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Historia 126109 — capítulo 30
Disclaimer: Riordan, colega, tienes mas dinero del que nunca tendré, y mejores abogados. Por , pretendamos que eso es suficiente para diferenciar al autor de estos personajes, oséa, tú, sí, tío, e mí, una simple mortal fanática. ¿OK?
-…-…-
Capítulo 29: de resistencia.
-…-…-
Silena sonrió, se volvió y abandonó con paso majestuoso la mesa redonda.
—Yo también te echaré de menos, Clarisse.
Caminó seductora la salida. Pensé que las hijas de Afrodita (pero Silena en especial) debían de ir dándose aires incluso cuando estaban solas, luego practicar esa arrogancia y majestuosidad en presencia de testigos. Y atolondrar a los chicos con el contoneo de sus caderas.
En fin, si lo hacía, tenía que saber que daba buenos resultados, porque todos los chicos nos perdimos en el zarandeo de sus caderas (sí, para qué mentir) mientras se alejaba exterior a fuera, al tanto Victoria cerraba la puerta principal tras de sí.
-Bueno -Clarisse golpeó la tabla de la mesa, haciendo que todos diéramos un respingo. Fue efectivo. Todos apartamos los ojos de la puerta, escapando del ensimismamiento causado por los contoneos de Silena-. Y , volviendo al tema de los mapas... los necesitamos rápidamente, si es que vamos a decidir las zonas donde dejarnos ver y atacar. -Hizo ademán de levantarse e ir por propia a por ellos (Thalía le había hecho aprender bien la lección) pero ya Chris estaba ocupado seleccionando un mapa de la caja de mapas y diagramas del rincón, la caja que Thalía y yo habíamos rescatado del polvoriento cuartucho donde estaba y que Chris había traído a rastras desde la otra sala colindante a esta.
En pocos minutos, media docena de mapas descansaban unos sobre otros a sus pies, en función de la calidad en que se conservaban. El chico extrajo dos mapas más y, en su camino de vuelta al asiento, se los tendió todos a Clarisse.
—Toma. Estos son los mejores que he encontrado. Algunos cubren kilómetros cuadrados de ciertas secciones y zonas, pero otros abarcan y señalan toda la colina. Creo que son los que más se aproximan a los terrenos actuales de toda la colina del campamento. De los dos, por lo que se ve. ella le dio las gracias y luego desplegó los mapas encima de la mesa, uno al lado de otro.
-Este no. -Arrojó dos mapas obsoletos por encima del hombro-. Este tampoco. Ni este. Ni este. Ni... -iba expulsando de su vista las apergaminadas hojas a medida que las descartaba, lanzándolas con creciente ira por encima del hombro-. Bueno, que este a lo mejor… —se detuvo—. Sí… parece ser el que mejor muestra la zona donde esparcir las trampas y demás los monstruos.
Bordeé la mesa para colocarme junto a Percy y espiar por encima del hombro de Clarisse; pronto advertí los trazos irregulares aunque precisos del mapa, el idioma de cuadraditos por kilómetro al que representaba. Ciertamente era muy preciso. Un mapa a escala mayor, que ofrecía una imagen bien detallada de las regiones de la colina semidiosa donde se erguían ambos camping.
—Estamos más o menos aquí ¿verdad? —preguntó al tiempo que señalaba un punto con el dedo—. Quiero decir que, si mal no me fallan las , sería justo aquí donde se levantaría el segundo campamento. —Percy asintió con un murmullo—. De modo que ellos están al tanto de la división, ¿no? me refiero a la fragmentación de la colina en dos camping. —Otro murmullo de asentimiento—. Bien. Rachel, ¿recuerdas la calidad de sus mapas? ¿Qué tan buenos eran?
—Lo tenían extendido en el suelo. Hacían un círculo alrededor de él. Pero era Ethan quien me interesaba. difícilmente podría no fijarme en los detalles.
—¿Podrías recrearlo para nosotros?
—Creo... que sí. ¿Por qué?
—A eso te responderé más tarde. ahora dime, ¿cuántas unidades de monstruos hay? ¿Lo recuerdas?
—Calculé una quinquena. Pero haz el alce hacia arriba. Supuestamente hay unos mil monstruos, en su mayoría minotauros, mantícoras, basiliscos, y alrededor de unas quinientos hidras, pero ten en cuenta que su número podría aumentar de un día para otro. —Una chica prudente, la tal mentada Rachel—. Duplicarse o triplicarse, de hecho.
—¿Mil? —repitió Clarisse—. ¿Estás segura, Rachel? Bastante segura, vale, con eso basta. Mirad aquí —pidió Clarisse, arrastrando las palabras mientras escrutaba el mapa y desplazaba el índice hasta la esquina superior derecha, la parte norte del campamento. Se refería a las ciudades y poblaciones de druidas a las que el mapa hacía alusión—. Sería un buen lugar para el primer asalto. Ya sabéis, cuando crean que el campamento está despejado y nos den por cobardes fugitivos. ¿Veis aquí? —Dio un golpecito en el lago de las ninfas—. ¿Veis lo estrechos que, no obstante, son los senderos que desembocan en la orilla sin pasar tanto por el bosque?
-Terreno agreste -aclaró Annabeth-. Y precipicios que serían la perdición de cualquiera que no esté familiarizado con la zona. Y por descontado que ellos no lo están, no tienen ni idea de la disposición del terreno, sólo un puñado de imágenes obtenidas a partir de una recreación cartografiada.
—La frontera, Clarisse —dijo firmemente Percy—. Desplázate a la frontera. Ese puede ser un buen emplazamiento. Seguro que querrán apostarse ahí. Y más que unos pocos centenares de ellos.
Los ojos color verde de Annabeth, que siempre revelaban un intelecto agudo, refulgían en aquellos instantes con la oculta información de los planes que ya trazaba su mente.
—Me gusta, sí. Además —Annabeth movió un dedo por encima de la zona noroeste del primer mapa—, con permiso de las náyades y con la ayuda de los hijos de démeter, diosa relacionada con la manipulación de la tierra, podríamos crear un cobertizo bajo el río. No para meterse, sino para guardar las armas de repuesto. A ninguna de esas bestias se le ocurrirá ponerse a cabar para buscar en la tierra la presencia o huella mestiza que el abandonado campamento les negará.
-A ninguna de esas bestias se le ocurrirá nada productivo -rectifiqué-.Llevarán a cabo una campaña simple, consistente en lanzarse en estampida sobre el campamento como hombres arrojados a una picadora de carne, y todo con la esperanza de aplastarnos mediante su superioridad numérica. Pero no por ello son inofensivos. Que esa sea su tendencia no quiere decir que no puedan cambiar su táctica. Ya pensará Ethan por ellos.
-¿Y qué propones, entonces? ¿Inventar tácticas sobre la marcha?
Fisgoneé detenidamente el mapa por encima del hombro de Clarisse.
-Aprender a interpretar al enemigo sin atenerse a ningún método favorito.
-¿Qué?
Repetí cuidadosamente lo que había dicho, pero aún así les costó un minuto dilucidar lo que les proponía.
-Una guerra de guerrillas es eso: aparecer, golpear, y después esfumarse. Aparecer, atacar, sin darles tiempo a un contraataque.
Me pasé los dedos por el cabello, tratando de estructurar en la cabeza las ideas que emergían de mi cerebro como hierba de un prado oscuro, tratando de agruparlas en el todo de un plan.
-Ellos ven esto como una batalla final. Al igual que nosotros. Christian dice que no, que este no debe entenderse como batalla final tradicional. Pues yo digo que sí, que nos aprovechemos, precisamente, de esa creencia. Y pienso encargarme de que al menos para ellos sí lo sea. Su batalla final. Quiero que esos bastardos comprendan a la perfección el alcance de lo que han hecho, de la bestia que han despertado al venir aquí, a nuestro campamento, a osar amenazarnos en nuestra propia casa. Quiero que si ellos pretenden acosarnos y asesinarnos... amparados bajo el pretexto que sea..., que les salga cara la jugada. Y que sepan que tendrán consecuencias. Quiero que cualquier partidario de Ethan, monstruos o más mestizos renegados o... lo que sea... que todos paguen el precio de su agresión. Y que lo paguen con sus propias vidas, sus propios terrores, sus propias bestias.
De nuevo tardaron lo suyo en contestar. Me miraban como si nunca me hubieran visto realmente. A lo mejor debería tratar de hablar muy deprisa, como Clarisse, a ver si así pillaban el mejunje de una vez.
-¿Cómo sabes tanto de eso? -la habitación había caído en picado a un silencio sepulcral-. Eres una recién llegada del camping y, supongo, por tanto, una novata todavía en el mundo de los semidioses y monstruos. No obstante, hablas como si hubieras estado entre ellos. como si te hubieras movido entre ellos. Como si... -Annabeth no soltó mis ojos-. Como si hubieras capitaneado una batalla considerable, en algún momento. ¿en qué se basan tus palabras? ¿en la experiencia?
-Sí. -No desvié la mirada; de hacerlo, ello bastaría para que más alarmas saltasen en su suspicaz cerebro-. ¿Algún problema con eso?
-Lo veo raro...
-¿Vas a obligarme a hablar de mi pasado? -Tomé aire en un esfuerzo por controlar el genio-. Porque no recuerdo que ayudar a este consejo implique desvelar mis intimidades, compartir mi propia privacidad.
-No son tus secretos lo que me importan. De hecho, ni me interesan. Sólo digo que es extraño el modo en que hablas de todo esto. Eres la princesita de Hermes, después de todo.
-Princesita para vosotros. -Indiqué con exagerada paciencia-. Carne de cañón desde los dos años para los fugados del tártaro. Y ahora que hemos aclarado ese punto, volvamos a lo importante, por favor.
Todos contemplaron como señalaba carreteras y dibujaba círculos alrededor de cierto sector del terreno, completando un imaginario mapa. Entre tanto, continué hablando:
-Cualquier cosa que pueda resultarles útil, aunque sea mínimamente, habrá que destruidlo. Cualquier persona, ser o criatura que intente interponerse en nuestro camino contra uno de los monstruos, habrá que matadlo. Quiero que todo su ejército acabe quemado hasta los cimientos. Quiero ver al Tártaro ardiendo desde aquí. No me da la gana que quede ni rastro pérfido del aliento de ni uno solo de sus vástagos. Y quiero que las legiones de los monstruos padezcan tal ruina que abandonen su propósito de alardear de intenciones asesinas con nosotros. Vamos a librar una guerra de guerrillas auténtica, una lucha total, una guerra inmisericorde.
-No.
-¿No? -Me incorporé y miré a Annabeth con el ceño fruncido-. ¿qué quieres decir con ése no?
-Sagrada Atenea, ¡no es no! hablas como Luke.
Sonreí. Fríamente.
-Ah. ¿Y qué significa eso, exactamente?
-Significa que te oigo hablar y es como si lo estuviera escuchando a él. -Sacudió la cabeza-. Hablas como si tuviéramos que lanzarnos a una guerra sin justicia, cometiendo las mismas atrocidades que los monstruos se atrevan a cometer con nosotros.
-¿Y qué?
-¡Cómo que y qué! ¿Te estás escuchando, Lucy?
Mantuve la fría sonrisa sin alterarla un ápice.
-Si quieres vencer... si quieres sobrevivir y que la libertad sobreviva contigo y las demás personas que te importan, tendrás que arrimar hombro con ese mandato. Te guste o no.
-Pues no, no me gusta. Y no pienso someterme a esa rigidez tan de dictadura.
Me acerqué mas a la mesa, introduciéndome entre Chris y Clarisse. Con autoridad, planté un dedo con fuerza sobre el mapa, más al sur de donde estábamos acampados. Justo donde estaba representado El Edificio Principal, El templo.
-Aquí, Annabeth. Aquí está el primer emplazamiento que esos monstruos irán a demoler. La dictadura que debes combatir es la suya, no la mía. Mi finalidad es la misma que la tuya, por si no te habías dado cuenta: impedir que los monstruos se salgan con la suya. Debemos hacer lo que sea para lograrlo.
-La finalidad coincide... -persistió ella-, los métodos para dar con ella, no.
-Cuento con tu experiencia y criterio para llevar a cabo lo que es preciso. -Me crucé de brazos-. ¿Qué propones, pues? ¿Ponerte a parlamentar con ellos cuando los tengas cerca? ¿cuando veas el odio y el hambre caníval en sus miradas?
-No estoy diciendo que no apruebe la idea que a grandes rasgos esbozas. —Annabeth tomó una bocanada de aire para tranquilizarse. Con las palmas de las manos se alisó el vestido color gris, el mismo gris de sus ojos, a la altura de las caderas—. A mí también me gustaría, y mucho, que los próximos alaridos que oigamos provengan de sus gargantas o fauces. Ser tan superiores que al final sean ellos, los amigos de Ethan, quienes caigan rendidos, pidiendo el fin de la guerra. Que las cosas les vayan tan mal que, de hecho, lo culpen a él de sus derrotas, y terminen por querer vengarse de él. Lo único es...
-No te dejes limitar por juicios morales o no. son monstruos, Annabeth, la moralidad es algo que ni siquiera entienden. No son personas descarriadas, ni niños que no entienden lo que hacen, a los que se les ha influenciado a ir en el lado equivocado. Piensa detenidamente. Ponlo en la balanza: a un lado todo tipo de recursos que sean valiosos para ellos, y al otro esos mismos recursos convertidos en un buen objetivo para nosotros.
-Puede ser. Puede que tengas razón y que los beneficios sean mayores y la balanza merezca inclinarse a tu favor. Pero... sencillamente... me enferma las cosas que dices, el grado truculento al que llegan tus descripciones. -Hincó los puños en las caderas. Todo su cuerpo pareció quedar helado-. No quiero ser arquitecta de tal pandemónium. No quiero. Hay límites. tiene que haber límites.
-Entonces que cada uno marque los suyos propios y se acabó, porque ni tú me vas a convencer de que lo que esos tipos necesitan es un ataque duro, rudo y directo, ni yo te voy a convencer de lo contrario. Dejémoslo ahí. -Antes de que pudiera embarcarse en una andanada de preguntas o de objeciones, a cual más recriminatoria que la anterior, volví la vista hacia los demás-. ¿Y vosotros qué? ¿No vais a decir nada?
Con una calma tremenda, Thalía se deslizó un paso más cerca del centro de la mesa,con lo que los demás la miraron fijamente. Por un instante, clavó los ojos en los míos, y sólo tuvo atención para mí, entendimiento visual conmigo. Luego desvió la vista. Aguardó junto a Clarisse, al otro lado de su hombro, hasta que el silencio resultó doloroso y tuvo la atención unánime de cada uno de los semidioses que tenía delante.
—Estoy con Lucy. —Dijo, la viva estampa de la fría determinación—. Los monstruos rastrean a los mestizos. Continuamente. Pues bien, vamos a darles motivos para que dejen de hacerlo: que no nos vean como algo comestible, sino temible. Creen que todo semidiós debe ser destruido o zampado. ¡Pues ya basta de esa idea! somos semidioses, y a mucha honra: hagamos que esos monstruos se sientan aterrados de nosotros. Hagámosles desear no volver a cruzarse en nuestro camino nunca más. ¿Quieren infringirnos terror? Hagamos que las piernas de gelatina lo empiecen a tener ellos, que no quieran otra cosa que rendirse o huir a la menor sospecha de nuestra presencia.
—Ellas tienen razón —se sumó clarisse—. Es hora de cambiar. Quiero que a partir de ahora sean ellos quienes prueben el sabor del miedo. Quiero que todo hijo del Tártaro tema a todo hijo del panteón como si fuéramos espíritus vengativos, capaces de perseguirlos hasta sus guaridas del mismísimo Tártaro, fantasmas que no descansarán porque no tienen nada que temer.Vamos a llevarles la muerte a ellos, para variar.
-Gracias -les dije. Había temido que se opusieran al plan, o, peor aún, que Thalía lo escuchara y creyera que volvía a ser el mismo cruel e insensible de antes, el que iba de arriba a abajo cumpliendo los susurros de Cronos, y no tenía palabras para agradecerles a ambas, pero en especial a Thalía, que no lo hubiesen hecho.
-De nada -contestó clarisse-. El tiempo está a nuestro favor.
Y de repente, lo vi. Esa sencilla frase descorrió el velo de lo que iba a decir antes. Mi piel hormigueó como si agujas de hielo danzaran sobre ella.
—¡Por todos los dioses! —Chasqueé los dedos—. ¡Ya lo tengo! ¡Eso es! —Extendí los brazos hacia ella—. Jo, Clarisse, eres un genio. tía, podría abrazarte aquí y ahora mismo.
—Prefiero aceptar tu adoración de lejos. —Espantó desdeñosa mi repentino entusiasmo—. Ahora y en cualquier parte. Aquí y nunca.
Yo ni la escuchaba. Me frotaba la barbilla mientras intentaba recordar con exactitud dónde había dejado el plan dormitado en mi cabeza antes, cuando Christian hablaba. Algo se agitó en los oscuros márgenes de mi conciencia, una chispa de entendimiento que alumbró toda mi mente hasta hacerme comprender.
—Sagrados dioses... —musité.
Thalía me miró con el entrecejo fruncido.
—¿Oye... Qué sucede?
-Vamos a hacer una guerra de guerrillas, como ha recomendado Christian, y vamos a hacerlo bien —dije, hablando extasiado—. Durante el tiempo que dure la lucha, ninguno del bando contrario sabrá dónde estamos. No sabrán cuándo nos disponemos a atacar. Ni dónde nuestras armas se dejen notar a continuación. Pero es necesario que sepan, no obstante, sin la menor duda, que iremos a por ellos, se escondan donde se escondan, y que los abatiremos como si el inframundo mismo se hubiese abierto para reclamarlos a sangre y dolor. Hagamos que nos teman como temen a la propia muerte. Más aún, como temen al concepto de morir y no regenerarse nunca, de desaparecer para siempre. Porque a un fantasma no se le puede atrapar, ni encontrar, ni atacar. sólo ver, y acongojarse por ello.
Percy abrió los ojos, atónito, luego se acarició pensativamente la barbilla. Una mirada astuta mostró finalmente que, a pesar de su sorpresa inicial, empezaba a gustarle la idea.
-Tiene razón -aprobó finalmente en voz alta, sorprendiéndonos a todos, hasta a la propia Annabeth-. Podemos golpearlos con ataques veloces y breves. Justo al centro de sus ejércitos. Y después variar de táctica. Ponerla en marcha según cómo se vayan sucediendo las cosas.
-Según cómo vayan presentando los titanes el contragolpe —añadí en voz queda.
-¿Qué estás queriendo decir? -Por primera vez, la voz de Beckendorf, siempre fuerte, sonora, segura, resonante… tembló, flaqueó.
-¿No creeréis que Ethan está haciendo esto él sólo no? -los miré uno a uno; sí, lo habían creído-. Por favor. -Sacudí la cabeza, incrédulo-. ¿Y qué clase de poder sobrenatural creéis que tiene, para que los monstruos, los propios hijos del tártaro, lo obedezcan sin rechistar?
—Pe—pero... —Chris no podría tener los ojos más desorbitados que en ese momento.
—Siempre, detrás de un renegado mestizo hay un alzado titán. —Hice notar sin preámbulos—. A Ethan le habrán prometido gobernar junto a ellos el mundo bajo el prisma auspicio de sus tendencias de titanes.
-Mierda. La historia se repite -Clarisse parecía aturdida-. ¡Joder! ¡Cuánto daño ha hecho ese cabrón de Luke...!
-Luke está muerto, Clarisse -saltó Annabeth-. Ya está bien. Déjalo en paz.
Se sostuvieron la mirada, cada una más enfadada que la otra. La chica pelirroja pareció sentir un repentino interés por la caja de los mapas. Me puse a juguetear distraídamente con el borde de la mesa mientras estudiaba el mapa, fingiendo absorción en sus trazados.
-Si la historia se repite -terció Thalía, entrometiéndose adrede en la disputa de miradas fulminantes antes de que ellas pudieran enzarzarse-, peor para ellos. Ya sabemos todos cómo acabó la otra vez: vencimos. Vencimos, chicos. Ahora dejemos a Hades los muertos. Nos corresponde en esta lucha defender y proteger a los vivos. Asegurémonos de que ese punto, nuestro triunfo, no varíe en la historia.
La boca de Clarisse se crispó con una expresión que indicaba que nada le gustaría más que seguir con la discusión, aunque sabía que no era el momento para dar rienda suelta a sus críticas sobre la persona difunta a quien consideraba principal culpable de todo aquello.
—Luke… perdón, Lucy, por favor, continúa por donde ibas.
-Decía que todos podemos cometer estupideces de vez en cuando si actuamos a lo loco y no pensamos las cosas -expuse, pisoteando el impulso de inclinarme sobre Thalía y abrazarla con fuerza y susurrarle un agradecimiento más caluroso y afectivo al oído. No era momento de muestras de afecto, menos delante de testigos, menos a una persona a quien le incomodaba todo gesto de ese tipo-. Somos humanos, está en nuestra naturaleza errar. A Ethan se le puede empujar a cometer errores; es humano, tiene orgullo, gallardearía y, por lo que se ve, una opinión muy alta de sí mismo. Si alguien de aquí lo conoce lo suficiente y sabe de sus puntos débiles, podemos empujarlo a que cometa contraataques inútiles. Tendrá su método preferido, si es que no son métodos. Tiene pinta de ser de quienes soportan una derrota detrás de otra, sólo porque le funcionó y ganó con esa táctica una vez.
No es que tuviera pinta. Es que le había visto hacer eso mismo con anterioridad: repetir y repetir un paso que le había granjeado la Victoria en un combate, repetirlo con un contrincante que, estaba claro, no iba a picar el mismo anzuelo, por mucho que él se empeñara en creerlo.
-Bueno, no voy a decir que sea un chico con intelecto limitado -apuntó Percy-. Porque me da a mí que eso sería mentir. No lo conocí lo suficiente hasta ese punto, la verdad. Pero yo luché con él una vez. Creo que es fácil de interpretar. La opinión de los demás es uno de sus puntos débiles. Y no tan solo de los demás, así, sencillamente, sino que siente la necesidad de lucirse ante los monstruos y obtener de ellos una constante aprobación.
-Efectivamente. A un punto débil así me refería, gracias. Y eso pasa porque es persona y, como tal, no es infalible. A los titanes no. -Con las manos cruzadas a la espalda, empecé a caminar de un lado a otro con paso decidido, escogiendo las palabras con cuidado-. Con ellos la cosa varía. Esos gigantes no cometen el mismo error dos veces. Si es necesario refrenar su orgullo, lo hacen, sin despeinarse.Reconocen el error y no tienden a repetirlo. Aprenden de ello. No se permiten fracasar la vez siguiente. Lo que se traduce, para nosotros, en otro cambio de táctica… y otro y otro. Justo lo que decía antes.
Con la mirada puesta en una oscura tempestad de recuerdos, enmudecí durante un instante, reviviendo esa lucha interminable por asirme a la vida, por recuperar el control de mi propio cuerpo, por volver a capitanear el barco de mi propia mente que iba a la deriva, por escapar a las garras de Cronos.
-Pareces estar muy versada en el carácter de los titanes. -Annabeth volvía a la carga.
Tuve que obligar a los espantosos recuerdos a retroceder de vuelta a la oscuridad de la que habían salido.
-Puede que Atenea no sea mi madre, Annabeth, pero eso no me impide pensar -me di con el índice en el coco-. Hay una cosa que se llama obviedad. Sentido común. La suma de dos más dos. ¿Versada en los titanes? No más que tú, no más que nadie de esta habitación. -Las mentiras salían con mayor fluidez de mi boca-. ¿Qué es lo que te molesta tanto? ¿Que me adelante a tus propias ideas? Yo no tengo la culpa de que tu mente se empeñe en ir en otros derroteros, unos más conspiranoicos que los míos. Si te centras en lo que digo y no tanto en el dónde he sacado lo que digo, comprobarás que tengo razón. Incluso hasta puede que me la des a mí.
-Yo no...
-¡En nombre de Ares, deja que siga, Annabeth! -espetó Clarisse.
La aludida apretó los labios, indignada, pero cabeceó aquiescente en mi dirección.
-Gracias. Lo que iba diciendo es que, dado que aprenderán esa táctica (de eso no os quepa la menor duda) dejarán de confiar en su abrumador número de sus efectivos, contraatacarán… con la misma táctica. -Entre estrategia y estrategia descartada en la cabeza, intentaba hacerles ver lo que para mí era obvio-. Intentarán estar ojo avizor. Golpearnos fugazmente del mismo modo.
-Eso si logran adivinar dónde estamos -protestó Chris.
-Sea como sea, si no modificamos nuestras tácticas en consecuencia, aun desconocimiento ellos dónde nos refugiamos, esos ataques rápidos tendrán fatales resultados en nuestro bando. ¿Entendéis a dónde quiero ir a parar?
-Aprender a interpretar al enemigo sin atenerse a ningún método favorito. -Thalía se encogió de hombros-. Justo lo que dijiste antes. Te entendemos. De todos modos, es necesario tener unas cuantas tácticas en la despensa... por el por si acaso pero, sobre todo, para poder ser los primeros en golpear.
Las propuestas comenzaron a sucederse una detrás de otra. Percy propuso destruir las presas de agua e inundarlos con ella y ahogar a un buen puñado de ellos. Chriss propuso salar el campo para que no se pudieran beneficiar de sus frutos. Acordándome de mi último viaje al pasado, planteé la idea del fuego expandiéndose entre ellos, calcinándolos a todos desde las alturas o desde la tierra. Thalía, que todos lleváramos collares o pulseras y otros abalorios hechos de bronce celestial entorno al cuello, las pulseras e incluso entorno a la empuñadura de las armas que fuéramos a usar, para que así, si alguno de los monstruos llegaran a nosotros, el bronce actuara como barrera de última defensa contra ellos.
Clarisse y Annabeth rechazaban algunas sugerencias, explicando por qué no funcionarían o implicarían demasiado esfuerzo de realización y mucho riesgo; planteaban las suyas propias en su lugar; otras veces ofrecían alternativas sobre la base de las ya planteadas. Clarisse hizo la detallada división de las fuerzas, en qué áreas combatirían ciertos semidioses, según fueran sus fuertes. Annabeth discurrió su propio plan de desarrollar el modo para sacar a los monstruos del terreno del campamento y arrastrarlos fuera de la colina, a fin de combatirlos mejor en terreno abierto.
Resumiendo. Que entre todos, pulimos las ideas para convertirlas en trampas y golpes devastadores. Horas más tarde, cuando por fin se dio por concluida la reunión, rodeé la mesa en busca de la chaqueta que había dejado en la silla del otro lado. En la mente me daban vueltas todo lo hablado: al pensar, me venían detalles de tácticas, necesidades de suministro y emplazamientos de tropas; al parpadear, veía los mapas cubiertos con las apretadas anotaciones de Annabeth a pie de sección.
Por la ventana se filtraban unos débiles rayos de luz. El sol había completado su ciclo e iba camino a esconderse tras el horizonte, dejando caer a su paso vetas acuosas color naranja y amarillo. Mientras doblaba mis propias anotaciones y las introducía con cuidado en el bolsillo de la chaqueta, Annabeth se acercó y se detuvo a mi lado. Dejé lo que estaba haciendo y alcé la cabeza, sorprendido de que quisiera hablar, a pesar de nuestras claras diferencias y la casi discusión de antes.
—Annabeth...
—Sólo quería decirte que no estoy enfadada contigo, Lucy.
Percy levantó las cejas.
—Bueno, vale, un poco. Lo que quiero decir es que no tanto hasta el punto de no querer volverte a hablar. —Las cejas de Percy volvieron a su estado habitual—. Somos distintas. Eso no nos hace menos amigas. Una vez tuve un amigo con el que también discrepaba mucho...
—Y que intentó matarme —tosió Percy—. Y a ti también.
Ella lo calló con una mirada irritada. Al parecer no le gustaba recordar esa parte de la historia (ni a mí tampoco, dicho sea de paso).
—Lo que quiero decir con todo eso es que, aunque no te apoye en esas creencias tan drásticas tuyas, me siento orgullosa de ti —manifestó en voz clara y alta; imposible pensar que la hubiera oído mal.
—¿Orgullosa? —La miré de hito en hito—. ¿De mí?
—Por supuesto. Lo has hecho bien antes. Defendiendo lo que creías, incluso si eso te granjeara mis críticas o las de cualquier otro. Y has estado a la altura, planteando tantas cosas y tantas tácticas, y ayudándonos a desarrollar esos planes preliminares.
Sonreí. Era muy difícil no esbozar una sonrisa radiante con esas palabras. Annabeth no era mi hermana, al menos no una de sangre, pero así era por lo que la tenía, como una hermana a la que había podido recuperar al regresar a La tierra.
—¡Caramba, pues gracias! —No pude evitarlo. Me incliné y la abracé con fuerza—. Lo mismo te digo. Y tú —dediqué una mirada torva a Percy—, más te vale que la cuides como merece.
—Con mi vida —proclamó con la misma voz resonante que la de un artista callejero proclamando sus talentos a la gente.
—No. —Dejé de sonreír, para que comprendiera que ya no estaba bromeando—. La vida es efímera. Cuídala con tu alma, si es preciso. Pero ni se te ocurra lastimarla.
Puso cara de ofendido, pero en sus ojos vi que se tomaba el asunto muy a pecho. Eso me gustó. Automáticamente, el chaval me cayó mejor, mucho mejor.
—Lo mismo te digo a ti —Annabeth se volvió hacia Thalía, que llegaba en ese momento por detrás—. Había mucha tensión con Clarisse por el tema de Luke, lo reconozco, pero nos has dado la dosis justa de regañina y la dosis justa de recordarnos que debemos mantenernos unidas, suavizando resentimientos y evitando que nos enzarzáramos la una con la otra. Gracias.
—Bueno —repuso Thalía poniendo los ojos en blanco—, se supone que la reputación de mal genio es para mí y las cazadoras, no para la inteligente y siempre cordial Annabeth.
—En eso la Carapino tiene toda la razón —Percy dedicó una mueca burlona a Thalía, que recibió con mirada gélida ese apelativo—. La mala fama para las hijas de Artemisa, que ya ni se tienen que esforzar por conseguirla, no para ti, Annabeth.
Y entonces se inclinó sobre Annabeth y le besó los labios con dulzura.
—Te quiero, ¿lo sabes, verdad?
-Hmmm, hmmm. Has tardado mucho en repetírmelo. ¡Casi diez minutos! Un poco más y haces que se me olvide, sesos de alga. -Él lanzó una queda carcajada y le besó en la frente; ella lo atrajo hacia sí y susurró contra sus labios-. Ya que me quieres, ¿crees que alguna vez podríamos volver a estar a solas... ya sabes?
-Oh, ten por seguro que me gustaría darte más que un beso rápido. -ella rió ante esa promesa íntima.
Beckendorf y Chris soltaron sendos silbidos apreciativos. La chica pelirroja puso los ojos en blanco; Thalía y Clarisse intercambiaron una mueca de asco ante las evidentes ñoñerías de la pareja. ¿Y yo? tuve ganas de taparme los oídos y ponerme a cantar a viva voz. ¡A ningún hermano mayor le gusta estar presente cuando sus hermanas pequeñas hablan con sus novios de quedar para enrollarse! Así pues, dado que como Lucy, tenía prohibido sacar a pasear mi discurso hermano mayor, me aclaré la garganta para llamar la atención de los enamorados e hice pasar mi comentario de desenfadado.
-¡Eih! que hay menores delante... parejita.
—Es verdad —corroboró Annabeth, mirándonos como si fuéramos niños de parvulario—. ¿Nos vamos a hacer cosas de mayores?
Percy la abrazó con fuerza, susurrándole algo al oído. Sonriendo con la misma complacencia con que un hermano presencia la despedida de su hermana pequeña, observé cómo Percy conducía a Annabeth a través del trecho de pasillo que faltaba hasta la salida de la casa. En la puerta, los dos se dieron la vuelta, se despidieron con la mano, deseando buenas noches. En el último momento, Percy tomó a la chica en brazos y la risa cantarina de Annabeth flotó en el aire exterior mientras andaban hacia la casa correspondiente, mientras ella le echaba los brazos al cuello, se apretaba contra su pecho y él se disponía a cruzar con su novia en brazos el umbral del dormitorio que esa noche compartirían.
Dejé la chaqueta de nuevo en la silla y me acerqué a la ventana, para ver si podía seguirlos con la mirada desde ahí. Pero para cuando me asomé, ya no estaban al alcance de la vista.
—Eih, colega. ¿Te vienes? —preguntó Chris a Beckendorf, poco después.
—No me lo perdería por nada del mundo, lo sabes. Esto ha sido entretenido, pero la verdadera diversión tendrá lugar dentro de una media hora, así que más vale que nos apresuremos.
—¿De qué estáis hablando vosotros dos? —quiso saber Clarisse.
—Que al fin podremos comer algo. Probar unos cuantos de esos manjares de aspecto delicioso que tan generosamente sirven en la cena.
Hice una mueca y dije por encima del hombro.
—Por favor, lo sirven generoso precisamente para glotones como vosotros. Además, el personal de las cocinas sale huyendo cuando os ven llegar.
—Razón de más para que nos demos prisa y lleguemos a tiempo de que no hayan servido todo en cantidades generosas —razonó Beckendorf. No pude más que echarme a reír.
—Pues ahí tienes razón.
Me quedé acodado en la ventana, aspirando el limpio y suave aroma del ocaso del campamento, mirando sin ver la franja de camping que se atisbaba desde ahí. Saludé con un gesto de la cabeza a los pocos mestizos rezagados que pasaron por debajo del alféizar y alzaron el rostro hacia mí diciéndome hola u otra palabra de igual saludo. Poco a poco, Clarisse y los demás se fueron despidiendo y empezaron a alejarse hacia sus respectivas casas, antes de disponerse al comedor para la cena.
La última en irse fue Thalía. Se detuvo junto a mí en la ventana.
—¿estás bien?
—Siempre me cayó bien ése chico —dije más para mí—. Me duele pensar que está siguiendo una senda de perdición, la misma que recorrí yo hace tiempo. Lleva con orgullo lo que cree es mi legado, sin pensar que ése líder a quien seguía se ha pasado al lado contrario. Pero simplemente no tiene sentido... —sacudí la cabeza con pesar—. Nada de esto tiene sentido.
Posó una mano consoladora en mi hombro.
—No te sientas culpable. Como ya dije una vez, la inspiración no es más que un pretexto para hacer lo que ya se tiene en mente. Con tu guía o sin ella, con tu estela o sin ella, no fuiste tú quien implantó ese rencor hacia el Olimpo en el corazón de Ethan. Fueron los dioses. Tú le diste un fuego que avivar, pero sencillamente la madera y el carbón ya estaban ahí, tiempo llevaban apiladas, esperando la chispa que les prendiera en llamas.
Engullí el nudo que sentía en la garganta mientras evaluaba la expresión segura y concluyente de sus azules ojos.
-¿Realmente lo crees así?
-Por supuesto. De lo contrario jamás lo diría, ya me conoces.
La miré a la cara. Había una llana sinceridad asomando por todo su rostro, el brillo de sus ojos, la inclinación de su cuello, la perceptible suavidad de sus labios.
-Es increíble —suspiré.
-¿el qué?
-que ahora pueda hablar contigo de estas cosas...
—Siempre has podido hacerlo, Luke. No lo hiciste porque no quisiste.
—Lo primero que hiciste nada más verme fue pegarme un bofetón —le recordé—. El bofetón de mi vida, de hecho. Con ese gesto, difícilmente se puede dar pie a la confianza. ¿No te parece?
—¿Y el susto que me pegaste tú a mí? —Protestó ella—. Apareciendo entre los campistas como fantasma entre los vivos. Bah. Te lo merecías.
—Eso mismo dice la marca de tu mano en mi mejilla —afirmé—. Por cierto, esa es una cuenta pendiente. Un día de estos tendrás que recompensarme por ella.
—Tú y las recompensas... —puso los ojos en blanco—. Pero si quieres hablar de cuentas, hay una aún mayor que debes cumplir.
—¿Ah, sí? Cuál.
—Ethan.
Me puse rígido al instante.
—¿Por qué será que creo que vas a empezar a despellejarme vivo y a tirarme dagas a la garganta?
—Será porque estás muy susceptible con el tema.
—O porque achaco eso a tu costumbre.
—Oye, tú. —Me dio un amistoso empujón—. ¿Estás diciendo que mis palabras eran como dagas?
Levanté las cejas.
—¿Eran?
Ella frunció el ceño.
—He cambiado.
—Por supuesto que sí. Pero no tanto.
Resopló y rozó mi hombro al inclinarse y atisbar por la ventana de delante.
—Sigo sin entender la comparación.
—Dices lo que piensas.
Giró la cabeza hacia mí; su corta melena voló en el aire y quedó ladeada a un lado.
—Sí. ¿Y?
—Dices lo que piensas de un modo punzante, incluso problemático. Una daga desenfundada no permite que nadie olvide su filo.
Toqué el antebrazo de Thalía en la más ligera de las caricias, pero el gesto causó un estremecimiento en el cuerpo de ella, así que retraje el gesto de inmediato.
—Si mis palabras son dagas, como dices, ¿entonces por qué quieres oír lo que pienso?
—Después de Backbiter, la daga es mi arma favorita. ¿Recuerdas?
—No mucho. La que tenías se la cediste a Annabeth.
Me reí sin poder remediarlo.
—Pero eso no quita que las armas arrojadizas no me sigan gustando.
—Masoca...
—¿Yo? —Me tragué el por ti, siempre—. No me las lances, entonces. Prueba a decírmelo menos punzante. Vuelve al tema de Ethan. ¿A qué deuda te refieres?
—Le tuviste contigo en la batalla anterior —dijo, irguiendo la espalda—. Por tanto sabes cómo es, conoces sus puntos débiles. —Buscó mis ojos—. Te corresponde a ti enfrentarlo, acabar con él.
A pesar de sus lúgubres palabras que iban hermanadas con mis pensamientos, sucumbí a una sonrisa.
—Te he echado tanto de menos...
Ella parpadeó, asombrada.
—¿Has oído lo que te he dicho?
—Por supuesto que sí. Y no puedo estar más de acuerdo contigo. Es la primera vez que se dice en voz alta, pero no es la primera vez que tales pensamientos acuden a mi cabeza. Eso no quita —le retiré un mechón oscuro de la cara—, que me apetezca ahora decirte lo otro: te he echado de menos.
—Pero si no me he ido a ninguna parte.
Thalía bufó y retiró suave pero firme sus cabellos de entre mis dedos.
—Desde que te convertiste... bueno, que te convirtieron en árbol porque te sacrificaste por nosotros, ha habido tantas cosas como ésta que he querido contarte, hablar contigo, con alguien que sencillamente me escuche de forma amistosa, que me tire de las orejas cuando es debido y me apoye o anime cuando lo necesito. —Tenía la voz agrietada por contenidas emociones. Dejé resbalar el brazo a los costados—. Y entre eso, entre mi muerte, entre tú siendo cazadora y, entre esos largos meses donde no me querías ni ver en pintura...
Thalía posó una mano sobre mi brazo, para transmitirme un sentimiento parecido sin usar palabras.
—Tenías a Annabeth...
—Ya has visto lo diferentes que son nuestras opiniones. No quiero alguien con quien discutir...
—Vaya, creo que conmigo eso va a ser difícil. —Se rió, quedamente.
—contigo es diferente.
—Pero dijiste que estabas...
—Estaba es la palabra clave —corté.
Thalía se detuvo a coger aire, dudó, se lo pensó dos veces y, finalmente, sacudió la cabeza, retrajo el gesto y musitó:
—Entiendo.
La miré con ojos sagaces a sus ojos atribulados.
—¿Lo haces... realmente?
Desde las revueltas profundidades de su debate interno, Thalía me contempló un instante, como si le costara desviar la mirada, acallar las palabras que pugnaban por salir de ella. Pero sacudió la cabeza, se las tragó.
—Olvídalo.
—¡Pero...!
—Tengo que irme.
—¿qué? ¿A dónde? ¿Cómo que tienes que...?
—A cenar. —Se rodeó la tripa—. Ya sabes, darle al coche su combustible.
—Ah. —Pisoteé mi decepción—. Sí. Vale. De acuerdo. Comprendo. ¿Nos vemos...?
—Sí, sí. ¡Adiós! —No dejó que terminara de preguntarle. Giró sobre los talones y, sin dejar de apretarse el estómago a modo de protección de lombrices internas, traspasó a toda prisa la entrada y se perdió en el exterior. Ni siquiera la vi pasando bajo el alféizar.
Me dejó sumido en pensamientos y sentimientos íntimos mientras mantenía la mirada clavada en el exterior. Me reprendí en silencio por haber fantaseado con que la hija de Artemisa en la que se había convertido hubiera estado preocupada por mí, y no precisamente en un sentido fraternal, con que a lo mejor yo significaba algo para ella. Estaba claro que, de nuevo, volvía a construir castillos en el aire.
—Tus gustos no han cambiado, ¿eh? —oí musitar a alguien en mi oído; tono neutro, voz baja.
Me volví, sobresaltado. Era la chica extraña, la desconocida. Pelo rojo, ojos verdes, rostro bonito, pecas rociadas por la cara igual que constelaciones de estrellas, y una camiseta con publicidad de Harvard. Ojos verdes, inteligentes, videntes.
—¿Perdón?
—No te preocupes —dijo—. Lo comprendo. Es una grata persona—una sonrisa iluminó brevemente su rostro—. No es de extrañar que te hayas enamorado de ella.
—¿De qué estás hablando? —Procuré no sonar asustado, acusador.
—Thalía.
Entorné los ojos, desconfiado.
—¿Qué ocurre con ella?
—Oh, pues que veo cómo la miras. Cómo...
—No me conoces de nada —la acallé abruptamente—. De nada.
—Yo no daría eso por cierto.
—Vale —dije sin entonación—. Pues yo sí, así que me disculparás si... —le di la espalda, me adentré en busca de la chaqueta que me había quitado durante la reunión e hice un gesto violento con el puño.
—Ese no es el gesto que cabría esperar de una chica.
Sobresaltado, me volví y me topé de nuevo con la misma chica pelirroja apoyada contra el marco de la puerta, impidiéndome clara y deliberadamente el paso. Contra todas mis esperanzas, no se había marchado. Echando una mirada en derredor, comprobé que nos habíamos quedado solos. Ella y yo.
—¿ah, no? —Intenté sonreír, pero creo que el resultado fue una mueca dolorida—. No sabía que hubiera un protocolo de chicas de cómo gesticular.
Ella se rió. Su risa era cantarina, fresca, la risa de mil vírgenes.
—Hay muchas cosas acerca de las chicas que no conoces... —sonrió indulgente antes de añadir—, Luke.
Me quedé paralizado en el sitio. Aquel era el puente de comunicación que estaba esperando que surgiera. Desde que la había conocido algo no me había encajado en ella. Mis alarmas habían saltado de inmediato, bajas pero insistentes. Y el hecho de que me llamara por mi nombre no me hizo sentirme mejor. Al contrario. ¿Acaso me había equivocado? con ella y Thalía, dos eran ya las chicas que podían ver mi auténtico rostro y traspasar la neblina de los dioses. Ella pareció leer mis pensamientos:
—No soy una semidiosa. Tranquilo, estás a salvo de una bifurcación indeseada de la profecía.
—¿Profecí...? —Tragué saliva—. ¿Cómo me has llamado?
—Luke. —Amplió la sonrisa—. Ah, perdona. ¿Prefieres que te llame Lucian? ¿O Castellan? No me digas que... —se inclinó, confidencialmente—. ¿Empieza a gustarte que te llame Lucy?
Di un paso hacia atrás, alejándome de ella, aunque ya dos metros nos separaban.
—¿Quién eres?
—Qué pregunta tan absurda. Has oído perfectamente a Clarisse llamarme Rachel.
—También la he oído llamarme Lucy y, por lo que se ve, ambos sabemos que no me llamo así.
—¡Uy! —Se rió, tapándose la boca—. Ahí me has pillado, Luke.
Sonreí como si fuera la muerte misma.
—Me parece injusto que tú conozcas mi nombre, que estés al tanto de muchas cosas sobre mí y, en cambio, yo ni siquiera sepa tu nombre. Tu verdadero nombre. A no ser... —una sospecha me asaltó; entrecerré los ojos, repentinamente desconfiado—. ¿Eres Artemisa? El rostro de una belleza pelirroja es el que usas ahora, diosa?
Ella volvió a soltar otra carcajada cantarina.
—¿Belleza? ¿Yo? Vaya, pues muchas gracias. No sabes cuánto me halagas.
—¿Eres Artemisa o no?
—Por supuesto que no soy Artemisa. Vamos, pero si ni siquiera soy mestiza, como tú. Me llamo Rachel Elizabeth Dare, para suerte o desgracia tuya.
—¿Rachel? —El nombre removió algo en los bordes de mi conciencia, pero no llegué a atinar a dar con algo que despolvara el recuerdo y me aclarase las dudas—. ¿Te llamas Rachel Elizabeth Dare? ¿En serio, todo eso?
Ella suspiró, resignada.
—Para mi desgracia, mis padres decidieron que ya que iba a ser su única hija, los dos tenían el mismo derecho a llamarme como sus perspectivas madres. De todas formas, prefiero que me llamen Rachel, si no te importa.
—Rachel. ¿Y ése es tu verdadero nombre? ¿Tu auténtico nombre?
Asintió.
—Rachel. ¿Y por qué me atosigas?
—Quería verle la cara a un viejo amigo.
—tú y yo no nos conocemos de nada. Nunca te había visto con anterioridad, no antes del otro día, en el campamento.
—Vamos, vamos, Luke. Puedes hacerlo mejor. Seguro que si le das un poco al coco caerás en la cuenta de quién soy... aunque no llegaras a conocerme en tu otra vida.
—¿Mi otra vi...? —Sentí cómo se me erizaban los pelillos de la nuca—. Repito que nunca te he visto. Es la primera vez que converso contigo. —Negué vigorosamente, tratando de sacudirme el estupor de encima—. No se nada de ti. Pides imposibles.
—¿No? ¿Seguro? —Volví a sacudir la cabeza—. Bueno —suspiró—, mejor que me odies ahora que después. —y con esas palabras, buscó mis ojos para sentenciar—. Mírame bien. Mira hasta donde puedas. Soy el nuevo oráculo del campamento mestizo. Yo fui quien profetizó tu regreso a la tierra, Lucian Castellan.
Se plantó ante mí, erguida cuan larga era; su voz fue sal vertida en placas de hielo cuando confesó.
—Tu disfraz de chica caoba y ojos jade no hacen efecto sobre mí porque mis capacidades de vidente traspasan cualquier tipo de coraza... incluso la de los dioses. Sí, sé quién eres. Sé qué hiciste en el pasado, qué misión persigues en el presente, y qué objetivos tienes con el futuro. No, no soy la mestiza amada y mencionada en la profecía. En cambio soy el conducto por el cual las visiones tomaron voz y voto. Soy Rachel Dare, el actual oráculo del campamento, quien auguró a los dioses tu regreso a la Tierra.
El silencio se extendió entre nosotros. Un silencio pesado que se alzó y alzó como una ola de mar a punto de arrasarme, mientras intentaba recordar lo que sabía del oráculo que había profetizado mi regreso a la Tierra. El hecho de haber encontrado a esa fuente misteriosa era abrumador, inquietante, y de repente no se me ocurría qué decir, qué responder. Sentía el recorrido de sus ojos, paralizándome, obligándome a permanecer quieto en el sitio.
—Bien —fue todo cuanto dije cuando reencontré mi voz—. Bien.
Reparé en que Rachel estudiaba mi rostro en silencio. Casi parecía atisbar en mi interior, leer los recuerdos que naufragaban en mi mente como gráficos a leer e interpretar en una página de un libro blanco.
—Puedo entender cómo te sientes ahora mismo.
Bufé.
—Permíteme que lo dude.
—No lo hagas. Realmente te entiendo.
—¿Me entiendes? —Ella asintió—. Me entiendes. —Rechiné los dientes—. ¡Ahí! —Repentinamente furioso, señalé con el pulgar el umbral por donde antes se había internado la figura de Thalía—. ¡Ahí está tu augurio, tu visión, el resultado de tu profecía! Manipulación y abandono... ¡Todo en el sagrado nombre de tu jodida profecía! Y ahora no me vengas con el cuento de que me comprendes. ¿Cómo te atreves a jugar así con la vida de los demás?
Sus ojos permanecieron fijos en los míos, tristes, comprensibles, decididos a no responder a mi cólera.
—Yo no he jugado con nadie, Luke.
—Lo has hecho. Claro que lo has hecho. Has jugado a tu antojo con emociones ajenas que en nada te concernían.
—Yo no llamo a las profecías a mí. Ellas vienen sin previo aviso, sin que pueda hacer nada para rechazarlas.
Sabía que tenía razón; sabía que aquella muchacha de pelo rojo y ojos verdes no era culpable de lo que la estaba imprecando, pero oh, qué desahogo daba poder culpar a alguien, a falta de dioses que dieran la cara.
—Las emociones son como el mar. Y las más intensas, aún más. Pueden pasar de un extremo a otro sin previo aviso, y sólo son controladas en función del tipo de seres humanos que somos en nuestro interior —dijo, gentilmente—. Amistad y desapego. Fidelidad y lealtad. Amor y odio. Altruismo y egoísmo. Juramento y desapego. Muchas veces están muy cerca las unas de las otras. Y no sólo cuesta diferenciarlas, también aceptarlas, admitir que convivimos con ellas.
Mis ojos no le brindaron compasión. No me gustaban los oráculos, las profecías y todo lo relacionado con visiones que servían más para encadenar y enredar las cosas.
—Mira, tú... Rachel. No estoy de humor para filosofías baratas —espeté.
—¿Dónde está la línea? —exigió saber, sin previo aviso. Sonó más a acusación que a pregunta. En cualquier caso, hice caso omiso—. Luke. ¿Dónde está la línea? —insistió—. Respóndeme.
—¿Línea? ¿Qué línea?
—Tú lo has dicho, no yo. ¿Qué línea? La línea entre la fragilidad y la debilidad. Entre la dureza y la crueldad. ¿Dónde está la línea?
La miré extrañado.
—En nuestras acciones.
—Exacto. —Me apuntó con el índice como si hubiera llegado al meollo de la cuestión—. El equilibrio entre la Luz y la Oscuridad en el mundo puede variar por un simple acto —dijo—. La muerte de un alma, el nacimiento de otra alma, el afecto o desapego que se le dé a un niño. Ethan es sólo un guerrero. Tú eres sólo un mestizo. Thalía es sólo una cazadora. Y, no obstante, todas vuestras acciones tienen el potencial de afectar al resto del mundo. Y este mundo caótico en el que está emergiendo de nuevo otro titán no necesita de dos poderosos mestizos que luchen al lado de la Oscuridad.
—Eso lo sé —tercié con gravedad—, no necesitas repetírmelo. Lo sé, y nunca más lucharé por la Oscuridad.
—Tú no lo harás... o eso dices. No lo harás en el modo en que lo hiciste anteriormente. Pero Ethan ya lo está haciendo. Thalía ya lo está haciendo. Tú lo estás haciendo.
—No digas estupideces. ¿De qué estás hablando?
Las cejas de Rachel se elevaron y una esquina de su boca ascendió para dibujar una sonrisa sardónica.
—Regresaste a la Tierra por una cuestión, Luke. Y no lo estás cumpliendo. No volviste por una profecía. No volviste por antojo de los dioses. Ni siquiera volviste por consideración a tu alma en el otro mundo. Todo ser vivo es un instrumento en la constante pugna de posiciones de la vida y la muerte. Y el mundo entero es el premio a ganar. Pero ahora el mundo entero pende de un hilo... por tu postura pasiva; por la postura indiferente de Thalía.; porque llevas más de siete meses en la Tierra, siete meses, nada menos, y la amenaza que te hizo venir no sólo ha desaparecido, sino que además se ha acentuado.
—No pienso tener un hijo por simple designo de los dioses —dije, asqueado—. Jamás haré eso.
—Entonces estás condenando al mundo al desastre —replicó, categórica—. Por tu egoísmo, por tu miedo al rechazo, estás cometiendo una acción, una acción que inclina la balanza hacia esa maldad de la que tanto ahora te enorgulleces de combatir.
—¡Cómo te atreves! —la miré indignado—. ¿Me han preguntado los dioses qué quería? ¿Se han molestado en pedirme mi opinión? Me arrebataron mi libre albedrío. Yo no pedí ser un héroe. ¡Quién les ha dado derecho a nombrarme salvador del mundo!
—¿Le has preguntado a Thalía qué quiere? —Contraatacó—. ¿Te has molestado en pedirle su opinión? Quién te ha dado derecho a decidir por ella en el asunto que a ambos os atañe. A ser un antihéroe en el nombre de ella. Quién te ha dado derecho a robarle su libre albedrío.
—No juegues conmigo al juego ambiguo de las palabras —espeté.
—Sólo intento hacerte ver el doble rasero de tus motivaciones, Luke. —Resopló—. Acusas a los dioses de imponerte un futuro que tú no has decidido, pero, mientras tanto, haces lo mismo con Thalía.
—Yo no le impongo nada —protesté—. El ser una cazadora por el resto de su existencia es lo que ella eligió, años atrás.
—Oh, sí, cuando tenía el corazón pisoteado, la vulnerabilidad a flor de piel, y cuando cumplir dieciséis años era toda una amenaza y peligro. —Meneó la cabeza; al hacerlo, sus rojizos cabellos se desplegaron por sus hombros como una bandera de sangre en la nívea blancura de su vestido—. Pero los tiempos han cambiado, y con ellos, las condiciones y por qués que la llevaron a jurarle lealtad a Artemisa.
—No tengo nada que hacer ahí. Esa es una elección de la que no se arrepiente, de la que no va a retractarse. Quiere estar con las cazadoras, no conmigo. Eso lo ha dejado más que claro.
El desconsuelo vagó por mis ojos, pero lo dominé a tiempo.
—Para que esa opción quede clara, Luke, primero ha de haber una elección. Tú no le has contado nada. Has dado directamente por hecho que te rechazará, que pondrá por delante su bienestar con las hijas de Artemisa, y que su bienestar moral, su conciencia personal, será más para ella de lo que lo es su criterio, sea cual sea, en la profecía que la nombra.
—¡No le he contado nada porque los dioses no me han dejado! —Espeté, a punto de estallar.
—Oh, por favor. Ahora no me vengas con esas. También te dijeron que no les contaras nada sobre el Señor del Tiempo y, a juzgar por su nula reacción ahí, antes, cuando lo has nombrado en la reunión, es evidente que has hecho caso omiso de lo que te pidieron los dioses.
—¡Bueno, basta! —Estallé—. ¿Qué tiene que ver todo eso con que estemos ayudando al bando de Cronos a vencer?
Ella se estremeció al oírme mencionar sin tapujos el nombre del titán.
—En situaciones tan críticas, es necesario actuar. Pasar a la acción. Tomar una decisión y actuar en consecuencia de ella. —Se abrazó la cintura mientras hablaba—. Eso tú lo sabes bien. Es cierto, no estás mano a mano con el Señor del Tiempo, esta vez; no eres tú quien lo está ayudando a alzarse. No obstante, tampoco estás haciendo nada para frenarlo. Decidiste no conquistar a Thalía... por los motivos que sean, me da igual. Y esa decisión no augura nada bueno en el provenir de tu bando, por tanto, indirectamente, tú y Thalía estáis, sí, ayudando a ganar al mal en esta nueva batalla que se presenta.
—Venga ya. —Exclamé con trasfondo de indecisión en la voz—. ¿Una elección tomada por un adolescente es suficiente para fastidiar el equilibrio entre la Luz y la Oscuridad en todo el mundo? ¿No es algo exagerado eso?
Rachel me miró con un pestañeo, como si acabara de sugerir que el mar era húmedo.
—¿Y tú me lo preguntas? ¿En serio? ¿Tú, que hiciste la simple acción de robar el rayo maestro de Zeus, despertando, con ello, las rencillas de los dioses? ¿Tú, que preferiste matarte antes que acomodarte y dejar que el Señor del Tiempo gobernara para siempre tu cuerpo y tus acciones, desencadenando, así, una era sin titanes?
Sentí un aleteo de ansiedad. Pero Rachel prosiguió:
—Considera que tú, al elegir el bien, al matarte, abriste el camino para que existiese otros años más de vida, de paz. Ayudaste a que el bien, al menos esa vez, prevaleciera. Pues bien. Esto es lo mismo. Lo que debe ser para una persona cambia con sus decisiones, Luke. Thalía quería ser cazadora en su día; no debía cumplir los dieciséis y, a su juicio, el juramento a Artemisa fue el mejor apaño que se le ocurrió. Hoy en día sufre las consecuencias de esa decisión, así como disfruta las ventajas y comodidades de esa decisión. Pero el futuro ahora es oscuro, turbulento y, como muchas elecciones que se hacen a lo largo de la vida, ella ha de tomar una nueva decisión. No puedes, simplemente, no contarle nada. Thalía tiene un papel, un compromiso para con esa oscuridad en ciernes; y su decisión tira de unos hilos que cambiarán el tapiz del futuro en la tierra. No. No me parece, ni me parecería, justo que te limitaras sencillamente a acostarte con ella y a dejarla embarazada, como te sugirieron los dioses. Porque eso es manipulación, no decisión; es engaño, no respetar su libre albedrío. Pero tampoco me parece justo que la niegues todo rastro del conocimiento de esa profecía. Tiene derecho, tanto como el que tenías tú, a saber. A entender. A elegir. Y a actuar según la elección. Su elección. Y no la tuya.
Cuando calló, no pude más que quedarme quieto, mirándola. Era un hecho: sus ojos eran inteligentes. Cuerdos. Agudos. Nada de locos. Nada de la bruma de desquicie que recubrían los ojos de mi propia madre, la antigua oráculo. Esa chica no era enferma, dependiente. No era majareta.No había hecho de su mente, su propia tumba.
—¿Te enseñaron a hablar así los dioses? —Dije, casi reverente—. ¿O las moiras.
Pretendía hacerle un halago (bueno, una especie de halago, más bien) pero la chica se ofendió.
—¡Y por qué iba yo a hablar con esas ancianas corta hilos!
—Eres tan funesta como ellas —me limité a decir—, usando partes de tu fuerza interior, modelándolas hasta que tus palabras sean como cuerdas que conducen a respuestas cuyas preguntas uno lleva tiempo buscando.
Rachel dio un brinco de sobresalto.
—¡Ah! Creo que me estás sobre valorando en demasía, Luke. Sólo me he limitado a hablar con un amigo... bueno, un conocido. —Sus ojos azules centellearon junto con su sonrisa—. Una profetisa de verdad recibe muy poca guía en este mundo, no más de la que recibe de sus visiones que, te aseguro, son nulas.
—Pues cualquiera diría que llevas en ese papel toda tu vida —refunfuñé—. Hablas con fuerza. Y con vehemencia. Y lo suavizas todo con un barniz de sabiduría y paciencia.
Rachel levantó una mano y se pasó un mechón de pelo rojizo tras la oreja, con el ceño levemente fruncido.
—Procuraré tomarme eso como un cumplido.
—Procuraré que la próxima vez suene como tal, entonces.
Su cálida sonrisa fue como el rayo del sol en un día frío y nublado, brillante, reconfortante.
—¿Sabes? Lo cierto es que llevo pocos años de oráculo. Quiero decir... que antes era una mortal como otra cualquiera, con planes de universidad y exámenes y un trabajo remunerado.
Escondió las manos bajo la manga del sencillo aunque encantador vestido blanco que le ceñía el talle—. Pero ahora... hizo un elegante gesto abarcando el campamento—. Ya me ves. Profetizando para seres en los que pocos creen, en un campamento de personas sobrenaturales.
—¡Y extraterrestres! —Apunté—. No te olvides de esos tres de Idhun.
—¡Oh! —La repentina mirada de ensoñación que redondeó sus ojos dejó más que claro que nuestros motivos para no desechar a la tríada eran bien diferentes—. ¡Síííí! Christian... Jack... ¡Ah! Difícilmente se les puede olvidar.
Me lo pensaré —prometí, tratando de encarrilar de vuelta al asunto importante—. Contarle todo, absolutamente todo a Thalía, quiero decir. —Y era verdad. Y era una promesa que pensaba cumplir, una declaración más sincera que cualquier pésimo intento de los dioses por hacerme cambiar de parecer.
—Gracias. —Sonrió—. Un simple meditar sobre ello es todo cuanto pido.
Pero cuando ella hizo intención de marchar, la agarré del brazo.
—Dime... ¿qué viste?
Sus cejas se alzaron.
—Oh. ¿Y ahora quieres saber?
Hice caso omiso de su pulla.
-¿Podrías repetírmelo?
Ella se quedó callada durante un buen rato, y yo tuve que luchar para refrenar el impulso de agarrarla y sacudirla y obligarla a contarme qué demonios había visto en esa profecía. Cuando por fin decidió hablar no me miró, y parecía más bien hablarle a la noche que a mí.
—Y el gigante se abatió sobre la tierra y el tiempo se hendió en los confines de una parálisis sin medida —recitó, voz queda, susurrante, amodorrada—. Los mortales fallecieron, la magia se desvaneció y las fronteras fueron engullidas piedra por piedra, dispersando la nación del Tártaro hacia los confines del planeta. Los días eran terror y las noches, locura y pesadillas. El aire hervía, el agua mataba, el cuerpo se pudría. Y los mestizos envidiaban a sus sombras. Todo quedó destrozado en el puño del tiempo, en el puño de la muerte. Y todo se perdió excepto la llave de un cimiente, un naciente, una esperanza nacida de los tormentos. —No era la voz de Rachel, la jovencita mortal, sino la del oráculo, la voz de la desasosegada suma de la soledad y el tranquilo orgullo por lo que hacía y preveía, aunque no disfrutara con ello, quien hablaba—. Y a aquel lo vieron crecer, embrutecerse, y luego marchar a la prisión de los titanes, andando sobre sus restos inmortales, quebrándolos y ahuyentándolos a cada paso. Dos mestizos caminaban sin caminar a su lado, dos héroes portaba aquel en sus recuerdos.
Una corriente continua de escalofrío erizó todos los pelos de mi cuerpo cuando Rachel terminó de hablar y cayó.
—¿Está completa esa profecía?
—Sí. Al menos la parte que necesitas saber... ahora.
No la creí. Esa leve vacilación me llevó a creer que yo tenía razón y que no me había contado ni la misa a la mitad.
—Hades dijo que en la misma se menciona con alusiones a un semidiós aliado del Tiempo. Y que el amorsería clave para su buen funcionamiento. En todo cuanto has dicho, no me veo reflejado. NI veo alusión a ella. Ni a ese romance...
Trabé la mirada con ella por un instante, pero pronto la desvié, incapaz de soportar el terrible examen de sus oráculos ojos, sabiendo que a quien ambos teníamos en la mente era a Thalía. Era ingenuo pensar en una hija de Artemisa como fuente de amor romántico hacia alguien.
—Repito. Sólo te digo completa lo que necesitas saber. Ahora. Tal vez más adelante estés preparado para una segunda parte. Pero hoy no. Sabes que no.
Dediqué a la chica una mirada de crispada paciencia.
—En estos momentos, en alguna parte, un joven inocente disfruta de sus momentos de tranquilidad, jugando a las canicas o a la XBox, ajeno por su bien al lamentable hecho de que algún día su suerte decaerá por perder la cabeza y el corazón por la señorita Todo-lo-veo y Todo-me-lo-callo.
Rachel agitó la melena.
-Más bien está jugando al ajedrez mágico con su club de ajedrez de su instituto muggle.
La miré con ojo torvo, tratando, sin éxito, de ocultar una sonrisa cómplice.
-Repito: pobre chico.
Ella sonrió, una sonrisa que, por alguna razón, hizo que me acordara de mi madre, por ser una mueca tan parecida a aquella que mostraría una madre al ver a su hijo disfrutar del sencillo placer de la vida, una sonrisa que hizo que el mundo pareciera de improviso un lugar mejor, y que las ominosas palabras de la profecía fragmentada aflojasen algo el nudo que habían dejado instalado en mi garganta.
Más tarde, mucho más tarde, cenado y duchado, ya metido en la cama, no podía dejar de darle vueltas en la cabeza, acerca de la recomendación (bueno, más bien regañina, ejem) de Rachel sobre la necesidad de contarle la existencia de la profecíaa Thalía. Por un lado estaba la prohibición de los dioses y mi miedo a que se enfadara, como era de esperar, y que las pagase conmigo; al otro lado estaba el hecho de que Rachel tenía razón: para hacer una elección, lo lógico es conocer todas las opciones, no sólo una. Doblé las rodillas hacia arriba y me arrebujé bien en las sábanas para mantenerme caliente mientras oía cómo afuera se alzaba un viento atronador.
Las dudas no dejaban de zumbar por mi mente. Barajé pros y contras. Deshojé imaginarias margaritas de sí o no. Entre tanto anochecía. La luna argenta ascendía. La oscuridad hacía acto de presencia en el exterior, una oscuridad que estaba plagada de titilantes estrellas.
Estrellas que no me alumbraron, porque pronto quedé rendido, dormido. Y fue su nombre, junto con el recuerdo de la larga e intensa jornada compartida, quien protegió mis sueños, guardián de cama y atrapacronos, avivando el descanso, libre de pesadillas.