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Historia 126109 — capítulo 28

Disclaimer: Personajes y escenarios (de Ric Riordan). La trama, aunque no lucratriva, es de mi completa autoría.

-…-…-

Capítulo 27: Atrapasueños.

-…-…-

Flap.

La flecha voló sobre el campo al descubierto.

Flap.

Situado a varios metros de los blancos, mangas remangadas, piernas y concentración máxima, disparaba flecha tras flecha.

Flap.

Encajé otra flecha. Practicaba al grito interno de tensar, apuntar, disparar. Tensé el arco, llevando las plumas rojas de águila la mejilla. Pero mis manos se negaban a dejar de temblar y, con los temblores, la puntería iba al traste.

Flap-Flap.

Me había alejado de las casas y el bullicio que entre sus muros guardaba. Disparar me relajaba. Me valiosos segundos de cansancio. El viento despertado en la mañana me tironeaba de las , con dedos pequeños y fantasmales.

Flap. Flap. Flap.

El sonido de las flechas al abandonar la cuerda y surcar el aire era como el de una bandada de pájaros que emprendiera un repentino. Cinco de doce flechas enviadas habían hecho diana. No estaba mal. Dejé que el arco se destensara lentamente, con la flecha apuntando hacia el suelo. Tenía que ir de nuevo a recoger las restantes del suelo ya que se me habían agotado del carcaj.

Los terribles y horrendos escenarios que Cronos me había preparado esa noche se abatieron sobre mí la bruma del agotamiento que no se decidía a abandonar del todo mi mente cuando me dispuse a la tarea de recopilar las flechas, dejando pocas oportunidades de supervivencia a cualquier otro pensamiento. Apreté los dientes mientras por mi mente pasaban, raudos y despiadados, los desdibujados recuerdos de la pesadilla que el titán había tenido preparada para mí. Agarré con más fuerza la madera del arco.

Desperté sobresaltado en el dormitorio lleno de tenues contornos y siluetas cuando el alba apenas bañaba el cristal de la ventana, gracias a que en algún lugar entre las ramas, un búho insistía en hacerse oír. Había teniendo una pesadilla; de eso estaba seguro, aunque no la recordaba. Sabía que era una pesadilla por la enorme sensación de un terror indefinido y frenético que hacía que el corazón se me desbocara a ras de la garganta. Me deshice del persistente manto de la pesadilla a la vez que me deshacía de una patada de la manta enredada a mi cintura.

El malestar había sido entonces abrumador, tan intenso que hacía que me sintiera mareado, debilitado hasta lo indecible en cada una de las fibras de mi ser. Al amanecer, me había aseado y y había abandonado el dormitorio para caminar y desasirme el mal trago de la noche.

A pesar de que los vagos y siniestros recuerdos del sueño que persistían en pasar por fogonazos por la mente siguieron intentando arañar mi autocontrol, intentando arrastrarme de vuelta a ese horrendo mundo de pesadilla, procuré convencerme a mí mismo de que nada ocurría, que todo estaba bien, así que descarté esa macabra idea, y para ello me repetí incansables veces que los sueños eran incorpóreos, por tanto no podían sacar una mano de la nada y engancharme el tobillo y arrastrarme al foso del terror con ellas.

Pero de eso ya hacía horas. Desde entonces, había sido testigo de cómo la bóveda gris se iba tiñendo de verde a mis pies, a medida que la luz se filtraba entre los árboles silenciosos que había escogido como paraje donde caminar. El fresco viento de la mañana soplaba entre las zonas en penumbra, haciendo que me escocieran los ojos al chocar contra mi cara. Una vez despierto y completamente desvelado, la sensación de temor empezaba a desvanecerse con rapidez junto a los segundos del tictac del reloj que llevaba en la muñeca, igual que nieve consumiéndose bajo una persistente lluvia de sal.. Eso, no obstante, no me hacía olvidar.

El presenciar cómo el sol iba despuntando, por muy hermosa que fuera la visión, no me ofreció solaz alguno, así que tuve que ir a la sala de entrenamiento en busca de arco y carcaj. Y llevaba lanzando flechas una tras otra a las dianas alistadas en una fila desde entonces. Los blancos a los que tenía que derivar eran figuritas de paja con bolas de rugosa corteza de árbol a modo de cabeza, con «X» hechas de tallos de hierba color verdoso para marcar el centro de la diana. A esas alturas me dolían los hombros y me sangraban los dedos, pero seguí tiro tras tiro, haciendo una pausa sólo para arrancar las flechas de los blancos, como ahora, y comenzar otra vez una nueva ronda.

Una ojeada a la posición del disco solar me indicó que llevaba practicando durante más de una hora. Nubes, bruñidas a la luz del astro incipiente, habían empezado a desfilar en silencio procedentes del norte. A lo lejos a mi izquierda se veían los perfiles del círculo de casas bajas que componían el campamento mestizo 2, con los tejados bañados por la luz perpetua del sol. A mi derecha, mucho más cerca, hojas amarillas de unos pocos arbustos pincelaban una llamarada amarilla entre el resto de follaje verde.

Detrás, las ramas del pequeño bosque que dividía las áreas de ambos campamentos se movían y agitaban y desperezaban con el sol, alargándose las que correspondían a los arbustos cercanos a la linde de manera gradual, brazos huesudos y chasqueantes que se extendían en busca del cálido sol. Cuando éste se decidió a llegar a sus límites, resultó que yo también me había puesto a su alcance. En el lejano firmamento vi, también, las alas iluminadas por el sol de una bandada de aves migratorias.

Contemplé en silencio el círculo de flechas mientras el viento que no había desistido de su fresco resoplido a lo largo de la mañana, agitaba las ramas de las copas bajas de los árboles, con manos pequeñas aunque insistentes. Notaba que el sordo dolor punzante de la cabeza que llevaba acometiéndome desde que había despertado, descendía por el cuello, rumbo al pecho, causándome un ardor con cada inhalación de aire que bajaba por mi nariz. Me veía obligado a coger aire por la boca, lo que agraviaba la irritación de mi garganta.

«Maldito», gruñí al Crono que propiciaba

mis pesadillas.

Había sentido miedo varias veces de mi vida, pero nada se comparaba al opresivo temor que cabeceaba en mi pecho, efecto de los asedios nocturnos de Cronos. Una cosa era ir al combate y enfrentarse a los monstruos, sabiendo que todo acabaría de un modo u otro, y otra muy diferente perecer aquellos ataques mentales que nada tenían de onírico, por mucho que se produjeran cuando estaba sumido en el sueño. Pelear era una cosa, pero no tener el control y limitarse a contemplar cómo las sensaciones desagradables corrían al encuentro de uno, incapacitado encima para repelerlos a puño limpio, era diferente. Muy diferente. Era como si la esperanza, que sólo unos días antes me había saludado, se me estuviera escapando en mi propia cara igual que granos de arena resbalando de entre los dedos.

Por mucho que quisiera luchar contra las noches de asedio por parte de Cronos, no sabía cómo, no lo conseguía. Desde mi retomada amistad con Thalía todo iba bien, relativamente, teniendo en cuenta la lucha con los monstruos que se avecinaba,pero a medida que se sucedían las pesadillas y las noches sin reposo, ya no era así. La esperanza se estaba difuminando en mi interior. Incluso a pesar de que la pesadilla y su latente malestar físico había desaparecido, estaba alerta, como si Cronos simplemente estuviera ocultándose en las sombras de mi mente, aguardando a que me relajara y confiara para poder abalanzarse sobre mí y apoderarse de mi cuerpo, mi alma y toda mi persona.

Continué practicando tiro tras tiro para hacer desaparecer el peso agobiante de la falta de descanso, y a ello me entregué en cuerpo y mente. Sujeté el arco bajo la pierna y lo doblé lo suficiente para ajustarle la cuerda. Saqué una flecha de la aljaba de cuero que llevaba al hombro y la coloqué, sujetándola en reposo sobre el arco con la mano.

«Si duermo, tengo a Cronos echándome su fétido aliento a cada segundo que aguante dormido», pensé mientras arrancaba del suelo una flecha desviada. «Y si no duermo, acabo más sonámbulo que un fantasma». Coloqué la flecha rescatada en el arco, tratando de no fallar esta vez. «Haga lo que haga, no tengo modo de librarme de su acoso, ninguno».

El claro donde me había refugiado era tan silencioso como sigiloso el sol en su ascenso a la mañana. Disparé flechas hasta que el tacto del sueño se esfumó de mis párpados.

-Estás aquí.

Giré en redondo, sobresaltado. Tenía el arco presto y una flecha apuntando hacia el lugar de donde provenía la voz. Al instante desvié el arco, aliviado. Era Thalía, naturalmente.

Sostenía un vaso de plástico de contenido caliente con una mano y con la otra mantenía cerrado la rebeca de punto color azul eléctrico que le ataviaba el talle. El viento que ascendía por el claro le alzaba cabellos y ropas; casi daba la impresión de que su cuerpo fuera a levantarse del suelo y verse transportado lejos, a remolque en la corriente, igual que una hoja seca arrastrada por una corriente ascendente. De su hombro asomaba el omnipresente arco de plata y sobre su pelo —corto, suelto y de color negro azabache— se había dispuesto un encaje de hojas secas y caídas de diversos colores, consecuencia, tal vez, de abrirse paso entre tantas ramas y hojarrasca. Llevaba su inseparable arco en la espalda, y en bandolera del cinturón que le ceñía las caderas colgaban más aljabas llenas de flechas a un lado y largos cuchillos enfundados al otro.

-¿estoy aquí? Pues obvio.

-Obvio -asintió-. ¿Qué haces?

-Practicando cómo eliminar enemigos. -Trató de salvar el pequeño desnivel que hacía el terreno sin derramar el líquido del vaso de plástico, pero no pudo evitar que parte del contenido oscuro se desbordara y vertiera sobre la hierba húmeda-. ¿No es evidente?

-Sí, pero… ¿con el arco? -Juntó las cejas, inquisitiva-. Tu especialidad son las espadas, no el tiro con arco.

-Nunca está de más especializarse en otros campos. -Me pasé una mano por la cara-. ¿Y a ti, qué te trae por aquí?

—Esto. —Indicó el vaso—. Toma.

—No, gracias. No tengo sed —Mentí a medias.

Ella resopló, sin creerme, por supuesto.

—No seas tonto. Claro que tienes sed, no has ido a desayunar, toda tu cara clama por comida y agua. Pues bien, aquí tienes un intermedio de ambas. Te apetece. Cógelo.

-Oye. Tú... ¿me espías o algo así? -volví a declinar el vaso que me ofrecía-. No bebo café, no me gusta...

-Como tampoco la sacarina, el té sin azúcar, la leche caliente... -puso los ojos en blanco-. Sí, sí, sí. Lo sé, Luke. Y de memoria. Anda, toma; prueba.

-¡Yo no...!

-¡Luke! Deja de comportarte como niño de tres años obstinado. Seguro que no has tomado nada, ni un mísero sorbito en toda la mañana.

—Y eso te preocupa...

—No te creas tan importante —cortó en el tono monocorde y seco que, semanas atrás, era muy habitual en ella; esta vez, no obstante, su brusquedad no me alteró, no me irritó ni me exasperó. Más bien me divirtió, porque sabía que le guiaba más la costumbre que el enfado—. No te crezcas.

Mededicó una mirada recatada, reforzada por una sonrisa, convirtiendo el reproche a una sugerencia. Posé una mano sobre su brazo, a modo de familiaridad.

-Gracias por preocuparte por mí.

-Amm… Esto… ¿Lo coges o no?

Finalmente acepté el vaso, pegué un trago y abrí los ojos de golpe, maravillado por la textura suave y condensa y azucarada que de inmediato inundó mi paladar.

-¡chocolate caliente!

Rodó los ojos, aunque pude percibir un atisbo de complacencia curvando sus labios.

-¡Oh, no me digas!

-Gracias -repetí, entre trago y trago-. Realmente delicioso. Lo único es que... —fruncí el ceño—. Le falta algo.

Thalía dejó de observar los árboles y se detuvo para mirar a un lateral hacia mí, ondas de su pelo oscuro centellearon bajo un haz de dorada luz solar.

—¿De qué estás hablando?

—El acompañante. ¿De qué otra cosa voy a hablar?

-¿el acompañante?

-Esto es chocolate caliente. ¿Dónde están los churros?

Thalía se encogió de hombros.

—No hay churros.

—¿Que no hay churros? —Exclamé—. ¿Os han servido chocolate caliente sin churros?

—Sin churros. Ni otro acompañante. Sólo chocolate caliente.

—¡Pero a qué clase de mente retorcida se le ocurre semejante sacrilegio!

—Uy, sí. Una mente perversa donde las haya. —Cruzó los brazos bajo los pechos—. De haber sabido que querías churros con el chocolate...

La miré boquiabierto.

—Pero eso es obvio, ¿no? Quiero decir, ¿qué otro modo más hay de tomar el chocolate caliente, a parte de con churros?

—... Te habría traído zanahorias en lugar de chocolate. —Completó Thalía.

—No quiero zanahoria —gruñí—. No soy un conejo. No me gusta la zanahoria.

—No te gustan muchas cosas cuando estás malhumorado, ¿no? —Me miró de soslayo con un ojo—. ¿O todo esto es un rodeo para retrasar lo que claramente sabes que voy a preguntar?

—Realmente tienes talento para la caza. —Ella sonrió como si hubiera recibido el mejor halago de toda su vida. Mi expresión enfurruñada se ensombreció al trabar la mirada con la de ella, lo que le hizo sonreír aún más ampliamente—. Y te sobra talento para la tortura —añadí en voz más baja—. Al menos respóndeme a esto —musité con resignado suspiro—. ¿Es casero? Porque lo parece. Y eso lo hace más delicioso todavía. ¿Quién lo ha hecho?

Los enormes ojos de Thalía se cerraron y abrieron en un breve pestañeo, como si aquella fuese la pregunta más rara que había oído jamás.

—¿Y eso qué importancia tiene?

—Quiero felicitar a la cocinera. ¿Lo has hecho tú?

Thalía no quiso responder a lo que yo sí quería saber. Se acercó más, lista para soltar la pregunta del millón.

—Y bien, ¿por qué te ha dado por practicar tu puntería con el arco?

—No pienso responderte. Tú no respondes a mis preguntas, así pues...

—Vaya. —Rió con voz queda, una risa muy agradable que no había oído nunca, llena de vida y alegría, llena de deleite—. Descubierto a la luz un defensor del juego de pagar con la misma moneda.

-No no. -La señalé con el recipiente de plástico de chocolate caliente, ya vacío-. Esta moneda me la quedo yo sin cobrar.

Alzó una mano con gesto vacilante, señalando el perímetro desnudo situado a sus pies.

-O puedes pagarme contándome qué te ha dado por las flechas?

-Nada. Me gustan los matabichos, eso es todo.

-¿Matabichos? -Lanzó una risita divertida-. Me gusta ese nombre. Matabichos… -Cualquier nota de buen humor desapareció de su voz mientras dirigía la vista en dirección al horizonte oriental donde los indeseados invitados del Tártaro aún seguían sin aparecer.

-Habrá que acuñarla para futuras expresiones.

Su sonrisa regresó.

-¿Y qué le pasa a Backbiter?

-¿Qué le pasa?

-Sí, hombre. Por qué no practicas con ella.

-Me apetecía esta vez usar un arco.

Abrió las manos en un gesto de impotencia.

-Sí, vale. ¿Pero a qué se debe el cambio?

-A nada. —Mi voz sonó más brusca de lo que pretendía. Thalía hizo un gesto de dolor, como si la hubiera abofeteado.

—Es decir, que no me lo quieres contar.

—No hay nada que...

—Luke —dijo Thalía, arrastrando el nombre en un tono exigente que indicaba que no se creía ni una palabra—. ¿Qué ocurre?

—Nada.

—Luke...

—¡Nada!

Se metió el labio inferior hacia dentro y comenzó a mordérselo. Ese simple gesto revolvió algo en mi estómago.

—¿No confías en mí?

—No es eso. Dioses, no es nada de eso. Claro que confío en ti. En ti más que en nadie. Lo sabes. Quiero que lo sepas. Deberías saberlo.

—¿Entonces?

—Practicaba con el arco pues..., porque sí, listilla.

—¿Y ya está?

—Y ya está.

Miró hacia arriba, como si buscara de entre los cielos las palabrasque pudieran hacerme confesar. De pronto se dio la vuelta, acometida por una idea repentina.

-¿Tiene esto algo que ver con Cronos? -El dulce sabor del chocolate se agrió en mi boca nada más oírle mencionar ese nombre.

-¿Cronos? -Hice todo lo posible por controlar la voz.

-Sí, Cronos. Sabes bien a qué me refiero. No digas su nombre sólo para ganar tiempo. Cronos.

El aire se volvió repentinamente gélido, como si una vaharada de hielo hubiera pasado por encima de nuestras cabezas.

—No lo digo por ganar tiempo —mentí—. Simplemente porque deberías tener cuidado con los nombres que pronuncias —le advertí.

—Lo mismo te digo —devolvió el consejo.

—Pero a mí ya me tiene en su punto de mira —hice notar—, así que no pronunciar su nombre no lo ablandará para mí.

—si las amenazas que te dijo en sueños son ciertas (y no me cabe la menor duda de que lo sean) a mí también ya me tiene en su foco, por tanto grito Cronos, Cronos, Cronos y Cronos. —Se puso en jarras, desafiante, esperando una reacción fulminante que nunca llegó—. Y ahora, Luke, deja de adoptar poses y deja de actuar como si te estuviese preguntando por la raíz cuadrada de la suma de las coordenadas que van al Triángulo de las Bermudas.

-¿El Triángu...? ¡Oye! ¿Ese no es el mar de los monstruos?

-Y un mar que no importa en estos momentos. Bien. Y ahora, aclarado este punto,.. Responde. ¿Acaso tienes pensado lanzarle una flecha para matar a Cronos sin acercarte a él? ¿Un proyectil envenenado o algo así?

Me alisé la parte frontal de la chaqueta en un movimiento meditabundo.

-¿De dónde sacas que no deseo aproximarme a él?

-Nadie en su sano juicio lo quiere -ladeó la cabeza, ojos azules, penetrantes, de halcón, clavándose en los míos-. Ni tú tampoco, no pretendas hacerme creer lo contrario.

Un tic me palpitó junto a la cicatriz.

-No pretendo hacerte creer nada, tranquila.

-¿Entonces? -Insistió, implacable.

-¿Tan malo sería querer matarlo?

—Tú... no serías capaz. —Mis ojos le dijeron lo contrario-. Dioses, Luke. Eso no es malo. Es suicida. Una estupidez. Ya oíste al señor D: mestizos contra monstruos y dioses contra titanes. Es así la norma. Ha de ser así para que las fuerzas estén equilibradas.

-Las reglas están para romperse.

-Esta, no -recalcó-. No puedes matar a un titán. ¡No puedes! -Alzó una mano a mi pecho en un desolado gesto de futilidad.

-Sería liarla bien gorda y a base de bien, ¿no?

-Estás tonto. ¿Quieres morir otra vez? ¿Tan pronto?

Rodeé con los dedos su muñeca, pero ella se debatió y se desasió de mi agarre, furiosa más por lo que decía que por lo que hacía.

-¿Quieres matar a Cronos? -Siseó-. Eso no es malo. ¿Y quién no? Lo malo está en pretender llevarlo a cabo por cuenta propia.

Aplastó su frustración con un fuerte puntapié a una piedra cercana.

-Que algo no se haya hecho nunca no significa que sea imposible de hacer, no te confundas.

Su mirada regresó para escudriñarme la cara.

-Vale. Ahora sé que estás de cachondeo -comentó con lúgubre determinación-. Aunque esto, que sepas, mucha gracia no hace... -Comprendiendo bruscamente, se detuvo a media frase-. Oh, no. No, no estás bromeando. -Estaba impresionada; y exasperada y asustada. Parecía a punto de empezar a darse cabezazos o, mejor aún, a un tris de dármelos a mí, por cabeza hueca y mollera dura-. Dioses, Luke, estás loco.

-No voy a discutirte esa lógica -sonreí, pero ella no me devolvió el gesto.

-Sordo, tonto y loco. Dejó caer los brazos a los costados, laxos. Toda su vehemencia parecía haberse evaporado; su actitud era resignada; me miró fijamente con aire confuso, incapaz de adivinar qué cosas habían podido llevarme a esa decisión, como si no pudiera recorrer los mismos senderos tortuosos que recorrió mi mente antes de llegar a la afirmación de querer matar con mis propias manos al señor del tiempo-. En fin, tú sabrás lo que haces. Ahora bien: como vuelvas a desaparecer y morir sólo para llevar esa empresa suicida, juro que pediré a Hades que te reviva para que pueda matarte yo con mis propias manos.

Mientras la cálida brisa le alborotaba la melena, la besé en la frente.

-No tengo el más mínimo deseo de palmarla. Sé cuales son mis límites, de eso no te quepa la menor duda.

Se llevó una mano a la frente y su expresión contrita flaqueó.

-Eso espero.

Parecía estar a kilómetros de ahí. No dejaba de frotarse la zona del beso.

-Bueno qué, ¿te apuntas? -Agité una flecha-. Acabo de descubrir lo mucho que esto relaja. ¿Eeeeo? ¡Thalía!

Volvió en sí de un animado respingo, sus ojos volviéndome a verme de verdad, como si recordara que había estado hablando conmigo y que aún aguardaba su respuesta.

-¿Qué?

A disparar. Flechas. Hacer tiro con arco. ¿Te apuntas?

¡Pero, a eso llamas disparar? Hasta un ciego lo haría mejor.

Thalía (nadie diría que es de las que abogan por renovar las costumbres) se metió conmigo, por no variar.

-¿Ah, de veras? ¿Incluso tú? Permíteme que lo dude. De hecho, mira, si quieres, puedo hacer gala de gentileza y enseñarte a apuntar.

Ella rió al oír la última frase.

-¿Dónde está la gracia?

-Por favor. Soy la mejor arquera de todo el campus mestizo.

-Ya. Y por lo visto, ¡también la que menos modestia tiene del campus mestizo!

Thalía plantó el puño que sujetaba el carcaj en la cadera y agitó un dedo de la otra mano hacia mí.

-No me has visto enflechar. ¿Por qué no me crees?

-Porque no te he visto enflechar. ¿Por qué habría de creerlo?

-Las hijas de Artemisa somos las mejores en el tiro con arco, lo sabes. Y yo soy la mejor de entre las cazadoras, es así de simple. Eso me convierte, por tanto, en la mejor tiradora de arco de todo elcampamento.

—Por todos los dioses —me quejé al cielo—. Se diría que el jardín del Olimpocrece bajo tus pies.

—Pues no te extrañe —retintineó ella; luego puso cara seria y confesó—. La primera vez que cogí un arco, después de unirme formalmente a las hijas de Artemisa, hice diez dianas seguidas.

La miré con cara adusta, no muy seguro de que me estuviese diciendo la verdad.

-anda ya. El tiro con arco es aprendizaje y adiestramiento, no tanto habilidad intuitiva.

-Cuando eres hija de Artemisa, la diosa de la caza, sí. ¿Crees acaso que no hay herreros entre los mortales? ¿Gente que adora la construcción, la forja y el metal? ¿Personas que no sólo lo adoran sino que además muestran talento? ¿Mortales comunes y corrientes que, sin ser semidioses, nos superarían a ti y a mí en esa misma área, y sin despeinarse? Y, no obstante, ninguno de sus talentos puede compararse al de un hijo de Hefesto. Lahabilidad, el poder, el dominio… pasa a través de los genes; les es legada la especialidad del dios que les ha hecho mestizos.

-Pero te hiciste hija de Artemisa mediante un juramento, no porque tu padre… -hice un gesto obsceno con el puño-, ya sabes, le diera un buen meneo a la diosa. De hecho, en tu caso todo fue al revés: fue el coronado don Juan del Olimpo quien la puso mirando al panteóny la dio un buen viaje y le hizo ver estrellas a tu madre.

-¡Luke! -Me asestó un manotazo en el hombro-. No seas guarro, por todos los dioses.

-Vale. Pues un polvo. Un quiqui. Un escarceo sexual. ¡Unas canas al aire...! -Esta vez hice un gesto vago-. Llámalo como quieras.

-¡Puag! No me hables de eso. Sencillamente, no lo hagas.

Mantenía los labios firmemente apretados en una línea. Una línea delgada y rígida que más parecían tallados en madera. Madera deslucida, astillada, fea.

-Ah, por favor. ¿No me digas que el paquete de la cigüeña es tu mejor teoría de dónde salen los niños?

-Una cosa es saber y otra cosa es imaginar. ¡Y encima a tus padres! -Puso tal cara de asco que no pude echarme a reír.

-De acuerdo, de acuerdo, lo dejo. Pero, igualmente, mi objeción sigue siendo la misma. Hiciste un juramento. Así pues, y siguiendo tu regla de tres, allí no entra la sangre, no es algo con lo que hayas nacido.

-Hay que ver. Estamos hablando de dioses que, a falta de vientre donde llevar el bombo, usan el muslo como sustitución de útero, dioses que nacen de las espumas del mar, dioses que tienen que pedir a alguien que les abran la cabeza de un martillazo para que salga su hija. En fin, no me hables de regla de tres, por favor.

Tuve que concederle eso último. Lo cierto es que las historias del nacimiento de algunos dioses (Dionisio en el muslo de Zeus, Atenea en el cráneo de Zeus o Afrodita del lugar en el que habían arrojado los testículos de Cronos al mar

) En fin, eran bastante rimbombantes.

-Sangre o no, el juramento parece funcionar como una implantación de genes. -Tiró de un mechón de su cabello, la mente le revivía lejanísimos recuerdos-. Sin que nadie me hubiera enseñado ni orientado ni mostrado el modo debido, desde la primera vez supe cómo aprovechar el viento, los grados de inclinación del arco para evitar la resistencia del aire, seleccionar las cuerdas más resistentes o la madera más acertada para construirlos.

Calibró el arco en la mano, luego tensó la cuerda con ayuda del pie, comprobando a continuación el peso y la tensión de la misma. Después se llevó la mano a la cintura, escogió de entre las aljabas un proyectil de plata, tiró de ella asiéndola por un extremo, la sostuvo en aire para que pudiera admirar a conciencia la pequeña punta larga, fina, delgada y plateada y, con cierta parsimonia, la colocó, disparó y... dio en el blanco.

-Ahí tienes -declaró, no sin presunción-. Yo no miento.

-¡Suerte! -Denegué-. ¡Casualidad, un tiro simplemente afortunado, un...!

Otra segunda flecha fue a clavarse al centro de la diana. Y una tercera y una cuarta. La quinta y la sexta no fueron menos certeras.

Me apresuré a hacer diana en el siguiente disparo, no iba a ser yo el que quedara mal.

-¡Qué! ¿No lo hago tan mal, eh?

-¿alguna vez has hecho un disparo de astil? -preguntó cuando me giré hacia ella.

-¿Un qué, de qué?

Ella giró en redondo sobre los talones, aprestando en el giro el arco y una nueva flecha.

Su disparo fue limpio. Tan certero que su flecha atravesó la mía, clavada en el centro de la diana, partiendo el astil a la mitad. Me costó hasta parpadear.

-Eso es… un disparo de astil.

-Eso es… casualidad.

Con la cuerda pegada a la mejilla, ella sopesó la tensión de sus músculos, el peso del arco en la mano, la suavidad de la madera que le tocaban la piel, la distancia entre flecha y objetivo, la fuerza del viento contra el brazo que se disponía a ejecutar el tiro, así como con el arco y la flecha. Sopesó todos esos factores que iban a decidir a dónde iba a acabar clavada la punta de la flecha. Al final, para el siguiente disparo de demostración, no se limitó a acertar en el blanco móvil; partió tres flechas, una encima y detrás de otra. Fue increíble: me maravillé.

-Vale. Tú ganas, no mientes. Eres la mejor. ¿Cómo lo haces?

Sonrió, malditamente satisfecha consigo misma.

-Llamando hacia mí el blanco.

La miré y la volví a mirar, esperando que en cualquier momento rompiera a reír por lo inverosímil de su afirmación. De pie entre las faldas de los árboles, Parecía más pequeña por la diferencia de altura con la vegetación que se agitaba a sus espaldas.

-¿A qué te refieres?

-cuando estás enfrentándote a un enemigo, él es tu blanco, ¿verdad? sus golpes, sus cintas, los gestos que ejecuta con el fin de patearte o apuñalarte alguna parte. Y tu instinto y habilidad se hermanan para frenarlo o contrarrestarlo y adelantarte a sus movimientos para derrotarlo. ¿No es así? -Asentí, y ella entonces prosiguió-. Pues bien, la maestría con el arco no difiere mucho de eso. Atraemos el arco hacia nosotras, lo miramos y, al hacerlo, todo lo demás desaparece, el tiempo, el lugar, el riesgo del peligro que se corre con la situación; atraer el blanco es quedarte a solas con el objetivo, recortando en la mente la distancia con él. Atraer el blanco es acertar de lleno una vez determinado el ángulo y el grado de inclinación para sostener el proyectil. Atraer el blanco es hacer diana antes incluso de soltar la cuerda, porque la mente ha visualizado el trayecto de la flecha y ha ordenado al cuerpo entero a disparar en consecuencia.

-¿Como fundirse con el disparo para conjurar así la diana? -asintió, aliviada de que lo hubiera comprendido. Pero no era así. ¿Cómo podía alguien flechar el arco conjurando de antemano el blanco? era imposible del todo; no obstante, el nombre de Cazadoras a las hijas de Artemisa no podía ser gratuito-. Oye. Y... ¿no has pensado en que en ello te ayude en algo ser heredera de Zeus?

-¿Qué quieres decir?

-No lo sé -me encogí de hombros-. Tu padre es el dios del aire y los cielos. Puede que, inconscientemente, uses esas habilidades heredadas al hacer tiro con arco. Como por ejemplo... no sé... hacer el aire más denso o liviano, en función de si quieres frenar o acelerar el disparo.

-Puede -pasó tras la oreja un mechón de cabello-. Pero no todas las hijas de Artemisa son estirpes de Zeus y, no obstante, todas sabemos atraer el blanco a nosotras, por tanto dudo que ser hija del dios de los aires tenga o no algo que ver.

Negué lentamente, admirado, aunque lo que me apetecía era abrir la boca hasta el suelo.

-¿No me crees?

-Los pelos de mi cogote sí.

La expresión de Thalía se tornó indignación, así que me apresuré a sugerir:

-Demuéstramelo. Enséñame tu técnica.

No se lo pensó mucho. Trabó su mirada con la mía, meditó un instante y después aceptó el desafío. Se alejó tanto de los blancos que casi perdí su figura entre el follaje que delimitaba los bordes del llano donde practicaba. Me pregunté cómo demonios iba a distinguir siquiera las marcas de las dianas desde tan lejos. Me puse en un punto intermedio que me permitiera seguir la trayectoria de la flecha desde que Thalía la hiciera salir disparada, rumbo a la diana. Apoyé el extremo de mi propio arco en el suelo y dejé descansar las manos en el otro extremo. Me sentía como un espectador de un partido de tenis.

A esas horas, el sol ya estaba muy alto, pintando los campos y las casas de un dorado brillante. A la luz del mediodía que caía a su sombra y rociaba sus espaldas en el descenso al oeste, sus cabellos oscuros brillaban como si fueran un negro luminoso, lustrado por una laca de aureola solar. La lluvia de flechas que dejó caer justo en el centro de la diana no vaciló ni falló en ninguno de los lanzamientos.

Ofrecía una estampa impresionante, toda calma y soltura, todo cálculo y determinación. Sus ojos chispeaban por el júbilo y la concentración. Tanto su cuerpo como el arco formaban una unidad, un equipo, una sola mente pensante. Sonreí para mis adentros al verla tan concentrada, tan presta, tan atractiva. Aquella era la semidiosa que había conocido, la orgullosa guerrera en su máximo esplendor y a la que quería con todo mi ser.

-Te ofrezco un trato -dije cuando finalmente acabó y volvió a colgarse el arco a la espalda-. Tú me enseñas a atraer el blanco hacia mí y yo te ayudo a perfeccionar la técnica con la espada. ¿Qué te parece?

-Sé usar la espada.

-He dicho perfeccionar, no aprender a usar -hice ver.

Se lo pensó por un momento. Luego se acercó.

-¿Me crees capaz de aprender esa técnica tuya?

-Pues claro. Eres capaz de hacer retroceder hasta a una tormenta con sólo fruncir el ceño, si quieres.

Se descolgó el arco y lo hizo rodar entre las manos y luego sonrió.

-Me lo tomaré como un cumplido.

Fue alentador volver a ver su sonrisa, verla y sentirla dirigida hacia mí, aunque tuviera ese toque burlesco.

-Bueno, es que lo era. Lo juro.

-De acuerdo. Entonces, vuelve a disparar.

Lo hice. Al cabo de unos cuantos tiros errados, se colocó a muy poca distancia para indicarme un mejor modo de sostener el arco, la potencia recomendada para la tensión de la cuerda, el ángulo de las flechas, la firmeza del pulso. Sus dedos corrigieron posición en el arco y fuerza en la cuerda por parte de mis manos.

-No pienses en la flecha -fue su consejo repetido hasta la saciedad-. Concéntrate sólo en sostener atrás la cuerda, que la flecha ya hará por sí sola su deber. Piensa en el blanco, visualízalo, hazte con él, y la diana vendrá a ti.

Apunté y disparé. No di al centro del blanco, pero al menos sí a la diana. Ella me felicitó, aunque no tardó en ordenarme que repitiera el tiro para así seguir probando. Como era de esperar, se mostró una profesora bastante exigente. Corregía incluso cómo debía respirar al tener el arco en la mano, dónde mirar y qué ver.

Al cabo de una hora había mejorado claramente la técnica, aunque seguí sin percibir lo que ella llamaba atraer el blanco. Thalía me infundía ánimos, y me exhortaba a la concentración y a la confianza. Eché un vistazo al rededor y vi que las primeras luces del cenit empezaban a acariciar las altas copas de los pinos más cercanos a la fachada. Iba a girarme para pedirle algo de descanso cuando, de pronto, noté sus dedos bailando por mi costado, haciéndome cosquillas.

—¡Eih! —Incliné los hombros. La risa salía a borbotones de mi boca—. ¡Ah!

Solté el arco por el sobresalto. No pude evitar doblarme sobre mí mismo, riendo y protestando y diciendo entrecortadamente que aquello era trampa, mientras trataba de desembarazarme de sus manos.

—¡Para, para! ¿Cómo pretendes que dispare como es debido si no dejas de hacerme cosquillas?

—Disparando. Sin más.

—¡Vale, pero antes, frena las cosquillas!

—¡No!

—¿Thalía!

—¿Es que no lo entiendes? No puedes contentarte con dar en el arco, eso no es flechar. Debes ser capaz de disparar en cualquier circunstancia, sea cual sea esta, disparar, flechar, y dar en el centro del blanco; sólo así llamarás al blanco hacia ti. ¿Qué más da que te haga cosquillas? Olvídalas. ¿Qué más da el temblor de tus manos? Olvídalo. Si no puedes disparar ahora, así, cuando estás bajo un ataque de risa, ¿cómo esperas hacer diana cuando estés bajo el ataque de una batalla? Y allí será peor: estarás asustado, cansado, atemorizado, ansioso por ganar, acorralado por un enemigo que no tolerará que te sea fácil la victoria. Haz lo mismo que haces cuando luchas con Backbiter, nada más. Piensa que sólo existís tú y el blanco; nada más. Deja de lado todo lo demás, cosquillas, miedo, peligro... nada importa. Sólo tú y el blanco. Sólo tú y esa diana a la que tienes que llamar. No pienses en lo que ocurrirá si fallas; destierra el pesimismo, los sí condicionales. Siente el blanco, tu instinto guiará a la flecha al saber cuándo saltar, y ella lo hará, tenlo por seguro, disparará con el sigilo de una sombra, con la ligereza de un suspiro.

—Vaya —susurré, girando entre sus brazos y poniéndome de cara a ella—. ¿Fue así como te enseñaron? ¿Mediante cosquillas?

Ella se rió.

—Ojalá. Me pusieron ante un árbol de pino y me dejaron sola. Era o disparar o trepar. Sólo que... entre el árbol y yo había un jabalí, macho, muy asustado y hambriento, así que ya ves. Mi método es mucho más blando que el de Artemisa. No te quejarás. -Retrocedió un paso y rompió el contacto-. Así que inténtalo, vamos.

Procuré hacerle caso. Me concentré al máximo, tratando de olvidar su cercanía, el calor que emanaba de su cuerpo, el cálido aliento que salía de entre sus labios. Me aislé en ese mundo al que me recomendaba ir, donde sólo yo y el blanco existíamos. Tras unas cuantas rondas y tandas de práctica, era capaz de disparar mientras Thalía me hacía cosquillas u otras distracciones como rechinar los dientes en mis oídos, silbar o canturrear a prueba de mis pobres tímpanos, arrojar pequeñas piedras a mis brazos o desplazar de lugar los objetivos de paja usados a modo de diana. A pesar de todo, pocas fueron las veces en que di de verdad al blanco, y aún más escasas las ocasiones en que la flecha iba directa y rotundamente a clavarse en la «X» que simbolizaba el centro de la diana. Y por descontado que no logré en ninguno de los tiros que una de mis flechas partiera por la mitad alguna de las otras.

Seguimos disparando el resto del mediodía hasta que la luz del disco solar empezó a tornarse más candente, declinando su camino hacia las primeras insinuaciones de la tarde. Me dolían los hombros y los brazos de tanto estirar la cuerda del arco y sostener a éste en el equilibrio debido, por lo que al final me declaré incapaz de disparar ni una sola flecha más aunque en ello me fuera la vida. Lo que hice, por tanto, fue animarla a ser entonces ella la alumna. Llamé a Backbiter. Cuando la espada hizo acto de presencia en mis manos, me tocó a mí dar las lecciones.

-Bien, veamos.

Me coloqué detrás de ella. Le aparté el pelo de la nuca, rodeé con los brazos los suyos, extendiendo la mano hasta su muñeca, colocando ambos los dedos sobre la espada y, mirando por encima de su hombro, le fui susurrando al oído:

—Mira. Pon la mano así. Si la sostienes a principio de empuñadura, puede resbalársete de un momento a otro. No uses las dos manos. Esto no es una lanza, no tienes que aferrarte a ella. Debes sujetarla con firmeza y ligereza, con suavidad y fuerza. De lo contrario, nunca tendrás la potencia ni la rapidez suficiente para ejecutar el golpe de gracia. —Ella sólo asentía. La concentración era patente en su rostro—. Mantén a un lado los cuatro dedos, al otro sólo el pulgar, sí, así, y equilibra la muñeca con la rectitud de los hombros. Sí, correcto. Y ahora que lo tienes, ¿no me negarás que es mucho mejor así como te digo, a que no?

Ella fue ensayando a lo largo del claro. Como profesor exigente no me quedaba atrás, pero como alumna ansiosa de aprender ella no era desdeñable, para nada. Tanto así que cada vez fui hablando menos porque ella cada vez necesitaba menos de mi ayuda. A través de rendijas en las altas copas, la luz dorada de un fresco y vigorizante atardecer penetró entre las ramas recubiertas de hojas verdes de los árboles para descender oblicuamente a los árboles que teníamos a los lados, iluminando con un resplandor colorado la pequeña zona donde estábamos resguardados.

-Me parece que voy a usar tu sucio método de distracción.

No podía usar su viejo truco (hacer cosquillas) ya que, a diferencia del arco, una espada era un arma con hoja y filo con alta posibilidad de rebanar algún miembro del cuerpo con un simple descuido. Dejé que usara a Backbiter y me hice con una rama larga a la que despojé de toda hoja o saliente hasta convertirla en unsimple palo largo.

-En guardia -advertí y, sin más aviso, me lancé contra ella.

Jadeando de agotamiento, Thalía tuvo que brincar hacia atrás por entre la maraña de cedros para esquivar el mandoble de mi palo, haciendo caso omiso de los tirones de las ramas en la tela de los pantalones y de la rebeca que la ataviaba. La punta pasó silbando por su lado, apenas a un centímetro de su esternón.

-Recuerda, sujeta la espada con firme flojera.

Redoblé el acoso. Insistí, implacable, un ataque propuesto a combatir con mis recomendaciones, obligándola a retroceder al otro lado de un arbusto por el terreno salvaje que se adentraba en el corazón del bosque de los sátiros.

-Usa la mano con la que seas diestra. ¡No, las dos no! Es una espada, no una lanza. Venga, vamos...

Volví a lanzar una acometida. Ella profirió un grito ahogado y bloqueó el golpe a duras penas. Nuestras botas lanzaron una lluvia de montones de hojas secas y estas se mecieron al aire como vegetal arcoiris con tonalidades propias de un otoño tardío.

-Potencia y rapidez, potencia y rapidez. -Acabó cediendo terreno, mirando a los lados para ver por dónde escabullirse y saltando en el último momento para evitar tropezar con la trampa de raíces que salpicaban el suelo.

-Muñeca equilibrada, hombros en línea.

Desvió una veloz estocada de mi improvisada arma; a pesar de la ferocidad del golpe, mi palo aguantó dignamente su revés. Inició un ataque feroz que me arrastró a retroceder una docena de pasos. No obstante, no sólo paré sin esfuerzo sus golpes, además le devolví el ataque del mismo modo, con lo cual hice que todo el terreno que había ganado, lo perdiera por triplicado.

-Cada dedo tiene su lugar, recuérdalo.

Le arrastré al callejón sin salida de un árbol; Thalía pasó apuros para mantener el equilibrio entre las fisuras de las raíces del arbusto. De espaldas a éste, alcé el palo para descargarlo sobre ella.

-Vaya vaya. Mira quién está acorralada ahora. No te has quedado con la copla, al parecer.

Thalía interpuso el brazo de la espada, pero en un rápido movimiento, le sujeté de las muñecas hasta que soltó a Backbiter, que se desvaneció en el aire antes de llegar al suelo, apreté la mano contra el árbol y la punta del palo contra su cuello. Me aplasté contra ella y musité:

-Tocada.

-¿eso crees? -sonrió, luciendo la clase de sonrisa que esboza un lobo cuando tiene ante las fauces la cena.

En un abrir y cerrar de ojos, Thalía invirtió la retirada, hizo impulso con la espalda que tenía contra el tronco, aprovechó la fuerza del movimiento para empotrarse contra mí, causando que me tambaleara, y ganar así unos valiosos centímetros de distancia con mi pérdida de equilibrio, y saltó al frente, agachándose bajo mi brazo.

Pero me recuperé de inmediato. Simuló ir en una dirección y luego efectuó un veloz quiebro en lado contrario. La seguí en una repentina carga, corriendo más veloz que ella, desbaratando su delantera. Corté su retirada, acabando los dos rodando por el suelo.

-Tocada, hundida y ahogada.

Ella gruñó de frustración al verse desarmada y vencida.

-¿Ves? Ya que no sigues mis consejos, te he matado.

—Bah, no te crezcas. Sólo me has hecho un rasguño. Además, no te has dado cuenta, pero caíste en mi trampa.

-¿ah sí?

—Pues claro. -Recogió del suelo una de las flechas, algún tiro fallido de los míos que había ido a parar bien lejos de donde se suponía que estaba su diana. Presionó la punta plateada y delgada contra mi costado, balanceando el peso sobre las piernas acuclilladas—. Ahora te tengo en la punta de mi espada, mi auténtica espada. ¡Ríndete, o muere, hombre cruel!

—Ni lo sueñes, villana —repuse jadeando aún para recuperar la respiración—. Antes moriría que ser capturada por alguien como tú, feme fatale.

Cayó de rodillas, jadeando y tratando de recuperar el aliento, pero pronto volvió a estar en pie, dispuesta a intentarlo.

-Venga, bah. Otra ronda.

Ensayamos por turnos con Backbiter. Ella era mi espada, y un palo no debería someter a un arma de doble filo, pero Thalía estaba tan habituada en combatir con su propia lanza y sus propios métodos que aun utilizando a Backbiter le costaba sudor y esfuerzos acorralarme el tiempo suficiente para despojarme y doblegarme a su triunfo. Finalmente, tras muchas equivocaciones y correcciones, lo logró, aunque fue más casualidad que verdadero acierto. No obstante, ella lo celebró igual; algo era algo, dijo. Así que gritando de alegría, dio media vuelta y lanzó sus brazos a mi cuello, no sin antes dejar a Backbiter en el suelo.

—¿has visto? ¿Lo has visto? ¡Te he derrotado espada en mano!

Respiraba con dificultad. Su aliento rozaba mi cuello de un modo que me hizo estremecer por dentro.

—Lo he visto, sí —la acerqué más a mí; le devolví el abrazo, también riendo—. Sabía que podías hacerlo. ¿Ves como no era tan difícil? A ver cuándo podré decir yo lo mismo y atraer a mí el blanco, como dices.

—Nah. Lo que pasa es que soy una alumna muy aventajada —presumió—. Tú no.

Reímos con más ganas; encorvé un hombro contra su cara y, de pronto, se inclinó y plantó un beso en la zona expuesta de mi cuello.

Un escalofrío, que en nada obedecía a las cosquillas, me recorrió; mis manos se ciñeron más a su talle con lo que nuestros cuerpos se buscaron y pegaron al otro. Antes de que mis deseos me traicionaran y mi cuello se girara para corregir la dirección de su boca y chocara labios con los suyos, Thalía se tornó seria de pronto.

—¡Uouala, tú no estás bien!

-¿Cómo dices?

Colocó dos dedos en mi frente, luego en mi cuello, luego me movió la cabeza a un lado y a otro, escudriñando mis ojos.

—¡Oye, que no soy un caballo al que examinar para una compra!

No callé porque esperara una respuesta, sino por lo sorprendente que hizo a continuación: Thalía desabrochó un botón de la camisa que llevaba, introdujo una mano en la abertura y palpó, palma abierta, la porción de mi pecho que quedó al descubierto.

—¿Pero qué haces? —La voz se tornó ronca y espesa en mi garganta—. ¿Thalía...?

Impertérrita, ella desabrochó dos botones más para ampliar el área de exploración de mi cuerpo. Con dedos callados, me palpó el estómago mientras que con la otra midió el ritmo de mi pulso que latía en la arteria de mi cuello. Al final dictaminó, alterada:

—Tienes fiebre. ¿Por qué no dijiste que tenías calentura?

Me sentí desconcertado ante el brusco cambio de tema. Quería más besos y manoseos de los suyos, aunque fueran besos en la mejilla o fugaces roces en el pecho, no retomar el tema de mi malestar.

-Luke...

Asentí ante su tierna preocupación, incapaz de esquivar su mirada.

-Estoy cansado, eso es todo.

-¿de qué? ¿Por qué?

Me dejé caer de vuelta al suelo; le hice sitio y me aparté a un lado, descansando el peso de la cabeza en un codo, la mano acunando la mejilla y contemplando ensimismado la enorme extensión soleada de arriba, buscando las palabras adecuadas. Estas acudieron a mí por fin.

-Sueño.

Ella arrugó la nariz en una mueca de desconcierto.

-Pues duerme.

-¡Duerme! -suspiré-. ¿Ah, te crees que es tan fácil?

-¿No lo es?

-¡Pues no!

-¿Acaso tienes insomnio?

-Sí, provocado por Cronos.

-¿Cronos?

Entrecerré los ojos, estudiando su expresión genuina, si es que no era burla o ignorancia.

-Tengo a Cronos metido en mis sueños. ¿Recuerdas? No puedo dormir tranquilo. De hecho, llevo semanas sin saber qué es dormir de un tirón.

-Tal vez lo que necesites es compañía.

Levanté el rostro, esbocé una sonrisa pícara y susurré:

-¡Humm! ¡Vaaaya! Me gusta cómo suena eso.

-¡De esa no! -Protestó, ruborizada.

Volví a descansar el peso del cuerpo sobre los codos, tragándome en el último momento el sarcástico ¡no me digas! que me vino a la mente. En lugar de eso, pedí:

-Pues explícate.

-dices que no logra llevarte porque su fuerza aún no es lo bastante para ello. -Mientras hablaba, recogía semillas desmoronadas entre las raíces que tenía al lado, haciéndolos tintinear en el puño entrecerrado-. No obstante, no puedes dormir. Pues bien, yo veo fácil la solución: duerme con alguien. No permitas que tu esencia se introduzca a solas en el mundo onírico; así eres vulnerable. No le des esa satisfacción. -Volvió a arrojar las semillas al duro suelo del sendero-. Duerme acompañado. Siempre.

-¿Por qué haces todo esto por mí? -Miré en dirección este, como si me fuera posible ver más allá de la luz bruñida del sol, decidido a rehuir sus ojos-. ¿Por qué no me dejas hundirme solo en mis problemas?

-Una verdadera tentación, a veces —dijo; me sorprendió que su voz adquiriera tono de chanza y no de seriedad—. Pero luego lo pienso y digo no... no. guapa, aguanta. Puedes con ése y más.

En lo alto, una bandada de aves hizo su aparición, dejándose llevar por la corriente de aire y describiendo perezosos círculos sobre nuestras cabezas, hasta remontar el vuelo y perderse tras la coronilla de los árboles.

-Nadie te culparía, ¿sabes?

-Somos... amigos... ¿no? Yo sí lo haría.

—Amigos. -Paladeé aquella simple palabra, decidido aún a no mirarla-. Sí, supongo que sí. ¿Puedo hacerte una pregunta?

La noté rebullir en el sitio; seguro que había abierto la boca y vuelto a cerrarla.

—La paradoja de esa frase es que por sí sola esa ya es una pregunta.

—No seas insufrible —mi vista retornó a ella, recriminatoria—. Las correcciones gramaticales déjaselas a Annabeth. Sabes bien a qué me refiero.

Me miró con los ojos entrecerrados, como esperando atrapar alguna trampa en mi cara o expresión. Mantuve un gesto natural hasta que se convenció de que no iba con segundas y luego se relajó un poco mientras extraía del bolsillo una pera y lo frotaba con la tela de la camiseta antes de llevárselo a la boca.

-Adelante. -Su conducta, no obstante, era la de alguien precavido que se espera lo peor.

-¿Qué sucedería si... en un lejano e hipotético caso, no te uniera el juramento a Artemisa?

Thalía estudió mis ojos durante lo que pareció una dolorosa eternidad. Con los dientes, arrancó una tira de pera del jugoso cuerpo de la fruta mientras meditaba sobre ello.

—Que cumpliría dieciséis años, dieciséis biológicos años. —Masticaba lenta, muy lentamente.

-Pero esa profecía ya no existe -le hice ver-, de modo que el peligro tampoco. ¿Nunca te has imaginado creciendo? ¿No has deseado crear una familia... tu propia familia?

-Nunca quebrantaría un juramento a mi diosa, menos el de lealtad, si es eso lo que me estás preguntando. -Sentí una devastación en el pecho; con un ademán, rechacé su oferta de pieza; si había una fruta que odiaba en el mundo esas eran las peras-. Antes renuncio a él, sencillamente, que faltarle al respeto deshonrando la confianza de eternidad que me dio.

-Renunciar... quebrantar... en ambos casos dejarías de ser una Cazadora, con mayúsculas. ¿Dónde está la diferencia?

-quebrantar algo implica desdén por ese juramento; renunciar es simplemente eso, renunciar, desvincularse, y en ello no tiene necesariamente que haber faltas ni infidelidad por medio.

Con un pie nervioso, Thalía hizo rodar una piedra, abriendo un rastro de surco sobre el polvo.

-¿Y por qué cosas serías capaz de renunciar a ese juramento? -Me incliné hacia delante, en busca de un hilillo de esperanza-. Quiero decir... ¿Querrías... ya sabes, querrías tener hijos alguna vez?

-Esta conversación carece de sentido -dijo con un deje de ira en la voz-, pues no veo razón para una renuncia a Artemisa.

-Sí pero... -Me aproximé más, las manos reflejando mi insistencia-. Imagínatelo. ¿No pierdes nada, no? Pues entonces, imagínatelo, por un momento.

Ella lanzó un suspiro cansado, subrayando la incomodidad causada por el tema.

-¿Estaría bien tener un hijo, uno propio? Puede, quizás... no lo sé. Ni mis pensamientos giran mucho entorno a ese asunto ni mis deseos son lo suficientemente intensos como para llegar a plantearme siquiera la idea de renunciar al juramento.

Asentí y luego le di la espalda para ocultar el pesar que debían de estar reflejando mis ojos.

-¿Luke? ¿Estás...?

-Sí -corté con más sequedad de la que pretendía. Me aclaré la garganta y dije con voz más sosegada, volviéndome hacia ella-. Estoy cansado, terriblemente cansado.

Thalía lanzó una risita nerviosa y agradecida por el cambio de tema. Aunque seguía revuelto por el retortijón de su negativa, fue agradable ver que la sonrisa se afianzaba más en sus labios.

-Sigue mi consejo, entonces.

Asentí. No perdía nada intentándolo. Quizá esa vez podía dormir sin miedo de lo que podrían mostrarme los sueños.

-¿A quién crees que se lo pueda pedir? -Pregunté, haciendo un esfuerzo por animar de nuevo la charla-. A un chico no, eso queda descartado. Porque claro, tendría que acercarme y decir: Oye, ¿te gustaría ser mi compañera de cama? Y él me miraría y diría: colega, no seré yo quien te dé ese viaje.

Ella prorrumpió en una carcajada cristalina. Se inclinó hacia delante, animada, relajada.

-Pensaba que le sacarías partido a que todos te tomen por chica, Lucy. Ya sabes, pijamadas de las que hablabas el otro día.

-¡Ah! Eso suena muy tentador. Mucho. Pero es que en la otra cara están los tíos. Y eso sí que no, gracias.

-Anda, calla. Ven.

La seguí hasta el otro extremo del claro, donde las ramas caían formando una especie de hueco y lecho de hojarrasca.

-Métete ahí -pidió.

-¿Para qué?

-¡Ay! Pues para dormir. ¿Para qué, si no?

Me puso una mano en el brazo y me condujo hacia los primeros pasos de la alargada sombra del bosque. NO se detuvo hasta que estuvimos cobijados a la sombra de altos robles y otros árboles de hoja perenne. Allí las ramas se abrían en abanico sobre robustos troncos, varillas de un paraguas desprovisto de buena parte de sus hojas que era su tela. Allanamos un círculo de hierba cual si fuera un improvisado nido, con los robustos troncos de los alrededores como escudos de miradas indiscretas. Nos tumbamos de espaldas, la cara vuelta a contemplar el ciclo de las nubes, el vuelo de los pájaros, la lenta ascensión del sol.

-No creo que pueda… -balbuceé, tratando de encontrar comodidad en la cabeza.

-Podrás.

-¿Y si Cronos...?

-Descuida. Yo seré tu atrapacronos.

Quise abrazarla en ese momento con todas mis fuerzas, pero como sabía que no era muy amiga de gestos cariñosos, me limité a tocarle el brazo en un gesto de suma gratitud.

-Sí. Definitivamente, eres la mejor.

No obstante, pronto comprendí que aquella siesta (si es que lograba dormir algo) no iba a ser silenciosa. En absoluto.

Animales que se escabullían a nuestro alrededor para meterse en el refugio vegetal de sus hogares en el bosque, el sonido de las pisadas de sus pequeños cuerpos deslizándose entre raíces y hojas, ululares y canciones y aleteos de quienes hacían su vida en las alturas que, débilmente, se entremezclaban con los sonidos de mis propios latidos en los oídos ydel pulso en las sienes del dolor de cabeza. La cama era una tierra seca bajo la piel. Las sábanas la brisa levantada, sosegada y vuelta a levantar. La almohada una agrupación de agujas de pino que crujía y producía pequeños estallidos con cada leve movimiento de la cabeza.

A pesar de mis reticencias, fue dejándome de importar lo duro que estaba el suelo, el leve frío que despedía, el sol vivo y radiante, los gritos lejanos aunque constantes que llegaban de todas direcciones del camping. Mis ojos se fueron cerrando poco a poco. El patrón lento y sosegado de la respiración de Thalía marcaba mi rendición al cansancio, como segunderos de un reloj marca el tic tac tic tac de las agujas del tiempo y su correr de minutos.

Antes de rendirme por completo, abrí de golpe los ojos, impelido por una repentina y angustiosa idea. Busqué a Thalía.

-¿Estarás aquí cuando despierte?

Una sonrisa le suavizó las facciones, así como la voz. Con sorprendente dulzura, atrajo mi rostro y lo apoyó contra su hombro, dándome mudo cobijo en el refugio de sus brazos.

-Estaré aquí hasta que despiertes. -Tono suave, de canción de cuna—. Y ahora duerme, Luke. —Ojos profundos, gentiles, el azul inalterado de un cielo al que me dejo llevar—. Descansa. Tranquilo. Yo seré tu atrapasueños.