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Historia 126109 — capítulo 17
Disclaimer: Luke sólo es mío cuando Riordan me lo presta de vez en cuando... Como ahora.
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Capítulo 16. Día once: decisión crucial.
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Me quedé asomado a la ventana, observando cómo el carro de Apolo impedía que el alba siguiera dormitando en el cielo, y el sol, antes rojizo como un bruñido rubí, se iba haciendo dueño de forma paulatina, del dominio de la recién llegada mañana. Al cabo de un buen rato la luz del sol inundó mis retinas a pesar de que el astro todavía no había terminado de ascender por donde yo me mantenía asomado. Era como si Apolo hubiera proyectado adrede la luminiscencia solar sobre mi cabeza.
Los pájaros que anidaban en lo alto de los árboles colindantes empezaron a cantar sus voladas agudas y particulares. La brisa se volvió fresca. El aire se cargó de olores matutinos. Huellas locuaces de que poco a poco el campamento mestizo comenzaba a desperezarse. Bostezando, me di la vuelta; me estiré, con la cabeza echada hacia atrás. Mi vista tropezó con una mata de polvo del techo y caí en la cuenta de que tenía que ducharme. Iba a enderezarme para ir al servicio, cuando una súbita oscuridad transformó la habitación en una cueva negra e impenetrable. La garganta de una bestia que rugía ansias de engullir lo primero con que se topase. Parecía ser que una alargada sombra había ocultado repentinamente el sol.
Obedeciendo a unos instintos de supervivencia que se adquieren tras mucho convivir con Cronos y sus monstruos del Tártaro, me eché hacia un lado en el suelo y rodé sobre mí mismo, decidido a que, fuese lo que fuere que se ocultaba entre la densa negritud, no pudiera hallarme desprotegido en el mismo punto exacto donde la luz había delatado mi última posición. Con las manos nerviosas, rebusqué a tientas en el suelo en busca de un artefacto u objeto que blandir contra mi anónimo cazador, pero no encontré nada con que defenderme. Me maldije en mi fuero interno por haber abandonado bajo la almohada el cuchillo.
Arrastrándome con sigilo, logré semiocultarme bajo la cama. Agarré los zapatos de noche que había dejado a los pies de esta, y me dispuse a sortear el peligro que se me venía encima lo mejor posible. Con cuidado, alcé la cabeza de entre los brazos y atisbé en la oscuridad cualquier movimiento. Un punto luminoso me llamó la atención. Procedía de la mesita de noche. O, más específicamente, del libro en blanco que estaba reposando sobre la mesita de noche.
Musitando entre dientes la mayor variopinta y selecta colección de palabras malsonantes habidos y por haber, conocidos y por conocer, salí despacio del escondite y me quedé a los pies de la cama, en cuclillas, aguardando la llegada de Hades.
¿Que cómo sabía que era precisamente él, quien me visitaba en aquella ocasión, de entre los muchos dioses a elegir del Olimpo? Por favor. Era más que obvio. Bastaba con comprobar su tétrica presentación para adivinarlo. Un ejército de esqueletos entrando en tropel por la puerta o la ventana, y el ácido humor del dios de los muertos ya estaría más que servido y completado. Solté un bufido que se parecía más a un suspiro de alivio que a un resoplido de fastidio como pretendía dar a entender a mi nuevo visitante, y me senté en el mullido colchón a esperar el momento en que la divinidad número uno del inframundo terminara de materializarse en la penumbra del cuarto.
No es que me extrañara su llegada, la verdad sea dicha. Lo cierto es que ya estaban tardando (nótese la ironía), porque tiempo ya había pasado desde que había hablado con Thalía y le desvelé ciertos puntos claves sobre mi regreso a la Tierra. Es más; me atrevería a decir que habían sido gentiles y todo, al concederme unos cuantos minutos a solas con mis musarañas y la salida del sol.
El aire suspendido entorno al volumen del libro pronto comenzó a ondularse; relució mientras los reversos despajinados volvían a fragmentarse en brillante polvo con doradas motitas en su interior como había ocurrido en su día con la venida de la diosa Afrodita, solidificándose para ir formando poco a poco el contorno de la figura de un hombre alto ataviado de una larga y nívea túnica, lo único que tenía color entre tanta negritud. Primero emergió una cabeza de recios cabellos oscuros y bigote pródigo con pinceladas de castaño y puntas retorcidas, a la que pronto le siguió unos hombros fornidos, un torso no menos forzudo y unas largas piernas con potentes pies que fueron a chocar contra el suelo del dormitorio como el anuncio de la explosión de un inminente ciclón.
Esta vez, Hades no llevaba el rostro de ninguno de sus muchos penitentes impresos en la tela de su inmaculado atuendo. Bastaba con mirarle a los ojos... O al menos intentarlo... Para saber a donde habían ido a mudarse los semblantes retenidos y torturados de los que sus galas generalmente siempre hacían ostensión. Me recosté con despreocupación sobre la cama. Crucé los tobillos y balanceé con superficial indolencia el solitario zapato que todavía sujetaban mis tensos dedos. Me negaba a demostrar que estaba nervioso.
-Bueno -pensé aún cariacontecido-, por lo menos sí se había ahorrado traerse la horda de esqueletos militares. -Ante esos sí que no habría sido capaz de fingir indiferencia, por mucho que mi orgullo estuviera por la labor de camuflar mis nervios. Hay visiones contra las que, sencillamente, no se puede disimular.
Cuando los pies de Hades tocaron suelo firme, el dios miró entorno a sí y contrajo los labios en un pronunciado rictus de disgusto. Al parecer, el ambiente natural y despreocupado que, juraría, podía encontrarse tanto en mi dormitorio como en cualquier dormitorio masculino y juvenil de cualquier adolescente que se preciase en ser considerado normal, no era de su agrado. Carraspeé ruidosamente para devolver su atención a mi persona y no a la silenciosa crítica que hacía sobre el estado de mi habitación. Cuando se acercó a la cama donde yo insistía en simular inapetencia, siendo que en verdad estaba tenso como muelle, le noté más alto que la última vez. Pues sí que iba en serio la cosa, medité, como para imponer su voluntad. A sus espaldas, el recompuesto volumen volvía a estar como si nada sobre la mesita de noche, como si nunca hubiera sido destrozado inclementemente hacía apenas unos segundos por la fuerza de la manifestación de una divinidad.
El dios recogió el repulgo de su túnica con una mano para esquivar el supuesto polvo del suelo, mientras con la otra hizo aparecer una amarillenta bola ígnea que inundó la habitación y que sustituyó la luminosidad del sol, a falta de lo inútil que habían quedado los plomos del interruptor de la bombilla del techo. No aparté los ojos del rostro impávido de Hades, y sabía que la atención del dios de los Infiernos estaba totalmente volcada sobre mí.
-Luke Castellan -dijo con forzosa mesura, aún aproximándose a pasos severos-. ¿Cómo te atreves a romper el pacto? Te advertí del peligro que corríamos si hablabas. ¡Te prohibí que contaras a cualquiera de los mestizos la existencia de la profecía! ¡Te exigí que callaras! Que lo guardaras en secreto. -Había que admitirlo; él sí que sabía ir al grano-. ¿Y qué has hecho tú a la primera de cambio? ¡Mandar al traste con todos los planes que cuidadosamente hemos trazado en todo este tiempo! -Arrojó lejos de sí la bola de fuego que sostenía en la mano-. ¿Te das cuenta de lo que has hecho, ingrato mestizo? ¡Tantos planes trazados con meticulosidad para nada! Para que un impertinente venido a más venga a estropearlo en un momento de debilidad o absurda consideración romántica. —Su vehemencia era como una fusta de calor que encendía mi rostro—. ¡A este paso nos harás fracasar! Es eso lo que buscas, ¿verdad, verdad?
Agitada por la furia de Doninframundo, la pelota de fuego que se mantenía ingrávida en el aire frente a él se dividió con un sonoro rugido en dos, que a su vez se fragmentaron en otras dos más, que a su vez detonaron en una lluvia de numerosas chispas flamígeras.
-¿Intentas acabar de nuevo con el panteón del Olimpo? No me mires así. Exijo una explicación. ¡Respóndeme, Castellan, te estoy hablando!
Lo observé sin mostrar afectación alguna. Por dentro bullía de rabia. Resultaba increíble que, tras lo demostrado durante todo el tiempo que llevaba de vuelta a la vida de la Tierra, todavía se atreviera a levantar acusaciones contra mí.
-Ah, sí, Hades, eres tú. -Me acomodé con más indolencia en el colchón. ¡Y luego para que digan que somos los jóvenes los que no tenemos educación! Apreté con furia el agarre del zapato hasta que los nudillos de los dedos se me tornaron blancos. Los dientes me rechinaron al hablar-. ¡Hola, por cierto! Gracias por llamar a la puerta y esperar a oír mi concesión para que inundes mi cuarto. -Hice un ademán amplio abarcando toda la estancia, invitándole con sarcasmo a acomodarse en cualquier parte-. ¡Vamos, no te cortes! Entra y déjame ciego en la oscuridad. Y sí, estoy muy bien por aquí, gracias por preguntar.
La mano izquierda de Hades, que antes sostenía la bola de luz incandescente, voló rauda al encuentro de la otra. Una soflama alta y refulgente apareció suspendida en el aire justo tan alto como el dios. No tocaba el suelo, no tocaba el techo; directamente parecía estar incluida en toda la estancia, delimitada por ambas partes, fronteras de alfombra y vigas, de la estancia. La lengua amarilla y humeante de una amenaza indirecta. El significado era claro y tajante. No convenía andarle con vaciles ni rodeos a un dios molesto. Quedaba entendido el mensaje. Alcé el brazo para protegerme de la repentina luminosidad. El gesto no fue de gran ayuda, pero por lo menos así evité que mis retinas dejaran de lagrimear, aparte de que les proporcioné tiempo y espacio para que comenzaran a acostumbrarse.
-No me tomes el pelo, muchacho —advirtió el dios tras hacer un esfuerzo de autocontrol—. No colmes mi paciencia. Esto es muy serio. ¡Y no estoy para bromas! Mucho menos para soportar un ataque de divismo adolescente. ¡Vamos, es que, lo que me faltaba!
Su voz retumbó en mis oídos con potente imposición. Parecía el rugido de una fogata a punto de descontrolarse e ir a lamer a quemazón la tierra reseca.
-Pero sí para acusaciones injustas, al parecer -me defendí, todavía el brazo haciendo visera con el fulgor del fuego-. Dijiste que guardase el secreto de la profecía, y he obedecido. -Me incorporé sobre un codo-. Exigiste que nada ni a nadie comentase sobre su contenido, y eso he hecho. -Me permití el lujo de fulminar la porción de cuerpo físico de divinidad eterna que entraba en mi campo de visión-. Si has espiado bien mi conversación con Thalía, como por lo visto no ha tenido reparo en hacer el Olimpo al completo, podrás darte cuenta de que ni siquiera he mencionado la existencia del vaticinio de los oráculos. -Terminé de sentarme en la cama-. ¿De qué se me acusa, dime? ¿De ser demasiado sincero? -Fue imposible al hablar no filtrar en la voz el rastro de ira que sentía brotar desde mis recuerdos de tiempos pasados-. ¿De no mentir? Esta vez quiero hacer las cosas diferentes. ¿De querer lograr la meta impuesta por vosotros mismos con otros métodos más morales que la última vez?
-¡Al Tártaro con tus métodos morales, necio! -Acalló mi protesta con un gesto imperioso. Otra segunda lengua de fuego, esta erguida junto al otro perfil del dios, fue a hacerle compañía a la primera. Empecé a temer por mis pertenencias-. ¿Qué te crees? ¿Que Cronos no tiene espías, oídos, pajaritos? ¿Que no puede adivinar el verdadero motivo que subyace tras tu reencarnación? —Un halo amarillo, azul y rojo, surgido a partir de las lenguas de fuego que rodeaban a Hades como dos centinelas a punto de saltar, comenzó a enmarcar la figura del dios. Luminoso, cambiante y dorado, parecía la concentración manifiesta del poder del señor del Inframundo—. Si te ha oído -y esperemos que no- le basta con enterarse del detalle de tus mil recuerdos, para que comience a sospechar. Y una vez intuido eso, todo comenzará a desmoronarse como un hilo del que se tira de la punta y se le comienza a deshilachar el carrete. —el halo cobró la tonalidad del oro líquido; la angustia en mi interior dudó si temer más a Cronos o al ente infernal cuya presencia me abrasaba—. Si te crees tan listo como para bordear los márgenes de las normas impuestas, ¡no cometas la estupidez de menospreciar al enemigo!
Sentí un frío hielo trepando por mi espalda. Los vellos de la nuca se erizaron ante la contemplación de la posibilidad apuntada por Hades. No podía ser. Dioses, aquello no podía ser. La magnitud del alcance del poder de Cronos no podía ser tan grande. El Olimpo no podía dejarle llegar tan lejos. De algo tenían que servir las barreras alzadas por más de doce divinidades.
-Yo-Yo -balbuceé en un quedo susurro, sin ver venir aquello-. Yo... No sabía eso. Intenté incorporarme para poder meditar con mayor profundidad y comodidad, pero no llegué muy lejos. El dios del Inframundo no me lo permitió.
-¿A dónde te crees que vas? -inquirió en tono autoritario-. Siéntate, Castellan. Todavía no he acabado contigo.
Los nervios, el pesar, la ira y el horror de la posibilidad insinuada por el dios me impidió hacer caso inmediato a lo que, por lo visto, era una orden. Continué levantándome, vacilante, las manos contra el colchón, la espalda ya casi erguida en posición a medio levantar, olvidado en las manos el zapato de noche.
-¡Te he dicho que te sientes! -La voz de Hades restalló como un látigo de fuego por las cuatro paredes del dormitorio. El aire pareció solidificarse entorno a las flamígeras lenguas gemelas. Un puño invisible me aferró por el hombro y me arrastró de un brusco movimiento de vuelta a la cama-. Mientras yo hable, tú no te mueves. ¿Queda claro? —asentí finalmente. No es que pudiera hacer otra cosa, la verdad, ya que lo único que podía mover era la cabeza. De cuello para arriba, tenía cierta voluntad. De cuello para abajo, mi cuerpo entero parecía haberse convertido en una estatua rígida, sólo que con derecho a respirar—. ¿Hay algo que desees comentarme más, sobre el asunto de tu metedura de pata con esa mestiza…? ¿O sobre cualquier otro tema?
Y eso me lo ofrecía quien, sin indicios y sin pestañear, me tenía paralizado en el asiento cual preso de armas tomar. Intentaba liberarme, pero era como si me hubieran echado encima un bloque entero de hormigón, sólo que podía respirar con regularidad, y que ninguna argamasa de mármol o piedra venía a clavarse en mis costillas. Incluso los brazos, que habían intentado alzarse en protesta, estaban abiertos a ambos lados del costado, pegados a la cama por una mano invisible, inútiles como defensa. Ni siquiera la boca gozaba de libertad de movimiento.
—Habla ahora, Castellan —el tono de Hades parecía de todo menos amistoso y paciente como su repentina oferta pretendía dar a entender—, que todavía estás a tiempo. —Sentía la boca reseca, los ojos desorbitados por el temor a la fuerza del dios.
El recuerdo de la pesadilla de Cronos de la pasada noche despuntó en un rincón de mi mente, pero sacudí la cabeza, negando a mi memoria a que inundase con él mi cerebro. Estuve a punto de contárselo a Hades, pero, ¿para qué? Los mestizos siempre tenemos sueños que registran los sucesos de una realidad paralela; siempre. Y eso nada podían impedir los dioses. ¿Qué iban a hacer los Olímpicos? ¿Ir al Tártaro, charlar amigablemente con Cronos, tomarse un brindis de ambrosía a mi salud, y pedirle al titán, con toda la educación reunida a lo largo de la inconsumada eternidad de ambos bandos, que dejara de crearme pesadillas mientras dormía porque eso no me molaba? ¿Que eso me impedía descansar correctamente? ¿Que su invasión en mis sueños era todo un claro impedimento a soñar con los angelitos que los imaginativos mortales gustaban recrear tanto para los infantes?
—¡Libérame! —Demandé entre la rígida parálisis que aquejaba a mi cuerpo. Oh, bueno, más bien intenté exigir. Lo único que conseguí emitir fue un gruñido ininteligible. De todos modos, porfié en mis exigencias—. ¡No puedo hablar, suéltame!
Hades enarcó una ceja ante mis ininteligibles gruñidos. La mirada que le asesté, entre temerosa y feroz, no pareció hacer mella en él. De hecho, al contrario. Cualquiera habría dicho que hablaba con un colega de fútbol. Sólo que a un compañero de partido no se le va paralizando por ahí.
Finalmente recuperé la movilidad. Me puse de pie de un brinco, sólo para tener la certeza de que realmente podía volver a hacerlo; y, bueno, sí, ¿por qué negarlo? también como desafío al dios. Una insensatez, lo sé, y encima después de todo lo que había generado la parálisis, pero no podía evitarlo, sencillamente. Negarme a ser sumiso, temeroso y obediente, quiero decir. No me daba la gana que pensase que eso me había escarmentado de algún modo. Ni soñando. Al verme de pié, Hades pareció leerme el pensamiento. Sonrió. En su mueca, sin embargo, no había ni rastro de emoción humana.
—Lo siento —musité con aspereza en un amargo susurro. Odiaba disculparme, pero si una simple disculpa bastaba para convencer al elenco del Olimpo que mi confesión a Thalía no había sido malintencionada, pues a decirla sea. La sonrisa del dios se volvió más incisiva, por lo que proseguí de forma más audible—. Repito que no era mi intención. Sólo buscaba hacer las cosas bien y mejor. Yo, yo, yo... No volveré a propasarme en dar información, si así lo querréis. Ni en adelantarme a hacer suposiciones, por más que las considere convenientes en el momento. —Me cuidé mucho de no prometer nada más.
-Tú, tú, tú -espetó el dios haciendo eco burlón a mis balbuceos de antes-. ¡Mortales! -Formuló la palabra como si fuera la peor de las blasfemias-. Ni aun siendo semidioses, podéis desvincularos de la mácula de la arrogancia, que tan usual y corrientemente afecta a los humanos normales.
¿Yo, arrogante? Hades se erguía con la espalda tiesa, la mirada llameante, la boca repleta de defectos a señalar frente a la incalculable inmunidad de los dioses. ¿Y yo era el arrogante? No obstante, la ironía de aquel punto no logró retener por largo tiempo mi atención. El señor del Inframundo arrugó la frente y abarcó con la mirada el cuarto que esperaba a ser ordenado. Los dos fuegos que había encendido en medio del silencioso cuarto crujían como si quisieran hacerse eco de la ira controlada de Hades. Las rojizas lenguas enmarcaban el rostro corpóreo del dios, otorgándole una apariencia algo siniestra de claroscuros que serían el deleite del pincel de un buen pintor. Llamaradas de luz, proyectadas por las dos lenguas amarillas, hacían brillar y relumbrar las motas de polvo que habían quedado esparcidas por el suelo como escasos y diminutos recordatorios de la repentina, pero pasajera, desencuadernación del ajado tomo de la mesita de noche.
Luego volvió esos ojos infernales hacia mí. Cuencas vacías, guardianes de pavorosas formas nebulosas, arrancándome la voluntad de pensar de forma coherente, de moverme a mi antojo, de hablar. Abrí los ojos de forma desmesurada y reculé todo cuanto me fue posible. Pronto el duro camastro de la cama chocó contra la parte posterior de mis rodillas. No había lugar al cual escapar. Sólo me quedó la opción de procurar mantenerme impasible por fuera. Los miedos y la rabia los reservé para mis enrojecidas manos empuñadas.
-Si por mí fuera, te arrastraría ahora mismo de cabeza al Tártaro —parecía estar recordándose así mismo todos los motivos por los cuales esa opción no era conveniente ni viable—. Si no pendiera de ti el vaticinio de una profecía que sacude al Olimpo entero, te llevaría ahora mismo de vuelta al Inframundo y te dejaría como entretenimiento de Cerverus para el resto de tu existencia. -Murmuró otras palabras ininteligibles antes de dirigirse de nuevo hacia mí y alzar la voz-. Pero como esto no depende de mí, tendrás la libertad que exiges. Eso sí. Más te vale mantener la boca bien cerrada a partir de ahora, Castellan, y no añadir a los conocimientos que ya tiene tu amiguita, cualquier otro detalle que te atañe a ti o al Olimpo entorno a la profecía. -Hizo una mueca despectiva-. Al menos hasta que vuestra relación quede realmente consolidada. ¿He hablado con claridad, verdad?
La última pregunta más parecía una advertencia mortal que un rezongo de reiteración, si se me ocurría decir que no. NO PUDE MÁS QUE COMPARAR A LA BELLA Afrodita Con aquel dios tan hostil. Donde el dios del Inframundo era irascible, gruñón y acelerado, la diosa del amor se mantenía fría y serena, joven y majestuosa, con aquella sonrisa inalcanzable que parecía estar destinada de forma única y secreta a uno solo. No es que no me hubiera percatado antes de la disparidad que despedía Hades; pero cuando uno tiene otras cosas en mente más acuciantes, como la decisión de un retorno a la Tierra por mandato profético, por ejemplo, como que eso pierde cierta importancia, quieras que no. ¿Cierto?
-No diré nada de la profecía, si es eso lo que os preocupa. Pero si queréis que el plan tenga éxito, no me pidáis que la mienta a ella por la cara, porque entonces ese amor sincero que tanto requiere la profecía no llegará jamás a producirse. —Me atreví a imitarlo—. Y eso sí que sería contraproducente, cierto?
Hades gruñó. Las lenguas de fuego a su izquierda y derecha lo acompañaron con un intimidante chisporroteo. El conjunto era de horror, francamente.
—Limítate a eso, entonces. No más. A menos que quieras conocer el lado titánico del Olimpo. El gen cronos de los dioses, se podría decir. —Negué furibundamente con la cabeza—. Bien. Eso pensaba. ¿Listo para continuar entonces con tu misión, Castellan?
—Sí, sí, sí —me apresuré a afirmar. Ya deseaba que la visita concluyese de una vez por todas—. Estoy dispuesto y preparado.
Hades me observó durante un largo momento, escudriñando mi semblante y sopesando a saber qué; me mantuve inmóvil en el sitio, percibiendo como un hierro candente la mirada dura, inflexible e inexorable del señor de los muertos, la vista obligada a reposar en la felpa de la alfombra con rígida ociosidad, hasta que, renuentemente, el dios asintió y habló.
—Pues ahí quiero verte. El tiempo corre y el advenimiento del niño mortal con ojos de la Cláusula se hace cada día más acuciante. —Oh, vaya, muchas gracias. Como si no necesitara yo más presión—. Casi trescientos días quedan de margen, pero sólo necesitas un minuto, una hora, para que Grace se te entregue. ¿A qué estás esperando? Por si se te ha olvidado, esa concepción es aquí lo más importante. Su perdón. Su amor. No la gratitud de la hija de mi arrogante hermano Zeus por estar bien informada por las cosas que en los submundos de mi territorio.
La ira me subió a la cabeza. Los recuerdos volvieron a jugarme una mala pasada. Ante mis entrecerrados ojos desfiló todo un abanico de escenas del pasado. Todas diferentes. Todas iguales.
—Pensaba que, tras ir dejando un rastro de hijos por aquí y por allá, los dioses ya tendríais más que sabido la mecánica de cómo una mujer permite que la engendren un hijo —dije, destilando ácido a puntapalo—. Antes del amor, es más, antes siquiera del perdón, es necesario la confianza, el agradecimiento, la aceptación. Los mortales no somos dioses. No está en nuestra naturaleza cumplir con un instinto carnal y desvincularnos de las emociones. Lavarnos la mano, sacudirnos el tema de encima mientras retornamos a la comodidad del Olimpo o de sus otras localizaciones. —Miles de momentos de ausencia de Hermes, mi llamado padre, en instantes críticos de mi vida, pasaban como flechas deletéreas por mi mente—. Que la mayoría de los mestizos sean fruto de un error o desliz vuestro, los supuestos perfectos y todopoderosos dioses, no significa que queramos hacer lo mismo. ¿Cómo, si no, creéis que puede concebirse un hijo idóneo a lo que la profecía requiere?
—¿Es rencor eso que percibo en tu tono, muchacho? —La voz de hades rebosaba sorpresa, tristeza, una insultante conmiseración—. ¿Todavía... Tras todo lo vivido... ¿Después de tanto tiempo aún no has sido capaz de entender la postura de tu padre?
No respondí. No había respuesta para ello. Del mismo modo en que en el mundo no debería haber cosa más importante que el bienestar, físico y mental, de un hijo. Ni siquiera el mismísimo mundo.
—Termina de cumplir tu deber para con el Olimpo, Castellan. Quizás así entonces comprenderás qué puede significar la lejanía de un padre, cuando es el amor hacia su propio hijo, lo que hace peligrar al mundo entero. Incluso para ése ser que tanto pugna en salvar. —Suspiró con intensa pesadumbre—. Mira a tu padre. Recuerda a Hermes. Y ahora piensa qué serás tú, para ese hijo que nunca te conocerá. Luego entonces, hablamos. Sólo entonces tendrás derecho a juzgar el papel de alguien que tiene que ser dios, protector, padre y amante de toda la humanidad.
Y, dicho aquello, el dios se esfumó en un hondo chisporroteo de brasas al agitarse. Ni las paredes, ni el suelo, ni los muebles ni ninguna otra parte u objeto del dormitorio conservaba el recuerdo del paso del fuego de Hades. Al contrario, se mostraban más incólumes aún si cabe. Sólo mi pecho, agitado por las acuchillantes palabras de Hades, recordaban el paso del dios del Inframundo por la habitación. El recuerdo de sus palabras me impulsó a tomar una decisión crucial.
No iba a hacerlo. Y no había ni dios ni titán que me hiciera cambiar de opinión. No iba a permitir que la historia se repitiese, otra vez. No conmigo. No con mí supuesto hijo. La imagen de mi madre, rastrillándose la cara con las uñas para espantarse del rostro bichos imaginarios e inexistentes mientras, con fiebre, una versión de mí mismo con seis años procuraba abrirse camino por el mar reseco de las cortezas de sándwiches pasados para llegar hasta ella y cortar la hemorragia de la cara, estaba muy nítida y vívida en mis recuerdos como para olvidarlo así tan fácilmente. La angustia del momento, el deseo frustrado de la presencia de un adulto, un padre, un guía, me lo impedía. No, definitivamente, yo no sería uno más de entre los dioses no paternales. Jamás sería un padre ausente. Jamás permitiría que mi hijo pasase por todas las carencias por las que yo pasé.
Lo reconozco. Me horrorizaba ser como Hermes, abandonando por ahí a un hijo de mi propia sangre. Conocía muy bien lo que era estar al otro lado de un abandono. Soñar inútilmente con una palabra, un gesto, un aliento de ése señalado como padre. Saber que existía, y utilizar los viajes y los rezos como la única vía de comunicación con él. No quería que mi hijo tuviera una infancia sólo de nombre y una adolescencia repleta de muertes emocionales. No. Jamás. Y si para ello tenía que renegar de la profecía y regresar a los fangosos pozos de los Estigios, entonces que así fuese. A partir de ahora se iba a acabar la profecía. Se iba a acabar mi regreso a La Tierra.
Cerré los ojos y me dejé caer a plomo como un peso muerto sobre la cama. Me mordí la cara interna de las mejillas. Se iba a acabar Thalía.
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Y colorín colorado, puesto que nadie me comenta, esta historia… Se ha acabado.