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Historia 126109 — capítulo 23
Disclaimer: Riordan, Riordan, Riordan, ¿verdad que Luke, Thalía y demás gente del camping son tuyos? Bueno, a excepción del trío de Idhun, que pertenecen a Laura Gallego García. Y a excepción de la trama de abajo, que es de mi completa autoría. (anda, eso merece un brindis a tres bandas, xddd).
-…-…-…-.
Capítulo 15. Semanas siguientes: estrategias displicentes.
-…-…-…-.
El viaje se me pasó volando (nunca mejor dicho), y es que el avistamiento del campamento me pilló casi por sorpresa. Bajo la cúpula azul del cielo, Cyrtash
fue arrimándose poco a poco hacia el refugio mestizo. Mientras la alumbre gigante de arriba pasaba del tono plateado al oro anaranjado al rojo del ocaso
brillando como la estela refulgente que era, y Cyrtash se elevaba sobre ríos y mares de tierra y se abría camino por el revuelo del aire, Thalía cayó en
un sueño intranquilo tras reanimarla de su tercer desmayo.
El carro de Apolo aparecía y desaparecía, dependiendo del movimiento de las nubes y de los giros y descensos que daba Cyrtash, mientras una brisa fría
y constante despeinaba el ya de por sí despeinado cabello de Thalía. La velocidad alcanzada por el shek, las fustas de aire en la cara, los trepidantes
virajes y repentinos descensos en picado del chico-serpiente, me llenaban de un entusiasmo in crescendo. (Y sí, puede que a ello también se sumara en combinación
las palabras confesadas de Thalía, todo hay que decirlo).
Entre tanto, llanuras abiertas entre sistemas montañosos, grisáceos mantos de edificaciones de rascacielos, ciclópeas cordilleras de picos cubiertos de
blanco, riachuelos de mar y lagos cascando agua en cultivos, tierras y bosques, y cimientos rocosos de caprichosas formas elevados al cielo como pináculos
palaciegos formaban parte abundante de la comitiva geográfica que salían al paso de las continuas brazadas de la serpiente halada.
Cuando el crepúsculo aterciopelaba las lejanas crestas de la colina principal del campamento mestizo, y aquello no ocurrió hasta toparnos y tener que esquivar
un derrumbe de piedra, por lo visto el viejo recuerdo de un templo o un torreón medio cubierto por maleza, fue el momento elegido para que el terreno del
hogar de semidioses se diera a anunciar finalmente a la vista, igual que una terrosa motita difusa y perdida en el espacioso horizonte que se abría en
el paisaje como abanico bajo nuestros pies.
-Eih, despierta -musité al oído de Thalía, zarandeándola levemente-. Vamos, Thals, vuelve a mí.
Con un brinco de sobresalto que no disminuyó al abrir los ojos, la hija de Zeus despertó por fin. La chica tardó un buen tiempo en situarse, al verse de
nuevo a metros del suelo, a lomos de un shek y sobrevolando distancias aéreas como barcos de peces surcando el mar angosto. Tras hacerse cargo de dónde
estaba y de qué tenía alrededor de la cintura, impidiéndole resbalar de la grupa del ser halado, se volvió hacia mí con ojos abiertos como platos y empañados
como vidrio por la humedad.
-¿Luke? -Sus ojos reflejaban todo un mar de desconcierto-. ¿Y ahora qué sucede?
-Ya hemos llegado.
-¿Ah, sí? -Se asomó con todo cuidado al borde para contemplar el paisaje desplegado a nuestros pies; estiró el cuello para agudizar lo más posible la vista,
segura en el abrazo de mi cuerpo; al final detectó un poco más allá el pequeño mapa que era el camping mestizo-. ¡Ah, sí! ¡Por todos los dioses, menos
mal!
-¿Menos mal? -Sonreí-. Pero si has estado más inconsciente que despierta.
El alivio ganó al cansancio que se adivinaba en sus pálidas facciones. Suspiró sin dejar de otear el aproximado horizonte que era el campamento.
-Y a los dioses doy gracias por ello, créeme. -Se detuvo un momento antes de musitar en voz baja-, y a ti también, claro.
-¿De verdad? -Aunque rehuía mi mirada, el rubor de sus mejillas confirmó la sinceridad de sus palabras-. Oye, y respecto a lo que me dijiste antes...
Valiéndose del pulgar y el índice, hizo pinza en mis labios, sellándolos a modo de cremallera.
-Shh. Recuerda, lo que pasa en el aire..., se queda en el aire.
-Sí, es cierto -me obligué a sonreír-. Y ya casi tocamos tierra firme, ¿verdad? así que...
Me encogí de hombros, aunque mi corazón, sangrando decepción dentro de mi pecho, se encogió más aún.
-Mira, Luke, yo... -El viento dispersaba sus cabellos en todas direcciones, al igual que las palabras que no atinaba a formular se dispersaban por su boca
denotando bochorno e incomodidad.
-No ha sido nada. Olvídalo, tranquila.
-S-Sí, claro. A eso me refería yo, que lo de antes..., p-pues que no ha sido nada.
-Sí.
-¿Sí?
-¿Claro?.
-Claro.
Instantes después, Cyrtash anunciaba telepáticamente su intención de comenzar la maniobra de descenso. Desviando cada uno la vista en una dirección distinta,
Thalía y yo nos sujetamos con fuerza para no resbalar del lomo durante el descenso del shek, mientras éste torcía el rumbo hacia el lugar donde se apostaba
el dragón, el verdadero dragón, con su vellocino de oro y las fauces semiabiertas al firmamento, dispuesto a defender al campamento situado a sus espaldas
de cualquier amenaza.
Si hasta entonces el viaje se me había hecho corto, el momento del descenso fue todo lo contrario; se me hizo una eternidad bajando horas y meses por entre
cabañas y árboles hasta hallar una zona acorde y despejada para el aterrizaje. Allí, pegado a Thalía, abrazado a ella, mordiendo el yo también te quiero
que antes me faltó por decir, el tiempo se burló descaradamente de mí y de mis esperanzas, dilatándose en la última oportunidad de unos minutos que ella
no fue capaz de asumir.
-¿Preparados para bajar?
El shek no se había detenido aún del todo cuando, sin poder aguantarlo por más tiempo, Thalía cruzó las piernas por encima de su lomo cual bateriófoba
alejándose de la peste y, literalmente, saltó al vacío, recorriendo con los ojos cerrados los ocho metros que la separaban de la seguridad de la tierra
firme bajo los pies. No es que cayera estrepitosamente en el suelo cual croqueta utilizada como proyectil en un plato de harina, claro, ni que acabara
rodando por el suelo en plan víctima de secuestro arrojándose al rescate, pero yo lo pongo de ejemplo para que os hagáis una idea de su acción. Además,
recordándolo más detenidamente, mucho sí que se pareció la escena, las cosas como son.
-Estás loca. -La increpé bajando del lomo del shek de un salto para caer con las dos suelas a la vez en el suelo de arena y tendiendo la mano hacia atrás
con intención de recoger los bultos del equipaje antes de que Cyrtash comenzara su transformación en Christian—. ¿No te das cuenta de que podías haberte
lastimado?
-Para nada -respondió levantándose indiferente y sacudiéndose el polvo de encima-. No me gusta el viento, pero sé utilizar el elemento de mi padre a mi
conveniencia. Ha bastado con desear relentecer el aire durante la caída y... -Miró a su alrededor-. ¿Dónde están los demás?
Habíamos aterrizado en un pequeño llano despejado del bosque que separaba el campamento Mestizo uno del dos, así que deduje que con los demás se refería
a la rubia y al resto de idhunitas.
-Jack ha llevado a Annabeth y a Victoria a aterrizar un poco más lejos -informó Christian, de nuevo en la piel de un joven-. Le dije que lo hiciera de
esa forma, para que la niebla de tus dioses, Luke, se asentara de nuevo en el disfraz, y Annabeth no descubriera así el truco. Y que se asegurara de paso
que no hubiera otro campista patrullando por los alrededores cercanos durante la transformación. No queremos ser la comidilla de turno si alguien nos ve
pasar de animales a humanos.
-Me parece bien -le tendí su mochila a Thalía y enfilé el sendero hacia nuestro camping-. Pero ahora, más vale que le demos la noticia a esta gente de
una vez por todas.
Cuando llegamos finalmente al campamento mestizo 2, ya nos estaban esperando. Las hijas de Artemisa al completo formaban fila ante la entrada, armas en
mano y miradas ceñudas a cualquiera que no fuera de su propio séquito, como un puñado de guerreras mercenarias. Algún que otro campista se dejaba ver entre
la hilera, pero sí, la mayoría de los campistas eran cazadoras que aguardaban inquietas el retorno de su cabecilla. Annabeth, Jack y Victoria se hallaban
también entre ellos, como tres oasis de deferencia en un desierto de insensibilidad.
—Joder —rezongué a Thalía—. ¿Acaso tus hermanas cazadoras no saben sonreír? ¡Mira, se hace así! -Hice una burda mueca con los labios, mohín que le arrancó
una sonrisa-. Es preocupante lo de esas chicas, en serio. El puñetero mundo ya es bastante gris de por sí, ¿sabes? no necesita de gente deprimente que
intenten hacerle la competencia.
En ese momento, tres figuras se separaron de la masa congregada de cazadoras. Se trataba de Clarisse y Silena, que se adelantaron para detenerse frente
a quienes en esa ocasión éramos los recién llegados, más observando a Christian y a Jack que a nosotros, a Annabeth, a Thalía y a mí. Como jefa de batalla
y líder de organización de las cabañas que respectivamente eran ambas, les correspondía a ellas dar la bienvenida a un nuevo mestizo.
Y a juzgar por el modo en que contemplaban a los dos chicos idhunitas a los que no habían visto nunca y a los que Annabeth se apresuró a presentar por
dos personas que habíamos rescatado de un altercado de monstruos de camino al campamento, y como añadidos de semidioses, ciñéndose a lo pactado antes con
los dos idhunitas, resultaba evidente que fue así como los consideraban ellas, como otros adheridos mestizos. Las dos semidiosas se movieron con autoridad
y un añadido de majestuosidad en el caso de Silena, mientras el resto de campistas aguardaban en relativo silencio tras ellas, a la espera de lo que dijeran
como bienvenida.
-¿Y se supone que vosotros sois dos abandonados semidioses? -Atinó a señalar Clarisse con su acostumbrada brusquedad, demostrando una vez más su falta
de tacto, simple buen atine según ella.
-¿Y se supone que tenemos que tomarnos eso como un hola, bienvenidos a casa? -Ahogué la risa tras el brazo y un ataque de simulada tos, rompiendo mentalmente
una lanza a favor de la osadía del rubio.
-¿Qué dices?
-Nada, nada -dejó de reírse entre dientes Jack. Adelantó una mano educada y habló en voz alta y clara-. Soy Jack, semidiós idhunita, hijo de Hefesto.
-Christian -se presentó sucinto el shek sin tender la mano y sin hacer amago de recibir la palma tendida de Silena-, semidiós por gracia de esa inteligencia
tan parecida a los hijos de Atenea, se dice.
-Pues con vosotros y con Lucian, ya son tres los mestizos bien creciditos que encontramos abandonados por ahí. Al parecer, este año los radares mestizos
están que ni se salen, ¿eh?
-Lucy -corregí mecánicamente-. Prefiero que me llamen Lucy, no Lucian, gracias.
Lucian era el nombre utilizado por los viejos profesores de clase que había tenido en mi vida mortal cuando querían llamarme la atención ante un suceso
extraño que, invariablemente, achacaban al niñito raro; y Lucian era el nombre con el que me llamaba Hermes cuando se ponía en plan dios pedante, así que,
evidentemente, yo achacaba el nombre de Lucian a riñas y severidades, cosas negativas de esas, por lo tanto era normal que lo detestara y que prefiriera
mil veces Luke antes que Lucian.
-Lucy... Lucian... ¿Qué más da? Sigue siendo tu nombre, así que no te quejes. -Incluso con la ilusión de la neblina, Clarisse veía a una chica más alta
que ella, pero la bendecida hija de Ares no era persona que se dejara intimidar por algo tan desafortunado como unos cuantos centímetros de más, por mucho
que esa persona le estuviera fulminando categóricamente con la mirada por tanta tozudez en un nombre detestable-. El caso es que este año, los mestizos
llegan como rosquillas al horno. Y eso sumado a la presencia de las cazadoras..., se puede decir que nuestro camping por fin está debidamente completo.
-Bueno, Percy -tomó las riendas de la conversación Silena-, ¿no te importa tener nuevos compañeros de casa, ¿verdad?
Era todo una suerte que la disposición de los dormitorios de los mestizos no se rigiera allí, en el campamento mestizo 2, por según qué dios resultara
ser el progenitor responsable del semidiós en cuestión, como sí ocurría en las cabañas del otro camping.
-Mientras no sean compañeros de cama -advirtió el hijo de Poseidón.
-Ni de sábanas -dije con la mano en alto para chocar los cinco con Percy.
-... Por mí bien, no tengo problema -completó finalmente tras retener la risa.
-Sois de lo que no hay, ¿lo sabéis? -Annabeth puso los ojos en blanco-. Pero será mejor que vayamos todos a los dormitorios. Nos cambiamos y aseamos un
poco, y luego reunimos a los demás para hablar.
-Me parece bien -asintió Thalía. Se volvió hacia Clarisse y Silena-. Vosotras que podéis y sabéis, reunid al resto de mestizos aquí, afuera, dentro de
una hora. Hay un asunto importante que tenéis que saber. Un anuncio que debemos comunicar a todos. ¡No preguntes! -Atajó de inmediato cuando Silena hizo
ademán de abrir la boca-. Tú sólo cumple con ello, por favor.
Me adelanté junto a ella al interior del campamento, pasando por delante de las guerreras de Artemisa. No cabía duda de que todas, desde la primera hasta
la última de las cazadoras, me estaban observando a mí, directamente. Vigilaban con ojos de halcón todo cuanto les rodeaba, como si esperaran que el peligro
se manifestara de un momento a otro ante ellas y estuvieran dispuestas a liarse a patadas con el imprevisto en cuestión, tomara las posibles caras que
tomara éste para presentarse. Y, por lo visto, habían decidido por unanimidad que la amenaza la encarnaba yo, ya que ni parpadearon ni apartaron la vista
de mí en ningún momento cuando llegó mi turno de pasar enfrente de ellas.
Con las armas particulares de enormes hojas como cuchillas regaladas por cada dios o diosa que eran sus progenitores originales amarradas al cinto que
les rodeaba la cintura, los arcos de cazadoras colgados al hombro y sobresaliendo por un lado de la espalda y el carcaj repleto de aljabas sobresaliendo
por el otro, parecían prestas más que nunca a caer sobre mí, y hacer una nueva papilla humana que llevara mi nombre y el título de pobre pringado por delante.
Me cuidé muy mucho de no mirar a los ojos a ninguna de esas fieras. ¡Dioses! ¡Pero si hasta me entraron ganas de andar de puntillas y todo! Pobre del primero
que se atreviera a levantar un pequeñísimo susurro en contra de ellas, porque vamos, enfrentarse a una horda de monstruos sería el menor de sus problemas,
seguro.
—¿Qué haces? —Inquirió Thalía cuando vio que pasaba por delante de mi cabaña y caminaba aún junto a ella.
—Estoy ensayando para las pruebas de acceso a guardaespaldas -bromeé.
—Apuesto mi arco nuevo a que quedas el primero.
—Salvo si las ven a ellas —señalé con la cabeza al grupo de inseparables cazadoras que nos seguían a corta distancia-, en cuyo caso seguro que hasta el
malhechor más bribón saldría espantado, desistiendo de toda mala intención en cuanto les vieran esas caras tan..., peculiares, que tienen.
-Eres lo peor -replicó irritada.
-Mis oídos te escuchan, mis ojos interpretan que piensas lo contrario, así que, ¡por favor! deja de halagarme tanto.
-Vale. Ya está bien. ¿Y ahora, a dónde se supone que vas? -insistió metros más adelante al ver que aún iba en post de ella.
-Pues a acompañarte como buen-a compañer-a que soy. ¿No lo ves?
Puso los ojos en blanco, pero ni protestó ni se negó a que le siguiera.
-Y ya, de paso, si puedes cotillear en nuestra cabaña, mejor todavía, ¿verdad? -Apuntó Victoria recolocándose la correa de la mochila al hombro.
-¡Cómo crees! ¿Cotillear.. Yo?. -Se rió de mi expresión ofendida-. No... Bueno... Es que... Alguien tiene que enseñarles el camino hacia su cabaña a estos
dos pobres e indefensos semidioses, ¿no? -Victoria amplió su sonrisa al oír ese modo de referencia hacia sus colegas idhunitas-. Y Percy está muy entretenido
dándole la bienvenida a Annabeth, como para encima coger e ir a interrumpirlos. ¡Yo no soy tan cruel, hombre!
-Vale, bien, pues hasta aquí llega tu caballerosidad / compañerismo / curiosidad -decretó Thalía, una vez alcanzamos la entrada de su cabaña.
-¡Oye, oye! ¿Qué poca consideración la tuya, no? ¿Dónde está tu sentido de educación, las gracias, el sí de buenas tardes, la gratitud...? -Me di golpecitos
en el muslo con Backbiter-. NO, si al final las hijas de Afrodita van a tener razón, y va a resultar que vosotras no sabéis nada más allá de cazar y de
patrullar bosque adentro en busca de frutitas para mermeladas o de lobos destentados.
A nuestro lado, las cazadoras fueron entrando una a una a la cabaña, como soldados que formaran fila ante un militar de cargo superior, ninguna de ellas
sin olvidar dedicarme una mirada de recelo antes de desaparecer cabaña adentro, por supuesto. La última en sumarse a la fila fue Victoria, quien volvía
a encarnar el papel de hija de Artemisa. Y, como para querer diferenciarse claramente de sus colegas de arco, me dirigió una sonrisa cálida y no un ceño
fruncido a modo de despedida.
Despacio, y aprovechando el momento en que se entreabría la puerta, continué moviendo con disimulo la cabeza mientras hablaba, desplazándome furtivamente
en un intento de atisbar algo en el interior de aquella cabaña tan misteriosa para cualquiera que no fuera cazadora.
-Pues cuidado, fresita, no vaya a ser que tú acabes en el fondo de nuestro cazo de brujas, ¿eh? -Thalía tenía los nudillos blancos, de lo fuerte que se
agarraba al manillar de la puerta para contener a sus manos a hacer algo más penitenciario-. En fin, gente, nos vemos dentro de una hora.
Nos dio las buenas tardes. Cerró de un portazo en nuestras narices y echó el cerrojo a la puerta.
-Bueno -dije azorado para romper el hielo ante los idhunitas-, bueno, ¿os enseño vuestra cabaña, verdad?
Los dos asintieron, Jack mirando con nostalgia la puerta donde se había perdido Victoria y Christian recorriendo con ojos críticos todo cuanto le rodeaba.
Atrás, Percy y Annabeth aún continuaban susurrándose cosas, compartiendo sus últimas vivencias de esos días en los que no se habían visto y en los que
no habían estado juntos.
Conduje al grupo hacia la pequeña casa seleccionada a priori a los hijos de Poseidón. Cuando hubieron elegido cada uno un dormitorio distinto y se hubieron
despojado de las alforjas y demás, Christian se fue hacia la puerta.
—¿Adonde vas? —pregunté interceptándolo a medio umbral del marco principal.
—No es asunto tuyo -contestó secamente en voz alta, antes de añadir mentalmente-, a no ser que quieras venir.
—Vale, señor Todo Misterio. ¿Cómo voy a saber si quiero ir si no me dices adonde vas?
El shek se detuvo un paso y me evaluó con la mirada.
—¿Eres de confianza?
-No, pero sí tengo un fuerte instinto de curiosidad, y más aún cuando la gente va por ahí con tanto secretismo.
Sus glaciales ojos continuaron examinando el panorama y ni me miraron de soslayo, dejando en evidencia la opinión que le merecían mis palabras.
- ¿Me prometes que guardarás el secreto?
—A ver si lo adivino: vas a ver a Victoria. -Buena suerte, le deseé mentalmente con esas guardianas que la chica unicornio tenía por compañeras.
-Aunque me tiente esa idea, no. Voy a ocuparme de algo más urgente que eso. Voy afuera, a conocer vuestro refugio mestizo, a tener una primera toma de
contacto con el resto del campamento. Y voy también a analizar el terreno.
Algo que Clarisse debía tener como promesa diaria y que, a esas alturas del día, ya habría cumplido como unas seis veces por lo menos.
Comprendí de todos modos que Cyrtash no era persona que se dejara convencer por el informe de seguridad de otra persona, más viniendo ese informe de boca
de terceros y no de quien lo llevó a cabo, y más estando la seguridad de Victoria en juego.
-Adelante -me hice a un lado-. Pero no, no creo que te acompañe por esta vez. Tengo que ir a cambiarme y a asearme un poco, que huelo a rayos.
-A rayos -me miró de arriba a abajo y luego frunció la nariz-. Creía que el misterio de cómo huele o no un rayo es algo que sólo lo puede conocer Zeus
o, por defecto, los hijos de Zeus.
-Es una expresión, Christian.
-Y lo mío un vacile, Lucian.
-Oír para creer. Así que el señor hielo sabe cómo desfriarse de vez en cuando, ¿eh?
Christian reanudó la marcha, no sin antes musitar en mi cabeza.
-¿No tenías que ir a tu dormitorio por algo de un mal olor?
....
La tarde fue pasando. Por fin llegó el momento de desvelar la noticia. El último rastro del sol empezaba a apagarse por el lateral celeste, con una solitaria
uña rojiza como única demostración luminosa de su marcha, a medida que la gran bóveda de arriba iba tornándose aterciopelada ayudada por la insinuada noche.
En un primer momento, creí que iba a costar hacerme entender. Afortunadamente, el tono de seriedad que empleé había captado enseguida la atención de los
campistas y transformado el humor reinante, demostrando con el silencio que eran todo oídos.
—¿Qué narices...? —Dijo Clarisse, conteniendo el aliento-. ¿Tienes que estar de broma, no? -Buscó los ojos de Annabeth para encontrar en ellos la prueba
de una broma macabra, pero al encontrar soberbia seriedad en el gris nublado de la mirada de la chica, se echó hacia atrás sobre los talones, como si le
hubieran propinado un golpe y se viera repentinamente obligada a mantener de chiripa el equilibrio.
En cuanto al resto de campistas, algunos se tapaban la boca con las manos, otros estaban inclinados hacia delante haciendo puntillas con los dedos, otros
tenían el entrecejo fruncido y los puños apostados sobre los muslos, otros miraban enloquecidos en derredor de hito en hito como si ya presintieran cerca
la proximidad de los monstruos. De cualquier manera, todos, campistas y cazadoras, parecían alterados en mayor o menor medida, rostros palidecidos y ojos
trasluciendo conmoción.
Ayudado por Annabeth y Thalía, terminé de contar a los campistas con todo detalle la peripecia del encontronazo con los vástagos del tártaro -alterando
un tanto la versión al poner desde el principio a los idhunitas en la puesta de escena- y el conocimiento subsiguiente sobre las hordas de monstruos que
se aproximaban. Se hizo un silencio sepulcral ante la visión evocada por el anuncio de la multitudinaria tropa. Todos nos escucharon atentamente, con alguna
que otra interrupción para preguntar pruebas de la amenaza o para terminar de entenderlo todo debidamente.
—¿Lo decís en serio? -Quiso saber al final del relato Clarisse, más para despejar dudas que porque realmente no lo creyera-. ¿Tan mal está la cosa?
Todos asentimos. Incluso hasta los idhunitas se unieron en el cabeceo. La hija de Ares cabeceó a su vez, ya urdiendo planes y estrategias a juzgar por
cómo se mordisqueaba el labio y se intensificaba la llamarada de sus ojos.
Las puertas de las cabañas estaban abiertas de par en par. La ola de mestizos que Clarisse y Silena habían logrado reunir permanecía inmóvil y atónita
retirada en los umbrales y en los huecos vacíos de entre el conjunto de casas, como la gigantesca ola de mar que se forma a metros de la orilla ante un
tsunami, dispuesta a aguardar para acumular toda la cantidad de agua posible sobre su cresta alzada y, luego, dejarse caer con todo su peso abrasador tierra
adentro.
No se oía ni discusiones a todo volumen entre cazadoras y campistas, grupos de risas, lanzamiento de retos a diestro y siniestro entre unas y otros, ni
lejanos martillos que anunciaran la fundación de nuevas armas, ni el inconfundible choque de acero contra el acero de los entrenamientos. El zumbido de
una mosca habría significado todo un estruendo en medio de tanto silencio.
Toda la atención estaba volcada en la entrada del campamento, donde, en pocas semanas, se concentraría un número indescriptible de monstruos. El anuncio
de esa posibilidad, la noticia compartida que gracias al silencio absoluto había trepado por entre los presentes hasta colarse y penetrar en la atención
y los oídos del último rincón donde aguardaba de pie el campista más rezagado, había causado que la historia del campamento 2, apenas joven en comparación
con el otro camping y en función de sus años de creación, tuviera nueva fecha clave que apuntar, pues un apartado novedoso, brutal y bien distinto era
el que estaba a punto de escribirse con la batalla tiránica y mestiza que se avecinaba en el horizonte.
El juego infantil del quién es Quién se transformaba ante esa perspectiva en una versión de cuántos cadáveres se contarían al final. Sí, toda una original
reformulación del viejo juego en toda regla.
—Una batalla como la que se nos avecina es un acto riesgoso y peligroso. -Vuelta de cara al mar de semidioses, la hija de Ares se prestó a emitir unas
cuantas palabras a modo de aclaración para los campistas incapaces de imaginar la envergadura de la llegada de los monstruos a territorio mestizo-. En
la batalla, cualquier grado de descuido puede conducir inequívocamente al desastre. Y por desastre entended que me refiero a la muerte.
Clarisse sacudió el índice con ademán admonitorio.
-Sois mestizos; creéis que estáis acostumbrados a las luchas con los monstruos. Nada más lejos de la realidad, porque no es así en absoluto. Estamos ante
algo más terrible de lo que pensáis. Pero la gran cuestión aquí es: ¿estáis preparados para manejarlo?
Hablaba vuelta hacia los semidioses para tomar las riendas del mando como de costumbre, con las manos entrelazadas a la espalda y las zancadas abarcando
tres o cuatro campistas de un solo paso.
-Todos vuestros pasados enfrentamientos son minucias, juegos de chiquillos en comparación. Una situación que, quizás, por poseer el oponente la misma condición
monstruosa de los anteriores a los que os habéis enfrentado en cientos de ocasiones, creéis que saldréis igualmente indemnes. No os equivoquéis. Esto va
más en serio. Es otra situación, una nueva, una aún más extrema, donde cometer un simple error significa el final para todos los demás. Un lanzamiento
de moneda donde la cara más halagüeña es acabar muerto y donde la cara más favorable es acabar herido. Sin segundas oportunidades. Sin dioses salvadores.
Sin perdón en el último momento. Tan sólo un ataúd estrecho, frío y solitario como único monumento de una existencia que ya ha marchitado.
El suave y apacible atardecer parecía indiferente al hecho de que todo un campamento de mestizos estuviera siendo amenazado de muerte, llamados a la lucha
armada, cercado poco a poco por bestias dispuestas a dar cuenta de carne fresca.
—Por ese exterior —retomó el discurso Thalía, indicando con el brazo extendido en dirección a los márgenes exteriores que se intuía fuera del campamento—,
pronto asomarán criaturas a las que nada agradaría más que cazaros. Descuartizaros. Devoraros. Convertiros en pésimos despojos de lo que sois ahora. Proporcionaros
una muerte donde atravesaros sin más con sus garras o pezuñas es la última de sus listas, por ser la más piadosa, una palabra que esos seres desconocen.
Si dejáis caer la guardia un sólo instante, si olvidáis por un segundo que no estáis en una simple reyerta con la prole del Tártaro sino metidos de lleno
en el curso de una batalla que las acciones acumuladas en un segundo son capaces de dar un giro drástico a los acontecimientos, no tendréis más oportunidades
de sobrevivir de las que tiene una mosca en medio de un vendaval. ¿Me estoy haciendo entender?
La cara de intimidante congoja de la mayoría bastó como respuesta al vistazo inquisitivo de la chica.
—Todo esto no os lo dicen por crueldad —intervine a tiempo de aplacar tanta expresión de pavor—. Ninguno de nosotros pretende impactaros a fuerza de asustaros,
intimidaros o daros un extra de pesadillas para la noche. A lo que se refiere Thalía..., lo que en verdad queremos decir con tanta palabra y discurso,
es que necesitamos que a partir de hoy, de este instante, de ahora, os concienciéis del asedio que vamos a sufrir dentro de poco.
Arrastré la vista por cada semblante, sosteniendo la mirada a todos cuantos se atrevieron a mirarme de frente.
—Los mestizos, por ser caminantes simultáneos de un mundo mortal y un mundo de dioses, son perseguidos continuamente, muriendo más de los deseados y muriendo
muchos más de los merecidos. Mestizos amigos, mestizos hermanos, mestizos desconocidos; semidioses guerreros, con talento para la cautela. Despojaos de
cualquier sentido de seguridad, porque es totalmente falso. Y sí, todos los presentes aquí hemos pasado en mayor o menor medida por situaciones difíciles
y riesgosas, y seguro que muchos de vosotros, más de los que estáis dispuestos a admitir en voz alta, habéis visto morir a un ser querido, otro mestizo,
tal vez. Durante los combates de entrenamientos, haremos todo lo posible por preparaos para que cuando llegue el momento, podáis manteneros a salvo. Aun
así, creo que es justo que os advierta de que incluso eso puede ser insuficiente para sobrevivir.
-voy a enseñaros a combatir, queráis o no -reafirmó Clarisse.
Mientras hablaba, caminaba de arriba a abajo entre ellos; la tensión que se respiraba en el ambiente encontraba eco en el modo de sus pisadas, lo que a
su vez retenía a cualquiera a quien pusiera de los nervios tanto deambular, emitir protesta alguna, ya fuera con una petición educada, una mirada elocuente
o un desplante de otro tipo.
-Ya sea sanando a los heridos, ya sea dispersando y administrando los alimentos, ya sea fundiendo nuevas armas..., el hecho es que ningún campista va a
quedarse atrás en esta contienda. ¿Queda claro? Ninguno. -Miró con elocuencia a las hijas de Afrodita.
-Si eso es verdad, ya va siendo hora de que comencemos, ¿no os parece? -se adelantó Silena.
Aun siendo del clan de Afrodita, ella, a diferencia de sus compinches de cabaña o de casas, no basaba su interacción social a cuento sólo de su aspecto,
por descontado bello de por sí.
-Me parece bien -asintió Clarisse-. Tú harás los grupos, Silena, determinando a cada uno de ellos cuál será su tarea a encargar. Deberás nombrar a un representante
de cada grupo para que nos traigan informes periódicos de cómo llevan la actividad y...
Silena chasqueó los dedos bajo las narices de Clarisse.
-Eso vendrá después. Ahora toca lo más primordial. Dame esa arma.
La pequeña Afrodita extendió despacio un brazo. Deposité sobre su palma abierta a Backbiter, haciendo una mueca de desdén ante su exagerado cuidado en
el modo de asir la espada, cual si esta fuera una bomba y en sus manos estuviera que no terminara de detonar. Sostuvo a Backbiter entre dos dedos de impecable
manicura, agarrando mi preciada arma como si tuviera la propia peste. No obstante, viniendo de una hija de Afrodita, me tomé su expresión como todo un
halago.
-¿Y dices que los nuevos mestizos nos guiarán? -se dirigió hacia mí.
-Lo digo, sí -reafirmé mirando de reojo a Christian y a Jack. ¿Por qué no contestaban ellos en mi lugar? Pero no habían abierto la boca durante toda la
conversación, dejándonos a Annabeth, a Thalía y a mí la faena de darles a los campistas la nefasta noticia, y continuaron en silencio y de brazos cruzados,
apoyados en el tronco de un árbol situado en el límite del sendero que conducía a la salida, del mismo modo en que estaban al margen de la conversación
que se libraba entorno al terreno.
-Bien, bien. Bueno es saberlo -afirmó Silena, atreviéndose a asir con más confianza a Backbiter-. Porque Clarisse tiene razón: vamos a necesitar hasta
la última brizna de ayuda en esa batalla que se nos viene encima.
....
Y así, los días pasaron. Y los preparativos comenzaron. Y de nuevo, en mucho de esos subgrupos formados por Silena a conciencia del talento de cada uno,
me tocó aunar fuerzas con ella. Es decir, con Thalía. Thalía, la chica que, empecé a admitir, me gustaba. Thalía, la joven que de un tiempo a esta parte,
había ocupado casi por completo todos mis pensamientos, hasta el punto de tener que reprenderme a mí mismo y decirme que yo no era una doncella de esos
estúpidos cuentos de príncipes y princesas que perdían el juicio por el primer caballero galante y a galope que pasaba por sus vidas.
Además, en el pasado había detestado el simple hecho de que alguien pudiera volverse débil por cuestiones sentimentales, ya fuera un hombre por una mujer,
una chica por un chico, una mortal por un dios y a saber qué otras combinaciones de género, sexo, razas y divinidades; y ver reflejada esa debilidad en
la fragilidad anímica de mi madre era un incentivo más a favor del odio y la desconfianza del amor.
Y a pesar de todo lo sucedido, Elíseos y oráculo incluido, lo cierto es que hasta este momento aún continúo manteniendo la misma opinión, si he de ser
sincero. Porque detestaba pensar que la personalidad de uno mismo pudiera variar completa y radical en función de amoríos desabridos y romances tontos.
Sólo que..., en mi perfecto mundo de condescendencia hacia los errores ajenos y en mi mundo de superioridad por creer no llegar a caer nunca en tamaño
berenjenal emotivo, había un problema. Un problema gordo y clave:
Que tras oír el "eres mi amor", de Thalía, estaba bastante seguro de que me encontraba bien pillado hasta las trancas por una chica, y que mi regreso a
la tierra no había sido hasta entonces nada más que otra demostración de mi afecto hacia ella y lo mucho que podía cambiar mi forma de pensar en cuestión
de segundos en todo lo tocante a Thalía Grace.
Qué hipócrita por mi parte, pensaréis, ¿verdad? O qué lento y lerdo es este tipo en los asuntos de amor. (Admito ambas cosas. No os culpo por ello; bueno,
vale, no mucho). Pero por todos los dioses que eso era toda una revelación para mí, casi como un dios que se manifestara ante el consagrado profeta de
una nueva religión.
Y hablando de dioses... Entendía finalmente a qué se refirió Hades, en nuestra conversación en su palacio del Inframundo, cuando me aseguró que tendría
que afrontar, asumir y abrazarme al amor para que los planes del oráculo dieran resultado.
....
Otro día, casi al roce del atardecer por el este, estaba caminando hacia la sala propuesta para las oraciones cuando oí una voz saliendo de una de las
ventanas; alcé la vista y vi a Jack, saludándome desde una de las casas vacías. El chico compartía ventana con victoria y, a juzgar por lo despeinado que
ambos llevaban los cabellos, por los labios hinchados y la piel sonrosada de ella, habían estado compartiendo algo más que miradores minutos antes.
Ya llevaban una semana en el campamento y, contra todos mis pronósticos, se habían adaptado muy bien a la vida ajetreada del camping así como a los campistas.
Incluso Christian, solitario como él solo, se había ganado una pequeña comitiva de seguidores, más femeninos que varones, y se había hecho imprescindible
en las propuestas de estrategias a seguir así como a las clases de esgrima, al tanto que Jack, con su fuego de dragón interno, se había ganado a pulso
de bocanadas su puesto de mano derecha en las forjas de Hefesto, junto a Beckendorf.
Saludé con la mano a los dos amigos idhunitas -amigos que al parecer tenían derecho a algo más- y seguí adentrándome en la hilera de casas, en busca de
incienso y herramientas. Más adelante, casi a ras de la casa de Zeus y Era, me topé con Christian. Sumido en mis propios debates internos, no me percaté
a conciencia de su fría presencia hasta que no noté el filo gélido de su inseparable Haiass interponiéndose a la altura de mi estómago en mi camino.
-¡Pero qué haces! -di unos cuantos pasos rápidos hacia atrás.
-¿Y tú? -Envainó la espada de hielo en su vaina particular a la espalda. Continuó imperturbable-. Llevo llamándote desde hace un buen rato, pero tú nada
que te enteras. ¿En qué andan metidos tus pensamientos?
-En nada -repliqué automáticamente, mientras mi mente me traicionaba y evocaba un solo nombre: Thalía.
-Ya veo -ladeó la cabeza-. ¿Alguna vez has jugado al ajedrez, Luke? -preguntó al cabo de un tiempo de dilatado silencio.
Aunque no le veía el rostro y su voz sonaba en mi cabeza, habría jurado que casi sonreía.
-Hum, alguna que otra vez, sí. ¿Por qué?
-¿Sabrías definirlo en pocas palabras?
Lo pensé un rato.
-Estrategia y táctica -definí finalmente-. Análisis y astucia. Se intenta ganar; si no es de un modo, es de otro. Se estudia al contrario, la posición
de sus piezas, sus puntos fuertes y débiles. Y se los elimina, se los come, se cruza por el tablero para dar el jaque mate.
-Exacto. Me consta que no eres hijo de la diosa Atenea, como ocurre con Annabeth, así que no tienes el plus de estratega de esos genes de tu parte. Pero
conquistar el terreno con astucia..., moverte entre estrategias para lograr el fin buscado... todo eso, ¿no te suena de algo?
Me detuve en seco.
-¿estás insinuando que las chicas son como el ajedrez?
-La partida entre Thalía y tú ha comenzado. Y con o sin profecía de por medio, te queda menos de un año para ver el final. Las blancas juegan primero,
y hasta ahora, tú has dejado que ella se adelante y descarte varias piezas. Ahora bien, dime una cosa. ¿Estás dispuesto a dejar que gane? ¿Permitirás que
el jaque mate de la salvación de tu mundo vaya a la derriba, y todo por tus miedos, porque no has conquistado la ficha de tu adversaria?
-Vaya, vaya, vaya. Empiezas a caerme muy bien, Christian.
-No cantes victoria y empieza a jugar. -Justo en ese momento pasó una cazadora corriendo por nuestro lado; ambos nos quedamos mirándola, pensativos, hasta
que Cyrtash concluyó-. Vamos, semidiós. Quiero verte mover ficha.
Estrategia y táctica, me dije haciendo ya planes mentales en la cabeza; análisis y astucia.
Estaba demostrado que los halagos no funcionaban con Thalía. Pero, ¿y con el resto de cazadoras?
Al día siguiente regresé al entrenamiento junto con Thalía y Clarisse. Saludé a ambas mestizas como si fuesen simples compañeras de turno (bueno, cosa
no muy alejada de la verdad, pero ya sabéis a qué me refiero), y me las arreglé para emparejarme esta vez con una de las cazadoras asistentes a la sesión.
Se trataba de Rayna, la chica de pelo castaño, oriunda hija de Démeter y acento palurdo de Oklahoma.
Dobles intenciones o no por mi parte, lo cierto es que me negué a ponerle el combate fácil. Éramos mestizos, guerreros de dioses, y dentro de poco iba
a haber una batalla a las puertas del campamento. No podía -ni debía- minimizar sus fallos, porque de no corregirlos, los seguiría cometiendo llegado el
gran momento y, si eso pasaba, ya sería otra cuenta de muertos a las espaldas, un saco que no estaba dispuesto a cargar en esta nueva vida en la Tierra.
Durante el combate fuimos hablando de todo un poco. Conduje la conversación en cuanto a sus gustos y, guiándome por su acento, hablamos de películas vaqueras
del oeste. Para cuando el entrenamiento terminó, poco importó que yo le hubiera desarmado tres veces; Rayna estaba más que contenta conmigo.
-¡Santos dioses, qué cansada estoy! -Cada vez me costaba menos referirme a mí mismo en términos femeninos. Me detuve sobresaltado entre un movimiento y
otro en mi acción de limpiar a Backbiter. ¿Debía preocuparme por eso?
-¡Santa yo! -Resolló la chica en una exclamación que pretendía ser religiosa-. ¡Vaya, Lucy, qué buena eres!
-Gracias, pero creo que no es para tanto -sonreí con modestia aunque por dentro estaba satisfecho; sabía que era bueno combatiendo, pero nunca estaba de
más oírlo en boca de otros, y si encima era una cazadora, guerrera de vocación de Artemisa, doble satisfacción para mí.
De camino a la salida del gimnasio, pasamos junto a una Thalía tan sorprendida como recelosa y, despidiéndonos de ella con un leve cabeceo al pasar y sin
dedicarle más que una vaga mirada, salimos rumbo al comedor. Rayna incluso me invitó a sentarme con ella y sus hermanas. Decliné la oferta, prometiéndola
encontrarnos después.
Estrategia. Terreno.
Uno, debía ir despacio; no había que abusar de la suerte del primer día. Y dos, quería ganarme a Rayna, no empacharme con ella. Eso sí, durante la cena
sentí los ojos de Thalía clavados casi en todo momento en mi espalda, como si me estuvieran acariciando la zona con dos cuchillos muy fríos y muy afilados.
Tuve que tirar de todo mi autocontrol para no girarme sobre el asiento hacia ella.
Tres días después, la cazadora elegida fue Shelyse, acá entre nos, Silena 2.0. Me la topé en el camino cuando salía del lavadero y, como si hubiera sido
un encuentro casual, antes de que viniera a darse cuenta, ya había abandonado todo prejuicio de campista no cazadora que todas las hijas de Artemisa parecían
sentir por defecto hacia el resto de semidioses.
Shelyse llevaba una toalla sobre el hombro, bajo la cual se asomaba la cabeza inconfundible de un arco, y tenía la larga melena plateada con aspecto gomoso
dividido en mechones compactos por efecto de la humedad. Esa vez, cuando Thalía me vio acompañado de otra de sus hermanas, me lanzó una mirada tan incendiada
por encima del hombro que hasta el calentamiento global se quedaba corto con su papel en el asunto del deshielo de los polos. (Eih, no exagero). Sin embargo,
y al igual que ya hiciera con Rayna, no le di la satisfacción de darme por aludido.
Todo aquel día y unos cuantos más de la semana, volvía a repetirse el encuentro entre nosotros. Casi fue como rutina. Y, por supuesto, a ella no le negué
la invitación de compartir mesa en una de las comidas. (Al parecer la chica no se permitía el razonable gustazo de comer todo cuanto le apeteciera por
no sé qué fobia a las calorías). Y en todo ese tiempo, dejaba que Shelyse me hablara de moda, de desfiles de Milán y Roma, de la temporada de verano y
lo que, a decir de su supuesta vena diseñadora, debía llevarse para invierno.
Dejé claro desde el principio que yo de esas cosas no sabía ni pío; no quería que me preguntara por algo de lo que no sabía más que los posibles colores
a combinar ante el espejo todas las mañanas y que entonces todo mi esfuerzo se fuera al garete. Pero me mostré más que predispuesto a que acabara con mi
imperdonable ignorancia al respecto, y ella no se hizo de rogar, para nada.
-Oh, descuida que de eso ya me encargaré yo personalmente -dijo Silena 2.0 con sarcasmo dándole un tirón reprobatorio con dos dedos a mi camisa a cuadros-.
Vosotras, niñas de Hermes, nunca decepcionáis a la hora de hacer sangrar la moda.
-¿Ein? -¿Podía decirme alguien qué tenía de malo vestir una camiseta a cuadros remangado en las mangas y dentro de los pantalones? Aunque claro, dicho
así...-. Esto... Pues gracias.
Añadí sentir sumo interés por esas cosas y, entre sondeos, halagos por lo guapa que era, frases de reconocida envidia porque yo nunca podría llegar a lucir
tan sexy, tan genial y tan bella como ella, entre preguntas de la marca de champú y acondicionador de pelo que usaba y promesas de hacer algo de chicas
antes de que se fuera del campamento con el resto de sus hermanas..., ya la tenía también ganada.
¿Peón? ¿Alfil? ¿Torre? ¿Caballo? No tenía ni idea de cuán de estrecha e importante era su amistad con Thalía, por lo tanto cuán de trascendente era habérmela
ganado para mi conveniencia, pero estaba claro que ni Rayna ni Shelyse eran una de las más allegadas a la reina de ajedrez a la que buscaba aproximarme,
pero algo era algo.
Táctica. Astucia. Algo era algo.
A esas dos la siguió Narcisa Andrómeda, quien con sus doce años adivinados y sus ojitos de cervatillo me ganó más allá de mis planes. Con ella tuve que
jugar al verdadero ajedrez para ponerla a mi favor, pero lo cierto fue que no me importó; a pesar de su edad joven, la hija de Apolo despedía una sabiduría
vieja, cosa normal, si después de conocerla uno se entera que llevaba siendo hija de Artemisa casi un siglo entero.
Una de las veces, estando a mitad de la partida, la cazadora con nombre de mujer vengativa de culebrón me encerró en una trampa del juego del que sólo
podía salir perdiendo; otras veces yo ganaba, y a ella no parecía molestarle en absoluto que le venciera en esas ocasiones.
Estudio. Terreno.
Luego tocó asaltar a la chica de trenzas rubias, Galina, alias Caramanchada por su afán de dejar rastro de lo que comía en el día en algún punto de su
ropa. (Con ella el tema de proximidad fue la comida, obviamente). De hecho, incluso le di a probar una de mis explosivas mezclas.
-Delicioso -alabó.
-Gracias -hinché el pecho-, lo sé.
Ella volvió a probar, y volvió a emitir el mismo veredicto.
Tras eso, nos enfrascamos en la cuestión de qué comida basura nos gustaba más -pizza para mí, por favor-, si las recetas mediterráneas eran la mejor para
llevar una alimentación equilibrada -punto para ella porque afirmaba que sí-, o qué miembro del panteón del Olimpo sería el mejor chef de todos. (Démeter,
por si os lo preguntáis).
-¿De qué tanto os reís vosotras dos, eh? -Intervino Thalía una de las veces en que nos pilló doblados por la risa debido a un chiste de cocina y colina
que yo le había contado a Caramanchada.
-No seas hacker -dijo Galina, sobreponiéndose a la risa-. Mantén tu intromisión fuera de nuestros asuntos.
Me llevé una rebanada de pan a la boca al percibir la indignación en los ojos de Thalía.
-Eso, eso, Thals, no seas hacker. -Supe que iba a descargar su ira sobre mí, y de hecho así lo hizo, y muy pronto.
-Como queráis. -Agarró el cuchillo de untar y comenzó a juguetear con ello, captando en la metálica superficie el reflejo de los rayos del sol.
Me encontraba demasiado lejos de la ventana de donde se filtraba la luz externa que bañaba con generosidad el comedor como para tomar represalias inmediatas.
-Deja de molestar a la pobre chica, Thalía suspiró Galina, asiendo el brazo de ella para desviar la dirección del cuchillo atraparrayos—. No sé de nadie
a quien no le moleste que el sol le irrite las pupilas, así que déjalo ya.
-Sí, Thals -apostillé con mi mejor voz lastimera, guiñando burla desde mis sanísimos ojos-. Deja de molestarme ya, por favor.
Ella paró.
-La verdad es que no sé por qué no os lleváis bien -se preguntó Shelyse, sentada dos asientos a la izquierda de Thalía y dedicándome un gesto conmiserativo
antes de retomar su tarea de repasar sin disimulo su imagen con altanería en el metal plateado del culo aboyado de una cuchara-. En el fondo os parecéis
tanto que hasta creo que os complementáis.
-¿Complementados..., nosotros? -Me gustó esa palabra-. ¿Algo así como una pareja?
-Claro. Si unierais fuerzas e ingenio, seríais el no va más en el frente de batalla, por ejemplo.
En ese momento, la gente comenzó a recoger cubiertos y platos usados y a devolverlos a la barra de donde se recogían los alimentos. Mientras las cazadoras
de la mesa iban a devolver sus utensilios, llevando de paso los de Thalía y los míos, nos fuimos quedando solos en la larga mesa la hija de Zeus y yo.
Ocupado como estaba en evitar hablarla ni mirarla ni dirigirme a ella en cualquier medida, no vi cuando Thalía cogió la vacía fuente de agua y hielo que
aún no habían retirado de la mesa, no vi cómo inclinaba la parte reflectante de modo que acaparase la luz del sol.
Ella hizo un ruidito como curioso que me empujó a bajar la guardia y a alzar levemente la cabeza. Cuando giré la vista hacia ella, Thalía se aseguró de
que el manchón brillante de luz solar acumulado en la superficie reflectante de la fuente me diese de lleno en la cara.
—¡Eih! —grité echándome hacia atrás en la silla-. ¡Serás bruta!
-Eso es para que aprendas a no meterte con mis hermanas -mantuvo la fuente en su nuca, derramando con habilidad el destello hacia mis dilatadas pupilas-.
Y para que desistas en ponerlas en mi contra, idiota.
Me agarré al borde de la mesa para evitar así resbalar de la silla de tan deprisa que eché el asiento hacia atrás. Implacable, Thalía se alzó al otro lado
por encima de la mesa, fuente en mano y burlona venganza en los ojos.
—Basta ya —pedí; levanté una mano y guiñé los ojos para protegerme de la luz. Pero incluso así, tuve que girar más aún la cabeza para apartar con más efectividad
la mirada del proyectil del fulgor-. Yo no estoy poniendo a nadie en tu contra. ¡Basta ya!
-¿Ah, no? -Amplió el grado en que la fuente recogía la luz del sol-. ¿Y a qué llamas a lo de antes, eh?
-¿Quieres hacer el favor de parar de una vez con eso?
—¡Ah! ¿Y eso por qué? ¿Es que acaso... No te gusta? -Se echó hacia delante-. ¿Es que acaso... Si no están delante tus nuevas compinches... No tienes más
palabras que ruegos y quejas?
—Lo que no tengo es idea de lo que me acusas, así que cálmate ya, fiera. ¡Que lo dejes! -Grité cuando ella hizo ademán de seguir con la fuente.
—¿Cómo se piden las cosas?
Guiñé como bizco los párpados.
—¿Por favor?
Thalía ensanchó su sonrisa mientras devolvía la fuente a su sitio y se sentaba de nuevo en la mesa, toda inocencia y venganza cobrada.
—Como ves, una fuente es mucho más grande y brillante que un simple cuchillo de untar —resolvió, adivinándose la burla en su voz—. Tú sigue molestándome
e interviniendo en mi relación con las cazadoras y te aseguro que lo siguiente que tendrás ante los ojos no será una fuente, sino un espejo en condiciones.
Es más, apuesto a que tus retinas te pasarán factura dentro de poco.
Me lagrimeaban los ojos, si a eso se refería. La chica casi parecía un gatito relamiéndose de gusto ante la tentación de un cuenco de leche.
—Pues espero que sí, fíjate tú, porque así ya tendré pretexto para denunciarte por daños oculares.
Ella se echó a reír con una carcajada súbita y franca.
—Buena suerte con eso. Me gusta tener recambio cuando el papel higiénico se acaba.
Agarré una servilleta para secarme el rabillo de los ojos. Aún tenía que andar bizqueando para distinguir las cosas al enfocar la vista.
-Vamos... Confiesa de una vez que todo esto es porque estás celosa.
¡Tocada! Ella se levantó como un resorte; adelantándome a sus asesinas intenciones, atrapé la fuente antes de que sus manos llegaran primero al recipiente.
-Tú sigue así de bien, eh, que vas por buen camino. -Propinó una patada a la silla para quitarla de su camino, se dio media vuelta con la corta melena
revoloteando entorno a sus hombros, y se perdió comedor adentro.
-Lo sé -susurré a sus espaldas observando como su estilizada figura se perdía entre tanto mar mestizo-. Aunque lo digas con ironía, sé que voy por buen
camino.
Maniobra, estudio. Las últimas en conquistar fueron las estiradas gemelitas, Alaine y Elayne, y fue porque tanto andar estiradas y mirar por encima del
hombro a cualquiera me ponía los pelos de punta. Análisis, acción.
Lo más gracioso de todo fue que al final no fue para tanto, que a la hora de la verdad no tuve que romperme mucho el coco, vamos. Bastó con que coincidiéramos
los tres -y eh, esta vez sí fue por casualidad, palabra- al borde de la pista de tiros de jabalina, justo en el momento en que practicaban un par de chicos
más interesados en lucir musculito que en entrenar con verdadera entrega y seriedad.
—Cháchara y más cháchara —tacharon al unísono las hermanas en tono despectivo sin apartar la vista de los dos chavales que fingían entrenar—. En esas consisten
las conversaciones de los hombres nueve de cada diez veces que abren la boca.
-Claro, claro -abundé yo por mi parte, mientras en mi fuero interno me complacía en sacarles la lengua a las dos-. Estupideces de pelo en pecho son todo
lo que dicen los palurdos de los hombres. Nada más.
Y, bumb, ahí estaba yo de nuevo. Entre críticas y críticas al género débil por excelencia, el masculino, por supuesto, me invitaron a pasar con ellas el
resto de la tarde, y del día siguiente, y lo mismo al siguiente. Llegó un momento en el que incluso se me hizo hasta normal sentarme con alguna de ellas
a la mesa a comer o a cenar.
A las únicas a las que no intenté ganarme fueron a Victoria y a la chica de rostro zorruno y nombre impronunciable. (¿Dansicaster? qué se yo). A la primera
porque no hacía falta, y a la segunda porque... Ni en el más astuto de los juegos se puede hacer un pleno.
Examen. Táctica. Eso sí. En todo momento, siempre, siempre, siempre procuré que Thalía me viera conversando de buena gana con sus supuestas hermanas. Astucia.
Estrategia.
-Sé lo que pretendes hacer -me asaltó varios días después de comenzar el juego, apenas unos cuantos días previos a su cumpleaños, después de estar llamándome
y yo fingir que no la escuchaba-. Te conozco bien, Luke, y no lo vas a conseguir.
-¿Lo sabes? -Lo dudaba mucho. Ni siquiera me molesté en mirarla mientras hablaba. Mantuve en todo momento la atención en la figura de Victoria, moviéndose
a lo lejos, mientras continuaba andando como quien no quiere la cosa y acercándome a un matorral provisto de flores-. ¿Y qué, no me lo vas a impedir?
-No, porque eso sería darle importancia, justo lo que tú buscas. Y si algo sé bien es que no vas a conseguir lo que te has propuesto.
Me giré hacia ella mirándola como quien contempla a un extraño de la calle.
-Si aún crees que lo hago por ponerlas en tu contra, Thalía, entonces es que en realidad no conoces realmente mis intenciones... Si es que eres capaz de
demostrar que tengo alguna intención, claro.
Me acuclillé sobre los talones en mitad del matorral, sosteniendo en una mano una rama provista de plantas multicolores y sosteniendo en la otra un capullo
de flores nacientes, mientras en silencio aguardé a que replicara algo, lo que fuera.
-Te estaré vigilando, que lo sepas...
-Nos -corregí; ante su desconcierto, especifiqué-, nos estarás vigilando, querrás decir. Ahora tus hermanas queridas, esas que según tú, yo tanto debo
respetar porque ahora son tu familia, somos muy amiguitos. Así que si vas a estar vigilando a alguien cuida mucho que no se te escape ninguna, porque ahora
todos somos una sola peña. -Ella reculó un paso ante esas palabras.
Agaché la cabeza sobre una de las flores cuyos capullos estaban algo resecos para que no viera la sonrisa de triunfo que bailoteó en mis labios.
-.¿Quién te entiende, Thalía? ¿Dime ahora por qué te enfadas. -Me incorporé para girarme con calculado desconcierto hacia ella-. Te hablo sólo cuando quieres
que te hable. Me acerco a ti sólo cuando las obligaciones así lo requieren. Ya no te persigo, ya no insisto en hablar a solas contigo ni nada. Te he dejado
en paz y me he centrado en otras cosas, justo como me pedías. ¿Dime entonces, mujer de Artemisa, hija de diosa, por qué te enfadas?
Táctica. Estrategia. Hacer lo último que espera.
-Vamos, di. ¿Por qué te enfadas?
Estudio. Astucia.
-Es más. Para que veas que voy con buenas intenciones con tus queridísimas hermanas, mira -alargué un brazo y arranqué con delicadeza una de las flores,
escogiendo la que había calculado desde el momento en que nos habíamos acercado al matorral, me volví y se la tendí a Thalía-. Para ti... ¿En son de paz?
Ella propinó un manotazo a la pobre flor que revoloteó hasta caer con suavidad a los pies de las raíces de un árbol y después se dio media vuelta, no sin
antes acusarme con la mirada y, a grandes zancadas, se perdió entre la gente.
Táctica. Análisis.
El colmo de su paciencia llegó la vez en que me pilló metido en un corrillo codo con codo con las cazadoras, siendo ella la invitada y yo quien estaba
integrado en el grupito. Con el pretexto de reforzar las cuerdas de los arcos y hacer unos nuevos, nos habíamos reunido a las puertas de la casa ocho,
así que estábamos sentados en un apretujado grupito sobre los peldaños de la casa que ocupaban las hijas de Artemisa, rebajando cuidadosamente virutas
de la madera para los arcos, utilizando para ello cuchillos afilados para la ocasión.
—Tienes que ser cuidadoso, casi delicado -recomendaba Narcisa Andrómeda sentada a mi costado derecho-. Un simple corte negligente y, ¡bumb! antes de que
te vengas a dar cuenta, ya habrás echado a perder todo el trabajo.
Asentí concentrado en la tarea, más interesado en la faena de lo que me esperaba en un primer momento, y fue ahí cuando apareció entre nosotros la hija
de Zeus. Se detuvo a mirarnos y, aunque no dijo nada, a todos nos quedó evidente la rabia y el desamparo de sus ojos.
No obstante y contra todos mis pronósticos, antes de preferir alejarse, Thalía se recogió las piernas bajo el cuerpo junto con la irritación de sus ojos
y se unió a nosotras.
-¡Esta es una excelente idea, chicas! ¿A quién se le ha ocurrido?
-A Lucy -contestó Galina moviéndose para hacerle más sitio a la cabecilla de su casa.
-¿En serio? -Se giró para dedicarme una sonrisa sumamente radiante-. Ya sabía yo que detrás de esa cabecita se escondían grandes ideas. A ver, chicas...
Contadme, ¿por dónde vais?
Y, de repente, visto y no visto, todas las cazadoras estaban giradas hacia ella, hablando, riendo, compartiendo... Y yo me había quedado más solo que la
una.
¡Con una simple pregunta me había arrebatado todo el interés de esas aspirantes a Artemisas!
..*.
-Si hay algo que les encanta a las mujeres es intentar volver locos a los hombres -aseguró el hijo de Hefesto, días después, cuando le planteé mis dudas
al
respecto sobre las chicas.
Nos habíamos reunido aquel día en el santuario de Beckendorf, la herrería del campamento mestizo 2, rodeados de meticulosas piezas de acero, algunas a
medio forjar y otras completas, pero todas con el aspecto de haber sido creadas con manos capaces que gozaban de auténtico temple.
Era una estancia abierta en una de las cabañas laterales del camping, con un suelo de tierra apisonada y media docena de altos taburetes cómodos y acolchados
que el dueño de un bar podría haber catalogado satisfactoriamente de apto para sus clientes que vinieran a ver un partido de fútbol en la barra.
El aire olía a hierro caliente, seguramente por el fuego de las forjas. Las paredes estaban salpicadas de clavos vacíos y ocupados por chaquetas, sudaderas,
delantales u otras prendas colgadas.
-¿Ah sí? -Pensé en Thalía, en sus contradicciones. Sí, era un buen ejemplo de eso que decía Beckendorf.
El rápido y contundente resonar de un martillo golpeando la punta redonda de un yunque daban testimonio de que en otra sala de la misma cabaña alguien
trabajaba afanosamente. Por lo visto, nosotros estábamos en el cuarto dedicado a errar cascos de caballos, pegasos y otros animales, a juzgar por las erramientas
de errar que, a parte de ser las más numerosas de por ahí, nos contemplaban inmóviles e inanimadas desde sus soportes, y a juzgar también por las forjas
de paredes de piedra que se arrinconaban en las esquinas y fuelles que se pegaban a ellas listos para ser accionados arriba y abajo en cuanto hubiera que
encenderse las brasas y controlar con ello el grado de calor conveniente del fuego.
Aunque todas estaban apagadas en ese momento y los fuelles sin rastro de brasas recién avivadas, con los carbones con rastro de haber sido encendidos en
otro momento, las barricas utilizadas para templar el metal que estaban colocados cerca de las forjas, advertían, no obstante, de un uso reiterado y diario.
-Mira, te voy a hablar como lo haría con un chico porque..., bueno, porque así me resulta más fácil de explicarme, ¿de acuerdo? Además, seas igualmente
chica o no, que te juro, nos consta que lo eres, te hablaré como hablo con mis colegas, Lucy. así que...
Hize un rápido gesto invitándo a Beckendorf a seguir, dejándole claro que no me molestaba en absoluto que me hablara como a un tío.
-La gente me tiene por alguien muy tranquilo, muy pausado. Casi como un osito de peluche. pero, ¿sabéis? Para silena soy un peluche con maquinaria en los
dedos, un botón que apretar para, bamb, al instante, sacar los complementos de boxeador.
Beckendorf bajó la vista hacia el martillo que tenía en una mano y el trozo cuadrado de metal que tenía en la otra, dándole vueltas y vueltas entre los
dedos, y prosiguió con la historia de su conquista, más mascullando para sí mismo que hablándonos al resto.
-Los peluches también miran, observan y se enteran, ¿sabes? -hice notar un día a Silena-. Porque lo cierto era que no podía apartar la vista de ella cada
vez que se movía con ese grácil contoneo suyo y que atraía mi mirada como un imán por mucho que ella fingiera no darse cuenta de ello.
Arrastré la mirada por la estancia mientras el hijo de Hefesto hablaba. Largos bancos de madera empotrados al otro lado de la sala soportaban el peso de
acero de diverso tamaño y grosor y, por encima de ellos, hileras de pesadas tenazas colgaban también de las paredes desde distintas vigatas, acompañadas
de cuchillos, mazos, escoplos, cortaderas, cinceles y otra variedad de utensilios de herrero.
-Veréis. Silena y yo nos llevamos bien desde el principio, ya que llegamos al campamento el mismo año, el mismo verano. Pero no sabía cómo acercarme a
ella. No es que las hijas de Afrodita se caractericen precisamente por andar pidiendo un arma nuevo en todo momento, ¿entendéis? así que mucho no se pasaba
por la herrería. Y como sabéis, yo mucho ni salgo ni salía de ella. Hasta que... bueno, hasta que Quintus nos emparejó.
-¿En el campeonato ese que hubo? -pregunté con curiosidad, ya que yo no había estado presente; tan sólo me habían llegado rumores de ello. Por ese entonces,
andaba enfrascado en el mejor modo de colarme y bañarme en el Estigio.
-Pues sí, justo ahí. Desde entonces -prosiguió Beckendorf-, y cada vez que Silena me veía lo que hacía era revolverme el pelo como se le hace a un crío
o a alguien a quien se pretende fastidiar muy mucho, hincarme el índice en las costillas y no cejaba en llamarme con sorna términos bochornosos. Hasta
que..., bueno, hasta que un día todo cambió. El pelo más que revolvérmelo me lo acariciaba, el índice más que hincármelo se detenía a hacerme reír con
cosquillas, los términos de burla se convirtieron en frases famosas de conocidas películas románticas y empalagosas. En fin. después de eso, no fue muy
difícil atar cabos.
Estiré los pies por debajo de otro taburrete. Echando una ojeada enderedor se podía constatar multitud de barras adecuadas para posibles cuchillos, hachas
de madera, extrañas erramientas que ni había visto ni sabía qué uso exacto tenían, trozos de hierro destinados a cobrar consistencia y forma una vez Beckendorf
o algún otro diestro en quehaceres de Hefesto les hubiera dado con el martillo.
-Y tras seis cartas perfumadas con seis aromas distintos donde me rompía el coco para decirle con lindezas lo que sentía... Después de tres desastrosas
citas a pasear a la luz de la luna conmigo y en donde se negó siquiera a darme la mano porque aseguraba que aún tenía que convencerla y ganármela... Después
de una declaración pública...
-Sumamente cursi y empalagosa, por cierto -apostilló Percy entre tosesillas.
-... Después de eso -continuó a lo suyo Beckendorf-, me asió la mano, me miró a los ojos y me dijo: vale, lo admito, te has ganado que te dé al menos una
oportunidad..., pero conste que estás en periodo de prueba. A partir de ahora seré tu novia. Y, ¿queréis saber una cosa? -Los musculosos hombros de Beckendorf
que databan de largas sesiones moldeando el metal se agitaron cuando el chico comenzó a reír-. Que hasta el día de hoy continúo en modo demo con ella.
Hubo una carcajada general iniciada por el propio Beckendorf.
-Lo mío con Clarisse fue algo parecido -confesó Chris-. Vale, sí, al principio ni me imaginaba teniendo algo sentimental con ella. Vamos, es que ni se
me pasaba por la cabeza salir con ella. La veía como a una amiga, nada más. Y así se lo hice ver un fatídico día.
-¡ostras! ¿Le dijiste eso? -Se asombró Beckendorf.
Después de que Chris cabeceara afirmativamente, los dos se echaron a reír a mandíbula batiente. Ante el obvio desconcierto de Percy, Beckendorf explicó.
-Verás, Percy. Decirle eso a una chica, a una chica de la categoría de Clarisse, Silena o, incluso, de Annabeth, es casi un suicidio. ¿Sabes por qué? Porque
ellas lo único que entienden de esa frase es: lo siento, travesti, pero no te veo como a una mujer. Vamos, lo peor que se le puede decir a una tía. Si
no me crees, pregúntale a nuestra amiga Lucy, aquí presente.
-¿En serio? -Asentí con la cabeza dándomelas de entendido-. Vaya, hombre. ¿Y cómo saliste de esa?
-Bueno. Supe mi error en cuanto las palabras salieron de mi boca. Cuando lo dije, Clarisse me miró, me miró con la pose de guerrera enfadada y jodida que
conocéis tan bien -todos afirmamos al unísono ante la visión de una Clarisse furibunda; no es que fuera una imagen difícil de conjurar, precisamente-,
me miró y dijo: ¿Ah, con que esas tenemos, eh? Y cómo me ves entonces. ¿como a una mofeta pedorra? ¿Como a una imprevisible y huraña bestia? ¿Como a una
roca tirada en el camino condenada a soportar siglo tras siglo el maloliente trasero de quienes descansan sus posaderas sobre ella?
Pobre chaval. ¡menudo apuro por el que había tenido que pasar!
-Se puso delante de mí con las manos plantadas en la cintura, doblada la rodilla y adelantado el rostro y el pecho, la chaqueta bien retirada para que
pudiera recaer en su silueta, los cabellos brincando a cada palabra vehemente que soltaba...
Chris continuó rememorando el episodio en silencio, los ojos cerrados y una sonrisita extasiada en los labios, hasta que me vi obligado a chasquear los
dedos debajo de sus narices para hacerlo volver al presente y que nos terminara de contar su historia.
-Sí, sí, ahora sigo, perdonadme. -Abrió los ojos y continuó-. Cómo me ves, me siguió preguntando Clarisse. Responde, mestizo engreído. ¿Me ves como todo
eso, o algo peor? O es que acaso... ¿Acaso te parezco un chico? ¿Visto como tú, hablo como uno de los raritos de tus colegas? Qué te crees. ¿que no tengo
pechos, que no tengo voz, que no huelo a mujer?
A esas alturas del relato, a Beckendorf y a Percy les lloraban los ojos de risa mientras se doblaban sobre sí mismos y se sujetaban el estómago. Y sí,
tenía que admitir que incluso yo también me estaba desternillando de lo lindo. ¡Jo! ¡es que imaginar el apuro de chris en ese momento mientras me congratulaba
de no haber estado en su lugar era bastante divertido, qué leches!
-N-no -balbuceó chris imitando la reacción de sí mismo en ese entonces-. Yo lo que quería decir es que eres una amiga con la que me siento completamente
agusto, Clarisse, la mejor amiga de todas las que se pueda tener, de hecho. Digamos que cuando estoy contigo me siento..., hum, cómo decirlo, agusto, libre
de hacer el tonto o el gamberro, me siento relajado y al mismo tiempo preparado para correr cuantos maratones quieras mandarme hacer. Lo que quiero decir
es que me gusta estar cerca de ti.
-Cerca, pero sin mirarla como a una mujer -apostilló Percy riéndose todavía.
-Mira tú qué casualidad; eso fue justamente lo que ella me replicó a mí... O algo parecido que venía a decir lo mismo. Me dijo que se alegraba de que la
considerara una buena amiga, que lo tuviera en cuenta cuando necesitara algo, pero que, igualmente, tuviera siempre presente que ella era una mujer hecha
y derecha, una mujer con complejidades, físico y todas las necesidades que eso conyevaba.
¡Vaya con la La Rue! ¡Y yo que me quejaba porque Thalía era tan arisca!
-¡Serás descarado! -farfulló chris en una imitación más que perfecta de Clarisse-. ¡Decirme a la cara que no soy una mujer! ¿Es que no beso como tal? E
insistió que le respondiera. Le repliqué que ella y yo nunca nos habíamos besado... vamos, siquiera un casto roce de mejillas, por todos los dioses y,
¿sabéis qué me respondió?
Chris hizo una pausa para asegurarse de que tenía ganada toda nuestra atención y crear así mayor espectativa.
-Me dijo que no había ningún problema; que eso se podía solucionar enseguida. Y al final, se sentó sobre mí, me agarró de la pechera y me plantó un beso
en los labios.
-¡C-Cómo! -Me maravillé.
-Sí, así de sorprendido estaba yo también. Y la cosa no acabó allí, qué bah. Cuando se apartó y le pregunté entre toses por qué había hecho eso... Haciéndote
entender que soy una mujer, me replicó. Y si da la casualidad de que a ti sólo te han besado tus figuritas de lego y no sabes cuál es la diferencia...,
bueno, ahora ya tienes qué contar. Se levantó de mis rodillas después de darme el beso y un fuerte coscorrón.
Reprimí el impulso de rascarme la cabeza ante la visión de una Clarisse inclinada para dar un beso a alguien.
-Y cuando permaneció plantada delante mío... cuando cayó por fin para recuperar el aliento... bueno, se puede decir que fue allí cuando la vi por primera
vez, ¿sabéis lo que os digo? Cuando dejé de ver sólo a Clarisse, una marimacho, mestiza del dios guerrero, y comencé a ver a Clarisse, una chica de rizos
de noche, ojos de fuego y risa calmosa como olas de mar. no sé si entendeis lo que quiero decir.
Afirmamos con impacientes cabeceos.
-Digamos que traspasé el habitual atuendo de uniforme de entrenadora jefe para toparme con la chica de flores rosas y poesía pronta y alagadora que se
esconde detrás. Y así comenzó nuestra batalla. Dijo que amiga o no amiga, iba a hacerme pagar bien caro eso que había dicho sobre ella.
-¿Batalla? -quiso saber Beckendorf.
-¿Hacértelo pagar? -Inquirió percy a su vez.
-Ajá, en su afán de supuestamente degradarla a una condición de no mujer, comenzó una batalla en mi contra. Cada vez que la veía, me quedaba embobado,
y sabía que yo le inspiraba sentimientos similares, pero... Ah, pero a veces no lo parecía. Si un día me sonreía o me trataba con sumo interés o se quedaba
relegada para hablar conmigo en las clases de entrenamiento más de lo estrictamente necesario, al día siguiente volvía a tratarme con brusquedad, a insultarme
y a batallear conmigo más de lo que lo haría con el peor de los monstruos del Tártaro. A decir verdad, aun cuando hoy en día por fin estamos juntos, a
veces vuelve a esa postura, a esa brega conmigo.
-¿Y a tí no te molesta? -pregunté extrañado.
-¿Molestarme? -Chris se echó a reír como si hubiera dicho el disparate más gracioso del mundo-. ¡Oh, pues claro que no! Porque entonces sé que su amor
por mí es más intenso todavía, que crece y se solidifica. Sé bien que eso le asusta, de ahí que se ponga a la defensiva, pero aun con su miedo, lo acepta,
lo comparte y créeme que me lo muestra todos los días con creces.
-Ya -mascullé sin acabar convencido en absoluto-. ¿Y qué? ¿Al final acabó cobrándotelo con creces e intereses o no? ¡Si es que no se le puede decir a una
chica a la cara que de feminidad no calza, precisamente, y pretender irse de rositas como si nada!
-No permitís que guarde algo en el tintero de mi dignidad, ¿eh?
-Traducción: te las hizo pasar canutas -volvió a reirse Percy-. Ah, Chris, si es que...
-¿Y tú qué, señor risitas? Cuénta aquí entre nos cómo conquistaste a Annabeth.
-Bueno -comenzó Percy sofrenando la risa-, una vez me convencí de que no tenía ninguna relación extraña y sentimental con su amigo Luke...
Solté todo el agua que tenía en la boca a punto de tragar. ¡annabeth y yo! Por todos los dioses, ¿Annabeth y yo? En fin, estaba claro que en su día la
quise y que aún en la actualidad la quiero... Pero, por favor, ¡como amiga! ¡como hermana! otro tipo de relación afectuosa entre nosotros era y es...,
vamos, más que descabellada.
-¿Estás bien? -Chris me dio unas cuantas palmadas en la espalda para ayudarme a controlar la tos.
-S-sí -aseveré-. tú tranquilo, Percy. Sigue contando, que te escuchamos.
-Vale. Pues a lo que iba diciendo. Que una vez me quedó claro que ya no estaba enamorada de él, todo fue pan comido. -Y un grandísimo mal entendido, pensé
aún atónito porque el chico pensara lo contrario, seguro de que Annabeth nunca había concebido hacia mí sentimientos de ese calibre que insinuaba percy-.
Digamos que me besó. Yo desaparecí en la isla de Calisto. Salí de ahí, luchamos la batalla de Cronos y cuando las aguas se hubieron calmado, volvió a besarme,
corrí tras ella y..., Bueno..., aquí nos tenéis.
-¡Yepa! Eso sí que es resumir las cosas y lo demás son tonterías -se burló chris.
-Lo que me ha quedado claro de todo cuanto habéis contado -concluí-, es que, en los tres casos, fueron ellas quienes dieron el paso y os escaldaron. Eso
de esperar sentadas y de brazos cruzados a que sea el chico quien se arme de atrevimiento y se declare para el milenio en que crea estar preparado y armado
de valor, parece que no va con las mestizas.
-La vida es muy corta, Lucy -comentó Beckendorf con serio aplomo-. Y la de los semidioses, más aún. Casi se diría que disponemos de un año para vivir,
sentir y cometer los errores y vivencias de una persona joven, mortal y normal, antes de que las obligaciones del Olimpo nos arrastren de nuevo a primera
fila de batalla. ¿Crees que de verdad vale la pena perder de vista esa felicidad y disfrutarla cuando finalmente se alcanza? ¿rendirse a las primeras de
cambio por unos cuantos peros en el camino?
Sacudí la cabeza, dándole completamente la razón en aquello.
-¿Y no os da miedo contarme todo esto? Veamos, quiero decir, ¡para vuestros ojos soy una chica!
-Bueno, dado que aquí todos tenemos pareja... -dijo Beckendorf
-Y que ninguno te hemos confundido con amores platónicos de la infancia con los que rivalizar... -abundó Percy.
-Y que aprendimos la lección y en ningún momento te llamamos no mujer... -apostilló Chris provocando otra ola de carcajadas a todos.
-... Se puede decir entonces -continuó Beckendorf mientras los cuatro nos echábamos a reír de nuevo-, que hemos aprendido la lección y que no te puedes
dar ni por aludida ni por ofendida.
-Eso darlo por seguro -afirmé poniéndome de pie.
-¿A dónde vas?
-A seguir el ejemplo de vuestras chicas. -Y yo sí tenía un año como fecha tope para lograr el propósito-. Digamos que voy a coger el toro por los cuernos.