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Historia 126109 — capítulo 27

Disclaimer: el Thaluke es de Riordan (sí sí, excépticos; hay thaluke canon en PJ, no lo neguéis) y mi querido Christian es de Laura Gallego (de lo contrario, se lo agenciaría Disney como antagonista maestro, molón y supremo, de eso tened fé, xddd).

-…-…-     

No supe cómo, pero de pronto me encontré con los brazos abiertos y las piernas retiradas del pilar, los miembros agitados sin control en el aire, cayendo con rotundidad hacia la boca ávida del negro vacío que aguardaba engullirme.

Que, de hecho, me engulló.

-…-…-     

    Capítulo 26: El Señor D.

-…-…-     

Abrí los ojos y me encontré agitando brazos y piernas al aire en el dormitorio de luz mañanera del campamento mestizo. Al girar, caí de la cama no supe cuando. Me desplomé en el suelo con un agónico gemido, como un peso muerto. Olas y olas de sollozos y espanto me retorcían aún en el suelo. Dudé de mi propio presente. Ya no sabía si estaba consciente, si volvía a estar sumido en un recuerdo o si la pesadilla aún no había acabado.

Unas manos me dieron la vuelta primero sobre un costado, con lo que acabé tendido de lado, con la cara girada y la mirada fija aún en la pesadilla, pero luego siguieron girándome sobre la espalda hasta quedar tendido boca arriba. Al hacerlo, el brazo derecho me cayó a un lado, exánime, y cuando vi las uñas teñidas de rojo, creí desmayarme por vigésima vez. Mis dedos presentaban una palidez cadavérica. Y la sangre corría libre y sin control por toda la palma de la mano.

—¿Era un sueño? —pregunté sin saber exactamente a quién—. Parecía tan real, tan absolutamente real… -Me callé de golpe. Comprendí lo que veían mis ojos, la mano astillada de rojo que veían mis ojos—. No, maldita sea. No era ningún sueño.

-Maldecías y gritabas. Te reías y llorabas.

Me volví con brusquedad y me incorporé al oír el sonido de una voz que flotaba por encima de mi cabeza.

-Thalía —susurré. Ella estaba inclinada por encima de la cama y tenía el cabello revuelto, como si se hubiera despeinado a manotazos con el esfuerzo de despertarme y contener mis chillidos y agitaciones. Me arrodillé frente a ella, con medio cuerpo sobre un lateral de la cama; gracias a los dioses que la chica Seguía con las manos sobre mis hombros, calentándome la piel a través de la tela del pijama, recordándole a mi cuerpo qué era una buena temperatura corporal.

—¿Qué ha sido esta vez? —inquirió ella desplomándose también sobre el colchón, formando ambos una curiosa T. .Su tono era tranquilo y normal, como si fuera de lo más natural que me despertara y la encontrara acomodada en mi habitación.

-No era otro recuerdo. -Ojalá-. Era una pesadilla. Un sueño de mestizos.

Al oír aquello, se incorporó de un salto, sentándose en el borde de la cama. Sus pestañas fueron un fleco oscuro cuando entrecerró los ojos con repentina expresión felina.

-¿Qué has visto?

Me estremecí al recordar.

—He soñado con Cronos. -Me miré de nuevo la sangre que corría por mis palmas-. No. He visto a Cronos. Ha despertado. -Aquellas palabras me sacaron de mi atolondramiento-. Tengo que avisar al Olimpo. ¡Tengo que llamar a un dios y contarle lo que he visto!

Me abalancé sobre la mesita, pero los brazos de ella rodearon al instante mi cintura, paralizando mis brazos e impidiéndome llegar al libro.

-¡Thalía!

-Lo que tienes que hacer es frenar ese río de sangre. ¡Céntrate, Luke! ¿Quieres desangrarte a medio envío de mensaje? ¡Céntrate!

-Pero esto es urgente...

-¿Y desangrarte no? -Espetó-. Además, piensa un poco. Cronos Puede haber despertado de su letargo, pero eso no quiere decir que ande suelto, fuera del Tártaro. De todas formas, ¿no crees que Hades ya esté informado de ese despertar? Es el Señor Del inframundo, no te olvides. Está al tanto de todo cuanto acontece en esos parajes. Y si Hades lo sabe, lo sabe el Olimpo. No digo que no les cuentes lo que viste, lo que soñaste, todo cuanto Cronos te dijo. Pero, dado que lo más probable es que ya sepan que el titán del tiempo cuenta con un aliado mestizo y que pronto andará tocando las narices a la gente, creo que puede esperar a que te cures la mano. ¿No te parece?

-Sí, supongo -me pasé los dedos por los enmarañados pelos, ansioso-. Pero...

-Para. Te estás pringando el pelo de sangre. -Me obligó a bajar la mano; examinó las heridas, hizo una mueca de dolor y luego me soltó el brazo-. ¿Cómo te las has hecho, a todo esto?

Me miré las palmas. Thalía tenía razón: estaba sangrando. Los bordes afilados del pilar habían atravesado la piel en varios sitios de brazos y manos, pero por suerte ninguna de las heridas parecía grave.

-Otro presente de Cronos. Según él, un adelanto de lo que me espera en cuanto pueda echarme el guante.

Hice ademán de restregarlas contra el pantalón del pijama, pero Thalía volvió a asirme, impidiéndomelo.

-¿No te duele?

Seguí el consejo aprendido tras cientos de lucha a muerte espada en mano y monstruo enfrente y me dije: «No te duele», Luke. Vuelca tu atención en otra fuente». Las heridas me escocieron menos. Negué con la cabeza.

-De todas formas, cuanto antes te decidas y actúes contra las llagas abiertas de las manos, antes podrás darles la información.

—Vale. De acuerdo. Tienes razón. ¿Qué hora es? —inquirí desenrollando el amasijo de sábanas revueltas y sudorosas que se habían enrollado a mi cintura durante la noche.

—¿Tengo cara de ser un despertador?

—Cara no sé. Aunque puntualidad para arrancarme del sueño no te ha faltado —señalé—. ¿Qué haces aquí, por cierto? Quiero decir en mi cuarto. ¿Para qué me buscabas? ¿Por qué me obligas a madrugar?

Ella ladeó la cabeza en un gesto que bailaba entre la burla y una exasperación.

—Son las ocho de la mañana—anunció separándose de mi lado—, yo no diría que eso es madrugar. —Traspasó a largos pasos la habitación, se inclinó contra la ventana y tiró de la cuerda de la persiana.

-¿Son las ocho de la mañana? -chillé-. ¡Joder! Eso aquí y en el confín del mundo se llama madrugar.

-¿Y te quejarás? Te acabo de sacar de un bonito reencuentro con Cronos.

El latigazo de la luz diurna directo a los ojos me libró de contestar. Había amanecido con el cielo de un dulce azul, una burla para mi sombrío humor. El sol se apresuró a cubrir la piel de manos y cara de Thalía de un tono rosado cuando ella se asomó, un tono que contrastaba con la mirada vacía que dirigí a la alegre mañana.

-Creo... -dijo ella extendiendo deliberadamente un brazo y abriendo en abanico los dedos de la mano-. Sí... -Gruesas ramas entrelazadas en lo alto e inclinadas por el viento bloquearon de pronto el pase del sol al interior-. Sí, mucho mejor así. ¿No crees?

No contesté. Arrastré los pies lejos de la ventana, donde Thalía se había hecho un espacio en el alféizar, me metí en el cuarto de baño para asearme y vestirme. Eché la llave a la puerta y abrí la de la ducha. Cerré los ojos, metí la cabeza bajo el agua y me quedé un rato así. Si mi cuerpo temblaba, no lo notaría mientras continuaba sumergido en el frío chorro. Pero lo cierto era que no quería sentir nada. No quería ver cómo el rojo de los brazos se escurría hasta volverse rosa y del rosa, desaparecer por el desguace. Era como si pudiera percibir a Cronos expirando su tétrico aliento por encima de mi cogote mientras me aplicaba gel y champú: el terror que me embargaba había revivido aquel miedo más antiguo que para el punto mortal en mi antebrazo siempre sería reciente, ya que recordaba el por qué del chapuzón en el Estigio.

La toalla que vino después de cerrar el grifo era gruesa, áspera y abrigada, pero aun así la piel de gallina no se me iba, y poco tenía que ver el hecho de haberme dado una ducha helada. Mientras me subía la cremallera de la chaqueta, me contemplé de pasada en el espejo manchado de vapor.

Tenía el aspecto de alguien que no ha dormido en semanas; estaba tan pálido que los ajenos ojos verdes del espejo parecían esmeraldas; unas señoras ojeras oscuras se pronunciaban bajo el párpado, tan marcadas que más daban la impresión de haber sido pintadas con carbón. Conservaba en el nacimiento del pelo delgadas gotas de agua plateada y un pequeño arañazo cerca del ojo izquierdo me puso en aviso de que mis brazos no habían sido los únicos en quedar astillados por la columna. Al menos las manos habían dejado de sangrar; ahora las llevaba vendadas con una fina tela de gasa con propiedades medicinales adaptadas a heridas mestizas. Y entonces lo oí.

«Si te hubieran dado otro cuerpo, como por ejemplo el cuerpo femenino por el que responden los ojos de quienes te ven, habrían demostrado inteligencia».

Lancé una mueca a la chica del espejo que llevaba mis prendas.

-Que te dén -escupí en voz alta, sin saber si me dirigía al reflejo o a la voz de Cronos. Al otro lado de la puerta, Thalía preguntó.

-¿Decías algo?

-Nada -mentí-. Quiero decir... que ya termino.

Al salir del baño encontré a Thalía definitivamente instalada sobre mi cama, las piernas dobladas bajo el cuerpo y un cuchillo arrojadizo bailando de una mano a otra, destellos plateados bajo la luz diurna de la ventana. Me detuve al verla.

-¿Qué se supone que haces?

—Esperar a que salgas. ¿Qué si no? —Repuso con firmeza, como si creyera absurda la sola pregunta, mientras se ponía en pie, se guardaba el cuchillo dentro de la bota y me hacía volver hacia el libro de la mesita—. Enséñame la mano. Venga.

El calor que emanaba de ella resultaba agradable.

-¿Ahora eres mi madre?

-Los dioses me libren de tener un hijo tan cabeza dura.

Me miró a la cara. Estaba tan cerca que podía distinguir cada pestaña que componía el fleco de sus pestañas, la leve cicatriz en la blanca clavícula, la tenue Marca de un colgante.

-Ah. Pero de otro tipo sí.

-Soy una cazadora de Artemisa -reiteró con palpable exaltación-. ¿Qué hijo voy a tener?

«El hijo de la profecía», pensé. «Un mortal dotado con los ojos de la cláusula».

-Me parece que ese sueño con Cronos te ha trastocado más de lo que creía posible.

Aparté la mano.

-Me la he limpiado y vendado solo. Gracias.

Minutos después, otro fallido intento daba al traste con mi urgente llamada a los dioses. Apoyé la barbilla en la palma e incliné la cabeza sobre la mesita, dándome golpes contra la dura madera.

-¡Por qué no vienen? -Exigí saber por tercera vez-. ¡Les estoy llamando! ¿Qué demonios puede ser más importante que un demonio?

-Para empezar ellos no saben que lo que tienes que comunicarles es acerca de Cronos. -Thalía estaba detrás de mí, mirando-. Ya conoces a los dioses. Seguro que deben de estar pensando que sólo quieres incordiar.

Miré por encima del hombro para fulminarla con la mirada.

-¿Y tú de qué lado estás?

-Me limito a señalar lo obvio, Luke. No me seas. Por cierto -titubeó un instante-, ¿les contarás lo de Amaltea?

-¿Lo del recuerdo, quieres decir?

Ella asintió.

-¿Por qué no? -Encogí los hombros-. A estas alturas deben saber que me lo regalaste... -el antes de que te sacrificaras por nosotros pendió en el aire, y aunque no terminé la frase, intercambiamos una mirada de mudo entendimiento. Me removí en el sitio, incómodo, antes de proseguir diciendo-. Del mismo modo en que deben de estar al tanto de que me lo arrancaste del cuello, momentos antes...

-De tirarte del precipicio -completó. -Fue mi turno de asentir.

En el silencio que se produjo, las escenas de nuestra lucha, la primera que hicimos en bandos opuestos y no como amigos, la primera, finalizados sus años convertida en pino y mi baño en el Estigio, se desplegó sin palabras entre nosotros.

Nos vimos. Exhaustos y sudorosos, yo con sangre en el pecho y ella con lágrimas en los ojos, cuando fui arrinconado por Thalía al mismísimo borde de un precipicio, junto al ataúd de oro; yo lanzándome en un último ataque y siendo repelido con un golpe de su escudo, tan fuerte que me despojó de Backbiter y la espada salió por los aires, tintineando entre las rocas como canto de una moneda.

Y el silencio... aquel sepulcral silencio que se produjo cuando, desarmado, derrotado, exhausto de un modo tan físico como emocional, quedé de pie frente a frente ante Thalía, ante cierta parte de la familia que había llorado largas noches a solas contra la almohada, ante la misma amiga que amaba y añoraba con la misma intensidad con que el inmigrante ama y añora su tierra natal, ante la misma chica cuyo árbol me arriesgué a envenenar, con la punta de su lanza en la base de mi garganta, mientras nos mirábamos a los ojos.

Después... miedo en mi voz al provocarla, furia en los temblores que la recorrían, al tanto se debatía si matarme o no. Y desolación. Desolación en el ambiente, en el aire al respirar. La palabra traidor en su boca no fue una bofetada por la connotación de desleal al Olimpo que habría sido de esperar. Traidor... por haber convertido las críticas contra el Olimpo que me confiara años atrás en una guerra abierta contra los dioses. Traidor... por haberla envenenado e ido con el enemigo. Traidor... por no haberla respetado lo suficiente, por corromperme en su ausencia, por arrastrarla a esa encrucijada y obligarla a elegir o a su padre o a mí.

-Annabeth rogó por mi vida -dije casi en un susurro, levantando la vista a su rostro-. Lo recuerdo. Te pidió que no me mataras. Dijo que os podía ser útil. Dijo que me llevarais al Olimpo.

-Lo hizo, sí.

-¿Lo habrías hecho? -Quise saber-. Si no me hubiera adelantado y lanzado sobre ti para intentar arrebatarte la lanza... ¿habrías aceptado esa propuesta? -Aquella era una pregunta que me carcomía, un comecome para el cual nunca había hallado respuesta-. Dime, Thalía. ¿Me habrías llevado apresado ante los dioses como un vulgar ratero llevado en cadenas al estrado de los jueces?

Ella buscó mis ojos. En su mirada no había vacilación. Era tan acerada que me heló la sangre.

-No.

-¿No? -la alternativa que dejaba su respuesta era peor, mil veces peor. Era esa respuesta que Cronos siempre me había dado y que yo, en mi fuero interno, me había negado a aceptar.

-No. -Reafirmó.

-Ya veo. Por eso me mataste -hice una mueca y corregí al instante-, o intentaste hacerlo; cuando me diste la patada de mi vida.

-Creí que me conocías mejor, Luke.

-tanto como para temer por mi vida, sí.

-Creí que me conocías mejor -repitió con más énfasis-. ¿Has oído hablar de que Zeus erre con su rayo maestro? ¿Alguna vez has visto a Hermes equivocarse de destino en medio traslado de un viaje? Yo no intenté matarte. Cuando me propongo algo, lo hago. Y bien sabes que no soy de las que alardean en vano.

-¡Me empujaste de espaldas a las rocas! -señalé no con acusación; sólo constatando un hecho.

-Siempre he creído que a los crímenes no les debe dar justicia un juez o, en el caso de los mestizos, un dios. Están en su deber, sí, no lo voy a negar, como guardianes que son del bien común, vigilantes de que la verdad y la justicia prevalezcan a las mentiras y a las injusticias. Pero más derecho tiene los damnificados, los afectados por ese crimen. Tú te habías aliado con Cronos para ir en contra de los dioses y hacerles pagar lo que entendiste por justicia debida. Pero aún no les habías hecho nada, directamente. Salvo robarle el rayo a Zeus, claro, pero un robo no equivale a una matanza.

Thalía hincó rodillas en la cama, como si las palabras que salían de su boca necesitaran de una reacción física por parte de ella, y luego añadió:

-Tú sí nos asesinaste, Luke. A mí y a Annabeth. Asesinaste la confianza que depositamos en ti. Asesinaste esa relación de tres que tanto habríamos dado por ella en cualquier momento. Nos robaste la esperanza que representabas. Nos arrebataste la ilusoria felicidad de tu mera compañía.

Su voz contenía el peso aplastante de una emoción vehemente, todo el daño del que nunca, ni regresando a la vida cien veces, lograría resarcirme.

-Mataste la fe de una niña de siete años, que un día se atrevió a creer que la familia no es potestad sólo de los lazos de sangre: con tu traición, le hiciste creer por un largo tiempo que ni la amistad es sincera; le hiciste pensar que nunca podría amar, porque el amor era volver a ilusionarse en vano, era dolor garantizado. Yo te arreé una patada y te lancé a las rocas... tú me arrojaste piedra tras piedra a la cara, acabando con el máximo credo que había regido hasta entonces mi vida, existencia de árbol incluida: tú, Luke. Mi credo eras tú. Estar contigo era volver al hogar, estar con la familia. Pero cuando desperté no sólo tuve que afrontar el hecho de que ese hogar ya no existía, que había sido derruido: tuve que asimilar que habías sido tú, el guardián de esa casa, el que representaba esa casa, el que la había asaltado y agredido y quemado hasta los cimientos. Tú eras el delincuente que había entrado a robar a mi hogar, el transgresor que, según mi sentido de justicia, debía pagar lo hecho.

-¿Y por eso me empujaste al vacío? ¿Para hacerme pagar? ¿Para darme un escarmiento? Pero... Era imposible que adivinaras que fuera a sobrevivir a esa caída de más de quince metros. Era imposible. Me mataste. Cuando me propinaste la patada que causó que perdiera el equilibrio y resbalara al precipicio y cayera inerte entre las rocas... me mataste, Thalía. No digas que no.

-No te maté. Antes incluso de asomarme al precipicio y ver tu cuerpo despeñado entre las rocas, sabía que no estabas muerto. Me lo decía la cabeza... -se llevó una mano al pecho-, me lo decía el corazón-. No estabas muerto uno, porque nunca levantaría un arma contra ti para matarte. Nunca. ¿Lastimarte? Sí. ¿Hacértelo pasar mal? Claro. ¿Darte un susto que te indujera a creerlo? Desde luego. Pero matarte a sabiendas, matarte fría y definitivamente... no. Jamás. ¿No me crees, verdad?

-¿Sabes cuál fue mi último pensamiento antes de chocar contra las rocas? -Pregunté yo a mi vez-. ¿Lo único en lo que pensaba mientras caía? Que al menos estabas viva. Y a pesar de que ese hecho se debía más bien a un giro perverso de Cronos, me alegré porque fueras humana de nuevo. Me alegré porque volvías a ser tú misma. Venganza e irascibilidad incluida, fíjate. ¿Me crees tú cuando te lo digo?

-Más bien me ruborizas. -Y era verdad; la sangre se acumulaba en sus mejillas, dándole ese toque sonrojado que ponía otro extra a su belleza.

Entre ambos se produjo un entendimiento tranquilo, pacífico y sin reservas.

-¿Y dos? -Me atreví a pedir al cabo de un rato de silenciosa meditación-. ¿Cuál era el otro motivo de tu patada?

-Ah, sí, eso. El segundo motivo era que aun entonces sospechaba que tus nuevos aliados te habían previsto de un poder especial... algo que te hiciera esquivar tan vulgar y fácilmente la muerte. Estabas tan pálido... tan demacrado... tan fuera de tu normal apariencia que, paradójicamente, mis alarmas saltaron. Por supuesto que en ese entonces no intuí que ese poder fuera un remojón en el Estigio... pero tenías a Atlas cerca, proclamando a vivo orgullo el retorno de la era de titanes. Esa seguridad debía tener base sólida. Eso era obvio.

-Eres lista. -Ella casi sonrió. Casi-. ¿Y ahora qué hacemos? -Crucé las piernas a lo meditación budista y, echándome hacia atrás para buscar el apoyo de una pata de la cama, recliné la parte posterior de la cabeza contra el colchón-. ¿Cuál es el siguiente paso? ¿Perdonarnos?

-Jamás podré perdonar tu traición, Luke. No nos engañemos. -Negó lentamente con la cabeza-. Ah, del mismo modo en que tampoco tú nunca me perdonarás el abandonarte luego de ese sacrificio o el arrojarte al vacío rozando así la muerte. Eso sí: no te guardo rencor; ya no.

Le sonreí calmosamente.

-Ni yo a ti tampoco. Dejé de hacerlo, ¿sabes? aunque también me costó lo mío.

Era increíble poder hablar de todas esas cosas sin reproches ni odios ni rencillas de por medio. Sólo dos amigos sentados cara a cara para mantener una conversación educada, un recuento de las penalidades compartidas e infligidas, señalándose sus faltas sin desmeritar en el camino la amistad que los enlaza.

¿Entonces? -Insistí en saber.

-Me preguntas por el siguiente paso... ¿sabes? ahora, cada vez que te veo, me vienen a la cabeza cosas buenas. Quiero decir... más cosas buenas que malas —confesó con el tono de voz que usan los amigos una vez que han decidido reconocer errores pasados y perdonarse por ellos y las cosas han regresado a su cauce normal—. Supongo que ése es el siguiente paso: no olvidar el bien que nos hicimos mutuamente. Hacer posible la oportunidad de que, en el futuro, cuando tengamos que volver a hacer recuento de un calibre como el de ahora, sea un recuento positivo. Otra vez.

-Tiene sentido -admití-. Mucho sentido. Y me gusta la idea.

-Gracias. A mí también -dijo, y sonrió. Una sonrisa cálida, primaria, de esas pequeñas e íntima que se dirige a una persona a quien se considera especial-. Estooo -carraspeó-. ¿Quieres volver a intentarlo? -Señaló con un ademán el libro-. Volver a llamar a los dioses, quiero decir.

-¿Eh? ¡Ah! Sí. ¡Sí! Sí. -como cada vez que Thalía hacía bajar y subir aquellos ojos azules a los que añadía unas palabras amables y el cumplido de una sonrisa, había vuelto a prendarme de sus encantos. Hice un esfuerzo por centrarme en otro intento de invocar a algún dios... el que fuera.

Pero...

-Nada -gruñí por milésima vez, casi una hora después-. Nada. Ni una vibración, ni un mensaje escrito, ni un ángel anunciador... ¡nada! -Tuve ganas de arrojar el volumen contra las paredes; reprimí a tiempo el impulso, menos mal-. ¿Y a esto es lo que llaman servicio de asistencia al Olimpo veinticuatro horas, los siete días de la semana?

-La otra posibilidad es que, como te dije, el Olimpo ya esté al tanto de ese despertar y anden todos revolucionados por el acontecimiento. De hecho, mira -Thalía señaló la ventana, aún haciendo esfuerzos por controlar la risa por el comentario de antes.

-Cielo y nubes. Precioso. Voy a llorar. ¿Y?

-Mira bien -insistió.

El cielo estaba cargado de nubes negruzcas, que se hundían en el horizonte. Poco quedaba ya del amanecer límpido y azulado de la mañana.

-Zeus debe de estar tironeándose de las barbas.

¡Y yo voy a acabar sin paciencia como alguien no aparezca!

Ella enarcó una ceja.

-¡Ah! ¿Pero es que aún te queda de eso?

No contesté. Me puse en pie de un brinco y comencé a deambular arriba y abajo del dormitorio.

-Oye. ¿Qué te parece si, entre tanto, me cuentas qué viste en el sueño? quiero decir a parte de Cronos. ¿Qué te dijo?

Giré en redondo hacia ella... hacia la mesita con el libro de viaje que seguía sin reaccionar. Los dioses no daban señales de vida a través del volumen, pero ahí estaba Thalía, con una expresión que era una mezcla de preocupación, miedo y determinación, ofreciéndome su ayuda. Sólo entonces me percaté de que aún no había respondido a mi pregunta, qué hacía desde en un principio dentro de mi cuarto. Supuse que aquel no era el momento de volver a formularle la cuestión, no cuando mostraba tanta predisposición a mis tormentos nocturnos.

-Si te hubieran dado otro cuerpo, como por ejemplo el cuerpo femenino por el que responden los ojos de quienes te ven, habrían demostrado inteligencia -cité.

-¿Cómo dices?

-Eso fue lo que me dijo Cronos... entre otras muchas cosas, claro. -Hice una pausa en mi deambular; la miré a los ojos y, negándome a darle más vueltas, lo solté todo.

Desde el crepitar del fuego, el precipicio al que se reclinaba la columna y el suelo, la formación de la figura, y las explicaciones y amenazas que Cronos había proferido a través de ella. A medida que hablaba, la cara de Thalía se fue tornando más sombría y pétrea hasta adoptar una expresión tan dura que habrían podido romperse nueces contra ella.

-Oséa que te están utilizando. De nuevo.

-¿Cronos? pues claro. Acaso no has oído lo que...

-Cronos no. El Olimpo.

Me detuve en seco.

-Explícate.

-Piensa un poco -agitó una mano con impaciencia a modo de protesta-. ¿De veras crees que a ninguna de esas divinidades se le pasó por la cabeza la posibilidad? El oráculo tuvo que decirles a qué se enfrentaban utilizándote a ti. Algo se traen entre manos; algo que ni tú ni Cronos estáis considerando.

Volví a oír la voz de Hades, como si fuera ayer: «Los titanes siempre encontraron, encuentran y ahora más que nunca encontrarán una salida por el que cocear a la humanidad»… «Nuestros temporales encierros sólo están sirviendo para retrasar la invasión, para debilitar nuestro dominio sobre ellos y para enseñarles nuestras limitaciones»...

-Como bien dice el titán, la pasada contienda fue una batalla más en la guerra eterna que libra contra los dioses. Y el Olimpo, con él. -Recalcó Thalía-. Te dieron recuerdos, recuerdos a través de los cuales recuperaste el cuerno de Amaltea. Te devolvieron tu cuerpo, y eso que bien podrían haberte proporcionado un aspecto anodino. Después de tantas luchas a lo largo de los eones, deben de saber por narices qué cosas propician su despertar. ¿Realmente les crees tan tontos? Yo no. No cometas el mismo error que Cronos. No los subestimes.

-Eso no tiene sentido -argumenté-. ¿Por qué habrían de arriesgarse tanto a la posibilidad de que Cronos quede libre?

-Despierto no equivale a liberado.

-Despierto es igual que suelto de un momento a otro -Contraataqué-. Así pues, ¿por qué exponerse a esa potente amenaza?

—No soy ninguna experta en la materia. Seguro que Beckendorf podría explicártelo mejor. Pero, dime una cosa. Si un arma o una herramienta labrada con metal se hacen pedazos, ¿podría un herrero, por más diestro que sea, volver a unirlas en una sola pieza? ¿Una pieza que funcione correctamente?

-Puede hacerse... Pero saldrá mal -admití.

-Exacto. El resultado será algo endeble. Mejor fundirla y volver a forjarla. Con la prisión de Cronos pasa lo mismo. -Cerró los ojos, al parecer no para pensar, sino para abrirse camino hasta un recuerdo apenas enterrado en su conciencia—. Tú mismo me contaste que Hades te confesó que las protecciones que la cercan están debilitadas. Pues bien; en ese sentido, sus muros son una lanza rota, una espada con hoja deteriorada. -Abrió los párpados y fue a clavar su insistente mirada en la mía-. Para volver a forjarla es preciso retirar los fragmentos y hacer algo nuevo que los reemplace. Algo mejor. Algo aún más resistente. Algo que nadie se espera.

-¿Y cómo encajo yo ahí?

¿Tú? Pues como un símbolo, una fuerza con la que cuentan que Cronos se enfrentará.

-¿Conmigo? ¡Estás loca! ¿Pero tú me has visto? -Eché los brazos al aire, exponiéndole toda mi vulnerabilidad-. No dejo de ser un mortal. ¿Dónde se ha visto que un titán, nada menos, se tome el tiempo de enfrentarse a alguien que puede aplastar en tan solo un segundo y, tratándose del Señor Del tiempo, de toda una eternidad?

-Los titanes tienden a ser muy orgullosos. Y condescendientes con sus enemigos.

-Puff. Suena como si yo fuera una inspiración.

Ella soltó un bufido.

La inspiración no es más que un pretexto para hacer lo que ya se tiene en mente. Así que no te sientas culpable. Los dioses buscaban una golosina con el que atraer a Cronos. Habrían encontrado tarde o temprano ese ardid, de eso no te quepa duda.

-¡Vaya, hombre! ¿Y se supone que me tengo que sentir mejor por ello?

-Bueno. Algo sí, ¿no?.

-Me disculparás, pero yo no tengo el corazón voluntarioso de las ONG.

Su sonrisa, aunque breve, me supo a ganga de rebajas en una tienda de arma blanca.

-No. Tienes el corazón suicida de los héroes, que es mucho peor.

Eso será una carnicería -me estremecí con solo pensar en ello-. ¡Dioses, será un segundo David y Goliat!

-Te recuerdo que David mató a Goliat. Y que ése endeble mortal del que hablas colaboró en derrocar a los titanes en la pasada batalla.

-La lotería no convierte en fortuna dos veces al mismo número. Y menos si ese número soy yo. ¿A dónde vas? -añadí cuando ella se incorporó.

-tu libro no es el único conducto por el que se puede enviar mensajes a los dioses.

-Si estás pensando en un mensaje de fuego, olvídalo. Esto es muy importante como para limitarse a garabatear unas cuantas frases en un papel y...

-Estoy pensando en el Señor D -atajó Thalía-. ¿Lo recuerdas? ¿Gordo... borracho... amante y creador del vino... con una panza que sobrepasa hasta las sombrillas? ¿Te suena? ¿Sí? Me alegro.

-¿P-p-pero sigue aquí, liderando a los mestizos?

-Siempre ha estado liderando el campamento. Cierra la boca, Luke. Te van a entrar moscas.

-Pero si desde que he llegado jamás le he visto el pelo! Ni lo he olido -y eso ya era de por sí insólito.

-Eso ya es otra cosa -alcanzó la puerta principal del dormitorio-. ¿Y bien? -Miró por encima del hombro-. ¿Vienes o no?

Me di más prisa en seguirla de lo que tarda Beckendorf en zamparse un bocata de jamón York con queso.

En el exterior, la mañana cuajaba techos, copas de árboles y la lejana cima de la colina que protegía el campamento con su resplandor grisáceo y apagado. En el cielo lejano del este unas cuantas nubes de color púrpura oscuro se movían perezosas, como insectos royendo un gran queso azul. No había amenaza de tormenta, pero estaba claro que lo que pintaba ser una mañana brillante se había trucado e ido al garete por a saber qué reacción colérica de Zeus allí arriba.

-¿Tienes idea de dónde pueda estar? -pregunté, descendiendo de dos en dos los escalones de la casa.

-Yo no -confesó-. Pero supongo que ella sí debe saberlo.

Thalía señalaba a una figura sentada en uno de los bancos de piedra que estaban esparcidos entorno al claro semicircular que separaba las casas. Bajo la sombra de un escuálido arbusto, entre árboles y retirado levemente del camino, el banco casi desaparecía en ese refugio más idóneo para parejas que buscaran un rincón donde acaramelarse sin ser vistos. De hecho, tuve que agudizar a conciencia la vista para poder distinguirla desde ahí. Pero ella estaba sola. Junto al banco, colocado en la diagonal del estanque, largos setos de flores amarillas contrastaban con el bolso de mano color negro que descansaba a la vera de su dueña.

-¡Pero bueno! -Thalía se detuvo en seco-. Estamos en medio de los preparativos de una guerra y, ¿Silena aún encuentra tiempo para acicalarse?

-Acicalarse no -no pude evitar picarla un poco-. Ponerse guapa, que no es lo mismo.

Me reí entre dientes al recibir su ya acostumbrada mirada gélida; pero al recordar el motivo por el cual era vital interpelar a la hija de Afrodita se me borró la sonrisa de inmediato.

-Vamos. -La agarré del brazo y tiré de ella. Nos acercamos por detrás. No hicimos ruido, pero aun cuando hubiéramos ido pisando gravilla de vía de tren Silena no nos habría oído llegar, tan concentrada estaba en retocarse el maquillaje frente a un espejo de bolsillo.

-Permíteme asustarla -pidió Thalía, cerrando los dedos entorno a la mano que yo tenía posada sobre su brazo-. Por favor -rogó. Yo me limité a encogerme de hombros.

Se adelantó hasta colocarse a las espaldas de la otra chica. De pronto ya no era hija de Zeus; era una cazadora de los pies a la cabeza, toda sombra y agilidad, movimiento felino y paso cauteloso y alerta. Sin permitir que el espejo en el que se miraba Silena delatara su presencia asomada por encima de su esbelto hombro, se inclinó sobre la seudo afrodita, tapó con una mano los ojos de la rubia y le besó en la curva del cuello, mientras le susurraba:

-Dame todo tu color, preciosa.

Silena pegó tal brinco de susto que su trasero quedó suspendido en el aire a dos palmos del asiento, no exagero. Cuando sus pies volvieron a rozar suelo firme -y su trasero probó un beso particularmente duro del banco- blandió los brazos por encima de la cabeza, dispuesta a defender su vida. (Lástima. Habría tenido más efecto si lo que estaba sosteniendo fuera un arma o un objeto pesado, no esa barra de pintalabios rojo chillón).

De todas formas, me cuidé mucho de permanecer apartado fuera de su alcance. (Cabía la posibilidad de que ese pintalabios desahogara media tinta de su carmín en mi inmaculada camisa blanca y eso, ah, señores, no me haría ninguna gracia).

-¡Tonta! ¡Idiota! ¡Bicho! ¡Demonio! ¡Hija de... tártaro! ¡Eres...!

El torrente que siguió a esos puntos suspensivos fue algo que incluso hoy en día, cuando lo recuerdo, me sonroja hasta a mí. Thalía, a su lado, no mostraba ni un ápice de arrepentimiento... todo lo contrario.

-Me las vas a pagar -prometió Silena a una Thalía con sonrisa maliciosa e imborrable en el rostro-. Como me llamo Silena que sí.

Cuando quedó frente a mí fui abrumadoramente consciente de lo que llevaba. La chica iba bien ataviada. Cualquiera diría que se disponía a ir a una fiesta, no al siguiente emplazamiento de un campamento. Vestía un vestido, pero no uno cualquiera, ojo, no os vayáis a creer; sino un SEÑOR VESTIDO, sí, así, en mayúsculas, una coquetería que rozaba la picardía y que una hija de Artemisa no se pondría ni loca. Era de fino corte que se ceñía a sus caderas y luego caía libre hasta el borde de las rodillas, negro medianoche salvo en las costuras doradas del escote, por otra parte bien atrevido. El escote descendía en picado para dejar al descubierto una amplia zona de pechos, y los dos montículos de carne al descubierto estaban presionados hacia arriba de tal modo que casi se salían por la parte superior. Las vistas eran una maravilla (una deliciosa y tortuosa maravilla, sí, para qué mentir) pero aún más increíble era que las peras de Silena se mantenían en mayor parte a cubierto, todo un misterio de cómo demonios lograba que no se le desbordaran, sobre todo por el modo en que los pechos ascendían y descendían con la acalorada respiración de la chica.

-¿Quieres tranquilizarte? Tampoco ha sido para tanto. Oye, ¿el Señor D..., sabes dónde puede...? -Thalía se detuvo; la miró de arriba a abajo, concentrando la atención sobre todo en ese escote que debería estar penalizado, y luego alzó la vista para clavarla en los azules ojos de Silena y cambió su pregunta por un-, ¡vaya! Eso destila cita íntima y picante con alguien.

-A ti te lo voy a contar -Silena no parecía incomodarla en absoluto que las miradas de ciertos chicos mostraran sumo interés por las curvas que el vestido moldeaba, ni lo que ese canalillo tentaba. Tragué saliva y puse toda mi mejor voluntad en mirarla a la cara, sólo a la cara y nada más que a la cara.

-Bueno. Al menos asegúrate de que después él no vaya largando nada -resopló Thalía-. Los chicos son muy dados a chismorrear y a alardear de lo que no deben.

-¿consejo de una virgen de Artemisa?

-Consejo de una amiga -replicó Thalía sin permitir que el comentario acalorase sus mejillas.

-¿amiga? ¡Acabas de provocarme un simulacro de infarto!

-Bah. ¿Y desde cuando ambas cosas no son compatibles? Quejica.

Me di cuenta de que cuanto más tiempo pasara con Silena, más perdería de vista el interés por encontrar al Señor D, y encima para nada, ya que esa coquetería estaba destinada seguramente a que cierto herrero cayera rendido y fulminado a sus pies, nada más verla aparecer a lo lejos.

-Silena -me acerqué con las manos alzadas, en el universal gesto de venir en son de paz, poniendo fin a esa conversación de dos-. ¿Sabes dónde puedo encontrar al Señor D?

-Pues claro.

Silencio expectante.

-¿Y bien...?

-¿Y bien, qué?

-¡Que dónde!

-Ah. ¿Con que esas tenemos, eh? ¡Pues no! ¡No pienso decir nada! -se asió a la vehemencia de mi petición para dar rienda suelta a su venganza.

-¿ah, no? -Era Thalía. Al instante la actitud de Silena cambió. Se la veía nerviosa, y con razón. La hija de Zeus sostenía en lo alto del brazo, entre el pulgar y el índice como si de unas bragas andrajosas, ajenas y sucias se tratara, el cordón umbilical del mundo al que realmente pertenecía toda decente hija de Afrodita: su bolso de cosmética. Eso significaba que estaba a merced de Thalía.

-¡en el otro campamento! -Borbotó Silena de inmediato, extendiendo el brazo y rescatando velozmente su fuente de adicción de las garras indeseables de una hija de Artemisa que nada sabía de esas delicadezas-. En la zona de voleibol.

-Gracias, preciosa. -Thalía la sonrió, zalamera, pero Silena la prometió venganza sin cuartel con la indignación de sus ojos. Ella se rió entre dientes y le lanzó un beso desde la punta de los dedos, al más puro estilo esnob.

-Venga, vamos. -volví a tirar de su brazo y a apremiarla-. Silena no nos cuenta entre los participantes de esa fiesta íntima que a todas luces va a dar dentro de poco.

-Oh, lástima. Se me parte el corazón -se lamentó ella.

-¿De veras?

Recorrimos a grandes zancadas la explanada que se abría sitio en el lateral norte de las casas.

-Tengo entendido que en las hermandades hay que pasar por un rito de iniciación. ¿Buena costumbre esa, no te parece?

-¡Uy, si tú supieras...!

-Oséa que os gusta esa clase de fiesta íntima... -Insistí-. Montar pijamadas a lo loco...

-¿He dicho yo eso?

-Qué vida más sosa debéis de llevar, de lo contrario.

-De sosa nada. Nos gusta desmelenarnos, ya sabes. en fin, que hacemos fiesta de chicas, si es eso lo que me preguntas.

-Bah -dije-. Eso ya lo sé. Lo que te pregunto es cuándo las hacéis.

Ella se pasó los pelos tras la oreja y me dirigió una sonrisita enigmática.

-Pero, Luke, si fuera desconfiada podría pensar que quieres unirte a nosotras.

-Nunca está de más que alguien te ayude a escoger pijama. ¿No crees? Debe de ser un horror decidirse.

-Oh, sí, me cuesta un montón. A veces, de hecho, las pijamadas las hacemos en pelota picada... porque no nos ponemos de acuerdo sobre qué ropa de noche llevar.

-¿Desnudas? ¿Todas? ¿Al completo? ¿en serio?

Puso los ojos en blanco, pero más burlándose de mi interés que por lo estúpido de mi pregunta. Me estaba tomando el pelo, lo sabía, por querer darle segunda lectura a su comentario.

-¡Serás morboso...!

Acuclillado en el almenar de la casa central, la casa con más presencia de arquitectura de templo griego antiguo en su fachada, Christian alias Kirtash vigilaba las entradas y salidas del campamento con sombría inquietud.

-Qué tío tan raro -comenté a Thalía.

-Es un shek -repuso ella por toda respuesta. Para ella, que el idhunita fuera un shek lo explicaba todo, lo resumía todo.

Lo saludé con la mano al pasar, pero justo cuando pasábamos por debajo de la sombra de la casa su vista estaba detenida en el punto opuesto al nuestro. No obstante, fue dejar atrás la valla que amurallaba el perímetro externo, y empezar a sentir como un aliento frío su mirada de ojos gélidos fija en la espalda.

Thalía me guió por un terreno plano que discurría paralelo al sendero principal que hacía de intersección entre el campamento mestizo 2 y la salida al exterior. El terreno, después de dejar atrás el par de árboles que hacían de centinela, dibujaba una curva para unirse al sendero que conducía al bosque que separaba ambos campamentos.

Para atajar, pasamos por la espesa floresta de enebros que daba sombra y protegía del viento a las criaturas que allí habitaban. El aire resplandecía limpio, verdoso, casi primaveral de no ser por el viento fresco que susurraba entre las altas hojas. Pronto dejamos atrás el camping adulto dirigiéndonos hacia el norte, siempre recto en la misma dirección, cruzando campos llenos de capullos a medio abrir donde revoloteaban abejas de diáfanos colores, más interesadas en luchar y competir contra el resto de elenco de insectos aleteantes por el polen de las flores que por prestarle atención a dos semidioses inoportunos.

Más adelante se avistaba de lejos el arroyo espumoso que daba de beber a ninfas y al resto de seres que se acercaban a retozar a su orilla, una masa de agua que discurría con relativa claridad por un curso recto para luego precipitarse a saltos y curvas por paredes y despeñaderos, transformándose en una catarata fragorosa que nada tenía que envidiar al más caudaloso de los lagos.

-Vamos por aquí -Thalía se desvió y me guió hacia el círculo de las cabañas.

-Pero si Silena nos dijo...

-Se equivoca. El Señor D ya no está ahí. Se encuentra frente a las cabañas dedicadas a Zeus y a Era.

Hablaba con tanta convicción...

-¿Por qué lo afirmas tan tajantemente? -quise saber, esquivando por los pelos un banquete de hormigas que se cebaban en honor a una fruta caída. ¿Manzana? ¿Melocotón? Imposible distinguirlo.

-Christian nunca se equivoca. No en esas cosas.

Giré el cuello con tanta brusquedad que tuve que llevarme una mano para masajearme la zona.

-¿Kirtash? -Asintió-. Christian. -La posibilidad de que aquel chico extraño, místico e interplanetario pudiera llegar a Thalía de un modo que a mí me era imposible e irremediable me asustaba e irritaba, por absurdo y trivial que sonara todo en esos momentos.

No me juzguéis. Sabía que aquello carecía de importancia ante el propósito titánico que nos movía a buscar al Señor D, pero aun así, me era imposible evitar continuar darle vueltas al asunto en la cabeza. No podía dejar de fijarme en que, por más que el chico insistía en permanecer solo buena parte del tiempo, cuando él estaba cerca las chicas no se privaban de comérselo con los ojos.

Se mantenían donde él pudiera verlas, cuchicheaban, suspiraban, soltaban risitas tontas, se sonrojaban si las miraba aunque sólo fuera de pasada y luego tenían que abanicarse, totalmente excitadas y chifladas y alborotadas por sólo ellas sabrían qué. Yo no era capaz de juzgar el encanto de un chico (mi especialidad eran las tías) así que consideraba que armaban mucho alboroto por alguien tan misterioso y mortífero como poco atractivo.

Pero, definitivamente, si había una verdad universal que estaba comprobando de un tiempo a esta parte, era esa de que las chicas son un rompecabezas, un puzzle sin intención de encajar. Christian era una bocanada de peligro, eso se veía a leguas; una tentación tan magnética como prohibida y, aun así, allí seguían algunas, suspirando por él. Tan verdad como que los sátiros no crían ranas. Allí seguía Thalía, acatando cada sugerencia o consejo que él le daba.

-¿Y se puede saber cuándo te ha hablado, que yo ni me he enterado?

-¿Y por qué habrías de enterarte? Fue por aquí -se tocó la sien-. Me lo dijo antes de traspasar la valla.

-Bien -dije con sequedad-. Pues espero que las estadísticas no nos jueguen una mala pasada y que el tenga razón y que el Señor D esté donde él afirma que está. No tengo tiempo ni paciencia para deambular por todo el camping juvenil.

No respondimos a las miradas de los campistas que alzaban la vista de sus quehaceres para vernos pasar. Algunos inspeccionaban la colada, otros sondeaban lo que parecían ser prometedores proyectos de artesanía. Para la desdicha de mi molestia porque Kirtash tuviera razón, encontramos efectivamente al Señor D en el otro camping, a la cabeza de las cabañas centrales de la U que formaban las viviendas del camping juvenil. El hombre estaba tal cual lo recordaba. Llevaba la camisa hawaiana atigrada de siempre; un short de paseo y unas zapatillas de tenis con calcetines negros. Con una panza rechoncha y su cara enrojecida, continuaba pareciéndose al típico turista de Las Vegas que ha ido de casino en casino hasta altas horas de la noche.

El Señor D (D por Dionisio, ya sabéis) hablaba con el centauro Quirón, primer maestro de puntería con arco. Éste, por su parte, de cintura para arriba era un tipo normal de mediana edad, con un pelo castaño rizado y una barba desaliñada; luego la cosa cambiaba; de cintura para abajo era un caballo blanco. Bonito, sí, según los estándares humanos, aunque yo siempre había sentido curiosidad por saber cómo estaba considerado entre las féminas centauro. Se hallaba entre mestizos, así que, al igual que hacía Grover, Quirón no comprimía la mitad inferior de su cuerpo en una silla de ruedas mágica.

El dios nos dedicó una mueca desdeñosa al vernos llegar.

-Vaya vaya -dijo con voz pastosa a la par que condescendiente-. Las hijas pródigas vienen a dignarme con su presencia. Y venís las dos. El mismo día, y al mismo tiempo. No sé por qué, no me sorprende.

-Buenos días, Quirón. ¿Señor D...? -saludamos al unísono.

Quirón nos sonrió; después, respondiendo a una orden del gesto del Señor D, nos dejó solos y se alejó cabalgando, bordeando la cabaña de Rea.

-Desde que habéis llegado al campamento no es sino hasta ahora cuando os dignáis a venir y hablar. ¿No me digáis que os habéis cansado de jugar a la versión Light de papá y mamá? Porque de ser así, os doy mi bendición para que dejéis la teoría y paséis a mayores.

Thalía se sonrojó furiosamente. No se llevó de milagro la mano a la espalda en busca del arco y la flecha que siempre llevaba a cuestas porque cayó a tiempo en la cuenta de que era un dios quien le había insultado.

-¿Por eso habéis venido, no? Pues tranquilos. A partir de los dieciséis ya podéis dejaros de coqueterías varias y pasar a la práctica de la lección de cómo hacer un bebé. De verdad, chicos. No os reprimáis. Eso no es bueno. Vivid la vida. Dejaos llevar. Desgarraos las vestiduras. ¡Carpe diem!

-¿Y qué hay de ti? -Apretaba tanto los dientes que estos incluso le chirriaban. Se hacía difícil entender qué decía-. ¿Has estado aprendiendo a beber algo que no sea vino?

-¿Te refieres a esa cosa transparente e insípida que llamáis saludable? -Hizo un gesto de asco-. Puagg. Ahórrame el mal trago.

-Pues ahórrame tú a mí las guarras suposiciones de tu sucia cabeza. Deshonras el nombre de dios.

-Dionisio, querida. Mi nombre es Dionisio y no Dios. -El Señor D extendió la mano libre con gesto inocente, fingiendo una candidez impropia de su persona-. ¡Vaya, vaya! cualquiera diría que he dado en la clave de algo. ¿Te duele?

-No tanto como pueda dolerte a ti si insistes en insultar mi condición de cazadora e hija de Artemisa.

El dios esbozó una sonrisa indolente.

-¡Cuánta vehemencia! ¡Cuánto veneno! No puedo sacudirme la sensación de que no te caigo bien.

-No me gustas, no. ¿Y te extrañas? Acabas de llamarme desleal.

-¿Yo he hecho eso? Vaya vaya con el Señor D. ¡dios malo, dios malo! -Se dio en la frente con el vaso; ni que fuera un elfo doméstico castigándose con saña-. Ahora me ofendo de mí mismo. Pero oh, querida -se colocó una mano al corazón-, sólo Artemisa podrá determinar si le estás siendo fiel o no. ¿Por qué te enfadas? Te mantienes virgen, casta, fiel a sus principios... ¿o no? Ojo, no te critico de estar haciendo lo contrario. Ni insulto. Para ese amargo vaso hace falta otro juez menos indiferente con el asunto. Yo no doy el tipo. Ya tengo bastante con la carga y jefatura del campamento.

-No eres el tipo de jefe que necesitan los mestizos.

-No soy el tipo de mucha gente. Tranquila. En eso estamos de acuerdo. Y empatados en lo anterior. Tú tampoco me gustas a mí, ¿sabías? Ni un poco. Pero no es nada personal... no me gustan los jóvenes en sí, eso es todo.

-Ni tú a ellos. Hummm... Déjame pensar por qué será.

El Señor D sonrió, agitado por un leve estremecimiento de satisfacción.

-Ah, Thalía, Thalía. Dulce árbol de las sombras. Salvia de flor desaprovechada. Jovencita encantadora... ahora entiendo el arisco carácter por el que eres tan reconocida. Eres como una tormenta. Digna hija de Zeus.

-Me lo tomaré como un cumplido.

-No me interesa cómo te lo tomes. Sólo quería decírtelo.

-Horrible. Desagradable. ¿Quién está siendo arisco ahora, eh? Dime. Deplorable, sencillamente.

—OH, Thalía. Tan encantadora como siempre. Me pesan tus palabras, querida. Tanto como el vino de este vaso —alzó la copa, bebió un trago y le guiñó el ojo a través del cristal—. Siempre sudo vino. ¿Adivina qué sudaré después de esa muestra de antipatía? -No aguardó respuesta.

Su mirada abandonó a Thalía para clavarse en mí.

—Y en cuanto a ti... señorita, señorito, lo que seas. Bueno, has montado una bien gorda. -Señaló con el brazo de la copa el cielo que pendía sobre nuestras cabezas.

Con ese comentario me puso al corriente de que, efectivamente, el Olimpo ya estaba al tanto del despertar de Cronos.

-Habéis -saltó Thalía en mi defensa-. Vosotros también tenéis culpa en lo sucedido.

-Vaya vaya -repitió el Señor D, negándole la recompensa de mirarla-. Por lo visto has vuelto a recaer en la mala costumbre de airear secretos... a pesar de que se te advirtió del riesgo que supone ir divulgando información confidencial a cualquiera.

-Thalía no es cualquiera -espeté-. Si no fuera por ella, yo ni siquiera estaría ahora aquí. Esta noche he estado a punto de ser arrastrado al Tártaro. ¿Lo sabíais? Cronos no sólo despertó en los confines del hades. También en mis sueños. ¿Teníais conciencia de ese hecho? He sido empujado al borde de la locura. ¿Os ha contado eso Doninframundo? Me libré de los pelos porque ella me despertó a tiempo. ¡Ella, no vosotros! ¿Dónde estaban vuestras protecciones cuando más las necesité? ¿Dónde os metéis, oh, todopoderosos dioses del Olimpo, ante una llamada de auxilio? -Me iba acalorando por momentos-. Cualquiera, dices. Lo primero que hice al levantarme fue tratar de invocar a alguno de tus congéneres para contarles lo sucedido. ¿Adivina cuál fue el resultado? Venga, vamos, no es tan difícil de intuir. Cualquiera, dices. Cuando el cielo y el infierno hacen oídos sordos, ¿qué clase de ayuda se puede esperar? -Alcé el brazo y dejé que viera la mano vendada-. He aquí la respuesta. Sangre y dolor. Miedo y abandono. Sois peor que los titanes. Ellos al menos tienen la decencia de admitir su verdadera condición y no andar con falsas alianzas.

—Ya he oído bastante por hoy -me cortó el Señor D, poniéndose de pronto en movimiento-. Me aburrís. Los dos. Y mucho. Si vuestra intención al buscarme era hablar sobre Hades, descuidad. Estamos al tanto de su despertar.

Me incliné al frente, interponiendo medio hombro en su camino.

-Ah. Bueno es saberlo. Gracias por ahorrarme la saliva. Me guardaré las promesas y amenazas y los planes que me desveló para contárselo a mi amigo invisible. -Observé la arruga de tensión que se marcó en la frente del dios del vino-. Querido diario -empecé, mirando a la nada, fingiendo indiferencia por la repentina alerta del Señor D-, anoche el hombre del coco me visitó. Era el papá del tío de mi papá. Un hombre malo y furioso y feúcho y temible y...

Hice una pausa y sonreí igual que un gato ante una trucha.

—Dame los detalles importantes. -Hizo todo un esfuerzo para moderar el tono de exigencia-. No tengo tiempo para quedarme a escuchar la versión extendida. -A no ser -añadió al ver que me tomaba mi tiempo-, que quieras que se personifique aquí el mismísimo Zeus. Está más furioso que un reno con hernia.

Proferí una carcajada.

-¿Un reno con hernia?

-Es lo que se dice...

-Sí, en el Rey León, no en la vida real. Deje de ver a Disney, Señor D. No le sienta bien después.

—Simba siempre ha sido mi invento preferido de los mortales. —Arrugó la nariz, ofendido—. ¿Algún problema con eso? ahora dime qué has visto hacer a Cronos.

—Hacer... confesar... proferir...

—¡Cuéntamelo!

Mantuve la voz tranquila en el tiempo que tardé en transmitirle las palabras de Cronos. No perdí ojo de las expresiones que iban aflorando al enrojecido rostro del dios.

—¿Y bien? -Pregunté al finalizar-. ¿Qué pensáis hacer? ¿Cuáles son los planes? ¿Qué puedo hacer mientras tanto...?

—Tú nada. Bueno, sí —miró de un fugaz reojo a Thalía-. Debes cumplir con otras obligaciones más apremiantes.

-¡Oye! ¡Eso es injusto! —Exclamó Thalía—. ¡Queremos frenarle los pies a Cronos tanto o más que vosotros!

-Esto no os atañe...

—¿No le atañe la amenaza del final del mundo tal y como lo conocemos a los propios mortales que vivimos en ella? —Lo interrumpí—. ¡Qué irónico! Si el sentido común y la sabiduría van a la par que los siglos de vida, vosotros parecéis ser una olímpica excepción. Es nuestra vida la que está en juego. Nuestro mundo, nuestras almas, nuestro planeta. Arriesgo el día, mientras las horas corren hacia la noche, para venir a transmitiros una valiosa información y, en lugar de darme las gracias o de preocuparos por cómo pueda enfrentar las noches venideras o, simplemente, hacerme sentir partícipe de la campaña contra Cronos sólo con lo que os he contado, me desplazáis. Los reyes han recibido sus reverencias; hora de ignorar al inferior súbdito leal y dejarlo atrás. Qué apropiado.

Sus oscuros ojos nos observaron como habrían observado a unos gusanos los ojos de un pájaro. Amante del vino o no, no dejaba de ser un dios. Al acercarse, sus ojos despidieron la misma sensación que el porte imperativo que, sin previo aviso, comenzó a emanar como vino vertido en una copa desbordada de su cuerpo hinchado; era un dios y, por lo tanto, alguien acostumbrado al poder, dispuesto a hacer uso de él si lo consideraba necesario, un ser superior que sabía más que los simples seres inferiores entre los cuales se movía y hablaba. Y eso era aplicable tanto a una jefa de Artemisa como a un semidiós renacido.

—Decía que no os atañe —continuó el Señor D con los labios tensos entorno al borde del vaso—, porque creo que tenéis un panorama igual de oscuro aquí en la Tierra. El ejército de monstruos. ¿Os acordáis? ¿Sí? ¿Ajá? Los dioses no podemos inmiscuirnos en esa lucha; los mestizos, sí. Los semidioses no podéis afrontar a los gigantes del Tártaro; no estáis en igualdad de condiciones; el Olimpo, sí. No es menosprecio por tu esfuerzo. Uno a de escoger sus batallas no en función de las provocaciones del enemigo, sino en función de sus capacidades para derrotarlos. Cada soldado ha de saber cuál es su legión en la batalla. Sólo así se centra en su cometido y da lo mejor de sí. ¿Se me entiende ahora, jovencito?

Resopló por encima del recipiente con vino. Lo entendía, sí, pero de todos modos me negué a pedir perdón por mi juicio apresurado. Tenía fundamentos más que de sobra para temer que el dios hubiera rechazado nuestra oferta de ayuda por puro orgullo de entidades.

-Además, un inmortal no lucha contra un mortal. No sólo es indigno. También es una de las antiguas reglas a las que tanto dioses como titanes nos debemos atener. Y lo hacemos, aunque no lo parezca. La cumplimos a raja tabla.

-¿A raja tabla? -Me escandalicé-. ¿Me tomas por tonto?

-No se vale -Se rascó la nariz con ganas-. Esa pregunta es trampa.

-¿Necesitas que repita las amenazas de Cronos? -Hice caso omiso de su pulla-. ¡Estuvo a un tris de achicharrarme vivo! ¡Me empujó al precipicio!

-A su modo de ver, él no te está atacando. La elección que hiciste la última vez es, a sus ojos, traición. Traición hacia él, por tanto está contraatacando un golpe que tú iniciaste y provocaste. Te la tiene jurada, claro, y buena parte de ese rencor es motivo de sus amenazas; pero no es sólo eso. Puesto que tú lo heriste primero, Cronos es libre de responder a tu puñalada trapera con todas sus fuerzas. Y no hay regla antigua que se lo impida -se encogió de hombros ante mis encendidos ojos-. No digo que lo apruebo. Sólo trato de hacerte entender el curso y proceso de las motivaciones mentales que tiene el enemigo.

-Eso no me consuela.

El señor d volvió a resoplar, esta vez con más desdén aun si cabe.

-Los jóvenes siempre sois así. Quejándoos por cualquier cosa. Todo os lo tomáis a la tremenda. Os gusta el victimismo. No pensáis que resultáis tan cansinos como lo somos los adultos para vosotros.

-Dudo mucho que eso sea equitativo.

-Dijo el chico con el tono quejumbroso prototipo de millón y medio de adolescentes —se burló el Señor D. Chasqueó la lengua—. Ciertamente, no cuesta nada equivocarse al hablarles a los jóvenes. —El dios miró en derredor del campamento donde hasta en el último rincón había un mestizo afanándose en alguna actividad enérgica e imperativa, sin olvidar en ningún momento que le hablaba a otro joven—. Y los semidioses jóvenes sois peor aún. No tenéis límites. Uno puede sacar de la despensa de los consejos el mejor vino en reserva para ayudar a hacer más llevadero el camino, como quien dice. ¿Y para qué? Para que al final resulte que es el elogio equivocado ofrecido en el momento erróneo, convirtiendo la acción en un completo fracaso de confraternizar con esos bárbaros.

—¿Estás diciendo que lo de antes eran consejos? —Se indignó Thalía—. Permíteme darle un consejo, Señor D: antes que nada o de lanzarse a lo loco con los comentarios tan fuera de lugar de antes, haga lo mismo que haría con el mejor de sus vinos: déjelo reposar.

-¡Ah, jóvenes! -La palabra sonó como algo acre en sus labios-. ¿La adrenalina incesante os suele permitir pensar en las consecuencias de vuestras acciones? Pues claro que no. Siempre vais por ahí, a lo loco, cabras sueltas en el monte.

-Te recuerdo que tienes hijos -señalé, malicioso-. Hijos jóvenes.

-Sí. Unos adolescentes de la cabeza a los pies. Está claro que no se puede controlar a los hijos que uno mismo tiene, seas dios o no. Lo tengo comprobado.

-¿De veras? -Incidió Thalía, no queriendo desaprovechar la oportunidad de celebrar una larga sesión de verdades y chismorreos, aunque fuera con el más avinado del Olimpo-. ¿Cómo?

-Según mi experiencia, hacerles comer verdura junto con el pescado es una cosa, y también un motivo para ganarse caras largas durante la hora de la comida, o el ceño fruncido durante un día entero, si se estira la cosa. Ponerles hora de regreso a casa en verano a petición de una madre asustada y recordarles el toque de queda ante testigos significa ganarse una mirada de indignación y un portazo acompañado de un ¡deja de ponerme en ridículo frente a mis amigos! en el peor de los casos. Pero, ¿ponerles en su lugar, decirles que es una mala idea, una gran gilipollez enrolarse con un titán aparejado con un pasado turbio y con una muy mala fama? En fin, eso es perder el tiempo, la saliva, y ganarse el crédito de haber practicado monólogos frente a la pared o el espejo. -Me miró despectivo-. ¿Entiendes a qué me refiero, verdad que sí, Castellan?

Alzó el vaso que sostenía (tan grande como esos cubos o pelotazos de los botellones que tanto gustan celebrar en noche cerrada de viernes los mortales jóvenes) llena a rebosar de un vino tan rojo como la sangre. A pesar de los generosos sorbos que le daba, el líquido no parecía disminuir ni un centímetro.

-Recordad eso, parejita. Aprended de mis errores para cuando os toque -dijo. Hizo como que brindaba a nuestra salud con otro vaso imaginario. Y en medio de un trago y otro trago, desapareció. Se había esfumado en menos tiempo del que tarda una ardilla en trepar a un árbol.

-¿Parejita? -musitó Thalía con voz inexpresiva, con los ojos aún clavados en el lugar donde instantes antes estaba el dios. Se sobrepuso y giró para encararme-. Acaba de insinuar algo que se me escapa. ¿Tienes idea de a qué?

-¿Insinuar? somos dos. Esa simple suma da por resultado una pareja. -Le sonreí conciliador-. No se refería a una connotación íntima ni, mucho menos, romántica. No veas injurias donde no las hay.

-¿Ah, de veras? -Se puso en jarras-. Lo primero que ha hecho es arrojarnos a la cara una indirecta que implicaba intimidad física. Y llamarme desleal; desleal a Artemisa. ¡A mí! ¿Estoy viendo fantasmas donde no los hay, Luke? Ha insinuado que tengo algo romántico contigo -me clavó el índice tieso en el pecho-. ¡Y tú no te has quejado! Ni siquiera te has inmutado. A decir verdad, no lo has negado!

-Ya lo estabas haciendo tú sola por los dos -me encogí de hombros-. Y muy bien, por cierto.

Se quedó parada frente a mí, sopesándome en silencio en un embarazoso e implacable escrutinio.

-Estooo -carraspeé al rato, medio atolondrado por la comodidad de su presencia y tratando de no dejarme arrastrar por las ensoñaciones-. ¿Qué tal si volvemos a nuestro camping? Aún hay mucho que preparar.

Di un paso tentativo. Se produjo un instante de pura angustia y nervios por que insistiera con el tema. Por suerte, ella no tardó en claudicar. Juntos, hombro con hombro, volvimos a nuestra sección del campamento mestizo.

Y a los preparativos de la inminente batalla.

En el transcurso de las siguientes semanas, se podría decir que los últimos acontecimientos (su abierta y cumplida y demostrada admisión de amistad conmigo) no habían cambiado absolutamente nada en el trato con Thalía. No íbamos juntos al comedor ni nos sentábamos en la misma mesa, igual que antes. No nos veíamos más allá de los encuentros casuales o de rigor, igual que antes. Tampoco compartíamos una conversación fluida que fuera más allá del saludo de cortesía. Pero era una impresión errónea. O, por lo menos, era una impresión incompleta e incierta.

Algo sí que había cambiado de verdad entre nosotros. Algo fijo en los detalles y no en el conjunto al completo. Ojos azules que se interesaban en buscar los míos, pequeñas miradas sostenidas después de encontrarlos; una sonrisa más prolongada y quizás también algo más cálida, en respuesta a un saludo entusiasta con la cabeza por mi parte. No eran gran cosa, no, lo reconozco, pero para mí equivalían a un gran progreso.

Eran los indicios de algo, por pequeño que fuera: destellos de luz en noche cerrada, peldaños primerizos de una escalera ascendente, bocanadas de aire en el abandono de un mar infinito, teñido de esperanza.