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Historia 126109 — capítulo 32

Disclaimers: Los semidioses de la tierra que aparecen más abajo son de Riordan… los semidioses de Idhun y Limbhad, de Laura Gallego.

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Corrí hasta situarme junto a Thalía. Porque lamentarme no iba a ayudarme en nada. Mejor seguir adelante y actuar o, por lo menos, contraatacar de algún otro modo. Ella me echó un vistazo de reojo, apretó los labios y permaneció callada.

De pronto se giró y asestó una formidable patada a una piedra del camino, una piedra que probablemente llevaba mi cara impresa en su mente y que fue rodando canto abajo.

Estuvimos así andando durante un rato, rumbo a la explanada donde se llevaría la teletransportación a Limbhad, en un incómodo silencio por espacio de un minuto, hasta que no pude soportarlo más y decidí romperlo.

—¿Y ahora qué? -espeté-. ¿Piensas volver a retirarme la palabra?

—Pues sí.

Me atenazó su franqueza.

-¿Hablas en serio?

-No me gusta el tema que sacas.

—Tienes razón -concedí, conciliador-. No debí pedirte prueba alguna. Eso estuvo mal, fatal, muy mal por mi parte.

Thalía me miró con desconfianza, recelando de mi repentina retracción.

—Reconoces tu error?

«Vale, Luke. Hora de bajarse los pantalones».

—Más bien mi ceguera.

—¿Tu ceguera?

—Llevo unas cuantas mañanas seguidas recibiendo tus muestras. —Sonreí—. Es ingrato por mi parte no fijarme en ellas. Eso es como quitarles importancia, lo cual no es justo. No me había dado cuenta hasta ahora, pero son pruebas de lo que justamente te estoy pidiendo. No debería exigir más de la cuenta. ¡Lo siento! Tenías razón.

¡Zasca!

Ella abrió la boca, ruborizada hasta las raíces; pero no dejé que hablara; no le di posibilidad de que retirara su ayuda en un arranque de vergüenza u orgullo. Apreté el paso como había hecho antes Silena, y las dejé atrás, a ella y a Victoria, me mezclé con los otros campistas y fui al encuentro de Clarisse y Christian.

-…-…-     

Capítulo 31. Limbhad.

-…-…-     

La hija de Ares había montado su escenario de tablones sueltos en el espacio central de las casas. Los semidioses se congregaban a su alrededor, de pié en grupo de tres o cuatro o más, según sus amistades, con los ojos atentos, fijos en Crhistian. Todos se habían congregado para presenciar la partida de los doce campistas y los tres (esta vez sí) Idhunitas.

Nubes grises presagiaban tormenta, pero eso no era suficiente animadversión climática para mantener a resguardo a los campistas, bajo los techos de sus respectivas casas.

Cuando me acerqué, oí a Silena terminar de exponerles la idea del baile que se le había ocurrido. Los chicos la miraban entre espantados y corteses, graves los semblantes ante la perspectiva de tener que bailar, con lo patosos que se creían; Annabeth, Rachel y las demás chicas, jefas de sus respectivas casas, con manifiesto interés, y Clarisse...

Bueno, se habría dicho que a Silena le había crecido dos cuernos en la cabeza, a juzgar por el modo de mirar de la hija de Ares.

—¡Luke! —aquel fue un grito de júbilo que expresaba alivio más que alegría por parte de Clarisse, un suspiro escondido con significado añadido de «¡menos mal que has venido, por favor, líbrame de esta!».

No obstante, nada de eso pareció persuadir a Silena: estaba decidida a que se realizara esa pequeña fiesta en honor a levantar los ánimos al resto de campistas, y visual acusación de loca o no por parte de Clarisse, estaba claro que la chica al final acabaría saliéndose con la suya.

—. Os hemos estado esperando —dijo, cuando estuve a su altura; me agarró del brazo y tiró de mí, plantándome frente a Christian y Silena y usándome de excusa para acallar el parloteo entusiasta de la rubia—. Ya estamos todos. Podemos empezar.

Entre codazos y disculpas, Thalía y Victoria nos dieron alcance. La primera fue a reunirse con Percy y Annabeth, a quien tenía cerca, y la segunda con el masculino dúo maravilla de Idhun.

—Ufff, estoy asustada —musitó a mi lado Annabeth.

—Uff, eres humana —dije—. Deberías estar asustada.

Le tendí la mano y ella la agarró, con fuerza suficiente para hacerme daño, pero no me quejé. Nos quedamos así, asidos de la mano, observando en silencio los últimos preparativos de la marcha.

Entonces Christian se inclinó hasta tocar el suelo y acercó un dedo envuelto en llama azulada al suelo. a partir de ahí, fue ascendiendo el dedo por el aire, con cuidado, trazando suaves figuras invisibles en el aire, dibujando por último la forma rectangular y alargada de una puerta. En un lateral de la puerta, en el lugar donde estaría el pomo, escribió: «Idhun». Después alargó la otra mano, pasándose el anillo azulado al índice de ésta, y tocó la puerta perfilada con la punta de los cuatro dedos. Al instante el marco llameante se volvió real y se abrió, algo se dobló hacia dentro con un arrugar del espacio, dejando un rectángulo de luminosidad a ras del suelo.

Cuando estuvimos todos alrededor de la creada aunque no conclusa puerta interdimensional, enseguida Christian, Jack y Victoria se repartieron el orden de marcha, dividiéndonos en tres equipos, cuatro campistas por cada chico de Idhun. A Silena, Thalía, Annabeth y a mí nos tocó ser dirigidos por Christian. Algo que no hizo gracia a la rubia.

—¿Pero por qué viene el Chico Hielo con nosotros? ¿Por qué no el Bombón rubio, el que despide tanto calor? —Preguntó Silena cuando se dio por concluido el reparto de equipo—. ¿Eh, por qué? —insistió. De nuevo.

—Ya sabes por qué —respondió a su lado una Thalía cortante. De nuevo, también—. Y se llaman Jack y Christian. Has el favor de usar sus nombres y no esos apelativos tan cursis, si no te importa.

—No, no me importa —Silena decidió pasar por alto el tono cortante de la cazadora—. Siendo sincera, ninguna de esas razones me importa. Lo único que me importa es que tendré que irme a un viaje extraplanetario con un tipo frío y distante que me mira como si fuera a sacarme el cerebro por la oreja y dárselo a comer después a su mascota.

Alcé las cejas ante aquello.

—¿Mascota?

Ella hizo un gesto impaciente con la mano, sin despegar los ojos de Thalía.

—La serpiente alada ésa que lo acompaña de cuando en cuando.

No dije nada. Si los Idhunitas habían decidido jugar a ver cuál de nosotros, entre Thalía, Annabeth y yo, sabíamos guardar mejor un secreto, no sería Luke Castellan el pringado y el primero en perder aquel pacto de silencio. Además que daba igual.

Silena sabía que tanto Victoria como Christian y Jack venían de Idhun, un planeta colindante a la Tierra, una información que desde el principio era de conocimiento público en todo el campamento, pero nada sabía de sus personalidades dobles, y si supiera que el Chico Hielo y la serpiente alada de la que hablaba eran la misma... ¿cosa? ¿Criatura? ¿Persona? bah, el mismo ser... lo más probable es que se negara en redondo a ir con él. Bueno, más de lo que ya se estaba negando y quejando, se entiende.

A todos (vale, empezando por mí) nos había costado hacernos a la idea de que esos tres jóvenes compartían origen con la Tierra y un planeta del que, hasta entonces, jamás habíamos oído hablar ni señalar por libros o astrólogos. Contarles sobre sus segundas identidades, Jack en Yandrak, Christian en Kirtash… sería un golpe del que, lo dudaba mucho, algunos se pudieran recuperar.

—No quiero, no quiero, no quiero —Silena seguía erre que erre, brazos cruzados, mohín enfuruñado en los labios, puntera del zapato golpeando cada vez más rápido el suelo—. No quiero ir con él.

—La verdad es que no entiendo tus quejas —se extrañó Annabeth—. Quiero decir, ¿no has viajado ya con él? Y en aquella ocasión no te pasó nada. Sobra verte aquí, sana y salva y quejándote por algo por lo que ya has pasado.

—¡Esa vez tenía a Victoria como escudo! —Protestó Silena—. Y no fuimos a otro planeta.

—¿Quién es la gallina ahora, eh? —Provocó Thalía—. Da gracias que yo tenga la empatía de la que careciste conmigo, antes.

Silena bufó. Sonoramente.

—Lo mío es normal. Lo tuyo no.

Existe una broma recurrente (y secreta) entre los campistas sobre los niveles de las miradas de las cazadoras de Artemisa. El juego implica los Strike del béisbol. Dice así: «strike uno, ¡cuidado! arenas movedizas. Strike dos, ¡código rojo, peligro! Strike tres, ¡ay va, alerta que te dan! Strike cuatro, ¡ya, muerto estás!». Pensé que si el juego había llegado a los oídos de Silena, haría bien en recordarlo. Porque no cabía duda de que con sus comentarios se estaba acercando muy mucho a la segunda base.

—Mira. Vale. Es cierto que es frío y distante —consoló la cazadora, no obstante, eludiendo otra posible discusión—. Y el modo de hablar a la gente no hace más que reafirmar esa ilusión de gelidez. Y que cuando mira parece que fuera a sacar a pasear a la luz las vergüenzas de uno. Pero Kirtash no puede sacarte el cerebro por los oídos, doña Todoloexagero —dijo Thalía en un espectacular intento de mitigar el temor de la hija de Afrodita—. Sondear tu mente, sí, tal vez, ¿por qué no?Pero de los oídos no puede sacarte más que el obstinado cerumen que los tapona.

—¡Oh, qué bien! —Espetó Silena—. Jo, tía. Ahora sí que me tranquilizas. —Miró a la hija de Zeus de arriba a abajo antes de añadir con sarcasmo suficiente para agriar hasta a los mismísimos limones—. ¿Sabes? Deberías impartir un cursillo de cómo tranquilizar al personal. Se te da de miedo.

Thalía no hizo caso de su ironía y optó por decir:

—Los campistas están aquí. Observándonos, observándote. Muertos de miedo y de expectación. Tomando ejemplo de la conducta de los mayores que conforman su Consejo. ¿No crees que deberías dar mejor imagen? ¿Al menos algo en qué agarrarse, a qué esperanzarse? Aunque sea por mantener la reputación de los hijos e hijas de Afrodita. —Y aquella vez su voz dejó traslucir algo de su propia inquietud.

Se podía decir muchas cosas de Silena, muchas. Pero no que no captara las sutilezas en las voces de los demás.

—Bueno, resulta agradable comprobar que no soy la única, aquí arriba, que se preocupa y se siente insegura —dijo Silena, irguiéndose y tirándose del cuello de la camisa como si ahí hubiera algo que le hubiera estado oprimiendo la garganta antes de la manifestación (a medias) de los temores de Thalía—. De todas formas, te aseguro que no es mi actitud la que los pondrá firmes. —Ladeó la cabeza—. Unas cuantas miradas maquiavélicas, cosecha propia de la prole de Artemisa, no vendrían mal aquí ahora mismo.

—¡Oye! Que ya miramos bastante maquiavélicas de por sí. —Protestó Thalía como si las dudas sobre la frialdad o la malevolencia o la dureza de las miradas de sus hermanas fuera un insulto directo a la honra de Artemisa—. ¿Qué me dices del asunto de mirar a los chicos como si fueran una bolsa de basura andante?

—¡Oooh! —Silena se fingió desmayada; se deslizó hacia atrás, grácil y hermosa en su caída al suelo, guapa e inmaculada aun de piernas y brazos desparramados a los costados—. ¡Cuidado, campistas! ¡Ya están aquí las miradas altivas y asesinas de las cazadoras! ¡Corred, corred, escondeos que no caigan sobre vuestras caras! No; mejor aún, ¡quedaos quietos en el sitio, volveos estatuas!

—Estás loca —dijo Thalía, sacudiendo la cabeza y reprimiendo a duras penas una sonrisa—. Loca, debilucha y tonta.

—Ya ves. Tanto es así que ni las piernas me sostienen de la debilidad y el desequilibrio.

—Estás tumbada —puntualizó Thalía—. Tumbada y, supuestamente, también desmayada.

—Pues ni el suelo —palmeó alegre el césped pisoteado—, ni la conciencia —hizo pinza con el pulgar y el índice y tiró de los párpados hacia arriba hasta dejarlas pupilas en el repelús tono blanco y traslúcido propio de un desmayo o de la inconciencia del sueño—, no me sostienen ahora mismo de la debilidad y el desequilibrio.

—Lo que tú digas —se rió—. Pero ahora levanta del suelo, maja, que todos te están mirando.

—Que miren —se despreocupó Silena; no obstante, volvió a ponerse en pie—. Soy todo un bombón de panorama. No les culpo.

En ese momento, Christian y Clarisse dejaron de debatir acerca de los preparativos.

—De acuerdo. —Clarisse se colocó de cara a los campistas congregados—. Atendedme todos. Ya sabéis todos qué van a hacer: un ensayo de viaje a Limbhad. —Señaló con el pulgar a los tres chicos de Idhun, de pié tras ella, hombro con hombro, mirando a su vez a los semidioses con calcadas caras inexpresivas—. Ciertamente, no era necesario que os reunierais, pero bueno, supongo que también tenéis derecho a presenciar cómo se abre la puerta a nuestra salvación.

Susurros quedos recorrieron la multitud: el plan de resistencia y huida fallida era más latente que nunca. Los campistas empezaron a debatir sobre la proximidad de los monstruos hasta que el frío comentario de Clarisse sobre un nuevo método de plantar cara y resistencia se abrió paso a machetazos entre las cientos de voces y silenció a todos los semidioses allí presentes.

—Así que Christian, cuando puedas...

Y entonces Silena carraspeó. Clarisse la ignoró. Silena se adelantó erguida, derecha y regia, como si fuera la mismísima reina en persona, mirando a su amiga como si esperara que comunicara algo más. Y volvió a carraspear, fuertemente. Clarisse rebulló sobre los pies e hizo caso omiso. Oí cómo Percy y Chris se reían quedamente tras ellas; hasta Annabeth sonreía, divertida por esa pugna de poderes. Silena miró de uno en una a todos los representantes de casas ahí presentes, demandando una votación enseguida a su idea. Excepto Clarisse, todos asentimos.

Incluso Percy.

Incluso Thalía.

Al obtener el asentimiento de todos, Silena volvió a clavar sus ojos sobre Clarisse, dos zafiros irradiando fuego, hasta que ella resopló, irritada, y se hizo a un lado, claudicando, derrotada por la votación democrática de los demás jefes de cabaña. Silena se dirigió al río de campistas que tenían el rostro girado hacia ella.

—A Clarisse se le ha olvidado anunciar que dentro de poco, tendremos una pequeña diversión, aquí, en todo el campamento. —Clarisse alzó la cabeza de entre los hombros y asestó una mirada fulminante a Silena, los ojos más abrasadores que el propio Ares, por imposible que tal cosa pudiera parecer, con una mirada que decía: «ni se te ocurra meterme en esto»—. Una fiesta, chicos.

Aquello, contra todos los pronósticos de Clarisse, pareció gustar a la mayoría. A más de la mayoría, de hecho. Sus palabras fueron recibidas con silencios aquiescentes. Y luego hubo una ovación colectiva que catapultó al estado de «sí realización», a la fiesta de Silena. Los aplausos fueron una constante ráfaga de palmadas durante por lo menos dos minutos seguidos.

Cuando el aplauso se extinguió, Christian abrió finalmente la brecha interdimensional con un elegante ademán de la mano, una brillante abertura que rielaba en el aire, sin tocar el suelo, como una cortina echa de luces y sombras.

Aguardé conteniendo el aliento a que se produjera un retemblor o algún relámpago en el cielo o que los vientos se volvieran furiosos... ya sabéis, algo climático que anunciara que se avecinaba una gorda, que lo que ése chico acababa de hacer contravenía toda regla del espacio y lafísica pero... nada. El portal se abrió, simplemente, con el mismo sigilo con el que su creador se había mantenido a medida que lo originaba.

Reunidos en la explanada abierta entre las casas, doce semidioses aguardaban a que una puerta interdimensional los llevara a un mundo entre mundos; doce semidioses, en honor a las doce divinidades principales del Olimpo; doce mestizos, y una tríada de Idhun no menos semidiosa.

Al acabar, Christian se hizo a un lado, expectante, Y Jack, seguido de su grupo de semidioses entre los cuales se contaban Percy y Chris, fueron los primeros en traspasarlo. Un silencio absoluto fue adueñando el claro a medida que los veíamos adentrarse en el portal y, tras un temblor de sus figuras suspendidas en el aire, acabar por desaparecer.

Nuestras caras reflejaban incredulidad, fascinante incredulidad por la magia que presenciábamos. Los siguientes en marchar fueron el grupo deVictoria. El silencio de los campistas se tornó más profundo, más absoluto. Dado que Christian había sido quien había abierto el portal, los que íbamos con él éramos los últimos en partir.

De pronto Thalía estaba a mi lado, pegada a mí. Me incliné levemente.

—¿Para eso me querías aquí? —musité para que sólo ella me oyera.

Se encogió de hombros ligeramente, sin despegar la vista de la espalda de Beckendorf, que fue el siguiente en traspasar el umbral interdimensional; tomé el gesto por afirmativo.

—Es como si me dijeras que me necesitas. —Hice verdaderos esfuerzos para apaciguar mi voz y que no se notara el orgullo que aquello me producía.

—Es como si quisieras que te pegue un pisotón —murmuró ella entre dientes—. Cállate.

Me reí entre dientes. Con la mano libre la aferré del brazo y la invité a dar un primer paso hacia el portal. Había llegado nuestro turno.

Muchos de los campistas empezaron a hablar del tema, otros del inminente baile, dispersándose mientras los planes de qué se pondrían o qué bailarían o quién sería tocadiscos o con quién podrían formar pareja, bullían en el aire. Estaba claro que después de ocho demostraciones de desaparición, el acto estaba perdiendo sus encantos.

Conduje a mis dos amigas con amabilidad hasta el borde mismo de la abertura interestelar.

—Vamos, chicas. Iremos juntos. —«Igual que hemos hecho siempre», añadí para mis adentros.

—¡Oye! No siento nada. ¿Por qué no siento nada? —preguntó Annabeth cuando ya tenía medio pie en el símbolo de dos triángulos sobre el cual pendía el portal.

Christian la miró, inexpresivo.

—No se supone que debas de sentir algo. Vas a viajar a Limbhad...

—¡A otro mundo!

—... A una casa —prosiguió el Idhunita—. ¿Qué has de sentir? es un viaje, no un magreo con tu novio.

—Oh... vale. —cogió aire y luego lo soltó, hondamente—. Pensé que sentiría... que con eso de ir a otro mundo notaría... no sé...

—¿Un cosquilleo? ¿Un indicio de desmayo? ¿Unas ganas incontrolables de estornudar, o de ir al baño?

La espada de Christian resplandeció como el hielo cuando lo blandió en alto para volver a colgárselo a la espalda.

—Más bien me refiero a sentir alguna sensación especial, algo espiritual, alguna clase de fervor, o deseo incontrolado... o algo.

Los ojos azules del shek inspeccionaron los cabellos meticulosamente recogidos de la chica.

Consuélate pensando en los latidos acelerados de tu corazón, cómo se te hace un nudo en el estómago, cómo se te pone la carne de gallina.

Opté por no darle más vueltas a las palabras de Kirtash, rechazando preguntarme cómo demonios sabía que las pulsaciones de la chica estaban al cien por cien, y preferí llevarlas conmigo a franquear esa puerta interdimensional de una maldita vez. Así que cogidos de la mano, crucé la brecha interdimensional junto a mis amigas.

Entramos en un extraño escalón espacial que se retorció de forma que, de repente, el suelo subía en un paso y bajaba al siguiente. Enseguida todo comenzó a darme vueltas, la luz intensa me cegó, el aire me taponó los oídos, perdí el sentido de la orientación y tanto delante y atrás como arriba y abajo dejaron de tener sentido mientras un mareo me sobrevenía.

Noté cómo Thalía era impulsada hacia mí por el peso imbatible de la gravedad a la vez que apretaba mi mano con una fuerza que recordaba a la que cabría esperar de un garfio. Me sentía como si me hubiera desmembrado y recompuesto luego, descuartizado, miembro a miembro. Igual que haber pasado a la fuerza por una barrera metálica, algo así como una matriz de dimensiones contrapuestas.

Las manos de Annabeth y Thalía y la presencia cercana de Silena y Christian fueron mis únicas anclas en ese desagradable surcar de dimensiones. Tardé un poco en reorientarme cuando el torbellino de la trasportación concluyó y algo fuerte golpeó mis pies y luego sacudió el resto de mi cuerpo hasta robarme toda la reserva de aire en los pulmones.

Abrí los ojos, agradeciendo que todo hubiera terminado de una vez.

Aparecí en medio de una despejada explanada, con el suelo de verde madreselva y un techo encapotado de estrellas pendiendo sobre mi cabeza. Pronto me di cuenta que estaba tendido de bruces en el suelo, cuan largo era, y es que en algún momento de ese viaje extraplanetario las piernas habían optado por dejar de sostenerme entre tanto zarandeo para, simplemente, dejarme llevar. Me senté en el suelo y miré a mi alrededor; cuando fui consciente de lo que veían mis ojos, me incorporé de un salto, asombrado.

A mi lado, Annabeth y Thalía ya se estaban incorporando, y también miraban entorno a ellas, no menos atónitas que yo. Silena permanecía tumbada de vientre con los codos apoyados en el suelo, sosteniendo el peso del cuerpo, demasiado maravillada en lo que veía como para hacer el esfuerzo consciente de levantarse. No podía culparla. Nos hallábamos en medio del claro de un jardín, una explanada frondosa bajo un suave cielo estrellado; no había nada amenazador en el paisaje, aunque eso no logró sosegar mi corazón.

Al fondo del jardín, un edificio desafiaba la lógica de la arquitectura convencional con su diseño contradictorio y estructura coronada por una alta aguja que despuntaba en todo el centro de la fachada. Se elevaba firme y orgulloso sobre un suelo frondoso no menos impresionante y seguro que le servía de cimiento.

En el otro extremo de la explanada, otro edificio copiaba su estructura, aunque a una escala mucho menor. Un pequeño bosque se insinuaba en el horizonte; y por encima del pico de sus árboles, también se distinguían las coronillas montañosas de lo que parecían ser un conjunto de sierras.

Y nada más.

—¿Limbhad es solo esto?

—Cuando decía «micromundo» no estaba exagerando —se rió Victoria ante mi decepción perpleja—. Se acaba donde terminan esas montañas que puedes ver allí a lo lejos. Pero que no te engañen sus cortas dimensiones; aunque lo veas así de pequeño, ten por seguro que cabremos. Cabréis.

Giré sobre mí mismo dos veces, sin terminar de dar crédito a lo que captaban mis ojos. Pero era verdad: Limbhad era un microcosmos. Dos edificios en el medio, uno más pequeño que otro, ambos plantados inmóviles en el centro, y a su alrededor apenas unos cuantos kilómetros cuadrados de extensión, donde sólo había cabida para un bosque, un arroyo, una cadena de pequeños picos montañosos, una explanada, un pedazo de cielo estrellado y nada más.

Eso era todo.

Limbhad, todo un remanso de paz y tranquilidad, una quietud apacible abrazada por una perpetua noche silenciosa estrellada aunque sin estrellas.

Nos apiñamos los quince, unos contra otros, contemplando sin palabras aquel mundo entre mundos.

—Bueno, semidioses, bienvenidos aLimbhad —rompió Yandrak.

—Siempre me he preguntado si significa algo —confesó Annabeth.

—«Casa en la Frontera», en Idhunaico antiguo —le aclaró el chico, pasando una mano por su pelo rubio, revolviéndolo más de lo que ya se lo había alborotado el viaje—. Ya sabes, por hallarse en una especie de pliegue espacio-temporal entre Idhun y la Tierra.

—Qué curioso —musitó Annabeth, sonriendo a Yandrak—. Tan pequeño como parece, es aún más hermoso.

—Sí —coincidió él, ojeando orgulloso el paisaje—, bastante. Y eso que aún no has visto lo que hay dentro; a ti que tanto te gusta todo lo arquitectónico, te va a dejar sin habla la disposición de las estancias. Ya verás.

—¿Y a qué estamos esperando? —Annabeth tiró de mí y de Thalía hacia Percy, encabezando la marcha por el sendero que conducía al edificio grande, donde una puerta en forma de óvalo se alzaba como entrada principal a su interior—. Vamos a echar un vistazo a eso.

Emprendimos el corto trayecto. Era incapaz de dejar de ojear y ojear cuanto me rodeaba, sobrecogido. Una oscuridad aterciopelada rodeaba todo el ambiente. Busqué en los cielos la fuente natural que despedía esa claridad propia de un amanecer, pero fue en vano. Ni sol ni luna ni estrellas ni nada de nada. Para ser un mundo creado por gente proveniente de tres soles y tres lunas, se hacía desconcertante la ausencia de cualquier astro en los cielos, la verdad.

—Aquí el tiempo está detenido —aclaró Victoria al ver como muchos barríamos el cielo en busca del astro que despedía esa suave claridad—. Siempre es de noche, y siempre hay el mismo clima. Ni llueve ni solea.

—¿Y cómo sabéis cuándo ha amanecido? —Chris se hizo eco de mis dudas.

Los ojos de Jack destellaron con un brillo divertido.

—Se dice que los suizos inventaron el reloj, pero no hay persona que le dé más puntual uso que un refugiado de Limbhad, ni siquiera los franceses.

—Sí. —Victoria y Jack intercambiaron una mirada cómplice, como si estuvieran reviviendo días pasados—. Eso aquí nuestro amigo lo sabe muy bien.

Victoria ascendió los escalones; posó la mano sobre la aljaba y la puerta giró por sí misma sobre sus goznes, al parecer reconociendo la esencia de la chica como algo familiar, conocido, fuera de peligro.

—Adelante —nos invitó, abriendo la puerta de par en par—. Estáis en vuestra casa.

Entramos mirando con ojos como platos en derredor, deseando tener ocho ojos para no perder detalle. Era una casa silenciosa de extensiones generosas, más de lo que parecía a simple vista y de lo que le correspondía por su modesto tamaño de fuera. Dentro, las dependencias del edificio se desplegaban en una arquitectura extraña, un gran cuerpo central con forma redondeada, cubierto por una cúpula, y alrededor,pequeñas habitaciones que reproducían el hexágono de Idhun se abríancomo medias burbujas, rodeando a una media burbuja mayor.

Victoria y Jack nos fueron mostrando la casa a medida que nos adentrábamos por ella. Una amplia escalera de caracol ascendía al piso superior, donde puertas cerradas, con símbolos extraños grabados en sus superficie, conducían a habitaciones, un salón, una terraza, una cocina, una biblioteca, lo que parecía ser una sala de entrenamiento, según lo poco que pude captar a través de la rendija de la entornada puerta, y otros sinfín más de dependencias cerradas a cal y canto.

En cuanto a las ventanas, estas estaban cerradas con un material peculiar parecido al más fino de los cristales, ligero, gomoso, transparente y flexible, que cuando me acerqué a tocarlas picado por la curiosidad,se abombaron bajo la presión de mi dedo.

—¡Uau! —Decir que Annabeth no cabía en sí de gozo era decir poco.

—Uau —repetí, porque no había palabra más expresiva que describiese esa sensación extraña de tocar un cristal flexible.

Jack y Victoria nos precedieron a todos a una enorme sala circular de altas paredes cubiertas en todos sus centímetros por estanterías llenas de libros, volúmenes más viejos que Matusalén, y pulidas baldosas por el desnudo suelo.

—Algo de luz no nos vendría mal aquí —murmuró Silena, y fue decirlo y de pronto una fantasmagórica luz cambiante prendió en medio de todos con un chasquido susurrado, proveniente de seis antorchas dispuestas a lo largo de la pared circular.

Una vez dentro, paseé la mirada por el lugar. Los volúmenes eran pesados no, lo siguiente. Toda la biblia cabría ahí, en cada uno de ellos, génesis incluido. En serio. No exagero. En el centro de la sala, había una gran mesa redonda de madera vieja, rodeada de seis sillones elegantemente tallados, donde todos nos acomodamos sin esfuerzo.

Sentado junto a Thalía en el mismísimo borde del sillón, me incliné hacia delante, mirando a conciencia la mesa. En la superficie se entrelazaban grabados de animales mitológicos y criaturas de ver para creer; en su centro, se abría una hendidura circular ligeramente iluminada, y justo encima, en el techo de la estancia, la suave luz de las estrellas se filtraba a través de un redondo tragaluz.

Thalía me insistió con un ademán que lo observase bien. Menos mal que lo hice. Una vidriera se proyectaba dentro del tragaluz, y se distinguían las figuras de tres soles y tres lunas, en la misma posición exagonal que recordaba haber visto en el colgante que llevaba al cuello Victoria.

—Es el símbolo de Idhun —confirmó Christian a Annabeth, parada en medio de la sala, la cabeza echada hacia la nuca, y el rostro bañado por esa suave y extraña luminosidad—. Un triángulo por las tres lunas y otro por los tres soles que dan vida al planeta.

—¿Tienen nombre? —Quiso saber Percy—. ¿O se llaman simplemente sol uno, sol dos, sol tres, luna uno, luna dos, luna tres...?

—Claro que tienen nombre —contradijo Christian, ahogando las risas nerviosas que soltamos—. Mira, por ejemplo, la luna mayor. ¿La que está en el extremo de arriba, la veis? Esa se llama Erea. Ilea es la luna mediana, la que tiene tintes verdosos. ¿Y la pequeña que está en el vértice inferior del triángulo? Ésa es Ayea.

—¿Y los soles? —Beckendorf señaló el dibujo de los tres astros, el grabado de tres esferas clavadas en un firmamento despejado y brillando como joyas refulgentes, la de arriba con tintes rojos y las otras dos, gemelas y más pequeñas, brillando con tintes blancos.

—Kalinor, Evanor, Imenor —recitó Victoria, señalándolos consecutivamente con el índice en orden de mayor (Kalinor) y menor (las otras dos) a medida que los nombraba—. Un sol por cada dios masculino, al igual que una luna por cada diosa. En Idhun se veneran seis divinidades, y dicen que cada astro es una representación de cada una de esas divinidades.

—Y supongo que cada dios tendrá también un nombre —presintió Annabeth.

—Por supuesto —confirmó Yandrak—. Zeus y su tropa del Olimpo no van a ser los únicos en ser bautizados. Pero para hablar de los dioses de Idhun habría que entrar en materia de con qué seres terrenales se les asocia, pues en ese planeta los humanos conviven con una diversidad de razas animales o pensantes; qué poder o elemento natural dominan, qué astro le corresponde, etc, etc, etc... —Hizo un ademán de desinterés—. Toda una lección de historia que no viene al caso ahora mismo.

—Exacto -lo coroboró Christian-. Lo ahora importante es que, efectivamente, podréis... podremos llevar a cabo la transportación desde vuestro campamento hasta aquí.

—¿Soléis ir creando portales allá a dónde vais para poder viajar hasta aquí? —me extrañé-. Uff. Qué pereza.

Ellos negaron con la cabeza.

—Viajamos por teletransportación, gracias al Alma.

Victoria señaló el haz de luz que surgía de la hendidura del centro de la mesa, un haz de luz multicolor que se elevaba como una columna brillante hacia la claraboya de los seis astros, girando como en un torbellino, mezclándose y entrecruzándose, generando colores extraños y sorprendentes, y formando una esfera de luz de tonalidades verde y azul.

—¿Qué se supone que es? —Annabeth apoyó las manos sobre la mesa y se inclinó hacia delante para poder tener mejor perspectiva; Percy parecía querer saltar del asiento para apartarla del trayecto del haz de luz, tan nervioso le ponía la cercanía de la chica a ese extraño torbellino—. ¿Algo así como el espíritu de la casa?

—Pues sí, efectivamente —rió Jack—. La llamamos Alma porque reconoce las almas de quienes viven aquí dentro. Puedes llamarla en cualquier momento, en cualquier parte, a cualquier hora... ella vendrá y, si te tiene por amigo, te trasladará de vuelta a casa.

—Eso suena interesante. Genial. —Annabeth se inclinó aún más. Las puntas de su cabello rozaron ligeramente la esfera resplandeciente cuando, aún inclinada, giró la cabeza hacia la tríada—. ¿Debería presentarme?

—Si vais a estar aquí, mejor será que sí —dijo Christian—. Bastará con que lo hagáis sólo los jefes de casas, bueno —miró a los mestizos que le rodeaban—, es decir, quienes estáis aquí. De ese modo, podréis llevar y traer más campistas en cada incursión que hagáis, sin necesidad de atosigar al Alma con tanta gente nueva rondando por aquí. Así que ya sabes —dirigió un ademán de ánimo a mi amiga—. Preséntate a Limbhad, Annabeth.

Ella miró circunspecta a la esfera de luz, luego a la tríada, luego a Percy, que ya se había puesto en pie, dispuesto a cubrirle las espaldas y a ayudarla o a rescatarla del peligro, por si pasaba algo raro.

—¿Qué tengo que hacer?

Victoria se adelantó.

—¿Qué sientes que quieres hacer?

Ella se mordió las uñas mientras pensaba con concentración.

—Hablarle en mi fuero interno, supongo. De alma en alma, de tú a tú, por decirlo de algún modo.

Miró interrogante a los tres Idhunitas, pero estos se mantuvieron en silencio, los pensamientos impenetrables. Annabeth cerró las manos en puños por un momento y luego, sin previo aviso, metió el brazo hasta el codo en la hendidura de la mesa, abriendo los dedos y dejando que el haz de luz le acariciara la piel.

Todos contuvimos el aliento, a la espera.

La respuesta fue inmediata: el torbellino dejó de girar sobre sí mismo; las fulgurantes luces se asentaron, estáticas, y lo más sorprendente fue la sonrisa que se extendió por la cara de la valiente Annabeth.

—Eih. Me está hablando —susurró, atónita—. ¡Me está hablando! —Repitió, volviendo la sonrisa hacia la tríada pero sin retirar ni por asomo la mano de la mesa—. No me lo puedo creer.

—¿Y qué te dice?

—¿Ah? Eso lo sabrás cuando sea tu turno —le dijo a Beckendorf. Ladeó la cabeza, asintió, y tras un titubeo de despedida, retiró la mano, declarando—: ¡siguiente!

Al retirar el brazo, de inmediato la esfera volvió a convertirse en un torbellino cambiante e inquieto. Percy, que seguía de pie, se encogió de hombros y, tras cerciorarse de que la mano de Annabeth seguía en perfecto estado de salud, se adelantó y sin pensárselo dos veces, plantó la mano bajo la esfera luminosa.

El haz de luz, por supuesto, volvió a detenerse en seco y a dejar de girar.

—Ah, pues sí —dijo al cabo de una pausa, los ojos entrecerrados y el cuerpo relajando poco a poco la tensión—, sí que te habla. Jo, qué sensación tan extraña. Bueno —retiró la mano—. Presentación hecha. ¡Siguiente!

Thalía y yo intercambiamos una mirada y, reprimiendo un suspiro cuando ella me dio un codazo, me adelanté a tomar el relevo. La esfera donde se manifestaba el Alma volvía a rotar sobre sí misma, fulgurante y multicolor. Sin darme tiempo a pensar en ello, extendí el brazo y hundí la mano en la hendidura de la mesa hasta detenerla en orizontal, justo por encima del haz de luz.

—Hummm. Esto, ¿Hola? —pensé para mis adentros, cerrados los ojos para no recaer en las miradas expectantes de los demás y así no desconcentrarme y, sin embargo, sintiéndome un poco tonto ahí de pie, hablando con un haz de luz que ni boca ni ojos ni cuerpo ni nada tangible poseía—. Soy... —dudé un momento, sin saber si decir mi nombre de verdad o por el que me conocían los campistas; decidí ser sincero. Si aquello iba a ser un contacto de alma a alma, lo último que importaba, de hecho, era por qué nombre respondía. Pero aun así, me decidí a sacar todo el desplegable del carnet de identidad—. Soy Luke Castellan, semidiós en la Tierra, mestizo hijo del dios Hermes y de May Castellan. Soy nuevo aquí. No sé qué se supone que debo decir, pensar, transmitir o hacer para convencerte de que vengo en son de paz, que no soy enemigo, y para que me ayudes a volver a tu casa cada vez que te llame.

Percibí cómo algo exploraba mi mente, no de un modo invasor, sino suave, comedido, tímido, casi pidiendo disculpas. Y el Alma habló. Me contestó. Oh, no de ese modo que os imagináis. No con palabras claras y orales que implican lengua y cuerdas vocales. Más bien lo hizo con sensaciones, como cuando alguien te mira sin hablar aunque sabes que te está prestando toda su atención, que aunque no puedas señalarlos, sus ojos no se apartan de ti.

Una sensación que lejos de ser desagradable, era todo lo contrario, que empezó por la punta de mis dedos y que se fue extendiendo paulatinamente por el resto de mi cuerpo. El Alma era una conciencia que se filtró y hermanó durante unos segundos con mi propia conciencia, sopesándola, conociéndola, dejándose sopesar, dejándose conocer.Una experiencia agradable que al terminar me arrancó una sonrisa, como a Annabeth, como a Percy.

Y supe que me había respondido que sí, que tenía su permiso, su asentimiento a disponer de ella cuando lo necesitara.

He de admitir que incluso sentí cierta pena cuando retiré la mano y volví al sillón. Después de mí, le tocó el turno a Thalía. Y después de ella, poco a poco los demás campistas fueron desfilando por la mesa, presentándose ante el Alma de Limbhad.

—bueno. Supongo que querréis beber algo. —Dijo Victoria en una pregunta más bien retórica cuando terminamos de presentarnos al Alma. Sin darnos tiempo a aceptar o rechazar la oferta implícita, nos hizo ademán a Beckendorf y a mí para que la acompañáramos.

Fue abandonar la biblioteca y enseguida nos encontramos en un pasillo de techo abovedado, igual que un túnel, que torcía hacia la derecha con suavidad, aunque sin esquinas ni rinconeras. El corredor al completo estaba iluminado por medio de apliques eléctricos, con bombillas, de esa clase perfectamente normales que uno puede encontrar en la casa de todo hijo de vecino. Me fijé en las paredes, escuchando distraído las voces de los demás, quedas como murmullos, que nos llegaban desde el otro extremo de la casa, proveniente del cuarto que habíamos abandonado. Volví a examinar con insistencia los paneles y tabiques... pero nada.

—Pero... —empecé, sin poder contenerme por más tiempo—. ¿Cómo hacéis para que haya luz? ¿Para que os funcione la nevera, los electrodomésticos y el resto de instalaciones eléctricas? Quiero decir... no veo ningún enchufe ni nada por el estilo.

—Magia. —contestó Victoria, directa—. Todo aquí funciona debido a la magia.

Abrí la boca, dispuesto a replicar, pero la cerré de nuevo porque, comprendí, tampoco había otra explicación. O aquello era magia... o aquello era sí o sí magia.

—¿Pero cómo, exactamente? —precisó saber Beckendorf.

—Toda magia es energía canalizada. ¿Habíais oído eso alguna vez?

—¿Energía canalizada? —repetí, estupefacto—. ¿No estarás queriendo decir como las pilas cargadas o como una batería?

—quiero decir exactamente eso, sí.

Beckendorf y yo nos miramos, atónitos.

—Los seres humanos de la Tierra han dejado morir la magia. Es normal que os suene a cuento chino lo que os estoy diciendo. —Esbozó una sonrisa melancólica—. Pero ahí, en Idhun, la magia corre por las venas de muchas criaturas, como corren por las vuestras, los mestizos, los genes legados por vuestros padres, los dioses. Y aquí, en Limbhad —hizo un rápido gesto ascendente y descendente por el alto del corredor—, se encuentran lo mejor de ambos mundos.

Encogí los hombros.

—Si tú lo dices...

Habíamos llegado a la cocina, una estancia tan extraña y original como parecía ser la moda ahí, en Limbhad. Era redonda, eso para empezar. Al fondo ardía un fuego cálido y acogedor; cerca, un banco adosado a la pared proponía un asiento para sentarse, a parte de la mesa de mármol y sus cuatro sillas talladas apoyadas en todo el corazón de la sala. Platos, fuentes, ollas, vasos y el resto de cubiertos estaban colocados en una serie de alacenas de cantos redondeados, sin ningún orden en apariencia.

Ahora bien, a la derecha de la entrada había un frigorífico, un horno eléctrico y una placa de vitrocerámica, electrodomésticos comunes y corrientes que aguardaban en chillón contraste con las otras cosas exóticas propias de otro mundo que no era la Tierra.

—Zumo de naranja, gelatina, leche, embutidos… ¿Qué creéis que van a querer beber los demás? Bueno… también hay algo que parece una especie de refresco sin azúcar.

—¿Refresco? —Miré por encima del hombro de Victoria al interior de la nevera que la chica mantenía entreabierta—. Ah. Cola. Ni siquiera es Coca-cola Light, sino cola, a secas. Bah. Qué asco.

—Seguro que a Silena le va a gustar —Victoria se estremeció y cerró de una patada el frigorífico, no sin antes enganchar la botella de litro y medio del refresco inazucarado—. Creo que el zumo, las galletitas saladas y unas pastas serán de gusto general.

—Crees bien —coreamos Beckendorf y yo a la vez—. Porque pedir una pizza está descartado, ¿a que sí?

—Los GPS están en permanente huelga contra Limbhad —se rió Victoria—. Por tanto los repartidores de pizza, también.

Así que preparamos té, vasos con zumo, un surtido generoso de pastasy galletas en dos cargadas bandejas y lo llevamos todo en precario equilibrio al salón.

—Tenemos que hablar —estaba diciendo Yandrak cuando entramos.

Me tragué a tiempo el sarcástico «¡Oh! ¿Es que acaso vais a romper con nosotros?». En su lugar, deposité las cosas sobre la mesa, después de que Victoria hubiera extendido un mantel protector sobre la superficie, y pregunté:

—¿De qué?

Me acomodé de vuelta en el sofá, junto a Thalía.

—Necesitamos saber cualquier información que podáis darnos acerca de ése jefe que comanda la hueste de los monstruos, y del cual sospecháis que es el verdadero enemigo. El tal… Cronos. —Yandrak pronunció el nombre como si estuviera paladeando por primera vez chicle en la boca—. Aunque bueno, lo cierto es que no parece un nombre que inspire temor ni que vaya a embravecer el mundo… Cronos.

Los campistas saltaron de sus sillones, agitados porque se hubiera pronunciado el nombre del titán en voz alta, repetidas veces seguidas, y con todas sus vocales y consonantes.

—¡Pero qué haces! —Saltó Chris—. ¡Eres un descuidado rematado! ¡Nombrar al Señor del Tiempo, atraer su atención sobre ti! —Volvió a estremecerse y se frotó con vigor los brazos, pero sus ojos adquirieron de pronto un resuelto brillo—. No lo vuelvas a hacer.

—Él es aquel cuyo nombre nunca debe pronunciarse en voz alta —lo ilustró Thalía, adelantándose a mí, en respuesta al absoluto asombro de Jack—. Pesa sobre el nombre de cualquier titán una prohibición casi mortal.

—¿Y cómo lo llamáis, entonces?

—«Señor del tiempo». «Gigante». «Titán». «Amo del Tártaro…». Nombra al gigante de entre los gigantes y su peso caerá sobre ti... o al menos eso se dice.

—¿Y creéis que así lo engañáis? —Terció Christian—. ¿Que, de estar prestando atención, no se daría cuenta que es de él de quién habláis? Desengañaos. Claro que lo sabe. Claro que lo sabría. Y de poder hacer algo, ya lo habría hecho tiempo atrás.

—Lo sepa o no —insistió Chris—, no pronunciéis jamás ese nombre en voz alta. De no hacerlo, no tenéis nada que perder. Y de hacerlo, de llamarlo por su nombre, os aseguro que tendréis mucho por lo que lamentar.

—De acuerdo, de acuerdo —accedió Jack, alargando la mano y cogiendo una pasta espolvoreada de nata y azúcar—. No verbalizaré su nombre nunca más. Volviendo al meollo de la cuestión... Es importante que conozcamos más sobre él. Tan importante como haber podido abrir la brecha interespacial. No sabemos lo suficiente de esos monstruos y gigantes —se señaló a él y a sus compañeros de Idhun—, para resolver el problema que supone un enfrentamiento contra ellos. Fracasar, aquí, es sinónimo de perdición absoluta para todo ser mortal. Es preciso que compartáis toda la información que poseéis o, dicho de otro modo, que destapemos las cartas sobre la mesa.

Se produjo una pausa en la que nos dedicamos a degustar las pastas, galletitas y bebidas, hasta que Annabeth retiró a un lado su platillo, se pasó la servilleta refinadamente por los labios y se animó a dar una explicación:

—Él es el amo de los titanes, padre de los actuales dioses del Olimpo. Señor del Tártaro, y señor del tiempo. Como amo del tiempo, es insensible al transcurrir del mismo. Un elemento constitutivo de su composición titánica es la eternidad en el Tártaro, lo que es la antítesis del ciclo de vida de todo ser vivo: nacer, crecer, desarrollarse y morir. Esa mezcla, ese conflicto interno, es parte del mecanismo impulsor que lo convierte en algo caótico, peligroso, fulminante para la vida misma.

—Parece que estés hablando de la muerte -apreció Jack-. Del inframundo.

—La muerte es un estado más del alma -intervine-. E incluso en el inframundo, hay varios niveles donde las almas pueden ir a reposar. Y en un modo retorcido, existe una condición difuminada del tiempo, en función de los escalones por los que vaya ascendiendo el alma después de cada final de sus tres vidas vividas: los Campos de Asfoldeon, los Campos Elíseos y las Islas de los Buenaventurados. Pero en el nivel de inframundo donde mora el Tártaro al completo, ahí las cosas son diferentes. El tiempo no tiene significado para los monstruos, pues ahí es donde van a regenerarse, y donde los gigantes conviven con lo eterno. Por lo tanto, el tiempo no significa nada para Cr... —hice un gesto de disculpa; tan acostumbrado estaba ya a decir Cronos en voz alta, que un poco más y no logro refrenar las sílabas a tiempo—, para el titán mayor, al ser el amo de todo aquello, y por ese motivo no tiene prisa por actuar, por acosar, por matar, por intentar una y otra vez hacerse con el Olimpo.

—Pero si es el señor del tiempo —inquirió Victoria—, ¿no debería ser al revés? Quiero decir, ¿no debería estar más que familiarizado con el transcurrir y con la medición del tiempo en sí? Al menos como lo entienden los mortales.

—Ser el señor del tiempo significa poder manejarlo a su antojo —expliqué, por encima del borde de una pasta con bolitas de chocolate—. No comprenderlo en sentido mortal y terrenal. El titán no siente presión con cada puesta de sol para finalizar la tarea que se ha impuesto, esa de gobernar a su antojo el mundo, de recuperar el trono que, cree, le ha sido usurpado.

—Para alguien inmortal —completó Thalía en tono plano—, un día es idéntico al siguiente.

La miré de reojo, aunque fue imposible descifrar qué de cosas le pasaban por la mente. Jugueteaba con la galletita, haciéndola girar y girar entre los dedos, con aparente desgana, quizás preocupada demasiado por Cronos como para soportar la idea de llenar su estómago mientras se hablaba sobre el Gran Amo. Mantenía la vista fija en la nada, absorta en su propia condición de inmortal, regalo otorgado por el juramento de Artemisa.

—El tiempo ayuda a dar conciencia a todo ser vivo —prosiguió hablando, después—. Te permite posponer tareas que sabes que pueden hacerse más adelante, o acelerar las que dotas de mayor urgencia. Hace que uno se apresure a montar el campamento antes de que caiga la noche, por ejemplo, o a que la comida esté lista y preparada a una determinada hora. Hace que un soldado actúe para tener sus defensas preparadas e instaladas antes de que golpee el enemigo, sin ir más lejos de nuestro caso, o a que una pareja desee formar su propia familia, tener hijos mientras aún conserven las fuerzas y el tiempo para criarlos.

Rebullí en el sitio, procurando no sentirme culpable por los recuerdos traídos a la mente por esas últimas palabras, de la gracia de una profecía cuya existencia, por cierto, aún no me había decidido a comentárselo.

—El tiempo es un elemento que ayuda a dar forma a la naturaleza de todas las cosas vivas, a todas las cosas cambiantes, a toda criatura con sentido y anhelo de existencia.

—Entonces, puesto que ese titán carece de sentido del tiempo, no necesita una naturaleza dominada por el mismo. —Comprendió Christian, siempre hiendo un paso por delante de los demás—. Usa el tiempo como herramienta de poder y control que como cinta métrica para medir y determinar el modus operandi de su existencia. ¿Es eso lo que estáis tratando de decir?

—Correcto —afirmó Thalía, la pasta abandonada en la mano—. El titán del tiempo puede congelar a una mosca en pleno vuelo, relentecer su ascenso en el aire hasta dar la impresión de no estar avanzando nada o, por el contrario, puede acelerar el ritmo de sus alas a una rapidez para las que no están acostumbradas, segándolas en un parpadeo y abatiendo al insecto en un momento y sin miramientos.

Hice ademán de ir a coger otra pasta, pero ya no quedaba ninguna en las bandejas, sólo restos de glaseado. El parásito adolescente de hambre permanente se había puesto más que las botas.

—Eso lo hace impredecible —sospechó Victoria—. ¿Lo es?

—Lo es —confirmó Percy—. Aunque que sepamos que puede ser impredecible ya lo hace menos impredecible para nosotros.

—entiendo. Ahí has estado hábil —lo alabó Victoria—. Bueno, gracias de todos modos. Es bueno saber de qué pata cojea el enemigo antes de ir a su encuentro en una batalla. —Suspiró, resignada, dejando su taza de té en el platillo con un repiqueteo de cristal contra porcelana—. Aunque cualquiera diría que la batalla ya ha empezado, por lo rápido que os habéis zampado los dulces.

—Sólo he cogido ocho pastas —protestó Percy.

—Y yo, y yo —aseguraron otros mestizos.

—Yo sólo diez —abundó Beckendorf; a lo que Chris, Jack y yo asentimos con la cabeza.

—¿Cuántas pastas o galletas creéis que vienen en sólo un par de cajas, glotones? —Dijo Annabeth, dejando los ojos en blanco—. Estáis hechos unos comilones.

—Eih. Menos de diez pastas no es una comida —protesté a mi vez—. De hecho ni siquiera se las puede considerar comida. A lo sumo sería un tentempié.

—Es realmente asombroso —dijo Silena, mirándonos por encima del borde de su té con canela y por encima también de su meñique afrancesado, como si fuéramos bichos de laboratorio.

—¿el qué?

—Lo mucho que los chicos sois capaces de comer sin reparo y sin engordar ni enfermar después. Bueno, los chicos y tú, Lucy.

—Porque hacemos algo que se llama quemar calorías —se burló Percy, aceptando alegre las pastas que le quedaban a Annabeth.

Yo alargué la mano y Thalía me entregó la suya. Estaba claro que se le había ido el apetito.

—Por lo tanto, y retomando el tema de antes —continuó Christian, el único que no había hecho siquiera amago de beber o comer algo—. ¿Se le conoce algún punto débil a ese vuestro titán?

«Sí, yo». Pensé, al mismo tiempo que Silena decía:

—No. Sólo los dioses.

—Y Luke. —Thalía verbalizó mis pensamientos, sin reparo a cómo iban a ser recibidas sus palabras.

Me introduje la galleta entera en la boca sin ninguna consideración a los buenos modales, llenando con el dulce el hueco de las palabras que estaba reprimiendo, y me bebí de un trago lo que me quedaba en el vaso de té de hierbas y miel.

—¡eso no fue...!

—Sí, sí que fue así —le atajó Percy a Silena, casi en un farfullo—. Cuando se mató, acabó también con el señor del tiempo.

—De todos modos, eso ya da igual —sentenció Annabeth, entrelazando sus dedos con los de el chico, aunque no tan rápido como para que no fuera perceptible la leve aflicción que los hacía temblar—. Luke está muerto. Su alma descansa en el terreno de Hades. Por tanto de poco nos sirve recordar ahora su hazaña.

—O tal vez sí —terció Jack—. Tal vez recordando los pasos que él hizo en su día...

—No. —cortó ella, secamente—. Esos pasos conducen a una posesión. Un cuerpo semidiós imbuido del dominio de un titán. No. Pasar por eso otra vez, no. No lo digas ni en broma. Ni lo propongas. Jamás.

—Sólo lo ofrecía para entender mejor cómo fue en ese entonces la destrucción del amo del tártaro —explicó el Idhunita, desnudando las palmas en gesto conciliador, sin dirigir ni una sola mirada en mi dirección—. No por otra cosa.

—Entiendo. —Annabeth trató de sonreírle, pero el gesto quedó como un pésimo intento—. Pero no. Esa es una mala idea.

—¿Pero por qué?

—Sólo los dioses pueden acabar ahora con él —insistió Annabeth.

—Pero si ya hubo un semidiós que lo logró... —hicever, titubeando apropósito—. ¿Por qué no puede haber dos? ¿Por qué esa creencia a pensar que la hazaña no se puede repetir? —Mis palabras iban más para Thalía que para cualquiera de los demás; no obstante, me aseguré de mirar únicamente a la jefa de la casa de Atenea, pintando en mi cara la perfecta máscara de la incomprensión—. Antes de lo que hizo Luke, sea lo que sea eso que hiciera, no lo sé, también se creía que no había mestizo capaz de darle ese revés al padre de los titanes, ¿no es así? Y su acción sirvió para desmentir esa teoría.

—También para poner sobre las cuerdas al Olimpo entero —espetó Annabeth con una fiereza que no le conocía, más vehemente, incluso, que la de Thalía cada vez que salía a colación el tema de la última batalla y mi alianza con los titanes—, por no decir que puso en grave riesgo al mundo tal cual lo conocemos.

—De acuerdo. —Christian se adelantó, poniendo punto y final al debate—. Aún nos queda tiempo para barajar ideas y proponer otros métodos y modos de cómo poder terminar con esa amenaza. No es el momento ni el lugar para esa discusión. Entre otras cosas porque falta buena parte de vuestro Consejo Campista. Será mejor que recojamos y volvamos al campamento mestizo antes de que termine de oscurecer.

Al final, a Christian se le ocurrió la idea de volver al camping a través del Alma, en lugar de abrir otro portal. Teniendo en cuenta que el Alma nos había aceptado a todos… fue una propuesta arriesgada que asustaba tanto como de igual pintaba apetecible. No obstante, teniendo en cuenta que iba a ser de ahí, desde Limbhad, donde saldríamos para las expediciones contra los monstruos… tampoco es que hubiera una mejor alternativa que esa.

—Puedes hacerlo —le dije a Thalía cuando empalideció al escuchar el último añadido de Jack, la advertencia acerca deque iba a ser un viajemuy «vertiginoso».

—No, no puedo. —Sus labios apenas se movieron—. El vértigo me vencerá.

—Claro que sí puedes —aseguré—, ya lo hemos hecho antes, ¿no? Y al igual que esa vez, yo estaré contigo. Iré contigo. ¿Confías en mí?

No hubo ningún titubeo en esta ocasión.

-Sí.

Sonreí, alentador.

—Bueno, parece entonces que un pajarillo llamado «Avance» está cantando en nuestros oídos. No te dejaré caer, Thalía. Ni mirar hacia abajo. No si está en mis manos evitarlo. Lo prometo. Además, dudo mucho que en esa translación, que más parece astral que física, como sí que ocurrió en el portal interdimensional, uno sea realmente consciente de si se desplaza hacia arriba o hacia abajo.

-Tenemos un trato, entonces -apuntó, buscando mi mano-. Un tratopuramente beneficioso para ambos, técnico en lo amistoso, y libre de todo rastro o sospecha emocional. Te lo advierto.

-Me parece bien -acepté, entrelazando los dedos con los suyos-. Y estarás de acuerdo conmigo, entonces, que es de tontos no cobrarte mis servicios.

-Eh. Mucho cuidado con cómo pretendes que te lo pague -advirtió, entre ceñuda y divertida.

-Mujer de mente sucia... -me hice el indignado-. Si sólo pido por pago una noche en tu compañía.

Thalía abrió la boca, pero no llegué a oír su réplica. De repente sentí que algo tiraba de mí, un gancho en mi ombligo que me arrastraba consigo en unas continuas vueltas y vueltas que a punto estuvieron de marearme. La esfera me engulló. Y de pronto me vi cayendo entre las nubes, una caída en picado que no tenía final. Noté que Thalía me apretaba con fuerza la mano, la oí chillar a lo lejos, pero su grito no fue más que un susurro evaporado en el viento.

El pánico me inundó, pero me obligué a mí mismo a confiar en el Alma. De pronto giré sobre mí mismo, frenando abruptamente la caídae, inexplicablemente y sin transición alguna, cogí carrerilla… esta vez hacia el cielo; salí cabrioleando hacia arriba. Y luego la velocidad fue amainando hasta un ritmo moderado. Era un ascenso lento, casi podía decirse que flotaba sin acabar de desplazarme de lugar, pero sabía que no era así. El instinto me instó a girar hacia un lado como si ahí hubiera un imán que estuviera atrayéndome sin conmiseración alguna a mi desorientación, así que me apresuré a simplemente dejarme llevar.

Era una embriagadora sensación, sobrevolar edificios, casas, rompiendo con las leyes espacio-temporales sin fijarme apenas en las luces deslumbrantes que me rodeaban y giraban a mi alrededor como si yo fuera el eje entorno al cual esos destellos rotaban igual que planetas. Contornos, sombras y perfiles eran todo cuanto podía distinguir a mis pies, y el ruido del silencio era lo máximo que atinaban a interceptar mis oídos. Y entonces percibí que comenzaba a moverme a un ritmo más acelerado que encima iba aumentando de velocidad, así que deduje que nos estábamos acercando a la meta.

Dicho y hecho.

A pocos segundos nos detuvimos, el Alma abandonó mi conciencia con una última caricia de despedida y un agradecimiento mental por mi parte. Abrí los ojos.

Y me encontré en el comedor del campamento mestizo 1, sobre un cuerpo tibio y blando, justo tumbado y puesto de lado, como un niño pequeño al que lo acunan contra el pecho,en el regazo del Señor D. En los brazos del sumo inquisidor del campamento.

-¡Vaya, vaya! -Exclamó; si le sorprendió mi repentina aparición, cuanto más el bochorno en la postura en que me hallaba, el dios supo disimularlo muy bien-. Aquí tenemos a alguien que sigue rogando por un mimito de papá. -Me palmeó el trasero-. Pobre.

Me retiré con violencia, saltando de sus brazos al suelo como un felino en tensión. Risas colectivas se oían por todas partes, y no era para menos. Ruborizado hasta las raíces, corrí hacia la salida del comedor como alma que lleva el diablo y no dejé de correr hasta alcanzar las verjas del camping 2. Sólo entonces fui consciente de que Thalía iba detrás de mí, resollando por la carrera y por la risa contenida.

-No digas nada -ordené, cuando abrió la boca; leí su burla en el brillo divertido de sus ojos y no me apetecía escuchar nada que tuviera que ver con el momento más bochornoso del día, por no decir de toda mi vida-. Chitón. No hables.

Miré de refilón hacia arriba; vi un cielo de tormenta, encapotado por nubes que cegaban la luz nocturna. Soplaba un viento fuerte y la temperatura era mucho más fría de lo esperable. Pasé un brazo por encima de los hombros de Thalía.

-Vamos adentro -dije.

-¡Eih! ¿Dónde estabais? -Nos giramos hacia Jack, que avanzaba presuroso hacia nosotros-. ¿A dónde habéis ido a parar? Ya nos teníais preocupados.

Tras él, vi al resto de semidioses que habían viajado con nosotros a Limbhad, así como a Christian y a Victoria. Thalía se retiró con disimulo de mi abrazo. A parte de ellos, ni un alma se veía en los alrededores. No me extrañó. En aquel momento todos estarían o en sus habitaciones, ya cenados, o en el comedor, aún cenando. Era de esperar que no estuvieran fuera, a esas horas, más con la oscuridad que había expulsado todo rastro de luz solar en el cielo.

-Ahí. -Señalé por encima del hombro y con el pulgar al camping mestizo del que acabábamos de huir-. Hemos ido a parar en medio del comedor de los otros campistas.

El ceño de preocupación de Yandrak se extinguió y, entendiendo, sonrió compasivo.

-El Alma te lleva a donde estés pensando. Si no tenías bien definido el destino en la cabeza…

-Sí, ya. -Encaminé mis pasos hacia nuestro comedor-. Lo recordaré para la próxima.

Él y Thalía vinieron conmigo (ella aún reprimiendo la risotada cada vez que nuestros ojos se cruzaban) y a medio camino se sumaron los demás. Entre tanto portal y trasladación de mundos y dimensiones, la tarde había sido bien movidita, y el hambre que sentíamos no era poco. Nada desdeñable, al menos en mi caso. El tentempié ingerido en Limbhad sólo había servido para avivar mi hambre. Y a éste sólo el cansancio y el sueño le hacían competencia.

Cuando irrumpimos en el comedor, un palmoteo recibió nuestro regreso. Por lo visto pocos se esperaban que volviéramos tan pronto, y encima de una sola y misma pieza. Thalía y Victoria se reunieron en la mesa de las cazadoras, junto al resto de hijas de Artemisa, y los demás fuimos a sentarnos a la mesa de Clarisse y Rachel, quienes se apresuraron a hacernos sitio.

De buena gana, dejé en manos de otros las respuestas a sus dudas y preguntas, y, simplemente, me dediqué a comer de todo y a no dejarme nada en el plato y a reponer fuerzas.

—Ha sido una experiencia rarísima —dijo Beckendorf, en respuesta a la ceja inquisitiva de Clarisse—. De hecho, hubo un momento que creí que iba a desmayarme. Puff. Tanto así que es recordarlo y me entran ganas de vomitar.

Annabeth le echó un vistazo a la pila de comida de su bandeja.

—Pero no te entran las mismas ganas cuando te pones hasta las cejas de comida, ¿no? por lo que veo.

El chico puso los ojos en blanco como diciendo: «¿y eso qué tendrá que ver? » y se inclinó sobre su bandeja para seguir comiendo, sin responderla.

Más tarde, al irme a acostar, me pasé una hora por lo menos errando entre las sábanas o, cuando me cansaba de estar tumbado, deambulando de pared a pared de la estancia, con las dudas sobre si ella vendría o no carcomiéndome todo el tiempo, y con la incertidumbre como única compañía.

Di vueltas entre las sábanas en busca de una postura cómoda, pero era como si alguien hubiese cambiado mi colchón por una bolsa de rocas. Y cuando el sueño me encontró, Thalía, como me temía, no se había presentado.

Al día siguiente, desperté en la mañana con el sol pasando de puntillas por la ventana y cosquilleándome los párpados. Había salido indemne de otra pesadilla, pero no con un despertar sobresaltado, al contrario. Y ese suave despertar tenía un autor y un por qué. Dos cosas me sacaron abruptamente de mi aturdimiento: una, el hecho de que no estaba solo en el dormitorio; había alguien apretado a mi costado.

Durmiendo.

Conmigo.

En la misma cama.

Sin que yo me hubiera percatado hasta entonces de su compañía.

Y dos, mi cuerpo parecía alegre aquella mañana, anatómicamente hablando, ya me entendéis, más de lo que es costumbre en el despertar de un chico.

Traducción:

Había una erección.

Muy prominente.

Bajo mi ropa interior.

¿El motivo habitual? Es una reacción natural de los chicos. Oséa, por favor, eso no tenía ni que avergonzarme ni arrancarme un pestañeo. ¿La causa extra? Thalía. Y la unión de ambas cosas, Thalía y una erección matutina, no era una buena combinación. Para nada.

Parpadeé de carrerilla unas cuantas veces seguidas, porque me costaba creer que ella hubiera cumplido el trato y que, efectivamente, estuviera ahí conmigo, abrazada a mi cuerpo, rodeándome el pecho con un brazo y las caderas con una de sus piernas, usando mi hombro como almohada.

Pero sí, ahí estaba; de cuerpo presente; con la cara relajada, vuelta hacia mí, el pelo desparramado tanto en mi hombro como en su rostro y en el colchón, volviendo a ejercer de atrapasueños o, como ya habíamos pasado a llamarlo, de atrapacronos.

Traté de respirar profundamente, disipar todo tipo de pensamientos no fraternales e impuros, contando hasta diez Misisipi, luego hasta cien Misisipi, luego hasta los doscientos días Misisipi que llevaba de vuelta en la Tierra... y ahí lo dejé porque el remedio no estaba funcionando.

Y no era para menos.

Con su cuerpo pegado al mío, el suave movimiento de su pecho contra mi costado y su olor impregnando mi nariz... no era de piedra, maldición. Un brazo mío le rodeaba la cintura, abarcando espalda, y otro arrugaba un puñado de sábanas, el único rastro de tensión a la reacción de la fugaz visita de Cronos por mis sueños.

Mi barbilla había estado descansando sobre su coronilla, y agradecí encontrarla sin huellas de babas por parte de mi boca. Esa sería la peor traición habidas y por haber de mi cuerpo hacia mi autoestima.

Giré en mi lado de la cama hasta quedar cara a cara con ella. Nuestras caras estaban cerca, nuestras cabezas compartiendo una misma almohada. Thalía tenía una mano doblada bajo la mejilla, de una manera tierna e inocente.

Moví levemente los dedos, acariciando su espalda, ascendiendo por sus omóplatos, resbalando por su espina dorsal y descendiendo hasta la curvatura de sus lumbares, disfrutando de la maravillosa sensación de tenerla ahí, conmigo, entre mis brazos, durante un momento que sabía, no iba a ser duradero, pero que, a la postre, guardaría toda una recopilación de emociones en mi pecho.

Sopesé el impulso de hacer caso a mi deseo y a la vocecita que me susurraba que colase esos mismos dedos bajo la camisa hasta palpar de lleno su piel, sin intervenciones de pijamas y sábanas de por medio. Pero tan pronto como me planteé llevarlo a cabo, me avergoncé de mis ideas. Eso sería como aprovecharme de ella, tomar su gesto de apoyo y amistad como algo más, algo que de seguro ella ni tenía en mente al venir aquí, para protegerme de las invasiones nocturnas de Cronos.

Además, otra vocecita, esa que hablaba con mi orgullo masculino, quería que de haber posibilidad de recorrer piel a piel su espalda, ella estuviera despierta, consciente, aquiescente para que disfrutase tanto como yo del momento, y esa vocecita hablaba más alto, y fue la que al final ganó.

Me limité a mirarle a la cara y a mover rítmicamente la mano de arriba a abajo por su espalda. Extendí la otra mano y le aparté los cabellos con suma delicadeza de la cara para recolocárselo hacia atrás, aprovechando la ocasión y acariciándole las finas y oscuras hebras, perocon suavidad, porque no la quería despertar, no en ese momento, mucho menos en ese momento.

A pesar del martilleo que sentía en la cabeza, obsequio indudable de Cronos, el cálido contacto de Thalía contra mi costado hizo apartar los pensamientos al respecto del titán. A cambio, acentuó otros pensamientos, igual de insistentes, pero mucho más sexuales. No pude dejar de sonreír mientras la comía con los ojos. Era estupendo contemplar cómo dormía, casi tanto como asomarme a mirar en el interior de sus deslumbrantes ojos azules. Thalía no era la chica más guapa que había visto en mi vida; no era, de hecho, la mestiza más guapa que había visto en mi vida, pero sí era la que más me gustaba, y la que deseaba que yo le gustara también y de igual modo. Estaba muy hermosa, incluso con los cabellos enmarañados y revueltos en todas direcciones.

Fue verla y el corazón me dolió de deseo.

Acaricié maravillado la corta melena oscura que se le ondulaba a la altura de los hombros, esos cabellos vueltos en un revoltijo durante el sueño; deslicé el índice por su cuello ladeado y me detuve a sentir el lento latido de la vena de su cuello. Allí batía su vida, allí batía su vigor, su pasión, su fuerza, su carácter.

Suavemente, me incliné y la besé en la frente. Ella se removió, acurrucándose aún más y pegándose a mí. Pero de improviso se irguió con una sacudida, sentándose sobre una cadera a la vez que me miraba con ojos como platos.

—¡Luke! Ah, dioses...

Se llevó una mano al pecho.

—¿Te he asustado?

—Tú qué crees.

Se dejó caer de costado dándome la cara, de vuelta entre las sábanas y la cabeza sobre mi hombro.

—Lo siento —me disculpé mientras le acariciaba el cabello—. Aunque el asustado debería ser yo. No me enteré en qué momento llegaste, anoche, y cuándo te metiste a dormir conmigo.

Ella volvió a alzarse sobre los brazos, más despacio, contemplándome largamente a través de sus oscuras pestañas como si no me hubiese visto en una eternidad.

—Las sorpresas no se cuentan. ¿No crees?

—Thalía... —Aún tumbado e intentando que se me aclarara la mente, sólo era capaz de contemplarla fijamente y sonreír a mi vez, como un bobo enamorado… vaya, como lo que era—. Bueno, no oirás queja alguna por mi parte.

Una sonrisa se distendió en sus labios y se extendió incandescente por su rostro.

—¿Entonces sólo dime cómo has pasado la noche.

—Sin pesadillas —me lo pensé un momento y después rectifiqué—, bueno, casi.

—¿Casi?

—Tuve alguna que otra, sí. Pero estando tú conmigo, no fueron de gran importancia. Estoy bien. De verdad.

Ella gruñó, satisfecha, pegándose más a mi cuerpo, asintiendo contra mi hombro.

—Me alegra oír eso.

Renové el movimiento de dedos en su espalda, esta vez masajeándolo más que acariciándolo.

Thalía suspiró suavemente, y sonreí por dentro porque no rechazase el gesto, como me había temido, sino que, al contrario, lo agradeciese.

—Oye... ¿cuánto tiempo llevas aquí?

—Vaya. ¿Ya tan pronto me echas?

—No, no, claro que no.

—Me has usado y ahora quieres deshacerte de mí.

—¡No! Por todos los dioses, no digas eso. Ni lo pienses siquiera. Yo jamás...

Y entonces sentí como su pecho se agitaba en una risa silenciosa.

—¡Argg! —Barboté—. Mujer cruel...

—Sólo un poco —pestañeó en un movimiento lánguido—. El suficiente para hacerte sudar un poco.

—Pues lo has conseguido —me quejé—. Te lo preguntaba porque no me enteré realmente de cuando llegaste.

—Normal. Estabas dormido. Hecho un grogy.

—¿Por dónde entraste? ¿Por la ventana? —Asintió—. ¿Y qué pasa con las otras hijas de Artemisa? ¿No se darán cuenta de tu ausencia?

—difícilmente. —Sentí contra mi hombro cómo negaba con la cabeza—. No comparto dormitorio con nadie. Y la única que sabe dónde buscarme, si surge alguna emergencia, es Victoria. Y ella no dirá nada.

—Ah, ya entiendo —murmuré, pensando en Jack, y en la vez que les había pillado a los dos asomados por la ventana, cada uno más colorado que el otro y con los cabellos despeinados y los labios hinchados. Por alguna razón, también añadí a Christian a la imagen de Victoria—. Claro que no dirá nada.

—¿Decías?

—Nada —me la acomodé mejor entre los brazos—. Sólo que... No hay gracias suficientes en el diccionario para decirte cuánto significa que estés aquí, conmigo.

—No las digas, entonces —dejó caer el rostro en el hueco de mi cuello, y tuve que reunir fuerza de voluntad para no cometer una estupidez en ese momento, una locura como ponerme a horcajadas sobre ella y besarla en la boca, una cagada que lo estropeara todo al final—. Para eso están los amigos. Y a los amigos no hace falta darles las gracias todo el tiempo. Lo entienden. —Pasó una mano por mi pecho—. Lo entiendo.

La caricia no contenía ninguna carga sexual, sólo un sincero gesto de amistad, simplemente, pero para el bulto de mi entrepierna fue una razón más para que sufriera los efectos de su cercanía. Desesperado, traté de entretener la mente en otras cosas.

—¿Y tú?

—¿Y yo... qué? —su voz fue a penas un ronroneo.

—Qué tal has dormido.

—Bien. —Se estiró todo lo que pudo cuan larga era, suspirando aún por el masaje de mis dedos en su espalda—. Mejor de lo que me esperaba.

—¿Ah, sí? ¿Has descansado?

—¿Mi cara no te dice nada? —Permaneció quieta entre mis brazos, los ojos abiertos en dos redondos cielos—. ¿Te parezco alguien que no ha descansado?

—Tu cara dice muchas cosas, aunque eso no significa que sepa leerlas e interpretarlas.

—bueno, pues lee mis labios e interpreta mis palabras.

—¿y cuáles son? —Musité, cumpliendo su orden y clavando la vista en sus labios, sus rosados y carnosos y hechiceros labios—. Esas palabras.

—Claro que he descansado —bostezó, estirándose más, y luego me propinó un flojo puñetazo en mi hombro—. Y ahora deja de mirarme así. Me incomodas.

—¿Así, cómo?

—Ya sabes. Como si quisieras comerme.

Sonreí de lado.

—No eres Caperucita. Ni yo soy un lobo.

—No. Eres peor.

Nos echamos a reír.

—Me tomaré eso como un cumplido.

—Bien. —Me dedicó una mueca burlona—, porque lo era. —retiró la pierna de encima de mi cadera, desenredando nuestros cuerpos, y al hacerlo rozó sin querer cierta parte de mi cuerpo, un bulto que no había dejado de endurecerse y crecer durante toda la conversación y que, hasta ahora, me las había apañado bien para que ella no se fijara en ello.

El tacto de su pierna contra mi erección despertó un hormigueo en la zona, causando que de mis labios escapase, involuntario, un audible jadeo y que apretase los dedos en su cintura, lo que provocó que me mirara sin comprender.

—¿Qué te ocurre? —Traté de encogerme sobre mí mismo, pero aquello le llamó aún más la atención.

Entonces recé a Hermes, a Zeus, al Olimpo entero, incluso a la mismísima Artemisa: «que no lo note, que por favor no lo note…». Bueno, ya sabemos todos de qué pié cojea el concepto de humor para los dioses. Porque como no podía ser de otro modo, ella lo notó. Por Zeus que sí lo notó.

—¿Estás…? —Bajó la vista; al ver mi gordo problema, abrió desmesuradamente los ojos; contuve la respiración, absolutamente abochornado, aguardando un estallido de furia—. ¡Oh mi diosa!

Se retiró de mí con violencia, echando las sábanas a un lado de cualquier modo y deslizándose hacia el suelo por un lateral de la cama, todo ello con los ojos abiertos como platos.

—No es lo que piensas —dije, apresuradamente, pero fue decirlo y pensar en ello, y el segundo motivo de mi erección se intensificó, y entonces sí fue lo que ella pensaba porque yo también pensé en ello y pensar en ello hizo que la sangre bajase más al sur de mi cuerpo y que, por lo tanto, la erección fuera aún más voluminosa, una señora erección y... oh, me estaba liando hasta a mí.

—¿Qué? —Graznó—. ¡Qué!

—No es lo que parece —repetí, echándome por encima toda la cantidad de sábanas que pude reunir en un súper ultra mega rapidísimo segundo—. Esto es normal. Es biológico. Una reacción del cuerpo. -Casi estaba tartamudeando-. Les pasa a todos los chicos. Todas las mañanas. Al despertar. Lo juro.

Thalía miró fijamente el bulto de mi pantalón, ya tapado, enrojeció, alzó la mirada hacia mi cara, volvió a enrojecer, volvió a mirar el bulto de mi pantalón y vuelta a enrojecer.

—Oh, no. Esto no me está pasando. T—tengo que irme —balbuceó de súbito, buscando frenéticamente sus zapatos—. T—tengo que... ya sabes, volver con e—ellas; con las c—cazadoras. Y—yo, te—tengo que... ¡oh mi diosa, oh mi diosa, oh mi diosa!

—¡No! ¡Espera! —Pegué un furioso tirón a las sábanas al bajar también de la cama—. ¡Lo juro por el río Estigio, no he hecho nada! ¡Esto es normal! ¡Les pasa a todos los tíos! ¡En serio, no te miento! Se me pasará; de verdad, quédate. ¡Thalía, por favor!

—No, no. Yo tengo que volver con las cazadoras —dijo, casi resollando, sin dejar de mordisquearse el labio entre palabra y palabra hasta dejarlo blanco, y sin mirarme a la cara, donde el rubor había acudido a mis mejillas—. Soy una de ellas. Soy una hija de Artemisa. Te—tengo que... mi lugar está ahí, con ellas, no aquí, contigo y... —echó una ojeada a mi cubierta entrepierna—. De verdad, debo irme. Ya s—sabes, antes de que se despierten las demás y vayan a buscarme a mi dormitorio por cualquier cosa y no me vean.

Había encontrado por fin los zapatos y corrió rauda a la puerta, sin detenerse a calzarse los pies, ansiando como nunca alejarse de mí y perderme de vista.

—¡Adiós!

Y antes de que pudiera hacer o decir nada más, alcanzó la salida de la habitación, abrió de par en par la puerta para escudriñar el pasillo, después traspasó el umbral del dormitorio y desapareció con un leve susurro de pies en el suelo.

No la seguí, aunque ganas de ir detrás de ella y explicarme hasta que lo entendiera, no me sobraban. Por una razón simple: ¿habéis probado a correr con una erección asomando entre las piernas? ¿No? Bien, porque es una acción casi imposible. Y más cuando la elevación no muestra indicios de pasar desapercibido pronto.

En su lugar, me derrumbé sobre la alfombra del suelo, descansando la cabeza en el borde de la cama, la vista perdida en el techo, maldiciendo mi asquerosa suerte.

—Oh, mierda... —me golpeé la cabeza contra el borde de la cama. Sí. Repetidas veces—. Joder. Maldita sea. ¿Por qué a mí? —Eché la pregunta al aire, pellizcándome el puente de la nariz—. Oh, maldición; maldición y maldición. ¿Por qué a mí?

Bajé la vista a la fuente de todo aquel malentendido. La tienda de campaña había vuelto a plegarse. ¿Traducción? La erección por fin había desaparecido. ¡Sí, ya! ¡A buenas horas! Para ese entonces, no quedaba rastro de la presencia de Talía.

Tan sólo mi bochorno.