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Historia 126109 — capítulo 29
Disclaimer: El camping y sus mestizos son de Rick Riordan (lloro, lloro, lloro), tanto como la Tríada de Idhun lo es de Laura García Gallego (más lágrimas, aaaah). Pero esta historia es de mi completa autoría (así que nada de plagio, que si no os decapito. Jum jum).
-…-…-
A pesar de mis reticencias, fue dejándome de importar lo duro que estaba el suelo, el leve frío que despedía, el sol vivo y radiante, los gritos lejanos aunque constantes que llegaban de todas direcciones del camping. Mis ojos se fueron cerrando poco a poco. El patrón lento y sosegado de la respiración de Thalía marcaba mi rendición al cansancio, como segunderos de un reloj marca el tic tac tic tac de las agujas del tiempo y su correr de minutos.
Antes de rendirme por completo, abrí de golpe los ojos, impelido por una repentina y angustiosa idea. Busqué a Thalía.
-¿Estarás aquí cuando despierte?
Una sonrisa le suavizó las facciones, así como la voz. Con sorprendente dulzura, atrajo mi rostro y lo apoyó contra su hombro, dándome mudo cobijo en el refugio de sus brazos.
-Estaré aquí hasta que despiertes. -Tono suave, de canción de cuna—. Y ahora duerme, Luke. —Ojos profundos, gentiles, el azul inalterado de un cielo al que me dejo llevar—. Descansa. Tranquilo. Yo seré tu atrapasueños.
-…-…-…-
Capítulo 28: Retirada.
………
De la brisa que me acariciaba la cara, mi sueño se alzó y cobró forma.
La forma de un rostro.
El rostro de Thalía.
El rostro de Thalía, al que las flotantes partículas del aire dibujaban y modulaban, zarandeándolo entre corrientes de aire, aire de mar, mar de azul.
Al rostro le siguió el cuello, los hombros y el resto del cuerpo. Y al cuerpo una danza silenciosa, lenta, cadenciosa. El viento le abrió los pelos en abanico, la boca en una risa, los ojos en alegría, los brazos en una silenciosa invitación a unirme a ella.
-Luke -susurró mi nombre al viento, y el viento me transmitió con más agitación de cabello y más sonrisas y más danza mi nombre, un beso en la brisa, y algo más cabalgando en ese beso, quizá un te quiero-. Ven, únete.
Hice intento de ir, de reunirme con ella, pero mis extremidades no me obedecieron.
-Luke -llamó mientras permanecía estático en el sitio, sumido en el éxtasis de contemplarla-. Levanta, ven conmigo.
Intenté articular un acércate, no puedo, pero de mis labios sólo salió un gruñido fastidiado.
-Luke... ven a mí.
El viento siguió elevándose, entrometiéndose, llevándome su voz a medida que la arrastraba lejos.
-Luke... ¿No quieres?
Un túnel entero fue emergiendo de entre otras partículas, separándonos más y más. Su llamada reverberaba en mi mente. No quería perderla. Tenía que recuperarla. Levantarme. Atravesarlo. Saltar. Volver a ella.
-Luke... ¿me quieres?
-Sí, por supuesto que sí -otro gruñido, otro mensaje robado por el viento.
El túnel fue desdibujándose en mis pupilas a medida que su insistencia, su llamada, se tornaba más vehemente, negro terciopelo pintándose de azul.
-Luke... vuelve, si me quieres, no te alejes más.
Un túnel psíquico, una apertura frontal. Lo atravesé. Al otro lado, su presencia me dio la bienvenida, del mismo modo en que me había acompañado en todo momento durante el otro extremo, amuleto de la suerte, talismán del descanso. Adquirí interés por lo nuevo que me rodeaba, y pude sentir brazos en torno a mis hombros, el calor de un cuerpo que se apretaba contra el mío.
-Luke.
Lentamente, la modorra fue abandonándome, como llevada por el movimiento acompasado de la mano de ella en mi frente. Y esa voz. La más hermosa voz del mundo.
-Luke. -Una voz susurrante, un faro titilando en la bruma; pude localizar su procedencia-. Luke, despierta, levanta ya.
-¿Thalía?
-Exacto. Despierta, despierta. -Sentí la mano de ella sobre mi frente, acariciándome el cabello. Subiendo, bajando, subiendo, bajando.
Abrí los ojos con suavidad.
Fue una sensación agradable no despertar del modo en que lo llevaba haciendo semanas, con Cronos acaparando mis sueños y vomitando terribles pesadillas en ellos. Me froté los ojos y al abrirlos más, tuve que entrecerrarlos inmediatamente debido a la luz que me golpeó los párpados. Por las franjas de color anaranjado que se vislumbraban entre las rendijas de las ramas, el ecuador del atardecer parecía estar dando sus últimos coletazos, aunque no las tenía todas conmigo.
Estaba bastante desorientado. Cuando me incorporé, la luz clara del día entró oblicua por entre los recovecos de dos ramas entrelazadas que Thalía había inclinado a modo de pantalla protectora del sol. Me sentía dolorido y agotado como si no hubiera dormido nada. A pesar de todo, no había tenido pesadillas. Ni una sola. Aquello me levantó el humor. Bueno, eso, y el hecho de despertarme junto a Thalía. ¿A quién le amarga un dulce?
Pues bien. A mí me faltaba uno.
—Yo quería seguir durmiendo un rato más —le dije, aunque no acababa de atinar del todo con la queja. Lo que realmente quería era echarme a dormir un día entero.
—¿Sí? Bueno, esta mañana yo quería gofres con sirope de chocolate, pero alguien se me adelantó y dio buena cuenta de ellos —dijo sin alzar la vista de las armas que se estaba volviendo a recolocar en el cinto de la cadera.
—Oye, que no soy un niño con una rabieta.
—Pues no te comportes como tal —replicó con despreocupación.
Bostecé a la vez que me frotaba los ojos con los nudillos. Bizqueando, arqueé la espalda y estiré los músculos. Luego dejé colgar las manos a un lado y, con impulso y ayuda, me senté, cruzando las piernas.
-¿Cuánto he dormido? -Pero Thalía no respondió a mi pregunta y, fiel a su costumbre, contraatacó con otra de propia cosecha.
-¿Cómo te sientes?
-Mejor. Mucho mejor. Gracias. ¿Cuánto he dormido?
-Poco.
-¿Poco? -La miré extrañado-. ¿Y por qué me despiertas?
-Tenías que recuperar fuerzas, no hincharte a dormir. De lo contrario esta noche no te entraría sueño, el cansancio te golpearía y la fiebre, que por fin se te ha bajado, regresaría. Y entonces nada de esto tendría sentido.
Bostecé y volví a desperezarme, a la vez que parpadeaba y obligaba a mis ojos a desprenderse de la persistente neblina del sueño que los nublaba. Rascándome un lado de la cabeza, continué incorporándome y quedé de rodillas frente a Thalía.
-Sí. Supongo que tienes razón.
Apoyé la espalda contra un rojizo tronco fibroso, acomodando el trasero entre la maraña de raíces, a la sombra de un grupo de cedros jóvenes, modestos en el grosor de hojas con que trataban de cubrirse yendo en contra de los expresos deseos de ese clima algo otoñal, y miré a lo lejos, a la línea verde y amarilla de copas de pino que se mecían con la brisa.
El aire olía a sol recalcitrado, las nubes habían seguido adelante y dejado un sendero despejado en el cielo de un azul intenso. Por fin sentía la cabeza despejada. Habiendo dormido y descansado y recuperado fuerzas por fin, encontraba todo más digno de admirar. El ciclo celeste parecía más exuberante, el colorido de las hojas más resplandecientes, los árboles más altísimos, las estructuras externas de las casas más impresionantes.
Incluso Thalía gozaba de esa nueva luz: sus ojos parecían más azules, sus cabellos más brillantes, sus labios más suaves, su sonrisa más viva.
-No he tenido pesadillas -confesé, reclinando la cabeza contra el rugoso tronco-. Todo gracias a ti.
Se quitó arena del estómago y las caderas sobre las que había estado tumbada en el suelo, mientras consideraba esa noticia.
-Eso significa que estaba en lo cierto en mi suposición... otra vez. Lo que también significa, que hay una nueva regla.
-¡Uy! —Rezongué—. No sabía que hubiera una regla vieja, para empezar.
Ella hizo caso omiso.
Regla número uno de las chicas: lo que pasa en el baño..., se queda en el baño. Jamás dirás qué hacemos o decimos entre estos azulejos.
-¿Traducción?
Se inclinó y acercó tanto el rostro al mío que pude contar sin dificultad las pecas que salpicaban el entorno de su nariz:
-Que como le digas a alguien que te he ayudado a dormir, seré yo quien te provoque pesadillas -matizó, furibunda.
-Y con esa suman dos las amenazas de hoy. -Sostuve su mirada-. Te has levantado hoy guerrera, ¿eh?
-Y con esa suman dos las advertencias. -Sonrió y me frotó el muslo, amistosa, pero en sus ojos siguió brillando una clara advertencia-. Me lo debes.
-Lo hago, sí. Pero tranquila. Yo no pago con oro. Sino con promesas.
-Esas son palabras —rezongó.
-Palabras tan solventes y valiosas como cualquier moneda de cambio.
-Más te vale.
-Bueno. Ojalá que por lo menos tu oferta de atrapasueños -hice una pausa y corregí-, atrapacronos, siga en pie.
-Ya veremos. De momento, te aconsejo que seas tú quien empiece poniéndose en pie -dijo, marcándose un tanto.
-¿Y eso?
-Porque alguien se acerca. Nos buscan.
Seguí la dirección que señalaba su inclinación de cabeza. Los cabellos de quien se aproximaba se agitaban insistentes, azotándole el rostro. Impaciente, los recogió en el puño de una mano mientras avanzaba por el agitado campamento hacia nosotros, mirando en todas direcciones como si no acabara de capturar el foco de su escrutinio.
-¿Cómo sabes que es a nosotros a quienes busca? -Pregunté a Thalía, aunque mientras hablaba ya estaba de pie y sacudiéndome las hojas y ramitas secas de la ropa-. Ni siquiera nos ha distinguido. -aquella era una de las ventajas que tenía el llano donde habíamos estado toda la tarde. Al estar situado en un nivel más alto del resto del camping, Uno podía ver a quien quiera que viniera, pero quien se acercaba no lo tenía igual de fácil-. A lo mejor, simplemente, está dando un paseo.
-¿Yo te encontré, no? Ella no es menos insistente. Y ten por seguro que sí es a nosotros a quienes busca. Mira su cara, parece urgente... preocupada, diría yo.
-Tienes razón -suspiré-. ¿Qué habrá pasado esta vez?
Aparté la mirada de la larga melena rubia que le descendía por los hombros bajo la boina del gorro, del hermoso y perspicaz rostro. Thalía le hizo señas con el brazo para captar su atención. Cuando por fin nos localizó, los ojos grises de Annabeth se movieron veloces entre Thalía y yo, lista para sacar conclusiones.
-¡Eah! Hasta que por fin os encuentro. -dio una vuelta entera sobre sí misma, escaneando cada árbol, flecha y arco hallado en la zona-. ¿Qué hacéis aquí?
Thalía y yo compartimos una rápida mirada.
-Derecha al punto, eh?
-¿Qué hacíais?
-¿tú qué crees? -Señalé elocuente el arco que había dejado tirado en el suelo a unos cuantos metros, así como los muñecos de paja y tallo que usamos como blancos-. Entrenando el tiro con arco, ¿no es evidente? Bueno, más bien aprendiendo el tiro con arco.
Pero la sospecha no abandonó los ojos de Annabeth. Volvió a girar sobre sí misma, esta vez en lado contrario, espiando más a profundidad el llano.
-cualquiera diría que os estáis escondiendo.
-Mal escondite sería este sitio, bailarina, si esa fuera nuestra intención. A fin de cuentas, ¿tú estás aquí, no? Nos hemos retirado un rato del ajetreo para hablar. Eso es todo.
-¿Y desde cuando dos personas que se llevan mal se retiran para hablar?
-Nos estamos civilizando -simplificó Thalía, encogiendo un hombro y avanzando hacia su amiga-. Ya ves. Para que luego digas que desdeño tus consejos. Y ahora desembucha y di por qué nos buscabas.
-Christian os requiere. A las dos.
—¿Kirtash? —Inquirió Thalía.
—¿Para qué nos necesita? —Pregunté a mi vez.
—No me lo dijo. —Annabeth hizo una mueca de incomodidad que sugería que no estaba muy contenta por no tener respuesta a esa pregunta—. Cuando un shek te mira y te dice que hagas algo, uno no hace preguntas.
—Hablas como quien conoce a más de una de esas criaturas —apunté, mofándome de ella, aunque sabía perfectamente a qué se refería. Cuando Christian (alias Kirtash, alias El chico de Hielo) te mira, uno siente el impulso de hacer lo que pida con tal de librarse de su fría mirada—. ¿Ni siquiera tú insistes en no estar a ciegas con el motivo de la misiva que te mandan a entregar?
—Tampoco es que me haya pedido una enormidad, ¿sabes? no sé si eres consciente de ello. Sólo me pidió que os busque y que os reúna a todos en la sala de entrenamiento.
-Mierda -mascullé-. Joder.
Annabeth agitó un dedo en mis narices.
—Vamos, vamos, Lucy, sabes que eso está mal; no debes decir palabrotas.
Farfullando contrariado, me quedé mirando boquiabierto a esa chica con cara de princesa y gesto de madrastra, que me regañaba como si fuera mi madre sólo por una inocente selección de palabra. Chungo, muy chungo. Grrr. Mala señal.
—Lo sé —dijo Thalía con un suspiro en respuesta a mi asombro—. Es como un filtro. Toda una prueba para mí. Bueno, radaar de palabrotas, ¿a dónde debemos ir?
-Kirtash. Estaba con Clarisse, Victoria y Chris, así que supongo que los demás ya estarán ahí, en la sala, esperando. -Volvió a concentrar su atención en mí-. ¿Qué peligro o drama ves tú en esa misiva?
-Oo, oo. Empiezo a ver el lado malo de las cosas —musité con el mal augurio de un escalofrío correteando por mi espalda.
-¡Ah, Lucy, Lucy! —Exclamó Annabeth en un espeluznante tono parecido al del Señor D, sacudiendo la cabeza de un lado a otro en gesto pedante—. Tan pelirroja como un Weasley; tan hermosa como una Lannister; tan vengativa como Panem; tan terrorífica como Lovecraft; y tan dramática como Hamlet.
Nos pusimos en marcha, con Annabeth en el medio, como si quisiera asegurarse de que no fuéramos a esfumarnos, ahora que por fin había dado con nosotros.
-Te oigo hablar y sólo oigo bla bla blá, Weasley, bla bla blá, Hamlet.
-¡Oh, por todos los dioses! —Parecía más indignada porque desconociera esos nombres mencionados que por el hecho de que su indirecta, llamándome dramática, no hubiera colado—. Deberías leer un poco más, ¿sabes?
-¿Leer? —Salvé de un salto el desnivel del terreno que ponía fin al claro en las lindes del bosque donde habíamos practicado.
-sí. Ya sabes; ese lazo, a guisa de letras, a dos bandas entre tú y un libro.
-Sé lo que es leer -hice una mueca de asco-, y no, gracias. Eso mismo le recomendaron al bueno del Quijote y mira el pobre cómo acabó al final... ¿Es eso lo que me deseas? ¿Quieres que acabe como una chota? -Bizqueé en su dirección-. Jopé. ¿Tan mal te caigo a ti también?
Annabeth miró a Thalía, como diciendo: ¿seguro que esta chica está bien? Ella le contestó con una negativa de cabeza, como diciendo: es así; no tiene remedio. Luego ambas se echaron a reír, a mi costa, sin vergüenza alguna.
-Tú nos guías -le dije a Annabeth, tratando de cortarle la risa.
-Es en el mismo sitio del otro día. No hay pérdida.
-¿Y no tienes ni idea del por qué de su llamada? ¿Ninguna sospecha?
-Supongo que su urgencia responde a los preparativos de la llegada de los monstruos -tanteó ella.
-O a que tal vez han averiguado el nombre del mestizo pasado al bando de Cronos -elucubró Thalía.
Por el momento, no dije nada, aunque me sentía inclinado a ambas posibilidades; asentí y me guardé las preocupaciones mientras rodeaba los hombros de Annabeth con un brazo e iba con ella de vuelta en dirección al sitio de reunión. Eché una ojeada a la llanura semivacía y abierta ante las casas, iluminada por un sol débil. No había nada que ver en el claro; campistas y cazadoras estaban agrupados en diversas casas, atendiendo cada uno al llamado de sus tareas, pero aquella imagen de sosegado silencio tenía los días contados. Pronto, la tierra, pistas, jardines y casas quedarían pisoteados por las huellas de multitud de bestias, y gritos de batalla quebrantarían impertérritos esa quietud.
-¡Eih! ¡Las has encontrado! -Percy hizo su aparición justo cuando llegábamos a la sombra del edificio-. Gracias a los dioses.
Pero los dioses no parecían sentirse muy gratificados, que digamos, y yo, mucho menos.
—¿Dónde estabais?
El chico resollaba, como si hubiera estado corriendo como un poseso por todo el camping.
-De aquí para allá -dije, vagamente.
-De aquí para allá significa estar en el bosque -matizó Annabeth-, y a solas.
-¡Ah! -Percy no le dio más vueltas al asunto-. Pues vale.
Y compartieron uno de tantos abrazos entre pareja. Annabeth besó informalmente al chico en la mejilla, intercambiando una mirada cómplice. Una parte de mí se sintió feliz por ellos, pero otra no pudo dejar de sentir celos por lo que presenciaba. Por lo que ambos tenían.
Verles abrazados y besándose era un golpe que me hirió las entrañas, remontándome al dolor de la negativa de Thalía y su afirmación de jamás renunciar o abandonar a las cazadoras. Eran un recordatorio de que, por muy amistosa que la hija de Zeus se mostrara ahora conmigo, siempre preferiría a Artemisa por encima de las demás cosas. Por encima de mí. Hice un esfuerzo por salir de ese callejón mental sin salida. Manteniendo el paso al otro lado de Annabeth, me incliné hacia él.
-¿Tú también nos buscabas? -Percy asintió sin apartar la mejilla de la coronilla de su novia-. Pues sí que debe de ser importante el asunto, si el shek despliega todos sus recursos para encontrarnos a toda costa.
-Es algo así como telépata -señaló Thalía, relevando a Annabeth a la cabeza de la fila-. Y un buen buscador. Me cuesta creer que haya puesto verdadero empeño y todos sus recursos para dar con nosotros.
Apretó el paso hasta llegar a la puerta que custodiaba la entrada. Se deslizó por la abertura, con mirada airosa y un caminar marino como una anguila. La seguí al interior, casi pisándole los talones, dispuesto a continuar con mis objeciones.
-¿Lo habéis encontrado? -preguntó nada más entrar y pasando por alto los saludos de quienes estaban dentro.
-¿A quién? -Se extrañó Victoria, girando hacia ella. Al oírnos llegar, sus ojos brillaron con un rayo de esperanza, esperanza que se extinguió cuando comprobó que entre nosotros no venía la persona a quien aguardaba ver, a saber quién. De todos modos, compuso una gentil sonrisa para todos, más dulce aún para Thalía, su amiga, su supuesta hermana de caza.
Thalía titubeó a dos metros antes de llegar al asiento que la chica le ofrecía.
-¿cómo...? ¿Y entonces a qué se debe la urgencia?
-Lo sabrás en breve.
No estoy de humor para evasivas -resopló mi amiga una vez hubo tomado asiento.
-Tú nunca estás de humor para nada -replicó tranquilamente a su vez Victoria, no sin mofa-. ¿A que no, Lucy?
Me dio un codazo cómplice en las costillas.
—No. —Contesté, aunque lo habría dicho incluso sin el codazo; aquella era una verdad tan grande como una catedral—. Casi nunca.
Thalía le brindó una mirada de soslayo.
-¿Has estado hablando de mí con Lucy o con Clarisse?
-He estado observando. Sencillamente.
Siguiendo la breve petición de Silena dicha por encima del hombro, que andaba cuchicheando algo con Clarisse y con una desconocida de pelo rojo, en la zona más extrema y en penumbra del cuarto, las cabezas juntas y la conversación en voz baja, Beckendorf fue a ocuparse de que nadie nos molestaramientras durara la... ¿charla? ¿Reunión? ¿Comité? bah, lo que fuera aquello. El resto de nosotros nos apiñamos entorno a la mesa redonda que se alzaba justo en el centro de la sala.
La habitación, localizada en la casa central (no en el templo, por supuesto) era espaciosa, hecha de sencillas paredes y rinconeras de bloques de baldosas sin decorar, tan pulidas que semejaban mármol, acabada en un techo de tablas, estas, ya sí, adornadas con grabados de escenas que aludían a lo que los mortales consideraban mitos griegos. Dentro, una ventana alargada que ocupaba la mayor parte de la pared del lateral opuesto a la entrada iluminaba la habitación con la luz naranja del atardecer.
Un suelo color crema soportaba con estoica piedra las idas y venidas de quienes abarrotábamos la sala. En la pared del lateral izquierdo a la ventana, situada encima de amontonadas sillas de madera tallada, una hilera de tapices colgaban altos, cubriendo toda la pared, y componiendo entre todos una escena de un cortejo espléndido de músicos con alas que cruzaban el jardín de la vida del Olimpo.
Una estancia con más pinta de estudio que de otra cosa, ciertamente. Gruesas y cortas alfombras bajo las patas de los asientos. Mesa redonda y espaciosa con lámparas aferradas intermitentes a sus bordes para proporcionar luz adecuada para la lectura en caso de que no fuera suficiente la luz natural del exterior. Y estantes donde dejar que los volúmenes guardaran polvo junto con su mar de palabras.
-No es por insistir -atacó Chris, con su característico acento hispano-, pero, ¿alguien sabe qué hacemos aquí?
-Reunirnos entorno a una mesa -se mofó Annabeth señalando lo obvio.
-Comprendo. —Se alisó una onda de pelo, sin realmente comprender nada; ni siquiera el sarcasmo de la hija de Atenea—. ¿Para qué? ¿Con qué fin?
—El fin sólo Christian lo sabe. -si el shek oyó pronunciar su nombre, no dio muestras de ello.
Chris miró de refilón al joven junto a la ventana.
-Jo. Me pregunto qué mosca le habrá picado.
-¿Sabes, colega? -Percy despejó la mesa de la apagada esfera de luz del soporte que tenía enfrente, para que, al sentarse, Annabeth pudiera ver sin impedimento alguno-. Hay varias personas que quieren conocer la respuesta a esa pregunta. —Hizo un elegante ademán con el brazo dirigido a su chica-. Me temo que tendrás que colocarte al final de una cola muy, muy larga.
Chris asintió.
—Lo conozco. Es obstinado y misterioso cuando está de buen humor e imposible y hermético cuando está de mal humor.
Annabeth sonrió.
—Realmente lo conoces. Esa descripción casa muy bien con él.
Chris hizo una mueca.
—No le veo la gracia. No era un halago.
—Alégrate entonces de tenerlo de nuestro lado —aportó Percy—, y no al revés.
—La mayoría de las personas nole gustan —aportó Annabeth—. Considera un honor contarte entre los pocos que no le caen mal. De lo contrario no estaríais aquí, a punto de que se dirija a ti.
—Un honor, sí —convino Percy—. Falta ver en qué queda todo ese honor.
Chris se contentó con inclinar la cabeza en un gesto de asentimiento. Por la expresión de su cara, estaba a pocos minutos de descubrir si ese honor era o no algo útil para él.
Cuando Beckendorf volvió al centro, Chris, Clarisse, Silena y él se sentaron sobre un banco, con forma de media luna para que se ajustara a la forma circular de la mesa, junto a dos leños que se apoyaban en la pared que les hacía esquina. Thalía, Annabeth y Percy se sentaron en el extremo opuesto, sobre otro banco de reluciente madera, mismo modelo y respaldo forrado en grabado de dioses.
A la izquierda de Thalía cogió asiento la chica con quien Clarisse y Silena habían estado hablando al entrar (la chica pelirroja y desconocida que había visto por primera vez semanas atrás cuyo nombre aún desconocía) mirando a su alrededor con sumo interés. Cuando sus verdes ojos se encontraron a medio camino con los míos, ella hizo algo muy extraño: me miró ladeando la cabeza y bizqueando como si sufriera de lleno en los ojos la luz cegadora de un rayo de sol, los cabellos rojos resaltando en el blanco inmaculado de la pared que se erguía tras ella, contrastando de paso con el níveo color de su chaqueta.
Por alguna razón, aquel modo de mirar me causóuna gélida aprensión.
Kirtash, el que nos había reunido a todos allí, se dedicaba a mirar por la ventana de la estancia que tenía al alcance con sólo estirar el brazo, quizás buscando solaz en el paisaje externo, desinteresado en el jaleo que montábamos con tanto arrastrar de sillas, toses, saludos y cuchicheos. Con los brazos cruzados y la espalda vuelta hacia nosotros, su rostro no me era accesible. Aun así no me fue difícil percibir el ademán aparentemente relajado de su cuerpo; aquella era una fachada que conocía bien, una vieja amiga para enmascarar el verdadero estado de tensión. El joven mostraba una calma total, lo que en él, había aprendido, significaba que estaba cualquier cosa menos calmado.
De pie, cerca de Christian, Victoria observaba nuestras idas y venidas y acomodamientos mientras continuaba pasando un dedo de un lado a otro a lo largo del borde delantero de la mesa. Era patente su nerviosismo.
-Está tardando mucho -la oí susurrar-. ¿Por qué no llega?
Christian posó una mano gentil sobre el hombro pesaroso de Victoria; ésta la asió como para infundirse de las fuerzas del chico y se la llevó a la mejilla, agradecida.
—Debe de estar ya de camino, tranquila —dijo amablemente, apretando con gentileza la mano de Victoria.
Ella se mostró dudosa.
—¿No crees que le haya pasado algo malo, verdad? ¿Que...? —Calló. De repente una expresión ilusionada, abierta, extasiada cruzó sus facciones, como la de un peregrino que recibe la señal del santo al que ha ido a rezar.
Christian volvió a cruzarse de brazos, aunque la leve inclinación de su cabeza advertía que él también había percibido algo. Miré sus rostros, uno a uno, y caí en la cuenta de que faltaba alguien ahí.
-¿Dónde está...? -No me dio tiempo a terminar.
A mitad de pregunta por la ausencia del tercer componente de la tríada de Idhun, la puerta que Beckendorf había cerrado tras él se abrió de golpe. Pensando que había sido el viento, me giré para ir a cerrarla. Pero no era el viento, sino precisamente Jack. Entrócomo una exhalación en la estancia, todo sombrío e imponente como un nubarrón. El chico-dragón tenía mala cara, daba la impresión de haber estado de viaje una semana entera, y de no haber dormido en días.
El rostro de Victoria se iluminó cuando lo vio, aunque se contuvo a tiempo de ir a recibirlo con un beso o abrazo, pues a ojos del campamento y para buena parte de los ahí presentes, se suponía que era una cazadora, aunque ella fuera una cazadora venida de otro planeta, y las hijas de Artemisa no eran, precisamente, conocidas por sus muestras de afecto a los chicos. Ya bastante llamativa eranThalía y ella con esa insistencia en mantener amistad con Percy, Chris, Beckendorf y los dos chicos idhunitas; una cosa era abrazarlo después de meses sin verlos, como Thalía al llegar al campamento, otra muy diferente besar a un chico que ni tres días hacía que se habían visto.
Los grandes ojos castaños de Victoria reflejaron la luz de las llamas de Domivat al volverse hacia el dueño de la espada cuando éste se acercó a sus compañeros de Idhun y se sentó a la vera de ella, que le había retirado en reserva una silla, aun sin retornar el arma a su vaina.
Jack casi se derrumbó en la silla al tomar asiento. Sonrió con entusiasmo a la chica, decidido a mostrar un abierto agradecimiento por su manifiesta preocupación por él. Sólo entonces nos saludó a los demás. Al devolverme el saludo, percibí el grado de su fatiga. Jack mostraba una expresión vaga que, por alguna razón, me recordó al rostro contrito de Hermes.
Sus ojos verdes eran mirillas a una habitación cerrada, tapiada de cansancio.
Christian le preguntó algo mentalmente (lo deduje por el modo en que dejaban fijos los ojos en el otro) y fuera lo que fuese la respuesta de Jack, pareció ser la señal que el moreno aguardaba a recibir. Entonces irguió el cuerpo, descruzó los brazos, se aproximó a la mesa donde todas las miradas lo enflecharon. Juntó las manos sobre la pulida tabla ante él. Sin necesidad de aclararse la garganta o captar de otro modo nuestra atención, habló a media voz.
-Es hora de las planificaciones -dijo, despacio-. Hora de que elijáis qué papel desempeñar en la contienda que se os aproxima. A este respecto os he hecho venir. Tengo un plan para que ganéis la batalla.
-¿Cómo dices? -me puse recto en el asiento.
Christian paseó la mirada de un sobresaltado rostro semidiós a otro.
-Pues lo que oyes. Que tengo un plan para...
-Espera un momento -intervino Clarisse-. Me gustaría dar a conocer antes una noticia, si no te importa.
Él se quedó mirándola. Ojos inexpresivos, aguas gélidas, estanques sin profundidad. Al fin inclinó la cabeza, aceptando relegar su turno para más adelante.
-Gracias.
Clarisse se pasó los gruesos dedos por el corto y espeso cabello oscuro, ese casco de fibras cortado al rape del modo irregular que sólo saben dejar los ataques furiosos de tijeras en mano, alisándolo hacia atrás.
—Tenemos que hablar.
—Por favor, no me digas que quieres cortar con nosotros. —Beckendorf se llevó una mano al pecho y se inclinó sobre la palma, como si estuviera acometido por un terrible dolor—. Mi mecánico corazón no lo soportará.
Clarisse hizo caso omiso.
—Tu mecánico corazón tendrá problemas más graves dentro de poco. Más le vale que resista. Tenemos que hablar sobre los monstruos y el semidiós renegado.
—Coincido —convino Thalía con el entrecejo fruncido—. Interesante es, que plantees el tema y que permitas que los demás tomemos parte en esa conversación.
—Porque resulta que ya sabemos quién es el segundo de los monstruos. El mestizo que nos ha vendido.
La declaración pilló a muchos por sorpresa. Menos a Thalía; ella lucía su típica expresión de inquietud interna cuando sus peores temores se veían confirmados. Se miraron unos a otros, confusos. Annabeth parecía a punto de salir escopetada del borde del asiento, tantas eran las ansias por saber.
—¿tan pronto lo has descubierto? —Se extrañó Percy.
—Nuestra espía —aquí señaló a la desconocida pelirroja con un dedo casi acusatorio—, reconoció de quién se trataba. No, no es nadie del campamento —se apresuró a añadir cuando me levanté de la silla como un resorte.
—¡Eso es estupendo! —me alivié.
—Sí, Clarisse —apoyó Annabeth —. ¿Dónde está el problema, pues? Hemos confirmado, entonces, que entre nosotros no hay ningún traidor.
Estuve de acuerdo con ella con un cabeceo. Pero nadie decía nada. Mientras paseábamos la mirada de una persona a la siguiente, sólo los idhunitas quisieron devolvérnosla. Encontré en sus ojos el mismo desconcierto que me atribulaba.
—A ver. ¿Qué ocurre? —La sensación de alivio me fue abandonando—. Clarisse. ¿Quién era?
—Descuida, Lucy. Tú no lo conoces.
—¿Entonces? —insistió en saber Thalía.
La pelirroja dirigió una veloz mirada en mi dirección, tan veloz y breve que ni siquiera estuve seguro de que se hubiera producido; luego ladeó medio cuerpo en la silla, miró de nuevo a Thalía y Dijo con la voz apagada.
—Ethan.
Y volvió a bajar la cabeza, no sin musitar una segunda vez:
-Nakamura. El ayudante de Cronos es Ethan.
Ethan. Ethan Nakamura. Hijo de Némesis, diosa de la venganza. Ethan, el mismo que había muerto durante la batalla final con Cronos y que, no obstante, volvía a estar vivito y coleando, como yo, como Silena, como otros muchos tantos. La miré estúpidamente, hundiéndome en la silla. No necesitaba saber más. Permanecí sentado con expresión de máximo aturdimiento. Pero por lo visto Thalía sí precisaba de más explicaciones.
—Ethan —repitió, dando casi la impresión de haber estado dispuesta a arrancarle el nombre a la pelirroja de la lengua si ella no lo hubiese soltado de una vez—. ¿Cómo que Ethan? ¿Qué Ethan?
—¡Cuántos Ethan conoces! —Saltó Clarisse; dio una violenta palmada sobre la mesa—. ¡Ethan Nakamura, por supuesto! El amigo de Luke. ¡El canalla e idiota y sinvergüenza y aliado del aún más canalla e idiota y sinvergüenza de Luke! ¡Ése Ethan!
Si no estuviera tan trastocado por sus palabras, me habría indignado porque me llamara canalla e idiota y sin vergüenza. ¡A mí! Sentía los ojos de la chica pelirroja sobre mí, quemándome con su asalto visual y directo, pero rehuí su mirada como si sostenerla fuera la peor de las blasfemias. La culpabilidad empezaba a hacer nido en mi pecho. En lugar de encontrarme con su mirada, clavé los ojos en las controladas llamas que crepitaban en el oscilante resplandor de la desenvainada Domivat.
—Ethan. —Thalía se mostró atónita. Buscó a Silena; ella asintió, sin devolverle la mirada, sus ojos aún más turbulentos por la neblina del pasado que la sola mención de mi nombre conllevaba—. Ethan. Dioses —susurró—, no. Ese fantasma otra vez no. —y se dejó caer de culo en la silla y miró más allá, en la periferia de su conciencia, clavando la vista en la pared, rendida por la verdad de las palabras que transmitían los ojos de la chica desconocida.
-P-pero, ¿estáis seguros? -Annabeth no se mostraba tan reticente a creerlo, sólo buscaba despejar cualquier duda o mal entendimiento.
Jack carraspeó, viendo el silencio que se había producido en la sala como su oportunidad de hablar. A juzgar por la inclinación de sus hombros, estuve seguro de que la tarea de acercarse al ejército de Cronos había sido dura, y el viaje difícil. Y la mal disimulada preocupación de Victoria sólo servía para reafirmar mi creencia de que nunca había visto en el rostro de su amigo un aspecto tan extenuado. Con las yemas de los dedos presionadas contra la mesa, el chico se inclinó más hacia nosotros.
-Precisamente a eso fui. Cuando hace una semana Rachel… -dedicó un gesto de respeto a la pelirroja-, le contó a Clarisse lo que había visto, se nos ocurrió… -esta vez su cabeza señaló alternativamente a Christian y a la hija de Ares-, que alguien debería comprobarlo. De ahí se debe mi ausencia.
Jack se lamió los labios agrietados por las crípticas horas y días por los que había tenido que pasar.
-No porque desconfiáramos de tus palabras, Rachel, sino porque cuantos más detalles se tenga del enemigo, mejor, y los detalles se consiguen metiéndote en la boca del lobo. El caso es que sí. Ése al que llamáis Ethan es la mano derecha de la legión de monstruos que se avecina.
Sentí como si me hubieran asestado un puñetazo en el estómago. No podía creer lo que oía. Permanecí donde estaba, con la mirada fija en los ojos color esmeralda de Jack.
-Descríbemelo -exigió Percy.
-Joven, de unos dieciocho años (tal vez un poco más) más o menos de tu estatura -detalló Jack-. Pelo negro, reluciente, y un parche en el ojo izquierdo. Flaco, nervudo, con una armadura que le queda holgada y un casco griego con penacho de crin. Estaba enfrascado en el violento deporte ese que llamáis pankration, ya sabes, la versión griega de lucha libre. Y junto a él se hallaba un sarcófago dorado de tres metros de longitud, demasiado largo incluso para el humano más alto del mundo, con una serie de intrincadas escenas en relieve que evocaban muerte y destrucción. Tenía imágenes de seres pisoteados por carros de combate, templos divinos envueltos en llamas. Esos seres...
-Seres no. -Tenebrosa y reverente salió la voz de la boca de Percy-. Dioses. Esos relieves son escenas de destrucción al Olimpo.
Estuve a punto de asentir con la cabeza; demasiado bien recordaba ese ataúd, demasiadas veces me había acercado a él, tocado, transportado... metido y dormido dentro.
-Bien. Digamos entonces dioses. —Jack apretó los labios mientras consideraba las palabras de Percy—. Las escenas eran truculentas.Y todo el ataúd estaba rodeado de un halo de frío glacial. -eso explicaba por qué mantenía desenvainada su espada de fuego: la escarcha que despedía Cronos podía ser muy potente, y abarcaba distancias, incluso aun cuando uno no se aproximaba mucho a su guarida se dejaba notar, extendía su fría presencia como tentáculos venenosos-. Eran realmente desagradables. Y terribles. Y el chico ése estaba ahí, junto a él, riendo y hablando con bichos realmente feos y repulsivos, como si nada.
-Lo curioso e inquietante de eso es qué hace Etahn con el sarcófago del Gigante de los Gigantes -detectó Percy, evitando pronunciar en voz alta el nombre de Cronos-. No tiene sentido. Algo ahí no encaja.
-¿¿Estás hablando del titán del tiempo?
-Sí. -Percy asintió a Victoria-. Reconocería ese ataúd de entre miles y miles en el mundo. Los grabados de destrucción y muerte a los dioses son peculiares, por no decir dibujos ejemplares.
Escondí los puños bajo la mesa y enterré con furia las uñas en la tierna piel de la palma. El ramalazo de dolor me ayudó a recomponer el gesto, tragar la agitación de mi interior junto con la saliva y evitar así llamar la atención de los demás sobre mí.
-Increíble -musitó Chris-. Simplemente increíble.
Con el codo sobre la mesa, apoyé la frente en la mano mientras por mi cabeza aullaban sensaciones, recuerdos y pensamientos que rogaban que aquello no estuviera sucediendo, escenas repetidas de mi propio pasado, conmigo en el papel de Ethan, gobernando la tropa de monstruos, conmigo en la piel insensible de Cronos, alzándome cual vampiro de su ataúd de noche tras el sacrificio de Ethan y su renuncia a los dioses hecha a favor del titán.
No era el comportamiento de Ethan lo que tanto me asombraba. A fin de cuentas, yo había sentido en carne propia ese deseo de derrocar trono a trono al Olimpo, y había bailado con el oscuro poder. Había estado entre los gigantes. Había sido uno de los gigantes. Era sencillamente que me resultaba extraño que fuera él quien tomara relevo de ese lugar, cuando había sido yo, no obstante, el que lo había embaucado, convencido, lisonjeado para que se sumara a la causa del titán.
Sin mi influencia, ¿cómo era posible que Ethan no hubiera abandonado ya ese sendero de venganza y ojo por ojo? ¿No habían cumplido acaso los dioses la promesa de hacerles un lugar en el panteón a los dioses menores? ¿Qué había pasado entonces para que Ethan se sintiera impelido a concluir la ardua labor que yo había emprendido años atrás? ¿Qué lo traicionó?
—Comprendo que puede carecer de sentido para ti, Lucy —dijo Annabeth, a quien no se le escapaba ni una, y ahora interpretaba el gesto de agarrarme de los cabellos como una muestra de confusión, de absoluto desconcierto—. Pero hace años tuvimos un caso así con otro mestizo un... —aquí le tembló la voz—, un amigo nuestro. El caso es que algunos semidioses creen que los dioses deben elegirsu deber para con sus hijos, esos a quienes han vuelto mestizos, y ponerlos por encima de su deber para con el mundo entero al que gobiernan, el resto de mortales y seres vivientes y criaturas de este mundo.
No obstante de lo que decía, me sentí aliviado al oír otra voz de protesta que no fuera la mía, como si la razón regresara a la locura de lo que oía describir a Jack, como si el levantamiento de otra voz pudiera arreglar el horror, dar solución al problema de Ethan.
—Los dioses son los padres y madres de la humanidad. Pero, ¿qué clase de padres son aquellos que ni siquiera son capaces de ayudar a sus propios hijos, los biológicos? Unos padres hipócritas, dicen. ¿Qué dios es merecedor de las ofrendas del fiel, si en las horas más crudas de la vida, abandona a éste, su creyente, a la intemperie? Unos dioses indignos, afirman.
Abrí al máximo los ojos y me eché hacia atrás, interpretando a la perfección mi papel de incrédulo y horrorizado. Por dentro me moría de ganas de hablar. De decirle a Annabeth que eso no era así. Que no dotara de simpleza el asunto. Que fuera un paso más atrás, cuando los niños de apenas siete años tenían que defenderse así mismos porque un progenitor estaba en el Olimpo y el otro estaba de viaje en su mundo de locura y trastorno, trastorno y desquicie provocados por las propias cosas místicas de esas entes divinas.
—Estúpidos presuntuosos —palabras parcas, frías, los restos descarnados de una empatía muerta por parte de la hija de Ares—. Hablan de deber, hablan de exigir, pero no piensan en sus obligaciones para con los padres que sí les mostraron atención, no muestran respeto por sí mismos.
A Clarisse casi le abrasaba la indignación.
—Acusan de abandono, pero mientras tanto, sacrifican a inocentes sólo por sus vanas ilusiones de llamar la atención de esos dioses. Deber, eso es todo cuanto blanden como norma irrefutable. Deber. Deber es ser honesto y actuar de honesto ante las obligaciones, no una carrera maquiavélica por lograr los objetivos, los deseos, sean cuales sean estos. —Junto a ella, los ojos color avellana de Chris eran también un terrible dictamen de culpabilidad y desdén—. Deber. ¿Qué sabrán ellos de ese significado, si han abandonado el camino de la senda de un mestizo? Deber. Son niños jugando a ver quién chilla más alto, quién consigue antes que venga papá a echarles un ojo. —Tragué saliva superando la dolorosa opresión que sentía en el pecho; al hacerlo, noté la nuez de Adán bajando y subiendo por mi garganta.
—Si los monstruos conocieran la disposición del campamento —consoló Victoria—, de este segundo campamento, eso afianzaría la amenaza. Y dejaría de ser sólo una amenaza latente para pasar a ser también un peligro activo, ya que podrían, sin esfuerzo ni advertencia, llegar a cualquier rincón de vuestro refugio. Pero no lo conocen, ¿verdad? Eso nos proporciona una ventaja.
—Ethan lo conoce. —Pareció que las rodillas no sostenían a la pelirroja—. Le vi mostrándoselos en mapas.
Victoria la contempló como si fuese Écate en persona, dictando sentencia desde el inframundo.
—Entonces la batalla está fijada. El final está a punto de llegar.
—Que los dioses nos protejan —musitó Silena.
—No veo a ninguno de ellos aquí —espetó Thalía de muy malos modos—. O nos protegemos nosotros o nadie lo hará.
—¡Ay! Ya sabes a qué me refiero —hizo una mueca—. ¿Qué hacemos?
-Propongo que os retiréis.
La atmósfera en la habitación era tensa. Pero lo fue aún más todavía cuando Christian dijo aquello. Sus palabras cayeron sobre todos como una losa.
-¿Que hagamos qué, perdona? -Hablé con una voz sedosa que era pura amenaza.
-Abandonad el campamento. No luchéis.
La habitación pareció atenazarse por la gravedad de lo que sucedía. Cada rostro campista observaba vigilante y severo a Christian, aguardando ver qué añadiría a continuación. Éste prosiguió en una voz que me recordó la de Hades: lúgubre, distante, fría.
-Batalla final... eso es lo que quieren ellos.
-¡Y nosotros! -saltó Chris.
El shek lo miró fijamente y luego sacudió la cabeza.
-Batalla final es un concepto bastante amplio e inconcreto. Y en este caso, un auténtico cliché. Batalla final... donde todo se reducirá a un momento definitivo, donde los esfuerzos de cada bando alcanzará su clímax, y que el resultado final será uno absoluto que lo decidirá todo: el bando ganador y el perdedor; el bando dominante y el dominado; el bando superviviente y el aniquilado. Pues bien. Ese es un error. Un concepto que no hace justicia, ni de lejos, a la gravedad de la situación que tenéis entre manos.
La boca de mi cara se movió, pero no consiguió ofrecer palabras. Mis dedos, que descansaban sin fuerzas sobre la mesa, empezaron a hormiguear. Afortunadamente, Chris seguía decidido a hablar con la voz de la indignación de todos.
—¿Así que estás diciendo que nos olvidemos de la batalla? ¿Que no podemos vencer contra esa hueste que se avecina? ¿Qué, puesto que no podemos vencer, tampoco peleemos?
—¿Quién ha dicho que no peleéis? Me limito a aconsejaros dos sencillas cosas: retiraos. Salid de aquí.
-No lo veo un deshonor —se adelantó Victoria, al percibir las miradas desdeñosas, ultrajadas y de rabia que todos los mestizos dirigíamos al shek—. En la guerra, de hecho, no hay honor, sólo muertes y muertes, y algunos cuantos que sobreviven.
Christian acarició la mejilla de la chica. Recibí un segundo sobresalto en menos de media hora al caer en la infinita ternura que destilaba su gesto. ¡Quién lo iba a decir! el chico de hielo tenía su corazoncito.
—Gracias, criatura, por ayudarme en esto. Yo no lo habría expuesto mejor.
—Creo que sí puedes —contradijo Clarisse, hablando entre la mella de sus dientes apretados con ira—. De hecho, creo que hasta deberías.
—También yo —me sumé con rabia contenida; percibía el respaldo de la ornamentada silla apretada contra la parte posterior de mi hombro y vi que los ojos de Christian me contemplaban—. Todos quienes estamos aquí nos hacemos esa pregunta. ¿Por qué huir? Todo el mundo mestizo se lo hará.
—En la guerra no hay honor, quitaos esos pensamientos principescos y caballerosos y medievales de la cabeza.
Le lancé una mirada irritada.
—No tienes precisamente a unas doncellas ni a unos escuderosante ti, Kirtash. Sabemos todo esto. Nuestras vidas están esterilizadas a este problema desde el minuto cero de comprender que el panteón olímpico existe. No te entretengas y responde a la maldita cuestión de una jodida vez. ¿Por qué huir?
—Porque en la guerra sólo hay muertes y muertes, y algunos cuantos que sobreviven. —Aguardó un momento, como desafiándonos a contradecirlo y a probar aún más esa insensatez de la que nos acusaba—. Si queréis que lo segundo sea vuestro caso, haced lo que os digo. Retiraos.
-¿Pero por qué? -Clarisse no se arredró ante la mirada del shek; el modo en que apretaba la punta de los dedos contra la firmeza de la mesa fueron los únicos indicios de su incomodidad al percibir sobre ella esos dos témpanos de hielo-. Ese no puede ser todo tu argumento. Me da a mí que infravaloras a los semidioses del campamento con demasiada facilidad. La mayor parte de nuestro camping y, por tanto, de nuestro ejército, lo componen mestizos no carentes de fuerza; y a todos los hemos adiestrado para las situaciones extremas. Los campistas saben que se avecina una horda de monstruos. Saben lo que está en juego. No son reclutas novatos, recién llegados al mundo de los dioses. Son mestizos experimentados que saben luchar tanto o más que un soldado.Saben que estamos contra la espada y la pared, nunca mejor dicho, y pelearán por librarse de esa situación, querrán pelear por salir de ella. Explícate. ¿Por qué tendríamos que huir? ¿Negarles el derecho a combatir?
-¿Por qué?
-Sí. Por qué.
Él la miró como si fuera una pobre niña que no comprendía el mundo de la guerra, a pesar de que todos sus rasgos clamaban lo contrario y ardían en ganas de entrar en batalla y arrasar a sangre y fuego todo lo que se le atravesara por delante.
—Ah, no lo sé. ¿Qué tal para sobrevivir? ¿Qué tal porque os van a masacrar? ¿Tal vez para salvar a vuestra especie?
—Somos mestizos, hijos de dioses, nuestra obligación es eliminar a esos bastardos del Tártaro. —Le tocó a ella en aquella ocasión hacer una pausa para ver si Christian tenía intención de hacer más ademanes desdeñosos—. Pero aun cuando ese no fuera nuestro deber ancestral, ellos son quienes nos atacan, nos asedian, nos buscan las cosquillas. -Dejó caer violentamente el puño sobre la mesa y se alzó de un salto-. Estamos en nuestro derecho a defender lo que es nuestro, a luchar contra esos que no nos quieren bien.
-Bueno, es que tampoco hay otro modo de querer -apuntó Annabeth sin poder reprimir su antojo de sabionda-. O te quieren bien o no te quieren. No se quiere bien o se quiere mal.
Clarisse la fulminó, limpiamente.
-Sabes a qué me refiero.
Sus cabellos cayeron desordenados sobre una frente situada encima de unos ojos tornados oscuros y desdeñosos al recaer de nuevo en el chico de pelo castaño y ojos azules con el que debatía, y en su boca se trazó una mueca despectiva.
-Sigo esperando respuesta, Christian.
-¿Hija de Ares, verdad? -Ella asintió rígidamente-. Dime. ¿Te ha enseñado algo tu padre acerca de su talento?
-Los dioses no cogen de la mano a sus hijos para enseñarles su talento -la frente de Clarisse se crispó-. De todos modos, sé bastante sobre la guerra, si es eso lo que quieres decir.
Se volvió a sentar, despacio.
-Sabes bastante sobre la guerra. -Parecía mofarse de ella, pero aquello era imposible; no porque el shek tuviera suficiente paciencia o gentileza para ello (se mostraba demasiado condescendiente las más de las veces) sino porque ver a ese frío chico relacionarse con la risa o la burla era como pensar en Cronos vestido con tutú: escalofriante-. Pues bien, como hija de la guerra deberías saber que el número, gran parte de las veces, por no decir siempre, marca la ventaja entre bandos. Este es un problema de números. Se aproximan cinco monstruos, por cada mestizo que habita en este campamento. Saca cuentas. Una diferencia bien aplastante, estarás de acuerdo en eso.
-Lo estoy. -Se irguió cuan alta era en el asiento, presentando su robusta figura como defensa contra los posibles prejuicios de él-. Soy hija de Ares, el dios de la guerra, estoy instruida en ese arte.Las tácticas de los monstruos, el modo de vencer a un ejército más numeroso y confiado y, sobre todo, el modo de sobrevivir y vencer usando la cabeza y no las normas impuestas por ellos. No soy una negada en el asunto, como puedas creer.
Kirtash dirigió una ojeada a la habitación, a nosotros, que estábamos sentados, expectantes, sin decir nada, como un tribunal de sombríos jueces. La mirada evaluadora del shek resbaló brevemente por cada par de ojos que asistían a la reunión antes de devolver su atención a Clarisse.
-Ellos forman una horda, un número ilimitado. Vosotros apenas rozáis el número debido para reunir una pequeña compañía. Cualquier general con dos dedos de frente te dirá la regla de oro: si el enemigo te supera en número, usa la cabeza y no sólo la espada. No voy a negar que sois muy buenos luchadores, incluso... -miró de pasada a Silena-. En fin, que aquí todos combatís bien. Pero enfrenta a tus compañeros a esta verdad: carecéis de suficientes campistas, para cubrir debidamente la defensa; y en la guerra, allí donde no te cubres, allí será donde el enemigo atacará.
Victoria asintió a ese dato. Sentí que me caía un hilillo de sudor entre los omóplatos.
Todo eso ya lo sé. —Clarisse se mostraba impaciente, no sin razón.
—¿Lo sabes? —Christian dejó vagar adrede la vista por el techo, después por las uñas de sus manos firmemente reposadas en los muslos-. Nadie lo diría.
—No soy una novata.
—¿Seguro?
-¿Qué tiene que ver todo eso con tu propuesta de huir? -Inquirió Clarisse con expresión hosca-. Vuelve al punto de partida.
Christian alzó los ojos hacia ella; la fría e insensible actitud de su mirada la hizo callar al instante.
—Mucho. Bastante. Todo, hija de Ares. Usar ciegamente libros de táctica es considerar a la guerra como una especie de juego, un entretenimiento donde cada bando debe complacer al contrario siguiendo reglas absurdas y establecidas.
—¡Yo no...!
—Ahora los tenéis detrás, de camino -cortó sin preámbulos, recorriendo deliberadamente el grupo con la mirada: de Chris a Clarisse y Beckendorf a Silena, los cuatro sentados en un lado de la mesa; de Annabeth a Percy y Thalía a la pelirroja, sentados en el otro lateral. Por fin, sus ojos se fijaron en los míos, yo, que estaba justo en el medio de ambos grupos, y retrocedí sin querer en la silla ante la gélida fiereza que daba brillo a sus ojos. Era como quedar expuesto y abandonado a la intemperie y ver que el único conducto de salvación cerraba sus puertas desde el interior.
-Bastaría con que unos cuantos penetre por alguna abertura de vuestra defensa para mermar vuestro número. ¿Daríais buena cuenta de ellos, después? Puede que sí, puede que no; eso sólo depende de si al final los lográis atrapar. Pero lo que está claro es que, de igual modo, vosotros acabaríais cansados, extenuados, y cuanto más agotado se está, más fácil y sencillo le resulta al adversario vencer. Y tened por seguro que no se conformarán por una victoria cualquiera, sino que buscarán una victoria obtenida a costa de vuestra sangre.
Permanecimos en silencio sepulcral, cada mente filmando ya su propia película de terror, desplegando escenas a cual más truculenta y horrenda.
—No les deis el gusto —ordenó enérgico Kirtash, sacándonos a todos de esas filmaciones truculentas —. No combatáis como lo haríais en una situación desesperada, no cuando la batalla aún ni ha empezado, no cuando todavía tenéis elección de tornar las tornas en lado contrario. Inclinar la balanza a vuestro favor.
Christian indicó con un ademán al exterior que se insinuaba tras la ventana.
—¿Acaso no lo veis? Puesto que estáis habituados a un modo establecido de lucha, el concepto de batalla final, anteponéis la costumbre a la novedad. Olvidáis que en ocasiones hace falta más de una batalla final, un cara a cara en el campo de batalla, y en varios sentidos, para zanjar el asunto de una vez por todas. —Su tono despedía tal serena certeza que me fue imposible cuestionarlo—. No os ceguéis. Pensad... pensad... en cómo conseguir la misma victoria deseada, sólo que con otros métodos no usados hasta ahora. Pensad... pensad...en un modo más calculado de haceros con el objetivo.
Observó los ojos de los semidioses a los que invitaba a hacer un ataque inmisericorde, justo lo que tan bien se les daba hacer a los del Tártaro. Al final, hablé:
—¿Qué propones?
—que no os inmiscuyáis en una batalla final con el ejército de ése tal Ethan. No os enfrentéis a ellos del modo en que desean. Os propongo que cambiéis esa situación: poneos vosotros detrás. Haced que estén acabados antes incluso de que sus tropas lleguen a vuestras fronteras. A cambio, perseguidlos hasta la tumba. Haced del campingvuestra cortina de humo, la oscuridad donde escabulliros sin ser vistos o, si lo preferís, llamadlo haced de vuestro hogar el nuevo caballo de Troya. Obligadlos a luchar donde son más vulnerables, más óptimos a la sumisión, donde estén en peor situación.
Todos permanecimos en absoluto silencio, cayendo en la cuenta de las implicaciones de las urgentes palabras de Christian. Percy se volvió hacia la chica que había traído la noticia del Ethan aliado del tártaro y hacia Jack.
—¿Cuánto margen de días decís que nos queda antes de que la horda caiga sobre nosotros?
—Dentro de una quincena como muy pronto, un mes como muy tarde —contestó la aludida a quien llamaban Rachel, jugueteando con un mechón de pelo rojizo—. Si no los retrasan los mismísimos dioses, lo que, por lo que se ve, no tiene la pinta, los tendréis en cuerpo presente en escasos días. Y son horribles —se estremeció—. A fe mía que sí lo son.
—Son horribles —desairó Silena—. Cuéntanos algo que no sepamos.
—No. Cuéntame tú —dijo Christian con su profunda voz de sosegada autoridad—. ¿Cómo pensáis frenarlos?
Silena abrió la boca pero no le salió ninguna palabra. Luego meneó la cabeza y volvió a intentarlo:
—aunque no lo creas, Christian, todos estamos de acuerdo contigo. La visión de la victoria de los monstruos es una amenaza que pende sobre nuestras cabezas. Una pesadilla que intenta engullirnos en la noche. No necesitamos que nos cuentes lo que ya sabemos, como si nosotros fuésemos niños y ella, Rachel, la única sabia aquí presente.
—Cuéntame entonces —volvió a cargar el shek con aquella voz suya sosegadamente poderosa que parecía capaz de helar piedras—, una sola táctica que planeáis usar. Dime una estrategia que no hayáis utilizado ya. Que ellos no conozcan. Una habilidad en la que no os tengan cogidas las medidas. Dime cómo empezáis a derrotarlos sin morir y fracasar en el intento, cómo los matáis, cómo los vencéis, cómo salís indemnes de esa masacre.
Los fríos ojos azules de Christian parecieron estar horadando el alma de la chica.
—Dime cualquier otro método donde les deis calabazas. Son horribles, dice ella, y tú te mofas y los demás calláis. —Silena dio un paso atrás, conteniendo el aliento, intimidada por lo exhaustivo de su escrutinio—. Son horribles, eso lo sabéis. Pero lo que desconocéis es la horrible enormidad de lo que se os avecina.
—Eh, alto, alto ahí. En eso te equivocas de medio a medio. —Agité con impaciencia una mano mientras paseaba por delante de la mesa, manteniéndome sólo en un lateral, pero abarcando en amplias zancadas un paseo deambulante por la habitación—. Ya sabemos lo que se nos avecina. Más aún, sabemos el riesgo en el que andamos metidos y lo que sucederá, lo que nos aguarda si fracasamos. Sabemos cómo son esos monstruos, no sólo por su aspecto los tachamos de tal. ¿Cómo te atreves a acusarnos de menospreciar el peligro?
Christian se volvió hacia mí, mirándome fijamente, con la cabeza ligeramente inclinada, de modo que sus ojos destellaban azules a través del flequillo de fino pelo castaño.
—Sabéis lo que viene después: la muerte, la sencilla nada. Pero los muertos son muertos: no pueden sentir; no pueden proferir aullido alguno; no pueden gritar, desahogar el terror, ni suplicar misericordia. Afirmáis que sabéis de qué son capaces esos hijos del Tártaro, y no lo pongo en duda; Pero ignoráis que es ver a los supervivientes, muertos en vida. Ella no. ella lo ha visto. Ella lo ha vivido, sabe de qué habla. Conoce el alcance de su legión, la aversión y destrucción que llevan allá donde van.
¿Que la pelirroja lo había visto? ¿Y cómo, si se podía saber?
—Explica eso último —demandé encarándome a ella.
—Hablaremos más tarde.
Arrugué la frente.
—Ten por seguro que lo haremos.
Ella asintió.
—Ahora lo que prima son esas bestias.
—Eso es —repuso Jack—. Y no os podéis imaginar el odio que destilan esos bichos —Calló reflexionando para sí-, o tal vez sí. Lo que está claro es que harán cualquier cosa para poneros las zarpas encima. -No necesité que aquel chico me recordara de modo involuntario lo mucho que Cronos quería atraparme.
—Más motivo para huir... -advirtió Thalía-, o para hacer como que nos acobardamos, que huimos a ocultarnos en alguna parte.
—¿Y Ethan? —le recordó Percy.
Thalía envió una sugestiva mirada en mi dirección antes de retomar la palabra.
—Si hacemos lo que propone Christian, hasta puede que logremos anular o, como mínimo, neutralizar ambas amenazas.
—Pero si nos limitamos a huir podremos darnos por zampados, igualmente —hizo notar Beckendorf—. Podemos darnos por muertos porque un ejército así se va a disgregar en todas direcciones y, si ya de por sí es difícil darles esquinazo en un día normal, cuánto más cuando vengan hambrientos y sedientos de carne mestiza al restaurante campista donde les han prometido que podrán servirse gratis raciones y raciones de semidioses a la parrilla. No hay lugar en la Tierra lo bastante lejano y seguro para escondernos. Si huimos, acabaremos tarde o temprano desperdigados, y entonces ellosaprovecharán la oportunidad para atacar y capturar y matar mestizos... lo cual nos devolvería al punto de partida del principio.
—En eso Beckendorf tiene razón —afirmó Chris; indicó con la mano al joven de recios hombros sentado junto a él—. En cambio, si nos quedamos aquí, al menos estaremos juntos, lo que significa que, pocos o no, por lo menos podremos plantar resistencia y ser una amenaza para ellos.
—¿Y qué importa ser al principio una amenaza si luego acabáis pisoteados y aplastados como cucarachas? —Christian ladeó la cabeza para mirar al otro chico con escepticismo-. No acabo de verle la lógica a ese razonamiento.
—Si nuestra única opción es meternos en un agujero comogallinas asustadas o no ceder terreno y pelear —terció Silena—, mejor intentar lo último; mejor plantar cara, aunque sea en un acto desesperado y suicida, que morir uno a uno como presas atrapados en las fauces de un perro de caza.
Clarisse se pasó los dedos por la frente mientras intentaba pensar. Todos teníamos voz y opinión ahí en esa reunión, pero como jefa de armas era ella quien tenía la última palabra.
-Todos estáis pasando por alto una cosa muy obvia e importante -acusó al cabo del rato. Su tono se volvió acerado. Confrontó al shek-. Tú... hablas de retirada. Alegremente. Olvidas que una retirada requiere la capacidad para moverse más deprisa que el enemigo, y tanto Jack como Rachel como la advertencia de sangre que descifró en su día Annabeth, aseguran que ellos ya están de camino, que los tendremos encima en cualquier momento.
-El método que yo os propongo os ahorrará el tener que mantenerlos a raya mientras os retiráis.
-¿Ah, sí?
Clarisse y Silena enmarcaron sendas cejas de suspicacia, como para indicar que estaban dispuestas a escuchar con prudencia. Annabeth y Thalía, no obstante, daban muestras de estar inclinadas de inmediato a favor del shek.
-De hecho, antes Beckendorf ha dado con la clave.
El aludido fue el más sorprendido de todos al oír aquello.
-¿¿Yo?
-Tú.
-¿Y qué método es ése, si se puede saber?
-No hay lugar en la Tierra -recitó Christian-. En la Tierra no. Pero quizá en otro planeta. En un Idhun. O en un Humadhun.
—¡Qué!
Los ojos verdes de Jack giraron hacia Christian, ardiendo de repentina cólera. Los nudillos de sus manos estaban blancos, muestra de lo fuerte que cerraba los dedos entorno a la empuñadura de su espada.
—Repite eso último.
Kirtash lo contempló fijamente, con fría emoción.
—¿Idhun? ¿Humadhun?
—¿Y lo que quieres decir es...?
—Lo sabes perfectamente.
—¡Eso es una locura!
—Jamás me oirás asegurar lo contrario.
El chico-dragón blandió los dedos como si éstos pudieran dar fe de ello.
—¡No puedes hacerlo, Kirtash!
Él enarcó las cejas en fingida sorpresa.
—¿Por qué no?
Se quedó callado mientras Jack se ponía en pie.
—¿Te has vuelto loco? ¿Pretendes trasladar a cientos y cientos de jóvenes a un mundo que no conocen? ¡Eso es demencial! Y ellos lo tomarían como una invasión, eso tenlo por seguro. En Humadhun los shek restantes... si es que ahí aún queda alguien, los someterían enseguida. En Idhun igual; ya no ven con buenos ojos la llegada de habitantes que no provengan de su mundo. ¡No estarían más a salvo de hallarse en el estómago de una ballena asesina!
—Estoy de acuerdo. —Jack señaló a Victoria con un ademán, aliviado al oír la intervención de la chica. Yo no podía entender del todo la reacción de Jack ni la importancia por el hecho de que Victoria coincidiera con él, pero Christian parpadeó, lo que en él era tanto como dar un respingo. Quizá no era una negativa lo que esperaba que dijera Victoria.
—Pero si dijiste... —comenzó a decir.
—Coincido contigo en la necesidad de que los campistas tengan que salir de aquí —se hizo entender Victoria—. Coincido contigo en el hecho de que en la Tierra no hay lugar donde puedan esconderse. Pero también Jack tiene razón. Idhun no es la solución. No todavía. Humadhun menos.
Le sostuvo la mirada, marrón contra azul, tierra contra cielo, permitiéndole leer en su mente como un libro abierto. Él entrecerró los ojos, recorriendo con ella el trayecto y senda de los pensamientos de la chica, observándola con esos iridiscentes ojos intensos que parecían ver hasta el interior del alma de una persona. Luego sonrió, ladeó la cabeza hacia Jack, y volvió a sonreír.
—Si los dos estáis de acuerdo en ceder temporalmente ese refugio —dijo, finalmente usando sus cuerdas vocales y abandonando la comunicación telepática—, me parece bien. A fin y al cabo, sólo restáis vosotros como sus únicos guardianes supervivientes. La decisión y la oferta os corresponden a ambos, no a mí.
—¿Jack?
Con los codos sobre la mesa, Jack se sostuvo la cabeza entre las manos durante un rato, tal vez temblando de cólera ante lo demencial de la oferta del shek. Finalmente alzó los ojos, ya más calmado, devolviéndole la mirada a Victoria.
—De acuerdo. Llevémosles a .
—¿Os importaría explicarme de qué estáis hablando? —Exigió saber Clarisse, su máscara de autoridad volviendo a emerger—. Llevarnos. ¿A dónde?
—Limbhad. Un pequeño mundo situado en las fronteras de la Tierra e Idhun -explicó Jack, ante las miradas de incomprensión.
Gemí para mis adentros. ¿Tan mal estaban las cosas que era necesario salir pitando de este mundo?
-¿Y por qué habríamos de ir hasta tan lejos? -pregunté en nombre de todos-. ¿Por qué habríamos de huir de aquí para ir a retirarnos ahí?
—La retirada que yo os ofrezco no es permanente. Sólo aparente. La retirada en realidad es resistencia, pero una resistencia basada en el ritmo y momento que marquéis y decidáis o necesitéis, segúnvuestra conveniencia, no la de ellos.
-Guerra de guerrillas -tradujo Annabeth, admirada.
-Exactamente.
Oscilé por un momento sobre los talones, considerando las nuevas implicaciones y opciones en la mente.
-Estupendo. Me has convencido. Me gusta la idea.
—Es posible —dijo finalmente Clarisse, la portavoz—. Es posible. Pero el caso es: ¿cómo iremos a ese planeta?
—Limbhad no es un planeta -especificó Victoria, deslizando una mano sobre la larga trenza oscura de cazadora que recogía sus cabellos-, por lo menos no un planeta convencional. Es un mundo entre dos mundos.
-Oséa... un pequeño cosmos -resumió Clarisse, poco dispuesta a enrolarse en tecnicismos-. Por tanto un planeta. A mí no me vengas con rodeos.
Victoria gruñó su descontento.
-Qué simple eres, Clarisse.
-Lo que tú digas. Sea lo que sea, ¿Cómo llegamos ahí? No pretenderéis sacarnos a hurtadillas a tantos semidioses, sin olvidar a los sátiros, las ninfas y demás seres del bosque. Aun cuando sepáis dónde está aposentado Ethan, el color de sus tiendas de bando o donde sea que duerme resguardado, el chico no es tonto. Lo lógico es que mande patrullas y barridos de monstruos alados a sobrevolar el terreno, de modo que llegue a enterarse de nuestras idas y salidas del camping.
—Ahora que lo dices —se preocupó Thalía—, lo cierto es que se hace extraño que no hayan mandado una avanzadilla hacia aquí. Muy llamativo. Siquiera se han dejado ver las dracaenae de Escitia; esos reptiles con cola de serpiente son capaces de trepar y meterse donde uno menos se lo espera.
—No vi patrullas en más de trescientos kilómetros a la redonda regresando al campamento... —dijo Jack, estudiando a Thalía. Demasiado tarde para poner freno a lo que estuvieran planificando la tríada—. NI mantícoras ni dragones. Ni ninguna ¿dracaenae? Eso, ninguna de esas mujeres con piernas de serpiente entorno a la zona. Aunque claro, eso no quita que no la tengan bajo vigilancia.
—Lo que significa que cualquier movimiento que hagamos llegará a oídos de Ethan. —Clarisse mantuvo fruncido el entrecejo—. A pie, volando o por carretera, será una masa llamativa, el éxodo de miles de semidioses, imposible de pasarla por alto. Y el factor sobrecogedor de un campamento vacío ya no les pillará de sorpresa.
—Oh, eso.
El ceño de Clarisse se frunció aún más, lo cual ya era todo un mérito.
—Sí, eso.
-Yo os abriré un portal, evidentemente —respondió Christian en tono quedo—. Eso es lo de menos.
—¿Un portal?
Él sacudió la mano, desestimando las miradas de incredulidad.
—Un umbral, una brecha, una abertura, una entrada, una puerta interdimensional, un agujero en el espacio salido de a saber qué nada y rumbo a cualquier parte. Lo que viene siendo un portal de toda la vida, vaya.
—OH, claro, claro. —Kirtash no notó o no quiso notar el sarcasmo en la voz de La Rue—. Así pues, ¿cómo lo harás? —preguntó después—. No me salgas con el cuento de que tienes magia. No me digas que en Idhun los semidioses tienen magia.
—¿Que cómo lo haré? Uy. Parece que se me ha ido de la cabeza. —Giró las palmas hacia arriba a la vez que dedicaba a la hija de Ares una breve mueca—. Lo siento. Últimamente me he vuelto olvidadizo. Mi mente parece un colador.
—¿Y tú osas llamar «reservadas» a las cazadoras? —replicó Thalía.
El chico la observó distraídamente un momento antes de volverse hacia Clarisse mostrando un semblante decidido.
—Antes de que digáis sí o no a la propuesta que os he hecho, habéis de saber que hay reglas. Y la primera de todas es que debe haber consenso en este asunto. —Su vista le pasó por encima y fue a descansar directamente sobre Chris y Beckendorf, que eran los que más oposición habían mostrado a su idea-. Un sí mayoritario.
—Me parece bien —concedió Clarisse antes de volverse imperativa hacia nosotros—. Ya lo habéis oído. Votad. No quiero que se diga que os arrastré a la locura.
La tríada de Idhun aguardó, manteniendo una postura erguida y las manos enlazadas con elegancia y paciencia, observando a los semidioses terrícolas que debatían la opción planteada. Yo permanecí en el asiento, sopesando los pros y contra de esa retirada.
Mi objetivo era combatir por el campamento pero, ante todo, proteger a mis amigos, a Thalía, y no tendría el menor inconveniente en meterla de cabeza y a la fuerza entre dos paredes y taparla con yeso o tablas si creyera que eso evitaría que le hicieran daño. Pero no había agujero suficiente en la Tierra capaz de sacarla del ojo de mira de los mandados por Cronos a por ella. En la Tierra no. Pero puede que quizá en otro planeta, donde los semidioses también tenían cabida y no eran tan perseguidos.
—Estoy de acuerdo —dije, hablando finalmente, votando el primero. Sabía que si el plan del shek fracasaba, todos perderíamos no sólo la batalla, sino también la vida. Pero por otra parte, el campamento mestizo ya era una condena de muerte quisiéramos o no, por tanto la elección no era tan difícil de tomar—. Una cosa es quedarse a pelear, cegados y cercados y aplastados, otra luchar siguiendo una estrategia, combatir con fría elección. La retirada... o la farsa retirada, es la única posibilidad que tenemos de impedir que los monstruos nos merienden.
-¿Annabeth?
-Nunca dejar que el enemigo decida cómo y dónde luchar -citó ella-. Jamás combatir según sus reglas.
-El cerebro del grupo -dijo Percy con una sonrisa que no cabía en sí de orgullo-. Yo me sumo a ella, por supuesto.
—Mi espada también se apunta a fundirse en la forja, cómo no.
Clarisse miró a Beckendorf con cara de pocos amigos.
—¿Tu espada también se apunta a fundirse en la forja? ¿Qué mierda significa eso?
—Bueno, pues es evidente, mi querida Clarisse —hizo girar la mano en una exhibición de cuchillada y estocada—. Significa que me sumo a librar esa buena batalla.
—¿Buena batalla? Estamos hablando de votar sí o no al plan de resistencia de Idhun. ¿Recuerdas?
—Bueno, demonios, mujer... ¿acaso no es precisamente eso lo que estoy...?
Clarisse lanzó una sombría mirada a Silena.
—¿Ves lo que ocurre cuando pasas mucho tiempo cerca de la buena gente? Estoy segura de que jamás había dicho esas cosas antes de pasar tanto tiempo contigo.
Silena se pasó el índice por el labio inferior, como si el dedo fuera el más delicado de los pintalabios, componiendo una expresión inocente.
—No pongas la mano en el fuego. Te quemarías toda.
Clarisse dirigió una mirada furibunda a la extraña pareja que tenía a cada lado antes de mirar a su propio novio y sonreír.
—¿Chris?
—Bueno, si al final también vamos a luchar, me parece bien. Además, si despejamos el camping, les estaremos negando a los monstruos el manjar prometido. Nosotros.
-Y eso es realmente lo que buscan -hizo ver sabiamente Silena-. No lo olvidéis.
—Exacto —apostilló Beckendorf—. Cuánta razón tienes, nena.
El brazo del chico rodeó con suavidad la cintura de la seudo afrodita, y ella asintió a algo que él susurró a su oído, mientras se recostaba en su abrazo, con una sonrisa enamoriscada en los labios.
—¡¡Argg! Dejaos de arrumacos! —Se asqueó Clarisse—. Aquí - eso - no.
—¿envidia? —se burló su amiga sin apartarse ni un centímetro del abrazo fortachón del hijo de Hefesto y asomando su sonrisa maliciosa por encima del hombro del herrero—. Chris... me temo que alguien se siente muy abandonada en estos días.
-¡Yo no, eh!
-al percibir la cara de pocos amigos de Clarisse, el pobre se sonrojó-. Oh no, no no. No quería decir que... ni insinuar que... -balbuceó tratando de enmendar su metedura de pata; fingí repentino y sumo interés por el barniz dorado de la madera de la pulida mesa, aunque me estaba partiendo el culo por dentro-. Me refería a... a...
—Reservaos vuestros besitos para cuando estéis a solas —lo rescató Clarisse, reconduciendo el tema y poniendo fin al avergonzado tartamudeo de su novio—. Y tú —fulminó a Beckendorf—, has el favor de apartar un minuto tu boca del cuello de Silena, despejarla para nosotros y dar tu opinión y voto en el asunto que nos trae entre manos. Esta vez claramente, si no es mucho pedir.
—De acuerdo, de acuerdo. —Se enderezó, no sin dejar de rodearle la cintura al bellezón rubio—. Yo también voto sí a la idea de abandonar el campamento e ir a Limbhad. Hiciste un muy buen trabajo aquí, diseñando el campamento mestizo 2, Annabeth, pero no deja de ser material prescindible, simple piedra y madera.
—No te preocupes por mí —agradeció ella—. Es mi trabajo, sí. Me siento muy orgullosa de ello. Y me sentiré triste cuando lo vea derrumbado. Pero, ¿qué importa la piedra y la madera si la gente está a salvo?
-Así se habla -alabó la chica pelirroja-. No soy campista, por tanto sé que no tengo vela en este entierro...
-Pero tu opinión cuenta como la de cualquiera de nosotros -afirmó Percy, sorprendiéndome. ¿Y por qué la opinión de aquella extraña iba a ser igual de importante que la del resto de campistas? ¿Por haber pillado a Ethan en el otro bando y traernos fresca la noticia? Bah; el trabajo de espionaje lo podría hacer cualquiera-. Así que adelante, di lo que piensas.
-Gracias, Percy -brindó una cálida sonrisa al chico, quien no dudó en devolvérsela amplia, bañada en igual sinceridad y calidez. Al lado de Percy, Annabeth pareció sofocarse, aunque nada dijo-. ¿Queréis saber qué pienso? Creo que es un plan inteligente. —Sus dedos tamborilearon distraídamente sobre la mesa—. Y cuando se está ante un enemigo superior, la inteligencia es la puerta a la salvación.
-¿Thalía?
Se frotó la frente mientras consideraba el dilema.
-Mejor anticiparse que reaccionar tardíamente.
-Bien, bien -felicitó Christian cuando todos hubimos votado y aceptado la oferta de viajar al lugar llamado Limbhad-, y ahora viene la segunda regla: debéis de cuidar de ese refugio como cuidaríais de vuestra casa o vuestro campamento. No toleraré desperfectos. Nada de destrucción.
-¿Acaso nos consideras unos pordioseros? -se indignó Silena; teniendo en cuenta que ella era una friki de la limpieza, que alguien le insinuara lo contrario se le antojaba insultante, seguramente, peor que hacerle la crueldad de decirle que estaba fea-. Para que lo sepas, una de las primeras cosas que se aprende en el campamento mestizo es a no ensuciar y a mantener el orden.
-Cómo se nota que no has recibido visita de las ninfas y las náyades -murmuró Percy, rascándose la parte posterior del cuello-. Da gracias por ello.
-La gente tiende a ser cuidadosa con sus cosas y dejada con la de los demás. -En eso el chico tenía razón-. Vosotros tal vez no, pero en especial los más jóvenes parece que suelen sentir cierto gusto por ir cambiando los sitios a donde van. Grafitis en los muros, chicles bajo las camas, ralladura en las mesas, chinchetas en las paredes... esas cosas que llaman «moda», o «personalizar». Y eso no lo pienso consentir. Una cosa es ser indulgente porque os encontréis allí por razones importantes, otra muy distinta permitir que manipuléis y enredéis sin ton ni son. No llevaré el desorden por el desorden a Limbhad. ¿Queda claro?
-Clarísimo, papá.
Silena efectuó un movimiento con la mano, desechando la advertencia, pero Christian no se sintió satisfecho hasta que todos hubimos asentido con la cabeza o hecho otro gesto de reconocimiento a su petición.
Y, por último, la tercera regla es que debéis elegir a alguien que os comande. Si vais a meteros de lleno en una batalla, debéis de tener un frente, algo así como un general al que acudir y recibir órdenes y maniobras. Nada de formar bandos según qué dios es vuestro padre.
-De verdad, Christian. Tan avispado en unas cosas y tan poco informado en otras... -se quejó Thalía, poniéndose de improviso en pie y echando a andar.
-Ya tenemos a un general -Rodeó la muñeca de Clarisse y le levantó el brazo, como si estuviera exponiendo un bien preciado, el trofeo que al shek se le había pasado por alto admirar-. Te presento a Clarisse de la Rue, hija de Ares, dios de la guerra, nuestra única y más veterana capitana. -Añadió en su foco de atención al chico latino, sentado junto a Clarisse-. Ahí tienes a Chris Rodríguez, el que nos mantiene fresca la advertencia de que la lucha armada no es una cosa de niños ni algo de caballeros y doncellas, sino un laberinto con riesgo de sin salida, donde perderse y enloquecer.
Volvió a dirigirse a donde estaba sentada. Con la otra mano, repitió el gesto con el brazo de su amiga.
-Te presento a Annabeth Chase, hija de Atenea, diosa de la sabiduría y la batalla. -Amplió el gesto hacia quien era su pareja, entrelazando las manos de los dos jóvenes como si fuera el sacerdote que los uniera en matrimonio-. A su lado tienes a Percy Jackson, hijo de Poseidón, dios de los mares, nuestro segador del Tártaro, y el segundo Aquiles del Olimpo.
Volvió a trasladarse al otro extremo de la mesa.
-Aquí puedes ver a Silena Beauregard, hija de Afrodita, recordatorio ambulante de la cara B de la guerra: el amor. -Le acarició el dorado pelo ondulado antes de virar hacia el apacible joven que las miraba a ambas-. Y éste de aquí es Charles Beckendorf, fundador número uno de armas mestizas, las mismas que necesitamos para combatir.
Caminó hasta plantarse frente a los tres idhunitas, altiva, felina, hermosa.
-Y si a estas alturas no sabes que mi flecha es la aguja que el enemigo no ve llegar hasta que la siente fulminante en la sangre, que mi escudo de Egida es la muerte que aguarda en los límites de la sombra, es que esa inteligencia de la que haces gala no es tan portentosa como reza tu leyenda. Siete semidioses, Christian, míralos bien. Siete representantes. Refriega; combate; táctica; brutalidad; locura; amor; fortaleza. ¿Crees que conformamos el consejo del campamento mestizo por simple capricho? bueno. Pues espero haberte disipado esa idea de la cabeza.
Dicho lo cual se sentó y miró de uno en uno a la tríada, como desafiándoles a presentar alguna objeción. Ellos no tenían nada que objetar, pero yo sí.
—Eh, eh, alto ahí —dije—. Nunca fui un as en matemáticas, caray, pero hasta mis pocas dotes han calculado y caído en la cuenta de que me has dejado fuera de ese discurso. A mí y a la chica de pelo rojo. ¿No merecemos presentación o qué?
Ella nos observó detenidamente con sus ojos color competencia del cielo.
-Tú eres ayudante, Luke, no miembro del consejo. -Una sonrisa sardónica curvó las comisuras de su boca-. Igual que Rachel.
-Uau. Qué de puntillas pasa entre tus labios la discriminación.
Todos se echaron a reír.
-Valentía -dijo Annabeth, de pronto.
-Constancia -abundó Clarisse, sin titubeo.
-Novedad -añadió Silena.
-Frescura -dedicó Chris.
-Martillo -ofreció Beckendorf; a las miradas de perplejidad que le sucedieron, explicó encogiéndose de hombros-, moldeas a quienes te rodean, Lucy. No te das cuenta, pero es así.
Era el turno de Thalía.
-Persistencia -concedió a fin-. Y ambigüedad -capté el doble sentido de esa definición; las dos caras de chico y chica al que estaba jugando con el disfraz de los dioses.
-Y redención. -La chica pelirroja cuyo nombre desconocía (aunque, ¿Clarisse y Jack la había llamado Rachel, no?) alzó la cabeza desde el lateral opuesto de la mesa que nos separaba y me miró con límpidos ojos.
Ojos verdes.
Ojos que atravesaron la neblina de los dioses, como espada atravesada por una coraza hecha de corteza de árbol. De eso estuve seguro.
Ojos directos.
Ojos de oráculo.
Ojos que no me gustaron ni un pelo.
—bueno, de acuerdo. Todo el mundo comete errores. Está claro que sí tenéis montado todo un sistema de mando y representación. Y ya sabéis que es de dicho popular que el modo en que alguien se ocupa de sus errores es muestra del carácter que se gasta -se disculpó el shek-. Lo que significa que quiero algo más de vosotros.
-Ya tienes nuestra palabra.
—Y esperanzadoras palabras, Thalía, esperanzadoras. Pero espero que lo demostréis. Con acciones. No aceptaré vuestra mera palabra.
-Las tendrás, despreocúpate. Las tendrás.
Christian dirigió a Thalía una mirada indescifrable.
-Lo haremos, entonces. -Decretó Clarisse—. El consejo quiere que se haga, ¿verdad? —Mostró una sonrisa sombría y astuta—. Entonces se hará.
Jack exigió la mirada de la chica con el fuego crepitante de sus verdes ojos.
—¿Estás segura? ¿Estáis todos seguros de a lo que os estáis arriesgando?
-Por supuesto. Quedarse aquí, discutiendo sobre ello, presentando objeciones y no más soluciones, sólo puede costarnos nuestra posibilidad de llevarlo a cabo.
Clarisse dio por zanjado el asunto con un asentimiento de cabeza.
—Estupendo. En marcha —urgió Chris.
—No. De en marcha nada —rebatí—. Necesitamos trazar ya una estrategia.
-Por una vez estoy de acuerdo con la princesita -admitió Clarisse-. -Ahora necesitamos mapas.
-No, lo que necesitamos es a alguien que se venga con nosotros. Un primer contacto con Limbhad, para ver si eso funciona. Tendremos que asegurarnos que el traslado es posible, no vaya a ser que luego haya problemas y no se pueda realizar y todo el plan vaya al garete.
-De acuerdo -concedió Clarisse a Christian-. Silena se encargará de eso. Ella irá con vosotros.
-¡Qué! -Se asustó la aludida-. ¡No!
-Eso digo yo, no. -Rechazó Christian-. ¿No hay otra persona disponible?
-Silena, túeres la encargada de todo el campamento -explicó Clarisse con una paciencia insultante.
-¡En ningún sitio pone que entre mis deberes esté presentarme como conejillo de indias a un experimento extraplanetario!
-¿Quieres sentarte a hablar de batalla, tácticas, sangre, sudor, gritos, uñas cortadas...? -Enarcó una ceja-. Porque esa es la alternativa. Te lo aseguro.
-No me amenaces. -Hizo un mohín compungido-. Bastante tengo ya con lo que tengo, ¿no te parece?
-Piensa. Será como ir volando en uno de tus pegasos -contribuyó la pelirroja-. En cuanto quieras darte cuenta, chas -chasqueó los dedos-. Estarás de vuelta en el campamento.
-Sí, claro, justo como subirse a un pegaso. salvo que como algo salga mal, no caeré al suelo sino al centro de la nada, una nada entre planetas. -Silena irguió el cuerpo, y se toqueteó el pelo-. Un pegaso es más seguro, por favor. -Inhaló profundamente
-Yo no estoy tan seguro de eso -Percy se rascó furtivamente el trasero-. A veces tienen más genio que un clan de vampiros sin ración de sangre.
-Oh, por favor, cierra el pico de una vez -se aburrió Clarisse.
-¡Oye!
-Por una vez estoy de acuerdo con ella -se rió Annabeth-. Deléitame con esa historia cuando estemos a solas.
-Te tomo la palabra, preciosa -la miró sugerente-. La de estar a solas, quiero decir.
Silena carraspeó. Sonoramente.
-¿Podemos volver a lo importante, por favor? ¡Yono quiero ir!
Clarisse soltó un hondo suspiro.
-No estás sola. Puede que estés asustada, y no te culpo, pero piensa que estás haciendo algo para ayudarnos, algo para ganar la batalla. Míralo por ese lado y canaliza ese miedo hacia ese foco, porque al hacerlo estarás ayudándonos a vencer la causa de tu miedo.
-Caray. -Silena tomó aire, lo aguantó y después lo expulsó lentamente-. De modo que sabes ser comprensible cuando te lo propones, Clarisse.
Ella hizo como que no había escuchado nada.
-¿Qué decides, entonces?
Silena aferró la mano de Beckendorf para reunir el valor suficiente y decir:
-Puede...
Los taladrantes ojos azules del shek evaluaron de los pies a la cabeza a Silena con esa astucia mesurada que delataba una total e intrépida seguridad en sí mismo. En menos de un segundo, la había medido, valorizado y descartado.
-¿No hay otra persona?
No sé si fue aquella frase o la mirada desacreditada del shek, pero Silena pareció cambiar de parecer y despachar con una agitación de melena todas sus objeciones hasta entonces presentadas. Se desasió de los dedos de Beckendorf.
—Iré —su voz sonó sorprendentemente profunda y fuerte. En su rostro esbelto, hermoso, sus ojos eran dos ascuas ardientes—. Y ni se te ocurra intentar intimidarme. Asustarme no te va a servir de nada, salvo para enfurecerme. No me harás cambiar de opinión. Iré.
-Bien. Como quieras. Solo te pido que no me retrases. Detesto a la gente que no se adecúa al ritmo de una marcha como es debido.
-Yo me adecuó a lo que sea -se defendió Silena.
-Te sorprenderá comprobar lo flexible y resistente que puede llegar a ser esta chica cuando se lo propone -abogó Beckendorf.
Me atraganté.
-¿Qué ocurre? ¿De qué te ríes? ¿Dónde está la gracia?
-¿Tú has oído lo que has dicho?
-¿Qué? -Cayó en la cuenta del morboso sentido de sus palabras-. ¡Oh, no! ¡No, no, no!
Silenaacogió entre las palmas el rostro sonrojado de Beckendorf; frunció los labios a centímetros de la boca del chico y dijo con ojos brillantes y tono íntimo:
-Christian nunca llegará a conocer mi flexibilidad y resistencia, cariño.
-¡Por la sombra del séptimo que no! -Barbotó el shek con absoluta conmoción. De pronto parecía alerta, como un felino deseoso de saltar e internarse corriendo de vuelta a las profundidades insondables de la selva.
-Ese privilegio es sólo tuyo -Silena mostró una socarrona sonrisa coqueta mientras arrimaban cuerpos y ella acariciaba con ternura con sendas manos las mejillas de Beckendorf-. Son tus habilidades las que me vuelven flexible y resistente.
—¿Con que son mis habilidades, eh? —el tono de Beckendorf era picarón—. ¿Y eso te gusta, verdad?
—Por supuesto. Aunque no más que a ti los míos.
—Mmm.
Silena parpadeó seductora y Beckendorf quedó tan cautivo a sus encantos como la mantequilla se derrite ante el fuego.
—Vale, sí. No tanto.
Se inclinó y la besó largamente en la boca. Silena abrió los labios bajo el ataque del par de labios de su novio, y no se separaron salvo para recuperar el aliento.
-Debo irme. Me cuidaré; estaré bien.
Le dio un beso adicional.
-Bueno, pero por si acaso no te separes de él.
-Sólo el mal gusto por la moda puede hacer que me distancie de alguien -miró brevemente por encima del hombro y recorrió de arriba a abajo la esbelta figura ataviada de pulcro negro del idhunita-. No es su caso. Por desgracia.
Christian la miró sin dar crédito, pero aun así mantuvo el silencio por única respuesta.
—Bueno, yo también me despido. —Victoria acarició la mejilla de Jack y sus ojos castaños se llenaron de afecto—. Ahora me toca a mí partir.
-Ten cuidado. Te... todos te necesitamos.
El tono del chico reflejaba un afecto que sus palabras no habían llegado a expresar en su totalidad.
-Estaré con Christian. Por supuesto que no va a pasarme nada.
-¿Cómo que estarás con Christian? -Por primera vez, el chico de hielo se veía sorprendido. Totalmente. Y consternado. Totalmente-. ¡Tú te quedas!
-No. ¡Yo me voy!
-Puedo guiarles hasta Limbhad yo solo. Jack está cansado, y tú...
-Y yo iré contigo -atajó ella, firme-. Necesitas a alguien que te cubra las espaldas. Iré contigo, Christian. Esta vez no me dejarás atrás.
Tiró de su trenza oscura para pasarla por encima del hombro, rehusando apartar los castaños ojos de los azules del chico. Él titubeó.
-Victoria...
—Tendrás que dormirme para impedírmelo -advirtió ella.
La mandíbula de Christian se irguió, como si se sintiera herido por las palabras de Victoria.
—Sabes que no te haría eso. —Ella enarcó una ceja—. No sin motivo —se apresuró a especificar él—, no sin una necesidad de peso.
—Bien. —Adusta, dobló los brazos bajo los pechos—. Espero, entonces, que no creas que esta sea una de esas ocasiones.
Era la primera vez que yo veía a Christian quedarse sin palabras ni réplicas. Victoria estaba segura y él no tenía ni modo de convencerla ni de salirse con la suya y dejarla a salvo en el campamento. Él negó con la cabeza sin apartar los ojos de los castaños de ella, asintió, volvió a negar con la cabeza y le dedicó una sonrisa afectuosa, diciendo más con ella de lo que las palabras podían expresar.
-Eso es todo lo que tengo que decir, entonces. Y, no obstante, siento que no he dicho lo suficiente.
-si es para hacerme cambiar de parecer, no, no lo has dicho. Pero ahórrate el esfuerzo. Voy a ir, y eso es definitivo.
Victoria lo miró a los ojos y Christian pareció quedar atrapado en la luz que en ellos brillaba.
—Vuelves a jugar con ventaja —murmuró. A pesar de su reticencia, en sus ojos de hielo apareció una llama de calor—. Sabes que no puedo negarte nada cuando me miras de esa forma.
Victoria sonrió al tanto descruzaba los brazos.
—Me alegra oír eso. Porque sabes que no puedo permitir que vayas solo a Limbhad. No la primera vez después de tanto tiempo.
—Es un lugar seguro. No existe lugar más seguro excepto...
—Mi corazón —dijo Victoria, señalándose el pecho; en mi mente, no obstante, esa frase no era tan bonita y cursi y concluía de un modo más friki. (Vale, lo confieso: terminaba con «excepto Hogwarts»). Christian sacudió la cabeza, dándose por rendido.
-Pongámonos en marcha, entonces. No creo que tengamos un momento que perder, ¿verdad? Así pues...
-¿Aguarda un momento, quieres? -Silena se apartó los rubios cabellos de un lado del rostro y se los echó atrás, por encima del hombro-. ¡Tengo que despedirme!
-¿Despedirte? -Se extrañó Kirtash-. ¿Más? ¿No lo estás haciendo ya, acaso?
—Bien. Corrección. Aún tengo que terminar de despedirme.
—¿Pero por qué? No te vas al fin del mundo.
-Uy, sí, es verdad. Me voy a otro mundo, que es peor.
-Caramba. tú... ¿Siempre eres así de dramática?
-¡Uy! -Lo compadecieron al mismo tiempo Clarisse, Thalía y Annabeth-. Y lo que te queda por aguantar.
-No os creáis que me ofendéis -Silena blandió el puñado de pelo rubio que tenía cogido en dirección a las tres chicas-. Y tú -replicó al shek, no menos iracunda-, no. Querer despedirse por si las moscas nunca es causa válida parauna acusación de dramatismo.
Kirtash la contempló fijamente durante un largo rato antes de empujar la puerta exterior y salir a la intemperie del sol.
-Cinco minutos.
Dedicó a Victoria una mirada que venía a decir «si me necesitas, estaré justo ahí fuera», antes de mover sus extremidades para cruzar la entrada con grácil y mortal elegancia, del modo en que una panteracruza sin esfuerzo un seto.
Silena se abrazó a Beckendorf como si en ello le fuera la vida.
—Éste no es momento para volverse mimoso o lloroso —les gritó Clarisse, haciendo gala de su sentido de mala oportunidad—. Hay demasiado en peligro.
Victoria aceptó su advertencia con un asentimiento de cabeza.
—Regresaremos en cuanto echemos un vistazo a Limbhad.
Silena lanzó una mirada atrás, a Clarisse.
—Lo dice por mí, Victoria. Aunque podrías ser indulgente, ¿sabes? Digo... para variar.
—No estoy de humor para ser indulgente. De hecho, no voy a estar de buen humor otra vez hasta que os vea regresar para decirnos que la traslación es posible, que no hay riesgo, que todos lo podremos hacer sin riesgo y a salvo.
—Lo increíble de esa frase es la parte en que insinúas que tienes ratos de buen humor.
Clarisse la miró con cara de pocos amigos.
—soy alegre y amable las más de las veces. Eso significa que tengo mis momentos de buen humor.¿Estás sugiriendo que no es así?
Silena amagó una sonrisa.
—Oh, no, no. «Alegre» te describe a la perfección.
—Eso creía.
—De hecho, «alegre» iría por delante incluso de «bruta» o «gruñona» o «anticuada con la moda». Ya ves.
Todos compartimos con una sonrisa el espíritu de las bromas de Silena.
—Me abstengo de contestar. No voy a ponerme a tu nivel.
-¡Bah! Porque no puedes. Porque no sabes. No por falta de ganas.
Cuando Beckendorf se separó finalmente de Silena, la chica lanzó una sonrisa burloncia a Clarisse y pasó majestuosa hacia la salida, con Victoria a remolque. En el último momento se detuvo con una última mirada vacilante hacia Clarisse, una última oportunidad para que ella cambiara de idea y mandara a alguien en su lugar.
—Vete —le dijo Clarisse. Luego, sorprendentemente, se acercó, extendió el brazo y le dio un apretón animoso en el hombro a la rubia—. Cuanto antes vayas antes estarás de vuelta.
—¿Sana y salva?
—Por el bienestar e integridad de las pelotas de Christian que sí.
Agarró a Silena por el cuello de la sudadera y le acercó a ella. Parecía como si estuviera a punto de darle una buena regañina, pero en su lugar, sin previo aviso, la envolvió en un fuerte abrazo.
—¡Ay! No aprietes tanto que acabarás conmigo.
Ella se apartó, sujetándole los brazos, con una sonrisa casi (y recalco el casi) contagiosa en los labios.
—Aprendes muy de prisa —repuso Silena en tono socarrón—. Y pensar que antes no podías ni con la idea de abrazar a alguien...
Clarisse le asestó un manotazo en el hombro.
—Oh, cállate. —Su rostro, no obstante, era el más humilde y afectuoso del que le había visto nunca—. La gente cambia.
—Eso parece.
—Pero más vale que te mantengas alerta. —Su rostro asumió finalmente su familiar expresión ceñuda—. Y que regreses de una pieza.
Silena sonrió, se volvió y abandonó con paso majestuoso la mesa redonda.
—Yo también te echaré de menos, Clarisse.
Caminó seductora hacia la salida. Pensé que las hijas de Afrodita (pero Silena en especial) debían de ir dándose aires incluso cuando estaban solas, para luego practicar esa arrogancia y majestuosidad en presencia de testigos. Y atolondrar a los chicos con el contoneo de sus caderas.
En fin, si lo hacía, tenía que saber que daba buenos resultados, porque todos los chicos nos perdimos en el zarandeo de sus caderas (sí, para qué mentir) mientras se alejaba exterior a fuera, al tanto Victoria cerraba la puerta principal tras de sí.