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Historia 126109 — capítulo 19

Disclaimer: tanto los personajes y sus personalidades como lo entrecomillado que encontréis en el texto de abajo, pertenece a rick riordan. El resto… Es fruto de mi no lucrativa autoría.

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Capítulo 18. Día cien: Hermes.

-…-…-

A través de la entornada ventana de la habitación se podía vislumbrar el cielo despejado, y al interior del dormitorio se colaban destellos dorados del sol del mediodía que se reflejaban en la pulida madera de las sillas de respaldo alto, y también en la mesa redonda del cuarto a la que, noches atrás, me había tomado la molestia de retirarle de forma temporal el mantel de encaje color azul que antaño la cubría.

Arrodillado frente a la mesita de noche de madera oscura y porosa, sopesando de una mano a otra el volumen de cubierta oscura y letras doradas cuya cifra titilante en la portada rezaba en esos momentos el número 100, traté de discernir el modo correcto de evocar a Hermes, al tanto mi memoria viajaba introspectiva a otro recuerdo, el último en que mi padre y yo nos habíamos visto las caras.

Y aquella vez, como ya había sucedido en dos ocasiones más, no pude negarme a ser arrastrado por la avalancha de recuerdos que cruzaban mi mente cual estrellas fugaces alumbrando la hoguera apagada de un nocturno cielo tormentoso. Suspirando, me rendí al rescatado recuerdo. Me rendí de nuevo al pasado.

·-·-·-·.

Tiene dieciséis años y es un adolescente. Se halla tumbado boca abajo sobre la superficie de madera fría, con el frío penetrando sin pudor entre los huesos. Cuenta mentalmente hasta diez hasta moderar de nuevo su agitada respiración. Quiere huir de los sueños insistentes, apartar el regusto de amargo cobre del veneno, olvidar el sabor de la sangre de la lengua partida en su boca. Apoyado sobre los codos, se gira lentamente retirándose del suelo, los ojos abiertos de par en par a la oscuridad, deseando fervientemente que los monstruos no le persigan en la vigilia.

-Luke... Entrega. -Reprime un gruñido ante el retorno de ese sordo murmullo.

Agarra al vuelo la primera chaqueta que encuentra; se la echa de cualquier forma por encima antes de abandonar el dormitorio y al resto de mestizos que duermen en él. Aspira grandes bocanadas de aire frío en cuanto sale afuera. Cierra la puerta de la cabaña dedicada al dios del viaje del campamento Mestizo sin hacer ruido y desciende sigiloso de dos en dos los nivelados escalones. Se adentra en la oscuridad de la noche, alejándose de la forma semicircular de las dormitadas cabañas, y dirige sus pasos hacia la verja exterior, último muro del campamento. Hércules, Sagitario y la Corona Boreal son desde lo alto del cielo sus linternas particulares.

-Luke... Entrega. -Un escalofrío trepa por su columna vertebral, pero se obliga a seguir caminando.

Entre el escaso césped con los que se topa sus pies, distingue lo que anda buscando. A grandes zancadas se aproxima a lo que antaño era su santuario. Un árbol de tupida floresta con nombre y aspecto vegetal, pero con el espíritu luchador de un semidiós, de un mestizo que años atrás entregó su alma. Uno que conoce. Uno que recuerda. Uno cuyo nombre su almohada debe de estar hastiada por lo mucho que se repite en la soledad de la noche y entre las agitaciones y angustias de un sinfín de pesadillas. Ha dejado de acudir a la sombra de su cobijo como tan asiduamente lo hacía antes. Pero en contadas ocasiones como estas, donde intuye que va a tomar una decisión crucial, recuerda la persona que habita bajo su tronco, protegida por una metamorfosis corporal así como por el Vellocino de Oro, y acude a su cercanía para hablar, meditar y pensar, aunque ella ya nada pueda responder de forma verbal a sus dudas.

Se recuesta de cara al campamento contra su dura corteza, dejando resbalar la espalda por la extensión del bajo vientre del árbol y acabando sentándose en cuclillas entre las raíces bien asentadas del árbol, susurrando de forma queda y entre tanto el nombre de la verdadera identidad que salvaguarda el arbusto:

-Thalía. -Las sílabas que componen esa única palabra se estiran en su lengua, ruedan en su paladar como caramelo amargo junto a la imagen de su rostro evocado, ácido en los recuerdos, adictivo en su sabor. Thalía. Thalía. Thalía.

-Luke... Entrega. -Ha logrado esquivar a los monstruos, pero no así deshacerse del titán que atormenta los escenarios de sus pesadillas. Esa es su exigencia; esa es su presencia; esa es su voz. Gélida, amenazadora, convincente, real-. Luke...

-¡Déjame en paz! -procura que su voz no manifieste la inflexión de la incomodidad y la preocupación, pero cada día que pasa le cuesta más negarse, cada día que pasa los recelos de no deber hacerlo se convierten en por qué no. Por qué no.

Un repentino de ruido de hojarasca al quebrarse bajo un peso corpulento le pone en aviso de que ya no está solo en medio de la noche. Avanza el cuello y aparta la cabeza de la rugosa superficie del tronco para enfocar la vista hacia el lado del que procede el ruido, sin olvidar hacer un leve movimiento de muñecas para verificar que las dagas y cuchillos que tiene escondidos en los dobleces de las mangas de su pijama de noche y entre la chaqueta sigan ahí todavía, de afilado filo presente.

Un hombre se encuentra apoyado contra un árbol cercano y le observa con una expresión que él atina a interpretar por la dificultad de vista de la noche como curiosidad, con la gruesa y nudosa rama que al arbusto le sobresale y que se cruza por la espalda del hombre siendo usada como un reposabrazos recurrente. En el anónimo del atavío que le enfunde, distingue al entornar los ojos una cazadora gruesa de color llamativo y un cascote de melena entrecana que le cae corta hasta los hombros encorvados por las ráfagas del levantado viento.

-Hermes -dice el muchacho a modo de único saludo. No le llama padre. Nunca le llama padre, a pesar de serlo-. Aquí estás -hace notar lo evidente-, como te pedí.

El dios actúa con una calma tan pasmosa e inofensiva que para cualquiera habría sido fácil creer que se halla sentado a la mesa con un amigo, de brindis y pachangas. Y si a eso se suma el hecho de que ni su inseparable teléfono móvil con sus odiosas culebras salta a la vista... Le resulta complejo pensar en el hombre de enfrente en términos de divinidad, más cuando se pone en esa actitud.

-Aquí estoy... Sí. Como me pediste -confirma el hombre, la luna colándose en destellos confusos entre el poco espacio de las ramas que se ciernen sobre su cabeza-. Tienes frío -señala más tarde, pidiendo de forma indirecta al muchacho una explicación del motivo por el cual le ha citado justamente esa noche.

-Y eso a ti qué más te da.

-Tu brusquedad te honra -concede con sarcasmo Hermes. Alza la vista hacia las numerosas constelaciones de arriba, soltando un hondo suspiro-. ¡Ah, esto sí que es paz! Quietud y descanso. Un paréntesis en la eternidad del comercio. Ideal... Muy ideal. Lástima que sea una noche bien fría, colega, muy fría.

-¡Me lo dices o me lo cuentas! -Exclama el chico, reprimiendo un escalofrío ante otra ráfaga del cortante viento-. Tú eres un dios. Tienes inmunidad a estas cosas; o al menos eso se supone. Pero yo... ¡Y no vuelvas a llamarme colega! Tú y yo no somos colegas de nada.

-Tranquilo, tío -sosiega Hermes-. Lo sé.

-¿Colega? ¿Tío? -Inquiere el muchacho ladeando con suspicacia la cabeza-. ¿Qué va a ser lo siguiente ahora en la lista de coloquios a utilizar por los padres farsantes que fingen simpatizar con sus hijos para así tenerlos más predispuestos a la hora de extraerles lo que les interesa? Dime, qué va a ser. ¿Chaval? ¿Amigo?

-si quieres... Aunque yo había pensado en tronco -Palmeó el que tenía tras él-. Ya sabes... el escenario lo requiere.

-Pues no, no y no; ninguno de los tres, gracias. No me van ninguna de esas cosas -declina

con timbre de horror el joven.

-Estupendo, porque a mí tampoco me pega -dijo, como si pensara que de verdad a cualquier hijo le fuera a importar cuál podría ser el estilo juvenil que concordara con su padre, de por sí incomprensible por ser su progenitor, de por sí maduro y viejo por su condición de dios inmortal.

Abre la boca y se dispone a exponer a su padre el motivo de su llamada, pero él se le adelanta.

-Quiero que vuelvas a casa, Luke. -Un silencio incrédulo le sigue a esas palabras. El joven no puede dar crédito a lo que acaban de escuchar sus oídos. Sus ojos refulgen de ira e indignación. Pero tan pronto como se controla, el chico echa la cabeza hacia atrás y ríe, un sonido tan frío, seco y cortante como el viento que revuelve sus mechones leonados.

-Está bien, volveré -consciente finalmente, aferrando entre los dedos un puñado de tierra húmeda-. Si tú le devuelves la cordura a mi madre. Si Zeus y el resto del Olimpo me traen de vuelta a Thalía.

-Zeus no cederá a eso -declina Hermes-. Es su hija; y fue ella quien decidió el destino de su alma.

El joven tiene ganas de gritar que eso es una gran mentira, que a la chica no le fue concedida más alternativa que morir o transformarse. En su cabeza, el repiqueteo de la exigente voz de Cronos vuelve a la carga, pronunciando en gruñidos su nombre y pidiéndole entrega, entrega, entrega.

-Pues si no lo hace por la razón, lo hará por la fuerza -asegura el muchacho con tono rendido, cansado, despiadado-. Y es por esto por lo que te he arrastrado en medio de la noche, Hermes. Quiero negociar. Tengo al alcance de la mano un arma que puede alterar por completo el orden y el poder del Olimpo como se ha conocido hasta ahora.

-Pura presunción, nada más -desestima sin miramientos el dios-. Semidiós o no semidiós, no corresponde a ninguno de los mortales enjuiciar al Olimpo... No deberías juzgar a tus dioses.

-Vosotros no sois mis dioses -asevera, mientras las últimas palabras musitadas por Hermes le hacen meditar. No corresponde a ninguno de los mortales enjuiciar al Olimpo… A ninguno de los mortales...-. Hace tiempo que dejasteis de serlo. -Lo mira con sospecha-. ¿Y es por esto por lo que has aceptado verme? No porque así querías, sino por cumplir. ¿Para decirme que vuelva junto a mi madre? El cupo de tu derecho a ejercer como padre sobre mí se te terminó hace tiempo, Hermes. De hecho, por tu nulo trabajo en el asunto, nunca lo tuviste.

El dios no pronuncia palabra. Le cierra al joven sus pensamientos… su afecto. El muchacho se pone trabajosamente en pie. Desliza por un momento la palma de la mano por toda la extensión del árbol de Thalía, agradeciendo en su fuero interno su ayuda, tomando su decisión, despidiéndose definitivamente de ella.

-Luke... Entrega. -¿Entrega? El rencor bulle por entre sus venas como ácido que carcome su ira, su dolor. Sí, por supuesto que va a haber entrega. Ya lo tiene decidido. Va a entregar al titán lo que le pide para alzarse.

Con la visita de Hermes, ha pretendido ofrecer al Olimpo una oportunidad de redimirse, de explicarse, de entenderse. Pero está visto que los dioses no atienden a razón. Sólo a la fuerza. Sólo a la muerte. Sólo a las amenazas. Con Backbiter en la mano, podría desatar uno a uno los monstruos del tártaro para arrojar oscuridad sobre el beneplácito del Olimpo, desatar en venganza sobre ellos el mismo infierno que ha vivido todos esos años. Con Backbiter podría hacer cualquier cosa. Pero tardaría bastante. Y ni dispone de muchos aliados entre los semidioses y ni dispone de años suficientes para ver concluida la misión que se ha convencido de emprender, a pesar de que es al titán del tiempo al que va a liberar. Vulnerable y mortal como es la raza mestiza de la que procede, no tiene la garantía del tiempo a su favor.

-Luke... Entrega. -Con Cronos de su parte, puede lograr todo ese cometido en cuestión de meses, tal vez semanas. Con el titán a su favor, puede lograr que todo un ejército de la hueste del Tártaro batalle en su causa contra los ingratos y egocéntricos del Olimpo.

¿Entrega? Sí, se entregarían a él. Y él los usaría como un herrero utiliza todas las herramientas que tiene a su alcance. Aprieta la yema de los dedos contra la aspereza de la corteza del arbusto. Sí, le darían lo que el Olimpo lleva negándose a proporcionarle. ¿Entrega? Tan sólo tendría que robar, y tendría al más grande de entre los titanes de su parte. Titán que no dudaría en darle al joven lo que pide. Titán que se apresuraría a cumplir sus anhelos más vehementes. Titán que haría por él más de lo que su padre jamás le ha concedido en todos los años que lleva de vida. Gracias al rayo de Zeus, existiría otra oportunidad para su madre, para Annabeth, para los muchachos abandonados en la cabaña marrón de Hermes.

Gracias a Cronos... Tendría una segunda oportunidad quizás más alegre y propicia para él y Thalía.

·-·-·-·.

De vuelta al presente, a mi dormitorio, me armé de valor. Tenía la mirada perdida clavada en la pared, pensando cómo días después de aquel recuerdo, Percy había pasado a formar parte del Campamento mestizo. Suspirando profundamente para espantar los pensamientos insidiosos, volví a interesarme por el tomo ajado que basculaba entre las manos. Recordando qué había hecho la primera vez que sostuve el libro a mi llegada al Campin ese cuarto, cuando musité en voz alta el número que rezaba en ese entonces la portada, creí dar con la clave.

-Cien -musité en voz alta con voz dubitativa. No estaba muy seguro de que aquello funcionara.

No obstante, del mismo modo en que entonces, al leer el trescientos sesenta y uno con voz audible Afrodita había comenzado a emerger de su interior, al pronunciar ahora justo los días que llevaba de regreso a la tierra, que por supuesto no eran otros que cien, el libro cobró brillo, calor, luz, resplandor. Y empezó a desintegrarse como siempre ocurría ante la llegada de un dios; lomo, tapas, páginas, letras y tinta pasaron a formar parte del charco de cenizas resplandecientes que se arremolinaban sobre la alfombra que recorría de rincón a rincón el suelo de la estancia, en una lluvia silenciosa de polvos dorados que cobraban intensidad y ardor a medida que el desencuadernado volumen iba preparándose para tolerar el poder divino del dios del viaje.

Aparté con rapidez el brazo de lo que, de nuevo, ya no era un libro, y me alejé lo más que pude del montículo considerable de cenizas que tenía enfrente, al tanto emergía una cabeza, seguida de unos hombros y el resto de Hermes, de entre los residuos cenicientos del desaparecido volumen.

Aquel día el dios de los mensajes, con una estatura muy próxima al metro ochenta, iba ataviado con unos pantalones largos y una gabardina de color rojo y franjas blancas en las solapas de muchos bolsillos que le llegaban algo más abajo de las rodillas. En las mangas de la misma, los dibujos rojos y amarillos de una vaca, un cordero, así como varias conchas de tortuga en cuyas cavidades descansaban dos cuerdas fabricadas con intestinos de bueyes sacrificados, atraían inevitablemente los ojos debido al centelleo metálico que despedían con cada leve movimiento de los brazos del dios. De debajo de los puños de la gabardina asomaba unas manos amplias, de dedos largos típicos de un tocador de la lira, la flauta y la siringa, con nudillos decorados con vello oscuro y rizoso.

Eché la cabeza hacia atrás y lo contemplé en silencio. Cuando lo tenía tan cerca, costaba no olvidar ni por un instante que era mi padre; costaba no admirarlo al mismo tiempo que lo llenaba a recriminaciones mentales.

Cuando sus pies hollaron finalmente la tupida alfombra, y su vista hubo recorrido de un solo vistazo cada pared, rincón o mota de la bien aseada estancia, Hermes volvió el rostro hacia mí. Sus ojos me escudriñaron desde lo alto de mis alborotados cabellos rubios que debido al sudor del pasado combate con Thalía, relucían como moneda recién acuñada, hasta las puntas de las zapatillas de combate que aún enfundaban mis pies. Me sentía paralizado. Como si la diferencia de estatura que el hombre me sacaba fuera un mirador inalcanzable para mí.

Un silencio tenso se instaló entre ambos. Por primera vez en mucho tiempo, estábamos cara a cara él y yo, y a solas, ambos presentes y conscientes, sin madre, sin compañeras de huida ni Doninframundo de por medio. Mis ojos recorrieron de abajo a arriba a Hermes, hasta detenerse finalmente en su rostro; miré fijamente a los ojos a aquel hombre, sin ánimos de retirar la mirada. Sentía la garganta tan seca como los polvos en los que se había transformado el libro. Con las uñas de los dedos clavándose sin piedad en la tierna piel de mis palmas, hice caso omiso del mareo vertiginoso que suponía asomarse directamente a los ojos de cualquier dios.

-Luke. -Fue todo cuanto articuló finalmente. Su voz resonó extrañamente en la habitación; era como si incluso los amortiguados ruidos de fuera se hubieran silenciado abruptamente.

Tono neutro, impersonal y sosegado; postura alejada y distante, como la adoptada cuando se está en presencia de alguien que se desconoce. Y, sin embargo, en medio de mi aturdimiento y tensión, creí percibir una leve inflación emocional en el fondo de su voz. Parecía... contención. Como si en su interior se estuviera librando una lucha de emociones por salir a la luz, y todas humanas y sentimentales. Debía de estar viendo ilusiones, me reprendí con firmeza, quimeras de lo que mi esperanza anhelaba despertar en él, porque un dios jamás se dejaría dominar por un arrebato de un sentimiento mortal. Menos Hermes. Menos él, que se había negado a ser mi padre en palabra y acción.

-May. -Musité a mi vez en un tono truculento. No había nada más que decir, nada más que añadir. El nombre de mi madre lo explicaba todo, y ningún otro punto de todos cuantos pudiéramos tocar jamás era más común entre nosotros que aquel.

Sorprendentemente, en vez de asentir y de prepararse para llevarme en el viaje, Hermes se dispuso a tomar asiento junto a una de las sillas que rodeaban la mesa. La apartó de su sitio en la cabecera para hacerse hueco en el espacio dejado y, arreglándose a saber cómo para no sentarse sobre ninguno de los contenidos que abultaban los bolsillos de la gabardina, se sentó directamente sobre el tablero, las plantas de los pies posados firmemente en la alfombra, a pesar de que las tenía cruzadas por los tobillos.

Emulando su postura, me acomodé en el suelo, cruzado de piernas, reprimiendo las ganas de arrearle y meterle prisa. Quería ver a mi madre de inmediato. ¿Eso era tan difícil de conceder? Procuré que mi rostro se mostrara tan igual al de Hermes, una rígida máscara al exterior que ocultaba todas las emociones que me bullían por dentro, pero no estaba muy seguro de haberlo conseguido.

-Antes de viajar a cualquier parte quiero hablar contigo, Luke, si es posible.

Rebullí en el suelo, sobre la alfombra, toqueteando de forma distraída la dura felpa que la forraba. ¿Que quería hablar conmigo? Bueno, pues iba a errar mucho el tiro de la convicción si el tema que quería sacar era el que yo me temía.

Sin embargo, antes de que el dios pudiera empezar a hablar, un móvil resonó en toda la habitación desde uno de sus tantos bolsillos. Hermes hizo un gesto de disculpa antes de apresurarse a sacar el teléfono, un aparato de aspecto curioso donde los haya, con una antena extendida para permitir que correteasen entorno a ella dos pequeñas culebras verdes que más parecían lombrices, y que además emitía un resplandor azulado.

Por la variedad de maldiciones que soltó al mirar la pantalla, creí que Hermes no iba a descolgar. Se suponía que quería hablar conmigo. ¿Por qué no se centraba en eso, entonces? Pero para no variar, yo no era importante para él. Descolgó la llamada.

-¿Sí? -Como de costumbre, Hermes no pareció advertir o incomodarle que sus inseparables lombrices verdes, Martha y George, se retorcieran a pocos centímetros de la oreja que atendía la llamada-. Ah, otra vez tú. Ya te lo he dicho. No veo dónde está la urgencia. No me importa lo guapo que seas. No me importa que hayas caído al agua por mucho contemplarte. No me importa que te estés ahogando. Si no nos das la dirección del envío, no podemos mandarte... ¡ah, relájate, hombre! ¡Pero si te van a convertir en un narciso! ¿Qué más quieres? Sí, sí, sí, pero entiéndenos tú... Que sí, que tienes razón, que esa enseñanza del peligro de ser demasiado egocéntrico es muy importante para la humanidad, pero... ¡Deje de llorar! No quiero quedarme sordo con esos berridos. ¡Pero si a partir de ahora nunca más podrá dejar de contemplarse! ¿no es eso lo que quería? Ajá, ajá. Le estoy escuchando, sí. ¿Que te corresponda en amor el joven bello que ves? Por favor, serás tonto. ¡Eres tú mismo! Vale, vale, luego le mando cualquier ayuda, ya sea la compasión de Zeus. Ahora si me disculpa, tengo que dejarle, guapito de cara.

Colgó mientras chasqueaba la lengua en un gesto que venía a decir qué cliente más pesado.

-Disculpa. El negocio de los narcisos lleva tanto tiempo en bancarrota que cuesta creer que con un ahogado vaya a recuperarse... Pero en fin, da igual. Problema solventado. -Se volvió hacia sus miniculebras-. Martha, George, recordadme que tengo que pactar un aumento de sueldo con Eco, la nimfa. Si nos narcisa al muchacho, les deberemos una bien gorda. -volvió la atención hacia mí-. Pero bueno, ¿qué decía antes de que nos interrumpiesen, Luke? ah, sí. Que tenemos que hablar.

-Yo no quiero... -empecé diciendo, pero una voz masculina me interrumpió.

-Yo no quiero, yo no quiero -se burlaba en mi cabeza la voz ronca de una de las culebras-. El nene tiene un complejo de divo que ni te cuento.

-No seas tan arisco, George -reprendió otra voz, ésta femenina.

-¡anda! ¿Y por qué no? -Se quejó George-. Si a él se le permite ser altanero, a mí también debería permitírseme ser sarcástico. Lo contrario sería muy injusto por vuestra parte.

-¡Oh, cállate! -Se quejó Martha-. Qué cansino eres. No me quiero ni imaginar cómo serás cuando llegues a ser mayor. Pff, ya me lo estoy temiendo. Qué viejo verde te vas a ser.

-Por si no te has dado cuenta -contraatacó George muy estirado-, ya soy verde.

-Tú me entiendes -repuso Martha. Hermes se metió el teléfono en el bolsillo del que procedía, y la incipiente discusión de las serpientes se apartó de mi cabeza y se perdió en sus profundidades, gracias a los dioses.

-¿Por dónde iba? -se acarició el mentón, pensativo-. ¡Ah, ya sé! Hablar. Tu y yo...

-Si vienes a hacer de portador del cabreo de tus colegas de ahí arriba por no estar dedicándome a la profecía -me adelanté antes de que el dúo de minivíboras volviera a entrometerse-, desde ya te digo que no pierdas tu tiempo. No voy a retomarla, le pese a quien le pese. Es mi decisión; y de nadie más. Y no pienso cambiar de parecer.

-¿tan seguro estás de eso? -Inquirió Hermes, más con curiosidad que con desdén o molestia-. ¿Acaso no regresaste a la Tierra precisamente por ese motivo, y muy a sabiendas de lo que te esperaba? Nadie puede obligarte a cumplir con una profecía, Luke, en eso, como en otras cosas, tienes razón; y menos se te puede obligar a salvar al mundo de la embestida de los vástagos de los titanes. Pero espero que en medio de esa decisión tuya haya un motivo sincero entregado, una razón de peso que justifique tu renuncia y tus miedos.

-¡Yo no tengo miedo! -Salté de inmediato.

¿Qué iba a saber él, o cualquiera del Olimpo o de los mismísimos Infiernos qué sentía yo o qué dejaba de sentir? ¿Qué entendían ellos de las emociones mortales? ¿Hasta dónde alcanzaba su empatía? No sabían nada; no entendían nada; no sentían empatía de verdad hacia nadie que no se contara entre uno de sus eternos.

-Lo tienes, claro que sí. Como toda persona sensata a la que se le ha entregado un cometido muy importante. Y no es malo que lo sientas, ¿sabes? Mucho menos que lo reconozcas. Eso sólo denota que tienes sensatez y sentido de la palabra, por muy contradictorio que se ajuste eso a tu actitud negativa de ahora. Porque demuestra que lo último que deseas es fracasar. Porque en el fondo temes no estar a la altura de las expectativas impuestas, a pesar de que te veas cualificado y te sientas preparado para ello. -Acodó los brazos en los muslos y apoyó el mentón sobre la palma de la mano-. Porque te horroriza perder más de lo que puedes llegar a ganar. Porque temes más a la alegría o a la felicidad, que al dolor, la tristeza o el fracaso; al fin de cuentas, conoces muy bien esos sentimientos oscuros, te has movido muy bien con ellos. Porque no sabrás cómo ser capaz de dejarlo todo atrás de nuevo una vez concluya el periodo. Porque...

-¡basta! -Me temblaba todo el cuerpo-. ¿Cómo puedes...? Cómo te atreves..?

Hermes extendió una mano de conmiseración y entendimiento hacia mí; aunque sus dedos no podían llegar a rozarme, reculé en el sitio rechazando su ademán de disculpa.

-Tienes razón, basta -dijo, dejando caer la mano sobre el respaldo de la silla más cercana-. No estoy aquí para tratar ese asunto, no he venido a ejercer de intermediario ni de heraldo de los dioses para ti. Tarde o temprano el oráculo te reclamará, y veremos entonces hasta qué punto estás dispuesto a rechazar tu destino, el devenir del futuro del mundo entero. No. Lo que quiero... Lo que deseo, Luke, es que hablemos de nosotros.

Su voz al decir nosotros estaba cargada de los conflictos que conllevaba todo en lo que se había visto reducida con el paso de los años nuestra relación. Torcí el gesto. Hermes no había estado acertado en la alternativa del tema a tratar.

-No quiero hablar de eso -negué tajantemente. Las palabras traquetearon en mi garganta, dificultándome a emitirlas.

-Ahí va de nuevo el divo... -Susurró George desde el bolsillo de Hermes.

-Cierra la boca, George. ¿No ves que este es un momento padre e hijo? Pasa de él, Luke, cielo. Por cierto, señor, ya que este cabeza de chorlito que tengo al lado ha interrumpido -cabeza de culebrita le pegaba mejor, pensé distraídamente-, le comunico que tiene a las sirenas de la isla de Sorrento en la línea tres. Están muy, pero que muy cabreadas. Al parecer un semidiós, Odisoso o Odiseo o Odisesos o como quiera llamarse, les ha llamado "focas feas con canto de espanto". Dicen que no recibían un agravio tan grande desde que los marineros aprendieron el truco de la cera en los oídos.

-Pues que dejen el mensaje, Martha. Bien sabes que ahora no puedo hablar.

-Eso no les va a gustar -murmuró Martha la culebra-. La última vez que pasamos de sus exigencias, cantaron tanto y tan mal que un iceberg entero se derritió por sus chillidos. Desde entonces, el nivel del mar no ha vuelto a ser estable por ese deshielo.

-¡Pues las quejas de eso a Poseidón, mujer! ¡Que por algo es el señor de los siete mares! -Exclamó exasperado Hermes-. Perdona de nuevo, Luke. ¿Estabas diciendo que...?

Cerré con fuerza los dedos en puños, obligándome a mí mismo a mantenerlos quietos a los costados. Fuera dios o no, lo cierto es que Hermes tenía una facilidad increíble para irritarme.

-que paso de hablar de eso. -Como a George se le ocurriese saltar de nuevo, iba a enterarse de lo que valía un peine. O bueno, para el caso, de lo que valía un teléfono.

-ah, pero yo sí -dijo Hermes; por alguna razón, la frase me recordó a una similar que meses atrás yo le había soltado a Thalía, horas después de su llegada al campamento. Pensar en la hija de Zeus enfrente de mi padre no fue una combinación propicia para calmar mi cólera-. Y me vas a escuchar, Luke; me vas a escuchar por una vez en sean cuantas sean tus vidas, quieras que no.

El dios se inclinó hacia delante mientras hablaba, como si tratara de hacerme entender su postura a pura fuerza de voluntad. Era un dios, lo que significaba que voluntad tenía para rato, las cosas como son, pero en tozudez no me ganaba nadie, así que seguí callado.

-Ignoraba lo de la profecía hasta que me lo contaron Zeus y Hades, minutos antes de que tú tornaras a la vida material y física -explicó Hermes, buscando mi mirada con una exasperación que nunca antes había visto en él-. Y mucho me temía, no, sabía, lo que pensarías sobre mí en cuanto tomaras conciencia de mi aceptación al oráculo.

-Puede que te lo dijeran tarde -musité al fin-, pero te lo contaron, te hicieron partícipes de sus planes. Y tú dijiste que sí. Dijiste que sí.

-sí, lo dije -aseguró Hermes llanamente.

Sus palabras me golpearon como un puñetazo asestado en el estómago. Me lo suponía, claro, pero a la hora de la verdad, la sospecha no impidió que me echara instintivamente hacia atrás, abrumado por su cruda confirmación.

-Y debes saber que lo hice sin dudarlo. Algunas cosas deben darse simplemente, muchacho, deben darse. Te conozco, Luke, hasta el punto de saber que no eres, y nunca serás, el monstruo que pretendiste ser antaño. Además, confiaba en ti, confiaba en que sabrías ver la importancia de todo esto. Pero, lo más importante -se pasó una mano por el rostro-, lo más importante es... ¿quieres saber por qué dije que sí? ¿Quieres saber qué fue lo que me indujo a sumar mi asentimiento a las voces de los dioses que votaban por ir a Hades y pedirle recuperar tu alma de entre los campos elíseos? supongo que fue pura y llanamente... Egoísmo. Lo admito. Y te pido perdón por ello.

-¿Egoísmo? -Alcé bruscamente los ojos de mis manos cerradas en puños y los clavé en los marcados pómulos de Hermes, repitiendo sin comprender-. ¿Egoísmo?

-Egoísmo. Sí. Egoísmo. Porque quería redimirme ante tus ojos. Porque quería tenerte entre nosotros de nuevo. Porque sabía que estando en la Tierra, volverías a ser mi hijo, aun si lo fueras de un modo pasajero. Porque, al igual que tú, pensé que tendría otra oportunidad para ganarme tu afecto. -Me miró directamente a los ojos-. Porque te quiero. Y necesitaba convencerte de ello.

La sorpresa de todo aquello me pilló por banda. No sabía qué decir. No sabía qué era lo que esperaba Hermes que yo contestara. ¿Que gritara de alegría? ¿Que llorara como un retoñuelo desconsolado? ¿Que exclamara oh, gracias, papi, yo también? No estaba dispuesto a montar una escenita de reality show.

-No te creo -sacudí vigorosamente la cabeza-. No te creo.

-Pues yo sí que le creo -aseguró con vehemencia George.

-Ya, pero a ti no te han preguntado -señaló Martha-. Deberías shh... callarte, George.

-Lo que pasa es que tienes celos porque yo tengo una voz más bonita que la tuya -replicó con superioridad la otra culebra.

-Qué tontería!

-¡qué verdad!

-¡claro que no! -Empezaron a perseguirse por todo el largo de la barra de Hermes.

-¡Claro que sí! Y quítate; me estás tocando.

-Claro que no! Y eso no es una novedad, tonto. Hermes tiene la costumbre de practicar lacitos de princesitas con nosotros -espetó Martha-. Y ahora cállate; no quiero que me pongan "en modo vibración". Ya sabes que aquí nuestro amigo es muy dado a amenazarnos con eso. -Sacudieron las triangulares cabezas, produciendo un ruido de cascabel. Era el mejor modo de mostrar el horror que les producía la posibilidad de ser puestos en vibración.

Para el caso que les hizo su dueño más les habría valido callarse desde el principio. Hermes se levantó de un ágil movimiento, enderezándose tan pronto como los pliegues de su gabardina terminaron de revolotear entorno a sus rodillas. Dio un paso hacia delante y se acercó. Con violencia, descrucé las piernas, las rodillas ancladas a la aspereza de la alfombra, y me eché hacia atrás, rígido y tieso sobre los talones. Hermes se detuvo bruscamente al ver mi movimiento, al percibir que reculaba. Su expresión volvió a ser cerrada e indescifrable tan pronto como una sombra terminó de cruzar fugazmente por su semblante.

-Luke. -En su tono, el nombre era como una llamada a un extraño, un reproche velado y herido a mi conducta.

Abrí la boca... Antes de que pudiera cerrarla porque realmente no sabía qué decir, tenía a Hermes inclinándose sobre mí, sosteniéndome la muñeca con sus dedos extrañamente cálidos y gentiles al tacto, incitándome con un leve tirón del brazo a ponerme en pie. Al inclinarse, la parte de la gabardina que se asentaba sobre sus hombros y entorno a su espalda se tensó de un modo manifiesto, denotando una fuerza de musculatura y unas anchuras fornidas que desmentía su aspecto de hombre maduro que había adoptado como alternativa preferente de su apariencia diaria.

-Eres mi hijo -fruncí los labios, negándome en rotundo a hablar de aquello. Pero parecía que Hermes no quería aludir así porque sí ese asunto, ya que a continuación añadió con voz que recalcaba cada palabra-. Eres mi hijo, y deberías poder llamarme sin necesidad del conducto de un libro, sin tener que acudir a un medio que, por cierto, puede utilizar cualquier habitante del Olimpo.

Observé con curiosidad cómo extraía un anillo de las profundidades de uno de sus tantos bolsillos, y lo deslizaba con sigilo por mi propio dedo anular. Sorprendido, toqueteé la joya, admirando el brillo plateado y fantasmal que despedía, notando bajo el dedo los grabados de ornamentada plata con formas abstractas que lo rodeaban. Alcé la cabeza.

-Siempre he sido tu hijo -musité en voz queda-. ¿Por qué ahora?

-¿Importa eso? -asentí sin ambages. Necesitaba entender. Por supuesto que importaba-. Tú no quieres palabras, Luke. Y lo entiendo. Tú quieres hechos, demostraciones. Con ese... conducto en la mano, tendrás toda la ayuda que precises.

-No quiero tu ayuda. Nunca te pediría eso.

Tendrás todas las explicaciones en la mano, entonces.

-¡No quiero tus explicaciones! -Atajé de nuevo. Empezaba a sentirme furioso otra vez.

-Tendrás todas las respuestas, hechos y demostraciones que me pides. -alzó una mano pidiendo silencio cuando vio que iba a volver a interrumpirle-. No hay lenguaje verbal para algunas cosas; o al menos yo no sé desenvolverme por ellas. Pero sé que sí existe un lenguaje familiar, Luke, un idioma que ni el corazón más cerrado puede obviar o negar. Te lo explicaría con música, pero mucho me temo que los instrumentos que inventé ya no están en modo regateo. Apolo les da un uso que ni veas, y dudo que quiera devolvérmelas aunque sólo sea para este caso.

-¿A qué te refieres?

-Cierra los ojos -demandó el dios con tono ambiguo-. Nota el contacto del anillo en tu dedo. Piensa en mí. Piensa en lo que represento para ti, ya sea bueno o malo. -Mientras el dios de los mensajes hablaba, fui haciendo los pasos que me indicaba; al principio con recelo, después con ansiedad-. Y ahora... ¿Lo notas? ¿Lo sientes? ¿Percibes ya por fin todo lo que siento?

De repente entendí a lo que Hermes se refería. En el interior de la cabeza, en un rincón que parecía susurrarme su presencia con un halo broncíneo, sentí a Hermes dentro de mi mente. Sí, así mismo como os lo digo; lo sentí dentro de mi mente. Bueno, más bien sentí sus emociones. Y era como todo un manojo de sensaciones bien dispuestas que revelaban sentimientos que nunca había recibido de forma directa de mi padre, pero que estaban ahí; estaban ahí. Ahora lo sabía. La tensión acumulada de alguien que ha visto y vivido demasiado, los sobresaltos que le causaban la raza mortal en sí. Y, sobre todo, el afecto.

El afecto manando desde todas sus acciones, el afecto manando a sus eternos del Olimpo, a su madre... A mí. Lo sentía constante, como el goteo continuo de una fuente de agua inagotable. Afecto que, por lo visto, él no sabía cómo exteriorizar debido al muro distante que encarcelaba el corazón inmortal de los dioses, pero que, de igual modo, no se cohibía en acumular y sentir. Me limité a observarlo fijamente, a asimilar todo ese afecto que sólo en mis sueños me había permitido evocar como el entusiasmo vacío de un niño, me permití regodearme por completo en su afluencia.

-Pero esto no es para mí -las palabras me salieron como susurros amortiguados.

Hermes sonrió. Una mueca entre alegre, complacida, aliviada, taimada y pesarosa a partes iguales, una sonrisa que hablaba de un mundo entero de expectación.

-No -confirmó finalmente-, efectivamente, tienes razón. Lo siento, Luke. Pero no, de momento el anillo no es para ti. Sólo quería que supieras... Que tuvieras presente que bueno, que a pesar de la tierra y el Olimpo que nos distancia, te tengo presente. Al igual que a tus hermanos. Al igual que a todos esos mortales que me rezan. Al igual que hacen esos padres que no dudan en ningún momento en dar su afecto hacia sus hijos, a pesar de los barrotes que los separa, te quiero, claro que sí, y nunca mi afecto ha sido menos cuando estabas con Cronos y el resto de titanes, mucho menos ahora, cuando tus hombros son unos en los que pende el advenimiento del derrocamiento final de los monstruos. El anillo es para otra persona que sabrá cómo custodiarlo y te despojará de otro peso que hasta ahora te inquietaba. Tú ya sabes para quién es, ¿verdad? Cuando la veas... ¿Se lo darás?

Posó una mano pesarosa en mi hombro. Tan cerca y en comparación, su estatura imponente dejaba a la de un crío la mía. Descansé la cabeza contra la nuca y mi mirada buscó su cara.

-Cuando la vea... ¿es que tú no vendrás?

-¡Vamos a viajar ya! -Exclamó Martha la culebra-. Quiero volver a mi tamaño habitual.

-Y luego para que digan que yo soy el presumido -siseó George. Ante el coletazo de su colega en uno de los anillos de su espalda, se apresuró a quejarse entre tosecillas-. ¡Hay! ¡Pero si no he dicho nada!

-No puedo -contestó Hermes a mi pregunta, hablando por encima de los siseos de las serpientes. Parecía hasta pesaroso-. Pocas son las veces en que he podido.

-¡Pero...! -Las sílabas estaban conducidas por cada onza de profunda inconformidad que sentía ante su negativa. Me obligué a serenar la rabia. Después de lo recién experimentado, ya no podía recriminarle de igual modo, ya no me sentía ni capaz ni con derechos a hacerlo. Pero, igualmente, mi madre merecía saber de la existencia de esos sentimientos, merecía más que nadie percibirlos por parte suya-. ¡No es justo! No se merece ese desplante. ¡Tú también tienes que visitarla!

Empero, antes de que pudiera añadir nada más, Hermes se había enderezado, puesto tieso como un poste.

"-Forma original, por favor -pidió al teléfono. El móvil comenzó a emitir un brillante resplandor azul; se alargó hasta convertirse en una barra de madera de un metro de largo, de la que brotaron unas alas. George y Martha, ahora culebras de tamaño normal, se enroscaban juntas en el centro. Aquello era un caduceo: el símbolo que tantas veces había visto grabado en la puerta de la cabaña 11 del campamento 1, por ser el símbolo de Hermes… El símbolo de mi padre".

Entre tanto, la figura del heraldo de los mensajes comenzó a titilar ante mis anonadados ojos; pero no del mismo modo en que Afrodita y Hades habían sido absorbidos de nuevo por el libro. Más bien Hermes parecía estar metiéndose paulatinamente en otro lugar, en un armario acristalado con cristales opacos que prohibían el paso a una ojeada normal, y las partes de su cuerpo iban desapareciendo miembro por miembro de mi vista a medida que el dios del viaje se adentraba en ese destino incierto. Como me tenía cogido todavía del hombro, fue arrastrándome a esa penumbra insondable, a pesar de los muchos esfuerzos que hice por zafarme de su agarre.

Sin saber bien cómo lo conseguí, me libré de su mano. Aunque, bien pensado de lo que a continuación me ocurrió, habría sido mejor que me quedara tranquilito y me dejara llevar por Hermes. Como si supiera lo que iba a hacer, Martha adelantó la cabeza. La culebra tenía las mandíbulas bien abiertas hasta dar la sensación de que se le iba a dislocar. El hueco que había dejado entre las hileras de dientes de arriba y las hileras de dientes de abajo sobrepasaba por mucho mi altura. Le vi los colmillos amarillentos, la rojiza lengua bífida, el túnel oscuro que se perdía garganta abajo...

-¡Oh, no! Venga ya. ¿Bromeas? -Dije al mismo tiempo que pensaba ¡por todos los dioses! ¡Eso no puede ser!

Con un grito de horror por mi parte, la serpiente me engulló como si yo fuera el más suculento de todos los conejos, me absorbió como se succiona un espagueti bañado en salsa de nata picante, al tanto que Hermes desaparecía por completo de mi dormitorio, acompañado por George y la culebra de Martha...

Quien, si os lo estáis preguntando mientras os partís de risa a mi costa, sí, me llevaba de contrabando en el fondo de su estómago.

-…-…-.

¿Próximo capítulo?

Antes comentadme, y luego lo hablamos.