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Historia 126109 — capítulo 14

Disclaimer: Si medieran un dracma por cada capítulo que le e cedido los derechos a Riordan,ahora tendría... ¡Trece dracmas reales!  

-…-…-  

Capítulo13. Día 10: ambrosía. 

Iba a morir, lo sabía. El dolor era demasiadoacuciante como para pasarlo por alto. Sería una verdadera lástima morir tanpronto, sin haber cumplido

mi cometido impuesto por los dioses, y justocuando acababa de reencontrarme de nuevo con Thalía. Pero no había formaalguna de negar que la situación

del momento fuera de todo, menoscomplaciente para mi gusto. ¿Quién habría pensado que mi muerte vendría dadoencima por la persona que creía, era,

precisamente, mi salvación? 

Vale, vale, estaba exagerando algo, lo sé, pero nopodía evitarlo. El dolor de la nariz era como la visita de la muerteacuchillando todo mi rostro.

Así que no era de extrañar que pensase que sí,que iba a morir. Y encima de la peor manera posible: a causa de un puñetazo.En vez de tener una muerte

heroica, recordada, sonora y presenciada por unmillar de ojos que lloraran por mí, la muerte iba a encontrarme doblado endos por la cintura, sujetándome

quejumbroso la adolorida nariz, debido alpuño de Thalía. 

Ahí no había aplausos que valgan, ni sollozossensibleros de chicas guapas muertas de amor por mi suerte. Sólo un vendavalde furia semidiosa ejemplificada

en la figura de la hija de Zeus que aún seerguía frente a mi nublosa vista. 

Durante los días de esta última semana, inclusodesde el momento en que había decidido regresar a la tierra, cada vez que imaginaba,en la soledad

de mi cabeza, cómo iba a ser el reencuentro con mi amiga, habíahabido sollozos disimulados en mis escenarios inventados, lágrimas de alegríaal final,

y sí, también reconvenciones y broncas de por medio. En ningúnmomento había creído ciegamente que todo iba a ser un camino de rosas, ¿vale?ni que

habría sonrisas inmediatas ni besos de pasión. Pero lo que sí que mimente no había imaginado que iba a suceder, en ninguna de las multitud deescenas

recreadas, era una bofetada, un puñetazo, una mirada que dejaba depiedra, tan inexpugnable como el muro Adriano. 

Al menos esta vez nadie había presenciado mivergüenza, mi sonoro golpe con la realidad. El hecho de que Habían pasadodemasiadas cosas, demasiadas

cosas malas entre nosotros, debería habermehecho comprender que con sólo aparecer, decir un sí, soy yo, y mostrarmerecatado, no significara que a

partir de entonces todo iba a ir sobre ruedasni a pedir de boca. Y menos con Thalía Grace de por medio. 

Pero, ciertamente, ya era demasiado tarde paralamentaciones y elucubraciones sobre lo que debería haber entendido o lo quedebería haberme esperado

con la llegada de, al parecer, la mestiza elegida dela profecía. 

Lo único que me quedaba por hacer en esos momentosera aferrarme a la conciencia para no perderla de vista en un improvistodesmayo de dolor, desprenderme

del enfado y del sentimiento de injusticia einjuria que me embargaba, llevarme la mano a la cara y palpar con cuidado porsi sentía algún hueso roto,

y observar cómo mis estúpidas ilusiones yesperanzas se estrellaban contra el gélido muro de cólera, sufrimiento,reconvenciones y silenciosas reprensiones

que tan bien representaba Thalía. 

Bueno, por lo menos no me había arrojado deespaldas al precipicio como la otra vez, pensé penosamente, cuando ellarecién estaba desconvertida y hacía

pocos días que yo me había bañado en elrío Estigio. Aunque, claro, bien pensado, quizás aquello era mucho mejor,puesto que había salido ileso de

aquel suceso y el golpe casi ni lo habíanotado, por lo tanto era preferible eso que seguir notando esos pinchazos enel puente de la nariz al respirar. 

—¡Joder, Thalía! —Exclamé con la voz amortiguadapor la palma de la mano, retrocediendo unos cuantos pasos debido al impulsodel golpe—. ¿Por qué demonios

has hecho eso? 

Soltando una sonora maldición, me palpé la mejillacon mucho cuidado; por suerte, su bofetada parecía no haber dejado huella enmi cara... O al menos

no una huella visible y física. Estaba claro que elbeso sonoro y poco delicado de sus dedos en mi piel no iba a ser borrado tanfácilmente de mi cabeza.

Basándome en el dolor atroz que aún se acometía enmi nariz, tenía la maldita sensación, incluso, de que tenía que dar lasgracias por ello. Thalía

no contestó. Le observé con perplejo. 

—¿y así es como das tú siempre la bienvenida?—Pregunté, mientras mis ojos empañados le miraban con irreprimible enojo—.Con un golpe doloroso. Siempre

me saludas con sangre y golpes. Primerotirándome de espaldas al vacío, tras siete años convertida en un árbol, enlugar de recibirme con algo más

cordial. 

No había estado acertado mencionándole aquelsuceso; eso sólo había traído más recuerdos de mi traición y de mi alianzacon Cronos; vi el dolor de

la traición en sus ojos. Y aun así, mi boca nopudo dejar de inquirir, todavía molesta por el asalto de su puño en mi nariz. 

—Y ahora intentando arrancarme la nariz de cuajo,las mejillas de un zarpazo y matarme en el intento. ¿Siempre son así decálidas tus bienvenidas,

Thalía? —¡Maldición, cómo dolía!—. ¿Por qué tantoempeño en intentar matarme? ¿Eh? 

Ella nada dijo. Se limitó a mirarme con tantafrialdad que sentí como si me hubiera caído un crudo glacial de hielo encima.El rictus en el que se

torció su boca pareció decir que me habría enteradoclaramente y de verdad, si realmente sus intenciones hubieran sido acabarconmigo y matarme. Pero

no emitió sonido alguno. Sin decir nada, sin añadirpalabra, sin tomarse la molestia en contestarme, se echó hacia un lado, lafina capa de camuflaje

de color verde oscuro grisáceo ondeando tras suespalda mientras se alejaba a grandes zancadas y se encaminaba decisiva haciael interior del semicírculo

de las pequeñas casas para reunirse con susamigos, sus cazadoras... Sus ideas mentales. 

Minutos más tarde, solo, de pie, a mitad de caminode la entrada del Campamento Mestizo 2 y de la zona semicircular de lascabañas, yo seguía con las

manos llevadas a la cara, el dolor de la narizcegando momentáneamente mi juicio, recordando, impotente y rabioso, cómo Thalíapasaba a mi lado sin

dedicarme ni una otra mirada. Mientras escuchaba porcentésima vez en el caos de mis muchos recuerdos crujir la gravilla y laarena bajo sus furiosas

botas que se alejaban, oí a las ramas de los robustosárboles que flanqueaban los márgenes de la entrada principal susurrar en loalto, como si estuvieran

tan pesarosos por la marcha de Thalía como lo estabayo. El arbusto de la derecha, un pino férreo, formaba un umbroso dosel sobreel área principal

del campamento. 

No faltaba mucho para que la noche empezase ainsinuarse, ya que del sol sólo quedaban ecos de su rojiza coronilla en elcielo, pero aun así, en las

titilantes y numerosas estrellas en las querepentinamente se había visto reducida mi visión, presencié un desfile de puntitosrojos que más parecían

estrellas de un moribundo delirante. 

Haciendo un supremo esfuerzo, recogí lo que mequedaba de dignidad y me dispuse a entrar de nuevo en la casa B. Necesitabaestar a solas, necesitaba

pensar, necesitaba digerir lo sucedido; pero, sobretodo, necesitaba echarme agua y curarme la nariz. No obstante, antes inclusode que terminara de

girar sobre los talones, se oyó un tropel de cascos y,con un resoplido, Grover apareció repentinamente frente a mí, salido de laenmarañada floresta,

como si el pequeño bosque del que acababa de salir lehubiera escupido con ganas, tierra, piedrecillas y hierbajos incluido. 

—¿Dónde están? —preguntó el sátiro una vez huborecuperado el aliento—. ¡Las cazadoras, Lucy, nena! ¿Dónde están? 

Lo examiné un instante de arriba a abajo. Mediamanga de la camisa la tenía roída y comida, por lo que una manga le llegabade hombros hasta la muñeca

y la otra sólo hasta medio antebrazo. En laspezuñas de cabra llevaba atrapadas un pequeño puñado de secas enredaderas. Lechorreaba agua del pelaje

castaño que cubría la parte inferior de su cuerpo,como si hubiera estado metido en el agua y salido de ella repentinamente ysin más como una estampida,

sin molestarse en secarse primero. Quedabaevidente que había renegado de su chapuzón diario en el lago de las ninfas encuanto la noticia de la llegada

de las cazadoras habían alcanzado susansiosos oídos. A estas alturas, ya se habrían enterado todos, CampamentoMestizo 1, incluido. Seguro. 

—Querrás decir Thalía —puntualicé sin entender. ¿Ya quién demonios le importaba las"Soychulísimaporqueodialoschicos"?—, dónde está Thalía. 

Grover parpadeó varias veces. 

¿Eh? ¿Oh? ¡Ah, sí, sí, claro! —Las palabrastrastabillaban en su boca—. Tha—Thalía también, por supuesto. El caso esvolver a ver a una cazadora. ¿No

te parece? 

—¿Y por qué te interesan tanto esas cazadoras?—Inquirí con los dientes apretados; el dolor de la nariz continuaba dándomefuertes latigazos—. Creía

que no estaban nada interesadas en los chicos. Ytú, aunque seas sátiro, no dejas de ser eso, un tío. 

Grover tenía en el rostro una estúpida expresiónde maravilla y ensoñación. 

—Ya, pero es que ellas entienden de naturaleza ydemás. Les va el rollo vegetal ese, ya sabes. 

En ese momento, se percató de mi nariz. 

—¡Woua, pero qué te ha pasado! —exclamó,asombrado. 

—No es nada —musité, quitándole hierro al asunto. 

Desafortunadamente, en ese momento mi narizdecidió que había llegado el momento de llevarme la contraria. Empezó asangrar. Gotitas rojas, finas y

casi traslúcidas, se deslizaron lentamentepor mi cara, barbilla abajo, manchando de paso la pechera de mi camisetaalmidonada. Ante la visión de la

sangre, Grover avanzó hacia mí de inmediato,presuroso, relegando a un segundo plano su entusiasmo por las hijas deArtemisa. 

—No veía por donde iba; tropecé y al girar me diun buen porrazo de bruces con un árbol. —Mentí, pensando a toda prisa. Nopodía decirle que la hinchazón

y la sangre de mis napias se debían a la buenacortesía derecha de Thalía. Además, le prefería entusiasmado por un grupitode chicas vírgenes, la verdad,

que serio y sombrío, más preocupado en elgolpe de mi nariz que en cómo hacer para toparse con sus estimadísimascolegas de naturaleza—. Eso es todo. 

Pero Grover ya no me escuchaba. Sacó del bolsillode su camiseta un bote redondo con no se qué ungüento verdoso y maloliente ensu interior; lo esparció

generosamente por la yema de su índice y comenzó aaplicármelo en la nariz, hurgando sin mucho tacto en mis dolencias nasales. 

—Estate quieta, no te muevas —ordenó con vozfirme; dejé de intentar escaquearme de su brazo extendido y obedecí, más porese tono imperioso que pocas

veces había oído en boca del sátiro, que por laconfianza que daba a su remedio verdoso y asqueroso—.¿Y se puede saber dequién huías? 

Se rió entre dientes él solo por su chiste malo. 

—Digamos que no vi la corteza de pared que se mevenía encima —contesté. 

Grover jamás entendería cuán de acertado era esecomentario. La corteza era el puño de Thalía; la pared la gélida bienvenidaque ella misma me había

profesado, y el árbol era la propia chica. 

—Cómete esto mientras tanto —de otro bolsillo,Grover extrajo algo más apetecible; con la otra mano, me lo ofreció—. Esambrosía. 

—¿Ambrosía? —pregunté, haciéndome eldesentendido—. ¿No es esa la comida de los dioses? 

—Y el remedio contra cualquier dolencia de losmestizos, sí. —De nuevo volvió a meter el dedo en el bote redondo y aesparcirlo por mi nariz; esta

vez, la cantidad era menor, pero el dolor de minariz no se había aplacado tanto. 

—Gracias —le dije de todas formas—. Pero, ¿es quesiempre andas con medicina encima? 

—No es medicina, ¡qué más me gustaría! —frotó confuerza. Reprimí un gruñido—. Es un simple remedio sencillo; como un cataplasma.Pero sí, siempre

procuro tenerlo a mano. Nunca se sabe cuando lo vamos anecesitar, o cuando uno de los monstruos del tártaro logre colarse entrenuestros terrenos

campistas.  

Hice unamueca de dolor, aunque he de reconocer que la ambrosía ayudaba un montón asoportarlo. Se deshacía en la boca al menor movimiento. Estaba

bueno. Sabía aBrownie. Y encima infundía una sensación cálida por todo el cuerpo. 

—Pero tú dijiste que aquí, en el campamento,estamos a salvo de los monstruos.

Entre el brownie y el extraño, mágico y malolientebálsamo de Grover, comencé a sentirme mejor de forma paulatina. En breves, lanariz ya había dejado

de sangrar, y casi ni me dolía ya. 

—Ya una vez fallaron las defensas, Lucy. Y lasconsecuencias fueron algo nefastas. Los monstruos estuvieron a punto deentrar en el campamento; en

la otra zona, porque en ese entonces sólo habíaun campamento. El caso es que hubo consecuencias nefastas para algunos de lossemidioses. Desde entonces,

el Consejo Mayor de los sátiros nos obliga allevar estas cosas encima. 

—Ah, bueno —farfullé. 

Un nuevo ramalazo me recorrió. Y no por el dolorde mis napias, sino porque sabía bien y exactamente por qué casi habíanpodido entrar los monstruos.

Una vez más, el asunto apestaba a mi alianza conel mandamás de los titanes, Cronos. Y, de nuevo, la cosa desembocaba en unsolo punto: Thalía. Ni

aun recordando el pasado, el día en que envenené suárbol, en lugar de pensar en el presente y cómo afrontar su dolorosanegativa, podía librar a mi

cabeza de dejar de pensar en ella. 

—Ya estás lista —comunicó Grover con un últimotoquecito en mi nariz—. No lo toques al menos durante una hora. Deja que elungüento penetre, que haga

efecto. 

Volví a agradecerle su medicina mientras guardabael tarro pequeño en el bolsillo. De la ambrosía no quedaba nada. No habíadejado ni las migas. 

—Bah, bah —Grover desestimó mi agradecimiento—. Túdime dónde han ido esas cazadoras y estaremos en paz. 

Suspiré. 

—¿Todos los sátiros estáis así de locos por esegrupito de chicas? Pues no entiendo por qué, la verdad. 

—Por envidia, envidia de la sana. ¡Date cuenta queestán toda una eternidad con Artemisa! 

—¿Y es por eso? ¿Las envidiáis...? 

—¡Y cómo no! ¡Artemisa, Lucy, Artemisa! —Recalcóel nombre de la diosa de la caza como si creyera que me había saltado algoimportante y esencial en

ese nombre—. ¡Es la perfecta madre de la madrenaturaleza! Es tan..., ¡uau! 

Puse los ojos en blanco. 

—Anda, uau, vamos adentro —riendo, le di unosgolpecitos en el hombro para que saliera de su trance de ensoñada admiraciónpor la diosa y sus hordas

de cazadoras—. No recuerdo con exactitud cuál es lacasa reservada para ellas, pero creo que puedo adivinar dónde están ahoramismo. 

Grover me siguió de buena gana. Volvimos alinterior de la casa B mientras llegaba el ocaso. Sumergidos en medio de lahoguera violácea del crepúsculo,

el sátiro y yo fuimos testigos de cómo losladrillos multicolores de la estructura de la veintena de casas se tornabande un gris pálido y luego de

un negro terciopelo. 

Grover fue el primero en ponerse bajo laprotección del techo de la casa, pero yo me quedé unos cuantos segundos demás en lo alto de la escalinata

principal, observando cómo las sombras secongregaban en los espacios libres que separaban unas casas de las otras,formando ríos de noche oscura y

confortable. Si de día las casitas y la zonadel campamento brillaban como oro fundido, de noche, con la recién llegadapenumbra, cobraba un aspecto

aún más apacible si cabe, una oscuridad suave,bonita, adictiva en su contemplación. 

-¿Qué miras tanto? -Oí inquirir a lo lejos la vozdel sátiro-. ¿Lucy? 

Estarías más acertado si preguntases qué es lo queretraso tanto, pensé, mientras me obligaba a darle la espalda a la caídanoche y me convenía a reunirme

con mi amigo en medio del corredor central. Noobstante, todo cuanto musité en voz alta fue: 

-Nada. 

Lo primero que captamos al acercarnos al comedorfue el tintineo de los cubiertos; luego llegó el sonido de las muchas vocesde chicos y chicas que

reían, intercambiaban, hablaban entre sí; , y,finalmente, el asalto del olor de la comida en las fosas nasales. Incluso midormida y adolorida nariz

medio despertó ante el chantaje oloroso de losvarios manjares que se servían aquella noche. 

La sala estaba más abarrotada de lo que lo habíaestado estos últimos días; y con razón, ya que sentados a la mesa no sóloestaban los campistas; aquella

noche también nos acompañaban la docena de lashijas de Artemisa. La gente nos miró con curiosidad cuando entramos alcomedor; creo que fue más por

el sátiro bailarín que tenía al lado, que porcualquier otra cosa, incluso por la pinta mala de mi nariz en la que todoslos ojos acababan fijándose,

ya que un miembro roto no era una novedadextraña entre los semidioses. 

Recorrí con los ojos la estancia, buscando aAnnabeth, a Percy... A Thalía. Observé que las cazadoras no se habían puestojuntas en dos o varias mesas.

Todas no, por lo menos. Algunas estabansentadas con los campistas, y comían y hablaban con ellos como si fueran unasmás, como si no hubiera ninguna

enemistad entre ellos. Era extraño. Lo másprobable es que fueran sus familiares, sus conocidos, sospeché, los viejosamigos que habían hecho antes

de hacerse inmortales, puesto que las cazadorasno se caracterizaban por ser muy sociables con el resto de mestizos,precisamente. 

A mi lado, Grover saltaba de alegría en el sitio,ansioso por acercarse ya a una de las cazadoras e indeciso al mismo tiempoporque no se decidía a

cual de ellas saludar primero para regalarles supresencia. Me vi obligado a agarrarle del codo para forzarle a que semantuviese quieto en el sitio,

al menos durante el rato en que buscaba aPercy, a Chris, a Annabeth... 

El hecho de que las cazadoras estuviesendesperdigadas por el comedor me dio alas para creer que Thalía no se habíasentado con sus colegas de caza;

tal vez estaba con Annabeth, sentada en elmismo rincón que tanto ella como Percy, Clarisse y los demás habían hechosuyo. Sin embargo, al mirar en

el sitio, al escudriñar entre los miembros delas habituales tres mesas unidas, no la vi por ninguna parte; no pudedistinguir la mata corta y oscura

de su pelo. Tuve que recorrer tres vecestoda la estancia con los ojos para encontrarla. 

Y al final, a quien vi primero en realidad fue aAnnabeth. Y sí, la chica compartía mesa con Thalía, pero era más porque lascazadoras le habían hecho

sitio tanto a ella como a Silena, que porque Thalíahubiera decidido abandonar su puesto de jefa y sentarse con sus amigos.Charlaban animosamente

mientras comían. Percy no estaba con ellas.Evidentemente, la concesión de otro miembro no cedía de ninguna forma antelos varones. 

En la mesa de Thalía sólo quedaba un sitio libre,y encima era enfrente de ella. En la de Percy, la nuestra, la de siempre,quedaban dos. Echándole

agallas, me encaminé hacia la mesa de las cazadoras. 

Por fin encontraba una ventaja a mi aparienciafemenina, fíjate tú.

Iba a sacarle partido al asunto de que todos meconsideraran una chica, ya creía que sí. 

-…-…- 

¡Hola! 

¿cómo va eseverano...? 

¡Espero que oshaya gustado el capítulo! 

No sé si se habránotado -supongo que sí, porque, bien pensado y después de digerirlo, no pasanada trascendental en la historia- pero el caso es que

me he visto,nuevamente, obligada a cortar el capítulo. (Esto de repasar por si lasfaltas, y añadir aquí, redondear acá, subrayar en acuyá, no es

buen negociopara las extensiones, jaja). Lo tenía escrito desde hace tiempo; unas tresmil palabras o así. Y, no sé como, con el retoque, he acabado

teniendomás de siete mil palabras. xdddd 

Pero bueno; laparte buena es que, con eso de las vacaciones, podré actualizar antes de lonormal.. (¿Quién sabe? ¿tal vez el martes?). ¡todo depende

de cuán contentame dejéis! Y eso es fácil, porque sólo tenéis que ir abajo y comentarme elcapi, jaja. 

PD: ¡Ah, sí! ypara los que me preguntaban si MDI iba a salir en la historia... Sólo decirosque la respuesta la tendréis muy, muy pronto. 

En fin, ¡saludos!Gracias por estar ahí cada semana, capítulo tras capítulo. (No vayáis adejarme ahora, ¿eh, eh?). ¡Nos vemos en el enlace

de abajo!