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Historia 126109 — capítulo 20

Disclaimer: (Bostezo, bostezo, no soy Riordan) disclaimer. (Bostezo, bostezo, sólo una fanficker más). Disclaimer... Si me comentáis, me doy por pagada, xd).

-…-…-…-

Capítulo 19. Día cien: May.

-…-…-…-

Decidí que mantener los ojos fuertemente cerrados mientras viajaba dentro de Martha, era lo más sabio que podía hacer. Vamos, bastantes truculentas eran mis pesadillas con Cronos y demás titanes como para añadir encima la visión de las vísceras, órganos, líquidos y comidas trituradas de Martha que, seguramente, me rodeaban. No, gracias. No necesitaba ningún aliciente más. Además, aún no podía creer que Hermes hubiera permitido que viajara dentro de una culebra. Una culebra muy víbora, si alguien se lo pregunta.

El hecho de ser consciente de cada uno de los gestos y movimientos que sacudían a la serpiente, no ayudaban mucho a la causa, la verdad. Si Martha se inclinaba en un giro, yo resbalaba por defecto hacia esa dirección. Si Martha hacía un descenso, mi cabeza y mis pies se hacían un lío con la orientación y se cambiaban de lugar. Notaba bajo mi cuerpo cómo los músculos del reptil se tensaban a cada leve movimiento de sus anillos, membranas y escamas. Y, ciertamente, no comprendía cómo era posible que el bicho se moviera tanto. ¡Si iba enroscada cómodamente sobre una maldita vara! Lo hacía adrede para fastidiar, seguro.

La experiencia de ir dentro de una serpiente es algo que no se lo recomendaría a nadie. Bueno, a excepción quizás de mi peor enemigo, claro, pero aun con esas, tendría hasta mis dudas de vengarme así de Cronos. ¡Argg, dioses! Al cabo de un tiempo que no supe calcular -yo habría dicho un milenio o más, como mínimo; pero como no quiero que se me tinte de exagerado, simplemente lo dejaré en un tiempo incalculable- el cuerpo de Martha se detuvo, lo que, esperaba, significaba que el viaje estaba a punto de concluir.

-Suéltale ya, Martha -oí decir a lo lejos y de un modo amortiguado a la voz de mi padre-. Ya hemos llegado.

-Jopé. ¿Y por qué tengo que dejarle ir? -Oí cuestionar a la femenina voz de Martha la culebra-. Sería un suculento postre. No soy George pero, ¡tengo hambre!

-Eso es evidente -intervino George-, que no eres yo, quiero decir. Porque como yo, sólo estoy yo. Y George sólo es moi...

-¡Pero qué divagas, cabeza de triángulo! Te estás haciendo un lío tú solito.

-Ya, ¡es que tengo hambre! -Se quejó la voz de George.

-¡Y yo! -Apostilló con vehemencia Martha-. Por eso quiero quedarme con éste, orejas de duende.

Estaba aferrado con todas mis fuerzas a algo. A un miembro de Martha que resistía mi agarre, negándome en redondo a abrir los ojos, a saber a qué me estaba aferrando. Alto, alto. Un momento, un momento. Dejemos aparte por un segundo el asunto del terror que sentía por estar donde estaba. ¿Orejas de duende? ¿La serpiente telefonista me había llamado a mí orejas de duende?

-¡Hay! ¿Quién me echaría ahora mismo un conejo en estofado? -Pidió George-. O una ardilla. O una rata. O un pajarito bien fritito. O...

-... ¡O un Luke en salazón! -propuso a su vez Martha.

-¡Sí! ¡Sí! -Saltó de contento George.

-¡No! ¡No! -Rechazó hastiado Hermes.

-Pero...

-¡Abre la boca y sácalo ya de ahí! -Demandó con impaciencia-. Si no, seré yo quien te coma a ti, con patatas. -al ver que Martha tardaba en obedecer, Hermes añadió en tono cantarín e ilusionado-. He oído que Armani necesita nuevos bolsos de piel para esta temporada. ¿Qué te parece, George? ¿Les confirmamos el pedido de la semana pasada de piel de culebra?

-¡Vale, vale! -Exclamó Martha-. ¡Jopé, sólo bromeaba! Hay que ver cómo sois los dos, eh. ¡No aguantáis ni una!

Ni cortas ni perezosas, las tripas de Martha comenzaron a ondular debajo de mí. Era como si, repentinamente, estuviera deslizándome por un tobogán especialmente resbaladizo. ¡Argg! ¿Quién dijo que ya se me habían consumido todas las dosis de sensaciones bizarras que podía llegar a experimentar en esa nueva vida de locos? La vertiginosa pendiente hacia fuera me dejó sin aliento. Estaba cien por cien convencido de que el estómago se me iba a salir por la boca de un momento a otro. En una tremenda ventosa que dejaba a un ronroneo de gatito el intimidante sonido del rugido de un león, Martha me expulsó de sus entrañas en un eructo que me lanzó limpiamente de cara a la luz diurna del día, como si yo fuera una pelota y ella tuviera que marcar conmigo un gol en la portería.

Salí disparado como una flecha y volé unos seis metros, por lo menos. Di una voltereta disponiéndome a la caída y a duras penas logré plantar los pies en el suelo. Caí acuclillado al otro lado... Justo a los pies de Hermes. El dios del viaje había plantado el caduceo en el arenoso suelo a distancias de él, y culebra uno y culebra dos le esperaban enroscadas sobre las plegadas alas de la vara.

Me puse de pie de un salto y a tientas busqué en la cintura del pantalón la vaina de mi espada. Backbiter se había quedado en el campamento mestizo. En verdad que tenía que empezar a andar con ella a cuestas, porque eso ya no era normal. De todas formas, me volví hacia Martha, quien cerraba lentamente el túnel de su boca, y blandí un puño acusatorio en su dirección.

-Como vuelvas a hacer eso, Martha, o tú, George, -le advertí jadeante-, ¡te enteras! ¿Qué es eso de llevar a alguien en el estómago? ¡Desde cuando!

La serpiente emitió un sonido sordo, acompañado de un siseo, que interpreté como una carcajada soltada a mi costa. Después aproximó la testa triangular a mí, con la brillante lengua partida en dos justo por en medio, deslizándose por todo mi cuerpo, desde la entrepierna hasta la garganta donde latía mi acelerado pulso. Allá donde pasaba su bífida lengua, desaparecía el líquido viscoso que me había dejado como recuerdo el paso por su estómago. ¡Qué asco! No obstante, al final acabé limpio, de una forma aceptable, y seco, lo que era bien raro ya que no se había cohibido en bañarme en babas.

-¿Sabes? -dijo Hermes una vez Martha hubo terminado su tarea-. Ahora que te miro detenidamente, me recuerdas mucho a alguien muy allegado. A un niño que en el pasado conocí muy bien, en realidad.

-Y vuelta al burro con esa historia -musitaron George y Martha al unísono.

-¿Qué queréis decir? -preguntó Hermes a sus culebras, frunciéndoles el ceño.

George no contestó. Únicamente se enroscó aún más sobre sí mismo, la cabeza triangular escondida entre los anillos verdosos, mientras se reía de forma queda con un sonido siseante.

-Quiere decir que sabido es que ese niño eres tú -interpretó Martha-. Siempre ejemplificas contigo mismo. Tienes que hacértelo ver, Hermes. En serio. No es normal.

-El caso -prosiguió Hermes ignorando a sus culebras-, es que, al igual que hizo ese niño, al final sabrás salirte con la tuya, Luke. Ya lo creo.

-Hum, ¿gracias? -titubeé, comprobando con un dedo que el anillo continuaba donde lo guardé antes de ser engullido por un proyecto a serpiente. No sabía bien cómo tomarme eso de salirme con la mía. ¡Ni que fuera un capricho del momento!

-Todo sea por la familia, hijo. -Repuso el dios, mirando por encima de mi cabeza-. Todo sea con tal de encaminar de nuevo a la familia.

Despacio, me volví. Westport, Connecticut. La finca enorme que simulaba más un terreno salvaje. A lo lejos, la fachada de mi casa, de la casa donde habitaba mi madre, se dejaba ver. Un pequeño prado crecido y ciertamente olvidado. Sí, ahí estaba en medio de tanto hierbajo crecidito, entre un columpio oxidado bajo un manzano y una colina que ocultaba una autopista que conducía a la nada... El hogar de May Castellan.

-Vamos, despedíos, George y Martha -instó Hermes una vez hubo llegado el momento de que avanzase hacia el interior de ese hogar.

-Adiós, George y Martha -cumplió burlón George en mi cabeza.

-Adiós -les despedí de todos modos-. Espero no quedarme atrapado aquí.

-Procura que eso no pase -dijo alegre Martha-. No descarto saborearte, aunque sea un cachito, lo que significa que tenemos que volvernos a ver.

Solté un bufido de indignación, aunque por dentro medio sonreí.

-Hasta pronto, Luke -musitó Hermes palmeándome amistosamente la espalda-. Que los dioses te acompañen.

-Preferiría que no, gracias.

El dios se rió. Anduvo media docena de pasos al frente y, en medio de un repentino resplandor, desapareció sin dejar rastro alguno. El caduceo también se esfumó de mi vista, con George y Martha aún enroscados en el centro de la alada vara de madera. En el silencio que prosiguió a la partida del extraño trío viajero, aún se podía escuchar los últimos ecos de la carcajada de Hermes. Me pasé los dedos por los cabellos, armándome de valor. Tragué saliva y, finalmente, con un giro de talones, me puse de cara a la puerta que tan bien conocía.

-…-…-…-

Dos pisos; estilo colonial; blanca y alumbrada por las luces que se asomaban por dos de sus ventanas a pesar de la luz del día, indiscutiblemente aquel era el lugar primordial de todas mis infancias. Contemplé paralizado la que un día fue mi casa, pero nunca, pese a que aún hoy en día me duele admitirlo, nunca llegó a ser mi hogar.

Sólo una estructura de madera que brindaba la oportunidad de crecer, dormir y comer. Un escondite de cuatro paredes que albergaba tormentos callados, heridas abiertas a vivo escozor en la memoria. Un simple edificio con un suelo que resbalaba por el cúmulo de lágrimas derramadas a solas en la noche, que temblaba por los gritos de impotencia que me rompían tanto a mí como a ella. El techo de una edificación que albergaba temor, suspiros, rendiciones y desesperanzas al par de personas, madre e hijo, que sobrevivían entre sus carcomidas vigas.

Miré más detenidamente la casa. Sí. Una jaula bien intencionada donde me perdí tanto como me encontré, y donde despedí prematuramente la infancia.

Anduve con miedo por el sendero que conducía a la puerta principal. A mi izquierda, los animales de siempre -leones, cerditos, minotauros en pañales e hidras diminutas- dormitaban en el suelo y a la intemperie con sus deslucidos pelajes de peluche con pinta de haber dejado tiempo atrás momentos más alegres que evocaban una época de tienda y escaparate. A lo mejor me lo imaginé, a lo mejor no. el caso es que me pareció incluso que sus aspectos se tornaban más mustios cuanto más me acercaba yo a la entrada, como si supieran que el joven que deambulaba entre sus filas era el mismo niño que jugó con ellos en el pasado, y quisieran recriminarle por su abandono de tantos años.

Encontré vacía la zona del porche delantero. Pedazos de vidrio y metal de móviles de campanillas se amontonaban dentro de un cesto de alumbre colocado en uno de los laterales, junto con las cintas de latón. El murmullo de gotas de agua cayendo, había pasado a ser otro recuerdo, dado que esa nueva distribución no les permitía hacer ruido a esos tintineantes objetos. La puerta principal estaba entreabierta, como si alguien acabara de salir de ahí en busca de algo, y pensara volver al instante sin tardanza.

Me giré hacia mi padre, pero la pregunta de si por casualidad había sido él quien lo había dejado así de abierto para mí, murió en mis labios tan pronto como me acordé de que Hermes, fiel a su palabra, se había ido. El dios del viaje había retornado de vuelta al Olimpo para observar el reencuentro desde ahí, desde la seguridad de su trono y la esperanza de su afecto.

Atraídos como imanes, mis ojos fueron a clavarse en las baldosas del porche... aquel porche que con tan sólo un vistazo despertaba un runrún de recuerdos tanto en mi cabeza como en el puño agarrotado en el que se había comprimido mi pecho.

Recordaba que antes de que la mente de mi madre se desbordara, o, mejor dicho, antes de que yo pudiera ponerle etiqueta y síntoma al estado de su cerebro, ella solía jugar conmigo en el porche de la entrada a construir fortificaciones y recreaciones de barcos asaltados con ramas caídas, piedras o piezas de lego que agrupábamos con ese fin. Entonces parecíamos un equipo, una unión, una familia sin más preocupaciones que darle más extravagancia a nuestros juegos.

Alargué el brazo, dispuesto a empujar la puerta pintada de turquesa, en cuya madera se podía leer Dioikhthz jrouriou, el apellido Castellan pasado a griego; pero pronto me desinflé y dejé caer la mano al costado. Me apoyé contra el marco de la puerta, incapaz de dar un paso más hacia dentro. Cuando vivía bajo el techo de aquella casa, nada sabía del pasado de mi madre, nada conocía de las circunstancias que llevaron a trastocar su mente. Tuve que ir recopilando esa información año por año, investigación por aquí, pregunta por ahí, súplicas de saber por allá.

Pero sé que no nació así, como contrariamente creía cuando era un crío. Sé que hubo un tiempo en que su corazón estuvo entero, sus manos eran firmes, su mente sana y lúcida, y su alma se conservaba entera, hermosa, íntegra, gentil y amorosa. Suspiré hondamente mientras toqueteaba el anillo de Hermes y lo hacía girar y girar entorno a mis dedos, y recé a todos cuantos dioses estuvieran espiando ahora mismo desde el Olimpo, que la historia de la vida de mi madre tuviera un final de cuento de hadas, princesas y caballeros; que por favor tuviera un final que comenzara con un y existió feliz y en paz por siempre, y concluyera con un y su mente sanó antes de liberarse.

De pronto fui consciente del sube y baja de mis manos por mis propios brazos, y me vino a la cabeza todas las veces en que había presenciado ese mismo gesto en mi madre, cuando ella sola, febril, temblorosa, se recorría los brazos con la yema de los dedos y la mirada se le extraviaba al frente, perdida en alguna tortuosidad de sus recuerdos. Por alguna razón, recordaba esos momentos como días de un cielo desvaído, aunque tal vez fuera mi mente quien me jugaba la pasada y que no era del todo cierto ni exacto que todas esas veces la cara visible del cielo se presentara tan encapotada, gris y tempestuosa. Lo que sí sabía con certeza, sin embargo, es que hubo un tiempo en que todo era feliz, maravilla, dulce fantasía, ignorancia, ingenuidad.

Hubo un tiempo en el que pensaba que todos los padres estaban ausentes, y que todas las madres estaban..., Como mi madre. Un tiempo en el que cualquier cosa estrambótica que hiciera mi madre me parecía algo fantástico. Un tiempo en el que sus intensos ojos verdes que casi ni parpadeaban, eran todas las aguas marinas a las que a mi reflejo le interesaba asomarse. Un tiempo en el que me quedaba dormido a sus pies, arrullado por sus criaturas imaginarias, por su voz cantando de forma estridente al fondo, pensando únicamente en los detalles coloridos de exagerada brillantina que constituían mi mental figura materna.

Hubo un tiempo en el que hallaba consuelo en su persona etérea, fantástica, angelical de manos suaves y tono triste y desteñido. Hubo un tiempo en el que nada sabía de la anomalía que suponía todo aquello. Es curioso cómo adquieren sentido las cosas cuando se atisba desde la perspectiva del recuerdo, del saber.

Hubo un tiempo en el que la ignorancia me abandonó... Y empecé a saber, a percatarme. Y mi mundo se desmoronó. Hubo un tiempo en el que eché de menos esos tiempos de inopia. Porque fue llegar al colegio, comprobar que los padres no tenían que estar necesariamente ausentes... Ver a las madres de los otros niños, lúcidas, jóvenes, vivas, abriendo sus sonrisas sanas al cielo como la flor se abre a la luz del sol, y darme cuenta de la diferencia existencial entre ellas y mi madre, una diferencia que ni aun con todo el cariño del mundo ella podría solventar.

Y entonces empezaron a cobrar significado los desvelos de mi madre por las noches, cuando el manto estrellado de la aterciopelada oscuridad que se asomaba por entre las ventanas abiertas de par en par dejaban colar de un salto el frío al interior de la casa, y ella comenzaba a deambular por entre los fantasmas de su pasado que sólo sus quedos balbuceos daban rostro y nombre, unos ojos más acuosos y verdes que nunca, un corazón que sangraba de anticipo por la pérdida de un hijo de cuya presencia se olvidaba de vez en cuando, y una mente enferma obligada a someterse con pastillas para dormir.

Sí. Hubo un tiempo en el que me gustaba estar con mi madre, ser indiferente a sus asaltos extraños, orgullecerme por cómo era. Hubo un tiempo en que pequeños episodios de rabia nublaban mis sentimientos por ella. Hubo un tiempo en que tan pronto como la ira llegaba, se diluía con la culpabilidad y la sensatez como el hielo se deshace desapercibido en el fondo de una taza de agua fresca. Después, esos tiempos pasaron a instantes en que me avergonzaba, en que mi propia madre me sacaba de mis casillas por ser como era.

Hubo un tiempo en que simplemente me sentaba en el suelo, de piernas cruzadas, y alternaba mi vista entre el cielo, ese techo azul impenetrable de ahí arriba en el que se suponía, habitaba mi padre, y entre la mujer que traqueteaba cantarina entre los cachivaches de cubiertos y comidas de la cocina, observándola con miedo y amor y al cielo con confusa indecisión, pensando, tratando de adivinar cómo es que habían hecho los dos para darse de bruces con esa catástrofe, para acabar como habían acabado y encima teniendo un hijo en el medio, un crío que los necesitaba tanto por amor como para aprender a afrontar de otra forma menos violenta las futuras golpizas de la vida.

Ahora, de pie, paralizado enfrente de la entrada, recordando de forma vívida la última vez que había acudido a verla para que me diera su bendición, puesto que en ese tiempo yo ya había decidido servir de envase carnal para soportar en mis propias carnes el espíritu de Cronos, entendí con meridiana claridad que no podía reprocharle nada. Ni valor ni ganas ni sentido tenía para hacer eso. Nunca lo hice, a pesar de que hubo momentos en los que, lo reconozco, me avergoncé de ella. Mas, no lo mantuve como una norma habitual. ¿Cómo podría, si las más de las veces ni ella misma era consciente de lo que le rodeaba?

Y no iba a empezar en ese momento, después de tanto tiempo de no verla. Era mi madre. Desequilibrada, rota, enferma, loca... Pero igualmente continuaba siendo mi madre. Y a pesar de todas sus alucinaciones y paranoias mentales, no sólo era la mujer que me había traído al mundo, sino también, y muy a su peculiar manera, la mujer que se había tomado la molestia de crear un refugio que dejara fuera el desenfreno de ser un semidiós, así como de aislarme temporalmente para protegerme de mis propios monstruos internos. La mujer que creó fantasías sobre fantasías para espantar mis pesadillas, que llamó a la ducha lluvia de perlas plateadas y a las verduras del plato guerreros guardianes vestidos de camuflaje, y todo para que yo riera, todo porque disfrutara y fuera un niño contento como cualquier otro.

Me enderecé. Aunque temblara por dentro, había llegado el momento de afrontar ese golpe, justo como debí haber hecho años atrás en vez de abandonar e huir.

Así pues me aproximé hacia la puerta, pero antes de que pudiera incluso rozarla con los dedos, una sombra tapó la entrada. Una sombra con botas de senderismo, cintura de avispa como esbeltas, rostro tan conocido como asombrado. Eché los hombros hacia atrás, parpadeando para aclararme la visión. Esos rizos eran inconfundibles, esos rasgos inolvidables, esa mirada siempre alerta, a la caza de alguien, un algo, una idea, un cabo que atar.

-¿Annabeth?-Miré a la hija de Atenea dos veces de arriba a abajo, de abajo hacia arriba, para comprobar que no estaba teniendo visiones. La chica no desapareció. Siguió ahí enfrente mío, tan perpleja como corpórea-. ¿Qué haces aquí?

Parpadeó. Ladeó la cabeza hacia un lado, luego hacia otro y, nuevamente, parpadeó para quitarse el desconcierto de encima.

-Yo debería preguntarte eso mismo, ¿no crees?

Abrí la boca, asombrado. Estaba en casa de mi madre, en casa de una mujer con quien nada tenía que ver y, ¿era ella quien preguntaba qué hacía yo ahí?

-¿Lucy? ¡Te estoy hablando! -se apostó en el vaho de la puerta, sin dejar rescoldo posible por el que pudiera colarme-. ¿Qué haces tú aquí, justo en casa de May Castellan?

Cerré la boca de golpe. Lucy, Lucy, Lucy. Maldición, ya me había olvidado del disfráz visual proporcionado por la niebla. Se suponía que no debería haberme olvidado; pero, más importante, ¡se suponía que Annabeth no debería estar aquí! Este era el reencuentro con mi madre. Esta era la oportunidad que tenía, después de tanto tiempo, de volver a ser yo mismo, sin disfraces de género de por medio. ¡Qué demonios hacía ella en medio de mi casa!

-¡Lucy! -Annabeth chasqueó impaciente los dedos bajo mis narices. Alcé la vista hacia sus ojos. En el gris que rumiaba su mirada, se avecinaba una tormenta de cuidado si no la contestaba a la de ya-. ¡Te estoy ablando! -Pero, ¡qué decirle? ¿Qué excusa podía ser lo suficientemente válida y creíble para que no sólo me dejara pasar a la casa de mi propia madre, sino que además no le resultara extraño ni cogido por las pinzas?

Milagro de milagros, vino a salvarme de la situación la presencia de otra persona que tampoco me esperaba.

-He sido yo. Yo la he llamado y le he pedido que venga. Adelante, Lucy. Pasa. -La voz de Thalía flotó hasta mis oídos, décimas antes de que su rostro se asomara por encima del hombro de su amiga-. Déjala pasar, Annabeth. May se alegrará de verla.

Un poco más y me trago la lengua por la sorpresa. ¡Vaya! Cuando Thalía había claudicado en mi solicitud de ayuda, no había pensado que iba a ser de esa forma. Es más, después de todo lo que le solté en el entrenamiento del gimnasio, había creído incluso que me iba a retirar su ayuda. Pero ahí estaba... Salvándome de ser desastrosamente descubierto. Pero la rubia entornó los ojos, sin dar el brazo a torcer.

-¡¿cuándo la has llamado? -Quiso saber, desconcertada-. ¿Y por qué? Sobre todo eso, Thalía. ¿Por qué?

-¡Eih! No hables de mí como si yo no estuviera presente, o como si yo no tuviera una boca con que contestar. -El hecho de que Thalía me estuviera ayudando no quitaba que no me incomodara la presencia de ambas en la casa de mi madre. ¡Me estaban quitando el tiempo de visita con ella!-. Y para tu información, Thalía me indujo a venir aquí antes de que vosotras os presentarais en la casa de... May. -Costaba mucho hablar entre la bruma de confusión que me causaba la presencia de ambas por ahí y el anhelo de no decir una palabra que rozara por poco la verdad, pues, en honor estricto de lo sucedido antes con Thalía en el gimnasio, ella sí que me indujo a querer visitar a mi madre, si bien nunca me llamó a ello, y nunca fue consciente de que lo hacía-. Y bueno, horas más tarde, aquí estoy.

Los ojos de Annabeth bailaron entre Thalía y yo. Rebosaba desconfianza absoluta. Bueno, mejor así. Mejor que se centrara en que no me creía, en lugar de que comenzara a emplear sus diestras neuronas y se pusiera a indagar sobre el motivo real de mi estar por esos lares.

-¿Y cómo has llegado hasta aquí? -insistió, echando una rápida ojeada por el terreno de fuera, totalmente ausente de huellas de coches, bicicletas u otro transporte rápido. Se cruzó de brazos-. Di, Lucy. ¿Cómo has venido hasta aquí... Tú sola?

Decidí que aquella verdad podía decirla sin miedo. O al menos la mitad de ella, vamos. La otra restante, esa que implicaba un libro de invocación sobre la mesilla de noche de mi dormitorio, o mi conversación con el mismísimo Hermes... En fin, esa parte tendría que quedar envuelta en misterio.

-Cuando eres hija del dios del viaje, tienes ciertos... Secretos, ventajas, en cuanto al recorrido de distancias se refiere. -Me crucé de brazos, emulando su postura, rezando tener el mismo aspecto de firme determinación que tenía ella-. ¿Y bien? ¿Me vas a dejar pasar adentro o no?

Thalía abrió un poco más la puerta de la entrada principal, pero Annabeth la detuvo con un ademán serio e inquisitivo.

-Todavía no me has contestado -le dijo a la cazadora-. Este era nuestro día, nuestro momento semanal de recordar a Luke. Ya sabes -señaló con un vago ademán de la cabeza el interior de la casa-, venir cada primer domingo del mes hasta aquí, y pasarlo junto a su madre. No dejarla sola. No permitir que se consuma sin su hijo. Era nuestro deber, como amigas, y nuestra contribución secreta a Luke. ¿Por qué la metes en todo esto? ¿Qué tiene que ver esta chica con nuestro amigo?

Tuve suerte de que la atención de Annabeth se centrara en esos momentos sobre Thalía, porque el involuntario brinco de sobresalto que di al escuchar sus palabras, al entender por qué habían venido en pleno domingo a la casa de mi madre, habría sido más que curioso de indagar. ¿Estaban haciendo aquello... Por mí? Francamente, eso sí que no me lo esperaba.

Nunca, en el tiempo que llevaba siendo Lucy, había hablado con Annabeth de Luke, el mestizo que, según las historias contaban, puso en pie de guerra al Olimpo. La forma en que me trataba Thalía me había dado a entender que, al igual que lo hacía ella, la hija de Atenea me detestaba o, cuanto menos, no me recordaba con afecto, a pesar de las lágrimas que derramó cuando ambos entendimos, en los últimos instantes de mi vida y de mi dominio de conciencia sobre el control de Cronos, que me iba a morir. Observé aturullado a las dos chicas que tenía enfrente. Rubia y morena; esperanza y dolor; amiga y..., amiga.

Jamás pensé que nuestra amistad hubiera sido tan importante para ella, para ambas. Jamás se me había ocurrido pensar que continuara siendo lo bastante importante hasta el punto de preocuparse por mi memoria y de cumplir con uno de mis deseos más antiguos, que no era otro que el que mi madre no quedara sola, aislada del mundo, sin contacto con el mundo semidiós que tan a un alto precio le había costado su visión. Que no fuera ignorada por los mortales tanto como sí lo había sido por los dioses.

-Ni tú ni yo conocimos a Luke tan bien como nos habría gustado -adujo Thalía, posando una mano firme sobre el brazo de la rubia-. Pero puedo asegurarte que ella sí que conoce a su madre tan bien como a él le habría gustado.

Annabeth sacudió la cabeza.

-No te sigo.

-Lucy, Annabeth. Lucy. ¿No te parece ese nombre muy similar a otro...?

La chica retuvo una exclamación de sorpresa. Yo también. ¡Dioses, pero si hasta me bailoteaba el pulso más que cuando estaba en el vientre de Martha! No creí en ningún momento que fuera a delatarme después de todo. Pero, igualmente... ¡Qué demonios tenía Thalía en la cabeza?

-Me estás diciendo que...

-Que Lucy y Luke son o, mejor dicho, eran, de la misma familia, sí. -la voz no le tembló en ningún momento-. No me preguntes el parentezco, porque a tanto no llego. No sé si son primos; si son tía y sobrino o si son lo que sea. Pero de que Lucy es familia de May Castellan..., lo es.

Técnicamente, Thalía ni siquiera estaba mintiendo, pues mi familia se componía de mi madre y, a lo sumo, de ellas. Y estuviese yo sí o no en la apariencia de una mujer... Me llamara Lucy o me llamara Luke, seguía siendo familia de May, pues era su único hijo, y en caso de que ellas me volvieran a aceptar en el futuro como alguien regular de entre sus vidas, ambas seguirían siendo igualmente mis amigas. No. Thalía no estaba mintiendo. Pero Annabeth tuvo que escrutar durante unos segundos la verdad en el rostro de su amiga para convencerse de que ella no mentía.

-¿Recuerdas, hace poco más de tres meses, el día en que vine al campamento con las otras cazadoras? -Annabeth asintió-. ¿Recuerdas que cuando me preguntaste, te dije que Lucy y yo ya nos conocíamos de antes? -Annabeth volvió a asentir, impaciente. Thalía puso los ojos en blanco, fingiéndose exasperada-. Pues es de esto de lo que te hablaba -hizo un amplio gesto embarcando todo el porche y la entrada-. Otras veces que vine por mi cuenta, la he encontrado por aquí, con May. Te aseguro que se conocen, Annabeth, y que estarán encantadas de volver a verse. Por eso me sobresalté la otra vez en el campin, porque la reconocí de esas visitas. Y por eso la propuse que también viniera hoy aquí, con nosotras. Pensé que cuantas más fuéramos, mejor sería así... Para May.

Annabeth se volvió hacia mí.

-¿seguro que te conoce, verdad?

-Puedes ser testigo de ello, si quieres -le propuse, aunque la perspectiva no me hacía ni pizca de gracia. ¿Y si mi madre me reconocía? ¿Y si me llamaba Luke delante de ella?-. Eso, claro, si algún día te decides de una vez a dejarme pasar.

-¡Oh, sí! Claro, claro. Yo... -Se mordisqueó el labio inferior, pensativa y abochornada-. Lo siento. Es que ha sufrido tanto...

-Es normal -dijo Thalía, abrazando a su amiga-. Ella lo entiende. ¿Verdad, Lucy, que lo entiendes? -Me lanzó una mirada por encima de la rubia coronilla de Annabeth que venía a decir: más te vale que digas que sí.

-Sí, descuida, Annabeth -dije mientras pasaba junto a ambas y entraba por fin dentro de mi casa-. Lo entiendo, tranquila. Sí que es normal. -¿Que tuviera que pasar por sus filtros de preguntas para ver a mi madre? sí, claro. Muy normal.

El olor a conocido me golpeó al momento en que puse un pie dentro de la casa. No había terminado de recorrer con la vista el umbral y estancia que conocía tan bien, cuando lo oí. Pasos que se acercaban lenta pero pausadamente. Cuando le vi, percibí al instante el cambio que el transcurso del tiempo había originado en ella. Pelo enmarañado, silueta delgada, rostro pálido y casi etéreo. Mi madre se había convertido en la sombra de lo que fue antaño cuando aún yo estaba bajo su tutela, y eso que entonces era el fantasma de la bella joven que antaño osó enamorarse de un dios.

En esta ocasión, la mujer que salió a mi encuentro desde el fondo del rincón más ensombrecido del salón sólo era una frágil muñeca andante con capacidad de hablar y moverse aunque de forma torpe, tropezándose sus pies tantas veces con el bastón que la sostenía, como igual de veces tropezaba su lengua contra las palabras incongruentes que escapaban en agitadas exhalaciones de su boca. El pelo se había tornado completamente blanco, y largos mechones se disparaban en todas direcciones, como si una corriente eléctrica bastante potente los hubiera puesto en punta.

Un largo vestido negro la ataviaba, y el delantal rosa que protegía la parte de delante tenía rastros de viejas quemaduras y cenizas aún no sacudidas en su áspera textura. La piel se le atirantaba en la comisura de los labios y en el rabillo de los ojos tanto por la vejez como por la gran sonrisa que esbozó al verme y que le iba de oreja a oreja.

-¿Luke? -Inquirió al instante de verme-. ¿Luke? ¡Has vuelto! ¡Lo sabía! sabía que no podías dejar de venir a ver a tu pobre madre. ¡Hay, cielos, mi niño! Estás aquí, conmigo, otra vez. ¡Mi dulce muchacho!

Lancé una mirada nerviosa a Annabeth, temiendo ver recelo en sus ojos, pero ella me dedicó un ademán tranquilizador de vuelta.

-Le llama Luke a cualquiera, ya lo sabes -susurró Thalía. Pues no lo sabía, no. ¿Cómo iba a saberlo, si había vivido yo solo con mi madre? No había espiado ninguna de sus conversaciones con otras personas, otros jóvenes, para saber que a todos les confundía conmigo-. De hecho, hace un rato, antes de que vinieras, Luke era Annabeth. Como ella también tiene el pelo rubio y eso...

Los tres compartimos una fugaz sonrisa ante aquello, pero las muecas se borraron al instante. Mi madre estaba ahí, a unos cuantos palmos de nosotros. La vi aproximarse, renqueando pero en apariencia contenta. Y entonces algo en mi interior flaqueó, se dobló, se rompió, como agua que se escapa a borbotones de una presa rota. No pude aguantar más. Recorté la distancia. En vez de asir y apretar su mano, hablarla con calma, con afecto y sin menosprecios..., en vez de darle torpes palmaditas en la espalda para tranquilizarla como hice innumerables de veces de mi infancia, me acerqué, y simplemente le abracé.

-¡Cuánto has crecido! -Exclamó mi madre mientras me tenía sujeto en un abrazo caluroso-. Y qué guapo te has vuelto. Dioses, ¡pero si hasta te pareces a tu padre!

-Ma-May -musité con la voz tomada, queriendo hundir el rostro en su pecho pero sin decidirme a hacerlo. A punto había estado de llamarla mamá... delante de Annabeth. Ella me interrumpió, echando el rostro hacia atrás para tener una mejor vista de mi cara.

-¿aún te gustan los sándwiches de mantequilla de cacahuete, las galletas y el zumo de frutas? -Preguntó alegremente, dándome un leve cachete en las mejillas-. Puedo prepararte uno al instante. ¡Puedo prepararte los que quieras!

No es que le obsesionara los sándwiches, es que el hacer esa artesanía culinaria, por nimia y simple que fuera, era su método de convencerse capacitada al cien por cien para hacer algo todavía por su cuenta, algo productivo, beneficioso, útil. Y ahora lo entendía. No lo compartía, ya no lo odiaba, pero ahora sí, ya por fin, lo entendía de verdad. Tuve que sujetarla con firmeza de las muñecas para que no saliera disparada hacia la cocina. En mis manos, la suma delgadez de sus muñecas evocaba a un espantapájaros. Eso, no obstante, no sirvió de impedimento para que se inclinara de nuevo sobre mí y que su abrazo no fuera competencia con el de un oso particularmente asfixiante.

-No, Ma-May, no es necesario. -Tragué saliva-. Vamos... Vamos al salón, ¿de acuerdo?

Asintió con entusiasmo y comenzó a caminar, precediéndome hacia el interior de la casa. Me di cuenta de que ni Thalía ni Annabeth nos seguían. Les miré por encima del hombro, levantando una ceja inquisitiva hacia su dirección.

-Volvemos enseguida -explicó Thalía-. Tenemos que hacer unos encargos del campamento. Además -esbozó una sonrisa que sólo vi a medias-, así os dejamos solos...

-¡No! -Exclamó rápidamente Annabeth. Se volvió a su amiga y musitó con voz apremiante-. Tú quédate aquí con ellas. Yo puedo hacerlo sola, no te preocupes.

-Pero... -empezó a discutir Thalía.

-Por favor quédate. Protégelas. Por si... Por si pasa algo. -Resultaba evidente que a pesar de su admisión a dejarme pasar, aún no se fiaba del todo de mí-. Mestiza o no, Lucy tiene menos experiencia que tú con las armas, Thalía. No las podemos dejar solas. Nos necesitan a una de las dos como apoyo. Además, iba a ir yo de todos modos, así que...

Le dio un apresurado beso a Thalía en la mejilla, me hizo adiós con la mano y sin más, murmurando un rápido ahora vuelvo, descendió hacia los terrenos de fuera, la rubia melena ondeando tras su espalda a cada paso que desaparecía de nuestra vista.

Thalía chasqueó la lengua, pero no dijo nada. Cerró la puerta de la entrada tras la chica y nos siguió a mí y a mi madre al interior del salón. La mano reseca de mi madre temblaba entre las mías, y no sabía bien si eran mis nervios o los suyos lo que lo provocaba. De pronto la mujer se detuvo con un grito sofocado a media garganta. Se dobló sobre sí misma y ahí se quedó, rígida como piedra marmórea.

Estaba habituado a esos cambios bruscos de humor, donde mostraba más conciencia que en cualquier otro momento del día, así que rápidamente me puse alerta. A pesar de lo mucho que llevaba sin atender a esas cosas, había costumbres que, simplemente, no se abandonaban, vivieras cuantas aventuras vivieras. Y la rigidez de una madre no muy cuerda, una rigidez que anunciaba un lapsus en la fachada de locura de su cerebro, era una de ellas. Me limité a sujetarla con fuerza mientras las palabras se disparaban como balas por su boca.

-¿Los ves? ¿Los ves? -Señalaba con un índice tembloroso un punto indeterminado en el aire-. Son demonios que vienen hacia aquí. ¡Hay que matarlos! ¡Hay que acabar con ellos! si nos ven..., si nos pillan..., llamarán a sus mayores, a sus titanes, y contra esos no podremos hacer nada. -Se llevó las manos a la cabeza, tapándose las orejas, en un gesto tan infantil como desesperado-. ¡Corre! ¡Corre! Se acaba el tiempo, se acerca el tiempo, se despierta el tiempo... Lo oigo rugir, lo oigo tentar... ¡dioses! ¿Dónde está mi hijo? ¡Luke! Tienes que luchar, cariño, tienes que derrotarles. Pero son muchos. Demasiados. Y son fuertes. Y titanes. Contra el Tártaro, mi hijo y yo no podremos defendernos. ¡Ese destino! No es justo. ¡Ese terrible destino para él, mi pequeño! Mi niño... Mi niño... Mi niño...

-Mamá, cálmate. Soy yo. Tu hijo. Luke. -¡Dioses, qué bien sentaba decir aquello sin tener que andar mirando por oídos indiscretos!-. Tranquila, por favor. Ahí no hay nada más que aire. Nada que pueda herirte. Estás bien; te lo prometo, estás bien. -apreté su mano temblorosa entre las mías-. El tiempo se ha vuelto a escurrir. Ya no puede alcanzarte, ni tentarme a mí.

Mi madre clavó los ojos en los míos. Su mirada era más verde que nunca, intensos como dos refulgentes lunas verdes, y el entendimiento que se asomaba por ellos era exigente, desesperado, lúcido.

-¿Me lo prometes? -su tono ya no era el de una mujer entrada en edad, o el de una vieja senil. Era ronca, grave, urgente-. ¿Me lo prometes?

Recordé el sueño que había tenido semanas atrás, antes de que Thalía invadiera mi cuarto y lo interrumpiera. Tragué saliva.

-te lo prometo.

-Bien, bien. -La tonalidad verdosa de sus ojos volvía a ser estable, es decir, dentro de lo normal que puede ser tenerlos luminosos y brillantes-. Entonces vamos, vamos. ¡Entra en casa, cariño. ¡Oh, cuánto te he echado de menos, querido!

Sus ojos no se apartaban de mi cara. Los mantenía muy abiertos y nublados, más ansiosos, chispeantes, conscientes y emotivos de lo que jamás los había visto antes. No miraba hacia donde pisaba. Toda su atención, su confianza, su incredulidad y su esfuerzo, estaban volcados completamente sobre mí. Daba la sensación de que temía que yo desapareciera en medio de un parpadeo, a pesar de que la tenía sujeta firmemente de las manos. Sonreí mientras la conducía de vuelta al sofá. Todo el salón continuaba como lo recordaba.

Un techo bajo que contribuía a ensombrecer y empequeñecer la estancia. Alfombra deslucida y desgastada que cubría sólo la mitad del suelo de la sala. Una televisión con culo de botella pendiendo sobre un aparador encajonado. Una mesa de comedor de una capacidad apenas para cuatro personas, con la madera desgastada por mucho restregar y restregar dejada completamente a la vista. Docenas de velas apoyadas contra la repisa de una chimenea apagada, las medio consumidas luces parpadeando al son del tic-tac de la figura de bronce de un Hermes que se desplazaba junto al minutero de un reloj.

Seguí escudriñando. Paredes blancas con manchas oscuras que testificaban el recuerdo de líquidos y alimentos arrojados contra su desaparecida blancura inmaculada. Espejos y multitud de espejos dispuestos a no dejar olvidar ni por un momento la pinta que uno llevaba. Sofás viejos de dos piezas tapizados en un naranja chillón con cojines tan mullidos y deshilachados en sus descubiertas costuras como aseados y escrupulosamente bien ordenados. Retratos de mí mismo sólo que más joven, más sonriente, más despreocupado, en un sinfín de marcos fotográficos. Y ahí estaba, sí. El rastro de colonia de bebé flotando omnipresente sobre la estancia, mezclado con el inseparable aroma de galletas quemadas al horno. Dioses, en aquel pequeño infierno nada, nada había cambiado.

-¡Te voy a preparar un sándwich! No te muevas de ahí. No desaparezcas -dijo mi madre sentándome de golpe en uno de los sofás ajados-. ¡Ya verás! ¡Te va a gustar!

Y a continuación desapareció en una puerta lateral que, como sabía, comunicaba la cocina con el salón. Se empezó a escuchar un ruido de traqueteo. A su partida, enderecé la espalda, me acodé sobre los muslos y dejé caer la barbilla sobre la mano. No disminuía la presión que sentía en el estómago. No se me iba la angustia del pecho. Capté un movimiento furtivo con el rabillo. Thalía estaba indecisa, de pie, junto al sofá en que estaba sentado.

-Gracias -musité en voz queda, mirando de reojo su perfil-, por todo. Por cubrirme con Annabeth. Por mentir por mí, cuando bien sé que lo detestas. Gracias por... Todo lo que tú y ella habéis hecho todo este tiempo por mi madre.

Ella basculó el peso del cuerpo de una pierna a otra, a todas luces sin saber qué decir o qué hacer. Levanté la cabeza. Mis ojos la recorrieron hasta pararse en los suyos. Redondos cielos abiertos que me mostraban sincera calidez, después de tanto tiempo. Extendí la palma de la mano. Despacio, indecisa, a tientas entre su innegable empatía y los límites que la palabra juramentada a una diosa cazadora le inducía adoptar, ella cedió, se arrimó y apoyó la palma de su mano contra la mía. ¿Cómo unas manos podían ser cálidas y distantes a la vez? No lo sabía, pero así sentía yo el contacto de Thalía contra mi palma. Cálidas y distantes. Cerré los dedos. Al cabo de un titubeo, su mano se relajó entre mis dedos.

-Gracias -volví a musitar. Y, esta vez, sí obtuve respuesta. Un fuerte apretón en las manos que teníamos entrelazadas, un gesto de simpatía y comprensión.

Y así permanecimos largos minutos, mientras mi madre no dejaba de canturrear y de andar de aquí para allá en el desorden de sus cachivaches culinarios que sólo ella entendía. Quietos, callados, siendo ella mi apoyo y ancla entre la neblina de confusos sentimientos que me embargaba. Al cabo de un tiempo, no pude aguantar más. Necesitaba dar rienda suelta a tantas emociones. Necesitaba deshacer el nudo que oprimía mi pecho, estómago y garganta.

-¿Thalía?

-¿Hum? -Se apartó levemente para examinarme el rostro-. Dime.

-No te siento.

-Estoy aquí -aseguró, apretándome la mano-. Estoy aquí, Luke, no me he ido.

-Pero estás muy lejos.

-¿Qué?

Suspiré.

-Estás muy lejos -repetí con la voz amortiguada por el llanto. Antes de que pudiera añadir nada más, la atraje con fuerza hacia mí.

Y la abracé.

Sin que me importara las apariencias de la compostura que un chico debía mantener o no ante una chica, sin que me percatara de estar mojando su camisa, sin pensar que mi madre cocinaba contenta a pocos metros de nosotros o que Annabeth, la siempre inteligente y despierta Annabeth, pudiera llegar de un momento a otro y pillarnos en tan extraña postura después de habernos comportado como enemigos a distancia, la abracé con fuerza. Enterré el rostro en su espesa mata de cortos rizos negros y lloré como si no hubiera mañana.

Lloré todos los errores pasados. Todas las batallas perdidas, todas las ausencias en la vida de quienes quería. Lloré por la madre que tuve y por la que nunca llegué a tener. Lloré hasta que no me quedó ni una sola lágrima más que derramar, hasta que me sentí en calma y saciado, hasta que mi espíritu hubo echado todos los deslices y autorreproches. Lloré hasta perdonarme a mí mismo, y sólo entonces, cuando me calmé, me di cuenta que Thalía había estado sosteniéndome ahí, cogiéndome la mano, acariciándome el pelo... Llorando en silencio conmigo.

De pronto oímos un ruido de cristales al romperse. ¡May! Me levanté como un resorte, pero antes de sorprenderme porque Thalía hubiera tenido el mismo pensamiento, mi madre apareció en el salón, tranquila, sana, sin ningún rasguño o resto de sangre por encima. Se sentó con un peine de púas separadas entre las manos. Intentó peinarse una, dos, tres veces. Pero no podía completar la acción; en realidad ni siquiera podía empezar a ejecutar la acción. si era el pulso acelerado, el sudor acumulado en sus palmas, las manos temblorosas que bien entendían de convulsiones lo que le impedía que se recogiera el pelo por sí sola, no lo sabía con exactitud; tal vez es que eran todas las razones conjuntas.

El caso es que me levanté para ayudarla, como hice en el pasado, como tantas veces hice en mi niñez, pero viendo mi movimiento y entendiendo la tristeza que había enmascarada tras el gesto de mi rostro, Thalía se me adelantó. Animada por la sonrisa dulce y tímida que le dedicaba mi madre, la chica tomó el sudado peine de la mano extendida de la mujer, colocó los blancos cabellos de May detrás de su oreja y después, despacio, con calma, con suavidad, empezó a peinar y desenredar la melena nívea de mi madre, brazadas lentas y metódicas que iban desde las raíces semiocultas hasta las puntas onduladas, la única parte de su cuerpo que parecía haber sobrevivido airosa del aguijón de los años, dado que continuaba igual de largo, igual de revuelto e igual de bonito como yo lo recordaba de mi infancia.

Mientras las brazadas se sucedían y los mechones de May se desenredaban gracias al trabajo de mi amiga, deseé que fuera así de fácil y de sencillo devolverle la lucidez a la mente de mi madre.

Olvidada al parecer la faena de hacer galletas o de preparar otro sándwich que no iba a comer, mi madre hablaba sin parar; nada en concreto, ciertamente. Barajaba en voz alta diversas opiniones, Pasaba de asunto en asunto y cambiaba de tema sin ton ni son. Thalía le seguía el juego. Participaba en sus fantasías, se involucraba en las visiones de la mujer como un actor de teatro dispuesto a bordar su papel.

La miré y me pregunté si, al igual que yo, ella había tratado en un principio de razonar con mi madre, de hacerla ver que sus bichos imaginarios no eran más que bichos imaginarios, de penetrar en su locura con la lógica y un argumento bien razonado. Pero viendo cómo se comportaba con mi madre, la gentileza, suavidad y sensibilidad de la que hacía gala su semblante, comprendí que ella había sido más inteligente que yo. A mí me había costado comprender que daba mejor y más rápidos resultados fingir que distinguía las criaturas imaginarias que con tanta congoja señalaba y, a partir de ahí, fingiéndome el salvador del día, tratar de aplacar su angustia, sobornar sus temores con una actuación sólo propia de otro demente.

Los gritos, las peleas, las súplicas y el razonamiento no valían de nada. Como hijo, yo no había estado muy a la altura de lo que en honra y bondad se merecía mi madre. Pero Thalía sí. Escuchando las mentiras piadosas que la hija de Zeus susurraba como calmante al oído de mi madre, observando cómo la peinaba y ella se dejaba recoger, me di cuenta de que, a pesar de los problemas que tuvo con su madre, Thalía valía para ser la hija que May se merecía.

Finalmente, May se quedó dormida. Thalía le arropó con una de las tantas

mantas que se apiñaban en un orden pulcro sobre un reposabrazos; reclinó el respaldo del sillón que además se columpiaba, todo lo que pudo, y después volvió a ser un árbol tieso, inmóvil y vigilante, en medio del sofá de mi madre y el mío. Viviera diez, cien o mil años, la chica no iba a poder superar jamás esa fase de haber sido durante años un vegetal. Como las cicatrices de guerra, aquella era una costumbre de la que no se podía desarraigar.

Observé mi brazo, la cicatriz imborrable que anunciaba la localización de mi punto mortal. Una cicatriz eterna que nunca iba a desaparecer... sí, al igual que el pasado, el dolor, las heridas infringidas a otros. Lo palpé con cuidado. Ya no dolía. Con el paso del tiempo, era sólo cuestión de acostumbrarse. Sí, como mis errores, mis faltas, las cosas que tenía que hacer frente y aprender de ellas para no volver a cometerlas.

La cicatriz. Mi punto mortal. El ancla de vida que me unía a la humildad de un cuerpo vulnerable. La cicatriz. Mi punto mortal. El nexo tangible del que tiraba una persona, una chica, una cazadora. Alcé la cabeza buscando su mirada, la cual ella atrapó a mitad de camino. Tentativamente, le sonreí. Tentativamente, Thalía se agachó junto a mí. Con una osadía que pronto sabría si lamentar o no, pasé un brazo entorno a sus hombros y la acerqué a mi cuerpo.

Y aquel fue un abrazo totalmente distinto al otro.

Porque el primero fue sencillo y desesperanzado, lleno de angustia, de pesar, de empatía, de soledad y orgullo roto. Pero ese segundo abrazo era tenso y consciente, cargado de una atracción que nos hacía ser plenamente conscientes de cada roce de nuestros cuerpos y de cada vez que uno de los dos soltaba el aliento contenido. El primero fue amistad, consuelo y complicidad. El segundo era puro magnetismo, el rebose del autocontrol de los anhelos de la carne, ansias reprimidas de un beso no atrevido, anhelos a flor de piel.

El abrazo era tan entrelazado que podía sentir su cuerpo apretado contra mí. Era dolorosamente consciente de sus brazos que rodeaban mi espalda, de su aliento que calentaba mi oreja, el punto exacto donde sus pechos se apretaban contra mi cuerpo. ¡Dioses! Tenía que poner distancia entre ambos antes de que ella se apercibiera de la parte de mi anatomía que se negaba a volver a descansar. Ya costaba mucho mantener a raya al insidioso bulto, cuanto menos a negar a mi cuerpo a que respondiera rápida y cómodamente ante la presencia de Thalía entre mis manos.

Tímidamente, Thalía descansó la cabeza contra mi brazo. Despacio, tracé con el pulgar el contorno de sus largas pestañas, secando la humedad que las había empañado, y estas me acariciaban la yema del dedo cada vez que ella parpadeaba. Sabiendo que no era el momento, reconociendo que debía ir despacio si deseaba llegar a más con ella, únicamente me limité a tenerla así, abrazada junto a mí, regodeándome en mi fuero interno por su compañía.

Dejé resbalar la espalda por la extensión del sofá donde estaba sentado hasta acabar recostado sobre los cojines y el reposabrazos, llevándomela comigo en mi caída. Cuando estuve seguro que no se iba a apartar, la abracé con más fuerza y descansé la mejilla sobre su poblada coronilla de rizos negros. El olor de su melena me cosquilleó la nariz, haciendo que esbozara una mueca que iba intento de convertirse en una sonrisa grata y sincera. Olía a sándalo, a seguridad. A recuerdos pasados, a fantasías no desechadas. Olía simplemente a Thalía.

No obstante, lo mejor de todo aquello no fue que finalmente no me rechazara. Lo mejor de todo no fue siquiera el gran placer que me produjo cuando tracé círculos amplios en su espalda, ella bajó la guardia y se relajó con un suspiro bajo mi caricia. No. Lo mejor de todo llegó cuando ella hundió el rostro en mi pecho al tanto me devolvía el abrazo con idéntica fuerza y ansias, antes de musitar en voz baja y suave:

-De nada...