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Historia 126109 — capítulo 31

Disclaimer: Digo Mea culpa por la trama. Del resto (personajes y escenarios) lo dejo en propiedad de sus respectivos autores, Riordan y Laura Gallego.

-…-…-

Capítulo 30. ¡Zasca!

-…-…-

Atardecía, días más tarde, cuando Victoria, Christian y Silena regresaron finalmente al campamento. Era un día tranquilo, no demasiado fresco ni demasiado otoñal. Unas cuantas nubes finas programaban soltar alguna que otra llovizna, pero no sería hasta caída la noche cuando se decidiesen a regar la tierra con su parca humedad.

El breve asentimiento de afirmación de la hija de Afrodita, dirigido a Clarisse, nada más traspasar la entrada despejó toda reticencia al respecto del plan de retirada. Cuando la chica franqueó el umbral de la sala de reunión -como ya había pasado a llamar a la Casa Central, al menos para mis adentros- todos los que nos hallábamos dentro nos quedamos inmóviles y mudos, mirándola, igual que mendigos que contemplaran una procesión real que pasaba ante ellos.

Rachel, a mi lado, se acomodó en su asiento con las rodillas levantadas debajo del vestido de media manga; se inclinó hacia delante y entrelazó las manos sobre las rodillas, lista para escuchar y no perder detalle de cuanto tuviera que contarnos la hija de Afrodita. No obstante, Clarisse fue la primera en recuperarse y en hablar.

—¿Qué tal ha ido el viaje?

—Bien. —Silena se dejó caer en el regazo de Beckendorf, rechazando con un mohín la silla que su amiga le ofrecía junto a ella—. Aunque no hemos ido a Limbhad.

—¡Cómo que no habéis ido a Limbhad? —Se inquietó Clarisse—. ¡Pero si la otra vez salisteis de aquí expresamente para eso!

Sí, bueno, pero los planes cambian.

—¿Y entonces? —Se impacientó La Rue—. ¿En dónde habéis estado durante todo este tiempo?

—Hemos ido a la casa de Victoria. Así, como primer contacto de viaje. —Se puso a juguetear con el botón superior de la camisa de Beckendorf—. Christian insiste en hacer el experimento con un grupo más numeroso de campistas.

—«¿Más numeroso?» ¿Qué quieres decir con «más numeroso?».

Silena se recostó con un suspiro contra el ancho pecho de su novio.

—Bueno, más que «numeroso», dijo «variado». Un semidiós por cada dios. De ese modo se asegura que no hay barreras ni de espacio ni de dificultades e intervenciones mestizas.

No me pareció descabellada la idea. Y por lo que vi en las caras de los demás, a ellos tampoco.

—Eso no explica por qué habéis tardado días y no simplemente horas en volver —apuntó Yandrak, columpiándose en las patas traseras de su silla—. Limbhad... casa de Victoria... da igual. Esa transportación se hace en minutos, por no decir segundos.

—Bueno, es que también fuimos a la casa de una japonesa.

Aquello provocó que la silla de Jack volviera a plantarse con un golpe brusco sobre las cuatro patas.

—¡Qué!

—Tranquilo, hombre; no fue nada de otro mundo.

—¿Cómo dices?

—No fue nada de otro mundo —Silena desdeñó su preocupación con un meneo de melena—. No fue tan difícil escalar el edificio, aunque desde luego fue un desastre para mi manicura. —Se miró compungida las uñas—. Ay. Mi pobre manicura.

—¿Christian llevó a Victoria a esa casa? —Jack parecía arder en ganas de declararle la guerra en ese momento a su compañero de Idhun antes de que Silena acabara de explicarse—. ¡Cómo ha podido! Y encima hacerla entrar en casa ajena, en el hogar de alguien que puede herirla, animarla a colarse como una ladrona...

—¡Alto, alto! So, dragón. La idea fue de ella, no de Christian —especificó Silena—. De hecho él ni quería oír hablar de Victoria junto a las proximidades de ese edificio hasta que ella se plantó y le hizo frente.

—Parco consuelo el que me ofreces —dijo Yandrak, sin permitirse serenarse.

—Déjalo ya —Silena dio un golpecito impaciente en el suelo con uno de los pies enfundados en botas que gritaban últimas tendencias—. En serio. Tú y Christian me ralláis. Me aburrís. Me asfixiáis. No sé cómo os aguanta cuando estáis en esa actitud de macho defensor. —Miró a Jack con una mirada firme y mesurada—. Victoria no es de cristal, sabe cuidarse por sí misma. A parte de que es una hija de Artemisa, y como tal es una cazadora de armas tomar. Tenéis que acabar con eso. Es una costumbre bien fea. Y en cuanto la vea, a ella y a Christian, se lo voy a decir a los dos.

—Pero si ella no ha… —trató de abogar Rachel por ella.

—Claro que sí —atajó Silena—. El modo en que deja que esos dos actúen alrededor de ella, sobreprotegiéndola hasta esos extremos… —Silena ejecutó un desdeñoso ademán—. En fin, es bonito tener amigos, pero no hasta el punto de ser la sombra que decide dónde poner los pies.

—¡Yo no he...! —Jack se ruborizó.

—¡Claro que sí! Tú y Christian. ¡Todo el tiempo! —Silena lo acusó con un mohín de los labios—. Francamente, no sé cómo os aguanta.

—Bueno. Y tras este tirón de orejas —interpuso Annabeth—, cuéntanos. ¿Qué hicisteis en esa casa? —se echó hacia delante en el asiento, preparándose para indagar—. ¿A quién visteis? ¿Con quien hablasteis? ¿La casa de quien era ésa en la que os colasteis?

—Era la de una japonesa. Ya os lo he dicho. Y no pasó nada, también ya os lo he dicho. ¿Para qué? ¿Con qué propósito el colarse? Para coger un cuadro que tenía colgado en la pared. O al menos era un simple y aparente cuadro, hasta donde yo sé. Christian y Victoria estuvieron hablando con ella como unos cinco minutos (hay que decir que al principio ella ni estaba en la casa y por eso tuvimos que hacer un poco de ejercicio por la fachada) pero, a parte de eso, no pasó nada más.

—Apropósito. ¿Dónde está él? —Preguntó Jack—. Y ella. ¿Dónde está Victoria?

Como respondiendo a su nombre, la chica cruzó la puerta en ese preciso instante, escoltada Por una arremolinada ráfaga de hojarasca arrastrada por la alzada corriente. La irrupción de brillante luz hizo que entrecerrara los ojos hasta que la puerta se cerró otra vez y la artificial luz de las lámparas volvió a dominar la visibilidad de la estancia. Capté enseguida la expresión del rostro de Jack, y recordé lo alegre que me sentía siempre al volver a ver a Thalía.

—Christian se ha quedado fuera —respondió la chica recién llegada a los inquisitivos ojos de Annabeth, que no dejaban de notar la ausencia del joven entre las dos chicas.

Me levanté, no supe por qué, y salí al exterior, a las primeras luces del otoñal hálito de la tarde. Las hojas caídas lo espolvoreaban todo, dando la impresión de que el suelo del campamento estaba tapizado en alfombra vegetal. En la puerta, permanecí inmóvil bajo la brillante luz del sol, acostumbrándome de nuevo a su luz, sintiendo el aire frío en el rostro, buscando con la mirada, hasta que vi a Thalía apoyada entre las raíces de un robusto pino joven. Enderezó los hombros cuando avancé hacia ella por el claro.

—Hola —saludé, componiendo una sonrisa.

—¿Qué haces aquí? —No me devolvió el gesto, pero al menos su tono no fue brusco. Más bien tenía el deje molesto de quien se ve interrumpido en medio de algo importante, tal vez una conversación.

—Buscaba a Christian.

—bien. —Pegué un brinco—. Ya me has encontrado.

Salido de las alturas, la voz de Christian se dejó oír sobre nuestras cabezas.

Thalía y yo levantamos la vista. Él estaba encaramado a un árbol, la silueta oscura y esbelta casi camuflada entre las ramas. En ese momento se adelantó, dio un salto en caída picada hacia el estallido de metros a sus pies. Durante un instante, quedó suspendido en el aire, la chaqueta desabrochada aleteando a sus espaldas, alas de murciélago llevándolo en suave aterrizaje al suelo.

—¡Uau! —exclamé—. A veces das miedo, chaval. —Me volví hacia Thalía—. ¿Sabías que estaba ahí?

—¿Con quién te crees que hablaba, si no?

—Ah, no sé. Tú es que te pones a hablar con cualquiera.

—Sí. —Me recorrió de arriba a abajo—. A la vista salta.

—Pensé que quizá ser por un tiempo un pino más te ha hecho entender el lenguaje de los árboles. —Le dirigí una mueca apaciguadora—. Secuelas de un trauma, ya sabes.

—Claro, claro. —Canturreó—. Sobreentiendo que pronto empezarás a sentir deseos de usar falda y tacón —contraatacó a renglón siguiente, risueña—. No dudes en avisarme cuando ese momento llegue, por favor.

—Ja. —Le lancé un trozo de amarillenta hoja a la cara, que ella esquivó con un elegante vaivén de su oscura cabellera—. Ja. Silena nos acaba de contar lo de los doce mestizos —añadí, dirigiéndome hacia Christian—. Es increíble que no hayamos pensado en ello antes.

—Me parece una gran idea —alabó Thalía—. Aunque no esperaba menos, viniendo de la mente de un shek.

-Siempre ese apunte final -recriminó él, recolocándose la chaqueta.

-Por supuesto. -Sonrió Thalía.

-Oye y, ¿por qué no pasas adentro? -intervine, señalando con la cabeza la entornada puerta de la casa central.

-No puede acompañarnos.

Basculé la vista entre Thalía y Christian.

-¿Por qué?

-Necesito alejarme. Volar. Apartarme de este círculo vicioso de humanidad -reconoció el propio Kirtash con la misma naturalidad con la que un fumador admite que necesita un cigarrillo o un empollón necesita leerse todos los temarios del curso al segundo día de iniciar las clases.

-¿Oye? -Me dirigí a Thalía-. O te ha tachado de inhumana o yo me estoy perdiendo algo.

-Se refiere a que quiere estar a solas, idiota. O al menos no tener a tanta gente alrededor.

—¿Qué demonios…? —dije, sacudiendo la cabeza, mirando al idhunita y preguntándome (no por primera vez) si aquel chaval tenía algún problema mental-. ¿Qué tienen de malo las personas?

-Que son personas -respondió él, llanamente.

-Las personas son personas -me mofé-. Vaya. Ese tiene que ser el segundo gran misterio del mundo. Te felicito por el descubrimiento.

-¿Quién le roba el puesto? -curioseó Thalía.

-Los hijos de Afrodita -dije, pestañeando en dirección a la casa que honraba a la diosa de la belleza-. Por supuesto. La sola pregunta ofende.

Tenía la firme sospecha de que los retoñossemidioses de Afrodita, encabezada por Silena, no dormían jamás y que utilizaban la noche para prepararse y aparecer radiantes al día siguiente. En serio. No podía haber otra explicación para su continuo aspecto radiante. Y los chicos eran peor. A lado de ellos, uno siempre tenía la sensación de estar zarrapastroso y mugriento.

-Pero no se lo digas -advertí-. Ya bastante engreídos vienen de fábrica como para encima darles más dosis.

Thalía se cubrió la boca con la mano, ahogando la risotada en el cuenco de la palma.

-Silencio absoluto.

-Y ahora en serio -me volví hacia el shek-, ¿qué tienen de malo las personas?

-Humanidad. Emociones. Calor... -sacudió la cabeza-. Esas cosas no van conmigo.

-No sé... -titubeé, recorriéndolo con la vista de arriba a abajo-, pero yo juraría que eres uno de los nuestros. Una persona. Ahora no me digas que eres un E.T de esos disfrazado porque sé de chicas a las que les va a dar algo.

—Podemos cambiar el cielo, pero no nuestra naturaleza. —Replicó él—. Tú eres tú y tu circunstancia.

Miré fijamente a Kirtash, que tenía los ojos azules y afilados como el hielo.

—Eso es demasiado filosófico para mí, pero Thalía lee mucho. Quizás ella entienda de lo que estás hablando —dije, no queriendo admitir que reconocía perfectamente la frase de Horacio.

—Luke, guapo, ¿me harías un favor? —me preguntó Thalía.

Me animé enseguida.

—Por supuesto.

—Cállate. —Y se dirigió a Kirtash—. Gracias por la cita, pero ahora justifica el por qué de su uso, si no te importa.

-Mi parte shek es la que necesita espacio —aclaró Kirtash—. No la humana. La serpiente alada, como mejor la reconocéis, no está habituada al continuo flujo de compañía humana. Precisa de un distanciamiento. Un llamado a la soledad.

Miré al arbusto donde el chico se había encaramado.

-¿Y trepar a un árbol es tu solución de soledad? Yo más bien lo veo como solución de alejarse del suelo firme.

-Estaba bien hasta que habéis venido a interrumpirme.

-Vino. -Lo corregí-. Hasta que Thalía vino a interrumpirte. Yo la he encontrado aquí, lo que significa que ha llegado ella primero, lo que significa que las cuentas de las molestias por esa interrupción, a la señorita Grace. Yo sólo me aproveché de la situación. Y por cierto, ¿a qué responde ese repentino deseo de soledad?

-Parece ser que su parte shek se está muriendo.

No entendí ni la misa a la mitad de a lo que se refería Thalía, pero me dio igual. De hecho ni pregunté de qué estaba hablando.

-Ah, bueno. -Encogí los hombros-. Pues entonces eso del viaje a Limbhad mejor lo dejamos para más adelante. Así, una de dos: o ya se habrá recuperado o bien habrá terminado de morirse. En cualquier caso, problema solucionado.

-¡Luke! -Se escandalizó Thalía-. ¡Por todos los dioses! Eres un insensible.

Pero cayó, aún más atónita, cuando christian, el siempre serio y frío y distante Christian, abandonó su habitual postura tensa y se echó a reír a mandíbula batiente.

-Quien te entienda que te compre -soltó ella, sacudiendo incrédula la cabeza, lo que causó que Christian se riera con más ganas; incluso yo sonreí-. Y de paso a ti también -acusó ella, golpeando mi hombro con el suyo-. Una se preocupa por vuestro bienestar y no hacéis más que reíros a cambio. ¡Hombres teníais que ser!

Y entonces sí que sí. Me sumé a las carcajadas de Christian.


Durante los días siguientes, los campistas estuvieron asustados. Las horas pasaban y la preocupación por el sangriento futuro a veces los vencía, y a ello se sumaba el hecho de que por cada día transcurrido, estaba más cerca la hora de la verdad, la hora nefasta donde monstruos y mestizos lucharían en una batalla donde podía pasar de todo.

Nadie estaba dispuesto a guardar silencio ni a quedarse para sí sus opiniones al respecto de la batalla. Al final fue Annabeth la primera en intentar tranquilizar los ánimos; dijo de la necesidad de no dejarse llevar por el desánimo; les convino a mantener la mente despejada. Todo un método de análisis a aplicar, consistente en sopesar los argumentos, tanto los que estaban a favor como en contra, demostrarlos sin favoritismos de los gustos de cada uno guiados por la subjetividad.

Entre tanto, la noticia de la partida a Limbhad se extendió por el campamento mestizo como corriente gélida de un viento tempestuoso.

Cada jefe de cabaña fue seleccionado para esa teletransportación de prueba. Lo que me dejó a mí libre de ir, ya que, por suerte, no era jefe de nada. La casa de Hermes estaba en representación de uno de los hermanos Stoll, o Travis o Connor, no sabía bien cuál de los dos.

En uno de esos días, entré en el establo, buscando ni sabía qué, y me llevé el sorpresón al ver a Silena dentro de un cubículo, con horcas y carretillas, apoyadas en las paredes, almohazando a su pegaso.

La luz del sol se colaba por una ventana alta que había en el punto más distante de la pared del cobertizo, aunque ninguna mirilla ni mirador se instalaba directamente en las extensiones del cubículo. El ambiente olía a paja, heno, polvo y caballos.

Aquel día Silena había trucado los vestidos por unos vaqueros, un suéter negro que le llegaba hasta el muslo y se le ajustaba a la cintura, con escote en forma de uve al que un pequeño lazo mantenía en corto a la porción visible entre los pechos, y bajo el cual se podía ver una camisa sencilla de blanco lino, y unos zapatos. Muy feos.

Feísimos.

Terribles.

En serio.

Oséa, sé que no soy el más adecuado ni el más apto para hablar de moda, gracias a los dioses, pero, en serio, esos zapatos eran horribles. Eran unos grandes chanclos de goma que le cubrían los pantalones hasta la rodilla.

—¡Lucy! —exclamó sobresaltada al oír mi risa a sus espaldas. Se volvió. Había estado tan ensimismada, deslizando una enorme y suave almohaza sobre el brillante pelaje de su pegaso, que ni me había oído llegar—. No te rías. —Elevó la nariz, altiva e indignada—. Nadie debería tener una montura a menos que se comprometa a limpiarlo y mantenerlo.

—Lo sé. No es de eso de lo que me río. ¿El último grito en moda? —Señalé burlón las botas para estiércol que calzaba—. Me preocupas.

—¿Envidia? —Levantó una pierna y la agitó en el aire al compás de un baile tonto—. La caca es caca, aunque sea abono orgánico. —Bajó el pie—. Además, mejor pringar estas horrorosas que a mis nuevas y preciosas bailarinas.

—Claro, claro. Y por eso le has pedido a Beckendorf que no te acompañe en la tarea. ¡No querías que te viera con ellas! Reconócelo.

Me complací por dentro al ver su sonrojo.

—Deja de burlarte y ayúdame —agitó los dedos enguantados en mi dirección—. Vamos, aunque no lo parezca, esto requiere trabajo. No me vendría mal tu ayuda.

No tenía nada mejor que hacer (y siempre me habían gustado los equinos, en especial los pegasos) así que me dispuse a ello. Me aproximé aún más al alado animal. Era una yegua, negra como la noche y hermosa como el pegaso inmortal de quien descendía toda la estirpe de caballos alados. El pegaso (imaginad un caballo con alas y habréis dado en el clavo) me clavó el hocico en la cara y resopló con suavidad contra mi rostro, lo que me causó cosquillas.

—¡Eih! —Le rasqué el largo cuello—. Hola, preciosa.

Silena asintió en señal de aprobación cuando vio que el pegaso y yo nos presentábamos mutuamente.

—¿Has montado alguna vez?

—Alguna que otra, sí —dije, vagamente, evitando entrar en detalles—. Aunque más he cabalgado con caballos.

—Ah, pero no son lo mismo —protestó Silena—. ¿A que no, Pinki? —El pegaso giró la oreja hacia la voz y resopló por la nariz, apoyando las palabras de su amiga.

—Ya sé que no son lo mismo —le di unas últimas palmaditas en el cuello a, ¿Pinki? pensando que la pobre yegua no merecía ese apodo rosita puesto por Silena pero, en fin, ni intención tenía de meterme en ese asunto—. Pero en experiencia de monturas los caballos es en lo que no ando corto.

—Corta. —Alcé las cejas, sin entender—. Querrás decir que no andas corta, no corto.

—¿Ves? De ahí que me encante hablar contigo —traté de bromear para quitarle importancia a mi desliz—. Todo un placer. Siempre captas a qué me quiero referir.

Silena bufó, entendiendo que le estaba adulando, pero no hubo duda de que se sintiera complacida. A continuación me puse manos a la obra. Volqué la carretilla con caca de caballo y la rellené de serrín limpio. Estaba alisándolo alrededor del suelo del cubículo cuando oí a Silena decir:

—¿Lucy?

—¿Mmm?

—Lo he estado pensando. Y he llegado a la conclusión de que tenemos que hacer algo.

—Mis manos están ocupadas ahora mismo, por si no lo habías notado.

La oí chasquear la lengua.

—Me refiero a los monstruos.

—¿Es que no estamos haciendo ya lo suficiente?

—Pues no. La gente está alicaída. Y eso no se puede permitir.

Alcé la vista hacia ella. El rostro de la chica estaba todo contraído, absorta en reflexiones internas que intentaba plasmar en palabras para compartirlas conmigo y hacerme partícipe de ellas.

—Ésta va a ser una guerra larga, Silena. Ves haciéndote a la idea. Y los demás campistas, también. No se ha perdido toda esperanza, y ni mucho menos el curso de la batalla está decidido. De ahí que tengamos que pelear por esa victoria.

—Sí, pero no podemos permitir que los chicos vayan a luchar con ese sentimiento de derrota por dentro.

—ah, pero es que esa es, precisamente, la agonía del mando en una contienda de esa magnitud: las dudas, los miedos, los sentimientos de desesperanza. Ésos son cosas que todos sienten, y los mestizos no vamos a ser la excepción, por muy valerosos o arrojados o héroes que pasemos a ser considerados después, en la historia.

Se pasó un pulgar por la línea de la mandíbula.

—Vale, pero igualmente sigo sosteniendo que es necesario hacer algo con eso. Frenarlo. Ponerle remedio.

—¿Remedio?

—Remedio, sí.

Pinki metió la cabeza en la repisa metálica que contenía heno fresco y se puso a masticar mientras Silena continuaba cepillando su lustroso pelaje.

—Remedio. —Repetí.

—No pienses en términos de enfermedad, tonta. Vete un paso más allá.

—¿Hasta dónde, exactamente?

—Hasta el punto de no dejar que la desesperación los domine. Infundámosles un poco de alegría, un motivo más para no rendirse.

Extendí con cuidado otra ración de paja limpia por el suelo del cubículo.

—Explícate.

—Lo que necesitamos, más que nada, es algo para alejar la mente de todos de la tarea que tenemos entre manos durante un tiempo.

Abandoné un rato la pala, apoyé un puño en la cadera y fruncí la frente.

—¿Como qué?

—No lo sé. Algo que les dé un motivo para alegrarse. Algo que les suba el ánimo. Algo que les haga más bien que cualquier otra cosa.

Me mordisqueé el labio inferior, pensativo.

—¿Te refieres a alguna especie de juego o algo así?

—No lo sé. Hummm, no. Tanto como juego, no. Algo más largo, más duradero, con más fuerza y enganche. Tenemos que hacerles ver que ni Ethan ni los monstruos, ni siquiera los titanes con los que al parecer se ha aliado, no pueden impedirnos vivir nuestras vidas, disfrutar del simple hecho de vivir y ser personas, no simplemente seres. ¿Alguna idea?

Era una intención noble, muy noble la suya, ciertamente. Pero...

—Bueno, lo cierto es que no se me ocurre...

—¡Fiesta!

Si me hubiera dado un bofetón no me habría dejado más descolocado.

—¿qué?

—¡Fiesta! —repitió, emocionándose por momentos.

—Ya te oí la primera vez. ¡No estarás hablando en serio!

Se irguió de pronto en un solo movimiento.

—Pues claro que sí. ¡Muy en serio! Lo que oyes. Hay que subirles el ánimo, ¿recuerdas?

Me la quedé mirando, incrédulo.

—¿Y una fiesta te parece acaso la mejor solución? ¿Me tomas el pelo?

En ese instante, Silena dio una palmadita, como entusiasmada con esa nueva ocurrencia.

—Piénsalo. ¿Qué mejor remedio que un poco de baile y música para agilizar el espíritu?

Silena frotó su nariz con la del pegaso, riéndose tanto por la sensación cosquilleante del contacto del animal como por la alegría rebosante de su idea sobre el baile, y a continuación besó su hocico, recubierto por un cálido terciopelo.

—¿Verdad que es una idea estupenda, Pinki? —Para mi desgracia, Pinki relinchó, suavemente. Un voto a favor de Silena.

—Un baile —paladeé las palabras, sin que me terminaran de convencer del todo aquella idea—. Eso está muy visto. ¿No crees?

—visto o no, es necesario. Muy necesario. Además que va a ser un baile especial. De esos con música y pareja y gente a sacar a bailar.

—¿obligarás a las cazadoras de Artemisa a sumarse a un baile? —Me mostré escéptico, y con razón.

—Yo no obligaré a nadie. Ellas por sí mismas se sumarán.

—Sí, claro. —Mi escepticismo creció por momentos.

—Lo harán. —su tono decía que ya se iba a asegurar ella de que así fuera—. Ya lo creo que participarán. Así tenga que robarles los arcos y amenazarles con no devolvérselo nunca, si persisten en negarse. ¡Uy, sí! como me llamo Silena que esas altaneras se unirán.

—Bueno, pues Silena, permíteme que lo dude. —Me entraba la risa de sólo imaginarme la situación—. Además —añadí antes de que abriera la boca para protestar—, tu idea primero tendrá que obtener el aprobado de todo el consejo. Empieza por ahí. Eso es más fácil de conseguir.

—Bah. Eso es lo que menos me preocupa. La dificultad radica en esas hijas juramentadas. Son unas engreídas.

—Y tan vanidosas como tú.

Silena soltó un bufido.

—La diferencia es que yo tengo preciosos motivos de sobra para ser vanidosa.

—Creo que lo vas a tener chungo —insistí—. Cazadoras, vanidosas; arrogantes y orgullosas. Cuatro ingredientes explosivos para tus intenciones.

Sin embargo, ella ya no me prestaba atención, pues se había emocionado de lo lindo con su idea; tenía la mirada perdida, volando rauda a ese hipotético baile. Incluso había dejado de cepillar a Pinki.

Al final tuve que acercarme y chasquear los dedos delante de sus ojos.

—¿Hola? Aquí, desde la Tierra, llamando a Silena. No es buen momento para soñar despierta. Hay un pegaso que se está ofendiendo porque la estás haciendo esperar. Y yo también, dicho sea de paso.

—Oh, Lucy, ¡será genial! ¡Estupendo! —parecía dispuesta a ponerse a bailar de un momento a otro—. Ya me lo estoy imaginando: la decoración, los preparativos, la música, las listas en espera de con quien bailar... ¡Oh, los vestidos!

Una idea repentina me vino a la mente. Reproduje la reciente conversación con Silena, palabra por palabra. Me quedé paralizado, pala en mano, viendo las nuevas posibilidades que abarcaba el baile de la chica.

—Yo te ayudaré a convencerlas —barboté en una promesa repentina, sin pensar.

—¿En serio? —Su rostro se iluminó como si estuviera bajo el foco de doce soles a la vez—. ¡Estupendo! Mejor. Gracias, Lucy. Tú te llevas bien con ellas. Y más con su líder, así que no voy a desdeñar tu oferta. Para nada.

—¿Tenemos un trato, entonces?

Ella frunció el ceño.

—¿Vas a pedirme algo a cambio?

—Por supuesto que sí. Enfrentarme a esas cazadoras va a ser como meterme en el cerco con un toro, vestirme de rojo y azuzarles con un ¡ole, torito, ole!

—¡Serás cara dura! ¡El baile es para todos! ¡Tiene buenos fines!

—Y las cazadoras no querrán participar —apunté—. Pero ambas podemos hacer que funcione. ¿Quieres arriesgar tu estupendo plan, descartar tan pronto tu intención de subirles la moral a los campistas, dejarlo todo en manos de la amargura de esas chicas?

—No, claro que no. Pero...

—Entonces necesitas mi ayuda. Y si vas a tener mi ayuda, me deberás un favor.

—¿Qué clase de favor es ese?

Me encogí de hombros.

—Ya me lo pensaré. Ahora mismo no se me ocurre nada, pero algo me vendrá. De eso no te quepa duda. ¿Y bien? —Extendí el brazo—. ¿Hay trato, entonces?

—Hay trato. —Me asió la mano tendida—. Pero más te vale que no me pidas cosas raras, Lucy, porque entonces quien morderá el polvo serás tú.

De pronto me sentí tan completamente esperanzado, lleno de nuevas posibilidades,que ni siquiera la perspectiva de una fiesta preparada por Silena fue capaz de erizarme los nervios. Todo lo contrario. Sonreí, vencido por un ramalazo de esperanza. Lancé un puño triunfal al aire y, sin preverlo, salté sobre Silena, abrazándola con fuerza.

—¡Maravillosa! ¡Increíble! ¿Te he dicho alguna vez lo estupenda que eres?

Ella se removió, intentando zafarse de mi abrazo de oso,y me propinó un flojo puñetazo en el brazo.

—Ya sé que soy la mejor. Eso no tienes ni que recordármelo. Pero si vas a abrazarme, por favor, ¡hazlo a la altura de la cintura, no del cuello! —A pesar de su reprimenda, se la notaba bastante complacida—. En serio, Lucy, eres lo menos femenino que he visto por aquí en mucho tiempo. —Puso los ojos en blanco para después añadir—, ¡y eso que convivo con Clarisse!

Me eché a reír. E incluso a mi ego le agradó la comparación con La Rue. Le quité la cinta azul de la frente que ponía moderación a su cabellera, y acaricié, bueno, más bien revolví, el pelo platino que resbaló de vuelta a su espalda una vez desapareció la presión ejercida por la cinta.

—¡El pelo no, el pelo no! ¡Ya lo sabes, Lucy!

Nuestras carcajadas resonaban en el silencio del establo mientras, sin dejar de empujarnos y forcejear como niños de seis años, yo la esquivaba para ir a revolverle más el pelo y ella se desquitaba las veces en que lograba alcanzarme y darme puñetazos en el primer sitio que encontraban sus puños. En una de esas, me hizo la zancadilla y logró hacerme perder pie. Con un último grito de triunfo, la arrastré conmigo en la caída. Silena rebotó contra mí.

Y fue en esa posición como nos encontró Thalía, segundos después de abrir la puerta del cubículo.

Yo tirado en el suelo, boca arriba, y Silena tumbada sobre mí boca abajo cuan larga era, con nuestras caras a pocos centímetros la una de laotra.

Moví el cuello en dirección al chorro de luz que se derramaba desde el marco de la entrada. Mi carcajada quedó petrificada al instante en mis labios al caer en la cuenta de qué podía estar pensando Thalía al encontrarnos en tan embarazosa posición.

—No es lo que parece —dije, saliendo de debajo de Silena y separándome con violencia de ella—. Sé lo que debes de estar pensando, y no van por ahí los tiros.

—¿Ah, no? —Thalía apoyó la cadera en la puerta, lenta, muy lentamente, enarcando las cejas—. Sé bien lo que he visto. Mis ojos no me engañan.

Me obligué a caminar hacia delante, tratando de aparentar inocencia, sin dar la impresión de alguien que es culpable pero intenta parecer lo contrario.

—No, no. No pienses mal.

—¿Y qué he de pensar?

—Ella y yo no estábamos... Es decir que no hacíamos nada. Tan sólo...

Me vi en un apuro. Y la actitud de Silena no ayudaba ni un poquito. Sin rubor ni prisas, la chica se levantó, se sacudió la paja adherida a sus pantalones y, con toda tranquilidad, como si hubiera estado tumbada sobre una mullida almohada y no sobre el cuerpo de un chico que no era su novio, se dirigió a Thalía:

—No la hagas caso. Hemos estado dándonos el lote hasta que has llegado tú a cortarnos el rollo. ¿Verdad que sí, Lucy? —Dibujó una sonrisita maliciosa al ver el espanto agrandar mis ojos—. Vamos, cariñín, confiesa, si total ya nos han pillado. —Con una sacudida enérgica del cabello, se retiró los mechones platinos de la cara; luego resopló y añadió, poniéndose en jarras—. ¡Por favor! El miedo latente homosexual es propio de los tíos, no de nosotras. Además que yo estoy interesada en cierto herrero de manos grandes y hábiles, muy muy hábiles. Mientras que tú... —entornó los ojos—. Bueno, no tienes más aire heterosexual porque no puedes.

Me quedé asombrado. ¿Cuál era exactamente el aire heterosexual?

—De estar Beckendorf aquí, creo que te pediría que no descartes a la chica tan pronto, Silena. —Habló Thalía aún desde el quicio de la puerta—.Pero, ¿tú la has visto bien, con atención? Creo que os serviría bien para la fantasía a tres bandas tan propia de los tíos. —Por encima de su hombro, vi asomarse la cara de Victoria, cotilleando a qué venía tanto sonrojo por mi parte—. Vamos, obsérvala, Silena. Ese pelo tan encendido, de rojo pasión... esos ojos verdes... esa mirada tan genuina de cordero degollado... y esos pechos, ¡tan grandes!

—¡Y el pompis! —Apostilló Silena, riéndose a mi costa, sumando su carcajada a la de Thalía—. ¡Que no se te olvide el pompis! Redondito, prieto, duro... ¡nuestra chica lo tiene todo!

—¡Bueno ya! Fue suficiente. ¿Basta, no? —Impuse mi voz a sus risas—. He aprendido la lección. ¿Contentas?

—Eso espero —dijeron ellas al unísono.

—¡Será presumida la chica —refunfuñó Silena—, creyéndose aquí irresistible...!

—¡Mira quién va a hablar! —acusó Victoria, no sin burla, observando el modo en que la seudoafrodita había comenzado inmediatamente a repeinarse con los dedos la rubia melena porque, según su entender, lo llevaba todo enredado, aunque a mis ojos ningún pelo se salía de su lugar—. Eres la coqueta número uno de este campamento, chica.

La rubia se la quedó mirando con cara de pocos amigos. Luego, sin previo aviso, sonrió.

—Da gracias que me caigas bien —dijo, terminando de adecentarse la ropa—, de lo contrario te haría morder mis botas ahora mismo.

—¿tú a ella? —preguntamos a la vez Thalía y yo, al mismo tiempo que Victoria, incrédula, decía:

—¿tú a mí?

—Por supuesto. —Silena puso cara de ángel—. Pero eres la única hija de Artemisa que me cae bien, así que te lo consiento.

—¡Vaya! Gracias por lo que me toca.

—A ti ni siquiera te veo como una cazadora —apaciguó Silena a Thalía; al ver la expresión de pocos amigos de ella, concretó apresuradamente—, quiero decir que me falta por acostumbrarme. Sigo pensando en ti como hija de Zeus, ante todo.

—¿Me tomas el pelo? ¿Después de años siendo cazadora?

—Te he visto poco en estos últimos años, ¿recuerdas? —Dijo, midiendo las palabras—. He ahí el problema. Cuando nos vemos, debo acostumbrarme a verte como hija de Artemisa, y eso me cuesta, pero cuando por fin empiezo a habituarme, vuelves a desaparecer, y ese avance se queda en nada, en polvo; así que cuando al cabo del tiempo te vuelvo a ver, es como empezar otra vez desde cero.

—Oh, sí. Sé bien a qué te refieres, Silena —dije, mirando fijamente a Thalía a los ojos—. Porque a mí me pasa igual. Para mí siempre será hija de Zeus, diga lo que diga.

Thalía me lanzó una mirada tan dura que, en serio, temí ponerme a arder por combustión espontánea de un momento a otro. Pero su enojo mudó de fuente cuando Silena, radiante, exclamó:

—¡Ah! ¡Entonces sí que es verdad que os conocíais de antes! —Chasqueó los dedos, triunfal—. ¡Lo sabía! Beckendorf me debe una. ¡Gané!

Thalía se cruzó de brazos. Su voz sonó cargada de advertencia.

—Explica eso último.

—¿el qué?

—¿apostaste con tu novio algo acerca de mí? —Me miró de reojo y rectificó—, ¿de nosotras?

—Por supuesto. —Silena ni siquiera tuvo el detalle de sonrojarse—. Todos hacíamos teorías del por qué de esa enemistad vuestra, esa tirantez.

—No voy a preguntar por esos argumentos —dije, sin sonar sorprendido en absoluto—. Básicamente porque yo habría hecho lo mismo —confesé.

—¡ah! ¿De veras?

—Sea como sea —terció Victoria antes de que los rayos cargados en las pupilas de Thalía restallasen de un momento a otro en una descarga fulminante contra Silena y contra mí—, ahora no es momento de eso. Tenéis que venir afuera. Es urgente.

El corazón me saltó a la garganta y las manos me empezaron a sudar.

—Oh, no. —Me quejé—. ¿Y ahora qué ocurre? ¿Qué quieren?

—No pongas esa cara. No es nada grave. Ya se han completado los doce mestizos que viajarán por primera vez a Limbhad. Eso es todo. Y Christian quiere ir volando.

—¿Volando? —Volvía a hacer aparición la fobia a las alturas de Thalía—. ¿Vamos a ir volando? ¡Eso no me lo habías comentado!

—¡Por todos los dioses! —La voz de Silena sonó rotunda—. Claro que no. sólo es un modo de hablar. No fuimos volando antes, no lo haremos ahora. Es un modo de decir que Christian quiere ir hasta ahí de inmediato, que cuanto antes, mejor. No seas gallina.

—¡No soy gallina! —Protestó Thalía con voz débil y algo forzada.

—Claro, porque si no te amputarías las alitas para no volar. Cobarde.

—¡Que no me llames cobarde!

—Pues no te comportes como tal.

Mi cabeza iba de una chica a otra; me sentía como si estuviera presenciando un partido de tenis.

—Pija descerebrada...

—Pino sin valor...

—¡Dejadlo de una vez! —Restalló Victoria—. Cerrad. La. Boca. ¡Basta! Parad. Ya. Las dos.

—¡Me ha llamado pija! —se indignó Silena.

—¡Y ha empezado ella! —Protestó a su vez Thalía.

—¡Porque tú le has dado pie! ¡Y le has seguido el rollo! —Espetó Victoria—. No entres en el juego y San se acabó. Y tú —apuntó con el índice a Silena—, sí, eres una pija, lo sabes, todo el mundo lo sabe. ¿Qué tiene eso de malo? ¡Nada! Y no, no tienes derecho a burlarte de una fobia, porque tú también tendrás las tuyas.

—Oye, ¿pero tú de qué bando estás?

—Eso mismo digo yo —refunfuñó Silena.

—Mira, por fin algo que tenéis en común —dije, tratando de limar asperezas.

Por la mirada que las tres me lanzaron, más me habría valido fundirme contra la pared y quedarme calladito en un rincón, salir desapercibido y no llamar la atención.

-Esto no va por bandos -razonó Victoria-. Lo único que digo es que no es hora de empezar a pelear, y menos por tonterías y niñerías.

-¿Niñerías? -Thalía no estaba dispuesta a aplacarse-. ¡Se ha metido conmigo!

-Y tú conmigo. -Silena dio una fuerte patada al suelo-. Eso me pasa por querer explicarle una simple frase inocente..

—¡Argg! ¿Qué parte de basta. Ya. No habéis entendido? -Increpó Victoria-. ¡Por todos los demonios! Parecéis dos mocosas. Sois insoportables cuando os ponéis en ese plan.

—¿«Por todos los demonios»? ¿Has dicho «por todos los demonios»? —Se extrañó Thalía, mirando a su amiga con preocupación, como si creyera que ésta hubiera pillado una enfermedad que le drenaba los sesos—. ¿Sabes?, eso es casi un taco, una palabrota. Estoy comenzando a preocuparme por lo rápido que la boca se te ensucia en este campamento.

El cabreo momentáneo de Victoria se esfumó casi por ensalmo. De pronto se echó a reír.

—El mal camino por donde me llevas.

—¡Sí, hombre! ahora no limpies tu boca en mi conciencia.

—¡Anda, calla; vámonos!, ya te preocuparás luego por mi boca cuando estemos en Limbhad.

-Vale, vale. Pero tú... -por lo visto tocaba el turno de descargar contra mí, y eso que no había hecho nada-, te vienes con nosotros.

-¿qué! -Salté, mirando espantado a Thalía-. ¡No!

-Claro que sí.

-Es un semidiós por cada dios -señalé-. ¡Ya tienen al mestizo de la casa de Hermes! Mantenme al margen de todo eso. A mí no me necesitáis.

-Te vienes con nosotros, -declaró Victoria, apoyándola al momento-, Lu... Cy.

-Insisto. No me necesitáis.

-Insisto, sí que te necesitamos. -Sus ojos parecían querer darme el mensaje de una segunda lectura de sus palabras, pero no estaba por la labor de ponerme a interpretar miradas ambiguas-. Cuanto más variado sea el grupo, mejor. Y da igual que ya haya un hijo de Hermes en el grupo. Él se quedará. Y tú te vendrás.

-¿Pero por qué? ¿Para qué? -Pregunté, sin dar crédito a su terquedad.

-El por qué es evidente -intervino Silena-. Después de Clarisse, eres la mejor campista en el combate y las espadas. Y dado que ella no viene, porque debe guardar el camping por si surge alguna complicación de última hora estando ella lejos… Necesitamos a alguien que nos cubra las espaldas... por si acaso. -Se dirigió hacia las otras dos chicas-. ¿No es así?

Ellas asintieron al unísono, pero el par de ojos, castaño uno y azul el otro, guardaron otra razón de peso.

-Christian -insistí-, él es el mejor.

-Evidentemente -aceptó Silena-, pero nos referíamos a los campistas, no a los idhunitas. Además, a nadie le amarga un dulce, como se suele decir o, para el caso, nunca está de más una ayuda.

-¿Lo harás? -pidió la mis dulzura de Idhun. A punto estuve de aceptar, pero en el último momento negué con la cabeza, lo que no pareció sentarla bien; para nada-. Sí, lo harás. No te lo estoy pidiendo. Te lo informo. Lo harás -aseguró la misma chica, ahora ex mis dulzura de Idhun.

-¿Y si no qué? -Me crucé de brazos, retándolas con el gesto-. ¿Me arrastraréis hasta allí?

-¡Oh no, claro que no! -Victoria abrió los ojos como platos en un gesto de inocencia mal fingida-. Sólo creí que te gustaría asegurarte de que el plan llega a buen puerto, que ningún monstruo saldrá de la nada para llevarse a un campista o a una amiga tuya, consigo.

Abrí la boca... y la volví a cerrar. Comprendí el verdadero motivo del por qué me querían cerca. Estaba pillado.

—De acuerdo —claudiqué, descruzando los brazos y enterrando las manos en los bolsillos del vaquero—. Vosotras, chicas, ganáis. Iré.

—Tres contra uno —Silena me sacó la lengua—. No es que tuvieras muchas posibilidades de salirte con la tuya.

—Y si son tres víboras embaucadoras —suspiré—, menos aún.

Caminé hacia ellas, tranquilo; Thalía me esperó sin decir palabra ni despegar los ojos de los míos, y cuando estuve a su altura giró sobre los talones y juntos nos encaminamos hacia la salida del cobertizo.

Su mano rozó al pasar la mía y, aunque sabía que el gesto había sido casual, no pude, no obstante, dejar de sentir una corriente eléctrica recorrer todo mi cuerpo desde el punto en que su piel me había rozado.

Después de despedirse de Pinky con una última caricia en el cuello, Silena se puso a mi otro lado, rumbo los cuatro hacia la explanada.

—Daos prisa —apremió Victoria,mientras hacía un gesto con la cabeza para echarle el último vistazo al pegaso, quien estaba a lo suyo dale que te pego con el heno, luego nos miró, haciendo una mueca—. Casi que llegamos tarde.

—Respira, ¿quieres? —Aconsejó Silena, dando un paso atrás para apartarse del camino de la chica—. ¡Eh!, que tienen que esperarnos.

—¿Y por qué tienen que esperarnos?

—¡vaya! ¿Tú qué crees? Pues porque somos importantes. Evidentemente.

—Gente importante que llega tarde. —Señaló, apuntando con el pulgar la marea de campistas que dejaban sus quehaceres y entrenamientos con los pegasos y demás especies equinas y se dirigían también hacia la explanada vacía entre las casas.

—Exacto. Tú misma lo has dicho. Y mejor así.

—¡De eso nada! —Protestó Thalía—. Mueve ese culo, rubia.

—¿Es que no entendéis que la gente importante debe hacerse de rogar? —La altiva nariz de Silena compuso una mueca de absoluta exasperación—. Así su entrada es más espectacular.

—Silena, ¿es que nunca te ha dicho nadie que es de mala educación hacer esperar a la gente? —preguntó Victoria mientras echaba a correr por el pasillo de la casa que hacía de establo y caballerizas, bajando prácticamente las escaleras de la salida de dos en dos.

—Pues no. Nunca he oído esa tontería —dijo con su mejor voz de princesa de cuento engreída—. Y menos mal. Es una bobada.

—Teniendo en cuenta lo meticulosa que eres con el orden, la limpieza y demás —dije, saliendo disparado tras Victoria hasta alcanzarla ya casi en el último peldaño de las escaleras que descendían hacia el exterior de la casa—, me extraña que no lo seas también con las citas.

—Sólo con Beckendorf hace intento de puntualidad —se burló Thalía, al otro lado de Victoria.

—Bah. Porque él merece todos los segundos de las horas de todo mi tiempo —aseguró Silena, luchando por mantener nuestro ritmo—. Vosotras no. Y Clarisse y Christian, menos aún.

—Caray. Cualquiera diría que creciste haciendo esperar a los demás —señalé, entre curioso y divertido.

—Y «ése cualquiera» no se equivocaría —presumió Silena—. Y si creéis que lo mío está mal, eso es porque no conocéis a mi padre. El señor Beauregard, chicas. ¡Ah, ese sí! Estoy por jurar que a ese hombre Apolo lo espera cada día con su carro solar para salir y ponerse cuando le da la gana.

—¡Oh! —exclamé—. Eso explica tantas cosas...

Las chicas se echaron a reír. Poco a poco fuimos acercándonos al punto de encuentro. La oscuridad en aumento del crepúsculo iba a favor de lo desalentadoras que se habían puesto las cosas, del ánimo de bajón que recorría el campamento desde que se supiera de la proximidad de los monstruos y la consistente retirada a Limbhad.

El ocaso había llegado, y con él, un velo de oscuridad que pareció cubrir el cielo, como si el propio Apolo se hubiera cansado de su trabajo y hubiera abandonado el carro solar antes de tiempo, intimidado por el avance de monstruos que captaba desde algún punto lejano en la Tierra, con esa su visión global desde las alturas.

—A propósito, ¿qué estabais tramando vosotras dos y de qué os reíais tanto? —Indagó Thalía al cabo de un rato de silenciosa marcha—. Antes, nada más llegar.

Sacudí la cabeza después de intercambiar una mirada rápida y furtiva con Silena, dejando en sus manos toda explicación.

—Bueno —empezó Silena, con voz melosa, arrastrando las sílabas como paladeando lo que se disponía a desvelar a la vez que me guiñaba un ojo—, Lucy y yo justamente celebrábamos el gran acontecimiento antes de que nos interrumpieras.

La expresión burlona de Thalía trocó a una enfuruñada y ensombrecida mientras se inclinaba al frente.

—¿Estáis majaras? ¿Acaso una batalla es motivo de risas?

—Ese acontecimiento no. El otro gran acontecimiento.

—¿Qué otro gran acontecimiento? No he oído nada sobre otro gran acontecimiento.

Incluso Victoria, poco dada a poner malas caras, fruncía el entrecejo en aquellos momentos.

—Me he perdido —torció el gesto—. ¿De qué habláis?

—Del baile de despedida —respondió Silena—. Por supuesto.

Las muecas de confusión e incomprensión de tanto Thalía como Victoria se evaporaron al mismo tiempo que ambas se erguían. En sus rostros aparecieron súbitamente sendas expresiones sorprendidas, seguidas de una sonrisa intrigante en el caso de Victoria, alarmada en el caso de Thalía.

—¿Un baile? —preguntó Victoria, recelosa e ilusionada.

—¿Un baile? —inquirió Thalía, desinteresada.

—Sí, un baile —respondió Silena. Extendió los brazos, como si quisiera abarcarlas a las dos en un poderoso abrazo—. ¡Aquí! ¡En el camping! ¡Y pronto! ¿No es genial? ¡Aaah!

Y sin previo aviso salió disparada, corriendo hacia el sitio de reunión, dejándonos a los demás atrás.

—Esa chica no está bien. —Thalía sacudió la cabeza—. Lo juro. Nada, nada bien.

—¿De quién fue la idea de ese baile? —Preguntó Victoria.

—Suya, claro. ¿De quién si no? —Enterré las manos aún más en los bolsillos—. ¿Pensáis ir?

—¿Qué? ¿Es que acaso por ser hijas de Artemisa no tenemos derecho a un baile? —se ofendió Thalía.

—En los bailes se forman parejas —expliqué, titubeando, sorprendido por sus palabras—. Chico con chica... ya sabes.

—¿y qué? —Me miró de una forma que me hizo sentir más tonto que unos sesos de alga (si es que tal cosa existía) o, para el caso, una caca de vaca—. ¡Es un baile! ¡Un simple baile! No una declaración de amor. En serio, empiezo a estar harta de esos esteriotipos baratos sobre las cazadoras. ¡No somos unas aguafiestas!

—Vaaaaleeee. —Decir que estaba atónito era decir poco—. Uau. Tranquila, fiera. Tú y Victoria habéis sido, hasta ahora, una grata excepción a esos prejuicios concebidos a las hijas de Artemisa. ¿Qué van a opinar de esa fiesta vuestras compañeras de cabaña? ¿Que es un baile, un simple baile?

El escepticismo que teñía mis palabras dejó más que claro que lo dudaba muy mucho. Ellas resoplaron. Y fue gracioso verlas hacer el mismo gesto a la vez; me habría reído de ser las circunstancias algo más distintas de lo que lo eran en la actualidad.

—En ninguna parte de nuestro juramento pone que tengamos prohibido asistir a fiestas. Bailar. Divertirnos. No sé de dónde nacen esas ideas vuestras, de verdad que no.

—¿qué tal del hecho en el modo en que miráis a todo chico que se os acerca? —ironicé—. ¿Qué tal porque sólo Victoria y tú tenéis amigos del sexo opuesto? Y Victoria ni siquiera es de verdad una juramentada de Artemisa.

—Aunque no te lo creas, Luke, a nuestra diosa no le importa nada de eso. Ella también tiene amistades del sexo opuesto. Familiares, seres cercanos, dioses y mortales. No lo ve un sacrilegio a su persona.

—¿Ah, no?

—Pues no. en lo único que pone el punto, la incisión, es en las implicaciones sexuales, carnales, románticas y amorosas.

—No es que no quiera que se acerquen a los chicos —ofreció Victoria una mejor explicación—. Es que no quiere que se acerquen a personas que puedan tentarlas, hacerlas desistir de la palabra dada a la diosa. Generalmente esa tentación viene en forma de chico y testosterona, pero en realidad da igual el sexo. No a todas las chicas les gustan los chicos. Hay chicas que su tentación, en todo caso, vendría en forma de dos tetas y más hormonas. Esas son las personas de las que Artemisa advierte a sus hijas a alejarse. Da igual si es chico o chica. Lo único que quiere es que sus cazadoras se mantengan castas, vírgenes y puras. En cuerpo y mente.

A nuestro alrededor, campistas surgían corriendo de las casas y dependencias del camping para ir a ver lo que sucedía en el centro de la planicie..

—El amor de amistad es una cosa y el amor romántico es otra -prosiguió dilucidando Victoria-. Para la diosa, ambos conceptos están reñidos, no son compatibles, y sus hijas deben de elegir antes de jurarle lealtad. Pero eso no significa que la disguste que ellas tengan amistades fuera del círculo que forman. Esa es una mentira. Una gorda y triste mentira.

—una mentira que las demás cazadoras, no obstante, no cejan en adoptar, haciéndola realidad, dándole respaldo de verdad —señalé—. En otras palabras: del dicho al hecho...

—Las costumbres no son fáciles de cambiar —protestó Thalía—. Del mismo modo en que la teoría difiere de la práctica, del mismo modo en que la religión difiere de la tradición.

—Está bien. —Me detuve en seco, a mitad de camino—. Demuéstralo.

—¿qué?

Thalía se detuvo, sin comprender.

—Dices que a tu diosa no le importa que seáis amigas de los chicos —me encogí de hombros—. Pues bien, demuéstramelo.

Entrecerró los ojos. Victoria, a pesar de su impaciencia por llegar junto a Christian, también se detuvo; se veía interesada por el nuevo giro de los acontecimientos.

—¿Me estás retando?

—¿Yo? —Sonreí con sorna—. Para nada. Sólo pido una demostración de lo que afirmas. —Me coloqué delante de ella—. Una sencilla prueba. Aquí. Ahora.

—No has entendido nada de lo que te ha dicho Victoria, ¿a que no?

—Por supuesto que...

—No, no lo has entendido -espetó, sulfurada.

—Amor de amistad por un lado, amor de romance por el otro —recordé—. Sí, claro que la he entendido. Dos conceptos que riñen entre sí. Pero tú ya la has elegido. Tú la juraste fidelidad. Ya decidiste con qué concepto quedarte, así que... ¿dónde está el problema? Sigo queriendo ver esa muestra. Así que venga, vamos. Enséñame cómo Artemisa no repudia a los chicos. Enséñame cómo no le molesta que sus hijas traben amistad con más personas que no sean sus cazadoras. Enséñame esa libertad de la que presume.

Esperé. Victoria también esperó. Thalía me miró como si quisiera horadarme el cerebro. Echó una ojeada en derredor; había campistas por todas partes, campistas que acudían a la reunión convocada por Clarisse y Christian. Ellas intercambiaron una larga mirada donde se dijeron más de lo que nadie llamado a esa silenciosa conversación sería capaz de captar.

Tras un suspiro, la chica se inclinó y me dio un abrazo. Fuerte. Corto. Fraterno.

—Gracias —dije, devolviéndole automáticamente el gesto, inclinándome y besándole también en las mejillas—, eres un sol... Victoria.

Me aparté con cuidado de la chica, que me miraba como diciendo: «sé qué pretendes conseguir, pero no, no tientes a la suerte». Hice caso omiso de su advertencia.

—Tú no eres una juramentada de Artemisa, Victoria. Quiero una muestra que venga de ella. —Clavé la mirada en la azulada de Thalía—. ¿Qué tal eso? Una prueba. De la mismísima jefa de las cazadoras.

Nos sostuvimos la mirada. Victoria se apartó levemente, cediendo espacio. Finalmente, Thalía se acercó.

—Aquí. —Puso un dedo en el hueco de mi cuello—. Recuerdo haber dejado hace poco una prueba.

—Impulso de un momento de euforia —descarté—. Aquí. —Me toqué la mejilla donde me había plantado el bofetón nada más verme la primera vez—. Recuerdo haber sentido que dejabas la clase de otra prueba.

—¿Y quién dice que en mi caso ambas pruebas no sean del mismo concepto y que, en cualquier caso, estén reñidos? Son la misma muestra. La misma prueba. Prueba de afecto. Afecto de amistad.

—Vaya —dije, desinflado—. Vaya.

Me sentía como si me hubieran pegado una patada en los mismísimos hue… sos.

—Thalía... —la voz de Victoria fue apenada—, no lo hagas.

—¿Por qué no? —Se volvió con fiereza hacia ella—. Es la verdad.

—La verdad que quieres creer —dijo la idhunita, suavemente—. La que necesitas creer. No la que sientes.

—En cualquier caso es una verdad —sentenció Thalía, negándose en redondo a admitir otra posibilidad—. Y ahora —se volvió hacia mí—, si ya has terminado de retarme, Luke, te agradecería que reemprendiésemos la marcha. Nos están esperando.

—Vale. —Procuré que mi tono no sonara tan desfallecido como me sentía por dentro; a juzgar por la compasiva mirada de Victoria, no hice mi mejor logro—. Vayamos.

Dejé que se adelantaran unos cuantos pasos, pero Victoria permaneció junto a mí, la mirada clavada en la espalda tiesa de Thalía, que avanzaba con pasos furiosos delante de nosotros.

—Quien juega con fuego al final se acaba quemando —musitó—. Te lo advertí. La próxima vez no hagas preguntas para las cuales no estés preparado para escuchar y aceptar la respuesta.

La miré furioso, revelándome contra ese sentimiento de malestar que me acometía.

—No soy yo quien no está preparado para la respuesta —repliqué—. Y no voy a parar hasta escucharla admitir la verdadera respuesta.

—Vaya. —Enarcó una ceja—. Arrogante. ¿Qué te hace pensar que la que te ha dado no es la auténtica?

—Donde hubo fuego, cenizas quedan, Victoria. —Le recordé—. Y yo aún no me he quemado. No voy a desistir.

—Ay, Luke. —Sacudió lentamente la cabeza—. Y luego te quejas porque Artemisa quiera evitarles tentaciones a sus hijas —sonrió con calidez—. Te deseo buena suerte. La necesitarás.

—Gracias. —Le devolví la sonrisa, aunque la mía era fiera y no sólo amistosa—. Y en cuanto a eso de que la necesitaré… no te creas.

Corrí hasta situarme junto a Thalía. Porque lamentarme no iba a ayudarme en nada. Mejor seguir adelante y actuar o, por lo menos, contraatacar de algún otro modo. Ella me echó un vistazo de reojo, apretó los labios y permaneció callada.

De pronto se giró y asestó una formidable patada a una piedra del camino, una piedra que probablemente llevaba mi cara impresa en su mente y que fue rodando canto abajo.

Estuvimos así andando durante un rato, rumbo a la explanada donde se llevaría la teletransportación a Limbhad, en un incómodo silencio por espacio de un minuto, hasta que no pude soportarlo más y decidí romperlo.

—¿Y ahora qué? -espeté-. ¿Piensas volver a retirarme la palabra?

—Pues sí.

Me atenazó su franqueza.

-¿Hablas en serio?

-No me gusta el tema que sacas.

—Tienes razón -concedí, conciliador-. No debí pedirte prueba alguna. Eso estuvo mal, fatal, muy mal por mi parte.

Thalía me miró con desconfianza, recelando de mi repentina retracción.

—Reconoces tu error?

«Vale, Luke. Hora de bajarse los pantalones».

—Más bien mi ceguera.

—¿Tu ceguera?

—Llevo unas cuantas mañanas seguidas recibiendo tus muestras. —Sonreí—. Es ingrato por mi parte no fijarme en ellas. Eso es como quitarles importancia, lo cual no es justo. No me había dado cuenta hasta ahora, pero son pruebas de lo que justamente te estoy pidiendo. No debería exigir más de la cuenta. ¡Lo siento! Tenías razón.

¡Zasca!

Ella abrió la boca, ruborizada hasta las raíces; pero no dejé que hablara; no le di posibilidad de que retirara su ayuda en un arranque de vergüenza u orgullo. Apreté el paso como había hecho antes Silena, y las dejé atrás, a ella y a Victoria, me mezclé con los otros campistas y fui al encuentro de Clarisse y Christian.