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Historia 126109 — capítulo 21

Hola!

por fin, por fin, el capítulo en el que se ve el motivo del crossover.

No os olvidéis de dejarme un review cuando terminéis de leer, ¿sí?

Pero antes...

Disclaimer: (Y conste que hoy es doble). Reconocimientos de autor a Riordan por su Luke, Thalía, Annabeth y demás elementos reconocibles de percy Jackson. (Algún día le robaré a Castellan para siempre y ya veremos).

Pero, además, hoy tengo que dar también reconocimientos a Laura García Gallegos, por prestarme a Idhun, a los sek y al resto de elencos de su planeta de tres soles y tres lunas. (Ojalá pudiera quedarme a Kirtash para mí sola, jum*jum). Y no os preocupéis si no habéis leído Memorias de Idhun. Lo poco que sale en el fic, se explica bien.

-…-…-

Capítulo 20. Día cien: hijo de Idhun.

-…-…-

No me di cuenta que me había quedado dormido abrazado a Thalía hasta que alguien me despertó, sacudiéndome suavemente por los hombros. Fue una sensación agradable no despertar impulsado por pesadillas titánicas, para variar. Me enderecé en el sofá, desperezándome durante un momento.

A través de mis entrecerrados párpados, percibí que la luz externa que entraba en el salón era apenas anaranjada, lo que indicaba que el atardecer ya dejaba caer en el exterior su manto decaído minuto a minuto en su carrera hacia la noche, y ahora trepaba por las paredes del salón como discretas serpientes naranjas. Me froté los ojos mientras reprimía un bostezo. El recuerdo de los acontecimientos se precipitaron sobre mí; el viaje junto a Hermes, el reencuentro con mi madre, la visita de Annabeth y Thalía. Thalía... El recuerdo del acercamiento con la cazadora me vino a la mente, haciéndome sonreír.

Me moví un poco, pero Thalía ya no estaba recostada entre mis brazos. Su cabeza ya no se apoyaba contra mi pecho. Sentí la ausencia de su contacto como si alguien me hubiera abierto el corazón para quitarme una mitad, y sólo ahora me percataba de que esa parte me faltaba. Suspiré. A lo mejor sólo había sido un sueño. Un bonito, triste, pero inalcanzable sueño. En ese momento, como queriendo despejar cualquier duda que aún pudiera embargarme, volvieron a zarandearme por los hombros. No me quedó más remedio que terminar de abrir los ojos para evitar que volvieran a agitar mi abotargada cabeza.

-Luke, despierta.

¿Pero los sueños no hablan cuando uno ya está despierto, verdad?

-Venga, vamos, Luke, despierta.

Levanté la cabeza y ahí estaba ella, los rizos negros enmarcando bellamente su cara, los eléctricos ojos azules rebosantes de azoramiento y ansiedad.

-Vaya. Que los cielos me envidien -musité, aún adormilado-, porque uno de sus ángeles se ha escapado para observarme despertar.

Ella parpadeó, y el azoramiento que había creído percibir en sus ojos, se acentuó en el sonrojo de sus mejillas.

-¿Qué dices? Pero si no hay ángeles en el cielo. Sólo dioses enfadados.

-claro, porque el que había se les ha escapado para bajar aquí conmigo.

Ella puso los ojos en blanco y sacudió la cabeza, casi sonriendo, y al hacerlo, los oscuros rizos cubrieron sus mejillas, ocultándome su sonrojo. Hice ademán de ir a retirarle los mechones de la cara, pero con un movimiento ágil, se apartó, colocándose fuera del alcance de mi mano.

-Annabeth está de vuelta -anunció-. Nosotras nos vamos.

Y justo en ese momento se oyó abrir y cerrar la puerta principal de la casa de mi madre, y el saludo de nuestra amiga flotar por el pasillo hasta nosotros, preguntando dónde estábamos. Mi vista recorrió rápidamente la estancia, comprobando que mi madre seguía plácidamente dormida en el mismo sillón de antes, acurrucada bajo la manta que la arropaba hasta la barbilla, y el rostro asomando tranquilo y feliz por entre las cobijas. Suspiré de alivio. No me dio tiempo a hacer nada más, porque entonces pasó algo muy raro.

Ante el sonido, cada vez más próximo, de los pasos de Annabeth, Thalía dio un brinco y se dejó caer en un sillón colocado al otro lado de mi madre; empezó a peinarse nerviosamente los cabellos con los dedos, comprobó que su ropa no estuviera arrugada ni que nada del salón estuviera fuera de lugar. Y todo ello mientras echaba nerviosas ojeadas al marco de la entrada donde, de un momento a otro, aparecería enmarcada la figura de Annabeth.

Increíble. Me incorporé tranquilo en el sillón, mirándola de hito en hito. Era increíble. Por su comportamiento, cualquiera habría dicho que éramos dos amantes casi pillados in fraganti. No entendí el por qué de su expresión nerviosa. ¡Pero si sólo nos habíamos abrazado, por favor!

-¿Alguna cosa indecente que hayas hecho, o de la que tengas que arrepentirte, Thalía? -Musité, bajando la voz y sonriendo sardónico, luchando por no poner los ojos en blanco-. ¿Por casualidad no habrás abusado de mí mientras dormía, verdad?

Ella me fulminó limpiamente con la mirada. Encendida la indignación en sus ojos, y desaparecido todo rastro de rubor de sus mejillas, no le quedaba espacio para su injustificada expresión culpable. Mejor así. Annabeth entró justo a tiempo de presenciar cómo los azules ojos de Thalía me despellejaban visualmente para no variar.

-¡Hummm...! ¿Aún seguís peleándoos? -Dijo, con voz cantarina, saludándome con una inclinación de cabeza al pasar por mi lado-. Y yo que creía que a estas alturas una de las dos ya estaría frita en el suelo. -Se acercó a May y le acarició el recogido pelo, cuidando de no despertarla-. Ya he enviado el mensaje -repuso con una última caricia a mi madre y añadió volviéndose hacia Thalía-. Dice que nos encontrará de camino al campamento. ¿Nos vamos?

-¿Quién dice que nos encontrará de camino al Campamento? -Quise saber, mirando atentamente a Annabeth e incorporándome del sillón.

-Nadie del que tengas que preocuparte -respondió Thalía, levantándose a su vez; aún había rastros de indignación en sus ojos cuando me miró-. ¿Te vienes? ¿O te quedas un rato más con May?

Miré a la mujer de semblante envejecido pero por fin plácido que dormitaba contra el reposabrazos del sillón anaranjado. Sonrió desde la bruma de los sueños ante mi escrutinio, como si quisiera darme a entender que estaba bien, que ya podía marcharme tranquilo.

-No, regreso con vosotras. Aquí ya he conciliado lo que tenía que arreglar -dije, acercándome al asiento de May e inclinándome para recogerla-. ¿Una de las dos me ayuda a llevarla a su dormitorio, por favor? -Podía cargar perfectamente yo solo hasta su cuarto, que aun sin ser peso pluma, mi madre no pesaba mucho a decir verdad; lo había hecho cantidad de veces durante los años de mi infancia en que conviví con ella, así que... Pero tenía una idea en mente, y la esperanza de que esa excusa me ayudara a realizarla sin sospechas fue lo que me llevó a pedir por colaboración.

Annabeth estaba más cerca, pero la chica se retiró unos cuantos pasos hacia atrás con las manos levantadas, mostrando dos heridas que tenía incisivas en las palmas. A juzgar por el aspecto blando y tierno de las cicatrices y por la rojez que rodeaba toda la piel, aún no terminaban de sanar, por lo que no estaba en disposición de apoyar peso contra ellas.

-Os esperaré en el porche -dijo, una vez Thalía se hubo acercado para ayudarme a cargar con mi madre-. No os demoréis; se hace tarde. Quiero aprovechar cualquier minuto de luz para ver y no me gustaría que la noche nos pillase a mitad de camino.

Pasé los brazos bajo la cabeza y la espalda de May, mientras Thalía hacía lo propio con sus piernas. En volandas, y cuidando de no chocar contra nada y de no despertarla, recorrimos el otro ala de la casa, la zona donde estaban los dormitorios. Aunque iba de espaldas, no necesitaba que Thalía me guiara. Podía recorrer hasta el último rincón de aquella vivienda con los ojos vendados y no me equivocaría ni una sola vez. Suavemente, colocamos a mi madre sobre la cama, cuidando de dejarla bien arropada entre el envoltorio de cobijas de lana verde.

Me incliné y deposité un beso en su frente, con el estómago algo encogido por tener que separarme tan pronto de ella. Al retirarme, la mano en la que llevaba puesto el anillo de Hermes golpeó la cabecera de la cama, con un tintineo de metal contra madera. Me quedé mirando la joya un momento, y entonces entendí qué debía hacer. Lo extraje de mi dedo y, resueltamente, lo coloqué en el anular de la mano izquierda de May. Ella volvió a sonreír desde la bruma de sus sueños, y esta vez tuve la certeza de que era una sonrisa de felicidad.

Enjuagué con el pulgar dos gruesas lágrimas que habían resbalado repentinamente por sus mejillas, comprendiendo por primera vez y sin reservas lo que mi madre debía de estar percibiendo a través del anillo, pues, horas antes, yo también había recibido esas mismas emociones cálidas y sinceras por parte de Hermes. Salí de puntillas del dormitorio de May, precedido por Thalía, dejando la puerta entreabierta, y sintiéndome completamente satisfecho conmigo mismo, intuyendo que, para variar del sosiego de mi frustración, había logrado causar de verdad una mejora en la salud de mi madre, aunque ese algo consistiera simplemente en entregar un objeto cedido y plagado de las emociones de otro, a la persona a la cual el anillo estaba destinada a pertenecer desde el principio.

Agarré a Thalía del codo y la detuve antes de que se encaminara a la puerta principal de la casa.

-Espera. Dame un minuto. Me gustaría mostrarte... Una cosa. -Ella enarcó una ceja inquisitiva, pero no aflojé el agarre de mis dedos hasta que, ante mi insistencia, aceptó con un rápido cabeceo.

Antes de que cambiara de opinión, la arrastré por detrás de mí, pasando de largo por la entreabierta habitación de mi madre que acabábamos de abandonar, y me colé en el cuarto que estaba justo al final del pasillo. Giré el pomo de la puerta con la mano que tenía libre, sabiendo que la encontraría abierta, sin ninguna llave o cerradura que me impidieran el paso. Era mi dormitorio. Y por una ciega intuición, supe que el cuarto no habría sufrido ni un leve cambio en todo aquel tiempo de inhospitalidad.

Entré en él, en medio de la penumbra, y cerré la puerta tras Thalía, quedándonos totalmente a oscuras.

-¿Luke? -su voz sonaba fastidiada-. ¿Qué demonios hacemos aquí?

Me acerqué a ella con la rapidez y el sigilo de una sombra, permitiendo que sintiera mi presencia a su lado, para hablarla en un susurro que dejaba mis labios a pocos centímetros de su oído.

-Sólo quería demostrarte que no pasa nada... Estar a solas... A oscuras... En un dormitorio... Conmigo...

Ella se revolvió contra mí, furiosa, tratando de no hacer caso al escalofrío que la había recorrido de arriba a abajo, y reculó un paso, espantada, buscando a tientas el pomo de la puerta. Encontró antes el interruptor y con un brusco golpe de nudillos prendió la luz en el cuarto.

-¡ah, idiota! ¡Eres un estúpi...!

-Tranquila -la corté sin poder evitar reírme entre dientes-. Era una broma. Lo que de verdad quiero es que me ayudes a buscar un libro.

-¿Un libro?

-De arquitectura. Es para Annabeth. Lo compré hace tiempo...

-¿Para Annabeth? -interrumpió, distante, bien distante-. Para Annabeth. -Resultaba increíble la cantidad de matices que aquella chica podía darle a una sola frase inofensiva-. Le compraste algo… ¿A Annabeth?

-No es lo que crees -aclaré con rapidez, espantando su tono incisivo con aspavientos. Sabía de pasadas experiencias que si ese tono asomaba en algún momento por la voz de una chica, más si esa chica era cazadora, más si esa cazadora era Thalía, significaba que, probablemente, se avecinaban problemas, malos entendidos para el pobre Luke Castellan.

-Yo no creo nada -espetó Thalía con un timbre que lo desmentía.

-Lo compré antes de que la batalla con los titanes se librase, pero lo dejé aquí cuando fui al río Estigio para... En fin, ¿me ayudas a buscarlo?

Ella se colocó los rizos negros tras la oreja y entrelazó firmemente los brazos bajo el busto, furibunda.

-No me necesitabas para esto. Sólo tú sabrás dónde lo lanzaste la última vez que rondaste por aquí.

-Ya, pero no me acuerdo. Y como tenemos prisa, pues...

Cruzada todavía de brazos, Thalía recorrió la habitación polvorienta con sus eléctricos ojos azules, negándose en redondo a dar un paso más al frente. La dejé en la puerta y me adentré aún más en el dormitorio. No me fijé en el orden que allí reinaba, a pesar de la fina película de polvo que lo recubría todo. Pasé por alto los juguetes de crío, los libros mitológicos, el colchón desnudo de la solitaria cama, los cristales empañados de la ventana herméticamente cerrada. No quise evocar los recuerdos del pasado que la estancia me ofrecía.

Me dirigí raudo hacia el armario, abrí el segundo cajón de entre tres que tenía, y rebusqué en el revuelto de ropa hasta encontrar lo que realmente andaba buscando. Cuando ya lo tenía bien sujeto en el puño, lo guardé en los bolsillos aún de espaldas a Thalía. Luego cerré el armario y volví a la entrada del dormitorio, junto a la hija del padre del Olimpo que, sin moverse, había encontrado lo segundo que buscaba.

-¿No es ése? -Señaló con la barbilla un libro pequeño, de tapa blanda y edición de bolsillo que coronaba lo alto de la estantería que estaba sobre el cabecero del desangelado lecho.

-¡Ah, sí! -Lo agarré al pasar, esquivando en el camino una caja de puzzles derrumbada a medias y subiéndome a la cama para tener mejor alcance del pequeño volúmen-. Gracias -Le guiñé un ojo desde lo alto del colchón-. ¿Ves cómo no era tan difícil ayudarme?

Salté con agilidad de vuelta al suelo, provocando un quejido chirriante del somier, agitando el libro de arriba abajo para espantar de la cubierta de la tapa blanda el polvo y las telarañas que el desuso había dejado anidando sobre ellas.

-Venga, vámonos -demandó Thalía, descruzando los brazos y dándome bruscamente la espalda y adelantándose hacia la puerta-. Annabeth debe de estar impaciente esperándonos.

-¡Espera! -Pedí, asiéndola de la mano y reteniéndola a duras penas-. Por favor, espera un momento, ¿quieres?. Me gustaría darte una cosa.

-Yo no necesito... -comenzó, con la vista fija en el corredor y las manos temblando entre las mías, aún procurando desasirse de mi agarre.

-¡Oh, dioses, cállate y escucha! -¿Por qué siempre tenía que hacerlo todo tan difícil?-. Por una vez, cierra la boca y atiende. No tienes que cogerlo si así lo deseas. No te obligaré ni te convenceré de que lo hagas. Significaría mucho para mí si lo aceptaras, claro, pero en fin... -suspiré, armándome de valor y casi temblando por dentro-. ¿Puedes girarte y mirarme, por favor?

Finalmente Thalía apartó la mirada del pasillo, se volvió lentamente y clavó con intensidad sus azules ojos en los míos.

-A ver. ¿De qué se trata?

-Sé que no entiendes bien qué está pasando -comencé a decir sin saber bien cómo llegar hasta el punto que pretendía abordar-, que no acabas de comprender cuáles son realmente las intenciones de los dioses al devolverme tan pronto a la Tierra, que no te explicas por qué estoy otra vez de regreso a la vida mortal y terrenal y, mucho menos, por qué estoy otra vez en el campamento, camuflado como una chica entre los mestizos. -Solté suavemente sus manos y retrocedí un paso para darle espacio mientras hablaba con voz queda-. Sé que estás confusa conmigo, y los dioses saben hasta qué punto. Ojalá pudiera decírtelo todo, Thalía, de verdad; ojalá pudiera contarte la verdad al completo, porque mereces saberla, mereces conocerla. Pero el caso es... Que no se me permite desvelar el asunto. Bueno, a ti ni a nadie. No hasta que llegue el momento adecuado, y sólo el destino sabe cuándo será ese momento preciso.

-¿Insinúas que lo que me contaste la otra noche no era todo? ¿Que aún hay más cosas que me ocultaste y que yo debería saber?

-No insinúo. Me limito a confirmar lo que tú bien ya sospechabas. ¿O me vas a decir que miento? -Ella titubeó, pero al final sacudió expectante la cabeza-. Bien -proseguí alentado por su gesto-, porque mira... Sé lo extraño y enredado que parece todo esto. Yo mismo me oigo hablar y, de estar en tu lugar, no haría menos que desconfiar, no dejaría de preguntarme constantemente por la verdad al completo que subyace tras todo este asunto, no me permitiría creer. Pero te pido que confíes en mí. ¿Entiendes? Necesito que confíes en mí. Por favor.

Thalía desvió la mirada, como si no fuera capaz de enfrentarse a la vehemencia que encontraba reflejada en mis ojos.

-En el pasado lo hice, y eso no salió muy bien -dijo, con la voz algo tomada-. También es cierto que lo que pasó, ya pasó. Y, sin embargo, del mismo modo en que no puedo olvidar tu traición, no se me va de la cabeza que la primera en cometer traición, fui yo, que la primera en incumplir una promesa al abandonaros a ti y a Annabeth, no obstante, fui yo.

Parpadeé, atónito.

-Arriesgaste tu vida por nosotros -recordé, asombrado por que se sintiera culpable por no haber derrotado ella sola a toda una horda de monstruos sedientos de carne mestiza-. Te sacrificaste para que llegáramos sanos y salvos a la protección del campamento. Otra versión diferente, otro desenlace fatalista, bien distinto, se conocería a estas alturas, de no haberte quedado tú atrás para guardarnos la retirada. Trucaste tu prometedora vida semidiosa por siete años de letargo vegetal. ¿Cómo puedes llamar a eso traición?

Me dedicó una sonrisa triste.

-Porque de poco os valió eso. ¿No os volvieron a perseguir después de que yo cayera?

-Somos mestizos, Thalía. Los monstruos del Tártaro siempre se sienten atraídos por...

-¿No se debilitó el lazo que nos unía a los tres después de que yo cayera? -insistió la chica.

-Eso fue mi culpa. Mi ambición fue la que nos llevó...

Ella negó vigorosamente con la cabeza. Me dio un breve apretón en la mano, pidiéndome en silencio que le escuchara.

-No, no, Luke, no lo entiendes. Entre otros previos motivos, ¿no fue mi ausencia la que te hirió, te hizo escuchar los susurros de Cronos y volverte contra el Olimpo? Porque no hicieron nada para alejar de nosotros a los monstruos. Porque permanecieron de brazos cruzados, viendo cómo esos engendros del Tártaro nos hostigaban una y otra vez, una y otra vez, sin pausa, sin tregua, sin cuartel. Porque toda la corte olímpica nos colocó en una precaria situación a los cuatro, entre la espada y la pared, entre una horda de monstruos y un campamento mestizo, entre la vida, la muerte, la pérdida y la transfiguración.

Se inclinó hacia delante, trayendo el velo de la autocrítica en sus ojos azules, imprimiendo más ardor a sus palabras a medida que hablaba, pretendiendo convencerme de la extraña lógica de su postura culpable.

-¿Y no fue eso, justa y precisamente eso, mi larga transformación en árbol, la que hizo que Annabeth se sintiera sola, perdida, aun teniéndote a ti cerca, al menos hasta que Percy llegó a su vida? ¿No fue mi desaparición la gota que colmó el proverbial vaso, por decirlo de alguna manera, y que te instó definitivamente a dar la espalda al bando del Olimpo? No me contestes. Lo sé. No es preciso que contestes. Lo sé. -Se echó hacia atrás apoyándose sobre los tobillos, con una triste mueca a mitad de los labios-. Leo la respuesta en tus ojos. Constaté la respuesta en el porqué de tus acciones pasadas. Yo estaba ahí cuando despotricabas contra los dioses, Luke. ¿Recuerdas? -Su voz era terminante-. Yo sentía ese mismo rencor en las venas cuando planeábamos cómo hacerles ver y entender su dejadez respecto a sus hijos semidioses y sus temporales mujeres mortales.

Me quedé de piedra. Nunca se me habría ocurrido verlo desde esa perspectiva. Sonaba tan razonable, tan lógico, tan creíble. Y, no obstante, era ridículo y doloroso todo aquello. Ante mi mutismo, Thalía prosiguió desglosando sus culpas.

-Pero lo que tú no sabes… Lo que ni siquiera Annabeth sabe… Lo que nadie sospecha, es que fue mi soberbia la que me llevó a enfrentar a los monstruos, Luke. -Su mirada estaba clavada en la mía, decisiva, suplicante, devastada-. Fue el miedo a perderos, las ansias desesperadas de que Zeus me rescatara desde su Olimpo, el orgullo mal encarado por mis recién descubiertos poderes semihumanos… Lo que en el fondo me empujó a daros la espalda y luchar contra unos bicharrajos invencibles. Fue mi arrogancia, Luke, en la idea de que yo podría vencer allá donde otros héroes más avispados habían caído, lo que me hizo perder objetividad en medio del fragor de la batalla.

Se abrazó la cintura, como queriendo protegerse de un frío ajeno a la estancia.

-No te culpo por traición, la verdad. No más de lo que me culpo a mí misma por ser mi soberbia el detonante de lo que vino a ocurrir después, por supuesto.

Por fin Thalía cayó, y yo tuve que hacer un soberano esfuerzo por no sacudirla. Deseaba acercarme aún más a ella; si para abrazarla y consolarla o para gritarla exasperado, no lo sabía muy bien.

-Todo eso que has dicho -dije haciendo una pausa expectante-, es absurdo. Ridículo, y estúpido. Nunca te culpes de los fallos y errores de los demás, Thalía, porque no fuiste tú quien los cometió, a pesar de que el catalizador de muchos de esos fallos fue una acción tuya. Mira a Annabeth. También te perdió, y no la vi ponerse contra los dioses, a pesar de que bien sabe ella que intenté convencerla de que lo hiciese. Mira a Percy... Criado por su madre y por un hombre borracho, abandonado en cuerpo y memoria por un padre que nunca le volvió a buscar, y, no obstante, aún hoy en día sigue luchando en el bando del Olimpo, defendiendo una causa que ha hecho tan suya como de los dioses. No, Thalía, nunca te culpes por algo que no hiciste. Aliarme con Cronos, despreciar al Olimpo, envenenar tu árbol... Esos son mis errores, no los tuyos. No permitiré que te apropies de algo en lo que no tienes causa. Nunca.

La espalda de Thalía se puso tiesa como un palo al tanto sus ojos despedían hielo azul por todos los poros de sus tupidas pestañas. Por su postura indignada, nadie habría dicho que se había derrumbado apenas un minuto antes.

-¿Que tú no me lo permites?

-No es sólo que no te lo permita, es que te lo prohíbo. -Palabras claves para hacer salir de nuevo a la chica dispuesta a revelarse contra todo cuanto quisieran prohibirla-. Te permito que dudes de mí, al fin de cuentas, en el pasado te dí razones que luego no riñeron con mis acciones. Pero sólo eso. No más. Nada más.

Hubo un silencio sepulcral en el cuarto.

-Y ahora Me pides que te crea, que aunque tenga derecho a recelar de ti…, que no lo haga -señaló al cabo de un rato-, si bien, en ese mismo pasado que ambos tratamos de salvar, está también el por qué confié en ti la primera vez. -Suspiró al tanto se colocaba mechones negros tras las orejas-. Me pides que confíe, que olvide ese pasado, pero no me das motivos para creer en ti en el presente. ¿Qué debo hacer entonces, dime? Tú mismo me indultas, tú mismo me confundes. ¿Es que no lo ves, Luke?

-¿que qué debes hacer, me preguntas? -No pude reprimir una risa desganada ante esas palabras-. No seré yo quien te indique la decisión a tomar, eso está claro. Piensa si vale la pena volver a confiar en mí. Si, aunque sea yo el primero que no lo haría de ser tú, piensa en si debes, si puedes -tragué saliva-, en si quieres volver a confiar en mí.

-Era una pregunta retórica -bufó-. Me consta perfectamente que es una respuesta que sólo puedo darla yo, si bien, como ya dijiste, son las acciones las que cuentan, las que deben ponerse en la balanza de lo que vale la pena o no rescatar.

-Pues entonces te permito que pongas en balanza mis acciones -dije soltando un suspiro displicente mientras evaluaba el cúmulo de expresiones contradictorias que se columpiaban en sus ojos-. Ya me darás la respuesta cuando tengas claro a qué lado de la balanza inclinar tus prioridades ¿Vale? Entre tanto, como también te dije antes, me gustaría darte algo.

Metí la mano en el bolsillo y luego alargué el brazo hacia Thalía, ofreciéndole lo que tenía en las abiertas palmas de la mano a la amarillenta luz de la bombilla del cuarto.

Era una pulsera echa a partir de gruesa cadena de plata, con un minucioso trabajo de mitológicas figuras talladas. Centauros, pegasos, fénix, minotauros... Delicadas filigranas en rojo y dorado rodeaban la joya, y tintineaban a la mínima de mover la pulsera.

Thalía contempló el regalo que aún aguardaba sobre mi palma extendida, y luego me miró con aire inexpresivo mientras yo le aseguraba que era para ella.

-¿Qué se supone que es eso?

La miré asombrado. En vez de aceptarlo o rechazarlo, en vez de agradecerlo o denegarlo, la chica miraba mi mano, que no la pulsera, y lanzaba rápidas miradas enderredor como si esperara que de un momento a otro saliera alguien de algún rincón del cuarto para reírse de ella por sucumbir a un encanto externo a su aduladísima diosa y gritarle a la cara, ¡caíste!

-Una pulsera -expliqué, respondiendo lo obvio y señalando lo obvio-. Es una pulsera... Para ti.

-Para mí -repitió. Su voz no tenía ni la más mínima inflexión de emoción-. Una pulsera… Para mí. Vaya. Nunca he tenido una de estas.

-Bueno, pues siempre hay una primera vez -dije, aún tendiéndole la joya.

-sí. Eso parece.

-Y no es nada inapropiado hacerle un regalo a una amiga, por más cazadora que sea ésta, verdad?

-Tiene pinta de hacer mucho ruido -indicó, sin contestar a mi pregunta; por fin cogió la pulsera de mi mano, alzando la joya y sosteniéndolo a dos palmos de sus ojos con el pulgar y el índice como si de una serpiente venenosa se tratara, mientras lo hacía girar y girar ante su azul mirada-. Ruidos que pueden delatarte si estás de caza y lo que quieres es moverte en silencio; posee esquinas y puntas que aunque no pinchan, se te enganchan al pelo, a la ropa o a las armas si no tienes cuidado, lo cual puede ser un retraso decisivo a la hora de disparar y salvar tu vida; y tiene un color que no se mimetiza con el entorno si lo que quieres es una huida rápida e imperceptible por el bosque. Sí. Ajá. Ya veo que es una pulsera.

Me quedé pillado. ¿Qué demonios se responde ante todo eso? A punto estuve de replicarle que ella aún no era una cazadora cuando lo compré pensando en ella, que ni se le había cruzado por la cabeza plantearse siquiera esa idea, pero, sabiamente, me tragué las palabras junto con mi frustración. Francamente, la chica daba la impresión de no saber qué hacer con la pulsera. La giraba y giraba indolente al tanto la miraba del derecho y del revés, entre aversiva y desconcertada.

Sin previo aviso, se lo colocó en la muñeca y luego levantó la mano al amparo de la luz, con una expresión de ciega desesperación en los ojos. La joya brincó en su muñeca cuando movió la mano, lo que de alguna manera, que me era incomprensible terminar de captar, si queréis mi opinión, acució su turbación, su espanto, su desesperación.

-Si no lo quieres o no te gusta, Thalía... -ofrecí, temiendo que se echara a gritar o a llorar o a resoplar desquiciada de un momento a otro-. Ya te dije que no estabas obligada a quedártelo. La tengo desde hace tiempo, y fue pensando en ti. La compré después de que tú y Annabeth rechazarais la oferta de Artemisa la primera vez que os ofreció uniros a sus cazadoras. ¿Te acuerdas? -Thalía se apretó los párpados con fuerza, al tanto su cuerpo se estremecía de arriba a abajo por un repentino y violento escalofrío-. ¿Qué sucede?

-Nada. -Sus labios estaban lívidos en una tirantez impropia de ella-. No sucede nada. -Sus ojos continuaban impávidos, negados a desvelar cualquier rastro de emoción-. No tiene importancia. Vámonos ya, ¿sí? por favor.

-A lo que iba diciendo -proseguí mirando con resignación a Thalía, sin hacer intención de abandonar el tema-. Es algo que siempre quise darte, antes incluso de que Grover viniera a por nosotros para llevarnos al Campamento Semidiós -carraspeé para que no se me quebrara la voz dominada por la emoción contenida-. ¿Me lo aceptas?

La visión de la pulsera de plata y mitología pareció despertar su irritación. Se cruzó de brazos, ocultando deliberadamente la joya bajo las axilas.

-¿Tú qué crees? Después de todas las objeciones que te he expuesto, aun así, ya lo llevo colgado en la muñeca. ¿Qué te dice a ti eso?

-Que tal vez lo has hecho por obligación, por cumplir, por no hacer el feo, por... -Me interrumpí al advertir el abrasador destello azul de sus ojos. Sin embargo, fue algo rápido; tan pronto como quise volver a fijarme, su mirada se tornó nuevamente impenetrable. Y, no obstante, ahí había habido emoción sincera, al menos por breves segundos, y era un sentimiento bien alejado del odio o el rechazo, incluso de la indiferencia.

-Yo nunca acepto nada por obligación, y mucho menos regalos, Luke; eso ya deberías saberlo de antemano. -Me dio la espalda, vuelta de cara a la salida y al pasillo, y repitió en un tono más suave, menos defensivo-. Vámonos, por favor. Se hace tarde. Annabeth tiene que estar comiéndose las uñas de la ansiedad.

No había pasado ni cinco minutos, calculé mentalmente, desde que habíamos dejado a la rubia en el salón, pero no dije nada. Me limité a cerrar la puerta del dormitorio tras de mí al salir después de aceptar internamente que, por esa vez, se acabó el estar a solas con la chica, a asomar brevemente la cabeza por la habitación de mi madre para comprobar que aún dormía plácida en su cama, y a seguir a una silenciosa y hermética Thalía hacia la entrada principal de la casa.

Antes de traspasar el marco de la puerta, la chica ocultó de la vista la pulsera con un movimiento de la manga de su chaqueta, aunque, por el modo en que se toqueteaba una y otra vez la muñeca con la mano libre, quedó bien claro que la tenía muy presente en la cabeza.

……….

Salimos a la luz del atardecer, cuidando que el domicilio de May quedara bien cerrado y asegurado bajo llave tras nuestra partida, espoleados con la amenaza de la caída de la noche sobre nosotros. Miré por encima del hombro para observar una última vez la casa de mi madre, el hogar de mi niñez. Una extraviada ardilla picoteaba entre las hierbas del jardín trasero de la solitaria vivienda el corazón de una consumida manzana, a los pies de un escuálido árbol. La brisa helada que se levantaba desde el este hizo que los rígidos pliegues de las bajadas persianas se agitaran lado a lado, pared a marco, desde los alfeizares de las ventanas que se lograban vislumbrar desde aquella distancia al andar el viento entre sus muros de hormigón.

Pronto iba a hacer casi tanto frío como para necesitar un manto de piel, un resguardo de tela que estaba muy lejos de haber tenido la precaución de guardar como aprovisionamiento en los bolsillos. Las ramas desnudas de los robles que había detrás de la casa de May crujían y gemían. En lo alto de las copas, donde el viento era más fuerte, a las ramas no les quedaba más remedio que inclinarse bajo el toque airoso de algunas de las ráfagas que exultaba al viento. El sol continuaba anaranjado en su descenso, provocando la ilusión de que los cabellos de Annabeth, en apariencia lo único claro y opuesto en color al brillo anaranjado de todo el ambiente, resaltaran aún más contra la luz de los menguados rayos del astro coronado por Apolo.

Luego doblamos por un recodo, abandonando el sendero de la colina, y la blanca casa de mi madre desapareció del todo de mi vista. Por mucho que entorné los ojos para otear mejor el horizonte que dejaba tras la espalda y al que me empeñaba en espiar por encima del hombro, no volví a avistarla de nuevo. Antes de emprender la verdadera caminata, me volví hacia Annabeth, tendiéndole en silencio el obsequio en la mano.

-¿Mío? -La voz patinó algo en su garganta cuando leyó el título que se asomaba en rojo pintor por el lomo y la portada.

-Tuyo -confirmé-, si lo quieres, claro...

Annabeth alzó el libro de mis manos con ilusión y gesto casi reverente, y lo apretó contra el pecho, a la vez que se echaba a reír de contenta.

-Pero, ¿por qué? -Quiso saber una vez logró guardar la compostura-. Quiero decir... esto... Yo no tengo nada para ti...

-Me has dado tu apoyo y ayuda desde que llegué al campamento mestizo -dije, escogiendo cuidadosamente las palabras; no era momento de desvelar secretos olímpicos, pero tampoco deseaba hacer inventario de nuevas mentiras-. Me diste tu amistad casi desde un principio. Y después de todo lo que viví antes de llegar al camping, necesitaba una amiga de verdad.

-Entiendo a qué te refieres -cabeceó Annabeth, pasando los dedos por sus cabellos rubios-. No es lo mismo imaginarse de niña, viviendo mil y una aventuras, que ver cómo esas aventuras te superan en la vida real y pasan factura al verse envuelto en ellas.

-Exacto. Yo no podría haberlo explicado mejor. -Excepto, claro, que añadiera la gran y enforrosa aventura de regresar a la tierra después de un período en el límbo de los elíseos. Sonreí-. De ahí que insista en que no tienes que devolverme nada, en serio. Tu amistad me basta y sobra, créeme. No necesito que me devuelvas el regalo... Más que con la promesa de que, pase lo que pase, podré seguir contando con esa amistad tan importante para mí.

Su largo cabello rubio se meció al viento cuando la chica sacudió la cabeza.

-Eso tenlo por seguro -aseguró depositando dos sonoros besos en mis mejillas-. Eso tenlo por seguro, Lucy. Aunque no lo creí posible, antes..., allí..., en casa de May Castellan..., he de confesar que hiciste honor a mi fe en ti. —Curiosamente, su voz sugería que la confianza depositada había sido endeble, forzada y resignada en el mejor de los casos—. Pero ahora será mejor que emprendamos la caminata, antes de que Thalía se rife al pito pito gorgorito cuál de nuestras cabezas es más fuerte para desahogar su malhumor en forma de coscorrones.

-¡eih! -Exclamó la aludida-. ¡Traidora! Creí que estabas de mi parte.

-ah, y lo estoy, querida amiga. Pero, ¿ves? -Agitó el libro ante las narices de la morena-, si hubieras sido menos arisca con la pobre chica, tal vez tú también tendrías un regalo ahora mismo.

-¿Eso crees, eh? -Musitó Thalía, torciendo la comisura de los labios en un gesto que no me gustaba ni un pelo-. Entonces, ¿crees que si soy más borde, la próxima vez no habrá regalos para mí, ningún regalo para mí?

-Creo que deberías intentar ser más amable con ella, Thalía -replicó Annabeth.

-Creo que yo también creo en ese intento, Thalía -me sumé de inmediato.

Ella nos dio una larga mirada a los dos, sin añadir nada, sin levantarse la manga de la chaqueta para mostrar la pulsera regalada. Acabó sacudiendo la cabeza, reemprendiendo la marcha y precediéndonos en el camino, musitando únicamente por encima de la sacudida de su chaqueta zarandeada a su espalda:

-Creo que creéis muchas cosas raras.

……….

Caminamos rápidamente, esquivando la carretera que se intuía al frente y adentrándonos en la zona rural de aquel pequeño pueblo perdido de Connecticut, tomando un atajo tras otro, acortamientos que nos acercaría al campamento en menos kilómetros y que nos permitía ganar preciosos minutos a la inminente noche. Temí que el viento que se levantaba fuera a desbaratar el disfraz que ocultaba mi verdadero rostro; pero, por lo visto, la corriente no era suficientemente poderosa e intensa para ello, mientras que los tres grandes dioses se habían empleado a fondo para que la niebla no fuera nada fácil de traspasar.

En la ruta, tuvimos que esquivar troncos caídos, salvar árboles plantados de bruces en una ruta marcada por la espesa maleza, ascendimos y descendimos por repisas semirocosas, todas rutas elegidas por Thalía. De todos modos, no pude evitar preguntarme cómo demonios íbamos a volver tan pronto al Campamento Mestizo 2, si había kilómetros de distancia y un día a pie de camino, por lo menos. Eso, al parecer, no era causa de preocupación por parte de las chicas. Ambas caminaban seguras y decididas, hombro contra hombro, discurriendo el camino hacia el norte, pintado en el rostro la resolución de quien sabe a dónde va.

-¿Y bien? -Tanteé al cabo de un rato de silenciosa marcha, en un momento en que ascendíamos por un sendero marcado por huellas de animales con cascos (caballos, según la cazadora de Artemisa), casi media hora después de abandonar la casa de mi madre-. ¿A quién se supone que debemos esperar ver a mitad de camino? -Me dirigí hacia Annabeth y le tendí una mano para ayudarla a ascender y trepar por una roca tirada en medio del sendero emprendido-. Ya sabes. Es por no atacarle cuando salga de improvisto a mi paso.

Annabeth se rió quedamente, asegurando el pie en un asidero que le permitiera posar una pisada firme en el camino mientras Thalía, al otro lado de la rubia, soltaba un bufido que el agitado viento de la tarde se encargó de expandir metros a la redonda.

-¿Y con qué lo harás? -Espetó la hija de Zeus, empleando el típico e irritante tono con el que uno se dirige a alguien con muy pocas luces en el cerebro-. ¿Con la misma espada que te has olvidado en el fondo del gimnasio del campamento?

Me detuve en seco. Acabábamos de salir por un grupo de árboles particularmente gruesos y retorcidos a un sendero más amplio, seguro y transitado que daba a un paso serpenteante de ancha extensión que nos permitía volver a andar unos al lado de otros en vez de en fila india. A lo lejos, el pico de la colina que ocultaba la vivienda de mi madre era un simple manchón distante, tornado rojizo debido a un cielo cada vez más enrojecido por la partida del sol. Me aclaré la garganta y, esperanzado, llamé en voz alta.

-Backbiter -musité con voz clara, segura, levantando una mano al aire a modo de saludo-. Backbiter -repetí, girando la palma de la mano hacia arriba, haciendo caso omiso de la mirada de leve interés de Annabeth y la de marcada burla de Thalía. Me encogí de hombros-. Bueno, ya vendrá cuando la necesite.

Reanudamos la marcha entre el ruido de los guijarros, tierra, musgo y piedra semiasfaltada del suelo y el bramido del viento en las orejas, luchando inútilmente con el viento que se empeñaba en atravesar cortos mechones rubios por mis ojos.

-Y estás cien por cien seguro de que vendrá?

-¿Dudas acaso que sea una mestiza con todas las de la ley? -Le dirigí un gesto desabrido a Thalía-. La espada me obedece. Y acudirá cuando así lo requiera, de eso no cabe la menor duda. ¿Acaso no hacen eso el resto de armas semidiosas?

-¿Por qué Backbiter? -Inquirió a mi lado Annabeth, aguardando a que Thalía terminara de inspeccionar el suelo en busca de rastro humano, huellas animales, señales de posibles monstruos a eludir. Recordé entonces que Annabeth no había asistido a la demostración de combate entre Thalía y yo, impartida por Clarisse-. ¿Por qué no has llamado a otra arma?

-Porque es la que me ha tocado en suerte -respondí sin ánimos de entrar más en materia. Si quería saber más, no sería de mí de quien iba a extraer la información de los sucesos. Para eso estaban los chismorreos de lo sucedido en el gimnasio que, pronto, seguramente, recorrería como humo de tabaco todo el campamento mestizo, dado que no todos los días aparecía un semidiós capaz de blandir una espada maldita a la par que legendaria.

-Ajá -musitó Annabeth, dando a entender que no necesitaba más explicaciones-. Espero que al menos tú le des un mejor uso del que le dio su antiguo dueño.

-Es una espada -espeté con brusquedad, cansado de que se le atribuyera tantas connotaciones negativas a un simple objeto-. ¿Qué uso pretendes que le dé? ¿Quieres que utilice la punta para limarme la suciedad de las uñas? ¿Que lo use sólo para afeitarme las piernas? ¿O cortarme el pelo con el filo? Y puesto que la hoja también es algo reflectante, ¿quieres que a partir de ahora sea mi espejito espejito? Tiene un uso principal, ¿sabes? como toda arma construida para matar, desarmar, defender.

-No te creía tan sarcástica -intervino Thalía aún en cuclillas en el terreno, reevaluándome desde abajo con la mirada.

La ignoré. Tenía los ojos clavados en los de Annabeth, retándola en silencio a que me contradijera.

-Sólo digo que lo uses más para desarmar y defenderte que para atacar a inocentes.

-¡Inocentes! ¿Por qué clase de persona me tomas?

-Por la clase de persona que era su antiguo dueño.

-Dime la verdad. ¿Te has parado a pensar alguna vez si realmente eran todos inocentes? -a mí memoria venía claramente la respuesta: no, no, no. Pero eso nadie lo sabía, ni tenían por qué comprenderlo-. ¿Fueron víctimas o atacantes? ¿Acaso el antiguo dueño se llevó por delante a niños, a ancianos, a...?

-Es de cobardes, Lucy, utilizar contra otro mestizo un arma que puede traspasar la carne semidiosa -replicó insistente la rubia-. Y es luchar sucio cuando el otro mestizo no tiene un arma de la misma condición.

Una de las cosas que había aprendido de mi alianza con Cronos y los demás titanes, era a no desaprovechar las pocas ventajas que uno pudiera tener, incluso cuando éstas desequilibraban el combate. No obstante, sabía que no era eso, precisamente, lo que Annabeth quería escuchar. Ella aún creía en la idea de una lucha igualitaria.

-Puede que tengas razón -admití persuasivo.

Se me pasó por la cabeza la idea de que esa misma condición de injusticia podía aplicarse a los monstruos que tan alegremente matábamos los mestizos, dado que ellos tampoco tenían armas con las que contraatacar; pero descarté la idea de inmediato. Eran monstruos, la misma palabra lo decía; despojos del Tártaro. Y si bien no usaban armas, les bastaba con sus hocicos, garras, dientes para suplir esa carencia. Además... siempre eran ellos los que buscaban pelea contra nosotros.

-Y descuida... Todo cuanto has dicho, es algo que tenía bien presente en la cabeza, no tienes de qué preocuparte.

-Vale. Bien. De acuerdo. Bueno es saberlo -se tranquilizó Annabeth. Alargó la mano y trató de colocar uno de mis mechones tras la oreja; batalla perdida, claro, porque al instante el viento se encargó de zarandearlo de nuevo-. ¿Sabes? Me gusta tu pelo. El pelirrojo siempre me ha parecido un color más interesante que el rubio. ¿No crees?

Me aparté de ella, sin brusquedad pero con firmeza. No me hacía mucha gracia el cambio de tema. Estaba muy conforme con mi color de pelo natural, gracias, no con ese tono zanahoria que ni siquiera podía contemplar sin que hubiera un maldito espejo delante. Annabeth bajó el brazo, se encogió de hombros y dejó pasar el desaire sin hacer ninguna mueca de disgusto.

-Listo -anunció Thalía enderezándose finalmente-. Todo parece despejado. Pero, por si acaso, será mejor que tengamos las armas preparadas. -Y sin mediar palabra de acuerdo entre ellas salvo un breve pero elocuente intercambio de miradas, se colocaron a ambos lados de mí, espadas en ristre. Hice una leve mueca de disgusto al comprender que se disponían a actuar de guardaespaldas no contratadas, pero no dije nada. Reemprendimos la marcha mirando adelante, atrás, al suelo, en derredor...

Para entretenernos, Thalía fue enumerando una larga lista de animales venenosos con los que se había topado aquí y allá de sus excursiones con las cazadoras. Aparte de serpientes, arañas y escorpiones, también mencionó hormigas, plantas, conejos... ¿Venenosos los conejos? ¡Já!

-Te lo estás inventando -protesté cuando las ratas y los sapos fueron las siguientes en engrosar su lista de seres venenosos a topar en el bosque-. No te burles de mí. Te lo advierto. A mi amigo, el conejito saltarín del país de las maravillas de Alicia, no le gusta que se burlen de mí.

Annabeth soltó una risa que no tardó en convertirse en carcajada.

-¿Burlarme yo de ti? Cómo puedes insinuar tal cosa... ¡Eso nunca! -Thalía se tapó la boca con la palma de la mano con cara tan inocente como la de una santa que nunca hubiera roto un plato en su vida-. El sol tiene que haber reblandecido tu cerebro, creo yo, para que se te pase por la cabeza semejante idea.

……….

Al cabo de un tiempo, decidimos cenar mientras caminábamos. Simples bocadillos, eh, no os vayáis a creer que eran gran cosa. De todas formas, habría disfrutado mucho más de la cena, si Thalía no hubiera estado a mi lado, torturándome verbalmente a la mínima que podía.

-Y ahora agáchate para esquivar esa rama, Lucy; tienes la cabeza demasiado dura incluso tratándose de ti, y no sería justo que la rompieses.

Si en algún momento había creído que por abrazarnos dos veces, casi hacer las paces en casa de mi madre y por aceptar después mi regalo, ya estaríamos encaminados a una reconciliación..., me equivocaba de medio a medio.

-Ves de piedra en piedra como yo. A no ser que te gusten las hormigas, claro, en cuyo caso, Lucy, te lo aseguro, eres libre de meter el pie en ese hormiguero.

De hecho, sospechaba que toda esa actitud arisca se debía justamente a causa de nuestro acercamiento de antes.

-¡Mirad, ahí hay un enjambre de moscardones! Estarán en búsqueda y captura de un cerebro que comer. ¿Qué dices, Lucy? -Daba la impresión de que buscaba como fuera reestablecer la tensa relación de antes, como si así pudiera borrar o negar los hechos ocurridos en la casa de mi madre, como si quisiera darme a entender que no por todo ello iba a empezar a tratarme con mimitos y carantoñas de un día para otro.

-Digo que no me interesa, gracias -respondí con suma tranquilidad-. O tal vez es que vienen a por el tuyo, ya que tu enorme cabezota les conoce tan bien. -Era irritante. Se mostraba sonriente, muy sonriente de boca para afuera, pero la furia de sus ojos contaba lo poco que le quedaba para dejar de contenerse y saltarme encima para molerme a mordiscos.

-Estoy lleno hasta las orejas -suspiré una vez hube terminado mis dos bocadillos, tratando de dirigir el sarcasmo de Thalía hacia otro foco que no fuera yo.

-Orejas de Hermes -persistió en burlarse la chica-, comida de duende. ¿No habías oído nunca ese dicho, Lucy?

Resoplé exasperado. Era plenamente consciente de la presencia de Annabeth a mi derecha, enfrascada en la lectura del libro que le había regalado; a juzgar por las risitas contenidas que la chica soltaba de vez en cuando, la historia de la arquitectura medieval debía ser sumamente divertida. (Sí claro; y yo me lo trago). Consciente o no, eso no parecía ser barrera para que la hija de Zeus se reprimiese. De hecho, parecía disfrutar con la tortura que me estaba causando.

-¿Sabes qué? Eras más simpática cuando pasabas de mí -me sacó la lengua, burlona.

-¿Sabes qué? Siempre he sido un derroche de simpatía. Además, sólo pretendo hacer honor a lo que se dice. Ya sabes. Nunca te fíes de las pelirrojas. ¡Son malas, muy, muy malas!

-Doble razón para que me dejes en paz, ¿no te parece?

A mi otro lado, Annabeth se inclinó por detrás de su libro y me hizo una mueca de conmiseración, con palpable alivio de que no fuera ella a quien estuviera destinada toda esa lluvia de sarcasmo. Le devolví el mohín, contrito.

-Bah, bah. Tú no eres de esas pelirrojas taimadas, ¿a que no?

-Simpática... graciosa. -Pasé por alto el doble sentido de sus palabras-. Ahora eres más peliaguda que un jardín de rosas lleno de espinas.

-No me rebajes -protestó-. Orgullosa estoy de decir que la gente siempre me ha creído más cercana a los pinchos del captus que a los pinchazos de una vulgar rosa. ¿Espinas yo? ¡Ah! Eso sí que me ha dolido, que lo sepas.

……….

Cuando empezó a oscurecer, salimos del sendero que enfilábamos en esos momentos. Thalía se limitó a hacer un alto junto a un arroyo donde podríamos descansar, y arrojó sus cosas al suelo. Sin decir nada, acepté su elección de lugar de acampada, cuidando muy mucho de estar bien alejado de la orilla, y solté las correas del saco de dormir que había alcanzado a coger antes de salir de mi dormitorio en la casa de May, tras habérmelo quitado de la espalda.

Las chicas no tardaron en aproximarse al agua para adecentarse un poco. Con expresión algo alicaída, me senté entre sus dos mochilas, sobre mi saco de dormir, intentando que no se me notara la envidia. La primera en salir del arrollo fue Thalía. Los cabellos le brillaban negros y apelmazados por el agua, casi metálicos contra la blancura del cuello. Tuve que hacer un soberano esfuerzo para no contemplarlos, absorto. Me aparté de ella cuando se acercó, no fuera a que una indiscreta gota de agua cayera sobre mí.

-¿Tienes miedo del agua? -Preguntó burlona al advertir mi gesto, sin dejar de rebuscar en el interior de su mochila-. ¿O quizás a lo que tienes miedo es a estar limpia?

Oh, no, otra vez no. ¿qué demonios había hecho para recibir semejante tortura?

-Ah, por favor, cállate.

Fingí un bostezo.

-¿No tendrás alergia, verdad? -Inquirió Annabeth desde la media penumbra de su refugio tras el cual se aseaba a conciencia-. Es inusual, lo admito, pero Sé de buena mano que hay gente alérgica al agua, y que...

Ahí vamos de nuevo, pensé cuando vi que Thalía abría la boca para contestar en mi lugar.

-Lo que no quiere es que le salga cola de sirena, Annabeth -sus ojos no dejaban de burlarse de mí en silencio, mientras se peinaba brazada a brazada los cabellos.

-Ya basta, Thalía. Deja de meterte conmigo. -Pedí en voz baja para que mi voz no llegara hasta Annabeth. ¡Dioses, qué burlona podía llegar a ser!-. ¿Puedo saber ahora qué mosca te ha picado? Bien sabes por qué no puedo mojarme cuando hay gente delante. -Me acodé sobre los muslos, mirándola aprensivo-. ¿Qué se supone que te he hecho ahora, eh?

En su muñeca, la pulsera brincaba, brincaba y brincaba con cada furiosa brazada de la chica, respondiendo sin palabras a mi pregunta. El sonido tintineante parecía empeorar su humor. ¿Estaba ahí mi error? Casi empezaba a arrepentirme del regalo.

-Oh, no, no me has hecho nada, en absoluto. -enseñó abiertamente los dientes en una mueca que pretendía ser sonrisa; si las sonrisas fueran así de incisivas, más valía que empezaran a ser contempladas como señas de una muerte anunciada, en serio.

Al ver las ondas de lustroso pelo negro que acariciaban sus hombros y que se secaban a medida que el cepillo recorría una y otra vez la corta melena, se me ocurrió halagarla. ¡eih, no podéis culparme por tener esa ilusión! Cazadora o no cazadora, las chicas siempre se emblandecen con un buen cumplido, ¿verdad?

Un pequeño halago por aquí, otro por allá. Sobornos disfrazados de halagos para aplacar su inexplicable ira, por más que, bien mirado, resultaba muy injusto alagar a quien no dejaba de fastidiarte sin ton ni son. (¿Poneos en mi desesperado lugar, vale?). Pero, por lo visto, lo justo y lo injusto importaba bien poco en ese caso. Además, si un soborno, por más halagador y sincero que fuese, servía para llamar de vuelta a la paz o a la indiferencia de la chica... Pues bienvenido fuera.

-Estás guapa... -tanteé.

-¡Ah, no, no, no, no! ¡Ni se te ocurra! -exclamó enérgica, propinando un fuerte ppuñetazo al suelo, apuntándome con el cepillo cual de una pistola se tratara-. No sigas por ese camino, te lo advierto. No creas que no sé lo que pretendes. ¡Y a mí no me vas a ganar así!

-Pero... ¿Qué? Si estás guapa, lo estás. Si me parece que estás guapa, lo digo. Si quiero...

-¡Cállate! -De un brinco, se puso de pie completamente alterada-. ¡Calla, calla, calla! Primero los abrazos, después una pulsera, ¿y ahora pretendes distraerme con burdos halagos? ¡No, no, no, no! ¿Crees que soy una de esas tontas hijas de Afrodita? -Lanzó el cepillo de cualquier manera en la mochila y se encaminó de vuelta a los árboles.

-¡Amargada! ¡Era un simple cumplido, nada más! -Grité tras ella. Miró por encima del hombro para asestarme una mirada tan dura como la que una madre exacerbada lanzaría a un hijo particularmente cabezudo-. Será bicho raro la tía -murmuré entre dientes, enfadado.

-Será mejor que vengáis aquí los dos -instó de repente mientras se perdía a zancadas por una dirección opuesta al arrollo donde aún se aseaba Annabeth, dejándome plantado donde estaba, con la boca completamente abierta-. Conviene que veáis esto. Os gustará a los dos.

Me negué en redondo a moverme del sitio hasta que no vi que aseada, el rubio pelo recogido en una larga trenza que trepaba hasta su espalda, Annabeth salió de la orilla y se unió a las zancadas de su amiga. Sintiéndome un redomado estúpido, las seguí, aprentando las mandíbulas con un chasquido furioso de dientes al chocar. ¿Me había perdido algo básico en todo este tiempo de mi limbo en los elíseos? ¡Desde cuando un halago es razón para ponerse a la defensiva!

Cuando les alcancé, miré en derredor, confuso, aguardando a ver qué quería mostrarme la maldita chica. Thalía apartó una pesada rama a un lado. Le miré con el ceño fruncido antes de ponerme en cuclillas, lo más agachado que me era posible, y luego introduje la cabeza bajo la rama alzada para echar un vistazo al interior. De repente lo vi. Era un escondite que se abría entre la oquedad de una roca, ramas secas y un grueso tronco de árbol enfrente para hacer de centinela. El interior estaba hueco, seco, y totalmente disponible para pasar ahí la noche.

No sería capaz de encontrar el refugio por mí mismo ni aunque me pusieran ocho ojos en la cara. Estaba bien camuflado entre el follaje, la piedra y el tronco. Annabeth se irguió con una expresión de júbilo infantil en el rostro, una amplia sonrisa que se reflejaba también en sus grises ojos.

-¡Vaya! ¡Es increíble! ¿Y suele ser en sitios como estos donde soléis acampar tú y las demás cazadoras cada vez que os adentráis en el bosque? Esto…, ¿cuando el grupo es pequeño, quiero decir? -Cuando la hija de Artemisa asintió, devolviéndole la sonrisa, la rubia remachó su asombro con una exclamación plagada de verdadero deleite-. ¡Uau! ¡Mola!

De mis labios no salió ninguna palabra. No me malinterpretéis; el refugio también me parecía maravilloso e ingenioso, sobre todo eso último. Pero mis sentidos estaban disparados en otra dirección, pendientes de una manifiesta tensión que instaba a despertar mis ejercitados instintos de supervivencia. Sentía las entrañas del estómago revolviéndose mientras, a lo lejos, las oleadas del arrollo se alteraron sin razón aparente. El aire frío que cruzaba veloz el prado donde habíamos acampado, se tornó brúscamente gélido al tanto obligaba a reclinarse a las ramas más altas y ascendía para enfriarme el rostro, repentinamente ardiente. Inspiré con brusquedad. Reconocí ese olor de azufre y cloacas.

-¡A las armas! -Grité mientras me ponía en pie de un brinco y agarraba una rama caída particularmente gruesa, a falta de un arma mejor-. ¡Vamos, vamos, vamos, coged las espadas!

El viento transportaba un aroma conocido para cualquier mestizo al interior de nuestro refugio, algo que mis alterados sentidos percibieron como anuncio de la inminente llegada de los monstruos. Las ramas del tronco que salvaguardaban el refugio se inclinaron ante las gélidas ráfagas, ocultando de la vista el particular escondrijo; en la orilla del arrollo, las aguas se agitaron formando un capullo de burbujas en su superficie, pero resistieron sin flaquear cuando el viento chocó contra ellas con un chasquido curioso, un sonido semejante al de olas chocando contra el acantilado.

E instantes después, aparecieron. Sombras desiguales que se separaban de la oscuridad para cobrar corpulencia. Feos, bífidos, desgarbados y malolientes, la aparecida docena de bestias no tardó en acometerse sobre nosotros. Salté hacia el primero que encabezaba la partida. El infernal hijo del tártaro me recibió con una sonrisa retorcida. El choque entre nosotros fue brutal. Y no por la velocidad y rabia con la que me asaltó, sino porque, antes de que quisiera darme cuenta, la rama que asía ya no era un trozo de árbol, sino una espada de doble hoja, bien afilada y dispuesta a dar cuenta de la sangre del monstruo. Por fin Backbiter se había dignado a responder a mi llamada urgente. ¡Ya iba siendo hora, leches!

Los golpes con que arreé a la bestia se sucedieron con despiadada rapidez. Carne, hocico y sesos estallaron en el aire al rasgar su áspero pellejo. La noche se llenó de gritos, pero, por una vez, no eran gritos de auxilio de semidioses... eran bramidos de bestias que gruñían su última promesa de amenaza antes de extinguirse en el aire y desaparecer, derrotados, para ir a regenerarse en el Tártaro.

Era vagamente consciente de que algo más apartadas, Annabeth y Thalía giraban y danzaban cada una con una bestia distinta al tanto proferían sus propios aullidos de batalla, pero en esos momentos sólo me importaba el animal que tenía enfrente, el nuevo monstruo contra el cual luchaba a vida o muerte con los dientes apretados y el corazón enloquecido en el pecho. Tras un ataque demoledor de la peluda bestia, sentí cómo Backbiter se revolvía en mi sudorosa mano al encontrar una falla en la defensa de aquel segundo adversario.

De pronto, un grito rompió la cúpula de concentración en el que me había sumergido. Una voz que exigía toda mi atención más un plus de temor y desesperación al oírlo. Con furia, atravesé al monstruo de lado a lado, partiéndolo limpiamente en dos mitades tan exactas que, dudo, jamás podría volver a repetir de no estar tan asustado por el grito de Thalía. Giré en redondo, buscando a la cazadora.

Tuve que limpiarme los ojos con el dorso de la mano y parpadear varias veces para asegurarme de que estaba en pie, sana e ilesa de momento, observando una sombra gigantesca, ondulante y alargada que emergía del fondo del agua, rompiendo bruscamente la superficie lisa del arrollo, una criatura que ni en mil y una fantasías se me habría ocurrido concebir.

Era una gigantesca serpiente que chorreaba agua por todos sus poros y cuyo cuerpo anillado se ondulaba a medida que dos poderosas alas membranosas se extendían hacia el cielo seminocturno con movimientos sinuosos, volando arriba, volando abajo, volando fuera del arrollo, volando hacia nuestra dirección.

-Vaaaaya -exclamó Annabeth sin dar crédito a sus ojos. Los pocos monstruos que quedaban habían retrocedido, horrorizados y compungidos, e incluso un par de ellos habían caído de culo en la hierba salpicada de gotas de sangre de sus congéneres, incapaces de apartar la vista, incapaces de no mirar las sobrecogedoras escamas de la serpiente que, con un chillido potente, se alzaba ante ellos con la triangular cabeza proyectada hacia delante, presumiendo de colmillos venenosos y letales-. ¡Hay bah! ¿Qué criatura es esa?

-Una magnífica -contestó Thalía. A regañadientes, tuve que darle la razón. A pesar de su aspecto intimidatorio, la criatura resultaba majestuosa y fascinante, con su aire magnético y terrorífico, con una belleza tan peculiar como mística y letal latiendo en cada una de sus extremidades escamosas. Magnífica, sí, pero también muy, muy peligrosa-. Una magnífica llamada shek.

De repente, la serpiente alzó la cabeza, clavando unos ojos irisados en el combate paralizado; desplegó las alas aún más como si pretendiera abarcar el firmamento entero con ellas, y se impulsó en una caída en picado, echándose de bruces contra nosotros. Annabeth chilló de terror mientras se cubría la cabeza con los brazos. Los monstruos del Tártaro huyeron en estampida, por primera vez sin importarles un comino que hubiera carne mestiza a la vista que saborear. ¿Y yo? Lo confieso. El estupor me había dejado paralizado, sencillamente, qué queréis que diga.

-¡Christian! -La única que parecía haberse recuperado a tiempo de la sorpresa era Thalía. Saltaba en el sitio, ansiosa y vehemente, haciendo señas con los brazos y llamando... ¿A la serpiente?-. ¡Kirtash! ¡Por ahí, detrás de ti, corre que se escapan!

El animal movió la cola y, literalmente, barrió a los contados monstruos que quedaban por allí. Si había albergado recelo sobre si sabría valerse por sí solo con todos aquellos bichos, la serpiente alada me las disipó de inmediato, pues se enfrentó a la acometida de monstruos como quien afronta el molesto zumbido de una mosca. Con calma, sin parsimonia, sin alteración.

Su cuerpo sinuoso y alargado se deslizaba entre los monstruos con unos movimientos fluidos, ágiles, propinando bandazos certeros y rápidos ora con la cola, ora enganchando con un ala, ora atrapándolos y apretándolos entre sus flexibles anillos, ora clavando mortalmente los colmillos, con una espada de hielo sujeta entre los anillos convertida también en una prolongación de sus extremidades.

-¿Christian? -preguntó Annabeth aún atónita-. ¿Has llamado a esa serpiente alada Christian? -eso mismo me preguntaba yo-. ¿El nombre de tu amigo Christian?

-Espera un momento y ahora lo entenderás.

-Yo lo que quiero saber -torcí el gesto hacia el alado animal que aún atacaba sistemáticamente a los despojos del tito Cronos que no habían sido tan listos ni rápidos de esfumarse de vuelta al Tártaro-, es cuál es el nombre de esa criatura. Lo llamaste shek. Shek, Thalía. ¿Puede saberse qué diantre es un shek?

-Hombre, Lucy -interceptó Annabeth-, no te ofendas pero esa pregunta es obvia. -Señaló con un dedo tembloroso al bicho alado-. Thalía lo ha dejado bastante claro al llamarla con esa palabra. Un shek es una serpiente alada, una serpiente alada es eso que tienes volando por ahí arriba.

-Y que nos ha salvado de una buena -puntualizó Thalía-. Lo digo por si tienes la peregrina idea de ensamblarlo con -enarcó una ceja al ver mi finalmente aparecida espada-, Backbiter, como aseguraste hacer antes.

Dejó reposar a su Élgida entre las piernas después de limpiar la sangre de la hoja con la hierba que tenía a los pies; apoyó el codo en la palma de la otra mano, al tanto se acariciaba el mentón con el índice y el pulgar, adoptando una postura típica de un maestro, más propia de Annabeth que suya para explicar en tono pausado.

-Un shek es otra especie de raza, nacida de las entrañas de un planeta aún más joven que la Tierra, prácticamente semidioses como nosotros, sólo que, en vez de cuerpo humano, tienen cuerpo de serpiente. Odian a muerte a los dragones. Y pueden sobrevivir en cualquier clima extremo. El amor hacia la belleza y la inteligencia es otra característica que los define...

-¿De qué leches me estás hablando? -¿Era posible que la breve pelea con los monstruos le hubiera trastocado hasta tal punto?-. ¿En qué mundo es, una serpiente, considerada un semidiós?

-En el mundo de Idhun -contestó Thalía sonriendo ampliamente, disfrutando de lo lindo de mi continuo estado de perplejidad-. Y no sólo los shek como Kirtash; también son semidioses los dragones, los unicornios... ¡ah, mira, él podrá explicártelo mejor que yo!

¿Él? ¿Y ahora de dónde salía ése nuevo él? Giré rápidamente sobre los talones hacia donde apuntaba el dedo de Thalía. A mi lado, Annabeth se puso trabajosamente en pie, usando de bastón su espada, deseosa ella también de no perderse nada.

-Ya está -musitó de repente una voz en mi mente, una voz gélida y apática con un timbre inhumano e indiferente que me recordaba demasiado a la voz de cronos en uno de sus momentos más tranquilos-. Han muerto todos. Y los que no, han huido de vuelta al inframundo del que nunca tendrían que haber salido.

No sé qué me sorprendió más. Que ni me inmutara al comprobar que el animal no sólo tenía una voz, sino una voz telepática, o el hecho de que no me costara entender lo que decía, ya que, al parecer, el shek podía hablar sin trabas nuestro idioma.

Thalía corrió hacia la serpiente halada, sin importarle al parecer que el bicho pudiera hablar dentro de su cabeza. Aquel gesto suicida me hizo reaccionar por fin, sacándome finalmente de mi parálisis. No podía permitir que se arrojara tan alegremente al encuentro de la muerte. La sola idea de perderlas a alguna de las dos a manos del bicho desconocido era más fuerte e insoportable que el miedo que me causaba la visión del cuerpo membranoso del enorme reptil.

La chica me dedicó una sonrisa por encima del hombro, como venía haciendo de un tiempo a esta parte, completamente sabedora de mis temores,. No obstante, la visión de su burlona mueca, en vez de tranquilizarme, consiguió asustarme aún más.

-¡Thalía! No. ¿Pero qué haces? -La angustia palpitaba en el hueco de mi garganta-. ¡Vuelve aquí! ¡Thalía!

Annabeth me agarró del brazo, obligándome a permanecer quieto en el sitio.

-Chhist. Espera. Calla y mira, Lucy.

Obedecí. Lo que vi me dejó más consternado aún si cabe. La alada serpiente llamada shek o Christian o Kirtash o qué se yo, inclinó la cabeza cuando Thalía se aproximó y, con el morro, jugueteó con los negros cabellos de la chica, que, sin miedo ni repulsión ni nada, acariciaba con un dedo reverente sus escamas. Cerré los ojos, decidido a descubrir cuando los abriese que todo aquello era un extraño sueño, camino de convertirse en una peculiar pesadilla.

-Has el favor de cambiar -oí decir a Thalía-, quiero presentarte a una persona.

-Como prefieras. -Abrí los ojos a tiempo de presenciar cómo El cuerpo de la alada serpiente, que aún temblaba levemente por la agitación del combate, o por lo menos quería creer que su agitación era debido al combate, se convulsionó un momento y empezó a transformarse. No fue algo repentino ni paulatino. La transformación simplemente se dio así sin más.

Imaginaos, por un momento estar viendo dos imágenes a la vez, dos imágenes distintas que se superponen la una a la otra en un mismo lugar, que después se funden hasta que solo queda una en pie, visible, distinguible. Y la que quedó ante nuestra extasiada vista era una imagen nueva, lo digo por si os lo preguntabais, nada que ver con el aspecto serpentino del animal de antes. La serpiente alada que Thalía había denominado shek, había desaparecido por completo. ¡Y al Olimpo pongo por testigo que no miento!

En su lugar, se erguía esbelta, orgullosa y tranquila, la silueta de una persona tan humana como tú, como yo, como todo quisqui / ser humano / viviente hijo de vecino de este bendito planeta.

-¿Mejor así? -aquella voz no había sonado en mi cabeza, sino en mis oídos.

Thalía se arrojó a los brazos de un joven de fino cabello castaño claro y ojos tan azules e intensos como los mostrados por todo hijo de Zeus, un joven de edad similar a la nuestra, un joven que la estrechó brevemente entre sus brazos antes de apartarla cortésmente de sí, a todas luces algo incómodo por el contacto físico.

¡Christian! -Exclamó a mi lado Annabeth con los ojos redondos, tapándose la boca con una mano-. ¡Christian! ¿Cómo no nos dijiste que eras una..., una...?

-¿Serpiente alada? -Le ayudó él-, ¿un shek? -Se encogió de hombros-. Porque hay secretos que vale la pena descubrirse por sí solos. ¿No crees? Además, ella lo sabía -señaló con el mentón a Thalía, que aún sonreía junto a él-, y no creí necesario decírselo a alguien más.

Finalmente, Annabeth le dedicó una sonrisa de saludo que él respondió con un cabeceo aquiescente. La bárbara inteligencia que brillaba en los ojos de los dos era casi palpable. Si me dijeran que el tipo era hijo de Atenea, no me iba a extrañar en lo más mínimo. Pero sus ojos... esos inquisitivos, gélidos y astutos ojos, hacían imposible tal parentesco entre él y cualquiera de las dos mestizas. Por lo visto, con la única con la que se permitía tener cierto contacto, era con Thalía.

Algo se retorció en mi interior al verles tan juntos, tan unidos, tan sonrientes el uno junto al otro. Algo oscuro y monstruoso que clamaba que apartara de inmediato a Thalía del lado del extraño joven. Como leyendo mis pensamientos, la cazadora se adelantó, interponiéndose entre ambos, e hizo las presentaciones pertinentes:

-Christian, te presento a otra mestiza del campamento. Se llama Lucy. Es hija de Hermes.

-Vaya, vaya. ¿Lucy, eh? -Me dedicó una media sonrisa irónica y descarada. Supe, sin lugar a dudas, que sabía que yo era tan chico como él-. Qué nombre tan sencillo. -Sus ojos, no obstante, continuaron tan inmutables e indiferentes como antes-. ¿Acampamos, pues? ¿O es que esperamos a alguien más?

-¿Eres hijo de Zeus? -pregunté dando un paso lateral para esquivar a Thalía y mirar al joven de frente. El brillante color azul de sus ojos, azules eléctricos como los de Thalía, y la intensidad con que su mirada brillaba me indujo a preguntar aquello, si bien ya sospechaba en mi fuero interno que la respuesta era una rotunda negativa antes de que él me contestase. En los ojos de los hijos del rey del Olimpo no suele ser costumbre que asomara tanta frialdad,tanta imperturbable seguridad; no, no era habitual que latiera en ellos la previa advertencia de una amenaza letal.

-Soy hijo de Idhun -replicó él, sucinto, como única explicación.

-¿Idhun? -el nombre se me hacía familiar; muy, muy familiar. Lo había visto en algún sitio, en alguna otra parte, pero, ¿dónde, dónde? Y entonces lo recordé-. ¡Victoria!

-Bingo. Victoria, eso es. Y ahora, será mejor que alces las protecciones de tu diosa, Thalía, si pretendes tener una noche tranquila.

La chica asintió sin dejar de mirar al joven idhunita con ojos embelesados, una mirada que no me gustaba ni un poquito.

-¿Qué decías antes de los dragones y unicornios? -Quiso saber Annabeth una vez Thalía hubo alzado las defensas y llamado a sus animales guardianes para que patrullaran el perímetro de nuestro improvisado camping-. ¿Hay semidioses que pueden transformarse en dragones y unicornios como se transforma Christian en shek?

-Dos, para ser más exactos -aclaró Thalía-, uno en dragón, y la otra, Victoria, en unicornio. A una la conoces, vino con nuestro grupo de cazadoras, mientras que al otro..., bueno, al otro aunque le conozcas, aunque le veas, no le reconocerías en su segunda forma original.

-¿No te referirás a ti misma, verdad? -Inquirí convencido de que iba a decirme que sí de un momento a otro. Thalía resopló.

-Sí claro, ya puestos, Annabeth es una lechuza, por eso de ser el símbolo de su madre, y se convertirá en un búho nocturno de un momento a otro -la aludida se atragantó con el agua de la cantimplora que bebía al oír aquello-. Vaya ideas se te ocurren, Lucy.

-¿absurdas, verdad? -el sarcasmo no me abandonaba-. Acabas de decir que hay un dragón suelto por ahí que sólo tiene que sacudirse la piel para tener un aspecto humano como cualquier otro. Acabas de decir que entre las hijas de Artemisa, hay un unicornio dispuesto a convertirse no sólo en una chica común y corriente, sino también en una persona más que conocida, en alguien con el que he hablado varias veces. -Señalé con un puño acusatorio al tal Christian, que permanecía sentado junto a Thalía, con la espalda apoyada contra la roca interna del refugio y una postura aparentemente indolente, mirándonos como si toda aquella revelación no fuera con él-. Acabo de ver cómo una serpiente emerge de las profundidades de un arrollo, no sólo alada y con poderes telepáticos, sino que también guarda bajo sus escamas el cuerpo de un chico que no duda en materializarse salido de a saber qué nada. -bufé, indignado-. Sí, claro, por supuesto. ¿Y luego soy yo al que se le ocurren cosas raras?

Thalía me miró entre molesta y complacida.

-dos semidioses. Nada más. Jack y Victoria. Sólo ellos dos. Pero son también idhunitas como él. Desgraciadamente, esa proeza de metamorfosearse está lejos de los semidioses terrícolas como nosotros.

-¿Y qué os ha animado ahora a daros a conocer entre nuestros mestizos? -preguntó sabiamente Annabeth.

-Eso -dijo Christian haciéndose un ovillo contra la pared-, es explicación de mañana, cuando aparezca el resto de la tríada. -Aceptó agradecido un saco de dormir de repuesto que le tendía Thalía y, sin mediar pausa, se puso de cara a la pared, dispuesto a dormir o a fingir dormir y a no hablar más hasta mañana-. Por ahora, me voy a dormir. Buenas noches, semidioses. Que la sombra del séptimo vigile vuestros sueños. O mejor no. Teniendo en cuenta lo volátil que es el panteón...

¡Qué chico tan alegre! Esa sí que era una forma original de dar las buenas noches, eah. Ahí, ahí, hablando de sombras y extrañas divinidades en medio de la oscura noche y tras un breve encontronazo con los monstruos, para mayor inri.

Las chicas pronto no tardaron en imitarle. Yo me arrellané en mi rinconcito, pensando en la mirada de embeleso que Thalía había dedicado al Chico-serpiente, cayendo en la cuenta de que ella ya le había coronado antes de tiempo. Era muy injusto. En los relatos de héroes, el héroe en cuestión siempre volvía a su casa rodeado de glorias, vítores y miradas de admiración; y siempre les esperaba una mujer bella, dócil y comprensiva que curaba con amor las heridas de su travesía y que se apresuraba a colmarle de caricias, besos y promesas de amor eterno.

A mí me esperaba un campamento mestizo y…, y…, ¿qué más? Y ver a Clarisse salir a grandes zancadas por la entrada del Campamento Mestizo 2. ¡Uff! ¡Dioses, qué depresión! Y, al mismo tiempo, qué ganas. Os lo juro. Me asustó que la perspectiva de ver a La Rue me animara tanto.

Más que deberse al alivio de llegar sano y salvo a cubierto de zona segura, aquello mostraba bastante lo irritante que estaba siendo Thalía conmigo. La tranquilidad que suponía poder librarme de ella tras los muros de mi dormitorio o de cualquier otra estancia en el que no tuviera que ver a ninguna cazadora de Artemisa, en la que pudiera perderlas de vista y de oído a todas, era el motivo que me llevaba a anhelar ver a la hija de Ares. Ni siquiera Thalía se atrevería a gruñirme si estaba la Antiachuchona delante. ¿Cierto?

-Los héroes no huyen de nada, cobarde idiota -recliminó una insidiosa vocecilla en mi mente-. Ni siquiera de la lengua viperina de una chica. Al contrario… La conquistan.

No me creía un héroe ni por asomo, pero…, pero... Miré a Thalía que dormitaba junto al idhunita, aunque había buena distancia entre ambos. De dócil no tenía ni la mitad de la palabra; la capacidad de comprensión se lo había dejado en el mismo agujero donde había dejado olvidada la paciencia, a saber en qué triste rincón estaría eso, y parecía tan dispuesta a arrojarse a mis brazos y llenarme de mimitos y caricias como de dispuesta está

la liebre de dejarse atrapar por un cazador que la acosa y persigue.

No, definitivamente la chica no daba el pego. No parecía estar dispuesta a llenarme de besos ni en esos momentos ni dentro de un año ni nunca. Pero, ¿de qué me quejaba realmente? Al rechazar seguir los designios de la Oráculo, había desechado en el mismo pack toda oportunidad de ser un héroe, de que mi nombre pasara a contarse al mismo nivel reverencial que el de Hércules, Ulises y demás antiguos semidioses.

No tenía derecho a aspirar a una gloria mayor o igual, lo reconozco. Y, no obstante, un chico tiene derecho a anhelar que la persona a la que quiere le tenga en tan buena estima como a esos héroes de leyenda, ¿verdad? ¿verdad? O al menos que valore su fortaleza al mismo nivel en que aprecia la valentía de un joven castaño e idhunita, híbrido de shek. ¡Dioses! ¿Y qué importancia tenía aquello en esos momentos?

-La importancia de ver orgullo en un par de ojos azules -respondió la insidiosa voz en mi cabeza-, amor y orgullo dirigidos sólo a ti.

Suspirando internamente, me arrebujé más en mi pequeño saco de dormir. Estaba claro que, en comparación con lo que sucedía en la vida real, aquellos relatos de héroes, mitologías y leyendas... Eran una completa estafa.