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Historia 126109 — capítulo 15
Disclaimer: Riordan es el que se forra y sonríe (merecidamente) por cada nuevo libro que le dice su editor que ha logrado vender, y yo soy la que ladea
la cabeza y se entristece porque nadie, ¡nadie! me comentó en el cqapítulo anterior.
-…-…-
Capítulo 14. Día diez: poniendo motes.
-…-…-
Echándole agallas, me encaminé hacia la mesa de las cazadoras. Por fin encontraba una ventaja a mi apariencia femenina, fíjate tú. Iba a sacarle partido
al asunto de que todos me consideraran una chica, ya creía que sí. Aun así, permití que Grover me precediera por delante. Cuando llegamos a la altura de
las mesas de Thalía y las hijas de Artemisa, la conversación que todas mantenían se detuvo de súbito cuando se percataron de que nos uníamos a ellas, lo
que, dicho sea de paso, no pareció cohibir a Grover en absoluto.
Al primero al que tuvieron cerca fue al sátiro. Thalía nos daba la espalda, ya que estaba sentada a la derecha del asiento que precedía la mesa de las cazadoras,
un puesto que, curiosamente, habían cedido a Annabeth, así que tuvo que volverse sobre el asiento para encontrar la respuesta a las elocuentes muecas de
incomodidad que hacían sus compañeras de mesa.
Sospeché que el recelo de las cazadoras se debía más al hecho de que el sátiro podía llegar a ponerse bochornosamente servicial y muy pesado con ellas,
más que al hecho de que le vieran verdaderamente como un tío, una amenaza a su integridad de mujeres vírgenes, repudiantes del sexo opuesto.
Sin ánimo de ofender a Grover ni al resto de sátiros, eh, pero había que reconocer que era muy difícil que se sintieran tentadas o atraídas por alguien
con pezuñas, por más limpias que las mantuviera siempre como tanto presumía el sátiro, y que de cintura para abajo presentaba un pelaje totalmente de animal
de la pradera.
-¡Niño cabra! -Saltó Thalía en cuanto divisó a Grover-. Oh, ven aquí a saludarme, vamos.
La chica sonreía como si no hubiera pasado nada, como si no hubiera estado a punto de desmayarse de la impresión antes, al emprenderse a golpes de puñetazos
y bofetadas con un fantasma del pasado. Sólo había que fijarse más detalladamente en sus ojos azules, que estaban velados por una película impenetrable
de turbación y miedo, para darse cuenta de que todo era una farsa. Seguía tan alterada y conmocionada por lo ocurrido en la entrada del campamento 2, como
lo estaba yo; simplemente que, a duras penas, lo disimulaba.
Y si no fuera porque la conocía como la palma de mi mano, diría que lo hacía bien y todo. Yo también me obligué a sonreír. En fingir bienestar no me ganaba
nadie. Por supuesto, Grover no se hizo de rogar. Trotó hasta ella, alegre, dándose un banquete visual con la visión de las cazadoras tan cerca. Abrazó
a Thalía y de inmediato se puso a hablar con las cazadoras. Cualquiera habría dicho que llevaba sólo un día sin ver a su amiga, teniendo en cuenta el poco
tiempo en que se fijó en ella.
Pero de todos era sabido que su interés se centraba más en las hijas de Artemisa y, al igual que yo, Grover tampoco consideraba a Thalía como tal, por mucho
que las evidencias nos dijeran lo contrario.
Sin cortarme un pelo, me deslicé en el asiento que quedaba libre para sentarme. Justo a la izquierda de Annabeth y enfrente de Thalía. Sólo la mesa y una
enorme fuente con fruta, queso, pan, carne y una jarra con un licor verde dentro nos separaba. La sonrisa sincera que alumbraba el rostro de la chica se
congeló al instante en su rostro en cuanto me vio. Compuse una más radiante que el propio sol y se la dediqué.
La frialdad de su semblante era tan afilada que un escalofrío trepó por mi columna vertebral. Pero como había previsto, Thalía no evidenció abiertamente
sus emociones. Nunca lo hacía. No durante mucho tiempo, por lo menos. En lo que tardaba el párpado cayendo y levantándose para componer un parpadeo, ya
tenía una nueva mueca en los labios. Forzada, distante, cortés, pero sonrisa a fin de cuentas.
-Vuelves a estar pálida. ¿Segura que estás bien? -Annabeth la conocía tan bien como yo. Y eso sumado a su innata perspicacia, hacía sumamente difícil convencerla
de lo que se pretendía enmascarar.
-Cansada por el viaje -musitó Thalía desestimando su preocupación-. Hemos venido en el carro de Apolo, y ya sabes que no tolero muy bien las alturas.
-Creía que eras hija de Zeus -intervine, verdaderamente sorprendido; eso sí que no lo sabía, lo cual era una sorpresa bastante desagradable, ya que en mi
foro interno yo presumía de conocerla al dedillo-, el dios del aire. ¿No es algo paradójico eso?
A juzgar por la mirada fulminante que la chica me lanzó, más me habría valido mantener la boca cerrada. ¡Dioses, si los ojos mataran...!
-¿Te han dicho acaso que los genes divinos excluyen los miedos?
-No. pero...
-¿Que el terreno natural del que es divinidad tu progenitor olímpico te convierte de inmediato en diestro manipulador de ese mismo terreno, ya sea agua,
aire, sabiduría... Viajes?
-Sí. Quiero decir, no. Pero...
-¿Que al heredar el elemento natural de los dioses eso te convierte en alguien con gusto por ellos?
-No. Pero...
-¿Que tienes derecho a meterte donde no te llaman?
La mano le temblaba visiblemente contra la cuchara con la que comía su sopa de cebolla. En sus ojos mandaba una gelidez implacable. El aire crepitaba a
su alrededor, peligrosamente. Annabeth posó una mano tranquilizadora sobre el brazo de Thalía, mientras paseaba la vista entre los dos y me combinaba a
callar de inmediato con la mirada.
-Sólo preguntaba por saber, Thal, no te lo tomes así -le aseguró a su amiga-. La chica es curiosa, eso es todo.
-¡Lo que realmente es la chica es, es...! -Apretó los labios con fuerza, masticando las palabras que bien podrían delatarme-, demasiado curiosa por preguntar.
-concluyó finalmente. Cerró los ojos y sus labios se movieron en silencio, descontando hasta tres-. Lo siento; el viaje me ha dejado bastante alterada.
Se llevó la copa de agua a los labios, para obligarse a no añadir nada más. Me miró desde el borde del recipiente de cristal con una mirada tan confusa,
asustada y desamparada, que poco me faltó para alargar el brazo hacia ella y tomar su mano para consolarla. Sabiendo que de hacerlo recibiría otro contundente
rechazo por su parte, me obligué a volverme hacia las cazadoras que ocupaban el resto de asientos de la mesa, a hablar con ellas.
La mayoría de ellas eran rubias. Rubias de pelo liso, enmarañado o rizoso, rubias de pelo corto o largo, rubias de un rubio pajizo y rubias de un rubio
platinado; rubias flacuchas, rubias regordetas, rubias risueñas, rubias taciturnas, rubias, rubias, rubias por todas partes. ¡Demonios, dioses! ¿Con cuántas
rubias te puedes topar a lo largo del día? ¿No existe una especie de, límite, para encontrarlas todas en un solo grupo?
Pero, para variar, la chica que estaba más a mi derecha tenía un rizoso cabello castaño que alguien parecía haber cortado en trasquilones en un arrebato
de cólera; unos ojos del color del trigo que denunciaban muy a las claras su descendencia démeter; y un marcado acento de Oklahoma que creo que ni aun
viviendo mil años podría deshacerse de él. Prestando atención a la petición de mi mirada, se presentó bajo el nombre de Rayna. La cazadora comenzó a hacer
las presentaciones que de buena gana habría hecho Thalía en cualquier otro momento de no haber estado tan alterada. No obstante, no pude dejar de tener
un oído puesto en lo que se decían al otro lado de la mesa Annabeth y Thalía, mientras soportaba presentación tras presentación.
-Cada casa tiene dentro una sala común única -explicaba la rubia hija de Atenea-, de tal forma que así aumenta la interactividad entre los campistas que
viven en cada una de ellas...
Rayna tenía una rubia terriblemente guapa a su lado, y fue a la primera que presentó bajo el nombre de Shelyse y cuya madre, no hizo falta añadiduras, era
Afrodita. La chica era tan guapa y se parecía tanto, pero tanto a Silena (de hecho, era un nivel más guapa que ésta última, cosa que ya creía imposible
tratándose de una hija de Afrodita), que automáticamente en mi cabeza quedó registrada como "Silena 2.0".
La susodicha apartó sus ojos castaños de su hermana el tiempo suficiente para dedicarme una cortés y fugaz sonrisa de blancos y perfectos dientes antes
de volver a la susurrante conversación que mantenía con Silena.
-... Así, una casa tiene el comedor,...
A la presentación de Shelyse le precedió una chica de rostro liso, anodino, pero sin ningún grano ni espinilla en la cara, a pesar de que aparentaba tener
unos doce años. Su pelo oscuro caía como un cascote por su cabeza, y los ojos recordaban a los de un cervatillo perdido y también a la vieja y acumulada
sabiduría de alguien que ha vivido mucho en tan poco tiempo.
Ésa sí que me molesté en aprender su nombre verdadero, y eso que era el más largo de todos cuantos me habían dicho hasta entonces. Se llamaba Narcisa Andrómeda,
y era hija de Apolo. Su madre debió chinchar mucho a su padre durante el tiempo en que estaba embarazada de ella, y debió hacerle mucho daño a la mujer
durante el parto, porque sólo así se explica que unos padres consintieran en ponerle un nombre tan cruel a una hija.
Otra rubia, ésta con apariencia de unos dieciséis años y con los mechones amarillos recogidos en multitud de trencitas pequeñas, se presentó por el nombre
de Galina, pero llevaba la pechera de la camisa tan manchada de sopa, la barbilla semioculta por el líquido verdoso que se le escurría de entre la boca
medio abierta, las mejillas sonrosadas, y la punta de la nariz tintada de negro por una gran mancha oscura, que en mi mente la apodé como "Caramanchada".
-... Otra casa tiene el área de reunión...
La única pelirroja del grupo tenía un nombre enrevesado donde los haya: Dalcaster, Dupsicaster, o Dalicansester, o vaya a saber ella sola qué otro Saster.
En fin, el hecho es que tenía una cara tan astuta que ni los zorros ni las comadrejas le hacían justicia; un rostro tan flaco, de mejillas hundidas, que
llamarla flaca sería hasta injusto y todo para las que eran verdaderamente flacas; y unos dos buenos bultos a cada lado de la frente que le otorgaban un
aspecto de garabato. A ella la apodé "Chichones".
Chichones me dio la bienvenida con un fruncimiento de cejas y unos carrillos llenos de ensalada de pasta. Ni se molestó en tragar y dedicarme un hola en
condiciones. Si los dos bultos que coronaban su frente no eran suficientes para que su cara simulara un gracioso ocho, el espectáculo sumado a sus mejillas
hinchadas por la comida y a sus pobladas cejas unidas sobre un raro entrecejo lo completaba con creces.
-... Otra casa tiene la biblioteca...
Luego también estaban un par de gemelas, idénticas a más no poder. Los mismos labios gruesos y pómulos altos que evocaban a princesas africanas. Los mismos
mechones negros, espesos, brillantes recogidas en sendas trenzas de raíz que caían hasta mitad de la espalda. Los mismos ojos negros que casi engullían
las blancas pupilas de alrededor. Tenían una piel oscura de esas que recuerdan al capuchino de verdad.
Y encima, para colmo de identificaciones, se llamaban Alayne y Elayne. Una simple letra y... La distinción estaba servida. Me fue imposible distinguir quién
era quién, así que simplemente las apodé "Ala, y Ele". Aunque sus rostros se parapetaban tras las jarras de té helado -dioses, ¿té helado? ¡con el tiempo
que hacía!- y el plato de espaguetis con tomate y trozos de salchichas que entre las dos compartían, Ala y Ele no se cohibían en mirar a los chicos que
tenían más cerca con tal expresión de asco y reproche, que temí que en cualquier momento les sobreviniese un acceso de arcadas.
-... De esa forma, recuerdan que, aunque el camping sea su hogar, el campamento mestizo no deja de ser un lugar de convivencia general. Y así, aprenden
a no cerrar las puertas a los demás, a mantener una higiene respetuosa...
De todas formas, y muy a mi pesar, tenía que admitir que todas eran guapas. Extrañas algunas, no tanto otras, pero sí, cada una a su modo, tenía su propio
encanto, su peculiaridad, su gracilidad hermosa. No sé si es que Artemisa hacía un casting previo para seleccionar a sus hijas en función de si eran agraciadas
o no, o si es que adquirían esa belleza extranatural con el paso de los años y bajo el cobijo del juramento de inmortalidad de la diosa cazadora que las
chicas hacían cuando se unían a ella. El caso es que no vi a ninguna fea, y eso que intenté por todos los medios que por lo menos algunas de ellas me lo
parecieran, eh.
De vez en cuando, durante el tiempo que duraron las varias presentaciones, lanzaba miradas de reojo al frente, buscando la figura de Thalía; no quería volverme
en cualquier momento y darme cuenta de que la chica se había escabullido de la mesa, de que se había escaqueado de mi presencia, y eso a pesar de que la
escuchaba hablar a lo lejos, como en una lejana sintonía de radio.
Empero Thalía seguía ahí, estoica, decidida a hacer que comía algo, a pesar de que el contenido de su plato no parecía disminuir casi apenas, entregada
por completo a la conversación con Annabeth. A veces, No obstante, sentía sus azules ojos fijos sobre mí, taladrándome a punta de ojeadas breves, pero
cada vez que volvía la vista hacia ella para encontrar su mirada, sus ojos me rehuían al instante.
De todas las cazadoras, la que más me llamó la atención fue una chica de unos aparentes dieciocho años, de largo pelo castaño y grandes ojos oscuros, algo
grandes para su cara menuda, joven, morena y de nariz pequeña y respingona, que parecían tener luz propia en su interior. Y no, no hablo de forma metafórica;
verdaderamente sus ojos parecían tener luz dentro, en serio, lo digo literalmente.
Sostenía un tazón de leche entre las manos, y a diferencia de muchas de sus hermanas cazadoras -sobre todo de esas dos gemelitas estiradas- miraba a los
campistas con sincera curiosidad, y a los chicos (tuve que mirar dos veces para convencerme de que había visto bien y de que no me estaba equivocando ni
imaginando cosas), les observaba con simpatía; simpatía de verdad. Me dirigió una mirada cautelosa y cuando la saludé, esbozó una sonrisa radiante. Casi
no parecía peligrosa. Si no fuera porque sabía que era una cazadora, me habría caído automáticamente bien y todo.
Dijo que podía llamarla Victoria. Curiosamente, cuando le dije mi nombre -entiéndase Lucy; no os olvidéis de que en realidad me llamo Luke, por favor, porque
incluso yo mismo tengo la sensación a veces de que en cualquier momento voy a olvidar mi identidad, con tanto Lucy por aquí, Lucy por allá, Lucy de por
medio- titubeó, abrió la boca para decir ella sabrá qué, pero finalmente calló, precavida, como si no encontrara las palabras o las razones que le indujeran
a decir tales palabras, antes de repetirlo en voz alta y de extenderme una mano amistosa.
-¿Qué te ha sucedido en la cara? -quiso saber; parecía sentir verdadero interés.
Por un momento, incluso creí que se iba a levantar del asiento y acercarse a mí, puesto que extendió el brazo por encima de la mesa y lo detuvo a pocos
centímetros de mi rostro. No sé si es que tenía intención de, ¿qué? ¿Curarme? Da igual. Tan rápido como se había medio incorporado, la chica volvió a dejarse
caer en el asiento, como si se obligara así misma a reprimir su impulso.
-Es cierto, Lucy -interpuso Annabeth frunciendo el ceño-. ¿Qué le ha pasado a tu nariz?
-Amm... Pues... -empecé, procurando a toda costa no mirar a Thalía.
-Pues que tropezó contra una pared mientras huía de un árbol -intervino Grover, feliz de tener la respuesta que pedían sus estimadísimas cazadoras-, ¿o
era al revés? -Se encogió de hombros, ajeno a las miradas de incomprensión que la gente le dedicaba, impávido a la falta de sentido de esa frase-. No sé;
eso fue lo que me dijo ella, antes de que la curase.
-Lo que yo te dije fue que no veía donde iba y que por eso había chocado de bruces contra una pared de corteza que, en realidad, como bien sabrás, es un
árbol -puntualicé, mordiéndome la cara interna de las mejillas para no echarme a reír-. No te has enterado bien, Grover. En ningún momento he dicho que
huía de algo.
-Pues cualquiera diría que te han propinado un buen puñetazo. -Annabeth ladeó la cabeza para tener una mejor visión de mis irritadas napias-. ¿Te duele?
¿Que si me dolía? Que si me dolía. ¡Menuda pregunta, queridísima Annabeth! Me dieron ganas de chocar los nudillos contra su rubio cogote inteligente, a
ver si sentía la quemazón del golpe o no.
-Más de lo que parece, y menos de lo que, por descuidado, merezco -musité finalmente, mirando de reojo a la hija de Zeus-. Pero bueno, ya Grover me ha aplicado
un remedio... Y, poco a poco, ya se me está curando. Lo noto. Cada vez me duele menos.
El pecho de Grover se infló de orgullo cuando las cazadoras se inclinaron hacia él para intercambiar información sobre los remedios que ellas utilizaban
y el que el sátiro había usado conmigo. Sólo la atención de Thalía no se desvió en ningún momento de mi rostro. Victoria rebulló inquieta en su asiento,
pero cuando giré la vista hacia ella, la joven disimuló el gesto del brazo tendiéndome la mano por delante del pecho de la cazadora que se interponía entre
los dos.
Cuando se inclinó hacia delante para ofrecerme la mano, algo salió del escondite de su camiseta y quedó suspendido en el aire, colgado de su cuello. Se
trataba de un colgante, un amuleto de plata con forma de hexágono, con un extraño símbolo grabado en su interior, las diminutas figuras de tres soles y
tres lunas entorno a las cuales se curvaban cinco letras de tinta estilizada que unidas se leían: I.D.H.U.N.
-¿Idhun? -pregunté, pensativo, arqueando las cejas. La palabra no me sonaba para nada ni me evocaba algo en la mente-. I.D.H.U.N. Perdona mi curiosidad,
pero, ¿qué es Idhun?
Victoria tapó el colgante con una mano, como si al hacerlo quisiera protegerse de algo, como si pudiera borrar la visión de la extraña palabra. Al tocarlo,
chispas doradas salieron del colgante y fueron a lamer sus dedos, pero ella ni se inmutó. Antes de que el amuleto volviera a desaparecer tras la tela de
su camisa, logré distinguir en la placa del colgante tres soles dispuestos en forma de triángulo, tres lunas colocadas de manera que hacían la figura de
un triángulo invertido, y ambos triángulos estaban entrelazados, líneas de plata y cristal de celestes astros unidos formando la figura de un hexágono.
Ante mi indiscreto escrutinio, la sonrisa de la tal Victoria, antes amplia y amistosa, se volvió repentinamente distante, nerviosa, cortés. Me encogí de
hombros, disculpándome por mi indiscreción. Cada uno tenía sus secretos, y cada uno era libre de determinar cuándo los quería desvelar, si es que en algún
momento lo deseaba desvelar.
Eso sí, para muecas corteses y fingidas, prefería la de Thalía, la verdad. Así que dejé a la chica del colgante de Idhun con sus propios miedos y me volví
hacia mi único y verdadero desafío. Y justo a tiempo. Aprovechando que la atención de la mayoría seguía volcada en el emocionado Grover, Thalía se había
levantado y reunía los platos de Annabeth, el suyo y el de las cazadoras que habían terminado de cenar en una tambaleante pila, y los llevó al carro correspondiente.
Cuando volvió, urgió a sus lideradas a ponerse de pie y a que la siguieran a la casa H que habían reservado exclusivamente para ellas.
Cuando junto a la mesa sólo quedábamos Annabeth, Thalía y yo (esta vez, era Grover quien encabezaba la marcha de la estancia de las cazadoras), me levanté
y me acerqué hacia la hija de Zeus.
-¿No vais a asistir a la fogata nocturna? -le pregunté sin pensar y volviéndome <hacia ella, en mi precipitación de que me dirigiera la palabra, un gesto,
una mirada-. Las cazadoras y tú. ¿No vais a asistir a...?
-No existe unas cazadoras y yo -espetó Thalía entre dientes, mientras Annabeth buscaba con la vista a Percy y las hijas de Artemisa se encaminaban hacia
la salida del comedor-. Todas somos un equipo; hijas de la misma diosa. ¿Entiendes? Todas somos cazadoras. Hermanas. Bendecidas por nuestra señora. ¿Te
queda claro?
No pensaba igual, pero más me valía no confesar eso en voz alta. Me aclaré la garganta.
-Me gustaría...
-¿Unirte a ellas? -inquirió Annabeth una vez hubo localizado a su novio.
Di un respingo ante el espanto de esa posibilidad. ¡Dioses, qué horror! Ni en mil años, aunque naciera mil veces chica, me metería en semejante asociación
masculinista.
-¡No! -saltamos al unísono Thalía y yo.
-Es que eso explicaría por qué te interesaban tanto las cazadoras -miró a su amiga de reojo-. Y por qué ella es... Algo... Arisca contigo. Defiende mucho
la imagen y privacidad de sus hermanas
-Soy arisca porque ya nos conocemos de antes -explicó Thalía enfuruñada-. No quiero hablar del tema.
-Pero yo sí quiero hablar contigo...
-¡No! -incluso reculó un paso, espantada por la idea de que me acercase más a ella o que volviéramos a quedar a solas.
-Pero me gustaría... -Insistí.
-¡No! -extendió la palma de la mano alfrente, como si con un simple movimiento de sus imperiosos dedos pudiera contener mi avance.
-Es urgente, en serio...
-¡No! N. O. ¡No!
Y sin aguardar a que pusiera más objeciones, Thalía giró sobre sus talones con tajante brusquedad, formando con la fina capa verde gris que se ondeó tras
ella al girar, un muro más impenetrable que una pared de mármol y ladrillos. Otra vez me quedé solo, con la decepción en el pecho echa un puño, las palabras
frustradas atragantadas en la garganta, la impotencia en las manos vacías que ansiaban tocarla.
-Aunque no lo parezca, es buena persona -afirmó Annabeth al verme casi desmoronado en medio del comedor-. Sólo tienes que darla tiempo, y demostrarla que
eres de fiar. Después... Ganarás algo más que una simple amiga, una hermana cazadora... Ganarás a alguien estupendo en tu vida.
Eso no tenía ni que jurarlo. Lo sabía tan bien como ella, del mismo modo en que sabía que Thalía Grace no era de esas que permitían que el enfado se les
pasara enseguida con el transcurso del tiempo, o con alguna que otra muestra de confianza.
-Gracias -le musité no obstante a Annabeth-. Lo tendré en cuenta.
Aun así, aproveché el momento para escabullirme en el dormitorio. Por esta noche y una más, tenía excusa para no asistir a la fogata nocturna. Sabía que
el respiro no iba a durarme mucho, pero por hoy... Por esos momentos... Me permití dejar esas preocupaciones a un lado y pensar... Recordar... Soñar....
con Thalía.
-…-…-
¡Hola!
Estoy enfadada. (ahora lo veréis). Triste, molesta. Y de bajón.
(¿Tan malo fue el capi anterior....? Jo, no me pusisteis ni un ¡Me gusta!! ni un ¡Qué argg!).
Bueno, espero que esta vez sí, me comentéis, eh. (Ya sabéis, aunque sólo sea para decir un ¡sí, no, vale! Aunque si queréis comentar más extensamente, no
me quejaré, jeje.
Pero como mucho me temo que ni un fantasma me comentará, os
dejo una adivinanza, para los que saben qué es MDI... (Aunque realmente no sé por qué, ya que ellos tampoco me comentan, xd). ¿Qué dos personajes de Memorias de Idhun han aparecido
ya?
PD: Tengo semi invasión -de familiares- en casa, por lo cual no sé cuando será la próxima vez que pueda actualizar. (Pero bueno; yo sin prisas. Total, nadie
de los que me leen -que sé que son muchos, porque las estadísticas no mienten- se molesta en decirme qué le ha parecido el capi. Así que, bue, cuando me
dé, vuelvo).
¡Chao!