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Historia 126109 — capítulo 26
Disclaimer: el Thaluke es de Riordan (sí sí, excépticos; hay thaluke canon en PJ, no lo neguéis) y mi querido Christian es de Laura Gallego (de lo contrario, se lo agenciaría Disney como antagonista maestro, molón y supremo, de eso tened fé, xddd).
-…-…-
Capítulo 25: El Despertar.
-…-…-
-Despierta.
Las imágenes me envolvían, asfixiantes, demandantes, celosas de mi atención, aletargando esa parte racional del cerebro que me advertía de la necesidad de plantar los pies en el presente, mi actual presente.
-¿Oye?
En mi interior bullían emociones a la par que luminosas imágenes. Los recuerdos se agolpaban en mi cerebro como pequeñas conciencias que trataran de fundirse para ser una solo, serie de recuerdos perdidos que remendaban los descosidos mentales de un alma, dedos que se juntaban y se unían con membranas para conformar una mano, una extremidad, un único miembro vital.
-Luke.
Ese regenerado miembro sostenía un lapso de tiempo, y en ese lapso había recuperado las vivencias de años pasados. Al fin volví en mí, cubierto de sudor, el cuerpo temblando sin control.
-¿Luke?
Me zarandeaban. Alguien me zarandeaba sin cesar.
-¡Luke!
De algún modo que no fui capaz de comprender en ese momento, aquella voz que formulaba esa simple sílaba causaba efecto sobre mí, de eso se daba cuenta hasta la última mácula de mi ser, miel en un pan que necesitaba endulzarse, terciopelo en una piel que se erizaba bajo esa suavidad.
-Luke... levanta. —Oí una voz urgente hablándome al oído—. Estás soñando. No es real. Despierta. Vamos, levántate. —Las manos no dejaban de sacudirme-. ¡Lucian Castellan!
Conseguí zafarme del torbellino del tiempo. Abrí a duras penas los ojos. Un rostro de sombría preocupación se cernía sobre mí. Mechones de pelo que no eran los míos se inclinaban hacia delante, apartaban la luz de mis dilatadas pupilas y me hacían cosquillas en la frente. Reconocí esos rasgos al instante. Era como algo que hubiera viajado conmigo desde el pasado. Miré fijamente enfrente. Ellaestaba agachada a mi lado; me tenía asido con las manos y me sacudía de los hombros mientras pronunciaba mi nombre una y otra vez en un desesperado intento de captar mi atención.
--Luke, Luke, Luke -decía Thalía sacudiéndome de los hombros cada vez con mayor vigor-. Vamos, despierta; oh mi diosa, por favor, vuelve en ti.
Una pila de objetos sin identificar se vino abajo con un ruido de cascada y oxidación cuando ella los hizo desequilibrarse al lanzar algo contra ellas, levantando una asombrosa cantidad de mugre y polvo que, sin poder contenerme, hizo que estallara en una tanda de estornudos. El polvo siguió elevándose, arremolinándose en el aire causando un colapso de oxígeno y un fino muro de polvo viejo que dificultaba la respiración, con lo que tras los estornudos mis pulmones se encogieron, faltos de aire, y luego explotaron en un acceso de tos.
No importaba. El pensamiento más raro que jamás había tenido hasta entonces me vino a la cabeza mientras me doblaba en dos en el suelo para toser: sentía, luego existía. Tosía, por tanto volvía a ser yo mismo. La tos fue disminuyendo poco a poco. Los difusos recuerdos se fueron desvaneciendo al tanto la realidad, con su presente ineludible, volvía a aposentarse entorno a mi conciencia y a mi alrededor. Al cabo de un tiempo, ya tenía los ojos abiertos de par en par, el reconocimiento de dónde estaba y la conciencia del por qué estaba allí dirigía mi mirada legañosa, y la tos iba dando paso a una respiración honda y regular.
-Thalía -gemí-. Por los dioses, ¿qué has revuelto allí? -A mis oídos, mi voz era similar al croar de una rana-. ¿Quieres matarme acaso?
-Quéjate después cuando te sientas mejor.
Ella me ayudó a incorporarme hasta dejarme sentado.
-estaba bien hasta que trataste de intoxicarme.
-Ah. Que ahora desmayarse de repente y permanecer inconsciente entorno a tres minutos se le llama estar bien.
Me estremecí.
-¿Tres minutos?
-Y cuarenta y cuatro segundos -puntualizó ella.
-AAAaaah. ¡AAAaaah!
-Sí resopló. Eso mismo digo yo.
Me percaté entonces de que mi cabeza descansaba en el hombro de Thalía y que ésta tenía pasado una mano por mi espalda, donde de vez en cuando dejaba caer golpes que me ayudaban a expulsar el polvo inspirado por los pulmones.Cuando por fin me hube calmado definitivamente, ella se apartó y fue a ponerse de cuclillas delante de mí, estudiándome el sudoroso rostro.
Adiviné en la inquietud de la mirada que me recorría qué veían sus ojos: pálido, agitado, probablemente con ojeras y con un inconfundible aire de desamparo y soledad. Bien, porque precisamente así era como me sentía: débil, nervioso, asustado. En definitiva, estaba bien tocado.
-¿Cómo te sientes?
-¿De cuerpo? Raro. ¿De humor? Bueno, de allí ando bien escaso y la mente me furula un pelín grogui. Resumiendo, me siento como una alfombra a la que han arrastrado a la intemperie y una vez allí, meneado sin piedad con bruscas sacudidas para quitarle el polvo.
-Lo siento, pero fue el único modo que se me ocurrió para hacerte reaccionar. Deberíamos ir a que te miren.
Desestimé su sugerencia de enfermería o fármacos o ambrosía con una rápida negación de cabeza. No. Ni hablar. No. No me pasaba nada, nada salvo un latente malestar por recordar la creación de una familia, la demostración de esa farsa, la acusación a mí mismo por esa familia rota a manos de una de mis promesas incumplidas.
-Amaltea. Sus palabras me golpearon terminando de extraerme de ese desfile de momentos de antaño-. Estabas llamando a Amaltea, la cabra de Zeus. ¿Por qué?
Me puse en guardia al instante. Thalía levantó sus manos en lo que aparentaba ser un tipo de gesto calmante, como si yo fuera un animal rabioso al que fuera preciso tratar de sosegar.
-No sé de qué me hablas. -Recompuse el rostro enseguida-. Estaba desmayado, ¿recuerdas? Inconsciente. No puedo haber dicho nada en semejante estado.
Ella se inclinó hacia adelante y sus ojos de azul eléctrico se clavaron en mí, encendidos.
-Di que no te apetece responder; que no deseas hablar de ello. Y lo respetaré. Pero no me mientas a la cara, Luke. No soy tonta. Sé lo que oí. Escuché claramente que balbuceaste algo acerca de una estatua, un dragón y una cabra mágica y esa sólo puede ser Amaltea. Eres libre de guardarte los secretos que te plazcan, pero eso no te da derecho a tacharme de embustera y pretender por ello que me quede calladita en un rincón, como si nada. No devalúes la calidad de mi lógica negando lo que escuché. ¿Estamos?
A pesar de su vehemencia, sentí su preocupación en su voz; era como una ola de tsunami que amenazaba con desbordarla si no daba de inmediato señales de haberla escuchado.
-Estamos -consentí-. Aun así mantengo mi postura. Haya dicho lo que haya dicho, Thalía, no quiero tocar ese tema. En absoluto.
Ella se mordisqueó el labio inferior.
-¿Quieres entonces que retomemos la búsqueda de los mapas? ¿Estás del todo recuperado?
No contesté. Una nueva sospecha se abrió en la compuerta de mi cerebro. Me giré hacia esas filas de bultos informes e inexplorados por lo menos no en varios años, y eso que me costó lo mío tolerar el peso de mi cuerpo nuevamente vivo bajo mis pies. Entonces supe a qué había venido la irrupción absoluta de ese vívido recuerdo. Contemplé con ojos empañados las cajas y cajas desplegadas a lo largo y ancho del suelo en que también yo había terminado por resbalar y caer. Solo una me importaba, tan solo una, y era aquella que me ayudaría a juntar las piezas del puzzle de ese atisbado pasado.
Sentía a mi corazón latir acelerado con una mezcla de miedo, certeza y mal premonición de lo que iba a encontrarme dentro. Pero no había nada que pudiera hacer salvo calmarme y afrontar el momento lo mejor y más rápidamente posible. Y eso hice. Me sacudí los recuerdos al mismo tiempo que mis manos se encargaban de hacer lo propio con el polvo aglutinado en la ropa. Me dejé caer en cuclillas frente a la caja causante de ese vuelo in memoriam al pasado. Sentía la presencia de Thalía a mi espalda, pero agradecí que de momento se mantuviera en silencio.
Introduje el brazo hasta el codo en la caja; pero por suerte para mí no tuve que rebuscar en toda esa mierda polvorienta. Guiados por la intuición, mis dedos rozaron con un bulto y, tan pronto como lo palparon, el resto de la mano completó el ademán y se hizo con él. Era un objeto pequeño y plano de textura suave y desgastada. En la semipenumbra me di cuenta enseguida de lo que era. A pesar de ello, no daba crédito. Sobre la pila y pila de papeles quebradizos y polvorientos, reimpresiones de reimpresiones de las reimpresiones de las reimpresiones había un libro salvado del paso de los años y que no se caía a cachos, un solo y pequeño volumen fino, rectangular y encuadernado. Me bastó con palparlo a ciegas, notar las muescas en la dura solapa para tener la certeza del qué se trataba.
Era un diario.
Era mi viejo diario.
NO me lo podía creer. Allí dentro estaban redactadas las vivencias de mi última vida, anotaciones manuscritas escritas de mi puño y letra. Apreté el liviano tomo contra mi estómago sin que me importara la capa de polvo que embadurnaba mis pantalones y camisa. Allí dentro estaba todo, absolutamente todo. Incluso el modo en que Amaltea nos había unido a mí y a Thalía tras la contienda contra un dragón.
Abrí el diario y dejé correr las páginas hasta la mitad. Y allí estaba. No me costó reconocerlo. Tanteé tras de mí hasta dar con la pierna de Thalía. La insté a que se agachara a mi izquierda; después, sin darle tiempo a pensar, le puse en la mano la segunda cosa que había rescatado de entre las páginas del diario.
-¿Lo reconoces?
Thalía miró con curiosidad, y la curiosidad dio paso al absoluto asombro cuando reconoció qué sostenía entre los dedos. Era un amuleto de metal de bronce con forma de cuerno curvo, en cuyo extremo había cuatro pequeños puntos con formas de urbes diminutas mecanografiando cuatro sencillas sílabas:
A.Mal.Te.A.
Era el colgante que la cabra había dejado caer a nuestros pies antes de, súbitamente, desaparecer. Vi el reconocimiento nublando sus ojos. A pesar de ello, quería..., no, necesitaba, oírlo de sus propios labios, así que insistí.
-¿Lo reconoces?
—Claro que lo conozco —confirmó Thalía—. ¿Pero cómo ha podido llegar hasta aquí? Y lo más importante, ¿cómo es que tú también lo recuerdas?
Apoyé las manos en las rodillas y me incliné ligeramente hacia atrás, armándome de paciencia.
-Ya te hablé de los recuerdos con los que me embotaron la mente esos divos del Olimpo. Hoy he vuelto a tener otro encuentro con el pasado, eso es todo.
Sus ojos fueron de mi cara al cuerno de Amaltea, de mis ojos y al diario que aún apretaba contra el estómago.
-Oh. Comprendo. Si necesitas ayuda para discurrir el significado de tales evocaciones, recuerda, puedes contar conmigo. —Faltó poco para que mascullara una palabrota. No se iba a dejar convencer por esa simple explicación. Sospecha o intuición, supuse que Thalía sabía que detrás aún quedaban verdades tormentosas, A menos que se tratara simplemente de uno de esos trucos por los que las chicas se han ganado la fama de sexto sentido femenino.
—¿Y tú acudirás a mí cuando dejes de huir del pasado? -Esbocé una lenta sonrisa-. Dime. ¿Aceptarás mi ayuda para discurrir el significado de los sentimientos que en ti despiertan los recuerdos?
Por toda contestación Thalía me devolvió una mirada intensa, escrutadora, y añadió en un susurro contenido:
-Necio…
-Orgullosa…
Se ladeó en el improvisado asiento. Súbitamente apareció flotando delante de ella una pequeña bola de luz procedente de una linterna, que le alumbró la expresión.
-Me pides confianza pero luego no eres capaz de profesarla.
-¿Y para qué? -protesté-. ¿Para que hablemos bien hoy, y mañana vuelvas a estar de greñas conmigo por cosas que sólo tú sabes? No, Thalía. Ahórrate la saliva y no finjas preocupación por lo que me pueda o no pasar. Si no me quieres en tus buenas yo no te quiero en mis malas. Es así de simple. Para consolaciones están los pañuelos; para confesiones, los Psicólogos; para ambas, los amigos. Los de verdad, no aquellos que mutan de genio y amistad según con qué pié se hayan levantado en el día.
-Estoy haciendo un esfuerzo…
-No quiero esfuerzos -la callé, brusco y serio-. Ya no. Quiero garantías.
Hubo un largo silencio.
Nos miramos a los ojos en la inmensa quietud de la estancia. No sé qué esperaba escuchar. ¿Un sí? ¿Un de acuerdo? Vana esperanza. Me sentía como un mendigo obligado a pedir limosna para subsistir en el próximo minuto de la vida. Por fin, abatido, cabeceando de cansancio y admitiendo como nunca antes la cruda realidad, añadí en un suspiro:
-Olvídalo, Thalía. No sé en qué estaba pensando. No sé en qué estaba pensando. Si no se siente, sencillamente no se puede.
La vi incorporarse, inclinarse con la linterna por delante, apuntar a la salida. Lo que no vi fue el momento en que la luz cambió de curso, su cuerpo terminó de orientarse y la yema de sus dedos se tornó suaves mariposas en la cicatriz de mi cara, justo en el punto exacto donde, años atrás, se habían posado sus labios en un primer y dulce beso de amigos. Y ese era el significado del gesto: amistad. Y eso fue lo que prometió su voz cuando habló:
-amigos.
Volvía a palpitarme el pecho. Me llevé las manos al lugar; temí que a ese ritmo sufriera un infarto.
-¿Ahora?
-Siempre.
Fue mi turno de inclinarme hacia delante. De orientar la linterna a las paredes por si la auténtica Thalía estuviera ahí, amordazada, y fuera la doble la que hablaba conmigo, de beber de la sinceridad que emanaban sus ojos como sediento salido de un desierto.
-¿Aquí?
-Donde sea.
Tuve ganas de abrazarla. De besarla. Olvidar a golpe de júbilo el malestar.
-Permíteme….
-¡No! -Agitó como loca las manos en mi dirección, espantando toda sugerencia por mi parte-. No quiero sentimentalismos. Ahórrate los abrazos, los obsequios, los regalos. Y, por todos los dioses, ¡borra esa sonrisa complacida de la cara!. Cuéntame qué te traes con tanto recuerdo y recuerdo.
Hice lo mejor que pude un esfuerzo por concentrarme en lo urgente e importante que traía a colación el tema de los recuerdos, aunque al principio me fue imposible cumplir su deseo de no sonreír. Era imposible no sentirme complacido.
Tú, como persona con recuerdos a largo plazo -empecé finalmente-, guardas en un compartimiento del cerebro los fantasmas de vivencias pasadas. No todos, claro está, y por descontado que no con absoluto lujo de detalle. Pero yo sí. Y no sólo vivencias de esta vida. También de las anteriores -busqué su mirada-, te recuerdo de vidas pasadas, Thalía. A ti, a mi madre, a Annabeth... Acabo de revivir una tanda de esos momentos de los que te hablo. Y ahora eres una cazadora de Artemisa. Eso significa que probablemente ya hayas vivido los años suficientes para haber olvidado o borrado ese momento, incluso aunque ese encuentro sucedió en esta tu vida actual. Si te digo lo que he visto, puede que te sientas abrumada, casi indefensa.
—De indefensa nada —objetó—. Para ti son cosas que estás desenterrando. Para mí un recurso. —Apretó los puños—. Cuéntamelo.
-¿recurso? -Me pasé los dedos por el cabello, frustrado-. ¿De qué estás hablando?
-Para comprender.
-¿El qué?
Alzó un dedo tieso.
-Primero Artemisa se desliga de nosotras y nos envía con urgencia de vuelta al campamento mestizo, cuando contadas han sido las ocasiones en que nos ha dejado solas. Pero resulta que en ese campamento hay una persona muerta ya no tan muerta, una persona que oculta su identidad tras un disfraz de neblina -sus ojos se tornaron acerados mientras sumaba al primero un segundo dedo acusatorio-, un disfraz del que sólo yo soy consciente. Sé sumar uno más uno más uno, Luke. Y sé que tu regreso a la Tierra está ligado de algún modo a la marcha de nuestra diosa al Olimpoy, más importante, a la presencia de las cazadoras en el camping y, más importante aún, a que sea yo la única que no esté afectada por la neblina que los dioses han puesto sobre ti. -Tres eran ya los dedos de la mano que tenía levantados-. No me preguntes cómo lo sé ni en qué me baso para hacer tales afirmaciones, porque no sabría explicártelo; pero lo sé, sé que los tres hechos guardan estrecha relación. Así pues cuéntame que has visto. Quiero saber. Quiero entender, Y también necesito desenterrar al tiempo que tú recuerdas. Si tan cambiado estás como aseguras... no me niegues esto. Por favor.
-bien. Tú lo has querido. Ponte cómoda. Esto va para largo.
-No pienso sentarme en ese asqueroso suelo -dijo arrugando la nariz-. No no. Ni hablar -negó enfáticamente.
Caminé hacia una de las cajas e hice toda una exhibición de soplar y restregar con la manga la parte superior para librarla lo mejor posible del polvo que la recubría, luego las arrastré hasta el centro y me senté en una de ellas y tendí una mano en gesto de invitación a Thalía. Ella examinó con ojo crítico cómo había expulsado el polvo y, después, satisfecha, se sentó sobre la caja, con las piernas recogidas y los tobillos cruzados por atrás. Ofrecía una noble estampa con la espalda erguida, la cabeza alta y las manos enlazadas en el regazo, a pesar del caos de muebles y cajas que se desplegaba a sus espaldas.
El espacio que separaba ambas cajas era pequeño, por lo que nuestras rodillas se rozaban a cada leve movimiento. Sonreí con disculpa pero ella no hizo recular la caja hacia atrás. La miré brevemente mientras se acomodaba, con el silencio en espera. Ella puso los ojos en blanco e hizo un leve gesto de asentimiento. Entonces comencé a narrar.
-Anochecer. Charleston. En el recuerdo están implicados Amaltea y, sí, las afueras de la cueva de un dragón.
No me interrumpió. Se retiró la manga, desabrochó la pulsera y se entretuvo buscando un orificio en el amuleto con forma de cuerno para insertarlo en la elástica goma de la pulsera, junto al resto de figuras mitológicas mientras le contaba todo cuanto evocaba del pasaje. Sentía como los pensamientos libraban una batalla en mi cabeza. Al mismo tiempo que hablaba, me asaltaba la imagen de Amaltea, del collar de Amaltea, de la sabiduría reflejada en sus grandes urbes doradas, como si desde los confines del recuerdo la cabra estuviera enviándome un mensaje, un valiosísimo mensaje cuyo significado auténtico no estaba descifrando como era debido.
-¡Qué gran ventaja! -Exclamó Thalía en cuanto terminé de contar todo lo que había visto en el recuerdo-. ¡Cuando me contaste hace semanas que poseías tusrecuerdos pasados no caí en la cuenta, pero lo único que pensé es que aquella capacidad era una gran ventaja. Ahora que he presenciado una de esas remembranzas sólo puedo pensar en una cosa: ¡qué gran don!
-¿Es una ventaja sumirse en un trance, así de repente, y no poder parar de revivir esos pensamientos, sucesos y disputas morales que luego traicioné? ¿Es una ventaja ausentarse de lo que te rodea y quedar indefenso, sin poder defenderse, ya que nunca sabes cuándo la barrera se rompe y el pasado te arrastra?
-Tal y como yo lo veo, sí -afirmó, tajante.
No la creí. La mueca que hizo ante la última pregunta no armonizaba para nada con la expresión hermética con que se esforzaba en cincelar su semblante. A ningún mestizo (bueno, y supongo que a nadie con dos dedos de frente, en realidad) le gusta la idea de perder la conciencia y quedar a la merced de un enemigo, sin poder defenderse.
-No lo estás viendo en toda su perspectiva -reprendió.
-¿Ah, no?
-Los dioses conceden muchos tipos de dones, Luke. A unos la herrería, a otros la poesía o el talento con la lira u otro instrumento musical. A unos el don de hacer crecer el trigo y a otros la capacidad de manipular algún elemento natural. Las hijas de Artemisa somos cazadoras. Eso significa que nos ha sido concedido el don de correr muy deprisa y de quedarnos tan quietas en el sitio que ante los ojos desacostumbrados parece que no estemos presentes, hermanadas con un árbol o roca más de la selva. Ella nos da el oído fino, vista aguda y una mano firme con las armas, sobre todo con los arcos. Cualquiera que nos vea tiende a pensar que casi podemos respirar tierra y bosque y que podemos volar entre los árboles, cosa bien lejos de la realidad. Esa capacidad es una ventaja. Esa ventaja, un don. Y lo mismo sucede contigo y esos recuerdos.
-Tú también estás pecando de unilateralidad en este asunto.
-¿Qué quieres decir?
-Los titanes del Tártaro no son los únicos que aterrorizan. Si pudieras sufrir en carne propia uno solo de esos viajes al pasado confirmarías la ventaja de la que hablas, sí, pero también sentirías el desagrado que lo envuelve. Porque sientes las mismas emociones que antes, captas los pensamientos que uno tiene en ese momento, percibes la tensión, el horror... notas el aliento de la muerte. Y todo sin poder ayudar, doblemente receptivo a lo que ves y doblemente impotente a lo que revives.
Thalía se pasó una brizna de pelo negro por la barbilla mientras cavilaba. De pronto me asaltó la imagen de un número incalculable e infinito de vástagos del tártaro asaltando el Campamento mestizo. Y supe que no era una visión inducida por el miedo, sino una posibilidad, una aterradora y grave posibilidad que se avecinaba.
-Bueno, vale. Tienes un tanto en ese respecto.
Me puse en pie con un tambaleo.
-Como tú en lo que defiendes. ¿Podemos irnos ya de aquí? -Sacudí el polvo de la pernera del pantalón-. El malestar no se me va. Necesito tumbarme. Cojamos lo que hemos venido a buscar y larguémonos.
Ella echó la cabeza hacia la nuca y me analizó atentamente de los pies a la cabeza.
-vaya, debe de ser muy fuerte ese malestar, si hasta lo admites en voz alta.
-Thalía...
-Aguarda. Voy a por una cosa. Ahora vuelvo.
-¡Thalía!
-Espérame. No te muevas.
Abrí la boca, indignado, dispuesto a formular una réplica mordaz, pero mis protestas acudieron lentas a mis labios, y antes de que pudiera replicar palabra, ella se alejó cuartucho detrás, casi corriendo, hasta desaparecer tras la esquina de la entrada. La chaqueta, suelta y resbalando en los brazos, ondeaba a su espalda, muestra de lo aprisa que caminaba. Se había marchado antes de que pudiera convencerla de lo contrario. Meneé la cabeza, contrariado.
En lo que tardó en volver, me dio tiempo a hacer un inventario apresurado del contenido de las cajas donde habíamos estado sentados; del resto de cajas me limité a hacer una criba, abriendo y escudriñándolas por encima. Al final acabé con una sola pila y una caja vacía, donde metí los mapas que había recopilado. Arrastré por el sucio suelo la caja en cuestión llena a rebosar de mapas, tratando de hacer caso omiso del malestar que insistía en debilitar mis movimientos.
Cuando Thalía reapareció, jadeante y satisfecha, algo abultaba en el bolsillo de su chaqueta, pero estaba tan metido que no pude adivinar de qué se trataba. Se agachó ante la caja y asintió al comprobar qué era el papeleo que sobresalía de su interior.
-Vale. Ya podemos irnos.
-Bravo dije-. Thalía Grace se ha puesto de acuerdo conmigo. -Puse cara de extrema preocupación-. El fin del mundo ha de estar cerca. -Miré en derredor-. O el ataque de los monstruos se va a producir de un momento a otro.
Se enderezó y alzó la mirada hacia mi cara en la titilante luz de la linterna.
-O, más probable, es que acabes cayendo en redondo al suelo ya que las rodillas te tiemblan y casi ni te sostienes en pié.
Apreté los labios.
-A buenas horas vienes a acordarte, maja. ¿Quieres? -le ofrecí.
Esperé el estallido de ira con su consiguiente mirada de indignación, pero ninguno de las dos se produjo. Se limitó a rodear con los brazos la caja que le ofrecía, la levantó a pulso y encabezó la caminata de vuelta.
-Sígueme. -Mostré mi conformidad asintiendo en silencio.
Se detuvo en seco a dos metros de la salida del dormitorio. Le lancé una mirada cautelosa; ella se llevó un índice a los labios, ordenándome absoluto silencio, y luego volvió a centrarse en el camino y en las huellas que habíamos dejado en la ida por aquellos lúgubres corredores.
-Estaba recordando algún atajo -respondió por fin a mi insistente mirada inquisitiva.
Una irritante brisa jugó con mis cabellos y mis inestables pupilas cuando finalmente puse un pie fuera de aquellos derruidos cimientos. Por suerte el camino que salía del Edificio Central estaba despejado y relativamente tranquilo si no se tenía en cuenta los lejanos chillidos y risas y susurros de conversaciones que el viento transportaba desde la distancia.
Estaba seguro de que no era eso lo que le había hecho detenerse, puesto que se había llevado la mano al bolsillo donde se había guardado el colgante con el nombre de Amaltea, pero igualmente cerré el pico ydejé que precediera la marcha y nos sacara de aquella estructura tan llena de sombras como de polvo, que me condujera por la parte posterior de las casitas y me ayudara a colarme de extranjis en la casa que guardaba midormitorio sin que, a saber cómo, nadie nos viera ni saliera a nuestro paso ni se asomara a alguna de las ventanas, intrigada por el bulto que cargábamos a cuestas ni nada por el estilo.
Thalía me acompañó hasta la mismísima puerta, aún con la caja firmemente apretada contra el estómago. Sin pensar en si podía haber alguien dentro, entré en la habitación. Estaba a oscuras, y tuve que buscar a tientas el interruptor de la luz. El empeño de mantener el mareo a raya mientras los tambaleantes pies se empecinaban en sostener mi peso, la lucha que mantenía la lucidez de mi mente con el despiste de mi equilibrio me hacía tambalear peligrosamente. Sentía unas irreprimibles ganas de doblarme por la mitad y vomitar hasta echar todo el contenido de mi revuelto estómago.
Sostenerme en pie hasta que Thalía me hubo dejado para ir a entregar los mapas a Clarise requirió todo un esfuerzo ímprobo, porque deseaba con desesperación llegar y desplomarme sobre la cama. Merced a una gran voluntad titánica, me mantuve en pie con la cabeza alta y la respiración bajo control hasta que dejé de percibir sus reservadas pisadas en el corredor. Al fin, con dedos temblorosos y mirada borrosa, cerré la puerta tras de mí y apoyé la frente en la pulida madera.
No supe cuánto tiempo estuve apoyado en el marco, recuperando el aire, sólo fui levemente consciente de que después me hundía en la cama, aunque tampoco me enteré de cuando mis pies me desplazaron hasta ahí.
Porque esa noche me costó conciliar el sueño y, cuando lo logré, tuve una pesadilla tan vívida y real como uno de esos recuerdos tan de mestizos.
En ella volvía a encontrarme de pie en el dormitorio... hasta ahí bien. Pero estaba sin estar. Los contornos, las paredes y el resto de mobiliario se fueron evaporando, y a medida que iban desdibujándose, la luz iba desvaneciéndose hasta dar paso a una oscuridad de boca de lobo; en esa negrura podía oír el crepitar de un fuego cuya procedencia ignoraba, una entrecortada respiración que resultó ser la mía, ya que sentía que me ahogaba, que me costaba respirar, y mi nariz pronto se llenó con el hedor de carne chamuscada.
Lejanos lamentos de tormento resonaron en el aire, modulados y arreciados por un estallido ensordecedor que sonaba como una chirriante y escalofriante risotada, repentina, fuerte, dolorosa como la fulminación de un rayo. El impacto fue igual que un trueno, tanto así que el suelo tembló y, sin comerlo ni beberlo, me encontré aferrado de pies y manos a un suelo de peñascos y áspera arenilla.
Bajo mis desesperados dedos piedra y arena comenzaron a alejarse, agruparse y formar una figura amorfa. Me quedé sin respiración y con los pelillos de la nuca erizados por el miedo y la aprensión. Era vagamente consciente de que me aferraba con tanta potencia que mis uñas se quebraban, sangrantes, sin poder tolerar la presión.
La figura dio un paso hacia mí, retirándome más suelo al que aferrarme, y habló con una voz truculenta que reconocí como reconocería mi propia voz en una grabación.
—Gracias por volver a despertarme, Luke. —Sonreía. La oscuridad era total, pero aun así no me cupo dudas de que sonreía, del mismo modo en que uno no duda de su nombre y apellido, del mismo modo en que estaba seguro de haber presenciado cómo había yendo adoptando forma aquella figura sin género. Su mueca era cruel, y fue haciéndose más amplia a medida que hablaba—. Qué amable de tu parte abrir la caja de Pandora.
—Yo... yo no te he despertado —musité con la voz agarrotada por el soberano esfuerzo que estaba haciendo por sujetarme y no resbalar del pilar.
Cronos se rió en voz baja. En voz baja según sus estándares de titán, claro, porque para mis oídos su risa estuvo al mismo nivel que el rugido de un león macho.
—Una vez más me subestimas, mi querido aliado. Pues claro que me has despertado. Recuperaste uno de los obsequios de uno de mis hijos. Un obsequio con el que, encima, te bañaste en el Estigio. Eso le da inmunidad y le protege de la mayoría de los posibles ataques y lesiones con los que intenten atentar contra ella.
-¿De tus hijos?
-Amaltea es un monstruo del Tártaro. Aunque sirva más a la causa de Zeus y vaya en defensa de la prole mestiza del dios, pertenece al Tártaro. Me pertenece, Castellan.
—Amaltea reniega de ti.
—Que reniegue de mí tanto como quiera. Eso me da igual. No me quita el sueño. A decir verdad, nada me lo quita. ¿Aquí estoy, no? de vuelta para demostrarlo. —La figura extendió lo que bajo la indecisión de la negrura parecían brazos, como para abarcar todo cuanto lo rodeaba.
-Sigo sin comprender... ¿Qué he hecho mal? ¿Cómo es que te he despertado?
-¡Ah, amigo mío! ¿Es que no lo adivinas?
-Si pregunto es porque no. ¿No te parece?
A Cronos no le gustó mi sarcasmo. Un trueno volvió a estallar bajo mis sangrantes yemas.
-Tú no eras mi único aliado mestizo en la guerra contra esos rebeldes ingratos que ahora se hacen considerar dioses -explicó cuando se hubo tranquilizado-. Tu cuerpo no fue la única vasija donde posé mis esperanzas de revivir y tener carne propia.
-¿Carne propia? -Me reí, provocador-. Perdona, pero hasta donde yo sé, era mi cuerpo con el que jugabas a oler, tocar, comer. Vamos, a ser persona.
-Por tanto es carne propia. Lo que es del criado también es del amo. ¿Es que nadie te ha enseñado esa regla número uno de la esclavitud?
-Por lo visto no.
-Entonces, amigo mío, nunca deberías haberte inmiscuido en asuntos de los que no entiendes. Pero eso da igual. No importa. El caso es que vuelvo a tener un cuerpo donde meterme.
-¿Estás diciendo que piensas ir por ahí con esa cosa informe y grotesca por cuerpo? Permíteme decirte que más que miedo darás risa.
-¿He dicho yo eso?
-Bueno, la insinuación estaba hecha...
-Hay varios factores que influyen en mi despertar. Como bien sabes, uno de esos factores es la entrega voluntaria y consciente de un mestizo, un mestizo renegado del Olimpo. Otro de los factores es un objeto que lleve mi huella y que permanezca en la Tierra, libre de protecciones mágicas. El cuerno curvo de Amaltea lleva mi huella al ser ésta un vástago más de mi territorio. Es más, al bañarte en el Estigio con ella, le dotaste de esa peculiaridad irrompible, indestruible con el que esas aguas te embadurnaron el cuerpo. El cuerno responde sólo a ti, pero como tú ya me servías cuando fuiste al Estigio, también me sirve a mí. No del mismo modo, claro, pero de todas formas ha servido para mis propósitos. Al abrir la caja, antes, desoíste las señales y sacaste el cuerno curvo de Amaltea al exterior, fuera de la neutralización puesta ahí por los dioses, años atrás. Lo mostraste a un sueño, ése tu recuerdo, por tanto lo expusiste a Morfeo. Lo pringaste de polvo, una peculiaridad de la tierra, por tanto lo expusiste a Gea; y lo mantuviste sujeto durante el correr de varios segundos, una medición del tiempo, por tanto lo expusiste a mí. ¿Ves? Tres elementos naturales que aluden a tres asociaciones de titanes. En fin, no es menester que me enrolle con detalles que ahora poco importan.
-No, por favor. Vete al grano. Ya quiero despertar de este sueño.
-Despertarás sólo cuando yo quiera que despiertes. Ahora estás a mi merced, recuérdalo. No me digas qué he de hacer. No te atrevas. ¡Pero bueno, fuera regañina! -Su voz volvía a timbrar su perverso regocijo-. No quiero enfadarme tan pronto, menos contigo, amigo mío, de quien me siento gratamente orgulloso. Basta darte de nuevo las gracias, Luke. Has tenido un gran detalle cumpliendo con unas cuantas características que acortaron mi tiempo de letargo. No todas, por supuesto -ya dije que mi despertar corre a cuenta de muchos factores- pero sí las claves, y eso es lo que cuenta. Habría despertado tarde o temprano (soy muy persistente, como bien recordarás) pero he de reconocer que me habría costado mucho.Sólo tú podías hacerme las cosas más fáciles, ayudadme a volver a través del velo de los dioses. Sólo tú, amigo mío. Sólo tú. Gracias, Castellan.
-¿Y por qué sólo yo? —dije, con ojos desorbitados.
-Porque fuiste una de mis vasijas. Los dioses han nublado tu identidad en el aspecto visual, no en el práctico. Si te hubieran dado otro cuerpo, como por ejemplo el cuerpo femenino por el que responden los ojos de quienes te ven, habrían demostrado inteligencia. No más que yo, claro está, pero al menos se habrían hecho más bien que mal. -Pasé por alto el hecho de que conociera tantos detalles acerca de mi condición física de mi regreso a la Tierra. No era el momento de preguntar cómo ni cuánto ni por qué. Había prioridades aún más acuciantes-. En su ignorancia, tratando de sumar un punto a su causa, han colaborado en mi ascenso... justo lo que pretendían evitar.
-No comprendo... yo morí. Tú también, lo sé, lo sentí. Si tan ligado estás a mí como afirmas, tenías que haber muerto conmigo. Quedar destruido para siempre.
-Ah, y lo hice, Luke, lo hice. Morí cuando tú, estúpidamente, decidiste ser un héroe del lado de mis enemigos, tirando a la borda todo cuanto habíamos hecho y logrado juntos. Pero no escuchaste la lección más importante y, al parecer, los dioses tampoco: un monstruo no muere, sólo pierde su envoltorio carnal y corre a regenerarse en el tártaro. Un titán no se destruye, sólo duerme y recobra fuerzas hasta la próxima ocasión en que pueda despertar.
En algún rincón de mi atormentada cabeza, creí oír la voz de Hades durante nuestra reunión en el Inframundo. «Al igual que sus monstruos, ellos no pueden morir», me había dicho Hades tiempo atrás. «Como mucho se degeneran, pierden fuerza para recuperarla después»... la lección no estaba tan olvidada como se creía Cronos. «Pero ahora mismo, la omnipresente sombra de los titanes a vuelto a ganar un apoyo inesperado, por lo que elincesante tira y afloja de ellos con los dioses ya no es equilibrado y, lo que es peor, la balanza se inclina peligrosamente a su favor». Me pregunté si con mi actuación había colaborado en esa inclinación, como aseguraba Cronos, y me pregunté quién sería el mestizo que estaba ayudando en esta ocasión al titán... Por más que me devané los sesos, no fui capaz de dar con algún sospechoso.
-El cuerpo que luces bajo ese endeble disfrazes el cuerpo que recuerdo... y el que me recuerda a mí -prosiguió Cronos buscando hacerse entender-. Es el cuerpo que se bañó en el Estigio por cuenta de mis mandatos. Es el cuerpo que me sirvió tan fielmente durante años. Es el cuerpo que poseí. Tengo ciertos derechos sobre él. Como los tengo sobre cualquierextremidad de cualquier monstruo que permanezca en la vida mortal y no vaya a destruirse en el Tártaro. Y ahora tú has vuelto a la vida, y has vuelto con el mismo cuerpo, con mi misma vasija. —Despacio, sacudió la cabeza—. ¿Cómo puedes ser tan rematadamente tonto? Esperaba más de ti, la verdad. Y esperaba mucho más de mis mal llamados hijos. No olvides comunicarles mi decepción cuando hables con ellos.
-sí, será lo primero que haga en cuanto me dejes despertar, de eso no te quepa la menor duda. Les hablaré de la reprobación de papá.
-¿te estás burlando de mí?
¿Y tomarme tus planes a la ligera?
-¿Sarcasmo?
-Por favor, eso jamás. -Su mirada tenía una intensidad que parecía atravesarme, corazón incluido, una mirada fija y aterradora que casi me paralizó en el sitio-. Lo que sigo sin comprender es por qué me cuentas todo esto; no logro ver qué persigues con tanta cháchara. ¿Qué quieres en verdad?
—Pues a ti, amigo mío. ¿No es evidente? Eres mío. Tu cuerpo me pertenece. Te quiero para mí. Me mandaste al Tártaro. Permíteme que te devuelva el favor. Voy a llevarte a mi más infernal hogar.
La cosa que era Cronos se aproximó con fluidez más al pilar donde me debatía contra el precipicio, imponente y ominoso, aplastándome con su poder de titán, haciendo temblar la columna bajo mi peso, y alzó hacia mí sus manos. Sabía que en cuanto pusiera un dedo sobre mí jamás lograría despertar, jamás me levantaría de la cama para dar la alarma, y que me arrastraría a las mismísimas profundidades del Tártaro, quisiera yo o no.
Sentía la urgente necesidad de encogerme y dejar de luchar, de rendirme para que todo acabara de una vez. Pero otra parte de mí estaba decidida a no darle esa satisfacción. Así que recurrí a todo mi autocontrol para no echarme a gritar de pánico y horror y, cuando recuperé la voz y estuve relativamente seguro de que esta no iba a delatarme con algún temblor o emoción traicionera, lo interpelé con palabras.
—Me maté. Me entregué. Yo morí y conmigo, tú. Los dioses vencieron y los titanes perdisteis.
-No cometo el mismo error dos veces. No soy como... otros.
-Los dioses ya os han vencido más de dos veces; eso, por tanto, equivale a cometer un error tras otro, aunque no sean los mismos modos.
La blonda parte superior de la figura que hacía de cabeza y de donde procedía la voz de Cronos asintió lentamente.
-Vencen pequeñas batallas en la guerra eterna que es nuestra enemistad. -Clavó su mirada en mis desorbitados ojos que ardían de furia y un dolor se extendió por todas las fibras de mi cuerpo, causando que me flaquearan los brazos. Resbalé por la dura piedra, acercándome a una velocidad aterradora al precipicio; con un ímprobo esfuerzo, conseguí quedar sujeto boca abajo y con las piernas cerradas entorno a la columna.
-Pero esta vez no me conformaré con pequeñas luchas. Ganaré, y esta vez del todo. Ganaré la guerra y con ella, el mundo. Ganaré la guerra y, con ella, recuperaré lo que es mío, lo que el par de tres me usurparon tan injustamente. Y entonces tú serás el primero que pruebe mi justicia -prometió en un tono comedido y despiadado-. Pronto un dolor aún más vivo e intenso te hará retorcerte. ¿Sufres con mi cercanía? Lo que sientes ahora no es nada en comparación con el horror que guardo con especial atención para ti. Te castigaré, Luke Castellan. Castigaré la osadía de tu traición. Te castigaré, y no sólo en cuerpo. También en alma. También tu corazón. Infringiré a tus seres queridos una tortura como jamás hayas visto. Y tú lo presenciarás, en la eternidad que me da ser el titán del tiempo. Serás testigo de cómo voy a ir absorbiendo despacio la fuerza vital de tu amiga, la rubia; de tu madre, la loca. De tus amigos, del resto de conocidos. Verás cómo le arrancaré el alma a la cazadora que tan estúpidamente amas. Y yo me reiré, en ese para siempre en el que os dejaré padeciendo.
Se volvió a acercar. A medida que se aproximaba, el dolor de su presencia se iba intensificando. Un lacerante dolor recorría mis extremidades; no sabía si me estaba ahogando o abrasando, si era frío lo que sentía o era calor; en la cabeza puntitos luminosos y una despiadada risotada daban sustento a mi conciencia.
—Disfruta de tus últimos instantes de paz, Castellan —susurró—. Serás mío en más de un sentido. Lo juro. Por toda la eternidad. Estarás a mi disposición de un modo que jamás concebiste ni aun de buen grado. Te tendré entre la vida y la muerte.
La figura de Cronos estaba tan cerca que no pude aguantar más y eché con brusquedad la cabeza hacia atrás y lancé un desesperado alarido que pareció hender el mismo aire, desgarrar la sangre que me corría por los dedos y hender mi propia alma.
-Oh, amigo mío, me gustaría decirte lo mucho y mucho que van a sufrir tus seres queridos, y con ellos, tú; pero me temo que eres incapaz de hacerte una idea de cuánto equivale ese mucho. Mejor así. Será aún más placentero comprobarlo. A su tiempo lo averiguarás. Adiós, Luke. Nos vemos abajo.
No supe cómo, pero de pronto me encontré con los brazos abiertos y las piernas retiradas del pilar, los miembros agitados sin control en el aire, cayendo con rotundidad hacia la boca ávida del negro vacío que aguardaba engullirme.
Que, de hecho, me engulló.