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Historia 126109 — capítulo 22
Disclaimer: De idhun Laura Gallegos… De semidioses, campamentos y demás elementos de PJ, Rick riordan.
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Capítulo 21. Día ciento uno: tríada.
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Al día siguiente, era ya mediodía cuando el resto de la "tríada", como Christian o Cyrtash había incurrido en llamarles, aparecieron. En ese momento, el carro de Apolo alcanzaba su cenit en la carretera espacial, dejando tras de sí una estela amarillenta y broncínea que encendía rayos despuntados en todas direcciones por la bóveda celeste. Tallos, ramas y hojas se mecían e inclinaban al paso del viento, relumbrando oro y tono tostado bajo la estela solar cual si de un rey se tratara el astro que los acariciaba distraídamente con el calor y la luz de sus rayos.
El elevado terreno donde habíamos acampado se dividía en tres secciones. Arriba, casi a ras del pico, un escarpado arrollo de irregular piedra desnuda y rocas quebradas de cresta afilada apuntaba hacia el cielo bañado en dorado; en medio de la acampada rivera, matorrales, despeñadas piedras cubiertas de maleza y arbustos espinosos salpicaban el paisaje; y al final, abajo, en la parte inferior de la ladera, discurría sosegado el arrollo de aguas claras y cristalinas donde la alada serpiente había emergido la noche anterior y donde, un poco antes, se había desarrollado el encontronazo con los retorcidos vástagos de los titanes.
Aunque la peste a azufre y cloacas dejado por los monstruos llegaba hasta la altura de la rivera en donde estábamos, arrastrado suave pero imparable por el aire que ascendía ladera arriba, lo cierto es que no podíamos quejarnos. Thalía había estado muy atinada al escogerlo como refugio provisional.
Mientras Apolo se elevaba sobre la ladera y en derredor nuestro, un animal rugió a lo lejos. Por algún motivo, el sonido evocó en mi mente la imagen de un dragón.
Cuando el rugido cayó medio segundo para volver a reemprenderse instantes después, todos nos petrificamos en el sitio, enmudeciendo y silenciando la conversación intrascendente que sosteníamos Annabeth, Thalía y yo dentro de la grupa en la roca, advirtiendo que la repetida llamada del animal se aproximaba cada vez más a nosotros, por lo tanto podía ser otro peligro pronto a enfrentar.
Lo más llamativo de todo fue que el semidiós serpiente pareció presentir de antemano la llegada de sus congéneres semidioses porque, de repente, sin previo aviso, antes incluso de que resonara el bramido de la ajena bestia, el idhunita se puso en pie, entornados los párpados como si estuviera atendiendo a una llamada susurrada en el interior de su cabeza y, con la sombra de una mueca en los labios, abandonó el refugio retirando las ramas del sauce con un brazo al pasar y saliendo de sopetón al exterior.
Dentro de la grupa, Thalía, Annabeth y yo nos miramos sin comprender. Pero antes de que los tres pudiéramos más que intercambiar una mirada extrañada e inquisitiva, afuera comenzó a clamar el primer rugido que tanto me recordaba al de un dragón.
Poniéndonos de acuerdo con una última mirada de asentimiento, agarramos las armas que reposaban en un lado de la rocosa pared y salimos tras el shek.
El sol me golpeó de lleno en la cara y me vi obligado a hacer visera con un brazo para no perder tiempo hasta acostumbrar las retinas a la luminosidad externa. Bajé como un tropel la ladera, seguido de cerca por Annabeth y Thalía, escudriñando con mirada ceñuda el entorno en busca del peligro.
Pero no había nada..., nada anormal, amenazador o fuera de lo común, por lo menos. A quien vimos fue a Christian. Parado como una estatua vestida de negro al completo en guardia en la base de la rivera, la cabeza echada hacia atrás al tanto los finos cabellos castaños se zarandeaban al viento y una mano se posaba más por distracción que por defensa o precaución en la empuñadura de Haiass, su espada de hielo, la vista del chico no se apartaba de un punto indeterminado del cielo.
Nos acercamos a él a grandes zancadas, aún sin acabar de comprender el motivo de su salida tan abrupta. Para mayor rareza del idhunita, el cuerpo del joven shek, a parte de mostrarse alto, seguro y esbelto, no emanaba el calor propio de un humano normal; su presencia despedía una corriente de aire frío, gélido y helado, como cuando el peligro encuentra a uno en medio de la noche desorientadora y oscura y lo envuelve con su manto frío y escalofriante.
Reprimiendo un estremecimiento y haciendo caso omiso de la piel de gallina en los brazos y los bellos erizados en la nuca, me coloqué a un lado de Cyrtash mientras las chicas se posicionaban a su otro lado y, aún recelando, seguí la dirección de sus ojos y vi, más allá del fuego del sol en la bóveda celeste, una motita dorada que se acercaba volando como cometa despedida hacia nosotros, agrandándose poco a poco por el horizonte.
-¿Alguien puede decirme qué demonios es eso?
Nadie respondió. Al igual que yo, todos seguían intentando descifrar la forma del cometa que se nos arrimaba por el Este.
-Me gustaría saber a qué se debe tanta observación -añadí en silencio. Miré al inmóvil Christian.
El gesto de su boca era cada vez más sonrisa que simple mueca, a medida que lo que sea que fuera eso se hacía más grande cuanta más distancia recortaba. Entonces me quedó bastante claro que él sí sabía de qué iba el asunto; y, recordando sus palabras del día anterior, intuí qué clase de visitantes se nos aproximaban.
-Ah -musité-, ya caigo. -Después de todo y entre tanto visitante raro, no era tan difícil de adivinar.
De forma paulatina, el punto lejano dejó de ser mota, la mota dejó de ser cometa y, la cometa cobró perfil, forma y consistencia para redondear la imagen de... ¿Un dragón?
-E-Esto... -balbuceó Annabeth-, creo que hemos perdido a nuestro dragón.
-Cómo dices? -Hablé distraídamente admirando la alargada y deforme silueta que se recortaba a contraluz en el cielo.
-O quiere marcarse su propio Rapunzel y por ello ha raptado a una mestiza para encerrarla en lo más alto de la más alta torre y custodiarla desde allí como princesa de cuento Disney -especuló Annabeth retirándose el pelo tras la oreja, más bromeando que hablando en serio-, o... O esa chica nos ha robado el dragón del vellocino de oro de nuestro campamento.
-Pues oye, en ese caso, no se podría negar que sería una chica con suerte -bromeó también Thalía-. No es que se compare con tu Percy, Annabeth, pero Yandrak está como un queso, como dirían las frívolas de Afrodita. Ya lo verás.
-Perdona, pero... ¿Acabas de alagar a un chico? -Preguntamos al unísono Annabeth y yo. ¡Pues para halagos ya podía dirigírmelos a mí!
-Seréis tontas las dos -hizo énfasis en ese pronunciado femenino-. Me he vuelto cazadora, no ciega.
Saqué el pecho, eché los hombros hacia atrás, tratando inconscientemente de parecer más alto, más atractivo, más visible.
-Va sentada tranquilamente sobre su lomo y no atrapada, chillando y pataleando entre sus garras -señaló Thalía también haciendo visera con la mano y escudriñando a lo alto, retomando el hilo de antes-. Así que de raptos no va la cosa.
Tenía toda la razón. De raptos no iba la cosa. Para nada. La cosa iba de una chica encaramada en un dragón como si de un pegaso se tratase, sólo que era un pegaso que todos conocíamos muy bien, y sólo que el pegaso en cuestión tenía más alas que un pegaso, más belleza sobrenatural que un pegaso, más orgullo que un simple pegaso. Era un dragón. Y, maldición, algo más que eso; Annabeth estaba en lo cierto. ¡Por todos los dioses, se trataba de nuestro dragón!
Estaba a punto de volverme hacia Thalía para preguntarle de qué iba todo aquello, cuando, con el rabillo del ojo, capté un movimiento a mi derecha. Era Christian. El chico se había adelantado con una sonrisa, esta vez clara y sincera en los labios, y miraba... A Victoria.
Parpadeé varias veces, seguro de haber visto mal y evocado así a lo tonto la figura de la cazadora hija de Artemisa. Pero si aceptar que la cazadora era el otro componente del trío de idhunitas era todo un sorpresón, lo que ocurrió a continuación lo minimizó a un simple dato curioso.
La joven de largo y abundante pelo oscuro y ojos grandes y brillantes como chispitas de estrellas titilantes cruzó una pierna por encima del lomo del dragón y, tan pronto como este pisó tierra firme con un suave y controlado derrape, se apeó para arrojarse de bruces a los brazos de Christian, quien ya la esperaba con la sonrisa trasladada también a los ojos y la recibió con un abrazo sumamente afectuoso.
Vamos a ver, aclaremos las cosas: no es que yo fuera un experto de gestos románticos y tiernecitos y esas chorras, eh, no os vayáis a creer ahora que sí; pero del mismo modo en que sabía distinguir la noche del día, no me costó advertir que la ternura que Victoria y Christian compartían en ese profundo y único abrazo estaba dotado de añoranza y sentimiento, el típico amor indeleble que no flaquea ante las adversidades y que deja a cuento chino las películas de amor perfecto de los cines. El típico amor intenso con el que Afrodita gusta bendecir a los mortales ya fuera en guerras, profecías o enfermedades. El mismo amor verdadero, puro, cierto e imperfecto que mi corazón conocía tan bien y que mi razón estaba empezando a comprender.
-Vaya, vaya -Annabeth me dio un codazo amistoso-. ¿Quién diría que las apariencias engañan, Lucy, y que las cazadoras no son tan estrechas como quieren hacernos creer.
Victoria apoyó la cabeza en el pecho de Christian ciñendo y prolongando más el abrazo, al tanto él apoyaba la mejilla en su coronilla castaña sin que ninguno de los dos dejara de susurrarse palabras que, a buen seguro, eran tiernas, de amor compartido, o de lo que se habían añorado y de lo mucho que se alegraban de volver a estar juntos o, en fin, de ese estilo, palabras que cuidé muy mucho a mis oídos de no prestar más atención de la debida.
-¿Sí. ¿Quién lo diría, verdad? -Aparté la vista de ellos con violencia.
Cerré los dedos en puños, notando en los dedos el pulso acelerado que se duplicaba en mis venas, decidido a no girarme y mirarla, a no mirarla, a no mirarla.
Si bien el monstruo que dormitaba en mi pecho bailoteaba y ronroneaba de placer en esos momentos porque había quedado más que claro que entre Thalía y el idhunita no pasaba nada indeseado, que entre ellos sólo había una amistad peculiar aunque sincera, que el interés romántico del extraño semidiós se llamaba Victoria y no firmaba Grace por ningún lado, lo cierto era que no podía evitar sentir un vacío en el estómago.
Porque ahí parados, delante de tres mestizos terrícolas y un dragón rojo, ante los ojos de cualquier panteón que quisiera presenciarlo, esos dos idhunitas tenían lo que mi desbocado corazón más ansiaba alcanzar, ellos dos compartían lo que en renuncia de una profecía..., yo había desistido para siempre y sin más.
Cerré los ojos con fuerza, tratando de relajarme, contar hasta tres y despejar la mente de tanto embrollo sentimental. Pero cuando los volví a abrir no pude reprimir la necesidad de desviar la vista unos centímetros, tan solo un leve instante hacia ella.
Los ojos de Annabeth prestaban con mal disimulada curiosidad una atención analítica a la pareja, y la emoción de sus ojos no podía más que estar recordando a Percy allá en el campamento, seguramente. Y entonces, por encima de la rubia cabeza de nuestra amiga, por encima de juramentos inmortales y profecías incumplidas, los ojos de Thalía se toparon de frente con los míos.
Y a pesar de lo corta que fue la mirada, a pesar de que el azul de sus iris parecían estar empañados, encontrar en sus pupilas el mismo volcán de sentimientos desatado en mis venas, me dio alas para reavivar la chispa de una vieja esperanza. Me dio impulso para creer que, quizás, tal vez y al fin de cuentas, no todo estaba perdido. Sonreí por dentro. No todo estaba renunciado.
Thalía fue la primera en apartar la vista, pero a mí no me importó; bueno, no mucho. Ahí quedaba el recuerdo. Ella podía negarse todo lo que quisiera..., todas las veces que tuviera voz y garganta para engañar a los demás y así misma..., pero ahí seguía el sentimiento, y en suspense. Y yo no pensaba volver a desaprovecharlo. Claro que no. Nunca.
Un siseo de Annabeth volvió a arrastrar mi atención hacia los idhunitas. La chica había dejado de mirar a Christian y a Victoria para observar al dragón con no menos curiosidad que la dedicada a la parejita. Tomé su ejemplo y me volví de nuevo hacia el erguido leviatán. Y justo a tiempo, porque un poco más y me pierdo la transformación que ansiaba contemplar. Si alguna vez habéis presenciado cómo muda de piel una serpiente, creo que podéis entender de qué os hablo.
Si no... Si no, basta con deciros que las púas flexibles con puntas negras y redondas de la cabeza y la mandíbula que tanto caracterizaban al dragón, al que creíamos nuestro dragón, cayeron desde un costado al suelo y desaparecieron de la vista cuando el cuerpo del rojo leviatán se vio sacudido en una potente convulsión; y otro tanto ocurrió con las rígidas y duras púas que adornaban la larga cola y las grandes orejas. Todo rastro de esa piel metálica y escarlata desapareció cuando, desde el primero hasta el último retal de piel, se desprendió de las células del cuerpo del leviatán.
Y no vayáis a pensar ahora que entonces el pobre quedó pelado. Para nada. Resultó que bajo el aspecto de nuestro dragón, se escondía otra piel de leviatán igual de roja, igual de dorada, pero infinita, infinita, infinitamente más bella y escamosa.
Esa afirmación despertó en mi cabeza dos pensamientos simultáneos: uno, ¿qué había sido entonces del verdadero dragón que debía custodiar el vellocino de oro? y dos, ¿cómo diantre una criatura tan grande había podido caber en la muda de otra bestia no menos gigante? Bajo ningún concepto quería perderme cómo acababa esta vez la transformación, así que relegué tales cuestiones a un compartimiento de la mente para plantearlas más tarde a esos raros semidioses idhunitas.
Mantuve los ojos bien abiertos para no perderme detalle. La piel del dragón, del auténtico dragón, quedó finalmente al descubierto. Y sin ánimos de minimizar su imponente aspecto anterior ni nada por el estilo, conste, pero aquel nuevo aspecto, aquel presente y verdadero aspecto, era mejor, tenía que decirlo, mil veces mejor. Fascinante, magnífico, aterrador y hermoso, el animal se mantuvo soberbio y excelso frente a nosotros, dejándonos con la boca abierta, mientras la mochila de Victoria resbalaba alegremente de su lomo.
¿Que un dragón no era gran cosa? Si alguien, mestizo, semidiós, que se pasa día sí día también conviviendo con criaturas místicas os afirma a pies juntillas que el leviatán dejaba sin aliento a cualquiera, es que la cosa es sí o sí para creer y creer. En serio.
Sus ojos eran gemas doradas que relucían, bruñidas, preciosas y brillantes desde lo alto de la parte frontal de una poderosa testa. El batir de sus alas y el azote a izquierda y derecha de su cola levantaba remolinos de aire a su alrededor. Sus fauces se torcían en la mueca del amago más fiel de una sonrisa que jamás un animal pudiera esbozar, sin que lo afeara en absoluto las volutas de humo que escapaban ocasionalmente de entre sus labios fruncidos en morros.
Mi vieja animadversión por los dragones despertó en la tirantez de mi cicatriz, aun cuando ésta fuera imperceptible debido a la niebla de los dioses, y aun cuando el leviatán me tuviera algo embelesado. Me la palpé ensimismado. De todas formas, he aquí que el dragón tenía preparado otra sorpresa de aúpa a mostrar.
Porque, del mismo modo en que el día anterior la serpiente alada llamada shek mudó en la piel palpable, carnal y humana de Christian, el aspecto de la portentosa criatura, el dragón dorado, se estaba preparando para marcarse otro tanto.
Primero llegaron las convulsiones, luego fueron las dos imágenes superpuestas de un dragón y una persona apareciendo intermitentes en el aire y, finalmente, como ocurriera anteriormente con el aparecido Cyrtash, quedó presente la figura de un joven. Otro chico. El tercer componente del grupo.
El llamado Jack.
-¡Joder! -exclamé-. ¿Pero a dónde van vuestros cuerpos cuando hacéis estas cosas?
-¿La verdad? -Respondió Jack con voz grave y pausada ya que el resto de la tríada aún continuaba a lo suyo, basculando el peso de una pierna a otra para hacerse a la idea de haber vuelto a su cuerpo humano-. Eso es todo un misterio... Incluso para nosotros. Hum... ¿Lucy, verdad? -Extendió la mano, todo sonrisa, pelo rubio y ojos verdes-. Encantado de conocerte. Me llamo Jack -meditó un segundo-, aunque bajo la apariencia de dragón, también me conocen por Yandrak.
-Ya. Pues.., igualmente..., Jack o Yandrak. A mí solo me conocen por Lucy; pero, por ser tú, dejaré que también me llames así. -Riendo, me hice a un lado para presentarle a Annabeth y a Thalía pero, antes de que me diera tiempo a hacerlo, él amplió la sonrisa al recaer en la presencia de la hija de Zeus. Se acercó a ella y, tirando de su brazo, la apretó contra sí en un abrazo fraternal.
-¿Pero...? -Estaba desconcertado-. ¿Tú de dónde conoces a toda esta gente, Thalía? ¡Y cuándo! Para alguien que se pasa las semanas deambulando entre bosques, tienes unos contactos increíbles que ya quisiera hasta el mismísimo Hermes.
-Ya ves que las cazadoras no somos tan ermitañas como os creéis.
-Por favor, no me hables de eso. -¿O sí? Señalé a Victoria-. ¿De verdad se ha consagrado a Artemisa?
-¡Hay no! -exclamaron al unísono Thalía y Jack-. Quiero decir -se apresuró a especificar el rubio ante el ceño fruncido de la cazadora por lo vehemente de su afirmación-, que ella es una humana libre. Ni siquiera se tiene por heroína. Sólo tiene consagrada su vida al unicornio que lleva dentro.
-¿Y lo es? -Jack levantó las cejas ante la pregunta de Annabeth-. Una heroína, quiero decir.
-¿Y no lo sois vosotros cuando elimináis a los monstruos del... Tártaro? -Interpeló a su vez él.
-No lo hacemos por eso -aclaró Annabeth con rubor-, sino por deber.
-Deber... -Paladeó Jack con un cabeceo aquiescente-. Carcelera palabra. -Y que lo digas, pensé-. Entiendo lo que quieres decir. Igualmente y en cierto modo, eso no le quita mérito a lo que hacéis, así que... -La sonrisa volvió a reanimar su rostro-. ¿Y tú cómo te llamas?
-¡Ups, perdona! -Se apresuró a darle dos besos en sendas mejillas-. Yo soy Annabeth.
-¡Vaya! ¡Pues hasta que al fin te conozco! Victoria y Thalía me han hablado mucho de ti. -La rubia se toqueteó nerviosamente el collar de cinco cuentas de arcilla de distintos colores que siempre llevaba prendido al cuello-. Y bueno, sí, aunque te he visto caminar alguna que otra vez por el camping...
-¿cómo es eso? -Los ojos de Annabeth volvían a sopesar al chico con la mirada.
Jack parpadeó.
-¿Cómo es qué?
-Que me hayas visto caminar por el campamento, cuando tú y yo no nos conocemos...
-¡Ah! Llevo en el campamento un buen tiempo -contó Jack al entender-. Tan pronto como Artemisa se puso en contacto con nosotros y Victoria tuvo que hacerse pasar por una de sus hijas para que le dejaran entrar, llegué aquí. O, mejor dicho, llegué ahí, a vuestro refugio mestizo.
-Ah -balbuceé, decepcionado-. Ah. ¿Es que Artemisa está enterada de la artimaña? -¡Vaya hombre! Y yo que creía que por fin alguien había logrado burlar las defensas de otro dios para darle en el canto con sus propias reglas feministas...!-. No me lo esperaba.
-¿Pero tú qué te crees? -Al instante tenía a una ofendida Thalía delante de mí, puesta en jarras y escupiendo rayos con los ojos-. ¿Que engañamos a nuestra propia diosa? ¿Que somos unas malas hijas? ¿Que le faltamos el respeto colándole falsas cazadoras en sus narices? ¿Que...?
Por el rabillo del ojo, vi como Annabeth se llevaba a Jack a un lado. La rubia le susurró algo, a saber qué, y ambos se taparon la boca para ocultar una risa mientras nos miraban discutir. O, mejor dicho, mientras miraban cómo era vapuleado por Thalía.
-... ¿Que nuestros juramentos no valen nada? ¿Que montamos la de san Quintín cada vez que la diosa se da la vuelta? ¿Que...?
-Hombre, tanto como lo de san quintín no -interrumpí hastiado de tanta riña. ¡Sólo había hecho una mísera pregunta, por favor!-. Pero sí, esperaba que os fuerais de pachanga a mover un poco el esqueleto de vez en cuando. ¡No me mires así, mujer! Te diría que es divertido, pero puesto que vosotras no entendéis el significado de esa palabra... Hablaré en tu caduco idioma. ¿Mover el cucu...? ¿Viene bien para las articulaciones, sabes? sobre todo para las personas que suman muuuuuchos años.
Antes de que la ira de sus ojos se convirtiera en rayos de verdad, la dejé plantada en el sitio con la palabra en la boca, y me volví hacia el recién llegado.
-Dices que llevas unos cuantos días observándonos andar de arriba a abajo del campamento mestizo. ¿Qué ha sido de nuestro dragón, del verdadero dragón encargado de custodiar el vellocino de oro?
-¡ah, eso! -Jack se encogió de hombros, despreocupado-. Sigue vivo, no te preocupes. Está por allí, de cacería libre, tomándose unas merecidas vacaciones. -Hizo un vago gesto abarcando el firmamento-. Cuando yo no estoy, vuelve a ocupar su lugar. Pero vamos, el resto del tiempo le hago el favor de encargarme yo del asunto.
Miré al tal Jack o Yandrak como si me estuviera hablando en chino.
-¿De vacaciones...? ¡Un dragón! ¿Y el señor D lo sabe?
-Sí -afirmó Jack-. Y no protestó. Dijo que siempre y cuando el vellocino no quedara nunca desprotegido, le importaba poco menos que una cosecha estropeada qué bestia lo custodiara o no. De hecho, hasta creo que al final acabó tranquilo y todo. Claro, con tal de evitar que el otro dragón presentara una queja al Olimpo por explotación animal...
-Si tú lo dices... -Dije, comprendiendo a regañadientes el punto del señor D-. Lo que está claro es que, para ser dioses, como que esa gente de allí arriba saben colarnos trolas de las gordas.
-¡Pues fue idea original de la propia Artemisa, para que te enteres! -Gritó Thalía a mis espaldas.
Giré sobre los talones con un punto frío en la boca del estómago, empezando a intuir a dónde iba todo aquello.
-¿qué quieres decir? -Se me adelantó Annabeth-. No lo entiendo. ¿Por qué tendría que mentirnos Artemisa y presentar a una mestiza como su hija cuando en realidad no es así? ¿Y por qué tendría que colaborar Dionisio en ese embuste?
-Puede que si os sentáis -intervino Christian apartándose finalmente de Victoria para acercarse a nosotros-, podamos contaros de una vez el por qué estamos los tres aquí. Además, el tiempo apremia. Y supongo que querréis volver algún día al campamento, ¿verdad que sí? -Dirigió un cabeceo a Jack-. Dragón...
-Serpiente...
Christian se detuvo frente al rubio. Así, cara a cara, parados frente a frente, se evaluaron mutuamente con los ojos. Cyrtash era más alto, pero de seguridad e imponencia Yandrak no se quedaba atrás, para nada. Allá donde Christian era todo erial, presteza asesina, hielo e impasibilidad, Jack era todo cuerda tensada, chispa prendida, volcán rugiente a punto de erupcionar.
El dragón mantenía las manos alrededor de la empuñadura de su espada bien sujeta en el cinto, los nudillos blancos con la fuerza con que lo agarraba, y si bien la espada del shek continuaba guardada en la vaina que llevaba a la espalda, le creía más que capaz de sacarlo y blandirlo a la mínima provocación. Sólo que... aquellos dos no necesitaban de provocación alguna para desear empezar a luchar y matarse entre sí.
-Creí que nunca volverías a aparecer -Los ojos de Christian destellaban gelidez. Los de Jack fuego arrollador.
-Ya sabes que no es tan fácil librarte de mí.
-Eso parece.
Se miraban con un profundo odio ancestral, de esos que se remontan a siglos y milenios arrastrando la intervención de titanes o deidades. Tuve la oportunidad de comprobar que Thalía tenía razón: el shek odiaba al dragón... Y el dragón odiaba con misma intensidad a la alada serpiente, aun cuando ninguno de los dos estuviera en esos momentos metido en la piel de sus seudónimos animales. Parecían dispuestos a liarse a bandazos ahí, ahora, en ese momento.
Busqué con los ojos a Thalía y a Annabeth, por si acaso, calculando posibilidades y asiendo con firmeza a Backbiter en el puño. Pero..., sencillamente, se contenían. A duras penas, pero se contenían. Algo o alguien más fuerte incluso que ese corrosivo odio que los enemistaba era lo que los contenía. Finalmente, Jack suspiró y, con obvio esfuerzo, apartó la mano de la empuñadura.
-¿Por Victoria, Cyrtash...?
Los dos a una, se giraron a mirar a la joven. Pareció que la tensión se disipaba entre ambos cuando ésta les sonrió indistintamente con calor.
-Por Victoria, Yandrak... Como siempre.
¿Por Victoria? Sí bueno. No estaba yo para andar fiándome únicamente de eso. Mantuve a Backbiter bien presente, por si acaso, que con el rifi y rafe de miradas que esos dos se habían traído no me sentía por la labor de confiar en la garantía que llevara nombre de chica, y mucho menos de una cazadora, fuera hija falsa o no de Artemisa.
-Bueno, entonces, volvamos cuanto antes al escondite -instó Annabeth encabezando la marcha y ascendiendo de nuevo la ladera hacia el refugio-. Quiero saber a qué se debe la repentina aparición de hijos de Idhun en nuestro mundo, y también a qué viene tanta mentira a los mestizos por parte del Olimpo.
-Pues yo no sé de qué te extrañas realmente, Annabeth -repuso Thalía, siguiendo el camino tras la rubia y lanzándome una mirada especulativa al pasar por mi lado-. Los dioses se pasan día sí y día también ocultándonos las cosas; y tanto aquí como al otro lado del mundo o en el último rincón de otro planeta, omitir la verdad, ya sea una mínima parte o solo a medias, se le considera mentir. Así que...
Estaba de acuerdo con Thalía, pero me limité a seguir a ambas ladera arriba junto a Jack, ahorrándome la saliva y sin decir nada a ninguna de las dos. No quería que la hija de Zeus comenzara de nuevo con su guerra fría que dirigía constantemente hacia mí. En el corto camino, fui hablando con el idhunita recién llegado, Yandrak. A diferencia del otro hijo de Idhun, él se mostraba dispuesto y abierto con cualquiera y curioso con todo lo que tuviera que ver con nuestra versión terrestre de panteón, es decir, con las leyendas y triquiñuelas del Olimpo. Jack era rubio de ojos verdes, el típico chico que las chicas de Afrodita -y las que no eran de Afrodita, todo hay que reconocerlo- se apresurarían a enmarcar en la categoría de "tío bueno, tío buenorro". Sencillo, extrovertido, simpático y leal, con la apariencia de seguridad y confianza que todo padre sobre protector exigía que tuviera el novio de su hija, el chico me cayó bien al instante.
De hecho, en muchos aspectos, me recordaba a Percy. Y aunque a veces hablaba con una seriedad impropia de su edad -sólo propio, eso sí, de alguien que hubiera vivido demasiados sobresaltos en poco tiempo y en muchas cantidades-, el resto del tiempo el chaval era todo menos eso, así que saltaba a la vista que era confiado y extrovertido. Alguien decidido y risueño, tan némesis de Cyrtash como de amigo y complementario de Victoria.
Se notaba al instante que había una relación de odio / respeto mutuo entre él y Christian, a juzgar por el aquiescente cabeceo con el que se saludaron y la distancia que marcaban continuamente el uno con el otro, dejando siempre a Victoria en el medio. Hay que ver... La pobre..., teniendo que ser el antiexplosivo del carácter de ambos jóvenes.
-Por cierto -me dirigí hacia ella sin parar de andar para acercarnos de una vez al escondite-. ¿Dónde entras tú en todo este embrollo idhunita?
-Ya te lo dije ayer, Lucy -se adelantó desde delante la voz de Thalía-. Ella es el unicornio.
¿Unicornio? Miré de arriba a abajo a Victoria. El otro elenco de Idhun había llegado hasta nosotros a través de la encarnación de una de las identidades que los convertía en semidioses. Shek uno, dragón el otro; Cyrtash uno, Yandrak el otro. Ella se había hecho pasar por cazadora; se había presentado ante nosotros desde el aspecto de una joven humana. Y en ningún momento, desde todos los meses que la conocía, había mostrado indicios de ser otra cosa. ¿Dónde, entonces, quedaba el unicornio que decían que ella era?
-Ya..., claro. Discúlpame entonces que lo dude -admití.
-No lo entiendes. -victoria no parecía estar molesta en absoluto por mi renuencia a creerme aquello-. A diferencia de Jack y Christian, que pueden transformarse a voluntad en Yandrak y Cyrtash en cualquier momento que deseen, ante un peligro, ante un amigo, o ante el espejo si así lo quieren, meterse en la piel del unicornio que llevo dentro es totalmente distinto. ¿Mismo proceso? sí. ¿Misma capacidad? sí. Lo mío no es cuestión sólo de desearlo, sino también de quererlo; no es cuestión de tener que hacerlo, sino de sentir el momento, elegir la persona adecuada, y hacer salir a Lunaris en su presencia.
Me rasqué la nuca, asombrado.
-Tal vez te ayude saber -aclaró ante mi aumentada confusión-, que para Idhun, los unicornios son los encargados de proporcionar el don de la magia a los demás, ya sean humanos, nimfas, gigantes, hadas o cualquier otra especie natural. No es que sean ellos quienes tengan la magia en sí. Digamos que... son el conducto por el que la energía física que flota en el aire se canaliza hacia su cuerno, se convierte en el poder que nosotros entendemos por magia, y se traspasa como canalizador al mínimo roce al ser vivo ante el cual un unicornio se manifiesta.
-¿Lo que quieres decir es que... es que si te muestras ante ellos, ante cualquier persona u otra especie viva y racional, tu sola presencia... El simple hecho de que te vean... Les brindas, al instante, en un grado u otro, el don de la magia?
-¿Hija de Atenea? -Susurró Jack en mi oído, admirado por la rápida capacidad de comprensión de la que acababa de hacer gala Annabeth.
-De pies a cabeza -afirmé con el tono de rebosado orgullo con el que un padre presumiría ante el prodigio de un hijo-. A la hora de entender las cosas, Annabeth y, bueno, cualquiera de los hijos de Atenea, van siempre por delante de las mentes corrientes de los demás.
-Sí, eso me suena -dijo Jack mirando elocuentemente a Christian que aún caminaba lado a lado junto a la cazadora no cazadora pero sí chica unicornio.
-Exacto -confirmó Victoria a las deducciones de la rubia-. Si sólo dejo que me vean, que me vean pero sin tocar, les hago automáticamente semimagos. Si voy más allá y permito que haya contacto entre nosotros, que mi cuerno siquiera los roce apenas, les convierto en magos al completo. ¿Entendéis? Por eso no me muestro con el aspecto de Lunaris ante vosotros, chicos. No es que no quiera..., es que no puedo, porque no siento el deseo de hacerlo.
-Creo que se te olvida algo importante en toda esta ecuación -señalé a Victoria; ante sus cejas enarcadas, aclaré-, se te olvida que nosotros ya somos semidioses. ¿Distintos a vosotros? sí, por supuesto. Pero la magia o una variante de magia, ya corre por nuestras venas desde el instante en que tomamos herencia de los dioses. Vamos, que no corres el peligro de hacernos más magos de lo que, supongo, podríamos llegar a ser.
-¿Puedes asegurarlo? -Negué con la cabeza-. Pues yo tampoco. No sé qué efecto tendrá en vuestra sangre mestiza la magia de un unicornio. Quizás os dé más poder, quizás sólo renueve el que ya tenéis, quizás no os influya nada de nada. No lo sé. Pero, aun cuando no os cambie en modo alguno... Aun cuando no os afecte en absoluto... La Lunaris que habita dentro de mí tiene que sentir, desear y querer salir.
Apartó la vista, ruborizada, a todas luces incómoda por tener que negarse a ello, y al parecer también algo cansada por repetir una explicación que de seguro ya redundara otras veces a otras gentes.
-Eso es esencial para que un unicornio se deje ver ante los demás. Y eso..., eso no ha ocurrido todavía con ninguno de vosotros. Lo siento.
-Eih, tranquila -le palmeé la espalda-. Ya tenemos bastante peso con lo que nos ha tocado por defecto de semidiós, gracias; créeme, no queremos más magia o energía o poder o como quieras llamarlo. -Miré a mis espaldas, en el punto donde la noche anterior se habían presentado los vástagos del Tártaro-. ¿Para ser el imán predilecto de monstruos? Créeme que no encontrarás a ningún mestizo en la Tierra que te vaya a pedir que le concedas tu don. Bueno, al menos que esté loco o sea un suicida o un masoca de esos raros, claro.
Tanto Annabeth y Thalía como Jack y Victoria soltaron un par de risitas, e incluso los labios de Christian se curvaron discretamente a la altura de la comisura como si reprimiera las ganas de unirse a ellos en la sonrisa.
Al fin alcanzamos la zona de descanso. Nuestro refugio se asentaba específicamente en la parte nordeste de la falda de la ladera, entre la oquedad abierta en una de las gruesas rocas y el tronco retorcido de un sauce. Y entre que estaba muy metido dentro de la grupa de una roca erosionada y que la puerta de acceso no eran más que las largas ramas llorosas del sauce, lo cierto es que el escondite parecía una especie de refugio natural donde podíamos meternos sin ser divisados ni desde la orilla del arrollo ni desde el sendero que circulaba por la cresta de la cima.
-A ver -demandó finalmente Annabeth una vez todos estuvimos adecentados en el interior del refugio, sentados de piernas cruzadas y armas despojadas Thalía, ella y yo cara a cara frente a la tríada de semidioses idhunitas-. Empezad a contar de una vez por todas.
La chica había hablado con más suavidad que antes, pero igualmente el gris de su mirada era bastante inquietante. Victoria se había acomodado en medio de ambos chicos -o tal vez fuera más acertado decir que ambos chicos la usaban como escudo- con las piernas cruzadas bajo el cuerpo y los brazos abrazados al interior de la mochila que Jack había recogido del suelo, rebuscando a saber qué.
El rubio estaba medio recostado contra la pared de uno de los laterales de la grupa, con la espalda apoyada contra su mochila y esta haciendo uso de cojín, manteniendo una actitud distendida a pesar de la seriedad que requería el asunto que se traían entre manos; no obstante, por el modo en que el chico jugueteaba con la correa de la mochila, enrollándolo y desenrollándolo entorno a la muñeca con visible nerviosismo, se notaba que no se sentía tan sereno como aparentaba estar.
Por su parte, Christian se hallaba sentado frente a Thalía, la cabeza ladeada como si estuviera alerta, a la escucha previa de algún peligro externo y los ojos destellando azul desde el velo del flequillo castaño que cubría su frente, incapaz, por lo visto, de relajar la tensión que acalambraba hasta la última fibra de su cuerpo.
-Antes que nada -habló Christian con esa voz fría e inhumana, suave y sugerente que gustaba utilizar cuando se comunicaba con las cuerdas vocales-, tenéis que saber que en Idhun, el mundo en el que Yandrak, Lunaris y yo somos oriundos, tiene su propio panteón. Compuesto de seis deidades a los que por lo general llamamos simplemente Los Seis, lo cierto es que es un conjunto de apenas tres dioses, Aldun, Yohavir y Karevan, y de tres diosas, Irial, Neliam y Wina, y cuya morada, según apuntan todas las leyendas, se establece en Erea, la luna mayor. A ellos se suma un séptimo dios, llamado así como lo oís, El Séptimo.
Christian arrastró la gélida mirada por el refugio, contemplando especulativo el pequeño espacio cerrado que se abría entorno a él, con los eléctricos ojos azules siempre negados a demostrar cualquier rastro de emoción.
-Un panteón pequeño en comparación con los que moran en el Olimpo, claro -prosiguió después-, aunque, eso sí, con un genio tan arrollador y destructivo que ya quisieran hacer gala los titanes del tártaro.
-¿Y de qué son dioses cada uno de ellos? -Mientras lo preguntaba, observé de reojo a Thalía. Aunque parecía no perder detalle de lo que se hablaba, la chica daba la impresión de saberse todo aquello de memoria.
-Pues veamos -se animó a contar Jack-. Si Atenea, Afrodita, Hermes y otros cuantos más son hijos de Zeus o Poseidón, se puede decir que el Séptimo, el dios de los sheks y los szish, mitad humanos mitad serpientes, es un dios producto de los demás seis dioses. Y, al igual que ocurre con Hades, los no adoradores del Séptimo y seguidores fieles sólo de Los Seis, le tienen por el dios Oscuro, ya que, a pesar de ser también una deidad, no se lleva bien, pero ni un poquito, con el resto de entidades.
Pensé en Hades, recluido hasta hacía poco en su inframundo, vetado a entrar en el Olimpo a pesar de ser un dios completo y auténtico; y no me costó entender a qué se refería Jack.
-Aldun es el dios del fuego, padre de los yan o habitantes del desierto, y el que más colaboró en la creación de los Dragones -prosiguió informando el rubio; para ser él un dragón, hablaba de su dios como quien habla de alguien del que se quiere poner por medio toda la distancia posible-. Karevan es el dios de las piedras y las montañas, padre de los Gigantes, y se dice que fue el primero en manifestarse en Idhun.
¿El primero en manifestarse, y encima padre de gigantes? Puff, eso olía a titán.
-Por su parte, Yohavir es el dios del aire, de la empatía y de lo etéreo -No pude evitar pensar en un homólogo idhunita de Zeus, aunque el padre de los cielos no aparentara ser muy empático, precisamente-. Y también es el padre de los Celestes, otra raza de por allí.
Jack hizo una pausa, asegurándose de que habíamos digerido cada una de sus palabras.
-Y en cuanto a las diosas -retomó la explicación Victoria-, está Irial, diosa de la luz y la madre de los Humanos, y, de igual modo, se dice que fue la deidad que más colaboró en la creación de los Unicornios.
Al igual que Jack, ella o su parte unicornio, tampoco parecía estar precisamente satisfecha ante ese dato, a pesar del tono reverente con el que mencionaba uno a uno los nombres de las deidades de Idhun.
-Siguiendo con las diosas, también está Wina, la considerada madre de los feéricos o hadas o como queráis llamarlos, diosa de la vida, de la tierra, de todo lo verde, del crecimiento y desarrollo de las criaturas vivas.
Démeter encajaba para mí en ese perfil descrito, no en vano los mortales la tenían por diosa de la tierra y el cultivo, aunque claro, con eso de "todo lo verde", Artemisa y su gusto por los bosques tampoco se quedaba atrás.
-Y ya, por último aunque no menos importante, cabe mencionar a Neliam, madre de los barus o seres humanos adaptados a vivir y respirar en el mundo acuático, diosa del agua, del mar, de los ríos y océanos... Sí, la igual a igual de Poseidón en los lares olímpicos, vamos.
A medida que los tres idhunitas hablaban, la luz del sol que se colaba como parches entre las ramas del sauce centinela que salvaguardaba la entrada del escondite, jugaba a adoptar varias tonalidades; en un rincón de la grupa los filtrados rayos se teñían de rojo, en otra zona el sol lo hacía del cobalto propio del cielo al amanecer, en otra parte desteñía luciérnagas anaranjadas, e incluso en lo más profundo de la grupa se disfrazaba de la luz del crepúsculo para alumbrar las esquinas más recónditas. Sí, todo un esfuerzo de Apolo para darnos a entender descaradamente que nos vigilaba, nos observaba, nos espiaba.
-Eso es muy interesante -comentó Annabeth cuando los tres idhunitas se callaron-. ¿Pero qué tienen que ver vuestras deidades con la tapadera del señor D y la mentira de Artemisa?
-En realidad poco, la verdad -admitió Christian-. Pero bien sabes que para solucionar un problema, Annabeth, primero debes conocer los antecedentes que llevaron a ello. ¿Verdad?
-Está bien, está bien -la rubia levantó las manos al aire en señal de rendición y luego las bajó de vuelta al regazo-. Antecedentes conocidos, ¿de acuerdo? gracias. Entonces dinos ya por fin cuál es ese gordo problema, ¿quieres? por favor.
-Hace un tiempo, esas siete deidades que os hemos mencionado se manifestaron en Idhun. Los seis prefirieron aparecer tal cual eran, del mismo modo en que cuando uno de vuestros dioses del Olimpo se presenta ante vosotros lo hace adaptando un cuerpo físico que podáis contemplar sin peligro alguno. Sólo que... Para el planeta de Idhun, el hecho de no encarnar un cuerpo humano, supuso la manifestación de muchas catástrofes medioambientales. Ya que los dioses no reprimían la energía que tenían. Su sola presencia, aun cuando sus cuerpos de entidades no fueran divisadas por ningún ojo idhunita, causaban maremotos, subidas alarmantes de temperaturas que desembocaban en una hiriente lluvia solar, o en huracanes, o en movimientos de cordilleras enteras de montañas... Una destrucción de la que no se daban cuenta y que los seres mortales llegaron a pagar con la muerte.
Aquel último dato arrancó sendos gestos de asentimientos de Jack y Victoria, tal vez evocándoles el recuerdo de algún ser querido muerto a causa de esas catástrofes que el shek describía.
-Y todo, ¿por qué? Porque andaban buscando al Séptimo dios, el único que se refugiaba en el envoltorio carnal de uno de los mortales, uno de sus seguidores, uno que se le entregó en cuerpo y creencia ideológica. No voy a hablar de lo que ocurrió cuando se encontraron -y yo no iba a pensar en cuán similar sonaba esa entrega a lo exigido por Cronos-, ni voy a hablar de lo que sucedió entre medias. Basta decir que, al final, el séptimo y todos sus hijos, abrieron un portal interdimensional y pusieron tierra por medio. Se refugiaron en un nuevo mundo para sheks y szish, un mundo para serpientes.
Christian cayó, otra vez pensativo.
-Pero tú estás aquí -hice ver con tono interrogante-. Tú que eres un shek, una serpiente alada... Estás fuera de ese mundo, lejos de tus congéneres.
-Sí -respondió escuetamente sin intención de entrar en detalles-. El caso es que... Esa apertura interdimensional afectó considerablemente al resto de planetas. En concreto... A la Tierra.
-Los monstruos -explicó Thalía-. Cuando un portal interdimensional se crea y abre, otro portal se debilita. En concreto se debilita otro que ha sido creado con intenciones antagónicas al primero. Por ejemplo... Si yo abro aquí, ahora, una puerta dimensional del bando del bien, otra puerta dimensional se debilitará..., en el bando del mal.
-Queréis decir -interpeló Annabeth volviéndose como un rayo hacia la tríada-. Que las últimas olas de monstruos... Que el aumento de los ataques de esas bestias se debe a... ¿a...?
-Sí -confirmó Victoria con voz suave-, aunque es el Séptimo dios, el llamado dios Oscuro, sus intenciones al crear el nuevo portal interdimensional fueron buenas, por lo tanto es una puerta en el bando del bien. Y he aquí que eso jugó a favor de los titanes, ya que la protección que cerca su prisión del Tártaro se ha visto considerablemente reducida.
-No me lo puedo creer -Musitó la rubia a todas luces alterada-. No me lo puedo creer.
Pensé en hades, cuando me había contado lo debilitados que estaban los muros del tártaro; el precario equilibrio de la balanza del bien y el mal inclinándose peliagudamente a favor de Cronos y los demás. La cantidad de monstruos, cada vez más numeroso, que lograban escapar de los límites para inundar la tierra... Lo rápido que se regeneraban desde ahí al ser derrotados en combate por un mestizo dado la ausencia de salvaguardias de los dioses... La posibilidad, cada vez menos remota, de que el portal con que los dominaban cayera finalmente, el brete desapareciera, y hasta la última y menos bestia de esas criaturas acabara libre y campando sin restricciones entre los mortales.
-Y ahora es cuando decís que os sentís culpables y que por eso estáis aquí... ¿Para ayudarnos? -Tanteé con la garganta reseca por la impresionante noticia.
-No, Luk-Lucy -aseveró Jack con una expresión tan seria como no le había visto antes-. Ahora es cuando estamos aquí para advertiros de que el primer sitio al que las bestias del titán tienen pensado atacar una vez queden libres, es vuestro campamento mestizo. Eliminaros significa eliminar toda esperanza y poder de los dioses. Eliminaros significa descartar desde el principio toda amenaza a sus huestes. Y tendréis que defenderlo a vida o muerte, porque hay un ejército entero formándose a ras del tártaro, un ejército que, en estos momentos, marcha lenta pero imparable ya hacia vosotros.
-¿y se puede saber qué demonios hacen los dioses? -Los ojos de Annabeth habían adoptado el tono del mar reflejando la luz oscura y grisácea de las nubes cargadas de tormenta-. Qué demonios van a hacer esta vez. ¿Quedarse de brazos cruzados? ¿Permitir que nos hostiguen? ¿Convertirnos a todos en árboles cuando los vástagos se arrimen a la puerta de nuestro campamento? ¡Qué van a hacer!
-¡eso último nunca me lo contasteis, Christian, Jack, victoria! -Acusó Thalía hablando al unísono con la rubia, incorporándose de golpe, literalmente echando chispas por los cabellos encrespados-. ¡Nunca lo dijisteis! ¿Por qué? ¡Por qué!
-Porque ella es la otra implicada en la profecía -susurró una voz fría en mi cabeza, una voz con tono de shek y presencia de Christian-. Saber que ella es la madre que el Olimpo entero espera sería quitarle el libre albedrío, la posibilidad de elegir, de escoger porque así quiere y no porque así un designio se lo impone.
¿Y quién me daba libre albedrío a mí? Pensé con rabia mientras Victoria se apresuraba a calmar a Thalía diciéndola que guardó silencio por petición de la propia Artemisa, y luego asegurando a Annabeth que esta vez los dioses sí iban a reaccionar, ya que les convenía, pues el ataque en masa al campamento significaba a su vez un ataque al cimiento de sus poderes. ¿Qué dios, de todos los alterados del Olimpo, se había tomado la molestia de permitirme elegir por cuenta propia? Ninguno. Ninguno.
Pensé en las tres elecciones planteadas por el Jurado del inframundo... pensé en la petición de Hades de escoger un camino en su palacio, o regresar a la Tierra o refundirme en el tártaro. Pensé en Afrodita, asegurando bendecirme con su amor. Pensé en Hermes, callando ante mi postura, receloso pero respetándola. Pensé en todo el desfile de dioses que, por meses, habían invadido mi dormitorio a través del libro de la mesilla para pedirme y urgirme con la misión pero, aun con todo, respetando aunque a regañadientes mi decisión de no seguir con ella... Sí, sí me habían dado elección. A su modo peculiar, pérfido y retorcido propio de los dioses... Pero elección al fin de cuentas.
-Artemisa creyó que contarle el resto del asunto de la presencia de Victoria entre sus cazadoras significaría hacer preguntas -siguió informando Cyrtash en mi cabeza-, preguntas que conllevarían a la profecía de la que sólo tú, Luke, como único mestizo, estás informado de su existencia. Amén de la propia oráculo... Por supuesto.
El terror escarchó por un momento la sangre en mis venas. Por eso el oráculo me había llamado al combate. No porque fuera un mestizo bien capacitado para la lucha, antaño aliado de Cronos. Ni siquiera por mi papel en la batalla final de los titanes. Sino porque necesitaban de la sangre de un mestizo para originar otro semimestizo, capaz de ver a los monstruos como todo semidiós, pero a falta de genes directos de dioses, por lo tanto sin que éstos pudieran olerlo, herirlo, perseguirlo. Pero, además, no a un semimestizo cualquiera, sino a uno que llevase por herencia el antídoto del poder de Cronos, a uno que llevara en sus venas la resistencia al embrujo de Cronos.
Y ése sólo podía ser mi hijo..., o un posible hijo... El oráculo me había profetizado a mí, precisamente a mí de entre otros tantos semidioses posibles, porque yo había sido el único mestizo capaz de vivir, sobreponerse y resistir al influjo del titán del tiempo. Porque yo y solo yo, podía dar un descendiente capaz de reestablecer ese roto equilibrio. Me obligué a cerrar los ojos para que los demás no vieran la lucha de sentimientos encontrados que se libraba en mi interior.
¿Y eso era lo que tanto les había costado contar a los dioses? ¡Maldición! Tal vez si me hubieran expuesto desde el principio los hechos tal cual eran yo no habría perdido tanto tiempo, no habría relegado y rechazado esta impuesta misión. ¡Cien días! ¡Por todos los dioses, más de cien días, dejando que esos muros se debilitasen poco a poco, poco a poco! Juro que odiaba con todas mis fuerzas la manipulación de los dioses. Pero, más aún... Más aún, odiaba a Cronos y a todo titán o monstruo que tuviera que ver con él. Le odiaba con ganas, con todas mis fuerzas.
Y me gustaría decir que fue simple altruismo lo que me llevó a revocar mi decisión de renunciar al cumplimiento de la profecía.. Pero eso sería mentir, mentir descaradamente. Porque lo cierto era que no tenía otro motivo, otra motivación más allá de poder poner a salvo a Thalía, a mi madre y a Annabeth, claro, que mi total repulsa hacia el titán, y mi deseo de venganza. Y si sufrir con la versión de amor enviada por Afrodita o engendrar un hijo que más tarde pudiera ser un héroe donde yo sólo había sido una pésima sombra de ello me ayudaba a acabar definitivamente con Cronos... Pues adelante. Que así fuera.
Me enderecé en el sitio, cerrando los dedos en puños y escondiendo el puño bajo la manga. Que así fuera, porque estaba dispuesto a dejar el miedo fuera y a plantarle cara al titán de una vez por todas.
-os aseguro a las dos que ya los dioses están poniendo cartas en el asunto -aseveró Jack a las alteradas chicas y luego mirando con disimulo en mi dirección.
¿Pero es que acaso él sabía...?
-¿Que en realidad eres un chico? -volvió a sonar la voz en mi mente; la voz de Cyrtash-. Sí, lo sabe. Y Victoria también.
Pegué un brinco en el sitio de la impresión. Estaba tan ensimismado en mi deseo de venganza que no fue hasta ese momento cuando me percaté claramente de que la joven serpiente se estaba comunicando con total libertad dentro de mi mente.
-¿Sabes? Me gustaría que dejaras de hacer eso. -protesté. Al no obtener respuesta por parte del chico telépata, ni un asentimiento, ni una mirada, ni un murmullo mental por su parte, insistí. Formulé mentalmente las palabras y me concentré en ellas con empeño mental al repetir-. Me gustaría que...
-Ya te oí la primera vez -cortó el chico de nuevo en mi cabeza; su tono daba a entender que le importaba poco lo que a mí me gustaría o no.
-¿Y?
-Y nada. Si quieres que tu amiga la rubia hija de la diosa inteligente no sepa del secreto que tan bien guardas con celo, más vale que te vayas acostumbrando a este método de comunicación. Además -su voz hizo una pausa meditabunda al tiempo que frente a los demás ladeaba únicamente la cabeza-, en el fondo no lo haces tan mal. Has sabido responder rápidamente a una comunicación mental, y eso que no mucha gente renuncia a la conversación oral cuando tiene a un telépata delante.
-Sí, qué bien -lo fulminé sin que me importara lo que dijera-. Punto para mí. ¿No esperes que brinque de la emoción, vale?
-Si hay -o hubo- una profecía de por medio, ¿cómo es que no existe ya relación entre vosotros? -Preguntó Cyrtash en nombre de Victoria en mi cabeza.
Huelga decir que no escaseaba voluntad por mi parte, aunque por la de Thalía... El shek asintió, captando mis pensamientos y entendiendo. Se volvió hacia su ¿amiga, novia? Seguramente para comunicarle mi respuesta.
-¿qué eres ahora, Christian? -formulé mentalmente-. ¿Algo así como un chivo expiatorio o qué?
La mirada que me dedicó fue... Tuve la impresión de que aquel chico de azules ojos glaciales sería capaz, si quería, de arrebatarme el arma de la mano en menos tiempo de lo que se tarda en pensar "maldito Cronos", blandirlo en mi contra y despellejarme vivo con mi propia Backbiter ahí mismo, ahí delante, y todo ello antes incluso de que me diera tiempo a levantar un brazo en defensa. No obstante, se la sostuve sin pestañear. Si estaba decidido a invadir mi mente para comunicarse por ahí a pesar de mi renuencia por tal vínculo, yo no estaba dispuesto a retroceder ante la intrusa gelidez de sus ojos, y eso que sus hipnóticos iris azules tenían frialdad más que de sobra hasta para regalar a un glacial.
-Dime una cosa -persistí mentalmente-. Eso que habéis dicho... Sobre Idhun, sobre los portales, sobre el ejército de monstruos...
-¿Dudas todavía que sea cierto a pesar de tu estar de regreso a la Tierra?
Reprimí una mueca.
-De lo que dudo es que sea ése vuestro único motivo -espeté-. Y si bien es cierto que nos vendrá bien vuestra ayuda en la batalla que se nos viene encima, vosotros tres necesitáis la nuestra para... -ladeé la cabeza a modo suyo-. Vamos, Cyrtash. No soy hijo de Atenea sino de un ermitaño dios del viaje, pero no es preciso ser súper inteligente para darme cuenta de que os guardáis algo. Así que venga, desembucha. Estamos todos metidos hasta el cuello en esto, y si queremos que ambas metas tengan un final satisfactorio para ambas partes, sea la meta que sea que persigáis verdaderamente vosotros, más vale que seamos sinceros los unos con los otros desde el principio. ¿No crees?
-Está bien. Por esta vez, semidiós, tienes razón. Si esa profecía se cumple..., si el equilibrio entre los portales interdimensionales vuelve a estar a favor del panteón o vuelve por lo menos a reestablecerse, podré dar finalmente con ese mundo de serpientes que tanto andamos buscando. ¿Contento?
¿Contento? ¡Contento! ¡Estaba hablando de abrir un nuevo portal, por consiguiente otro agujero en la nueva cápsula de los titanes!
-Claro que no -cortó de seco el shek, leyendo mis sobresaltados pensamientos-. Tan sólo estaría redirigiendo un portal ya existente a un mundo ya existente. No estaría creando de la nada una puerta interdimensional, ni originando de la nada un mundo a explorar. Sólo usaría lo que ya existe. ¿Captas la diferencia? por lo tanto no estaría cometiendo el mismo crimen, el mismo problema, ni desestabilizando la balanza de la eterna lucha entre el bien y el mal.
-¿Y por qué quieres ir a dar con ese mundo de shek? -seguí insistiendo-. De hecho, lo que me pregunto verdaderamente es, ¿por qué no te fuiste desde el principio con ellos?
-Eso no es asunto tuyo -replicó con tono seco-. ¿Y bien? ¿Nos ayudarás o no?
-Sólo si vosotros prometéis echarnos una mano de igual modo.
Cyrtash ladeó la cabeza, sacudiéndose el flequillo del rostro.
-¿Y por qué te crees que estamos aquí?
-La cuestión es -respondí en voz alta para que todos me escucharan-. Después de esta noticia... después de lo que nos acabamos de enterar... ¿Qué demonios seguimos haciendo aquí, inactivos, parados?
-Tienes razón, Lucy -apoyó Annabeth al instante mientras Thalía cabeceaba aquiescente-. Tienes toda la razón. Tenemos que volver cuanto antes al campamento. Tenemos que poner al resto de semidioses en aviso, quieran los dioses o no. ¡Tenemos que preparar la resistencia, planear estrategias, empezar a actuar pero ya!
-Sí, bueno -musité poniéndome en pié-. ¿Y qué es lo que yo llevo diciendo todo este tiempo?
La rubia iba a replicar algo, pero después titubeó en el sitio, mirando indecisa la entrada y a los tres idhunitas, luchando una batalla por retornar cuanto antes al campamento o demostrar primero gratitud ante el trío de amigos que le había brindado la oportunidad de defender su campamento, su hogar.
-Antes tendrán que reponer fuerzas -concedió finalmente señalando a Victoria y a Jack-. No pueden estar preparados para el viaje ya tan pronto.
-Oh, de eso no te preocupes -tranquilizó victoria con una amable sonrisa-. Yo puedo ayudaros a reponer fuerzas un poco antes de la esperada. ¿Verdad que sí, Thalía?
Abrió del todo la cremallera de la mochila, rebuscó otro rato dentro y, finalmente, extrajo con expresión triunfante un objeto de su interior. Se trataba de un báculo, hecho a partir de plata, diamante y cristal, que emitía un suave resplandor sobrenatural y que, según explicó la propia Victoria mientras lo asía con ambas manos, cerraba los ojos y apretaba las palmas entorno a él, percibiendo la magia que aguardaba a salir al mínimo deseo y mandato de su interior, también contenía lágrimas de hada, la luz de las tres lunas de Idhun, la fuerza de esas tres diosas antes mencionadas y, cómo no, contenía sobre todo el poder del unicornio.
-Ya lo creo que sí -corroboró Thalía echando un vistazo valorativo al extraudinario objeto.
-¡alto ahí! -Exclamé cuando vi que se acercaba a mí con esa cosa en mano-. ¿Q-Qué vas a hacer con eso?
-¿Con eso? Nada. Sólo pretendía bañarme de su magia antes de empezar. -Victoria dejó el báculo sobre la mochila-. Ahora bien... ¿contigo?
Retrocedí de espaldas ante su sonrisa torcida. ¿Es que a todas las chicas les enseñaban a sonreír de esa forma tan peligrosa?
-¡Déjate de tonterías, Lucy! -Saltó Thalía haciendo gala nuevamente de su poca paciencia-. Por los dioses, la chica sólo va a ayudarte, nada más.
-¿Que me deje de tonterías? -Proferí aún reculando de espaldas a Victoria-. ¡La que debería dejarse de tonterías eres tú! Además -inspiré agriamente-, yo no recuerdo haber pedido ayuda de ningún tipo. ¿O sí?
Y entonces se desató una discusión entre nosotros, donde Thalía me acusaba de ser cobarde al tanto me pinchaba con un duro índice en el costado como se pincha a un poyo, mientras yo le recriminaba que no me hablara de cobardías porque entonces la lista de miedos de ella era más larga que un recuento de penitencias. Vi como Annabeth ponía los ojos en blanco a modo de exasperación; Christian contemplaba la escena como quien aguarda a que la tonta riña de dos críos cesase de un momento a otro.
Jack, cuyo equipo de viaje seguía guardado en las alforjas que había recolocado a los pies, estaba sentado a cierta distancia de nosotros, pegado cintura a cintura con Annabeth, absortos ambos en apariencia en un examen visual de Domivat, su espada de fuego, de hoja rojiza y centelleante, labrada en oro y con el grabado de un dragón con refulgentes rubíes por ojos, pero sin esforzarse mucho en disimular la diversión que le provocaba aquella situación. En ocasiones sus labios parecían curvarse en algo próximo a una sonrisa, pero que me fue difícil determinar porque el chico estaba medio sumido en sombras. Y, bueno, sí, porque tenía gran parte de mi atención en las palabras y gestos de la cazadora hija de Zeus.
-Mira, aunque no quieras... -comenzó a decir Victoria, adelantándose con decisión para asirme suave pero inflexible del brazo.
-¡Eih! ¡Pero que hac...! -Callé al notarlo.
Era una corriente de energía pura que fluía por las venas, recorriendo mi cuerpo de arriba a abajo de un modo amable y vivificador, reparando y renovándome por dentro, expulsando todo rastro de cansancio y sustituyéndolo por una energía nueva, pura y sana a punto de ser utilizada.
-Vaya -balbuceé cuando ella acabó y se apartó para mirarme con crítica evaluación-. Esto s... -Tragué saliva, aún maravillado por el efecto-. H-ha sido..
-Lo sé, entiendo la sensación -me palmeó alegre el brazo y se dirigió a Thalía, quien me envió una mirada de superioridad antes de asentir a Victoria y ponerse a merced de la curación de la chica unicornio.
-Bueno -dijo Cyrtash en voz alta-. Una vez solucionado lo del cansancio y demás, toca determinar cómo nos administramos para el vuelo. -Se dirigió hacia Jack para ofrecer-. ¿Qué te parece si tú vuelves con Victoria y llevas también a Annabeth? Yo me encargo de las demás.
Thalía y yo dimos un brinco ante el anuncio de cómo iba a ser nuestro viaje. Su miedo a las alturas volvía a manifestarse; mi rechazo a ese método de trasporte era... ¡Qué leches, no podía acercarme tanto al aire! Y demonios que si algo le sobraba a las alturas que un ser alado podía alcanzar sin miedo a quedarse fatigado o sin oxígeno, era, precisamente eso, ráfagas de aire. La pesadilla de mi disfraz.
-No puedo viajar así. ¡No puedo, no puedo, no puedo! -grité mentalmente para hacerme oír claramente por el shek, al tanto Thalía gritaba en voz alta por los dos, diciendo básicamente lo mismo que yo.
-Es la única forma, rápida y segura, de regresar de inmediato a ese vuestro campamento. Además -Christian hizo una pausa que en cualquier otro habría sido socarrona, pero que en él resultaba inquietante-, tengo entendido, por lo que he visto en tu memoria y en los recuerdos de Thalía, que sólo la cazadora está al corriente de tu verdadera identidad, que sólo ella sabe que tú eres el amigo de ambas caído en batalla hace tiempo, y que la niebla de los dioses que da paso a tu disfraz, corre peligro de descubrirse si te ves cerca de alguno de los elementos de los dioses a los que consideráis cabezas principales del Olimpo. ¿Me equivoco?
-Dímelo tú -repliqué mordazmente-. Si has husmeado en mi cabeza en lugar de recurrir a lo que dicta la educación, si te has puesto a inspeccionar sin permiso mis pensamientos antes de limitarte a preguntarme y esperar que sea yo quien te lo cuente, no parece que necesites confirmación alguna.
El shek ni se inmutó ante mi velada acusación.
-Bien, porque entonces necesitarás de alguien que te guarde las espaldas -continuó hablando imperturbable-. Y esa es Thalía. Annabeth te descubriría enseguida al momento en que os elevaseis cinco metros del suelo, mientras que a la hija de Artemisa no le estarías descubriendo nada nuevo. Por lo tanto...
-La hija de Artemisa como tu la llamas -puntualicé-, tiene fobia a las alturas. Así que no sé yo si es una buena aliada en la condición que planteas.
-¿Pero, no es ella también hija de Zeus, el considerado dios del aire y los cielos? -Se giró para observar a una Thalía que no se calmaba ante las palabras tranquilizadoras de Annabeth, Victoria y Jack-. Qué raro.
-¿De verdad quieres que hablemos de rarezas, shek, humano, idhunita, híbrido de serpiente alada?
Christian me dedicó una sonrisa por encima del hombro, la más sincera y plausible que le había visto hasta entonces. No, si al final el tío iba a tener humor y todo detrás de esos dos intentos de témpanos de hielo que tenía por ojos.
El shek se adelantó a Thalía; le dijo a saber qué a través de esa vía telepática que sólo una serpiente alada o una persona con posibilidad de transformarse en una serpiente alada era capaz de establecer y, al cabo de un corto tiempo, casi de forma mágica, ella ya asentía ante el viaje. La palidez de su semblante atestiguaba que aún sentía en las entrañas la mordedura del pánico a las alturas, por supuesto, pero tras la conversación con Christian la chica se mostró considerablemente más calmada y dispuesta a reemprender por fin el vuelo.
-Vale, pues cuando queráis -se mostró preparado Jack. Miré a los tres idhunitas, todos con alforjas, espadas y báculo amarrados a la cintura y listos para perder de vista la incomodidad de ese equipaje al instante en que volvieran a abrazar el aspecto animal de un shek y un dragón, aguzando la vista para ver dónde iba a parar todo aquel bulto en los nuevos cuerpos escamosos.
Más me habría valido ir a perder el tiempo en otra cosa, porque a juzgar por los nulos resultados que logré de mi ansiosa observación en el proceso de metamorfosis de Jack y Christian en Yandrak y Cyrtash, respectivamente, no atiné ni un poquito a desvelar el misterio.
-Pareces algo decepcionada, Lucy -hizo notar Victoria mientras ayudaba a Annabeth a encaramarse a las amplias espaldas del reaparecido dragón rojo.
-Y tanto -aseguré-. Unas transformaciones muy bonitas, eh, colegas, pero no me negaréis que es un proceso anormal de lo que no hay. Vale que se esfumen las mochilas, las espadas, el báculo y el resto de cosas inmateriales. ¿Pero los cuerpos humanos? No, no, no. Te digo yo que esto tiene que tener algún truco oculto.
-Pues cuando lo descifres, por favor, avisa -rió Jack a través de su boca de humo y lengua llameante, mientras aguardaba a que la chica terminara de subirse a él por delante de Annabeth, en petición de la rubia-. Te digo que la noticia sería el no va más, la piedra filosofal de todo transfigurado.
Comprimiendo las mandíbulas para ocultar y aguantar la risa, Victoria dio un alegre manotazo a Jack, ahora convertido en el dragón Yandrack e invitándole a partir, y Annabeth tuvo que abrazarse a la cintura de la cazadora idhunita para no resbalar y caer de la grupa del dragón dorado cuando éste se puso en marcha y desplegó las alas.
Con un alegre rugido de libertad por parte del leviatán, una afectuosa sonrisa de Victoria a Christian y una despedida hacia todos de nos vemos luego por parte de Annabeth, el trío desapareció en el aire, sus figuras empequeñeciéndose paulatinamente en lo alto del cielo a medida que el vuelo ganaba velocidad.
Al final, se perdieron a lo lejos, y sólo quedó la imagen de una estela dorada grabada en las retinas como recordatorio del último punto en el que habían sido divisados.
-Bueno -rompió el silencio Christian-, ha llegado la hora de la verdad, Thalía. Es nuestro turno.
Extendí un dedo y rocé levemente su nuca con las llemas y la uña. Por el brinco que dio, cualquiera habría dicho que acababa de tocarla con el cañón de una pistola recargada.
-Vaya, vaya -susurré haciendo ademán de ir a tocarla otra vez y agitando los dedos en su cara cuando ella se apartó del baile de mis dedos-, si un simple roce de mis dedos consigue tal reacción en ti, Thalía, ansío comprobar cómo reaccionarías si te rozo con..., hummm..., no sé... -puse los labios en moritos-. Seguro que llegarías al Olimpo de un solo brinco de tan alto que saltarías. Además...
-Corta el rollo, ¿quieres? Me has asustado, eso es todo. Ahora calla y ayúdame a subir a... -palideció cuando vio a Christian convertido de nuevo en shek y dispuesto a remontar el vuelo-. Hay mi diosa, hay mi diosa, hay mi diosa. Cre-creo que no puedo hacerlo. Tendrás que dormirme con tus ojos hipnóticos, Christian. O tú, Lucy, tendrás que golpearme hasta desmayarme, drogarme, lo que sea, porque lo veo y n-no puedo montarme en eso.
-En primer lugar: aquí no está Annabeth, así que deja tú de llamarme Lucy y llámame por mi verdadero nombre, que por algo lo tengo. En segundo lugar... Claro que puedes hacerlo. Ponte detrás, pégate a mi espalda y sujétate fuerte a mi cintura, no pasa nada.
-¿Detrás? ¡Estás loco! ¿Y si del susto me desmayo, se aflojan mis dedos, resbalo a cientos de metros del suelo...?
-Vale, vale. Pues ponte delante y...
-¡Delante! -Volvió a chillar con un escalofrío-. ¡Pero ahí es más fácil que resbale! ¿No ves que no tendría dónde agarrarme?
-Claro que sí. Sujétate a Christian..
-Cyrtash -corrigió el idhunita metido otra vez en mi cabeza-. Cuando estoy en la piel de shek, prefiero que me llamen Cyrtash, si no te importa.
-Que sí, tío, que sí, que vale, como quieras. -Volví a centrarme en Thalía-. Mira, yo iré en segundo lugar. Tú te agarras a Cyr-Tash por delante y yo te sostengo por detrás. Te prometo que ninguno de los dos te dejaremos resbalar, Thalía.
-Valiente promesa tu palabra.
-Pues la única que tienes ahora mismo -me encogí de hombros y me aproximé despreocupado a la escamosa serpiente halada-. Lo aceptas o lo aceptas. Tú verás.
-Acepto, acepto. Pero antes de que te subas, ayúdame a subir a mí primero. -Alcé una ceja-. ¿Por favor?
-Así me gusta. Eso está mejor.
Le sujeté del brazo con suavidad, tratando de tranquilizar la tensión de su cuerpo a medida que se acercaba para montarse a la serpiente alada y, después, ofreciendo el muslo como provisional escalón, le empujé hasta dejarla sentada al lomo de Cyrtash, agarrada con una mano a su mochila y con la otra a uno de los escamosos anillos del shek, como si le fuera la vida en ello.
-¿Delante o detrás? -Pregunté alegremente a Thalía antes de subir yo también a la alada serpiente, mientras aseguraba con fuerza el nudo que contenía las correas de la mochila entorno a la cintura-. ¿Dónde quieres que me coloque?
Ella apretó los labios sin entrar al juego del doble sentido de mis palabras; permaneció rígida en el sitio negándose a proferir palabra alguna mientras durase el vuelo. Se limitó a señalar con el codo el espacio que quedaba libre, justo tras ella.
-De acuerdo, Cyrtash. Ayúdame a subir y vayámonos ya de aquí.
Los fuertes colmillos del shek me asieron la ropa y la mochila y, con cuidado de no clavarme ni colmillos ni veneno ni nada indebido con tanto tambaleante movimiento, me levantó en el aire, apartándome de la seguridad del suelo, me dispuso sobre su lomo y ya después me encargué yo de ponerme a la retaguardia tras Thalía.
-¡Arre, serpiente, arre! -insté haciendo caso omiso del ofendido siseo de Christian mientras, rememorando haber visto hacer lo mismo en multitud de películas del oeste, apreté los talones entorno a los costados del shek, cual si éste se tratara de los flancos de un caballo muy mal amaestrado.
Y Cyrtash voló. Rápido, veloz, directo como una flecha dirigiéndose a la diana, extendió por completo las membranosas alas y ascendió en vertical hacia lo alto del cielo a una velocidad de maravilloso vértigo. Thalía chilló con todas sus fuerzas, y yo no me quedé atrás, aunque mi grito se debía al júbilo, a la sensación de libertad, y no al nudo del ombligo contenido en la boca del estómago ni a las náuseas invadiendo la garganta.
El shek voló, voló y voló hasta que las nubes pasaron a ser sombreros y el abandonado suelo una alfombra movidiza, apenas imperceptible por el ojo humano. ¡Era increíble! mejor que volar en un avión y, por descontado, mejor que viajar en el fondo del estómago de una serpiente hambrienta.
-¿qué tal vais por ahí detrás? -Quiso saber al cabo del tiempo la voz de Cyrtash, hablando al mismo tiempo en mi cabeza y en la de una atemorizada hija de Zeus nada predispuesta a abrir la boca para contestar.
-¡Estupendo! -Bramé sonriendo exultante al viento que retiraba con una brisa mis cabellos hacia atrás para acariciarme la cara-. ¡Fantástico, genial! Como estar subido a una noria de feria o a la lanzadera.
Ceñí más los brazos entorno a la cintura de Thalía; me eché hacia delante para susurrarle al oído:
-Si te ayuda a pasar el momento, te propongo un juego nuevo. Durante el tiempo que dure el viaje, te dejo que me insultes.
Eso pareció animarla de verdad, ya que murmuró algo incoherente que me fue imposible captar y que tuve que pedirla unas dos o tres veces que me repitiese de nuevo.
-¡Que si puedo decirte lo que sea! -Chilló a viva voz, tratando de hacerse oír por encima del sonido del viento que silbaba en nuestros oídos; el grito, no obstante, llegó a mis tímpanos como si hubiera sido un sonoro susurro, y eso que estábamos muy cerca.
-por supuesto que sí -aseguré afianzando el abrazo, acercándola más a mí, cogiendo como excusa la necesidad de impedir que cayera del susto cada vez que se asomaba al vasto precipicio que el shek surcaba y que se abría bajo nuestros pies-. Lo que pase en el aire, se queda en el aire, te lo prometo. Y no me enfadaré. En cuanto pisemos tierra firme, será como si no me hubieras dicho nada, por lo tanto si no hay nada que recordar, no hay enfado que recriminar después, palabra.
-N-No sé si...
-¡Qué! ¿Tienes miedo, tonta?
-No me insultes, Luke.
-No te oigo hablar, tonta -seguí provocándola.
-Mira, no estoy de humor para...
-¡pero si tú nunca estás de humor, amargada! Siempre refunfuñando ante todo, siempre frunciendo el ceño por cualquier cosa. ¡Si es que aparte de tonta y amargada eres una...!
-¡cállate! -Bramó Thalía con toda la fuerza de sus pulmones, ayudando al viento a revolver su pelo negro al sacudir vigorosamente la cabeza-. ¡Si yo soy tonta, tú eres un majadero, un mentecato, un pedante, un idiota, un memo, un subnormal, un desfachatado, un...!
Me eché a reír mientras la lluvia de insultos proseguía a todo pulmón y la chica desahogaba sus miedos palabra tras palabra. A medida que los insultos salían con más comodidad por su boca, su cuerpo se relajaba entre mis brazos, se relentecía el estremecimiento de su pierna al mirar abajo, su espalda se acomodaba contra mi pecho convenciéndose paulatinamente de que tener y sentir mis brazos entorno a ella era seguridad, era estar a salvo.
Mientras el viaje proseguía, busqué con la mirada algún punto geográfico que me sirviera de orientación en aquel mar incambiable de terreno lejano y nubes a lo alto. No es que tuviera la sospecha de que Christian se dejara ver, claro, pero aún así, tenía la esperanza de divisar algo, lo que fuera. No fui capaz de distinguir siquiera la punta de una montaña, ni el punto de plata que eran los lagos, ni los dedos acusatorios que eran desde arriba los rascacielos.
-Qué pena -musité apoyando la mejilla contra la de Thalía.
-¿el qué?
-Que tus palabras no vayan un poquito más lejos -dije sonriente, apartando el rostro y mirándola con ojos empañados por la mucha altura sobrevolada y el azote del viento, desviando la vista del paisaje y reaccionando a tiempo de clavarlos en el rostro arrebolado de la chica-. Digo, una oportunidad como esta no se te presentará dos veces, créeme.
Con cuidado de estar bien sujeta entre mis brazos, se volvió hacia mí, cuerpo tembloroso, ojos llorosos pero sonrisa agradecida.
-Créeme que puedo insultarte cuando quiera. De hecho, si mal no recuerdo, es algo de lo que no paras de quejarte porque lo hago con mucha frecuencia.
-Entonces sé original. Dime algo que no sean insultos.
-¿Mentiras?
Sacudí la cabeza.
-¿Qué tal verdades guardadas?
-De acuerdo. Vamos a ver... Veamos...
Se mordisqueó los labios, pensativa, decidida a mirarme a la cara y no al precipicio de metros que estallaba bajo nosotros, y después dijo con voz temblorosa:
-Eres un presumido.
-Puedes hacerlo mejor.
-Un arrogante.
-Eso no es nuevo.
-Un peligro.
-Dale un poco más a la originalidad.
-Un cielo.
Sonreí sintiendo más revoloteo en mi interior que el que pudiera crear cualquier ráfaga de aire.
-Bueno, tampoco pretendo que le saques competencia a Zeus.
-Eres un amor.
El revoloteo se intensificó en mi pecho.
-¿Q-Qué has dicho?
-Digo que eres un amor -repitió con los ojos vidriosos-. Tal vez mi amor.
Deseaba dilatar este minuto en que la tenía entre mis brazos en el tiempo, frenar el espacio y el mundo entero si era preciso, hacer que aquel segundo pareciera una inmortalizada eternidad.
-¿Podrías repetir eso último, por favor? Creo que el viento me ha dejado sordo y no puedo entender ni una palabra.
-No te hagas, Luke -pidió con voz lenta y pastosa-. Sabes bien lo que he dicho.
-Ya. Pues regálale a mis oídos la posibilidad de escucharlos por tercera vez, por favor.
Ella enterró el rostro en mi pecho, se recostó lacia entre mis brazos.
-Aunque luego negaré habértelo dicho, hoy aquí..., ahora..., entre las alturas que tanto odio y entre tus brazos que tanto temo, tienes que saber... -Tragó saliva-. Que siempre estás presente en mi corazón.
Y, dicho aquello, antes de que pudiera dejar de sonreír de oreja a oreja como un bobo y responder como era debido a su confesión... Thalía soltó un hondo suspiro contra mi brazo y luego se desmayó.