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Historia 126109 — capítulo 33
disclaimers: El camping mestizo y la mayoría de los personajes abajo mencionados pertenecen a Rick riordan, su editorial, su productora de filmes y otros tantos privilegiados que no conozco. Aparte de comentarios, alerta de favoritos, mucho entretenimiento y algo de stress ocasional por no tener el capítulo semanal a tiempo, no recibo nada a cambio de esta historia, menos aún dinero o, como dice la jerga mestiza, dracmas de oro.
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Capítulo 31. Día doscientos: Por el Estigio.
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Inframundo abajo, lejos del palacio de Hades e indistinguibles los fuegos del Erebo, enclenques y marchitos árboles flanquean las márgenes de un lago. Todos son sauces, o intentos de ellos; sus troncos, más que sus ramas, se inclinan hacia la masa de agua, formando un dorsal sobre la corriente glacial que discurre por la orilla sur. El calor empaña el ambiente infernal con su alta temperatura, la oscuridad se aproxima a su cenit, y no hay brisa que enfríe la transpiración en la piel del joven alto, rubio, de unos diecinueve años, que permanece alzado en el mismísimo borde de la orilla, mirando abajo, río Estigio adentro.
Se halla descalzo, el amasijo de armas arrojadas a unos cuantos metros a la izquierda, hundidos los pies en la textura arenosa que inicia el principio de la orilla. Objetos de lo más extraños pasan junto a él, corriente abajo, arrastrados por una muerte representada en textura de agua, residuos de sueños mortales pasados a la nada al fallecer las personas que las invocaran en vida. Muñecas rotas, diplomas de universidad rasgados, ramilletes marchitos del baile de fin de curso, anillos de boda, anillos de compromiso… los mira sin ver, los despide sin lamentar. No está ahí para nadar. Ni para embelesarse con las oscuras aguas, dignas, por otro lado, de aprensión.
El ejército de muertos, esqueletos propensos a vestirsede legionarios romanos con esa su costumbre a armarse con lanzas y escudos, no tardará en hacer acto de presencia, alertado por la invasión que supone su mera presencia en esas lindes de submundo.
Es un mundo de almas sin carne el lugar en que se halla, un mundo sin color ni vida, calcinado, polvoriento, rociado de fuego y cenizas; un sitio de muertos reanimados, de vivos sin aire, de cuerpos sin sangre. Y él está vivo, oxígeno y vida corren por sus venas, su vitalidad supone un aura potente que alerte de natalidad a cuantas Casacas rojas haya a la redonda de donde se encuentra.
Pero no importa. Nada importa. Siquiera la posibilidad de que el mismísimo Invisible aparezca sin previo aviso para trucar sus planes y arrestarlo, subido a ese carro negro y dorado tirado por sus caballos de pesadilla, monturas de crines de fuego y ojos no menos llameantes.
No importa.
Nada importa.
Debe concentrarse. Prepararse en cuerpo y alma para sobrevivir al paso del río por su piel. De lo contrario el Estigio lo abrasará, cuerpo, alma, mente, lo que encuentre antes. Y aun preparándose no tiene una garantía al cien por cien de salir victorioso de ese chapuzón, de que la cuerda que lo ancla a la vida mortal no acabe rota y arrojada también a la borda de esas gélidas aguas. No obstante del alto riesgo y peligro que corre, quiere intentarlo.
Va a intentarlo.
Flexiona las rodillas, tensa el cuerpo, pero antes de arrojarse a la afluencia de la corriente gira en redondo, alertado por una corazonada. La sensación de que lo están observando es tan fuerte que no alcanza a sorprenderse cuando completa la vuelta y se topa cara a cara con un guerrero griego, otro joven, de una edad aproximada a la suya, que le trae a la memoria el recuerdo del bribón de Ares, dios de la guerra.
Es su aspecto, alto y fornido, con el rostro lleno de cicatrices y el pelo oscuro rapado al cero, lo que llama a la confusión durante el primer vistazo. Los ojos que le devuelven resueltos y sombríos la mirada, sin embargo, rebosan humanidad, verde mar, mar profundo, mar bullente en un hijo de Poseidón. La flecha ensangrentada que lleva clavada en la pantorrilla izquierda, a la altura del tobillo, despacha, al instante, toda duda barajada acerca de su identidad.
Un nombre acude a sus labios. El de aquel que alude a un héroe. El de aquel de quien se dice que fue sumergido en el Estigio, sujeto por su madre Tetis tan solo por el tendón, el lugar que abriría más tarde su tumba, al volverse única falla en su defensa.
-Aquiles -susurra, sorprendido a pesar de sí mismo-, el guerrero más importante de la historia de los semidioses.
-Aquiles -el otro confirma, asintiendo, para a renglón siguiente replicar-, el peor guerrero de entre los semidioses.
-No es eso lo que alaban las leyendas.
-Las leyendas mienten. Engañan. Como viene siendo natural que hagan todo cuanto sale de las bocas de los mortales.
-¿Eres un fantasma? -inquiere, mirando con intensidad a la andante leyenda mestiza que tiene enfrente.
Aquiles viste una túnica blanca y armadura de bronce,un casco de guerra con penacho de plumas aguarda a ser encasquetado a la cabeza bajo uno de sus brazos.
-Soy tu conciencia.
-¿Mi conciencia? -Se toca la cabeza en un saludo militar, aunque el gesto despide burla y desdén-. El grandioso Aquiles es ahora mi subconsciente. Eso no me lo esperaba.
-Búrlate si quieres. Pero he venido a advertirte.
-¿Es esa herida la que te mató? -señala la herida que abre yagas en el talón del otro chico.
-No. fue mi arrogancia. Y de eso vengo a advertirte: no lo hagas. -Indica con el mentón las aguas del río que se balancean tras la espalda de él-. No lo hagas. No te zambullas ahí dentro.
Él se echa a reír, como si el peligro lo hubiera animado, puesto en el último spring.
-¿El camino de la gloria para ti solo?
-Prefiero llamarlo necedad. Engreimiento. Estupidez -recrimina el fantasma—. No lo hagas —insiste, voz apremiante, voz amarga, seria, voz arrepentida—. Te volverá muy poderoso, bien es cierto, pero también te hará más débil, más frágil. Y al propio estigio pongo por testigo de que no miento.
-Debo -sacude la cabeza-. No lo entiendes. Tengo que prepararme. Endurecerme para lo que se avecina.
-La dureza no es fortaleza. La dureza puede quebrarse. Y siempre, al final, se rompe. ¿De qué te valdrá entonces? Lo que tú buscas es fortaleza, y esa no la hallarás en esas aguas, créeme.
-Lo que busco es fuerza -asevera él-. Fuerza extra, poderosa, invencible. Ser imposible de derrotar. Destreza imbatible.
-Tu destreza en el combate superará la de cualquier mortal, de eso no te quepa duda. Pero, ¡escucha mi advertencia! ¡No desdeñes mis palabras! ¡No desoigas mis consejos! Porque tus debilidades y defectos se acrecentarán también. Y entonces, ¿de qué te habrá valido?
-De mucho -le da la espalda-. De todo.
Entre sus planes se incluye albergar en su físico el espíritu de Cronos, amo de los titanes, padre de los dioses del olimpo, y para ello precisa que su cuerpono se desintegre en el camino, que incorpore a su naturaleza los mismos poderes con los que bautiza el Estigio a todo aquel capaz de salir indemne de sus aguas. Y esos son planes que ni el más guerrero de entre los guerreros va a desbaratarle.
-Como quieras. Si tan decidido estás en hacerlo -lo oye acercarse por detrás con un movimiento susurrante-, sólo me queda darte un último consejo. Y espero, por tu bien, que este lo cumplas a rajatabla. La muerte aguarda al otro lado, muchacho, en caso contrario.
-La muerte aguarda al final de cualquier camino, siempre al otro lado -replica él-. ¿Por qué llorar?
-Porque esta será dolorosa. La peor que jamás haya concebido imaginación alguna.
-Suéltalo ya.
Transcurre medio minuto de silencio, uno, dos... Sabe qué espera oír Aquiles: un «está bien», un «no lo haré», un «tienes razón», un «me retiro…». Pero está muy equivocado. No sería Luke Castellan, si cualquiera que viniera a hablarle lograra llevarle por la convicción de su propio camino. ¿Verdad?
—A los dioses pongo por testigos de que lo he intentado -suspira Aquiles, convencido al fin de que entre sus superpoderes no está obligarlo a cambiar de parecer-. Escucha, héroe, si vas a hacerlo, concéntrate en tu punto mortal. Nadie es invencible, no te engañes. Cada ley tiene su trampa, cada ángel su demonio. Incluso el objeto más perfecto es vulnerable bajo ciertos factores y circunstancias. Por tanto imagina un punto de tu cuerpo; ése seguirá siendo vulnerable. Será tu punto mortal. Y por ahí anclará tu alma a tu cuerpo, lo acordonará al mundo, a la vida. Ésa será tu mayor debilidad, y el resto de tu cuerpo, tu mayor esperanza.
-De acuerdo. Consejo oído. -No obstante, no puede reprimir el añadir otra pregunta, una duda que lleva rondándole desde el principio por la cabeza-. ¿Y qué pasará si no lo consigo? Si pierdo el ancla.
-Si pierdes de vista lo que te sigue haciendo mortal, el río Estigio te abrasará y te hará cenizas. Cesarás de existir.
—¿Y cualquier punto del cuerpo puede servir de ancla?
—Sí —Aquiles se mira los talones—, aunque te recomiendo que no me copies. Si es cierto que he pasado a la historia, no te conviene que tu punto coincida con el mío. La asociación de «tendón» y «Aquiles» es demasiado automática. Ni tampoco las axilas ni la cabeza ni tus partes nobles. Ningún lugar es bueno para poner ahí su vulnerabilidad, por supuesto, pero los talones, menos todavía. Y te lo pido, descarta también el culo. Hazme ese favor. La frase de «una patada al trasero» ya tiene bastantes connotaciones negativas. No hace falta añadir una más.
Se muerde el interior de un carrillo, barajando localizaciones estratégicas, extremidades que puedan servir lo mejor posible a sus propósitos, un lugar suficientemente pequeño e irrelevante, suficientemente fácil de quitarle importancia. La espalda, el ombligo, los omóplatos pasan por su cabeza. Pero al final piensa en el pliegue del antebrazo, y es por ese sitio por quien se decanta finalmente. Es una zona tan obvia que, por ello, se descarta enseguida. Además, queda bien defendido bajo la armadura, y muy pocas son las posibilidades de que un arma vaya a golpearlo ahí, accidentalmente, por no decir que vayan a herirlo allí, concienzudamente.
—Supongo que sólo me queda darte las gracias —dice, cabeceando para dar a entender que ya lo tiene pensado y escogido.
El semidiós llamado Aquiles lo mira ceñudo.
—Qué no daría por estar en tu lugar y que alguien me hubiera advertido de lo mismo que te estoy aconsejando.
-Mira...
-Prepárate, necio mestizo -lo acalla sin miramientos Aquiles-. Tanto si sobrevives como si no, acabas de sellar tu perdición.
Y tras esa alegre declaración, lo empuja por la espalda, arrojándolo al Estigio. Cae en silencio, sin ninguna protesta, sin ningún gruñido, sin posibilidad de refrenar la caída y llenarse los pulmones de reserva de aire. Mientras su cuerpo surca las distancias, recuerda la advertencia, hace caso del segundo consejo y se imagina un hilo, un cordón vital que lo conecta con el mundo, y que va desde la cara interna y opuesta del codo hasta lo alto, el cielo.
El río sale a su encuentro. Y se hunde en él con un brusco golpe, una bofetada húmeda que lo tumba de bruces a la corriente. Al instante...
Quema.
Duele.
Desgarra.
Zambullirse en el Estigio es el peor de los calvarios. Un dolor de quemadura multiplicado por diez. O cien. O mil. Es entrar en contacto una partícula de su cuerpo con la primera de las gotas del agua del río para que, de inmediato, se le aflojen los músculos, empiece a ahogarse, pierda todo autocontrol y dominio de su cuerpo, de su conciencia, del ser que él es. El dolor es fuerte, un golpe fulminante, una descarga de mil voltios.
«Así debe de sentirse el ser alcanzado por un rayo», piensa, «ser tocado por un rayo huido de los cielos y robado a la tormenta».
Su mente no tarda en intentar escindirse; partes de ella dejan de estar enteras y empiezan a agujerearse, a perderse. Se siente ajeno, aletargado, como un cadáver muerto desde tiempos tan remotos que hasta la vida es un sueño sin recordar. La oscuridad entra por la nariz, la garganta y los ojos. La oscuridad le da la mano para conducirle al silencio.
Lo devora por dentro.
Lo abandona al desmayo.
Pero en la inconsciencia no hay alivio que le tienda la mano. El dolor lo ha seguido hasta ahí, hasta el desvanecimiento, y lo mantiene despierto en esas tinieblas acuáticas, en esa oscuridad mental. Cada nervio del cuerpo le arde, le molesta, le hiere. Siente que se disuelve en el infernal líquido. La confusión lo atonta, lo hunde, le hace perder de vista el consejo de Aquiles. El dolor lo vence, lo encadena, le arrebata la identidad de su ser.
Entre tanto, una serie de recuerdos fragmentarios se proyecta y desdibuja entre los pliegues de esas aguas, algunos tan deprisa que le resulta imposible identificarlos o acabar de mostrarles deferencia. Atisba como en un parpadeo multitud de rostros conocidos: Grover, May, Annabeth... incluso en una de esas cree ver a Hermes. Pero se desvanecen antes de que pueda perfilar sus rasgos, o preguntarse por qué están ahí, a qué responde esa ilusión que le hace verlos y sentirlos cerca, bajo el agua, con él. A la fugaz visión de sus rostros también lo acompañan palabras:
—Luke... —oye musitar a la voz de su madre—. Te echo de menos. Mi dulce niño. Regresa. Regresa a mí.
—Me prometiste una familia... —dice Annabeth—. ¿Cómo vas a cumplir tu promesa, si te hundes?
—Vuelve, hijo. —Quien habla esta vez es su padre—. Vuelve a mi sendero. Vuelve con los dioses.
—¡Con el dios Pan! —clama su guía, antes amigo, Grover.
El chico percibe cómo cada una de sus extremidades se disuelve en el agua, que se le desgarra la piel; siente cómosu alma da tumbos y gritos silenciosos y acongojados para intentar huir de la tortura que supone en esos momentos su carne.
—El cordón —dice una voz nueva, conocida—. Recuerda el cordón. Sujétate a él.
—No puedo —gime, perdida toda lucidez—. No puedo, no puedo, no puedo... aire. Me falta el aire.
—¿aire? Yo tengo. Yo soy el aire. Soy tu aire. Estoy arriba, aquí, sube, puedo ayudarte. Pero tienes que agarrarte. Sujétate. Sujétame.
Saca una mano del agua, la extiende hacia la voz sorprendentemente dulce y sorprendentemente segura que lo anima a seguir. De pronto sus dedos se topan con algo alargado, algo duro, húmedo, rugoso... y, aun así, suave, cálido. La cosa se enrolla alrededor de su antebrazo, con una sacudida firme. Y la corriente tira de él, pero no arrastrándolo, más bien llevándolo, elevándolo. Llevándolo a su vera. Llevándolo a su lado. Y la voz no para de animar:
—Sujétate, sujétate.
A los dedos se suma el resto de la mano, después el brazo, después el cuerpo. Sus piernas topan con la raíz de un asidero; afianza los pies, encorva las palmas... a su cabeza acude la imagen de una cuerda que lo ata a la orilla. Pero la imagen es trémula, tan pronto es cuerda como al instante es la rama de un árbol. Da lo mismo. Le sirve igualmente de propósito. Asciende por ella, sube a pulso por la cuerda, trepa por el árbol.
—Aguanta, tonto. —Y esta vez sí reconoce la voz. Es la suya, aquella que sus oídos llevan años sin escuchar, la de ella, la de esa chica. Y es a su nuevo cuerpo, el pino, al que se aferra de brazos y piernas, la línea que sigue de vuelta a la vida—. Aguanta, aguanta. —voz clara, voz dolorosa, voz añorada—. Si te sueltas es que eres más idiota de lo que te creía.
La rama se resquebraja, la cuerda se tensa. Y la ve. La reconoce por el cabello negro, los ojos azul intensos, la elegante curva del blanco cuello al descubierto, los delicados ángulos de los rasgos, el gesto de la boca arqueada en una sonrisa que no conoce fin.
—Eres tan idiota a veces… —Ríe, afectuosa—. Ven. El aire está arriba. Está aquí, conmigo. Agárrate de la cuerda, de la rama, de mi mano. No te sueltes. No te rindas.
—Jamás —asegura, sin privar ni un instante a sus ojos del placer de contemplar la esbelta y femenina figura que va ganando contorno y perspectiva a medida que se aproxima—. Jamás, jamás. Jamás.
Y de pronto la cuerda desaparece. Pero ya no hay peligro. Se halla en lo alto del árbol. Un pino, nada menos. Entre sus ramas, donde el follaje ofrece más seguridad, una chica aguarda descalza y sonriente, sosteniendo entre las manos el otro extremo de la rama a la que se aferra, tendida la otra mano en ademán invitante.
Lleva unos vaqueros agujereados, en las orejas unos pendientes en forma de calavera; y el pelo negro erizado en punta, revuelto como de costumbre, al estilo punk, bajo una diadema hecha de flores de múltiples colores y frutos silvestres. Una chaqueta de cuero negro cubre sus hombros, y bajo ella, lo más extraño, luce la camiseta naranja del campamento mestizo, cosa extraña ya que sabe que ella nunca llegó a pisar la guardia del camping griego.
Su cara se hiende de oreja a oreja por la sonrisa más grande que jamás haya esbozado su corazón.
Ella ríe mientras le hace espacio en lo alto de la rama; ríe cuando él la aprisiona entre sus brazos y le rocía el pelo de besos y sonrisas; ríe cuando él la invita a sentarse a horcajadas en su regazo, las piernas rodeando su cintura y los cabellos negros mezclándose con los rubios del chico; ríe cuando se tumban, cuan largos son, sobre el grosor de la rama, pecho contra pecho, aliento contra aliento, manos calurosas, labios entrelazados, besos del reencuentro sanando cada fibra de su magullado cuerpo.
Es una avalancha de sensaciones donde el placer, la pasión y el dolor se entremezclan de un modo perfecto.
-Aguanta... -vuelve a decir ella-. Aguanta, aguanta, respira.
Los recuerdos fluyen de vuelta a su memoria, depositados con cada beso de los labios de la chica en los suyos; vuelven vívidos y llenos de colorido, frenando la sensación de estar disolviéndose. Su nombre es Luke. Luke Castellan. Aliado de Cronos, enemigo de los dioses. Enamorado de ella. De esa chica, una mestiza. Quien ya no existe. Quien fue convertida en árbol, por lo tanto no puede estar recibiéndole. El árbol se hunde bajo su espalda. El cuerpo que tiene encaramado encima, fluctúa, cambia y se agita como ondas de agua. La voz de ella se va desvaneciendo, pierde fuerza; su silueta se desdibuja, pierde contorno, se vuelve casi transparente, fina como una imagen pintada.
Los besos son sueños.
Su cuerpo es irreal.
El rostro hacia el cual tiende las manos para acariciarlo no es más que...
Aire.
Bruscamente, sale como despedido del río y se derrumba en la arena, lejos, muy lejos de la orilla. El árbol y la chica desaparecen mientras él se aleja volando. Rueda hacia un lado. Tose. Se arrastra, solloza, hunde los dedos en la tierra y recupera la realidad, lejos, aún más lejos del contacto de la chica.
Se hace un ovillo; no es un río lo que está viendo enfrente, sino la cara de una chica, sus manos que lo buscan, sus labios fruncidos en unos besos que nunca recibirá. Siente que el mundo se resquebraja a su alrededor, cáscaras de huevos rompiéndose al obligarlo a emerger a la realidad. La voz de ella se desvanece, junto con la sensación rugosa del árbol bajo su espalda; el calor del cuerpo femenino apretujado contra el suyo se apaga de sus erizados cinco sentidos junto con el olor a fragancia, el clamor de su risa en el oído y, finalmente, la caricia del aliento de la joven en su rostro.
En la boca se le extinguen los besos de sus labios.
El antebrazo le arde; Dobla el brazo, se lo acerca a los ojos, y es ahí cuando ve que la piel está cubierta de un rojo intenso, y siente como si cada centímetro de su organismo hubiera pasado por un horno, asado a fuego lento. Trata de incorporarse, pero se tambalea y cae de vuelta al suelo, pesadamente, golpeándose los codos. El dolor le recorre los brazos, las lágrimas le dilatan las pupilas y le hacen brillar los ojos.
-Thalía...
Mira alrededor, buscándola, llorándola, llamándola, rogando por su vuelta. en el fondo sabe con lo que se va a encontrar, sabe que ella no está ahí, nunca lo estuvo; pero eso no impide que lo niegue durante un minuto, que, contra la cruda realidad, sus esperanzas tengan fundamento, y que todo resulte verdad. Pero no cabe duda. No tiene modo de engañarse. El silencio es respuesta, cruel y burlona respuesta. La imagen de la chica ha sido otra bofetada a la confirmación de su ausencia.
Su piel va recobrando el aspecto normal. El dolor por el remojón en el Estigio se va apaciguando. Pero otro dolor, más vivo, más vengativo, crece de apoco en su pecho. Haber utilizado la imagen de la chica a quien tanto añora y ama... no es justo; no es justo; no es justo. Algunos lo habrían tomado como un regalo... pero la angustia en la que se comprime su pecho espanta esa posibilidad de su mente.
Duele, hiere demasiado.
Fingir que la metamorfosis que la alejó de él es fácil siempre y cuando no tenga que engañarse así mismo. Ante los demás finge que no importa, que lo tiene asumido, que la herida ha sanado. Ante la mención del nombre o sacrificio de ella su única respuesta es una sonrisa burlona y unos hombros encogidos con frialdad. Porque se ha construido una coraza. Una coraza de indiferencia a lucir con orgullo, como una armadura invisible, un peso de cadenas a arrastrar. Tanto así que el disfraz ya forma parte de él, tan inherente a su persona como lo es en ese momento su sucio pelo rubio, sus ojos azules, despiadados y duros.
Únicamente en las horas de soledad, cuando ni la voz del titán importuna sus memorias, permite que la debilidad se filtre a través de esa coraza. Es una ausencia a la que nunca ha sabido hacer frente, y que el Estigio se lo restriegue así, por la fuerza, que remueva en el ataúd de recuerdos de los seres a quienes quiere, por volver a abrir la herida de la partida de ella... Oh, lo jura.
Jura que los dioses pagarán hasta por esto.
Por esa osadía.
A raíz de tan sombrío pensamiento y tan ferviente declaración de desagravio, siente cómo una entidad extraña, difícil de describir, se infiltra de puntillas en el interior de su cuerpo, igual que lo haría una mancha de humo de un cigarro; una mácula viva que se extiende y expande en cada fibra de su empapado y fortalecido cuerpo, para ir en post de la conciencia de su persona y adherirse al envés de su propia alma. Se expande tanto que no tardará en rebosar más del cincuenta por ciento de su interior.
Es como una planta carnívora cuyas raíces oscuras luchan y empujan sin delicadeza alguna por su anatomía, para abrirse camino entre los pensamientos de sus neuronas, entre la información genética y biológica de sus células. Y no dejar sitio para nada más, siquiera la esencia del propio chaval. Filamentos de ajena conciencia que buscan poner a prueba la consistencia de la carne donde ahora descansan, semillas de un titán que se asientan en el huésped en el que se ha convertido, un nuevo anfitrión al que, a partir de ese día, parasitar.
La oscuridad es densa, impostora, usurpadora. Es la condena al olvido del chico a quien corresponde realmente la propiedad del cuerpo al que posee, como lo haría un demonio. La oscuridad es un titán con pretensiones de aniquilar al Olimpo. La oscuridad entra por la nariz, trepa por la garganta y los órganos internos. Y la oscuridad incumple su palabra de respetar su cuerpo, de darle un trato digno, de no servirse de su identidad para su uso y provecho personal.
La oscuridad le da la mano... sí... para esclavizarle en el silencio.
····.
Volví en mí, cubierto de sudor, el cuerpo temblando sin control. Caí lentamente hacia atrás, con el culo por delante y yendo como a cámara lenta hacia el suelo, dando bandazos en una eterna oscuridad. El nuevo recuerdo se había abierto camino en mi mente, de forma repentina, sin aviso ni advertencia, sin haber sido despertado ni provocado por estímulo alguno... no, que yo supiera.
De alguna manera me di cuenta de que estaba sentado en el suelo de la sala de plegarias, delante del altar; miré como mejor pude, ya que aún tenía la vista borrosa, las velas e inciensos que ardían en platillos redondos de plata y hornacina, esperando la asolación e invasión de otro recuerdo, el flash back que me llevara en volandas y del cuello a otro momento del pasado.
Pero no pasó nada.
Las imágenes iban y venían, nada más, sin concretarse en un momento en específico. Me palpé las mejillas, en busca de las lágrimas que habían resbalado por ellas; tampoco las hallé. Después de tanto tiempo derramándolas en ese recuerdo, al parecer habían perdido la capacidad de aflorar nada más regresar al presente.
En el salón de rezos, una auténtica cascada de velas y antorchas brillaban con intensidad, y las ventanas sin cortinas permitían que retazos de cielo plomizo entrasen en rectángulos provenientes del exterior. También eso carecía de interés para mí en esos momentos. Un terremoto de recuerdos parecía asolar el interior de mi cabeza mientras me balanceaba hacia delante y atrás, delante y atrás, delante y atrás para huir o flotar por encima de las emociones que las imágenes arrastraban consigo.
Sin pararme a pensar, me arrastré hasta el pedestal donde descansaban las ofrendas a los dioses;metí la mano bajo la llama de una de las tantas velas, y no me separé hasta que no noté sobre la piel la lengua ardiente. Por un instante no sentí nada. Luego, como desde una gran distancia, oí gritar a alguien, y fue entonces cuando una cortina cayó ante mi vista y asfixió por fin el torrente de imágenes.
El dolor, las llamas, la quemadura y la angustia ascendieron por los nervios de mi brazo hasta fluir por todo mi cuerpo como cascada de catarata, por el brazo donde no estaba mi punto mortal, en un curso de río donde mi piel era la afluencia, y las ampollas de quemaduras que se levantaban entre mis poros, el agua que ascendía en relieve por un curso vertiginoso, el opiáceo del ardor consiguiendo apartar por completo las escenas rememoradas del pasado que destellaban tras mis párpados cual gráficos intestinales.
El platillo con su vela e incienso repicó sobre el suelo cuando una figura me lo arrebató de las manos y lo arrojó enseguida de cualquier modo a un lado, profiriendo un chillido de sobresalto y dolor.
Por fin las imágenes se detuvieron.
El mundo dejó de estar del revés, el cerebro amainó su tren camino del pasado hasta detenerse en la estación del presente actual, y volví a ser consciente de la voz de Silena, que gruñía cosas ininteligibles por encima de mi cabeza, entre las cuales sólo pude captar insultos a mi persona y gruesas maldiciones a todos mis muertos, mientras restregaba por mi magullada mano un paño frío y mojado.
Perdí el conocimiento por un momento. No fue por mucho tiempo. No debía de haber transcurrido más de un minuto cuando retorné a la conciencia.
—Hay luz en la ventana, pero está claro que no hay nadie en casa —estaba diciendo Silena.
—¿Qué? —oí preguntar a Clarisse en anonadada confusión.
—Sagrada Venus. ¡PuesQue sigue desmayada!
—Prueba a tirarte una vela encendida por encima, Silena —satirizó Rachel—, a ver cómo acabas.
—Me tientas..., pero no. —Rechazó Silena.
Noté como movía la mano delante de mis párpados cerrados, aunque en movimiento.
—Da igual. Despiértala.
Clarisse era toda pragmatismo y simplicidad.
—¿Cómo?
—Homre, pues llamándola y sacudiéndola. Así de simple.
—Ay, clarisse... —suspiró Silena—. Tú siempre tan delicada...
—Inténtalo y calla.
—¿Lucy? —apoyó la palma sobre mi frente—. ¿Lucy? —Se incorporó a media espalda—. Parece que no puede oír lo que digo. —Decretó, después.
—Parece que deberías escuchar para variar, entonces. —Susurré, con media sonrisa desfalleciendo en la boca, abriéndo los ojos.
Silena pegó un grito, más de alivio que de susto. Por encima de su hombro vi a Rachel. Agachada a su derecha estaba Clarisse. Tras ambas, la vela y el incienso siseaba y crujía en sus platillos de plata al derretirse y hacerse oloroso charco.
Al ver a la hija de Ares pensé automáticamente en Aquiles, en el gran parecido que ambos semidioses parecían tener con el dios de la guerra. La cara de Clarisse parecía más angulosa debido al juego de sombras que creaban los rayos filtrados a través de la ventana del salón; y aunque sus ojos oscuros estaban enrojecidos por la fatiga de tantos preparativos, su arrogancia habitual y expresión ceñuda seguía ahí, esa innata sensación de superioridad y de sombrío líder al mando.
-Deberíamos ir a buscar a un sátiro -dijo Rachel, machacando en su labio inferior la angustia que sentía por mí-. No en vano son los mejores, sanando.
-NO hace falta -rechazó Clarisse-. Tampoco es para tanto.
-¿Que no es para tanto? -Exclamó Rachel-. Se le ha caído una vela encima. ¡Una vela encendida!
-Y ha sido un desafortunado percance del que saldrá bien parada -la tranquilizó Clarisse. Luego se dirigió a mí-. ¿Verdad, Lucy?
-Del todo. -Hablé entre la malla de los dientes apretados-. Y enseguida.
-¿Ves, Rachel? Clarisse me palmeó la espalda, el gesto más cercano a una muestra de reconocimiento que la hija de Ares me había dirigido jamás-. Hazla caso. Escucha a la damnificada. Está bien. Salva y pronto sana.
-Eso espero. -Cortinas de pelo rojizo enmarcaban ambos lados del rostro de Rachel, y toda la inquietud, la esperanza y la expectación del mundo se concentraba en los ojos verdes que no se apartaban de los movimientos de los hábiles dedos de Silena.
Ésta me lavó los dedos chamuscados con un trapo frío y me vendó la mano tras aplicar a la quemadura una pomada que olía a hierbas y especias.
—El agua duele. —Declaré, en un acceso de desvarío—. Da sed.
—¿Has entendido eso? —musitó Rachel a Silena.
—Soy rubia, no tonta.
—Algunos creen que es lo mismo —aportó Clarisse—. ¿Sabes?
—Otros creen que los dragones existen. Y que la magia se imparte en un internado de Escocia. —Su cortina de platinado cabello golpeó mi mejilla cuando Silena meneó la cabeza—. Puestos a creerme flipadas, prefiero la versión de los segundos, la verdad.
—Rubia o no, quiere decir que la chica tiene sed —tradujo Clarisse a Rachel.
Silena cabeceó; y tras ofrecerme más agua, esta vez para beber, declaró que iba a buscar algo, algo de lo que no me enteré bien de qué se trataba, y me dejó a solas con una Rachel no menos sombría de expresión. La hija de Ares no tardó en pisarle los talones.
Giré el cuello para ver desaparecer las figuras de Clarisse y Silena, una alta y robusta, la otra espigada y delgada, todo un claro contraste que no hacía más que reseñar la extraña y peculiar amistad entre dos hijas de dos dioses tan antítesis como el amor y la guerra, como lo eran Afrodita y Ares, hasta que la puerta de la sala del salón se cerró entre nosotros.
—Da igual lo que diga Clarisse. Me preocupas.
—No me quedará cicatriz. —Me sentía ligero, drenado, vacío como un mundo sin viento, y esa sensación parecía filtrarse en mi voz, según todos los indicios detectados en la sombría mirada de la pelirroja—. Lo sé. Lo sé —reafirmé, mirando la venda que ocultaba la quemadura, la cual iba sanando, aunque no fuera a ojos vista—. Tranquila.
-No es una cicatriz lo que me preocupa -espetó Rachel, ofendida porque pudiera considerarla tan trivial y superficial-. Ese platillo ha caído así sin más, sin previo aviso. De repente. No me lo explico. ¿Y si...?
—No se ha caído —desmentí—. Lo he tirado yo. Aposta.
—Estás loco. ¿Lo sabías? —Los pasos de Clarisse y Silena se perdieron en el rumiar suave de los ruidos provenientes de la puerta entornada de la estancia. Me quedé a solas con la chica de roja cabellera—. ¿Por qué lo has hecho?
—Necesitaba escapar.
—¿escapar? ¿De qué?
Ella me vio retorcerme en el suelo, apretadas las manos con fuerza a ambos lados de la cabeza; se acercó a mí, se acuclilló y puso una mano en mi frente.
—Luke... concéntrate. ¿De qué necesitabas escapar?
-La besé -solté de golpe-. Y ella a mí también.
-¿Qué?
—He dicho que la besé —repetí en un susurro, mirando a todos lados como si fuera a ver esos besos de los que hablaba, andando y trepando por el suelo de la estancia—. Me invitó a respirar, y yo la respiré. Me invitó a aguantar, y yo aguanté. Lo hice por ella. Me rescató, ¿sabes?
Rachel se había medio incorporado de la impresión.
—¿Thalía? ¿Estás hablando de Thalía?
Asentí, sin encontrar palabras, aún mirando desesperado a mi alrededor.
-Thalía. ¿De quién voy a hablar, si no?
Rachel se tambaleó al ir a apoyar la mano en una silla; cuando recuperó el equilibrio, sus ojos brillaban; parecía una niña al que le hubieran dicho que las Navidades llegarían antes ese año.
-Por fin, por fin. ¡Se lo has contado! Menos mal. Ya iba siendo hora. ¡Cómo fue? ¿Cuándo fue? ¿Qué te dijo...?
-¿Le he contado? ¿El qué? ¿De qué hablas?
-De ti y Thalía. Por supuesto. La profecía. Se lo has dicho, claro...
-Yo no le he dicho nada.
Rachel parpadeó; se llevó las manos a las sienes, como si tratara de entender un rompecabezas especialmente difícil.
-¿De qué Tártaro estás hablando, entonces?
Como respuesta, toqué con la punta de los dedos la superficie reflectante de uno de los platillos, donde se reflejaba el contorno de una chica de pelo caoba, y luego me llevé esos mismos dedos a la cara, para después desplazarlos al antebrazo, donde se ocultaba mi punto mortal, mi ancla a la vulnerabilidad física.
-¡No te entiendo!
—En el Estigio —revelé, en una voz apagada, aún sin valor de mirarle a los ojos—. Fue la evocación que me ayudó a aguantar las aguas del río. Fue mi ancla en el mundo cuando necesité de un punto mortal al que aferrarme. Fueron sus besos... esos falsos besos... lo que me devolvieron la lucidez y me ayudaron a volver.
—¿El Estigio? ¿Has vuelto a ir al Estigio? —Su voz subió tantas octavas que incluso un murciélago que estuviera al otro lado de la ciudad lo habría oído sin problemas—. ¡Oráculo bendito! ¿Te has vuelto loco?
—Ni loco ni sordo. Baja la voz. Estoy hablando de la visión que he tenido.
—¿Visión? —Rachel se tapó la boca con ambas manos; me miraba con ojos redondos como platos. Había creído que no podía estar más desconcertada; pues bien, me había equivocado—. No me digas que... ¿eres profético?
—Los dioses jamás te oigan —me horroricé. Y a continuación pasé a explicarle con lujo de detalles cómo había sido el nuevo recuerdo.
—Oh. Lo siento —se compadeció al final—. Los deseos de nuestro corazón son armas de doble filo. Pueden emplearse contra nosotros o pueden ayudarnos a luchar. Tómatelo como lo segundo, Luke. —Me acarició el rostro—. Esa vez lo repudiaste, lo tomaste por ofensa, pero lo que quieres puede hacerse realidad esta vez. La ilusión puede dejar de serlo. Los dioses no comprenden bien el corazón humano; un titán, menos todavía. Tú no lo comprendiste en su totalidad hasta más adelante, cuando ya era demasiado tarde. El Estigio te mostró un deseo distorsionado; puede parecer retorcido y errado, manipulador, y quizá lo es, pero fue un deseo que te ayudó a escapar del peligro de acabar diluido por siempre en esas aguas de la perdición. La vida es pérdida, Luke. Una lección que aprendiste tarde. La vida es pérdida, pero también es oportunidad, metas logradas, sueños que no vayan a parar a la mar del Estigio.
—Dioses —exclamé, y cerré los ojos-. Eres peor que un psicólogo.
-Mmm -bufó ella-. Entonces, será mejor que me pagues por la sesión, ¿no?
—Eso sí que es optimismo —solté—. Y luego para que digan que soy yo quien va soñando flipadas…
-Los sueños tienen mucho poder —reiteró Rachel, hablando con más firmeza—. Igual que los deseos. Sobre todo los más profundos que oculta el corazón. Y el Estigio lo sabe. De ahí que hayas visto bajo el agua a quienes has visto y oído rodeándote.
Pasé la mirada por la sala, sin verla realmente.
-¿Estás diciendo que Hermes es uno de mis mayores deseos?
-Era -puntualizó-. Y sí, creo que lo era en ese entonces. El orgullo de tu padre, el afecto de tu madre, el afecto de tus amigos... -se detuvo antes de añadir, en voz queda-, la vuelta a la vida de Talía, su recuperación, su amor… toda ella.
Miré hacia Rachel, sombrío.
-No tienes que jurarlo. Lo sé. Pero una cosa es saber qué significa una ilusión, un sueño, y otra cosa bien distinta es enfrentarse a él. Es como reabrir una herida sin cicatrizar. Todo parecía real, lo sentía como real, lo viví como real. Y cuando salí de ahí… cuando me di cuenta que nada era cierto… -me encogí de hombros, aunque lo que realmente quería hacer era levantarme y gritar, darle patadas a algo, que alguien me diera una excusa para liarme a puñetazos con él hasta desahogarme-. Dolió —susurré-. Dolió el doble. Y aunque ahora todo eso no es más que un recuerdo… -tragué saliva-. Duele igual.
-Comprendo. -Enrolló nerviosa el índice entorno a un mechón pelirrojo-. Pero nada se compara a un sueño que lo que puede regalar la propia realidad. Y tienes delante un camino a encaminar para lograr que esas ilusiones, por muy vívidas que sean, sean burdas… comparadas con un beso de verdad. Además, a lo mejor no te vuelve a pasar. Ha sido un recuerdo aislado, un…
-De eso nada -la detuve-. Me volverá a pasar. Lo sé. -Y pasé a contarle los recuerdos con los que Hades me había embotado la mente, antes de regresar a la tierra.
Hubo varios momentos durante mi discurso en que la chica reaccionó de forma audible con aspiraciones bruscas, remover de pies, cambio de postura, toqueteo de la costura de la manga de la chaqueta o alisarse algún pliegue de la camiseta. Al acabar de hablar se llevó una mano a la frente, aturdida por aquella confesión. La reencarnación y las vidas transcurridas entre los años se hacía minúscula ante sus ojos, ojos de oráculo acostumbrados a ver el devenir del futuro, comprendiendo que tres vidas distintas se daban cita en mi aturdida cabeza, algo tan malo y confuso quizá como su capacidad de augurar.
-Menudo cacao mental tienes que tener en ese cogote.
—Así son los dioses y así dan la vida.
—A pesar de todo, suena y parece interesante.
—Oh, sí. Claro. Tan interesante como un accidente de tráfico. No lo dudes.
Rachel no me rió la broma. Estaba demasiado absorta digiriendo la bomba informativa que le acababa de soltar como para captar el ácido humor de mi voz. Respondí con un encogimiento de hombros a la pregunta no formulada de sus ojos.
—Duele mucho, si es eso lo que preguntas. Pero no un dolor físico —le tranquilicé—. Es un dolor emocional más que otra cosa. De verdad me encuentro bien. Puedo soportarlo. Puedo… —me mordí el labio inferior cuando otra imagen destelló en mi cabeza, yo, de niño, corriendo en la orilla del mar portando conchas marinas en las manos, y yendo al encuentro del abrazo y la sonrisa de mi madre. El recuerdo me dolió como una lanzada en el vientre.
-¿Luke? —La cautela de su voz estaba justificada. Me sentía perdido. Mareado. Indefenso-. ¡Luke!
-Estoy bien.
Ella bufó, un resoplido cargado de reproche y tensión.
-Pues no lo parece.
-Parece más horrible de lo que en realidad es, te lo aseguro.
Me incorporé hasta quedar los dos hombro con hombro.
—Tienes una pinta horrible —repitió ella, inclinando el cuello y mirándome de soslayo, una advertencia y un eco de mis propios pensamientos-. Y una mirada de loco en la cara.
—Gracias —dije con un educado movimiento de cabeza, un esbozo de reverencia—, suerte tienes que me haya tomado las pastillas de la locura, esta mañana.
—Mmm, cualquiera lo duda.
—Estoy bien —reafirmé—. No es el primer recuerdo que tengo. Sé de qué va esto. Me recuperaré. Estoy bien.
Tal vez ayudara el repetírmelo varias veces. La oráculo me miró atónita, sin creerme en ningún momento, como si pensara que además del pasado había perdido también la chaveta.
—Si tú lo dices...
-Lo digo.
Hice un esfuerzo por sonreír. Nunca me había sentido tan débil, tan arañado por un recuerdo, y lo peor era que ni siquiera era algo que hubiera pasado de verdad, sólo una ilusión más, dada por el Estigio.
-Deja de preocuparte. -Extendí la mano y le pasé un dedo a Rachel por su espesa mata rojiza; dejé que uno de los mechones se me enroscara alrededor de la palma, recordando el modo en que Thalía, la Thalía del recuerdo, había hecho lo mismo con mis propios cabellos. Aparté el brazo con brusquedad-. Estoy bien.
-Me alegro. -Se encogió de hombros-. Pero hay una cosa que no hemos mencionado. En cuanto a lo que decías antes... viste a Thalía en esa ilusión —retomó después, preguntando para cerciorarse de que había entendido bien—. ¿Sabes lo que eso significa, verdad?
—Sí. Que los besos no eran de verdad. Que todo ese momento mágico lo inventó el Estigio para mí, tal vez para torturarme, tal vez para tentarme a quedarme ahí para siempre, bajo sus aguas. Tal vez porque...
—Porque estás enamorado de ella —cortó Rachel, sin preámbulos—. Eso es lo que significa tu visión en el río. Ahí abajo sólo se ve a los seres queridos; es el ardid con el que el Estigio tienta a quienes se introducen en sus aguas. Estás enamorado de ella. Y ya lo estabas en ese entonces.
—Cuéntame algo que no sepa.
—¿Por qué no se lo confiesas? —Planteó Rachel—. A Thalía. ¿Por qué no le dices lo que sientes de una vez por todas?
—Artemisa —contesté, lacónico. El nombre de la diosa cazadora se convirtió en cuchillas en la punta de mi lengua—. Por ella.
-¿Otra vez con eso?
-Es el único argumento que tengo.
-Enclenque excusa, déjame decirte.
-Por supuesto que no.
Rachel echó hacia atrás la cabeza y dio un golpe en la rugosa base de la tarima, como si estuviera a un tris de dejarse vencer por la exasperación, agarrarme y sacudirme hasta dejarme hecho un pelele; el pelo le cayó sobre la cara como un cortinaje ensangrentado.
—Por supuesto que sí. Y eres de lo que no hay. ¡Un testarudo! ¡Un necio! ¡Un pesado! ¡Un...!
—¿Qué está ocurriendo aquí?
La voz curiosa de Annabeth flotó por encima de mi cabeza, seguida instantes después por la imagen de su figura, al aparecer en mi campo de visión, acompañada de su perfume característico, así como de Percy.
—Rachel está haciendo alarde de adjetivos —dije, adelantándome a cualquier explicación de la pelirroja. Sonreí a Annabeth—. Ninguno aplicable a ti, tranquila. Y hola, por cierto.
—Hola... y hola. —Nos dijo. Nuestras sonrisas fueron dos muecas idénticas cuando Annabeth y yo nos miramos, reflejadas en el mismo espejo. El espejo del saberse en presencia de amigos. El espejo del alivio por saber al amigo a salvo-. ¿Mal día?
-Parece que me haya levantado y escapado de mi propia autopsia.
-Qué sórdida eres, chica —resopló Annabeth, no exenta de razón.
Aun así sonreí como si me hubiera dicho que el número premiado de la lotería llevaba mi nombre impreso en el dorso.
—También tengo otras cualidades. Varias, de hecho.
—Oh, no. NO empieces. Mejor sórdida que presumida —bromeó en un murmullo Rachel.
—Amén a eso, amiga —asintió Annabeth, echándose el cabello hacia atrás—. Ahórranos por un minuto tu presunción, Lucy, por favor. Sólo dime, ¿qué tal? —Se acuclilló a mi lado—. Me he enterado que una vela se ha vuelto loca y ha intentado chamuscarte.
—Simple envidia. Porque yo brillo más, ya sabes.
—Eres incorregible —aseguró, aunque de una manera que insinuaba que más bien me consideraba alguien muy tierno—. ¿No habrás molestado a algún dios de ahí arriba, verdad?
—¿Yo? —Acepté el trozo de ambrosía que me había traído—. Soy tan angelical que casi ni me reconozco. Un monaguillo de domingo.
—¿Y el alarde de adjetivos, entonces? —Se rió Annabeth—. ¿A quién iban a calificar?
—A los propios dioses —respondió Rachel, despreocupada—. Por supuesto. Por si da la casualidad de que alguno está escuchando, ya sabes. Además, tengo mala memoria; pasar lista de calificativos me ayuda a no perder de vista de qué son capaces.
Annabeth nos miró con suma curiosidad y un leve fruncimiento en los labios, sospechando que ahí pasaba algo extraño entre Rachel y yo, pero no alcanzara a imaginarse el qué.
—Casualidad es el nombre que usa el destino cuando no quiere firmar con su nombre —recitó, haciendo digno alarde de su herencia genética de hija de Atenea.
—O cuando los dioses sintonizan el canal de Reality Show y curiosean lo que hace la humanidad —aportó Percy, con aire confidencial, como si los dioses estuvieran allí, a unos metros de distancia, y él no quisiera que lo escucharan cuchichear sobre ellos.
—Eh —dijo Annabeth, dubitativa—, lo cierto es que tengo una pregunta sobre eso. Sobre los dioses.
—¿Sí, Annabeth? —invitó Rachel, un tanto sarcástica—. ¿Y ahora qué te reconcome por dentro?
—Bueno, han encontrado el ejército de Ethan, ¿verdad?
—Sí —me sumé a contestar sin tampoco abandonar el sarcasmo—. Gracias por la noticia.
—Ejército de monstruos.
—sí.
Ejército de monstruos que responden ante un mortal.
Agarraba el bolígrafo donde tenía oculta y plegada a Backbiter con tanta fuerza que la correa tensada con que lo sostenía al cinturón se me clavaba en la palma; me martilleaba el corazón cuando afirmé:
—Ajá.
—Mortal que actúa bajo las órdenes de un titán.
Me di unos golpecitos sobre los muslos durante unos segundos.
—Ves al grano. No te sigo. —Pero sí, ya la seguía; claro que la seguía.
—¿No creéis que ahí falta algo?
—¿Algo? —No era el único que sentía aprensión por el derrotero que estaba tomando las indagaciones de Annabeth; el modo en que Rachel se asía las manos, dedos entrelazados y músculos en falsa relajación, confirmaba que ella también ya sabía hacia dónde apuntaba la hija de Atenea—. ¿Algo como qué?
—¿Qué es lo que siempre acompaña al despertar de un titán? —Fruncí el ceño; Percy frunció el ceño; Rachel también frunció el ceño. Y cada uno por una razón muy distinta. Annabeth se llevó las rodillas al pecho, apoyó los codos sobre ellas e insistió—. Pensadlo.
Negué con la cabeza; no como muestra de que desdeñaba las palabras de Annabeth, sino, justamente, por todo lo contrario.
—¿La amenaza? —Reflexionó Percy—. ¿Por el fin del mundo?
—Exacto. ¿Y qué más? ¿Qué otras advertencias y avisos saltan?
Los ojos del chico se abrieron con la comprensión.
—¡La profecía! —Y se giró veloz hacia Rachel-. La profecía.
—No. —Contestó ésta, adelantándose a la previsible pregunta de suamigo—. No me preguntes a mí. No puedo ayudaros. No soy la única oráculo del mundo.
—Pero sí del campamento —estrechó el cerco Annabeth; la emoción que templaba su voz no era ni la cuarta parte de la que hacía refulgir sus grises ojos—. Y si el campamento mestizo está amenazado, es costumbre que el oráculo nos ayude, nos ponga en aviso, que los dioses traten de ayudarnos a través de su profetiza.
—Es costumbre, sí —concedió la oráculo, clavando la vista en un punto indeterminado entre Percy y Annabeth—. Pero no una regla. Ni una obligación. Si los dioses tienen previsto actuar en consecuencia de la presencia de los titanes en el bando de los monstruos, tened por seguro que no me han hecho partícipe de sus planes. Puedo anunciar profecías, pero no todas las profecías son, ni serán, anunciadas por mí.
—Pero entonces... ¿no has tenido ninguna visión? ¿Ningún augurio? ¿Ninguna corazonada? —Insistió en saber Annabeth, con cierto ápice de desesperación en la voz—. ¿Nada que confirme el despertar de los titanes? ¿Nada que nos sirva de ayuda? ¿Nada que pueda orientarnos al buen camino?
Rachel la miró a los ojos durante un segundo y después apartó la vista e intentó centrar la mirada en cualquier cosa que no me tuviera a mí por foco.
—No.. —Incluso yo pude notar la falta de convicción y verdad en su voz. Por lo visto, nunca se le había dado bien mentir. Y Percy lo sabía. Y porque lo sabía y la conocía era por lo que su ceño no desaparecía—. Nada.
-Antes dijiste que tienes mala memoria -la recordó Percy.
-Para ciertas cosas, tal vez. Para otras, sin embargo, tengo una memoria estupenda -puntualizó Rachel-. Por ejemplo, las profecías. Nunca olvido una si la oigo. Y menos si viene de mi propia cabeza. Fue una buena deducción, Annabeth, como siempre. Pero esta vez no hay profecía alguna que vosotros debáis conocer.
Y no mentía. Rachel usaba los pronombres "vosotros", "debáis", para caminar al filo de la verdad, sin mentir a sus amigos.
—¿Estás segura? Rachel. ¿Completamente segura?
—¿Crees que podría olvidar una profecía en caso de haberla formulado? —Se indignó la chica, llevándose los puños a las caderas y poniendo los brazos en jarras, a pesar de seguir sentada, fulminando a Percy tan bien como lo haría de pie y erguida—. Oh, ya veo. Es mucho peor. Me consideras capaz de ocultaros un augurio. ¿Es eso? ¿Sospechas de mí, Percy, no es así?
—Claro que no —aclaró él con sequedad—. Confío en ti. Lo sabes. Y Annabeth también. Lo sabes.
—¿De verdad? —Replicó Rachel con frialdad—, porque no se nota. Nunca me callaría algo que os involucrase a ti o a Annabeth o a cualquiera de los demás semidioses. Deberías saberlo. En caso de que fuera necesario que tuvierais que estar al tanto de la existencia de una profecía que os atañe, os lo diría. Siempre. —Agitó la cabeza, consternada—. No puedo creer que tenga que estar dando explicaciones de mi poder, después de por todo lo que hemos pasado juntos. No puedo creer que me consideres capaz de esa bajeza. Y tú también, Annabeth. ¿Tan manipuladora me veis?
—No es eso —repitió Percy, ofuscado por la actitud defensiva de Rachel, pasándose una mano por la cara—. No es eso.
Annabeth no decía nada; se limitaba a escrutar a Rachel con ojos callados, incisivos, curiosos; la estudiaba como si fuera alguien singular, una criatura única en su especie.
—Y de todas formas... —me entrometí en el escrutinio de la rubia al dirigirme en cuerpo y mirada hacia ella—. ¿De qué te valdría una profecía, ahora mismo? Las profecías no se pueden cambiar. Sólo son avisos de lo que va a ocurrir, no advertencias de lo que puede llegar a suceder; son futuros certeros, no posibilidades. En el hipotético caso de que Rachel pudiera sacarse aquí y ahora mismo una profecía mágica de la chistera... ¿de qué serviría? Tal profecía sólo confirmaría lo que ya sabemos: queal menos un titán anda suelto. De no ser así, un ejército de monstruos no se estaría aproximando a nuestro campamento. La profecía de Rachel no es decisiva en esta ocasión; y tampoco aportaría luz al asunto que tenemos entre manos.
—Soy consciente de ello —musitó Annabeth—. Pero el conocimiento es poder. Y el saber nunca ha ocupado lugar. Es la segunda vez que siento, en menos de diez minutos, que algo se me escapa. ¿Lo curioso? Que en ambos casos estabas tú por medio. ¿Por qué será?—Alargó una mano hacia mí; me tomó de la barbilla, obligándome a sostenerle la mirada—. ¿Y qué será?
—Dímelo tú, Sherlock, ya que eres tan lista. —La dediqué una torva sonrisa—. Y hasta donde sé, me estás señalando sólo a mí, cuando Rachel también estaba aquí presente. Si vas a repartir sospechas, hazlo con justicia.
Los ojos verde mar del chico se giraron hacia mí; no recordaba ninguna vez en que Percy me hubiera incomodado nunca antes, pero, por alguna razón, en ese momento lo logró, y eso que estaba convencido de que no sospechaba que yo andaba metido hasta las trancas en la profecía que su amiga no les podía comentar ni decir. Me forcé a devolverle también fija la mirada.
—Un día es Rachel quien parece estar en el meollo de lo extraño, otro día resulta ser Victoria la implicada; otro día lo es Jack, otro día Christian. ¡Incluso Thalía! Pero hay un factor común en todos esos casos: adivina cuál.
—Hummm. Déjame pensar... —me llevé el índice a la barbilla, como si de verdad estuviera considerando la cuestión de Annabeth—. ¿Yo?
—Tú, Lucy. Tú.
—Oh. ¿De veras? Qué curioso. —Expresé con calculada desgana—. Aunque, si te soy sincera, no sé exactamente de qué me estás acusando.
—Yo tampoco. —Se echó a reír como si aquello fuera sumamente gracioso—. Pero sea lo que sea, sé que no es normal. Una rareza, de eso estoy segura; un patrón de anomalía que lleva repitiéndose mucho de un tiempo a esta parte. Desde que tú apareciste en escena por el campamento mestizo, de hecho. Comprenderás que no crea en las casualidades. No cuando vienen tan seguidas. Así que ten por seguro que voy a descubrir a qué se deben tantas irregularidades. No pararé de investigar hasta que lo consiga.
Me encogí de hombros, decidido a que no notara el estremecimiento que había recorrido mi espinazo al oír aquello.
—Ánimo, preciosa. Por menos se han hecho investigaciones de años.
—¿Sí, verdad?
La besé en la frente y me puse en pie ofreciéndole la mano a Rachel.
«Oh, sí».
Al cabo de un instante, después de mirar la unión de mi mano y la de Rachel como si ahí estuviera la resolución de sus sospechas, Annabeth se incorporó, asiendo la mano extendida de Percy y quedándose en pie junto a él, y delante de mí.
-¿Qué tal si entre tanto volvemos a la rutina?
Annabeth nos ofreció una sonrisa, que acabó convirtiéndose en una risa mordaz a cuatro bandas.
-¡Oh! Me parece estupendo.
....
Los días transcurrieron en su cadencia habitual. Hizo falta más de una semana para preparar la fiesta. No porque no se pudiera hacer más deprisa, sino más bien porque, como explicó reiteradamente Silena a las quejas de Clarisse, prefería «alargar lo máximo posible todo lo que rodeaba al evento». Y, de ese modo, dar a todo el mundo tiempo más que suficiente para reflexionar, relajarse, abandonar la presión bélica, sentir esperanzae idear actividades fastuosas. Tiempo para organizar, para confeccionar adornos, para cocinar recetas especiales, para preparar al campamento para una magnífica fiesta. Tiempo para que todos pudieran cambiar impresiones y alegrías e ilusiones mientras aguardaban con ansia el gran acontecimiento.
Mientras la idea calaba, los semidioses, tan cansados no sólo de pelear contra sus propios miedos y temores sino también de asumir el enfrentarse a la fuerza superior que se aproximaba, afrontar la dura, difícil y deprimente tesitura en que se hallaban, estar en un camping que de refugio ya tenía poco y que iba pareciéndose a un campo de batalla, lejos de sus familias y seres queridos durante tanto tiempo, se tomaron la perspectiva de la fiesta con entusiasmo y diversión. De tal modo que el baile de Silena se convirtió en un espléndido entretenimiento.
A muchos les caía simpática Silena, unos influidos por su despampanante atractivo, otros por su abierta personalidad. Era la clase de persona que a todos inspiraba un poco de recelo y curiosidad, un cierto sentido intimidatorio..., la clase de persona extrovertida que uno no sabe cómo tratar exactamente. La mayoría no comprendía muchas de las cosas sobre las que parloteaba, ropa, cosmética, etc, y tendían las más de las veces a tacharla de superficial y poco avispada.
Que hubiera planteado un evento para ellos, para sus ánimos, para que volvieran a sonreír contra todo pronóstico, renovaba las opiniones que de ella se tenía, así como renovaba el respeto que inspiraba; a parte de que proporcionaba al resto de hijas de Afrodita un orgullo interno de que era una de ellas, y no sólo eso, también que el gusto por ir siempre a la moda no hacía de ellas menos dignas de respetar, que su amor por ir siempre arreglada no riñaba en absoluto con la inteligencia ni la buena predisposición hacia el bienestar de los demás.
Los campistas, al principio simplemente complacidos la mayoría, no tardaron en contagiarse del espíritu de la celebración. Al segundo día, todo el campamento mestizo estaba contagiado del espíritu del acontecimiento, camping juvenil incluido, una respuesta entusiasta que era más de lo que había esperado obtener Silena en un principio.
Fragantes y ligeras ramas descortezadas eran sujetas a una cuerda y la cuerda dispuesta en forma de guirnaldas e izadas en la parte superior de las paredes externas de las casas. Vallas rojas, pétalos pigmentados daban color de bosque al resultado de esa innovadora decoración. Dentro, se colgaron de las paredes tapices de tela, cintas de seda con dibujos bordados que le otorgaban al material un sencillo aspecto de sofisticación.
Se despejó la gran zona central; la limpiaron de hierbajos hasta dejar el suelo totalmente al descubierto, aseado y verdoso, libre de la hojarasca caída de los árboles. A la cabecera de la zona despejada, Beckendorf y sus colegas herreros irguieron una plataforma encima de la cual tendría lugar la pista inaugural del baile.
A un lado del estanque se dispuso otra zona reservada para la fiesta, una hondonada apartada pero bien comunicada, donde los hijos de Apolo llevaron sus instrumentos musicales, y se pasaban las horas practicando diversas canciones y tonadas.
Se construyeron algo parecido a calles, de modo que en algún momento de la fiesta hubiera un desfile final donde presumir de atavío a ojos vista de todos.Todo se llevó a cabo con mucho humor y animación. Por donde quiera que uno fuera en cada parte del campamento, se percibía la vibración de los laúdes, se oía flautas y tambores, las notas agudas de liras y trompetas, o los acordes melódicos de instrumentos de cuerda como la guitarra y el violín. Se decía que algunos llegaron a temer desafinar más de lo que temían la horda de monstruos o al mismísimo titán.
Para mi sorpresa, incluso a las hijas de Artemisa les ilusionaba la perspectiva de que les prodigaran atenciones en un baile, aunque lo ocultaran con esa acostumbrada fachada de frialdad que se les conocía. Pero bastaba ver el modo en que se sonrojaban al dar la espalda el mestizo que se les acercaba para pedirles que le reservaran una pieza en el baile, para intuir que no eran tan indiferentes a la fiesta como pretendían hacer ver.
Entre tanto, Thalía seguía comportándose justo como me había temido, después de ese despertar tan espinoso: esquivándome. Pero los preparativos de la fiesta no dejaban mucho margen a la esquivación. No cuando coincidíamos en los grupos formados para encargarse de ciertas labores en específico.
-Eih... -la llamé, cuando me topé con ella dos días después de esa embarazosa situación.
Ella estaba en el centro de una intersección de pasillos, encaramada a una mesa que la separaba unos tres metros de altura del suelo, pegando un ramillete de hierbas y ramitas cubiertas de bayas silvestres en lo alto de la pared, a modo de sencilla aunque eficaz decoración.
-Ah, eres tú. Hola.
-Anda, mira. Me acabas de saludar. Ya no soy un fantasma. Eso es un comienzo.
-¿Qué deseas? -preguntó con voz carente de interés.
-Lo que llevo persiguiendo estos dos últimos días, mi gentil amiga -dije, imitando su tono apático-. Mantener una pequeña charla contigo. Y es que verás, no sé por qué, tengo la curiosa sensación de que has estado evitándome. Espero equivocarme.
Desvió la mirada una fracción de segundo hacia mí, hacia el largo, sombrío e interminable pasillo despejado que tenía a la espalda, pero pronto volvió a contemplar el resultado de su maniobra; su expresión era indescifrable.
-Oh. No te equivocas, no. Así que, ¿qué tal si me dejas y vuelves aquí más tarde?
-Claro, claro, cuando tú ya no estés, ¿verdad? -Le propiné una patada a la mesa; Thalía chilló, más sobresaltada por el ruido del golpe repentino que por el balanceo de la mesa que, fue leve-. Qué chica tan lista. ¿Y me lo pides justo después de haberme confesado que me esquivabas?
-Mira. Ha sido un día largo.
-Si te sirve de consuelo -dije, cruzándome de brazos-, no sólo lo ha sido para ti.
-Te esquivaba a ti, esquivaba a las cazadoras, a Annabeth, al campamento mestizo entero. Tenía mucho en lo que pensar y he buscado la soledad a propósito. ¿De acuerdo?
-De acuerdo, de acuerdo. -Sonreí, mostrando todos los dientes-. Tan de acuerdo como que no me moveré de aquí hasta que acabes. O hasta que te dignes a hablar conmigo. Lo que ocurra primero. Depende de ti.
-Te lo diré de otro modo, a ver si lo entiendes, ya que por lo visto las indirectas no son lo tuyo...
-No, no lo son.
-No quiero hablarte. Estoy enfadada contigo.
-¡Uy; pero qué novedad! -ironicé, apoyando con dejadez el trasero en un lateral de la pata de la mesa a la cual se encaramaba, estirando los brazos y sin llegar a rozar con el dorso de la mano su doblada pierna-. ¿Y esta vez puede saberse por qué?
Thalía escupió a un lado restos de hierba de la boca y espetó, acusadora:
-¡Podías habérmelo dicho!
-¿El qué?
-¡Cómo que el qué!
Tamborileé sobre la tabla de la pata de la mesa, fingiendo desconcierto, aunque sabía perfectamente a qué se refería.
-Sí, el qué.
-Que ibas a levantarte... -hizo un gesto vago y embarazoso con las manos-. Que cuando os despertáis, los chicos… los chicos… vosotros…
-Tenemos una erección -completé por ella-. Vamos a llamar las cosas por su nombre. Erección. Sí, nos despertamos «burros». ¿Y qué? Es el modo que tiene el cuerpo en darnos los buenos días.
-Pues eso mismo. Lo que sea. Me da igual cómo lo llames. Ni por qué saludo matutino lo interpretes. El caso es… ¡tenías que haberme avisado!
-Y tú tendrías que haberme dicho que al despertar bostezas, suspiras, te estiras, parpadeas, tienes legañas, te restriegas los ojos...
-No digas tonterías. Eso es natural. Y evidente.
-Pues igual que lo mío -zanjé-. ¿Por eso me esquivabas? -arañé con la uña la tabla plana de la mesa, que me quedaba bastante alta-. Chica, esperaba un motivo más original por tu parte.
-Oh. Pues siento decepcionarte.
-No pasa nada. -Aseguré, asintiendo, sin conceder importancia a su tono sarcástico-. Pero ahora baja de ahí.
-¿Qué dices?
-Ven aquí.
-Por supuesto que no -me fulminó con la mirada-. Aún no he terminado de decorar la pared esta...
-Por hoy, sí.
-¿Porque tú lo digas?
-Qué remedio. Si te comportases como una persona adulta y enfrentases los problemas y no pretendieras aplicar la fórmula de esquivar, a todo...
-No pienso bajar a ninguna parte contigo -sentenció, firme-. Entérate.
-O más bien entérate tú -espeté-. Verás, Thalía. O bajas o subo y te bajo yo mismo —reiteré, hablando con frívola paciencia—. No tienes de qué preocuparte. Terminaré pronto. La perspectiva de pasarme el resto de la tarde o de la hora viéndote decorar paredes me resulta tan poco atractiva como a ti.
-A mí me gusta esto de decorar -protestó, la mentira brillando claramente en los tirones impacientes que le propinaba al tallo colorido que pensaba añadir a la hilera queya colgaba de la pared.
-Descuida. Más te gustará lo que vamos a hablar.
-Lo dudo.
-Baja a comprobarlo.
-No.
-Baja.
-¡Que no!
¡Dioses! ¿Se podía ser más tozuda?
-¡Thalía!
-¿Sabes una cosa? ¡Empiezo a estar hasta las narices de tu...!
-¡Qué casualidad! ¡Yo también! -estallé-. Por eso te digo que bajes. Vamos a hablar. Quieras o no.
-No puedo. ¿Vale? -Su voz sonó presa de pánico-. Bajar así sin más.
-Ah. ¿Tienes vértigo?
-Ese es un motivo, sí -admitió-. Pero no el único -afirmó-. Ahora no es el momento. De verdad. -Movió las manos ante sí como si buscara un asidero invisible que la salvara de la ausencia de suelo bajo los pies-. Tengo que seguir colgando esta decoración. Si no, Silena vendrá y me matará.
-Tranquila. Correré ese riesgo por ti.
-Ja. El chico se cree gracioso. -Avanzó hasta el extremo de la mesa con la mirada fija en la distancia del par de metros que la separaban del suelo.
-Venga ya -me impacienté-. Sólo son tres metros. No es un precipicio entero. En cualquier caso, ¿cómo te has subido hasta ahí, si puede saberse? No veo escaleras.
-Con ayuda, por supuesto. Y además subir es fácil. Sólo tienes que avanzar sin mirar abajo.
-Bueno, pues ahora invierte el papel. Desciende… sin mirar abajo.
-¡No puedo! ¡No es lo mismo! Siento que al saltar de esta horrible mesa acabaré con muy posibles consecuencias de abocarme a una muerte atroz.
-Eres una cazadora. La muerte atroz va contigo.
-No me haces gracia.
-Bien. Porque no lo pretendía. ¿Entonces qué? ¿Cuál es tu plan? ¿Piensas quedarte toda la vida allá arriba?
-¿Y qué si lo hago? -Replicó Thalía, como si estuviera proponiendo algo sumamente lógico y yo fuera ahí el especialmente torpe de entendederas-. No tiene nada de malo.
-Nada. Excepto que necesitarás comer y dormir, por no hablar de ir al baño. En fin, mucho soporte para tan poca madera, ¿no te parece? O a lo mejor prefieres que suba para cogerte en brazos y rescatarte de esa prisión, madera de vértigo, mi querida damisela en apuros.
Thalía se mostró horrorizada.
-¡Por supuesto que no! —Y a continuación intentó bajar, tanteando a ciegas con el pie y apretando los párpados, vencida por un repentino ramalazo de vértigo.
-¡Cuidado! -advertí cuando su pie resbaló por el lateral de la mesa.
Thalía soltó un chillido, el pulso le falló y el montón de hierba colorida que aún no había colgado a la pared resbaló sin freno de la mesa.
-¡No vuelvas a hacer eso! -Protestó, llevándose una mano al pecho-. Me has asustado. ¿Y ves? -Señaló acusadora el charco de hierba que se había formado en el suelo, a mis pies-. Mira lo que has conseguido. Ahora todo se ha vuelto un desperdicio total.
-Bueno... -barrí con el pie y como mejor pude buena parte de las hierbas-. Míralo de este modo: ahora ya no te queda más remedio que correr el riesgo de bajar.
-Y hablando de riesgos, creía que ibas de camino a la cocina —terció, desde arriba, alzando la voz como si estuviera a kilómetros de altura y no a un par de metros de mí—. ¿Cambio de planes?
-Sí. Ahora que te he visto —respondí, conciso—. Ya ves.
—Lo que veo es que Clarisse se enfadará y fruncirá el ceño si se entera que te has escaqueado de tus obligaciones y ella no. Y Silena será peor. Esa chica es una fiera. No te recomiendo que la desobedezcas, precisamente.
—Silena está ocupada, repartiendo amor y besuqueándose en el comedor con Beckendorf. No se enterará —dije a la cazadora—. Y en cuanto a La Rue... bueno, según mi larga, lastimera, dolorosa y extenuante experiencia, tratar de desaparecer el ceño a Clarisse es algo apocado al fracaso. Así que me da lo mismo. —Tamborileé con los dedos sobre la mesa a la cual Thalía estaba subida, indicándole que no me había hecho perder el norte del tema original de la conversación—. ¿Y bien? —Esbocé mi sonrisa más encantadora—. ¿Bajas o no?
-No.
-Vaya. ¿Significa eso que quieres practicar salto de Súper Man?
Ella me miró con ojos entornados.
-¿Practicar salto de Súper-man quiere decir en tu vocabulario lanzarme al vacío desde aquí arriba?
-No. -Sonreí, una mueca recalcitrante-. Significa dejar de darle más vueltas y lanzarte a mis brazos y confiar en que te voy a atrapar a tiempo.
Nos miramos, ella agazapada sobre la mesa y yo abajo, con los pulgares colgando de la trabilla del pantalón.
-¿Confiar?
-Vamos, Thalía —suspiré, extendiendo los brazos—. Salta de una vez. Ya.
Y Thalía cerró los ojos y saltó.
Recogidos por instinto brazos y piernas para mitigar cualquier impacto al cuerpo, mantuvo los ojos cerrados y la línea de los labios apretada con fuerza mientras salvaba las distancias. Fue a parar directamente a mis brazos. El peso de su cuerpo chocando contra el mío causó desequilibrarme un poco y echarme hacia atrás, pero logré recuperarme a tiempo. No abrió los ojos hasta que notó mis brazos rodeando su cintura y sujetándola con firmeza.
-Me has cogido! -Se maravilló, hablando sin aliento y temblando de pies a cabeza entre mis brazos-. Uff. Gracias. Por un momento temí que no llegarías a tiempo.
-¿Y dejarte caer? -Respondí con sufrida indignación a su semblante pálido-. De eso nada. Tengo entendido que aún te queda hacer el testamento.
-Y con tu rescate te acabas de ganar que te mencione en una de las cláusulas.
-Oh, gracias. -Me llevé la mano al pecho, dramático-. Mientras no sean tallos de flores lo que me dejes...
-Ya veremos, ya veremos... -se rió-. ¿He gritado? —Preguntó después con franca curiosidad, aún temblando como una hoja—. Mientras caía, quiero decir.
-¿Que si has gritado? -Sonreí de lado-. ¿Es que acaso no has oído como un ruido de cristales haciéndose añicos? Esa era tu mejor voz de bansee.
-Exagerado...
Sentir su cuerpo contra el mío me provocaba instantánea reacción física, como sequedad en la boca y celeridad en el ritmo de mis pulsaciones.
-Lo curioso es que no. Esta vez no he exagerado ni un poquito.
Permanecimos así de abrazados con la mirada fija en el lento ocaso que extendía su declinación tras la ventana; el sol finalizaba su jornada por los cielos, y pronto pasaría a ser un fantasma inocuo, con el calor de sus rayos como único recordatorio de su presencia por el día.
—Qué vistas más bonitas —musitó Thalía, haciéndose eco de mis pensamientos.
—Gracias. Es lo que tiene estar bueno —bromeé, sin apartar los brazos de su talle.
Ella resopló ante mi chulería, sin brindarme una mirada o codazo o pisotón, y sólo apartó la vista del horizonte para dirigirme su acostumbrado gesto de exasperación, dejar los ojos en blanco. Pero de pronto exclamó:
—¡Uy! Ahí va, espera... ¿eso de ahí no es…? —Su índice señalaba un punto indeterminado detrás del cristal dela ventana—. ¿No es…?
—¿Qué? —pregunté, al instante interesado, entrecerrando los ojos, tratando de distinguir lo que apuntaba—. ¿Qué ves?
—... ¿El resto de universo que no gira a tu alrededor?
—¡Vete al cuerno! —Resollé, decepcionado, mientras Thalía se reía en mi cara—. Creí que habías visto algo grande, gordo. Curioso. Interesante.
—Oh, y así es. —Amplió su sonrisa maliciosa, remachando-, tu engreimiento.
-Bueno, algo es algo -resoplé.
-Bueno, ya estoy aquí -se apartó con suavidad de mi abrazo-. ¿Qué querías?
-¿La verdad? -Acomodé un mechón de oscuro cabello por detrás de su oreja-. Nada. Tan sólo asegurarme de que has comprendido que lo de la otra vez se debió a una reacción natural. Te lo recalco para que no te asustes la próxima vez que…
-No habrá próxima vez. -Declaró, abrazándose a un grado nuevo de seriedad, reculando otro paso, esquivando mi mirada y bajando hasta el suelo-. Nunca más.
Se produjo un tenso silencio en el que me limité a observar cómo recogía con las manos tanto tallo de hoja como le era posible.
-¿Por qué será que no me extraña esa decisión? -Dije al cabo de un rato, suspirando-. Pero está bien. Como quieras.
—La razón es más sencilla de lo que puedas llegar a imaginar —explicó, atribulada, aún empeñando toda su atención en recoger las vallas caídas.
—Yo ya no me imagino nada, Thalía —dije, compungido—. No, tratándose de ti. Y no tienes que darme ninguna explicación.
Me agaché a su lado y le ayudé a recoger las hierbas que habían quedado desperdigadas por el suelo.
-Pero quiero que entiendas -murmuró.
-¿Qué hay que entender? —Coloqué un puñado en la pequeña montaña que estaba alzando junto a sus rodillas—. Quieres volver a dormir en tu cama. Sin compañía. Me parece bien.
De pronto detuvo el ademán. Se volvió y cubrió mis manos con las suyas. Di un respingo. No me esperaba que tuviera ese gesto tan cercano conmigo, menos que lo iniciara ella, menos cuando estaba hablando de marcar las distancias.
—Mírame.
Obedecí, como siempre que me pedía algo.
—Te equivocas de medio a medio -susurró, cuando constató que tenía mi atención puesta sobre ella.
-Ilumíname, porque estoy perdido. -«Perdido en el cielo de sus ojos que me atraían como imanes, a pesar de estar alejándose a cada segundo».
Las manos de Thalía eran fuertes, y cálidas, ásperas por el uso del arco y delicadas al mismo tiempo, llenas de Marcas, residuos de los retos de lucha a los que había hecho frente, y tan sudorosas y temblorosas como las mías.
-No, no es por lo que piensas.
-¿Entonces, qué he de pensar?
-Es por esto. -Me rozó la cara-. Y por esto. -Se llevó las manos al pecho.
Parpadeé.
-Vale. Ahora sí que estoy en blanco -la miré sin entender.
Sacudió la cabeza, incrédula.
-No me pidas que sea más específica. Te lo he explicado lo mejor que he podido.
-¿Tú crees que lo has hecho? —Intenté retirar las manos, pero o bien no me quedaba suficiente empeño o bien ella las sujetaba con demasiada fuerza—. ¿Y entonces, por qué sigo sin entenderte?
—Porque eres ciego. Y tonto.
—Y rubio. Y guapo. Y chulo. Y tengo un sinfín de cualidades. Y defectos. Pero eso no cambia el hecho de que siga sin entenderte. Y no por falta de ganas, eso te lo aseguro.
—No debí meterme en tu cama —aseveró, asidas mis manos a las suyas pero rehuido sus ojos de mi cara—. Eso fue una locura. Un atrevimiento. Una insensatez por mi parte.
-Creía que ayudar a los amigos no puede catalogarse de insensatez. -Borré de mi voz todo rastro de juicio por mi parte a su decisión-. Sólo te falta añadir que te arrepientes.
-No me oirás decirlo. -Extrañamente, parecía derrotada, como si hubiera querido afirmar precisamente eso mismo-. Sería mentir.
Soltó sin previo aviso mis manos, y no tardé en sentir un desamparo por la desaparición de su contacto. Se incorporó; quedó de pie ante mí, la mirada gacha y los brazos llenos de tallos de hojas, mientras yo continuaba con las rodillas plantadas en el suelo, a sus pies, en medio del pasillo y la cara alzada hacia ella, componiendo ambos una imagen propia de una pedida de mano. Cualquiera que nos viera no le costaría malinterpretar el momento, el mensaje de la escena. Pero me daba igual.
-Bastante difícil se me hacen las horas que paso contigo -musitó-. No puedo sumar a eso horas nocturnas. No puedo. Ni debo.
-Hablas como si estar conmigo casi fuera una tortura. -Se puso de pronto en tensión. Me miró con sus ojos azules, bajo las alas que eran sus pestañas. Sentí un pálido arrepentimiento. Pero ella se mantuvo en silencio, así que proseguí diciendo-. Ah. No sabía que mi compañía fuera un suplicio.
Quedó terriblemente seria. Terriblemente seria y terriblemente hermosa en esa seriedad. La frialdad de su mirada me desarmó por completo. Era una mirada de puro hielo. Bajo ella, volví a ver a la chica fría, borde e insoportable de los primeros días de nuestro reencuentro.
-Si realmente crees que he dicho eso -siseó, dolida y airada-, es que eres más tonto de lo que pensaba. ¡Un completo idiota!
Y se marchó, dejándome envuelto y abotargado en el rastro floral de su paso, una calinosa bruma de perfume de jazmín. Quedé ahí solo en el pasillo, con las palabras de Thalía repiqueteando en mi cabeza:
«Si te sueltas es que eres más idiota de lo que te creía». A ello se sumaba su último «Eres más tonto de lo que pensaba». Idiota, estúpido; corazón, Estigio… ¡Por todos los dioses! ¿Cómo no lo había visto antes?
-Oh. -Tuve ganas de darme de cabezazos-. ¿Ah? -Ganas de bailar, como loco-. ¡Oh! -En su lugar, me incorporé y deshice mis pasos por el pasillo, que de pronto se me antojó hermoso y brillante, lleno de colorido, y me encaminé al dormitorio, en dirección continua al tomado por Thalía y, definitivamente, en dirección opuesta a la que en teoría se suponía que debía ir.
Lo sentía por Silena, y mucho, pero mi parte de encargos de preparación del baile podía esperar. Un minuto. Porque acababa de descubrir algo importante. Que algo le atraía. Que yo le agradaba, y no en el sentido de amigos. Que le gustaba. ¡Nada menos! A Thalía.