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Historia 126109 — capítulo 24
Disclaimer: Aunque me cartee mucho con Riordan, sigue sin cederme sus derechos de autor. (Lástima). Así que los personajes y escenarios siguen siendo suyos... De momento. ¡Ah, bueno, sí! Y decir también que Laura Gallego García sigue también su ejemplo (la tía, hay que ver cómo aprende) porque Cyrtash y el resto de tríada de Idhun siguen siendo suyos por méritos y derechos (jo; no quiere ni oír hablar de que me quede y atribuya a Christian… aaah).
-…-…-…-
Capítulo 23. Día ciento once: cumpleaños capicúa.
-…-…-…-.
Mientras caminaba por los aledaños del bosque que separaba el Camping Mestizo del Campamento 2, discurriendo mentalmente el mejor modo de acercarme a Thalía, vislumbré a lo lejos la cabaña de Artemisa y tuve una idea de qué hacer. Aquel día era su cumpleaños. O, bueno, aquel día sería su cumpleaños si no hubiera decidido estancarse en los eternos dieciséis. ¿Cuántos estaría cumpliendo? ¿Veinte? ¿Veintidós? (Y eso que ni contaba con los años de parálisis convertida en árbol). Ya daba igual.
De todas formas, aquel seguía siendo la fecha en que había decidido abrirse camino del interior de su madre para ir a husmear el mundo exterior, así que eso seguía contando para algo. ¿Verdad? Y no solo eso. Ese día era capicúa. Ciento once mañanas llevaba despertándome en la Tierra. Pues oye, tal vez me tocaba a mí la suerte que se decía que tenían esos días.
Grover me había chivado -innecesariamente- la fecha de su aniversario y, como buen amigo que pretendía ser de ella, iba a felicitarla.El riesgo radicaba en si iba a atreverme a darle algo más que unas simples palabras de felicitación. Partidaria o no de que yo le regalase algo, sabía que a lo que tenía en mente no iba a resistirse. O bueno... Al menos, eso esperaba.
-Tendrá que aguantar, escuchar y acompañarme quiera o no —pensé al tiempo que retorcía entre los dedos las correas de la vaina de backbiter con irritación—. No pienso sacrificar lo poco que tengo por la tozudez de nadie, mucho menos por una chica.
Sólo que hasta hacía bien poco tiempo, yo existía sólo en los recuerdos de los demás y en un limbo de existencia apática. Y había sido únicamente por una persona, por una tozuda, por una chica..., por lo que había trucado esa paz entrecomillada a cambio de una vida existencial y una existencia llena de verdadera vida. Desanduve los pasos, cambié de dirección y me dirigí a la cabaña que, sabía, correspondía a Thalía y a sus acompañantes.
-No te engañes, chaval. Acabarás haciendo el caso justo que creas que ella quiera que hagas -susurró una insidiosa vocecilla dentro de mi cabeza. tiré con más fuerza de la correa al tiempo que desahogaba mis nervios y frustración imaginando que le propinaba en el trasero la patada más grande y potente del mundo al monstruo más grande y horrendo del planeta, autor de paso de esa voz odiosa.
Me detuve frente a la casa de ancha puerta principal de madera adornada con tallas de barnizado bronce, simbolismos obvios representativos de Artemisa. Había una chica (¿Chichones?), sentada a la puerta con un libro sobre las rodillas y un arco de tiro largo depositado entre los pies, al alcance inmediato de su mano, observando pasar a la gente y alternando su atención entre los campistas y el volúmen que tenía en el regazo.
A pesar de su postura relajada, a mí no me engañaba. Era evidente que más que leer o distraerse, lo que la chica hacía en verdad no era otra cosa que montar guardia.
-Hola -saludé tratando de poner un tono ni muy alegre ni muy brusco. Se trataba de no levantar recelo en la fila de cazadoras-. ¿Qué tal?
-Ocupada. ¿qué quieres? -Curioso que justo cuando coincidía que hubiera alguien de pie enfrente de ella, no se dignara a levantar la vista de su libro.
-¿Ocupada? Ya, eso veo. tu libro parece muy...
-Repito. ¿Qué quieres?
Reprimí el impulso de soltarle unas cuantas joyitas verbales, así que puse los ojos en blanco y me contenté con dedicarle un buen corte de mangas mental.
-Verás. resulta que andaba aburrida por ahí, buscando pleito, te vi y me dije, oye, vamos a molestar a -hice una pausa para que me dijera su nombre, pero como nada dijo, continué-, a esa chica tan sola y simpática, que parece estar muy tranquila y eso no es muy justo. -Solté un suspiro-. Vamos a ver; piensa un poco, chica. ¿tú qué crees que quiero? Hablar, obviamente. ¿qué, si no?
-Pues vuelve por donde has venido. No me interesa hablar contigo.
-Sí, vale. Descuida, que de eso no saldrá un juicio por mi parte. Con quien quiero hablar es con la cazadora jefa.
-¿De qué?
-Sin ánimo de ofender ni nada -o sí, pero no era plan de admitirlo en voz alta-, eso es cosa nuestra.
-Todo lo que atañe a una hija de Artemisa, atañe de igual modo al resto de hijas de Artemisa. La persona con la que quieres hablar no es otra que mi jefa, a falta de mi diosa bendita. Y como hermana que soy suya, vigilo por su seguridad, protejo sus intereses y descarto categóricamente que vaya a perder el tiempo con -apartó la vista de las líneas del libro que no leía realmente para mirarme de arriba a abajo con claro desdén-, la princesita de papá Hermes.
Me había prometido a mí mismo que no volvería a enfadarme con mi padre. Sus intereses al anunciar mi llegada al campamento mestizo 2 y evitar así una situación incómoda ante la fogata nocturna habían sido buenas. Vale, más que buenas; habían sido de prevensión y suma lógica. Hasta ahí todo iba bien. Perfecto. Reconocía sus esfuerzos, en serio os lo digo.
Pero he aquí que el mote despectivo con el que Clarisse se había referido a mí en nuestro encuentro del primer día no era al parecer un mote casual. El sobrenombre había llegado a oídos de las tipejas amazónicas, y he aquí que Chichones se atrevía a picarme con ello, y encima a la cara. Tragué saliva junto con todas las lindas perlitas que me moría por arrojarle encima a esa estrambótica chica.
-Me parece muy bien todo eso que dices. Y te aplaudiría por ello, palabra que sí, pero la verdad es que no tengo ni tiempo ni ganas para hacerlo, ¿sabes? Quiero hablar con Thalía sobre un asunto muy importante en relación con las fuertes noticias que trajimos del exterior. Más no te puedo decir. -Y más no quería mentir-. Y ahora bien. ¿Le informas de una vez que estoy aquí, o prefieres que entre por mi propia cuenta a invadir vuestro santuario de chicas para buscarla.
-Oh, no, ni se te ocurra adelantarte, princesita. El interrogatorio aún no ha acabado.
Solté un bufido despectivo y di un paso hacia el umbral, pero de repente, el arco que creía abandonado entre las piernas de Chichones apareció entre las manos de ésta, para ir a interponerse con despreocupada firmeza por delante de mí justo a la altura del pecho.
-He dicho que no hemos terminado.
¡Dioses! ¿Cómo alguien podía ser tan..., tan..., tan?
-Y yo te repito que más no te puedo decir. Si tanto confías en tu hermana, tendrás que esperar a que sea ella y solo ella, la que decida contaros el asunto que ella y yo nos traemos entre manos.
-No me fío de tí, que lo sepas.
¿Y la tía creería que eso me quitaba el sueño?
-Haces bien. Yo que tú seguiría por ese camino. A decir verdad, ni siquiera yo me fío de mí mísma. ¿Sabes?
-Hay algo inflado entorno a tí. -Mira quien va a hablar, chichones-. Sospecho que nos traerás de cabeza. -Y tanto, chica, y tanto. Si conseguía reconquistar a thalía, claro-. apestas a problemas.
-Humm. ¿Y tú sí sabes cómo huelen los problemas porque...?
-Sé reconocer cuando la gente se acerca a nosotras con dobles intenciones, Lucy. Y tú dirás y afirmarás respeto, pero tus gestos, tus acciones y las miraditas que te gastas hablan de todo lo contrario. Te delatan. Cuentan que nos consideras unas locas devotas a las que hay que salvar de un credo masculinista a toda costa.
Hombre, es que a mí nadie me iba a quitar de la cabeza y anegar que un gremio de chicas, amazonas todas ellas, juramentadas de castidad física en cualquiera de sus variantes de besos, sexo o caricias y afirmantes de que el género débil por excelencia no era otro que el masculino, no sonaba a masculinismo puro y duro, a desdén por los hombres y todo lo implicado a nuestro género.
De todas formas, sí se equivocaba de medio a medio. Mis gestos y acciones eran para thalía, no para salvar a ninguna de ellas de... ¿Perdón pero, de qué había que salvarlas para empezar? En fin... sin comentarios.
-Busco a vuestra jefa -repetí sin entrar al trapo y echándome a un lado para atisvar de contrabando el interior de la bien custodiada casa de planta baja.
-¿Tienes cita?
-¿Cita? -parpadeé consternado en su dirección-. ¿Es que estamos en un maldito consultorio médico? -tuve la satisfacción de hacerla sonrojar-. anda ya. Hazme el favor de pedirle que salga aquí de una vez, por favor. El motivo es serio. Quiero hablar con ella, y quiero hacerlo ya.
Chichones dio unos golpecitos con los nudillos en el marco de la puerta en un compás que sonaba a contraseña pura y dura y, cruzando los brazos sobre el lomo del cerrado volúmen, dio por concluida toda conversación entre nosotros. Eso sí, no dejó de observarme con sospecha, para nada, ni apartó el brazo que empuñaba el arco contra mí en ningún momento que duró la larga, no, la muy larga, no, la larguííísima espera.
La mirada que Thalía me asestó al finalmente dignarse a salir a mi encuentro fue funesta. Pero, lo más desconcertante de todo fue la cola de hijas de Artemisa que salieron tras ella. Entendía que afuera llegara acompañada por una de las cazadoras. Era como un recordatorio de su condición de hija de Artemisa, un recordatorio de que, hiciera yo lo que hiciera, y me acercara a cuantas de ellas fuera, seguirían estando del bando de su diosa y no de nadie más.
Pero, ¿ser acompañada por todas ellas? Por favor. Eso ya eran demasiados recordatorios. Rozaba el márgen de la arrogancia... O la necesidad de poner una barrera más entre ambos.
-¿Y ahora tú qué quieres, Lucy?
Me pregunté de dónde sacaba la gente el gusto por el empeño de preguntar lo evidente.
-Hablar contigo. ¿qué si no?
Tras ella, cerraron fila su recua de seguidoras. Y comenzaron a susurrar a Thalía, dándole recomendaciones, según las pocas palabras que logré captar al vuelo, recomendaciones inclinadas a convinarla a que fuera con cuidado al tratarse de mí.
Carraspeé sonoramente. todas pasaron de mí; era como si yo no existiera, como si no estuviera irritado y presente delante de ellas. ¡Pero bueno! ¿Qué había sido de mi influencia? Carraspeé otra vez, pero más pareció que el sonido flotara sobre ellas como aire trasparente e invisible. ¡qué demonios...! ¿Y éstas eran las mismas que yo había creído que tenía ganadas? Carraspeé por tercera vez con tanta fuerza que hasta sentí resentidas las cuerdas vocales en la garganta.
-¡Thalía! Necesito hablar contigo, ¿vale? y es en serio. Se trata de ese asunto de dioses que tú ya sabes. -Adiviné en sus ojos un centenar de preguntas ansiosas por ser reveladas. Pero nada podía decirle ahí, delante de tantos testigos, delante del resto de cazadoras, y ella pareció comprenderlo así, por suerte, ya que no asió la curiosidad despertada por mis últimas palabras. Siguió tan testaruda como de costumbre, bien para quitarle misterio al asunto o bien para simplemente chincharme-. ¿Y bien? ¿Vienes o no?
Se cruzó de brazos.
-¿Por qué habría de ir contigo a alguna parte?
-Porque no soy un ogro para espantarte. Porque lo que tengo que decirte es importante -Fui alzando los dedos de una mano, enumerando a medida que hablaba-. Porque... -Ladeé la cabeza-, no tienes ni un solo motivo, lógico y de peso, para decirme lo contrario. A no ser, claro, que sea que me tienes miedo. Y entonces, como sí sea cierto que te asusto...
Di en el clavo con eso del miedo. Ella mordió el anzuelo. La chica no iba a permitir que se apuntara la razón de miedo, a los por qués que tanto se rumoreaban sobre la enemistad entre la jefa de las cazadoras y la princesita de Hermes. Me siguió. Eso sí. No tengo ni que decir que lo hizo con tanto refunfuño como había llegado, limitándose a cruzarse de brazos a una veintena de pasos y a escuchar impasible todo cuanto tenía que decirle, dispuesta a no interrumpirme en ningún momento o realizar gesto alguno que denotara interés por su parte.
-Verás... -Empecé diciendo-. Sé que hoy es algo así como tu cumpleaños, aunque te empeñes en hacerlo pasar como otro día cualquiera. pero el caso es que...
Se hartó de esperar a que terminara y se adelantó.
-Déjame adivinar. Tienes una sorpresa para mí.
-¡ah, demonios! ¿Se puede saber quién te lo ha dicho?
Ella me miró con suficiencia.
-Grover.
Sacudí la cabeza.
—Contarle un secreto a ese sátiro es como dejarlo escrito en el cielo.
Por un momento creí que Thalía se echaría a reír, ya que puso una expresión bien cómica en la cara, pero tras una profunda hinalación, siguió plantada en el sitio, tan impasiva como de costumbre.
-Pero, alto -fruncí la frente-, aguarda un momento. Hace poco que decidí darte este regalo. ¿Cómo es posible que Grover se haya enterado, si ni yo mismo lo tenía decidido?
-tuvo que ver interés por tu parte de alguna forma, o leer en tu cara tus intenciones cuando te dijo la fecha de mi cumpleaños. -Se encogió de hombros, tan poco convencida como yo-. Qué quieres que te diga. No lo sé. El caso es -Se colocó un mechón de pelo tras la oreja-. No es que desprecie tu detalle por acordarte de este día, ni mucho menos. Pero... ¿Realmente es este el motivo por el que me has apartado de mis hermanas?
Observé de reojo a las cazadoras de Artemisa, que remoloneaban delante de la casa, a todas luces decididas a no perder de vista a su cabecilla.
-Yo no las veo muy apartadas, la verdad.
-Respóndeme.
Evidentemente no. ¿Pero cómo esperas que te dé más detalles sobre -bajé la voz-, la niebla, cuando no dejan de vigilarme en todo momento?.
Apartó los brazos del cuerpo para descruzarlos. Hizo un gesto distante y tranquilizador a las cazadoras con la mano, invitándolas a irse a otra parte, pero ellas ni se movieron del sitio ni dejaron de mirarnos con suspicacia. Thalía se encogió de hombros como diciendo lo he intentado, y luego alzó la cabeza y me miró iracunda a través de las largas pestañas oscuras que custodiaban sus hermosos ojos.
-Vamos, pues. ¿O qué? ¿Piensas permanecer ahí plantado como pasmadote?
-¡Adiós, chicas! -Saludé socarrón a las Elegidas de Artemisa-. No os preocupéis. Prometo traérosla de vuelta a casa antes de las doce. ¿Eh?
Antes de que Thalía empezara a protestar o a reñirme, mi mano envolvió su muñeca para guiarla a donde quería y, gracias al pulso alocado que podía sentir bajo la yema de los dedos, supe lo nerviosa que se sentía por dentro, por mucho que intentara comportarse y dar a entennder todo lo contrario. La así con más firmeza cuando trató de escabullirse al percatarse de a dónde nos dirigíamos.
-¿Te has vuelto loco? ¡No pienso entrar ahí! -Retorció su muñeca todo lo que pudo, pero no la solté-. ¡Luke!
-Ni que fuera la primera vez -La conduge hasta los pies de la escalinata que ascendía a la casa donde tenía mi dormitorio-. Es de día. No tengo pensado hacerte nada malo. No desentona si te ven subiendo a esta casa, ya que bien puede ser por motivo de un regalo de cumpleaños. Y, lo más importante, Aunque no lo creas... ¡No pienso hablar contigo de mi secreto donde cualquier oído pueda oírme! ¡Así que déja de ser infantil, por todos los dioses, Thalía, y camina!
-Está bien -se tranquilizó a duras penas-. Está bien. Pero suéltame.
-No.
-¡Suéltame!
-¡No! ¿Para que corras a la primera oportunidad?
-¡No voy a escaparme! ¿vale? No quiero entrar ahí, en tu territorio, como una rehén. Eso es todo.
Le dediqué una sonrisa perezosa.
-Eres un tantito exagerada, ¿no crées?
Pero la solté.
-Y tú un bruto salido a saber de qué infierno.
Pues como no sea el que tú originas con tus palabras, querida... -Ascendí el primer peldaño, mirando por encima del hombro para asegurarme de que el escalón recibía también sus pasos-. En serio. ¿Cómo puedes ser tan gruñona?
Me pinchó en las costillas con el índice. Al hacerlo, percibí el tintineo inconfundible de una pulsera en la muñeca tapada por una manga turquesa de fina tela.
-Será porque haces un buen trabajo empeñándote en darme qué gruñir.
Thalía me siguió escaleras arriba, por el recibidor central, el corredor colindante y, finalmente, hasta la puerta de mi habitación. Los mestizos que se encontraban dispersos en el interior de la casa nos miraban pasar igual que a una procesión de espectáculo nunca antes vista. Hice caso olímpico de sus miradas. Al parecer no les había costado pasarse el bombazo del día entre ellos... una palabra a la persona adecuada y la noticia de que Thalia Grace, jefa de las cazadoras, estaba de aparente tregua temporal con Lucy Blackfair, se había esparcido como pólvora, y eso que no llevábamos juntos ni diez minutos. Les entendía. A las pequeñas comunidades como lo era nuestro campamento les gustaba el chismoreo tanto como a los dioses les iba eso de repartir castigo a los mortales por supuestas infracciones.
De hecho, de no haber sido el objeto esta vez de las miradas curiosas y los nada discretos susurros especulativos, habría estado entre ellos, disfrutando y comentando junto a los demás. Por suerte, ni Annabeth ni Percy ni Clarisse se contaban entre los mirones de turno. Les saludé con toda naturalidad mientras rebuscaba el llavero del dormitorio en el fondo de mis bolsillos. Cuando giré el pomo tras introducir la llave en la cerradura, Thalía se puso de puntillas y pegó su boca a mis oídos.
—Como me estés mintiendo para jugarme una mala pasada y sólo busques arrastrarme al interior de tu cuarto sin una razón de peso, te prometo que te mataré. Quedas advertido.
—De acuerdo. pero sigo diciendo que te gustará la sorpresa. Y, aquí de pie, perdiendo el tiempo, cuantas más amenazas o advertencias tengas por proferir, más tardarás en desvelar el misterio. ¿No te parece?
Me acribilló con la mirada.
-Las damas primero -Me empujó por la espalda.
-Ja. Qué graciosa. -Entré en el dormitorio apartando la puerta con el hombro.
Thalía me siguió a paso lento y comedido habitación adentro, absorviendo con los ojos todo cuanto tenía la habitación que, esperaba, visto de día y bajo la luz del sol filtrado en la ventana y no bajo una neblina de oscuridad sólo rota por una titilante vela, ganara puntos a favor. De hecho, alcancé a ver cuando rozó con interés la colcha de la cama al ir a sentarse tiesa en el borde del somier.
-¿Te gusta?
-Por suerte para ti las he visto peores.
-Me tomaré eso como un sí.
Me asomé a la ventana; el sol besaba ya el horizonte.
-¿Y bien? -Su voz flotó tras mi espalda. Me giré para regresar al centro del cuarto, una vez hube corrido las cortinas y bajado algo las persianas, eso sí-. ¿Qué es eso tan importante y tan secreto que querías darme?
Fui hacia la cama y me senté de piernas cruzadas en la alfombra, frente a ella. Sopesé mentalmente el mejor modo de comenzar. La observé pensativo, sin pretender incomodarla, pero ella debió de sentir algo, tal vez una intensidad involuntaria por mi parte, porque se removió incómoda en el sitio. Al ver que usaba los negros cabellos que caían en rizos en ambos lados de su cara como lustrosas cortinas tras las cuales esconderse y rehuir mis ojos en un repentino momento de sonrosado azoramiento, consideré que ya había habido suficiente silencio entre ambos.
-Sé sincera. ¿Cuánto llevas sin hablar con tu padre?
Ella dio un brinco de sobresalto al oír aquello.
-¿T-Te refieres a Zeus?
Bufé al techo.
-¿Acaso tienes otro padre y yo no me he enterado?
Juntó las palmas de las manos y se las apretó con fuerza en el regazo.
-¿Por qué quieres saberlo?
Negué con el índice, moviéndolo de un lado a otro.
-Yo he preguntado primero.
algo inquieta, se mordió un carrillo. Lo pensó durante un momento.
-Creo que fue la primera vez que subí al Olimpo. Sí, supongo que fue ahí, porque también fue el mismo día en que me consagré a Artemisa.
-Bien. ¿Y si yo te dijera que puedes volver a verlo y a hablar con él... Hoy, aquí, ahora?
Se asió de los codos con fuerza, con un rastro de abatida decepción en los ojos.
-Pues te diría que no te creo.
-No tengo por qué mentirte.
Eché la espalda hacia atrás, tumbándome boca arriba sobre la suave celpa, adoptando una actitud despreocupada.
-Sigo sin creer en qué medida es posible que tú, un mortal, puedas disponer de la visita de los dioses cuando quieras.
-Tú limítate a contestarme, que ya me encargaré yo de lo demás. Te repito la pregunta. ¿Qué dirías si tuvieras la oportunidad de estar frente a frente con tu padre, en este día tan especial?
-No te burles, Luke. -Apretó fuertemente los párpados, como si tratara de impedir asomar alguna indiscreta lágrima por ellos-. Tú bien sabes cómo son los dioses de cerrados. No es justo que juegues así con mis ilusiones.
-¿Es que no recuerdas todo lo que te conté la noche en que hablamos? ¿La noche en que te colaste en mi cuarto? -Giré sobre un costado, me apoyé en el codo y señalé con el mentón al libro que yacía íntegro sobre la mesita de noche-. No te lo digo para despertarte ilusiones. te lo digo porque puedo hacer que pase, tengo la posibilidad de que hables cara a cara con tu padre. Te doy esa oportunidad como presente, como regalo por ser hoy tu cumpleaños. -Me incorporé sobre las rodillas-. ¿Qué te parece? ¿Aceptas?
-Zeus -susurró casi para sí misma. Afuera, el viento rugió, poniendo en relieve sus palabras-. ¿Lo dices en serio, Luke? ¿No es una trampa ni nada por el estilo, verdad?
-Me ofendes. ¿Cuándo he bromeado yo con algo así? ¿Te recuerdo por qué fuimos a la guerra? ¿Por qué me alié con los titanes? ¿Por qué acusé al Olimpo de dejadez?
Igualmente asentí, sonriendo por la expresión esperanzadora que se leía en su semblante.
-Con el libro ese que ves ahí, sobre la mesa, puedo llamar a este dormitorio a cualquier dios del Olimpo. fue así como pude ir a ver a mi madre; porque Hermes me llevó tras llamarle desde aquí. Sirve como un portal de comunicación; no, más que un portal, sirve directamente como una puerta de acceso unidireccional.
-¿Y puedes llamar a cualquier dios... A cualquier diosa?
-A cualquiera que forme parte del Olimpo, incluso aunque no tenga morada ahí. -tragué saliva y me armé de valor. Por verla feliz y contenta, valía la pena decir lo que iba a decir-. Incluso... Incluso a tu querida Artemisa.
-¿Tengo que elegir a quién ver? -Tenía un buen trozo de colcha apretado en ambos puños, asida a la tela cual si esta fuera su flotador salvavidas-. ¿Tengo que escoger entre Zeus o ella, entonces?
Estuve a punto de decir que sí. Estuve a punto de negarme a ver a Artemisa, por miedo a que su sola presencia volviera a reforzar el lazo que la unía a Thalía. Pero comprendí que no podía hacer eso. Aparte de ser mezquino, la elección resultaría como ver apagar una chispa en ella, y eso no lo podría soportar.
-Hoy es tu día, Thals. -Mi sonrisa fue sincera-. Puedo montar un desfile de dioses si eso consigue hacerte feliz.
-Me tientas con esa última oferta -su sonrisa fue trémula al salir empañada por las lágrimas, y por los dioses que saboreé esa sonrisa del mismo modo en que un niño saborea los primeros indicios de la llegada de la Navidad-, pero no. Por hoy me conformo sólo con Zeus.
Se apartó de la cama y se acuclilló a mi lado, frente a la mesita de noche.
-¿Qué tienes que hacer? Espera. Lo adivino. ¿Pronunciar sus nombres en voz alta, llamarlos a tu presencia y... ya?
-Uff, casi, casi. ¿Ves este número de aquí? -Posé el índice en la cifra bicentenaria que aparecía esa vez en la portada-. Es todo cuanto necesito decir para que vengan.
-Oh, vaya.
Juntos, hombro con hombro, nos quedamos observando el libro de viaje, a la espera del dios que saliera de su interior a modo de respuesta a mis plegarias y tras musitar en mi fuero interno el número de cifras que aparecía en la portada y que, por supuesto, correspondían al descuento del número de días que llevaba yo de regreso a la Tierra.
-Creo que ya viene -pronostiqué al ver cómo empezaba el proceso de despaginación del libro. Me eché hacia atrás sobre los talones-. ¡Y cómo se nota que es el más grande! Oye comoel aire se ha puesto de malas.
Y era verdad. Fuera el viento se había tornado silivante entre los árboles, cada vez con más urgencia. Hasta entonces, el clima del día había sido apacible, pero, repentinamente, estaba girando hacia un temporal bastante agitado. Más allá de la bombilla, el techo y por fuera de las persianas y la ventana, el aire repiqueteaba y las ramas crujían.
Que era el dios de todos los dioses del Olimpo el que se estaba materializando, ya no cabía la menor duda. Digo, tanta parrafalia y exageración previa no debía de ser en vano.
Cuando el dios se dignó a dejarse ver por fin, después de pisar la alfombra del cuarto con un relámpago cegador que sacudió hasta el último rincón del dormitorio -pero que seguramente no debió de extenderse más allá del umbral cerrado para no llamar la atención de los ottros semidioses del campus- vestido en su línea de azul marino y con la barba bien recortada, gris y veteada de negro como una nube de tormenta, lo que había fuera se había transformado en un auténtico vendaval.
Levanté la cabeza para encontrarme con la mirada de Zeus, una mirada que recordaba tanto al color de los ojos de Thalía como el mar recuerda en su reflejo la de los cielos, ordenando a mis ojos a no chivarse de las emociones que bullían por mi parte. Zeus no se parecía mucho al Zeus que atisbé en mi única incursión al Olimpo mucho, mucho tiempo atrás. Sí, sus atavíos eran azules, como no podía ser de otro modo. Y sí, su barba continuaba mostrando el estado del clima exterior, esta vez gris y moteado igual que nubarrones, pero ahí acababa toda similitud con el rey de los cielos que mi memoria fragmentada guardaba en su haber.
El Zeus que se hallaba enfrente nuestro era, aunque cueste creerlo, y aunque cueste más, mucho más decirlo, un hombre viril en la cima de su madurez, pasada ya los años de juventud donde las facciones tienden a ser atractivas de un modo pueril y apunto de descender la etapa senil, la recta atrás de la belleza, la cuenta atrás de la esbeltez. Estaba, como decía, en la cima, y eso significaba un Zeus dado a lucir un cuerpo esbelto que ya quisieran los adictos al gimnasio, un rostro fuerte y cincelado que incluso el David de Miguel ángel se hubiera sentido opacado e indigno de comparar, y un estilo en la elección de su vestimenta que bien podría levantar una huelga unánime de todas las marcas de ropa por máxima creatividad y el reto insuperable que suponía la idea de pretender siquiera desear eclipsarlo.
-Vaya, padre. Te has... superado a ti mismo. -La voz de Thalía despedía asombro y risa a la vez-. ¿No habréis estado viendo cambio radical por ahí arriba, verdad?
Yo apostaría que sí. (O a que había perdido una apuesta con Afrodita). Y no era justo. ¿Es que no tenía suficiente con ser eso, un dios? Encima tenía que ir por ahí con esas pintas de... sex symbol. Zeus no respondió. Se limitó a permanecer en una actitud distante, de digna altivez.
-Hija mía -Inclinó la cabeza, afectivo pero titubeante hacia Thalía; luego el Padre del Olimpo increpó a modo de saludo hacia mí-. Ladrón del Rayo...
Al hablar, su voz retumbaba en el aire de la sobrecogida estancia, empequeñeciendo las extensiones del dormitorio ya de por sí encogidas por la mera certeza de su presencia, no como el movimiento de aire de un ser que utilizara cuerdas vocales, sino como un hurracán que se preparase para barrer todo lo que encontrara a su paso.
-Luke, si no te importa. O Castellan, si lo prefieres. Pero Ladrón del Rayo... está algo pasado de moda.
El dios levantó el brazo y aferró con fuerza su rayo y me lanzó tal mirada que para nada me hubiera extrañado si, de repente, ya no tuviera un cuerpo de carne y hueso sino un montón de partículas esparcidas al aire electrizado. borré apresuradamente la sonrisita picajosa que me había atrevido a esbozar para luego encogerme en mi sitio de manera convincente. Mejor no enojar en lo posible a quien podía recrear conmigo el cuento de los tres cerditos, el lobo, la ráfaga de aire y el sopló y sopló hasta que se evaporó.
-Te llamaré como crea perminente.
-Claro, claro, como prefieras -¿Dios? ¿Padre? Zeus? ¿Cómo dirigirme a éste rey de reyes?-. Al fin y al cabo son meras palabras. No me ofenden. -Mejor jugar al arrepentido y conciliador que al rebelde indignado-. Además, ¿quién sabe? Quizás en un futuro aparezca una novela conmigo y ése sobrenombre.
-No vales ni para una página en la sección de bibliografías olímpicas, Ladrón del Rayo.
-Es curioso lo de los dioses -dije sin alterarme en lo más mínimo por el recalcado sobrenombre y las palabras de desdén, guardando para mí el miedo producido por la energía eléctrica que emanaba desde la proximidad del dios-. No se pispan cuando los mortales les nombran en rezos. Pero, ¡hay de quien se atreva a tocar sus objetos o a apoyar su mortal trasero en sus tronos divinos!
-No me hables de ese suceso, Castellan -bramó Zeus haciendo temblar los postigos de la ventana-. ¡No me hagas estallar! No te conviene hacerme enfadar tan pronto. Bastante son los rompecabezas que estás causando ahí arriba con tu decisión de -miró de reojo a Thalía y, al comprobar que la chica no desperdiciaba la oportunidad de echar la antena, se contuvo a tiempo-. Aún no he olvidado tu robo, chico, por lo que deberías darme las gracias por permitirte retozar de nuevo en carne y hueso entre los mortales.
Ganas me entraron de espetarle que yo tampoco había olvidado los más de dieciocho años de abandono del Olimpo. Ganas me entraron de preguntar ¿recuerdas a May Castellan...? ¿O también has tenido el detalle de olvidar tal nombre? Ganas me entraron de declararle una segunda guerra ahí, en ese lugar, en ese momento. Pero lo había llamado por una razón, y esa era Thalía. Además, no en vano él era un dios y yo un enclenque mortal sin ejército ni titanes a la espalda, tan solo mi rabia y mi orgullo herido las únicas armas con las que contaba frente a su rayo divino y su persona no menos endiosada.
-No fue una concesión gratuita -dije en cambio-. Me necesitabais. Me necesitáis. Y por eso estoy aquí, no por algún ínfimo resquicio de gratuita bondad por tu parte. Además, hasta donde sé, fue vuestro hermano, Hades, y no tú, ni el resto de esa corte teoolímpica que guardan los cielos en tu ausencia, quien me sacó de los Elíseos e inflamó oxígeno, respiración y vida en lo que quedaba de mi esencia perdida.
-¿Y crees que por ser él el custodio de los muertos queda en su total potestad disponer a su antojo de la resurección y reinserción de las almas que más jaleo montaron en vida?
Pues lo creía, sí.
-Dicho de otro modo. Hitler, Napoleón, Doraemon o Luke Castellan necesitan de todo un consejo para las segundas y terceras vidas.
-¡Anda!-Susurró thalía, interviniendo en nuestro debate-. ¿Por qué él?
-¿Por qué quién? -Aunque se dirigía a Thalía, Zeus no apartaba los ojos de mi cara.
-¿Por qué Doraemon. ¿Qué tienes en contra del Gato cósmico, eh?
La miré incrédulo.
-¿estás de broma, verdad? -El asombro de sus ojos decía que no-. ¿Pero tú sabes cuánto daño ha hecho ése robot-gato azul para quienes tuvimos mininos de pequeños?
-¿Robot-gato? -Zeus no daba crédito a sus oídos-. ¿Robot-gato?
-Ajá -respondí a lo que malinterpreté por curiosidad-. Un robot-gato cósmico provisto de cachivaches en el bolsillo interno de su barriga, inventos que ya quisiera Efesto para sí.
-Nadie te mandó ser un torpe y perezoso de pequeño -se rió Thalía-. ¿De veras esperabas que con un poco de lloriqueo tus deberes se hicieran solos o algo así?
-Al contrario -contesté-. ¡Pero si de niño era adorable! Un pan. Mi madre siempre me lo decía. ¡Luke, cielo, eres un pan!
-Bueno, eso explica por qué, cuando te conocí, andabas embadurnado en egocentrismo.
-Hablo en serio -insistí-. Yo era un santo de pequeño.
-Claro, claro -ladeó la cabeza en un gesto que venía a decir que no se creía ni media afirmación-. ¿Y qué te demonizó?
-Ja, ja, ja -dije, arojándole un hilillo de felpa de alfombra a la cara; luego añadí-, ja. Y te creerás chistosa. Pues que sepas que no me haces gracia. El caso es -proseguí apresurado al ver que mi fingido mosqueo no había colado-, que pasé años esperando a que el gato-azul que teníamos en casa se sacara algún artilujio del bolsillo. ¿Crees que lloriquearle, dialogar, tirarle de la cola o sobornarle con dorayakis sirvieron para algo?
-¡No! -Se tapó la boca con ambas manos, simulando perplejidad-. Pobre Luke. ¿Pero qué culpa tiene Doraemon de que tu gato fuera más vago que el propio Novita?
De pie ante nosotros, Zeus volvió a exclamar: ¡No me lo puedo creer! ¿Robot-gato?
-Anda, leches. Era un gato. Comilón. Y era azul. Y lo llamé Doraemon, para incrementar el porcentaje de similitudes. Sí, vale, al final murió intoxicado por tantas judías, eso se lo admito. Pero... ¿Jugar con mis ilusiones de esa forma no te parece suficiente delito? De futurista nada. Y amigo mío lo era menos todavía.
-Ya. Tal vez influyera el hecho de que lo confundías con un dibujo animado. O, peor aún, que lo hinchabas día y mañana a esos bollos dulces. A algunos gatos les molesta que le priven de comida ordinaria y normal, ¿sabes?
-Me estáis queriendo decir -interrumpió Zeus-, que tenéis un dios ante vosotros, el mejor dios del Olimpo ante vosotros... ¿Y lo único que se os ocurre es poneros a hablar de gatos teñidos y dibujos absurdos? -Se veía realmente indignado-. ¿La juventud semidiosa se está volviendo idiota... o vosotros sois solo un caso aislado?
Otro trueno retumbó a lo lejos, abriendo una onda expansiva de luz de lado a lado de la estancia.
-¡Eih, eih, eih! Afloja un poco, señor -alcé las manos en son de paz; luego murmuré-. ahora ya sé de dónde ha sacado el genio Thalía.
-¿que afloje un poco? -¡Por todos los dioses! Al lado de la gelidez de Zeus hasta el acero más afilado parecía simple ojalata en manos de una calmosa y engañosa tormenta-. Que afloje un poco. -Habló al techo, como si allí aguardara un oyente invisible a nuestras miradas-. Interrumpe mi siesta diaria. Se entromete en los recuerdos de cuando rapté a Europa. Lisonjea a mi hija en mis propias narices. No sólo tengo que aguantar que me ponga en segundo plano, sino que, además, derrocha mi tiempo con cosas sobre no sé qué gato venido del futuro... ¿y luego se atreve a decirme que afloje un poco? ¡pero alguien ve normal esto, por favor!
Ver para creer. Hasta en los temas a hablar el Olimpo quería ser el centro de atención. Ganas me dieron de preguntarle con quién hablaba, pero contuve mi lengua a tiempo. Segundos después, Zeus daba pause a su ataque de indignación. (Y menos mal; comenzaban a taponárseme los oídos, esa clase de apretón en los tímpanos propia de los vuelos en avión cuando estos cobran altura, como si me hubiera metido en un túnel de nube colocado a cientos de pies del suelo). Suspiró con evidente hastío. Torció el gesto, como si hubiera escuchado la respuesta que precisamente no deseaba oír. Luego, armado de más indignación, menos paciencia, con el aspecto de un dios al que ni el más desesperado de los humanos se le ocurriría adorar más afilado que nunca en el revuelo de su moteada barba, se volvió hacia mí.
-Bien pensado, salvaste el mundo, Castellan. Encaminaste a buen discurso la batalla contra Cronos. En agradecimiento a ese sacrificio, hoy te perdonaré la vida por tu insolencia. No acabaré con tu regreso en la Tierra. No confío en ti, que eso te conste. Son las urgentes circunstancias lo que me lleva a tolerarte, que eso no se te olvide. No me gusta pero ni un poquito lo que tu presencia, junto a mi hija, supone para ella, pero menos me gusta que peligre el Olimpo. Por ello, por el bien de todos, no te chamuscaré, aunque ahora mismo me invadan titánicos deseos de hacerlo.
-Hum... Pues muchas gracias... Supongo.
¿Y se supone que debía de sentir gratitud por ello? En fin. Afirmara lo que afirmase, no perdí de vista el modo en que asía en la palma de la mano su rayo maestro, un objeto metálico con extremos que zumbaban electricidad, que se parecía a una especie de jabalina cargada de energía sonora que me erizó la nuca.
-No sabe cuánto me apena oír eso. -Mentira-. A partir de ahora tendré más en cuenta la opinión que les merezco a los dioses. -Mentira doble-. No pretendo ser una molesta mosca para la plácida, perezosa e inactiva vida del Olimpo.
Un gruñido de ira mezclada con impaciencia fue su mejor respuesta.
-Bien, bien. Y ahora, déjame a solas con mi hija, Castellan.
A pesar de que Zeus podía fulminarme en cualquier momento por cualquier gesto que interpretara como insolente, miré interrogante a Thalía, dispuesto a no irme a ninguna parte hasta que no diera su asentimiento. Ella me apretó la mano, tanto para infundirse de ánimos con mi valor como para darme a entender que podía marchar tranquilo. Sólo entonces me incorporé; hice con la chaqueta ante Zeus la floritura que cabría exigir como mínimo a un juglar de cuentos (y en agradecimiento él me devolvió la mirada de desplante de un rey a un lacayo indigno de lamerle las botas),e inclinándome para darle un rápido beso en la coronilla a Thalía, me dispuse a encaminarme hacia la salida del dormitorio para que padre e hija pudieran hablar a solas.
-Espera. -Me detuvo del brazo. Instándome a que me agachara de nuevo, me dio un rápido abrazo que encontró el remate de su calidez cuando sus labios planearon fugazmente sobre mis mejillas. ¿Alguno ha sufrido alguna vez de tic nervioso en las mejillas? Pues para mi desgracia, un aceso de tic nervioso me atacó justo en ese momento, dándome un aspecto de bobo total. Mordí con rabia la cara interna de la mejilla, tratando de frenar a la fuerza el molesto tic, pero aquello no tuvo que mejorar precisamente mi aspecto, ya que Thalía se retiró enseguida, pensando probablemente que su gesto me había incordiado.
-Gracias por esto -musitó en mis oídos.
-Por ti lo que sea, ya lo sabes. -Me separé para levantarme-. Te espero fuera, ¿de acuerdo?
-Sí, por favor.
-Ánimo. -Y antes de girar hacia la salida, musité en un tono tan bajo que sólo me oyera ella-. Puedes con él.
Alcancé en pocas zancadas el picaporte de la puerta. Cuando volví a darme media vuelta para dedicarle un último gesto de aliento, los ojos de Thalía se desplazaron rápidamente a mi rostro. La miré extrañado, tratando de entender por qué tenía la cara ardiendo. (Sólo más tarde, a solas con los pensamientos, se me ocurrió pensar que tal vez hubiera tenido la vista fija en una parte bien acubierto de mi cuerpo donde toda celivata cazadora que pretendiera ser considerada buena hija de Artemisa tenía totalmente prohibido posar sus miras o perderse en contemplaciones). De igual modo, la chica recompuso de inmediato el semblante y volvió a ser la misma joven de hielo de siempre. Al percibir su azoramiento, no obstante, cambié el no te olvides de darle caña y de exigirle explicaciones que iba a decir.
—Sólo una última cosa más -Tenía ya medio cuerpo fuera de la estancia-. Sin sonrojos, Thalía. Cada vez que quieras comerme con los ojos, hazlo; tú, no te prives. Aunque ahora las leyes mortales dicen que todos somos iguales. Así que ahora me debes un buen vistazo a una parte de tu cuerpo... La que tú quieras. Lo dejo a tu elección, para que veas qué bueno soy. ¿Eh? ¡Eh! -riéndome para mis adentros, salí disparado de ahí antes de que ella o el arrogante papi Zeus me lanzaran nubes de tormenta o cosas peores y cerré la puerta a mis espaldas.
No había dado dos pasos para alejarme hacia la pared del otro lado del pasillo cuando, clara y audible, pude oír decir a la voz retumbante de Zeus:
—Ahora toca que hablemos. Mientras tanto, creo que volveré a sopesar, y esta vez seriamente, cuáles son los pros y contras de arrojar un rayo sobre ése insolente.
Respiré hondo y me llené los pulmones con el dulce aroma de comida recién hecha que llegaba hacia mí, flotando por el pasillo desde dentro de la espaciosa sala usada comocomedor.La satisfacción conmigo mismo por lo que había hecho a Thalía, su inequívoca alegría, me llenaron el estómago como si se tratara de una comida consistente y pesada. Luego me aproximé al umbral de la puerta principal. Apoyé un brazo en el marco de madera y eché un vistazo a los campistas que, por alguna razón, estaban formando piña unos metros más adelante, entorno a alguien que yacía tirado en el suelo. Me picó la curiosidad, naturalmente.
Miré por encima del hombro a mi cerrado dormitorio. A Thalía aún le quedaba rato por terminar. No pasaba nada si iba a investigar rápidamente qué sucedía, ¿verdad? Decidí que no. Tenía a un dios con ella;; al dios de los dioses, para más inri. Mejor y más protegida no podía estar. Tomé aliento y salí al exterior bañado en una grisácea luz de tormenta. Bajé la corta escalera que precedía la entrada de la casa y avancé hacia el amplio claro que unía la media luna de las casas bajas con el edificio erguido como templo griego, en el terreno virgen de edificaciones, árboles u otras plantaciones. Sólo un destello de claridad atestiguaba la presencia del sol detrás de la cortina de nubes resquebrajadas que patrullaban el cielo. La gran muchedumbre de semidioses congregada en el claro se apartó a mi paso con un ininterrumpido cuchicheo e intercambio de opiniones sobre lo sucedido. Empujando pidiendo perdón y permiso al mismo tiempo, llegué hasta el corazón del problema.
Del apretado grupo mestizo emergieron unas piernas enfundadas en finos leggings, seguido del cuerpo contorsionado de una chica tan envuelta en cortina de cabello rubio y apelmazado que no logré distinguirle la cara. Yacía de espaldas cuan larga era en el suelo del claro, allí donde había caído desmayada, según todos los indicios. Junto a ella se hallaban Victoria y Christian, acuclillada a la altura de su cabeza una, de pie y en estado de máxima alerta el otro. ¿Quién era? Necesitaba saber. ¿Quién era?
La vi sentarse despacio, el largo cabello ocultando todavía sus rasgos, su semblante, su identidad,y hacer balance de los distintos dolores que tocaban su cuerpo, en busca de una lesión mayor ganada en la caída. Pero por lo visto no tenía más molestia que los cortes en sendos brazos y el chichón de la parte posterior de la cabeza. Como pude, casi cayendo al suelo por el esfuerzo de empujar a tanta gente, avancé unos cuantos pasos más, ansiando quitarme el peso que sentía en el estómago. Annabeth, era en lo único que pensaba con solo ver el rubio cabello de la chica. Por favor, que no fuera Annabeth.
Por fin pude salir de dudas. Tambaleando, la chica herida apareció ante mi vista a medio intento de incorporarse, visible en el rostro una magulladura tremenda, y se apoyó en el hombro del primer mestizo que encontró, que no era otro que Beckendorf. Quien se hallaba sentada en el suelo no era otra que Silena. Sus esfuerzos por recuperar la vertical pronto se convirtieron en fallidos amagos.
-¿Qué ha pasado? -Oí preguntar a una Clarisse recién llegada como yo-. ¡Que alguien responda! ¿Qué ha pasado?
-Se ha dado un golpe y parece que se le fue la razón -informó Victoria. Luego se volvió hacia Silena-. ¿Estás bien?
-Cinco minutos -pidió ella, levantando un brazo que pronto cayó fláccido y sin fuerzas al suelo; flexionó las piernas para que las rodillas quedaran altas-, dadme sólo unos minutos.
-Mientras tanto podrías decirnos qué ha ocurrido.
Silena no respondió a la urgencia de la voz de la hija de Ares.
-Yo... -hizo una mueca-, aún me siento mareada. Pero creo que estoy bien -confirmó finalmente. Al fin se decidió a subir los párpados. La chica abrió los ojos de repente y, sin previo aviso, pegó un chillido acongojado, tal vez angustiada por la masa de gente que se apretaba entorno a ella, tal vez intimidada por la interminable parcela de cielo que, con su azul descolorido, pendía ominosa sobre su cabeza.
-Té -pidió, una vez incorporada a medias-. Por favor, que alguien me traiga té.
Visto que la rubia no pensaba decir nada hasta que no tuviera asentado su estómago, Clarisse se volvió hacia el primer campista que encontró y, casi siseando, lo mandó volando a por esa taza de té que tanto exigía Silena. Si el mestizo mandado se había dado prisa en obedecer, casi pareció materializarse con el pedido; ni cinco minutos tardó en traer la infusión.
-Bien. -dijo Clarisse al cabo de un tiempo. Había aguardado un minuto entero, que parecía ser el tiempo establecido de cortesía para que Silena pudiera beber y recuperarse algo, pero estaba claro que la paciencia se le había agotado-. ¿Qué pasó? ¿qué viste? ¿quién te hizo eso?
-Os miro y sólo veo monstruos -susurró Silena.
Sorbió otro trago de té mientras Clarisse, de pié frente a ella, casi reventaba de impaciencia. La chica bebía con tanta mesura... las piernas cruzadas a lo doncella real, el pañuelo de tela prestado por Beckendorf pulcramente recogido en el regazo y sólo alterados sus pliegues para los toquecitos pertinentes en los labios..., y el meñique. ¡Dioses, el condenado, tieso y maldito meñique! Qué leches, yo también estaba a reventar de impaciencia.
-Monstruos con pinta de estrellas. ¿Es eso posible? ¿Es una alucinación mía? Monstruos agrupados. Monstruos enfrentados. -Respondiendo a Clarisse, añadió-, y no, no fueron ellos quienes me hicieron esto.
-¿Estás segura de eso? *-*pregunté acercándome hacia ella.
-No lo tengo muy claro *-*contestó Silena-. No recuerdo más que estar andando y, de repente, oír un ruido a mis espaldas, girarme y... oscuridad. ¡Ah! -Abrió los ojos como platos y se llevó la mano a la boca-. ¡Y Stoker! ¡Vi cómo se llevaban a Stoker!
-Sí, ya sabemos que él ha desaparecido -corroboró en un gruñido Clarisse. Me giré hacia ella
-¿Cómo es eso? -exigí saber.
Por una vez Clarisse no se embarró ante una orden que no fuera la suya. Por toda respuesta, me tendió una hoja muy fina, negra como la noche, pequeña como una cartera de bolsillo. En ella, una runa aparecía grabada en tinta escarlata. Tinta de sangre. Tinta mestiza.
-Pero, ¿quién...? -comencé a decir, sobrecogido.
-No lo sabemos. Esperaba que Silena nos aclarara algo pero... -señaló con el brazo a la chica, que permanecía recostada contra Beckendorf-, ya ves que no.
-Emanaba frío -comunicó de repente Silena-. Frío como si estuviera junto a un congelador con las puertas abiertas. Hizo algo en... -se tocó las pestañas, nerviosa-, en mi cabeza. Parecía sondear mi mente. Tentáculos de sumisión que entraron hasta en el último rincón de mi cerebro.
Cuando Christian se inclinó ante ella para rellenarle el odre de té que el campista mandado por Clarisse había traído, la chica retrajo las piernas, se quedó tensa en el sitio y luego, con visible esfuerzo, se apartó levemente del idhunita, hendiendo en los labios una mueca cordial que no parecía sincera en su calidez.
La imagen de aquello me persiguió el resto del día. Pero aquella noche, como si mi mente quisiera burlarse de mis elucubraciones, fue la primera, desde que estaba de regreso a la Tierra, en que dormí de un tirón. Me metí en la cama, tapado con las sábanas hasta el pecho, hundí la cabeza en la mullida almohada de plumas y me quedé dormido antes de que pasara por mi mente otro pensamiento, incluido Thalía, incluido Christian, incluido el modo en que Silena había mirado a éste cuando él se le acercó.
....
A la mañana siguiente me topé con el shek nada más salir del dormitorio y de la casa de tejado bajo, asignada. Cerré los ojos al incidir de sopetón dos rayos de luz bruñida en mis desprotegidas retinas, los primeros rayos de sol con los que me topaba en el día. Fue necesario que parpadease varias veces para, poco a poco, conseguir ver dónde ponía los pies.
-Te buscan -dijo a modo de saludo, sin pararse a hablar y haciendo alarde una vez más de esa poca disposición a socializar con quienes le rodeaban que tanto le caracterizaba.
-¿Quién? -tuve que voltear para no perderlo de vista-. ¡Christian! ¡Quién?
-Annabeth, Percy -respondió proyectando las palabras en mi cabeza. Luego añadió a modo de despedida-, tu chica. Thalía.
Corrí tras él.
-¡Eih! -lo interpelé a mitad de camino de las cabañas-. ¿A dónde vas con tanta prisa? ¿No te importa que te gorronee cinco minutos, verdad?
-Bueno, aplazas mi hora semanal de reivindicación contra el vampirismo, contra los dragones y contra los anfibios sin aletas -dijo apretándo aún más el paso y ciñéndose con fuerza la glacial espada que llevaba a todas partes consigo-. Esta semana toca trepar a las paredes y dormir colgado cabeza abajo... Pero bueno.
-¿Pero qué dices?
Se detuvo en seco, con tanta brusquedad y con tanta naturalidad que se habría dicho que no estaba casi corriendo un momento antes.
-No. aquí la cuestión es qué quieres.
-Pues hombre, lo evidente. -Lo miré a los ojos, sobreponiéndome al impulso inicial de retroceder ante la fría escarcha que recubría su azul mirada-. Que me digas dónde están.
Me observó largo tiempo, insondable el semblante, y luego reanudó la marcha. Me quedé ahí de pie, pasmado por la poca cordialidad del tío, debatiéndome si seguirlo de nuevo o comenzar a buscar a Annabeth por mi cuenta. Cuando ya me había decantado por la primera opción -el campamento era muy grande, cuanto más si tenía que buscar en el camping de los mestizos menores; correr tras Christian, agarrarlo de la parte trasera de la chaqueta se me antojó absurdamente la opción más viable y lógica - cuando el shek volvió a recurrir a su don telepático.
-Mira en la casa central. En la sala de plegarias.
Salí volando en aquella dirección. Y, como Christian bien me había indicado, los hallé a los tres en la sala de plegarias. No estaban solos. Clarise, Silena, dos tercios de Idhun y una chica pelirroja que no conocía los acompañaban. Ella fue la única que se sobresaltó cuando irrumpí en la sala. Por un momento creí percibir reconocimiento en su mirada, pero como sacudió la cabeza de inmediato, negando ante alguna idea interna de su cabeza, yo también descarté averiguar a qué venía aquello.
-¡Hasta que al final apareces! -Exclamó Clarisse mientras aplaudía burlona mi llegada-. ¡Hace más de una hora que ha amanecido, Princesita! ¿Se puede saber dónde Hades te habías metido?
Hice una pausa para recuperar el aliento.
-¿Hades? -Jadeé-. Cada vez se te entiende menos, Clarisse, querida.
-Es otra forma de decir infiernos, idiota.
-Ya, vale. Pero teniendo en cuenta que al final has tenido que llamarlo por su nombre, no te ha servido de mucha esa abreviación -rezongué dejándome caer en una silla de madera de respaldo tan duro como mi cabeza, junto a Victoria. Los grandes y luminosos ojos de la chica me observaron con interés-. Para que lo sepas, no hace más de cinco minutos que sé que me requeríais. He venido todo lo deprisa que han dado de sí mis piernas. ¿Y así me lo agradeces? Estoy sin aliento y...
-... Y, no obstante, te quedan pulmones suficientes para soltar tanta verborrea -completó Silena, sentada en el asiento que precedía la sala, amagando un gesto tras las manos que bien podía ser un bostezo de aburrimiento o de una mal camuflada carcajada contenida.
-¿Alguna vez te has mirado al espejo y te has criticado, silena? -interpelé-. Y con espejo quiero decir si te has evaluado de verdad, con seriedad? Abstente de las veces que viste cómo te quedaba un vestido o cómo algún rebelde mechón de tu pelo escapaba del moño, gracias.
-Por favor. La crítica es para los inseguros. Para gente de glamour como yo, sólo quedan alabanzas por comentar.
Abrí la boca, dispuesto a replicarle que ayer no se veía con mucho glamour tumbada y desmayada en el suelo, pero la mano de Victoria, posada con suave firmeza en mi hombro, retuvo mi lengua. Al girarme hacia ella, la chica señaló con la cabeza la figura de Annabeth. Seguí la dirección de sus ojos. Tuve que echarme levemente hacia delante en la silla para comprender qué estaba haciendo.
Reclinada sobre un atril, el índice de Annabeth seguía los trazos grabados en un folio de papiro, cual si de una orgullosa grafóloga amateur se tratara, al tanto la gris mirada se le enrolaba en las líneas de abajo que rezaba con grandes dosis de reseca y oscurecida sangre los trazos de unas runas de significado tan antiguo como amenazador.
-Ya lo tengo -anunció al cabo de un momento, alzando la cabeza; me dirigió una rápida sonrisa a modo de buenos días y, después, giró de cara al resto de sus oyentes-. Ya sé lo que significa, tengo el resultado de la traducción -cogió aliento y luego soltó-. "Ya vamos... ya vamos.... ya vamos". Eso es lo que quiere decir esa runa. "Ya vamos... ya vamos... ya vamos".
El sobresalto causado por sus palabras fue general. Casi todos se pusieron a hablar a la vez, montando un alboroto considerable. No entendí el por qué de tanta sorpresa. ¿Qué esperaban, que los monstruos les dedicaran un saludo cordial y edudcado embadurnado con la sangre derramada del mestizo que habían capturado?
-¿Es eso lo que quiere decir esa runa? -El tono de quien habló hizo que todos giráramos hacia donde provenía su voz, expectantes-. ¿Estás cien por cien segura de eso? -Insistió Thalía. Di un brinco en el asiento al oírla hablar; apesar de saber que estaba allí, no había tenido oportunidad de localizar del todo su figura desde que había llegado a la sala. Annabeth asintió y, para sorpresa de todos, se volvió hacia Victoria, intercambió con ella una mirada de aquiescencia, como si alguna de sus teorías se hubiera cumplido tras un funesto pronóstico y, después, casi al unísono, ambas cazadoras soltaron un suspiro de alivio y dijeron-. Menos mal.
-¿Perdona? -Clarisse volcó su irascibilidad en ellas. Y no era de extrañar. Aunque el mensaje de los monstruos no era nada de otro mundo, menos para mí, que les había mandado a escribir cosas peores cuando estuvieron bajo mi mando, tampoco valía un menos mal.
-Lo que queremos decir -aclaró Victoria con su acostumbrada voz suave y cálida-, es que esas palabras eran de esperar. No rompen con ninguno de nuestros preparativos. Si acaso, les dota de mayor urgencia. -Suspiró e hizo rodar un mechón de finas y largas hebras por el índice y pulgar y luego por el dorso de una mano, de color más chocolateado que castaño, primero hacia la izquierda y luego hacia la derecha-. Sí, tenemos el peligro cerca, y sí, ése chico raptado no debe de haber pasado el mejor rato de su vida -señaló la runa de sangre-. Pero, ahora ya sabemos que el momento de la verdad se acerca. Y ganemos o perdamos, al menos esta desquiciante espera tocará a su fin. ¿Es que no lo veis?
-Tienen razón -apoyé a Victoria. Luego dediqué una sonrisa tentativa a Thalía-, bien pensado.
Me lanzó una mirada terrible. Impulsada o no por esa expresión lacónica, en esos momentos una ráfaga de aire golpeó la parte posterior de su cabeza, amenazando con alterar su ya de por sí alterada melena, y de erizar su ya de por sí erizado humor.
-No, en serio -insistí, creyendo que tal vez la insistencia lograría aplacar algo su humor-. Es una excelente perspectiva. Muchos que afirman ser buenos estrategas nunca llegan a comprender que el talón de Aquiles de toda batalla enemiga es la espera ciega, por lo difícil e imposible que es contraatacar esa inactividad.
-Vaya, qué bien -su vozz rezumaba sarcasmo-. Cien puntos para mí, mil para ti por la medalla al mérito de darle mérito a los demás.
-¿Cómo dices? -No entendía nada de nada. cuando creía que ya había avanzado un paso en lo referente a ella, resultaba que había retrocedido tres. Y encima sin saber cómo ni por qué. ¿Qué le había hecho yo ahora para que se pusiera a la defensiva?
-No le hagas caso -Annabeth propinó un codazo de advertencia a Thalía; Victoria, por su parte, analizaba con ojos entornados a la chica, como si ésta fuera un rompecabezas matemático difícil de desmembrar y solucionar. La chica pelirroja cuyo nombre desconocía asentía a sus palabras, como si con cada palabra Thalía se estuviera, a su entender, dejándose en evidencia; sus ojos, no obstante, no se apartaban ni un milímetro de mí.
-Los movimientos claves que decidan en el futuro la balanza de la victoria se dan fácilmente en esa espera -lo intenté de nuevo-. No hay peor monstruo, peor situación grave o peor terror concibido que el que uno mismo pueda recrear en el morbo de su mente. Por eso digo que has tenido una idea brillante, genial...
—No me alabes tanto —cortó thalía con dureza-. No es para tanto. -Se puso en pie y, sin mirar atrás, desapareció tras una puerta lateral del cuarto que, por lo poco que escuché, iba a dar a otro cuarto colindante y no a la salida.
—Lo dicho. No le hagas caso, Lucy —aconsejó Annabeth viendo cómo la espalda de Thalía se perdía cuarto adentro—. A veces tiene esos prontos.
¿A veces? Por favor. Esa chica parecía vivir en una contigua pelea consigo misma.
—Empiezo a pensar seriamente que me odia —suspiré más para mí que para Annabeth—. Ya no sé qué hacer para caerla bien, para convencerla de que yo no soy su enemiga.
—Oh, no, descuida. No te odia —me animó percy desde el otro lado de Annabeth—, te aseguro que es así con todo el mundo al que está considerando hacerse amigo. Y si a eso se le añade lo mucho que le cuesta abrirse a los demás... -Pensé en Christian, en la relación franca que Thalía parecía mantener con el shek. Por lo visto mucho no le había costado confraternizar y fiarse del idhunita-. Así que bah, vas bien encaminada. Tú, no desesperes ni tires la toalla.
—No sé yo. Todo lo que digo lo tergiversa, todo lo que hago lo malinterpreta. Creo —dije observando desaparecer la espalda de Thalía aún más en la sala próxima—, que empiezo a sentir que estoy en buque. Un buque de total incomprensión.
—¿Ah, sí? En el tono de Annabeth había más curiosidad que preocupación por mi desánimo.
Sí. Hablar con esa chica es como hablar de Twitter o las ventajas de las web 2.0 a las personas mayores.
A decir verdad, Lucy, yo tampoco lo entiendo.
La miré perplejo.
¿El uso de Internet?
No, tonta. Tus esfuerzos. Tus empeños. El por qué es tan importante para tí ganarte la aceptación de Thalía, de una chica que no hace más que demostrarte una y otra vez que no eres bienvenida en su círculo de amigos, cuanto menos a su presencia.
-Eso -me echó una mano Jack-, se llama pretender caerle bien a los demás. Debilidad por el qué dirán o pensarán de uno cuando no se está presente.
Annabeth no se dejó convencer.
-Tiene que haber algo más. No puede ser eso, por la sencilla razón de que a Clarisse también pareces caerle mal, y no te veo morir en intentos de querer cambiar ese hecho.
-¡Eih tú, rubia! Mantenme al margen de tus teorías.
-Bueno -protesté-, a Clarisse sólo le cae bien Clarise y, a lo sumo, Chris. La experiencia me ha enseñado que es una batalla perdida intentar cambiar el humor de la hija de Ares.
-¡Oye! ¡Que no me metais en vuestros pleitos he dicho!
Los ojos de Annabeth siguieron clavados en los míos, microscopios recorriendo milímetro a milímetro el objeto a estudiar que era yo para ella.
-Lo curioso del caso -persistió-, es que, aun cuando te fulmina con la mirada al pasar o te contesta con brusquedad o con el vacío, es ella, no obstante, la primera en propiciar esos enfrentamientos que tan entrelazados os tiene. Y yo me pregunto, Lucy, maja... ¿por qué? -Se retiró los cabellos detrás de la oreja, clavándome con su perspicaz mirada gris en la silla-. ¿Qué hay en ti, qué peculiaridad o cualidad tienes, capaz de hacer avivar los viejos fantasmas de mi amiga? ¿esos recuerdos que le hacen pensar que las debilidades del pasado la zarandean otra vez?
Me quedé pillado. Annabeth casi parecía relamerse de gusto, una gata con la pata en alto a punto de dar el zarpazo al ratón que era su caza.
-Eso tendrás que preguntárselo a ella. -¿Yo una debilidad para Thalía? Tuve que hacer acopio de todo mi autocontrol para que la voz no me temblara y delatara lo mucho que me habían llegado sus palabras-. Aunque Thalía Grace no parece una persona de fantasmas o temas por resolver, si quieres mi opinión.
-No, te lo pregunto a ti porque...
Una voz dura y fría, perceptible más allá de la espalda vuelta de Annabeth, se adelantófuera lo que fuese que iba a completar la rubia. Era Clarisse.
-Mapas -dijo en un tono lúgubre, a medias entre las prisas, la apatía y el desdén-. Necesitamos mapas. Pero los antiguos. Los que trazan la salida del Tártaro. Los que recogen las estrategias llevadas por los monstruos y titanes durante la pasada Batalla de Cronos. -Tamborileó con dedos impacientes el borde de la mesa-. Que alguien vaya a la casa central, al Viejo Templo de ruegos a por ellos. Pero venga, bah, haced lo que os digo. ¿Tengo que repetirlo otra vez o qué?
-Lo que tienes que hacer es un ejemplo de educación -espetó Thalía con malas formas, regresando con un rollo de pergamino bajo el brazo-. Ya sabes... ¿por favor? ¿Esas dos palabritas de jodida procedencia?
Clarisse frunció el ceño, muestra inequívoca de que, el hecho en sí de que la corrigieran,más una cazadora de Artemisa, la desagradaba profundamente. No obstante -y tras mirar a Chris en busca de valor y paciencia- musitó clara y cortante:
-Por favor.
-Bien, bien, porque yo sé dónde está. Sólo que -echó una rápida ojeada en derredor-, necesitaré otro par de brazos para traerlos todos en un solo viaje. ¿Algún voluntario...?
-Oh -se adelantó Victoria, y al oírla el rostro de Thalía se animó-, Lucy acaba de decir que se ofrece a ayudarte. -Thalía dejó de sonreír de golpe-. ¿Verdad? -Me propinó una patada en el tobillo por debajo de la mesa. ¡Hay! ¡No hacía falta ese extra! Sabía reconocer las oportunidades cuando se me presentaban, eh, gracias-. ¿Verdad?
-S-sí.
-Estupendo -Clarisse cortó en seco la protesta que apunto estaba en decir Thalía-. ¡Pues venga! ¡Corred! ¡Id a por ellos...!
Así que mandados como dos niños buenos a ordenar los juguetes desperdigados, Thalía y yo nos encaminamos afuera, al exterior. Antes de traspasar la salida, miré por encima del hombro a Annabeth, que nos observaba con expresión pensativa, mientras se mordisqueaba el fondo de las mejillas, sospechosa; a Victoria, que lucía una expresión de mal fingida ingenuidad; a la pelirroja desconocida, que insistía en no apartar su mirada vidriosa de mí, algo que no me gustó nada de nada; a Percy, que articuló en silencio escapa de ella en cuanto puedas; y, finalmente a Jack, que me dedicó un gesto de entusiasmado ánimo desde lejos. Hicimos los primeros metros de camino en silencio, Thalía delante, yo a dos pasos tras ella.
La chica andaba a grandes zancadas por delante mío, dando zapatazos al suelo y dejando un rastro de polvo levantado en el lugar donde habían estado sus pies un segundo atrás, con un ímpetu furioso que gritaba pelea a la mínima provocación. Estaba desilusionado con ella, francamente. No le había hecho el regalo del día anterior sólo con intención de que me perdonara, obviamente, pero un poco de amabilidad por su parte era lo mínimo a esperar, digo yo.
Dos hojas de maziza madera se abrieron de par en par justo cuando Thalía, que llegó antes al lugar buscado, puso un pie en la escalinata que conducía a la puerta de entrada principal. Miré enderredor, alerta.
-Tranquilo -bufó ella viendo mi tensión-. Aquí no hay fantasmas ni monstruos agazapados. He sido yo. Lo acabo de abrir con el elemento de Zeus.
La casa situada a la cabeza del círculo formado por las demás docenas de casas diseñadas por Annabeth tenía toda la pinta de ser una vieja iglesia abandonada, con la salvedad de que no tenía tanta altura como las iglesias de los mortales, claro, de gruesos cimientos de piedra. La luz no parecía filtrarse en en el interior, probablemente debido a las capas y capas de polvo que recubrían las ventanas. Permanecimos en el vaho de la entrada, reacios a alejarnos de la protección de la luz natural del día, más potente e inflexible que cualquier luz que pudiera proyectar un par de linternas.
Hombro contra hombro, pegados para infundirnos ánimos el uno al otro, Thalía y yo recorrimos con la mirada el abandonado lugar. Parecía un espacio cavernoso, frío y húmedo. Intercambié con ella una mirada inquisitiva y, tras un asentimiento aquiescente, entramos en el llamado Templo de las Plegarias. Nos internamos en el camino de baldosas agrietadas que atravesaba el recibidor.
-Y hablando del señor de los vientos -sondeé extrayendo del bolsillo la linterna que Clarisse nos había proporcionado, más bien lanzado, en el último momento, gritando un por si las moscas-. ¿Vas a decirme de qué hablásteis tú y él?
-No -atajó con tanta sequedad que no pude preguntar por qué ni formular al menos una réplica acorde a su bordería.
Abrí y cerré la boca, atontado por su brusquedad. Resoplé entre frustrado e indignado y luego me adeleanté a ella, con el firme propósito de renunciar a entender el funcionamiento de su cerebro.
Eran corredores sombríos lo que salió a nuestro encuentro, despertando el eco de pasos apagados en los rincones sombríos de la desalojada casa. Una casa húmeda, con telarañas como cortinas, con grietas en paredes y techo y con polvo y suciedad adherida al suelo, a los ajados tapices y a los rincones más sórdidos que se ocultaban entre las sombras. Suciedad, decadencia y podredumbre era todo cuanto había allí. Velas de todas las formas e inciensos aromáticos nos contemplaban desde los pedestales donde el último peregrino mestizo los había dejado, probablemente más de cinco años atrás de ese hecho, envueltas en una tenue luz acorde al silencio que envolvía toda la casa y que no valía ni para alumbrar debidamente los recipientes de plata en el que reposaban.
Giramos a la derecha y ascendimos dos peldaños envueltos en una alfombra raída que conducía a la antigua sala de armamento. En aquella casa no parecía haber llegado ni el sentido de decoración de Silena ni la mano arquitectónica de Annabeth. De hecho y viéndolo en retrospectiva, más parecía que el Campamento mestizo 2 se hubiera erguido a partir de esa edificación arruinada, entorno a sus cimientos sólidos aunque desarreglados.
La suciedad y la ruina campaban por doquier en aquella casa olvidada de la mano de los dioses. No había ventana que no tuviera su cristalera rota, ni suelo sin rastro de correteo de alimañas por su superficie, ni pared sin huella de humedad en la agrietada, ennegrecida y desnuda cara que mostraban sus muros, ni tapiz libre de polillas. Thalía reculó espantada al ver tan cruda muestra de decadencia, ahogando un grito en la cara interna del brazo.
-¿asustada? -musité hablándola casi al oído. Sentí un oscuro placer al ver su espanto. Por lo menos así sentiría en carne propia qué era el desconsuelo.
ella hizo un vago gesto que no venía a comprometer ni temor ni despreocupación por su parte.
-qué más te gustaría.
-No lo sabes tú muy bien.
-Cómo dices?
-Nada -me apresuré a contestar en un tono que pretendía ser displicente, tomándola de los hombros para impedir que se diera la vuelta -no podría soportar verla de frente, tenerla tan cerca, estando los dos cara a cara-; e instándola con un leve empujón a seguir andando pasillo adelante-. Sólo susurraba para mis adentros.
-Bien, pues déjate de susurros -replicó-. Será mejor que hagamos lo que Clarisse, tan amablemente, nos exigió buscar y llevar, antes de que se piense en hacernos papilla a los dos.
Un frío glacial que recordaba a oscuras tinieblas y a aguas profundas envueltas en una viscosa apariencia fantasmagórica zarandeó los poros de mi cuerpo nada más asomar la cabeza por el vaho de la puerta de la antigua sala de armamento. Y a juzgar por el modo en que Thalía se abrazó el talle, no fuy el único en sentir el estremecedor tacto de las bajas temperaturas, así como la aversión a tanto aspecto tétrico.
La estancia era amplia y de techo alto, y se abría en paraguas sobre nosotros. Cerca de la entrada, una pequeña familia arácnida había convertido el guantelete de una coraza abandonada en su domicilio particular. Al ver el estado desordenado y polvoriento que reinaba en la sala, Thalía no quiso entrar. Pero puesto que la habían obligado a acompañarme -desoiendo categóricamente sus protestas, eso sí- no tuvo más remedio que hacerme caso y seguirme habitación adentro.
-¡Pff! A ver ahora por dónde empezamos -dije, percibiendo lo ardua de nuestra tarea; los objetos que ahí se acumulaban eran numerosos, envueltos en basura, y en nada ayudaba la visión de los insectos correteando por todas partes, corroborando nuestra impresión de que aquella sala no conocía más presencia de seres vivos que las arañasque tejían su tela sobre sus objetos, haciendo imposible distinguir a primera vista sus formas. Iba a ser necesario acercarse, palparlos, librarles del polvo, meter la mano en elenjambre feliz de bicharrajos que los recubría-. Como sea, tenemos que dar con esos mapas.
—Vaya, gracias por recordádmelo, Lucy. —La sonrisa que me lanzó era demasiado tirante para considerarla sincera—. Sabía que algo se me olvidaba, y a pesar de haber oido eso hace un minuto, y tres, y cinco, y diez... De la boca de Clarisse, la de Annabeth, la de Jack, la tuya... Jamás se me habría ocurrido pensar que era precisamente eso lo que se me olvidaba, fíjate tú.
¡Ahora ya sé qué hemos venido a hacer aquí! Ya estaba preocupada, ¿sabes? Masculló algo ininteligible entre dientes. Suspiré, contrariado. El asunto era demasiado importante para que volviéramos a discutir.
Las botas de Thalía, negras y pesadas, removieron el polvo esparcido por el suelo al instante en que sus pies hollaron el interior de la estancia, y fue impregnando el aire de ese condenso polvo al internarse más y más y ejecutar así los siguientes pasos. Del bolsillo sacó un pañuelo de papel, donde desahogó el peso de un estornudo al que pronto le siguieron otros dos más, cada uno de ellos a cual más sonoros de los anteriores. Sin embargo, no estaba muy atento a su irritación nasal.
Por mucho que trataba de contenerme, no podía apartar los ojos de sus piernas, fijándome en la manera en que el pantalón se moldeaba a ella. Una chaqueta corta, de color pardo con dibujos abstractos bordados en las mangas y en el vientre, y unos pantalones de media pierna se ajustaban con perturbable exactitud a sus formas femeninas; y mis ojos no podían evitar la indecencia de mirarlos fijamente, embebiéndose de su esbeltez, el atractivo de sus largas piernas, las curvas de su femenidad, el bamboleo de sus nalgas al moverse, su... ejem... ¡Dioses, Luke, contrólate!
Y entonces ella se volvió, sorprendiéndo a mis ojos pegados a su cuerpo, en una evaluación que nada tenía de discreta.
—¿Puede saberse qué miras? —Demandó, los azules ojos adoptando un tono eléctrico de avisada suspicacia. Estaba claro que volvía a aflorar la cazadora que llevaba dentro. Guardó el pañuelo en la doblez de una de las mangas mientras volvía a inquirir—. ¿Y qué demonios significa esa sonrisita tonta que tienes pegada a la cara?
—Sólo comprobaba, una vez más, lo hermosa que eres —dije, sin poder ni querer guardarme por más tiempo las palabras—. Y lo bien que te sienta el pantalón; aunque, claro, cualquier cosa que decidieras llevar te sentaría bien. Incluso si fuera un vestido.
Thalía retrocedió un paso, mirándome con mayor recelo si cabe.
—¿Qué pretendes? —exigió, entornando los ojos.
¿Un cumplido, ¡un simple cumplido, mujer! Es que no puedes aceptar un halago y punto, Thalía? —pregunté, suspirando con cansancio—. No tiene que haber necesariamente malas intenciones en alguien que te dice lo guapa que eres. Porque sólo estoy siendo sincero. La verdad es que estás guapa, eres guapa, y ahora mismo sí, me parece que estás buena. Enfádate, si quieres, pero no retiraré el cumplido. Te aguantas.
Le di la espalda y me dispuse a escoger en qué caja empezar a buscar.
—No pienso ponerme un vestido —replicó a mis espaldas. A pesar de haber respirado hondo, seguía a la defensiva; era evidente—. No pienso renunciar a las Cazadoras. No pienso sonrosarme con tus halagos. ¡No pienso cambiar nada por ti! ¿Me oyes?
—Con bastante claridad, señora cazadora —dije, dedicándole un ademán tranquilizador con el brazo—. No hace falta que te ofusques. —No obstante no pude reprimir una sonrisa ladeada, cuando el sonrojo se abrió camino con un bonito tono sonrosado por las mejillas de Thalía. Mirada furibunda, polvo flotando entorno a ella, nariz torcida en un reprimido estornudo y el semblante arrebolado... así y todo, estaba más hermosa que nunca. Las palabras brotaron de mi boca de pronto, alcanzado por el significado de su actitud defensiva, la misma de hacía un momento y la misma que llevaba teniendo conmigo desde la mañana.
-Según como yo lo veo, sólo tienes dos opciones: puedes seguir fingiendo que lo que hago no surten efecto en ti, aun cuando ambos sabemos que eso no es del todo cierto; puedes huir por los rincones cada vez que me veas, acortar cualquier momento que pasemos juntos por obligaciones o casualidades, puedes mostrarte fría y distante..., hasta que no puedas retrasarlo más y te des por vencida... O bien puedes claudicar aquí, ahora, resignarte a la verdad que no es otra que sí sientes algo por mí. Claro que entonces yo tendría algo con lo que tomarte el pelo, pero no, prometo no hacer nada de eso; y ya sabes lo mucho que me encanta tomarte el pelo, así que puedes imaginar qué sacrificio tan grande sería eso para mí. Sea como sea, en ambos casos admitir que te sientes agusto conmigo es tan solo un inofensivo paso. ¿Tan difícil se te hace darlo... de verdad? ¿Tu orgullo llega hasta tal punto, Thalía?
—Yo no tengo orgullo —protestó enseguida—. Ni tengo por qé admitir nada porque para empezar no hay nada que admitir.
—Entonces qué tienes. ¿Miedo? ¿Ansias? ¿Compromiso? ¿Impotencia?
—Lo que yo sienta no es de tu incumbencia.
—Claro que sí —contraataqué, deshaciendo el camino que conducía a las cajas y avanzando veloz hacia ella—, más si esos sentimientos se refieren a mí.
—Pues descuida. No es el caso. Lo que sí está claro es que te tienes en mucho, Luke. Y recuerdo haberte dicho esto mismo, pero al parecer tú no aprendes.
—Me tengo por lo que soy. Alguien que te importa. Alguien a quien tú le importas.
—¿Te lo repito? Soy una cazadora. Soy hija de Artemisa. Tú, Luke, no me importas en ningún hipotético caso.
—No te creo —di un paso, invadiendo deliberadamente su espacio vital—. No te creo.
—Ese es tu problema, no el mío. —Se mantuvo firme, negándose en redondo a flaquear ante la proximidad de nuestros rostros—. No me importa lo que creas.
Estábamos frente a frente, tan cerca que percibía en la cara la calidez de su aliento al hablar, notaba el calor que emanaba de su cuerpo tenso y puesto a la defensiva.
—Entonces no te molestará si —se puso rígida, creyendo entender qué venía después—, si hago esto...
Me incliné sobre ella.
Tiré de su brazo y levanté la manga de su camisa.
Metí el meñique entre la pulsera y su muñeca y, con la uña, enganché la cuerda que unía los elaborados eslabones y figuritas, tirando de la elástica goma, dispuesto a romper la maldita pulsera y acabar con tanto cuento de una vez por todas.
—¡No! —Detuvo con la otra mano el impulso de mi brazo—. No, no lo hagas.
—¿Por qué no? Acabas de decir que yo no te importo. No querrás conservar algo de alguien que ni siquiera te interesa. No tiene sentido.
—Creí que era un regalo —protestó, imprimiendo más fuerza a la mano que detenía mi ademán de tirar de las cuerdas—. Un regalo. Y los regalos no se rompen, se conservan.
—Y yo creí entender, cuando te lo regalé, que tenía más molestias e inconvenientes que otra cosa. Además —giré el dedo—, está visto qué valor les das tú a los regalos. El valor de, al día siguiente, contestar con más borderías si cabe. Tú tranquila. Si yo sólo voy a librarte de esta gran molestia.
—¡Para! Para. ¡Basta! ¿Pero qué haces? ¿Te has vuelto loco?
-Sí. Una locura que me ha perseguido desde que te conocí.
-¡Que pares te digo!
-Y yo te repito que no. Pienso acabar con lo nuestro aquí. Ahora.
-Vale. ¡Vale! Tú ganas. Me gusta. Me importas. ¿Contento? ¡Contento! —Boqueó como alguien que se acaba de saltar dos peldaños de escalera, el corazón en la garganta del susto—. Estate quieto, por favor te lo pido.
—Como quieras. —No me costó retirarme. La alegría por su confesión cantaba satisfecha en mis venas—. Pero, ¿Thalía?
Suspiró, cansada.
—¿Y ahora qué?
—Para que entiendas qué acaba de pasar aquí, sólo te diré una cosa. Y bien simple que es. Situaciones desesperadas, requieren medidas desesperadas. —Sonreí con toda la inocencia de un niño—. Para que lo sepas. No tenía ni la más mínima intención de romper esa pulsera.
Le di la espalda y encaminé mis pasos, otra vez, a la pila de cajas que esperaban a ser abiertas después de tanto tiempo.
—¡Eres un...! —Oí despotricar a Thalía a mis espaldas—. ¡Un... un! ¿Por qué lo has hecho?
Me encogí de hombros. No creí que fuera a sentarle muy bien escuchar el tenía que hacerlo, que tenía en la punta de la lengua. Que sacara en claro y ella sola sus conclusiones... aunque, evidentemente, ya las sospechaba.
—Bueno —dijo, titubeante—, bueno, bueno. Entonces será mejor que nos demos prisa. Acabemos con esto cuanto antes, por favor.
—Estoy de acuerdo —musité como si nada hubiera pasado—. Yo también quiero salir de aquí cuanto antes. —Esbozé una sonrisita de divertida suficiencia—. Y, si estamos de acuerdo en ese punto, ¿por qué seguimos aquí de pie, sin mover un dedo?
Iba a agacharme sobre una de las cajas que más tenía cerca, cuando ella se adelantó. Posó una mano sobre mi pecho, alzó los ojos hacia mi rostro, despojándome de defensa con la intensidad de sus azules ojos, y musitó en tono decidido:
—Dame tiempo.
Tragué saliva.
—¿De verdad?
-¿De verdad qué?
¡Dioses! ¡anda que a esta tía NO le gusta Dárselas de inalcanzable ni nada!
-¿De verdad es cierto que te lo vas a pensar.
-Ya lo estoy intentando, Luke. Sólo dame tiempo, ¿quieres?
Mostré mi conformidad a su petición asintiendo en silencio. Algo era algo. Terminé de alargar de una vez por todas el brazo hacia la caja, dispuesto a despolvarla y a hacer inventario de su contenido. Apenas había rozado la capa de polvo que la cubría con las puntas de los dedos cuando, sin previo aviso, todo mi cuerpo se petrificó. Solté un ruidito gutural cuando las primeras imágenes sacudieron mi cerebro, balas envueltas en un fogonazo blanco que despertaba sin miramientos algo del pasado.
—¡OH, no me jodas, por favor! —Exclamé, fastidiado con mi propia memoria porque escogiera precisamente ese momento con thalía para arastrarme a esa época pasada. algo de lo que ella había dicho o hecho, o de lo que yo había dicho o sentido debía de ser el encadenante de esos recuerdos... supuse.
Me aparté de un salto, tratando de controlarme, de recuperar las vistas de lo que me rodeaba en el presente, huyendo como fuera de ese pasado que se abría a la fuerza en mi cabeza. Sin miramientos, los retazos de ese suceso que exigía toda mi atenciónme fueron envolviendo, saltando de las sombras, luces y los sonidos que la conformaban con una ansiedad desconocida, mi mente, automáticamente, clasificando entre tantas imágenes la que de verdad necesitaba recuperar.
Entonces mi cerebro pareció hendirse en dos. Perdí la batalla. Los recuerdos volvieron a mí, derramándose en avalancha, igual que cartón de leche volcándo su contenido en una taza demasiado pequeña para acogerla y absorver hasta la última gota. La historia se dispuso a desarrollar y desplegarse muy vívidamente ante mis ojos.
—¡No, no, ahora no, dioses!
Pero, claro, ¿cuándo los dioses se han mostrado dispuestos a satisfacer alguna de mis plegarias? Pues nunca, y pretender que aquella vez fuera la excepción era un pensamiento típico de un pringado que se ve superado por las circunstancias-. ¡Hay de mí…! -Esa última protesta fue lo último que atiné a hacer o a decir. De repente, Mi mundo se volvió del revés, el pasado y el presente se entremezclaron sin previo aviso en mis dilatadas pupilas. Oí a lo lejos el chillido de terror de Thalía, que gritaba mi nombre al ver que caía sin aparente explicación o enemigo al suelo y luego me sacudía frenética del hombro mientras pedía a viva voz auxilio a la nada, pero yo ya no estaba ahí para consolarla, para calmarla y explicarle que era un recuerdo lo que me apartaba esta vez de su lado.
Las imágenes que relampagueaban me llevaban en volandas a través del tiempo y el espacio, a través del presente y el pasado. Al final, perdí la noción del sitio.
Y me hundí de cabeza en ese nuevo recuerdo.