre la cabeza del camping mestizo. Las estrellas titilaban en el cielo nocturno. Era una noche despejada, perfecta para observar el firmamento, perfecta para pasarla con la novia o el novio de turno. Y hubiera querido poder subir los ojos hacia lo alto, con Thalía a mi lado, abrazados ambos, hundirme en el azul de sus ojos y alejarme de una vez del caos que me rodeaba, cogido de las estrellas particulares y únicas que eran sus ojos.
Me encaminé al comedor arrastrando los pies, desanimado, maldiciendo mi metedura de pata y mis cortas luces para ver y entender lo obvio, para asimilar lo que tenía ante las narices. Por suerte, el pasillo estaba bien iluminado por lo que me ahorré chocarme o tropezar con pared o esquina o persona alguna. El olor del comedor llegó flotando por el aire, aroma de pan horneándose. Mi desánimo pasó a segundo plano nada más traspasar el umbral donde se servía la cena.
Tuve que detenerme en seco, asombrado.
Los campistas encargados de adecentar el comedor habían hecho un excelente trabajo, eso había que reconocerlo; lo habían adornado con esferas diminutas en cuyo interior brillaban velas en candelabros de plata, inundando la sala de luz artificial, amarillo limón. Flores recién cortadas flotaban en cuencos de plata sobre blancos manteles extendidos a lo largo y ancho de las mesas. El cambio era tan notable que quitaba el aliento. Por lo menos durante unos treinta segundos. Obvié la decoración y examiné la estancia, clasificando el lugar donde tomar asiento. Me dirigí hacia una acostumbrada mesa alargada; la mesa que acostumbraba a compartir con Rachel, Percy, Clarisse, Beckendorf y los demás.
De camino hacia ahí, pasé por delante de mesas abarrotadas donde sus ocupantes reían, gritaban, jugaban al combate con los cubiertos de plata en el papel de espadas; por delante de otros que debatían la letra de una canción, discutiendo sobre la rima empleada y usando las palmas para ejemplificar cómo debía ser el ritmo de la música, el tipo de verso de las estrofas, el compás de cada instrumento; por delante de otros que charlaban y comentaban las noticias de periódicos y revistas que tenían entremedias, abierto en el centro de la mesa. Busqué hueco por donde pasar entremedias de las mesas y encontré un asiento vacío en el lateral izquierdo de la mesa del fondo, la de siempre, la presidida por Clarisse. Me dejé caer junto a Annabeth, con la ventana a mi izquierda, tras la cual caía el negro de la noche.
—¿Te has comprado cuatro vestidos para la fiesta? —estaba exclamando Clarisse.
Tenía el plato tan cargado de comida que será asombroso si al final le cabe toda en el estómago.
—Sí —respondió Silena, cruzándose de brazos y esbozando una sonrisa de suficiencia—. ¿Y?
—Me parece... increíble.
—¿Por qué? ¿Necesitas ayuda para escoger lo que te vas a poner?
—¿Y quién me iba a ayudar?
—Pues yo. Por supuesto. ¿No había quedado claro?
—Ni en sueños te dejo que me vistas.
—Ni en sueños te vestiría —se rió Silena—. Me contento con elegirte la ropa. Nada más.
—No.
—Venga, Clarisse... —rogó Silena—. ¿Qué tal... qué tal sólo los zapatos?
—¡No!
—Vale; pues el maquillaje. Ala, ni para ti ni para mí.
—¡Rotundamente no!
Las ofertas y los rechazos continuaron entre ambas chicas, pero dejé de prestarles atención. Por suerte, en el centro de la mesa ya estaba dispuesta una bandeja cargada de comida. Me serví un perrito caliente y ensalada, mirando de soslayo a Annabeth, que repartía su atención entre la hamburguesa que partía con cuchillo y tenedor, queso, tomate y rebanada de pan incluida, y entre lo que le contaba Percy. El chico se estaba sirviendo en esos momentos una montaña de estofado de ternera y otra montaña de tarta de diversos sabores. Annabeth saludó con un cabeceo cuando me percibió a su lado, así que le devolví el gesto.
En el resto de la mesa la conversación fluía sin problemas, pero no hice intención de incorporarme a ninguna de ellas. No me sentía con suficientes ánimos para ello. Por no sentir, no sentía ni apetito. Movía con apatía la ensalada de un lado a otro del plato, aún reprochando mi conducta con Thalía. Su voz resonaba en mi cabeza con tanta claridad como si me las acabara de susurrarme al oído.
Di un mordisco al perrito caliente pero perdí el apetito por completo en cuestión de segundos.
—Oye… ¿Qué se supone que es esto? —Oí decir a Jack, al otro lado de la mesa, frente a Rachel.
Miré con lánguida desgana en su dirección. El chico señalaba con el tenedor las islas de champiñones que flotaban en un mar de nata y cebolla en la fuente que tenía delante.
—¿Salsa carbonara? —Respondió Rachel, haciendo una pausa en su conversación con la hija de Démeter, y alzando las cejas con burla—. Va acompañado de espagueti. Ya sabes, ¿esa cosa larga y flaca y blanda y blanca que tienes en la bandeja de tu izquierda…?
—¿Nunca has comido salsa carbonara? —Se sorprendió su compañera, dándole un codazo a Rachel—. ¿En serio?
—Esto no es carbonara —protestó Jack, con válido rechazo—. La carbonara no tiene tan mala pinta. Esto... —pinchó con el tenedor uno de los champiñones, se lo acercó a los ojos, bizqueando, como si estuviera examinando un insecto—. Es... —lo devolvió en la fuente con una mueca de desagrado—. Un insulto a esa salsa. No es carbonara.
—Claro que sí. Tiene el toque vegetariano.
—Uff. Eso explica su aspecto tan apetecible —torció el gesto y apartó la salsera de sí—. Pásame los trigos esos, por favor —pidió a la hija de Démeter, cuya cara se iluminó como niña que escucha formular en boca ajena su propio deseo, señalando el cuenquito lleno de un surtido de cereales de todos los sabores y formas que la chica tenía a mano.
Estaba a punto de hundir mi concentración en el segundo plato cuando apareció Christian; soltó su bandeja en el asiento que tenía delante, ocupada por un par de tortillas de jamón y queso con tostadas de centeno.
—Eih —dijo, arrastrando con el pie la silla y acomodándose después en el asiento.
—Eih —respondí. Hice un esfuerzo de socializar y pregunté—. ¿Dónde te habías metido?
—Por ahí. Con ella. —Seguí la dirección donde indicaba su mirada.
Thalía se encaminaba hacia la mesa de las cazadoras, y en su andar no había rastro de su brío habitual.
—No. Ahora no. —Proyectó Christian en mi cabeza, deteniendo mi ademán de levantarme de la silla—. Necesita digerir ciertas cosas. Entre ellas la comida —lo miré con los labios apretados—. Luego la buscas, pero ahora no.
Aparté el plato a un lado, pero seguí donde estaba, mirando al cuenco de plata que presidía el corazón de la mantelada mesa, donde una rosa blanca flotaba en un río de nata y fresas, esperando y deseando hundirme en su interior de un momento a otro.
—¿Te lo ha contado? —Pregunté mentalmente. Al no obtener respuesta, le propiné una leve patada a Christian por debajo de la mesa; él abandonó su inspección del misterio tras la ventana y fijó con cierta molestia sus glaciales ojos en los míos—. ¿Te lo ha contado?
Christian titubeó un instante, sopesando a saber qué.
—No exactamente —contestó—. Se lo he visto —Confesó, sin vergüenza alguna.
—Ah. Que le has leído la mente. —Hice una mueca—. Deberías dejar esa mala costumbre. Es de poca educación.
—También de bastante utilidad —replicó, impasible—. Lo dejaré cuando el Olimpo abandone a los dioses.
—querrás decir que cuando dejen los dioses al… —me detuve—. Oh, vale. Nunca. —Resoplé—. Lo pillo.
Aun así, no pude evitar mirar a Thalía. Estaba recostada en su asiento, el plato de delante abandonado e intacto en el mismo estado vacío de comida, con la cabeza asimismo reclinada y los ojos cerrados en el respaldo, ignorando todos los intentos de las cazadoras por entablar conversación con ella. Desgana y agotamiento le empalidecían la piel. Parecía alguien que hubiera consumido la poca energía que le quedaba.
—Lucy. —«¿Estaba pensando en lo mismo que yo? Probablemente»—. Lucy. —«Tenía que hablar con ella como fuera; no podía acabar el día con aquel nudo en la garganta»—. ¡Lucy! —Vi unos dedos chasqueándose delante de mi cara—. ¿Estás ahí?
—¿Qué? ¿Qué pasa?
—Te he preguntado si te ocurre algo —dijo Annabeth, volviendo a ponerse recta en el asiento, ya que se había inclinado hacia delante para captar mi atención—. No has comido nada —señaló el plato revuelto aunque prácticamente intacto que tenía delante; en él, el perrito caliente hacía tiempo que se había enfriado—. Sin ánimo de ofender, pero eres de las que engullen la comida. Y hoy no. Hoy pareces estar lejos de aquí. ¿Te ocurre algo?
Me quedé mirándola; como si necesitara que me recordase que me ocurría un sinfín de cosas.
—Lo siento, ¿estoy siendo grosera? ¿Me estoy metiendo donde no me llaman?
—Oh, no, no, claro que no —respondí, soltando una breve carcajada—. Lo único es que me desconciertas. Un momento te muestras toda comprensiva y a renglón siguiente me rocías de desconfianza.
—¿Y qué? Una cosa no invalida la otra —aseguró, frunciendo el ceño como si yo hubiera dicho una completa estupidez—. Desconfío de ti, sí… en ocasiones. Pero también me caes bien, lo que hace que me preocupes… en ocasiones… como estas.
—Ah —dije, aunque en realidad quería decir: «joé, quien te entienda que te compre»—. Bueno…, supongo que tendré que darte las gracias. Por el hecho de que te preocupes por mí, digo. Y superar lo otro.
—Sí. Supones bien.
—O puedes seguir dándole en la nariz a Annabeth —planteó Percy con un brillo malvado en los ojos—. Ya sabes, dándole cosas de qué sospechar a una hija de Atenea. La frase «nunca te acostarás sin saber nada nuevo» lo llevan a rajatabla esos mestizos.
Annabeth le tiró una patata; él la agarró al vuelo con la boca, y lo masticó, sonriente.
—¡Hummm! Gracias. Muy buena.
—De nada —respondió ella, como si hubiera sido su intención desde un principio darle a comer las patatas de su plato de ese modo a su novio—. Pero no seas malo conmigo. Yo no sospecho por sospechar ni por querer saber algo por día. Lucy esconde algo. Lo sé, lo sabes, se ve.
—¡No escondo nada! —protesté. Para el caso que me hizo…
—No te preocupes —dijo Percy, inclinándose para robarle otra patata del plato a Annabeth—, resulta atractivo verte en medio de una cábala. Aunque, por esta vez, creo que te equivocas.
—¡Gracias! Menos mal. Por fin alguien que me cree —exclamé, al tiempo que Annabeth prorrumpía:
—¿Ah sí?
—Por supuesto. Los problemas de Lucy tienen nombre y apellido.
—¡No me digas! —Su mirada bastó como respuesta—. Vaya. ¿Y son?
—Empieza por hija y termina por Artemisa.
—¿Qué? —salté—. ¡No!
—No es para tanto, Lucy —apaciguó Percy antes de tragarse el último bocado de la patata frita—. Vas, hablas con ella como si fuera un ser humano normal (cosa que, descubrirás, es sin duda alguna, caray) y puede que quizás, horror de horrores, luego acepte hablar contigo…
Christian dejó su tostada untada de mantequilla y miel a medio comer y su vaso de zumo a medio beber en la mesa, delante del plato, todo en pulcra alineación con los cubiertos.
—Déjala cenar primero —volvió a aconsejar, aunque esta vez en voz alta, usando las cuerdas vocales y no esa extraña telepatía suya—. Luego ya, la asaltas.
—¡No voy a asaltar a nadie! —protesté—. Ni que yo fuera una ladrona de poca monta. No tengo ningún problema. Y menos con las hijas de Artemisa.
—Querer intimar con una de ella sí que es buscarse problemas —opinó Chris con la boca llena de magdalena—. Alguien se aburre mucho.
—Y aún más: alguien trama algo.
—¡¿Mira que estás pesadita, eh?!
—Estás escondiendo algo —insistió—. Y por si fuera poco, cada vez que te lo digo haces movimientos raros.
—¿Y qué? Siempre me muevo.
—No del mismo modo. Pareces nerviosa. Y yo que tú no haría tantos movimientos si lo último que quieres es delatarte.
—¡Y dale! —Me exasperé—. No sé de dónde has sacado la tonta idea de que oculto algo, pero no es más que eso, una tontería. Has tenido ideas más brillantes, Annabeth. —La miré de arriba a abajo y me obligué a sonreír—. Como ponerte esa chaqueta esta mañana. —Tiré de la manga turquesa de su chaqueta, acariciándolo entre el índice y el pulgar, como si me estuviera planteando preguntarle dónde lo había comprado—. Te sienta bien.
—Gracias. —Le pegó un tirón al tejido—. Pero no cambies de tema. Estábamos hablando de lo que te ronda por la cabeza.
—Así que vuelves a la carga…
—Pues sí.
—Tú eres aquí la genio —respondí en tono frío—. ¿Por qué no me lo explicas tú?
—Mi teoría es que en realidad quieres estar en otra mesa —contestó, sin inmutarse ante mi frialdad—. Aquella donde está la hija de Zeus.
—Tu amiga.
—Mi amiga —afirmó con la cabeza—. Thalía.
—Tu razonamiento deductivo es asombroso —solté—, aunque siento decirte que estás adecuadamente equivocada. La obsesión por pillarme en algo te nubla e idiotiza la mente, me temo.
—¿Ah, sí? —Asentí con la cabeza—. Pues no te creo.
Me la quedé mirando, indiferente en apariencia.
—Ese es tu problema. No el mío.
—¿Sabes? Ahora que lo pienso, me viene a la mente la comparación con una cebolla. Calza con tu descripción.
—¿Insinúas que pico? ¿Que estoy gorda, redonda? ¿O que soy una llorica? O que... —me eché el aliento en la mano y olfateé—. ¿Me canta el aliento?
—Lo que canta son tus mentiras. Eres una capa tras otra de expresiones y conductas. Raras todas ellas. Una capa de secretos.
—Sí. ¿Y? Como todo el mundo. Incluso tú tienes tus capas y ella —señalé con la cabeza la mesa de las cazadoras—, también.
—Oh, Thalía no tiene tantas capas como crees.
—¿Y qué vas a saber tú? —Levanté la mano, frenando sus palabras, después añadí—, sí, es tu amiga, sí, la conoces desde hace tiempo; Bla, bla, bla. Pero, repito, ¿y? Puedes llegar a pensar que conoces a alguien, que la entiendes, pero siempre hay unos rasgos de su persona que permanecen ocultos, enterrados en lo más profundo de su persona.
—Cierto —concedió—. Nunca se llega a conocer del todo a nadie; aunque, eso sí, de lo poco que se le conoce se puede extraer una mirada a su modo de ser y, de esa forma, determinar y decidir si es bueno confiar o no en ella. Pero Thalía es diferente.
Levanté una ceja.
—¿Insinúas que la confianza no está a su alcance?
Annabeth soltó el tenedor y apoyó la mano libre en el brazo de mi silla, luego se inclinó hacia mí y susurró contra mi lóbulo.
—Insinúo que es ella misma quien no está a tu alcance. La conozco.
—Teniendo en cuenta que cada uno está en una punta del comedor, separados por más de seis mesas repletas de campistas —ironicé, apartándome de ella—, sí, es evidente que no está a mi alcance. Aunque para ello no hace falta conocerla; basta ver los metros que nos separan.
—Aunque te pongas de pie y te acerques a su mesa, no estará más a tu alcance de lo que ahora lo están las estrellas. Lo sé.
Sonreí sin sonreír.
—¿qué quieres decir con todo eso? Déjate de misterios.
—Oh, nada, nada. —dio a sus palabras un tono calculadamente cantarín—. Hablaba tan sólo de... una menucia de lo que me he fijado.
—Ah. ¿Y es?
Cubrió mi mano con la suya.
—Lo sé.
—¿Qué?
—Lo sé —repitió.
—El qué —repetí a mi vez.
—La franja que separa la luz de la oscuridad.
—Hablas de distancias metafóricas. —Annabeth asintió, masticando lenta, muy lentamente—. Ya. Entiendo. No creo que ese sea nuestro caso. Thalía y yo... —entonces solté el tenedor con brusquedad. Entrecerré los ojos hacia Annabeth, que continuaba masticando, tranquila. Sentía que aquella conversación se había adentrado de pronto en terrenos pantanosos, sin yo percatarme de a dónde me estaba metiendo, hasta encontrarme sin aviso hundido hasta el cuello—. Alto. Espera un momento... ¿De qué hablas? --pregunté, quizás con exagerada sequedad—. ¿Qué se supone que sabes?
—Ah, Lucy, Lucy, Lucy... —canturreó Annabeth—. Se hace evidente lo que estoy hablando. ¿Verdad? —le dio un codazo a Percy, que la miró con cara de no saber de qué iba todo aquello. Annabeth puso los ojos en blanco y luego sonrió a Rachel, cómplice, y ésta asintió, no menos risueña—. Te gusta. Thalía. Te gusta.
—¿Qué dices? —Me tapé la boca, consciente del brinco que acababa de pegar en el asiento y de mis ojos abiertos como platos—. Se te han debido quemar las neuronas, Annabeth.
—Por supuesto que no. Te gusta. Mi amiga. Estás loca por ella.
—Yo, yo, yo no… —balbuceé—. Te equivocas.
—Veo como la miras, Lucy. No me equivoco. No soy tonta.
—No serás tonta, pero te equivocas. Claro que te equivocas. —Negué fuertemente con la cabeza con la misma rotundidad con la que hubiera negado que me llamaba Luke Castellan, y afirmado que me llamaba Mortadelo y Filemón, por ejemplo, si la vida me hubiera ido en ello—. Eso es una tontería, la cosa más mentira que te he oído decir. No me gusta Thalía. Claro que no. Por supuesto que no. Rotundamente no. Debes de estar... —me fui quedando sin aliento a medida que hablaba.
La mirada burlona de Annabeth me dejó bien claro que lo único que estaba logrando era ponerme en evidencia.
—Más no te podías delatar —reprochó Christian, desdeñoso—. Sigue diciendo no y estarás confirmando el sí.
Y como para recalcar lo dicho, Annabeth afirmó con la cabeza.
—Oh... —alcancé a decir—. Vaya.
Annabeth sonrió con ganas, claramente divertida con mis apuros. Retomó su tarea con la hamburguesa. Apreté los dientes, meditando la posibilidad de saltar por la ventana y salir en estampida del comedor.
—En qué... —pregunté a Annabeth en un hilo de voz, desbocado el corazón en el pulso de la mano que iba y venía nerviosa por la caída del mantel de la mesa—. ¿En qué te basas?
—En cómo la miras, cómo eres cuando ella está atenta; cómo la buscas, cómo usas cualquier pretexto para rozarla o tenerla cerca. Con evidencias así, hasta el más ciego de los ciegos lo ve. —Recé para que el color de mis mejillas no se encendiese y me delatase—. En ocasiones te quedas tan embobada mirándola que entran ganas de darte de bofetadas. Y luego de coger una fregona para limpiar el río de babas que vas dejando a su paso.
—¿Esto es por haberte llamado idiota y obsesa antes? —desconfié—. ¿Así es como te vengas?
Annabeth se echó a reír.
—Puede. ¿No estaría mal, eh?
—Mal no, cruel.
—Anda, anda, Lucy... —me propinó un amistoso puñetazo en el hombro—. No es para tanto. Tu secreto es un secreto a voces. Al menos en lo que se respecta a tus sentimientos por mi amiga. Aunque he de reconocer que en un principio creí que tus rife y rafe con ella era porque querías unirte a las cazadoras.
—¿Unirme yo al club de las amazonas incomprendidas? ¿Estás loca? ¿O acaso… acaso es a mí a quien crees loca?
—Qué quieres que te diga. Peleabais tanto... —hizo una pausa, del tipo que uno hace cuando intenta decidir si contar o no algo personal—. ¿Thalía también empezó así, sabes? Discutía con la antigua jefa de las cazadoras, una chica llamada Zoe; se llevaban fatal, y a las demás hijas de Artemisa tampoco las aguantaba, no las quería ni ver. Pero mírala ahora... cabecilla de todas ellas. Liderándolas en ausencia de la diosa a la que se consagran. Pero ya me ha quedado claro qué te impulsa a rondarla todo el tiempo.
—¿Tan evidente lo crees? —Bebí un largo trago de agua—. ¿Tan claro lo tienes?
—El sol es menos visible en comparación.
—¿Y ella...? —Bajé la voz, como si temiera que pudiera oírme a tanta distancia—. ¿Lo sabe ella? Tus sospechas. ¿Se lo has contado?
—No trates de hacer pasar tu enamoriscamiento por una más de mis acusaciones. No es así, y lo sabes.
—Por supuesto que es una más de tus hipótesis alocadas. —Resollé, procurando ser firme y con la esperanza de que la mentira resultase convincente.
—No voy a discutir contigo. Y respondiendo a tu anterior pregunta... Thalía no tiene ni un ápice de tonta. Así que sí, supongo que lo sabe. No necesito decirle nada... Cualquier persona con un mínimo de observación lo ve sin problemas. —Se encogió de hombros—. No es que hayamos hablado del tema, claro, pero...
Abrí y cerré la boca, varias veces, luchando por digerir que al menos en ese sentido, me habían pillado en falso.
—Pero siento comunicarte que Thalía no es para ti —disparó Annabeth, posando una mano consoladora sobre mi brazo—. No juega en la liga de las relaciones amorosas, ni en la liga de las chicas con chicas. Quítatela de la cabeza.
—Está claro que a ti el hecho de que me gusten las chicas te trae sin cuidado. —Moví un poco el brazo para librarme de su mano. No necesitaba que nadie me diese palmaditas ni que me consolase como si yo fuera un niño. Sentía que estaba de más su arquear de cejas, su tono precavido de voz dulce destinado a sacarme una emoción que yo preferiría contener. Al menos de momento. Al menos en su presencia—. Pero, ¿qué opinarían los demás campistas de enterarse de mi supuesta homosexualidad? Tú que los conoces, por lo menos a buena parte de ellos, ¿cómo crees que reaccionarían si supieran que yo soy... ya sabes... que me gusten las chicas?
—Te respondo en una simple palabra: Malec.
—¿Malecc?
Seguí la dirección donde apuntaba su vista. Señalaba a un chico de dos mesas contiguas a la nuestra, de pelo negro y ojos verdes y rasgados, tal vez asiático, tal vez gatuno. Las chicas lo habrían encontrado mono.
—¿Insinúas que es gay?
—No. Te confirmo que es gay. Un gay al que no le importa decirlo y del que los campistas no tienen ningún prejuicio en tratar. Bueno, al menos no la mayoría. —Observé con curiosidad al susodicho chaval.
No tenía ese aire demasiado femenino que muchos adolescentes tienen cuando deciden salir del armario. No parecía ser un tío afeminado, tan sólo un chico guapo con una agradable sonrisa y un humor chispeante que contagiaba a los que tenía cerca.
—Interesante —dije, observando cómo el tal Malec echaba la cabeza hacia atrás y se reía a mandíbula batiente—. Muy interesante. —Aparté la vista y la retorné a Annabeth—. Está bien saber que cuando quiera salir del armario no me recibirán con cajas templadas. —Procuré que mi voz no delatara la risa que me estaba conteniendo. ¿Salir del armario, yo? Eso de que me creyeran chica tenía sus puntos hilarantes; se lo concedía a los dioses—. Aunque creo que la orientación te mi armario te sorprenderá bastante.
—Mientras esa orientación no implique a una hija de Artemisa... y más aún, a Thalía.
—OH. Vaya.
—Odio ser repetitiva —se lamentó Annabeth—, pero realmente ella no es para ti, Lucy. Sácatela de la mente, del corazón, de donde sea que tengas metidos tus sentimientos por ella. Las cazadoras son castas de conservación, vírgenes por elección. ¿Entiendes lo que eso significa? Thalía nunca...
—Mira —repliqué con voz tajante, descortés, cuando al fin logré controlar mi risa interna—, estás haciendo últimamente juicios apresurados. Pierdes agudeza por momentos. No tengo que quitarme a tu amiga de la cabeza porque no me gusta nada. Ni nadie. ¿Estamos?
Sus ojos, que normalmente se mostraban pensativos, parecieron endurecerse ayudados por la mirada crítica que me lanzó, como si buscaran atravesar las capas de las que hablaba, intentando pelarme capa a capa para examinar minuciosamente cada envoltorio donde se escondía cada rasgo de mi persona.
—Si realmente me crees una genio —protestó—, no insultes mi inteligencia.
—Annabeth, sé razonable —dije, con un suspiro—. ¿Cómo voy a fijarme en una hija de Artemisa, enamorarme de una cazadora, nada menos? —Ella fue a replicar—. Da igual —la zanjé—. Te equivocas. Y te agradecería que no volvieras a sacar el tema. No vale la pena discutirlo.
Nos quedamos mirándonos unos segundos a los ojos; notaba vagamente el descontento que le dejaba rígido el cuerpo, a través de la parcela de piel del brazo que tenía cerca. La seguí mirando a los ojos unos segundos de más, apartar la mirada resultaría sospechoso. Al final Annabeth se encogió de hombros y pinchó un trozo de hamburguesa con el tenedor. Luego dijo:
—Como prefieras. Sólo recuerda esto: con un dedo no se tapa el sol. —Sonrió con malicia—. Porque algo no se hable no significa que desaparezca.
La miré con los ojos en blanco.
—Eres una pesada —dije—. Annabeth, la insufrible.
—No, soy persistente. —corrigió, mirándome, divertida—. Annabeth, la perspicaz.
—En ocasiones pesada y persistente viene a ser lo mismo, chica perspicaz. —Sonreí a mi pesar—. Tal es tu ejemplo.
—No me puedo creer que seas tan terca.
—Y yo no me puedo creer que tú seas tan, tan pesada.
—Allá tú, es tu vida, vívela como te dé la gana.
—OH. Gracias. Muy considerado por tu parte —torcí los labios en una mueca agria—. Jo. Eres como un depredador a la caza de una presa, siguiendo el rastro de su víctima. Pareces un sabueso. Así que te dejo que rumies tus huesos oh, bueno... —miré la hamburguesa que estaba cenando—, lo que sea. Me voy a la cama. —Me incliné, le planté un rápido beso en la mejilla y le agité los cabellos—. Buenas noches —deseé al resto de la mesa, mientras proyectaba en mi mente, dirigiendo las palabras a Kirtash—, aunque ahora voy a ver si hablo con ella.
Christian no dijo nada, ni en mi cabeza ni en mis oídos, aunque descubrí en su rostro una sombra de, ¿preocupación? ¿alarma? ¿duda?.
Me puse de pie, recogí los platos y cubiertos a los que casi ni había dado uso aquella noche, los dejé en el carrito correspondiente y abandoné el comedor. La brisa suave que iba y venía por el corredor transportaba el sonido de las voces y de los cubiertos hasta la entreabierta salida de la puerta principal, por donde me colé para salir al exterior.
—Pse. Pst. —Chité nada más terminar de descender los escalones—. Para.
La figura que había estado siguiendo se detuvo sin vacilación, coincidiendo con la caída de un rayo de luna en el punto del claro donde estábamos.
—Hola —saludé, sofocado, cuando llegué a su altura.
—¿Hola? —Dijo, hablando despacio, incómoda e incrédula—. ¿Eso es lo único que se te ocurre decirme? ¿Hola?
Más que mirarla, la estudié como si fuera un espécimen sumamente interesante. Algo que no se alejaba mucho de la realidad.
—Iba a decirte más cosas, antes. Pero no te encontré. —Silencio por toda respuesta—. Deberíamos hablar.
La plata lunar destelló en el cabello negro de Thalía cuando ésta agitó la cabeza, esquivando deliberada mis ojos.
—De acuerdo. Hablemos.
Evidentemente, después de eso ninguno de los dos supo qué decir. Estábamos de pié; frente a frente, pero sin mirarnos a la cara, pensando en lo mismo, pero sin articular palabra. Finalmente comprendí que tendría que dar yo el primer paso.
—Andemos. —Propuse.
A nuestras espaldas, la cháchara y el eco de las risas que procedían del interior de las casas, algunas sin cerrar, fueron desvaneciéndose lentamente en la distancia a medida que nos alejábamos del llano del camping, con sus preparativos de fiesta de por medio, y rodeábamos las lindes del bosque.
—¿Ya... te retirabas a dormir? —me obligué a decir algo, lo que fuera.
—En realidad no. Me gusta estar aquí fuera. Hay aire fresco. Soledad. Silencio. Falta de liderazgo. Sobran las identidades mestizas. Además, en esta oscuridad aterciopelada se ven las estrellas. Están preciosas esta noche.
—Oh. No sabía que te gustase la astronomía.
—Nunca te acostarás sin saber nada nuevo —murmuró, parecía estar a kilómetros de ahí; otra frase que volvía a mí, en menos de pocas horas.
—Creo que esa frase se refiere a conocimientos intelectuales, no a gustos personales... pero gracias. —Me metí las manos en los bolsillos del pantalón y seguí caminando a su lado mientras seguíamos caminando en los márgenes del bosque, alzando la vista de cuando en cuando hacia las constelaciones que titilaban a través de las ramas desnudas—. No entiendo mucho de estrellas. ¿Te las sabes todas?
—Claro que no —su risa fue corta, una pobre imitación de su risa habitual, pero algo era algo—. Ojalá.
—¿Y entonces, cuáles conoces?
—Pues mira. Está Aries, el Cartero; Capricornio, la cabra; Cygnus, el cisne; Draco, el dragón; Lupi, el lobo; Phoenix, el ave fénix; Scorpius, el escorpión; Virgo, la virgen...
A cada nombre lo acompañaba el índice para seleccionarlo entre el mar de estrellas que había en el cielo. Dejé que sacara la lista de constelaciones. La astronomía no me interesaba lo más mínimo, pero pensé que tal vez se sentiría más cómoda si teníamos algo más de lo que hablar a parte de los sentimientos, fueran cuales fuesen, que yo despertaba en ella.
—¿Y... tienes alguna preferida?
—Sí. El cazador.
—El cazador... —intenté hacer memoria—. Esa es Orión, ¿verdad?
—Sí. Mira, ahí está. —Alzó una mano para reseguir las piernas, el cinturón, el brazo estirado y presto para asestar un golpe—. ¿Y ves esa otra estrella que está al lado, un poco más abajo, tan brillante? —Me dio la sensación de que las estrellas se habían vuelto más refulgentes, en anticipada compensación a la atención de Thalía—. Esa es Zoe —musitó, reverente. Y tal vez fue mi imaginación, pero incluso creí entrever el dibujo de una chica plasmado en una constelación rutilante... una chica desplazándose por el cielo, arco en mano.
—Zoe. ¿La hija de Artemisa, verdad? La que murió durante... —Las palabras murieron en mi boca. «Durante la contienda con Atlas en el monte Tamalpais».
Volvimos a sumirnos en un silencio extraño, un silencio que, por lo menos yo, estaba deseoso de romper, pero por mucho que pensaba en cómo hacerlo, qué decir ante ese tema tan delicado, no encontraba una manera natural de hacerlo. Y mucho menos de dar con la forma de consolar a Thalía, de cuya voz se desprendía que aún recordaba a la hija de Atlas. ¿Añoranza, arrepentimiento? Quién sabe. El silencio entre los dos siguió prolongándose en aquella noche de estrellas y paseo sin rumbo hombro con hombro, sin visos de tener final. Hasta que Thalía volvió a hablar:
—Puedo culparte de muchas de las cosas que sucedieron ese día —dijo, y a mí se me formó un puño en la boca del estómago—, pero no de la muerte de Zoe —admitió sin pausa—. Eso fue cosa de Atlas. Fue su padre quien la envenenó. No tú. Además... ahora el mundo la recuerda —sonrió con tristeza—, la honra como se merece. Tanto es así que algunos confunden su estrella con la de Orión. Ya sabes, con eso de que ambos son cazadores en el cielo…
—Gracias. —No me había dado cuenta de que contenía el aliento hasta que la oí exculparme del asesinato de Zoe. Agradecí que no me echara al saco el adiós de su compañera o casi hermana—. Tengo entendido que una de tus compañeras de casa le debe el nombre a otra de esas estrellas —dije, buscando llenar el tenso silencio que se había producido entre ambos—. Andrómeda...
—Sí. Mira. Está ahí.
—¿Dónde? —Sólo era consciente de la cara de Thalía, vuelta hacia el cielo, rodeada del fulgor que derramaba la luna con su brillo argénteo.
—Te la enseñaré. Mira. Es esa. No, baja más la vista. —Me tomó de la mano y guió mi brazo hacia arriba para indicarme la estrella a la que se refería—. Sí. Justo ahí. ¿La ves ahora?
Sonreí. Estábamos pegados cuerpo a cuerpo, unidos por sus dedos que se entrelazaban en los míos.
—Creo que sí.
Cuando aparté la vista de las alturas, descubrí que Thalía ya había apartado la suya y ahora la tenía fija en mí. Le sostuve la mirada, prefiriendo maravillarme en esas dos urbes, más pequeñas que el cielo, pero igual de absorbentes. Estábamos tan cerca que ni la brisa habría sido capaz de colarse entre ambos. Coloqué la mano libre sobre su hombro. Y por si acaso, me pegué más a ella.
Cuando Thalía alzó la cara, mi reacción fue natural: me incliné para recibir la calidez que escapaba de sus labios entreabiertos.
—¿Thalía? —Dijo alguien detrás de nosotros—. ¿Lucy? —Y encima justo cuando estábamos a punto de... ¿de qué? ¿Tal vez de besarnos?
Thalía y yo nos volvimos en redondo. Había reconocido la voz de inmediato, pero no podía dar crédito a mis oídos. Las ganas de besar y ser besado se transformaron en deseos homicidas contra las chicas que habían aparecido, como materializadas de la nada, detrás de nosotros.
—¿Alayne? —Titubeó Thalía—. ¿Elayne? —Se apartó de mi lado como si estuviera separándose de un árbol, sin conceder importancia a los ceños fruncidos de sus hermanas de caza. Avanzó un paso hacia ellas, mirándolas sin entender—. ¿Qué demonios hacéis aquí afuera?
—Eso mismo queríamos saber nosotras —dijo una gemela, cruzada de brazos.
—De ti —completó la otra gemela. ¿Alayne? ¿Elayne? Ya era difícil distinguirlas a la luz del sol, cuánto más en la noche. Y no ayudaba mucho en la labor que la tez de ambas fuera marrón, ya por naturaleza—. Te vimos pasar por delante de la casa, pero no nos oíste.
—Nos preocupabas. —Retomó la primera—. Tu suerte. Temíamos que te pasara algo.
Decidimos salir a buscarte —robó de nuevo la palabra la otra hermana—. Pero no esperábamos que estuvieras con... —sus ojos se clavaron en mí como dagas. Incluso fulminando eran idénticas—. Ella. ¿Pasa algo?
—Nada que deba preocuparos.
—¿Seguro? Eres nuestra líder y...
—Estoy bien. Descuidad. Regresad a la casa. Enseguida volveré a estar con vosotras.
Creí que las gemelas iban a protestar, que iban a quedarse ahí, exigiendo saber por qué su líder daba paseos nocturnos con una persona que no fuera una hija de Artemisa. Y lo más importante, por qué estaba tan cerca, física y coloquialmente, a ese alguien que encima no pertenecía al círculo exclusivo de su diosa querida.
Pero la tajante mirada de Thalía no daba pie a réplica alguna. Asintieron, y tras despedirse de mí con gemelas miradas de disgusto, como si yo fuera un montón de mierda de perro que acababan de descubrir bajo el zapato, dieron media vuelta y se perdieron en el follaje.
—Será mejor que sigamos caminando —declaró Thalía, cuando el viento dejó de traernos el murmullo de las pisadas de Alayne y Elayne—. Continuemos en movimiento.
—Vale.
Por descontado que se había esfumado el momento del beso... o casi beso... o casi lo que fuera que pudo haber sido aquello. El silencio volvió a ser el tercer componente en nuestro andar sin rumbo.
—Vaya. Tú sí que sabes cómo mantenerlas firmes —comenté para romper el hielo—. Jefa... —añadí, burlón.
—No me llames jefa. —La voz le sonó hueca.
—¿Por qué no? Es lo que eres. Al menos para ellas —dije con una sonrisa más amplia, aunque también más ácida—. Es realmente...
Thalía giró sobre sus talones, sin previo aviso, y empezó a alejarse en la noche.
—Sígueme —me pidió, aunque por el tono abrupto, más pareció una orden.
—¿Adónde vamos? —Thalía no contestó; tuve que darme prisa para alcanzarla—. ¡Eih! ¿A dónde...? —Se llevó un dedo a los labios para imponerme silencio y me miró de reojo con tal expresión que me callé de golpe.
Una vez que me notó a su lado, la chica empezó a andar a grandes zancadas. Me condujo fuera de las proximidades de nuestro camping. Cada vez que me disponía a decir algo, Thalía se llevaba un dedo a los labios, imperativa. Tras la cuarta vez, suspiré, irritado, me metí las manos en las mangas de la chaqueta y, estas, a su vez, en los bolsillos, y caminé mirando al frente. Pasamos junto a familias de aves nocturnas, paredes de árboles robustos, y ella pasaba junto a los pinos sin detenerse a mirarlos siquiera.
Me pregunté por enésima vez a dónde quería ir a parar con tanto paso apresurado. Pero me limité a caminar deprisa para no perderla.
Tras enfilar la intersección de caminos que iban del camping mestizo 2 y a la salida al exterior de la colina, Thalía descendió por un resbaladizo camino, cuesta abajo, un sendero que discurría entre matorrales, y que desembocaba en el lateral más acantilado del lago del campamento. Estaba desierto, como no podía ser de otro modo. Tras caminar un rato río arriba alejándose de las zonas donde tenían sus hogares las ninfas, Thalía se detuvo en un lugar plano desierto, cerca de un afloramiento rocoso alrededor del cual el agua borboteaba y salpicaba.
—No pienso sentarme ahí —protesté, asqueado, mirando la blanquecina humedad que alfombraba el suelo de la orilla.
—Pues quédate de pie —fue su seca respuesta.
Contemplando la corriente con expresión ceñuda, Thalía se colocó en jarras y barbotó:
—Juro que si esas entrometidas no fueran mis hermanas de caza, las estrangularía con mis propias manos.
—¿De quién… o quiénes… estás hablando?
—De las gemelas, por supuesto. ¿De quién si no? —Sonreí para mis adentros; era agradable saber que yo no había sido el único en sentirse frustrado por la interrupción—. Si no llevaran en los arcos y flechas la marca de Artemisa, sentirían mis flechas chocando contra sus cuellos.
Me reí por lo bajo.
—Bueno. Ya las flechas de tus ojos han sido suficientes para espantarlas.
Thalía me enganchó bruscamente por la chaqueta a la altura de ambos hombros.
—¿Estás tonto? Me estaban siguiendo. ¿Las has escuchado? ¡Me estaban siguiendo!
—¿Por eso me has hecho venir hasta aquí? —ladeé la cabeza, señalando la masa de agua que fluía cantarina y cristalina—. ¿Al lago? ¿Por qué? No lo entiendo.
Thalía me sacudió con fuerza.
—Luke, piensa. ¿Por qué nos ha sorprendido verlas aparecer?
—Porque estábamos embobados, mirando las estrellas.
—eso también. Pero no.
Los ojos azules de Thalía reflejaron la plata de la luna cuando ésta se desplazó en el cielo, y también la profundidad de su agitación.
—Porque estábamos a lo nuestro, sin atender a nada más.
—¿Has perdido tierra de tanto mirar hacia arriba? No, hombre, Luke, es algo más. Piensa, ¡piensa!
Solté un suspiro de exasperación.
—Porque no sabíamos que estaban cerca.
—Exacto. Estaban cerca. —Apretó más la presa que imprimía a mis hombros—. ¿Lo entiendes? ¿Lo ves? Estaban cerca. Y nosotros no lo sabíamos. ¿Qué pasa si han oído cómo te llamaba? ¿Qué pasa si ahora saben que no eres Lucy sino Luke?
Di un brinco de sobresalto, entendiendo por fin a qué se debía esa reacción tan abrupta.
—No... No lo creo —fruncí la frente, tratando de hacer memoria—. Creo que no me has llamado así, por mi nombre, desde esta tarde cuando... bueno, que no lo has hecho ahora, en la noche, vamos. No creo que sepan nada.
—Yo tampoco. Pero, ¿y si…? No. Mejor extremar las precauciones. —Hizo un amplio ademán, abarcando el escondite, a la orilla del lago—. Aquí fuera podremos ver si hay alguien lo suficientemente cerca como para oírnos. No hay lugar en el que ocultarse. —Con un gesto de la cabeza señaló el agua borboteante—. Y el agua altera el sonido de nuestras voces.
Eché una mirada nerviosa a nuestro alrededor.
—Ya veo qué quieres decir. Aunque... —torcí el gesto, cavilante—. A veces el agua puede transportar el sonido a cierta distancia.
—Con los sonidos de esas aves molestas que trinan por ahí y si hablamos en voz baja, el agua enmascarará nuestras voces. No podemos seguir deambulando así sin más entre los árboles. Es de noche, y aunque la luna está hecha una bombilla sin apagar, no podemos arriesgarnos a hablar donde cualquiera puede esconderse tras el follaje o apretarse contra el tronco de un arbusto y camuflarse, o, peor aún, trepar a una de las ramas. Aquí se puede ver si hay alguien cerca, esté o no subido a un árbol o escondido entre los matorrales.
-Bien pensado.
-Bueno… —enarqué una ceja cuando ella desvió la mirada, repentinamente azorada, y me soltó por fin la chaqueta—, si te parece buena idea, charlemos aquí. Y date prisa en hablar; nos queda poco tiempo. Y ellas no son muy pacientes que digamos; si no aparezco en menos de una hora, saldrán a buscarme... montarán un follón, para nada.
Sonreí, iluso.
—Para alguien que lleva escondiéndose de mí todo el santo día, como que de pronto te preocupas mucho por si puedan descubrir mi secreto, ¿no? —No pude evitar soltar un suspiro—. Realmente, no te entiendo, Thalía. Ni un poquito. Si dijera que sí, estaría mintiendo.
Ella se inclinó hacia mí, y susurró, fría:
—Como ya he dicho, el tiempo corre.
Mi humor se marchitó a la vista de su expresión huraña. Desvié la vista; la devolví a las alturas, hacia las estrellas, en busca de inspiración, tratando de leer en las constelaciones alguna frase que me sirviera para empezar, que me indicara el modo debido de cómo abarcar la espinosa situación. Pero lo único que conseguí al contemplar las frías estrellas congregadas entorno a una luna brillante y llena fue recordar que la noche y sus astros nocturnos pertenecían a Artemisa, como el carro del sol lo era de Apolo, su hermano.
—Te estuve buscando —dije, al cabo de un rato de incómodo mutismo—. Antes. Toda la tarde.
—Ah, sí.
—Yo... —tragué saliva—. Es que... —me sentía atenazado por una incapacidad para expresar con claridad lo que quería confesar—. No hago más que pensar en lo de antes. Cuando estábamos en el pasillo y...
—Calla.
—Pero quiero decirte que...
—¡Calla!
Me estremecí, frustrado.
—¡No! Tenemos que hablar de ello. Necesito soltarlo. Y tú también.
—Las indirectas no son lo tuyo —replicó, repitiendo las mismas palabras dichas aquel mediodía.
—¿Qué? —Me pilló desprevenido su réplica cortante, su tono gélido—. ¿No querías que te encontrara...? ¿Por qué?
—¿Para qué? —Preguntó a su vez—. ¿Para que me salgas al final con que no entiendes ni la misa al cuarto de lo que te digo?
Me pasé la mano por la cara.
—Vale. Reconozco que mi reacción de antes no fue la más correcta.
—Oh, no, al contrario. Fue la más correcta... entre las más estúpidas.
—Ya me he disculpado.
—Sí, claro... —se subió el cuello de la chaqueta hasta la barbilla, sin mirarme—. ¿Y qué quieres que haga con tu disculpa, una fiesta, un brindis, un…?
—¿Y tu reacción qué? —aparté un mechón de pelo de la frente y resoplé—. Estabas huida, fugada del mundo... Pero eso no te impide hablar en buenos términos con los demás, ¿no? Ni te impidió irte de paseo por ahí con Christian, ¿por ejemplo? Sólo pareces tenerla contra mí.
Thalía frunció los labios, despectiva.
—¿Y? Puede que no andes tan mal encaminado.
—No digas eso, no lo repitas. Ni lo pienses.
—¿Y cómo no lo voy a pensar? Tengo un juramento, un deber sagrado a respetar.
—¡Ah! ¿Por eso me esquivabas? —le pregunté, y esperé que el tono de mi voz dejara muy claro lo mucho que me ofendía esa idea—. ¿Me culpas acaso de lo que te está pasando?
—¡Claro que te culpo! ¡Por supuesto que lo hago! Nada de esto habría pasado si tú… si tú…
La noche pareció enfriarse con la caída de aquellas palabras. Un frío me atenazó por dentro.
—Si yo qué... ¿si yo hubiera seguido muerto? —Asombrosamente, mi voz fue estable, a pesar de que deseaba hacerse un hilillo, recular por la garganta y volver desplomada al sitio del que salía—. ¿Si me hubiera ahogado en el Estigio? ¿Si jamás hubiera regresado vivo a la Tierra, al campamento mestizo? —Se estremeció como si la hubiera abofeteado—. ¿Si me hubiera limitado a ignorarte o a tratarte tan ruda e ilógicamente como tú me estás tratando ahora? ¿Si yo qué, Thalía. Termina la frase. Ahora no te calles. Si yo qué?
—Olvídalo.
—¡No, no pienso olvidarlo, hacer como si no hubieras dicho nada! —negué, rotundo. Había empezado a alzar la voz; no sabía de dónde salía aquella ola de cólera, tan sólo era consciente de que llevaba dando vueltas dentro de mí, tal vez durante todo el día, tal vez durante todos mis días en la Tierra.
Era una rabia violenta, feroz y más fuerte que la que pudiera sentir por cronos. Era una rabia hacia mí, hacia Thalía, hacia todo en general.
—Déjate de «olvídalo, olvídalo»; ten agallas. ¿Qué ibas a decir?
—¡Que lo olvides! ¡Todo! No vale la pena. ¿Vale? ¡No tiene relevancia! nada va a cambiar. No debí acostarme contigo.
—Eh, eh, eh. No nos hemos acostado.
—Sabes bien a que me refiero —estalló—. Aquello fue un error. Repito, un error. Y lo pienso subsanar.
—¿Huyendo de mí? ¿Negando lo que sientes?
—El odio también es un sentimiento. ¿Por qué negarlo?
—Porque es de cobardes —resumí, timbre afilado como mil cuchillos—. Y de mentirosas. Tú no me odias. Me quieres. Tal vez no estés enamorada, pero me quieres, y no me odias. Y ahora mismo, me pregunto qué te molesta más: que tu témpano de hielo esté quebrándose o que sean por mí esas rupturas.
—¿Qué se supone que significa eso? —Tenía los músculos de la mandíbula apretados. Parecía alguien frío, una chica envuelta en hielo, de ojos duros y aliento gélido en la voz.
—Significa que, sea lo que sea que te bulle dentro, sácalo. No te lo calles. No seas cobarde. Ni idiota.
—De preguntas sólo viven los idiotas. Y no soy cobarde. Aunque bueno, prefiero ser eso a un traidor, mentiroso y manipulador como lo es alguien que yo me sé.
Era un comentario tan cortante y tan fuera de lugar que incluso habría dejado a Clarisse sin palabras.
—No te pases. —Me detuve.
—No lo hago. —Se detuvo—. Y en cualquier caso... ¿de qué te quejas? Ya has conseguido lo que buscabas. Date por satisfecho.
Me miró puesta en jarras y con el cuello echado hacia adelante, como una pared inamovible de rabia, dolor y negación.
—¿Dices que ya he conseguido lo que buscaba? —Hice una mueca de dolor; que dijera eso me puso furioso; me empujó a esa clase de ira que hace que te levantes un metro sobre el suelo como si tuvieras un lanzacohetes en los pies—. ¿Y cuál era ese objetivo, si se puede saber? Refréscame la memoria, por favor.
—Separar mi atención de Artemisa, que se tambaleen los cimientos de esa lealtad. Por supuesto.
Me giré en redondo con tanta rapidez que Thalía reculó un paso, asustada; al instante avanzó tres, tratando de resarcir su retroceso.
—Repite eso último.
—¡Sí! —Bramó, irguiéndose aún más, cerrando las manos en puños, tiesa como un palo, porque gritar con los brazos cruzados no es tan efectivo, no desahoga igual—. Nunca te ha importado que sea una hija de Artemisa, lo que tal vínculo significa e implica. Ahora mismo tienes que estar como... como en la noria de la satisfacción, ¿no? —No podía creer que Thalía hubiera dicho algo tan tonto como aquello, tan completamente estúpido y fuera de lugar. E injusto. Sobre todo eso, injusto.
A juzgar por la mirada que siguió, estuvo claro que se arrepentía de sus palabras. Pero a mí eso me daba igual. Me importaba poco. El daño ya estaba hecho.
Me sentía como un globo.
Un globo hinchado a base de profecías, a base de imposiciones de dioses, a base de la presión por cumplir con el trato consensuado.
Un globo hinchado y deshinchado una y otra vez, sin alerta alguna, sólo por los caprichos de su cambiante humor. Un globo hastiado de demasiado y apunto de estallar por poco.
Y eso hice.
Estallé.
—¿Satisfecho, dices? Que si estoy satisfecho... Oh, sí, claro. ¡Hay que ver qué lista eres! ¿Pues sabes qué? Sí, me has pillado. ¡Jamás había estado tan condenadamente satisfecho!
Escupí las palabras con la rabia e impotencia acumulada por días, por semanas, por intentos, por presiones y fracasos. Y por el dolor creado por sus rechazos, sus contradicciones, sus continuos desplantes, cada uno más lacerante y profundo que el anterior.
Thalía parpadeó ante el inminente ataque de mi diatriba, a todas luces incómoda por oírme hablar así, por ser la causa y consecuencia de mi tono empleado. Pero alguien había puesto en marcha el piloto y era incapaz de echar freno por lo que saliera de mi boca. Y, francamente, ni podía ni, mucho menos, quería detenerme. Necesitaba estallar. Como fuera. Y eso hacía. Aunque fuera un estallido en susurros.
—Aguanto tus desplantes, tus idas de hoya, tus borderías y tus injusticias... ¿todo, para qué? ¿Para que me acuses de cuando algo se desvía de tu perfecta e inalterable vida planeadísima? ¡Hay que joderse! Me parece a mí que por ahí no voy a pasar. ¡Pero bueno! ¿Es que no lo ves? ¿Es que no te das cuenta? ¡Los Estigios son un bendito paraíso al lado tuyo! Apenas he dejado de procurar acercarme a ti desde la primera vez que te vi de vuelta en el campamento, y ni que decir de antes, de las partidas de antes, de los peligros de antes, de los escondites de antes. ¿Te crees que lo hacía por entretenimiento? ¿O, peor aún, que lo hacía por simple amor a la muerte, al peligro, a la adrenalina del riesgo?
Jamás había sentido los puños tan vacíos como los sentía en esos momentos, apretados como torniquetes, enganchados en las caderas como llaves colgadas de las trabillas del cinturón.
—Hace poco me preguntaba hasta qué punto te conocía; cuánto habías cambiado en tu vida de cazadora, qué queda de la Thalía Grace que yo había llegado a conocer de pequeños.
Le propiné una fuerte patada a una papelera que estaba cerca, reclinada contra el tronco de un árbol. Fue tan satisfactorio que le di otro golpe, otra patada, y otra, y otra... hasta que le di demasiado fuerte y en vez de rebotar y quedarse a mi alcance, la muy condenada salió rodando pendiente abajo hasta anunciar su caída al arrollo con un lejano pero audible chapoteo.
La rabia me consumió más aún.
—¿Sabes qué he sacado en claro? —Me volví hecho un basilisco hacia ella—. Que no es que seas ya una extraña; es que te empeñaste tanto en ser una más de Artemisa que te olvidaste de ser tú misma, de ser quien eras, qué eras, qué querías ser y no de qué deseabas huir para no ser. Pero... ¿sabes que es lo peor de todo? ¡Quieres saber qué es lo peor, Thalía! Que nunca me llegaste a conocer. Que nunca te interesó o importó conocerme más allá del niño salvavidas que se ponía en cabeza cuando había monstruos en la costa. Que nunca te interesó perdonarme realmente porque te era más fácil cerrar tus emociones en la condena de mis actos, que enfrentarlos y asumir que te asustaban. Pero ya basta, Thalía. ¡Basta! ¡Estoy hasta la jodida coronilla de todo esto!
—Luke...
—¡No! ¡De Luke nada! —Continué barbotando, totalmente encendido—. Es lo mismo una y otra vez, ¿no? No me perdonas tanto como dices. A la hora de la verdad, sigues culpándome de lo mismo que, aseguras, me has perdonado; sigues recriminándome por los errores que, presumes, has olvidado... resumiendo: eres una embustera.
La cara de Thalía estaba lívida. Si por la conmoción o por su propio enfado, no lo sabía y, ciertamente, me importaba un comino saberlo. Se sentía tan bien sacar todo aquello de dentro, expresarlo por fin en voz alta, estamparlo frente a su cara y ver derrumbada por fin su coraza. Me negué a claudicar ante el temblor de sus labios. Me negué a callar ante la humedad de sus ojos. Me miraba como si me observara por primera vez en la vida, como si, hasta entonces, no se hubiera dado cuenta de que la Lucy despreocupada, Luke sólo para ella, era menos que una farsa, un disfraz, un escalón entre tantos que formaban la identidad de Luke Castellan.
Me observaba y sólo entonces parecía comprender por primera vez que por más calma que pudiera exteriorizar, una verdadera tormenta se gestaba por dentro. Se había dado cuenta (seguro que lo sabía, seguro que sí) de que ambos teníamos el poder de herirnos tan profundamente. Y con apenas unas palabras lapidadoras. Sólo que, en su caso, ella no tenía el argumento (barata excusa por lo general pero perfecto comodín en esos casos) de tener a un titán susurrándote por encima del hombro qué hacer o a quién atacar.
—No creo que tengas justificación para ponerte así —Dijo tras un instante de silencio en el que aproveché para inspirar y expirar repetidas veces y en el que ella aprovechó para tragar saliva y sacudirse una vez más las verdaderas dudas que le asolaban por dentro.
No eran unas palabras hirientes; no eran unas palabras dichas para desmeritar todo cuanto yo le había dicho en ese arrebato de cólera. De hecho, en cualquier otro momento habría estado atinado al pensar que lo decía más bien para calmar las aguas. Pero el problema estaba una vez más en el tono empleado. Habló razonable, pero su voz rezumaba impasibilidad; su conducta, pasiva frialdad; su mirada volvía a ser dura de nuevo.
—No creo, de hecho, que tengas razones para reavivar temas cerrados, más cuando por mutuo acuerdo los dimos hace tiempo solucionados.
—Los dimos por solucionados —repetí con sarcasmo—. Si es así, ¿por qué me culpas de tu flaqueza o no de lealtad hacia Artemisa? ¿Qué tengo yo que ver ahí? Te respondo: nada. Y digo más: no me importa —añadí cuando hizo intento de interrumpirme—. No me importa nada. ¡Me oyes, Thalía!
—Basta. Deja de gritarme —me interrumpió, atreviéndose a mirarme al fin a los ojos y no a otra parte de la cara—. Para. —En su mirada no había malestar ni deseo por calmar mi ira. Sólo rabia—. Para. Ahora mismo. Calla. Deberías controlarte.
—¿Por qué, porque mi ira va contra ti y eso la señorita no lo puede consentir? ¿Crees, tú realmente crees que me importa justamente ahora lo que debo o no debo hacer? ¿Piensas que eres la más indicada para criticarme eso? ¿Tú, que por cada te perdono que dices, actúas demostrando todo lo contrario? ¡Serás hipócrita!
—No lo entiendes.
Su voz se acercaba cada vez más al sollozo.
—Pues explícamelo.
—Yo no...
—Vamos, dime —insistí al ver que vacilaba en el último momento y luego se callaba—. ¡Maldita sea, Thalía! —Ella sacudió frenética la cabeza mientras se dejaba caer sobre una roca oscura y sin aristas junto al agua y hundía la cara entre las manos—. Explícamelo. ¡Dímelo ya; Habla de una vez!
—¿Para qué?
—¿Preguntas que para qué? —La miré perplejo. No daba crédito—. No sé. ¿Qué tal porque quiero entender de qué va todo esto? ¿Qué tal porque necesito aclarar de una vez por todas este lío? Qué tal... ¿Qué tal porque es lo mínimo que me debes, después de todo.
Se abrazó el cuerpo a la altura de la cintura y rehuyó mis ojos. En su semblante había desaparecido todo rastro de dureza.
El cristal se resquebrajaba…
Las incisiones de las puntas asomaban…
El muro opaco se derrumbaría de un momento a otro.
—Francamente, Luke, no quiero que te asustes. Ni que me compadezcas.
—Francamente, Thalía, lo último que siento por ti en estos momentos es miedo, mucho menos lástima. De eso puedes estar absolutamente convencida.
Error. Había cometido un error. Lo supe en cuanto vi asomar en sus labios y ojos el gesto que delataba roturas abiertas por dentro. Pero ella asintió con la cabeza, como si empezara a entender.
—Olvídalo. Todo esto es demasiado complicado.
—Ah, ya, claro. ¿Porque a mi cerebro le va mucho el rollo ese de ser de cortas entendederas, verdad? —Me dirigí a zancadas al final de la pequeña explanada, donde dos árboles flanqueaban la salida y la entrada del sendero que discurría por el río para salir de aquella orilla, para alejarme de su presencia, de aquel verdadero infierno—. Como mi capacidad emocional se ha ido de vacaciones a pique...
—Yo no he dicho eso, ¿vale? —Exclamó Thalía a mis espaldas—. ¡No pongas en mi boca palabras que nunca he pronunciado porque no son ciertas! ¡No he dicho nada!
Me giré por última vez, cayendo en la cuenta vagamente de que estaba junto al mismo manzano por donde había pasado antes, aquella tarde, al ir a buscarla.
—Y ese es el problema, Thalía. —De pronto me sentía cansado, muy cansado—. Que nunca dices nada. Que nunca permites que comprenda. Parece que te molestara que quiera entenderte. —Le di un buen tirón a los cordones de mi sudadera, para ajustarlos y protegerme de un frío que en nada respondía a la leve brisa nocturna que susurraba contra las hojas—. Pero descuida. Te dejaré en paz, lo prometo, y esta vez será para siempre. Por el Estigio lo jur...
—Estoy empezando a sentir cosas. —Susurró Thalía en un tono casi inaudible, deteniendo mi juramento—. Un montón de cosas. Y no me lo puedo permitir.
«¿Y desde cuando el sentir es algo apareado dentro de los márgenes de lo permisible y lo no permisible? », pensé en mi fuero interno. En cambio, lo que dije fue:
—Cosas... ¿Como qué?
Cosas indebidas.
La nueva tranquilidad de su voz y el significado de sus palabras tuvieron la potestad de ahogar toda la ira que llevaba dentro. Era una calma que prometía intención de dialogar, no indiferencia ni cólera devuelta.
Me pasé los dedos por los cabellos, tirando de ellos con fuerza hacia atrás, suspirando profundamente y tratando de aportar algo de autocontrol a mis emociones. Me apoyé en la rugosa pared de robusto que tenía a mis espaldas mientras devolvía las manos al interior de los bolsillos.
—Cosas indebidas... ¿como qué?
—Como miedo. Como angustia. Como terror. —Alzó la cara y buscó mis ojos; sorprendido, vi que la humedad se agolpaban tras los suyos—. Como dudas. Como mareos. Como náuseas y frío y calor a partes iguales en el sudor que me recorre cuando te tengo cerca o te veo de lejos.
Se levantó despacio de la roca junto a la orilla en la que antes se había dejado caer.
—Como rabia. Como dolor. Como desconfianza por lo que me hiciste y traicionaste en el pasado, por tus manías que me sacan de quicio y los defectos que, te lo digo por si no lo sabías, son muchos. —Recortó la distancia que nos separaba—. Como añoranza porque por mucho tiempo no estuviste; y desesperación porque en el futuro no estés. Como ansias y alegría e ilusión cuando sonríes y entonces siento que ambos somos felices gracias al otro.
Se paró ante mí; lágrimas le resbalaban por las tersas mejillas.
—Supongo que lo que pretendo decirte con todo esto, Luke, es... es que no es cierto que te odio. Pero sí es cierto que me importas, y mucho, y que me interesas, y mucho. Y que… bueno…, que… Bah. Lo he dicho todo. Ya está.
—Oh —dije estúpidamente, y aun con todo, era lo más sincero que me salía por dentro—. Oh... vaya... gracias. Por sincerarte. No puedo ni imaginarme lo mucho que te habrá costado decirlo…
—¿Recientemente? Unos cuantos gritos.
Ella, a pesar de sus desconsoladas lágrimas, sucumbió a una sonrisa. Contra todo pronóstico, me sorprendí sonriéndola de vuelta. La muy condenada era buena distendiendo el ambiente cuando se lo proponía.
—No quería gritarte —dije, disculpándome con la mirada—, no quería enfadarme...
—Pero he tensado la cuerda hasta romperse —asintió, sonrojada—. Lo entiendo. Tampoco yo quería alzarte la voz. Lo siento.
Se apretó los párpados con el dorso del índice como si así pudiera contener las lágrimas que temblaban en el borde de sus pestañas y volver a meterlas en los lagrimales.
—Y aun así volveríamos a gritarnos. De nuevo.
—Sí. Seguramente sí. —Thalía se sorbió los mocos, tragó saliva y se restregó las mejillas con el dorso de la mano—. ¿Volvemos a intentarlo? Hablar, civilizadamente. De... bueno, ya sabes... —intentó sonar normal, aunque no lo consiguió.
—Claro. Me encantará hablar sin tapujos ni gritos. —Separé la espalda del arbusto—. Eso sí —añadí—, con una condición. —Ella enarcó las cejas—. Que por favor dejes de llorar. —Me acerqué a ella y sequé con mis propias manos la humedad que se desbordaba por sus altos pómulos—. No llores. Te lo pido. Te lo prohíbo.
Hacía tiempo que no la veía derrumbarse de ese modo. Tal vez desde la primera noche que se coló en la ventana de mi habitación, tras saberme vivo y regresado al camping. Y si por mí fuera, así habría podido seguir.
—No me gusta verte así. —Thalía fue incapaz de continuar siendo una estricta y amurallada cazadora de Artemisa en esos momentos.
Se volvió hacia mí y. Me rodeó con los brazos sin previo aviso, me sujetó con fuerza a la altura de los hombros y sonrió a través de sus ojos llenos de fraccionada amistad.
—Siempre sabes cómo llegar hasta mí —aseguró—. ¿Cómo lo haces?
—No creo que estremecerte de llanto sea llegar hasta ti —apunté, afectuoso—. Todo lo contrario.
Y entonces ocurrió.
Entre la bruma de la tristeza, nos abrazamos con la misma desesperación con la que lo harían dos amigos a punto de separarse y emprender rumbos distintos, la misma desesperación de dos personas que se aferran a la orilla de un precipicio.
Recordé el día en que me dijo que me perdonaba por envenenar su árbol, maravillándome de que Nuestra amistad continuara sobreviviendo a los estragos de mi comportamiento y mis acciones cuando me alié con Cronos, un peso muerto que pesaba en mi conciencia y que ella parecía aliviar, agilizar, con a penas una sonrisa o palabra al respecto. Recordé las ocasiones en que había sido yo quien le tendiera el perdón por alguna de sus culpas.
Y me pareció sorprendente, extraudinario, prodigioso.
Podríamos discutir (y, de hecho, lo seguiríamos haciendo, sin duda alguna) pero lo que teníamos seguía en pie. Otros vínculos se habrían roto en una situación semejante, bajo la presión de las pérdidas y muertes de esa batalla, bajo el peso de las huellas de mi traición a los dioses. Bajo el peso también de los propios errores de ella. Pero, por algún motivo, nuestra relación, nuestra amistad continuaba, sólida, a pesar de las grietas y golpes que ambos nos habíamos infligido mutuamente.
Nos quedamos abrazados un buen rato (tal vez el más insuficiente de la moche, desde luego el más increíble del día) hasta que la desesperación se mitigó, y los sollozos que convulsionaban su cuerpo, también. Aun así, no me di prisa en separarme. No quería soltarla.
—Lo siento —susurré, recogiendo suavemente y con el pulgar las gotas de sus pupilas, perladas bajo la luz de la luna—. Lo siento —repetí, atrapando con la boca la sal de sus ojos, primero las de una mejilla y luego las de la otra—. Lo siento —me disculpé por adelantado, y mirándola a los ojos, la besé en los labios.
Mientras la besaba, fui consciente de varias cosas: la presión de su boca, el sabor de sus labios, la textura de la piel de su cara que acariciaba en lentos círculos con los pulgares; la chispa que volvía eléctricos sus ojos, la sorpresa que los agrandaba, las motas de gris mañana que navegaban en el fondo del iris de su ojo izquierdo, la traviesa inocencia que barnizaba de rubor sus mejillas, el espejo donde asomaban los rasgos más crudos y puros de su persona, haciendo que supiera que el momento no era ningún sueño; el susurro de la noche, la luz nívea que brillaba sobre nosotros, procedente de la luna, el olor a salvia y rocío germinándose en el verde de las hojas, y el olor a naturaleza viva flotando en el aire.
El beso no duró ni un segundo, a mi entender; a penas un roce de labios, un leve acariciar de alientos. Pronto, demasiado pronto para mi gusto, noté la palma de Thalía en mi pecho, empujando suave pero firme para que me apartara.
—Puedes gritarme —acepté, con una mueca desganada—. Me lo merezco.
—Estoy harta de gritar —negó con la cabeza—, harta de discutir por cualquier cosa. Y de negarme a mí misma otras tantas más. —Se cruzó de brazos, manteniendo otra barrera de protección—. No debiste hacerlo, es verdad. Pero yo tampoco debí disfrutar con ello, no.
Al observarla, descubrí en ella el mismo sentimiento de desamparo que notaba en mi interior, una sensación extraña de desnudez emocional, como si a ambos no nos quedara nada para protegernos del dolor. Y la huella de su boca en la mía, el sabor de ese breve beso, era lo que más hería.
—Si te consuela... —dije, yendo a sentarme en su misma roca—, no ha parecido que lo disfrutaras.
Thalía fue a posicionarse delante de mí. Esta vez no se sentó. Sacudió la cabeza.
—No, no me consuela. Eres una magnífica persona, Luke. De verdad lo creo; lo sé. Pero no deberías ser tú quien ocupara mis pensamientos.
—No hay «deberías» que valgan cuando se trata de amor. Créeme. He blandido esa espada yo también. Mucho más que a Backbiter. Y sólo ha servido para herirme a mí mismo. —Sus ojos azules refulgían a la luz de la luna. Thalía nunca había estado más guapa de como la veía ahora, delante de mí, cruzados los brazos sobre el estómago, tratando de protegerse—. Del mismo modo en que no sirve de nada lamentarse porque el vaso se ha volcado cuando el líquido ya se ha derramado.
Despacio, Thalía se agachó frente a mí, hasta quedar en cuclillas.
—¿Ah sí? Entonces mírame a los ojos y dime que de verdad crees que es imposible sacarse a alguien de dentro. —Me pidió—. ¿Y esas personas que tienen más de un amor a lo largo de su vida, qué? Mírame a los ojos y repite con más convicción lo que acabas de decir.
Parpadeé, confuso. De pronto me sentía incapaz de sostener su mirada, pero no porque no creyera en lo que había dicho, sino porque temía que si volvía a asomarme a esos ojos, todos los esfuerzos que estaba haciendo para contenerme y no inclinarme a robarle otro beso, quedarían de inmediato reducidos a la nada. Si la miraba a los ojos, lo único que podría decir serían palabras de amor, cosas que a lo mejor no estaba preparada para escuchar.
Y no podía permitir que eso ocurriera.
Porque no era plan de asustarla.
—¿Ves? —Su voz me sacó de mi abstracción—. No puedes decirlo. Repetirlo. Afirmarlo.
—¿Eh? ¿Qué? ¡Ah! No. No es eso. No es eso... —dije, alzando la mano y deteniéndola antes de que malinterpretara mi vacilación—. No te miento. Creo todo lo que te he dicho. Lo creo y sostengo a pies juntillas. Porque una vez que los sentimientos se han asentado, nada se puede contra el amor, si éste decide quedarse a vivir para siempre en la oquedad de un corazón. Del mismo modo que no puedes derribar el cielo o partir en dos en sol, así de imposible es sacarse a alguien de dentro.
—Eso que has dicho es casi poesía —las comisuras de sus labios se arquearon, levemente, un penoso intento de sonrisa—. Que no te oigan los hijos de Apolo. Tratarán de reclutarte.
—Estaré ojo avizor, tranquila. —aseguré, echándome a reír, sin dejar de mirarla a los labios con insistencia. Luego ladeé la cabeza, inquisitivo—. Dos muestras de preocupación en la misma noche. ¡Debería sacarle otra lectura, otro significado?
Thalía terminó de sentarse en el suelo y posó su otra mano sobre mi rodilla con gesto cariñoso.
—Puede que sienta... cosas por ti.
—¿Pero?
Bajó la mano para frotarse el tobillo.
—Sí, hay un pero. Me... gustas... algo. Pero eso no es suficiente. No cambia nada.
—Por una vez, tengo que darle la razón a Silena. —La miré con expresión contrita—. En serio. Se te da fatal, de culo, consolar a la gente.
Thalía me miró a los ojos, lastimosa, tristemente, y en ellos distinguí la lucha que se estaba llevando a cabo en su interior, Una pelea en la que se cruzaban sus sentimientos por mí y sus sentimientos por su diosa, por Artemisa.
—Lo siento, Luke. —Su voz revelaba hasta qué punto eran sinceras sus disculpas—. Pero esa es la verdad.
Asentí con brusquedad, entendiendo su postura, muy a mi pesar.
—¿Quieres oír la mía? Es una verdad que vas a ver realizada en los próximos días, así que sopesa bien tu respuesta. ¿Quieres oír mi verdad?
—si la voy a ver en los próximos días... ¿qué tengo por perder? Adelante. Habla.
Deslicé mis manos de las suyas. Me incliné. Acuné las palmas en sus mejillas. Y antes de que pudiera detenerme o zafarse, musité en su oído:
—Jamás me rindo. Me conoces; jamás. Si hay una parte de ti que está empezando a sentir cosas... una parte de tu corazón que ya no tiene por prioridad a Artemisa sino que me tiene a mí... lucharé por ella. La defenderé a capa y espada. Contra todos. Incluso contra ti misma, si pretendes pisotearla. Porque me pertenece. Tú misma lo has dicho. Y lo mío nadie lo toca, nadie lo quebranta.
Ella se quedó inmóvil; después comenzó a negar lentamente con la cabeza, moviéndola de un lado a otro, igual que un paciente incrédulo tras escuchar el diagnóstico fatal del médico que lo sentenciaba a morir en menos de dos semanas.
—Eres increíble...
—No más que tú, cariño. El no ya lo tengo asumido; ¿qué más puedo perder?
—¿Qué tal... mi amistad?
—Si tu amistad es tan firme y tan inteligente... sabrá que no debe mezclarse con las cosas del corazón. —La besé en la frente, justo en la arruga de preocupación que se le había formado de tanto fruncir el ceño—. Tranquila, todo saldrá bien. Cuando quieres a alguien no la dejas ir. No tan fácilmente. Respetaré tu decisión final, lo juro; pero mientras tanto puedo hacer que cambies de opinión; puedo convencerte de que sólo se necesita sentir para dar el paso hacia el cambio. Hacia otro comienzo. Nada más. Que no se diga que no lo intenté.
—¿ah, sí? ¿Y cómo piensas hacerlo? Tengo una fuerte capacidad de voluntad, lo sabes. Llevo controlando esto que siento por ti mucho tiempo. Más de lo que crees o imaginas. No vas a...
Tapé mi boca con la suya.
Durante un momento se debatió entre mis brazos para liberarse de mi abrazo, su melena voló al viento en el débil forcejeo, pero los temblores fueron ganando a las protestas, que se hicieron cada vez más débiles, cada vez más erráticas contra mi boca hasta que, finalmente, sus labios se abrieron para recibir los míos, se sosegaron, invitadores, rindiéndose.
Cediéndome total entrada a su boca.
La rigidez de sus dedos desapareció, sus yemas se suavizaron al pasar de puntillas al enredarse en mi pelo.
«Suave. Dulce».
Esas fueron las primeras palabras que se me vinieron a la mente nada más besarla, besarla en profundidad, mientras mi boca saboreaba aquellos prohibidos labios que me habían tentado desde el primer instante en que la había conocido.
En que la había reencontrado.
En que la había recuperado.
«Cándida. Apacible».
Bebí el atónito suspiro que exhalaron sus labios mientras presionaba la boca contra la de ella. Adiviné la incertidumbre brillando más que la luna en sus preciosos ojos azules. Adiviné la lucha del deber contra el querer. Adiviné más en sus urbes: el deseo. Un deseo que alimentó el mío, que hizo arder mi cuerpo mientras la estrechaba fuertemente contra mí.
Y la ganaba.
Y la conquistaba.
Y se entregaba a mí.
«Maravilloso».
Quizá era por el cansancio, del estallido de antes, o quizá la causa era del estrés sufrido durante aquellos doscientos días en la tierra. O tal vez simplemente es que llevaba demasiado tiempo sin estrechar a una chica entre mis brazos, sin paladear las ventajas carnales de un ligoteo, sin besar de verdad y ser compensado con la misma vehemencia. Fuera cual fuera la razón, en esos momentos sencillamente no podía recordar un beso tan maravilloso como aquel.
Tan adictivo.
Tan increíble.
Tan perfecto.
Ella se aferró a mis hombros mientras yo me aferraba a su cintura y profundizaba el beso. Sus dedos me acariciaban la piel de la nuca. Tras unos instantes, los labios de ella me tomaron la delantera y comenzaron a moverse al mismo compás que los míos.
El beso de Thalía era indeciso, tierno pero vulnerable, ansioso pero inseguro.
En ese momento, ese limbo entre los segundos, había dejado de preguntarse si hacía o no lo correcto, renunciado a dejar de machacarse con la idea de si valía la pena besarme, si podía volver a confiar plenamente en mí, si volvería a hacerla daño.
Solamente, sencillamente, me besó.
Suave.
Dulce.
Cándida.
Apacible.
Maravillosa.
Mis brazos la rodearon, la sostuvieron, casi levantándola del suelo.
Engullí su boca, engullí su aliento, engullí la pasión descontrolada que segregaba su saliva.
En un beso que me hacía sentir insaciable.
Quería más, mucho más.
Pero el croar sonoro de las ranas y el ulular ensordecedor de una manada de lechuzas echando de pronto el vuelo alrededor de nosotros finalmente logró surcar la bruma de confusión de mi cerebro, recordándome la falta de aire en los pulmones que no era el lugar ni el momento de hacer real una fantasía, de descontrolar las llamas de un fuego vivo. Retiré la boca y apoyé mi mejilla en la suya, abrazándola con fuerza, tratando de recuperar el aliento y respirar con normalidad.
-OH, no. No, no, no. ¿Dioses, Luke, qué hemos he…?
-Shh. -la callé-. Nada malo. Eso es lo que hemos hecho. Nada malo.
-No me malinterpretes. No me arrepiento, y sé que debería hacerlo. Eso es lo peor. Pero tenemos que desistir.
-¿Cómo puedes pretender que renuncie a esto? -Enterré la cara en su hombro y cerré los ojos para centrarme en respirar únicamente su perfume a jazmín, el aroma que asociaba al viento, al pino, a ella, sólo a ella-. ¿No lo ves? Somos lo que los años para el buen vino; lo que las baquetas para la batería; lo que el agua para la sed... Dos personas únicas, distintas, originales que, sin embargo, encajan y se complementan a la perfección. —Aparté la cara del hueco de su hombro para detectar la huella de alguna reacción en su semblante—. ¿Por qué te niegas a reconocerlo?
-Supongo que... porque me asusta. -Respondió, y en sus ojos azul eléctrico apareció una mirada de derrota, de miedo, de tristeza.
-Vaya -dije sorprendido-. Ya dice mucho a tu favor que no lo hayas negado.
-Sólo se niega la realidad difícil de afrontar -dijo recostándose contra mis piernas y echando la cabeza hacia atrás, rehuyendo totalmente mi mirada y mordisqueándose con cierto frenesí desatado los labios-. El resto de cosas son mentiras, y esas no se niegan, se destapan con la verdad.
-Entonces destapa la mentira -pedí vehementemente, bajando de la roca y agachándome ante ella-, Utiliza la verdad. Admite que lo que dijiste no es cierto, que no me odias, que tú me quieres...
-Pues claro que te quiero. —Susurró. Sentí un vuelco en el estómago al escuchar su confesión—. Y ese es el problema, Luke. Que te quiero. Llevo tanto tiempo diciéndome a mí misma que tales sentimientos no existen que, en fin, lo difícil es mentir, incluso a mí misma, y volver a aceptar que te quiero, que siempre te he querido, y que aunque viva miles de años en mi inmortalidad... siempre te voy a querer.
—Y a pesar de todo eso, crees que ese querer no es suficiente —musité, más desconcertado que aprensivo—. Aseguras que tu intención de regirte bajo el juramento de Artemisa sigue en pie.
—Sí. Efectivamente.
Sacudí la cabeza.
—Pues yo no lo creo. No lo veo así. Y por eso no voy a desistir. No renunciaré a ti, y menos por una diosa que ya ha perdido por lo menos una parte de tu corazón. Eso es más de lo que tenía el primer día.
—Podrías acabar mal parado. ¿Lo has pensado? Acabar lastimado. No te conviene...
—Ah, ah, ah —blandí un índice admonitorio ante sus ojos—. Me corresponde a mí decidir eso, no a ti.
Thalía arrugó la nariz, en una mueca de impotencia que a mí me pareció adorable. Le cogí la mano, sin pensar, y ella me la apretó brevemente, dándome las gracias, resignándose a mis palabras, antes de levantarse del suelo, sacudirse las ramas y la humedad de las ropas para a continuación desearme las buenas noches, girar sobre los talones y fundirse con las sombras al dirigirse a la casa que compartía con las hijas de Artemisa.
—Voy a hacer que cambies de opinión —reiteré a su espalda, aunque bien sabía que ya no podía escucharme. No importaba—. Te lo enseñaré. Voy a convencerte que querer es poder.
Me llevé las rodillas al pecho, rodeándome las piernas con los brazos.
«—Podrías acabar mal parado. ¿Lo has pensado? Acabar lastimado».
¿Qué importaba? Reseguí con la punta de la lengua el contorno de mis labios, esos labios que ella había besado, esos labios que guardaban ya por siempre la huella de su boca.
¿Qué importaba el final? Todavía sentía el fantasma de ese beso. Percibía su sabor electrizante y único. ¿Qué importaba el riesgo de competir contra una diosa, nada menos? Acabara como acabase, ya por eso había valido la pena. Por ese último momento. Por esos mágicos segundos. Porque por fin Thalía y yo nos habíamos besado. Y lo mejor: no en la visión engañina de un Estigio.