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Historia 126109 — capítulo 25

Disclaimer: año nuevo… disclaimer viejo. (No soy Riordan y sigo sin derechos de autor sobre sus obras y personajes). 

-…-…-     

Capítulo 24: Amaltea. 

-…-…- 

Es noche cerrada.

Noche de principios de verano.

Noche cualquiera rociada de estrellas y esencia de vida humana.

Noche incipiente ya que las campanas de la iglesia de la plaza aún no han tocado para anunciar el ecuador de la madrugada.

Una noche normal que se despliega bajo la plateada mirada menguante de una luna a medio rellenar; el ambiente es agradable e inocente, aparentemente. La luz artificial y espectral de numerosas farolas lo vigilan, aunque él se las ha apañado para escoger el ángulo preciso donde las sombras lo rodeen e impidan que sea un blanco fácil para cualquier insensato que aparte la vista del resbaladizo suelo plagado de multitud de pisadas anónimas y se atreva a mirar arriba. 

Tiene catorce años, pero las ropas remendadas y algo desaseadas guardan en sus pliegues arrugados las idas y contiendas propias de un mendigo adulto, mal presagio, se teme, de la vida de lucha y huída que le deparan los años venideros. Está subido en el apogeo de una estatua, situada esta en una pequeña plazoleta de la ciudad primaveral por excelencia del país, en una plaza o parque público. A tan alta altura, sólo es visible para los pocos que saben qué buscar. La estatua sobre cuyos hombros pétreos se encarama es un ángel caído que abre sus alas al entorno, y halla su espacio fijo justo en el centro de la zona habilitada para el divertimento de los viandantes, una zona cóncava, repleta de ondulaciones y rampas. 

Una capucha le oculta el rostro; una traba puesta para los posibles monstruos que siempre están al acecho de mestizos, aunque bien sabe que esa es una endeble precaución, ya que los monstruos no responden a los rasgos característicos ni a las huellas digitales ni al número en el carnet de identidad sino a la esencia de semidiós que corre por sus venas. En una mano empuña una daga ribeteada de pequeños rubíes en el mango y en la otra la espada de doble filo, legado de Hermes y bautizada Backbiter, manteniendo ambas cruzadas sobre el regazo. Los pies le sobresalen de los hombros del ángel caído, cuelgan a varios metros del suelo y se zarandean de un lado a otro, más por la estela inquisitiva de sus pensamientos que por el inexistente miedo a resbalar de la estatua, al no estar debidamente aferrado a su textura de bronce y mármol. 

Bajo él, adoquines acolchados por una llovizna pasajera resiguen el camino hacia un caserón abandonado, un edificio con un jardín mal cuidado y repleto de matojos. Las huellas del abandono se perciben en buena parte de su fachada, torcida y casi venida abajo; y aunque la zona central persiste en seguir recta y no doblegarse a un aspecto anticuado y requemado, es evidente que la casa no tardará en ser pasto de quienes, como él, buscan refugios puntuales bajo el cual cobijarse cuando el cuerpo precisa su buena dosis de merecido descanso. De todas formas, él no está viendo el caserón. Ya lo ha explorado y explotado durante las últimas cuarenta y ocho horas. Mantiene los ojos cerrados, el cerebro abstraído en divagaciones de sangre. 

Aun así, permanece atento a todo lo que le rodea. La ciudad jaranea, rebulle, duerme y brinda alcoholizada en sus tiendas, casas y tabernas. Sus latidos de vida se expanden y hacen eco también en el sonido del viento y en el tráfico de coches, tranvías y autobuses circulando por las carreteras lindantes,

en el rumor suave pero constante de las voces que se conservan despiertas amén de las altas horas, en el lejano ulular de las aves nocturnas que planean un rato sobre su cabeza hasta que se aburren y van en busca de unas presas más prometedoras y una caza de verdad.

Es una actitud de extrema vigilancia la que puede atribuírsele a simple vista; mas para hacer honor a la verdad, su mente no está por entero allí. Pensamientos mundanos de añoranza a la madre que abandonara ya seis meses atrás, pensamientos que arrancan notas de melancólico dolor en el instrumento aflautado que es su corazón son, en realidad, quienes se reparten su atención. 

Algo se inmiscuye y superpone de pronto a esas evocaciones, algo que logra que deseche la añoranza de golpe y resolución, olvidando todo aquello de súbito.

Ese algo es un indicio. Una sensación en la espina dorsal. Sospecha. Se pone en tensión. Detiene el zarandeo de las piernas, aferra las armas, frunce el ceño y mira en derredor. Indicio. Y entonces, de repente, el cielo resuelve el motivo de su alerta. Las nubes bajan, negras y ominosas; una niebla brillante

se desenrosca de ellas, como promesa de tormenta. Pero no es humedad lo que resbala cuando se abren. 

Es un ejército. 

Entero. 

De monstruos. 

Ellos son quienes caen desde lo alto. La noche es negra, pero la oscuridad que traen consigo es aún más enmarañada y sombría. Ala con ala, picos con garras,

son una legión desatada, la hueste que convierte el cielo en un cráter desigual de sombras movedizas. Los monstruos extienden garras, erizan el pelaje,

abren alas y dejan al descubierto muecas repletas de dientes. Clavan sus ojos de averno en él. Y se lanzan en picado. Y en círculo de tal forma que no haya modo de eludirlos. Viento con viento, muerte con muerte, flechas que llueven desde las alturas hacia un único blanco:

Él.

Mestizo. 

Emiten en el vuelo sonidos roncos que contienen idénticos mensajes de morder, desgarrar, destrozar y matar. Pero él no vacila. No se arredra ante esa nueva dificultad; ante ninguna, de hecho. A su naturaleza temeraria de semidiós le fascina el riesgo, la traicionera fortuna de los obstáculos que son retos, por lo que se relame de gusto al pensar que se avecina una batalla con el que dar rienda suelta a su furia cosechada recuerdo paterno tras recuerdo materno.

Todo mestizo hijo del Olimpo es fuerte, pero en él los genes de Hermes se manifiestan aún con más énfasis y poder, pueden convertirlo en leyenda, y pocos,

por no decir ninguno de los otros hijos del dios del viaje pueden disputarle ese primer puesto que se ha ganado con tanto celo. 

Con la misma intensidad con la que la añoranza caracoleó en su pecho antes al pensar en su madre, la determinación, la fiereza y la insensata euforia dominan sus acciones. Su respuesta es inmediata. Termina de incorporarse, ambas armas desenfundadas y prestas, localiza y distingue con la mirada a la raza de vástagos que van a la cabeza de la vanguardia, unos monstruos con alas de murciélago, pico de buitre y erizadas púas en el cuello. Pero detrás de ellos hay más. Muchos. Demasiados, a decir verdad. Suficientes para hacerle comprender que las probabilidades no están de su parte y que de esa no saldrá vivo a expensas, sólo tal vez, de un milagro. 

Pero los milagros no existen. 

Los dioses, con su constante indiferencia, se han encargado de extinguirle esa llama de esperanza. 

Monstruos que copan el cielo y alzan el vuelo como una cortina de alas, patas, riesgo y violencia. Filas y filas de bestias asesinas, letales, venenosas

e inamovibles, sedientas de sangre, hambrientos de carne, ansiosos de ganar prestigio entre sus iguales. La imagen es tan terrible como hermosa, tan desalentadora como prometedora. Pero el rendirse no está dentro del catálogo de ideas e intuiciones que baraja. La corriente de aire que las bestias levantan con su aleteo próximo hace ondear la chaqueta azul y roja que lleva atada a la cintura, todo un estandarte, sedoso y fluido, de declarada e irrevocable guerra. 

Matar o morir… 

Ése es su lema; esa es su enseña, esa es su acción. 

Espada alzada, daga rezagada en la retaguardia, no espera a quedar atrapado en esa maniobra de posición de cráter y se anima a ayudar a la horda que lo cerca a volver, a sangre y muerte, al infierno al que pertenecen y del que no deberían haber salido sólo para perseguirlo. No baja de la estatua. Al contrario.

Aprovecha su altura para plantar los pies en la cabeza del ángel -como si el cogote cóncavo de piedra fuera el más sólido de los suelos- y, con un rugido en la garganta y una mirada acosada y alocada en cada ojo, salta al vacío, sale disparado en el aire, inicia la danza con la muerte y cae sobre la primera hilera de bestias con un sonido de rasgadura, fragor de batalla, filo desgarrando papel. 

Papeles que chillan y retuercen y contraatacan y se rompen con cada giro meticuloso de Backbiter. Papeles sobrevivientes que encuentran la muerte cuando la daga hace su cometido y arremete y hace incisivos y se retira con trozos de pellejo y piel y desgarra y remata la faena. Estocadas; gruñidos; dientes;

puñaladas; estruendo; torbellinos de agitación y heridas que se abren para jamás volver a cicatrizar. Se encarama, gana y pierde altura durante la lucha,

salta y cae mientras se abre camino a tajos entre los enemigos que forman la acometida. La primera hilera finalmente cae hecha pedazos, sus cuerpos estrellados y desperdigados por el lejano suelo, a medio desaparecer, y en ese suspiro él se encuentra subido a la espalda de uno de esos monstruos alados con las armas en las manos, teñidas con tanta sangre y sesos y vísceras que el original color acerado es indistinguible. Ha ganado el primer asalto, pero los monstruos se aprestan para atacar más. 

Más y más. 

No hay ilusiones falsas de sobrevivir a la emboscada. Pero sí esperanza; una retorcida esperanza. Esperanzas de llevarse consigo a cuantos más monstruos de esos, mejor; esperanzas de ganar un minuto más de vida por cada bestia abatida. 

Matar... para luego morir. 

Oh, sí, esa es su herencia divina, el gen dominante que todo dios lega a su estirpe mestiza. 

Matar... para al final dejarse matar. 

Sonríe. Una sonrisa tan afilada y letal como las dos armas que empuña. La lucha continúa. Pero no es suficiente. Nada de lo que hace es suficiente. Ni su valor ni su arrojo ni el hecho de que en el Olimpo los dioses han de estar siendo testigos del encuentro y, en el inframundo, Hades despotricando por la posibilidad de que caiga y, con su muerte, aumenten las tareas propias del dios custodio de almas. Ellos caen, caen y caen bajo su acometida, pero el cielo se sigue oscureciendo, de las alturas desciende otra hondonada de monstruos, y siguen llegando más, más y más. En esos momentos, la muerte es un derecho y, la vida, un sorteo que desacredite al más lento, un juego al azar que se detendrá sólo cuando considere que ya ha ingerido suficiente tinto del rojo, para tocar con su dedo bienaventurado al último que se mantenga en pie, da igual el bando al que pertenezca. 

Agotamiento. 

Las fuerzas le flaquean, la puntería le falla de cuando en cuando. La lucha sigue. Una eternidad. El monstruo que usa como montura se revuelve bajo su peso, pero él lo domina sin contemplaciones -una rápida puñalada en el estómago; sólo le interesa que sus alas sigan en movimiento-, luego se encoge cuando las bestias vuelan hacia él; prepara el cuerpo para el choque brutal. Y sucede. Vienen a por él. Monstruos y monstruos y monstruos. Pega un salto. Y otro

y otro y otro. Escala por ellos como lo haría con una pared llena de salientes. Salta sobre sus espaldas, esquiva como pueden sus hocicos o picos y despedaza o desmiembra patas, colas, garras, púas o gargantas. Lo que vea primero. Lo que tenga más a mano. 

Muerto uno, salta sobre otro. 

Y otro y otro y otro. 

Se aferra a ellos, aprovecha la solidez de sus cuerpos para atrapar al siguiente al vuelo. Amenazas primero, cadáveres de los que desprenderse cuando caen, después. Eficacia. Estilo. Elegancia. Brutalidad... a pesar de todo, no es suficiente para vivir. Para vencer. Más y más vienen por detrás, por los laterales, por delante. Lo sabe, y se prepara para recibir a la muerte como una enemiga más a la que afrontar a patadas, puñetazos e insultos. Son los ojos de su madre lo que le da fuerzas en ése último encontronazo, su llanto cuando lo vio partir por última vez lo que le da alas para pelear. Pelear y pelear.

Mas las batallas no se componen sólo de fuerza bruta.

Precisan de estrategia, ingenio, oportunidad aprovechada.

Las situaciones extremas suelen ayudarlo a pensar con rapidez, y en esos momentos se halla en una situación muy extrema, cargada de adrenalina. 

Y se le ocurre… 

Del bolsillo, extrae el mismo mechero que hallara en una de las repisas del caserón durante su escrutinio por sus estancias y con el que logró prender la madera húmeda de la chimenea central, mientras con la otra mano abre una profunda mueca, cuello a oreja, en el monstruo sobre el que ha escalado. Se desata de la cintura la chaqueta y corre a colocarla bajo el manantial rojo que emana de esa mortal sonrisa torcida, la empapa de la sangre de icor de los monstruos y, con decisión, acerca la mecha amarilla a la prenda. El icor es aceite, el aceite es combustible y el combustible es fuego.

Empuja a cuanto monstruo ve a las llamas.

Llamas que se avivan a cada minúscula gota de icor. 

Y arde el fuego. 

Fuego que se propaga de este a oeste en el cielo.

Abajo, los habitantes de San Francisco deben de estar pensando que el sol ha madrugado más de la cuenta. Y no se equivocan... al menos no del todo. Porque ese es un sol que amanece ya rojo y ardiente en su ocaso, un sol para alumbrar, abrasar y calcinar bestias.

Sin tregua; sin cuartel.

Mueren entre aullidos, gritos, chisporroteos y cenizas. Antorchas vivas y sobrenaturales que van a parar al tejado de la casa abandonada. De pie, sobre un monstruo que intenta con ahínco deshacerse de su peso para ir a lamerse en la intimidad las heridas, sobrevolando a bandazos el ala semiderruido del caserón, el mestizo, hijo del viaje, se queda solo en medio de un círculo de vómitos del tártaro, un círculo en cuyo caos se suma el fuego y las llamas, lucha solo, grita solo, ruge solo... 

Y cae solo. Desamparado; abatido... al vacío. 

Antes morir por un choque frontal con el suelo y los metros que los separan, que a manos de una de esas bestias odiadas. O del fuego que él mismo ha desatado sobre ellas. Suelta una carcajada. Enrosca el cuerpo para mitigar lo más posible el dolor que vendrá -inútil, lo sabe, pues ningún mortal, por más mestizo que sea, puede sobrevivir a semejante caída; pero las costumbres son las costumbres y prepararse para amortiguar el golpe es lo que ha aprendido su cuerpo-; cierra los ojos cuando distingue las rayas que separan los adoquines de la acera. Va a morir. Sonríe. ¿Está loco? No. ¿Entonces? Sonríe. Porque esos monstruos tampoco beberán en esta ocasión su sangre. Esos lobos no le desgarrarán el cuello con sus dientes. No. Hoy no. Y por la proximidad del suelo, ya distinguible en su superficie las gotas de una llovizna pasada, ya nunca. Jamás. 

Y entonces... 

Algo ocurre en el último momento. Relentecer. Caída. Colchón. Aire. Quietud... Y en un instante está de pie en el suelo, sano y salvo. Vivo. Sin ningún rasguño. Sano y salvo. La impresión por ése hecho insólito es tal, que las fuerzas le abandonan; cae de culo al suelo, toda la adrenalina de la que ha hecho gala durante la lucha, desaparece. La inconciencia lo fulmina como un rayo al agua de una piscina: lo deja ileso, pero cao. 

Cuando vuelve en sí, temblando bocarriba bajo el asiento de un banco de la plaza, -está seguro que no ha transcurrido mucho tiempo-, un jaleo, impropio de una ciudad adormilada, lo pone en alerta de inmediato. Y no es para menos. El caserón... está en llamas. En llamas. Hay bomberos y policías por todas partes, los primeros enfrascados en labores de extinción y los segundos en la tarea de desalojar las viviendas vecinas por miedo a que el incendio se extienda, todos con caras lívidas, caras de incomprensión, caras que atestiguan incredulidad porque el espectáculo de llamas y extremidades de animales extraños y desconocidos es un espectáculo muy lejos de ser normal y típico de encontrar en los incendios. 

No necesita echar una ojeada al cielo para comprobar que ha quedado despejado, pero aun así lo hace... por si acaso; los pocos monstruos sobrevivientes a la quema, han huido, cómo no. Tiene el cuerpo lleno de contusiones debido a los golpes y arañazos de las desaparecidas bestias (aún no se explica cómo es que ha sobrevivido a la caída; tal vez el Olimpo no se ha contentado con sólo observar, para variar). Asiste con ojos en los que no cabe ni arrepentimiento ni culpa -tenía que salir como fuera de las garras de esas bestias inmundas-, cómo contingentes enteros del cuerpo de ambos servicios civiles entran en la casa, con los semblantes ocultos tras cascos con reserva de oxígeno. Se incorpora, primero a rastras luego a gatas luego ya sí a dos piernas, con cuidado de que nadie note su presencia, tantiona para verificar que conserva tanto la daga como la espada al cinto -menos mal que no se le han extraviado durante la caída- y se desliza por el lado opuesto de la plaza, abandonando como vulgar autor el lugar del crimen cometido. 

Se marcha como sombra entre la escasa maleza. 

Sus pasos se vuelven más y más vacilantes a medida que la luna se desliza en ascenso y descenso en lo alto. Las horas pasan lentas mientras guía su cuerpo agotado a través de calles y callejones, asfalto y, finalmente, un bosque (o intento de bosque). Allí la vegetación es pobre, los árboles raquíticos y las aberturas en el mustio dosel, amplias. El horizonte pincelado con leves trazas de gris anuncia el despertar del alba cuando por fin se conmina así mismo a buscar alojamiento para descansar. Se introduce en una calle -más sendero que calle-, extrañamente solitaria. De hecho, al principio no hay nadie.

Tan solo una oscuridad basta y absoluta.

Pero de pronto llega la sensación de la presencia, de alguien aproximándose en la distancia, una presencia que le hace desear poder localizar la dirección de la que proviene esa inquietud. 

Luego la sensación se intensifica. Se hace más fuerte a cada paso. Y aunque apenas es algo intuitivo, está seguro que ya no está solo. Alguien lo acompaña.

Lo observa, acecha y sopesa.

Invisible, alguien lo vigila.

Avanza sigilosamente hasta coronar la discreta cima de un montículo de asfalto y desde allí otea en todas direcciones, tratando de adivinar a qué responde la sensación de estar siendo vigilado. Estudia con detenimiento el paisaje agreste, barriendo con ojos atentos el entorno en busca de certeza y confirmación, planteando ya estrategias de ataque. Nada. Su agudeza visual, casi tres veces superior a la de un simple mortal, no le sirve en esa ocasión. Una vez llegado al lateral opuesto de la calle, asoma la cabeza con precaución por la esquina que forman una valla y un tronco medio retorcido. 

Un destello le llama la atención, y cuando vuelve la mirada hacia donde proviene, se topa de frente con la estatua de bronce de un hombre a caballo, un general caído en una de tantas guerras. ¿Robusta Ley? Se pinza el puente de la nariz con un pulgar e índice y lo vuelve a intentar. Ah, vale. Lo que pone realmente es Robert E. Lee. En la base del monumento un vacuno se rasca los cuernos contra la estatua mientras escarba en la hierba con los cascos delanteros y mordisquea pequeños jirones de hierba tornada verde y dorada con solo su presencia. 

Es un animal único. 

Un animal hermoso. 

Un animal de leyenda. 

Tiene el tamaño de un pony y la presencia señorial de un unicornio, una larga cola que bate el aire con calma, y su cuerpo se sostiene sobre cuatro robustas patas acabadas en cascos hendidos. Es una cabra. Y no una cabra cualquiera. Todo mestizo conoce su leyenda, pero más los semidioses hijos de Zeus.

«Amaltea», susurra, y ella mueve la cola en señal de admisión al nombre. «Amaltea, la cabra que, según se cuenta, amamantó a Zeus cuando éste aún era un mocoso en pañales que jugaba al escondite con el temible papá Cronos».

No pierde la ocasión de escudriñar de cerca otro mito viviente. Está dotada de unos cuernos curvos como un carnero, las ubres hinchadas de una hembra. El lanudo pelaje que la recubre brilla leve pero perceptible, una difusa luz blanca que le otorga un aire borroso y fantasmagórico. 

El andar solo por las calles del mundo, calles repletas de todo tipo de monstruos que le saltan repentinamente al cuello sin previo aviso, le ha enseñado a confiar siempre en su intuición. Y su intuición ahora le dice que se detenga a observar. Así que mira. Arrodillada frente a la cabra, manteniendo la más íntima y extraña de las conversaciones, una chica le da la espalda. Figura espigada, cuerpo envuelto en un tosco manto de piel de lobo, sólo ve de ella un par de manos blancas y pequeñas. Una bolsa de viaje descansa en el lado opuesto de la estatua. Ella no se percata de su presencia hasta que la cabra con la que ¿habla? ¿Muje? ¿Berrea? bueno, lo que sea, gira el rostro en su dirección y le dirige una mirada tan severa, propia de madres ofendidas cuando sus hijos interrumpen la conversación que sostiene con otros adultos; tanto es así que al instante el chico se siente aludido y piensa que tal vez es que de verdad ha interrumpido una conversación privada. 

La cabra persiste en clavar sus ojos tristes de color ámbar en él. Un collar de bronce le abraza a la altura del cuello. Pero lo que más llama la atención son sus ubres. Cada tetilla está tatuada con letras del griego clásico. Nadie le ha enseñado a leer esa lengua arcaica, pero tan verdad como que Hermes le ha legado ciertos genes divinos, la capacidad de leer y entender griego antiguo viene arraigado junto con la sangre semidiós que corre por sus venas.

Néctar, Leche, Agua, Pepsi, Hielo y Mountain dew sin azúcar. Se frota los ojos para asegurarse que ha leído bien (la dislexia a veces le juega raras pasadas) pero no..., no se equivoca. Cada tetilla de la cabra está etiquetada, efectivamente, con néctar, Leche, Agua, Pepsi, Hielo y Mountain dew sin azúcar. «Bueno», se dice meneando la cabeza. «Cosas más raras has visto». La cabra fija sus ojos alternativamente en ambos jóvenes. Sin previo aviso, da media vuelta y se interna en el follaje. 

La chica se pone en pie de un brinco, lo recrimina con un puño al aire y luego sigue a la cabra sin vacilación alguna, pero él titubea y, finalmente, desiste de imitar ese alocado comportamiento. La cabra se pierde en el sendero y tras ella va la chica extraña a la que aún no le ha visto la cara. Él sacude la cabeza y reemprende su camino solitario; mejor solo que acompañado por una cabra y una chica que está, sí, puede decirlo, como una cabra. 

Enfrente pero muy a lo lejos, dos picos de rocas se recortan visibles en el cielo, afilados dientes de sierra que emanan tanto advertencia como vigilancia; inclinadas como si buscaran llegar a tocarse, abren entre sí una oquedad en la roca. El viento trata de advertirle. Se levanta con furia contra él, sopla y resopla chasqueando hostilidad en sus oídos, hace crujir las ramas de los árboles igual que un abusador de patio de colegio haría crujir los nudillos de los dedos ante la cara aterrada del acosado al que pretendiera moler a golpes hasta regalarle la paliza de su vida.

Se encamina hacia ese refugio inesperado.

El cansancio le obstruye la razón y el entendimiento. De pronto, el entorno enmudece. Algo susurra y silva en el aire. Infundidos por el pavor, docenas de pájaros escapan de sus cobijos en los árboles, salen escopetados mientras lanzan trinos de alarma y se dispersan en todas direcciones, huyendo de la fuente de esa amenaza. 

Alza la vista y se encoge al ver una gran sombra oscura, de tamaño intimidatorio y procedencia inusitada, que salta por encima de ramas y hojas, ascendiendo por el cielo y ocultando la luna. Se detiene para escrutar el cielo, aprestando ya las armas. Está muy lejos y la distancia sólo le permite intuir que es grande, alado y ominoso. Entrecierra los ojos y hace visera con la mano para protegerse de los últimos destellos de luz del astro nocturno, tratando de discernir la forma de aquel nuevo peligro con alas, pero el ser alado vira y se pierde detrás de la coronilla rocosa de lo que ha resultado ser una cueva. Antes de que desaparezca por completo, cree percibir escamas en esas enormes alas que ni la más grande de las aves puede llegar a empergar. 

Y comprende... Un dragón. Se ha acercado a la guarida de un dragón. 

Se estremece al recordar los rumores y las truculentas historias que corren acerca de los dragones. Entorno a la guarida, troncos despellejados como osamentas de cadáveres muertos tiempo atrás se alzan retorcidos y tan separados entre sí tanto como lo permiten sus ganchudas ramas. Se le nubla el juicio. El agotamiento, primero de la lucha en el aire con los monstruos y más tarde el de la caminata, van absorbiendo gota a gota la poca energía que aún conserva. Cuando quiere darse cuenta, se está esforzando en seguir alerta, luchar contra el sueño, el desánimo y el cansancio que lo vencen. Ya no tiene refugio donde meterse; el sitio donde creyó que podía esconderse no es más que la garganta profunda de un dragón, y no piensa meterse ahí por nada del mundo. No obstante, el mero hecho de su presencia no proclama eso. El dragón, al parecer, se ha tomado su visita de un modo más particular, más amenazante y más letal. Sale disparado de dentro de la cueva una vez comprobado, supone él, que sus bienes personales -o crías- continúan intactos en el interior de su guarida. 

El dragón lo embiste y, por un momento, es como si el alba rojiza del cielo cobrara vida y se le echara encima, un alba furiosa plagada de escamas, fuego y colmillos. Al comprender lo precario de su situación, opta por poner pies en polvorosa. Así que sale pitando, echa a correr olvidado ya el cansancio.

Y corre.

Con el peso del cuerpo en la punta de los pies para ir más deprisa.

Con la cabeza agachada, los pies veloces y los brazos moviéndose con rapidez, molinos de aire impulsándolo a ganar metros de distancia contra el animal.

No mira atrás ni un momento, pero aun así no le cuesta percibir en el aire que zumba a su alrededor el tropel de las alas del animal que lo persigue. Se interna por la vereda; cuanta más dificultad de vegetación tenga su persecutor, mejor. 

Las resecas ramas de los raquíticos árboles, húmedas por el rocío de la mañana, lo golpean en cara y brazos en esa desesperada carrera; maleza y pedazos de ramas secas se le enganchan a la ropa y a los rubios cabellos. Un sudor frío le resbala por el rostro, jadea no sólo por el esfuerzo de mantener el paso, también porque siente que el corazón le trepa desbocado, rumbo a la garganta. De vez en cuando mira hacia arriba para localizar la sombra y medir la ventaja de metros de la que aún dispone. Por veloz que sea corriendo, las alas, no obstante, vencen. 

Emerge sin previo aviso de entre los árboles a una zona a campo abierto, quedando a descubierto. El desnivel de la pendiente lo hace tropezar, derrapar, perder el equilibrio y, finalmente, caer de culo ladera abajo. Esa caída lo salva por pocos centímetros de unas garras. Pero el dragón no ceja en su empeño de cazar y castigar, y lo sigue. El leviatán abre y cierra las garras, volando implacable hacia él. Mira por encima del hombro para toparse con otra mirada, esta malvada y llena de locura. Sus ojos, redondos como botones, vacíos como abismos y tan rojos como el fuego, prometen muerte sin piedad y regocijo por ello. La corazonada de que hoy va a morir sin duda le retuerce las entrañas. Agarra al vuelo una piedra situada junto a su bota izquierda y lo arroja con todas sus fuerzas a la bestia. Sin pausa, curva el brazo y arroja la daga de bronce. Suerte o puntería, la piedra golpea al animal y los salientes afilados se clavan profundamente entre dos membranas del animal, que aúlla de molestia y rabia e intenta quitarse de encima la afilada piedra. 

La daga no se queda atrás y va rauda a encallarse en el punto débil de su ala izquierda. De sus fauces brota humo negro y espeso, humo que se vuelve en verdadera llamarada cuando el ácido del bronce se extiende por toda la extremidad hasta dejarla desgarrada y agitada en el aire, a punto de desprenderse por completo del resto del cuerpo. El dragón trata de arrancarse la daga. Cuando lo logra lo estrella en el suelo igual que uno se quitaría de las encías una espina de pescado especialmente molesta, desata sobre él su furia. Desciende en picado, la cara deformada por la rabia, abriendo y cerrando su morro en un espasmo de cólera. 

Un terror tan viejo como el mundo invade al chico. Un miedo irracional, profundo y salvaje, más fuerte que el que siente cada vez que una partida de caza del Tártaro lo descubre y hostiga, lo invade, se ancla en sus entrañas hasta fermentarse en pánico.

Verdadero pánico. 

Tiene sujeta la espada, pero el leviatán no le concede aliento para enarbolar a Backbiter. Lo golpea de lleno en el pecho con el ala ilesa, lanzándolo en tumbos casi media docena de metros hacia atrás. El chico yace inmóvil en el suelo, aturdido y confundido. En medio de la bruma de la semiinconsciencia, alcanza a oír un chillido de guerra (algo así como ¡Por Zeus!) proveniente de una garganta femenina. Se obliga a volver a la realidad y a ponerse en pie. No sabe de donde ha salido, pero ahí está, luchando a su lado.

Es ella.

La chica amiga de la cabra.

Multitud de preguntas zumban por su atolondrada mente ¿quién? ¿Cómo?

¿De dónde... quién? pero sólo atina a farfullar: 

-¡cuidado! -le engancha del codo y la arrastra consigo en la caída. Ruedan por el suelo entre barro, hierba y piernas que se estorban al intentar incorporarse.

Pero él la obliga a permanecer con la cara aplastada en el suelo. Un instante después, la zarpa del leviatán barre la zona donde un momento antes se erguía el par de piernas, haciendo saltar montículos de arena, esquirlas de piedra y trozos de árboles arrancados. 

Los dos se ponen en pie al mismo tiempo, sin darse cuenta de que se apoyan el uno en la otra. No hay tiempo para las presentaciones. La mole vuelve a cargar contra ellos. En una rápida mirada de entendimiento, toman caminos separados. Ella echa a correr hacia las entrañas del bosque, cursando un sendero lo suficientemente ancho para una persona pero demasiado estrecho y húmedo para que el dragón pueda meterse y su fuego no pueda prender. Aun así, el dragón hace ademán de ir tras ella. Brama encolerizado con la testa echada hacia atrás, la garganta expuesta y en las fauces abiertas, damas de fuego bailando entre sus colmillos y anidando en la bifurcación de su lengua bífida. 

Un chasquido; una detonación; una vaharada de luz viva...

La llamarada no llega a besar las pantorrillas de la chica de puro milagro. Ella tropieza, frena en seco y suelta un chillido colmado de miedo por lo cerca que eso ha estado, pero pronto recupera la vertical y renueva la carrera hacia el amparo del bosque. No lo conseguirá. Sin ayuda no lo conseguirá. En ese momento, él cae en la cuenta de que debe hacer algo. Lo que sea. Distraer a la bestia no es mala idea. Pero, ¿cómo? ¿Cómo? 

Backbiter. 

Se adelanta, desenvaina la espada y, con todo el impulso de su cuerpo, se impulsa hacia arriba mientras enarbola a esa extensión de doble acero de su brazo; logra golpear con ella los cuartos traseros del leviatán. Éste esquiva el arma en el último momento, no sin antes ganarse un buen arañazo en el costado.

En un visto y no visto, el dragón lo acorrala con las alas, obligándole a volver al suelo y, sin piedad, comienza a desgarrarle el rostro. Arañazos, volutas de humo y zarpas le acosan por todos lados. En segundos, tiene la cara destrozada, casi desfigurada, y sus chillidos de dolor son más ensordecedores, incluso, que los furiosos rugidos del leviatán. 

Intenta conjurar el poder de la espada, apiñar la fuerza mestiza que corre por sus venas, pero la hoja de Backbiter acuchilla sin éxito y a ciegas el aire y la daga hace tiempo que se le ha escurrido de entre los dedos pringados en sangre. Su propia sangre. El dragón lo abofetea con unas zarpas que abren herida en un lateral de su cara. El joven echa con brusquedad la cabeza hacia atrás lanzando un alarido desesperado, esa clase de grito capaz de hendir el aire, capaz de desgarrar el corazón y conmover hasta la mismísima alma de un depredador. Desea, más que nunca, que los dioses lo auxilien y ayuden a sobrevivir a ese ataque; pero los dioses, más que nunca, lo abandonan y dejan a merced del enfurecido dragón. Un dragón que, aunque fiel depredador, sigue siendo otra clase de bestia, un monstruo que no atiende a sentimientos, sólo a la gloriosa canción del crujido de los huesos de su víctima, a la ambrosía sabrosa de su sangre, al dulce aroma de su pánico y al tierno sabor de la joven carne arrancada a tiras de su cuerpo convulso. 

El chico siente tan lacerante dolor en la cara que a punto está de acabar sin conocimiento. Su nariz se llena con el hedor de sangre derramada y propia carne quemada. El chico siente que Con cada zarpazo que hiende su mejilla y desfigura sus rasgos, temibles visiones de masacre y horror y un dolor que va más allá de lo que creía posible copan su mente, su razón... sus sentidos. De repente, desde la profundidad de los árboles, un agudo silbido atraviesa el aire y una lanza afilada se clava hasta la empuñadura en el costado a descubierto del dragón. No sabe si es real o un truculento añadido de su imaginación,

pero cree distinguir la imagen de la Égida pintada y esculpida en un escudo, una visión que le pone los pelos de punta a causa del gran poder que irradia la imagen y que le empuja al borde del desmayo. El enorme leviatán cae al suelo por el impacto y el ácido que supone para sus heridas el material de la daga, la espada y la lanza, rueda entre alaridos de dolor por la inclinada vereda hasta quedar hundido en el barranco. 

Tendido de bruces en el barro, con un cuerpo convulso y un rostro tan desfigurado que ya no es suyo, El chico busca en el follaje en la dirección proveniente de la inesperada ayuda de la daga hasta dejar fuera de combate -porque muerto no está; eso puede jurarlo- al leviatán. Un nuevo sobresalto le recorre.

A lo lejos, enmarcado por dos ramas semidesnudas, dos ojos azules le devuelven la mirada, una mirada que le llega hasta lo más recóndito de su alma, y luego reculan hacia atrás, se funden con el fondo del paisaje y desaparecen tras la arboleda donde se esconde. De pronto la tierra vibra bajo sus mejillas. 

«Odiados dioses», piensa. «No hay dos sin tres». 

La lucha en el cielo con los monstruos, la huida desesperada del dragón... Dos problemas. Uno detrás de otro. Y no hay dos sin tres. No siente ni el más mínimo deseo de toparse con el tercero. Así que se rinde a la evidencia, a la conmoción. El desmayo, por segunda vez en menos de doce horas, lo arrulla en su oscuridad.

La nada lo envuelve, el vacío lo llama y arrastra. 

Un agradable cosquilleo se extiende por todas las fibras de su cuerpo. ¿Está soñando? Algo áspero y húmedo le acaricia suavemente la cara. Es una lengua...

¿una lengua? alguien le está lamiendo las heridas. Alto, no, eso no tiene sentido. Cuando se arriesga a espiar por entre los párpados... ojos de una intensidad que parecen atravesarlo, arrancarlo de los brazos de Morfeo y devolverle sin preámbulos a la realidad, con todo el sufrimiento que hay en ésta. Son los ojos de una vaca. No, de una cabra. Cargados de comprensión y de una habilidad capaz de llegar a atisbar y desgranar los sentimientos y los pensamientos más profundos del alma, sus enormes ojos semejan pozos sin fondo, pozos de una sabiduría que está más allá del conocimiento de los mortales y de una piedad que ni el más santo de los santos puede aspirar profesar. 

No obstante, lo más raro de todo es... que el cuadrúpedo le está lamiendo. Le está curando las heridas de la cara, nota cómo cicatrizan. El chico permanece inmóvil en el sitio mientras la lengua sube y baja por todo lo largo y ancho de su rostro. Cuando la cabra avisa con un mugido que ha terminado, se aparta con cautela, apoyando el peso del cuerpo en la parte posterior de pies y codos, sin perder de vista los ojos del enorme animal. No sabe cómo han vuelto a él, pero de pronto en la mano izquierda vuelve a sostener la daga perdida, en la derecha Backbiter aguarda brillante, férrea y letal. La cabra sigue sus movimientos con esos ojos dorados demasiado inteligentes, embaucadores y humanos como para pertenecer a un animal, sin perderlo de vista ni un momento,

girando la cabeza si es preciso y con la cola rígida y erguida. 

Él decide irse, marcharse antes de que todo se tuerza. La criatura parece intuir sus intenciones. Ayudado por las manos -el cuerpo aún le tiembla por la paliza propinada por el dragón-, se arrastra hacia atrás como un cangrejo. Pero la cabra es más veloz. Los cuadrúpedos siempre lo son. Él se arroja y rueda en el último momento al suelo; la sombra del animal lo cubre, un manto que surca el aire muy por encima de su cabeza y que cae con firme ligereza frente a él. Sin pausa el muchacho se incorpora sobre las piernas, olvidado todo sentimiento de debilidad. Gira sobre los talones igual que una peonza y encamina los pasos hacia otra dirección. No hay salida. Amaltea le obstruye el camino. Y ni siquiera la ha visto desplazarse. Resopla y vuelve a encarar el cuerpo hacia otra dirección, pero mire donde mire y enfile la ruta que sea, siempre se topa con el mismo resultado: 

Amaltea.  

Finalmente separa las piernas y se presta a la lucha. No desea atacar al animal (menos a uno tan hermoso y raro como ese) pero el empecimiento de éste por perseguirlo no le está dando otra salida. No obstante, la cabra se mueve hacia un lado antes de que el chico pueda atacarlo con el arma de doble filo.

Y él no la ve venir.

Una red sale de repente a su izquierda; se despliega en el aire y luego bajo sus pies. El salto del chico, propuesto a esquivar la trampa, lo lleva a caer directamente en la malla. Sus armas salen despedidas en el aire dando vueltas y alejándose tanto de la cabra como de su alcance. Choca de cabeza contra los flancos del animal; de ser una persona o un animal menos robusto se lo habría llevado por delante, le habría hecho rodar espalda al suelo. 

Pero Amaltea no recula ni un paso ni se tambalea acusando el golpe. El chico rebota como una pelota de pimpón en una raqueta que no puede movilizar, rebota contra el animal y luego sigue cayendo hacia atrás. Y aunque la hierba húmeda acolcha la caída, el impacto contra el suelo le deja sin aire en los pulmones. Y en lo que anda recuperando el aliento, la cabra dobla las rodillas y apoya la cabeza encima de él. Justo en su agitado pecho. Negándole definitivamente cualquier modo de escape. 

-Desagradecido. Es así como das las gracias por haberte salvado la vida? 

Cuando tuerce el cuello, por fin tiene la oportunidad de verle la cara a la persona que lo ha pescado como si de un pez de pantano se tratara. Bajo el manto de piel de lobo de la que casi se ha desprendido, la chica viste botas de cuero negro, tejanos negros y una chaqueta de cuero deshilachada con botones punks. De nariz pequeña e italiana, sus ojos coronan dos pómulos altos y prominentes. Su cabello es oscuro y lo lleva recortado como si unos roedores se lo hubieran arrancado a mordiscos, rebeldes mechones se rizan entorno a las orejas. Su mirada de un intenso azul lo taladra con tal intensidad que a él se le antoja que ella está considerando seriamente la mejor forma de pegarle una paliza. 

-M-me ha asustado -balbucea como un verdadero atolondrado. 

Ella frunce los labios como si considerara por primera vez si tal cosa es posible, que su aliada con peso de tonelada pueda intimidar a alguien. Al final llama a la cabra. 

-Ven aquí; conmigo, Amaltea. 

La cabra se levanta; menea la cola frente al rostro del muchacho a modo de advertencia y luego dobla las patas y se deja caer junto a la chica extraña. Librado por fin del peso de la cabeza del animal sobre su pecho, él respira profusamente antes de inquirir.  

-¿Amaltea? 

-Es la madre de Zeus. 

Él no puede evitar enarcar una ceja. 

-No me digas. 

-Bueno, su madre de pecho y leche. Amaltea sólo está cumpliendo con el deseo que le he pedido de ayudarte. -Habla mientras rasca a la cabra entre las orejas-. Deberías agradecer que te haya dejado verla. Normalmente tiene por costumbre mostrarse sólo ante los hijos de Zeus -ahí se detiene para coger aire y añade-, bueno, ya que he empezado, termino presentándome. Soy Thalía -extiende una mano de largos dedos de pianista por encima del lomo de la ronroneante cabeza de la cabra-, Thalía Grace. Mestiza hija de Zeus. Supongo que tú también eres un semidiós. -No es una pregunta; es una frase con puntos suspensivos a rellenar. 

-Hermes fue la piedra que se le metió en el zapato a mi madre -musita por todo saludo-. Yo soy Luke. Luke Castellan. La horma de tu zapato si no me sueltas enseguida. -Señala con el mentón la mella que lo tiene privado de movimiento. 

Ella hincha de aire los carrillos, nada intimidada por sus palabras. Amaltea elige ese momento para darle un suave lametón en la oreja. 

-Cabra buena -jadea la tal Thalía expirando el aire y rascándole la panza al animal-. Zeus malo. 

Eso parece alegrar a la cabra, que agita la cola con complacido victimismo y luego vuelve a tumbarse apoyando la cabeza en el regazo de la chica. Él carraspea sonoramente. 

-Ah, sí, perdona. -Se arrodilla-. ¿Tratarás de escapar? -Cuando él pone los ojos en blanco como preguntándose para qué, a dónde ir, ella asiente por la muestra de sensatez, deshace con dedos hábiles un nudo grueso y prieto, le quita el frunce al tirar de uno de los hilos sueltos hasta que el chico vuelve a encontrarse libre de la trampa de red. 

Vivo y libre. 

-¿Mejor? 

Él asiente. 

-Gracias -musita con una sonrisa tímida, la primera verdadera en mucho tiempo-, gracias, Thalía... 

-Grace. 

-Te debo la vida -se toca la cicatriz tierna que le surca medio lateral del rostro-, y por lo visto algo más. Así que gracias por ello, Thalía Grace. Y a tu cabra, claro.

Ella le devuelve la mueca, una sonrisa que dibuja hoyuelos en sus mejillas. Y es ahí entonces cuando a él, de repente, empiezan a funcionarle mal los pulmones. Le falta el aire y se siente como si le hubiesen rebanado el cuerpo a la altura del cuello, con lo que su cabeza adquiere libertad para rodar libremente guillotina adentro, fulminación completa. 

-Los semidioses sólo nos tenemos los unos a los otros -Thalía no se ha percatado de la agitación que le está causando la visión de esos hoyuelos permanentes-. Es un crimen no ayudarse cuando un hermano mestizo está en peligro. 

El chico traga saliva y no puede evitar que esas palabras les evoquen a los dioses, pero el pensar en esos idealistas del Olimpo causa que en su fuero interno comience a apiñarse oscuros pensamientos contra todos ellos. Sumido en ese estado, cataloga seriamente la actitud por impasible demostrada por los dioses durante esa larga noche de ataque y supervivencia como una postura severa, cruel y distante. Se obliga a fijar su atención en la chica llamada Thalía. Y la radiante sonrisa de ésta vuelve a hacerle efecto. Mucho efecto. 

El verdugo se apresta y el hacha pende sobre él. 

-Eso suena a que ahora somos familia. 

Se imagina construyendo con ella esa familia de la que habla; dos personas intercambiando miradas, la clase de ojeadas íntimas que atestiguan lo muy unidas que están, ser capaces de interpretar la más leve expresión del otro, capaces de registrar los pensamientos en el más ligero movimiento de ojos del otro. La clase de comunicación que, de seguro, facilita no sólo la familiaridad, sino el amor y el respeto. Ella se lo piensa por un momento y después se encoge de hombros. 

-¿Por qué no? Las familias se apoyan, protegen y aman. -Posa una mano sobre el hombro de él-. Nosotros ya hemos hecho dos de esas tres cosas. 

El hacha ha caído. El verdugo lo ha decapitado. 

-Sí… sí que lo hemos hecho. 

Una extraña emoción lo embarga. Sorpresa, alegría y la tranquilidad de haber encontrado una parte perdida de su familia lo mantienen en vilo mientras le extiende la mano a esa chica que hinca rodillas frente a él con la espalda apoyada en una de las patas delanteras de Amaltea, la cabra. 

-Entonces qué, Luke. ¿Amigos? ¿Familia? 

-No -musita lentamente; a medida que habla, su voz va cobrando resolución-. No. Nosotros no seremos ese tipo de familia. Seremos mejor. Mucho mejor. Jamás nos fallaremos como sí han hecho con nosotros esas familias del Olimpo, supuestos protectores divinos. 

-Trato hecho -dice alegremente ella, inclinándose para depositar un primer beso en la sien de su ganado compañero, justo donde a él le nace la magulladura dejada por el dragón, ahora convertida en una sonrosada cicatriz-. Serás mi amigo, mi protector... mi familia. Y yo la tuya. Seremos leyenda, Luke, una legendaria familia a la que incluso el tártaro aprenderá a temer. 

-Sí, claro. Y la cabra será como nuestra madre. ¿Te apetece, Amaltea?

Risueños, se vuelven hacia el animal; pero descubren con sorpresa que la cabra ya no está allí. Él ahoga un gemido, alargando en un movimiento reflejo el brazo hacia el lugar donde estuvo descansando la cabra. Lo único que tocan sus dedos es el muslo de la chica. Ella gira el cuello en todas direcciones, esculcando los recovecos de los árboles al tanto llama con su nombre al animal, pero no obtiene respuesta. 

-¡Ha estado aquí hace un momento! -exclama. Tú la has visto. Yo la he tocado. La sentías sobre tu pierna.

Asombrado él se pone en pie dispuesto a sumar a sus piernas a la búsqueda. Ella lo imita moviendo la cabeza con un suspiro. Da un paso en una dirección incierta, pero entonces algo cae a sus pies y queda tendido en el suelo, entre ambos pares de piernas. Al unísono bajan la vista. Reaccionan al mismo tiempo y se inclinan sobre el objeto. Sus manos chocan, tantean y unen y llegan a la vez al obsequio de la cabra. 

Asidos así de la mano, los dos jóvenes se miran a los ojos, y él reconoce que en la mente de ella debe de estar repiqueteando como en un cálido gong de campana las mismas palabras resueltas que tañen en su propia cabeza: familia, familia... familia. 

······