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Historia 126109 — capítulo 18

Hola!

Nuevo año, nuevo capítulo, nuevo intento de traeros esta historia. (Casi seis mil palabras. No os podéis quejar). Os dejo con ello, pues. Y antes de que os preguntéis, actualizaré cuando me comentéis. No antes. así es que aplicaros, anda...

¡Dulce lectura! Y espero veros en el enlace de abajo.

Pero primero...

Disclaimer: juro por todos los monstruos del Olimpo que no soy Rick riordan.

-…-…-

Capítulo 17. Meses por aguardar.

-…-…-

Pasaron los días, las semanas, y mi resolución seguía aún en pie. Nada de profecías. Nada de Oráculos. Nada de alterarme porque las visitas inoportunas de los dioses se sucedían cada vez con más frecuencia, sólo para meterme prisa y recordarme que había regresado a la Tierra debido a una promesa a la que me había comprometido, por un motivo de peso, una causa en concreto a la que debía honrar.

Notaba un vacío en el estómago, el peso de una ausencia que se iba volviendo más insistente cuanto más transcurrían los días. Probablemente se debía a que sí, sentía hasta cierta culpabilidad por no continuar con la responsabilidad de hacer valer la profecía; pero la otra alternativa, abandonar a mi propio hijo a su suerte a sabiendas de lo que hacía, siendo ello, por ende, más reprochable que lo que hizo mi padre, tenía más peso, más importancia... Más dolor.

Pronto me convertí en uno más del Campamento Mestizo. (No esperéis que llegue a decir "una más", porque eso sí que no, eh). Hacía las tareas, asistía a las reuniones -las diurnas, claro, porque las nocturnas como que no, con ese fuego llameando por ahí- me convertí en un esperto de excusas, a cual más currada o rimbombante, depende de cómo se mire, para evitar las situaciones de riesgo donde el disfraz de la niebla se fuera al garete.

Así mismo, me hice incondicional de Percy, Beckendorf, Chris y los demás chavales. Me habría gustado estar de igual modo con Annabeth, por supuesto. La echaba de menos. Pero sólo la veía cuando se unía al grupo de su novio. Las otras veces... Las otras veces estaba con Thalía.

Y si había renunciado del todo a la profecía, había renunciado de igual modo a la hija de Zeus, así me brincara el corazón cuando vislumbraba su silueta a lo lejos, y así me aceleraran el pulso si percibía su aroma o oía cerca su voz. Dioses, no tenéis ni idea de cuanto tuve que controlarme.

Y encima, para mayor dificultad de mi decisión de pasar de ella, a veces, al girar por una esquina, al echar un vistazo por encima del hombro o al regresar a la estancia que acababa de abandonar porque había olvidado coger algo, la pillaba mirándome, echándome un vistazo rápido, como si me analizara, me espiara. como si... Aguardara que yo hiciera algo... No sé... Lo que fuera.

Sin embargo, en el momento en que la pillaba, se escabullía tras las cortinas de la ventana, detrás del revés de una puerta, bajo la repentina conversación que establecía con el primero que pasara al azar junto a ella.

Aunque no nos hablábamos, empezó a darme la sensación de que recorríamos los mismos pasillos con más frecuencia de lo habitual, estuviera siempre acompañada o no. Y justo cuando estábamos a la misma distancia, volvía el rostro hacia mí; la mirada duraba un momento, un instante, pero bastaba para captar claramente su expresión fulminante, esa de querer arrancarme la cabeza de un bocado. Luego, tras desahogarse con esa mirada que a cualquiera le subía los ánimos por las nubes, pasaba a mi lado como si no me viera, como si fuera invisible, cual persona que esquiva el batacazo con la pared pero que no tiene mayor interés e importancia que ese.

—Me pregunta mucho por ti —comunicó Annabeth, un día, en el comedor—. ¿Cómo llegaste al campamento, cómo eres, cómo te comportas. —Corresponder a la sonrisa curiosa de annabeth con otra de indiferencia me costó mucho esfuerzo. ¡cómo me moría de ganas de preguntar! Pero me controlé. conocía el juego del gato y el ratón a la perfección—. Le interesas.

Afuera, tras los empañados ventanales, la noche en que cumplía dos meses de estar en el campamento semidiós caía lentamente con reminiscencias de lluvia en su gris oscuridad. Aunque ya había cesado el vendaval que había arreciado toda la mañana, la noche estaba semioculta por una barrera de nubes grises en su descenso hacia el orizonte que se avistaba fuera del campamento Mestizo.

—Lo que a ella le interesa es que yo me entere que está vigilándome —contrarié—. Sabe que todo cuanto pregunta, me lo vas a decir. Hace las mismas preguntas a todos quienes ve que tratan conmigo.

No me equivocaba; los movimientos de Thalía eran tan míos como suyos; ambos nos conocíamos al dedillo muy bien, no, demasiado bien. Quería hacerme llegar el mensaje de que me vigilaba, que tenía un ojo puesto sobre mí. Estaba seguro, no obstante, que si iba de frente y me acercara a ella para hablar, atajaría por donde primero le saliese y se escabulliría para no romper las distancias. "ratón que te pilla el gato; ratón que te va a pillar", rezaba la canción; y con el tira y afloja que de un tiempo a aquí nos traíamos, no se equivocaba.

—¿Y tú que le respondes?

Annabeth se encogió de hombros.

—Le digo que todo cuanto quiera saber, que te lo pregunte a ti. —Alcé la vista de los enredados espagueti que tenía pinchado en el tenedor.

Los azules ojos de Annabeth se mostraban inocentes, tan, pero tan inocentes, que supe que algo me ocultaba. Y que la endemoniada chica lo hacía adrede, apropósito, para que yo preguntara.

Pero yo no iba a caer, no iba a ceder en la tentación. A pesar de que tenía las palabras en la punta de la lengua. Me las tragué con espagueti, salchicha, tomate y agua.

—Tengo que irme —arguyé apresuradamente—. Buenas noches, Annabeth.

Me levanté de la mesa con cierta precipitación. Casi no capté la despedida de mi amiga, teñidas de un mal disimulado regocijo interior, tan aturulado estaba. Iba de camino a la salida del comedor cuando Lee Fletcher, un chico de cabellos negros y ojos pardos que se creía la encarnación masculina de la belleza física y del romanticismo poético -maldito fuera el día en que Apolo tuvo a bien reconocerlo como su hijo- me salió al paso. Se cruzó por delante de mí, por lo que me vi obligado a parar en seco.

—Yo puedo decirte qué más dice de tí por ahí la jefa Grace —empezó a girar lentamente a mi alrededor, sonriéndome con una mueca ladeada y examinándome de arriba a abajo como quien examina un jamón que pretende zampar en un bocado suculento—. Puedo decirte cualquier cosa sobre ella, sobre ti —se acercó aún más y tocó con un dedo sutil mi hombro y siguió el contorno del dobladillo de la camisa—, sobre nosotros. ¿Qué dices, preciosa? Tú y yo solos...

Reculé de un salto, espantado. ¿Qué demonios...?

Miré a mi alrededor. Los campistas continuaban con sus conversaciones y sus cenas. Por encima de la cabeza de Lee Fletcher -gracias porque yo le sacara sus buenos cinco centímetros de diferencia- pillé a Thalía observándonos desde la mesa de las cazadoras. Su semblante era inexpresivo, pero capté una mueca de burla en sus labios antes de que hundiera la cabeza en el vaso cristalino de zumo de naranja y se enfrascara en una conversación con Rania, un tema que a luces no le interesaba tanto como el asalto que yo estaba sufriendo por un chico. Un momento, un momento. Analicemos eso. ¿Un tío me estaba entrando...? ¿A mí...?

Miré a Lee Fletcher. La sonrisa que bailaba ahora en sus labios era... Depredadora. Continuó girando entorno a mí, cada vez pegando su cuerpo más al mío, insinuando cosas que de sólo recordarlo me suben los colores, y no es que yo sea muy remilgado, que digamos, pero que tales halagos provinieran de alguien de mi mismo sexo como que no calzaba conmigo. Y no os atreváis a tacharme de homófogo, eh, que ya me estoy figurando las miradas de reproche o los mohines fulminantes de otros. además, soy consciente de qué prejuicioso puede sonar lo de antes. Conste que respeto a los gays y lesvianas tanto como respeto a las personas cuyas vidas no tengo ni idea de como van y ni derecho ni ganas siento para inmiscuirme.

Si eso les hace felices, pues adelante; pero a mí no me hacía ni pizca de gracia que intentase ligar conmigo un chico, al que encima sacaba media cabeza y al que él me ganaba en unos cuantos centímetros más de musculatura, qué queréis que os diga. Así que olas al mar y no me os revolváis contra mí. Durante un rato aguanté sus absurdeces, rehusando a toda costa cambiar de postura porque sentía la mirada de Thalía clavada en nosotros, decidido a no en violentarme. Pensé que Lee Fletcher se cansaría, ¿pero cuándo se ha visto que el águila se canse de perseguir en el vuelo a una presa que se halla sentada en el suelo?

Cuando el tío se atrevió a ir más allá -alzó un mechón de mi supuesto pelo cobrizo para estudiar la parcela de piel descubierta de mi cuello al tanto levantaba el borde de la chaqueta que llevaba para ojear la camisa de debajo- retiré el rostro con rapidez, le di un manotazo fuerte en la mano y le planté con violencia un índice admonitorio en todo el pecho. Él gruñó, pero no hizo intención de retirarse.

—No vuelvas a tocarme —casi tenía que hablar con los dientes apretados. ¡Dioses, ahora entendía a las chicas cuando se quejaban de los pesados que les asaltaban sin ton ni son!—. Te aviso. No soy una cazadora de Artemisa, pero si vuelves a tocarme un sólo centímetro del cuerpo sin que te lo haya consentido, lo cual nunca sucederá, tenlo presente, te dejaré tan castrado como un caballo de carreras, te lo advierto. Y sólo necesitaré tres segundos para ello. Uno para tumbarte, dos para cortarte, y el tercero para que te lo comas. ¿Me he explicado con claridad?

—Con mucha, mucha claridad —aseguró, atusándose los puños de la camisa. —¡Pero si aún sonreía!—. Lo que debo hacer, entonces, es conseguir ese consentimiento; revocar tu negativa, ¿no te parece? Ha sido un día muy largo, preciosa, debería irme ya a dormir, pero mi estómago espera su recompensa y, al parecer, mi corazón ha encontrado la suya. Será un placer conquistarte —hizo una profunda reverencia—, mi lady. —Y, sin añadir nada más, acortando mis réplicas, giró sobre los talones y se dirigió a sentarse en a saber qué mesa perdida de las profundidades del comedor.

Abrí y cerré la boca, atónito. Que había personas que no captaban una rotunda negativa, un no, un nunca, un jamás, era todo un hecho. Sacudí la cabeza y emprendí la marcha a mi dormitorio. ¡Hombres! ¿Quién los quería?

Me detuve en seco. ¡Pero si yo era también un hombre, y orgulloso de serlo! Reprimí un escalofrío. Dioses, ¿qué me estaba haciendo pensar esa odiosa niebla ?

-…-…-

Después de cumplir tres meses de mi llegada al campamento, me destinaron de forma permanente a las salas de entrenamiento, para ayudar a Clarisse con los campistas. El mismo momento en que me ascendieron, me enteré que no estaría solo. Yo y una hija de Artemisa estaríamos al mando junto con Clarisse. Podéis imaginar mi sorpresa cuando, el primer día en que me tocó ayudar con los entrenamientos, me topé con que la cazadora escogida, sí, no era otra que Thalía. ¡Vaya suerte la mía! Parecía que alguien lo hubiera hecho aposta.

La sala no estaba llena, pero ya había mestizos calentando junto a las armas. Cuando entré, las encontré a ambas -la hija de Zeus y la hija de Ares- cuchicheando de forma queda entre ellas. La mirada que me echaron al entrar me bastó para saber que el tema de conversación no era otro que Lucy Castraik. Se cruzaron de brazos al tanto aguardaban a que me acercara a ellas. No llegaba tarde. Para nada. Pero Clarisse incluso se permitió el desaire de dar leves golpecitos con la punta del pie contra el suelo. Al llegar junto a ellas, enarqué las cejas e inquerí:

—¿Y bien? Muy holgazanas os veo. ¿A qué estamos esperando para empezar? —Clarisse soltó un bufido tan sonoro que hasta tuvo que traspasar las puertas del Olimpo, seguro.

Clarisse se adelantó al centro del gimnasio. Al verla en una posición de mando -piernas separadas, puños en la cintura y el acero ya desenvainado para hacer juego a la dureza de sus oscuros ojos- los cuchicheos y entrenamientos de los campistas cesaron abruptamente. Thalía y yo nos adelantamos y nos situamos cada uno a ambos lados de la semidiosa bendecida por el dios de la guerra. Mientras que las dos iban con sendas espadas envainadas a la cintura, yo tenía las manos desnudas.

La corpulenta hija de Ares empezó a impartir lecciones a priori sobre cómo coger bien la espada -asombra la cantidad de mestizos que apuntan a su estómago en vez de al frente- después les reconvino sobre cómo mantener el equilibrio y no perder ni la posición ni la postura. De la defensa pasó al contraataque. Dónde clavar la espada, lanza u otra arma en cuestión para que acabase con el monstruo lo antes posible, cuáles eran sus puntos fuertes y débiles.

—Silencio —ordenó cuando un zumbido de cuchicheos proveniente de los mestizos le dio a entender que sus alumnos se intercambiaban impresiones nerviosas—. Esto es muy importante. Habréis de tenerlo en cuenta cuando os enfrentéis a los despojos del Tártaro. Un entrenamiento es eso, nada más que un entrenamiento. Con los monstruos del Tártaro la cosa cambia, y muy mucho. Se puede ser fuerte, ágil, astuto y todo lo rápido y excelente que se quiera con las armas. Y no niego que esos no sean atributos para alzarse con la victoria, pero eso no basta. No basta si lo que está en juego es la supervivencia, la vida propia o de otro ser humano. Tenéis que tener en cuenta que nunca, bajo ningún concepto, debéis ceder, debéis dudar, debéis dejarles llevar las de ganar aunque tan sólo sea durante un instante. Hagamos la prueba —se volvió hacia mí con un fluido giro sobre los talones y un fluflú de las mayas al rozarse muslo contra muslo y demandó—. Recoge tu arma, Lucy. Las palabras no bastan para el combate. vamos a demostrarles a estos chicos de qué estoy hablando.

Asentí. A grandes zancadas me acerqué a un lateral de la pared, buscando el arma que sabía, por derecho, me correspondía. Haciendo caso omiso de los gritos de estupor que como un viento frío recorrió la estancia, extraje a Backbiter del gancho en la pared donde lo habían colgado. Tenía una película fina de polvo recubriendo tanto la hoja como la empuñadura, lo cual denotaba que nadie le había dado uso en todos esos años, ni siquiera como arma de entrenamiento. La luz del sol incipiente arrancó destellos tanto de la mitad de bronce de la hoja que podía matar a los monstruos del Tárttaro como de la mitad de acero que así mismo podía acabar con la vida de un mestizo o un mortal.

Thalía entornó los ojos al verme con la espada en la mano; tuve la impresión de que se controlaba para no dar un paso hacia atrás o para no abrir los ojos con espantosa desmesura. Clarisse únicamente dejó salir el aire con brusquedad, como si de repente se lo hubieran extraído de un tirón de los pulmones, pero no mostró temor. Más bien... Un respeto reverencial.

—¿Sabes lo que estás haciendo, Lucy? —musitó en voz baja mientras me posicionaba listo frente a ella—. Es curioso que te escoja, que te permita que la sujetes. Backbiter lleva todos estos años negándole el acceso a la gente. No es que haya muchos que quieran empuñarla, claro, pero siempre hay unos cuantos insensatos que quieren destacar. Esa espada tiene historia, una historia bien sangrienta...

—Como todo objeto que se utilice como arma —atajé sin ceder; apreté más los dedos contra la fría empuñadura—. Una espada ya es peligrosa de por sí. Esta, a pesar de su aspecto, no marca la diferencia.

Con el rabillo del ojo, capté a Thalía mirándome con intensidad. ¿No iba a abrir la boca, ¿verdad? Confiaba en ella. Sabía que no iba a delatarme. Si acaso aún le quedaba alguna duda sobre si era realmente Luke, Backbiter se lo acababa de resolver. Por primera vez en mucho tiempo, busqué apropósito sus ojos. Cruzados los brazos con aparente placidez en la cintura, el cielo se habría puesto celoso de lo azul que los tenía, y el hielo no habría hecho más que bailar de orgullo si viera la cortante frialdad que destilaban.

—Puede matar tanto a mestizos como a monstruos —me informó Clarisse con un apremiante susurro. Volví la vista hacia ella—. Puede matar también a mortales. Perteneció a un mestizo que lo utilizó precisamente de esa forma tan indistinta y terrible.

—El fuego también puede arrasar y destruir —me empeciné—. Y, sin embargo, nosotros aquí en el campamento lo utilizamos como fuente de calor, como medio de dar un tributo a los dioses del Olimppo. Es la utilización que se le dé, Clarisse, la que lo convierte en temible. —Y estaba muy seguro de no volver a atravesar a ningún mestizo o mortal con ella, a no ser que, sintiéndolo mucho, fuera indispensable en un ataque a traición y tuviera que defenderme o defender a los míos, claro está—. No el prejuicio de su mal aspecto el que lo determina. Tú, como buena guerrera que eres, debes de saber ya eso. Bueno —proseguí cuando ella dio un cabeceo aquiescente a mi último apunte—, ¿vamos a quedarnos aquí, debatiendo toda la tarde sobre si es conveniente o no que utilice un arma que nadie quiere ni usa, o vamos a empezar la demostración? te recuerdo que seguimos siendo el centro de atención de esos ansiosos mestizos que aguardan su momento de entrenar, Clarisse.

La chica se recompuso en menos que tarda un párpado en caer y volver a levantarse para crear un parpadeo. Dejó el semblante inexpresivo; alzó su pesada lanza e hizo un círculo por encima de su cabeza, indicando que todo iba a comenzar.

—Arriba —avisó Clarisse mientras dirigía un tajo a mi cabeza. Hablaba con voz potente, clara, audible. Con cierta torpeza, la paré. El estruendo que produjeron las dos espadas al chocar en el aire resonó en toda la estancia... en toda mi memoria, en todos mis recuerdos.

Apreté los dientes. Nada de viajar al pasado de nuevo. Nada de recordar.

—Izquierda —advirtió Clarisse. Su lanza silvó por los aires mientras viajaba al encuentro de mi hombro. Me escurrí centímetros a un lado mientras obligaba a mi espada a frenar el golpe de su arma. Lo conseguí a duras penas.

—Derecha —volvió a indicar Clarisse—. Izquierda, derecha, arriba; izquierda, arriba, derecha, abajo.

Me retiraba como podía, avanzando a un lado y al otro del círculo, parando a duras penas las estocadas cada vez más aceleradas de Clarisse. Me habría sentido verdaderamente torpe si no fuera porque, en la demostración, me había tocado hacer el papel de inexperto.

—Abajo, derecha; abajo, arriba, abajo, arriba, abajo, izquierda, izquierda, izquierda, ¡estocada al frente!

Viré con brusquedad a un lado y desvié el arma de Clarisse. No pude contraatacar. El tajo que pretendía lanzar se quedó reducido a un simple amago.

Y entonces titubeé, vacilé. Mis brazos temblaban; permití que resbalaran mostrando un cansancio que estaba muy lejos de sentir. Tras semanas de entrenamiento, ya no estaba tan débil como la primera vez. Por su parte, los brazos de Clarisse seguían igual de frescos, firmes, decididos e implacables como se habían mostrado al principio. En medio de mi aparente vacilación, Clarisse se acercó de un salto e hizo saltar con una fuerte estocada a Backbiter de mis manos.

—¿Veis? —se volvió después hacia los espectantes mestizos que aplaudían sobrecogidos su victoria. Me enderecé mientras me secaba el sudor de la frente con el revés del brazo—. En una lucha contra un demonio, un instante de titubeo y duda es lo que decide el peso de la balanza. Un paso en falso, y la vida peligra. Un instante de duda, y todo se acaba. ¿Entendéis?

Recogí a Backbiter del suelo. Lo examiné de una hoja a otra, buscando arañazos o huellas del golpe, a pesar de que, en el fondo, sabía lo que iba a encontrar. Backbiter continuaba tan intacto como antes. Así eran las armas de los mestizos; salvo el fuego del Olimpo, nada podía destruirlo.

-La fuerza, la destreza, la velocidad -proseguía impartiendo Clarisse-, la habilidad... todo pueden transformarse en nada, en pérdida, si se vacila en el momento más crucial. Bien. Ahora poneos en equipos de dos para ensayar lo que habéis visto. Yo me moveré entre las parejas, mostrándoos y corrigiéndoos, y así podéis consultarme cualquier duda que surja. Entre tanto, mis compañeros —nos apuntó con el pulgar por encima del hombro—, aquí la hija de Artemisa y la hija de Hermes, volverán a haceros una segunda demostración. Estad atentos. No perdáis detalle. Copiar sus pasos. Y luego probad a realizarlos.

Thalía arrojó hacia detrás su chaqueta y dobló las manos en la cintura, con el pulgar apuntando hacia mi dirección como un signo acusatorio. La súbita sonrisa que dormitaba en sus labios era melosa, demasiado melindrosa para que incluso un ciego se sintiera a salvo de sus ojos.

—¿Listo, Lucy?

—Cállate.

—¿Por qué, Lucy? ¿No es ése tu nombre, Lucy?

—Cállate —repetí.

—¿No te gusta que te llame por tu propio nombre, Lucy? ¿Cuál he de utilizar entonces, Lucy? Oh, Lucy...

—Cállate —detestaba que me llamasen así; pero, que lo hiciera ella era diez veces peor, y encima que lo hiciera con ese tonillo tan irritable me exasperaba más aún—. ¿Qué tal si desenvainas tu espada y...?

No me dejó acabar. Antes de que quisiera darme cuenta, ya la tenía sujeta entre las manos y la blandía con rapidez hacia mi torso. ¡Demonio de mujer! Menos mal que no me fallaron los reflejos. El ruido que brotó de las dos espadas al chocar restó intensidad a todos los sonidos escuchados hasta entonces. Yo respiraba afanosamente. Donde ella era una lechuga fresca recién salida del grifo y el colador, yo acababa de terminar otro combate, fuera fingido o no.

—¿sorprendido? —girábamos de forma incesante el uno alrededor del otro en un amplio círculo, sopesando, analizando, aguardando—. ¿O asustado?

—Encantado más bien. —Ella dio un brinco a despecho de sí misma. Me reí entre dientes. Había respuestas que valían más que una espada.

Veloz como una pantera, tracé un medio círculo al nivel de su estómago al tanto acercaba el filo de la hoja a su cuerpo. Dejamos de hablar. Estábamos muy concentrados. Los golpes y estocadas se sucedían en tanto uno atacaba y el otro paraba, reculaba o contraatacaba. Pronto Thalía empezó a perder terreno. Tuvo que recular para esquivar un golpe destinado a desarmarla. No llevábamos escudo ni vestíamos otra protección que los brazos al descubierto. Rápida como una serpiente desenrroscándose, ella contraatacó.

—¿Y por qué habrías de estar encantado? —se mordió el labio inferior—. No tienes motivos.

Al ver cómo la saliva volvía más brillante y atractivo su labio, tuve que hacer uso de todo mi autocontrol para no mandar lejos la espada y atraparla en ese mismo instante entre mis brazos.

—¿Y por qué no? —repliqué a mi vez en tanto lanzaba un golpe a su brazo. ella se agachó y desde abajo lo paró—. Por fin estás hablándome.

—No te creas. esto es necesidad.

—¿Y también lo es que indagues sobre mí a mis espaldas? —solté un gruñido cuando el filo de su espada me arañó el antebrazo—. Con lo fácil que es venir y preguntarme.

—Cállate.

—Ah, ¿quién es ahora la que ordena? —Me aparté de un salto. ella me persiguió. Las armas entrechocaron, haciendo que el aire vibrase.

—Cállate.

¿Y por qué? Fuiste tú la que empezaste. —Lancé una sonrisa de todo va bien a Clarisse y los demás mestizos. Hablando siempre entre dientes, indiqué a la hija de Zeus que se me venía encima—. Además, si contigo sólo se puede hablar discutiendo, discutamos, pues.

—¡Cállate! —Thalía alzó la voz. El choque metálico de nuestras armas al encontrarse de nuevo lo amortiguó—. No sabes lo que dices. No sabes de qué hablas. No es lo que parece. ¡No sabes nada!

—Sé que estás furiosa conmigo, y el Olimpo bien sabe que tienes razones más que de sobra para estarlo. —Las conversaciones y los sonidos de armas zumbaban entorno a nosotros, pero a mí solo me importaba la persona que tenía enfrente—. sé que estás bastante resentida, pero estás perdiendo el dominio de tus actos.

Retrocedí un paso bajo el peso de su acerosa mirada.

—El ladrón cree que todos son de su condición —impregnó a sus palabras de ácido puro—. Yo no soy como tú, Luke. No pierdo los estribos tan fácilmente, ni aunque te mueras por verme en ese estado de descontrol. Sé controlarme muy bien.

—Por lo visto eso es cierto —concedí socarrón—, ya que, fíjate tú donde, has vuelto a llamarme Luke. ¿Era tu intención, querida? Suena más bien a que tu subconsciente te ha jugado una mala pasada o a que..., —hice un quiebre con Backbiter—, has vuelto a sucumbir a otro modo de descontrol.

Solté un gruñido de dolor cuando, con la rapidez de un aliento, Thalía abrió un tajo en mi antebrazo. ¡Por todas las maldiciones del Tártaro, cómo escocía! Poniéndome de lado y en una maniobra que tiempo hacía que no practicaba -la chica estaba preparada para el contraataque; debía salirle por la tangente- se lo devolví más arriba, en la clavícula.

Un hilillo rojizo descendió hasta perderse camiseta abajo. Tenía desgarrada la parte superior de la prenda. El pequeño reguero de sangre contrastaba notablemente contra la piel pálida y blanca como la leche de Thalía. Sin previo aviso, la chica saltó con furia desatada hacia mi cuello. La espada me rozó la piel. Otro corte más al cual pronto cicatrizaría la ambrosía. Me fui agachando poco a poco para frenar mejor sus embestidas. Cuando estaba con una rodilla incada en el suelo, Thalía incrementó el ataque mientras musitaba:

¿De qué me suena esto? —hizo como que meditaba—. Tú hablando, yo avanzando, tú perdiendo la lucha, yo ganando terreno y venciendo. —Le brillaron los ojos con regocijo malicioso—. ¡Ah, sí! Así estabas tú, la última vez que luchamos, instantes antes de que te venciera y desarmara. Vamos, reconócelo, no puedes vencerme. Suerte para ti —miró entorno así con fingida tristeza—, que no haya cerca un precipicio.

—Eres como tu padre, ¿lo sabías? Saltas de tema en tema como toro de pasto y prado. —Ella quedó totalmente desconcertada. Justo lo que buscaba.

Levantándome tan deprisa como si me hubieran puesto un petardo entre el culo y las piernas, me abalancé sobre ella y mandé un cintarazo a sus rodillas. Flaquearon. Luego, sin pausa, sin freno, golpeé su muñeca, su brazo, su hombro, haciéndola cortes superficiales en la piel. Cualquiera habría quedado descartado en el segundo golpe; thalía aguantó bien la acometida. Cuadró los hombros y me recibió con una determinación glacial al tanto hacía un mohín por cada corte que no lograba parar.

—¿Ves? —musité entre respiro y respiro de la lluvia de reveses—. No soy tan malo.

—Sí que lo eres —replicó ella defendiéndose con ahínco—. Y eso cuenta tanto para los combates conmigo como para el resto de cosas.

La mano me temblaba visiblemente cuando fui a apartarme el pelo empapado en sudor de la frente y los ojos, que aún tenía clavados en los azules de Thalía, tuvieron nuevamente una vista despejada.

—Oh, vamos, reconoce tú que no soy tan malo. —Me giré levemente para esquivar su golpe; impulsé la espada a su pecho. Ella apretó la mandíbula y empujó a Backbiter de vuelta—. De haber sido así, no seguirías luchando conmigo. Y eso, sí, también es doble sentido.

—Te tienes en mucho, ¿lo sabías?

—Me tengo por lo que soy, nada más.

—¿Un estúpido? ¿Un idiota? —la trenza corta con la que se había recogido los cabellos se deshizo unos cuantos centímetros cuando agitó la cabeza—. ¿Un engreído de cuidado?

Me reí. Aquellos constantes piques entre nosotros venía desarrollándose desde hacía más tiempo que ese combate que habíamos empezado librando como una muestra destinada a otros mestizos, pero que pronto se había convertido en algo más, en inquinas despertadas, al igual que había sucedido desde la primera vez que empezamos a convivir, vidas pasadas incluidas.

—Un chico que busca una segunda oportunidad, eso es todo. —El filo de Backbiter al casi colarse en sus defensas le dejó claro que, de nuevo, era una frase de doble sentido—. ¿Es eso tan malo, acaso? Dime. ¿No lo es más que se le niegue la oportunidad?

En aquella ocasión fue Thalía la que reculó, abochornada, rehuiendo mis ojos, negándose a seguir manteniendo el intenso contacto visual que hasta hacía bien poco nos sostenía. Aproveché esa repentina muestra de flaqueza.

—¿Por qué me guardas tanto rencor, Thalía? —Suspiré. Marqué los últimos golpes del combate—. Sé que cometí un error al dejar que fueses tú quien se sacrificase por todos ante esa horda de monstruos. En estos momentos estoy intentando reponer lo que en su día destrocé. ¿Es que no lo ves? ¿Es que no se me nota? Con cada día que paso aquí me gano el perdón de un mestizo más; aunque no dejan de creer que soy Lucy, el sentimiento es verdadero, la concesión es sincera.

Di un giro rápido sobre mi mismo, señalando con la espada los rostros de los pocos mestizos que aún nos prestaban atención -la mayoría había emprendido su primer intento de combate- mostrándole la curiosidad y simpatía de las miradas que me dedicaban. Luego me volví de cara hacia ella, Backbiter todavía en ristre.

—No fui a verte todos los días cuando estabas convertida en árbol, y lo siento. Lo siento. No mantuve mi promesa de estar y proteger siempre a Annabeth, pero eso es recriminación de ella, no tuya, eso sólo nos atañe a nosotros, a ella y a mí. ¿Que bien pude matarte al envenenar tu árbol? Corrí el riesgo, lo sé. Pero la vida es eso, riesgos que tomas cuando la desesperación no te deja otra salida.

-El problema empieza cuando consideras mi vida como un riesgo por el cual hay que pasar -volvía a tener el semblante inexpresivo, la mirada herida de un cervatillo-. Porque eso significa que me veías como un daño colateral, nada más. Que no te importaba. Que nunca te llegué a importar hasta el grado de pensar en mí antes que en ti.

Comprendía su punto de vista, entendía la razón de su aflicción aunque mi corazón se retorcía ante la idea de que ella creyera como cierto que yo consideraba su vida como un guijarro al que arrojar y dejar atrás, hundido en el estanque, pero no era así; ella siempre me había importado. A Annabeth la quería. A mi madre la amaba. A Thalía... El sentimiento que despertaba era más profundo que las meras palabras. ¿Cómo hacérselo ver?

-Yo no pretendía matarte con esa acción -Me defendí con un susurro apremiante, me defendí con ambas manos esgrimiendo la espada-. Tan sólo quería recuperarte al precio que fuera, me daba igual lo que pensaran de mí. Necesitaba confiar en que funcionaría, tener la esperanza de que, al menos eso, me saliera bien...

La espada de thalía resbaló. La mía se aflojó. Desde el otro lado del gimnasio nos llegaban las órdenes de clarisse. Mantener en posición el escudo; ataca por este lado, ataqa por ese otro; muéstrame cómo lo haces; haz esto conmigo; muévete hacia abajo, ahora hacia arriba, hacia un lado, hacia arriba de nuevo... Indicaciones de ese estilo.

—Pensé que tú lo entenderías —proseguí con cierta desesperación en la voz. Ya no perseguía la profecía. Ya no perseguía el amor de Thalía. Había demostrado que no me urgía lo primero y que no era digno de lo segundo, que, bien pensado, puede que nunca me había otorgado ese gran afecto. Pero su perdón... su perdón era algo que necesitaba por mí mismo, independientemente de lo que dijera o no el oráculo y de lo que exigieran por ende el panteón del Olimpo—. ¡Siempre has sido tan parecida a mí...! ¿Cuánto tiempo más vas a estar repudiándome?

Ella no contestó. Envainó la espada en la vaina que tenía atada a la cintura. Después hizo ademán de irse, pero no se lo permití. Estaba cansado de que me ignorara, estaba cansado de tener que excusarme ante ella, estaba cansado de su actitud escurridiza. La retuve sujetándola del hombro y la obligué a volverse de cara a mí. Sus ojos me golpearon como dos bofetadas filosas. Sentí el enojo y la impotencia emerger con rabia de mi interior.

—Maldita sea, no soy un monstruo, no soy un monstruo. ¿Qué mano fue la que te empujó a tener esa frialdad de la que ahora tan arrogantemente haces gala? ¿Qué mano te empujó a unirte a las cazadoras? No fue la mía. No fue la mía. Si yo hago inventario de mis acciones, de mis errores, ahora es tu turno. No me culpes, Thalía. No vuelques sobre mí el fallo de tus faltas. Si no estás conforme con tus decisiones, recuerda y sabrás así cuál es el precio de la inmortalidad a la que acudiste rauda a solicitar.

Durante un tiempo incalculable, las amortiguadas quejas de las armaduras al ser retiradas o al chocar entre sí con torpeza o al caer estruendosamente en el suelo, fueron el único sonido que se oyó en el pequeño rincón del breve mundo aislado con el que nos habíamos hecho Thalía y yo.

—Sí, recuerda, del mismo modo en que yo tengo que recordar día tras día, noche tras noche, rostro tras rostro de mestizo o mestiza de este campamento..., el escaso valor de ver cumplido una ambición, una meta destructiva; tengo que sufrir y enfrentar la nula satisfacción que obtengo al supuestamente ganar, cuando observo que al final he roto en el camino de esa ambición las contadas y verdaderas amistades con las que tuve la suerte de toparme, que hasta he perdido la esencia de la persona que fui..., que incluso sin quererlo terminé condenando hasta a mi propia alma. Recuerda, y estate en paz contigo misma. sólo entonces permitiré que me juzgues. E incluso te dejaré que me insultes, me muelas a patadas o que me mates a mordiscos como seguramente te estás muriendo por hacer. Sólo entonces, Talía. Sólo entonces. Entre tanto, vuelvo a pedirte perdón -la solté el hombro-, y voy a pedirte que me dejes. Si son sólo broncas todo cuanto tienes que decirme, te ruego, por favor, que te las reserves. No tengo tiempo para oírlas, aunque ya tengas claro qué recriminarme. Mucho menos corazón para sobrellevarlas, aunque tengas toda la razón y yo ninguna.

Me di la vuelta sin darle tiempo a replicar -ni falta que me hacía verla; podía imaginar claramente su rostro impávido, cálido con los otros pero frío y helador cuando se trataba de mí- y abandoné el gimnasio. Seguro que entre ella y Clarisse podían apañárselas muy bien sin mí. Sí. Y seguro que la próxima vez que me viera, Clarisse iba a hacerme pagar muy caro mi retirada. Yo tenía algo crucial que hacer. Mientras amonestaba a Thalía, me había dado cuenta que lo dicho también se podía aplicar sobre mí. De hecho, se aplicaba en muchos puntos en mí.

Tres largos meses llevaba ya en el Campamento mestizo. Escasos días más los que llevaba en la Tierra. Y todavía había algo importante que me quedaba por hacer. Alguien a quien ver. alguien a quien enfrentar. Eché la llave a la puerta del dormitorio y me aproximé con premura y ansias al libro depositado sobre la mesilla de noche. ¿Cómo hacer para llamar a Hermes?

Necesitaba su presencia. Necesitaba su viaje. Necesitaba...

Sí. Que me llevara a ver a mi madre.