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Historia 126109 — capítulo 16
Disclaimer: Juro solemnemente que no soy Rick Riordan. Ya sabéis. Tengo que decirlo.
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NT: ¡Hola!
Hoy, 11/11/2013, esta historia cumple un añito!. (Por eso mismo me he decidido adelantar la actualización semanal y celebrándolo actualizando hoy, en vez de esperar al jueves). Espero que os guste el capítulo, y que utilicéis el enlace de comentarios para regalarme algo, ¿eeeem, eeeem? (ahí lo dejo caer).
Y ahora sí... ¡A leer!
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Capítulo 15. Día once: una confesión a oscuras.
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Soñando. Estaba soñando. Lo supe en cuanto percibí la oscuridad que me rodeaba, una negrura absoluta que parecía contener toda una guarnición de remolino de nubes negras con espesas tinieblas inmateriales en su interior.
Estaba desplomado en un suelo rocoso, jadeante y tembloroso, la ropa ensangrentada y hecha jirones, la cara adolorida, hinchada y amoratada, retorcida en una mueca de tremendo dolor. Trataba penosamente de incorporarme, pero una y otra vez volvía a caer al suelo y a golpearme contra el pico afilado de una resbaladiza roca, sin lograr mantenerme erguido más de dos segundos seguidos.
La oscuridad me apresaba. Las bestias escondidas en su interior me cercaban, asfixiantes. El poco aire que mis agotados pulmones conseguían inhalar estaba impregnado de una virulenta maldad. Sus voces se alzaban en mis oídos en un cántico lúgubre, en promesas de matanza y sangre.
—Venganza, venganza, venganza. Nunca escapaste de nosotros, nunca podrás huir. Tu sangre fluye, nos llama; tu cuerpo caliente con esa carne tierna, nos llama. Tu piel está otra vez entre nosotros. Es hora de desgarrarla, de arrancarla, de quitarte el pellejo y quemarlo. Es tan placentero hacerlo pedazos, será tan placentero trocearlo y reducirlo a jirones rojos. Rojos como la sangre, como la dulzura, como la muerte. Rojos como los gritos, los gritos, los gritos. Tus gritos, tus alaridos, tus temores. Oh, oh, oh, es tan agradable..., tan agradable... Venganza. No huirás. Venganza. No escaparás. Venganza. Ven, ven. Venganza. Morirás, morirás, morirás, morirás.
Las voces enmudecieron; se perdieron a lo lejos, en el vacío, como cuando se acalla el sonido tras cerrar la puerta de forma súbita. La negritud mermó, disipada de golpe mediante una luz amarillenta, temblorosa, y la vigilia tomó control de mis sentidos, trayendo la realidad, el presente, percibida en la figura anónima de alguien que se acercaba a mí.
Me quedé inmóvil, a la espera, los músculos tensos como cables, el corazón desbocado como caballo. Casi estaba convencido de que Cronos se había personificado en mi cuarto, y eso que me constaba que, sin un cuerpo mortal que ocupar, el titán del tiempo no podría salir de su prisión infernal. Con el aliento contenido en la garganta, percibí más que escuché cómo el intruso, muy despacio, avanzaba tanteando en la oscuridad hasta alcanzar mi cama.
Antes de que me diera cuenta, tenía un rostro cerniéndoseme encima, una mano que seguía con soslayo las formas del costado de mi cuerpo oculto bajo las sábanas con sorprendente rapidez hasta encontrar mi cabeza y taparme la boca.
Con un brinco de sobresalto, retiré el rostro del que se me venía encima y palmeé el aire con una mano, asustado, mientras que con la otra buscaba a tientas bajo la almohada en busca del cuchillo que había escondido ahí.
Las cobijas me resbalaron. El miedo me retorció el estómago. El aire se quedó atragantado en mis labios. Una vez mis dedos se cerraron entorno a la empuñadura de madera, me puse de rodillas en la cama, oteando la oscuridad con unos ojos legañosos.
No obstante, antes de que mi vista se acostumbrara a la oscuridad de la estancia, una voz que conocía como la mía propia flotó hasta mis abotargados oídos.
—¿Quiero que me cuentes qué era eso tan importante que te urgía decirme antes. —Una luz incipiente se abrió camino a través de mi retina adormilada.
Parpadeando furiosamente para disipar las repentinas motas de luz amarillenta, enfoqué la vista al frente y descubrí a Thalía. Tuve que pestañear varias veces, para dar crédito a lo que veían mis ojos. La chica estaba acuclillada a los pies de la cama, una vela temblorosa en la mano, la sombra de una sonrisa autosuficiente planeando en los labios. La hija de Zeus me observaba entre cautelosa, divertida y rabiosa. Todo al mismo tiempo. Por lo visto, le divertía sobresaltarme en medio de la noche.
Solté un suspiro de alivio y desconcierto. Me había despertado de una pesadilla, de esos sueños de realidad paralela típicos de semidioses, para toparme cara a cara con una furia personificada en el cuerpo de Thalía. Pero más furia tenía yo, joder, y las palpitaciones dolorosas en la nariz magullada de la tarde anterior, y el regusto a malestar dejado por el sueño con los titanes, me lo recordaban con creces. Bajando el brazo que empuñaba el cuchillo, espeté con rabia nada disimulada:
—¡Thalía…! Joder, me has asustado. ¿Se puede saber qué demonios haces aquí?
—¿Y tú me lo preguntas? —me replicó ella a su vez también en voz baja, los ojos llameantes—. ¿Tú, que deberías estar muerto, bien muerto, y que, sin embargo, estás aquí, de cuerpo presente, vivito y coleando?
Thalía tenía los ojos abiertos de par en par; su voz rezumaba ira y dolor en cada palabra.
—¿Y qué demonios es eso de Lucy? ¿Qué les has hecho a los demás, que ni te reconocen? ¡Ni siquiera la propia Annabeth se da cuenta de quién eres tú realmente! —Fue subiendo el volumen de la voz, con lo que quedó más patente su enfado, a medida que la desesperación se iba apoderando de ella—. ¿Por qué estás haciéndote pasar por una chica, Luke…? Es más, ¿cómo es eso de que estás vivo? ¿Por qué estás vivo? ¿Desde cuando estás vivo?
La luz de la vela que la chica sostenía en la mano se hinchaba al tanto las preguntas se interponían entre nosotros como bruscos bloques de granito. El aire rielaba a su alrededor. Los cortos cabellos se le dispararon en todas direcciones, como si estuviesen temblados por una masiva electricidad.
—¿Por qué estás fingiendo ser quien no eres…? ¿Por qué estás aquí, Luke? Dioses, ¿por qué, por qué, por qué, por qué? -Al final de la última pregunta se le acabó rompiendo la voz.
La amarillenta luz de la vela, hinchada como un globo, tremoló, flotó, y se apagó de golpe, extinguida en la negrura. Sin embargo, antes de que la oscuridad volviera a caer en el cuarto, distinguí un abundante reguero de lágrimas corriendo por sus mejillas, y otras cuantas más acumuladas en sus ojos, esperando a resbalar y humedecer su rostro.
No había visto llorar a Thalía desde tiempos en que éramos niños, en que ella recién había escapado de su casa con apenas diez años, y ya entonces eran escasos los momentos en los que se dejaba vencer por las circunstancias y, si lo hacía, lo hacía a escondidas, bajo el saco de dormir, cuando me creía dormitado y pensaba que así no la escucharía.
En los demás, Thalía veía las lágrimas como una demostración de que la necesitaban, lo cual le gustaba, respetaba e incluso a veces, necesitaba. En ella, el concepto de llorar adquiría un significado de debilidad. Y si había una cosa que Thalía Grace detestaba en el mundo, era sentirse frágil, que los demás la creyeran vulnerable.
Abandoné el cuchillo sobre las sábanas y me bajé de la cama. Titubeante, me acerqué a Thalía, sin saber por dónde empezar, cómo o qué explicar, por qué disculparme primero y responder después. Sentía un aguijón en el pecho, la culpabilidad remontándose con más fuerza que nunca en mi corazón.
Me incliné un poco más y le puse la mano en el hombro, acongojado por su llanto, pero ella se sacudió mi mano de encima; pronto se apartó de mi tacto, de mi intento de consolarla. No me sorprendió su rechazo -en cierta forma, me lo esperaba. Thalía nunca había sido una persona de demostraciones abiertas, cuanto menos de dejarse consolar- y, ha decir verdad, no debería haberme dolido ese rechazo, porque bien sabía que me lo merecía, que me lo había ganado con mi comportamiento de antes, pero me dolió, me dolió, y mucho más incluso que el puñetazo en la nariz que me había propinado la tarde anterior.
—Déjame —exigió Thalía mientras se hacía a un lado con brusquedad para alejarse de mi mano que aún permanecía extendida, la voz tan triste y enfadada como llorosa y jadeante—. No me mires. No me toques. No quiero que me consueles, quiero que me respondas. Retírate, déjame, apártate. Tú sólo respóndeme. —Con un jadeo ahogado, trató de recuperar el aliento—. Por favor, Luke, por favor. Quiero saber, necesito saber. Qué ocurre, qué pasa, por qué… ¿Dioses, por qué...?
Se me hacía un nudo en la garganta verla así, derrumbada, y más por el hecho de saber que era mi culpa, el pago de mis actos pasados.
—Lo siento —fue todo cuanto dije—. No pretendía hacerte daño, no pretendía asustarte. Nunca he pretendido herirte, Thalía, lo juro.
Le di la espalda con cortesía y me alejé unos cuantos pasos, procurando que no se sintiese incomodada por mi cercanía. Me senté en un lateral de la cama, dejando unos buenos centímetros de colchón y sábanas entre nosotros.
—Pues entonces menos mal que nunca lo has pretendido —escupió Talía sin piedad ni miramientos—, porque con todo lo que liaste hace años, con todas las veces que faltaste a tus juramentos, no puedo ni imaginar qué puedes llegar a hacer si es que te lo llegas a proponer de verdad.
Se veía a leguas que buscaba desahogarse. ¿Y qué mejor desahogo que yo, el causante de todo? Imposible culparla.
—Ya no soy esa niña a la que sólo con decir unas cuantas palabras, contentas, Luke. —Quise decirle que nunca había sido una de esas niñas, pero ella continuó hablando—. Quiero que me respondas, ahora, y que me cuentes la verdad. Y más vale que me convenzas, Luke, porque de lo contrario, voy a poner en pie de guerra a todo el campamento. Te lo prometo. Y a diferencia de ti, yo sí cumplo mis promesas.
En ningún momento dudé que Thalía fuera capaz de hacer eso y más; aunque, eso sí, recordaba algunas promesas no cumplidas de ella. Pero sabía que sólo iba a empeorar la situación si me ponía a recordárselas, en un irritante plan pedante.
Sin embargo, ¿cómo se le dice a una persona que has regresado a la Tierra sólo para conquistarla? ¿Cómo se le dice a una cazadora de Artemisa, que estás ahí para hacerla perder su juventud, su inmortalidad, y regalarla un bebé en el proceso? ¿Cómo se le explica, por querer escuchar la verdad, que todos los dioses del Olimpo te han permitido volver a vivir por última vez, a cambio de enamorarla, embarazarla y, después, volver a abandonarla? ¿Cómo se le dice que incluso su propia señora, diosa, madre, está al tanto de todo y, aunque a regañadientes, también conforme con ese otro tipo de manipulación emocional?
No se explica. Si no quieres terminar de perder la nariz, todos los dientes de la boca, algún ojo, brazo u oreja, y, quizás, la virilidad, simplemente, no se explica. Se calla. Se guarda. Evidentemente no deseaba que el brazo diestro de Thalía alterase más partes de mi anatomía. ¿Podéis culparme? Con el dolor de la nariz ya tenía suficiente, gracias. Y si a todo eso le añadíamos la recalcada advertencia de Hades sobre guardar silencio ante los semidioses en el asunto de la profecía, la situación sólo me dejaba una salida: mentir.
Pero yo no quería mentir. No de nuevo. No a ella, no a Thalía. No después del sueño que había tenido de la visita de los titanes, la pesadilla donde Cronos me prometía venganza. Había sido por ocultar, disimular y callar, las causas principales por las que había acabado como..., bueno, como todos sabemos que acabé. Esos habían sido los primeros y principales porqués que me habían hecho confiar más en las alentadoras palabras de grandeza y cambio de los titanes que en la gente que me rodeaba, que sabía que me estimaban.
Callando una pena, había acabado acumulando rencor. Guardando un sentimiento, había terminado asfixiado y manipulado por ellos. Por disimular un grito de protesta ante los demás por la salud de mi madre y el abandono de mi padre, en vez de confesarles mis penas a la gente que sabía que siempre me escucharían y ayudarían, había acabado teniendo un genio roto, una rabia desinhibida, un odio sin cuartel hacia los dioses.
No quería volver a repetir la misma tormenta. No podía soportar volver a pasar por ese camino pedregoso y traicionero. No podía volver a dar la espalda, por segunda vez, a Thalía. Así que, bordeando los límites de lo que se me permitía contar y lo que no, musité en voz baja y queda:
—Bueno, ¿a todos nos llega la hora, no? si no te han convertido en inmortal, como alguien que yo me sé, al final, tarde o temprano, mueres. Pero también, tarde o temprano, revives.
Oí como Thalía se sorbía la nariz. El sonido me encogió aún más el pecho.
—Así está escrito, según dicen los dioses. Que todas las almas mortales revivan hasta tres veces. —De nada serviría que le dijese que aquella era la última, mi tercera vez—. Y el por qué he revivido justo en este momento, justo hace diez días..., bueno, eso tendrás que preguntárselo a Hades, que es quien lo permitió. Doninframundo no me cuenta todos sus planes, ¿sabes? Aunque se refieran a mí.
Con ese "todos", estaba salvándome de ser acusado de mentiroso, porque estaba seguro que Hades no me había confiado todo lo que él y sus endiosados colegas del Olimpo tenían pensado hacer conmigo.
—Y el propósito de que esté aquí, en el campamento mestizo, más allá de que yo pueda recuperar el tiempo perdido, a la gente perdida, bueno, pues, no le veo más misterio.
No añadí nada de conseguir el perdón de todos ellos; no quería que ella me los concediese porque sí, por si creía que así se iba a librar antes de mí. Tenía que ganármelo. Aunque, teniendo en cuenta su enojo, dudaba que incluso así me los diese. Menos, eso que insinuó Hades y que más tarde confirmó Afrodita, de hacer caso al amor, enamorarme y, o, enamorarla.
—No hay más que contar. Eso es todo.
Un silencio tenso, incrédulo y hosco se instaló en el dormitorio en cuanto terminé de hablar. Al cabo de un minuto o así, Thalía dijo con voz contenida:
—¿Pretendes que me crea eso...? ¿En serio?
Esa era mi intención, sí. Pero conociendo como conocía a Thalía, sabía que no se iba a contentar con esas respuestas tan endebles. Y, sinceramente, no la culpaba. De ser yo ella, tampoco me fiaría de una explicación tan floja.
—Me has pedido la verdad, y yo te la he dado. Me has preguntado por varios por qués, y yo te los he resuelto. —Intenté adoptar un tono apático, como si no me importara que me creyera o no—. Si crees que miento, si piensas que no es nada de eso... Bueno, pues dime lo que quieres oír y yo te lo diré. Aunque, eso sí, tendrás que permitirme mentirte a la cara, porque eso sería lo que estaría haciendo, ya que no aceptas mi versión, mi verdad, lo que te cuento.
Por unos instantes, Thalía permaneció callada. En medio del silencio, pude oír el leve roce del viento en la subida persiana de la cerrada ventana, el aterciopelado manto negro de estrellas titilantes y luna plateada y sigilosa vida nocturna que la noche dejaba caer por todo el ámbito del campamento.
—Puede que eso explique tal vez el por qué estás aquí, en el campamento mestizo —cedió finalmente Talía, al cabo de un rato—, vivo. Pero no explica para nada por qué los demás no te reconocen. Por qué te llaman Lucy.
—Es a causa de un truco recurrente de los dioses —expliqué atropelladamente; mi cerebro iba a dar de sí, de tan deprisa que estaba hilvanando la explicación y procuraba no mentir—. Llámalo niebla, llámalo una ilusión óptica, una farsa apariencia... Al tener que convivir entre tantos mestizos que durante mucho tiempo me vieron y creyeron como un enemigo, como alguien que luchaba contra ellos en el otro bando de los titanes, no es muy seguro mostrar abiertamente mi rostro. Pueden... Reaccionar mal, y con razón, si saben que soy Luke Castellan, el chico que, además, se llevó por delante a unos cuantos de ellos.
La frente de Thalía se arrugó.
—¿A qué te refieres con eso de "llevarse por delante?" —inquirió, sorprendida—. Pero si tú fuiste el único que murió en la batalla final.
¿Ah, sí? Ese cambio en los acontecimientos era nuevo para mí.
—Oh, vaya —a estas alturas, ya nada me extrañaba—, eso no es lo que yo recuerdo. Y si me permites la sugerencia, no me sorprendería para nada descubrir un día que los dioses están bien metidos en esto.
Se volvió a hacer el silencio entre ambos, éste más prolongado. Finalmente, Thalía formuló la pregunta que me había estado temiendo, la pregunta del millón, como se suele decir.
—¿Y por qué yo sí puedo verte? —Quiso saber—. ¿Por qué sólo yo te veo como lo que eres, un chico, y como quien realmente eres? Es decir, ¿como Luke Castellan?
No tenía respuesta para aquello. No, sin desvelar en el camino todo el pastel.
—Bueno. Pues porque... Porque... No lo sé. —Y no mentía.
No comprendía por qué, de entre tantas mestizas, era ella la elegida, la que me veía como quien era. Si alguien me preguntaba, sabría decir por qué querría que fuera ella: por cariño. Por amistad. Por quizás… Tal vez… A lo mejor… Amm…, amm…, amor. Sin embargo, no entendía cuáles eran esos ojos con los que me miraba Thalía, esos ojos que ninguna otra mestiza tenía y con los que, por ejemplo Annabeth, no me percibía de igual forma.
—supongo que, como se suele decir en estos casos, siempre hay un semidiós que es la excepción.
Me callé. Ahí lo dejé. Que descubriese ella sola quién era, en este caso, la que personificaba la excepción de cualquier regla.
—¿Me tomas por tonta o qué, Luke? —me espetó. De nuevo estaba la cazadora al acecho, esa versión de chica joven que no aceptaba ningún cumplido o halago que viniese del sexo opuesto—. Haz el favor de dejarte de tonterías. ¡Estoy hablando en serio! ¿Por qué yo sí puedo verte, y los demás no?
—¿Por qué hacen lo que hacen los dioses, Thalía? —Repliqué a mi vez volviéndome hacia la ventana—. ¿Tú lo sabes? ¿Alguien lo sabe? —Me giré hacia ella, los hombros encogidos, las manos en alto—. Qué sé yo, Thalía, el caso es que yo sí que no lo sé. —Sacudí con vigor la cabeza, negándome a mirarla a los ojos—. Esa es la verdad, no lo sé. Y, sinceramente, a mí también me ha sorprendido que tú puedas reconocerme.
—Estabas muerto —susurró Thalía, más para ella que para mí—. Dioses, Luke, estabas muerto; te habías ido. Y ahora, después de todo lo ocurrido... Después de tanto tiempo... Vuelves aquí, a nosotros... Vivo.
Se levantó de donde estaba agazapada y comenzó a andar con sigilosos pasos por toda la habitación. Luego se detuvo frente a mí, y pidió:
—Cuéntame... ¿Cómo fue?
No necesitaba más detalles para saber qué preguntaba. Lo medité unos segundos, pero lo cierto es que no tuve que sopesar la respuesta por mucho tiempo. Estaba decidido a decir la verdad, la verdad que se podía contar sin estropear la finalidad de la profecía, se entiende, y hacerlo al precio que fuese, aun con la furia de todo el Olimpo por delante.
Le expliqué las condiciones de Hades. No todas, por supuesto. Sólo las que se referían a ese inconveniente de no acercarme ni al fuego, ni al agua, ni al amparo de la corriente, por miedo a que la niebla se disipara y la ilusión se rompiesen.
Le confesé que ni Grover ni Quirón ni ninguno de los otros seres con cuerpo de animal podían distinguirme. Le dije qué podía pasarme si alguien me descubría antes de tiempo, esa latente amenaza de acabar como vigilante del Tártaro. Incluso le hablé de mis miles de recuerdos, de esos sucesos del pasado que en ocasiones surcaban por mi mente. Le conté todo lo que, dentro del margen, podía contarle, con la esperanza de que me creyese y, si era posible, que se aliara conmigo y me ayudase.
Mientras hablaba, Thalía sólo me miraba con fijeza, las secuelas de sus años como árbol volviendo a ella, manteniéndose tan inmóvil de pie, frente a mí, que bien podía confundírsela con otro mueble más de la estancia. Aunque, bien pensado y visto lo visto su condición como supuesta cazadora, eso bien podía considerarse una buena capacidad, más que una secuela desafortunada.
—¿Quieres decir, entonces, que ahora tienes la apariencia de una chica porque temes que los campistas te den una paliza entre todos ellos? —Inquirió cuando por fin terminé de hablar. La incredulidad y la incompasiva burla aflautaban su voz—. Tú, Luke Castellan, escondiéndote detrás de los dioses, detrás de esos mismos contra los que despotricaste durante tantos años. Parece bastante irónico, ¿no crees?
—Oye, ¿y te crees que a mí me hace gracia? —le solté. Me puse en pie, rabioso. Thalía se puso más tensa aun si cabe, cuando me acerqué a ella. Mas esta vez mi objetivo no era tocarla. Pasé junto a ella hasta apoyarme contra el marco de la ventana—. Los dioses disponen y los mortales cumplen. Desde siempre ha sido así. ¿De qué te extrañas?
Abrí la fina hoja de cristal sin hacer ruido. El aire de la noche me golpeó en la cara, robándome momentáneamente la respiración, y luego se expandió a mi alrededor y entró en el cuarto de forma perezosa.
—¿Crees que, para mí, este cambio es como... como si hubiese pasado de vivir en Venecia y mudarme a Londres? —Me mantuve firme en darle la espalda—. Me afecta, más allá de una maldita reencarnación.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros.
—Date la vuelta —me pidió Thalía al cabo de un rato—. Por favor. Quiero verte el rostro.
Obedecí con nerviosismo. La hija de Zeus creó una violenta corriente de aire a mi alrededor. No pude respirar por un momento. Parecía que tenía un embozo en la nariz. Después entornó los párpados y me escudriñó atentamente.
—No noto diferencia —repuso, aún desconfiada—. Sigo viendo tu rostro de siempre, no el que los demás ven. —Negó con la cabeza, consternada—. Antes, en la entrada, por un momento, me pareció...
—Los elementos de los tres dioses sólo levantan el disfraz —expliqué, suponiendo más que sabiendo—. Como desde el principio tú ya traspasaste ese disfraz, no ay ilusión que romper ante tus ojos. —Tosí con fuerza; todavía me afectaba el maldito embozo—. Pero creo que sé cómo podemos solucionar eso.
Me enderecé y me encaminé hacia el cuarto de baño. Pero Thalía no me siguió.
—¿Qué? —Inquirí por encima del hombro—. ¿Quieres verlo o no?
—No pienso meterme contigo en el baño —negó categóricamente, dando un paso hacia detrás—. Si quieres mostrármelo, hazlo desde aquí.
Chasqueé la lengua con impaciencia.
—¿Acaso tienes un espejo encima?
—No...
Como me suponía.
—Pues entonces acompáñame al cuarto de baño.
—¡No! No voy a meterme ahí dentro contigo. —Hablaba con sequedad—. Eres un chico...
—Buena observación —repliqué mordazmente—. ¿Y qué es lo que te ha dado la pista después de tanto tiempo? ¿Eh? ¿Mi nombre? ¿La forma en que te como a besos? ¿Mis manos colándose en tus partes íntimas? Dioses, chica, ni que no me conocieses de nada. ¡No pienso tocarte, Thalía, haz el favor!
—No voy a estar a solas...
—¡Por si no te has fijado, ya estamos a solas!
—... Contigo, en medio de la noche...
—¡Dioses, Thalía!
—... En un cuarto de baño...
—¿Qué diferencia hay de estarlo aquí, ahora, en un dormitorio semioscuro?
—¡Toda! —reafirmó la chica, retrocediendo otros cuantos pasos más.
De haber habido más luz en la estancia, habría jurado que estaba sonrojada, pero no estaba muy seguro de ello.
—Bueno, da igual. Olvídalo. Otra vez será, si eso. Me voy.
—¿Qué? ¡Espera! —Mientras volvía hacia la ventana, a la cual se aproximaba Thalía, deseé que Percy estuviera ahí. Tal vez el hecho de estar saliendo con Annabeth le hubiera proporcionado un sexto y séptimo y octavo y décimo sentido, para entender a las chicas. Porque yo, definitivamente, no entendía nada de nada—. ¿Vas a delatarme?
Hubo una pausa tan tensa y prolongada que llegué a pensar que nunca me respondería. Pero, finalmente, la chica musitó:
—No, supongo que no. —suspiró, rendida. Me observaba con una intensidad abrumadora—. Eso sí, te tendré vigilado, porque, aunque me lo hayas contado, lo cierto es que no termino de confiar en...
—¿Me ayudarás, entonces? —corté. Ya podía decirme otro día la larga lista de las cosas en las que no confiaba sobre mí—. A mantener el disfraz, me refiero.
La pausa que prosiguió a esa pregunta fue más prolongada todavía.
—No me gusta mentir, lo sabes. —Dijo, echándome una mirada dura.
—Thalía...
—Pero supongo que, por esta vez, la ocasión lo requiere. Si necesitas un cable, te ayudaré. Pero no más. Tan solo eso, Luke. ¿Queda claro?
Escupí en la palma y le extendí la mano. Thalía me miró con concentrada repulsa.
—Guárdate esos gestos primitivos para ti y para los tuyos —rechazó con desdén—. Con mi palabra debe bastarte.
—¿Y la mía? —repliqué—. ¿Te basta a ti?
Los ojos de Thalía buscaron los míos. Le sostuve la mirada con impavidez, procurando no mostrar el cúmulo de sentimientos que me revoloteaban por dentro. Finalmente alzó el brazo. Su palma era firme, pequeña, fría y temblorosa. Nuestras manos se encontraron en la oscuridad con un apretón que denotaba por su parte fuerza y nerviosismo a la par.
—Debo irme —anunció la chica al cabo de un segundo, soltándose del apretón—. Conseguí burlar la guardia de Rayna, pero no creo conseguirlo dos veces seguidas. Esta vez me será más difícil, con eso de que ya clarea.
Tenía razón. Una uña de luz rojiza se intuía a lo lejos, en el horizonte del cielo.
—Están en el campamento mestizo —hice notar, sorprendido—. ¿De qué se supone que tienen que cuidarse esas cazadoras? ¿De los otros campistas? ¿De las criaturas respetuosas del bosque? ¿Del viento?
Los ojos de la hija de Zeus se prendieron con gélido fuego azulado. Su espalda se extendió tiesa como mástil de un barco cuando habló.
—Vosotros os pasáis todo el tiempo bajo los muros protectores del campamento. Sólo cuando hacéis incursiones al exterior, dormís a la intemperie —escupió con cólera—. Nosotras, no. El hecho de que ahora estemos aquí, no quiere decir que tengamos que dejar de cumplir con nuestras costumbres, más cuando son de protección y autodefensa. -Habríase dicho que el invierno había llamado de sopetón a la habitación, a juzgar por la frialdad que impregnaba su voz-. Baja la guardia un sólo instante, y los monstruos te saltarán a la espalda.
Torció el gesto.
—Y te recuerdo que ésas cazadoras de las que tanto te mofas, son también mis hermanas.
—No, no son tus hermanas —repliqué—. Tu hermana, en todo caso, sería Annabeth. Ellas no son más que pésimas sustitutas de...
—No afirmes querer cambiar —escupió con enojo la chica—, si luego no aceptas los cambios que se generan a tu alrededor. —Dio un paso hacia el frente, invadiendo deliberadamente mi espacio personal—. Mírame, Luke.
—Lo hago —empecé, poniendo los ojos en blanco.
—No —negó Thalía—, no lo haces. Mírame bien. —Se señaló a sí misma, y recorrió con ímpetu su cuerpo de arriba a abajo—. Mírame de verdad. Ésta soy yo, Luke, soy lo que ves. Thalía. Mestiza. Cazadora. No me rebajes a lo que no soy. No me conviertas en esa chica que dejaste atrás antes de morir, porque murió contigo, el día en que caíste de espaldas en el precipicio, porque se perdió del todo, desde el momento en que negaste la redención a los dioses.
La voz de la joven se mantuvo baja pero implacable.
—Annabeth ha cambiado. Yo he cambiado. Incluso tú lo has hecho. Todos hemos cambiado, Luke. No puedes volver de entre los muertos, y pretender que la gente sigue tal cual les dejaste. —Se aproximó aún más. Le relucían los ojos con vehemencia contenida. Sentía como brisa fresca su aliento en mi rostro—. ¿Dices que quieres recuperar lo perdido? Pues bien, entonces no niegues sus vínculos. No niegues sus cambios. No les niegues el respeto. Y, sobre todo, no niegues a mi diosa, porque me estás negando a mí, Thalía Grace, quien fue tu amiga.
—Thalía...
—No vuelvas a referirte a nosotras como si fuéramos dos grupos, ellas y yo —se apoyó también contra el marco de la ventana—. Porque todas somos cazadoras. Hermanas. Aliadas. Hijas de la diosa Artemisa. Si quieres empezar con buen pie, como según tú dices, grábate en la cabeza lo que soy ahora. Mi juramento a la diosa no será menos sólido, ni menos existente, por mucho que tú te empeñes en negarlo cien veces.
La miré con fijeza. Tenía mil cosas que objetar de todo aquello, pero únicamente pude pensar en lo mucho que la había echado de menos. Estúpido, sí, lo sé. Tan silenciosamente como había entrado, Thalía trepó por la ventana. Se quedó un rato de cuclillas en el alféizar y, luego, lentamente, se descolgó con cuidado, quedando sujeta a la repisa con los dos brazos.
Me incliné un poco para ver cuánta distancia había entre la ventana y el suelo. No era mucha, pero, aun así... Thalía alzó la cabeza. Al verla en una postura tan precaria, tan valiente, teniendo en cuenta que detestaba las alturas, mi boca no pudo más que hacerle ver lo que sentía por ella.
—Aunque no te lo creas, Thalía, te he echado de menos. A ti y a Annabeth, claro. —Me apresuré a añadir antes de que me malinterpretase.
Ella dio un brinco de sobresalto. No se esperaba aquello. Sujeta de una forma tan precaria, temí por su suerte. Extendí una mano solícita para reafirmar su agarre a la repisa de la ventana, pero ella negó con la cabeza. Abrió la boca, como si fuera a decirme algo, pero desistió finalmente.
—Buenas noches, Luke. —Fue todo cuanto dijo antes de desaparecer ventana abajo y perderse en la oscuridad del campamento, rumbo a su cabaña—. Cuida de Lucy, ¿sí?
Descansé la cintura en la ventana y suspiré con resignación. Thalía... tan implacable como siempre. Con ella, nunca se podía asegurar que habías ganado la discusión.
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¡Hola!
¿Os ha gustado? Por fin podemos ver un acercamiento entre ellos dos... ¡Y encima el paso lo ha dado ella! Pobre Luke... Indeciso si mentir o no. Espero que creáis que el chico ha actuado bien. (Aunque dudo que el Olimpo piense lo mismo,xd).
PD: ¡Por cierto! Me gustaría que os pasaseis por mi pequeña viñeta , y que me comentéis. Es también de Luke -of tourse- su madre, y la decisiva noche en que el niño se fue para siempre de casa.
En fin, ¡saludos! Espero que rompáis con ese pacto de silencio que habéis firmado últimamente, eh, y así veros pronto en los comentarios.